<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>1794-2489</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Tabula Rasa]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[Tabula Rasa]]></abbrev-journal-title>
<issn>1794-2489</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[UNIVERSIDAD COLEGIO MAYOR DE CUNDINAMARCA]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S1794-24892006000100020</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Anne Marie LOSONCZY. LA TRAMA INTERÉTNICA. RITUAL, SOCIEDAD Y FIGURAS DE INTERCAMBIO ENTRE LOS GRUPOS NEGROS Y EMBERÁ DEL CHOCÓ Bogotá, Instituto Colombiano de Antropología e Historia/Instituto Francés de Estudios Andinos, 2006, Pp.391.]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[JARAMILLO MARÍN]]></surname>
<given-names><![CDATA[JEFFERSON]]></given-names>
</name>
<xref ref-type="aff" rid="A01"/>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A01">
<institution><![CDATA[,Pontificia Universidad Javeriana  ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[ ]]></addr-line>
<country>Colombia</country>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>06</month>
<year>2006</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>06</month>
<year>2006</year>
</pub-date>
<numero>4</numero>
<fpage>355</fpage>
<lpage>363</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S1794-24892006000100020&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S1794-24892006000100020&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S1794-24892006000100020&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>Anne Marie LOSONCZY.     LA TRAMA INTER&Eacute;TNICA. RITUAL, SOCIEDAD Y FIGURAS DE INTERCAMBIO ENTRE LOS GRUPOS NEGROS Y EMBER&Aacute; DEL CHOC&Oacute; Bogot&aacute;, Instituto Colombiano de Antropolog&iacute;a e Historia/Instituto Franc&eacute;s de Estudios Andinos, 2006, Pp.391.</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>   <b>JEFFERSON JARAMILLO MAR&Iacute;N</b></p>     <p>   Pontificia Universidad Javeriana (Colombia)   <a href="mailto:jefferson.jaramillo@javeriana.edu.co">jefferson.jaramillo@javeriana.edu.co</a></p>   <hr size="1">       <p>&nbsp;</p>     <p>   El texto de la investigadora Anne Marie Losonczy publicado inicialmente en franc&eacute;s por la Editorial L LHarmattan en 1997, y hoy entregado a los lectores por el ICANH y el IFEA es resultado de un extenso trabajo de campo realizado por etapas, entre 1975 y 1992, en las tierras del alto y medio Choc&oacute;, en el Pac&iacute;fico colombiano. La investigaci&oacute;n podr&iacute;a ubicarse en el terreno de la etnolog&iacute;a afroamericanista, desarrollada a partir de la tercera d&eacute;cada del siglo XX. Con mayor especificidad el estudio estar&iacute;a vinculado al campo de la etnograf&iacute;a ritual afroamericana en contextos de intercambio y sincretismo cultural como lo son los r&iacute;os Cap&aacute;, Ich&oacute; y Mumbarad&oacute;, donde conviven grupos negros e ind&iacute;genas. El texto que recoge dicha investigaci&oacute;n est&aacute; dividido en ocho cap&iacute;tulos y una buena bater&iacute;a de conclusiones. A continuaci&oacute;n destacaremos algunos de sus aportes m&aacute;s significativos.</p>     <p>   En el primer cap&iacute;tulo titulado La Am&eacute;rica negra y los negros colombianos, Losonczy destaca como la afroamericanidad es un objeto de estudio antropol&oacute;gico relativamente reciente. Aqu&iacute; se detiene brevemente para se&ntilde;alar que la mayor&iacute;a de los estudios estuvieron anclados, al menos los realizados inicialmente en el Caribe, a dos perspectivas anal&iacute;ticas y de campo. La primera, m&aacute;s sociol&oacute;gica, a enfatizar en la marginalidad social de los negros. La segunda, m&aacute;s antropol&oacute;gica, a privilegiar el estudio de los sistemas religiosos de inspiraci&oacute;n africana, con un fuerte componente folclorista. De todas formas la autora se&ntilde;ala la importancia decisiva, para el reconocimiento de las supervivencias culturales africanas en Am&eacute;rica, a partir de estudios realizados en el campo de la antropolog&iacute;a comparativa de la religi&oacute;n en el Caribe y en Brasil. Al menos los desarrollados por Herskovits, especialmente en Hait&iacute;, La Guyana y las Antillas, y la extensa investigaci&oacute;n de Bastide sobre las religiones africanas en el Brasil. Sin embargo, pese al significativo impacto de estas investigaciones, la autora muestra c&oacute;mo dichos estudios se quedan inventariando los rasgos africanos o la marginalidad socioecon&oacute;mica de las culturas negras en el continente. Sin embargo, se quedan cortos en mostrar las especificidades de la organizaci&oacute;n y los sistemas rituales en culturas donde m&aacute;s que supervivencias homog&eacute;neas de lo africano, lo que existen son fragmentos dispersos o bricolages culturales.</p>     <p>   En Colombia, por su parte el inter&eacute;s antropol&oacute;gico por lo afroamericano es tard&iacute;o. A&uacute;n as&iacute; se mantiene el inter&eacute;s de ciertos investigadores por buscar los rasgos africanos en las comunidades negras del Pac&iacute;fico colombiano. Tal es el caso de Zapata Olivella y Vel&aacute;squez. Desde luego, la autora considera importantes los trabajos realizados por Price, Friedemann y Whiten, en el conocimiento de la organizaci&oacute;n social de las comunidades negras, espec&iacute;ficamente en la caracterizaci&oacute;n de la familia, las fiestas religiosas y las formas de subsistencia. Por su parte, en este primer cap&iacute;tulo, luego de pasar revista a los enfoques anal&iacute;ticos y de campo en los estudios afroamericanos, la autora decide oponerse a las dos perspectivas dominantes: la sociol&oacute;gica que destaca la marginalidad y la prolongaci&oacute;n de la desigualdad de las culturas negras en el continente, y la antropol&oacute;gica &ndash; folclorista que enumera los rasgos culturales africanos en ellas. La autora se propone, para el caso de las tierras bajas del occidente colombiano, mostrar una nueva v&iacute;a: las culturas negras no son ni africanas, ni europeas, ni amerindias. Son un conjunto social y cultural dotado de una organizaci&oacute;n propia. El cual a su vez, se encuentra como sistema de representaci&oacute;n cultural, inmerso en al menos tres sistemas simb&oacute;licos: el de sus or&iacute;genes africanos, expresados en formas religiosascomo la posesi&oacute;n de los iniciados por las divinidades; el del catolicismo hisp&aacute;nico, eclesial y popular; y el del sistema cham&aacute;nico de los Ember&aacute; y los Waunan&aacute;. (Losonczy, 2006:43). El an&aacute;lisis de las caracter&iacute;sticas de esos sistemas simb&oacute;licos y especialmente de los intercambios y cruces materiales y simb&oacute;licos que se generan entre los negros y los Ember&aacute; del Choc&oacute; marcar&aacute;n el prop&oacute;sito de la autora en el texto.</p>     <p>   En el segundo cap&iacute;tulo titulado Pasado y presente de los negros &ndash; colombianos del Choc&oacute; la autora se&ntilde;ala c&oacute;mo los grupos negros, objeto de su an&aacute;lisis est&aacute;n vinculados a una configuraci&oacute;n hist&oacute;rico &ndash; geogr&aacute;fica y ecol&oacute;gico - cultural con particularidades en el occidente colombiano. Hist&oacute;rica, en el sentido que son descendientes de los esclavos mineros desde principios de la colonizaci&oacute;n, pero tambi&eacute;n en contacto e intercambio con los grupos ind&iacute;genas predominantes. Ecol&oacute;gico &ndash; cultural en tanto la existencia de estas comunidades sigue desarroll&aacute;ndose en la zona tropical &ndash; fluvial &ndash; h&uacute;meda de selva, con un modelo de poblamiento predominante a lo largo de las riberas del r&iacute;o. Tras realizar una descripci&oacute;n del Choc&oacute;, su tierra y su gente, Losonczy va a mostrar c&oacute;mo opera el contacto entre negros, ind&iacute;genas y blancos. En tal sentido, va a mostrar c&oacute;mo la introducci&oacute;n de esclavos negros al entonces Virreinato dela Nueva Granada comenz&oacute; desde los primeros a&ntilde;os de la conquista. Sin embargo, fue en el siglo XVIII cuando se institucionaliz&oacute; la esclavitud y la importaci&oacute;n de poblaci&oacute;n negra para sostener la econom&iacute;a colonial. Especialmente para el trabajo en las minas en el Cauca, Antioquiay Choc&oacute;y para las labores de hacienda en el Valle del Cauca. En el texto se se&ntilde;ala c&oacute;mo pese a que los registros de importaci&oacute;n o los documentos de compra son casi inexistentes en la Nueva Granada, aparecen hacia la segunda mitad del siglo XVIII censos de esclavos en algunas zonas del Choc&oacute;. Incluso, en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas de &eacute;ste siglo comenzar&aacute;n a generalizarse los movimientos de cimarronazgo negro en las zonas del occidente colombiano. Estos movimientos van a germinar en las riberas de los r&iacute;os del Choc&oacute; y all&iacute; van a consolidarse poblados negros. Lo interesante que destaca la autora es que estas poblaciones negras van a pactar, muy posiblemente con los ind&iacute;genas, en su tr&aacute;nsito hacia la vida libre por encima incluso de las f&eacute;rreas barreras jur&iacute;dicas y culturales que impon&iacute;an los organismos coloniales al contacto entre negros e ind&iacute;genas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Por otra parte la autora va a mostrar como en el contexto de la Nueva Granada, el Choc&oacute; fue uno de los territorios con m&aacute;s dificultades para ser colonizado, debido en parte a las dif&iacute;ciles condiciones geogr&aacute;ficas de la regi&oacute;n, pero tambi&eacute;n a la obstinada resistencia de los numerosos grupos ind&iacute;genas que habitaban la regi&oacute;n, hoy en su mayor&iacute;a casi extintos. A excepci&oacute;n hecha de los Ember&aacute;, Waunan&aacute; y Cuna. Estos &uacute;ltimos, a diferencia de otros grupos, lograron sobrevivir gracias a su constante movilidad, dispersi&oacute;n y resistencia al poder&iacute;o espa&ntilde;ol. S&oacute;lo hasta la segunda parte del siglo XVIII los espa&ntilde;oles lograr&aacute;n integrarlos a un sistema colonial, que a su vez va a tener que lidiar con la coexistencia de negros libertos en los r&iacute;os San Juan y &Aacute;trato. El contacto inter&eacute;tnico entre estos grupos se va a dar en un primer momento a trav&eacute;s del modelo de colonizaci&oacute;n centrado en la extracci&oacute;n del oro. Aqu&iacute; la formaci&oacute;n de cuadrillas va a ser un escenario para el contacto forzado entre blancos, negros e ind&iacute;genas. Los primeros administrando la mina, los segundos dedicados a la labor de despeje de terrenos, excavaciones y lavadero de oro y los &uacute;ltimos a las labores de agricultura. Losonczy va a mostrar evidencias de este proceso en la zona del alto Choc&oacute;, y m&aacute;s particularmente en la del alto Atrato cerca del r&iacute;o Cap&aacute;, donde desarrolla gran parte de su trabajo de campo. La autora va a mostrar adem&aacute;s como la din&aacute;mica de poblamiento del Choc&oacute; se complejiza tras el per&iacute;odo de Independencia y el desplome paulatino de la econom&iacute;a colonial. El Choc&oacute; va a recibir oleadas migratorias de las regiones del Cauca y Nari&ntilde;o, provenientes de las zonas mineras del sur. Es en este per&iacute;odo en el que se perfila un modelo de poblamiento caracterizado por un desplazamiento de la poblaci&oacute;n negra de las zonas mineras altas hacia la parte baja de los r&iacute;os, y el tr&aacute;nsito de los ind&iacute;genas hacia la parte alta de los mismos. El poblamiento b&aacute;sicamente tuvo como aspecto central la dispersi&oacute;n de la poblaci&oacute;n a lo largo de los r&iacute;os con terrenos para la horticultura familiar y el lavado del oro. Aunque la autora reconoce que la tendencia actual en la zona es que haya una mayor concentraci&oacute;n de la vivienda para las poblaciones negras m&aacute;s que para las ind&iacute;genas. Finalmente en este cap&iacute;tulo la autora termina mostrando como se construyen en las din&aacute;micas de vida intercambios econ&oacute;micos entre ind&iacute;genas y poblaciones negras en la zona del r&iacute;o Cap&aacute;. Las poblaciones ind&iacute;genas que bajan especialmente en d&iacute;as de fiesta como Semana Santa, San Antonio y Navidad venden a las poblaciones negras ma&iacute;z, pl&aacute;tano, pollos, huevos, canoas y cestos. Mientras que los primeros compran en la aldea negra todos los productos de fabricaci&oacute;n exterior tales como sal, f&oacute;sforo, queroseno, hachas, machetes, escopetas de caza, arpones y aguardiente. Lo interesante del se&ntilde;alamiento de Losonczy es que estos intercambios econ&oacute;micos se dan en espacios culturalmente significativos para las poblaciones negras, lo que hace que estas &uacute;ltimas poblaciones se interpongan entre los Ember&aacute; y la brutal l&oacute;gica mercantil de la sociedad nacional (Losonczy, 2006:71). Desde luego en la l&oacute;gica de intercambios los mismos grupos limitan su extensi&oacute;n y alcance, as&iacute; Losonczy muestra como cuando las poblaciones negras en &eacute;pocas de siembra y cosecha de ma&iacute;z experimentan escasez de mano de obra debido a las actividades del lavado de oro, acuden a las poblaciones ind&iacute;genas para que estas realicen esa labor a cambio de un salario o del ofrecimiento de la fuerza de trabajo del negro cuando estas lo necesiten, las comunidades ind&iacute;genas exigen a cambio no dinero sino bienes que consideran son un pago por un servicio extraordinario como lo pueden ser: medicinas, cigarrillos, telas, etc. Las poblaciones negras se niegan y las ind&iacute;genas tambi&eacute;n, haciendo que el intercambio se contraiga.</p>     <p>   En el tercer cap&iacute;tulo titulado La organizaci&oacute;n social &laquo;libre&raquo; del Choc&oacute;: Unidades constitutivasy sistema social Losonczy se distanciade la orientaci&oacute;n folclorista sobre el sistema social de las poblaciones negras en el Choc&oacute;, que reduce todo el sistema a elementos de supervivencia africana en la danza, la m&uacute;sica y la tradici&oacute;n oral o lee la din&aacute;mica de organizaci&oacute;n familiar a partir de caracter&iacute;sticas esencialistas como &laquo;la ausencia de matrimonio cat&oacute;lico&raquo;, &laquo;la desorganizaci&oacute;n matrifocal&raquo;. Por su parte la autora intenta mostrar que existen diversos modos de clasificaci&oacute;n de las relaciones sociales dentro de un sistema social. Destaca en su an&aacute;lisis como el r&iacute;o Cap&aacute; es un espacio de intercambio pero tambi&eacute;n de l&iacute;mite para la configuraci&oacute;n social de negros e ind&iacute;genas. La parte baja, la de los negros, es un lugar de viajes, matrimonios, establecimiento de contactos, abastecimiento de v&iacute;veres. La parte alta, es la de los ind&iacute;genas, que no puede pensarse como lugar de intercambios o de habitaci&oacute;n. El r&iacute;o se constituye en un escenario de ritos de paso y rituales colectivos. Destaca tambi&eacute;n la autora como se va consolidando en las comunidades negras un orden de parentescos a partir de dos sistemas: uno que es evidente a partir del intercambio entre mujeres, mediante alianza matrimonial; el otro mediante compadrazgo que pasa por v&iacute;nculos de car&aacute;cter ritual en el que sobresale la relaci&oacute;n de &laquo;ahijamiento&raquo;, a partir de una donaci&oacute;n ritual de un nombre pero tambi&eacute;n de una relaci&oacute;n de reciprocidad. As&iacute; mismo Losonczy muestra como en la comunidad negra del r&iacute;o Cap&aacute; existe una estrategia de parentesco particularmente estrecha mediante los matrimonios entre primos matrilaterales o patrilaterales en varias generaciones, al menos en cinco desde que estas poblaciones ocuparon entre 1865 y 1875 el r&iacute;o. Aunque con el tiempo se van experimentando una diversificaci&oacute;n de matrimonios, tanto al interior como al exterior, con el fin de vincularse al mayor n&uacute;mero de familias comunitarias, extracomunitarias y extraregionales. Lo que Losonczy muestra es que el sistema de parentesco y alianzas matrimoniales parece multiplicar sus posibilidades. Sin embargo, destaca que el modelo hacia el cual parecer&iacute;a tender la comunidad negra en el conjunto de sus sistemas de parentesco ser&iacute;a la poliginia con una mujer cercana y una mujer proveniente de otra comunidad. Para Losonczy nos encontramos en el caso de estas comunidades negras lejos de la imagen de la familia matrifocal exclusiva y una paternidad biol&oacute;gica de un hombre considerado como un vagabundo sexual.</p>     <p>   En el cuarto cap&iacute;tulo titulado: La topograf&iacute;a pragm&aacute;tica y simb&oacute;lica: lugares y marcadores la autora muestra como el n&uacute;cleo central a partir del cual est&aacute; estructurada la especialidad negro &ndash; colombiana est&aacute; constituida por el espacio habitado y por todo lo que &eacute;l representa y simboliza en la vida social de estas comunidades. La casa es el espacio semantizado de la familiaridad, donde se afirma la masculinidad y la feminidad; as&iacute; como la tienda, el muelle, la iglesia y el cementerio, son espacios para el intercambio econ&oacute;mico y cultural. Pero tambi&eacute;n la selva, el mundo lim&iacute;trofe entre los sexos: la casa es para la mujer, la selva es para el hombre y especialmente para el cazador ind&iacute;gena; dejar ir a la mujer a la selva equivaldr&iacute;a a que &eacute;sta desapareciera; en tanto la selva se asume como un espacio denso y fuerte, donde habitan los seres sobrenaturales y riesgos incontrolables para los mismos hombres. Tambi&eacute;n destaca el espacio del lavado del oro. Para las comunidades negras del Choc&oacute; los espacios aur&iacute;feros se ordenan seg&uacute;n la distancia que los separa de la vivienda. A mayor distancia mayor riqueza. Losonczy se&ntilde;ala como hay distintos espacios aur&iacute;feros y c&oacute;mo a cada uno de ellos corresponde un tiempo de explotaci&oacute;n, una modalidad de organizaci&oacute;n del trabajo y un cierto tipo de viaje (Losonczy, 2006:150). Uno de los elementos centrales que destaca Losonczy como parte de esta topograf&iacute;a es el r&iacute;o. Toda actividad que sea del hombre, para el hombre y por el hombre, se articula al r&iacute;o. El r&iacute;o es vida y es sustancia ritual para estas comunidades. Finalmente se destaca en este &uacute;ltimo cap&iacute;tulo la visi&oacute;n del viaje que tienen estas comunidades y especialmente la riqueza sem&aacute;ntica y l&eacute;xica de los t&eacute;rminos con los que se evoca el desplazamiento. Su proximidad al r&iacute;o hace que el viaje como actividad sea constante, adem&aacute;s est&aacute; representado por la cercan&iacute;a o lejan&iacute;ade los desplazamientos. Incluso tambi&eacute;n marca la relaci&oacute;n con el otro, con el ind&iacute;gena. Ir &laquo;r&iacute;o arriba&raquo; es acercarse al espacio ind&iacute;gena, a un mundo m&aacute;s salvaje; pero tambi&eacute;n es ir donde est&aacute; el oro, la caza y las plantas terap&eacute;uticas. En cambio &laquo;bajar por el r&iacute;o&raquo;, es ir al encuentro de otros negros, es ir en busca del lazo comunitario. Pero tambi&eacute;n est&aacute; el &laquo;andar&raquo; y el &laquo;caminar&raquo;. Ambos t&eacute;rminos significan algo m&aacute;s que simple desplazamiento. Significan una clase de viaje que constituye una ruptura temporal entre el individuo y su comunidad.</p>     <p>   En el quinto cap&iacute;tulo titulado El campo religioso y ritual Losonczy enfatiza c&oacute;mo para las comunidades negras del Choc&oacute; el campo ritual se teje al ritmo del calendario cat&oacute;lico en tres momentos espec&iacute;ficos: la Semana Santa, el per&iacute;odo de Navidad y la fiesta del santo patr&oacute;n. En dichos momentos emerge un lenguaje gestual, espacial y musical distintivo. En el caso de los ind&iacute;genas su sistema ritual marca con sus huellas los ritos de nacimiento y la imagen de la sobrenaturaleza de la selva (Losonczy, 2006:173). Destaca especialmente en este cap&iacute;tulo la forma como las comunidades negras vivencian la Semana Santa y la Navidad. La primera se vive la mayor parte del tiempo por fuera de los l&iacute;mites institucionales de la Iglesia cat&oacute;lica. En ella emerge un ritual independiente portador de un lenguaje gestual y musical, donde los alabaos, salves, santodios, los santos, los tambores y la chirim&iacute;a, as&iacute; como la ofrenda de alimentos, desbordan la vida misma. La segunda es vivida como el escenario que convoca el retorno de la familia, de los que viven en otra parte. Se vive incesantemente el 24 y 28 de diciembre, y se celebra con baile, m&uacute;sica y bebida. El 28 de diciembre, d&iacute;a de los inocentes, adultos y ni&ntilde;os entre risas y disfraces se burlan de los santos. Destaca Losonczy c&oacute;mo este d&iacute;a, los ni&ntilde;os invisibilizados por el orden cultural negro, se toman la palabra.</p>     <p>   Se describen en este cap&iacute;tulo los llamados ritos de paso para las comunidades negras del Choc&oacute; y las comunidades Ember&aacute;. La caracter&iacute;stica central de estos rituales es su despliegue dentro de la temporalidad de la existencia individualUno de ellos, el ritual del nacimiento que implica la preparaci&oacute;n de la madre, la funci&oacute;n de la partera en el momento del parto, as&iacute; como en el entierro de la placenta y el cord&oacute;n umbilical y uno especialmente importante, el ombligaje. Este &uacute;ltimo, permitir&aacute; mediante un procedimiento ritual metaf&oacute;rico la transferencia al portador de una propiedad o cualidad de una planta, un resto de animal, o una sustancia previamente escogida. Otros ritos de pasaje que contempla Losonczy en su exposici&oacute;n son: el bautismo de agua, as&iacute; como el bautismo de nombre que adem&aacute;s de sellar su protecci&oacute;n m&aacute;gica, atar&aacute;n en adelante la relaci&oacute;n de compadrazgo con el padrino y la madrina. El campo ritual tambi&eacute;n hace su irrupci&oacute;n con la muerte de un ni&ntilde;o o la muerte de un adulto. El primero se celebra en un ambiente caracterizado por una franca alegr&iacute;a, donde por medio del bunde se festeja al gual&iacute;, al chig&uuml;alo o al angelito bailao. El segundo se realiza en medio de oraciones, cantos funerarios e invocaciones en forma de di&aacute;logo entre rezadores y el coro de los asistentes (Losonczy, 2006:222). Estos rezos se acompa&ntilde;an de caf&eacute;, galletas, cigarrillos y aguardiente; as&iacute; como de juegos de domin&oacute;, f&aacute;bulas nativas y conversaciones sobre la &uacute;ltima voluntad del difunto. El acompa&ntilde;amiento de este se prolongar&aacute; con la novena, la cual como instrumento ritual, permitir&aacute; el tr&aacute;nsito entre un imposible retorno a la vida y la llegada definitiva al Reino de los Muertos.</p>     <p>   En el sexto cap&iacute;tulo titulado Enfermedad, infortunio y reparaci&oacute;nla antrop&oacute;loga francesa destaca c&oacute;mo existe una representaci&oacute;n negro colombiana de la desgracia, el malestar y la enfermedad, as&iacute; como un grupo de pr&aacute;cticas reparadoras con las que se enfrentan. Estas representaciones y pr&aacute;cticas son inseparables de los individuos, as&iacute; como del universo religioso y ritual en el que se inscriben. Esta autora describe como la representaci&oacute;n de los estados m&oacute;rbidos se realiza en varios registros, m&aacute;s all&aacute; del simple &laquo;estar enfermo&raquo;. Adem&aacute;s existen enfermedades divinas y humanas, aludiendo a la gravedad de las mismas, su tenacidad o condici&oacute;n de contagio. Las primeras se pueden enlazar a &oacute;rganos como el est&oacute;mago, el h&iacute;gado o los pulmones y se les califica como inevitables, aunque se reconoce que pueden ser f&aacute;cilmente curables si no se presentan en edades cr&iacute;ticas para el individuo. A las segundas se les considera como &laquo;mandadas&raquo; o &laquo;puestas&raquo;en una relativa proximidad corporal con la v&iacute;ctima. En algunos casos se les asocia con brujer&iacute;a amorosa, ya sea para &laquo;amarrar al hombre&raquo; o para &laquo;seducir a la mujer&raquo;; en otros se les asocia con brujer&iacute;a por motivos econ&oacute;micos. Losonczy de todas formas dedica especial atenci&oacute;n a las enfermedades por pacto de brujer&iacute;a, las cuales podr&iacute;an ser consideradas como de un tercer tipo. Estas enfermedades conducen a un desenlace, muchas veces, mortal, o a un grado patol&oacute;gico superior. Aunque estas enfermedades son puestas, lo son pero a &laquo;distancia&raquo; por un brujo de gran poder que ha realizado un pacto con las diferentes manifestaciones del diablo o del mal. En este caso el objetivo del pacto hechicero es enviarle a otro la enfermedad y el infortunio, y de esta forma el hechicero aumenta la fuerza vital absorbiendo la de los dem&aacute;s. En este cap&iacute;tulo Losonczy destaca como existen algunos medios rituales que tienen un fuerte contenido mal&eacute;fico, como el velorio del vivo y la novena al rev&eacute;s, encaminados a capturar la fuerza vital de una persona.</p>     <p>   Un instrumento ritual que configura el mundo cotidiano tanto de las comunidades negras como Ember&aacute; son definitivamente las plantas de uso terape&uacute;tico asociadas a &oacute;rdenes t&eacute;rmicos: plantas &laquo;fr&iacute;as&raquo;y &laquo;calientes&raquo;. Las primeras asociadas con lo fem&eacute;nino, son peligrosas y requieren del manejo de un curandero. Las segundas, asociadas con lo masculino, son siempre benignas y la mayor&iacute;a del tiempo son &laquo;buenas para pensar&raquo; o &laquo;buenas para consumir&raquo; (Losonczy, 2006:265). La antrop&oacute;loga francesa mostrar&aacute; como en la cura de la enfermedad va a jugar una funci&oacute;n reparadora e integral el curandero, quien tratar&aacute; las causas y los s&iacute;ntomas, mediante un saber muy profundo y ancestral de esa terape&uacute;tica, as&iacute; como de la palabra protectora, mal&eacute;fica o restauradora. Este saber espec&iacute;fico del curandero, destaca especialmente en la descripci&oacute;n etnogr&aacute;fica que realiza Losonczy del campo ritual del alto y bajo Choc&oacute;. Aqu&iacute; los curanderos negros y los chamanes Ember&aacute; reconfigurar&aacute;n sus pr&aacute;cticas rituales aprendiendo los primeros de los segundos, especialmente en aquellas pr&aacute;cticas en las que los negros consideran m&aacute;s efectivos a los chamanes ind&iacute;genas, especialmente cuando se trata de &laquo;curar con el diablo&raquo;.</p>     <p>   En el s&eacute;ptimo cap&iacute;tulo El Sistema cham&aacute;nico Ember&aacute;, la autora francesa aborda lo concerniente al proceso de iniciaci&oacute;n y formaci&oacute;n del jaiban&aacute;, como aquella persona que posee una multitud de esp&iacute;ritus y que tiene el control de un n&uacute;mero significativo de enfermedades. Muestra la autora c&oacute;mo el j&oacute;ven iniciado en este arte ancestral, debe pasar por un largo viaje, de varios a&ntilde;os, donde aislado del v&iacute;nculo comunitario y en constante itinerancia donde otros chamanes maestros, va adquiriendo y puliendo sus conocimientos. Sus viajes, m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites &eacute;tnicos y geogr&aacute;ficos del Choc&oacute;, tienen como finalidad, reunir el saber sobre los esp&iacute;ritus o ja&iuml;s, convertirse en una trampa para ellos y especialmente tener poder sobre ellos para curar a otros ohacer que enfermen (Losonczy, 2006:295). En tal sentido, destaca la antrop&oacute;loga francesa como el cham&aacute;n no opera s&oacute;lo, sino enmarcado en un espacio simb&oacute;lico en el que, con el tiempo, adquiere un control sobre los ja&iuml;s, pero tambi&eacute;n logra ser reciproco con ellos, ya que ellos ser&aacute;n su ej&eacute;rcito en la batalla contra la enfermedad, en la extracci&oacute;n de otros ja&iuml;s enemigos del cuerpo del enfermo. En resumen, en este cap&iacute;tulo la autora trata de evidenciar que el n&uacute;cleo ritual de las pr&aacute;cticas cham&aacute;nicas es un intercambio, en el que el cham&aacute;n ofrece alimentos, baile y canto a los ja&iuml;s, pero a su vez recoge de ellos la fuerza y saber para curar.</p>     <p>   El &uacute;ltimo cap&iacute;tulo titulado El campo inter&eacute;tnico: representaciones e intercambios entre los negros y los ember&aacute;, sirve de plataforma a la autora para mostrar como los intercambios de bienes entre los dos grupos son solo una de las facetas donde ocurre el encuentro inter&eacute;tnico. Tambi&eacute;n existe todo un conjunto de representaciones en las que que cada grupo se considera radicalmente distinto al otro. Los ind&iacute;genas denominan a los negros, &laquo;libres&raquo;, aunque los negros prefieran denominarse &laquo;morenos&raquo;. A su vez los ind&iacute;genas son nombrados y autodenominados &laquo;cholos&raquo;. En los encuentros informales entre los dos grupos, los Ember&aacute; imitan los gestos y la forma de hablar de los &laquo;libres&raquo; a los que encuentran &laquo;torpes&raquo;, &laquo;rid&iacute;culos&raquo;, &laquo;ignorantes&raquo; y &laquo;feos&raquo;. A su vez los negros consideran a los ind&iacute;genas &laquo;feos&raquo; y &laquo;salvajes&raquo;. Destacar&aacute; Losonczy c&oacute;mo los negros reconocen en los &laquo;cholos&raquo; un poder superior, especialmente en las cosas del diablo. De todas formas los intercambios entre uno y otro grupo no se agotan en estas formas de representaci&oacute;n (Losonczy, 2006:331). Por ejemplo, aunque los matrimonios mixtos est&aacute;n prohibidos, y su transgresi&oacute;n acarrear&iacute;a la exclusi&oacute;n comunitaria, existe la tendencia del compadrazgo inter&eacute;tnico, a trav&eacute;s del bautismo de un ni&ntilde;o ind&iacute;gena por un negro y una negra, que en parte funciona como sustituci&oacute;n de la alianza matrimonial. El bautismo funciona como una alianza entre la familia ind&iacute;gena y la negra. Para el segundo es un beneficio en tanto significa una especie de paz simb&oacute;lica y protecci&oacute;n con el mundo salvaje, cada vez que el negro se aventure en ella; para el primero, una protecci&oacute;n m&aacute;gica de su hijo contra los ja&iuml;s mal&eacute;ficos de la selva, y por extensi&oacute;n de cama y comida cada vez que toda la familia ind&iacute;gena baje por el r&iacute;o (Losonczy, 2006:336).</p>     <p>   Tambi&eacute;n existe el intercambio de procedimientos terap&eacute;uticos. Los curanderos negros son consultados en el caso de enfermedades que consideran no provienen de la intervenci&oacute;n de los ja&iuml;s y est&aacute;n m&aacute;s asociadas con el contacto con los &laquo;blancos&raquo;, por ejemplo: gripa, viruela, tuberculosis. Por su parte los chamanes son consultados en accidentes relacionados con animales selv&aacute;ticos o en eventos de envenenamiento. No obstante, as&iacute; como se intercambian saberes y se establecen alianzas estrat&eacute;gicas, tambi&eacute;n existen formas de agresi&oacute;n entre unos y otros grupos. Los ind&iacute;genas le temen al &laquo;mal de ojo&raquo; de las comunidades negras y particularmente el que pueden transmitir f&aacute;cilmente las mujeres. Las comunidades negras a su vez le temen a ciertos esp&iacute;ritus muy poderosos, como por ejemplo la &laquo;madreagua&raquo; al cual asocian, unas veces, con un ind&iacute;gena desnudo que rapta, ahoga y devora las entra&ntilde;as de los negros adultos, y otras veces, con un objeto hecho de ma&iacute;z, hierbas venenosas y restos de animal que se convierte en un maleficio en la comida y bebida que los ind&iacute;genas ofrecen a los negros o en un proyectil enviado a la distancia. En todo caso, de una u otra forma el mal inferido, provoca necesariamente el contacto con el &laquo;otro&raquo; que posee el saber y la cura espec&iacute;fica para el da&ntilde;o.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Finalmente lo que se observa en estas dos comunidades entonces es un intercambio permanente atravesado por la violencia y la reparaci&oacute;n mutuas en un territorio en que, como afirma Losonczy, ambos parecen representar como ineludible la presencia del otro en la periferia de su espacio simb&oacute;lico (Losonczy, 2006:349). En este espacio del alto y medio Choc&oacute;, cada uno representa al otro e intercambia ritualmente con &eacute;l, pero siempre bajo unos l&iacute;mites materiales y simb&oacute;licos muy marcados. Lo interesante de la perspectiva etnol&oacute;gica de Losonczy es que presenta dicho intercambio de sistemas rituales y representaciones muy complejas entre s&iacute;, como una alternativa cultural a la violencia generalizada, una forma interesante y poco explorada de sincretismo entre dos formas culturales en las que ninguna domina a la otra (Losonczy, 2006:375). De todas formas valdr&iacute;a la pena preguntar en sentido cr&iacute;tico si despu&eacute;s de 15 a&ntilde;os de realizado el trabajo etnogr&aacute;fico no valdr&iacute;a la pena revisar las din&aacute;micas de dichos intercambios inter&eacute;tnicos en contextos cada vez m&aacute;s atravesados por las l&oacute;gicas del conflicto armado interno y por los impactos positivos y negativos en estas comunidades a prop&oacute;sito de la ley de negritudes. </p> </font>      ]]></body>
</article>
