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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><font size="2" face="Verdana"><b>Rese&ntilde;a art&iacute;stica</b> </font></p>      <p><font size="4" face="Verdana"><b>Ethel Gilmour y su cielo azul </b></font></p> <font face="Verdana" size="2">     <P >&nbsp;</P >     <P ><b>Imelda Ram&iacute;rez</b></P >     <P ><a href="mailto:iramirez@eafit.edu.co">iramirez@eafit.edu.co</a> </P >     <P >Cuando el pasado mes de septiembre la prensa local inform&oacute; el fallecimiento de la artista Ethel Gilmour, el titular de la noticia dec&iacute;a, en un sentido figurado, que ella moraba en "su cielo azul"<Sup><a name="p1" id="p1"></a><a href="#1">1</a> </Sup>. La expresi&oacute;n obedece, quiz&aacute;, al hecho de que para esta artista, nacida en el Sur de los Estados Unidos pero colombiana por amor, el cielo azul se hab&iacute;a convertido en una met&aacute;fora rica en posibilidades po&eacute;ticas. </P >     <P >Desde cuando se instal&oacute; en Colombia, en el a&ntilde;o de 1971, y una vez retom&oacute; la pintura figurativa, luego de formarse en el Instituto Pratt de Nueva York, en la tradici&oacute;n del <I>Expresionismo Abstracto</I>, Ethel pint&oacute;, una y otra vez, las nubes blancas sobre el cielo azul. Las nubes, me imagino, fueron una de esas tantas figuras que le sirvieron para hacer la transici&oacute;n de la abstracci&oacute;n a la figuraci&oacute;n: quiz&aacute;, cuando ella pintaba &eacute;stas, y otras figuras similares, no hac&iacute;a algo muy diferente a su pintura abstracta: moldeaba gestualmente el material blanco pastoso, ya en forma de nube, de oveja lanuda, o de ola espumeante al romperse en la playa. Si miramos con cuidado esos peque&ntilde;os detalles de sus pinturas, podemos compararlos con unos cuadros expresionistas abstractos en miniatura. En ellos, al mismo tiempo, registramos lo mucho que disfrutaba pint&aacute;ndolos, as&iacute; como la penetraci&oacute;n y la agudeza que contienen. </P >     <P >Pero m&aacute;s all&aacute; de los aspectos materiales, su pintura es un rico legado po&eacute;tico de ideas sobre la vida y la muerte, sobre la fraternidad y el cuidado de uno, de los otros y de la tierra, y de reflexiones sobre la presencia del dolor y el sufrimiento en la vida cotidiana colombiana. Su pintura y su poes&iacute;a me evocan las palabras de Heidegger cuando se refer&iacute;a al "habitar". Para este autor, los seres humanos -como mortales que somos- habitamos "en el modo" como somos capaces de cuidar la unidad conformada por la tierra, el cielo, "los divinos y los mortales"<Sup><a name="p2" id="p2"></a><a href="#2">2</a> </Sup>. </P >     <P >Cito las descripciones que hace el fil&oacute;sofo de los componentes de esta unidad, pues, para m&iacute;, hacen una bella resonancia con las im&aacute;genes de Ethel. Como parte indisociable de esa unidad, la tierra es, para este autor, "la que, sirviendo, sostiene; la que floreciendo da frutos; extendida en riscos y aguas, abri&eacute;ndose en forma de plantas y animales". El cielo, entre otros aspectos, es "la luz y el crep&uacute;sculo del d&iacute;a, la oscuridad y la claridad de la noche, lo hospitalario y lo inh&oacute;spito del tiempo que hace, el paso de las nubes y el azul profundo del &eacute;ter". Los "divinos", por su parte, son "los mensajeros de la divinidad que nos hacen se&ntilde;ales. Desde el sagrado prevalecer de la divinidad aparece el Dios en su presente o se retira en su velamiento". Y ante ellos, estamos los habitantes de la tierra, que nos caracterizamos por ser mortales y por nuestra capacidad de hacer que nuestra muerte "sea una buena muerte". Habitamos, entonces, seg&uacute;n el fil&oacute;sofo, en la medida en que recibimos, preservamos, dejamos ser y cuidamos esa unidad de la que hacemos parte, conformada por la tierra, el cielo, los divinos y los mortales.      <P >En las im&aacute;genes de Ethel, por su parte, la tierra aparece plegada en sus monta&ntilde;as. De ella brotan geranios, guayacanes y san joaquines florecidos. La lluvia cae y lava su dolor ("Si hay dolor, deja que sea la lluvia", escribe en sus cuadros, siguiendo a Faulkner) y los animales queridos, a menudo, tambi&eacute;n lo contrarrestan. Su cielo azul est&aacute; habitado por seres celestiales (los &aacute;ngeles del Giotto, o Dios cuidando al mundo; aunque, a veces, est&eacute; dormido) y otros seres que ya murieron (sus pintores maestros, o su perro, llamado <I>Nubes</I>). Y abajo, en la tierra, los mortales se debaten su suerte, a veces a sangre y fuego, y otras, como en su caso, la suerte se gana cuidando "el mundo" en torno suyo, pero tambi&eacute;n el m&aacute;s distante, cuyos testimonios dolorosos fueron quedando registrados en el acompa&ntilde;amiento que les hizo desde la intimidad de su pintura (la compasi&oacute;n pensada como sufrir-con, como luchar-con<Sup><a name="p3" id="p3"></a><a href="#3">3</a> </Sup>). En fin, su cielo azul aparece como un manto protector que re&uacute;ne, consuela, acoge y cuida de todos. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P >Otras veces, el cielo azul de Ethel es s&oacute;lo un concepto, una palabra de cinco letras, y un lugar imaginado para la memoria. Siendo a&uacute;n muy joven, su sobrino David muri&oacute; mientras estudiaba los delfines en el Mar del Norte. Ethel le rindi&oacute; un homenaje: pint&oacute; su corta vida como una mariposa y su eternidad, como un lucero en una noche estrellada. Coloc&oacute; el cuadro dentro de una urna de madera y cristal y, en su interior, introdujo un desfile de peque&ntilde;os animales pl&aacute;sticos, como si fueran los guardianes de su memoria. </P >     <P >Mientras constru&iacute;a ese homenaje, se re&iacute;a diciendo que se tomar&iacute;a todo su tiempo para pintar las estrellas, siguiendo los pasos de una artista que vio por televisi&oacute;n, quien afirmaba haberse tardado veinte a&ntilde;os pintando un cosmos. Pero el tiempo de Ethel era corto, y ese proyecto qued&oacute; abierto. Al mismo tiempo que trabaja en la construcci&oacute;n de aquel lugar para la memoria de David, y elaboraba el camino que le mostraba su enfermedad, Ethel fue produciendo otras met&aacute;foras que le sirvieran de acompa&ntilde;amiento. Entre ellas, nos leg&oacute; la imagen del Guayac&aacute;n florecido en el cielo azul, el cual, una vez sus hojas caen y mueren, florece generosamente, y revela la majestuosidad de su belleza. </P >     <P >Medell&iacute;n, mayo de 2009 </P >     <P >&nbsp;</P >     <P ><font face="verdana" size="3"><b>Notas al pie</b></font> </P >     <P ><Sup><a name="1" id="1"></a><a href="#p1">1</a> </Sup>John Saldarriaga, "Ethel ya est&aacute; en su cielo azul", Medell&iacute;n, <I>El Colombiano</I>, 24 de septiembre de 2008, disponible en, <a href="http://www.elcolombiano.com/BancoConocimiento/E/ethel_ya_esta_en_su_cielo_azul/ethel_ya_esta_en_su_cielo_azul.asp" target="_blank">http://www.elcolombiano.com/BancoConocimiento/E/ethel_ya_esta_en_su_cielo_azul/ethel_ya_esta_en_su_cielo_azul.asp</a>, consultado en abril 2 de 2009. </P >     <P ><Sup><a name="2" id="2"></a><a href="#p2">2</a> </Sup>Martin Heidegger, "Construir, Habitar, Pensar", <I>La editorial virtual</I>, Buenos Aires, 2004, disponible en <a href="http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages/Heidegger/Heidegger_ConstruirHabitarPensar.htm" target="_blank">http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages/Heidegger/Heidegger_ConstruirHabitarPensar.htm</a>, consultado en abril 5 de 2009.</P >     <P ><Sup><a name="3" id="3"></a><a href="#p3">3</a> </Sup>Paul Ric&oelig;ur, <i>Vivo hasta la muerte</i>, Buenos Aires, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2008, p. 41. </P > </font>      ]]></body>
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