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</front><body><![CDATA[   <font size="2" face="verdana">      <p><b>Cl&aacute;sico</b></p>      <p align="center"><font size="4"><b>En la Diestra de Dios Padre</b><sup></sup></font></p>      <p align="center">Tom&aacute;s Carrasquilla</p>  <hr>      <br>      <p>Este dizque era un hombre que se llamaba Peralta. Viv&iacute;a en un pajarate muy grande y muy viejo, en el propio camino real y afuerita de un pueblo donde viv&iacute;a el Rey. No era casao y viv&iacute;a con una hermana soltera, algo viejona y muy aburrida.</p>      <p>No hab&iacute;a en el pueblo qui&eacute;n no conociera a Peralta por sus muchas caridades: &eacute;l lavaba los llaguientos; &eacute;l asist&iacute;a a los enfermos; &eacute;l enterraba a los muertos; se quitaba el pan de la boca y los trapitos del cuerpo para d&aacute;rselos a los pobres; y por eso era que estaba en la pura inopia; y a la hermana se la llevaba el diablo con todos los limosneros y leprosos que Peralta manten&iacute;a en la casa. "&iquest;Qu&eacute; te gan&aacute;s, hombre de Dios -le dec&iacute;a la hermana-, con trabajar como un macho, si todo lo que consegu&iacute;s lo bot&aacute;s jartando y vistiendo a tanto perezoso y holgaz&aacute;n? Cas&aacute;te, hombre; cas&aacute;te pa que teng&aacute;s hijos a qui&eacute;n mantener". "C&aacute;lle la boca, hermanita, y no diga disparates. Yo no necesito de hijos, ni de mujer ni de nadie, porque tengo mi pr&oacute;jimo a quien servir. Mi familia son los pr&oacute;jimos". "&iexcl;Tus pr&oacute;jimos&#33; &iexcl;Ser&aacute; por tanto que te lo agradecen; ser&aacute; por tanto que ti han dao&#33; &iexcl;Ai te veo siempre m&aacute;s hilachento y m&aacute;s infeliz que los limosneros que socorr&eacute;s&#33; Bien pod&iacute;as comprarte una muda y compr&aacute;rmela a yo, que harto la necesitamos; o tan siquiera traer comida alguna vez pa que llen&aacute;ramos, ya que pasamos tantos hambres. Pero vos no te afan&aacute;s por lo tuyo: ten&eacute;s sangre de gusano".</p>      <p>Esta era siempre la cantaleta de la hermana; pero como si predicara en desierto fr&iacute;o. Peralta segu&iacute;a m&aacute;s pior; siempre hilachento y zarrapastroso, y el bolsico l&aacute;mparo, l&aacute;mparo; con el fogoncito encendido tal cual vez, la despensa en las puras tablas y una pobrec&iacute;a, se&ntilde;or, regada por aquella casa desde el chiquero hasta el corredor de afuera. Fig&uacute;rese que no eran tan solamente los Peraltas, sino todos los lisiaos y leprosos, que se hab&iacute;an apoderao de los cuartos y de los corredores de la casa "convidaos por el sangre de gusano", como dec&iacute;a la hermana.</p>      <p>Una ocasioncita estaba Peralta muy fatigao de las afugias del d&iacute;a, cuando, a tiempo de largarse un aguacero, arriman dos pelegrinos a los portales de la casa y piden posada: "Con todo coraz&oacute;n se las doy, buenos se&ntilde;ores -les dijo Peralta muy atencioso-; pero lo van a pasar muy mal, porqu'en esta casa no hay ni un grano de sal ni una tabla de cacao con qu&eacute; hacerles una comidita. Pero prosigan pa dentro, que la buena volunt&aacute; es lo que vale".</p>      <p>Dentraron los pelegrinos; trajo la hermana de Peralta el candil, y pudo desaminarlos a como quiso. Parec&iacute;an mismamente el taita y el hijo. El uno era un viejito con los cachetes muy sumidos, ojitriste &eacute;l, de barbitas rucias y cabecipel&oacute;n. El otro era muchach&oacute;n, muy buen mozo, medio mono, algo zarco y con una mata de pelo en cachumbos que le ca&iacute;an hasta media espalda. Le luc&iacute;a mucho la saya y la capita de pelegrino. Todos dos ten&iacute;an sombreritos de ca&ntilde;a, y unos bordones muy gruesos, y albarcas. Se sentaron en una banca, muy cansaos, y se pusieron a hablar una jerigonza tan bonita, que los Peraltas, sin entender jota, no se cansaban di oirla. No sab&iacute;an por qu&eacute; ser&iacute;a, pero bien ve&iacute;an que el viejo respetaba m&aacute;s al muchacho que el muchacho al viejo; ni por qu&eacute; sent&iacute;an una alegr&iacute;a muy sabrosa por dentro; ni mucho menos de d&oacute;nde sal&iacute;a un olor que trascend&iacute;a toda la casa: aquello parec&iacute;a de flores de naranjo, de albahaca y de romero de Castilla; parec&iacute;a de incensio y del sahumerio de alhucema que le echan a la ropita de los ni&ntilde;os; era un olor que los Peraltas no hab&iacute;an sentido ni en el monte, ni en las jardineras, ni en el santo templo de Dios.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Manque estaba muy embelesao, le dijo Peralta a la hermana: "Hija, date una asoma&iacute;ta por la despensa; desculc&aacute; por la cocina, a ver si encontr&aacute;s alguito que darles a estos se&ntilde;ores. Mir&aacute;los qu&eacute; cansaos est&aacute;n; se les ve la fatiga".</p>      <p>La hermana, sin saberse c&oacute;mo, sali&oacute; muy cambiada de genio y se fue derechito a la cocina. No hall&oacute; m&aacute;s que media arepa tiesa y requemada, por all&aacute; en el asiento di una cuyabra. Confundida con la poqued&aacute;, determin&oacute; que alguna gallina forastera tal vez si hab&iacute;a colao por un g&uuml;eco del bahareque y hab&iacute;a puesto en alg&uacute;n zurr&oacute;n viejo di una montonera qui hab&iacute;a en la despensa; que lo qu'era corotos y porquer&iacute;as viejas s&iacute; hab&iacute;a en la dichosa despensa hasta pa tirar pa lo alto; pero de comida, ni hebra. Abri&oacute; la puerta, y se qued&oacute; bele&ntilde;a y paralela: en aquel despens&oacute;n, por los aparadores, por la escusa, por el granero, por los zurrones, por el suelo, hab&iacute;a de cuanto Dios cri&oacute; pa que coman sus criaturas. Del palo largo colgaban los tasajos de solomo y de falda, el tocino y la empella; de los garabatos colgaban las costillas de vaca y de cuchino; las longanizas y los chorizos se gulunguiaban y s'enroscaban que ni culebras; en la escusa hab&iacute;a por docenas los quesitos, y las bolas de mantequilla, y las tutumadas de cacao molido con jamaica, y las hojaldras y las carisecas; los zurrones estaban rebosaos de frijol cargamanto, de papas, y de revuelto di una y otra laya; cocos de g&uuml;evos hab&iacute;a por to&iacute;tas partes; en un rinc&oacute;n hab&iacute;a un cerro de capachos de sal de Guaca; y por all&aacute;, junto al granero, hab&iacute;a sobre una horqueta un bongo di arepas di arroz, tan blancas, tan esponjadas, y tan bien asa&iacute;tas, que no parec&iacute;an hechas de mano de cocinera d'este mundo; y muy s&iacute; se&ntilde;or un tercio de dulce que parec&iacute;a la mismita az&uacute;car. "Por fin le surti&oacute; a Peralta -pens&oacute; la hermana-. Esto es mi Dios pa premiale sus buenas obras. &iexcl;Hasta ai v&iacute;ver&#33; Pues, aprovech&eacute;monos".</p>      <p>Y dicho y hecho: trajo el cuchillo cocinero y ech&oacute; a cortar por lo redondo; trajo la batea grande y la colm&oacute;; y al momentico ech&oacute; a chirriar la cazuela y a regase por toda la casa aquella g&uuml;elentina tan sabrosa. Como Dios li ayud&oacute; les puso el comistraje. Y nada desganao qu'era el viejito; el mozo s&iacute; no comi&oacute; cosa. A Peralta ya no le qued&oacute; ni hebra de duda que aquello era un milagro patente; y con todito aquel contento que le bailaba en el cuerpo sargenti&oacute; por todas partes, y con lo menos roto y menos sucio de la casa les arregl&oacute; las camitas en las dos puntas de la tarima. Se dieron las buenas noches y cada cual si acost&oacute;.</p>      <p>Peralta se levant&oacute;, escuro, escuro, y no top&oacute; ni rastros de los g&uuml;&eacute;spedes; pero s&iacute; top&oacute; una muchila muy grande requintada di onzas del Rey, en la propia cabecera del mocito. Corri&oacute; muy asustao a contarle a la hermana, que al momento se levant&oacute; de muy buen humor a hacer harto cacao; corri&oacute; a contarle a los llaguientos y a los tullidos, y los top&oacute; buenos y sanos y caminando y andando, como si en su vida no hubieran tenido achaque. Sali&oacute; como loco en busca de los g&uuml;&eacute;spedes pa entregarles la muchila di onzas del Rey. Ech&oacute; a andar y a andar, cuesta arriba, porque puall&iacute; dizque era qui hab&iacute;an cogido los pelegrinos. Con tama&ntilde;a lengua a fuera se sent&oacute; un momentico a la sombra di un &aacute;rbol, cuando los divis&oacute; por all&aacute; muy arriba, casi a punto de trastornar el alto. Casi no pod&iacute;a ga&ntilde;ir el pobrecito de puro cansao qu'estaba, pero ai como pudo les grit&oacute;: "&iexcl;Hola, se&ntilde;ores; esp&eacute;remen que les trae cuenta&#33;". Y alzaba la muchila pa que la vieran. Los pelegrinos se contuvieron a las voces que les di&oacute; Peralta. Al ratico estuvo cerca d'ellos, y desde abajo les dec&iacute;a: "Bueno, se&ntilde;ores, aqu&iacute; est&aacute; su plata". Bajaron ellos al tope y se sentaron en un plancito, y entonces Peralta les dijo: "&iexcl;Caramba qu'el pobre siempre jiede&#33; Miren que dejar este oral por el af&aacute;n de venirse de mi casa. Cuenten y ver&aacute;n que no les falta ni un medio&#33;". El mocito lo volti&oacute; a ver con tan buen ojo, tan sumamente bueno, que Peralta, anqu'estaba muy cansao, volvi&oacute; a sentir por dentro la cosa sabrosa qui hab&iacute;a sentido por la noche; y el mocito le dijo: "Sent&aacute;te, amigo Peralta, en esa piedra, que tengo que hablarte". Y Peralta se sent&oacute;. "Nosotros -dijo el mocito con una calma y una cosa all&aacute; muy preciosa- no somos tales pelegrinos; no lo cre&aacute;s. Este -y se&ntilde;al&oacute; al viejoes Pedro mi disc&iacute;pulo, el que maneja las llaves del cielo; y yo soy Jes&uacute;s de Nazareno. No hemos venido a la tierra m&aacute;s que a probarte, y en verd&aacute; te digo, Peralta, que te lucites en la prueba. Otro que no fuera tan cristiano como vos, se guarda las onzas y si hab&iacute;a quedao muy orondo. Voy a premiarte: los dineros son tuyos: llev&aacute;telos; y voy a darte de encima las cinco cosas que me quer&aacute;s pedir. &iexcl;Conque, ped&iacute; por esa boca&#33;".</p>      <p>Peralta, como era un hombre tan desentendido pa todas las cosas y tan parejo, no le di&oacute; mal ni se qued&oacute; pasmao, sino que muy tranquilo se puso a pensar a ver qu&eacute; ped&iacute;a. Todos tres se quedaron callaos como en misa, y a un rato dice San Pedro: "Hombre, Peralta, fij&aacute;te bien en lo que vas a pedir, no vas a salir con una buena bobada". "En eso estoy pensando, Su Merc&eacute;", contest&oacute; Peralta, sin nadita de susto. "Es que si ped&iacute;s cosa mala, va y el Maestro te la concede; y, una vez concedida, te amolaste, porque la palabra del Maestro no puede faltar". "D&eacute;jeme pensar bien la cosa, Su Merc&eacute;"; y segu&iacute;a pensando, con la cara pa otro lao y meti&eacute;ndole u&ntilde;a a una barranquita. San Pedro le tos&iacute;a, le aclariaba, y el tal Peralta no lo voltiaba a ver. A un rat&iacute;simo voltea a ver al Se&ntilde;or y le dice: "Bueno, Su Divina Majest&aacute;; lo primerito que le pido es que yo gane al juego siempre que me d&eacute; la gana". "Concedido", dijo el Se&ntilde;or. "Lo segundo - sigui&oacute; Peralta- es que cuando me vaya a morir me mande la Muerte por delante y no a la traici&oacute;n". "Concedido", dijo el Se&ntilde;or. Peralta segu&iacute;a haciendo la cuenta en los dedos, y a San Pedro se lo llevaba Judas con las bobadas de ese hombre: &eacute;l se rascaba la calva, &eacute;l tos&iacute;a, &eacute;l le mataba el ojo, &eacute;l alzaba el brazo y, con el dedito parao, le se&ntilde;alaba a Peralta el cielo; pero Peralta no se daba por notificao. Despu&eacute;s de mucho pensar, dice Peralta: "Pues, bueno, Su Divina Majest&aacute;; lo tercero que mi ha de conceder es que yo pueda detener al que quiera en el puesto que yo le se&ntilde;ale y por el tiempo qui a yo me parezca". "Rara es tu petici&oacute;n, amigo Peralta -dice el Se&ntilde;or, poniendo en &eacute;l aquellos ojos tan zarcos y tan lindos que parec&iacute;a que limpiaban el alma de todo pecao mortal, con solamente fijarlos en los cristianos-. En verd&aacute; te digo que una petici&oacute;n como la tuya, jam&aacute;s hab&iacute;a o&iacute;do; pero que sea lo que vos quer&aacute;s". A esto di&oacute; un gru&ntilde;ido San Pedro, y, acerc&aacute;ndose a Peralta, lo tir&oacute; con disimulo de la ruana, y le dijo al o&iacute;do, muy sofocao: "&iexcl;El cielo, hombre&#33; &iexcl;Ped&iacute; el cielo&#33; &iexcl;No sias bestia&#33;". Ni an por eso: Peralta no afloj&oacute; un pite; y el Se&ntilde;or dijo: "Concedido". "La cuarta cosa -dijo Peralta sumamente fresco- es que Su Divina Majest&aacute; me d&eacute; la virt&uacute; di achiquitame a como a yo me d&eacute; la gana, hasta volveme tan chirringo com'una hormiga". Dicen los ejemplos y el misal que el Se&ntilde;or no se ri&oacute; ni una merita vez; pero aqu&iacute; s&iacute; li agarr&oacute; la risa, y le dijo a Peralta: "Hombre, Peralta; &iexcl;otro como vos no nace, y si nace, no se cr&iacute;a&#33; Todos me piden grandor y vos, con ser un recorte di hombre, me ped&iacute;s peque&ntilde;ez. Pues, bueno...". San Pedro le arrebat&oacute; la palabra a su Maestro, y le dijo en tonito bravo: "&iquest;Pero no ve qu'esti hombre est&aacute; loco?". "Pues no me arrepiento de lo pedido -dijo Peralta muy resuelto-. Lo dicho, dicho". "Concedido", dijo el Se&ntilde;or. San Pedro se rascaba la saya muslo arriba, se ventiaba con el sombrero, y ve&iacute;a chiquito a Peralta. No pudo contenerse y le dijo: "Mir&aacute;, hombre, que no has pedido lo principal y no te falta sino una sola cosa". "Por eso lo'stoy pensando; no si apure Su Merc&eacute;". Y se volvi&oacute; a quedar callao otro rato. Por all&aacute;, a las mil y quinientas, sali&oacute; Peralta con esto: "Bueno, Su Divina Majest&aacute;; antes de pedile lo &uacute;ltimo, le quiero preguntar una cosa, y ust&eacute; me dispense, Su Divina Majest&aacute;, por si fuere mal preguntao; pero eso s&iacute;: &iexcl;mi ha de dar una contesta bien clara y bien patente&#33;". "&iexcl;Loco di amarrar&#33; -grit&oacute; San Pedro juntando las manos y voltiando a ver al cielo como el que reza el Bendito-. Va a salir con un disparate gordo. &iexcl;Padre m&iacute;o, ilum&iacute;nalo&#33;". El Se&ntilde;or, que volvi&oacute; a ponerse muy sereno, le dijo: "Pregunt&aacute;, hijo, lo que quer&aacute;s, que todo te lo contestar&eacute; a tu gusto". "Dios se lo pague, Su Divina Majest&aacute;... Yo quer&iacute;a saber si el Patas es el que manda en el alma de los condenaos, go es vust&eacute;, go el Padre Eterno". "Yo, y mi Padre y el Esp&iacute;ritu Santo juntos y por separao, mandamos en todas partes; pero al Diablo l'hemos largao el mando del Infierno: &eacute;l es amo de sus condenaos y manda en sus almas, como mand&aacute;s vos en las onzas que te he dao". "Pues bueno, Su Divina Majest&aacute; -dijo Peralta muy contento-. Si asina es, voy a hacerle el &uacute;ltimo pido: yo quiero, ultimadamente, que Su Divina Majest&aacute; me conceda la gracia de que el Patas no mi haga trampa en el juego". "Concedido", dijo el Se&ntilde;or. Y El y el viejito se volvieron humo en la regi&oacute;n.</p>      <p>Peralta se qued&oacute; otro rato sentao en su piedra; sac&oacute; yesquero, encendi&oacute; su tabaco, y se puso a bombiar muy satisfecho. &iexcl;Valientes cosas las que iba a hacer con aquel platal&#33; No iba a quedar pobre sin su mudita nueva, ni vieja hambrienta sin su buena pulsetilla de chocolate de canela. &iexcl;All&aacute; ver&iacute;an los del sitio qui&eacute;n era Peralta&#33; Se meti&oacute; las onzas debajo del brazo; se canti&oacute; la ruanita, y ech&oacute; falda abajo. Parec&iacute;a mismamente un limosnero: tan chiquito y tan entumido; con aquella carita tan fea, sin pizca de barba, y con aquel ojo tan grande y aquellas pesta&ntilde;onas que parec&iacute;an de ternero.</p>      <p>Al otro d&iacute;a se fue p'al pueblo, y puso monte. &iexcl;C&oacute;mo ser&iacute;a la angurria que se li abri&oacute; a tanto logrero cuando vieron en aquella mesa aquella montonera di onzas del Rey&#33; "&iquest;Onde te sacates ese entierro, hombre Peralta?, le dec&iacute;a uno.</p>      <p>"Este se rob&oacute; el correo", dec&iacute;an otros en secreto; y Peralta se quedaba muy desentendido. Se pusieron a jugar. La noticia del platal corri&oacute; por todo el pueblo, y aquella sala se llen&oacute; de todo el ladronicio y todos los perdidos. Pero eso s&iacute;; no les qued&oacute; ni un chimbo partido por la mit&aacute;; por m&aacute;s trampas qui hac&iacute;an, por m&aacute;s que cambiaban baraja, por m&aacute;s que la se&ntilde;alaban con la u&ntilde;a, les di&oacute; capote, con ser que en el juego estaban toditos los caimanes d'esos laos. "Con &eacute;sta no nos quedamos -dijo el m&aacute;s caliente-. A nosotros no nos come este... -y ai ment&oacute; unas palabras muy feas-. &iexcl;Voy a idiar unas suertes, y ma&ntilde;ana no le queda ni liendra a este sinverg&uuml;enza&#33;". Y ai sali&oacute; del garito, echando por esa boca unos reniegos y unos dichos qui aquello parec&iacute;a un condenao.</p>      <p>Al otro d&iacute;a, desdi antes di almorzar, emprendieron el monte. Hubo cuchillo, hubo barbera; pero Peralta tampoco les dej&oacute; un medio. Como no era ning&uacute;n bobo, se dejaba ganar en ocasiones pa empecinarlos m&aacute;s. Determinaron jugar dao, y montedao, y bisb&iacute;s, y cachimona y roleta, a ver si con el cambio de juegos se ca&iacute;a Peralta; pero si se ca&iacute;a a raticos, era pa seguir m&aacute;s violento echando por lo negro y acertando en unos y en otros juegos.</p>      <p>Lo m&aacute;s particular era que Peralta con tant&iacute;simo caudal como iba consiguiendo no se daba nadita d'importancia, ni en la ropita, ni en la comida ni en nada: con su misma ruanita pastusa de listas azules, con sus mismitos calzones fundillirrotos se qued&oacute; el hombre, y con su mismita ch&aacute;cara de rat&oacute;n di agua, pelada y hecha un cochambre.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Pero eso s&iacute;: lo qu'era limosnas ni el Rey las daba tan grandes. Su casa parec&iacute;a siempre publicaci&oacute;n de bulas, con toda la pobrec&iacute;a y todos los lambisquiones del pueblo pla&ntilde;endo a toda hora; y no tan solamente los del pueblo, sino que tambi&eacute;n ech&oacute; a venir cuanto avistrujo hab&iacute;a en todos los pueblos de por ai y en otros del cabo del mundo. &iexcl;Hasta de Jamaica y de Jerusal&eacute;n ven&iacute;an los pedig&uuml;e&ntilde;os&#33; Pero Peralta no reparaba: a todos les met&iacute;a su peseta en la mano; y la cocina era un fogueo parejo que ni cocina de minas. Consigui&oacute; un mont&oacute;n de molenderas, y todo el d&iacute;a se lo pasaba repartiendo tutumadas de mazamorra, los plataos de frijol y las arepas de ma&iacute;z sancochao. Y manten&iacute;a una maletada de plata, la mismita que vaciaba al d&iacute;a.</p>      <p>Sigui&oacute; siempre lavando sus leprosos, asistiendo sus enfermos, y siempre con su sangre de gusano, como si fuera el m&aacute;s pobrecito y el m&aacute;s arrastrao de la tierra.</p>      <p>Pero lo que no canta el carro lo canta la carreta: &iexcl;la Peraltona s&iacute; supo darse orgullo y meterse a se&ntilde;ora de media y zapato&#33; Con todo el platal que le sac&oacute; al hermano, compr&oacute; casa de balc&oacute;n en el pueblo, y consigui&oacute; serviciala y compr&oacute; ropa muy buena y de usos muy bonitos. Cada rato se pon&iacute;a en el balc&oacute;n, y apenas ve&iacute;a gente, gritaba: "&iexcl;Maruchenga, tr&eacute;me el pa&ntilde;uelo de tripilla, que voy a visitar a la Reina&#33; &iexcl;Maruchenga, tr&eacute;me los frascos de perjume pa ruciar por aqu&iacute; qu'est&aacute; jediendo&#33;". Y si ve&iacute;a pasar alguna se&ntilde;ora, dec&iacute;a: "&iexcl;No pueden ver a uno de peinet&oacute;n ni con usos nuevos, porqui al momento la imitan estas &ntilde;apangas asomadas&#33;". Cuando sal&iacute;a a la calle, era un puro gesto y un puro melindre; y auque era tan p&aacute;nfila y tan fer&oacute;stica caminaba muy repechada y muy menudito, como sinti&eacute;ndose muy muchachita y muy preciosa. "Maruchenga, d&aacute;ca la sombrilla qui hace sol; Maruchenga, sacame la crizneja; Maruchenga, componeme el esponje, que se me tuerce"; y no dejaba en paz a la pobre Maruchenga, con tanto orgullo y tanta juller&iacute;a.</p>      <p>La carid&aacute; de Peralta fue creciendo tanto que tuvo que conseguir casas pa recoger los enfermos y los lisiaos; y &eacute;l mismo pagaba las medecinas, y &eacute;l mismo con su misma mano se las daba a los enfermos.</p>      <p>Esto lleg&oacute; a o&iacute;dos de su Saca Rial y lo mand&oacute; llamar. Los amigos de Peralta y la Peraltona le dec&iacute;an que se mudara y se engalanara hart&iacute;simo pa ir a casa del Rey; pero Peralta no hizo caso, sino que tuvo cara de present&aacute;rsele con su mismito vestido y a pata limpia, lo mismo qui un monta&ntilde;ero. El Rey y la Reina estaban tomando chocolate con bizcochuelos y quesito fresco, y pusieron a Peralta en medio de los dos, y le sirvieron vino en la copa del Rey qu'era di oro, y l'echaron un brinde con palabras tan bonitas, qui aquello parec&iacute;a lo mismo que si fuera con el obispo G&oacute;mez Plata.</p>      <p>Peralta recorri&oacute; muchos pueblos, y en todas partes ganaba, y en todas partes socorr&iacute;a a los pobres; pero como en este mundo hay tanta gente mala y tan caudilla echaron a levantale testimonios. Unos dec&iacute;an qu'era ayudao; otros, qui ofend&iacute;a a mi Dios, en secreto, con pecaos muy horribles; otros, qu'era duende y que volaba de noche por los tejaos, y qu'escup&iacute;a la imagen de mi Amito y Se&ntilde;or. To&iacute;to esto fue corruto en el pueblo, y los mismos qu'&eacute;l proteg&iacute;a, los mismitos que mataron la hambre con su comida, prencipiaron a mormurar. Tan solamente el curita del pueblo lo defend&iacute;a; pero nadie le crey&oacute;, como si fuera alg&uacute;n embustero. Toditico lo sab&iacute;a Peralta, y nadita que se le daba, sino que segu&iacute;a el mismito: siempre tan humilde la criatura de mi Dios. El cura le dec&iacute;a que compusiera la casa que se le estaba cayendo con las goteras y con los ratones y animales que si hab&iacute;an apoderao d'ella; y Peralta dec&iacute;a: "&iquest;Pa qu&eacute;, se&ntilde;or? La plata qu'he de gastar en eso, la gasto en mis pobres: yo no soy el Rey pa tener palacio".</p>      <p>Estaba un d&iacute;a Peralta solo en grima en dichosa la casa, haciendo los montoncitos de plata pa repartir, cuando, &iexcl;tun, tun&#33; en la puerta. Fue a abrir, y... &iexcl;mi amo de mi vida&#33; &iexcl;Qu&eacute; escarram&aacute;n tan horrible&#33; Era la Muerte, que ven&iacute;a por &eacute;l. Tra&iacute;a la g&uuml;esamenta muy lavada, y en la mano derecha la desjarretadera encabada en un palo negro muy largo, y tan brillosa y cortadora que s'enfriaba uno hasta el cuajo de ver aqu&eacute;llo&#33; Tra&iacute;a en la otra mano un manojito de pelos que parec&iacute;an hebritas de bayeta, para probar el filo de la herramienta. Cada rato sacaba un pelo y lo cortaba en el aire. "Vengo por vos", le dijo a Peralta. "&iexcl;Bueno&#33; -le contest&oacute; &eacute;ste-. Pero me ten&eacute;s que dar un placito pa confesame y hacer el testamento". "Con tal que no sea mucho -contest&oacute; la Muerte, de mal humor- porqui ando di af&aacute;n". "Date por ai una g&uuml;eltecita -le dijo Peralta, mientras yo mi arreglo; go, si te parece, entreten&eacute;te aqu&iacute; viendo el pueblo, que tiene muy bonita divisa. Mir&aacute; aquel aguacatillo tan alto; trep&aacute;te a &eacute;l pa que divis&eacute;s a tu gusto".</p>      <p>La Muerte, que es muy &aacute;gil, di&oacute; un brinco y se mont&oacute; en una horqueta del aguacatillo; se ech&oacute; la desjarretadera al hombro y se puso a divisar. "&iexcl;D&aacute;te descanso, viejita, hasta qui a yo me d&eacute; la gana -le dijo Peralta- que ni Cristo, con toda su pionada, te baja d'es'horqueta&#33;".</p>      <p>Peralta cerr&oacute; su puerta, y tom&oacute; el tole de siempre. Pasaban las semanas y pasaban los meses y pas&oacute; un a&ntilde;o. Vinieron las virg&uuml;elas castellanas; vino el sarampi&oacute;n y la tos ferina; vino la culebrilla, y el dolor de costao, y el descenso, y el tabardillo, y nadie se mor&iacute;a. Vinieron las pestes en to&iacute;tos los animales; pues tampoco se murieron.</p>      <p>Al comienzo de la cosa echaron mucha bambolla los dotores con todo lo que sab&iacute;an; pero luego la gente fue colando en malicia qu'eso no pend&iacute;a de los dotores sino di algotra cosa. El cura, el sacrist&aacute;n y el sepolturero pasaron hambres a lo perro, porque ni un entierrito, ni la abierta di una sola sepoltura g&uuml;elieron en esos d&iacute;as. Los hijos de taitas viejos y ricos se los com&iacute;a la incomodid&aacute; de ver a los viejorros comiendo arepa, y que no les entraba la muerte por ning&uacute;n lao. Lo mismito les suced&iacute;a a los sobrinos con los t&iacute;os solteros y acaudalaos; y los maridos casaos con mujer vieja y fea se revest&iacute;an di una enjuria, viendo la viejorra tan morocha, &iexcl;habiendo por ai mozas tan bonitas con qu&eacute; reponerlas&#33; De todas partes ven&iacute;an correos a preguntar si en el pueblo se mor&iacute;an los cristianos. Aquello se volvi&oacute; una batajola y una confundici&oacute;n tan horrible, como si al mundo li hubiera entrao alg&uacute;n trastorno. Al fin determinaron todos qu'era que la Muerte si hab&iacute;a muerto, y ninguno volvi&oacute; a misa ni a encomendarse a mi Dios.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Mientras tanto, en el Cielo y en el Infierno estaban ofuscaos y confundidos, sin saber qu&eacute; ser&iacute;a aquello tan particular. Ni un alma asomaba las narices por esos laos: aquello era la desocupez m&aacute;s triste. El Diablo determin&oacute; ponese en cura de la rasqui&ntilde;a que padece, pa ver si mataba el tiempo en algo. San Pedro se mor&iacute;a de la pura aburrici&oacute;n en la puerta del Cielo; se lo pasaba por ai senta&iacute;to en un banco, dormido, bosteciando y rezando a raticos en un rosario bendecido en Jerusal&eacute;n.</p>      <p>Pero viendo que la molienda segu&iacute;a, cerr&oacute; la puerta, se col&oacute; al Cielo y le dijo al Se&ntilde;or: "Maestro; toda la vida l'he servido con mucho gusto; pero ai l'entrego el destino; &iexcl;esto s&iacute; no lo aguanto yo&#33; &iexcl;P&oacute;ngame algotro oficio qui'hacer o saque alg&uacute;n recurso&#33;". Cristico y San Pedro se fueron por all&aacute; a un rinc&oacute;n a palabriase. Despu&eacute;s de mucho secreteo, le dijo el Se&ntilde;or: "Pues eso tiene que ser; no hay otra causa. Volv&eacute; vos al mundo y trat&aacute; a esi'hombre con harta ma&ntilde;ita, pa ver si nos presta la muerte, porque si no nos embromamos".</p>      <p>Se puso San Pedro la muda de pelegrino, se chant&oacute; las albarcas y el sombrero y cogi&oacute; el bord&oacute;n. Hab&iacute;a caminao muy poquito, cuando s'encontr&oacute; con un atisba que mandaba el Diablo pa que vigiara por los laos del Cielo, a ver si era que todas las almas s'estaban salvando. "&iexcl;Qu&eacute; salvaci&oacute;n ni qu&eacute; demontres&#33; -le dijo San Pedro-. &iexcl;Si esto s'est&aacute; acabando&#33;".</p>      <p>Esa misma noche, casi al amanecer, llov&iacute;a agua a Dios misericordia, y Peralta dorm&iacute;a quieto y sosegao en su cama. De presto se record&oacute;, y oy&oacute; que le gritaban desdi afuera: "&iexcl;Abr&iacute;me, Peraltica, por la Virgen, qu'es de mucha necesid&aacute;&#33;". Se levant&oacute; Peralta, y al abrir la puerta se top&oacute; mano a mano con el viejito, que le dijo: "Hombre; no vengo a que me des posada tan solamente; &iexcl;vengo mandao por el Maestro a que nos largu&eacute;s la muerte unos d&iacute;as, porque vos la ten&eacute;s de pata y mano en alg&uacute;n encierro&#33;". "Lo que menos, su Merc&eacute; -dijo Peralta-. La tengo muy bien asegurada, pero no encerrada; y se la presto con mucho gusto, con la condici&oacute;n de qui a yo no mi'haga nada". "&iexcl;Cont&aacute; conmigo&#33;" -le dijo San Pedro-.</p>      <p>Apenitas aclari&oacute; salieron los dos a descolgar a la Muerte. Estaba lastimosa la pobrecita: flacuchenta, flacuchenta; los g&uuml;esos los ten&iacute;a to&iacute;tos mogosos y verdes, con tantos soles y aguaceros comu'hab&iacute;a padecido; el telara&ntilde;ero se l'enredaba por todas partes, qui aquello parec&iacute;a vestido di andrajos; la pelona la ten&iacute;a llena di hojas y de porquer&iacute;a di animal, que daba asco; la herramienta parec&iacute;a desenterrada de puro lo toma&iacute;ta qu'estaba. Pero lo que m&aacute;s enjuria le daba a San Pedro era que parec&iacute;a tuerta, porqui'un demontres diavispa hab&iacute;a determinao hacer la casa en la cuenca del lao zurdo. Estaba la pobrecita baldada, casi tullida d'estar horquetiada tant&iacute;simo tiempo. De Dios y su santa ayuda necesitaron Peralta y San Pedro pa descolgala del palo. Agarraron despu&eacute;s una escoba y unos trapos; le sacaron el avispero, y ello m&aacute;s bien qued&oacute; medio decente. Apenas se vio andando recobr&oacute; fuerza, y en un instantico volvi&oacute; a amolar la desjarretadera... y tom&oacute; el mundo. &iexcl;C&oacute;mo estar&iacute;a di hambrienta con el ayuno&#33; En un tris acaba con los cristianos en una semana. Los dijuntos parec&iacute;an gusanos de cosecha, y ni an los enterraban, sino que los hac&iacute;an una montonera, y ai medio los tapaban con tierra. En las mangas rumbaba la mortecina, porque ni toda la gallinazada del mundo alcanzaba a com&eacute;rsela. Peralta s&iacute; era verd&aacute; que parec&iacute;a ahora un duende, di aqu&iacute; pa'c&aacute;, en una y en otra casa, amortajando los dijuntos y consolando y socorriendo a los vivos.</p>      <p>La Muerte si aplac&oacute; un poquito; los conta&iacute;tos cristianos que quedaron volvieron a su oficio; y como los vivos heredaron tanto caudal, y el vicio del juego volvi&oacute; a agarrarlos a todos, consigui&oacute; Peralta m&aacute;s plata en esos d&iacute;as que la qui hab&iacute;a conseguido en tanto tiempo. &iexcl;Hijue pucha si'staba ricach&oacute;n&#33; &iexcl;Ya no ten&iacute;a ondi acomodala&#33; Pero c&aacute;tatelo ai qui un d&iacute;a amanece con una pata hinchada, y le col&oacute; una disc&iacute;pula de la mala. Al momentico pidi&oacute; cura y arregl&oacute; los corotos, porque se puso a pensar qui harto hab&iacute;a vivido y disfrutao, y que lo mismo era morise hoy que ma&ntilde;ana go el otro d&iacute;a. Mand&oacute; en su testamento que su mortaja fuera de limosna, que le hicieran bolsico, y que precisadamente le metieran en &eacute;l la baraja y los daos; y comu'era tan humilde quiso que lo enterraran sin ata&uacute;l, en la propia puerta del cementerio onde todos lo pisaran harto. Asina fue qui apenitas se le present&oacute; la Pelona cerr&oacute; el ojo, estir&oacute; la pata y le dijo: "&iexcl;Mat&aacute;me pues&#33;" &iexcl;Poquito ser&iacute;a lo duro que li asest&oacute; el golpe, con el rincor que le ten&iacute;a&#33;</p>      <p>Peralta s'encontr&oacute; en un paraje muy fe&iacute;to, parecido a una plaza. Volti&oacute; a ver por todas partes, y por all&aacute;, muy all&aacute;, descubri&oacute; un caminito muy angosto y muy l&oacute;brego casi cerrao por las zarzas y los charrascales. "Ya s&eacute; aonde se va por ese camino -pens&oacute; Peralta-. &iexcl;El mismito que mentaba el cura en las pr&eacute;dicas&#33; &iexcl;Cojo pu'el otro lao&#33;". Y cogi&oacute;. Y se fue topando con mucha gente muy blanca y di agarre, que parec&iacute;an fefes o mandones, y con se&ntilde;oras muy bonitas y ricas que parec&iacute;an principesas. Como nunca fue amigo de metese entre la gente grande, se fue por un la&iacute;to del camino, que se iba anchando y poni&eacute;ndose plano como las palmas de la mano. &iexcl;Mar&iacute;a Madre si hab&iacute;a qu&eacute; ver en aquel camino&#33; &iexcl;Parec&iacute;a mismamente una jardinera, con t&aacute;nta rosa y t&aacute;nta clavellina y con aquel pasto tan bonito&#33; Pero eso s&iacute;: ni un afrecherito, ni una chapola de col ni un abejorro se ve&iacute;a por ninguna parte ni pa remedio. Aquellas flores tan preciosas no g&uuml;el&iacute;an, sino que parec&iacute;an flores muertas.</p>      <p>Peralta segu&iacute;a a la resolana, con el desentendimiento de toda su vida. Por all&aacute;, en la mit&aacute; di un llano, alcanz&oacute; a divisar una cosa muy grande, muy grand&iacute;sima; mucho m&aacute;s que las iglesias, mucho m&aacute;s que la Piedra del Pe&ntilde;ol. Aquello blanquiaba com'un avispero; y como toda la gente se iba colando a la cosa, Peralta se col&oacute; tambi&eacute;n. Comprendi&oacute; qu'era el Infierno, por el jumero que sal&iacute;a de p'arriba y el candel&oacute;n que sal&iacute;a de p'abajo. Por ai andaba mucha gente del mundo en conversas y tratos con los agregaos y piones del Infierno.</p>      <p>El se dentr&oacute; por una gulunera muy escura y muy medrosa que parec&iacute;a un socav&oacute;n, y fue a repuntar por all&aacute; a unas californias ondi hab&iacute;a muchas escaleras que ganar, y unos zanjones muy horrendos por onde corr&iacute;an unas aguas muy mugrientas y asquerosas. A tiempo que pasaba por una puertecita oy&oacute; un chillido como de cuchinito cuando lo'st&aacute;n degollando, y si asom&oacute; por una rendija. &iexcl;Virgen&#33; &iexcl;Qu&eacute; cosa tan horrenda&#33; No era cuchino: era una se&ntilde;ora de mantellina y saya de merinito algo mono, que la ten&iacute;an con la lengua tendida en el yunque, con la punta cogida con unas tenazonas muy grandes; y un par de diablos herreros muy macuencos y cachipandos li alzaban macho a toda gana. &iexcl;Hijue la cosa tan dura es la carne de condenao&#33; &iexcl;Aquella lengua ni se machucaba, ni se part&iacute;a, ni saltaba en pedazos: ai se quedaba intauta&#33; Y a cada golpe le gritaban los diablos a la se&ntilde;ora: "&iexcl;Esto es pa que levant&eacute;s testimonios, vieja maldita&#33; &iexcl;Esto es pa que met&aacute;s tus mentiras, vieja lambona&#33; &iexcl;Esto es pa qu'enred&eacute;s a las personas, vieja culebrona&#33;". Y a Peralta le dio tanta l&aacute;stima que sali&oacute; de g&uuml;ida.</p>      <p>De presto se zamp&oacute; por una puerta muy anchona; y cuando menos acat&oacute;, se top&oacute; en un sal&oacute;n muy grandote y muy alt&iacute;simo que ten&iacute;a hornos en todas las paredes, muy pegaos y muy junticos, como los roticos de las colmenas onde se meten las abejas. No hab&iacute;a nadie en el sal&oacute;n; pero por all&aacute; en la mit&aacute; se ve&iacute;a un trapo colgao a moda de tolda di arriero. Peralta si asom&oacute; con mucha ma&ntilde;ita, y ai estaba el Enemigo Malo acostao en un colch&oacute;n, dormido y como enfermoso y aburrid&oacute;n &eacute;l. De presto se record&oacute;; se enderez&oacute;, y a lo que vi&oacute; a Peralta le dijo muy fanfarr&oacute;n y arrogante: "&iquest;Qu&eacute; ven&iacute;s hacer aqu&iacute;, culichupao? Vos no sos di aqu&iacute;; &iexcl;rumbati al momento&#33;". "Pues, como nadie mi ataj&oacute;, yo me fu&iacute; colando, sin saber que me iba a topar con Su Merc&eacute;", contest&oacute; Peralta con mucha moderaci&oacute;n. "&iquest;Qui&eacute;n sos vos?", le dijo el Diablo. "Yo soy un pobrecito del mundo qui ando puaqu&iacute; embolatao. Me dijeron qu'estaba en carrera de salvaci&oacute;n, pero a yo no mi han recebido indagatoria ni nadie si ha metido con yo".</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Al momento le comprendi&oacute; el Diablo qu'era alma del Purgatorio o del Cielo. &iexcl;Fig&uacute;resen, no entenderlo &eacute;l, con toda la marrulla que tiene&#33; Pero como los buenos modos sacan los cimarrones del monte, y la humild&aacute; agrada hasta al mismo Diablo, con ser tan soberbio, result&oacute; que Peralta m&aacute;s bien le cay&oacute; en gracia, m&aacute;s bien le pareci&oacute; sabrosito y querido. "&iquest;Su Merc&eacute; est&aacute; como enfermoso?", le pregunt&oacute; Peralta. "S&iacute;, hombre - contest&oacute; Lucifer como muy aplacao-. Se mi han alborotao en estos d&iacute;as los achaques; y lo pior es que nadie viene a hacerme compa&ntilde;&iacute;a, porqu'el mayordomo, los agregaos y toda la pionada no tienen tiempo ni de comer, con todo el trabajo que nos ha ca&iacute;do en estos d&iacute;as". "Pues, si yo le puedo servir di algo a su Merc&eacute; -dijo Peralta haci&eacute;ndose el lamb&oacute;n-, m&aacute;ndeme lo que quiera, qu'el gusto m&iacute;o es servile a las personas".</p>      <p>Y ai se fueron enredando en una conversa muy rasgada, hasta qu'el Diablo dijo que quer&iacute;a entretenerse en algo. "Pues, si su Merc&eacute; quiere que juguemos alguna cosita -dijo Peralta muy disimulao-, yo s&eacute; jugar toda laya de juegos; y en prueba d'ello es que mantengo mis &uacute;tiles en el bolsico". Y sac&oacute; la baraja y los daos. "Hombre, Peralta -dijo el Diablo-, lo malo es que vos no ten&eacute;s qu&eacute; ganarte, y yo no juego vicio". "&iquest;C&oacute;mo nu he de tener -dijo Peralta-, si yo tengo un alma como la de todos? Yo la juego con su Merc&eacute;, pues tambi&eacute;n soy muy vicioso. La juego contra cualquiera otra alma de la gente de su Merc&eacute;". El Enemigo Malo, que ya le ten&iacute;a ganas a esa almita de Peralta, tan linda y tan buenita, li apar&oacute; la ca&ntilde;a al momentico.</p>      <p>Determinaron jugar tute, y le toc&oacute; dar al Diablo. Baraj&oacute; muy ligero y con modos muy bonitos; alz&oacute; Peralta y principiaron a jugar. Iba el Diablo haciendo bazas muy satisfecho, cuando Peralta tiende sus cartas, y dice: "&iexcl;Cuarenta, as y tres&#33; &iexcl;No la perder&eacute;s por mal que la jugu&eacute;s&#33;". "&iexcl;As&iacute; ser&aacute;&#33; -dijo el Diablo bastante picao-. Pero sigamos a ver qu&eacute; resulta". Pues, &iquest;qu&eacute; hab&iacute;a de resultar? Que Peralta se fue de sobra. Se puso el Diablo como la ira mala, y le dijo a Peralta, con un tonito muy maluco: "&iquest;Vos sos culebra echada go qu&eacute; demonios?". "&iexcl;Tant&eacute;, culebra&#33; Lo que menos, su Merc&eacute; -le contest&oacute; Peralta con su humild&aacute; tan grande-. Antes en el mundo dec&iacute;an que yo dizque era un gusano de puro arrastrao y miserable. Pero sigamos, su Merc&eacute;, que se desquita". Siguieron; a la otra mano sali&oacute; Peralta con tute de reyes. "&iexcl;Doblo&#33;", grit&oacute; Lucifer con un vozach&oacute;n que retumb&oacute; por todo el Infierno. La cola se le par&oacute;; los cachos se le abr&iacute;an y se le cerraban como los di un alacr&aacute;n; los ojos le bailaban, que ni un trompo zangarria, de lo m&aacute;s bizcornetos y horrendos; &iexcl;y por la boca echaba aquella babaza y aquel chispero&#33; "Doblemos", dijo Peralta muy convenido. Gan&oacute; Peralta. "&iexcl;Doblo&#33;", grit&oacute; el Diablo.</p>      <p>Y doblando, doblando, jugaron diecisiete tutes. Hasta que el Patas dijo: "&iexcl;Ya no m&aacute;s&#33;". Estaba tan sumamente medroso, daba unos bramidos tan espantosos, que toitica la gente del Infierno acudi&oacute; a ver. &iexcl;C&oacute;mo se quedar&iacute;an de suspensos cuando vieron a su Amo y Se&ntilde;or llorando a moco tendido&#33; Y aquellas lagrimonas se iban cuajando, cuajando, cachete abajo, que ni granizo. En el suelo iba blanquiando la montonera, y toda la cama del Diablo qued&oacute; tapadita. Un diablito muy metido y muy chocante que parec&iacute;a reci&eacute;n adotorao, dijo con tonito llor&oacute;n: "&iexcl;Nunca me figur&eacute; que a mi Se&ntilde;or le diera pataleta&#33;". "&iquest;Pero por qu&eacute; no seguimos, su Merc&eacute;? -dijo Peralta como suplicando-. Es cierto que le he ganao m&aacute;s de treinta y tres mil millones de almas; pero yo veo qu'el Infierno est&aacute; sin tocar". "&iexcl;Cierto&#33; -dijo el Enemigo Malo haciendo pucheros-. Pero esas almas no las arriesgo yo: son mis almas queridas; &iexcl;son mi familia, porque son las que m&aacute;s se parecen a yo&#33;". Sigui&oacute; moquiando, y a un ratico le dijo a uno de sus edecanes: "&iexcl; And&aacute;, hombre, sac&aacute;le a este calzonsingente sus ganancias, y que se largue di aqu&iacute;".</p>      <p>Como lo mand&oacute; el Patas, asina mismo se cumpli&oacute;. Mientras qui'una vieja &ntilde;ata se persina, fueron echando toditas las puertas del Infierno la churreta di almas. Aquello era churretiar y churretiar, y no si acababa. Lo qui a Peralta le parec&iacute;a m&aacute;s particular era que, a conforme iban saliendo, s'iban poniendo m&aacute;s negras, m&aacute;s jediondas y m&aacute;s enjunecidas. Parec&iacute;a como si a todos los cristianos del mundo les estuvieran sacando las muelas a la vez, seg&uacute;n los bramidos y la chiller&iacute;a. Sin nadie mand&aacute;rselos aquellas almas endemoniadas fueron haciendo en el aire un caracol que ni un remolino. Los aires se fueron escureciendo, escureciendo, con aquella gallinazada, hasta que todo qued&oacute; en la pura tiniebla.</p>      <p>Peralta, tan desentendido como si no hubiera hecho nada, se fue yendo muy despacio, hasta que s'encontr&oacute; con los tuneros del caminito del Cielo. &iexcl;Aquello era caminar y caminar, y no llegaba&#33; El tuvo que pasar por puentes di un pelo que ten&iacute;an muchas leguas; &eacute;l tuvo que pasar la hilacha de la eternid&aacute;, que tan solamente Nuestro Se&ntilde;or, &iexcl;por ser quien es, la ha podido medir&#33; Pero a Peralta no le di&oacute; vaguido, sino que sigui&oacute; serenito, serenito, y muy resuelto, hasta que se top&oacute; en las puertas del Cielo. Estaba eso bastante solo, y por all&aacute; divis&oacute; a San Pedro recostao en su banco. Apenitas lo vi&oacute; San Pedro, se le vino a la carrera, se le encar&oacute; y le dijo, midi&eacute;ndole pu&ntilde;o: "&iexcl;Quit&aacute; di aqu&iacute;, so vagamundo&#33; &iquest;Te parece que ti has portao muy bien y nos ten&eacute;s muy contentos? &iexcl;Si all&aacute; en la tierra no ti amas&eacute; fue porque no pude, pero aqu&iacute; s&iacute; chup&aacute;s&#33;". "&iexcl;No se fije en yo, viejito; f&iacute;jese en lo que viene por aquel lao&#33; Vaya a ver c&oacute;mo acomoda esa gentecita, y d&eacute;jese de nojase". Volti&oacute; a ver San Pedro, estir&oacute; bien la gaita y se puso la manito sobre las cejas, como pa vigiar mejor; y apenas entendi&oacute; el enredo, peg&oacute; patas; abri&oacute; la puerta, la golvi&oacute; a cerrar a la carrera y la tranc&oacute; por dentro. Ni por &eacute;sas si agallin&oacute; Peralta, ni le col&oacute; cobard&iacute;a, ni cavilosi&oacute; qu'en el Cielo le fueran a meter machorrucio.</p>      <p>No bien se sinti&oacute; San Pedro de puertas pa dentro corri&oacute; muy trabucao, y le hizo una se&ntilde;ita al Se&ntilde;or. Baj&oacute; el Se&ntilde;or de su trono, y se toparon como en la mit&aacute; del Cielo, y agarraron a conversar en un secreto tan largu&iacute;simo que a toda la gente de la Corte Celestial le pa&ntilde;&oacute; la curiosid&aacute;. Bien comprend&iacute;an toditos, por lo que manotiaba San Pedro y por lo desencajao qu'estaba, que la conversa era sobre cosa gorda, &iexcl;pero muy gorda&#33; Las santas, qui anque sea en el Cielo siempre son mujeres, pusieron los antiojos de larga vista pa ver qu&eacute; sacaban en limpio. &iexcl;Pero ni lo negro e'l'u&ntilde;a&#33; El Se&ntilde;or, qui hab&iacute;a estao muy sereno oy&eacute;ndole las cosas a San Pedro, le dijo muy pasito a lo &uacute;ltimo: "&iexcl;En buena nos ha metido este Peralta&#33; Pero eso no se puede de ninguna manera: los condenaos, condenaos se tienen que quedar por toda la eternid&aacute;. And&aacute;te a tu puesto, que yo ir&eacute; a ver c&oacute;mo arreglamos esto. No abr&aacute;s la puerta; los que vayan viniendo los entr&aacute;s por el postigo chiquito".</p>      <p>Se volvi&oacute; el Se&ntilde;or pa su trono, y a un ratico le hizo se&ntilde;as a un santo, apersonao &eacute;l, vestido de curita, y con un bonet&oacute;n muy lindo. El santo se le vino muy respetoso, y hablaron dos palabras en secreto. Y bastante susto que le dio: se le ve&iacute;a, porque de presto se puso descolorido y principi&oacute; a meniase el bonete. A &eacute;sas le hizo el Se&ntilde;or otra se&ntilde;a a una santica qu'estaba por all&aacute; muy lejos, ojo con &eacute;l; y la santica se vino muy modosa y muy contenta al llamao, y entr&oacute; en conversa con Cristico y el otro santo. Estaba vestida de carmelitana; tambi&eacute;n ten&iacute;a bonete que le luc&iacute;a mucho, y en la una mano una pluma de ganso muy grandota.</p>      <p>&iexcl;Esto s&iacute; fue lo que m&aacute;s embelec&oacute; a las otras santas&#33; Por todos los balcones empez&oacute; a oise una bullita y unos mormullos, que la Virgen tuvo que tocar la campanita pa que se callaran. &iexcl;Pero nada que les vali&oacute;&#33; Fig&uacute;rese qu'en ese momento sali&oacute; un &aacute;ngel muy grande con un atril muy lindo, y m&aacute;s detr&aacute;s un angelito de los guitarristas, con la guitarrita colgada a un lao como carriel, y que llevaba en las dos manitos un tinter&oacute;n di oro y piedras preciosas; y despu&eacute;s salieron dos santicos negros con dos tabretes de plata; y los cuatro arreglaron por all&aacute; en un campito de lo m&aacute;s bueno un puesto como d'escribano. El cura y la monjita se fueron derecho a los tabretes, y cada cual se sent&oacute;. El angelito se qued&oacute; muy formal teniendo el tintero. &iexcl;Valientes criaturas las de mi Dios&#33; En esti angelito s&iacute; s'esmer&oacute; El: ten&iacute;a la cabecita com'una pi&ntilde;a di oro; era de lo m&aacute;s gordito y achapao, con los ojos azulitos, azulitos, que ni dos flores de linaza, y sus alitas de garza eran m&aacute;s blancas qui una breta&ntilde;a. Casi estaba en cueritos: tan solamente llevaba de la cinta p'abajo un faldell&iacute;n coposo di un jeme di ancho, di un trapo qui unas veces era di oro y otras veces era de plata, flequiao de por abajo y con unos caracoles y unas figuras de la pura perler&iacute;a. Pero lo m&aacute;s lindo de todo, lo que m&aacute;s le luc&iacute;a al demontres del angelito, era la cargadera de la vig&uuml;elita, qu'era todita de topacios y esmeraldas; la guitarrita tambi&eacute;n era muy linda, toda laboriada y con clavijitas y cuerdas di oro. Dizque era el &aacute;ngel de la guarda de la monjita, y por eso 'staba tan confianzudo con ella.</p>      <p>La santica entr&oacute; como en un alegato con el cura; pero a lo &uacute;ltimo, &eacute;l se puso a relatar y ella a jalar pluma. &iexcl;Esa s&iacute; era escribana&#33; &iexcl;Se le ve&iacute;a todo lo baquiana qu'era en esas cosas d'escriban&iacute;a&#33; Acomodada en su tabrete, iba escribiendo, escribiendo, sobre el atril; y a conforme escrib&iacute;a, iba colgando por detr&aacute;s de los trimotriles &eacute;sos, un papel&oacute;n muy tieso ya escrito, que se iba enrollando, enrollando. S&oacute;lo mi Dios sabe el tiempo que gast&oacute; escribiendo, porque en el Cielo nu'hay rel&oacute;. Por all&aacute; al mucho rato la monja ech&oacute; una plumada muy larga, y le hizo se&ntilde;a al Se&ntilde;or de que ya hab&iacute;a acabao.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>No bien entendi&oacute; el Se&ntilde;or, se par&oacute; en su trono, y dijo: "&iexcl;Toquen bando y que entre Peralta&#33;". Y principiaron a redoblar todas las tamboras del Cielo, y a desgajarse a los trompicones toda la gente de su puesto, pa oir aquello nunca o&iacute;do en ese paraje: porque ni San Joaqu&iacute;n, el ag&uuml;elito del Se&ntilde;or, hab&iacute;a o&iacute;do nunca leyendas de gaceta en la plaza de la Corte Celestial. Cuando todos estuvieron sosegaos en sus puestos y Peralta por all&aacute; en un rinconcito, mand&oacute; Cristo que si asilenciaran los tamboreos, y dijo: "&iexcl;Pongan harto cuidao, pa que vean que la Gloria Celestial nu'es cualquier cosa&#33;". Y despu&eacute;s se volti&oacute; p'onde la monjita, y muy cari&ntilde;oso, le dijo: "Le&eacute; vos el escrito, hijita, que ten&eacute;s tan linda pronuncia".</p>      <p>&iexcl;Caramba si la ten&iacute;a&#33; Esu'era como cuando los mozos monta&ntilde;eros agarran a tocar el capador; como cuando en las faldas echan a gotiar los rezumideros en los charquitos insolvaos. La leyenda comenzaba d'esta laya: "N&oacute;s, Tom&aacute;s di Aquino y Teresa de Jes&uacute;s, mayores d'ed&aacute;, y del vecindario del Cielo, por mandato de Nuestro Se&ntilde;or, hemos venido a resolver un punto muy trabajoso..." tan trabajoso, tan sumamente trabajoso, que ni an siquiera se puede contar bien patente las retajilas tan lindas y tan bien empatadas escritas en la dichosa gaceta. &iexcl;Hasta ai mecha la que ten&iacute;an esos escribanos&#33;</p>      <p>Ultimadamente el documento quer&iacute;a decir qu'era muy cierto que Peralta li hab&iacute;a ganao al Enemigo Malo esa traquilada di almas con mucha legalid&aacute; y en juego muy limpio y muy decente; pero que, mas sin embargo, esas almas no pod&iacute;an colar al Cielo ni de chiripa, y que por eso ten&iacute;an que quedasi afuera. Pero que, al mismo tiempo, como todas las cosas de Dios ten&iacute;an remedio, esta cosa se pod&iacute;a arreglar sin que Peralta ni el Patas se llamaran a enga&ntilde;o. Y el arreglo era asina: que todas las glorias que deb&iacute;an haber ganao esas almas redimidas por Peralta si ajuntaran en una gloriona grande y se la metieran enterita a Peralta, qu'era el que l'hab&iacute;a ganao con su pu&ntilde;o. Y que la cosa del Infierno si arreglaba d'esta laya: qu'esos condenaos no volv&iacute;an a las penas de las llamas sino a otro infierno de nuevo uso que val&iacute;a lo mismo qu'el de candela. Y era este Infierno una indormia muy particular que sacaron de su cabeza el cura y la monjita. Esta indormia dizqu'era d'esta moda: que mi Dios echaba al mundo treinta y tres mil millones de cuerpos, y qu'esos cuerpos les met&iacute;an adentro las almas que sac&oacute; Peralta de los profundos infiernos; y qu'estas almas, manque los taitas de los cuerpos creyeran qu'eran pal Cielo, ya'staban condenadas desde en vida; y que por eso no les alcanzaba el santo bautismo, porque ya la gracia de mi Dios no les val&iacute;a, aunque el bautismo fuera de verd&aacute;; y que se mor&iacute;an los cuerpos, y volv&iacute;an las almas a otros, y despu&eacute;s a otros, y segu&iacute;a la misma fiesta hasta el d&iacute;a del juicio; que di ai pendelante las pon&iacute;an a voltiar en rueda en redondo del Infierno por s&eacute;cula seculorum am&eacute;n.</p>      <p>Que por todo esto quizqu'es qui hay en este mundo una gente tan can&oacute;niga y tan mala, que goza tanto con el mal de los cristianos: porque ya son gente del Patas; y por eso es que se mantienen tan enjunecidos y padeciendo tant&iacute;simos tormentos sin candela. Estos quizque son los envidiosos. Y por eso quizque fue qu'el Enemigo Malo no quiso arriesgar las almas aquellas del Infierno, porqu'esas tambi&eacute;n eran d'envidiosos.</p>      <p>Peralta entendi&oacute; muy bien entendido el relate, y muy contento que se puso, y muy verd&aacute; y muy buena que le pareci&oacute; la inguandia. Pero este Peralta era tan sumamente parejo, que ni con todo el alegr&oacute;n que ten&iacute;a por dentro se le vio mover las pesta&ntilde;as de ternero: ai se qued&oacute; en su puesto como si no fuera con &eacute;l. Pero de golpe se vio solo en la plaza del Cielo. &iexcl;Hast'ai placitas&#33;</p>      <p>Aquello era una cosa redonda, enladrillada con diamantes y piedras preciosas de toda color, qui hac&iacute;an unas labores como los dechaos de las maestras. En redondo hab&iacute;a una ringlera de pilas di oro que chorriaban agua florida y pachul&iacute; de la gloria; y cada una d'estas pilitas ten&iacute;a su jardinera de cuantas flores Dios ha criao, pero toditas di oro y de plata. Tambi&eacute;n era di oro y de plata el balconer&iacute;o de la plaza; y al mismito frente de l'entrada, estaba el trono de la Sant&iacute;sima Trinid&aacute;. Era a modo de una custodia muy grandota, encaramada en unos escalones muy altos. En el redondel de la custodia estaban el Padre y el Hijo, y all&aacute; en la punta di arriba estaba prendido el Esp&iacute;ritu Santo, aliabierto y con el piquito de p'abajo. De la punta del piquito le sal&iacute;a un vaho di una luz mucho m&aacute;s alumbradora que la del sol, y esa luz se regaba y se desparpajaba por arriba y por abajo, de frente y por todos los costaos del Cielo, y todo relumbraba, y todo se pon&iacute;a brilloso con aquella luminaria.</p>      <p>El Padre Eterno, qu'en todas las bullas de Peralta nu'hab&iacute;a hablao palabra, se par&oacute; y dijo d'esta moda: "Peralta; escog&eacute; el puesto que quer&aacute;s. &iexcl;Ninguno lu'ha ganao tan alto como vos, porque vos sos la Humild&aacute;, porque vos sos la Carid&aacute;&#33; All&aacute; abajo fuiste un gusano arrastrao por el suelo; aqu&iacute; sos el alma gloriosa que m&aacute;s ha ganao. Escog&eacute; el puesto. &iexcl;No ti humill&eacute;s m&aacute;s, que ya'st&aacute;s ensalzao&#33;". Y entonaron todos los coros celestiales el trisagio d'Isa&iacute;as, y Peralta, que todav&iacute;a nu'hab&iacute;a usao la virt&uacute; di achiquitase, se fue achiquitando, achiquitando, hasta volverse un Peraltica de tres pulgadas; y derechito, con la agilid&aacute; que tienen los bienaventuraos, se brinc&oacute; al mundo que tiene el Padre en su diestra, si acomod&oacute; muy bien y si abraz&oacute; con la Cruz. &iexcl;All&iacute; est&aacute; por toda l'Eternid&aacute;&#33;</p>      <p>&iexcl;Bot&iacute;n colorao, perdone lo malo qui hubiera'stao&#33;</p>  </font>      ]]></body>
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