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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This paper will present the problem of virtuality from a philosophical perspective to think contemporary forms of understanding of the term related to technological developments in recent history. This perspective pretends to establish a thoughtful critique of the levity with which some concepts related to virtuality (such as "possibility", "potential", "reality", "actual", "cyberspace", "artificial intelligence", etc...) are taken.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[   <font face="verdana" size="2">      <p>DOI: <a href="http://dx.doi.org/10.14482/eidos.25.7973" target="_blank">http://dx.doi.org/10.14482/eidos.25.7973</a></p>  <font size="4">    <p align="center"><b>Virtualidad: persistencias e insistencias de un nuevo viejo problema</b></p></font>     <p><b>Juan Diego Parra Valencia</b>    <br>Instituto Tecnol&oacute;gico Metropolitano    <br><a href="mailto:juanparra@itm.edu.co"><i>juanparra@itm.edu.co</i></a></p>     <p><b>Fecha de recepci&oacute;n:</b> 1 de octubre de 2015    <br><b> Fecha de aceptaci&oacute;n:</b> 23 de febrero de 2016</p> <hr>     <p><b>Resumen</b></p>     <p>Este ensayo buscar&aacute; presentar el problema de la virtualidad desde una perspectiva filos&oacute;fica, dialogante con las formas contempor&aacute;neas de aprehensi&oacute;n del t&eacute;rmino, en consonancia con los desarrollos tecnol&oacute;gicos y discursivos de la historia reciente. Se analizar&aacute;n t&eacute;rminos afines a la virtualidad, tales como &quot;posibilidad&quot;, &quot;potencialidad&quot;, &quot;ficci&oacute;n&quot;, &quot;irrealidad&quot;, &quot;realidad&quot; y &quot;actualidad&quot;, con el fin de caracterizar aquello que hoy se denomina &quot;realidad virtual&quot; y &quot;ciberespacio&quot;.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Palabras clave</b>: <i>Virtualidad, realidad virtual, ciberespacio, t&eacute;cnica, teletecnolog&iacute;a, virtual-actual.</i></p>  <hr>     <p><b>Abstract</b></p>     <p>This paper will present the problem of virtuality from a philosophical perspective to think contemporary forms of understanding of the term related to technological developments in recent history. This perspective pretends to establish a thoughtful critique of the levity with which some concepts related to virtuality (such as &quot;possibility&quot;, &quot;potential&quot;, &quot;reality&quot;, &quot;actual&quot;, &quot;cyberspace&quot;, &quot;artificial intelligence&quot;, etc...) are taken.</p>     <p><b>Keywords</b>: <i>Virtuality, Virtual Reality, Cyberspace, Technical, Tele technology, Virtual-actual.</i></p> <hr>       <p><b>Virtualidad: persistencias e insistencias de un nuevo viejo problema</b></p>     <p><b>Introducci&oacute;n</b></p>     <p>La virtualidad no es un problema (solo) tecnol&oacute;gico. Los desarrollos veloces de la digitalizaci&oacute;n desde hace poco m&aacute;s de treinta a&ntilde;os han logrado cubrir casi por completo el escenario de fabricaci&oacute;n de lo imaginario, a trav&eacute;s de dispositivos e interfaces que deslocalizan los cuerpos y sincronizan la atenci&oacute;n consciente de los sujetos, pero parad&oacute;jicamente a&uacute;n hay pocas precisiones acerca del sentido complejo de lo virtual. En las escuelas a&uacute;n un curso de virtualidad parece atado al desarrollo de habilidades inform&aacute;ticas, impartidos en &quot;ambientes virtuales&quot; (l&eacute;ase: aulas de computaci&oacute;n) donde puedan practicarse usos de <i>softwares. </i>Por otro lado, se juzga el an&aacute;lisis de &quot;lo virtual&quot; desde evaluaciones de novedad e innovaci&oacute;n frente a la aparici&oacute;n de nuevos programas digitales, tanto en &aacute;mbitos gr&aacute;ficos como sonoros. Pero lo virtual es un problema m&aacute;s profundo que las evaluaciones fren&eacute;ticas de nuevos <i>softwares </i>al uso. La virtualidad est&aacute; inserta en la constituci&oacute;n misma de lo ontol&oacute;gico humano. Desde ella se pueden describir los procesos de hominizaci&oacute;n y humanizaci&oacute;n. Sin ella aquello que entendemos por &quot;hombre&quot; nunca se habr&iacute;a constituido. Tanto el lenguaje como la t&eacute;cnica, la religi&oacute;n, la pol&iacute;tica, la econom&iacute;a y el arte presentan escenarios virtuales complejos no reductibles a los discursos positivistas de las creaciones teletecnol&oacute;gicas. Este ensayo buscar&aacute; presentar el problema de la virtualidad desde una perspectiva filos&oacute;fica, dialogante con las formas contempor&aacute;neas de aprehensi&oacute;n del t&eacute;rmino, en consonancia con los desarrollos tecnol&oacute;gicos de la historia reciente. Esto con el fin de establecer una cr&iacute;tica reflexiva acerca de las ligerezas con que se asumen los conceptos afines a la virtualidad, tales como &quot;posibilidad&quot;, &quot;potencialidad&quot;, &quot;realidad&quot; y &quot;actualidad&quot;. Recorreremos sint&eacute;ticamente algunos elementos, personajes y discursos que han dibujado el panorama con el que asumimos hoy el problema de lo virtual, desde perspectivas te&oacute;ricas que unen tanto a los que podr&iacute;amos llamar &quot;fil&oacute;sofos de la virtualidad&quot; como a algunos art&iacute;fices de lo que hoy (quiz&aacute;s con bastante oportunismo) se denomina &quot;realidad virtual&quot; y &quot;ciberespacio&quot;.</p>     <p><b>Realidad virtual y ciberespacio</b></p>     <p>Despu&eacute;s de dejar su trabajo en la empresa Atari, a mediados de los a&ntilde;os 80, Jaron Lanier, junto a su socio T. Zimmerman, decidieron fabricar comercialmente las c&eacute;lebres gafas de &quot;realidad virtual&quot;, con las que abrieron un in&eacute;dito escenario visual desmaterializado de experiencias cerebrales que advert&iacute;an la inminente avalancha tecnol&oacute;gica, que hoy mantenemos en boga gracias a los dispositivos m&oacute;viles que permiten la construcci&oacute;n de experiencias variables en plataformas multisoporte y escenarios hipermediales. La aparici&oacute;n comercial de estas gafas puede registrarse como el nacimiento &quot;material&quot; de la experiencia cotidiana de &quot;lo virtual&quot;. Lanier ha sido hasta ahora uno de los grandes propulsores de ideas revolucionarias que integran los l&iacute;mites de la percepci&oacute;n humana, y pertenece a una generaci&oacute;n muy entusiasta en la construcci&oacute;n de dispositivos de expansi&oacute;n sensible<sup><a name="nu1"></a><a href="#num1">1</a></sup>. En la actualidad, sin embargo, gracias a la dictadura mercantil y econ&oacute;mica, el promisorio activismo inform&aacute;tico de los a&ntilde;os 80 parece haberse reducido al exhibicionismo personalista de redes sociales, que evidencia una desencantada descompensaci&oacute;n entre la suficiencia de praxis y la insuficiencia reflexiva de usuarios nativos digitales, dentro de consumos de contenidos esquem&aacute;ticos distribuidos a su vez por las industrias del entretenimiento. Por supuesto, hay activismos feroces e inteligentes, de manera &eacute;tica en el &quot;hacker&quot; y mercenaria en el &quot;cracker&quot;, que dentro de lo que hoy se denomina la <i>Deep web </i>expanden las posibilidades imaginarias de la atenci&oacute;n consciente, obligando a cambios de h&aacute;bitos retencionales, pero es evidente que sus mecanismos subrepticios equivalen al peligro que representan para las hegem&oacute;nicas industrias encargadas de administrar lo simb&oacute;lico. Esta experiencia de &quot;lo virtual&quot;, nacida como promesa positiva durante la d&eacute;cada de los a&ntilde;os 90, y debido a la habil&iacute;sima capacidad bautismal de Lanier, ha conseguido mantenerse como eje conceptual de transformaci&oacute;n luego de la aparici&oacute;n de la Internet.</p>     <p>Es as&iacute; que la idea gen&eacute;rica de virtualidad ha estado indefectiblemente ligada al desarrollo tecnol&oacute;gico, y a&uacute;n hoy es dif&iacute;cil configurar escenarios precisos, a nivel conceptual, que establezcan l&iacute;neas de causalidad entre el propio t&eacute;rmino &quot;virtual&quot; y su acepci&oacute;n contempor&aacute;nea. De hecho, el uso del t&eacute;rmino &quot;realidad virtual&quot; como tal es muy reciente<sup><a name="nu2"></a><a href="#num2">2</a></sup> y se atribuye, como dec&iacute;amos, al ingenio de Lanier, quien para efectos comerciales de su producto logr&oacute; reemplazar conceptualmente ideas m&aacute;s precisas, pero menos sugestivas, como la de &quot;realidad artificial&quot;, enmarcada en la cibern&eacute;tica, y desde la cual se desarrollaron las m&aacute;s audaces relaciones entre tecnolog&iacute;a e imaginaci&oacute;n desde los a&ntilde;os 60 del siglo pasado. De hecho, la propia cibern&eacute;tica ha sufrido constantes desvar&iacute;os conceptuales debido a la ambigüedad &iacute;nsita en su significado: el t&eacute;rmino cibern&eacute;tica proviene del griego <i>Kybernetes </i>—ya en uso por el propio Plat&oacute;n—, con el que se define al piloto de nav&iacute;o, el que sabe llevar a buen puerto el barco, es decir, el que dirige —sin que necesariamente sepa construir el objeto dirigido—. El cibern&eacute;tico es, pues, aquel que sabe dirigir y controlar la informaci&oacute;n dentro de una red compleja de variables de acuerdo con el esfuerzo y seg&uacute;n un gasto m&iacute;nimo de energ&iacute;a ejecutada. La idea ficcional del Cyborg (como el c&eacute;lebre <i>Robocop </i>—Paul Verhoeven, 1987) se ata precisamente a la hibridaci&oacute;n del cuerpo maqu&iacute;nico de materia perdurable con la capacidad mental del discernimiento humano. Idea que, por dem&aacute;s, fue superada casi de inmediato por la urgencia fabril de la inteligencia artificial, que se abre espacio hoy en d&iacute;a en la ciencia ficci&oacute;n cinematogr&aacute;fica a trav&eacute;s de inquietantes pel&iacute;culas como <i>Her </i>(Spike Jonze, 2013) y <i>Ex Machina </i>(Alex Gar-land, 2015). Antes, por supuesto, tuvimos noticia de aventuras, hoy llamadas virtuales, en la literatura a trav&eacute;s de la sugerente novela <i>La invenci&oacute;n de Morel </i>(1940) de Bioy Casares (1982) o la perturbadora <i>Simulacron 3 </i>(1964) de Daniel Galouye —que R.W. Fassbinder supo adaptar a la TV en <i>Welt am Draht </i>(1973) y que podemos perfectamente presentar como precursora de <i>Matrix </i>(Wachowski Bros, 1999)<sup><a name="nu3"></a><a href="#num3">3</a></sup>—. Antes de <i>Matrix, </i>y en consonancia con las b&uacute;squedas de Lanier, Kathryn Bingelow present&oacute; <i>Strange Days </i>(1995), que dio consistencia a las premoniciones que desde los a&ntilde;os 80 ya vaticinaban la experiencia de un futuro-pasado perverso a trav&eacute;s de intermundos virtuales, como ocurre en <i>Neuromancer </i>(1984) de William Gibson, novela en la que se decreta, precisamente y por vez prima, el t&eacute;rmino ciberespacio<sup><a name="nu4"></a><a href="#num4">4</a></sup>. Desde la novela de Gibson el ciberespacio, en tono dist&oacute;pico, se revela como una alucinaci&oacute;n colectiva prefabricada por operadores que sincronizan las consciencias de acuerdo con una representaci&oacute;n abstracta. Quiz&aacute;s nuestra condici&oacute;n actual luego de la web 2.0 no diste demasiado de la descripci&oacute;n de Gibson.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Como vemos, el mundo ciberespacial es muy reciente. El virtual es mucho m&aacute;s a&ntilde;ejo, aunque su relaci&oacute;n con las ideas del ciberespacio<sup><a name="nu5"></a><a href="#num5">5</a></sup> y los desarrollos de la tecnolog&iacute;a digital nos lo revelan con paradojales tintes de novedad, no muy apropiados si tenemos en cuenta que la propia constituci&oacute;n de lo humano ha requerido de constantes procesos de virtualizaci&oacute;n<sup><a name="nu6"></a><a href="#num6">6</a></sup>. El mundo virtual no es reciente ni mucho menos, por mucho que los discursos comerciales sobre tecnolog&iacute;a hayan promovido cierta anestesia conceptual con el fin de mantener hegemon&iacute;a sobre el t&eacute;rmino. La virtualidad hace parte de la propia constituci&oacute;n de lo humano, por tanto es tan antigua como el hombre mismo. Para explicarlo debemos dirigirnos al origen etimol&oacute;gico de la palabra. Nos apoyaremos, en primera instancia, en la precisi&oacute;n de Phillipe Queau (1995):</p>     <blockquote>     <p>La palabra virtual proviene del lat&iacute;n <i>virtus, </i>que significa fuerza, energ&iacute;a, impulso inicial. Las palabras vis, fuerza, y <i>vir, </i>var&oacute;n, tambi&eacute;n est&aacute;n relacionadas. As&iacute;, <i>virtus </i>no es una ilusi&oacute;n ni una fantas&iacute;a, ni siquiera una simple eventualidad, relegada a los limbos de lo posible. M&aacute;s bien, es real y activa. Fundamentalmente, la <i>virtus </i>act&uacute;a. Es a la vez causa inicial <i>en virtud </i>de la cual el efecto existe y, por ello mismo, aquello por lo cual la causa sigue estando presente <i>virtualmente </i>en el efecto. Lo virtual, pues, no es ni irreal ni potencial: lo virtual est&aacute; en el orden de lo real. (p. 27)</p> </blockquote>     <p>Como vemos, en lo profundo de su <i>etim&oacute;s </i>la virtualidad se emparenta con una suerte de <i>elan vital, </i>un impulso forjador que abarca grados de potencia no sostenidos en ideas de futuro, sino siempre presentes, fungiendo embrionariamente como discreci&oacute;n de las causas. Es curioso que a&uacute;n hoy, estando tan familiarizados con el t&eacute;rmino &quot;virtualidad&quot;, cause extra&ntilde;eza desde su propia ra&iacute;z etimol&oacute;gica, en funci&oacute;n de los discursos que la conminan a contextos netamente tecnol&oacute;gicos. Un poco en el sentido en que lo planteaba Heidegger (1994) desde sus preocupaciones por la t&eacute;cnica, cuando se sorprend&iacute;a no solo por el olvido del ser sino por el olvido de dicho olvido, nos puede sorprender hoy que a pesar de estar inmersos en el desmedido desarrollo de las tecnolog&iacute;as digitales, no podamos precisar c&oacute;mo se conecta dicho desarrollo con el sentido pr&iacute;stino de un concepto que define la desencarnaci&oacute;n descentrada de los multiversos, ligada a su vez a la potencia imaginaria. Lo virtual tiene que ver con la tecnolog&iacute;a (y espec&iacute;ficamente con la t&eacute;cnica), por supuesto, pero reducir el fen&oacute;meno al uso de h&aacute;bitats dise&ntilde;ados por tecnolog&iacute;as de la informaci&oacute;n es, precisamente, recaer en (y aceptar) los reg&iacute;menes de control que se incuban en nuestros l&iacute;mites perceptivos y que hemos heredado desde las filosof&iacute;as plat&oacute;nica y aristot&eacute;lica. Es posible, incluso, decir que las actuales tecnolog&iacute;as de digitalizaci&oacute;n a partir de las cuales se difundi&oacute; el sentido can&oacute;nico de &quot;lo virtual&quot; son &quot;anti-virtualizantes&quot; por antonomasia, y esto trataremos de esbozarlo en las l&iacute;neas que siguen.</p>     <p>Insistamos en que pensar lo virtual como problema es distinto de definir campos (h&aacute;bitats) de apropiaci&oacute;n sensible que nos lo sugieran. El uso actual de dispositivos m&oacute;viles digitales, determinados por tecnolog&iacute;as que comprimen el sentido de la experiencia espacio-temporal (con lo que se enfrentan directamente a la intuici&oacute;n sensible), ha puesto en marcha lo que Bernard Stiegler (2004) con tino denomin&oacute; la &quot;desorientaci&oacute;n&quot; contempor&aacute;nea de implicaciones ontol&oacute;gicas. Dicha desorientaci&oacute;n es tanto de car&aacute;cter temporal (no saber en qu&eacute; momento se producen las cosas, desconocer la historicidad de los hechos) como espacial (no saber d&oacute;nde se ubican ni de d&oacute;nde provienen), y su consecuencia directa es la indefensi&oacute;n perceptiva de los sujetos, dado que estos delegan completamente su funci&oacute;n retencional consciente al flujo informativo de las cadenas de producci&oacute;n y programaci&oacute;n de contenidos simb&oacute;licos (como la TV, el cine y la web). Un mundo extra&ntilde;o, pero al cual nos hemos adaptado r&aacute;pidamente, que Michel Serres (2012) ha sabido denominar el universo Pulgarcita<sup><a name="nu7"></a><a href="#num7">7</a></sup>. Pues bien, de lo que se trata es de configurar un espacio de atenci&oacute;n cuidadosa a los cambios sustanciales que producen las experiencias cerebrales relacionadas con las teletecnolog&iacute;as contempor&aacute;neas y las transformaciones subjetivantes derivadas. Un punto cr&iacute;tico en esta reflexi&oacute;n es precisamente el pensamiento sobre lo virtual, ya no como un sistema alternativo de experiencia ligado a la tecnolog&iacute;a, que repercute en la &quot;vida real&quot; (caso evidente en los discursos tecn&oacute;filos), ya no como un sistema alienante que impide la relaci&oacute;n efectiva con &quot;lo real&quot; (caso evidente en los discursos tecn&oacute;fobos), sino como un campo de producci&oacute;n (y creaci&oacute;n) de lo real que determina el propio desarrollo de lo humano.</p>     <p>Para ello nos apoyaremos principalmente en el trabajo del pensador franc&eacute;s Pierre Levy, quien, en consonancia con los trabajos de Gilles Deleuze, logra rescatar el sentido profundo de las reflexiones filos&oacute;ficas bergsonianas acerca del valor de lo virtual, atado a los desarrollos en boga de las tecnolog&iacute;as digitales. No evitaremos, por supuesto, los estudios m&aacute;s recientes en torno al fen&oacute;meno que, aunque atados casi de manera obsesiva al despliegue contempor&aacute;neo de la tecnolog&iacute;a digital, determinan un escenario interesante y fluctuante entre la asimilaci&oacute;n y la reticencia ante los procesos. Nos interesa especialmente Levy (el cual nos permitir&aacute; establecer redes que comunican a Deleuze, Serres, De Landa (2002), Grau (2003), Gubern (1996), Stiegler, etc.) en tanto configura escenarios amplios que rebasan el sentido netamente tecnol&oacute;gico e inserta la noci&oacute;n de &quot;potencia&quot; como fuerza propulsora de virtualidad que, contrario a lo que parecer&iacute;a (y a lo que generalmente se cree), des-personaliza, des-individualiza y descentra el car&aacute;cter de la percepci&oacute;n sensible.</p>     <p><b>El concepto de lo Virtual</b></p>     <p>El concepto de lo virtual es escurridizo. Transita entre &aacute;mbitos filos&oacute;ficos y tecnol&oacute;gicos. Hoy, ante el desarrollo veloc&iacute;simo de las tecnolog&iacute;as digitales, vemos aparecer por doquier la palabra &quot;virtual&quot; referida a todo tipo de experiencias y espacios (se habla de realidad virtual, sexo virtual, h&aacute;bitats virtuales, museos virtuales, bibliotecas virtuales, etc.), lo cual ha configurado escenarios de interacci&oacute;n no restringidos al contacto f&iacute;sico directo. La escenificaci&oacute;n actual tras las pantallas de computador y dispositivos m&oacute;viles, nos induce a pensar que la desmaterializaci&oacute;n de la experiencia sensible est&aacute; al orden del d&iacute;a y que las formas de acci&oacute;n &quot;virtual&quot; separan gradualmente al cuerpo de la noci&oacute;n de realidad. Es claro que la influencia de las teletecnolog&iacute;as contempor&aacute;neas establece formas definidas de adopci&oacute;n y adaptaci&oacute;n cerebral al campo de percepci&oacute;n sensible y que de all&iacute; se derivan nuevas subjetividades (y procesos de subjetivaci&oacute;n); pero tambi&eacute;n lo es que el campo de construcci&oacute;n y producci&oacute;n virtual es intr&iacute;nseco al proceso evolutivo de las funciones sensorio-motrices y neuronales de la especie humana. Lo virtual se inscribe en el proceso de hominizaci&oacute;n. Sin la capacidad virtualizante humana no podr&iacute;amos entender la t&eacute;cnica, la filosof&iacute;a, la religi&oacute;n, la pol&iacute;tica o el arte. De hecho podemos condensar todo el esfuerzo de comprensi&oacute;n y transmisi&oacute;n humana, atado al desarrollo de disciplinas cognitivas racionales, en la propia experiencia de lo virtual.</p>     <p>Pese a que el discurso sobre la virtualidad es reciente (en el uso cotidiano no tiene m&aacute;s de 30 a&ntilde;os y en el plano filos&oacute;fico hubo que esperar hasta principios del siglo XX para que el t&eacute;rmino fuera acu&ntilde;ado en un corpus te&oacute;rico —gracias a H. Bergson, 2006—), las caracter&iacute;sticas que podemos precisar dentro del funcionamiento de lo virtual pueden datarse tanto al nivel de la construcci&oacute;n de experiencias indeterminadas por la sensibilidad f&iacute;sica, en procesos de liberaci&oacute;n funcional, y motriz como del pensamiento. Aunque no se definan como virtuales, las ideas de &quot;cielo&quot;, &quot;para&iacute;so&quot;, &quot;mundo de las ideas&quot;, o la propia idea de &quot;ser&quot;, configuran escenarios virtuales que sobredeterminan las experiencias sensibles y establecen v&iacute;nculos abstractos con actividades concretas. Por supuesto, estos espacios virtuales, no determinados por tecnolog&iacute;as inform&aacute;ticas, aunque s&iacute; establecidos seg&uacute;n t&eacute;cnicas de racionalizaci&oacute;n, siempre han configurado escenarios de formalizaci&oacute;n que derivan en planificaciones concretas de control y automatizaci&oacute;n (como ocurre en la actualidad con los desarrollos teletecnol&oacute;gicos). Podr&iacute;amos decir que tras las construcciones virtualizantes siempre reposa una voluntad de poder que busca influir en los campos de posibilidades de acci&oacute;n y pensamiento dentro de los escenarios de representaci&oacute;n de la realidad. De alguna manera, la construcci&oacute;n de estados colectivos de la mente (paradigmas) que influyen en los comportamientos individuales, puede ser entendida como la construcci&oacute;n esc&eacute;nica de un gran teatro de figuraci&oacute;n de lo real en la cual todos los comportamientos humanos buscan adaptarse (en sentido teatral) a los modelos regentes. No es casual, por tanto, que haya sido precisamente Antonin Artaud, en su reflexi&oacute;n sobre la dramaturgia alqu&iacute;mica, quien primero se haya aventurado, 50 a&ntilde;os despu&eacute;s de Bergson, al compromiso conceptual con lo virtual en su ensayo <i>El teatro y su doble. </i>Artaud (2001) dice lo siguiente:</p>     <blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Todos los verdaderos alquimistas saben que el s&iacute;mbolo alqu&iacute;mico es un espejismo, como el teatro es un espejismo. Y esa perpetua alusi&oacute;n a los materiales y al principio del teatro que se encuentra en casi todos los libros alqu&iacute;micos debe ser entendida como la expresi&oacute;n de una identidad (que fue en los alquimistas extremadamente consciente) entre el plano en que evolucionan los personajes, los objetos, las im&aacute;genes y en general toda la <i><u>realidad virtual</u> </i>del teatro, y el plano puramente ficticio e ilusorio en que evolucionan los s&iacute;mbolos de la alquimia. (p. 56, subrayado nuestro)</p> </blockquote>     <p>Que Artaud relacione la virtualidad con el teatro y la alquimia es muy significativo para el an&aacute;lisis que nos proponemos. Es claro que el valor alqu&iacute;mico est&aacute; comprendido en la producci&oacute;n de s&iacute;mbolos reveladores de procesos de transformaci&oacute;n y mutaci&oacute;n cuyo escenario coincide con b&uacute;squedas protocient&iacute;ficas y m&iacute;sticas, seg&uacute;n ciertas t&eacute;cnicas colectivas de construcci&oacute;n de identidad (que en culturas ancestrales se presentan como ritos de pasaje). Desde aqu&iacute; el car&aacute;cter propiamente dicho de lo virtual re&uacute;ne simult&aacute;neamente el sentido de lo real tanto en el plano simb&oacute;lico (de representaci&oacute;n colectiva) como en el de la comprensi&oacute;n del s&iacute; mismo en cuanto autoconsciencia de s&iacute;. Y es eso lo que Artaud reclama como teatro-espejismo, en tanto revela un &quot;m&aacute;s all&aacute;&quot; de la experiencia individual y colectiva e incluso humana. La virtualidad, seg&uacute;n la premisa de Artaud, no podr&iacute;a estar determinada por reg&iacute;menes de representaci&oacute;n, sino que ser&iacute;a aquello que siempre supera cualquier margen de control identitario, lo que busca su diferenciaci&oacute;n y diferimiento. Esta primera idea sobre lo virtual, en tanto campo de des-subjetivaci&oacute;n, nos empieza a alertar acerca de la forma f&aacute;cil y quiz&aacute;s simple con que consumimos, en clave de virtualidad, los contenidos simb&oacute;licos diseminados por las teletecnolog&iacute;as actuales, que buscan, precisamente, lo contrario de esta desubjetivaci&oacute;n o despersonalizaci&oacute;n, a saber, la construcci&oacute;n de campos referenciales de la identidad individual que garantizan el consumo de realidad perceptiva. En Internet se nos reclama insistentemente ser alguien, nos conminan a la publicaci&oacute;n y exhibici&oacute;n, se nos exigen &quot;nicknames&quot;, fotos y firmas derivadas de nuestra propia imagen &quot;real&quot;. Dicha exigencia, que replica nuestro l&iacute;mite de captaci&oacute;n sensible, garantiza, a su vez, el funcionamiento del r&eacute;gimen de control cognitivo que se ata al sistema econ&oacute;mico del consumo. No olvidemos adem&aacute;s, y ya que estamos relacionando gracias a Artaud al teatro con la virtualidad, que el sentido de la &quot;personificaci&oacute;n&quot; proviene de la misma ra&iacute;z de persona (y por ende de personalidad), que significa literalmente: m&aacute;scara. Esto vendr&iacute;a a constatar la potencia ficcional que vibra en la capacidad virtualizante. Que los intereses econ&oacute;micos actuales del consumo y la industria de lo simb&oacute;lico insistan obsesivamente en &quot;realizar&quot; la ficci&oacute;n virtual de las teletecnolog&iacute;as, seg&uacute;n par&aacute;metros de representaci&oacute;n mim&eacute;ticos determinados por la percepci&oacute;n humana consciente, solo confirma la potencia de falsificaci&oacute;n que yace en la emergencia de lo virtual, pues al insistimos en &quot;ser&quot; algo virtual semejante a lo que somos de manera concreta, nos venden ficci&oacute;n por realidad: nos convencen de que somos algo y que eso puede replicarse. Nada menos virtual que sentirse algo concreto, definido y esencial.</p>     <p>Para los escenarios de percepci&oacute;n consciente, la virtualidad es justo el campo de superaci&oacute;n funcional (y por ende de desfiincio-nalizaci&oacute;n) de los l&iacute;mites perceptivos, por mucho que la propia industria del entretenimiento pretenda mantener los reg&iacute;menes de verdad perceptiva. Como dice Pierre Levy (1999), &quot;la virtualiza-ci&oacute;n es uno de los principales vectores de la creaci&oacute;n de realidad&quot; (p. 20), en la medida, precisamente, que &quot;lo virtual, a menudo, &laquo;no est&aacute; ah&iacute;&raquo;&quot;, ah&iacute; donde lo ubicamos. Lo virtual es, como dir&iacute;a Michel Serres (1995), lo <i>fuera de ah&iacute;, </i>aquello siempre desplazado del centro de gravedad perceptiva, lo no determinable, pero que funciona o puede funcionar como determinaci&oacute;n. Por un lado, el cielo, gran horizonte de verdad, es indeterminado pero es claramente determinador; por otro, el caos, condensado intensivo de pulsiones, no determinado pero determinador abstracto. Tanto el cielo (cosmos o para&iacute;so <i>—paradeiso: </i>cerco—) como el caos son dos extremos de la virtualidad: el primero, campo de formalizaci&oacute;n efectiva (y no por ello menos nacional); el segundo, campo pulsio-nal de tendencias materializables (y no por ello menos abstracto).</p>     <p>Bien, es necesario reconocer, a su vez, que Lo virtual no es contrario a Lo real. La virtualidad no puede confundirse con un escenario ficticio que copia la &quot;realidad-real&quot;. El plano de comprensi&oacute;n de la virtualidad no debe entenderse como contracara de la realidad efectiva, como se ha hecho com&uacute;n en parte de la inconsciencia anal&iacute;tica actual —promovida por las industrias de lo simb&oacute;lico—. Los mundos virtuales no son existencias-ap&eacute;ndice de la realidad concreta que fungen como aparatos de representaci&oacute;n funcional. La &quot;realidad virtual&quot;, en &quot;realidad&quot;, es un t&eacute;rmino mal usado o mal entendido. Decir &quot;realidad virtual&quot; implica diferenciar la experiencia virtual de otra experiencia (quiz&aacute;s) m&aacute;s &quot;real&quot;, como si existiera una &quot;realidad real&quot; aparte y mucho m&aacute;s confiable frente a una &quot;realidad virtual&quot; que se revela como impostura, para la percepci&oacute;n sensible &quot;verdadera&quot;. Si tal como hemos dicho, la virtualidad es &quot;lo-fuera-de-ah&iacute;&quot;, dicha &quot;exterioridad&quot; no implica una disminuci&oacute;n de la realidad efectiva, sino, precisamente, la des-territorializaci&oacute;n de los campos perceptivos en pos de incrementos de potencia perceptible; potencia a su vez liberada de los reg&iacute;menes de percepci&oacute;n (como los h&aacute;bitos y las creencias). Eso no hace de la virtualidad algo &quot;menos real&quot;, pues el conflicto no se presenta en la noci&oacute;n de realidad sino en la de capacidad de materializaci&oacute;n de los actos definitorios de la experiencia. De hecho, muchas cosas &quot;no hechas&quot; terminan por ser m&aacute;s reales que las &quot;hechas&quot;, en la medida en que condicionan de manera m&aacute;s potente las acciones: como por ejemplo, la culpa o el remordimiento, en el plano afectivo y emocional. El arrepentimiento, por ejemplo, mantiene latente la posibilidad de haber hecho lo contrario a lo hecho, y determina acciones tanto en sentido correctivo como de expiaci&oacute;n consciente. La realidad de los actos no realizados es tan potente como la de los actos concretos, seg&uacute;n el tipo de relaci&oacute;n que se establezca con ellos. El arrepentido vive, con ello, mundos paralelos: el mundo de las consecuencias reales y aquellos en los que quiz&aacute;s pudo no haber hecho lo que hizo: vive su realidad actual en consonancia con el campo de posibilidades virtuales.</p>     <p>Es por ello que se hace necesario precisar que la diada de comprensi&oacute;n para lo virtual no se rige por la diferencia realidad-posibilidad sino por la complementariedad virtualidad-actualidad, en el sentido que lo expone Deleuze (2002):</p>     <blockquote>     <p>Lo virtual no se opone a lo real, sino solamente a lo actual. Lo virtual posee realidad plena, en tanto que virtual... La realidad de lo virtual consiste en los elementos y relaciones diferenciales, y en los puntos singulares que les corresponden. La estructura es la realidad de lo virtual. (p. 338)</p> </blockquote>      <p>Esta idea, que Deleuze toma de Bergson (2006 y 1972), nos permite trazar el campo reflexivo cr&iacute;tico en torno a la idea de virtualidad restringida al discurso sobre las teletecnolog&iacute;as actuales. Lo virtual no es menos real que lo actual, sino que, como dice Levy (1999), es un problema para lo cual lo actual ofrece una respuesta; y es por ello que entre lo actual y lo virtual no pueden existir relaciones de semejanza (seg&uacute;n criterios mim&eacute;ticos, tal como lo pretenden las &quot;virtualizantes&quot; industrias de lo simb&oacute;lico actuales) sino, por el contrario, relaciones diferenciales de acuerdo con puntos singulares. Dice Levy (1999) que si bien lo real puede asemejarse a lo posible, &quot;lo actual no se parece en nada a lo virtual: le responde&quot; (p. 19). Precisemos, de todas formas, el valor que estamos dando a la distinci&oacute;n posible-real y virtual-actual. La siguiente cita de Deleuze (1987) nos ayudar&aacute; en el prop&oacute;sito:</p>     <blockquote>     <p>Lo posible es lo que se &quot;realiza&quot; (o no se realiza); ahora bien, el proceso de realizaci&oacute;n est&aacute; sometido a dos reglas esenciales, la de la semejanza y la de la limitaci&oacute;n. La raz&oacute;n estriba en que se considera que lo real es a imagen de lo posible que realiza (s&oacute;lo tiene de m&aacute;s la existencia o la realidad, lo cual se traduce diciendo que desde el punto de vista del concepto no hay diferencia entre lo posible y lo real) y como no todos los posibles se realizan, la realizaci&oacute;n implica una limitaci&oacute;n por la que determinados posibles se consideran rechazados o impedidos, mientras otros &quot;pasan&quot; a lo real. Lo virtual, por el contrario, no tiene que realizarse sino actualizarse; y la actualizaci&oacute;n ya no tiene como reglas la semejanza y la limitaci&oacute;n, sino la diferencia o la divergencia y la creaci&oacute;n. (pp. 101-102)</p> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Lo posible se rige, evidentemente, por criterios de semejanza y limitaci&oacute;n, en la medida en que formaliza toda apariencia como determinaci&oacute;n real, es decir, entre lo posible y lo real solo hay diferencia de grado y no de naturaleza, pero lo real es real porque siempre fue posible, por lo tanto no hay realmente transformaci&oacute;n de uno en otro, sino materializaci&oacute;n de algo que siempre fue, es y ser&aacute;. La posibilidad de lo real es necesariamente inm&oacute;vil, fija y la realidad de lo posible no es alternativa o variante frente a otras posibilidades sino constataci&oacute;n un&iacute;voca de lo siempre &quot;sido&quot;. Es por ello necesario no confundir lo posible con lo virtual y lo real con lo actual. No se trata de insistir en la diferencia aristot&eacute;lica del acto y la potencia<sup><a name="nu8"></a><a href="#num8">8</a></sup>, que jerarquiza lo inm&oacute;vil sobre lo m&oacute;vil, sino de desplazar los ejes de comprensi&oacute;n al plano diferencial que exige la diada virtual-actual y que es en suma la que permitir&iacute;a reconocer los cambios y transformaciones en la constituci&oacute;n de lo humano. Es en la idea de lo virtual donde reposa la posibilidad de la creaci&oacute;n, tal como lo entiende Deleuze (2002) desde Bergson:</p>     <blockquote>     <p>(... ) Porque lo virtual no puede proceder por eliminaci&oacute;n o limitaci&oacute;n para actualizarse, sino que debe <i>crear </i>sus propias l&iacute;neas de actualizaci&oacute;n en actos positivos. La raz&oacute;n de esto es simple: mientras que lo real es a imagen y semejanza de lo posible que realiza, lo actual por el contrario <i>no </i>se parece a la virtualidad que encarna. La diferencia es lo primero en el proceso de actualizaci&oacute;n. En resumen, lo propio de lo virtual es existir de tal forma que s&oacute;lo se actualiza diferenci&aacute;ndose, que se ve forzado a diferenciarse, a crear sus l&iacute;neas de diferenciaci&oacute;n para actualizarse. (p. 338. La cursiva es del texto original)</p> </blockquote>     <p>Ahora bien, si lo real funciona como semejanza de lo posible, es necesario reconocer que el sentido profundo de la virtualidad configura un campo abierto de desemejanza (diferenciaci&oacute;n) con respecto a su actualidad, la cual solo representar&iacute;a la soluci&oacute;n parcial de la cual lo virtual es su problema. No hay escenarios de identificaci&oacute;n, pues lo virtual es real sin ser actual y completo sin ser definitivo. Quiz&aacute;s el ejemplo m&aacute;s directo lo veamos en t&eacute;rminos biol&oacute;gicos, con respecto a los seres vivos, que si bien se determinan por una constante gen&eacute;tica <i>ad intra, </i>est&aacute;n expuestos <i>ad extra </i>al dinamismo variable del medio asociado. El todo es abierto y siempre mayor que la suma de las partes, por lo que se trata de entender dentro de las relaciones las propiedades emergentes. Dicho marco establece las relaciones de virtualidad-actualidad que configuran las relaciones din&aacute;micas diferenciales entre las especies, de acuerdo con las respuestas variables seg&uacute;n campos problem&aacute;ticos. Y as&iacute; como se explica, desde las estrategias de adaptaci&oacute;n, a cada especie como un resultado, es decir, como una actualizaci&oacute;n diferenciada dentro de un campo problem&aacute;tico (que es virtual), podemos dise&ntilde;ar una estructura explicativa que presente al hombre como una soluci&oacute;n concreta de un problema general de car&aacute;cter biol&oacute;gico adaptativo dentro de las dem&aacute;s especies. Es esto lo que permite desentra&ntilde;ar el valor &quot;natural&quot; de la t&eacute;cnica en la evoluci&oacute;n humana y su potencia expansiva de los territorios de acci&oacute;n seg&uacute;n exteriorizaciones funcionales. Desde aqu&iacute;, la t&eacute;cnica, por tanto, es necesariamente una virtualizaci&oacute;n, tal como la explica Levy (1999): &quot;la virtualizaci&oacute;n de la acci&oacute;n&quot; ( p. 69).</p> </font>    <p><font size="2" face="verdana"><b>Virtualidad, t&eacute;cnica y hominizaci&oacute;n</b></font></p> <font face="verdana" size="2">    <p>Bernard Stiegler (2002, 2004a, 2004b) ha dedicado tres completos ensayos a la relaci&oacute;n entre <i>T&eacute;cnica y Tiempo </i>(tomo I: <i>el pecado de Epimeteo; </i>tomo II: <i>La desorientaci&oacute;n; </i>tomo III: <i>La cuesti&oacute;n del malestar), </i>jugando un poco a parafrasear el c&eacute;lebre <i>Ser y Tiempo </i>de M. Heidegger. La pregunta que late en todo el primer texto es ¿qui&eacute;n cre&oacute; qu&eacute;?; si el hombre la t&eacute;cnica o la t&eacute;cnica al hombre. Dicha cuesti&oacute;n, m&aacute;s ret&oacute;rica que pr&aacute;ctica, est&aacute; sostenida en los desarrollos amplios que logr&oacute; Andr&eacute; Leroi-Gourhan (1971) en sus estudios paleontol&oacute;gicos, recogidos principalmente en el libro <i>El gesto y la palabra. </i>Adem&aacute;s de Stiegler, quien recoger&aacute; estos an&aacute;lisis (apoy&aacute;ndose a su vez en los estudios de Gilbert Simon-don, 2009) ser&aacute; Regis Debray quien sistematiza las din&aacute;micas de variaci&oacute;n entre dos virtualizaciones: lo simb&oacute;lico y lo t&eacute;cnico, en la novedosa disciplina de an&aacute;lisis llamada Mediolog&iacute;a (ver <i>Introducci&oacute;n a la Mediolog&iacute;a, Cuadernos de Mediolog&iacute;a </i>y <i>Transmitir: </i>Debray, 2001 y 1997). En una simplificaci&oacute;n de sus tesis (tanto de Debray como de Stiegler y fusion&aacute;ndolas un poco) diremos que lo que entendemos como reservorio objetual humano —cultura material—, m&aacute;s que ser &uacute;tiles funcionales externos o herramientas prot&eacute;sicas, son cargas mnem&oacute;nicas de exteriorizaci&oacute;n funcional que no solo no compensan los l&iacute;mites del cuerpo humano sino que lo expanden de manera virtual hacia una suerte de hipercuerpo. Dicho hipercuerpo atraviesa y supera el tiempo y el espacio de vida individual hasta organizar universos expandidos de acci&oacute;n permanente que consiguen mantener procesos de regularidad parcial ante la muerte org&aacute;nica.</p>     <p>Con ello se dice literalmente que es la t&eacute;cnica la posibilidad humana de mantener la vida con medios supraorg&aacute;nicos (allende lo biol&oacute;gico, queremos decir) y, por tanto, el campo de realizaciones activas que se oponen al desorden (dicho m&aacute;s &quot;t&eacute;cnicamente&quot;: la t&eacute;cnica, como la vida, es neguentr&oacute;pica). El mundo mat&eacute;rico de los objetos t&eacute;cnicos no es un agregado a las funciones corporales humanas, sino una exteriorizaci&oacute;n y ampliaci&oacute;n de dichas funciones, que obliga a la plasticidad permanente de los procesos cerebrales. Las exteriorizaciones funcionales, por su parte, implican desfuncionalizaciones correlativas que deben ser redirigidas y reorganizadas. Esto quiere decir que cada soluci&oacute;n de un problema funcional (es decir, cada actualizaci&oacute;n) deriva inmediatamente en un nuevo problema (virtual), que debe, a su vez, ser resuelto a trav&eacute;s de otra actualizaci&oacute;n, y as&iacute; sucesivamente. Un individuo que pueda delegar, por ejemplo, en una m&aacute;quina de c&aacute;lculo y memorizaci&oacute;n como la computadora sus antiguas actividades mnemot&eacute;cnicas de aprendizaje, se encontrar&aacute; inmediatamente expuesto a suplir los campos cerebrales que antes dirig&iacute;an las funciones ahora cubiertas. Hoy, por ejemplo, las ideas del &quot;d&eacute;ficit de atenci&oacute;n&quot; correlativo a la distracci&oacute;n y desconcentraci&oacute;n de los sujetos contempor&aacute;neos est&aacute;n necesariamente ligadas a los dispositivos de memorizaci&oacute;n y almacenamiento del saber colectivo que no requieren ser memorizados y que est&aacute;n, en nuestra <i>era del acceso<sup><a name="nu9"></a><a href="#num9">9</a></sup>, </i>a un simple click efectuado sobre una pantalla con los dedos. El sujeto que ya no tiene que estar atento a su propio almacenamiento de datos, pues dicha funci&oacute;n ya es suplida por las m&aacute;quinas digitales, podr&aacute; dedicar esos esfuerzos neuronales a otras actividades. El tercer tomo de <i>La T&eacute;cnica y El tiempo </i>de B. Stiegler (2004b) analiza este fen&oacute;meno en contexto contempor&aacute;neo seg&uacute;n el incremento de las tecnolog&iacute;as digitales que controlan las industrias de fabricaci&oacute;n simb&oacute;lica como las cadenas de TV, el cine y la Internet.</p>     <p>Bien, partiendo de la idea de la t&eacute;cnica como un campo de compartimentaci&oacute;n de lo sensible, donde se desarrollan estructuras de memoria colectiva derivativas de dispositivos simb&oacute;licos, podemos entender la uni&oacute;n de lo t&eacute;cnico con lo simb&oacute;lico (o cultural). No hay una distinci&oacute;n entre lo mental y lo corp&oacute;reo que, filtrado por la racionalizaci&oacute;n humana, pueda llevar a la construcci&oacute;n de un mundo t&eacute;cnico, sino una din&aacute;mica variable de inserciones en los medios asociados que exigen adaptaciones correlativas, a partir de la soluci&oacute;n tambi&eacute;n din&aacute;mica de problemas de supervivencia, los cuales una vez resueltos abren campos problem&aacute;ticos mucho mayores que son heredables a (y por) las generaciones futuras. As&iacute;, la t&eacute;cnica es en el fondo una actividad hereditaria que tiende siempre a ser superada, es una memoria externalizada, no individual, epifilogen&eacute;tica<sup><a name="nu10"></a><a href="#num10">10</a></sup>. Por eso la cr&iacute;tica dualista sobre la cuesti&oacute;n (de la) t&eacute;cnica tiende a quedarse corta al separar los legados t&eacute;cnicos de las tradiciones culturales<sup><a name="nu11"></a><a href="#num11">11</a></sup>. Como dice Levy (1999):</p>     <blockquote>     <p>La t&eacute;cnica no virtualiza s&oacute;lo los cuerpos y las acciones, sino tambi&eacute;n las cosas. Antes de que los seres humanos aprendieran a frotar s&iacute;lex sobre un montoncito de yesca, s&oacute;lo conoc&iacute;an el fuego presente o ausente. Despu&eacute;s de la invenci&oacute;n de las t&eacute;cnicas de encendido, el fuego tambi&eacute;n puede ser virtual. Es virtual all&iacute; donde hay cerillas. Antes, la presencia o la ausencia del fuego era un hecho con el que hab&iacute;a que transigir sin m&aacute;s; hoy es una eventualidad abierta. Una imposici&oacute;n se ha transformado en variable. (p. 71)</p> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La cerilla, como fuego virtual, cada vez que se enciende actualiza el milenario reservorio de fuego que el hombre supo almacenar de manera potencial. Igual ocurre con un cuchillo, cuya materializaci&oacute;n ancestral se condensa en acciones siempre en presente que actualizan, en cada cuchillo, la acci&oacute;n primera de cortar. Un cuchillo no es un objeto sin m&aacute;s, sino un dep&oacute;sito de acciones virtuales que logran actualizarse cada vez que el objeto es usado. En un cuchillo no solo est&aacute;n todos los cuchillos, sino todas las veces que un cuchillo se ha usado y se usar&aacute;. Por eso los objetos t&eacute;cnicos son virtuales (en tanto acciones potenciales o tendencias a la acci&oacute;n) y a la vez virtualizantes, y su uso, es decir, su actualizaci&oacute;n, no es &quot;semejante&quot; al objeto, sino su variable funcional. Depende adem&aacute;s de la relaci&oacute;n con el cuerpo que usa o activa. El cuchillo es exteriorizaci&oacute;n funcional de la mano, y a la vez es mano desterritorializada del cuerpo que mantiene latente todas sus actualizaciones.</p>     <p>La exteriorizaci&oacute;n funcional produce a la vez una liberaci&oacute;n sensorio-motriz que por lo general debe ser ocupada en otro quehacer, creando un campo problem&aacute;tico nuevo. El caso del lenguaje, tal como puede interpretarse seg&uacute;n las cadenas operatorias reveladas por Leroi-Gourhan, es privilegiado, por cuanto presenta la relaci&oacute;n directa entre mano y palabra: por un lado, la relaci&oacute;n entre mano y cara, de acuerdo con las capacidades prensibles desarrolladas y que determinan capacidades t&eacute;cnicas y gestuales, garantizan nuevas estrategias de alimentaci&oacute;n ya no condicionadas por la presi&oacute;n de los dientes y los labios sobre el alimento. El hom&iacute;nido ya no requiere acercarse al alimento, sino que puede atraerlo con la mano prensil. Este solo gesto deriva en el paulatino achatamiento de la cara y la consecuente relajaci&oacute;n de los m&uacute;sculos, antes r&iacute;gidos por la posici&oacute;n erecta. La cercan&iacute;a de regiones cerebrales que vinculan la cara y la mano, le permiten a Leroi-Gourhan (1971) deducir la aparici&oacute;n del lenguaje a trav&eacute;s del gesto:</p>     <blockquote>     <p>(...) Contigüidad de los territorios de la cara y de la mano en el &aacute;rea 4 y su situaci&oacute;n topogr&aacute;fica com&uacute;n. Hay una estrecha coordinaci&oacute;n entre la acci&oacute;n de la mano y la de los &oacute;rganos anteriores de la cara (... en el &aacute;mbito alimentario) no menos intensa en el ejercicio del lenguaje. Esta coordinaci&oacute;n, que se expresa en el gesto como comentario de la palabra, vuelve a aparecer en la escritura como transcripci&oacute;n de los sonidos de la voz. (p. 86)</p> </blockquote>     <p>La cara puede, por tanto, devenir rostro en la medida en que los m&uacute;sculos relajados adquieren movimiento y con ello pueden aparecer los gestos faciales. Dichos gestos establecen un campo amplio de expresiones que permiten estados ampliados de comunicaci&oacute;n efectiva y a la vez la configuraci&oacute;n de esquemas colectivos traducibles en estrategias de caza, por ejemplo, o formas complejas de juego. Por ello dice Stiegler (2002) que &quot;la expresi&oacute;n es la posibilidad de generalizaci&oacute;n. Es decir, de la anticipaci&oacute;n como intelectualizaci&oacute;n&quot; (p.250). El lenguaje est&aacute; inserto en la tecnicidad, pero como expansi&oacute;n creadora de un mundo ampliado (general o virtual) que relaciona las experiencias concretas. Paralelo a esto, adem&aacute;s est&aacute; el hecho de que la mano que atrae el alimento, seg&uacute;n la cadena operatoria, libera de algunas funciones a la lengua, la cual ya no estar&iacute;a estrictamente destinada a la inserci&oacute;n de los alimentos en la boca, y puede, por tanto, encargarse de procesos de modulaci&oacute;n en la proyecci&oacute;n de sonidos que conforme se van complejizando pueden convertirse en lenguaje articulado. Aunque un antrop&oacute;logo nos llamar&iacute;a la atenci&oacute;n por la cantidad de procesos que estamos saltando descuidadamente, lo que nos importa ahora es perfilar un panorama demostrativo del proceso en el que, como dice Leroi-Gourhan, &quot;la mano libera la palabra&quot;. As&iacute;, como dec&iacute;amos antes, las din&aacute;micas de funcionalidad y desfuncionalizaci&oacute;n correlativa implicadas en la t&eacute;cnica permiten establecer lo que entendemos como &quot;mundo humano&quot;, m&aacute;s all&aacute; de las experiencias concretas de supervivencia. Ahora bien, si precisamos de esta s&iacute;ntesis evolutiva el car&aacute;cter de complejizaci&oacute;n abstracta del lenguaje, nos encontraremos directamente con el caso m&aacute;s desarrollado de virtualizaci&oacute;n, y a trav&eacute;s del cual puede generarse la aparici&oacute;n de la consciencia dentro de un plano racional (y racionalista) que expande la noci&oacute;n de memoria colectiva heredable.</p>     <p><b>Las tecnolog&iacute;as digitales y la &quot;desvirtualizaci&oacute;n&quot; de la experiencia</b></p>     <p>El entusiasmo inicial visible en las memorias del Primer Congreso Internacional del Ciberespacio (Benedikt, 1993) ocurrido en Texas a finales de los a&ntilde;os 80, donde el car&aacute;cter de lo virtual estimulaba los deseos creativos (en oposici&oacute;n a los re-creativos de la actualidad) y el sentido amplio de la experiencia sensible buscaba violentar los estatutos de representaci&oacute;n (a partir de est&iacute;mulos neuronales que extrapolaran las nociones b&aacute;sicas del &quot;sentido com&uacute;n&quot;), ha ido perdi&eacute;ndose paulatinamente. Si bien el desarrollo tecnol&oacute;gico de los &uacute;ltimos a&ntilde;os ha terminado por superar con creces las profec&iacute;as de los a&ntilde;os 80, ofertadas como especulaciones de la ciencia ficci&oacute;n, y el campo f&eacute;rtil de la percepci&oacute;n ha sido poblado por experimentos neuronales que equiparan y superan los entusiasmos psicog&eacute;nicos de los a&ntilde;os 70, poco a poco vemos c&oacute;mo los reg&iacute;menes de control sostenidos en an&aacute;lisis de mercado y estad&iacute;sticas econ&oacute;micas domestican con eficiencia las capacidades <i>poi&eacute;ticas </i>de la potencia virtualizante. De los hallazgos estimulantes de finales de los 60 —sobre todo la especular y, por tanto, atractiva idea situacionista de la psicogeograf&iacute;a (ver Debord, 1977)—, parec&iacute;a encontrarse un punto de inflexi&oacute;n definitivo en las posibilidades constructivas de escenarios no restringidos a los reg&iacute;menes de percepci&oacute;n f&iacute;sica y, por tanto, se ofrec&iacute;a como promesa efectiva de la liberaci&oacute;n de h&aacute;bitos atados a los h&aacute;bitats concretizantes (que el &quot;sentido com&uacute;n&quot; denomina &quot;reales&quot;). En suma, la virtualidad aparec&iacute;a, a trav&eacute;s de la fabricaci&oacute;n del cibe-respacio, como un campo activo de variaci&oacute;n constante del ser y la existencia, un espacio abstracto de percepciones reales en las que los h&aacute;bitos cesaban de ser l&iacute;mites comprensivos y se distend&iacute;an hasta los m&aacute;rgenes de lo imaginario y ficcional, en procesos de desjerarquizaci&oacute;n perceptiva. Pero la aparici&oacute;n de las redes de intercambio inform&aacute;tico, para 1993, con la fundaci&oacute;n de la World Wide Web, encaminaron todos los proyectos a intereses decididamente comerciales y econ&oacute;micos, con lo cual los sistemas de control estad&iacute;stico predominaron sobre los deseos e intereses de experimentaci&oacute;n perceptiva y creadora. Con la aparici&oacute;n de la Internet ampliada y conectada, dirigida a usuarios consumidores, el sistema se encamin&oacute; a los c&aacute;lculos de oferta y demanda, que terminaron por medir intereses de consumo seg&uacute;n riesgos operativos. Eso quiere decir que la producci&oacute;n de contenidos &quot;virtuales&quot; se redujo a la plasmaci&oacute;n de experiencias cotidianas reconocibles para los usuarios, con el fin de no indisponerlos y garantizar grados permanentes de consumo. De all&iacute; provienen las met&aacute;foras f&aacute;ciles del espacio ordenado: homes, sites, windows, galleries, f&oacute;rums, shops, etc, ... que obligan a comportamientos an&aacute;logos seg&uacute;n reg&iacute;menes cl&aacute;sicos de representaci&oacute;n que derivan en sistemas operativos convencionales en los que, as&iacute; como en la vida simb&oacute;lica pero material, se requieren c&oacute;digos de acceso, pagos de peajes y aduanas, y adem&aacute;s se est&aacute; sometido a la constante vigilancia de las direcciones IP. Es decir, el mundo &quot;real&quot; fue literalmente trasladado a la pantalla.</p>     <p>Lo virtual tecnol&oacute;gico dej&oacute; de ser una oportunidad de expansi&oacute;n para la experiencia sensible y se convirti&oacute; en un r&eacute;gimen replicante de la vida cotidiana. Y aunque esto nos parezca desalentador en t&eacute;rminos simb&oacute;licos, parece que no lo es en t&eacute;rminos pr&aacute;cticos: la verdad es que el consumidor, al ver que no debe readaptarse a un sistema nuevo y quiz&aacute;s complejo, agradece que le mantengan un estado de cosas &quot;natural&quot; para poder continuar con sus h&aacute;bitos tanto de conducta como de valoraci&oacute;n consciente, por los cuales paga sin el m&iacute;nimo reclamo, aunque sea evidente la delegaci&oacute;n de sus propios datos de vida encarcelados en perfiles que circunscriben su identidad, y que circulan en forma num&eacute;rica entre empresas bancarias (por ejemplo) con las que cada vez parece m&aacute;s endeudado. Si a esto se a&ntilde;ade el valor concreto de la informaci&oacute;n dentro de los intereses pol&iacute;ticos actuales, tenemos el panorama tenebroso de la venta y compra de datos dentro de la red invisible que conecta cada computador a un sistema de espionaje permanente siempre dispuesto para el mejor postor, como lo presenta de manera brillante el documental <i>Citizenfour </i>(Laura Poitras, 2014), que investiga el caso del esp&iacute;a inform&aacute;tico Edward Snowden. Es as&iacute; como las condiciones iniciales de b&uacute;squedas creativas en torno a las tecnolog&iacute;as de la virtualidad han sido gravemente domesticadas en funci&oacute;n de la redundancia operativa seg&uacute;n los reg&iacute;menes de control simb&oacute;lico que dan cuenta de la realidad actual.</p>     <p>Pero de todo eso parecemos inconscientes. El gran logro de las tecnolog&iacute;as digitales ha sido discretizar sus funciones perversas tras la amabilidad de las interfaces. A trav&eacute;s de estas los usuarios pueden vivir &quot;en-el-mundo&quot; desde sus casas sin preocuparse de que tambi&eacute;n el mundo vive en sus casas. Si la ciudad se viv&iacute;a saliendo del espacio privado (espacio conseguido realmente hace muy poco, ante el crecimiento industrial de las ciudades que, por el contrario, presentaba la interioridad del hogar como refugio personal), las nuevas tecnolog&iacute;as ofrecen la posibilidad de fusionar los mundos privados y p&uacute;blicos, seg&uacute;n la propia movilidad del usuario detentor de los dispositivos teletecnol&oacute;gicos. La desaparici&oacute;n de las distancias, la posibilidad de tener todo a-mano, saberse due&ntilde;o del campo potencial, y expandir el espacio privado (propio) a trav&eacute;s de los movimientos individuales, tambi&eacute;n desorientan y descolocan al sujeto, lo hacen susceptible de ser ubicado y controlado: al llenarlo de espacios posibles lo aquietan funcionalmente, lo domestican (nunca mejor dicho) discretamente mientras le siguen presentando su propia imagen de autonom&iacute;a. Nada m&aacute;s perturbador que el efecto narciso de las <i>selfies: </i>la imagen personal, oda al yo simulado, repetida hasta la saciedad, supuestamente manejada por la soberan&iacute;a de s&iacute;, pero sujeta a dispositivos y aplicativos inform&aacute;ticos que siempre podr&aacute;n rastrear las huellas de cada imagen. El s&iacute; mismo del <i>selfie, </i>por otro lado, es la exasperaci&oacute;n de la imagen exhibicionista: el yo de todos, menos para m&iacute;. El <i>selfie </i>captura la foto con los eternos ojos del otro, mientras el yo pretende controlar su propia imagen. Y es en esa pseudofabricaci&oacute;n del yo controlado que las tecnolog&iacute;as digitales consiguieron desvirtualizar su virtualidad. Como hemos se&ntilde;alado, la <i>virtus </i>implica el campo potencial del diferir diferido de la diferencia, nunca sujeto a reg&iacute;menes de semejanza. Por lo tanto, las tecnolog&iacute;as que consigan hacer vivir el &quot;fuera-de-aqu&iacute;&quot; como si fuera &quot;el-mismo-aqu&iacute;&quot;, seg&uacute;n la experiencia replicada de la realidad sensible, consiguen tambi&eacute;n convertir lo virtual en posible y lo actual en real. Solo que dentro del plan extenso y perturbador del simulacro, sin que los usuarios est&eacute;n ya en disposici&oacute;n de contravertir su fantasmal existencia. Bioy Casares incluso se qued&oacute; corto, hemos superado ya el mundo de Morel.</p>     <p><b>Conclusi&oacute;n</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La virtualidad como problema espec&iacute;ficamente humano, no restringido a los desarrollos recientes de la tecnolog&iacute;a digital, nos ofrece un panorama complejo y sugestivo para considerar las variaciones estructurales que han constituido la percepci&oacute;n de lo real. La virtualidad no es (o por lo menos no solo es) un problema tecnol&oacute;gico, aunque hoy su discurso se ampare en los desarrollos de la digitalizaci&oacute;n. Es un problema constitutivo de la construcci&oacute;n misma de lo humano: para desarrollarse como especie el <i>homo </i>no ha cesado de virtualizar, es decir, su constituci&oacute;n de organismo vivo perecedero solo pudo convertirse en consciencia de s&iacute; como mortal por su capacidad virtualizante. Y es esa, precisamente, nuestra preocupaci&oacute;n en este ensayo: ofrecer un campo reflexivo m&aacute;s all&aacute; de la distinci&oacute;n corriente de la virtualidad y la &quot;realidad&quot;, por considerarlo un problema mal formulado. El problema de &quot;la realidad&quot; no se opone a lo virtual, y de hecho podemos precisar que lo virtual es real. Esto querr&iacute;a decir que no existe una &quot;realidad virtual&quot; distinta a una &quot;realidad real&quot;. El hombre ha habitado lo virtual mucho antes de los desarrollos tecnol&oacute;gicos de la era digital, solo que nuestro campo perceptivo nunca como hoy hab&iacute;a estado tan estimulado por experiencias directas de mundo sin requerimientos de filtros conscientes. Por lo tanto, no debe comprenderse una divisi&oacute;n entre el sentido virtual de lo humano y el sentido virtual tecnol&oacute;gico. El hombre virtualiza, es decir, se desprende de campos funcionales hacia campos problem&aacute;ticos complejos, exteriorizando sus acciones, pulsiones y deseos, ya sea en objetos t&eacute;cnicos, contratos sociales, creencias religiosas o ideolog&iacute;as pol&iacute;ticas. Todo esto, que no es otra cosa que el mundo de lo humano, es tambi&eacute;n el mundo virtual.</p> <hr>     <p><sup><a name="num1"></a><a href="#nu1">1</a></sup>En un trabajo reciente Lanier (2011), determina a su manera los impactos de la digitalizaci&oacute;n en la percepci&oacute;n del mundo actual, desde una posici&oacute;n cr&iacute;tica acerca de los procesos de inactivaci&oacute;n cerebral provenientes de la generaci&oacute;n de contenidos vacuos a trav&eacute;s de Internet.</p>     <p><sup><a name="num2"></a><a href="#nu2">2</a></sup>Vale mencionar, sin embargo, que su uso terminol&oacute;gico tuvo un equivalente funcional en el libro <i>Summa technologiae </i>de Stanislaw Lem (2013), publicado en 1962, pero de sorprendente actualidad, donde define la realidad virtual como Fantomo-log&iacute;a, experiencia derivada de la relaci&oacute;n con tipos de tecnolog&iacute;as sustitutas de la percepci&oacute;n f&iacute;sica.</p>     <p><sup><a name="num3"></a><a href="#nu3">3</a></sup>&nbsp;Otra pel&iacute;cula de 1999, inspirada en <i>Simulacron 3, </i>fue <i>Thirteenth Floor, </i>de Joseph Rusnak; interesante reflexi&oacute;n ontol&oacute;gica sobre la noci&oacute;n de &quot;realidad virtual&quot; que qued&oacute; opacada por el estruendoso &eacute;xito de <i>Matrix, </i>pero que vista en retrospectiva quiz&aacute;s logra configurar un escenario mucho m&aacute;s profundo en t&eacute;rminos cr&iacute;ticos.</p>     <p><sup><a name="num4"></a><a href="#nu4">4</a></sup>&nbsp;Tal como el concepto de Utop&iacute;a, el Ciberespacio es una idea literaria.</p>     <p><sup><a name="num5"></a><a href="#nu5">5</a></sup>&nbsp;Solo hasta 1990 se planific&oacute; de manera global un Congreso Internacional en torno al Ciberespacio en Austin (Texas), auspiciado por la Universidad de Texas y dirigido por el profesor de arquitectura Michael Benedikt. Las memorias del evento se publicaron en Benedikt (1993).</p>     <p><sup><a name="num6"></a><a href="#nu6">6</a></sup>Aunque nuestro inter&eacute;s se enfoca en la reflexi&oacute;n que implica procesos de virtualizaci&oacute;n en sentido tanto ontol&oacute;gico como tecnol&oacute;gico (dicho m&aacute;s precisamente: seg&uacute;n una directriz onto-tecnol&oacute;gica), no restringida a la interacci&oacute;n con las tecnolog&iacute;as actuales, vale mencionar algunos estudios enfocados en la interacci&oacute;n de nuevas subjetividades en el contexto digital: Alonso (2002), Dery (1998), Lovink (2004), (Turkle, 1997). Tambi&eacute;n vale mencionar dos libros pioneros que articularon el sentido de lo virtual tecnol&oacute;gico seg&uacute;n las expectativas iniciales ante el advenimiento de la Internet: Wooley (1994)) y Maldonado (1994).</p>     <p><sup><a name="num7"></a><a href="#nu7">7</a></sup>Pulgarcita es el personaje conceptual usado por Serres para definer la experiencia actual de las generaciones nativas digitales que administran el mundo a trav&eacute;s de los dispositivos m&oacute;viles cuyas pantallas se ejecutan con sus dedos (especialmente los pulgares).</p>     <p><sup><a name="num8"></a><a href="#nu8">8</a></sup>&quot;Para Arist&oacute;teles, la <i>potencia </i>(la <i>potentia) </i>es la aptitud para recibir una forma. Esta aptitud es m&aacute;s o menos grande y puede ser totalmente pasiva, como en el caso de la materia prima, que es una &quot;potencia de ser y no de actuar&quot;, como dicen los escol&aacute;sticos. La potencia tambi&eacute;n puede encontrarse en v&iacute;as de actualizaci&oacute;n, si dispone de condiciones favorables, de <i>virtudes </i>necesarias de determinaci&oacute;n. Se llama <i>potencia </i>a aquello que, en un ser, es determinable por un acto. De hecho, aquello que es en potencia no est&aacute; determinado y puede que no lo est&eacute; nunca. En cambio, lo virtual est&aacute; realmente presente como causa determinante, actualizada&quot; (Queau, 1995, p. 28).</p>     <p><sup><a name="num9"></a><a href="#nu9">9</a></sup>&nbsp;T&eacute;rmino acu&ntilde;ado por Jeremy Rifkin (2000), en el que refiere la experiencia global del mercado que consigui&oacute; modificar las l&oacute;gicas del consumo material por la mercantilizaci&oacute;n de experiencias, determinando cambios dr&aacute;sticos en nuestras relaciones con el entorno y con los otros.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a name="num10"></a><a href="#nu10">10</a></sup>&nbsp;En conversaci&oacute;n con Jacques Derrida, Bernard Stiegler aborda el tema de la herencia en: Derrida, 1998</p>     <p><sup><a name="num11"></a><a href="#nu11">11</a></sup>Para ampliaci&oacute;n ver Parra (2014a y 2014b).</p>  <hr>     <p><b>Referencias</b></p>     <!-- ref --><p>Alonso, A. (2002). <i>La nueva ciudad de Dios; Un juego cibercultural sobre el tecno-hermetismo. </i>Madrid: Siruela.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250470&pid=S1692-8857201600020001100001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Artaud, A. (2001). <i>El teatro y su doble. </i>Barcelona: EDHASA.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250472&pid=S1692-8857201600020001100002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Benedikt, M. (1993) (Ed.). <i>Ciberespacio: los primeros pasos. </i>M&eacute;xico: Consejo Nacional de Ciencia y Tecnolog&iacute;a.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250473&pid=S1692-8857201600020001100003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Bergson, H. (1972). <i>Elpensamientoy lo moviente. </i>Buenos Aires: La Pl&eacute;yade.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250474&pid=S1692-8857201600020001100004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Bergson, H. (2006). <i>Materia y memoria. </i>Buenos Aires: Cactus.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250476&pid=S1692-8857201600020001100005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Bioy Casares, A. (1982). <i>La invenci&oacute;n de Morel; El gran seraf&iacute;n. </i>Madrid: C&aacute;tedra.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250478&pid=S1692-8857201600020001100006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>De Landa, M. (2002). <i>Intensive science and virtualphilosophy. </i>New York: Continuum.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250480&pid=S1692-8857201600020001100007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Debord, G. (1977). <i>Teor&iacute;a de la derivaen La creaci&oacute;n abierta y sus enemigos: textos situacionistas sobre arte y urbanismo. </i>Madrid: La piqueta.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250482&pid=S1692-8857201600020001100008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Debray, R. (1997). <i>Transmitir. </i>Buenos Aires: Manantial.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250484&pid=S1692-8857201600020001100009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Debray, R. (2001). <i>Introducci&oacute;n a la Mediolog&iacute;a. </i>Barcelona: Paid&oacute;s.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250486&pid=S1692-8857201600020001100010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Deleuze, G. (1987). <i>El bergsonismo. </i>Madrid: C&aacute;tedra.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250488&pid=S1692-8857201600020001100011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Deleuze, G. (2002). <i>Diferencia y repetici&oacute;n. </i>Buenos Aires: Amorrortu.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250490&pid=S1692-8857201600020001100012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Derrida, J. (1998). <i>Ecograf&iacute;as de la televisi&oacute;n. Entrevista con Bernard Stiegler. </i>Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250492&pid=S1692-8857201600020001100013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Dery, M. (1998). <i>Velocidad de escape: la cibercultura en el finla del siglo. </i>Madrid: Siruela.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250494&pid=S1692-8857201600020001100014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Grau, O. (2003). <i>Virtual art: From illusion to inmersion. </i>Cambridge: MIT Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250496&pid=S1692-8857201600020001100015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Gubern, R. (1996). <i>Del bisonte a la realidad virtual. La escena y el laberinto. </i>Barcelona: Anagrama.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250498&pid=S1692-8857201600020001100016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Heidegger, M. (1994). <i>Conferencias y art&iacute;culos. </i>Barcelona: Serbal.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250500&pid=S1692-8857201600020001100017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Lanier, J. (2011). <i>Contra el reba&ntilde;o digital: un manifiesto. </i>Barcelona: Debate.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250502&pid=S1692-8857201600020001100018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Lem, S. (2013). <i>Summa technologiae. </i>Minneapolis: University of MInnesota Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250504&pid=S1692-8857201600020001100019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Leroi-Gourhan, A. (1971). <i>El gesto y la palabra. </i>Caracas: Universidad Central de Venezuela.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250506&pid=S1692-8857201600020001100020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Levy, P. (1999). <i>¿Qu&eacute; es lo virtual? </i>Barcelona: Paid&oacute;s.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250507&pid=S1692-8857201600020001100021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Lovink, G. (2004). <i>Fibra oscura: rasterando la cultura cr&iacute;tica de internet.</i>Madrid : Alianza.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250509&pid=S1692-8857201600020001100022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Maldonado, T. (1994). <i>Lo real y lo virtual. </i>Barcelona: Gedisa.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250510&pid=S1692-8857201600020001100023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>Parra, J. D. (2014a). La cuesti&oacute;n (de la) t&eacute;cnica. Variantes culturales y est&eacute;ticas. <i>Civilizar, 14 </i>(27), 213-232.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250512&pid=S1692-8857201600020001100024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Parra, J. D. (2014b). Linajes t&eacute;cnicos, tradiciones culturales. Breve excursi&oacute;n por las transversalidades entre t&eacute;cnica y cultura. <i>Trilog&iacute;a,</i><i>6 </i>(11), 49-59.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250513&pid=S1692-8857201600020001100025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Queau, P. (1995). <i>Lo virtual: virtudes y v&eacute;rtigos. </i>Barcelona: Paid&oacute;s.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1250515&pid=S1692-8857201600020001100026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
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