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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El concepto de "trabajo" en el capitalismo contemporáneo: una contraposición entre los planteos de Habermas/Gorz y los del autonomismo italiano]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="es"><p><![CDATA[In this paper two conceptualizations of labour in current capitalism are recons-tructed and opposed. On the one hand, Habermas and Gorz understand that labor loses centrality in social life while it is crossed by instrumental and productive logics, whereupon they propose to expand other social spheres governed by principles other than those dominant in the productive space. On the other hand, the Italian Autonomism envisions a qualitative change in current production processes, which gradually abandon the instrumental logic to become governed by others more related to communication, cooperation and the search for autonomy. Here a comparison of those two lines will take place, trying to elucidate its theoretical assumptions, and according to the requirements of a critical theory that can study the present detecting both its fissures and its inherent possibilities for social and political transformation.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">      <p>DOI: <a href="http://dx.doi.org/10.14482/eidos.25.7930" target="_blank">http://dx.doi.org/10.14482/eidos.25.7930</a></p>  <font size="4">    <p align="center"><b>El concepto de &quot;trabajo&quot; en el capitalismo contempor&aacute;neo: una contraposici&oacute;n entre los planteos de Habermas/Gorz y los del autonomismo italiano</b></p></font>     <p><b>Nicol&aacute;s Germinal Pagura</b>     <br>UBA-UNGS-CONICET     <br><a href="mailto:nicolas_pagura@yahoo.com.ar"><i>nicolas_pagura@yahoo.com.ar</i></a></p>     <p><b>Fecha de recepci&oacute;n:</b> 18 de septiembre de 2015    <br><b> Fecha de aceptaci&oacute;n:</b> 29 enero de 2016</p> <hr>     <p><b>Resumen</b></p>     <p>En este art&iacute;culo se reconstruyen y contraponen dos conceptualizaciones del trabajo en el marco del capitalismo actual. De un lado, Habermas y Gorz entienden que el trabajo pierde centralidad en la vida social a la vez que se halla atravesado por l&oacute;gicas instrumentales y productivistas; ante lo cual proponen la ampliaci&oacute;n de otras esferas sociales gobernadas por principios diferentes de los dominantes en el espacio productivo. Del otro lado, el autonomismo italiano avizora un cambio cualitativo en los procesos productivos actuales, los cuales abandonar&iacute;an paulatinamente las l&oacute;gicas instrumentales para pasar a ser gobernados por otras m&aacute;s vinculadas a la comunicaci&oacute;n, la cooperaci&oacute;n y la b&uacute;squeda de autonom&iacute;a. En este art&iacute;culo se realizar&aacute; un examen comparativo de estas dos l&iacute;neas, procurando elucidar sus supuestos te&oacute;ricos, y teniendo como horizonte los requerimientos de una teor&iacute;a cr&iacute;tica que pueda estudiar el presente detectando tanto sus fisuras como sus posibilidades inmanentes de transformaci&oacute;n social y pol&iacute;tica.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Palabras clave</b>: <i>Trabajo, Habermas, Gorz, autonomismo italiano, Negri, marxismo.</i></p> <hr>     <p><b>Abstract</b></p>     <p>In this paper two conceptualizations of labour in current capitalism are recons-tructed and opposed. On the one hand, Habermas and Gorz understand that labor loses centrality in social life while it is crossed by instrumental and productive logics, whereupon they propose to expand other social spheres governed by principles other than those dominant in the productive space. On the other hand, the Italian Autonomism envisions a qualitative change in current production processes, which gradually abandon the instrumental logic to become governed by others more related to communication, cooperation and the search for autonomy. Here a comparison of those two lines will take place, trying to elucidate its theoretical assumptions, and according to the requirements of a critical theory that can study the present detecting both its fissures and its inherent possibilities for social and political transformation.</p>     <p><b>Keywords:</b> <i>Labour, Habermas, Gorz, Italian autonomism, Negri, Marxism.</i></p> <hr>      <p><b>El concepto de &quot;trabajo&quot; en el capitalismo contempor&aacute;neo: una contraposici&oacute;n entre los planteos de Habermas/Gorz y los del autonomismo italiano</b></p>       <p><b>Introducci&oacute;n</b></p>     <p>El concepto de &quot;trabajo&quot; constituye uno de los ejes centrales sobre los cuales ha venido discutiendo la teor&iacute;a social moderna desde su nacimiento en la segunda mitad del siglo xix. Los denominados &quot;cl&aacute;sicos&quot; de la sociolog&iacute;a —Marx, Weber y Durkheim— tomaron como objeto (no &uacute;nico pero s&iacute; central) de sus an&aacute;lisis las din&aacute;micas resultantes del proceso moderno de industrializaci&oacute;n que se iniciara en Inglaterra hacia fines del siglo xviii. Siguiendo esta idea, el soci&oacute;logo alem&aacute;n Claus Offe ha acu&ntilde;ado el t&eacute;rmino &quot;sociedad del trabajo&quot; para denotar el prisma desde el cual estas teor&iacute;as interpretaron las din&aacute;micas seguidas por las sociedades modernas europeas desde esta &eacute;poca<sup><a name="nu1"></a><a href="#num1">1</a></sup>.</p>     <p>El pensamiento de la primera mitad del siglo xx se iba a hacer eco de esta herencia. Dominique M&eacute;da (1998 y 2007) sostiene que para esta &eacute;poca el &quot;trabajo&quot; ha devenido ya un concepto complejo, producto de sentidos yuxtapuestos por distintas tradiciones que en efecto se lo han venido disputando. As&iacute;, con Adam Smith el liberalismo nos ha legado un concepto unitario como resultado de un ejercicio de abstracci&oacute;n que dej&oacute; establecida su dimensi&oacute;n econ&oacute;mica en tanto factor general de producci&oacute;n, es decir, de creaci&oacute;n y aumento de la riqueza<sup><a name="nu2"></a><a href="#num2">2</a></sup>. A mediados del siglo xix el marxismo, sin desechar aquel primer sentido econ&oacute;mico, enfati-za, sin embargo, la posibilidad de que superado el capitalismo el trabajo sea adem&aacute;s medio de realizaci&oacute;n del hombre, de expresi&oacute;n de su esencia. Finalmente, medio siglo despu&eacute;s y durante la primera mitad del siglo xx, con el ascenso de la socialdemocracia, el trabajo deviene &quot;empleo&quot;, eje alrededor del cual se distribuyen los ingresos, los derechos y las protecciones sociales. Estos sentidos diversos —no totalmente coherentes entre s&iacute;— terminan otorg&aacute;ndole espesor y complejidad a un concepto que es disputado por contendientes que sin embargo no objetan en l&iacute;neas generales su valor y centralidad.</p>     <p>No obstante, a partir de mediados de la d&eacute;cada del sesenta el concepto comienza a ser rebatido fuertemente desde diversas perspectivas<sup><a name="nu3"></a><a href="#num3">3</a></sup>. En primer lugar, la importancia del trabajo como &quot;factor productivo&quot; es impugnada por pensadores y activistas que avizoran los peligros que el &quot;crecimiento ilimitado&quot; y el &quot;produc-tivismo&quot; —ideales que han guiado la pr&aacute;ctica de los &quot;socialismos reales&quot; no menos que la de los pa&iacute;ses capitalistas— acarrean para la sustentabilidad del planeta y, por ende, para la existencia humana. En segundo t&eacute;rmino, importantes pensadores —en general vinculados al estructuralismo y al posestructuralismo— critican la centralidad del trabajo relacion&aacute;ndola con una ontolog&iacute;a humanista propia de la modernidad que en las postrimer&iacute;as del siglo xx estar&iacute;a entrando en una crisis irreversible (Baudrillard, 1996, cap. 1; Foucault, 2002, cap. 8; Poster, 1984, caps. 1 y 2). Finalmente, desde mediados de la d&eacute;cada del setenta se producen una serie de fen&oacute;menos que afectan al mundo laboral y que, por ser muy conocidos, bastar&aacute; aqu&iacute; con enumerar someramente: aumento de la desocupaci&oacute;n, creciente precarizaci&oacute;n de la fuerza de trabajo, desindustrializaci&oacute;n en algunos pa&iacute;ses desarrollados, crisis de las concepto de &quot;trabajo&quot; en el capitalismo contempor&aacute;neo! una contraposici&oacute;n entre los planteos de Habermas/Gorz y los del autonomismo italiano instituciones de protecci&oacute;n social vinculadas al llamado &quot;Estado de bienestar&quot;, etc. Si bien el alcance de estos fen&oacute;menos sigue siendo motivo de debate, lo cierto es que cuando menos ameritan abrir una discusi&oacute;n respecto del car&aacute;cter cardinal del trabajo en tanto &quot;empleo&quot; y su futuro (Bauman, 2000; Castel, 2006 y 2010; Neffa, 2003). Recapitulando, entonces, podemos afirmar que en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas del siglo xx —y proyect&aacute;ndose al nuevo milenio— aparecen cuestionamientos que abarcan las distintas dimensiones constitutivas de la centralidad del concepto de &quot;trabajo&quot;.</p>     <p>Teniendo en cuenta este trasfondo, este art&iacute;culo busca reconstruir un debate, dentro de la teor&iacute;a social contempor&aacute;nea, entre dos l&iacute;neas de interpretaci&oacute;n cr&iacute;tica respecto del lugar del trabajo en el capitalismo actual. Una primera l&iacute;nea —expresada por Habermas y Gorz, entre otros— entiende que el trabajo viene perdiendo importancia en el conjunto de la vida social, a la vez que est&aacute; crecientemente atravesado por l&oacute;gicas instrumentales y productivistas, lo cual plantear&iacute;a la necesidad de acompa&ntilde;ar estas tendencias paliando sus efectos m&aacute;s nefastos y promoviendo a la vez la ampliaci&oacute;n de otras esferas sociales gobernadas por l&oacute;gicas diferentes de las dominantes en el campo econ&oacute;mico-productivo. Otra l&iacute;nea —emparentada sobre todo con los an&aacute;lisis de Negri y el autonomismo italiano— sostiene que en los procesos productivos actuales se observan tendencias que —aun estando solapadas por la persistencia de relaciones de producci&oacute;n capitalistas— permitir&iacute;an entrever la posibilidad de un cambio cualitativo en los procesos productivos, los cuales abandonar&iacute;an paulatinamente las tradicionales l&oacute;gicas instrumentales y productivistas para pasar a ser gobernados por otras m&aacute;s vinculadas a la comunicaci&oacute;n, la cooperaci&oacute;n y la b&uacute;squeda de autonom&iacute;a. En este art&iacute;culo se realizar&aacute; un examen comparativo de estas dos l&iacute;neas, procurando elucidar sus supuestos te&oacute;ricos, y teniendo siempre como horizonte los requisitos de una <i>teor&iacute;a cr&iacute;tica </i>que pueda estudiar el presente detectando tanto sus fisuras como sus posibilidades inmanentes para la transformaci&oacute;n social y pol&iacute;tica<sup><a name="nu4"></a><a href="#num4">4</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>1. El antecedente habermasiano: trabajo e interacci&oacute;n; sistema y mundo de la vida</b></p>     <p>Ya en sus escritos tempranos de fines de la d&eacute;cada del sesenta, el fil&oacute;sofo alem&aacute;n Jürgen Habermas postulaba una distinci&oacute;n entre &quot;trabajo&quot; e &quot;interacci&oacute;n&quot;, en abierta discusi&oacute;n con la tradici&oacute;n marxista. Esta distinci&oacute;n la establece, al menos en principio, en t&eacute;rminos de una diferenciaci&oacute;n entre dos tipos de acci&oacute;n. Por &quot;trabajo&quot; o acci&oacute;n racional con respecto a fines entiende una acci&oacute;n que realiza fines definidos bajo condiciones dadas. Puede estar guiada por reglas t&eacute;cnicas que permiten pronosticar sucesos observables (acci&oacute;n instrumental) o por estrategias basadas en la valoraci&oacute;n correcta de alternativas de comportamiento posible de los actores sociales (acci&oacute;n estrat&eacute;gica). Por &quot;interacci&oacute;n&quot; o, lo que es lo mismo, por &quot;acci&oacute;n comunicativa&quot;, entiende Haber-mas (1986a) una acci&oacute;n simb&oacute;licamente mediada, orientada por normas consensuadas intersubjetivamente (pp. 68-69).</p>     <p>Para Habermas, esta distinci&oacute;n resulta fundamental para aclarar los supuestos epistemol&oacute;gicos de los que debe partir una teor&iacute;a cr&iacute;tica de la sociedad, en contraposici&oacute;n al concepto positivista de ciencia. Es particularmente en este punto que el fil&oacute;sofo alem&aacute;n detecta las principales deficiencias del marxismo: en la medida en que esta tradici&oacute;n habr&iacute;a tendido a reducir todas las dimensiones de la <i>praxis </i>humana al trabajo —acci&oacute;n racional con respecto a fines— nunca habr&iacute;a podido superar la visi&oacute;n positivista sobre el progreso de las sociedades humanas, entendido en t&eacute;rminos de mero avance en el dominio t&eacute;cnico de la naturaleza y en el control estrat&eacute;gico de los hombres. Por ello, concluye Habermas (1982), el marxismo no habr&iacute;a podido aclarar tampoco sus propios supuestos epistemol&oacute;gicos en tanto teor&iacute;a cr&iacute;tica de la sociedad (pp. 51 y ss.).</p>     <p>La distinci&oacute;n entre trabajo e interacci&oacute;n constituye en buena medida un intento por reformular la dial&eacute;ctica marxiana entre fuerzas productivas y relaciones sociales de producci&oacute;n. Habermas entiende que esta distinci&oacute;n iba en la direcci&oacute;n correcta; no obstante, el marxismo se habr&iacute;a extraviado, en la medida en que sigui&oacute; atado a un paradigma centrado en el &quot;trabajo&quot;, por lo cual tendi&oacute; a dejar enteramente condicionadas las relaciones de producci&oacute;n al desarrollo t&eacute;cnico de las fuerzas productivas. As&iacute; lo plantea en un escrito denominado &quot;Trabajo e interacci&oacute;n&quot; (publicado en 1968), en el que recupera esta distinci&oacute;n de un conjunto de lecciones que Hegel dict&oacute; en Jena entre 1804 y 1806. Habermas toma nota de que Marx &quot;sin tener conocimiento de los manuscritos de Jena, redescubre en la dial&eacute;ctica de fuerzas productivas y relaciones de producci&oacute;n esa conexi&oacute;n de trabajo e interacci&oacute;n&quot;. Sin embargo, prosigue nuestro autor, &quot;Marx no explica en realidad la conexi&oacute;n entre trabajo e interacci&oacute;n, sino que bajo el r&oacute;tulo inespec&iacute;fico de pr&aacute;ctica social reduce lo uno a lo otro, es decir, la acci&oacute;n comunicativa a la instrumental&quot; (Habermas, 1986b, pp. 48-49).</p>     <p>Vemos entonces que lo central del planteo habermasiano radica en la necesidad de superar una visi&oacute;n respecto al desarrollo del hombre en t&eacute;rminos unidimensionales, o sea, como mero &quot;trabajo&quot;, entendido como una acci&oacute;n instrumental hacia la naturaleza. Frente a esto, la alternativa te&oacute;rica consistir&iacute;a en mantener una clara distinci&oacute;n entre &quot;trabajo&quot; e &quot;interacci&oacute;n&quot;, enfatiz&aacute;ndose a la vez que ambos aspectos resultan centrales para la constituci&oacute;n y desarrollo de la especie humana.</p>     <p>En los escritos de Habermas, y particularmente en el posterior, <i>Teor&iacute;a de la acci&oacute;n comunicativa </i>(publicado en 1981), esta distinci&oacute;n entre dos tipos de acci&oacute;n<sup><a name="nu5"></a><a href="#num5">5</a></sup>aparece vinculada adem&aacute;s con una teor&iacute;a de la sociedad moderna articulada en dos niveles: como &quot;sistema&quot; y como &quot;mundo de la vida&quot;. Este &uacute;ltimo constituye un acervo de saber que provee a los participantes de la comunicaci&oacute;n de convicciones de fondo aproblem&aacute;ticas, que pueden ser tematizadas posteriormente (Habermas, 1992, t. ii, p. 178). Con otras palabras, el mundo de la vida organiza el trasfondo de la acci&oacute;n comunicativa, proveyendo los recursos necesarios para el logro del entendimiento: patrones de interpretaci&oacute;n compartidos, patrones de interacci&oacute;n normativos y competencias adquiridas por los individuos a trav&eacute;s de la socializaci&oacute;n. De ah&iacute; las tres dimensiones del mundo de la vida, cuya separaci&oacute;n es un &iacute;ndice de su estado evolutivo: cultura, sociedad y personalidad. La <i>reproducci&oacute;n simb&oacute;lica </i>del mundo de la vida se efectiviza mediante la acci&oacute;n comunicativa en relaci&oacute;n con las tres dimensiones mencionadas: como reproducci&oacute;n cultural, como integraci&oacute;n social y como socializaci&oacute;n (Habermas, 1992, t. ii, p. 196).</p>     <p>Habermas plantea que en la modernidad algunas funciones de la reproducci&oacute;n del mundo de la vida, particularmente las vinculadas a la <i>reproducci&oacute;n material, </i>se independizan de los contextos simb&oacute;licos de ese mundo. Para estas funciones, la b&uacute;squeda de entendimiento comienza a resultar cada vez m&aacute;s onerosa (especialmente porque con el incremento de racionalidad del mundo de la vida las fuentes tradicionales de legitimaci&oacute;n son cuestionadas y aumenta el riesgo de disentimiento) y tiende a ser reemplazada por otros mecanismos de coordinaci&oacute;n de la acci&oacute;n que Habermas desarrolla desde la teor&iacute;a de sistemas de Parsons: el dinero para el subsistema econ&oacute;mico y el poder para el subsistema pol&iacute;tico-estatal. De este modo, &quot;los subsistemas sociales que se diferencian a trav&eacute;s de tales medios pueden independizarse frente a un mundo de la vida reducido ahora a entorno del sistema&quot; (Habermas, 1992, t. II, p. 259). A estos dos niveles, a su vez, corresponden dos formas de integraci&oacute;n: la <i>integraci&oacute;n social, </i>que se ejecuta mediante mecanismos de acci&oacute;n que armonizan entre s&iacute; las orientaciones de acci&oacute;n de los participantes, y la <i>integraci&oacute;n sist&eacute;mica, </i>que, por el contrario, se realiza por mecanismos que entrelazan funcionalmente las consecuencias agregadas de la acci&oacute;n desde la perspectiva de un no implicado (Habermas, 1992, t. II, p. 167).</p>     <p>De todas formas, Habermas no eval&uacute;a como negativa la diferenciaci&oacute;n de los subsistemas respecto al mundo de la vida. En consecuencia, distingue entre dos alternativas:</p>     <blockquote>     <p>Las instituciones mediante las que quedan anclados en el mundo de la vida mecanismos de control tales como el dinero y el poder canalizan o bien la influencia del mundo de la vida sobre los &aacute;mbitos de acci&oacute;n formalmente organizados, o bien, a la inversa, la influencia del sistema sobre los plexos de acci&oacute;n estructurados comunicativamente. En un caso actuar&iacute;an como marco institucional que somete el mantenimiento del sistema a las restricciones normativas del mundo de la vida, en el otro, como la &quot;base&quot; (en el sentido de Marx) que subordina el mundo de la vida a las coacciones de la reproducci&oacute;n material. (Habermas, 1992, t. II, pp. 261-262)</p> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La primera alternativa se corresponder&iacute;a, para Habermas, con la <i>l&oacute;gica evolutiva, </i>es decir, con la din&aacute;mica de actualizaci&oacute;n, sin distorsiones, del potencial de la raz&oacute;n comunicativa. Sin embargo, la <i>din&aacute;mica evolutiva <sup><a name="nu6"></a><a href="#num6">6</a></sup> </i>efectivamente seguida por las sociedades occidentales mostrar&iacute;a <i>patolog&iacute;as, </i>especialmente porque &quot;la modernizaci&oacute;n capitalista sigue un patr&oacute;n, a consecuencia del cual la racionalidad cognitivo-instrumental desborda los &aacute;mbitos de la econom&iacute;a y el Estado, y penetra en los &aacute;mbitos de la vida comunicativamente estructurados&quot;, lo cual &quot;provoca perturbaciones en la reproducci&oacute;n simb&oacute;lica del mundo de la vida&quot; (Habermas, 1992, t. II, p. 432).</p>     <p>Este planteo de Habermas mantiene, en l&iacute;neas generales, una continuidad con su definici&oacute;n temprana —que en un principio parec&iacute;a simplemente postulada <i>a priori</i>— del &quot;trabajo&quot; y su pol&eacute;mica con el marxismo. Aunque su tratamiento te&oacute;rico se mueve aqu&iacute; en un plano elevado de abstracci&oacute;n, resulta evidente que para &eacute;l la diferenciaci&oacute;n de los subsistemas —y particularmente del econ&oacute;mico— conlleva, entre otras cosas, que tambi&eacute;n en el mundo laboral las acciones de los sujetos pierdan su anclaje en el mundo de la vida y pasen a ser integradas de un modo funcional-sist&eacute;mico. Sobre este punto, precisamente, versan las cr&iacute;ticas m&aacute;s fuertes que en las conclusiones de <i>Teor&iacute;a de la acci&oacute;n comunicativa </i>el autor formula a Marx. Habermas le reprocha, fundamentalmente, el hecho de haber reducido el fen&oacute;meno moderno de la integraci&oacute;n sist&eacute;mica del trabajo a un mero resultado de la dominaci&oacute;n de clase de la burgues&iacute;a. De este modo, el capitalismo como proceso de acumulaci&oacute;n indiferente a los valores de uso se presentar&iacute;a como &quot;apariencia, como la forma fantasmal de unas relaciones de clase que se han vuelto an&oacute;nimas y se han convertido en fetiche&quot;. El problema que ve Habermas es que entonces</p>     <blockquote>     <p>(...) este enfoque interpretativo impide que aflore la cuesti&oacute;n de si las esferas sist&eacute;micas que son la econom&iacute;a capitalista y la moderna administraci&oacute;n estatal no representan tambi&eacute;n un nivel de integraci&oacute;n superior y evolutivamente ventajoso frente a las sociedades organizadas estatalmente. (Habermas, 1992, t. II, pp. 479-480)</p> </blockquote>     <p>Desde la perspectiva del fil&oacute;sofo alem&aacute;n parece que la de Marx se trata de una visi&oacute;n rom&aacute;ntica que no atiende al paso evolutivo que significa la aparici&oacute;n de las esferas de integraci&oacute;n sist&eacute;mica. En esta l&iacute;nea, cita Habermas con aprobaci&oacute;n la c&eacute;lebre afirmaci&oacute;n de Weber seg&uacute;n la cual el fin del capitalismo privado no significar&iacute;a una ruptura con la &quot;jaula de hierro&quot; del sistema fabril, y concluye planteando que la teor&iacute;a de Marx &quot;no permite una separaci&oacute;n suficientemente neta entre el nivel de diferenciaci&oacute;n sist&eacute;mica que la modernidad implica y las formas espec&iacute;ficamente de clase en que ese nivel se institucionaliza&quot; (Habermas, 1992, t. ii, p. 481). Esta cr&iacute;tica resulta interesante a la luz de la que Habermas formulaba en sus escritos tempranos: si en aquellos se&ntilde;alaba que Marx reduc&iacute;a toda <i>praxis </i>humana a &quot;trabajo&quot;, ahora agrega que su supuesta idea de una &quot;liberaci&oacute;n del trabajo&quot; est&aacute; te&ntilde;ida de una visi&oacute;n &quot;rom&aacute;ntica&quot; ya vuelta anacr&oacute;nica por el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas alcanzado en las sociedades modernas.</p>     <p>Como puede verse, estos planteos de Habermas van en la l&iacute;nea de romper con aquella tradici&oacute;n marxista que centra su atenci&oacute;n en los conflictos del mundo del trabajo y coloca sus esperanzas emancipatorias en la desalienaci&oacute;n del trabajo y en el establecimiento de alg&uacute;n tipo de &quot;sociedad de productores libremente asociados&quot; en la que los sujetos podr&iacute;an realizarse personalmente en su actividad productiva. Perdida esta dimensi&oacute;n, el concepto queda reducido a la mera racionalidad econ&oacute;mico-instrumental —la misma que, recordemos, hab&iacute;a enfatizado la tradici&oacute;n liberal—, que por su parte habr&iacute;a que recortar en su alcance para dar lugar a las estructuras de la acci&oacute;n comunicativa.</p>     <p>Sobre esta cuesti&oacute;n se vuelve en un texto escrito promediando la d&eacute;cada del ochenta, en el que Habermas reflexiona sobre el contexto abierto tras la crisis de los setentas. Tratando de refor-mular el concepto de &quot;Estado social&quot; —en un momento en el que era objeto de duros cuestionamientos por el neoliberalismo, por entonces en ascenso y consolid&aacute;ndose en el poder del Estado en Estados Unidos e Inglaterra—, el fil&oacute;sofo alem&aacute;n plantea que los acontecimientos en curso —creciente desocupaci&oacute;n y precariza-ci&oacute;n de la fuerza de trabajo, estrechamiento de los reg&iacute;menes de la seguridad social, procesos de desindustrializaci&oacute;n de los pa&iacute;ses desarrollados, p&eacute;rdida de poder de los sindicatos, etc.— interpelan sobre la necesidad de abandonar definitivamente una utop&iacute;a: la de la &quot;sociedad del trabajo&quot;.</p>     <blockquote>     <p>La utop&iacute;a de la sociedad del trabajo ya no tiene poder de convicci&oacute;n y no s&oacute;lo porque las fuerzas productivas hayan perdido su inocencia o porque la abolici&oacute;n de la propiedad privada de los medios de producci&oacute;n por s&iacute; sola no desemboque en la autogesti&oacute;n obrera. Sobre todo, la utop&iacute;a ha perdido su punto de contacto con la realidad: la fuerza del trabajo abstracto, capaz de construir estructuras y de transformar la sociedad. (Habermas, 1988, p. 118)</p> </blockquote>     <p>En dicho contexto, la de Habermas no era una voz solitaria. En efecto: por entonces se intensifica un debate intelectual —con epicentro en los pa&iacute;ses desarrollados— en torno de los planteamientos de una serie de autores que desde distintas perspectivas sostienen que el trabajo est&aacute; perdiendo la centralidad que tuvo en la vida social y/o econ&oacute;mica de las naciones industrializadas. Dos de estos autores son mencionados en este texto de Habermas: Claus Offe y Andr&eacute; Gorz<sup><a name="nu7"></a><a href="#num7">7</a></sup>. En el pr&oacute;ximo par&aacute;grafo expondremos los argumentos de este &uacute;ltimo autor, que sigue una l&iacute;nea te&oacute;rica emparentada con la de Habermas pero enfoca sus planteos de modo m&aacute;s concreto en el mundo del trabajo y sus transformaciones.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>2. Andr&eacute; Gorz: delineando la salida de la &quot;sociedad del trabajo&quot;</b></p>     <p>Aunque el fil&oacute;sofo social Andr&eacute; Gorz (1924-2007) tiene una larga trayectoria intelectual y una frondosa y variada obra publicada, nos interesa en particular el per&iacute;odo que se abre con la aparici&oacute;n de <i>Adi&oacute;s al proletariado </i>(1980). M&aacute;s all&aacute; de las constantes que ya eran centrales en sus obras tempranas y que se van a mantener ahora —caben mencionar la herencia sartreana y la defensa de la autonom&iacute;a del sujeto, la cr&iacute;tica al productivismo y la militan-cia ecologista—, es a partir de aqu&iacute; que se produce un viraje, motorizado tanto por el contexto que se abre con la crisis de los setentas como por la ruptura definitiva con algunas tesis centrales sostenidas tradicionalmente por el marxismo.</p>     <p>En t&eacute;rminos generales, el argumento pol&eacute;mico que Gorz mantiene en esta etapa —particularmente frente al marxismo— sigue la l&iacute;nea habermasiana: lo que impugna fundamentalmente es la posibilidad de que los hombres puedan realizarse en su trabajo incluso si se aboliera la propiedad privada de los medios de producci&oacute;n. Seg&uacute;n el autor, una de las caracter&iacute;sticas del trabajo moderno consiste en que engendra un tipo de socializaci&oacute;n particular de los individuos, que denomina &quot;integraci&oacute;n funcional&quot;. Con ella, los fines son fijados por el sistema administrativo, y es en el marco de los mismos que el horizonte de acci&oacute;n de los individuos resulta delimitado. Gorz (1997) denomina <i>esfera de heteronom&iacute;a </i>al &quot;conjunto de actividades especializadas que los individuos tienen que llevar a cabo como funciones coordinadas desde el exterior por una organizaci&oacute;n preestablecida&quot; (p. 51). N&oacute;tese que el concepto de &quot;integraci&oacute;n funcional&quot; es pr&aacute;cticamente id&eacute;ntico a lo que Habermas denominaba &quot;integraci&oacute;n sist&eacute;mica&quot;, as&iacute; como la &quot;esfera de heteronom&iacute;a&quot; gorziana se corresponde con el &quot;sistema&quot; habermasiano<sup><a name="nu8"></a><a href="#num8">8</a></sup>.</p>     <p>En <i>Metamorfosis del trabajo </i>Gorz recupera en particular el concepto de <i>racionalidad econ&oacute;mica, </i>de raigambre weberiana, para profundizar la naturaleza de este tipo de integraci&oacute;n funcional, as&iacute; como sus consecuencias a nivel individual y social. Se trata de un concepto en principio formal, que alude a una modalidad de la raz&oacute;n instrumental consistente en calcular y economizar medios para alcanzar un determinado fin. La cuesti&oacute;n de cu&aacute;l sea ese fin es indiferente para la racionalidad econ&oacute;mica, lo &uacute;nico relevante para ella es el c&aacute;lculo, el uso eficiente de los medios para alcanzarlo; de ah&iacute; su car&aacute;cter unidimensional. Gorz entiende que con la modernidad el &quot;trabajo&quot; pasa a ser dominado por esta racionalidad: comienza a ser organizado a nivel de grandes unidades, parcelado a trav&eacute;s de su divisi&oacute;n pormenorizada, cuantificado como un recurso y, por tanto, privado de sentido para el individuo.</p>     <p>La cr&iacute;tica que Gorz pretende hacer al marxismo —o por lo menos a ciertas corrientes y pr&aacute;cticas vinculadas a &eacute;l— se sustenta en la idea de que la integraci&oacute;n funcional es un requisito determinado por el aumento de complejidad de la producci&oacute;n material, independientemente del sistema econ&oacute;mico adoptado. Ahora bien: en este contexto, la exhortaci&oacute;n a que el individuo se realice en su trabajo, que para Gorz es el ideal del marxismo, no puede cumplirse m&aacute;s que subordinando al individuo a su funci&oacute;n social, esto es, coartando su libertad. Este habr&iacute;a sido uno de los errores del marxismo, y hasta explicar&iacute;a en buena parte el fracaso de los socialismos reales. En efecto: el socialismo —en particular el sovi&eacute;tico— habr&iacute;a pretendido que los trabajadores se realicen en su actividad manteniendo el r&eacute;gimen moderno de organizaci&oacute;n fabril. Como esto era imposible, tuvo que tratar de compatibilizar los fines personales con los sociales mediante recursos irracionales: apelar a la fe en la Raz&oacute;n, encarnada en la burocracia del Partido y su planificaci&oacute;n de la producci&oacute;n. Esta apelaci&oacute;n ideol&oacute;gica solo pod&iacute;a conseguir una cosa: la abnegaci&oacute;n de los individuos para aceptar una organizaci&oacute;n que se les impon&iacute;a independientemente de sus motivaciones. La conclusi&oacute;n de Gorz (1997) es elocuente:</p>     <blockquote>     <p>El fracaso del panracionalismo socialista no puede explicarse solamente por razones hist&oacute;ricas y emp&iacute;ricas. Su raz&oacute;n profunda es ontol&oacute;gica: es ontol&oacute;gicamente como la utop&iacute;a marxista de la coincidencia del trabajo funcional y de la actividad personal, es irrealizable <i>a escala de los grandes sistemas. </i>(p. 63)</p>  </blockquote>      <p>Ahora bien: Gorz entiende que los procesos econ&oacute;micos y sociales que empiezan a desplegarse en los pa&iacute;ses desarrollados desde la d&eacute;cada del setenta estar&iacute;an abriendo la posibilidad de pensar un r&eacute;gimen alternativo tanto al capitalismo como al &quot;socialismo real&quot;. En efecto, la creciente desocupaci&oacute;n y precarizaci&oacute;n de la fuerza de trabajo, que empezar&iacute;an a volverse dram&aacute;ticas desde entonces, no ser&iacute;an sino los s&iacute;ntomas de un proceso subterr&aacute;neo m&aacute;s decisivo: la progresiva abolici&oacute;n del trabajo en el seno mismo del sistema capitalista. As&iacute;, en 1980 se animaba a afirmar que</p>     <blockquote>     <p>(...) la abolici&oacute;n del trabajo es un proceso en curso y que parece llamado a irse acelerando. Institutos independientes de previsi&oacute;n econ&oacute;mica han estimado para cada uno de los tres principales pa&iacute;ses industriales de Europa Occidental, que la automatizaci&oacute;n suprimir&aacute;, en el espacio de diez a&ntilde;os, cuatro o cinco millones de empleos, a menos que se lleve a cabo una profunda revisi&oacute;n de la duraci&oacute;n del trabajo, de los fines de la actividad y su naturaleza. Keynes ha muerto: en el contexto de la crisis y de la revoluci&oacute;n tecnol&oacute;gica actuales, es rigurosamente imposible restablecer el pleno empleo a trav&eacute;s de un crecimiento econ&oacute;mico cuantitativo. La alternativa est&aacute; m&aacute;s bien entre dos formas de gestionar la abolici&oacute;n del trabajo: una que conduce a una sociedad del paro, otra que conduce a una sociedad del tiempo libre. (Gorz, 1989, p. 11)</p> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Cabe se&ntilde;alar que para Gorz este proceso no deja de estar vinculado con lo que el marxismo tradicionalmente ha denominado &quot;lucha de clases&quot;. En efecto: en el origen de la crisis de los setentas se encontrar&iacute;an las revueltas estudiantiles y obreras de la d&eacute;cada anterior, as&iacute; como las conquistas de los trabajadores en pos de una distribuci&oacute;n m&aacute;s favorable del ingreso, las cuales habr&iacute;an contribuido al descenso de las tasas de ganancia (Gorz, 1986, p. 27; 2003, pp. 19-24). En consecuencia, la revoluci&oacute;n de las nuevas tecnolog&iacute;as de la informaci&oacute;n y la comunicaci&oacute;n (tic) no deber&iacute;a ser considerada como una variable aut&oacute;noma, sino como la herramienta m&aacute;s importante que utiliz&oacute; el capital en su guerra contra las conquistas de la clase obrera.</p>     <p>Gorz cree, no obstante, que este triunfo del capital fue ef&iacute;mero, y por lo tanto tambi&eacute;n la aparente resoluci&oacute;n de la crisis en su favor. Porque al socavar los cimientos de la sociedad salarial por la reducci&oacute;n sistem&aacute;tica del tiempo de trabajo, la misma revoluci&oacute;n tecnol&oacute;gica podr&iacute;a volverse en contra del capital. Incluso, Gorz da un paso m&aacute;s: afirma que el capitalismo se encuentra &quot;muerto en vida&quot; y que actualmente tiende a conservar de s&iacute; mismo solamente la apariencia. Pues cuando el tiempo de trabajo disminuye y la riqueza se encuentra en funci&oacute;n del capital fijo, la perseverancia de la sociedad salarial comienza a carecer de un fundamento econ&oacute;mico (la necesidad de la explotaci&oacute;n). Retomando una idea de Jacques Attali, se&ntilde;ala entonces que el capitalismo se encamina a un modelo en el que</p>     <blockquote>     <p>Lo que est&aacute; preservado no es el sistema capitalista sino el sistema de dominaci&oacute;n del capitalismo en el que el salario y el mercado eran los instrumentos cardinales. En efecto, la producci&oacute;n no tiene ni puede tener por objeto la acumulaci&oacute;n de capital y su valorizaci&oacute;n. Ahora tiene como objeto primordial el control de la sociedad y su dominaci&oacute;n. Los objetos ofrecidos ya no lo son con objeto de la maximizaci&oacute;n de los flujos y del beneficio —noci&oacute;n que pierde su sentido en una sociedad en la que los consumidores son pagados para consumir y los productores son un estrato minoritario— sino con el objeto de la maximizaci&oacute;n del control y de la manipulaci&oacute;n (.) Aparato de producci&oacute;n y aparato de control se convierten en lo mismo. (Gorz, 1986, pp. 64-65)</p> </blockquote>     <p>Con este diagn&oacute;stico, la salida por izquierda de esta situaci&oacute;n queda pr&aacute;cticamente trazada para Gorz. Consistir&aacute; en instituir pol&iacute;ticas que disminuyan la dependencia de los individuos respecto al aparato de producci&oacute;n-dominaci&oacute;n y fomenten la autonom&iacute;a: reducir la jornada laboral, repartir el trabajo necesario entre todos, instituir un salario social y favorecer las actividades &quot;autodeter-minadas&quot;, es decir, aquellas que se ubican m&aacute;s all&aacute; de la esfera &quot;heterodeterminada&quot; del trabajo social y resultan, por lo tanto, independientes de los requerimientos del Estado y del mercado.</p>     <p>Se trata de un modelo ut&oacute;pico de sociedad dual en l&iacute;nea con la distinci&oacute;n habermasiana entre sistema y mundo de la vida —e igualmente acorde con un concepto de &quot;trabajo&quot; depurado de su dimensi&oacute;n &quot;libertaria&quot; de realizaci&oacute;n personal y reducido a la mera instrumentalidad.</p>     <p>Resulta relevante para lo que abordaremos a continuaci&oacute;n se&ntilde;alar que aunque en sus lineamientos generales la que desarrollamos es la perspectiva de Gorz desde <i>Adi&oacute;s al proletariado... </i>(1980) hasta <i>Miserias del presente... </i>(1997), una lectura m&aacute;s atenta del conjunto permite detectar algunos ligeros desplazamientos, m&aacute;s notables particularmente en esta &uacute;ltima obra. Nuestra hip&oacute;tesis consiste en que los mismos obedecen a que progresivamente el autor comienza a prestar m&aacute;s atenci&oacute;n a los cambios que vienen teniendo lugar en la organizaci&oacute;n de la producci&oacute;n, esto es, la creciente influencia que ejercen en estas d&eacute;cadas los distintos modelos llamados &quot;posfordistas&quot;. Es as&iacute; que en <i>Miserias del presente... </i>los argumentos respecto a la imposibilidad de los individuos de reapropiarse de modo aut&oacute;nomo del proceso productivo —tema central hasta entonces en su cr&iacute;tica al marxismo— pr&aacute;cticamente han desaparecido. Gorz aqu&iacute; pasa a poner el foco en las consecuencias que tienen para los trabajadores las formas de organizaci&oacute;n productiva que suceden al fordismo. Resulta que todo aquello que este modelo hab&iacute;a intentado eliminar comienza a resultar central para la valorizaci&oacute;n del capital: iniciativa, voluntad cooperativa, e incluso autonom&iacute;a en el lugar de trabajo.</p>     <p>Este desplazamiento no es tan evidente a primera vista porque Gorz mantiene todav&iacute;a aqu&iacute; la cr&iacute;tica a la idea de la &quot;autonom&iacute;a obrera&quot;, que dirige en particular a los autores que siguen la l&iacute;nea del autonomismo italiano —a quienes revisaremos a continuaci&oacute;n. Sin embargo, la cr&iacute;tica que formula ahora muestra un claro desplazamiento argumental respecto de lo esgrimido en obras anteriores. En efecto: Gorz ya no sostiene que esta autonom&iacute;a resulte imposible desde el punto de vista t&eacute;cnico y de los requerimientos de una industria compleja y desarrollada. M&aacute;s bien, entiende que el problema estriba en que esta autonom&iacute;a —que ahora parece ser posible— no podr&iacute;a realizarse enteramente ni tener repercusiones generales positivas mientras quede circunscripta a los espacios de trabajo:</p>     <blockquote>     <p>La autonom&iacute;a en el trabajo es poca cosa en ausencia de una autonom&iacute;a cultural, moral y pol&iacute;tica que la prolongue y que no nace de la cooperaci&oacute;n productiva misma, sino de la actividad militante y de la cultura de la insumisi&oacute;n, de la rebeli&oacute;n, de la fraternidad, del debate libre. (Gorz, 2003, p. 51)</p> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El se&ntilde;alamiento es interesante y lo retomaremos en las consideraciones finales. Pero lo que resulta relevante aqu&iacute; es que este desplazamiento argumental es indicativo de un cambio de perspectiva que de hecho se profundizar&aacute; en las &uacute;ltimas obras de Gorz<sup><a name="nu9"></a><a href="#num9">9</a></sup>, y que efectivamente lo terminar&aacute; acercando a las posturas del autonomismo italiano.</p>     <p><b>3. El autonomismo: cooperaci&oacute;n y autonom&iacute;a como atributos inmanentes al trabajo &quot;posfordista&quot;</b></p>     <p>Los planteos del llamado &quot;autonomismo italiano&quot; pueden leerse en t&eacute;rminos de una contraposici&oacute;n con las posturas de Habermas y Gorz que estudiamos hasta aqu&iacute;. Seg&uacute;n esta corriente, una clave fundamental para entender los cambios que vienen experimentando las sociedades capitalistas desde los setentas se encuentra en la reestructuraci&oacute;n de los procesos de trabajo. La misma se vincular&iacute;a con el advenimiento del llamado &quot;trabajo inmaterial&quot;, concepto con el que se procura sintetizar una serie de movimientos supuestamente en curso: la crisis del fordismo-taylorismo y la expansi&oacute;n progresiva de modalidades alternativas &quot;posfordistas&quot; de organizar el proceso productivo (toyotismo, acumulaci&oacute;n flexible, etc.), la creciente terciarizaci&oacute;n de las econom&iacute;as desarrolladas y la imbricaci&oacute;n inmanente entre el trabajo y las nuevas tecnolog&iacute;as de la informaci&oacute;n y la comunicaci&oacute;n (tic).</p>     <p>Es as&iacute; que Hardt y Negri (2002) —cuyos libros <i>Imperio </i>y <i>Multitud </i>son seguramente los que mejor sistematizan la postura autonomista, adem&aacute;s de ser los que le han dado gran popula-ridad<sup><a name="nu10"></a><a href="#num10">10</a></sup>— entienden en primera instancia el trabajo inmaterial como &quot;un trabajo que produce un bien inmaterial, tal como un servicio, un producto cultural, conocimiento o comunicaci&oacute;n&quot; (p. 258). Recogiendo algunos de los cambios se&ntilde;alados realizan adem&aacute;s una tipolog&iacute;a del mismo que en este punto puede resultar clarificadora:</p>     <blockquote>     <p>(...) Podemos distinguir tres tipos de trabajo inmaterial que han puesto al sector de servicios en la cima de la econom&iacute;a inform&aacute;tica. El primero participa de una producci&oacute;n industrial que se informatiz&oacute; e incorpor&oacute; las tecnolog&iacute;as de la comunicaci&oacute;n de una manera que transforma el proceso de producci&oacute;n mismo. La fabricaci&oacute;n se considera como un servicio, y el trabajo de la producci&oacute;n de bienes durables se mezcla con el trabajo inmaterial, que se hace cada vez m&aacute;s predominante. El segundo es el trabajo inmaterial de las tareas anal&iacute;ticas y simb&oacute;licas, que se divide en labores de manipulaci&oacute;n creativa e inteligente, por un lado, y en labores simb&oacute;licas de rutina, por el otro. Finalmente, el tercer tipo de trabajo inmaterial es el que implica la producci&oacute;n y manipulaci&oacute;n de afectos y que requiere el contacto humano (virtual o real), es el trabajo en el modo corporal. Estos son los tres tipos de tarea que lideran la posmodernizaci&oacute;n de la econom&iacute;a global. (Hardt &amp; Negri, 2002, p. 260)</p> </blockquote>     <p>Estos autores refieren a una &quot;hegemon&iacute;a&quot; del trabajo inmaterial, pero es importante aclarar que con esta expresi&oacute;n no quieren significar que el mismo tenga actualmente una preponderancia mundial en t&eacute;rminos cuantitativos; se tratar&iacute;a, antes bien, de una tendencia que deber&iacute;a interpretarse en t&eacute;rminos cualitativos:</p>     <blockquote>     <p>El trabajo inmaterial es una parte minoritaria del trabajo global y adem&aacute;s se concentra en algunas de las regiones dominantes del planeta. Lo que sostenemos es que el trabajo inmaterial <i>ha pasado a ser hegem&oacute;nico en t&eacute;rminos cualitativos, </i>y marca la tendencia a las dem&aacute;s formas de trabajo y a la sociedad misma. En otras palabras, el trabajo inmaterial se encuentra ahora en la situaci&oacute;n en que estaba el trabajo industrial hace ciento cincuenta a&ntilde;os, cuando representaba una peque&ntilde;a fracci&oacute;n de la producci&oacute;n global y se hallaba concentrado en una parte reducida del mundo, pese a lo cual ejerci&oacute; su hegemon&iacute;a sobre todas las dem&aacute;s formas de producci&oacute;n. Y lo mismo que en aquella fase tendieron a industrializarse todas las formas de trabajo y la sociedad misma, hoy el trabajo y la sociedad se informatizan, se hacen inteligentes, se vuelven comunicativos y afectivos. (Hardt &amp; Negri, 2004, p. 138)</p> </blockquote>     <p>Sin embargo, lo que m&aacute;s nos interesa destacar es lo atinente a los rasgos que para el autonomismo caracterizan de modo necesario a este &quot;trabajo inmaterial&quot; que comenzar&iacute;a a adquirir hegemon&iacute;a. Hay en particular dos caracter&iacute;sticas imbricadas que le son adosadas al mismo y que resultan fundamentales para entender estos planteos en contraposici&oacute;n a los que revisamos en los par&aacute;grafos anteriores. Nos referimos a la cooperaci&oacute;n y a la autonom&iacute;a:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>     <p>El aspecto central del paradigma de la producci&oacute;n inmaterial que necesitamos dilucidar aqu&iacute; es su estrecha relaci&oacute;n con la cooperaci&oacute;n, la colaboraci&oacute;n y la comunicaci&oacute;n: en suma, su fundamento en lo com&uacute;n. Marx insisti&oacute; en que, hist&oacute;ricamente, uno de los grandes elementos progresistas del capital hab&iacute;a sido la organizaci&oacute;n de los ej&eacute;rcitos de obreros en unas relaciones de colaboraci&oacute;n productiva. El capitalista los llama a la f&aacute;brica, por ejemplo, les ense&ntilde;a a colaborar y a comunicarse en la producci&oacute;n, y pone en sus manos los medios para hacerlo. En el paradigma de la producci&oacute;n inmaterial, por el contrario, es el trabajo mismo el que tiende a producir los medios de interacci&oacute;n comunicaci&oacute;n y cooperaci&oacute;n para la producci&oacute;n (.) la creaci&oacute;n de cooperaci&oacute;n se ha convertido en algo interno con respecto al trabajo y es, por tanto, externa en relaci&oacute;n con el capital. (Hardt &amp; Negri, 2004, p. 178)</p> </blockquote>     <p>La &uacute;ltima afirmaci&oacute;n constituye una de las tesis centrales del autonomismo: lo que caracterizar&iacute;a de modo distintivo al trabajo inmaterial es la conexi&oacute;n necesaria que en el mismo se establece entre cooperaci&oacute;n y autonom&iacute;a. Aunque el trabajo en el capitalismo siempre ha sido &quot;cooperativo&quot;, en el sentido de que ser&iacute;a el resultado de las acciones coordinadas de un conjunto de trabajadores y no de sujetos aislados, solo en el nuevo paradigma esta cooperaci&oacute;n dejar&iacute;a de ser ordenada desde el exterior por el capital (trabajo &quot;heter&oacute;nomo&quot; en el sentido de Gorz) para pasar a emerger de modo inmanente de los propios trabajadores.</p>     <p>Esta relaci&oacute;n interna entre trabajo, cooperaci&oacute;n y autonom&iacute;a es vinculada por el autonomismo a una serie de desplazamientos en los modos de organizaci&oacute;n de la producci&oacute;n. Con el desarrollo y difusi&oacute;n de las tic la distancia f&iacute;sica tender&iacute;a a perder importancia, y con ella tambi&eacute;n las tradicionales modalidades jer&aacute;rquicas y centralizadas de organizaci&oacute;n. En su reemplazo, la producci&oacute;n se estructurar&iacute;a crecientemente bajo la forma de empresas conectadas en redes horizontales de informaci&oacute;n y comunicaci&oacute;n. Esta estructura reemplazar&iacute;a a las formas anteriores de organizaci&oacute;n de tipo burocr&aacute;tico-piramidal, que ya no resultar&iacute;an adecuadas para el control del trabajo en su nueva morfolog&iacute;a &quot;inmaterial&quot; (Hardt &amp; Negri, 2002, pp. 262-263).</p>     <p>Hardt y Negri llevan incluso m&aacute;s lejos este &uacute;ltimo argumento. Revisitando una tesis te&oacute;rica caracter&iacute;stica del obrerismo italiano —seg&uacute;n la cual la clase obrera representa el polo activo de la relaci&oacute;n de clase, que impulsa al capital a reestructurarse (y no al rev&eacute;s)—, los autores interpretan que la reconfiguraci&oacute;n del capital que comienza hacia los setentas es una respuesta a las luchas obreras y estudiantiles de la d&eacute;cada anterior —que cristalizar&iacute;an en el llamado &quot;Mayo franc&eacute;s&quot;:</p>      <blockquote>     <p>Lajuventud, que rechazaba la repetici&oacute;n narc&oacute;tica de la sociedad-f&aacute;brica, inventaba nuevas formas de movilidad y flexibilidad, nuevos estilos de vida. Los movimientos estudiantiles obligaron a dar un alto valor social al conocimiento y el trabajo intelectual. Los movimientos feministas (...) elevaban el valor social de lo que tradicionalmente se hab&iacute;a considerado como el trabajo femenino, que conlleva un alto contenido de afecto y cuidados protectores y se concentra en los servicios necesarios para la reproducci&oacute;n social. Toda la gama de movimientos y toda la contracultura emergente destacaban el valor social de la cooperaci&oacute;n y la comunicaci&oacute;n. Esta transmutaci&oacute;n masiva de los valores de la producci&oacute;n social y la producci&oacute;n de nuevas subjetividades inici&oacute; el camino de una en&eacute;rgica transformaci&oacute;n de la fuerza laboral (...) los indicadores de valor de todos estos movimientos —la movilidad, la flexibilidad, el conocimiento, la comunicaci&oacute;n, la cooperaci&oacute;n, lo afectivo— terminar&iacute;an por definir la transformaci&oacute;n de la producci&oacute;n capitalista de las d&eacute;cadas siguientes. (Hardt &amp; Negri, 2002, p. 243)</p> </blockquote>     <p>La reestructuraci&oacute;n productiva se interpreta, de este modo, como la respuesta del capital a la nueva &quot;composici&oacute;n de la fuerza de trabajo&quot;. La hip&oacute;tesis autonomista es, entonces, que el modelo disciplinario-fordista de organizaci&oacute;n entr&oacute; en crisis, ya que no resultaba adecuado para acoplar a esta disruptiva fuerza laboral —cooperativa, aut&oacute;noma, afectiva, comunicativa, etc.— a los procesos de valorizaci&oacute;n del capital.</p>     <p>De estos planteos del autonomismo se desprende que aquello que seg&uacute;n Habermas y Gorz quedaba progresivamente marginado del sistema productivo como resultado de un proceso evolutivo que se le&iacute;a como inexorable estar&iacute;a siendo reintroducido y sub-sumido nuevamente en el subsistema econ&oacute;mico. As&iacute;, lenguaje y comunicaci&oacute;n, afectos, cooperaci&oacute;n y autonom&iacute;a, lejos de florecer allende los espacios &quot;heterodeterminados&quot; de trabajo, se constituir&iacute;an en los pilares de la producci&oacute;n de plusval&iacute;a en el posfordismo. Las fuertes dicotom&iacute;as planteadas por aquellos autores —entre sistema y mundo de la vida, entre esfera de autonom&iacute;a y de he-teronom&iacute;a, entre trabajo e interacci&oacute;n, etc.— se encontrar&iacute;an en proceso de hibridaci&oacute;n. A principios de los noventas, en un texto precursor, el economista italiano Christian Marazzi (2003) argumentaba expl&iacute;citamente esta cuesti&oacute;n a prop&oacute;sito de la dicotom&iacute;a habermasiana entre acci&oacute;n instrumental y acci&oacute;n comunicativa:</p>     <blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La acci&oacute;n instrumental procede del pensamiento que hace c&aacute;lculos, de esa racionalidad que excluye juicios de valor, releg&aacute;ndolos a la esfera de la comunicaci&oacute;n en cuanto esfera separada (...) Con la entrada en la producci&oacute;n de la comunicaci&oacute;n, esta separaci&oacute;n o dicotom&iacute;a entre esfera de la acci&oacute;n instrumental y esfera de la acci&oacute;n comunicativa se ve trastocada, desequilibrada. El trabajo posfordista es un trabajo altamente comunicativo, necesita de un alto grado de capacidades &quot;lingü&iacute;sticas&quot; para poder ser productivo (...) Esto significa que es en el proceso productivo mismo donde se asienta esa capacidad de generalizaci&oacute;n, ese ir m&aacute;s all&aacute; del dato, m&aacute;s all&aacute; del acto instrumental-mec&aacute;nico, que el lenguaje permite efectuar. (p. 28)</p> </blockquote>     <p>Siendo as&iacute;, y contrariando la evoluci&oacute;n prevista por Habermas y Gorz, el trabajo no quedar&iacute;a determinado en su contenido —al menos no completamente— por aquellos mecanismos impersonales que ataban los comportamientos individuales a los requisitos ftincionales de la estructura. En efecto: la iniciativa y el involucra-miento de los trabajadores no solo no ser&iacute;an reprimidos sino que ser&iacute;an ampliamente incentivados incluso en vista de mejorar los propios procesos productivos —contrariando as&iacute; el unidireccional <i>one best way </i>taylorista:</p>     <blockquote>     <p>(...) Hay un cambio relevante en la &eacute;poca contempor&aacute;nea, porque la tarea del obrero o empleado consiste justamente en encontrar atajos, &quot;trucos&quot;, soluciones que mejoren la organizaci&oacute;n laboral. Aqu&iacute; el saber del obrero no se utiliza a escondidas sino que se exige expl&iacute;citamente, deviene uno de los deberes laborales. El mismo cambio se registra a prop&oacute;sito de la cooperaci&oacute;n: una cosa es que los trabajadores est&eacute;n coordinados por un ingeniero y otra muy distinta que se les pida inventar nuevos procedimientos cooperativos. (Virno, 2003, p. 61)</p> </blockquote>       <p>Esta &uacute;ltima afirmaci&oacute;n muestra una clara paradoja de la postura autonomista. Por un lado, se plantea como novedad del paradigma productivo vigente el hecho de que la cooperaci&oacute;n emerja de la actividad de los propios trabajadores: se trata de la tesis central sobre la conexi&oacute;n inmanente entre cooperaci&oacute;n y autonom&iacute;a; sin embargo, se plantea, por otro lado, que esto responder&iacute;a tambi&eacute;n a una necesidad imperiosa de los procesos de valorizaci&oacute;n del capital, lo cual se traducir&iacute;a, m&aacute;s concretamente, en el hecho de que este involucramiento voluntario de los trabajadores ser&iacute;a a su vez una exigencia emanada de las gestiones empresariales. Esto conduce a que tengamos que formularnos algunas preguntas: ¿puede entonces la cooperaci&oacute;n aut&oacute;noma de los trabajadores subsistir como tal? ¿No hay una inconsistencia en este planteo? ¿No peca acaso de un exceso de optimismo?</p>     <p>En realidad, no deber&iacute;amos pensar que los autonomistas simplemente est&aacute;n ignorando las tendencias m&aacute;s negativas presentes en los procesos &quot;posmodernos&quot; de trabajo; es decir, aquellas que, como vimos, eran denunciadas por Habermas y Gorz —desocupaci&oacute;n, precarizaci&oacute;n creciente, sobreexplotaci&oacute;n, etc. No sin ciertas sinuosidades en la argumentaci&oacute;n, el autonomismo llega a reconocer que la presencia de la autonom&iacute;a y la cooperaci&oacute;n en los procesos productivos se inscribe m&aacute;s en el terreno de la posibilidad inmanente que en el de la realidad efectiva. Es ello lo que se trata de plantear al final de <i>Imperio </i>con evidente dificultad. Resulta que el trabajo de la multitud, que hab&iacute;a sido presentado como la &quot;fuerza colectiva de emancipaci&oacute;n y la sustancia de la nueva virtualidad social de las capacidades productivas y liberadoras del trabajo&quot;, sigue encontrando una barrera en esa fuerza negativa y parasitaria que no obstante contin&uacute;a teniendo efectos, aliment&aacute;ndose de los poderes de aquella y poniendo as&iacute; un l&iacute;mite a su proyecto libertario: el <i>imperio, </i>concepto con el que los autores procuran sintetizar la opresi&oacute;n ejercida por el capital globalizado (pp. 311-315).</p>       <p><b>4. Apuntes finales para el debate</b></p>     <p>Queremos cerrar este art&iacute;culo planteando algunos interrogantes que emergen de la contraposici&oacute;n realizada. Las dos l&iacute;neas de indagaci&oacute;n llegan a conclusiones tan dis&iacute;miles que podr&iacute;a parecer que estamos ante perspectivas te&oacute;ricas inconmensurables. Creemos que no obstante la distancia que efectivamente las separa, se puede avanzar en un di&aacute;logo con ambas que sin pretender hacer una &quot;s&iacute;ntesis dial&eacute;ctica&quot;, ni mucho menos, permita clarificar el terreno del debate para formular y replantear nuevas y viejas preguntas de relevancia para la filosof&iacute;a social con pretensiones cr&iacute;ticas. Recordando siempre la doble dimensi&oacute;n que encierra la cr&iacute;tica: la b&uacute;squeda de fisuras en aquello que aparece como &quot;dado&quot; y la apertura de posibilidades alternativas para el pensamiento y la acci&oacute;n. Es sobre este terreno que procuraremos avanzar en las l&iacute;neas que siguen: ellas van a cerrar este art&iacute;culo, manteniendo, sin embargo, abierto el horizonte de la indagaci&oacute;n.</p>     <p>El primer punto que queremos enfatizar refiere a la posible neutralizaci&oacute;n de un tipo de cr&iacute;tica que hist&oacute;ricamente estuvo fuertemente anclada a modalidades de trabajo que hoy est&aacute;n siendo cuando menos relativizadas por las tendencias de tipo &quot;posfordista&quot;. Esta cr&iacute;tica se enfocaba en una forma de dominaci&oacute;n de tipo funcional, abstracta y burocr&aacute;tica. Recordemos que la misma se comenz&oacute; a desarrollar con cierta fuerza hacia fines del siglo xix —un autor emblem&aacute;tico en este punto es Max We-ber— a la luz del nacimiento de la gesti&oacute;n cient&iacute;fica del trabajo (Taylor, Fayol, etc.) y del florecimiento de las grandes burocracias privadas y estatales, as&iacute; como de la extensi&oacute;n de la planificaci&oacute;n estatal de la econom&iacute;a.</p>     <p>El mismo contexto aliment&oacute; la ya legendaria &quot;cr&iacute;tica de la raz&oacute;n/acci&oacute;n instrumentales&quot; desarrollada por la Escuela de Frankfurt particularmente a partir de la d&eacute;cada del cuarenta. Es sabido que esta cr&iacute;tica fue en parte un intento por efectuar una s&iacute;ntesis entre la cr&iacute;tica de la econom&iacute;a pol&iacute;tica de ra&iacute;z marxiana y el an&aacute;lisis weberiano sobre el proceso moderno de racionalizaci&oacute;n y burocratizaci&oacute;n. De hecho, el propio Habermas —heredero de la Escuela— planteaba a fines de los sesenta que este contexto era el que justificaba la necesidad de pasar de la &quot;cr&iacute;tica de la econom&iacute;a pol&iacute;tica&quot; a la &quot;cr&iacute;tica de la raz&oacute;n instrumental&quot;; posicionamiento que lejos de ser original segu&iacute;a b&aacute;sicamente la tesis del economista de la Escuela Friedrich Pollock sobre el &quot;capitalismo de Estado&quot; ya esbozada en la d&eacute;cada del treinta<sup><a name="nu11"></a><a href="#num11">11</a></sup>. Este planteo parec&iacute;a ser capaz de extender el campo de la cr&iacute;tica, por ejemplo, hacia las grandes burocracias, sean estatales o privadas, sean las de los pa&iacute;ses capitalistas o las del &quot;socialismo real&quot;.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Las tendencias de tipo posfordista parecen ir, justamente, en la direcci&oacute;n de relativizar la hegemon&iacute;a de este tipo de dominaci&oacute;n instrumental, burocr&aacute;tica y abstracta, lo cual hace que la modalidad de cr&iacute;tica asociada a ella deba ser puesta bajo una severa revisi&oacute;n. Las preguntas que emergen no dejan de ser inquietantes: ¿es posible que la cr&iacute;tica de la raz&oacute;n instrumental haya sido superada ya no por el nacimiento de un nuevo sistema socioecon&oacute;mico sino por una transformaci&oacute;n acaecida en el seno mismo del capitalismo? Y si fuera as&iacute;: ¿significar&iacute;a esto que la cr&iacute;tica misma ha sido neutralizada? Naturalmente, estar&iacute;amos inclinados a pensar que no, que la cr&iacute;tica, en tanto cuestionamiento de lo existente y apertura de lo posible, contin&uacute;a siendo una necesidad del pensar —y tambi&eacute;n de la pr&aacute;ctica—, pero entonces deber&iacute;amos enfrentar por fin la pregunta m&aacute;s comprometedora: ¿Qu&eacute; caminos tendr&iacute;amos que seguir para reconfigurar la cr&iacute;tica y superar este aparente <i>impasse?</i></p>     <p>Es en este punto que interpretamos que los planteos del au-tonomismo italiano representan un avance —aunque tambi&eacute;n, como veremos, conduzcan a otros interrogantes. Antes que nada, el autonomismo registra los l&iacute;mites actuales de una cr&iacute;tica del trabajo centrada en su car&aacute;cter instrumental, heterodetermina do, funcional, etc. Con base en este reconocimiento se procura recuperar la cr&iacute;tica: la explotaci&oacute;n del trabajo en el capitalismo posfordista supondr&iacute;a una &quot;subsunci&oacute;n&quot; —en el sentido dado por Marx (2001b)— ahora ampliada: capacidades y actitudes vinculadas al involucramiento activo, a la comunicaci&oacute;n, al trabajo en equipos, a la disponibilidad y apertura al cambio, a la autonom&iacute;a, etc., estar&iacute;an siendo interiorizadas incluso por los nuevos dispositivos de control del trabajo<sup><a name="nu12"></a><a href="#num12">12</a></sup>. As&iacute;, no es desacertado afirmar que el autonomismo, ante la crisis de la cr&iacute;tica de la raz&oacute;n/acci&oacute;n instrumentales, intenta reformular la cr&iacute;tica de la econom&iacute;a pol&iacute;tica de raigambre marxiana. Al mismo tiempo y de un modo complementario, el autonomismo relanza la cr&iacute;tica en tanto apertura de lo posible. Precisamente, en el punto en que empieza a avizorar la posibilidad de realizar aquello que Habermas y Gorz hab&iacute;an enterrado como una utop&iacute;a rom&aacute;ntica: un trabajo inextricablemente unido a la cooperaci&oacute;n y la autonom&iacute;a como matriz central de un nuevo sistema de relaciones sociales &quot;poscapitalistas&quot;.</p>     <p>Sin embargo, insistimos en que este planteo, que en primera instancia parece, m&aacute;s bien, optimista, no deja de ser profundamente ambiguo y paradojal. As&iacute;, para estos autores, la subsunci&oacute;n ampliada al capital, que en un sentido abre el campo de lo posible, expresa a la vez un proceso en el que los resortes m&aacute;s &iacute;ntimos de la subjetividad pasan a operar como medios para la obtenci&oacute;n de plusval&iacute;a, dando lugar incluso al establecimiento de formas de servidumbre impensadas en el paradigma taylorista-fordista<sup><a name="nu13"></a><a href="#num13">13</a></sup>.</p>     <p>En esta brecha entre lo real y lo posible abierta por la cr&iacute;tica es en la que radica el problema m&aacute;s estrictamente pol&iacute;tico respecto de la transformaci&oacute;n efectiva de lo establecido. Este es, a mi juicio, uno de los puntos m&aacute;s problem&aacute;ticos del planteo autonomista. Hardt y Negri parecen presumir que la cooperaci&oacute;n y la autonom&iacute;a supuestamente extendidas con la hegemon&iacute;a del &quot;trabajo inmaterial&quot; llevar&iacute;an <i>per se </i>a un proyecto pol&iacute;tico de &quot;democracia absoluta&quot; que la multitud estar&iacute;a en camino a construir &quot;desde abajo&quot; —en oposici&oacute;n a la democracia representativa y a los modernos Estados-Naci&oacute;n, supuestamente en retroceso. Pero, por un lado, estos mismos autores reconocen que la cooperaci&oacute;n y la autonom&iacute;a son, en cierta medida, incentivados por el propio capital — formando parte de mecanismos de autocontrol que reemplazar&iacute;an progresivamente a los anteriores m&eacute;todos de disciplinamiento jer&aacute;rquico; y por otro lado, tal como planteaba Gorz, resulta simplista proyectar la cooperaci&oacute;n y la autonom&iacute;a en el proceso de trabajo directamente y sin mediaciones al plano pol&iacute;tico. Por lo menos, en tanto y en cuanto aquellas queden circunscriptas a ese proceso en su sentido m&aacute;s restringido. As&iacute;, que los trabajadores dialoguen y discutan aut&oacute;nomamente respecto de su desempe&ntilde;o, del modo de desarrollar y mejorar sus tareas, etc., no implica que puedan alterar decisiones sobre otras cuestiones: qu&eacute; producir, para qu&eacute; y para qui&eacute;n, qu&eacute; dimensiones de la vida social sopesar adem&aacute;s de la productividad —las ecol&oacute;gicas, por ejemplo—, etc. Evidentemente, para que los trabajadores puedan tener incumbencia sobre esas decisiones —que adem&aacute;s exceden los intereses de su industria espec&iacute;fica— se necesitar&iacute;a de mediaciones institucionales hoy escasamente desarrolladas, pues sigue siendo el mercado (y en menor medida los Estados) el que mantiene la soberan&iacute;a primaria sobre las mismas.</p>     <p>Estos son algunos de los temas e interrogantes que podemos formular como resultado de la contraposici&oacute;n de las dos posturas abordadas. Se trata de cuestiones que, seg&uacute;n entendemos, resultan sumamente importantes para un planteamiento cr&iacute;tico respecto del lugar del trabajo en nuestras sociedades contempor&aacute;neas. Cuestiones que, por lo tanto, habr&aacute; que seguir pensando y desarrollando en futuros escritos.</p>  <hr>     <P><sup><a name="num1"></a><a href="#nu1">1</a></sup>&nbsp;&quot;Las tradiciones cl&aacute;sicas de la sociolog&iacute;a, tanto la burguesa como la marxista, comparten el punto de vista de que el trabajo constituye el hecho social central. Una y otra construyen la sociedad y su din&aacute;mica como &laquo;sociedad del trabajo&raquo;. Aunque este t&eacute;rmino (...) no encuentra, en verdad, utilizaci&oacute;n en las obras de Marx, Durkheim y Weber, el concepto apunta a una coincidencia de la perspectiva sociol&oacute;gica que persiguieron los cl&aacute;sicos de la disciplina&quot; (Offe, 1992, p. 17).</p>     <P><sup><a name="num2"></a><a href="#nu2">2</a></sup>&nbsp;Ya Marx (2001a) hab&iacute;a notado que Adam Smith es el primer pensador que entiende al trabajo como universalidad creadora de riqueza en general, haciendo abstracci&oacute;n del contenido concreto de la actividad y del producto (p. 54).</p>     <P><sup><a name="num3"></a><a href="#nu3">3</a></sup>Cabe se&ntilde;alar que los planteos que hace Hannah Arendt en <i>La condici&oacute;n humana </i>(publicada ya en 1958) resultan un antecedente muy relevante e influyente para las impugnaciones posteriores del concepto.</p>     <P><sup><a name="num4"></a><a href="#nu4">4</a></sup>Este concepto de teor&iacute;a cr&iacute;tica lo debemos tanto a Horkheimer (2003) y la Escuela de Frankfurt en general como a la reformulaci&oacute;n que hiciera Foucault (1996) de la cr&iacute;tica kantiana: &quot;Si la cuesti&oacute;n kantiana era saber qu&eacute; l&iacute;mites debe renunciar a franquear el conocimiento, me parece que la cuesti&oacute;n cr&iacute;tica hoy debe ser invertida como cuesti&oacute;n positiva: en lo que nos es dado como universal, necesario, obligatorio, cu&aacute;l es la parte de lo que es singular, contingente y debido a coacciones arbitrarias. Se trata, en suma, de transformar la cr&iacute;tica en la forma de la limitaci&oacute;n necesaria en una cr&iacute;tica pr&aacute;ctica en la forma del franqueamiento posible&quot; (p. 104).</p>     <P><sup><a name="num5"></a><a href="#nu5">5</a></sup>En <i>Teor&iacute;a de la acci&oacute;n comunicativa </i>Habermas ya no usa los t&eacute;rminos &quot;trabajo&quot; e &quot;interacci&oacute;n&quot; para referirse a la acci&oacute;n instrumental y a la comunicativa respectivamente. Sin embargo, y como veremos, el abandono de esta terminolog&iacute;a est&aacute; lejos de implicar un quiebre con su lectura temprana en lo que refiere a la interpretaci&oacute;n del &quot;trabajo&quot; y su pol&eacute;mica con el marxismo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><sup><a name="num6"></a><a href="#nu6">6</a></sup>La diferencia entre &quot;l&oacute;gica evolutiva&quot; y &quot;din&aacute;mica evolutiva&quot; es central para el planteo de Habermas, en la medida en que le permite mantener, desde una perspectiva normativa, la idea de que el proceso de racionalizaci&oacute;n moderno tiene un alcance universal. M&aacute;s all&aacute; de las &quot;desviaciones patol&oacute;gicas&quot; que se registrar&iacute;an en la din&aacute;mica evolutiva efectivamente seguida por las sociedades occidentales habr&iacute;a en la modernidad un potencial de racionalidad que responder&iacute;a a una l&oacute;gica evolutiva de car&aacute;cter universal que exigir&iacute;a actualizaci&oacute;n. Sobre la defensa del universalismo en Habermas, v&eacute;ase Heler (2007, pp. 104 y ss.).</p>     <P><sup><a name="num7"></a><a href="#nu7">7</a></sup>En la d&eacute;cada del noventa el debate volver&iacute;a a cobrar fuerza, sobre todo a partir de la publicaci&oacute;n en 1995 del libro del economista norteamericano Jeremy Rifkin (1996) titulado sugestivamente <i>El fin del trabajo.</i></p>     <P><sup><a name="num8"></a><a href="#nu8">8</a></sup>Gorz (1997) reconoce esta correspondencia; lo &uacute;nico que le critica a Habermas es el hecho de haber confundido dos tipos de &quot;heterorregulaci&oacute;n&quot;: la espont&aacute;nea, resultado de la agregaci&oacute;n de acciones individuales (mercado), y la programada, resultado de una planificaci&oacute;n consciente impuesta a los individuos independientemente de sus intenciones (p. 53).</p>     <P><sup><a name="num9"></a><a href="#nu9">9</a></sup>V&eacute;ase en particular la &uacute;ltima obra importante del autor, publicada en 2003 en franc&eacute;s y traducida tambi&eacute;n al ingl&eacute;s (2010).</p>     <P><sup><a name="num10"></a><a href="#nu10">10</a></sup>Aunque cabe recordar que el autonomismo contempor&aacute;neo tiene tras s&iacute; una larga historia: muchas de sus tesis te&oacute;ricas fundamentales se remontan a los planteos del obrerismo italiano, surgido en la d&eacute;cada del sesenta con exponentes como Mario Tronti y el propio Antonio Negri.</p>     <P><sup><a name="num11"></a><a href="#nu11">11</a></sup>V&eacute;ase Habermas (1986a). Sobre este pasaje dentro de la Escuela de Frankfurt, v&eacute;anse tambi&eacute;n Benhabib (2008) y Postone (2006, cap. 3).eidüs n&deg; 25 (2016) p&aacute;gs. 43-71 67 issn 2011-7477</p>     <P><sup><a name="num12"></a><a href="#nu12">12</a></sup>&nbsp;Esto puede registrarse claramente en los nuevos discursos del <i>management </i>empresarial; pueden consultarse para este punto Boltanski y Chiapello (2002) y Zangaro (2011).</p>     <P><sup><a name="num13"></a><a href="#nu13">13</a></sup>&nbsp;Este punto tiende a ser m&aacute;s enfatizado por autores como Virno y Marazzi, cuyos planteos se alejan del optimismo militante que en ocasiones ti&ntilde;e el tono de la obra de Antonio Negri en particular.</p>  <hr>     <p><b>Referencias</b></p>     <!-- ref --><p>Baudrillard, J. (1996). <i>El espejo de la producci&oacute;n. </i>Barcelona: Gedisa.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264027&pid=S1692-8857201600020000300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Bauman, Z. (2000). <i>Trabajo, consumismo y nuevos pobres. </i>Barcelona: Gedisa.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264029&pid=S1692-8857201600020000300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Benhabib, S. (2008). La cr&iacute;tica de la raz&oacute;n instrumental. En S. Zizek (comp.), <i>Ideolog&iacute;a: un mapa de la cuesti&oacute;n </i>(pp. 78-89). Buenos Aires: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264031&pid=S1692-8857201600020000300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Boltanski, L. &amp; Chiapello, E. (2002). <i>El nuevo esp&iacute;ritu del capitalismo. </i>Madrid: Akal.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264033&pid=S1692-8857201600020000300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Castel, R. (2006). <i>Las metamorfosis de la cuesti&oacute;n social. </i>Buenos Aires: Paid&oacute;s.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264035&pid=S1692-8857201600020000300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Castel, R. (2010). <i>El ascenso de las incertidumbres: trabajo, protecciones, estatuto del individuo. </i>Buenos Aires: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264037&pid=S1692-8857201600020000300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Foucault, M. (1996). <i>¿Qu&eacute; es la ilustraci&oacute;n? </i>C&oacute;rdoba (Argantina): Alci&oacute;n.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264039&pid=S1692-8857201600020000300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>       <!-- ref --><p>Foucault, M. (2002). <i>Las palabras y las cosas: una arqueolog&iacute;a de las ciencias</i>humanas. Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264041&pid=S1692-8857201600020000300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Gorz, A. (1986). <i>Los caminos delpara&iacute;so: para comprender la crisis y salirpor izquierda. </i>Barcelona: Laia.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264043&pid=S1692-8857201600020000300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Gorz, A. (1989). <i>Adi&oacute;s al proletariado (m&aacute;s all&aacute; del socialismo). </i>Buenos Aires: Imago Mundi.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264045&pid=S1692-8857201600020000300010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Gorz, A. (1997). <i>Metamorfosis del trabajo. </i>Madrid: Sistema.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264047&pid=S1692-8857201600020000300011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Gorz, A. (2003). <i>Miserias del presente, riqueza de lo posible. </i>Buenos Aires:Paid&oacute;s.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264049&pid=S1692-8857201600020000300012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Gorz, A. (2010). <i>The Immaterial. </i>Calcutta: Seagull Books.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264051&pid=S1692-8857201600020000300013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Habermas, J. (1982). <i>Conocimiento e inter&eacute;s. </i>Madrid: Taurus.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264053&pid=S1692-8857201600020000300014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Habermas, J. (1986a). Ciencia y t&eacute;cnica como ideolog&iacute;a. En <i>Ciencia y t&eacute;cnica como ideolog&iacute;a. </i>Madrid: Tecnos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264055&pid=S1692-8857201600020000300015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Habermas, J. (1986b). Trabajo e interacci&oacute;n. Notas sobre la filosof&iacute;a hegeliana del per&iacute;odo de Jena. En <i>Ciencia y t&eacute;cnica como ideolog&iacute;a.</i>Madrid: Tecnos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264057&pid=S1692-8857201600020000300016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Habermas, J. (1988). 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(2002). <i>Imperio. </i>Buenos Aires: Paid&oacute;s.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264063&pid=S1692-8857201600020000300019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Hardt, M. &amp; Negri, A. (2004). <i>Multitud. </i>Buenos Aires: Debate. Heler, M. (2007). Jürgen <i>Habermas y el proyecto moderno. </i>Buenos Aires: Biblos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264065&pid=S1692-8857201600020000300020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Horkheimer, M. (2003). Teor&iacute;a tradicional y teor&iacute;a cr&iacute;tica. 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(2001a). <i>Introducci&oacute;n general a la cr&iacute;tica de la econom&iacute;a pol&iacute;tica.</i>M&eacute;xico: Siglo XXI.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264071&pid=S1692-8857201600020000300023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Marx, K. (2001b). <i>El capital, libro I, cap&iacute;tulo VI </i>(in&eacute;dito). M&eacute;xico: Siglo XXI.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264072&pid=S1692-8857201600020000300024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>M&eacute;da, D. (1998). <i>El trabajo. Un valor en peligro de extinci&oacute;n. </i>Barcelona: Gedisa.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264074&pid=S1692-8857201600020000300025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>M&eacute;da, D. (2007). ¿Qu&eacute; sabemos sobre el trabajo? <i>Revista de trabajo, 4,</i> 17-32.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264076&pid=S1692-8857201600020000300026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Neffa, J. (2003). <i>El trabajo humano. </i>Buenos Aires: Lumen.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264078&pid=S1692-8857201600020000300027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Offe, C. (1992). ¿Es el trabajo una categor&iacute;a sociol&oacute;gica clave? En <i>La sociedad del trabajo. Problemas estructurales y perspectivas de futuro </i>(pp 17-51). Madrid: Alianza.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264080&pid=S1692-8857201600020000300028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Poster, M. (1984). <i>Foucault, marxismo e historia. </i>Buenos Aires: Paid&oacute;s.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264082&pid=S1692-8857201600020000300029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p>Postone, M. (2006). <i>Tiempo, trabajo y dominaci&oacute;n social. </i>Madrid: Marcial Pons.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264084&pid=S1692-8857201600020000300030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Rifkin, J. (1996). <i>El fin del trabajo. </i>Buenos Aires: Paid&oacute;s.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264086&pid=S1692-8857201600020000300031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Virno, P. (2003). <i>Gram&aacute;tica de la multitud. </i>Buenos Aires: Colihue.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264088&pid=S1692-8857201600020000300032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>     <!-- ref --><p>Zangaro, M. (2011). <i>Subjetividad y trabajo: una lectura foucaultiana del management. </i>Buenos Aires: Herramienta.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1264090&pid=S1692-8857201600020000300033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <p align="center"><img src="img/revistas/eidos/n25/n25a03f01.jpg"></p> </font>      ]]></body><back>
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