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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Pécaut, Daniel. La experiencia de la violencia: Los desafíos del relato y la memoria. Medellín, La Carreta Editores E.E., 2013]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">     <p align="right"><b>RESE&Ntilde;AS BIBLIOGR&Aacute;FICAS</b></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><font size="4"><b>P&eacute;caut, Daniel.<i> La experiencia de la violencia: Los desaf&iacute;os del relato y la memoria</i>. Medell&iacute;n, La Carreta Editores E.E., 2013</b></font><b>. </b></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><b>Sa&uacute;l H. Echavarr&iacute;a Y</b>.  </p>     <p>Universidad EAFIT, Medell&iacute;n. <a href="mailto:syepes@eafit.edu.co">syepes@eafit.edu.co</a></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&iquest;Es posible que una sociedad como la colombiana pueda unificar en un relato la experiencia de violencia que ha vivido en los &uacute;ltimos 60 a&ntilde;os? La respuesta ciertamente negativa que tiene tal pregunta es el hilo con el que el profesor e investigador Daniel P&eacute;caut, uno de los m&aacute;s serios y dedicados investigadores sobre la sociedad colombiana contempor&aacute;nea, teje los argumentos en este libro que ahora ve la luz en la p&aacute;ginas editadas por la Carreta Editores.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El texto cuenta con cinco cap&iacute;tulos &#8211;dos de los cuales son in&eacute;ditos&#8211;, todos producidos en los &uacute;ltimos 15 a&ntilde;os y con la vista siempre atenta a los cambios m&aacute;s leves de nuestro conflicto, as&iacute; como tambi&eacute;n a las grandes transformaciones que permiten multiplicar las visiones y que nos llevar&iacute;an a hablar de diversos conflictos, o bien de uno solo bajo much&iacute;simos matices, tantos como la disciplina del observador pretenda o mejor, y manteniendo una cl&aacute;sica met&aacute;fora del autor mismo, como las multiformes y variables im&aacute;genes que se le presentan al observador de un caleidoscopio.</p>     <p>El despliegue de una amplia red de conceptos sociol&oacute;gicos, pol&iacute;ticos, ling&uuml;&iacute;sticos, hist&oacute;ricos, incluso psicol&oacute;gicos, dan forma a un discurso sumamente coherente sobre un &aacute;mbito problem&aacute;tico cruzado por la incoherencia. La ''realidad'' desde sus m&uacute;ltiples construcciones va dejando sujetos desarticulados, espacios vac&iacute;os, tiempos inertes.</p>     <p>La violencia es el tema. Pero m&aacute;s que el conjunto de hechos concretos que puedan caber bajo ese sustantivo tan abstracto, tan vol&aacute;til, tan colombiano, La Violencia &#8211;con may&uacute;scula y en singular&#8211; es el tema que se hace problema a lo largo de los cap&iacute;tulos del texto. Desde la obsesi&oacute;n de muchos colombianos por hacer de La Violencia un ente cuasi-natural, una entidad m&iacute;tica omnipresente que explicar&iacute;a nuestra cotidianidad, hasta la acci&oacute;n de muchos actores que da cuenta por el contrario de una banalizaci&oacute;n plena de la agresi&oacute;n, que se ejecuta racional, premeditada y maquinalmente, el texto le abre al lector v&iacute;as llenas de sentido para contemplar la vor&aacute;gine de nuestro tiempo.</p>     <p>La historia o las historias, el relato o los relatos, la memoria o las memorias, la experiencia o las experiencias, son algunos de los pares problem&aacute;ticos en los que se encuadra un discurso con pretensiones de construir una identidad que se muestra siempre esquiva y ef&iacute;mera. La condici&oacute;n del ''otro'' es tan circunstancial como los relatos mismos, y la imposibilidad de mantener con alguna consistencia la distinci&oacute;n pol&iacute;tica ''amigo-enemigo'' hace que la condici&oacute;n de un ''nosotros'' sea tan vaga como la posibilidad misma de hablar de una sociedad, en singular.</p>     <p>El texto del profesor P&eacute;caut es abundante en informaci&oacute;n, bien trazado en su estructura, rico en categor&iacute;as de an&aacute;lisis, sugestivo en la interpretaci&oacute;n, y brillante en muchas de sus anticipaciones. Son cinco art&iacute;culos, escritos en cuatro momentos distintos de nuestra historia reciente, los que componen al texto; Pero es <i>un</i> texto. El primero de los cap&iacute;tulos ''Pasado, presente y futuro de la violencia'' es, de un lado, el eje articulador de la obra y es el que le da forma y contenido a los siguientes; pero, por otro lado, establece con el &uacute;ltimo cap&iacute;tulo ''Memoria imposible, historia imposible, olvido imposible'' un puente hermen&eacute;utico comprensivo que deja clara la posici&oacute;n del autor tanto sobre la triplicidad del tiempo en la que puede leerse nuestro conflicto, como la triple imposibilidad de aprehenderlo, por la exorbitante complejidad con la que los colombianos lo hemos nutrido.</p>     <p>Para Kant, el espacio y el tiempo son condiciones a priori de la posibilidad de la experiencia. Para P&eacute;caut, <i>pace</i> Kant, la posibilidad de que la sociedad colombiana pueda construir un relato, o pueda tener en su inventario <i>una</i> experiencia de los &uacute;ltimos cincuenta a&ntilde;os, es imposibilitada porque no cuenta con un tiempo, sino muchas temporalidades; ni con un espacio, pues esta categor&iacute;a ha sido m&uacute;ltiplemente modificada tanto por los agentes (P&eacute;caut dice ''actores'') como por los pacientes del conflicto. La imposibilidad de la experiencia es la imposibilidad del sujeto. No contamos con un sujeto espacio-temporalmente determinado capaz de reconstruir lo vivido al modo de una experiencia. El acontecimiento acaso es narrable, pero la sucesi&oacute;n de los acontecimientos, le quita a cada uno su car&aacute;cter excepcional y los deja sumidos en una serie indistinta de meras acciones sin agentes diferenciables, sin consecuencias precisas y sobre todo sin la posibilidad de asignar responsabilidades.</p>     <p>La memoria, incluso la individual, le es negada al individuo que obligado a migrar ininterrumpidamente a trav&eacute;s de los espacios m&aacute;s dis&iacute;miles. Es muy atinado el ejemplo del cap&iacute;tulo 2: el individuo que <i>antes</i> era un sujeto participante de una estructura social; <i>luego</i>, es el colono valiente que valora su tierra; <i>despu&eacute;s</i> el individuo atemorizado que intenta mantenerse en medio de las coacciones; y <i>por &uacute;ltimo</i>, el desplazado que ya no tiene posesi&oacute;n sobre nada, ni siquiera sobre su s&iacute; mismo, pues ya no lo puede narrar con sentido de propiedad. Ese 'yo' que en un <i>ahora</i> cuenta la historia es nada m&aacute;s que un sujeto gramatical, pues ni los espacios habitados a su pesar ni los m&uacute;ltiples tiempos cruzados le permiten configurar una unidad de vida que pueda llamarse experiencia.</p>     <p>Este car&aacute;cter multiforme que tiene que adoptar el paciente (pero tambi&eacute;n, aunque en disposiciones distintas y correlativas, el agente) del conflicto en Colombia, es una de las signos que con mayor fortuna atribuye el profesor P&eacute;caut a nuestra historia de violencia. La Violencia en Colombia es multiforme, proteica, cambiante y, sin embargo, los colombianos, la vemos como la misma. Hablamos de La Violencia en may&uacute;sculas, como si fuera un ente natural, o metaf&iacute;sico, en todo caso omnipresente, un ente capaz de hacer cosas y a cuyas acciones atribuimos la responsabilidad de nuestra realidad, y de una fuerza tal que ante ella no podemos sino resignarnos y esperar cada d&iacute;a una nueva manifestaci&oacute;n de su naturaleza destructiva, que tendr&aacute; lugar a trav&eacute;s de entes an&oacute;nimos, a los cuales previamente ya les hemos quitado responsabilidad o que finalmente no nos importar&aacute;.</p>     <p>La construcci&oacute;n metaf&oacute;rica de la visi&oacute;n caleidosc&oacute;pica de nuestra historia violenta vuelve a aparecer aqu&iacute; como una de las m&aacute;s afortunadas categor&iacute;as interpretativas del profesor P&eacute;caut. En el caleidoscopio aleatoriamente se combinan los siguientes elementos: en los a&ntilde;os cincuenta, un fen&oacute;meno violento entre amplios sectores de la poblaci&oacute;n m&aacute;s humilde, acaudillados por las &eacute;lites de los dos partidos pol&iacute;ticos; un momento posterior, entre los a&ntilde;os 60 y 70, de conflictividad entre movimientos de guerrillas, principalmente pobres pero movidas por la tensi&oacute;n ideol&oacute;gica comunista, y un Estado, asegurado ya por las &eacute;lites, enteramente opuesto a las reformas sociales, y ausente en gran parte del territorio nacional. Hasta ahora llevamos cuatro elementos en el visor. El n&uacute;mero se complejizar&aacute;: En los 80, el narcotr&aacute;fico ingresa en el visor con sus propias fuerzas, pero con sus riquezas modificar&aacute; tanto la naturaleza de los actores ya existentes, como las relaciones entre ellos. Los Narcos se enfrentan militarmente al Estado, el estado los ataca, pero tambi&eacute;n recibe de ellos su dinero. El Estado crea cuerpos de fuerza para perseguirlos, pero hasta los m&aacute;ximos &oacute;rdenes institucionales est&aacute;n en deuda con los narcotraficantes. Los narcos les pagan protecci&oacute;n a las guerrillas, pero tambi&eacute;n las combaten con su propia fuerza, y tambi&eacute;n con algunas fuerzas del estado que han sido cooptadas por el narcotr&aacute;fico (6). Adem&aacute;s crean las bandas sicariales que permiten la defensa de los emporios de droga en las ciudades. En los a&ntilde;os 90, aparecer&aacute;n con fuerza propia las organizaciones que son el resultado de la mixtura entre dinero de los narcotraficantes, algunas fuerzas del Estado y las bandas sicariales, los paramilitares, pero ninguno de los contribuyentes desaparece, sino que siguen existiendo vinculados a trav&eacute;s de distintas redes tanto con los antiguos como con los nuevos actores.</p>     <p>Para ver las redes operando, a&ntilde;adamos una capa m&aacute;s al visor del caleidoscopio. En esta capa est&aacute;n los actores de acuerdo al modo como se modifican de acuerdo a su relaci&oacute;n con la econom&iacute;a ilegal. Las guerrillas pasan a ser actores econ&oacute;micos, enfrentados a los paramilitares por el dominio de los territorios cultivados. Pero ambos tienen un alto grado de cooperaci&oacute;n cuando se trata de llevar el producto a las redes de comercializaci&oacute;n. Las bandas sicariales prestan sus servicios de transporte a unos y otros, pero tambi&eacute;n tienen negocios propios tanto de narcotr&aacute;fico como de ajusticiamiento para los enemigos propios, de la guerrilla o de los paramilitares o del Estado. El Estado mismo se ve cruzado por el enorme poder corruptor del narcotr&aacute;fico, y el l&iacute;mite entre la econom&iacute;a legal y la ilegal se hace definitivamente borroso en sectores como el de la agricultura industrial, la ganader&iacute;a, la construcci&oacute;n o el sector financiero, los cuales no pueden renunciar a hacer uso de los enormes capitales derivados de las drogas. La econom&iacute;a de la violencia aumentar&aacute; su volumen de los negocios con mucha fuerza a finales de los 90 con la entrada en operaci&oacute;n del sector minero. En la primera d&eacute;cada del siglo XXI, asistimos a la desaparici&oacute;n formal de uno de los actores, los paramilitares, los cuales dejan su espacio para unas fuerzas ella mismas multiformes y terriblemente combativas entre s&iacute;, las llamadas bandas criminales, que establecen el mismo tipo de relaciones con todas las fuerzas previas, pero a&ntilde;adiendo un grado m&aacute;s de violencia.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>S&eacute; que esta r&aacute;pida reconstrucci&oacute;n del caleidoscopio del profesor P&eacute;caut hecha por m&iacute; es pobre y torpe; sin embargo los invito a mirar cada una de las im&aacute;genes que con estos pocos elementos se pueden armar para que entiendan la dimensi&oacute;n de lo sugerido por este profundo investigador de la realidad colombiana. La Violencia no es un ente natural que vaya escribiendo la historia de Colombia. Son m&uacute;ltiples actores que al mismo tiempo que permanecen, dan lugar a nuevas versiones suyas en las cuales no se reconocen, y con los cuales establecen todo tipo de relaciones, intentando cada uno conservar un espacio de poder alrededor de cierto tipo de recursos.</p>     <p>En estas condiciones de la violencia transida por la econom&iacute;a ilegal, ''la apelaci&oacute;n a lo pol&iacute;tico pierde toda pertinencia''. De esta afirmaci&oacute;n quisiera derivar dos breves consideraciones adicionales sobre dos momentos del texto que hoy estamos presentando: Una sobre un elemento com&uacute;n a la imposibilidad de una opini&oacute;n publica fuerte en Colombia, y la otra sobre las anticipaciones que hizo el profesor P&eacute;caut en su texto de 1996, sobre lo que ahora sucede.</p>     <p>Las FARC saben que siempre ''son ellas las que salen perdiendo cuando tratan de comprometerse, incluso parcialmente, con los manejos pol&iacute;ticos'' (p. 110). Es iluminador el abordaje de las causas de la longevidad de las FARC. Dentro de ellas no est&aacute;, en modo alguno, la representaci&oacute;n social, ni la vinculaci&oacute;n con ning&uacute;n m&oacute;vil eminentemente pol&iacute;tico. Las principales razones que permiten tal duraci&oacute;n en el tiempo son el control de instancias productivas en la econom&iacute;a ilegal, la conservaci&oacute;n de una visi&oacute;n ''campesinista'' (que no campesina) de la sociedad colombiana y el alejamiento de cualquier pr&aacute;ctica pol&iacute;tica en su interior (no discusi&oacute;n, no distensi&oacute;n) son los recurso que les ha permitido mantener su cohesi&oacute;n como grupo. Enemigas, al igual que el Estado, de todo tipo de organizaci&oacute;n social aut&oacute;noma, han procurado destruir todo v&iacute;nculo de confianza que se pueda desarrollar en las sociedades que controlan. Pero reconociendo que la intimidaci&oacute;n constante tampoco es una capital seguro, encuentran que solo el capital a secas es el que les puede permitir su conservaci&oacute;n en medio de un contexto social sin sociedad. Una pregunta pertinente puede ser &iquest;la ausencia de una opini&oacute;n p&uacute;blica Colombia cobre la droga de qu&eacute; modo se inscribe en este procedimiento?</p>     <p>Y la segunda: En el texto del 2006 el profesor P&eacute;caut constata que hasta entonces sorprendentemente la dependencia de las FARC de la econom&iacute;a ilegal no haya bandolerizado a sus comandantes, y postula como elemento de cohesi&oacute;n el paradigma discursivo de una c&uacute;pula hist&oacute;rica, con Manuel Marulanda V&eacute;lez como su m&aacute;ximo exponente. En ese contexto dice: ''Se han conocido otros l&iacute;deres revolucionarios legendarios que, al final de su reinado, han hecho del inmovilismo una virtud y al prohibir cualquier tipo de liberaci&oacute;n, han cre&iacute;do y han hecho creer que el monolitismo garantiza la perennidad de su obra. Cuando se abra la sucesi&oacute;n, se ver&aacute; m&aacute;s claramente c&oacute;mo las FARC no podr&aacute;n conservar su cohesi&oacute;n si no vuelven sobre una estrategia m&aacute;s claramente pol&iacute;tica que no podr&iacute;a ser distinta a comprometerse en negociaciones, al menos parciales. El repliegue territorial que han sufrido, la p&eacute;rdida moral de sus tropas, su aislamiento internacional deber&iacute;an llevarlas a este punto'' (p. 113).</p>     <p>En este punto, tengo que reconocer la eficacia de la anticipaci&oacute;n, pero a&ntilde;adir&iacute;a que lo que no hab&iacute;a sucedido hasta el 2006, la bandolerizaci&oacute;n de la FARC tuvo dos precipitantes que la convirtieron en un hecho real: de un lado la bandolerizaci&oacute;n de los antiguos paramilitares cre&oacute; much&iacute;simos grupos de fuerza (inicialmente m&aacute;s de 30), que se ubicaron en sectores con cultivos il&iacute;citos y miner&iacute;a ilegal, estableciendo as&iacute; un muy complejo sistema de arreglos con los respectivos frentes de FARC para facilitar principalmente el tr&aacute;fico de sustancias y productos, aprovechando las redes nacionales e internacionales que eran sostenidas por cada vez m&aacute;s peque&ntilde;as y organizadas estructuras del narcotr&aacute;fico. Y este factor precipit&oacute; el &uacute;ltimo: s&uacute;bitamente, los jefes de muchos frentes de las FARC, se vieron s&uacute;bitamente enriquecidos, con estructura semifeudales, con sistemas de tributos relativamente organizados y con una estructura jer&aacute;rquica superior cada vez m&aacute;s d&eacute;bil por los golpes sufrido durante el gobierno Uribe.</p>     <p>Las FARC est&aacute;n experimentando una disoluci&oacute;n desde adentro. Esto los ha llevado a acelerar lo que siempre hab&iacute;an evitado: la negociaci&oacute;n y la firma de un acuerdo. &iquest;Un acuerdo de paz? Definitivamente no, pues la violencia en Colombia no obedece a los cl&aacute;sicos criterios que hac&iacute;an posible la guerra y, entonces la paz: la distinci&oacute;n entre amigo y enemigo no existe en nuestro contexto como lo dice repetidamente el profesor P&eacute;caut, y por ello, lo que Colombia ganar&aacute; con esta firma, estar&aacute; por verse. Entre tanto, el caleidoscopio seguir&aacute; aumentando el n&uacute;mero de im&aacute;genes fantasmag&oacute;ricas con las que se puebla nuestra realidad.</p>     <p>&nbsp;</p> </font>      ]]></body>
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