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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"> </font>    <p align="right"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><b>CONFERENCIA</b></font></p>     <p align="right">&nbsp;</p> <font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">    <p align="center"><font size="4"><b>La actualidad del   pensamiento pol&iacute;tico   de Maquiavelo</b></font><sup><a name="b0"></a><a href="#0">*</a></sup></b></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><b>Antonio Hermosa And&uacute;jar**</b></p>     <p>**Doctor en Filosof&iacute;a, UNED - Espa&ntilde;a. Profesor, Universidad de Sevilla-Espa&ntilde;a. Director de <i>Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosof&iacute;a, pol&iacute;tica y humanidades.</i><a href="mailto:hermosa@us.es"> hermosa@us.es</a></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>Recibido: mayo 10 de 2013. Aprobado: agosto 4 de 2013</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p> <hr size="1" />     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><b>Introducci&oacute;n</b></p>     <p>Vencer mediante la gloria o la fama el cerco que con nuestra vida el tiempo pone a nuestra memoria fue el ideal del h&eacute;roe antiguo; mantener en vida las gestas, y a sus autores, que merec&iacute;an sobrevivir a su tiempo fue el ideal que se marcaron, junto a ciertos poetas, los historiadores antiguos, y por eso escribieron historia: para ense&ntilde;ar a la pol&iacute;tica modelos a adoptar y al futuro verdades eternas que aprender en aras de instituir un mejor orden social.</p>     <p>Maquiavelo alcanz&oacute; el ideal del h&eacute;roe antiguo mediante su tarea de historiador y de polit&oacute;logo, y hoy forma parte de los dioses elegidos, de esa restringida constelaci&oacute;n de cl&aacute;sicos ol&iacute;mpicos cuya presencia se percibe constantemente entre nosotros. Aspiramos a justificar esa afirmaci&oacute;n atendiendo tanto al m&eacute;todo como al contenido de su doctrina, que iremos desgranando en sus elementos fundamentales de los que, uno por uno, intentaremos demostrar su actualidad o inactualidad.</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="3"><b>M&eacute;todo: historia y conocimiento. La naturaleza humana</b></font></p>     <p>La doctrina maquiaveliana re&uacute;ne antropolog&iacute;a y pol&iacute;tica convirtiendo a la primera en fundamento de la segunda. El procedimiento mediante el que se construye dicha unidad es el m&eacute;todo inductivo, que proclama sus verdades mediante inferencias emp&iacute;ricas. Dig&aacute;moslo ya: no es de recibo calificar de <i>absolutas</i> tales verdades, y por ello, en ese aspecto, Maquiavelo no es <i>actual</i>. Pero <i>mutatis mutandis</i> el resto de ideas comprendidas en dicha relaci&oacute;n entre antropolog&iacute;a y pol&iacute;tica hace del famoso secretario florentino un contempor&aacute;neo nuestro.</p>     <p>Para empezar: sin verificaci&oacute;n emp&iacute;rica de las hip&oacute;tesis con las que se inicia toda investigaci&oacute;n no hay ciencia, salvo en los casos de la matem&aacute;tica y la l&oacute;gica. Desde luego, no habr&iacute;a ciencias sociales, la pol&iacute;tica entre ellas. Es lo que hace Maquiavelo, bien que extremando la funci&oacute;n <i>oracular</i> -por valernos de la met&aacute;fora de Hamilton- de la experiencia. Su punto de partida es la manifiesta constancia de la bondad y maldad connaturales al hombre, as&iacute; como de su condici&oacute;n social. Y a trav&eacute;s de esa identidad de la naturaleza humana se accede con naturalidad a reivindicar el estudio de los hechos presentes y pasados, de los hechos pol&iacute;ticos actuales y de los hist&oacute;ricos, como una funci&oacute;n de la pol&iacute;tica; o, por decirlo con una palabra de claro regusto maquiaveliano, como una <i>necesidad</i>. El conocimiento de las eternas verdades presentes en la experiencia contempor&aacute;nea e hist&oacute;rica permite al gobernante moverse con gran soltura en el proceloso mar de la conservaci&oacute;n del Estado y su mantenimiento en el gobierno.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Notemos que el conocimiento pol&iacute;tico, al basarse en la identidad de la naturaleza humana, produce dos nuevas consecuencias, una metodol&oacute;gica y otra t&eacute;cnica. La primera consiste en el empleo de la analog&iacute;a como la operaci&oacute;n intelectual que el pr&iacute;ncipe acabar&aacute; transformando igualmente en fuente de su acci&oacute;n. Son hechos y situaciones como la suya ya vividas en el pasado o el presente las que &eacute;l tendr&aacute; en cuenta antes de optar en un sentido u otro al objeto de imitarlos. La mera conservaci&oacute;n del cargo se lo pide: debe imitar a los mejores, a los <i>inaccesibles</i>, para lograrlo, pero ello implica la operaci&oacute;n de comparar lo diverso para hallar lo com&uacute;n y obrar en consecuencia, o mejor, sabiendo de antemano las consecuencias.</p>     <p><i>Prudencia</i> es como se llama a ese tipo de acci&oacute;n en pol&iacute;tica. (Una continuaci&oacute;n de aquella primera y heroica manifestaci&oacute;n en la que el pr&iacute;ncipe pudo reconocer en un contexto desordenado el momento de la ocasi&oacute;n que le llevar&iacute;a al trono). El comparatismo del que hoy viven algunas ciencias sociales constituye el fiel legado metodol&oacute;gico de ese proceder, tanto en la teor&iacute;a como en la pr&aacute;ctica. Con todo, y en honor a la verdad, es menester retrotraer hasta el genio cient&iacute;fico de Arist&oacute;teles la fuente de dicho legado, pues al erradicar del conocimiento pol&iacute;tico la b&uacute;squeda del mejor r&eacute;gimen en absoluto para centrarla en la del mejor r&eacute;gimen posible, el conjunto de las experiencias pol&iacute;ticas deviene de manera autom&aacute;tica el gran bazar donde el conocimiento satisface ocasionalmente su necesidad.</p>     <p>La segunda consecuencia, la t&eacute;cnica, consiste en expulsar del para&iacute;so de la teor&iacute;a a la pretendida <i>ciencia</i> del deber-ser: a la utop&iacute;a. Ese espurio saber y esa truculenta acci&oacute;n que parte del lado bueno del hombre como &uacute;nico lado existente. Por ello se atreve, nada menos, que a empe&ntilde;arse en un mundo de reformas pol&iacute;ticas cuyo punto de partida es la extirpaci&oacute;n del mal del hombre, vale decir: la revoluci&oacute;n de la naturaleza humana, para desde ah&iacute; acceder a la transformaci&oacute;n de la sociedad. Hacer un hombre como no puede ser es la condici&oacute;n de hacer una sociedad ininteligible. El camino es un brutal reguero de violencias y muerte que no conduce sino a la propia. Plat&oacute;n fue el primero que nos lo quiso hacer recorrer, y desde entonces la credulidad, el fide&iacute;smo, elementos morales tan inhumanos como antipol&iacute;ticos, han ahogado la historia en un mar de sangre. As&iacute; pues, en todo esto la actualidad de Maquiavelo es archievidente. Su pol&iacute;tica supone la canonizaci&oacute;n del realismo pol&iacute;tico, la fijaci&oacute;n definitiva de una frontera entre lo posible y lo imposible en el &aacute;mbito de la acci&oacute;n, y la inserci&oacute;n de la pol&iacute;tica en el m&aacute;s ac&aacute; de lo humano, dejando el m&aacute;s all&aacute; para &aacute;mbitos normativos <i>presuntuosos</i> &#8211;la religi&oacute;n, la &eacute;tica o las costumbres y tradiciones- que fingen ignorar su debilidad frente al mal, y que por consiguiente saldan sus empresas con el m&aacute;s sonoro fracaso.</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="3"><b>Doctrina: el Arte de la Pol&iacute;tica (1). El artificio frente a la naturaleza y la muerte</b></font></p>     <p>Dejemos el territorio del m&eacute;todo y vayamos directamente al de la pol&iacute;tica, y m&aacute;s en concreto al del ejercicio del poder (incluimos aqu&iacute; en parte la actualidad de Maquiavelo en lo referente al acceso al mismo).</p>     <p>Por poco familiarizado que se est&eacute; con el pensamiento pol&iacute;tico maquiaveliano siempre se habr&aacute; o&iacute;do hablar del concepto de <i>virt&ugrave;</i>. Es la clave de b&oacute;veda para la conservaci&oacute;n del Estado; ning&uacute;n pr&iacute;ncipe, y menos a&uacute;n el pr&iacute;ncipe nuevo, y menos a&uacute;n el pr&iacute;ncipe nuevo que gobierna un principado tambi&eacute;n nuevo, llegar&iacute;a al final de la jornada estando en el poder si no la posee. Dicha <i>virt&ugrave;</i> es cualquier cosa menos una cualidad moral. En realidad, se trata de un conjunto de propiedades que operan tanto en el mundo del conocimiento como en el de la acci&oacute;n, reunidas en la pr&aacute;ctica pol&iacute;tica, y que se traducen en medidas tan dis&iacute;miles que la definici&oacute;n que se hace de ella acaba siendo casi siempre reductiva, por lo que quiz&aacute; el procedimiento metodol&oacute;gicamente m&aacute;s sabio al respecto resulte intentar <i>definirla</i> por los resultados que produce en vez de por su naturaleza. En aras de la brevedad, compendi&eacute;moslos todos en la conservaci&oacute;n del Estado (y del pr&iacute;ncipe virtuoso en el cargo).</p>     <p>La <i>virt&ugrave;</i> del pr&iacute;ncipe nuevo que accede a un Estado nuevo se manifest&oacute; antes de llegar a &eacute;l: primero, en la creaci&oacute;n de un ej&eacute;rcito propio (en la medida en que esto pueda decirse de un ej&eacute;rcito no conformado por conciudadanos); despu&eacute;s, reconociendo la <i>ocasi&oacute;n</i> de iniciar la batalla; y m&aacute;s tarde, pero todav&iacute;a, o casi, con los ecos de esa batalla resonando en la victoria, saludando a los que dentro de la nueva ciudad hab&iacute;a logrado captar para su partido, eliminando f&iacute;sicamente los restos de poder antiguo &#8211;es decir: a las personas afectas al r&eacute;gimen, sea por v&iacute;nculos personales, sea por intereses: a ''los hijos de Bruto''- e intentando congraciarse con los se&ntilde;ores de la ciudad y atraerse al pueblo a su causa. Etc. Lo vemos ahora ante el momento m&aacute;s dif&iacute;cil y tormentoso en la vida de un pueblo, el de la creaci&oacute;n de la nueva institucionalidad, un momento asimismo supremo para la virt&ugrave;. La principal manifestaci&oacute;n de su capacidad, la m&aacute;s esforzada demostraci&oacute;n de su poder, es, en este punto, convencer a los partidarios del antiguo r&eacute;gimen de la bondad del nuevo, de su propia persona, porque no s&oacute;lo implica forzarles a un cambio en sus intereses, sino algo infinitamente m&aacute;s dif&iacute;cil: forzar sus convicciones, la cadena de acciones y reacciones con las que los individuos se integran en el mundo y miden sus acciones en &eacute;l. Un ejemplo: nadie se convence de la bondad de lo nuevo antes de conocerlo, antes de que el tiempo se la haya expuesto ante sus ojos. Cuando la <i>virt&ugrave;</i> del pr&iacute;ncipe, en cambio, se granjea su adhesi&oacute;n &#8211;elemento capital para su conservaci&oacute;n en el trono-, reci&eacute;n obtenida la victoria, significa que ha sido capaz de imponer lo nuevo antes de haber sido experimentado, esto es, de haber pasado en ese punto por encima de la naturaleza de las cosas, de haber creado mediante su <i>virt&ugrave;</i> un sistema de persuasi&oacute;n <i>artificial</i> que se impone al natural: de haber sobrepasado la naturaleza con el arte.</p>     <p>Otro tanto ocurre con la <i>virt&ugrave;</i> de ese pr&iacute;ncipe afortunado, al que esa fugaz y aparente diosa, la fortuna, lleva directamente al poder. No sabr&aacute; conservarlo, no podr&aacute; hacerlo, porque se requieren conocimientos que no posee y fuerzas de las que no dispone. Y, tambi&eacute;n, porque va contra natura: el Estado, ordinariamente, es un cuerpo natural m&aacute;s, y para crecer necesita echar s&oacute;lidas ra&iacute;ces, es decir, tiempo: que, en pol&iacute;tica, significa ejercicio de la <i>virt&ugrave;</i> como <i>conditio sine qua non</i> de su mantenimiento. Pero el ejemplo de C&eacute;sar Borgia demuestra hasta qu&eacute; punto lo imposible se vuelve real, c&oacute;mo la l&oacute;gica ordinaria y consolidada de las cosas cede ante el fen&oacute;meno extraordinario y c&oacute;mo, gracias a eso, el mundo humano es un producto diferenciado en el reino de la naturaleza: un artificio con leyes propias. Omito aqu&iacute; explicitar los detalles del proceso.</p>     <p>&iquest;Hay algo actual en el c&iacute;rculo <i>virtuoso</i> perfilado? Desde luego, no en la dimensi&oacute;n casi heroica del gobernante &#8211;que puede darse o no, pero es innecesaria-, ni en el conjunto de las cualidades que integran la <i>virt&ugrave;</i>, ni, menos, en las acciones concretas en las que se da forma a s&iacute; misma. Pero s&iacute; en su significado y en algunas de esas manifestaciones que ejecutan su funci&oacute;n. &iquest;Cu&aacute;l ser&iacute;a su significado? Dejando de lado el valor ejemplarizante que hist&oacute;ricamente se ha atribuido al gobernante como algo inherente al cargo, la forma en que cabr&iacute;a traducir hoy ese complejo de cualidades permanentes, aunque perfeccionables, y acciones cambiantes es continuar reconociendo la pol&iacute;tica como arte: un legado de origen aristot&eacute;lico, nada menos, en el cual no s&oacute;lo era <i>techn&eacute;</i>, sino esa obra suprema del esp&iacute;ritu con la que una colectividad trascend&iacute;a el destino inscrito en su naturaleza y daba fin a la muerte. En Maquiavelo, esa convicci&oacute;n se hallaba igualmente presente, y parad&oacute;jicamente con mayor claridad en el principado que en la rep&uacute;blica; en efecto, Maquiavelo acepta la idea del cambio como fisiolog&iacute;a de la historia, pero s&oacute;lo en el principado la virtuosa prudencia del pr&iacute;ncipe adaptaba la forma de su gobierno al esp&iacute;ritu de los tiempos, en tanto conservar la rep&uacute;blica requerir&iacute;a remontarse con frecuencia a sus or&iacute;genes a fin de depurarla de las excrecencias brotadas en su cuerpo con el paso del tiempo. De hecho, de no ser &eacute;ste finalmente el sentido &uacute;ltimo de la conservaci&oacute;n de la rep&uacute;blica, nuestra tesis ser&iacute;a desmentida por otra afirmaci&oacute;n presente en los <i>Discursos</i>, a saber: que las rep&uacute;blicas est&aacute;n mejor preparadas para avenirse a los cambios de los tiempos a causa de la mayor variedad de hombres que producen en su seno, que les permitir&iacute;a en cada instante echar mano del hombre adecuado.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Decimos que lo actual de la concepci&oacute;n maquiaveliana consiste en la consideraci&oacute;n de la pol&iacute;tica como arte. La <i>virt&ugrave;</i> era capaz, no de neutralizar la fuerza de la fortuna en cuanto acontecimiento natural, bien que, en un ejercicio de previsi&oacute;n, s&iacute; mitigaba los da&ntilde;os producidos por los torrentes desbordados: una <i>virt&ugrave;</i> &eacute;sa a la que la tecnolog&iacute;a actual refuerza con su papel de dique contra los <i>tsunamis</i> lanzados por la naturaleza, neutralizando en todo o en parte sus devastadores efectos. Ahora bien, la <i>virt&ugrave;</i> s&iacute; era capaz de neutralizar la fuerza de la fortuna en cuanto acontecimiento humano, ya que un pr&iacute;ncipe virtuoso superaba los obst&aacute;culos que esa fortuna, constituida por otras virtudes ajenas (menos poderosas que la suya) y otros azares externos, interpon&iacute;a a su curso, logrando as&iacute; el objetivo m&aacute;ximo de preservar el <i>statu quo</i>. A la pol&iacute;tica, hoy, se le reconoce espont&aacute;neamente ese poder incluso cuando se la vilipendia: cuando se admite, por ejemplo, su probada capacidad de forjar <i>extra&ntilde;os compa&ntilde;eros de cama</i> &#8211;expresi&oacute;n &eacute;sa usada por lo general en el sentido peyorativo de quien la ve propensa al cambalache o, en t&eacute;rminos generales, a aceptar por parte de los actores cualquier componenda o cualquier forma de corrupci&oacute;n en aras de sacar sus intereses adelante.</p>     <p>Pero el arte de la pol&iacute;tica se manifiesta en todo su esplendor all&iacute; donde en el circo de los intereses <i>sagrados</i> y opuestos, pero no defendidos mediante el recurso de la violencia, media entre ellos hasta sacar el m&iacute;nimo com&uacute;n m&uacute;ltiplo de los mismos, avalando as&iacute; la <i>mortalidad</i> de los mismos, su humanizaci&oacute;n, es decir, creando lo &uacute;nico realmente sacro entre los hombres: el espacio de convivencia en el que las diferencias inmanentes a su especificidad fluyen libre y pac&iacute;ficamente. Una criatura &eacute;sa rara en la especie humana, se sabe, pero real en algunas regiones y, en todo caso, posible s&oacute;lo cuando la pol&iacute;tica es un arte que se prolonga en las instituciones, el material donde plasmarlo, y en los individuos que han de practicarlo en cuanto artistas, tanto en su dimensi&oacute;n p&uacute;blica como en la privada. Y esa mediaci&oacute;n demuestra sus virtualidades en escenarios tan dis&iacute;miles como el configurado por un mero acuerdo pol&iacute;tico entre partidos diversos en aras de una medida de gobierno; el del establecimiento de reglas comunes y respetadas en sociedades pluri&eacute;tnicas y multiculturales; el del terror, implanteable desde la moral, ya que ah&iacute; la pol&iacute;tica, para imponer la paz, debe sacrificar la justicia tal como de ordinario se la pr&aacute;ctica, o como el que ve a diversos Estados negociando modalidades de integraci&oacute;n en aras de la formaci&oacute;n de una futura sociedad interestatal. En resumen, las gestas de la <i>virt&ugrave;</i> se presentan hoy como el equivalente de hacer de la pol&iacute;tica un arte, y el arte de la pol&iacute;tica muestra su potencia al lograr esculpir imposibles en el m&aacute;rmol de la acci&oacute;n humana. El arte pol&iacute;tico no s&oacute;lo salva a la sociedad de los desgarros terribles a los que la someter&iacute;a el libre curso del <i>bien</i>, esto es, del proliferar de conductas consideradas buenas; o de los cr&iacute;menes cometidos siguiendo el ejemplo de la misericordia divina, sino de las propias e insalvables contradicciones que la pol&iacute;tica cultiva en su seno, como la de proteger bienes antit&eacute;ticos, santificar la tolerancia religiosa o pedirle a la injusticia que tambi&eacute;n ella vele por la conservaci&oacute;n de la sociedad, como ya observara Arist&oacute;teles, seg&uacute;n se ver&aacute; despu&eacute;s.</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="3"><b>El Arte de la Pol&iacute;tica (2): el artificio frente a la violencia. L&iacute;mites y eficacia del poder</b></font></p>     <p>Hemos hablado del significado; pasemos ahora a las manifestaciones de la <i>virt&ugrave;</i> maquiaveliana que s&iacute; hacen de su autor un contempor&aacute;neo nuestro. El funcionamiento correcto de la m&aacute;quina de la <i>virt&ugrave;</i>, recu&eacute;rdese, ten&iacute;a un premio seguro: manten&iacute;a el orden social. Garantizaba la paz y la prosperidad, asociadas al buen uso de la autoridad. &iquest;Cu&aacute;ndo la autoridad se usa bien? Cuando el sujeto plenipotenciario, el pr&iacute;ncipe, asume que el suyo es un poder limitado. Dicho de otra manera: el pr&iacute;ncipe virtuoso, que es un pr&iacute;ncipe absoluto &#8211;no comparte su poder ni hay obst&aacute;culos jur&iacute;dicos que lo frenen-, sabe que no es un d&eacute;spota, que su poder no es arbitrario, sino limitado. <i>Un pr&iacute;ncipe absoluto pero no absolutista</i>: he ah&iacute; una cabal f&oacute;rmula que resume el ejercicio del poder por parte de un pr&iacute;ncipe dotado de <i>virt&ugrave;</i>.</p>     <p>Ese pr&iacute;ncipe, aparte de la libertad y la naci&oacute;n, un territorio acotado en el mundo humano incapaz de mancillar mediante su <i>virt&ugrave;</i>, tiene l&iacute;mites en el propio &aacute;mbito pol&iacute;tico en el que ejerce su poder, y los reconoce en sus efectos. Debe actuar velando por no producir ni odio ni desprecio entre sus s&uacute;bditos, vale decir, respetando sus bienes &#8211;propiedades y mujeres- y manteniendo firmeza en sus decisiones y coherencia entre &eacute;stas y sus acciones. No hay freno jur&iacute;dico, cierto, pero ese freno pol&iacute;tico es de la m&aacute;xima garant&iacute;a, puesto que la violaci&oacute;n de ambos cotos vedados a su acci&oacute;n producir&iacute;a irremisiblemente el levantamiento de sus s&uacute;bditos contra &eacute;l, esto es, su expulsi&oacute;n del trono, sentencia sin dudar Maquiavelo (sin <i>dudar</i> pero sin explicar c&oacute;mo, y sin calibrar tampoco el caudal de da&ntilde;o arbitrario que podr&iacute;a producir antes de la cacareada rebeli&oacute;n popular).</p>     <p>Tampoco aqu&iacute; podemos considerar aceptable la casu&iacute;stica de los concretos l&iacute;mites trazados por Maquiavelo, pero la idea de que s&oacute;lo el poder limitado es un poder eficaz, una versi&oacute;n m&aacute;s abstracta de la que &eacute;l concretiza en sus ejemplos pero totalmente suya en cuanto tal, s&iacute; es algo no s&oacute;lo nuestro, sino <i>democr&aacute;ticamente</i> nuestro. La democracia es el &uacute;nico r&eacute;gimen pol&iacute;tico que rinde culto al l&iacute;mite para rendir culto a la libertad, pero tambi&eacute;n para rend&iacute;rselo a la eficacia, como quer&iacute;a Maquiavelo &#8211;que, dig&aacute;moslo todo, la incluye tanto en la necesidad de garantizar los intereses materiales cuanto en la gesti&oacute;n que de los mismos hacen privadamente los individuos en la vida social, un &aacute;mbito donde el pr&iacute;ncipe no lo es y que debe estimular para que sus conciudadanos desarrollen su creatividad y hagan m&aacute;s grande, influyente y poderosa su ciudad al darle forma: una luz que da igualmente brillo a su gobierno. Se&ntilde;alemos de paso que siguiendo esa misma senda no nos extra&ntilde;ar&aacute; hallar en el siglo XVIII una idea que afirme la necesidad de poner l&iacute;mites incluso a la propia <i>vertu</i>, y a Montesquieu sorprendi&eacute;ndose fingidamente de escribir tales palabras.</p>     <p>En Maquiavelo, la idea de un castigo que se dispara autom&aacute;ticamente contra el infractor de esa regla social de oro que declara bienes indisponibles al titular del poder p&uacute;blico las propiedades de los individuos, o de esa otra regla de oro, pero ya pol&iacute;tica esta vez, que exige al pr&iacute;ncipe firmeza y coherencia en su decidir y su obrar; es decir, la idea de que a la infracci&oacute;n del l&iacute;mite sigue el efecto mec&aacute;nico del levantamiento popular que lo derrocar&aacute; del trono, le sirve para impedir que el poder absoluto sobre el que se sostiene el nuevo principado degenere en dictadura o en despotismo, una perversi&oacute;n del poder personal que ya no reconoce la existencia de la pol&iacute;tica al fiar sus leyes a la sinraz&oacute;n de un arbitrio individual descontrolado. Las democracias, insistamos, no se contentan con ese l&iacute;mite, porque la historia, tan cara a Maquiavelo, ya ha mostrado las innumerables veces en que se produce la transici&oacute;n de la forma considerada leg&iacute;tima por Maquiavelo a la perversa, por lo cual han calificado a todo sujeto con derechos y repartido el poder entre &oacute;rganos y funciones, que lo deber&iacute;an encauzar por los l&iacute;mites prescritos. Pero al menos lo retiene entre sus iconos, es decir, entre quienes han comprendido que dotar a la voluntad de un poder omn&iacute;modo significa incapacitarla para entender lo que la raz&oacute;n le exige &#8211;v&eacute;ase al Cal&iacute;gula de Camus pidiendo la luna- y para querer bien. Por lo dem&aacute;s, aqu&iacute; cuando hablamos de democracia lo hacemos &uacute;nicamente desde el terreno de las ideas, porque si tomamos en consideraci&oacute;n su pr&aacute;ctica all&iacute; donde existe no tardaremos en ver c&oacute;mo ella misma se disuelve en la arbitrariedad de un tirano vocacional o se desfigura bajo los efectos de la corrupci&oacute;n. As&iacute; pues, con todas las salvedades mencionadas, no puede dejar de reconocerse en Maquiavelo, en este punto tambi&eacute;n, a un contempor&aacute;neo nuestro en grado de separar con su aceptaci&oacute;n del l&iacute;mite la idea de fuerza de la de violencia y trazar una barrera entre voluntad y arbitrio. En su mundo eso lleva el nombre de virt&ugrave;; en el nuestro, el de libertad.</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="3"><b>La inmanencia de la pol&iacute;tica. Fuerza y pol&iacute;tica (entre la &eacute;tica y la violencia)</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Uno de los grandes torneos de la vida p&uacute;blica en los que la virt&ugrave; ha de demostrar su cualidad de combatiente excepcional es el que en ese escenario enfrenta a la &eacute;tica con la pol&iacute;tica, escenario donde a su socaire contienden asimismo la fuerza y la violencia, cada una reivindicando su espacio propio y, por ende, su ontol&oacute;gica igualdad, pero que al final se salda con un neto vencedor: la primera sobre esa degenerada imagen de s&iacute; misma que es la segunda.</p>     <p>&iquest;Cu&aacute;l es el poder de la &eacute;tica en la pol&iacute;tica? Demos una primera respuesta antes de pasar a la explicaci&oacute;n: no es poco pero no es todo: no es el soberano del Estado (ni ella ni sus allegadas normativas, como la religi&oacute;n, las tradiciones o las costumbres).</p>     <p>Inici&eacute;mosla afirmando que Maquiavelo cree en la existencia de valores absolutos de matriz judeo-cristiana: la bondad, la fidelidad, la honradez, la devoci&oacute;n, etc. Y tambi&eacute;n en la de otros de ra&iacute;z m&aacute;s cl&aacute;sica: la patria, la comunidad, la liberalidad, la lealtad, la clemencia, el bienestar. Y si no lo cree, lo parece, pues aunque no creyera que tales valores son absolutos s&iacute; cree en el valor absoluto que tienen para quienes los profesan; y que es absolutamente &uacute;til que eso sea as&iacute;, pues, como remedar&aacute; m&aacute;s tarde Spinoza, la principal labor social de tales valores &#8211;de los religiosos <i>in primis</i>-, es justificar la obediencia del s&uacute;bdito al se&ntilde;or. Hecha la primera afirmaci&oacute;n es preciso continuarla de esta manera: Maquiavelo demuestra saber que no todos ellos son siempre conciliables entre s&iacute;, ni siquiera los de una misma tradici&oacute;n &eacute;tica, por lo dem&aacute;s nunca puras, y menos a&uacute;n con el valor pol&iacute;tico por antonomasia de la seguridad del Estado: el m&aacute;s importante para toda comunidad al ser el que garantiza su existencia, base de lo dem&aacute;s.</p>     <p>&iquest;C&oacute;mo operan semejantes creencia y conocimiento en la arena pol&iacute;tica? &iquest;C&oacute;mo opera, la liberalidad, el primero de los ejemplos con los que <i>predica</i> Maquiavelo? Su esquema de razonamiento es siempre el mismo: sabemos que la liberalidad &#8211;o la clemencia o la lealtad- es buena y nos gustar&iacute;a que el pr&iacute;ncipe poseyera una y otra cualidades; empero, lo que vemos es que cuando un pr&iacute;ncipe la practica, cae; y cuando no, se mantiene. Hay una raz&oacute;n antropol&oacute;gica para eso: como los hombres son peores que mejores, el pr&iacute;ncipe que act&uacute;e al rev&eacute;s se hundir&aacute;, y el que no se mantendr&aacute;. Es decir, que entre malos, entre sujetos que son peores que mejores, el pr&iacute;ncipe, imperativamente, deber&aacute; ''aprender a ser no bueno'', dice literalmente Maquiavelo, deduciendo una regla pol&iacute;tica b&aacute;sica desde la antropolog&iacute;a. Y nos da asimismo una raz&oacute;n toda pol&iacute;tica para tan parad&oacute;jico precepto: el pr&iacute;ncipe liberal esquilma con impuestos a la poblaci&oacute;n, la empobrece y violenta, apoder&aacute;ndose de lo que no es suyo, lo que le vuelve odioso... y sabemos qu&eacute; ocurre despu&eacute;s. En cambio, el pr&iacute;ncipe avaro se prodiga poco, pero quita menos, por lo cual la gente, ego&iacute;sta y tambi&eacute;n necia como es, lo que la lleva a juzgar las cosas por sus efectos, se alegra por que no le quiten, lo que ante sus ojos transforma la avaricia del pr&iacute;ncipe en liberalidad.</p>     <p>&iquest;Qu&eacute; hacer entonces, cuando la virtud de la liberalidad produce el derrocamiento del pr&iacute;ncipe que la ejerce? La pregunta se responde sola, m&aacute;xime cuando la soluci&oacute;n se mide por el criterio decisivo de la seguridad del <i>statu quo</i> &#8211;pr&iacute;ncipe y ciudad-: el pr&iacute;ncipe debe no ser liberal. &iquest;Hay excepciones a la regla de oro? Las hay: cuando el pr&iacute;ncipe da de su propio peculio o cuando todav&iacute;a no ha accedido al trono, sino que aspira &#8211;en el campo de batalla, generalmente- a &eacute;l, entonces le es mejor ser liberal que parsimonioso. Pero si ya lo ha hecho y no dispone de un patrimonio capaz de renovarse al ritmo que le marca la liberalidad &#8211;una virtud que se agota con el uso y deviene vicio si no se renueva de continuo-, entonces la regla de oro es genuinamente &aacute;urea y no admite excepci&oacute;n. Y otro tanto, a&ntilde;adir&aacute; Maquiavelo, ocurre con las dem&aacute;s virtudes morales.</p>     <p>Resumiendo el discurso de las relaciones entre &eacute;tica y pol&iacute;tica en la teor&iacute;a expuesta por Maquiavelo en <i>El Pr&iacute;ncipe</i>, diremos lo siguiente: hay valores pol&iacute;ticos diferenciados de los valores &eacute;ticos, m&aacute;s o menos considerados absolutos; la maldad humana y la gesti&oacute;n p&uacute;blica no permiten que el valor &eacute;tico se imponga como norma de conducta social, pues destruir&iacute;a el orden pol&iacute;tico y aun la sociedad misma; su consideraci&oacute;n como valor &eacute;tico permanece siempre y su prescripci&oacute;n es siempre acatada, pero en su uso pol&iacute;tico su significado cambia con el contexto: puede permanecer tal cual en la fase de acceso al poder, pero no cuando el problema es conservarlo; en este caso queda desvirtuado como valor &eacute;tico, invertido, neutralizado incluso por la acci&oacute;n pol&iacute;tica. Es un fantasma irreconocible que da&ntilde;ar&iacute;a la seguridad de la ciudad de ser admitido para el gobierno de la misma.</p>     <p>A&ntilde;adamos dos cosas m&aacute;s: Maquiavelo s&oacute;lo autoriza al pr&iacute;ncipe a desnaturalizar el valor &eacute;tico al gobernar, pero no a los s&uacute;bditos, que deber&aacute;n respetarlo como tal, puesto que ellos se mueven &uacute;nicamente en un &aacute;mbito no pol&iacute;tico: social o privado. Y en &eacute;l no hay motivo para que la &eacute;tica deje de operar como &eacute;tica. Adem&aacute;s, el vigor de dichos valores es tal que el pr&iacute;ncipe, al politizarlos, vale decir, al desnaturalizarlos, debe fingir que los respeta, debe simular que los obedece y disimular su violaci&oacute;n: salvo, naturalmente, en caso de necesidad, que autoriza al guerrero a pisotear el campo de la entera moralidad con la cabeza descubierta.</p>     <p>Con todo, a pesar de los diversos matices y gradaciones, que hablan de la potencia de la &eacute;tica en la doctrina maquiaveliana, lo que aqu&iacute; brota con total claridad es la inmanencia de la pol&iacute;tica respecto de la moral, su afirmaci&oacute;n de un dominio propio en la conducta humana que s&oacute;lo a ella, so pena de destrucci&oacute;n de la comunidad, le cabe regentar: una idea para cuya primera formulaci&oacute;n es menester remontarse al genio aristot&eacute;lico, cuando en aras de la estabilidad de la polis defiende la permanencia de unas malas leyes frente a otras mejores a fin de evitar, dado que en la historia se cambia y cosas mejores suceden o pueden suceder a otras peores, la idea de que las leyes son in&uacute;tiles y el sentimiento anexo de su desprecio; o si se prefiere, que en determinadas fases de la historia de una comunidad se requiere yuxtaponer una cuota de injusticia al lado de la justicia para mantener &eacute;sta. Y, prosigue Maquiavelo, aunque en el curso ordinario de las cosas la pol&iacute;tica conviva pac&iacute;ficamente con la &eacute;tica y la religi&oacute;n; y aunque en esos momentos, que incluso pueden y deben ser mayoritarios en la vida de un pueblo, invoque su auxilio para gobernar, cuando llega el momento de la necesidad llega tambi&eacute;n el de la excepci&oacute;n: y, entonces, s&oacute;lo cuenta ella, la pol&iacute;tica, que acapara sin m&aacute;s el conjunto de medios -buenos o malos, p&iacute;os o imp&iacute;os, justos o injustos, pero siempre l&iacute;citos- al alcance de su finalidad suprema: la <i>salus populi</i>, la seguridad de la sociedad.</p>     <p>La idea de una pol&iacute;tica inmanente, &iquest;es o no actual? La cuesti&oacute;n ni se plantea, porque se trata de una respuesta ya satisfactoriamente contestada (y no raramente desmentida en la pr&aacute;ctica, cuando se observa por ejemplo el trato ignominioso recibido por el laicismo en sociedades autoproclamas aconfesionales en su Constituci&oacute;n).</p>     <p>No habr&iacute;a vida social sin pol&iacute;tica, y s&oacute;lo ella es un arte en relaci&oacute;n con las restantes dimensiones axiol&oacute;gicas de la actividad humana. Cuando la democracia sanciona en sus ordenamientos una multiplicidad de valores que, contrariamente a lo establecido en las doctrinas religiosas o la plat&oacute;nica, no conforman un conjunto sistem&aacute;tico, si la ley a nivel p&uacute;blico, completada a nivel personal por eso que los griegos llamaban <i>aid&oacute;s</i> y <i>aret&eacute;</i>, no mediara en los conflictos poco durar&iacute;a la libertad en la sociedad y poco m&aacute;s la propia sociedad. Se podr&aacute; discutir la racionalidad interna de la concepci&oacute;n &eacute;tica maquiaveliana, se le podr&aacute; reprochar su insuficiencia, etc., pero la consecuencia de una pol&iacute;tica inmanente no admite discusi&oacute;n, salvo si es un manicomio el &aacute;mbito de la discusi&oacute;n, o bien es alg&uacute;n fundamentalista religioso ba&ntilde;ado en dogmas o alg&uacute;n purista de cualquier ortodoxia quien discute. Otra cosa, naturalmente, es afirmar dicha idea para deducir de ah&iacute; la plena autonom&iacute;a de la pol&iacute;tica respecto de la &eacute;tica, dando p&aacute;bulo as&iacute; a que el arbitrio o la corrupci&oacute;n se apoderen del gobierno. El centro de ambos extremos, para el pr&iacute;ncipe maquiaveliano tanto como para nosotros, es precisamente el territorio de la <i>virt&ugrave;</i>, o, por decirlo en t&eacute;rminos m&aacute;s consonantes con nuestra cosmovisi&oacute;n democr&aacute;tica: el territorio donde el laicismo, el pluralismo y la honestidad personal de gobernantes y gobernados, combinando sus fuerzas, regulan la armon&iacute;a y los conflictos, algunos por completo desgarrados, a que dan lugar las relaciones entre &eacute;tica y pol&iacute;tica.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En Maquiavelo, dichas relaciones constituyen el n&uacute;cleo que enmarca la distinci&oacute;n entre fuerza y violencia. Inmanencia de la pol&iacute;tica significa de hecho uso leg&iacute;timo de la fuerza para crear o conservar el orden pol&iacute;tico, pero en determinados momentos de ambos procesos la fuerza deviene esa antagonista suya nacida de su propio seno... si es que no ha sido ella la que merced al progreso civilizatorio ha emergido como uso restrictivo de la violencia. Emplear la fuerza constituye el resultado de una doble exigencia, la maldad de la naturaleza humana y la necessit&agrave;, cuando peligros presentes o futuros deben ser conjurados, en unos casos previniendo su nacimiento y en otros, imposibles de prever, durante su aparici&oacute;n. Por eso la <i>virt&ugrave;</i> aparece en innumerables ocasiones en la doctrina maquiaveliana bajo el nombre hist&oacute;rica y pol&iacute;ticamente m&aacute;s familiar de prudencia.</p>     <p>La fuerza como instrumento pol&iacute;tico delata a la vez la impotencia y la potencia de la &eacute;tica en la doctrina de Maquiavelo: la impotencia, porque de haber sido suficiente para reglar el orden pol&iacute;tico y procurar seguridad a la sociedad la pol&iacute;tica no existir&iacute;a; la potencia, porque es la raz&oacute;n de que la fuerza exista como tal en lugar de como violencia, lo que en este caso significar&iacute;a la inexistencia de la sociedad. La fuerza produce y conserva el orden de manera ordinaria, y s&oacute;lo se vale de la violencia en circunstancias extraordinarias, como cuando se acaba de ascender al trono y hay que eliminar a todos los futuros candidatos al mismo vinculados al r&eacute;gimen anterior, o cuando una conjura o una rebeli&oacute;n llevan el <i>statu quo</i> al borde del abismo; Agatocles ser&iacute;a el ejemplo apenas en apariencia denostado, pues su uso de la violencia demostr&oacute; una <i>virt&ugrave;</i> superior al de C&eacute;sar Borgia, lo que le procur&oacute; la ''gloria'' que da conservar pac&iacute;ficamente el poder una vez obtenido mediante los procedimientos adecuados, la violencia entre ellos.</p>     <p>La violencia, en cambio, convertir&iacute;a la norma en excepci&oacute;n, la &eacute;tica en psicolog&iacute;a, la legitimidad en arbitrio y las leyes en ideolog&iacute;a. Es el s&iacute;mbolo supremo de la tiran&iacute;a y con ello la corrupci&oacute;n de la pol&iacute;tica, que s&oacute;lo le reconoce un poder ocasional y s&oacute;lo la integra en el ordenamiento como instrumento extraordinario, apto para pacificar un terrible conflicto actual reconduci&eacute;ndolo a una situaci&oacute;n ordinaria. La violencia es as&iacute;, tambi&eacute;n, el ocaso de la <i>virt&ugrave;</i>, no s&oacute;lo porque se sustrae a las prescripciones que delimitan su poder y confinan su uso a circunstancias de necesidad, sino porque ella misma, fuera de esos cauces, deviene una suerte de <i>r&eacute;gimen</i>, una voluntad aut&oacute;noma e impersonal limitada &uacute;nicamente por su capacidad de actuar. Ese conjunto de reglas que hacen de la pol&iacute;tica un arte se ha ido, pues, diluyendo por el camino.</p>     <p>Que la fuerza, en cuanto miembro de la <i>virt&ugrave;</i>, crea y preserva el orden social, en tanto la violencia lo destruye, se demuestra en otro contexto diferenciado del que acabamos de analizar pero estrechamente conectado a &eacute;l: el de la obediencia pol&iacute;tica. El resultado al que debe tender toda pol&iacute;tica so pena de desaparecer y la coronaci&oacute;n definitiva de la virt&ugrave;: la demostraci&oacute;n heroica de su &eacute;xito.</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="3"><b>La obediencia, arte y parte del poder</b></font></p>     <p>Maquiavelo conoce al menos tres tipos de obediencia pol&iacute;tica: la pasiva de la dinast&iacute;a hereditaria, la <i>mec&aacute;nica</i> del sultanato turco y la activa del principado nuevo (una cuarta, la <i>ideol&oacute;gica</i> del principado eclesi&aacute;stico o del principado <i>nacional</i>, basada en creencias comunes entre gobernantes y gobernados, es de naturaleza fide&iacute;sta, y no requiere del uso de la fuerza: no es pol&iacute;tica, pues). En el primer caso, el tiempo ha cancelado los recuerdos de la innovaci&oacute;n que un d&iacute;a llev&oacute; a la dinast&iacute;a actual al trono; el olvido, por ende, ha devenido fundamento de la legitimidad, y la obediencia, seducida por el tiempo, surge por s&iacute; sola transformada en costumbre. En el segundo tampoco hay esp&iacute;ritu en la obediencia, pues los <i>sujetos</i> est&aacute;n sujetos a su amo; su poder, del m&aacute;s alto al m&aacute;s bajo de la escala social, es por s&iacute; mismo impotencia, es decir, su ser es un conjunto de nada disuelta en polvo bajo su forma humana. Obedecen como respiran y porque dejar&iacute;an de respirar por orden de su amo si no obedecieran, aunque en realidad, careciendo <i>materialmente</i> de conciencia, ni se plantean no hacerlo.</p>     <p>S&oacute;lo en la obediencia activa hay vida. Aunque s&uacute;bditos en la pol&iacute;tica, los individuos son tambi&eacute;n ciudadanos; incluso en la propia arena p&uacute;blica son asimismo <i>alguien</i>, por cuanto ellos nutren las milicias populares o ej&eacute;rcito propio del pr&iacute;ncipe, esto es, nada m&aacute;s y nada menos que lo que Maquiavelo llama literalmente ''fundamento del Estado''. M&aacute;s a&uacute;n, incluso donde son s&uacute;bditos adquieren una fisonom&iacute;a desconocida por los anteriores: el pr&iacute;ncipe, lo sabemos, debe procurar gobernar de modo que no se granjee ni el odio ni el desprecio de sus s&uacute;bditos, y sabemos asimismo qu&eacute; debe hacer para lograrlo, esto es: para ganarse su adhesi&oacute;n (una forma suave de consentimiento, cabr&iacute;a decir). Ya antes de eso, en el momento de acceso al poder, hubo de gan&aacute;rselos, de obtener su aprobaci&oacute;n, porque su fuerza es superior a la de que cualquier otro sujeto social, pr&iacute;ncipe o grandes, y tambi&eacute;n porque, frente a &eacute;stos, sus ideales son m&aacute;s nobles, dado que se contenta con no ser oprimido y jam&aacute;s, al contrario de ellos, desea oprimir. Esa raz&oacute;n f&iacute;sico-pol&iacute;tica y esa raz&oacute;n axiol&oacute;gica se han completado ahora, cuando ya gobierna, con el respeto a sus propiedades y la defensa de sus intereses, presente como se&ntilde;alamos en el <i>deber</i> de impartir justicia distributiva. Reconocer y tutelar propiedades e intereses ajenos es un modo de control pol&iacute;tico, insistamos, pero es antes de eso el hecho &eacute;tico, jur&iacute;dico y pol&iacute;tico de reconocer y tutelar a otros sujetos como capaces de actuar aut&oacute;nomamente a la hora de conducir sus vidas, y de reconocer y sancionar un espacio p&uacute;blico que no debe transgreder con su conducta ni con sus normas. Al pr&iacute;ncipe se le obedece si el pr&iacute;ncipe respeta bienes e intereses, es decir, a los sujetos titulares de ambos.</p>     <p>En ambos aspectos de la reflexi&oacute;n maquiaveliana, reconducibles en varios puntos a las relaciones entre &eacute;tica y pol&iacute;tica, atisbamos la actualidad de la misma. Diferenciar entre fuerza y violencia es dar sentido tanto a la pol&iacute;tica en el interior del conjunto normativo propio de los seres humanos, como a la libertad en el interior de la pol&iacute;tica; limitar el poder porque se reconoce al sujeto de derechos como su superior jer&aacute;rquico y al que tiene que servir forma parte del constitucionalismo democr&aacute;tico. En el primer caso, Maquiavelo es plenamente un contempor&aacute;neo nuestro, aunque su teor&iacute;a nos quede algo desfasada, entre otras razones porque el orden democr&aacute;tico ha abolido por completo el uso de la violencia; en el segundo, es un contempor&aacute;neo m&aacute;s limitado, porque hoy se exige una forma m&aacute;s plena de consentimiento al ejercicio del poder, en connivencia con la m&aacute;s fuerte consideraci&oacute;n del individuo como sujeto de derechos; y la protecci&oacute;n de sus intereses y propiedades no son, dig&aacute;moslo as&iacute;, objeto de ning&uacute;n <i>pacto</i> ideal entre pr&iacute;ncipe y s&uacute;bditos, sino un contenido m&aacute;s de sus derechos, o lo que es igual, un l&iacute;mite m&aacute;s al poder de los gobernantes (todo ello, insistimos, en el terreno de la teor&iacute;a). En este segundo caso las ideas maquiavelianas dise&ntilde;an un individuo que es parte nuestra porque de &eacute;l provenimos, pero a&uacute;n mantiene una fisonom&iacute;a antigua al hacer su entrada en la escena p&uacute;blica bajo la apariencia de s&uacute;bdito. La desobediencia civil, por citar un ejemplo, esa forma de <i>estar sin ser</i> en alguna dimensi&oacute;n de la vida p&uacute;blica, constituye una manifestaci&oacute;n de obediencia, vinculada a la libertad y sus derechos, inimaginable en la doctrina del genial secretario florentino.</p>     <p>&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>El monismo del poder</b></font></p>     <p>En Maquiavelo, los diversos componentes de su doctrina seg&uacute;n han ido apareciendo hasta aqu&iacute; se organizan en una teor&iacute;a del poder unitaria, una de las primeras y m&aacute;s significativas de la historia, que tambi&eacute;n a&ntilde;ade elementos particulares en consonancia con las circunstancias. Centrada en la <i>virt&ugrave;</i> como eje te&oacute;rico, que incluso regula el uso de la fuerza, tan capital para la supervivencia de cualquier comunidad, como ya nos hiciera ver Esquilo aline&aacute;ndola junto a la justicia; y con la <i>salus populi</i> como telos de la misma, dicha teor&iacute;a desgrana la serie de reglas que hacen posible la consecuci&oacute;n del objetivo prefijado, y que son las mismas con independencia de c&oacute;mo se acceda al poder, si mediante la <i>virt&ugrave;</i> o la fortuna; de qui&eacute;n sea el pr&iacute;ncipe, si un particular o un jefe militar; de cu&aacute;ndo accedi&oacute; al trono, si siendo ya titular de otro o era nuevo; del r&eacute;gimen de la ciudad anexada a la suya, es decir, de la historia que la hizo ser como aparece; e incluso del r&eacute;gimen pol&iacute;tico en el que se organicen las instituciones, porque es mucha la coincidencia, en aras de la conservaci&oacute;n del Estado, entre una rep&uacute;blica y un principado, y m&aacute;s a&uacute;n si se trata de su expansi&oacute;n exterior. De ah&iacute; que entre los abundantes <i>exempla</i>, que dir&iacute;a Salustio, a imitar por un pr&iacute;ncipe actual, los de la rep&uacute;blica romana sean los descollantes. Dicha teor&iacute;a constituye el fruto de un poderoso esfuerzo por extraer el significado oculto en determinados hechos concretos, y supone por tanto el triunfo de la abstracci&oacute;n en el magma de hechos particulares que han urdido la historia.</p>     <p>El titular del poder, tal y como dicha teor&iacute;a lo sanciona, es un pr&iacute;ncipe que ha dejado, en palabras de Maquiavelo, de ser ''civil'' para volverse ''absoluto'', es decir, de apoyarse en una de las clases sociales que lo <i>eligi&oacute;</i> para llegar al trono, y en la que se bas&oacute; su gobierno hasta entonces, para devenir due&ntilde;o &uacute;nico del espacio p&uacute;blico; un pr&iacute;ncipe <i>super partes</i> que, aun en el caso de haber accedido al trono por voluntad de los <i>grandes</i>, trasciende lealtades de clase al verse constre&ntilde;ido a cimentar su poder en el pueblo, y que no conoce mejores medios para lograr su adhesi&oacute;n que hacer de &eacute;l la base de su ej&eacute;rcito, satisfacer sus intereses y detenerse ante ciertos bienes que considera sagrados: l&iacute;mites, pues, cuya transgresi&oacute;n caracteriza al tirano y que suscitando el odio del pueblo le har&iacute;a apuntar tales armas contra &eacute;l. Se trata, por tanto, de un pr&iacute;ncipe absoluto limitado.</p>     <p>Para nosotros, cierto, el resultado que la compendia no produce un entusiasmo total, pues ese pr&iacute;ncipe se ha hecho grande imitando a pie juntillas lo mejor de la historia, y nosotros sabemos que cuando se imita se crea y cuando se crea se imita -y que &eacute;sa es la necessit&agrave; de la circunstancia particular-, pese a la identidad de la naturaleza humana que impulsa a dicha operaci&oacute;n, y que por lo tanto lo nuevo impide reproducir lo antiguo y la historia futura o presente no est&aacute; ni estar&aacute; escrita en esos supuestos genes determinantes de la pasada. Y sabemos, adem&aacute;s, que los cambios producidos en el curso del tiempo llegan a alcanzar tal envergadura que, a pesar de la b&aacute;sica identidad humana, los principios del orden pol&iacute;tico carecen de espejos en los que mirarse y su tecnolog&iacute;a organizativa de respuestas a las que recurrir. Y, sobre todo, sabemos que la grandeza debe estar mejor repartida entre gobernantes y gobernados, y en especial que los beneficios del poder son m&aacute;s fuertes y seguros cuando acata su sujeci&oacute;n al derecho &#8211;lo sabe bien el Maquiavelo de los Discursos, seg&uacute;n se ver&aacute;.</p>     <p>Aun as&iacute;, tampoco aqu&iacute; Maquiavelo deja de ser un contempor&aacute;neo nuestro. Nos revel&oacute; secretos del poder que a&uacute;n hoy nos resultan reveladores; nos instruy&oacute; como pocos acerca del papel determinante que juega en nuestras vidas; nos aleccion&oacute; a no dejar decaer un instrumento tan precioso para mejorarlas y a vigilarlo para impedir aflorar su potencial demon&iacute;aco. Y desde luego, como otros antes de &eacute;l, nos provey&oacute; con la idea de que ninguna sociedad subsiste sin poder organizado y que para organizarlo hay que procurarle esos recursos de los que hablar&aacute;n m&aacute;s tarde los federalistas estadounidenses con independencia del r&eacute;gimen en que se organice; y sin los cuales &eacute;l se desnaturaliza volvi&eacute;ndose impotente y -a&ntilde;adir&aacute;n los mismos federalistas- la libertad se transformar&aacute; en el cad&aacute;ver de s&iacute; misma.</p>     <p>Y no se crea que el pensamiento de Maquiavelo se muestre reticente a dispensar a una <i>dama</i> de tan alta alcurnia pol&iacute;tica, sin la cual se subentiende nuestra dignidad de seres humanos, los honores que merece. Si bien la gran mayor&iacute;a de los elementos reunidos para configurar la herencia maquiaveliana a nuestro mundo hayan sido extra&iacute;dos de la cantera de <i>El Pr&iacute;ncipe</i>, en los <i>Discursos </i>Maquiavelo demuestra cu&aacute;nto sabe de la libertad, siendo el primer te&oacute;rico &#8211;antecedente del gran Tocqueville y de sus precursores americanos reci&eacute;n citados- en pensar el orden pol&iacute;tico no mediante la armon&iacute;a sino mediante el conflicto. &Eacute;l fue, as&iacute;, el primero en revelar el secreto del pluralismo, sin el cual la democracia no sabr&iacute;a ser ni nosotros pensarla, y el primero &#8211;aunque en un modo hoy tambi&eacute;n insuficiente&#8211; en celebrar el conflicto como algo positivamente inmanente a la condici&oacute;n humana y en aspirar la flor de libertad que aqu&eacute;l destilaba. Para dejarnos esa herencia suya tuvo antes que renunciar a la entera herencia universal que buscaba m&aacute;s la uniformidad que la igualdad, y la homogeneidad que la pluralidad, para de tal modo dar con la armon&iacute;a que habr&iacute;a de presidir el orden social; &eacute;l, en cambio, rindi&oacute; homenaje a la diferencia y descubri&oacute; el enorme yacimiento de riquezas sociales sepultado bajo la armon&iacute;a, aunque sin llegar al extremo de declarar la diferencia, o de considerar la serie de efectos a los que daba lugar, como un bien en s&iacute;. M&aacute;s m&eacute;rito por tanto, a&uacute;n si cabe, para quien siendo igualmente consciente de las tensiones que las diferencias podr&iacute;an generar en una sociedad, celebr&oacute; no obstante los <i>tumulti</i> como signo de vitalidad social y pudo en consecuencia designar con el nombre de Roma a la libertad.</p>     <p>Eso no es todo, ni mucho menos. La idea de un poder <i>super partes</i>, es decir, la idea de un poder, por as&iacute; decir, pol&iacute;ticamente neutro, en el sentido de no ser el poder de una de las clases sociales ontol&oacute;gicamente constitutivas de la sociedad, tan distinto del poder de la totalidad de las partes con el que Arist&oacute;teles orden&oacute; su <i>Politeia</i>, es la primicia intelectual en un r&eacute;gimen unipersonal de la abstracci&oacute;n pol&iacute;tica inmanente al concepto de instituci&oacute;n; concepto &eacute;se con el que el mundo humano &#8211;el artificio maquiaveliano de nuevo- vuelve a rebasar los lindes de la naturaleza al superar la idea de tiempo, esto es, la de muerte que lleva consigo. Gracias a la instituci&oacute;n, los hombres pasan y la sociedad permanece, un logro al que los individuos en el poder s&oacute;lo acceden si, como quer&iacute;a Spinoza remedando a la <i>moderna</i> la democracia antigua, son todos los que gobiernan.</p>     <p>Maquiavelo, insistamos, hab&iacute;a hecho trascender al mundo humano su marco natural por medio del concepto de <i>virt&ugrave;</i>, al igual que su concepto de poder absoluto, <i>super partes</i>, hace trascender a la pol&iacute;tica de su marco social, proclamando de paso una vez m&aacute;s su singularidad, y convierte el artificio caracter&iacute;stico del principado absoluto, pese a todo siempre personal, en <i>modelo</i> de la abstracci&oacute;n institucional. Pero &eacute;l conoc&iacute;a el valor de las instituciones, y su significado para la libertad, en el r&eacute;gimen de gobierno natural por antonomasia, la Rep&uacute;blica, merced a su circunstanciado estudio de Roma, de la mano de Tito Livio. Hasta el punto de que el modelo <i>racional</i> de Estado mixto &#8211;el que hubiera planificado todo legislador al que hubieran puesto al alcance de su voluntad dar vida a la historia de una rep&uacute;blica-, que <i>libera</i> la virtud de la aristocracia para llevarla tambi&eacute;n a la plebe -como Arist&oacute;teles liber&oacute; la sabidur&iacute;a pol&iacute;tica o el m&eacute;rito de la vejez, y asign&oacute; la capacidad de gobernar tambi&eacute;n a la juventud- y otorga poder pol&iacute;tico a todas las clases sociales, posee unas determinadas instituciones que permitir&aacute;n a la rep&uacute;blica as&iacute; ordenada salvar el obst&aacute;culo interpuesto por el tiempo, la muerte, a su conservaci&oacute;n. Y hasta el punto, tambi&eacute;n, de que la regla de depurar cada diez a&ntilde;os las impurezas acarreadas por el paso del tiempo a las instituciones, a fin de devolverles su pr&iacute;stino fulgor, constituye la segunda regla de oro de la conservaci&oacute;n de la rep&uacute;blica. Se entiende as&iacute;, por cierto, que a dicho orden pol&iacute;tico se le considere la meta de toda rep&uacute;blica originariamente <i>emp&iacute;rica</i>.</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="3"><b>La libertad pol&iacute;tica. El poder de la libertad</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Mas lo importante aqu&iacute;, y la raz&oacute;n de que haya sido heredado por nosotros, es que dicho orden es el orden de la libertad. Es en su interior donde ambas clases, incluida por tanto la de los pobres, no se atropellan entre s&iacute; &#8211;solo los grandes son vocacionalmente tendentes a la opresi&oacute;n, afirma Maquiavelo-, donde les es l&iacute;cito defender sus intereses al gobernar, donde necesitan de acuerdos para lograrlo, donde el derecho, repartiendo competencias, garantiza la posici&oacute;n de cada una; y, asimismo, donde incluso la fuerza p&uacute;blica, que en momentos de peligro debe concentrar en las manos de un <i>dictator</i> al que se debe total obediencia, debe ser legalizada desde un principio, al igual que debe estar tipificada la norma que establece que el antiguo dictador, abandonado dicho cargo, debe obedecer la legislaci&oacute;n ordinaria, al igual que antes de acceder a &eacute;l.</p>     <p>Hoy, ciertamente, no resulta de recibo una teor&iacute;a que divide la sociedad en dos clases sociales en lugar de descomponerla en individuos, jur&iacute;dicamente iguales entre s&iacute; pese a sus diferencias psicol&oacute;gicas y sus desigualdades materiales, y titulares de derechos inalienables, como tampoco la aristocratizaci&oacute;n que prevalece en el orden constitucional a pesar de la participaci&oacute;n de las dos clases sociales en el poder. Pero s&iacute; contin&uacute;a siendo totalmente nuestra la idea de libertad en la base y como <i>t&eacute;los</i> de nuestro ordenamiento, as&iacute; como la de la juridificaci&oacute;n de la fuerza extrema, &eacute;sa que seg&uacute;n algunos permite identificar<i> in situ</i> al soberano; dos frenos al ejercicio del poder con los que nuestras constituciones se declaran deudoras de las ideas maquiavelianas y con las que el tiempo sigue aumentando su leyenda.</p>     <p>No termina ah&iacute; el poder de la libertad en la teor&iacute;a maquiaveliana. Su presencia se advierte tambi&eacute;n ampliando la humanidad del individuo, aunque semejante proceso termine por redondearse, por parad&oacute;jico que hoy pudiere parecer, en el interior de la naci&oacute;n (otra paradoja, quiz&aacute; menor, era la que hab&iacute;a originado la ampliaci&oacute;n de lo humano desde el campo de la <i>virt&ugrave;</i>, cuando el pr&iacute;ncipe obra milagros sociales con el tiempo cambiando a los sujetos, que ahora creen en lo nuevo antes de experimentarlo, la pol&iacute;tica y a s&iacute; mismo, infringiendo ciertas leyes de la naturaleza). Cabe observar dicho poder en su madurez cuando cancela en el hombre el veneno que la costumbre destilaba en su conciencia al dejar que el olvido se apoderase de su memoria, deviniendo as&iacute; fundamento de la legitimidad del principado din&aacute;stico; y cabe observar su plenitud cuando &#8211;he ah&iacute; la causa de tal fen&oacute;meno-, en lugar del silencio de los esclavos, o del alma plana de los siervos, incendia el &aacute;nimo de los antiguos republicanos con las pasiones del odio o del deseo de venganza siempre que se les ofrece la ocasi&oacute;n de recuperar unas instituciones que sus recuerdos, hereditarios a veces, han mantenido vivas en su coraz&oacute;n. Y si en su madurez la libertad ejerce su dominio contra el del bienestar, en su plenitud lo ejerce contra la inercia, la muerte en vida, la resignaci&oacute;n y restantes virtudes de la anomia. Por lo dem&aacute;s, argumentar en este contexto la actualidad de la libertad maquiaveliana es un razonamiento ocioso; su valor ya lo condens&oacute; de una vez por todas Tocqueville en una de sus lapidarias sentencias, al afirmar que todo hombre que busque la libertad por otra raz&oacute;n distinta de ella misma est&aacute; hecho para servir.</p>     <p>Por otro lado, el patriota que respira la m&uacute;sica de la naci&oacute;n termina en Maquiavelo de ensanchar la humanidad en el pecho del individuo. Hasta ahora le hab&iacute;amos visto deambular por la teor&iacute;a crucificado por su inclinaci&oacute;n al mal, mucho m&aacute;s potente que su sensibilidad al bien; iluminados por una luz tan gris, sus intereses, epicentro de su acci&oacute;n p&uacute;blica, parec&iacute;an perfilar una conducta ego&iacute;sta aislada de la de sus cong&eacute;neres, con los que formalmente compart&iacute;a una cosmovisi&oacute;n relativista en la que el yo de cada uno era su particular centro. En ese estado de cosas, y con <i>El Pr&iacute;ncipe</i> en su correr&iacute;a final, abruptamente irrumpe la <i>Naci&oacute;n</i> en la pol&iacute;tica, que en los <i>Discursos</i> se llamar&aacute; <i>Patria</i>. Y con ella un objeto constituido &uacute;nico como inter&eacute;s com&uacute;n, una generosidad en el obrar, una altura de fines, un desprendimiento en las acciones y, en suma, un grado de altruismo en la ahora conducta colectiva tan inesperado que hasta la misma pol&iacute;tica, haciendo innecesaria la <i>virt&ugrave;</i> del pr&iacute;ncipe, pierde su sentido. Si miramos con atenci&oacute;n esos rasgos veremos que todos estar&aacute;n presentes en el monstruo que, con ellos y algunos m&aacute;s, surgir&aacute; en el siglo XIX europeo devastando el continente primero y gran parte del planeta despu&eacute;s; pero si miramos con la misma atenci&oacute;n &uacute;nicamente en el fondo del coraz&oacute;n humano lo que se advierte es que, con independencia de qu&eacute; rumbo vayan tomando circunstancialmente las pasiones, los seres humanos son tan capaces del bien como del mal, y aun de someter a &eacute;ste por aqu&eacute;l en determinados momentos de su vida colectiva, lo que tambi&eacute;n los vuelve individualmente m&aacute;s ricos, m&aacute;s humanos: m&aacute;s complejos, que dir&iacute;amos hoy. Este ensanchamiento del sujeto humano, esa <i>complejidad</i> que en lo sucesivo ser&aacute; marca distintiva de su conducta, en el que tan f&aacute;cilmente nos reconocemos hoy todos y cada uno de nosotros cuando el prejuicio no mancha el conocimiento, constituye la ampliaci&oacute;n del legado que la democracia ateniense hizo, en el c&eacute;lebre discurso f&uacute;nebre de Pericles, a la humanidad del individuo, la metamorfosis definitiva de aquellos sujetos simples y homog&eacute;neos a los que la concordia pod&iacute;a reunir en una &uacute;nica voluntad y un &uacute;nico sentimiento en un mismo coraz&oacute;n. Y forma la parte quiz&aacute; m&aacute;s ping&uuml;e del tesoro con el que la herencia maquiaveliana ha enriquecido nuestro presente. (Hemos desarrollado estas consideraciones en otro trabajo nuestro posterior, en el que intentamos poner de relieve que la antropolog&iacute;a maquiaveliana ha avanzado tanto desde su postulado identitario primero &#8211;la condici&oacute;n simult&aacute;neamente buena y mala de cada individuo&#8211; como para acoger al futuro sujeto de la democracia bajo el caparaz&oacute;n del individuo del absolutismo; un resultado global &eacute;se que, si bien se mira, hasta pondr&iacute;a en jaque la concepci&oacute;n de identidad humana expuesta por el propio Maquiavelo).</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="3"><b>Humanizaci&oacute;n</b></font></p>     <p>Cerremos ya el discurso sobre la actualidad de Maquiavelo. El rico muestrario en el que se articula su presencia en nuestro mundo, que iniciamos con su m&eacute;todo y proseguimos con las ideas centrales de su teor&iacute;a, participa todo &eacute;l de un elemento com&uacute;n, que ya tuvo en Tuc&iacute;dides otro augusto antecedente: la completa humanizaci&oacute;n del mundo humano. No hay dioses, ni destinos, ni azares, ni fatalidades m&aacute;s all&aacute; del hombre que secuestren su voluntad y le impidan ser due&ntilde;o de su vida y responsable de sus actos. Es verdad que no todos los hombres son iguales ni siquiera en eso, y que la <i>fortuna</i>, una presencia que denuncia una ausencia en quienes la <i>sufren</i>, confirma la insuficiencia, el defecto de humanidad en la mayor&iacute;a de los hombres. Pero ni aun as&iacute; dejan de ser sus propios dioses, pese a que merecen poco culto. Y, por otro lado, es verdad que cuando una mayor&iacute;a de ellos se junta para decidir sobre asuntos comunes muestra una perspicacia y hasta una sabidur&iacute;a mayor que muchos supuestos grandes hombres, pr&iacute;ncipes incluidos, seg&uacute;n nos dice en los <i>Discorsi</i> proponi&eacute;ndose como hijo de Arist&oacute;teles, aunque olvide mentar al padre en el lugar exacto. No son pr&iacute;ncipes nuevos, y por eso no saben hacer magia con sus capacidades y conquistar la fortuna mediante la <i>virt&ugrave;</i>. Pero al menos en la acci&oacute;n de &eacute;stos s&iacute; ha desaparecido todo rastro de trascendencia y de fatalismo, y el mundo del hombre brilla con luz propia. Los dem&aacute;s, a&uacute;n no en grado de imitarlos, seguir&aacute;n echando mano de la superstici&oacute;n al echar mano de su voluntad para guiar sus acciones. Sin duda, deber&aacute;n esperar todav&iacute;a tiempo para llegar a aspirar su aroma: en concreto a que el orden democr&aacute;tico les ofrezca, cual atenienses de Pericles, la posibilidad de redimir su racionalidad y multiplicar sus virtualidades. Aunque, vistas las democracias actuales, y descendiendo por una ocasi&oacute;n del cielo de las ideas al suelo de la realidad, no parece que con demasiado &eacute;xito. La identidad de la naturaleza humana &#8211;retrotra&iacute;da nuevamente a su condici&oacute;n inicial de bondad y maldad, esto es, privada de los aportes de la libertad y la naci&oacute;n entre otros factores-, nos dir&iacute;a el genial florentino, establece la <i>necessit&agrave;</i> de que la gran mayor&iacute;a del g&eacute;nero humano, incluido el g&eacute;nero humano <i>democr&aacute;tico</i>, b&aacute;sicamente siga siendo eso que mayoritariamente ha solido ser siempre: pura y simple plebe.</p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1" />     <p><b><font size="3">Notas al pie</font></b></p>     <p><a name="0"></a><a href="#b0">*</a> Conferencia impartida con motivo de la apertura del semestre acad&eacute;mico 2013-I del pregrado en Ciencias Pol&iacute;ticas de la Universidad EAFIT, a prop&oacute;sito de la conmemoraci&oacute;n de los 500 a&ntilde;os de El pr&iacute;ncipe.</p> <hr size="1" />     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp; </p>     <p>&nbsp;</p>     <p><b><font size="3">Referencias</font></b></p>     <!-- ref --><p><a href="http://dialnet.unirioja.es/servlet/busquedadoc?t=maquiavelo&db=1&td=todo"target="_blank">http://dialnet.unirioja.es/servlet/busquedadoc?t=maquiavelodb=1td=todo</a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000086&pid=S1794-5887201300020000100001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Anselmi, Gian Mario &#8211; Bonazzi, Nicola (2011). <i>Niccol&ograve; Machiavelli</i>. Florencia: Le Monnier.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S1794-5887201300020000100002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Armando, Luigi Antonello (2004). <i>Principi senza padri.</i> Una lettura de Il principe <i>di Machiavelli</i>. San Cesario di Lecce: Manni.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S1794-5887201300020000100003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Artaza, M. (2000). <i>Estudio Preliminar</i> &#91;a ''El Pr&iacute;ncipe''&#93;. Madrid: Istmo.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000091&pid=S1794-5887201300020000100004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Barbuto, Gennaro Maria (2005). <i>Machiavelli e i totalitarism</i>i, Napoli: Guida.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000093&pid=S1794-5887201300020000100005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Barbuto, G. M. (2007). <i>Antinomie della politica</i>. <i>Saggio su Machiavelli</i>. Napoles: Liguori.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000095&pid=S1794-5887201300020000100006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Bausi, Francesco (2005). <i>Machiavelli</i>. Roma: Salerno.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000097&pid=S1794-5887201300020000100007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Berlin, Isaiah (1992). <i>La originalidad de Maquiavelo</i> &#91;en Contra la corriente&#93;. M&eacute;xico, FCE.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000099&pid=S1794-5887201300020000100008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Bruscagli, Riccardo (2008). <i>Machiavelli</i>. Bolonia: Il Mulino.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000101&pid=S1794-5887201300020000100009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Capata, Alessandro (2008). <i>Il lessico dell'esclusione. Tipologie di Virt&ugrave; in Machiavelli</i>, Manziana: Vecchiarelli.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000103&pid=S1794-5887201300020000100010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Chabod, F. (1984). <i>Escritos sobre Maquiavelo</i>. M&eacute;xico: FCE.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000105&pid=S1794-5887201300020000100011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Conde, F. J. (1976). <i>El saber pol&iacute;tico en Maquiavelo</i>. Madrid: Revista de Occidente.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000107&pid=S1794-5887201300020000100012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>D'Ascia Luca (2006). <i>Machiavelli e i suoi interpreti.</i> Bologna: Pendragon.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000109&pid=S1794-5887201300020000100013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Del Lucchese, Filippo (2004).<i> Tumulti e indignatio. Conflitto, diritto e moltitudine in Machiavelli e Spinoza</i>. Roma: Ghibli.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000111&pid=S1794-5887201300020000100014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Del Lucchese, Filippo - Sartorello, Luca - Visentin, Stefano (2006). <i>Machiavelli. Immaginazione e contingenza.</i> Introduzione di Augusto Illuminati. Pisa: Ets.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000113&pid=S1794-5887201300020000100015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Figorilli, Maria Cristina (2006). <i>Machiavelli moralista. Ricerche su fonti, lessico e fortuna</i>, premessa di Giulio Ferroni. Napoli: Liguori.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000115&pid=S1794-5887201300020000100016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Hermosa And&uacute;jar, Antonio (1993). ''De la libertad y del consentimiento. Dos ensayos sobre <i>El Pr&iacute;ncipe</i> de Maquiavelo'', en: <i>Revista de Estudios Pol&iacute;ticos</i>, No. 82, oct.-dic.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S1794-5887201300020000100017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Hermosa And&uacute;jar, Antonio (2009). ''El Poder de la 'virt&ugrave;' en <i>El Pr&iacute;ncipe</i> de Maquiavelo'', en: <i>Dianoia</i>, No. 14, Bolonia.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S1794-5887201300020000100018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Inglese, Giorgio (2006).<i> Per Machiavelli. L'arte dello Stato, la cognizione delle storie</i>. Roma: Carocci.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S1794-5887201300020000100019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Guidi, Andrea (2009). <i>Un segretario militante. Politica, diplomazia e armi nel cancelliere Machiavelli.</i> Bolonia: Il Mulino.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S1794-5887201300020000100020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Magni, Beatrice (2012). <i>Conflitto e libert&agrave;. Saggio su Machiavelli</i>. Pisa: Ets.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S1794-5887201300020000100021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Marchand, Jacques (2006) (ed.). <i>Machiavelli senza i Medici</i>, <i>1498-1512. Scrittura del potere / potere della scrittura,</i> Atti del Convegno (Losanna, 18- 20 novembre 2004), Roma: Salerno.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S1794-5887201300020000100022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Pedull&agrave;, Gabriele (2011).<i> Machiavelli in tumulto</i>. Roma: Bulzoni Editore.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S1794-5887201300020000100023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Procacci, Giuliano (1995). <i>Machiavelli nella cultura europea dell'et&agrave; moderna</i>. Roma-Bari: Laterza.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S1794-5887201300020000100024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Rahe, Paul Anthony (2006) (ed.). <i>Machiavelli's Liberal Republican Legacy</i>. Cambridge: Cambridge University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S1794-5887201300020000100025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Rodr&iacute;guez Aramayo, R. &#8211; Villaca&ntilde;as Berlanga, J. L. (1999). (comps.) <i>La herencia de Maquiavelo</i>. Madrid: Tecnos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S1794-5887201300020000100026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Sasso, G. (1958). <i>Niccol&ograve; Machiavelli</i>. <i>Storia del suo pensiero politico</i>. Bolonia: Il Mulino.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S1794-5887201300020000100027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Scichilone, Giorgio (2012). <i>Terre incognite. Retorica e religione in Machiavelli</i>, Mil&aacute;n: Franco Angeli.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S1794-5887201300020000100028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Serra, Teresa (2010) (ed.) <i>Machiavelli tra filosofia e politica</i>, Atti del Convegno (Montecompatri, 4-5 ottobre). Roma: Aracne.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S1794-5887201300020000100029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Skinner, Q. (1984). <i>Maquiavelo</i>. Madrid: Alianza.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S1794-5887201300020000100030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Strauss, L. (1964). <i>Meditaci&oacute;n sobre Maquiavelo</i>. Madrid: Instituto de Estudios Pol&iacute;ticos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S1794-5887201300020000100031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Vilches, Patricia &#8211; Seaman, Gerald (2007) (eds.) <i>Seeking Real Truths. Multidisciplinary Perspectives on Machiavelli.</i> Leiden-Boston: Brill.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S1794-5887201300020000100032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Vincieri, Paolo (2011). <i>Machiavelli</i>. <i>Il divenire e la virt&ugrave;</i>. Genova: Il melangolo.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S1794-5887201300020000100033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Viroli, Maurizio (2005). <i>Il Dio di Machiavelli e il problema morale dell'Italia</i>, Roma-Bari: Laterza.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S1794-5887201300020000100034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Vivanti, Corrado (2008). <i>Niccol&ograve; Machiavelli. I tempi della pol&iacute;tica</i>. Roma: Donzelli.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S1794-5887201300020000100035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <p><br /> </p> </font>      ]]></body><back>
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