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</front><body><![CDATA[ <font face="Verdana" size="2"> <b><font size="4">Cincuenta a&ntilde;os despu&eacute;s de Hiroshima*</font></b>      <P >&nbsp;</P >    <P ><b>John Rawls</b></P >     <P ><b>Traductor</b>: Jorge Giraldo Ram&iacute;rez</P >     <P ><b>Recibido</b>: febrero 5 de 2009. <b>Aprobado</b>: febrero 28 de 2009 </P >     <P >* Traducci&oacute;n de Jorge Giraldo Ram&iacute;rez publicada    por primera vez en espa&ntilde;ol    con la debida autorizaci&oacute;n    de los editores de    John Rawls: <i>Collected    Papers</i>, Cambridge, Mass.:    Harvard University Press,    1999, pp. 565-572, editado    por Samuel Freeman.    Copyright &copy; por President    and Fellows of    Harvard College. "Fifty    Years after Hiroshima" fue    publicado originalmente    en Dissent (Verano 1995),  pp. 323-327. </P > <hr />    <P >&nbsp;</P >     <P >El quincuag&eacute;simo aniversario del bombardeo a Hiroshima es una ocasi&oacute;n para reflexionar sobre c&oacute;mo deber&iacute;amos evaluar ese hecho. &iquest;Es realmente un gran error, como muchos pensamos ahora y muchos lo pensaron entonces, o quiz&aacute;s est&aacute; justificado despu&eacute;s de todo? Creo que tanto el bombardeo a las ciudades japonesas a comienzos de la primavera de 1945 como el posterior bombardeo at&oacute;mico a Hiroshima el 6 de agosto fueron grandes errores, y deben verse como tales. Para apoyar esta opini&oacute;n, quiero exponer los que yo creo que son los principios rectores de la conducci&oacute;n de la guerra -<I>ius in bello</I>- por parte de los pueblos democr&aacute;ticos. Estos pueblos<Sup><a name="p1" id="p1"></a><a href="#1">1</a> </Sup> tienen fines de guerra distintos a aquellos de los Estados no-democr&aacute;ticos, especialmente de los totalitarios, tales como Alemania y Jap&oacute;n, que buscaron la dominaci&oacute;n y explotaci&oacute;n de los pueblos sometidos y, en el caso alem&aacute;n, su esclavizaci&oacute;n cuando no su exterminio. </P >     <P >Aunque no puedo justificarlos apropiadamente aqu&iacute;, empiezo por exponer seis principios y asunciones en apoyo de aquellos juicios. Espero que no sean vistos &ntilde;ol con la debida autorizacomo irrazonables; y ciertamente son familiares, pues est&aacute;n estrechamente vinculados con buena parte del pensamiento m&aacute;s tradicional en esta materia.</P >     <P >1. El objetivo de una guerra justa librada por una sociedad democr&aacute;tica decente es una paz justa y duradera entre los pueblos, especialmente con su enemigo actual. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P > 2. Una sociedad democr&aacute;tica decente est&aacute; combatiendo contra un Estado que no es democr&aacute;tico. Esto se desprende del hecho de que los pueblos democr&aacute;ticos no libran guerras entre s&iacute;<Sup><a name="p2" id="p2"></a><a href="#2">2</a> </Sup>; y puesto que estamos preocupados con las reglas de la guerra tal y como se aplican a tales pueblos, asumimos que la sociedad contra la que se luch&oacute; es no-democr&aacute;tica y que sus objetivos expansionistas amenazaban la seguridad y las instituciones libres de los reg&iacute;menes democr&aacute;ticos y provocaron la guerra<Sup><a name="p3" id="p3"></a><a href="#3">3</a> </Sup>.  </P > </P >3.  En la conducci&oacute;n de la guerra una sociedad democr&aacute;tica tiene quedistinguir cuidadosamente tres grupos: los l&iacute;deres estatales y funcionarios, sus soldados y su poblaci&oacute;n civil. La raz&oacute;n de estas distinciones descansa en el principio de responsabilidad: puesto que el Estado contra el que se lucha no es democr&aacute;tico, los miembros civiles de la sociedad no pueden ser quienes organizaron y entraron en la guerra. Esto lo hicieron sus l&iacute;deres y funcionarios apoyados por otras &eacute;lites que controlan y dirigen el aparato estatal. Ellos son responsables, quisieron la guerra, y por hacerlo, son criminales. Pero los civiles, a menudo mantenidos en la ignorancia e influidos por la propaganda estatal, no lo son<Sup><a name="p4" id="p4"></a><a href="#4">4</a> </Sup>. Y esto es as&iacute; incluso si algunos civiles hubieran tenido mayor conocimiento y hubieran sido entusiastas partidarios de la guerra.     <P >En la conducci&oacute;n de la guerra pueden darse muchos casos marginales como &eacute;ste, pero son irrelevantes. Los soldados, tal como los civiles, sin contar a los altos mandos y oficiales, no son responsables de la guerra, sino que son reclutados y forzados de diversas maneras, y a menudo su patriotismo ha sido cruel y c&iacute;nicamente explotado. Los fundamentos para que ellos puedan ser atacados directamente no est&aacute;n en que sean responsables de la guerra, sino en que un pueblo democr&aacute;tico no tiene otra forma de defenderse, y tiene que defenderse. En este caso no hay alternativa. </P >     <P >4.  Una sociedad democr&aacute;tica decente tiene que respetar los derechoshumanos de los miembros del otro bando, tanto civiles como soldados, por dos razones. Una, simplemente porque son titulares de esos derechos de acuerdo al derecho de los pueblos. La otra raz&oacute;n es que hay que ense&ntilde;arles a los soldados y civiles enemigos el contenido de aquellos derechos mediante el ejemplo, respet&aacute;ndolos en su propio caso. De esta manera, su significado se les transmite mejor. Se les asigna un cierto estatus, el estatus de miembros de una sociedad humana en la que poseen derechos como personas humanas<Sup><a name="p5" id="p5"></a><a href="#5">5</a> </Sup>. En el caso de los derechos humanos durante la guerra, se le da una interpretaci&oacute;n estricta al estatus aplicado a los civiles. Esto significa, tal y como lo entiendo aqu&iacute;, que nunca pueden ser atacados directamente excepto en casos de crisis extrema, cuya naturaleza discutir&eacute; m&aacute;s adelante.</P >     <P >5. Continuando con la idea de ense&ntilde;ar el contenido de los derechoshumanos, el siguiente principio es que los pueblos justos deben prefigurar mediante sus acciones y proclamas durante la guerra la clase de paz que proponen y el tipo de relaciones que buscan entre las naciones. Al hacerlo, muestran de forma abierta y p&uacute;blica la naturaleza de sus metas y la clase de pueblos que son. Estos &uacute;ltimos deberes recaen b&aacute;sicamente sobre los l&iacute;deres y funcionarios de los gobiernos de los pueblos democr&aacute;ticos, puesto que est&aacute;n en la mejor posici&oacute;n para hablar por todo el pueblo y para actuar de acuerdo con la aplicaci&oacute;n de esos principios. Aunque todos los principios precedentes tambi&eacute;n especifican deberes de los estadistas, esto es especialmente cierto para los principios 4 y 5. La forma en que una guerra se lleva a cabo y las acciones que le ponen fin perduran en la memoria hist&oacute;rica de los pueblos y pueden configurar el escenario para la guerra futura. Este deber de los estadistas siempre tiene que tenerse presente.  </P > </P >6.  Finalmente, anotamos el papel del razonamiento pr&aacute;ctico medios-fines para juzgar la pertinencia de una acci&oacute;n o pol&iacute;tica para alcanzar el objetivo de la guerra o para no causar m&aacute;s da&ntilde;o que bien. Esta manera de pensar -ya est&eacute; dirigida por el razonamiento utilitario (cl&aacute;sico), o por un an&aacute;lisis costo-beneficio, o por el peso de los intereses nacionales, u otros- tiene que estar enmarcada y limitada estrictamente por los principios precedentes. Las normas de conducci&oacute;n de la guerra configuran l&iacute;neas precisas que definen la acci&oacute;n justa. Los planes y estrategias de guerra y la conducci&oacute;n de las batallas, tienen que ce&ntilde;irse a estos l&iacute;mites. (La &uacute;nica excepci&oacute;n, repito, es en tiempos de crisis extrema).   </P >       <P >En conexi&oacute;n con el cuarto y quinto principios de conducci&oacute;n de la guerra, ya he dicho que obligan especialmente a los l&iacute;deres de las naciones, quienes est&aacute;n en la posici&oacute;n m&aacute;s efectiva para representar los objetivos y obligaciones de su pueblo, y a veces llegar a ser hombres de Estado. Pero, &iquest;qui&eacute;n es un hombre de Estado? No existe despacho del hombre de Estado, tal como existen el de presidente, canciller o primer ministro. El hombre de Estado es un ideal, como el ideal del individuo virtuoso o sincero. Los hombres de Estado son presidentes o primeros ministros que llegan a ser hombres de Estado mediante su actuaci&oacute;n ejemplar y liderazgo en su funci&oacute;n en tiempos duros y dif&iacute;ciles, y una fuerza, sabidur&iacute;a y coraje manifiestos. Gu&iacute;an a su pueblo en periodos turbulentos y peligrosos, por lo cual siempre son estimados por &eacute;l como sus grandes hombres de Estado. </P >       <P >El ideal de hombre de Estado est&aacute; sugerido en la expresi&oacute;n "el pol&iacute;tico mira la pr&oacute;xima elecci&oacute;n, el hombre de Estado la pr&oacute;xima generaci&oacute;n". Es tarea del estudiante de filosof&iacute;a buscar las condiciones permanentes y los intereses reales de una sociedad democr&aacute;tica justa y buena. Es tarea del hombre de Estado, sin embargo, discernir en la pr&aacute;ctica estas condiciones e intereses; el hombre de Estado mira m&aacute;s profundo y m&aacute;s all&aacute; que los dem&aacute;s e identifica lo que debe hacerse. El hombre de Estado tiene que hacer lo correcto, o casi, y hacerlo r&aacute;pido. Washington y Lincoln fueron hombres de Estado. Bismarck no. No vel&oacute; por los intereses reales de Alemania hacia el futuro y sus juicios y motivos estuvieron frecuentemente distorsionados por sus intereses de clase y su s&oacute;lo deseo de ser Canciller de Alemania. Los hombres de Estado no tienen que ser desinteresados y pueden tener sus intereses propios mientras ocupan su cargo, pero deben ser desinteresados en sus juicios y evaluaciones de los intereses de la sociedad y no dejarse dominar, especialmente durante guerras y crisis, por pasiones de venganza y retaliaci&oacute;n contra el enemigo. </P >    <P >Sobre todo, est&aacute;n compelidos por el objetivo de lograr una paz justa y evitar las cosas que har&iacute;an que fuese m&aacute;s dif&iacute;cil alcanzar tal paz. Aqu&iacute; las proclamas de una naci&oacute;n deben aclarar (el hombre de Estado debe velar por eso) que el pueblo enemigo tendr&aacute; garantizado un r&eacute;gimen aut&oacute;nomo propio y una vida decente y plena una vez que la paz sea seguramente restablecida. Sin importar lo que puedan decir sus l&iacute;deres, sin importar cualquier represalia que puedan temer razonablemente, ese pueblo no puede ser tratado como esclavo o siervo despu&eacute;s de la rendici&oacute;n<Sup><a name="p6" id="p6"></a><a href="#6">6</a> </Sup>, ni se le pueden negar sus plenas libertades en el debido momento; y bien puede ser que consiga libertades que no disfrutaba antes, como eventualmente le sucedi&oacute; a los alemanes y japoneses. El hombre de Estado sabe, aunque los dem&aacute;s no, que todas las descripciones del pueblo enemigo (no de sus legisladores) inconsistentes con esto son impulsivas y falsas. </P >       <P >Volviendo al caso de Hiroshima y el bombardeo a Tokio, encontramos que ninguno se ajusta a la excepci&oacute;n de crisis extrema. Un aspecto de esto es que, puesto que (supongamos) no hay derechos absolutos -derechos que tienen que ser respetados en todas las circunstancias-, hay ocasiones en que los civiles pueden ser atacados directamente por un bombardeo a&eacute;reo. &iquest;Hubo momentos durante la guerra en los que Gran Breta&ntilde;a pudo haber bombardeado correctamente Hamburgo y Berl&iacute;n? S&iacute;, cuando Gran Breta&ntilde;a estaba sola y desesperada enfrentando la fuerza superior de Alemania; m&aacute;s a&uacute;n, este per&iacute;odo se extender&iacute;a hasta cuando Rusia hubo repelido claramente el primer asalto alem&aacute;n en el verano y oto&ntilde;o de 1941, y pudo luchar contra Alemania hasta el fin. El punto de corte tendr&iacute;a que ser distinto, digamos el verano de 1942, y ciertamente Stalingrado<Sup><a name="p7" id="p7"></a><a href="#7">7</a> </Sup>. No dar&eacute; mucha importancia a esto, ya que el asunto crucial es que, bajo ninguna condici&oacute;n, se pod&iacute;a permitir que Alemania triunfara, y esto por dos razones b&aacute;sicas: primero, la naturaleza y la historia de la democracia constitucional y su lugar en la cultura europea; y segundo, la maldad peculiar del nazismo y el enorme e incalculable mal moral y pol&iacute;tico que representaba para la sociedad civilizada. </P >       <P >El mal peculiar del nazismo necesita ser entendido puesto que, en algunas circunstancias, un pueblo democr&aacute;tico puede aceptar la derrota si los t&eacute;rminos de paz ofrecidos por el adversario son razonables y moderados, no lo someten a humillaci&oacute;n y permiten esperar una relaci&oacute;n pol&iacute;tica decente y eficaz. Sin embargo, era caracter&iacute;stico de Hitler no aceptar ninguna posibilidad de relaci&oacute;n pol&iacute;tica con sus enemigos, quienes ten&iacute;an que ser tratados mediante el terror y la brutalidad, y sometidos por la fuerza. Desde el principio, la campa&ntilde;a contra Rusia, por ejemplo, fue una guerra de destrucci&oacute;n contra los pueblos eslavos, manteniendo a los habitantes originales solamente como siervos, en el mejor de los casos. Cuando Goebbels y otros advirtieron que la guerra no pod&iacute;a ganarse de esta manera, Hitler rehus&oacute; escucharlos<Sup><a name="p8" id="p8"></a><a href="#8">8</a> </Sup>. </P >       <P >Est&aacute; claro que mientras en las primeras etapas de la guerra se daba para Gran Breta&ntilde;a una excepci&oacute;n de crisis extrema, esta nunca se present&oacute; en ninguna ocasi&oacute;n para Estados Unidos en su guerra con Jap&oacute;n. Los principios de la conducci&oacute;n de la guerra siempre fueron aplicables a ella. Incluso en el caso de Hiroshima, muchos involucrados en los m&aacute;s altos niveles del gobierno reconocieron el car&aacute;cter cuestionable del bombardeo y los l&iacute;mites que se estaban cruzando. Sin embargo, durante las discusiones entre los l&iacute;deres aliados en junio y julio de 1945, el peso del razonamiento pr&aacute;ctico medios-fines guiaba el debate. Bajo la presi&oacute;n continua de la guerra, las dudas morales hab&iacute;an fracasado en obtener una visi&oacute;n articulada y expresa. Con el desarrollo de la guerra, el pesado bombardeo de civiles en las capitales de Berl&iacute;n y Tokio y cualquier otra ciudad fue crecientemente aceptado por el lado aliado. Aunque despu&eacute;s del estallido de la guerra Roosevelt hab&iacute;a urgido a ambos lados a no cometer la inhumana barbarie de bombardear civiles, hacia 1945 los l&iacute;deres aliados hab&iacute;an asumido que Roosevelt habr&iacute;a usado la bomba en Hiroshima<Sup><a name="p9" id="p9"></a><a href="#9">9</a> </Sup>. El bombardeo naci&oacute; de lo que hab&iacute;a sucedido anteriormente. </P >       ]]></body>
<body><![CDATA[<P >Las razones pr&aacute;cticas de medios-fines usadas para justificar el bombardeo at&oacute;mico sobre Hiroshima fueron las siguientes: </P >    <P >El bombardeo se hizo para apresurar el fin de la guerra. Es claro que Truman y la mayor&iacute;a de los l&iacute;deres aliados pensaban que se lograr&iacute;a. Otra raz&oacute;n fue que as&iacute; se salvar&iacute;an vidas, donde las vidas que contaban eran las vidas de los soldados estadounidenses. Las vidas japonesas, militares o civiles, presumiblemente importaban menos. Aqu&iacute; los c&aacute;lculos de menos tiempo y m&aacute;s vidas salvadas se apoyaban mutuamente. Adem&aacute;s, lanzar la bomba les dar&iacute;a al Emperador y a los l&iacute;deres militares una manera de salvar la cara, una cuesti&oacute;n importante dada la cultura samurai japonesa. Ciertamente, al final de la guerra unos pocos l&iacute;deres japoneses quisieron hacer un &uacute;ltimo sacrificio pero fueron detenidos por otros seguidores del Emperador, quien orden&oacute; la rendici&oacute;n el 12 de agosto despu&eacute;s de haber recibido la promesa de Washington de que podr&iacute;a permanecer en su cargo en el entendido de que ten&iacute;a que cumplir con las &oacute;rdenes del comando militar estadounidense. La &uacute;ltima raz&oacute;n que quiero mencionar es que la bomba fue lanzada para impresionar a los rusos con el poder americano y hacerlos m&aacute;s accesibles a nuestras demandas. Esta raz&oacute;n es altamente discutida pero es tan recurrida por algunos cr&iacute;ticos y acad&eacute;micos como importante. </P >       <P >El fracaso de estas razones para reflejar los l&iacute;mites de la conducci&oacute;n de la guerra es evidente, as&iacute; que me enfoco en un asunto distinto: la falta de cualidades propias de los estadistas entre los l&iacute;deres aliados y por qu&eacute; pudo suceder esto. Truman una vez describi&oacute; a los japoneses como bestias que ser&iacute;an tratados como tales; &iexcl;qu&eacute; tan tonto suena ahora llamar b&aacute;rbaros y bestias a los alemanes o japoneses!<Sup><a name="p10" id="p10"></a><a href="#10">10</a> </Sup> De los nazis y los militaristas Tojo, s&iacute;, pero ellos no son el pueblo alem&aacute;n ni el japon&eacute;s. M&aacute;s tarde Churchill concedi&oacute; que hab&iacute;a llevado el bombardeo al extremo, conducido por la pasi&oacute;n y la intensidad del conflicto<Sup><a name="p11" id="p11"></a><a href="#11">11</a> </Sup>. Un deber del hombre de Estado es no permitir que tales sentimientos, por naturales e inevitables que puedan ser, modifiquen el curso que un pueblo democr&aacute;tico deber&iacute;a seguir en busca de la paz. El estadista entiende que las relaciones con el enemigo actual tienen especial importancia porque, como he dicho, la guerra tiene que ser dirigida de forma abierta y p&uacute;blica de tal modo que haga posible una paz amistosa y duradera con el enemigo derrotado, y prepare a su pueblo respecto a c&oacute;mo puede esperar que ser&aacute; tratado. Sus miedos presentes de ser sometidos a actos de venganza y retaliaci&oacute;n tienen que ser apaciguados; los enemigos actuales tienen que ser vistos como socios en una paz futura justa y compartida. </P >       <P >Estos comentarios dejan en claro que, a mi juicio, los bombardeos a Hiroshima y otras ciudades japonesas fueron grandes males que, seg&uacute;n los deberes del estadista, exig&iacute;an ser evitados por parte de los l&iacute;deres pol&iacute;ticos en ausencia de una crisis excepcional. Tambi&eacute;n creo que hubiera podido llevarse a cabo con un costo peque&ntilde;o en v&iacute;ctimas adicionales. Una invasi&oacute;n era innecesaria en ese momento, ya que la guerra estaba efectivamente terminada. Sin embargo, si esto es o no verdad no representa ninguna diferencia. Sin la crisis excepcional, aquellos bombardeos eran grandes males. Est&aacute; claro que una expresi&oacute;n articulada de los principios de la guerra justa introducidos en esa ocasi&oacute;n no habr&iacute;a alterado el resultado. Simplemente, era demasiado tarde. Un presidente o primer ministro ten&iacute;a que haber considerado con cautela estas cuestiones, preferiblemente mucho antes, o al menos cuando tuviera el tiempo y la tranquilidad para pensar las cosas. Las reflexiones sobre la guerra justa no pueden ser escuchadas en el acontecer cotidiano, bajo las presiones de los hechos pr&oacute;ximos al fin de las hostilidades; muchos est&aacute;n ansiosos e impacientes, y simplemente exhaustos. </P >       <P >De forma similar, la justificaci&oacute;n de la democracia constitucional y el fundamento de los derechos y deberes que ella tiene que respetar deber&iacute;an ser parte de la cultura pol&iacute;tica p&uacute;blica y discutirse en las numerosas asociaciones de la sociedad c&iacute;vica como parte de la educaci&oacute;n de todos. Esto no es evidente en el d&iacute;a a d&iacute;a de la pol&iacute;tica ordinaria, pero tiene que ser asumido como presupuesto, no como un asunto cotidiano de la pol&iacute;tica, excepto en circunstancias especiales. De la misma manera, no hab&iacute;a suficiente comprensi&oacute;n previa de la importancia fundamental de los principios de la guerra justa para que su expresi&oacute;n pudiera haber bloqueado el atractivo del razonamiento de medios-fines en t&eacute;rminos de c&aacute;lculo de vidas, o del menor tiempo para el fin de la guerra, o de alg&uacute;n otro balance de costos y beneficios. Este razonamiento pr&aacute;ctico justifica demasiado, de manera muy f&aacute;cil, y proporciona una v&iacute;a para que la fuerza dominante acalle cualquier preocupaci&oacute;n moral que pueda surgir. Si los principios de la guerra son postulados en esa ocasi&oacute;n, suscitan f&aacute;cilmente m&aacute;s consideraciones para ser tenidas en cuenta. </P >       <P >Otra falla de los l&iacute;deres pol&iacute;ticos fue no tratar de entrar en negociaciones con los japoneses antes de dar cualquier paso tan dr&aacute;stico como el bombardeo de ciudades o el bombardeo a Hiroshima. Un intento consciente era moralmente necesario. Como pueblo democr&aacute;tico, le deb&iacute;amos eso al pueblo japon&eacute;s -si se lo deb&iacute;amos a su gobierno es otro asunto. Hubo discusiones en Jap&oacute;n durante alg&uacute;n tiempo sobre la forma de terminar la guerra, y el 26 de junio el gobierno hab&iacute;a sido instruido por el Emperador para hacerlo<Sup><a name="p12" id="p12"></a><a href="#12">12</a> </Sup>. Seguramente se hab&iacute;an dado cuenta que con la armada destruida y las islas exteriores tomadas, la guerra estaba perdida. Cierto, los japoneses estaban enga&ntilde;ados por la esperanza de que los rusos llegaran a ser sus aliados<Sup><a name="p13" id="p13"></a><a href="#13">13</a> </Sup>, pero las negociaciones son precisamente para despojar al otro bando de ilusiones de cualquier tipo. Un estadista no est&aacute; exento de considerar que tales negociaciones puedan disminuir el valor del impacto de los ataques subsecuentes. </P >     <P >Truman fue en muchos sentidos un buen, y a veces un muy buen presidente. Pero la manera como termin&oacute; la guerra muestra que fracas&oacute; como estadista. Para &eacute;l fue una oportunidad perdida, y una p&eacute;rdida para el pa&iacute;s, as&iacute; como para sus fuerzas armadas. En algunas oportunidades se dice que cuestionar el bombardeo a Hiroshima es un insulto a las tropas estadounidenses que libraron la guerra. Es dif&iacute;cil entender esto. Deber&iacute;amos estar en condici&oacute;n de recapitular y considerar nuestras faltas despu&eacute;s de cincuenta a&ntilde;os. Esperamos que los alemanes y los japoneses hagan esto - "<I>Vergangenheitsverarbeitung</I>", como dicen los alemanes. &iquest;Por qu&eacute; no deber&iacute;amos hacerlo nosotros? &iexcl;No es posible que pensemos que libramos una guerra sin error moral! </P >     <P >Nada de esto cambia la responsabilidad de Alemania y Jap&oacute;n por la guerra ni por su conducta durante ella. Dos doctrinas nihilistas tienen que ser repudiadas enf&aacute;ticamente. Una est&aacute; expresada en el comentario de Sherman, "la guerra es el infierno", as&iacute; que cualquier cosa es v&aacute;lida para terminarla tan pronto como se pueda. La otra dice que todos somos culpables y que no estamos en condiciones de culpar a ning&uacute;n otro. Ambas ideas son superficiales y niegan todas las distinciones razonables; son invocadas falsamente para intentar excusar nuestra mala conducta o para argumentar que no podemos ser condenados. </P >     <P >El vac&iacute;o moral de estos nihilismos est&aacute; manifiesto en el hecho de que las sociedades civilizadas decentes y justas -sus instituciones y leyes, su vida civil y tradici&oacute;n cultural y sus costumbres- dependen absolutamente de hacer distinciones pol&iacute;ticas y morales significativas en todas las situaciones. Ciertamente la guerra es una clase de infierno, &iquest;pero por qu&eacute; deber&iacute;a esto suponer que cesen todas las distinciones morales? Y a&uacute;n reconociendo tambi&eacute;n que algunas veces todos, o casi todos, pueden ser culpables en alg&uacute;n grado, esto no significa que todos lo son igualmente. Nunca hay un momento en el que estemos libres de todos los principios y restricciones pol&iacute;ticas y morales. Estos nihilismos fingen estar libres de aquellos principios y restricciones que siempre aplican plenamente para nosotros. </P >     <P   >&nbsp;</P > </font>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b><font size="3" face="Verdana">Notas al pie</font></b></p> <font face="Verdana" size="2">     <p><Sup><a name="1" id="1"></a><a href="#p1">1</a> </Sup>Algunas veces uso el t&eacute;rmino "pueblos" en el mismo sentido de naciones, especialmente cuando quiero contrastar pueblos con Estados y un aparato estatal. </p>     <P ><Sup><Sup><a name="2" id="2"></a><a href="#p2">2</a> </Sup></Sup>Asumo que los pueblos democr&aacute;ticos no libran guerras entre s&iacute;. Existe considerable evidencia de esta importante idea. Ver la segunda parte del art&iacute;culo de Michael Doyle (1983: 205-235, 323-353). Ver especialmente el resumen de la evidencia en la primera parte, pp. 206-232. </P >     <P ><Sup><Sup><a name="3" id="3"></a><a href="#p3">3</a> </Sup></Sup>La responsabilidad de la guerra raramente recae en un solo bando, y esto tiene que aceptarse. Algunas manos sucias est&aacute;n m&aacute;s sucias que otras y algunas veces, incluso con manos sucias, un pueblo democr&aacute;tico deber&iacute;a tener el derecho y el deber de defenderse de otro bando. Esto es claro en la Segunda Guerra Mundial. </P >     <P ><Sup><a name="4" id="4"></a><a href="#p4">4</a> </Sup>Aqu&iacute; sigo a Michael Walzer (1977). </P >     <P ><Sup><a name="5" id="5"></a><a href="#p5">5</a> </Sup>Debo la idea de estatus a las discusiones con Frances Kamm y Thomas Nagel. </P >     <P ><Sup><a name="6" id="6"></a><a href="#p6">6</a> </Sup>Ver los comentarios de Churchill explicando el significado de "rendici&oacute;n incondicional" (1950). </P >     <P ><Sup><a name="7" id="7"></a><a href="#p7">7</a> </Sup>Tengo que advertir que el equilibrio de intereses no est&aacute; involucrado. M&aacute;s a&uacute;n, estamos ante una cuesti&oacute;n de juicio respecto a si se presentan ciertas circunstancias objetivas que constituyan la excepci&oacute;n de crisis extrema. Como sucede con cualquier concepto complejo, tal excepci&oacute;n es en cierto grado vaga. Si el concepto se aplica o no depende del juicio. </P >     <P ><Sup><a name="8" id="8"></a><a href="#p8">8</a> </Sup>Sobre las protestas de Goebbels y otros, ver Allan Bullock (1952).</P >     <P ><Sup><a name="9" id="9"></a><a href="#p9">9</a> </Sup>Para un relato de los hechos, ver David M. McCullough (1992) y Barton Bernstein (1995). </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P ><Sup><a name="10" id="10"></a><a href="#p10">10</a> </Sup>Ver (McCullough, 1992: 458) y el intercambio ente Truman y el senador Russell de Georgia en agosto de 1945. </P >     <P ><Sup><a name="11" id="11"></a><a href="#p11">11</a> </Sup>Para una reflexi&oacute;n sobre Dresde, ver (Gilbert, 1988: 259).</P >     <P ><Sup><a name="12" id="12"></a><a href="#p12">12</a> </Sup>Ver (Weinberg, 1994: 886-889). </P >     <P ><Sup><a name="13" id="13"></a><a href="#p13">13</a> </Sup>Ver (Weinberg, 1994: 886).</P >     <p>&nbsp;</p> </font>     <p><font size="3" face="Verdana"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font> </p> <font face="Verdana" size="2">     <!-- ref --><P   >1. Bernstein, Barton (1995) "The Atomic Bombings Reconsidered". En: <I>Foreign Affairs</I>, 74 (jan. / feb.)</P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000049&pid=S1794-5887200900010000200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >2. Bullock, Allan (1952) <I>Hitler: A Study in Tyranny</I>. London: Oldham's Press. Vers.   cast., (1984) <I>Hitler: Estudio de una tiran&iacute;a</I>. Barcelona: Grijalbo.</P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000050&pid=S1794-5887200900010000200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >3. Churchill, Winston (1950) <I>The Hinge of Fate</I>. Boston: Houghton Mifflin.</P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000051&pid=S1794-5887200900010000200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >4. Doyle, Michael (1983) "Kant, Liberal Legacies, and Foreing Affairs". En: <I>Philosophy and Public Affairs</I>, 12 (sum. / aut.)</P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000052&pid=S1794-5887200900010000200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >5. Gilbert, Martin (1988) <I>Winston Churchill: Never Despair</I>. Boston: Houghton Mifflin.  </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000053&pid=S1794-5887200900010000200005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >6. McCullough, David M. (1992) <I>Truman</I>. New York: Simon and Schuster.  </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000054&pid=S1794-5887200900010000200006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >7. Walzer, Michael (1977) <I>Just and Unjust Wars</I>. New York: Basic Books. Vers. cast., (2001) <I>Guerras justas e injustas</I>. Barcelona: Paid&oacute;s.</P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000055&pid=S1794-5887200900010000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   >8. Weinberg, Gerhard (1994) <I>A World at Arms</I>. Cambridge: Cambridge University   Press. Vers. cast., (1995) <I>Un mundo en armas</I>. Barcelona: Grijalbo. </P > </font>     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000056&pid=S1794-5887200900010000200008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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