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</front><body><![CDATA[   <font size="2" face="verdana">      <p><b>Ensayo</b></p>      <p align="center"><font size="4"><b>Fellini, o el sue&ntilde;o de ser Picasso</b></font></p>       <p align="center"><b>Orlando Arroyave &Aacute;lvarez</b><sup>*</sup>    <br> (<b>a Carlitos D</b>.)</p>      <br>  <sup>*</sup> Psic&oacute;logo, Maestro en Filosof&iacute;a, Jefe Departamento de Psicolog&iacute;a; Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia, Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:orlandoarroyave@laciudad.com.co">orlandoarroyave@laciudad.com.co</a></p>  <hr>      <br>      <p><font size="3"><b>Un dibujante en formaci&oacute;n</b></font></p>      <p>Federico Fellini confes&oacute; alguna vez un anhelo; que el cine fuera a su manera una pintura. Y dentro de las limitaciones del cine, una <i>pintura maestra</i>. A su modo, cumpli&oacute; ese anhelo; sus pel&iacute;culas est&aacute;n compuestas de cuadros en el tiempo. Fellini quiso ser el Picasso del cine.</p>      <p>Algunos directores de cine son novelistas secretos que buscan expresar su libro como imagen m&oacute;vil. Fellini compon&iacute;a su cine como cuadro, fue un pintor que tom&oacute; el cine como pretexto para su arte. Esa traves&iacute;a del director que a&uacute;n so&ntilde;aba en su vejez pintar cuadros, es contada por un apasionado de Fellini, Tullio Kezich<sup><a name="nu1"></a><a href="#num1">1</a></sup>, en su libro <i>Fellini</i> &#91;<i>Federico. Fellini, la vita e i film</i>, 2001&#93;, producto de sus investigaciones y adem&aacute;s, la puesta al d&iacute;a y reelaboraci&oacute;n de su anterior biograf&iacute;a <i>Fellini</i> (1988).</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Para disolver la <i>f&aacute;bula Federico Fellini</i>, Kezich qui&eacute;n es adem&aacute;s, guionista, dramaturgo y cr&iacute;tico de cine, consulta miles de documentos, hace decenas de entrevistas (Guilieta Masina, Ricardo Fellini, Nino Rota, Pier Paolo Pasolini, etc.), revisa el material f&iacute;lmico de Fellini; casi una vida dedicada a Fellini y al cine.</p>      <p>Este bi&oacute;grafo recurrente fue, durante m&aacute;s de cuarenta a&ntilde;os, amigo de Fellini, el director m&aacute;s importante de Italia. Su amistad con este creador y la devoci&oacute;n al arte de narrar con im&aacute;genes, hacen que este libro combine la admiraci&oacute;n por un genio, con la sabidur&iacute;a y la erudici&oacute;n precisa de alguien que considera a Fellini un <i>artista</i>.</p>      <p>El gran dibujante italiano, a quien siempre le gustaron las f&aacute;bulas (neorrealistas o simplemente fellinescas), construy&oacute; la propia. Fellini acreditaba la noticia de que hab&iacute;a nacido en un vag&oacute;n de primera clase, durante el trayecto del tren entre las poblaciones italianas de Viserba y Riccones; con precisi&oacute;n en R&iacute;mini, poblaci&oacute;n cerca a la playa preferida de Benito Mussolini para pasar sus vacaciones, en las que Mussolini construy&oacute; una autopista para llegar pronto a estas playas de su sosiego.</p>      <p>Kezich mina la f&aacute;bula. Descubre que aquel d&iacute;a del supuesto alumbramiento en un tren en marcha, el 20 de enero de 1920, hab&iacute;a una huelga de ferroviarios. El tren se transforma entonces en el apartamento de los padres de Federico, y el conductor del tren en un m&eacute;dico que ayuda al parto de un ni&ntilde;o que se niega a nacer.</p>      <p>Otra f&aacute;bula que disuelve Kezich; la repetida por los admiradores de Fellini: que a los siete a&ntilde;os &eacute;ste se enrola en un circo. Este bi&oacute;grafo concluye que real o no, Fellini se enganch&oacute; al circo, y nunca lo dej&oacute;.</p>      <p>Ese ni&ntilde;o nacido de la f&aacute;bula ten&iacute;a padres corrientes. Ida, una mujer romana; Urbano, nacido en el campo de Gambottola, comerciante al mayor de caf&eacute;s y quesos; ella, introspectiva, severa y austera; &eacute;l, extrovertido, gracioso, campechano y un poco despreocupado. El padre siempre de viaje, deja que su mujer administre con sabidur&iacute;a las broncas y los pescozones a los cr&iacute;os.</p>      <p>A los cinco a&ntilde;os, Federico ingresa a un colegio de monjas; en ese a&ntilde;o, 1925, el fascismo se fortifica como un r&eacute;gimen dictatorial en Italia. Esas estampas de ni&ntilde;ez las reflejar&aacute; el director en pel&iacute;culas de madurez creadora como <b>Amarcord</b> (1973).</p>      <p>El ni&ntilde;o terrible que fabulaba Fellini, con sus haza&ntilde;as y peque&ntilde;as fechor&iacute;as, es atrapado en la memoria de familiares y amigos como un ni&ntilde;o que jugaba con marionetas. Ins&oacute;lito, pero el italiano Fellini nunca jug&oacute; f&uacute;tbol o, siendo hijo de las orillas del Adri&aacute;tico, no aprendi&oacute; a nadar, ni us&oacute; un traje de ba&ntilde;o en su vida.</p>      <p>Sus lecciones escolares las tomaba de las lecturas y dibujos de F&eacute;lix el Gato, Bib&iacute; y Bib&oacute; o Happy Hooligan. Tambi&eacute;n, le gustaba en la adolescencia leer a Emilio Salgari, Conrad, <i>Robinson Crusoe, La isla del tesoro</i> o "El gato negro" de Poe. Siempre fue un lector compulsivo, de una "desordenada voracidad lectora", escribe Kezich.</p>      <p>En su ni&ntilde;ez y adolescencia Fellini casi no iba al cine; en su vejez afirmaba que no le gustaba (sin confesar que a veces entraba an&oacute;nimo y solitario a alguna sala de cine). Las salas de cine sirven solo para armar bullicio con los amigos, o tener alg&uacute;n devaneo amoroso con una mujer real o so&ntilde;ada en la pantalla gigante.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Pero, el sediento joven de im&aacute;genes, tambi&eacute;n hace de las suyas. A los 17 a&ntilde;os dibuja a j&oacute;venes miembros de un grupo de "<i>boyscouts</i> parafascistas", para el solitario n&uacute;mero de La Diana de la Ã“pera Nacional Balilla de R&iacute;mini. El dibujo es firmado por "Av. Fellini Federico". La "Av" ya era un proyecto pol&iacute;tico "avanguardista" ("vanguardista"). La fama del joven ilustrador se extiende por la ciudad; el gerente de un teatro contrata al joven Federico para dibujar p&oacute;steres de actores famosos que adornan la entrada al cine.</p>      <p>Con sus habilidades como retratista hace sociedad comercial con un pintor amigo, Demos Bonini, para retratar a veraneantes. Pero, para escapar de R&iacute;mini no basta con hacer dibujos de turistas que se sienten traicionados por el dibujante con sus monigotes con rasgos alarmantemente zool&oacute;gicos. As&iacute; que, para marcharse de su pueblo, Fellini env&iacute;a chistes y vi&ntilde;etas a peri&oacute;dicos pol&iacute;tico-sat&iacute;ricos fuera de R&iacute;mini.</p>      <p>En 1939 Fellini llega a Roma. Kezich, este bi&oacute;grafo del detalle, describe una escena de una pel&iacute;cula de Fellini que recuerda, tal vez, la evocaci&oacute;n retocada del joven caricaturista llegando a una estaci&oacute;n romana: "un joven moreno y delgado, en traje de lino blanco, se apea del tren, le pasa la maleta al mozo de estaci&oacute;n que parece un viejo clown". El joven abre los ojos como "Alicia en el pa&iacute;s de las maravillas"; "desfilan curas, soldados, monjas, vendedores, carabineros, marineros, mujeres bonitas", etc.</p>      <p>Su madre quiere un hijo cura, o al menos un negociante o un abogado. Federico se inscribe en la facultad de derecho, pero, seg&uacute;n la queja de su madre, su hijo solo quer&iacute;a ser periodista.</p>      <p>Fellini llamaba a su oficio de escribir para los peri&oacute;dicos, "cronista de novela" de Simenon, quien, por su parte, consider&oacute; a Fellini como "su mejor amigo &#91;...&#93; &#91;y&#93; el m&aacute;s grande director de nuestra &eacute;poca".</p>      <p>Pese a su impuntualidad y formalidad, Federico da siempre una cr&oacute;nica al editor. En esas vi&ntilde;etas urbanas desfila la fauna que poblar&aacute; las pel&iacute;culas del futuro director y Fellini se convierte en un escritor para entusiastas j&oacute;venes intelectuales que admiran sus "cr&oacute;nicas", en las que se mezclan el tono &iacute;ntimo y confidencial con el humor y una f&eacute;rrea auto burla.</p>      <p>En la radio adquiere Fellini parte de su fama; las cr&oacute;nicas que transmite se presentan con una consigna que es ya un proyecto art&iacute;stico: "los sue&ntilde;os son el cinemat&oacute;grafo de los pobres". Entre los int&eacute;rpretes de sus personajes radiales, conoce a Giulietta Massina, futura esposa, y musa de algunas de sus grandes pel&iacute;culas (<b>La strada</b> (1954), <b>Las noches de Cabiria</b> (1957), <b>Giulietta de los esp&iacute;ritus</b> (1965), <b>Apuntes de un director</b> (1969), <b>Ginger y Fred</b>, 1986).</p>      <p><font size="3"><b>El caricaturista que se convirti&oacute; en director de cine</b></font></p>       <p>Federico Fellini sobrevive por aquellos a&ntilde;os cuarenta con gags y dibujos. La guerra europea llega a Italia. Los soldados alemanes hacen redadas en Roma con el apoyo de las fuerzas fascistas italianas. Fellini es un desertor.</p>      <p>En su vida Fellini hace gags. Con soldados patrullando las calles de Roma, Federico no deja sus paseos furtivos. Una escuadra nazi lo apresa y es conducido a un cami&oacute;n. Pero la f&aacute;bula no muere, Fellini inventa un gag para escabullirse: "&#91;...&#93; cuando el cami&oacute;n circula, despacio por Via Baduino, escribe Kezich, &#91;Fellini&#93; finge reconocer a un oficial de la Wehrmacht y, gritando "!Fritz, Fritz!" y agitando los brazos, salta del veh&iacute;culo, corre hacia el desconcertado capit&aacute;n alem&aacute;n y lo abraza" (p. 86). Luego de ofrecer las excusas requeridas se aleja el desertor de su falso conocido.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>Entre la deserci&oacute;n, los dibujos y los gags, Federico sobrevive al pared&oacute;n</b></font></p>      <p>Kezich, sin olvidar estos gags en la vida de Fellini, explora la relaci&oacute;n con directores como Pasolini o Visconti. Rossellini, fue sin embargo, el maestro y la n&eacute;mesis de este dibujante que luego se convertir&iacute;a en uno de los nombres sin el cual el cine no ser&iacute;a arte.</p>      <p>Rossellini conoce a Federico en 1944 cuando se detiene ante la vidriera de un extra&ntilde;o establecimiento con el nombre The Funny Face Shop. En su interior se encuentra Fellini haciendo un retrato de un soldado norteamericano. Rossellini lo contratar&aacute; luego como guionista de su <i>Roma, ciudad abierta</i> (1946). Por entonces, Rossellini es el mejor director de cine italiano y Fellini un escritor y dibujante, que ocasionalmente hace de guionista para el cine.</p>      <p>El encuentro Rossellini-Fellini es contado por Kezich con detalles, con aire de cotilleo. Rossellini fue quiz&aacute; la figura m&aacute;s relevante para Fellini en sus inicios; le inspir&oacute; el oficio de director de cine, un arte menor al de dibujante y periodista, seg&uacute;n los sue&ntilde;os de Fellini.</p>      <p>Rossellini fue su inspirador, aunque, Fellini a veces dec&iacute;a que de &eacute;l no hab&iacute;a aprendido nada. Por temperamentos se distanciaban. Roberto Rossellini era un hombre de "aventuras transcontinentales, cambios de mujer, viajes a la India y al centro futurol&oacute;gico universitario de Houston, con hambre insaciable de conocimientos cient&iacute;ficos, continuos pronunciamientos sobre la muerte del cine &#91;...&#93;". A Fellini le gustaba, en cambio, la cultura popular, la superstici&oacute;n, los sue&ntilde;os, los recuerdos de la infancia y la m&uacute;sica con aire de carrusel o fiesta popular.</p>      <p>Se diferenciaban hasta para mentir. Las mentiras de Rossellini eran "funcionales &#91;...&#93;, dictadas por la necesidad de sobrellevar una vida complicada y rocambolesca"; las de Fellini "abstractas, infantiles y con frecuencia no &#91;...&#93; ten&iacute;an ning&uacute;n fin pr&aacute;ctico". Pero tal era el aprecio de Rossellini por Federico que a veces cuando no quer&iacute;a filmar, o se encontraba enfermo, el guionista pasaba a director sustituto. Para algunos, Rossellini parec&iacute;a siempre "estar de paso en los rodajes" (p. 112).</p>      <p>Durante esos a&ntilde;os en que Fellini no "se preocupa por lo que inventa, lo vende y hasta lo malvende, escribe lo que se le ocurre y luego se olvida", sin embargo, aprende su oficio de los grandes directores italianos de la primera mitad del siglo XX (Montuori, Ubaldo, Terzano, Brazzi). Luego de diez a&ntilde;os como guionista, consejero y director de escenas de pel&iacute;culas ajenas, debuta Fellini como co-director con Lattuada. <b><i>Luces de variedades</i></b> (1950) es el dibujo de la vida de c&oacute;micos y bailarines de teatro, que agoniza ante las pantallas de cine cada vez m&aacute;s grandes y coloridas.</p>      <p>Su segunda pel&iacute;cula, <b>El jeque blanco</b> (1951), es igualmente un retrato de oro de un mundo en agon&iacute;a: los h&eacute;roes de las fotonovelas. Esta pel&iacute;cula desconcierta y divide a los espectadores y a los cr&iacute;ticos, anticipando el destino de cada pel&iacute;cula de este director en apariencia fr&iacute;volo y abstruso.</p>      <p>Un cr&iacute;tico dio una l&aacute;pida a <b>El jeque blanco</b> y un epitafio a su director. La pel&iacute;cula era "mediocre &#91;...&#93; de mal gusto, narrativamente deficiente y convencional". El cr&iacute;tico dudaba, en su rese&ntilde;a, "leg&iacute;timamente de la aptitud de Fellini como director" (p. 134). Otros, por el contrario, tras la apariencia cursi de esa historia de un mundo extinto, ve&iacute;an en <b>El jeque blanco</b>, "la primera pel&iacute;cula anarquista italiana", como escribi&oacute; con asombro alg&uacute;n cr&iacute;tico.</p>      <p>En los a&ntilde;os cincuenta los t&iacute;tulos dirigidos por Fellini logran tal prestigio, que ya se considera su nombre entre los grandes directores italianos. Kezich llama a ese periodo de Fellini como el de la "sucesi&oacute;n de adioses". Sin embargo, esta "sucesi&oacute;n de adioses" no solo estar&iacute;a en sus primeras obras, sino en cada una de las pel&iacute;culas que rod&oacute; y en los guiones hechos, desechos, reciclados y luego olvidados.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La Italia de la posguerra, con sus putas de vestidos extra&ntilde;os, sus artistas pobres haciendo n&uacute;meros callejeros, los c&oacute;micos de variedades, los chicos gamberros, la escoria de las ciudades, los in&uacute;tiles y los parias con distintos atuendos y vicios, se revelan en <b>I vitelloni</b> (1953), <b>El amor en la ciudad</b> (1953), <b>La strada</b> (1954), <b>Almas sin conciencia</b> (1955) y <b>Las noches de Cabiria</b> (1957).</p>      <p>Estas pel&iacute;culas le dieron tal reputaci&oacute;n, que luego cada pel&iacute;cula de Fellini era un acontecimiento cultural en Italia; su notoriedad sobrepasar&iacute;a a todos los directores italianos que lo antecedieron, sus coet&aacute;neos y posteriores creadores, de un cine tan fecundo en virtuosos (Visconti, De Sica, Rossellini, Bertolucci, Pasolini).</p>      <p>Hasta <b>La strada</b>, Fellini todav&iacute;a tiene "la intenci&oacute;n de ser pintor o, en segunda instancia, periodista". El escritor "de vena f&aacute;cil, intelectual a su pesar, que por una mezcla de curiosidad y venalidad se ha perdido en los laberintos del cine &#91;...&#93;", decide convertirse en un director de "cuerpo entero".</p>      <p><b>La strada</b> pertenece al periodo "neorrealista" de Fellini. En la pel&iacute;cula se narra la historia de "Gelsomina, harapienta muchacha mitad fraile mitad payaso, &#91;que&#93; es vendida por diez mil liras al gitano Zampan&ograve;, el cual recorre pueblos y ferias rompiendo cadenas con el pecho" (p. 151). Visconti despreci&oacute; esta pel&iacute;cula con un juicio conciso; la pel&iacute;cula no era "neorrealista" sino "neoabstracta". Federico no se resignar&iacute;a al desprecio de Visconti; un d&iacute;a en que Fellini aparca su auto en la Piazza de Popolo, le dice a un amigo que lo acompa&ntilde;a: "Cierra bien la ventanilla que como pase Visconti me escupe dentro".</p>      <p>Con el juicio de Visconti o no, <b>La strada</b> fue la obra m&aacute;s memorable durante esa d&eacute;cada del Fellini "neoabstracto" o "neorrealista". Esta pel&iacute;cula obtiene m&aacute;s de cincuenta premios internacionales en un a&ntilde;o. El prestigio de esta obra ocult&oacute;, sin embargo, que estas pel&iacute;culas hechas en esta d&eacute;cada, no son inferiores a la tr&aacute;gica historia de una pobre mujer con cara de payaso o a las posteriores pel&iacute;culas del periodo m&aacute;s "picassiano" de Fellini.</p>      <p><font size="3"><b>Fellini, el cine como escultura picassiana para despedazar</b></font></p>      <p>Kezich refrenda ese sue&ntilde;o de Fellini de ser un Picasso en el cine. En una de las p&aacute;ginas de esta biograf&iacute;a, siempre esclarecedora, leemos: "Si Picasso dijo: 'Yo no busco, encuentro', Fellini podr&iacute;a replicar: 'Yo encuentro, pero sigo buscando'" (p. 237). O al escribir sobre una serie de dibujos de Fellini en color, hechos a bol&iacute;grafo, a pincel, a l&aacute;piz blando y acuarela, escribe Kezich: "&#91;...&#93; pueden ser comparados a ciertos exuberantes apuntes del &uacute;ltimo Picasso" (p. 385).</p>      <p>Esa apuesta de Fellini de hacer cine como un cuadro de Picasso, estuvo influenciado por el psicoan&aacute;lisis (y un experimento "controlado" con LSD). Federico llega al div&aacute;n del psicoanalista jungiano Ernst Bernhard, residente en Roma, de origen berlin&eacute;s y refugiado permanente de la guerra. La preocupaci&oacute;n como paciente del director se resume en una "auto iron&iacute;a": le fascinaban las mujeres y le preocupaba la "fiera insaciable" que llevaba entre las piernas. Esta "auto iron&iacute;a" la resume Kezich con una infidencia: Fellini confesaba, a los m&aacute;s pr&oacute;ximos, que padec&iacute;a de una "pertinaz impotencia". Para luchar contra esa fiera insaciable y postrada, Fellini contaba a su psicoanalista cada sue&ntilde;o; luego los escrib&iacute;a y dibujaba en sus cuadernos de apuntes.</p>      <p>Ese espect&aacute;culo picassiano-fellinesco de <b>La dolce vita</b> (1960), toma im&aacute;genes tan dislocadas como un cuadro cubista o un sue&ntilde;o contado a un psicoanalista: un falso milagro, una org&iacute;a, Roma con sus restaurantes, sus estrellas de <i>Piazza</i>, sus sacerdotes o alguna Venus del cine zambull&eacute;ndose en las aguas de la Fontana di Trevi.... en la antesala de esta pel&iacute;cula afirmaba: "Tenemos que hacer una escultura picassiana, despedazarla y recomponerla a nuestro antojo".</p>      <p>Picasso del cine o no, Fellini tram&oacute; el estilo m&aacute;s radical que se pod&iacute;a esperar de una pel&iacute;cula: im&aacute;genes, en apariencia, inconexas; mezcla de juego, iron&iacute;as, confesiones y miedos, sin olvidar los sue&ntilde;os o los recuerdos tan variados como recreados que exhib&iacute;a, sin pudor, alguien al que le calzaba bien el nombre de <i>artista</i> (en la acepci&oacute;n de Fellini: pintor de <i>cuadros</i> perfectos).</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>La dolce vita</b> gener&oacute; una reacci&oacute;n de la derecha fascista y clerical. Desde el <i>L'Ossevatore Romano</i>, el conde Guiseppe della Torre, exclam&oacute;: "No necesito ver las porquer&iacute;as para condenarlas". Desde la prensa, un entusiasta escritor an&oacute;nimo le disparaba con panfletos; ese escritorzuelo se convertir&iacute;a, con los a&ntilde;os, ya sin an&oacute;nimos, en presidente de la Rep&uacute;blica italiana; el opositor embozado era Oscar Luigi Scalfaro. Se suma a la reprobaci&oacute;n de la pel&iacute;cula el cardenal Giovanbattista Montini, que luego se disfrazar&iacute;a de emperador y santo con el seud&oacute;nimo de Pablo VI.</p>      <p>(Como so&ntilde;ante, Fellini anot&oacute; en una libreta a&ntilde;os despu&eacute;s un sue&ntilde;o: Pablo VI y el director sobrevuelan R&iacute;mini en una barquilla sin globo. "Abajo est&aacute; la playa de R&iacute;mini, repleta. De pronto aparece una mujerona en traje de ba&ntilde;o y el pont&iacute;fice le comenta que es la 'Gran Fabricante disipadora de nubes'").</p>      <p>La pel&iacute;cula conocer&aacute; la censura en varios pa&iacute;ses del mundo. En Espa&ntilde;a no se estrenar&iacute;a hasta 1981.</p>      <p>El m&aacute;s perturbado por las condenas contra <b>La dolce vita</b> era el pobre Fellini. Se lamentaba de haber propiciado un mal entendido: "&#91;...&#93; me he equivocado &#91;...&#93;; mi pel&iacute;cula es perniciosa. Y yo que estaba convencido de haber hecho una pel&iacute;cula cat&oacute;lica" (p. 212). Fellini se hac&iacute;a eco de una frase que le susurr&oacute; Sophia Loren al o&iacute;do en la noche de la premier de la pel&iacute;cula: "Pobrecito m&iacute;o, &iquest;qu&eacute; tienes?"; frase escrita por el propio Fellini para una pel&iacute;cula que nunca rod&oacute; con Sophia Loren.</p>      <p><b>La dolce vita</b>, afirma Kezich, fue la transici&oacute;n entre el viejo y el nuevo Fellini. La "ceremonia de los adioses" se pon&iacute;a nuevamente en marcha y el Federico Fellini "avanguardista" ("vanguardista") puede jugar a ser Picasso.</p>      <p>La d&eacute;cada de los sesenta traer&aacute; nuevos t&iacute;tulos desconcertantes y c&eacute;lebres: <b>Ocho y medio</b> (1963) ("una reconciliaci&oacute;n estoica y divertida con el mundo" y una "invocaci&oacute;n a la libertad"); <b>Giulietta de los esp&iacute;ritus</b> (1965) (que "trata de imitar el colorido de los dibujos del <i>Corriere dei Piccoli</i>", aunque nada infantil en su historia y construcci&oacute;n); <b>Satiric&oacute;n</b> (1969) (emparentada "con el mundo del c&oacute;mic, entre Little Nemo y Flas Gordon"); o su participaci&oacute;n en varios episodios para pel&iacute;culas colectivas o cortos como <b>Boccacio 70</b> (1968), o la recreaci&oacute;n de un cuento de Edgar Allan Poe, "Nunca apuestes tu cabeza al diablo" (<i>Never Bet the Devil your Head</i>).</p>      <p><font size="3"><b>El director del circo</b></font></p>      <p>En 1970 filma su pel&iacute;cula <b>Los clowns</b>. Fellini siempre am&oacute; la comedia y el humor. Ten&iacute;a la ilusi&oacute;n de hacer pel&iacute;culas c&oacute;micas. Quer&iacute;a hacer pel&iacute;culas en que los espectadores no dejaran de sonre&iacute;r. Y sin embargo, en vez de dar sonrisas, desconcertaba. Sus pel&iacute;culas, presumiblemente c&oacute;micas, se metamorfoseaban en historias nost&aacute;lgicas, con un humor melanc&oacute;lico y estrafalario, que imitaban al circo con sus artistas y andamiajes, sin olvidar las l&aacute;grimas disimuladas por el maquillaje y los sue&ntilde;os.</b>      <p>Fellini se consideraba a s&iacute; mismo como un clown. Para defender su cosmovisi&oacute;n, divid&iacute;a la humanidad en dos, el clown blanco y el augusto; esto es, "el amo y el siervo, el integrado y el rebelde, el rico y el pobre, el cuerdo y el loco". Y para ilustrar su partici&oacute;n de los mares, daba una lista intimidante: "Hitler: un clown blanco. Mussolini: un augusto &#91;...&#93; Freud: un clown blanco. Jung: un augusto".</p>      <p>Al aplicar su teor&iacute;a a s&iacute; mismo, Fellini se nombraba como clown, de la serie augusto, aunque tambi&eacute;n blanco. O con precisi&oacute;n, no era un alg&uacute;n clown, afirmaba, sino "quiz&aacute; &#91;solo&#93; el director del circo...".</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En su siguiente pel&iacute;cula, <b>Roma</b> (1971) (pel&iacute;cula "m&aacute;s fragmentaria, inconexa y confidencial" que las anteriores, a decir de Kezich), Fellini da algunos ejemplos de su esp&iacute;ritu sat&iacute;rico y circense. Una escena lo ilustra: el desfile de moda clerical (papas, monjas, monse&ntilde;ores y monaguillos), sobre una pasarela, con vedettes, tendencias y patines.</p>      <p>El clown y director de circo retornar&aacute; a R&iacute;mini. En <b>Amarcord</b> (1973) Federico cincela su infancia anudada a la Italia provinciana, entre guerras, poblada de fascistas (representados por Fellini, seg&uacute;n Kezich, "como payasos apenas m&aacute;s siniestros que los dem&aacute;s") y curas y abuelas vociferantes. La pel&iacute;cula es una sucesi&oacute;n de adioses o <i>sketchs</i> o mon&oacute;logos, salpicados de recuerdos, entintados con algo de amargura, y con la pretensi&oacute;n, parcialmente lograda, de divertir al p&uacute;blico.</p>      <p>Luego, vendr&aacute;n pel&iacute;culas inesperadas y a veces tan estrafalarias como <b>Casanova</b> (1976) (personaje literario que Fellini defini&oacute; como un "funesto Pinocho que se niega &#91;...&#93; &#91;a ser&#93; un ni&ntilde;o de verdad"); o una pel&iacute;cula anarquista y sombr&iacute;a, a pesar de su fanfarria, como <b>Ensayo de orquesta</b> (1979) ("la pel&iacute;cula m&aacute;s apasionada y vehemente de su carrera, as&iacute; como la m&aacute;s pol&iacute;tica", como escribe Kezich); o pel&iacute;culas pol&eacute;micas como <b>La ciudad de las mujeres</b> (1980), mostrada, por algunas feministas, como la perla m&aacute;s visible de la misoginia de Fellini (aunque el propio Fellini no la consideraba "una pel&iacute;cula ni tampoco sobre la feminidad. Es una payasada, un simple n&uacute;mero de revista").</p>      <p>En medio de la fanfarria del circo vanguardista aparec&iacute;a lo tr&aacute;gico de la existencia. Como un personaje de las &uacute;ltimas pel&iacute;culas de Chaplin, Fellini se siente, escribe Kezich, como "un clown demasiado viejo como para obviar el car&aacute;cter tr&aacute;gico" del destino del hombre. <b>Y la nave va</b> (1983), muestra parte de ese destino: "un sue&ntilde;o de derrota y muerte, como un plano inclinado, como el anuncio de una tragedia: explotan bombas, muere gente". En la barca no se aceptan gaviotas o serbios. Su tesoro m&aacute;s preciado son las cenizas de una diva que sus admiradores quieren desperdigar en el mar. El barco naufraga en las aguas procelosas de un pl&aacute;stico negro que no disimula el decorado.</p>      <p>Fellini como clown, blanco o no, quer&iacute;a hacer re&iacute;r, era su "misi&oacute;n" y su "vocaci&oacute;n" dec&iacute;a, pero las pel&iacute;culas tomaban autonom&iacute;a. Cada pel&iacute;cula "sugiere o revela cosas que no se hab&iacute;an previsto, r&iacute;e o llora por s&iacute; sola", se lamentaba Fellini. El c&oacute;mico se resigna as&iacute; a los d&iacute;as que no son fiesta, generosos en padecimientos.</p>      <p>En la vejez le gustaba decir que sus pel&iacute;culas eran como barcos, que uno cree conducir, pero que lo llevan a lo inesperado. &Eacute;l, que se imaginaba abandonar el cine, y ya viejo pintar cuadros, aceptaba, no sin orgullo modesto, al "Gran Fellini".</p>      <p>Amaba las artes solitarias como la escritura o la pintura, y se encontraba, a su pesar, frente a una multitud para dirigir. En una pel&iacute;cula se debe mandar como una "tripulaci&oacute;n de Crist&oacute;bal Col&oacute;n, que siempre quiere volver atr&aacute;s", afirmaba el director. Esa "tripulaci&oacute;n" inclu&iacute;a estrellas y famosos que consideraban, como parte del tour a Roma, visitar a Fellini durante la filmaci&oacute;n de sus pel&iacute;culas.</p>      <p><font size="3"><b>La esencia del cine es la luz</b></font></p>      <p>El director de cine que se imaginaba como un Crist&oacute;bal Col&oacute;n, luchando o encantando a una tripulaci&oacute;n arisca e indome&ntilde;able, todav&iacute;a planea en sus &uacute;ltimos lustros retirarse y ser el pintor que so&ntilde;&oacute; en su juventud.</p>      <p>Fellini hab&iacute;a realizado, casi a rega&ntilde;adientes, su sue&ntilde;o de ser pintor. Con <b>Casanova</b>, confesaba, pretend&iacute;a llegar a la "esencia del cine"; a la "pel&iacute;cula total", esto es, "convertir la pel&iacute;cula en un cuadro" (p. 321). Se defend&iacute;a como pintor cuando le reclamaban como director de cine; su pretensi&oacute;n con el cine, dec&iacute;a, no era ni literario ni narrativo "sino pict&oacute;rico. &#91;Pues la esencia del cine&#93; es la luz, su ideolog&iacute;a, el estilo".</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Cada pel&iacute;cula recib&iacute;a ese tratamiento del "cuadro" "total". Segu&iacute;a como destino su propia sentencia: "El secreto de la supervivencia es tocar bien el propio instrumento".</p>      <p>Su oficio es una mezcla de duda y obstinaci&oacute;n, tentaci&oacute;n de desistir y perfeccionismo obsesivo, abrevia Kezich sobre el oficio de este hombre que aspir&oacute; a hacer del cine un arte tan perfecto como la pintura y la literatura.</p>      <p>Puede que no lograra ese cuadro maestro que pretendiera, pero Fellini no desist&iacute;a de esa in&uacute;til avidez de la perfecci&oacute;n, aun en sus obras breves y, en apariencia desde&ntilde;ables, como sus mediometrajes o comerciales para la televisi&oacute;n.</p>      <p>Pauline Kael, quiz&aacute; una de las cr&iacute;ticas m&aacute;s perspicaces del cine, abandon&oacute; irritada la sala durante la proyecci&oacute;n de <b>Casanova</b>. Fellini malversaba su arte en un exceso de escenograf&iacute;a, de ingenio y extravagancias; el "Gran Fellini" solo daba migajas de su narcisismo desatado.</p>      <p>Kael llam&oacute; a Fellini el "Orwell italiano"; hablaba tanto de sus pel&iacute;culas que apenas le quedaban ganas de hacerlas. Y sentenci&oacute;: "&#91;...&#93; la obra de arte es &eacute;l".</p>      <p>Era cierto. En su camino, el "Orwell italiano", hab&iacute;a dejado varios proyectos sin realizar (<i>Viaje a Tul&uacute;n, Infierno, Mastorna</i>); pero Fellini ya hab&iacute;a dado tantos "cuadros" maestros al cine, que pocos admiradores de este arte, se sent&iacute;an inc&oacute;modos con el viejo que se tomaba a s&iacute; mismo como una obra de arte.</p>      <p>La desgracia o el encanto de la mortalidad es que hasta las obras de arte vivientes envejecen y mueren. El "Gran Fellini", en sus autorretratos cinematogr&aacute;ficos, no ocultaba la agon&iacute;a de un mundo en que fue el rey.</p>      <p>En su pel&iacute;cula <b>Ginger and Fred</b> (1986), dos artistas viejos italianos, imitadores de estrellas de Hollywood, se degradan haciendo, sin fuerza para un paso m&aacute;s, su viejo n&uacute;mero coreogr&aacute;fico y nost&aacute;lgico, en un show de televisi&oacute;n.</p>      <p>Fellini se retrata, seg&uacute;n Kezich, en el personaje de Amelia, la bailarina envejecida de <b>Ginger and Fred</b>. Su autorretrato, como los de Van Gogh, no olvida las l&iacute;neas m&aacute;s infidentes, nombradas por Kezich: "t&iacute;mido, curioso, vulnerable, impaciente, rabioso, irreductible".</p>      <p>Su pel&iacute;cula es un manifiesto contra ese mundo que degrada al suyo. Para Fellini, la televisi&oacute;n era la bestia negra del arte. Indignado protest&oacute; por la mutilaci&oacute;n, con cortes y anuncios, de las pel&iacute;culas durante las emisiones de televisi&oacute;n. El cine agonizaba ahora, como en su juventud mor&iacute;a el mundo ligero del teatro de variedades que &eacute;l amaba. A los sesenta y seis a&ntilde;os todav&iacute;a a&ntilde;oraba el mundo de los c&oacute;micos, los bailarines populares y el circo. La nueva bestia devoraba todo en su &iacute;nfimo cristal imp&uacute;dico.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>A Fellini se le admiraba como un monumento italiano, junto a la torre de Piza o el Coliseo Romano; una leyenda puede refunfu&ntilde;ar, pero los <i>business</i> son el alma del mundo, su &uacute;nica poes&iacute;a.</p>      <p>Desencantado, Fellini se vuelve imp&uacute;dicamente <i>Fellini</i>. La obra de arte se mira en el espejo. Su falso documental para televisi&oacute;n, <b>Entrevista</b> (1987), es un autorretrato. Su lema era: "Cuando no sepamos qu&eacute; filmar, daremos media vuelta a la c&aacute;mara y nos filmaremos a nosotros mismos". El cine como espejo. La parodia hay que radicalizarla. En este documental, Fellini filma una pel&iacute;cula que nunca pudo hacer: la novela <i>Am&eacute;rica</i> de Kafka. Lleva, al rodaje de una pel&iacute;cula inexistente, a amigos, colegas, simples conocidos y una buena porci&oacute;n de japoneses. Fellini es el espect&aacute;culo; su <i>performance</i> se reduce a Fellini director, leyenda, &iacute;cono del cine como vanguardia picassiana.</p>      <p><font size="3"><b>Pintando el sonido de la luna</b></font></p>      <p>Su &uacute;ltima pel&iacute;cula, <b>La voz de la luna</b> (1990), propone el silencio en medio de un gran estruendo visual y verbal. Kezich hace una s&iacute;ntesis de la pretensi&oacute;n de Fellini: "Todo el mundo grita, toca instrumentos, alborota y hasta dispara, y entre tanto ruido &#91;...&#93; &#91;olvidamos&#93; para siempre la voz de la luna, su susurro, quiz&aacute;s imaginario, entrecortado, inteligible solo para los locos y los iniciados". El propio Fellini, en voz de un personaje, dec&iacute;a: "Si nos call&aacute;ramos un momento quiz&aacute; podr&iacute;amos entender algo". (p. 374).</p>      <p>Pero &eacute;l, Fellini leyenda, no pod&iacute;a callarse. Antes de morir, hace tres obras "mozartianas", como las nombra Kezich. Tres comerciales para el Banco de Roma. Los comerciales son un pretexto para desplegar las im&aacute;genes "fellinescas", los proyectos no realizados. Despu&eacute;s de dos a&ntilde;os de no rodar pel&iacute;culas, el director desempleado, como se autoproclamaba, filma estos comerciales para los banqueros. En cada uno de ellos hay so&ntilde;antes y psicoanalistas; estos &uacute;ltimos indican los caminos m&aacute;s seguros de inversi&oacute;n.</p>      <p>En su vejez, Fellini se quejaba de que lo trataran como un monumento; ese prestigio no serv&iacute;a para que los productores tomaran riesgos por &eacute;l. Lo trataban como a un director jubilado, se quejaba. Al viejo cuerpo regresa el viejo sue&ntilde;o de ser un pintor.</p>      <p>Muere en el hospital el 31 de octubre de 1993, dejando dispuestos los caballetes, los pinceles y los colores que lo esperaban en casa.</p>  <p<Al director de cine que quiso ser pintor, lo acompa&ntilde;aron 70.000 asistentes a su funeral. Tuvo los honores de un hombre de Estado.</p>      <p><font size="3"><b>Posdata</b></font></p>      <p>Solo un reproche podr&iacute;a hacerse a Kezich. Hay algunos trucos que debe evitar un bi&oacute;grafo; uno de ellos, recurrir al psicoan&aacute;lisis como mito de la teor&iacute;a universal para atrapar a un hombre en su "Edipo".</p>      <p>Obviando esos estereotipos psicoanal&iacute;ticos, la biograf&iacute;a de Kezich es un documento admirable, y de p&aacute;ginas que siempre estar&aacute;n asociadas a Fellini. Unas &uacute;ltimas im&aacute;genes.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Sutherland, el actor de Casanova, llam&oacute; a Fellini tirano; era "un sargento, un b&aacute;rbaro, un dictador, un demonio". Seg&uacute;n Kezich, Sutherland-Casanova era solo para Fellini una figura que conven&iacute;a a esta pel&iacute;cula "con la abstracci&oacute;n de un dibujo animado".</p>      <p>Tal vez a ese hombre desp&oacute;tico y caprichos no le interesaba m&aacute;s que el "cuadro" perfecto. Para Fellini los actores eran menos que marionetas. No les permit&iacute;a la voz propia; durante la escena pod&iacute;an recitar lo que quisiera; desde un fragmento de Enrique IV de Pirandello hasta los nombres de los platos de un restaurante famoso de Roma. Fellini suprim&iacute;a invariablemente la voz del actor y la sustitu&iacute;a por voces que se acomodaran mejor a sus aspiraciones de artista (un artista que en su juventud fue libretista radiof&oacute;nico).</p>      <p>Pero el hombre que parec&iacute;a un tirano, siempre hac&iacute;a de su vida una sucesi&oacute;n de adioses o gags. Una historia contada por Kezich. Despu&eacute;s de su apasionamiento por los autom&oacute;viles deja de conducir hasta su muerte. Conduciendo "un d&iacute;a por el paseo mar&iacute;timo de R&iacute;mini &#91;...&#93; para visitar el circo Orfei, atropella a un chico en moto" (p. 291). El accidente no es grave pero lo toma como una se&ntilde;al oscura, y al instante vende su carro a un turista que pasa. Luego tomar&aacute; un taxi. No volver&aacute; a conducir.</p>      <p>Kafka est&aacute; en lo cierto, como siempre, cuando afirma, que "uno &#91;como escritor&#93; no se desarrolla verdaderamente y a su manera sino despu&eacute;s de muerto". Igualmente Fellini. Kezich da justicia a esta frase de Kafka.</p>      <p>La biograf&iacute;a de un hombre es una tarea sin precisar. Pero siempre se agradecer&aacute; que un escritor como Kezich haga un recorrido erudito, entretenido y tan veros&iacute;mil de la vida de un creador tan intenso e imaginativo como Federico Fellini. No menor que Picasso.</p>  <hr>     <br>      <p><font size="3"><b>Pie de p&aacute;gina:</b></p></font>  <sup><a name="num1"></a><a href="#nu1">1</a></sup> Kezich, Tullio. Federico Fellini, la vita e i film. &#91;Traducci&oacute;n: Juan Manuel Salmer&oacute;n Arjona&#93;. Barcelona: Tusquets Editores. Primera edici&oacute;n.    <br>   </font>      ]]></body>
</article>
