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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Militarismo, gasto y subversión del orden colonial en el Puerto Rico de las Reformas Borbónicas (1765-1815)]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[During the second half of the eighteenth century, the Spanish Crown will embark on an ambitious agenda of reforms. The aim will be to strengthen the role of the State, to reclaim power positions, especially necessary in the colonies. In these places, the metropolitan control is attenuated at the hands of some increasingly powerful oligarchies. However, an expected full-scale government offensive was seriously nuanced in some parts of the Monarchy. The continuous wars draw a new landscape, where the new colonial policy could be applied, especially in the so called strongholds of the empire. Thus, places like Puerto Rico are in a context of rising militarization and at a expenditure that threatens to ruin the Royal Treasury. The precariousness of the role of the State will continuously fall at the mercy of people who are the only able to sustain it.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4"><b>Militarismo, gasto y subversi&oacute;n del orden colonial en el Puerto Rico de las Reformas Borb&oacute;nicas (1765-1815)*</b></font></p>     <p align="center"><font size="3"><b>Militarism, expenditure and subversion of the colonial rule in Puerto Rico during the Bourbon Reforms (1765-1815)</b></font></p>     <p><b>Jos&eacute; Manuel Espinosa Fern&aacute;ndez**</b></p>     <p>* Este texto est&aacute; basado principalmente en mi trabajo de tesis &quot;En los m&aacute;rgenes del Imperio. Puerto Rico, 1765 -1800, de las reformas borb&oacute;nicas a la pol&iacute;tica colonial despu&eacute;s de Cadiz&quot;.</p>     <p>** Doctor en Historia por la Universidad Jaume I (Castell&oacute;n). Profesor tiempo completo Universidad del Norte.</p> <hr>     <p><b>Resumen</b></p>     <p>Durante la segunda mitad del siglo XVIII, la Corona espa&ntilde;ola se embarcar&aacute; en un ambicioso programa de reformas. Se tratar&aacute; de fortalecer el papel del Estado, de recuperar espacios de poder, algo especialmente necesario en las colonias, donde el control metropolitano se dilu&iacute;a a manos de unas oligarqu&iacute;as cada vez m&aacute;s poderosas. Sin embargo, lo que hubiera debido ser una ofensiva gubernamental en toda regla, en determinados rincones de la Monarqu&iacute;a qued&oacute; muy matizada. Las guerras constantes dibujar&aacute;n un nuevo paisaje donde aplicar la nueva pol&iacute;tica colonial, sobre todo en las llamadas plazas fuertes del imperio. All&iacute;, en lugares como Puerto Rico, en un contexto de militarizaci&oacute;n ascendente y ante unos gastos que amenazaban con arruinar la Hacienda del rey, el papel del Estado quedar&aacute; cada vez m&aacute;s en precario, cada vez m&aacute;s a merced de unos s&uacute;bditos que eran los &uacute;nicos capaces de sostenerlo.</p>     <p><b>Palabras clave: </b>Puerto Rico, Reformas Borb&oacute;nicas, situados, siglo XVIII.</p> <hr>     <p><b>Abstract</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>During the second half of the eighteenth century, the Spanish Crown will embark on an ambitious agenda of reforms. The aim will be to strengthen the role of the State, to reclaim power positions, especially necessary in the colonies. In these places, the metropolitan control is attenuated at the hands of some increasingly powerful oligarchies. However, an expected full-scale government offensive was seriously nuanced in some parts of the Monarchy. The continuous wars draw a new landscape, where the new colonial policy could be applied, especially in the so called strongholds of the empire. Thus, places like Puerto Rico are in a context of rising militarization and at a expenditure that threatens to ruin the Royal Treasury. The precariousness of the role of the State will continuously fall at the mercy of people who are the only able to sustain it.</p>     <p><b>Keywords: </b>Puerto Rico, Bourbon Reforms, <i>situados, </i>XVIII century.</p> <hr>     <p><b>Nuevos tiempos para el Imperio</b></p>     <p>Se supone que el XVIII es el siglo en que Espa&ntilde;a &quot;reconquista&quot; su imperio americano.<a href="#1" name="s1"><sup>1</sup></a> Con el primer Borb&oacute;n tambi&eacute;n iban a llegar a la pen&iacute;nsula nuevos modos de gestionar la Monarqu&iacute;a. Comenzar&iacute;a un ciclo de reformas que para empezar afectar&iacute;an a la propia metr&oacute;poli antes que a nada. Se trataba de fortalecer el papel del Estado, de recuperar espacios de poder. Y era en Ultramar donde el poder real m&aacute;s necesitaba reivindicarse, en unas tierras que quedaban muy lejos de la Corte, frente a unos s&uacute;bditos demasiado acostumbrados a hacer y deshacer a su antojo. As&iacute;, a la altura de 1800 la condici&oacute;n colonial de Am&eacute;rica ser&aacute; mucho m&aacute;s clara que cien a&ntilde;os antes, e incluso se manifestar&aacute; ya sin tapujo alguno. Pero esta, que podr&iacute;amos denominar como la teor&iacute;a general, encerraba sus paradojas.</p>     <p>No es poco lo que se ha escrito sobre las Reformas Borb&oacute;nicas y la controversia que suscitan est&aacute; a la altura de tan cuantiosa producci&oacute;n bibliogr&aacute;fica. Vistas de manera m&aacute;s que ben&eacute;vola por gran parte de la historiograf&iacute;a, tradicionalmente se les ha atribuido un importante impulso modernizador. Circunstancia que se enfatizaba a&uacute;n m&aacute;s al hablar del reinado de Carlos III, paradigma del rey ilustrado. Aunque a d&iacute;a de hoy cada vez sean m&aacute;s las voces disonantes que ponen en duda la alegada &quot;modernidad&quot; del Estado borb&oacute;nico.<a href="#2" name="s2"><sup>2</sup></a> En lo que respecta a su vertiente ultramarina, a sus implicaciones para con la pol&iacute;tica colonial, el debate es a&uacute;n mayor.</p>     <p>Durante a&ntilde;os se atendi&oacute; m&aacute;s a la literalidad de los planes salidos de la Corte que a sus propios resultados. Y aunque es cierto que nos encontramos ante una nueva versi&oacute;n del colonialismo hispano, las consecuencias de su puesta en pr&aacute;ctica fueron en algunos casos totalmente impredecibles cuando no contraproducentes. Espa&ntilde;a optaba por aplicar en Ultramar pol&iacute;ticas m&aacute;s acordes con los tiempos que corr&iacute;an y el camino que segu&iacute;an otras metr&oacute;polis rivales. Se pusieron en valor nuevas zonas del Imperio hasta entonces marginadas, hubo planes de fomento y una sucesi&oacute;n de estrategias intentando revitalizar el comercio trasatl&aacute;ntico. Se diversificaban las opciones de hacer rentables aquellas colonias. Porque debemos tener claro que, en resumidas cuentas, lo que segu&iacute;a estando detr&aacute;s de todas estas medidas era el mismo af&aacute;n de riquezas de siempre.<a href="#3" name="s3"><sup>3</sup></a></p>     <p>Aquellos eran tiempos en que los Estados buscaban consolidarse, las necesidades financieras se volv&iacute;an m&aacute;s relevantes que nunca y solo aquellos gobiernos que fueran capaces de movilizar la cantidad adecuada de recursos acabar&iacute;an prevaleciendo. Ah&iacute; descansaban gran parte de los fundamentos del imperialismo moderno. Para Espa&ntilde;a, adem&aacute;s, se trataba de seguir costeando una pol&iacute;tica de potencia hegem&oacute;nica que comenzaba a quedarle grande. M&aacute;s habida cuenta del rumbo que estaba tomando el siglo, convertido en una sucesi&oacute;n de conflictos motivados por el control de los territorios ultramarinos y las rutas comerciales. La guerra terminar&aacute; por inundarlo todo, especialmente en el Caribe, y las pol&iacute;ticas coloniales debieron acomodarse a la nueva realidad.<a href="#4" name="s4"><sup>4</sup></a></p>     <p>En lo que se refiere a Espa&ntilde;a en particular, los tan pregonados planes de fomento, que hubieran necesitado de tiempo para desarrollarse, quedaron relegados por la inmediatez de las urgencias financieras. Tambi&eacute;n por el peso de las circunstancias. Y as&iacute;, lugares como Puerto Rico, que ten&iacute;a todo para convertirse en una pr&oacute;spera colonia de producci&oacute;n, segu&iacute;an valor&aacute;ndose en Madrid m&aacute;s por lo que significaban para la defensa del Imperio, que por lo que aportaban a las finanzas del mismo. Mientras ingleses y franceses convert&iacute;an sus colonias antillanas en ricos enclaves entregados a la econom&iacute;a de plantaci&oacute;n y las exportaciones masivas, a la Corte espa&ntilde;ola solo parec&iacute;an interesarle de su posesi&oacute;n puertorrique&ntilde;a los fuertes que se hab&iacute;an levantado en San Juan.</p>     <p>A&uacute;n m&aacute;s parad&oacute;jico que lo anterior era que en plena ofensiva recaudadora de la metr&oacute;poli, el Imperio albergara y consintiera colonias altamente deficitarias. No es solo que no se aprovechasen al m&aacute;ximo las potencialidades puertorrique&ntilde;as, es que directamente aquella colonia le costaba dinero a la Corona. La Hacienda del rey no era capaz ni tan siquiera de recaudar en la isla lo suficiente como para costear los gastos propios del aparato colonial: burocracia y ej&eacute;rcito principalmente. As&iacute; que desde fines del siglo XVI eran las Cajas de M&eacute;xico las encargas de compensar el d&eacute;ficit de su hom&oacute;loga en San Juan. Algo, por otra parte, nada fuera de lo normal dentro de los esquemas de funcionamiento del Imperio.</p>     <p>Este se conceb&iacute;a de manera unitaria y sus partes deb&iacute;an ser solidarias entre s&iacute;. Era normal que aquellos enclaves que comportaban un especial inter&eacute;s militar y por ello costes defensivos m&aacute;s elevados no fuesen capaces de asumir la totalidad de sus gastos. Por ello, al tiempo que se levantaba la estructura fiscal de Ultramar, se hab&iacute;a ideado un sistema capaz de distribuir los recursos americanos entre las distintas Cajas que lo compon&iacute;an. Las Cajas Reales m&aacute;s solventes financiar&iacute;an con sus excedentes a las deficitarias, asumiendo parte de sus pagos. As&iacute;, durante siglos, se estuvieron poniendo en circulaci&oacute;n considerables sumas de capital -los situados- que supusieron un importante trasvase monetario a lo largo y ancho del continente americano. Plata que, consiguientemente, dejaba de enviarse a la metr&oacute;poli para ser &quot;empleada&quot; en las colonias.<a href="#5" name="s5"><sup>5</sup></a></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Precisamente esa hab&iacute;a sido una de las principales preocupaciones de la Corona a la hora de afrontar las reformas. El descenso de las remesas fiscales llegadas a la pen&iacute;nsula era una prueba alarmante de que en Am&eacute;rica no todo marchaba como debiera desde el punto de vista de la metr&oacute;poli. El beneficio colonial se reduc&iacute;a y mientras, esos fondos eran manejados en las colonias por una sospechosa combinaci&oacute;n de elites locales y bur&oacute;cratas poco escrupulosos, vinculados todos por la fuerza del inter&eacute;s com&uacute;n. Una innovaci&oacute;n administrativa tan importante como el env&iacute;o de intendentes a Am&eacute;rica estaba &iacute;ntimamente relacionada con este estado de cosas. El rey necesitaba de funcionaros &quot;leales&quot; que velaran por la correcta administraci&oacute;n de su dinero, que controlaran de manera mucho m&aacute;s directa y conveniente su Hacienda en Indias.<a href="#6" name="s6"><sup>6</sup></a></p>     <p>El problema es que no se daban las mejores circunstancias para ello. Mientras de un lado se incrementaban los ingresos, gracias a las reformas en la pol&iacute;tica fiscal y por un aumento de la presi&oacute;n recaudadora a lo largo y ancho de la Monarqu&iacute;a, en determinados rincones de la misma, sin embargo, se gastaba plata a manos llenas, en la construcci&oacute;n de fortificaciones, movilizaci&oacute;n de tropas y gastos de guerra en general. Se exprim&iacute;an al m&aacute;ximo los recursos coloniales, pero mucha de esa misma plata segu&iacute;a qued&aacute;ndose en suelo americano, para ser enviada a plazas fuertes como San Juan, donde llegaba cada a&ntilde;o como llovida del cielo en forma de situados.<a href="#7" name="s7"><sup>7</sup></a></p>     <p>Y lo cierto es que la financiaci&oacute;n de lo militar acabar&aacute; siendo uno de los rubros m&aacute;s cuantiosos dentro del gasto total de la Administraci&oacute;n colonial, adem&aacute;s de todo un problema. Sus consecuencias para Am&eacute;rica fueron vitales, m&aacute;s all&aacute; de lo que supusiera para las cuentas de la metr&oacute;poli. Semejante flujo de capitales ser&aacute; un factor clave en el proceso de capitalizaci&oacute;n de la econom&iacute;a americana. Eso, sin olvidar sus fuertes implicaciones en el terreno pol&iacute;tico y social. Recordemos que el poder real estaba intentando recuperar terreno frente a unas elites criollas cada vez m&aacute;s pr&oacute;speras, que hac&iacute;an ostentaci&oacute;n abierta de su poder&iacute;o econ&oacute;mico y que gracias a su dinero -y la venta masiva de cargos en la Administraci&oacute;n- ten&iacute;an abiertas las puertas de la pol&iacute;tica. Las grandes cantidades de plata que segu&iacute;an emple&aacute;ndose en suelo americano no ayudaban en nada, posibilitaban un cierto desarrollo aut&oacute;nomo y sobre todo abr&iacute;an grietas en los mecanismos de control metropolitano. Si lo pensamos, uno de los principios b&aacute;sicos que rigen las relaciones coloniales es la apropiaci&oacute;n por parte de la metr&oacute;poli de los recursos del territorio colonizado y sin embargo, en ciertas partes del imperio ya vemos que no suced&iacute;a eso, todo lo contrario, llegaba la plata que ni siquiera hab&iacute;a, provocando una m&aacute;s que curiosa subversi&oacute;n del orden colonial.<a href="#8" name="s8"><sup>8</sup></a></p>     <p><b>Guerra y gasto</b></p>     <p>Como ya se ha dicho, el principal factor que vino a alterar la pol&iacute;tica colonial del siglo XVIII fue la guerra. Y resulta curioso que durante el siglo anterior hubiesen sido muchos los que hab&iacute;an augurado una nueva fase dentro las relaciones internacionales, un tiempo nuevo en el que el comercio vendr&iacute;a a sustituir los antiguos designios de conquista y explotaci&oacute;n, cuando en realidad iba a ser el control del comercio la nueva manzana de la discordia por la que ahora todos iban a pelear. Aunque tampoco es que podamos decir que la lucha en torno al Caribe fuese algo nuevo.<a href="#9" name="s9"><sup>9</sup></a></p>     <p>Desde los inicios mismos de la colonizaci&oacute;n americana, Espa&ntilde;a hab&iacute;a tenido que hacer frente a los muchos ataques piratas dirigidos contra los principales puertos de la Carrera de Indias y sus rutas de paso. Por el Caribe sal&iacute;an las riquezas americanas y los caminos que comunicaban a la pen&iacute;nsula con sus posesiones ultramarinas lo cruzaban. Sin embargo, estos no eran m&aacute;s que ataques puntuales, muy focalizados y que no iban m&aacute;s all&aacute; de la pura razia. No ser&aacute; hasta que otras potencias comiencen a asentarse en aquellas islas que el panorama cambie. Entonces, con la llegada de holandeses, ingleses y franceses tambi&eacute;n arribaran las viejas querellas que ya enfrentaban a Europa. La conflictividad en la zona subir&aacute; y terminar&aacute; por dispararse a lo largo del siglo XVIII, cuando la regi&oacute;n caribe&ntilde;a alcance, adem&aacute;s, un protagonismo hist&oacute;rico indiscutible. Como zona de producci&oacute;n, sosten&iacute;a la demanda de los que sin duda eran los principales art&iacute;culos de comercio a nivel mundial y, en torno a ella, se estructura todo un circuito comercial que abarcaba tres continentes. De ah&iacute; su trascendencia dentro de la geopol&iacute;tica de entonces, que durante d&eacute;cadas la lucha alrededor del Caribe lo acaparase todo. <a href="#10" name="s10"><sup>10</sup></a></p>     <p>En un principio, la defensa de Am&eacute;rica se hab&iacute;a confiado a peque&ntilde;as guarniciones, repartidas entre las distintas plazas fortificadas que jalonaban las costas e islas por donde discurr&iacute;a el tr&aacute;fico atl&aacute;ntico. Las compon&iacute;an soldados reclutados en la pen&iacute;nsula, que eran destinados &quot;de por vida&quot; a Ultramar. Aparte, muchas dotaciones deb&iacute;an completarse con naturales, que se enrolaban para cubrir las bajas y huecos dif&iacute;ciles de llenar solo con tropas mandadas desde Europa. Este era un modo de proceder que no ocasionaba excesivos gastos a la Corona y que durante siglos se antoj&oacute; suficiente. Al menos hasta comprobar el nuevo cariz que tomaban las relaciones internacionales tras la Guerra de Sucesi&oacute;n Espa&ntilde;ola.<a href="#11" name="s11"><sup>11</sup></a></p>     <p>Durante las primeras d&eacute;cadas del siglo XVIII comenzar&iacute;a a reformarse la estructura militar ultramarina. Se aumentar&iacute;an las dotaciones, se las har&iacute;a m&aacute;s operativas con la creaci&oacute;n de los denominados Batallones Fijos y se incorporar&iacute;a una novedad sustancial, a partir de entonces se enviar&iacute;an unidades desde la pen&iacute;nsula -los batallones de refuerzo- cuando una plaza se encontrara en peligro o se la considerara especialmente vulnerable. Defender el Imperio ya no ser&iacute;a solo cosa de unas cuantas guarniciones aisladas, desde aquel momento los ej&eacute;rcitos del rey se desplazar&iacute;an a Ultramar cada vez que hiciese falta, como si de cualquier otra posesi&oacute;n en Europa se tratara.<a href="#12" name="s12"><sup>12</sup></a> Con ello, evidentemente, los gastos defensivos crecieron.</p>     <p>Y no iban a parar de aumentar a medida que se encadenaran los conflictos, uno tras otro, requiri&eacute;ndose cada vez m&aacute;s soldados, cada vez m&aacute;s inversi&oacute;n para mantener las defensas. En 1739 estallar&iacute;a la primera de una serie de guerras que podr&iacute;amos calificar como &quot;coloniales&quot; y que colocar&aacute;n a Am&eacute;rica en el centro de todas las luchas que por entonces se desaten entre las cortes europeas. La guerra hispano-brit&aacute;nica se prolongar&iacute;a hasta 1748. Y dar&iacute;a paso a un nuevo enfrentamiento unos pocos a&ntilde;os despu&eacute;s, esta vez entre Gran Breta&ntilde;a y Francia (17561763), aunque Espa&ntilde;a terminar&iacute;a interviniendo a partir de 1762. Este conflicto, que en principio se hab&iacute;a desatado por el control de Am&eacute;rica del Norte, acabar&iacute;a resultando trascendental. Su resoluci&oacute;n alterar&iacute;a el equilibrio de potencias establecido por el Tratado de Utrech cincuenta a&ntilde;os antes y transformar&iacute;a el mapa colonial en tres continentes. La integridad del imperio espa&ntilde;ol, a pesar de militar en el bando perdedor, sin embargo no se vio demasiado perjudicada.<a href="#13" name="s13"><sup>13</sup></a> No obstante, la Monarqu&iacute;a no permanecer&iacute;a indiferente a sus consecuencias, solo que se manifestar&iacute;an en otro orden de cosas.</p>     <p>M&aacute;s bien, la derrota de 1763 result&oacute; ser trascendental para el futuro de la pol&iacute;tica hispana y marc&oacute; un punto de inflexi&oacute;n total. Mirando desde el &aacute;ngulo que aqu&iacute; nos ocupa, vemos como la acci&oacute;n exterior pas&oacute; a tener un peso extraordinario dentro del programa pol&iacute;tico de Carlos III y en su nueva estrategia americana el rearme pas&oacute; a convertirse en una prioridad.<a href="#14" name="s14"><sup>14</sup></a> Los riesgos y fallos del sistema defensivo usado hasta la fecha hab&iacute;an quedado al descubierto, hab&iacute;a que cambiarlos. Y los nuevos planes comenzar&iacute;an a ensayarse en el Caribe, de la mano de Alejandro O'Reilly. La intenci&oacute;n era reorganizar el ej&eacute;rcito regular una vez m&aacute;s, ampliar el entramado de fortificaciones y refundar las milicias criollas, convirti&eacute;ndolas en un aut&eacute;ntico cuerpo auxiliar para los casos de necesidad. Pero llevar a cabo semejante plan iba a suponer que los gastos siguieran creciendo, ahora adem&aacute;s de manera muy considerable.<a href="#15" name="s15"><sup>15</sup></a></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En Puerto Rico, por ejemplo, al coste evidente de mantener en pie de guerra una dotaci&oacute;n mayor se unir&iacute;a la elevada inversi&oacute;n hecha en la fortificaci&oacute;n de San Juan. Sus castillos principales se iban a reconstruir y ampliar y la ciudad se convertir&iacute;a en un recinto totalmente amurallado. Las obras que comiencen en 1766 durar&aacute;n a&ntilde;os, hasta finales de siglo, y si acaso nunca se acabar&aacute;n, porque siempre hab&iacute;a alg&uacute;n baluarte que reparar, alg&uacute;n lienzo de muralla que volver a levantar. <a href="#16" name="s16"><sup>16</sup></a></p>     <p>Lo peor es que el Tratado de Par&iacute;s no consigui&oacute; poner fin a las tensiones hispano-franco-brit&aacute;nicas. Los a&ntilde;os que le siguieron se vivieron bajo una sensaci&oacute;n de amenaza constante. As&iacute; dif&iacute;cilmente podr&iacute;a ponerse freno a la militarizaci&oacute;n que viv&iacute;an las plazas americanas. No hab&iacute;a c&oacute;mo poner remedio al gasto. Finalmente, la rebeli&oacute;n de las colonias inglesas de Norteam&eacute;rica desencadenar&iacute;a un nuevo enfrentamiento, brindando la ocasi&oacute;n a franceses y espa&ntilde;oles de resarcirse de la derrota anterior y debilitar a Gran Breta&ntilde;a, el enemigo com&uacute;n. Espa&ntilde;a no entr&oacute; oficialmente en el conflicto hasta 1779, aunque los enclaves espa&ntilde;oles estaban en pie de guerra desde el mismo 1776.<a href="#17" name="s17"><sup>17</sup></a> Las hostilidades se prolongaron hasta 1783 y al menos esta vez la Monarqu&iacute;a milit&oacute; en el bando triunfante. Pero vengar la derrota de 1762 result&oacute; excesivamente caro a las arcas reales. El grueso de las operaciones espa&ntilde;olas gir&oacute; en torno al Caribe. Y para la zona este conflicto resultar&aacute; definitivo. Con &eacute;l la regi&oacute;n alcanza unas cuotas de protagonismo que dif&iacute;cilmente recuperar&aacute; despu&eacute;s. La concentraci&oacute;n de tropas y el n&uacute;mero de acciones en torno a sus aguas dan fe de ello.<a href="#18" name="s18"><sup>18</sup></a></p>     <p>La guerra hab&iacute;a resultado un sacrificio enorme para la Hacienda del rey que tardar&aacute; a&ntilde;os en recuperarse. Sin embargo, tampoco esta vez la paz durar&aacute; mucho. En Espa&ntilde;a ya reinaba Carlos IV cuando Europa se ve&iacute;a sacudida por la Revoluci&oacute;n Francesa. Las consecuencias en Am&eacute;rica no se hicieron esperar. Los esclavos de la colonia antillana de Saint Domingue se levantan en armas en 1791 intentando hacer suyas las proclamas revolucionarias de igualdad, y de paso van a sembrar el miedo en las islas vecinas.<a href="#19" name="s19"><sup>19</sup></a> Dos a&ntilde;os despu&eacute;s comenzar&iacute;a un enfrentamiento entre Espa&ntilde;a y la Francia revolucionaria. Esta contienda dar&aacute; paso a un nuevo ciclo de guerras, que se prolonga casi sin soluci&oacute;n de continuidad entre entonces y los primeros a&ntilde;os del siglo siguiente. Primero frente al nuevo gobierno franc&eacute;s, sosteniendo la legitimidad de las monarqu&iacute;as absolutas (1793-1795) y luego peleando contra Gran Breta&ntilde;a a cuenta del tr&aacute;fico mar&iacute;timo, en una guerra que comenzar&aacute; en 1796 y que salvo un m&iacute;nimo per&iacute;odo de tregua entre 1802 y 1804 durar&aacute; hasta que sea la propia pen&iacute;nsula la que resulte invadida en 1808 por los supuestos aliados franceses. En el transcurso de esta &uacute;ltima contienda, Puerto Rico alcanzar&aacute; un especial protagonismo, ya que en 1797 tuvo que hacer frente a un intento de invasi&oacute;n ingl&eacute;s.</p>     <p>Para entonces, el gasto inabarcable que supon&iacute;an a la Monarqu&iacute;a las plazas caribe&ntilde;as y lo complicado de mantener abiertas las comunicaciones entre las distintas partes del Imperio, debido al estado de guerra permanente y la inferioridad manifiesta de la flota ib&eacute;rica en los mares americanos, ya hab&iacute;an comenzado a proyectar una sombra amenazante sobre la regi&oacute;n, sobre colonias como Puerto Rico. Luego volveremos a ello, pero ahora resumamos todo lo anterior a cifras y aparecer&aacute; mucho m&aacute;s claro el proceso de militarizaci&oacute;n al que hemos aludido. Para empezar sigamos la evoluci&oacute;n de la dotaci&oacute;n destinada a Puerto Rico durante el siglo, tomaremos unos cuantos momentos puntuales y muy significativos como hitos: el estado que ten&iacute;a la guarnici&oacute;n antes de la creaci&oacute;n del Batall&oacute;n Fijo (1732),<a href="#20" name="s20"><sup>20</sup></a> una vez se organice este (1741)<a href="#21" name="s21"><sup>21</sup></a>, justo al terminar la Guerra de los Siete A&ntilde;os (1763)<a href="#22" name="s22"><sup>22</sup></a>, tras la reforma de O'Reilly (1765),<a href="#23" name="s23"><sup>23</sup></a> una vez se suprima el Batall&oacute;n Fijo y se recurra de manera sistem&aacute;tica a los destacamentos llegados desde la pen&iacute;nsula (1767)<a href="#24" name="s24"><sup>24</sup></a>, al iniciarse el conflicto en las colonias norteamericanas (1776),<a href="#25" name="s25"><sup>25</sup></a> al finalizar esta guerra (1783)<a href="#26" name="s26"><sup>26</sup></a> y vuelta a una situaci&oacute;n de paz (1785).<a href="#27" name="s27"><sup>27</sup></a></p>     <p align="center"><img src="img/revistas/memor/n13/n13a03-1.jpg"></p>     <p>Como se ve, el peso que ganan a partir de 1767 las tropas de refuerzo llegadas desde la pen&iacute;nsula para servir temporalmente en la isla durante unos a&ntilde;os es espectacular:</p>     <p align="center"><img src="img/revistas/memor/n13/n13a03-2.jpg"></p>     <p align="center"><img src="img/revistas/memor/n13/n13a03-3.jpg"></p>     <p>En el mismo sentido, la incorporaci&oacute;n de las milicias a la defensa de la plaza terminar&aacute; por ser un elemento m&aacute;s de este proceso que lleva a lo militar a acapararlo -presupuestariamente hablando- todo. La apuesta por las milicias en principio deber&iacute;a haber supuesto un ahorro, pues solo se les pagaba mientras estaban movilizadas, pero ante semejante estado de beligerancia continua, se encontraban en pie de guerra constantemente. Desde los distintos pueblos de la isla se mandaban milicianos a la capital ante cualquier amenaza de peligro e incluso se decidi&oacute; a partir de 1794 que las dos compa&ntilde;&iacute;as de San Juan entraran a formar parte del cuerpo de artiller&iacute;a de la plaza de manera permanente.<a href="#34" name="s34"><sup>34</sup></a> Un buen ejemplo de la importancia que las milicias van adquiriendo es que, en 1797, de los poco m&aacute;s de cuatro mil defensores de San Juan, al menos dos mil trescientos fueron milicianos.<a href="#35" name="s35"><sup>35</sup></a></p>     <p>El apartado dedicado a pagas de la tropa era m&aacute;s que considerable, pero adem&aacute;s se le un&iacute;a otro en nada menor. Ya que las murallas de San Juan parec&iacute;an capaces de devorar cuanta plata llegaba a la ciudad y un poco m&aacute;s. Cuando se proyectaron, se calcul&oacute; que levantar todas las obras planeadas costar&iacute;a poco m&aacute;s de un mill&oacute;n trescientos mil pesos (1.317.790)<a href="#36" name="s36"><sup>36</sup></a> y sin embargo, veinte a&ntilde;os despu&eacute;s de iniciadas, en 1785, lo gastado ya hab&iacute;a pasado ampliamente de los dos millones (2.184.860).<a href="#37" name="s37"><sup>37</sup></a> Con todo y eso, el fondo destinado en cajas para las obras acumul&oacute; deudas desde el inicio mismo de los trabajos y, en 1804, el monto acumulado de estas ya rondaba el mill&oacute;n de pesos (991.895).<a href="#38" name="s38"><sup>38</sup></a></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>La financiaci&oacute;n de las defensas:</b></p>     <p>Cifras como las anteriores, as&iacute; tomadas, seguramente nos digan poco, puestas en relaci&oacute;n con otras de su contexto nos aclarar&aacute;n m&aacute;s. Empecemos por ver los ingresos propios que la Hacienda puertorrique&ntilde;a ten&iacute;a. En 1765, lo recaudado en toda la isla ascend&iacute;a a 10.804 pesos, una cantidad rid&iacute;cula comparada con las vistas un poco m&aacute;s arriba.<a href="#39" name="s39"><sup>39</sup></a> Para entonces, lo que se enviaba desde M&eacute;xico v&iacute;a situados ya eran 101.861.<a href="#40" name="s40"><sup>40</sup></a> Y para el a&ntilde;o siguiente a&uacute;n iba a ser mucho m&aacute;s, pues Alejandro O'Reilly hab&iacute;a sugerido a la Corona que para acometer las nuevas obras de fortificaci&oacute;n se incrementasen las remesas mexicanas con 100.000 pesos anuales.<a href="#41" name="s41"><sup>41</sup></a> A partir de entonces, el monto de los situados no par&oacute; de crecer, con el paso de los a&ntilde;os, cada vez ser&aacute; m&aacute;s evidente la dependencia de aquella colonia respecto de los caudales que llegaban de fuera. Porque aunque se aumentaran los ingresos propios de la Caja -que se aumentar&aacute;n a lo largo del siglo-, nunca ser&aacute;n suficientes como para sufragar todos los gastos, menos si estos crec&iacute;an al ritmo que lo estaban haciendo.</p>     <p>Sin ir m&aacute;s lejos, las asignaciones para obras y el rearme de los castillos se fueron incrementando paulatinamente hasta m&aacute;s que duplicarse. En 1772 pasar&iacute;an a ser 150.000 y tres a&ntilde;os despu&eacute;s volver&iacute;an a aumentarse hasta los 225.000 pesos anuales.<a href="#42" name="s42"><sup>42</sup></a> Aun as&iacute;, ya vimos que el dinero llegado nunca fue suficiente. En l&iacute;neas generales, la evoluci&oacute;n de las remesas a lo largo del siglo XVIII fue espectacular. En toda la primera d&eacute;cada del mismo, los caudales ingresados en la Caja de San Juan en concepto de situados fueron 298.344 pesos.<a href="#43" name="s43"><sup>43</sup></a><sup> </sup>En los &uacute;ltimos diez a&ntilde;os se enviaron desde M&eacute;xico 3.638.809.<sup><a href="#44" name="s44">44</a></sup> Este aumento, que se fue desarrollando de manera paulatina a lo largo del siglo, vivi&oacute; su gran punto de inflexi&oacute;n a partir de 1765.</p>     <p>Los alrededor de ochenta mil pesos que se deb&iacute;an enviar a la isla a mediados de siglo, y que correspond&iacute;an a un per&iacute;odo de paz, se vieron incrementados a m&aacute;s de cien mil al llegar los a&ntilde;os sesenta.<a href="#45" name="s45"><sup>45</sup></a> La guerra entre Francia y Gran Breta&ntilde;a hab&iacute;a llevado la inestabilidad a la zona y Espa&ntilde;a ir&aacute; acumulando tropas en Puerto Rico incluso antes de entrar oficialmente en el conflicto, en previsi&oacute;n de un posible ataque. Lejos de volver a la normalidad, una vez finalizada la contienda y antes de que los hombres de refuerzo regresaran a la pen&iacute;nsula, se produjo la visita de O'Reilly. A partir de ah&iacute;, los env&iacute;os se vieron m&aacute;s que duplicados -ya pasaban bastante de los doscientos cincuenta mil-, se aument&oacute; la guarnici&oacute;n de la plaza y eso, evidentemente, conllevaba mayores gastos en sueldos, pero adem&aacute;s y sobre todo, con el inicio de las obras de fortificaci&oacute;n empezar&iacute;an a incluirse remesas de plata con que financiarlas, como ya se ha aludido.</p>     <p>Los env&iacute;os crecer&aacute;n m&aacute;s y m&aacute;s. En 1768 sobrepasan los trescientos cincuenta mil pesos, al llegar la d&eacute;cada de los a&ntilde;os setenta rondan los cuatrocientos cincuenta mil, tras iniciarse la sublevaci&oacute;n de las colonias norteamericanas se sobrepasan los seiscientos mil y, un a&ntilde;o antes de que Espa&ntilde;a entre en esa guerra, ya se han alcanzado los setecientos cincuenta mil. La tendencia es clara, entre 1768 y 1778 el valor de las remesas se hab&iacute;a duplicado.<a href="#46" name="s46"><sup>46</sup></a> En el &iacute;nterin, se hab&iacute;a vivido una grave crisis preb&eacute;lica entre 1770 y 1771 que oblig&oacute; a doblar la guarnici&oacute;n durante un tiempo, recordemos que adem&aacute;s se aumentan por dos veces las cantidades destinadas a obras, y a partir de 1776 se hab&iacute;an acantonado en la isla soldados como nunca antes los hubo. Si el proceso lo observamos de manera m&aacute;s amplia, la progresi&oacute;n es impresionante. En veinte a&ntilde;os, entre 1758 y 1778, la defensa de Puerto Rico hab&iacute;a pasado a costar nueve veces m&aacute;s.<sup><a href="#47" name="s47">47</a></sup> Para entonces, la Hacienda puertorrique&ntilde;a estaba rindiendo unos cuarenta y cinco mil pesos. Los ingresos hab&iacute;an aumentado, pero no lo suficiente. La proporci&oacute;n entre situados y ramos interiores segu&iacute;a siendo abrumadora, seg&uacute;n datos de 1778, los 45.000 pesos recaudados<a href="#48" name="s48"><sup>48</sup></a> se completaron con 619.072 llegados de fuera.<a href="#49" name="s49"><sup>49</sup></a> Tal desproporci&oacute;n (los situados supon&iacute;an el 93,22% de las entradas) no era sana. El ritmo de gasto, adem&aacute;s, estaba alcanzando niveles inabarcables. La entrada de Espa&ntilde;a en una nueva guerra en 1779 iba a venir a demostrarlo.</p>     <p>La Guerra de Independencia de las colonias norteamericanas supuso el culmen en el proceso de militarizaci&oacute;n vivido por el Caribe y hace visibles, por primera vez, signos serios de agotamientos en el sistema que hab&iacute;a permitido llevarlo a cabo. El monto de los situados subi&oacute; como nunca mientras que aquel mar se convert&iacute;a en el lugar menos seguro para el trasiego de plata. Cada vez era m&aacute;s dif&iacute;cil hacer llegar los capitales mexicanos a las plazas antillanas y los env&iacute;os pr&aacute;cticamente se vieron interrumpidos mientras dur&oacute; el conflicto. Lo que hac&iacute;a que la situaci&oacute;n en lugares como Puerto Rico se volviera complicada. Hasta entonces, cuando se hab&iacute;an producido retrasos en las llegadas se hab&iacute;an debido m&aacute;s a problemas de tipo log&iacute;stico que a cualquier otra cosa. Adem&aacute;s, los retrasos no tardaban en recuperarse incrementando las remesas de un a&ntilde;o para otro. Ahora era distinto. La enormidad de los gastos a atender y la magnitud de los situados hicieron imposible recuperar lo atrasado de forma inmediata.</p>     <p>En Puerto Rico, durante los a&ntilde;os que dur&oacute; la guerra y a&uacute;n unos cuantos despu&eacute;s, el env&iacute;o de capitales no lleg&oacute; a interrumpirse del todo, pero la periodicidad se vio bastante alterada y las asignaciones muy mermadas. Todav&iacute;a un par de meses antes de que se tuviera noticia en la isla del comienzo oficial del conflicto se hab&iacute;an recibido 753.705 pesos correspondientes al situado de 1778,<a href="#50" name="s50"><sup>50</sup></a> pero habr&aacute; que esperar hasta diciembre de 1781 para que llegue el de 1779, 286.511.<a href="#51" name="s51"><sup>51</sup></a> No consta que hubiese env&iacute;os en 1782 y a partir de 1783 s&iacute; que van entrando algunas cantidades, aunque ciertamente con cuentagotas, 100.000 pesos ese a&ntilde;o, 400.000 en 1784 y 261.661 en 1785.<a href="#52" name="s52"><sup>52</sup></a></p>     <p>Con semejantes cantidades, era imposible no solo enjugar los atrasos que se hab&iacute;an ido acumulando, sino evitar que las deudas crecieran todav&iacute;a m&aacute;s.<a href="#53" name="s53"><sup>53</sup></a> Para entonces, la Hacienda de la isla ten&iacute;a un saldo negativo de 994.459 pesos.<a href="#54" name="s54"><sup>54</sup></a> Es l&oacute;gico que la Corona andara ya pensando en poner freno al gasto descontrolado con que las plazas caribe&ntilde;as desangraban las arcas reales. De hecho, el a&ntilde;o anterior ya se hab&iacute;a emitido una real orden previniendo a todos los territorios que depend&iacute;an de los situados novohispanos de que, a partir de entonces, deber&iacute;an dar puntual conocimiento al Tribunal de Cuentas de M&eacute;xico del uso que se daba a los caudales que se les mandaban. Al final de cada a&ntilde;o, las contadur&iacute;as de Puerto Rico, Santo Domingo, La Habana y Luisiana deber&iacute;an formar una <i>cuenta formal y justificada </i>de la inversi&oacute;n de los capitales recibidos y mandarla al continente.<a href="#55" name="s55"><sup>55</sup></a></p>     <p>En esa misma l&iacute;nea, pero en lo que solo a Puerto Rico se refiere, una real orden anterior, de 28 de febrero de 1784, hab&iacute;a rebajado la asignaci&oacute;n situada para las obras de fortificaci&oacute;n de la isla, dej&aacute;ndola en los 100.000 que tuvo originalmente.<a href="#56" name="s56"><sup>56</sup></a> Finalmente, la real orden de 27 de junio de 1784 establecer&iacute;a los situados correspondientes a la isla en 376.896 pesos cada a&ntilde;o. Cantidad que inclu&iacute;a lo destinado al fondo de fortificaciones y los gastos ordinarios de la plaza: sueldo de la tropa, pagos a empleados, etc. <a href="#57" name="s57"><sup>57</sup></a> Y alg&uacute;n resultado se obtuvo. Al menos se consigui&oacute; que los gastos no se elevaran muy por encima de lo presupuestado, como suced&iacute;a antes. Entre 1786 y 1797 se recibieron en la isla 4.183.660 pesos, con una media resultante de 380.332 pesos al a&ntilde;o, poco m&aacute;s de lo estipulado.<a href="#58" name="s58"><sup>58</sup></a> Pero ello no significa que el problema de la financiaci&oacute;n de las defensas se hubiese solucionado. El tiempo se empe&ntilde;ar&aacute; en demostrar que todav&iacute;a lo peor estaba por llegar.</p>     <p>Otra vez una guerra, una vez m&aacute;s contra Gran Breta&ntilde;a, pondr&iacute;a en entredicho los cimientos econ&oacute;micos del Imperio en Ultramar. Y esta vez sacudir&iacute;a el edificio levantado durante siglos hasta pr&aacute;cticamente echarlo abajo del todo. Para Puerto Rico, este nuevo conflicto con los ingleses supondr&iacute;a que la guerra llegara literalmente a su suelo. Pero m&aacute;s all&aacute; del asedio sufrido durante 1797, fue el asfixiante control brit&aacute;nico de los mares lo que acab&oacute; colapsando la colonia.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En la isla se vivi&oacute; con incertidumbre desde el comienzo mismo de las hostilidades. Puerto Rico ya hab&iacute;a sido objeto de la ambici&oacute;n brit&aacute;nica durante las conversaciones de paz de la guerra anterior y desde el primer d&iacute;a se temi&oacute; un ataque.<a href="#59" name="s59"><sup>59</sup></a> Ataque que llegar&iacute;a durante la primavera de 1797. Y que aunque no tuvo las mayores consecuencias, pues fue rechazado tras poco m&aacute;s de dos semanas, origin&oacute; gastos, y muchos.<a href="#60" name="s60"><sup>60</sup></a> Antes y despu&eacute;s de que se produjera el asedio ingl&eacute;s, el gobernador de la isla, que entonces era Ram&oacute;n de Castro, no par&oacute; de reclamar auxilios econ&oacute;micos con los que mantener la plaza en el adecuado pie de guerra.</p>     <p>Pero no solo no le llegaron los env&iacute;os extraordinarios que solicitaba, sino que ni siquiera pudo contar con los situados ordinarios al completo. En 1797 llegaron 207.000 pesos,<a href="#61" name="s61"><sup>61</sup></a> en el verano de 1798 otros 209.205.<a href="#62" name="s62"><sup>62</sup></a> Era insuficiente. Con lo que llegaba no hab&iacute;a para satisfacer los sueldos de la guarnici&oacute;n -a la que se ten&iacute;a a media paga- ni para atender las obras en los baluartes ni para mantener movilizadas a las milicias, menos a&uacute;n para liquidar las deudas contra&iacute;das a cuenta del asedio y los gastos que hab&iacute;a deparado.<a href="#63" name="s63"><sup>63</sup></a></p>     <p>De Castro directamente solicitar&aacute; que se aumente el situado estipulado para la isla, hasta dejarlo en algo m&aacute;s de los seiscientos mil pesos (608.016) al a&ntilde;o. <a href="#64" name="s64"><sup>64</sup></a> Pero eso era pedir mucho. Ya no parec&iacute;a tiempo para reclamos como ese. El caso se estudi&oacute; en M&eacute;xico pero no se vio lugar para conceder el aumento.<a href="#65" name="s65"><sup>65</sup></a> En la isla se hab&iacute;an recibido entre 1797 y 1799, 1.335.900 pesos, 205.212 m&aacute;s de lo que supon&iacute;an las asignaciones ordinarias,<a href="#66" name="s66"><sup>66</sup></a> y con eso habr&iacute;a que conformarse, claro que, solo los gastos extraordinarios originados durante el asedio de 1797 se cifraban por parte de las autoridades puertorrique&ntilde;as en 513.080 pesos.<a href="#67" name="s67"><sup>67</sup></a> Todav&iacute;a quedaba mucho para poner al d&iacute;a las cuentas.</p>     <p>Lejos de mejorar, adem&aacute;s, fue a partir de entonces que las cosas se pusieron realmente dif&iacute;ciles en Puerto Rico. En 1800 no se recibi&oacute; nada. Los barcos que deb&iacute;an transportar los situados para Puerto Rico y Santo Domingo se encontraban retenidos en Veracruz. Para los primeros d&iacute;as de 1801, la situaci&oacute;n en las cajas ya era bastante apurada y apenas si quedaban fondos para afrontar las obligaciones de un mes.<a href="#68" name="s68"><sup>68</sup></a> Ante la falta de caudales, en la isla se hab&iacute;an ido adoptando todas las econom&iacute;as posibles pero, aun as&iacute;, el dinero no alcanzaba. Se solicitaron caudales a las instancias superiores pero no lleg&oacute; nada, el a&ntilde;o acab&oacute; y se deb&iacute;an en la isla dos situados completos m&aacute;s las deudas extraordinarias que no se hab&iacute;an liquidado.</p>     <p>Los cauces oficiales para hacer llegar los situados se cerraban e incluso se llegaron a firmar contratas con particulares para hacer llegar alg&uacute;n caudal a Puerto Rico.<a href="#69" name="s69"><sup>69</sup></a> Pero ni aun as&iacute; era f&aacute;cil. Afortunadamente la guerra dio un respiro en 1802, y ese mismo a&ntilde;o llegaron 570.512 pesos en varios env&iacute;os. Sin embargo, segu&iacute;a sin ser suficiente. Solo en situados ordinarios, desde 1800, se deb&iacute;an haber recibido en aquellas cajas 1.130.688 pesos, sin contar con los tan tra&iacute;dos y llevados &quot;extraordinarios&quot;, que todav&iacute;a estaban por liquidar.<a href="#70" name="s70"><sup>70</sup></a> Que se hubiera firmado la paz, adem&aacute;s, no iba a significar que se recuperara la total normalidad de los env&iacute;os. La situaci&oacute;n cr&iacute;tica de las cajas continuaba incluso acabada la guerra.</p>     <p>Sin las remesas de fuera, los pagos debidos por la Caja se atrasaban, la Hacienda se ve&iacute;a obligada a &quot;empe&ntilde;arse&quot; con los particulares y todas las cuentas quedaban alteradas al ser constantes los prestamos de unos ramos a otros. En el momento que llegaba alg&uacute;n dinero, apenas si se alcanzaba a pagar las deudas y las cajas volv&iacute;an a quedar en precario.<a href="#71" name="s71"><sup>71</sup></a> Lo peor es que 1802 no dej&oacute; de ser un par&eacute;ntesis, a partir de entonces ya no se volver&aacute; a recibir en la isla un situado como tal. Solo migajas a cuenta de los atrasos acumulados y alg&uacute;n que otro env&iacute;o de auxilio, de los muchos que se solicitan a cuanta Caja americana se ten&iacute;a a mano. Con la guerra que acaba en 1783, la imponente maquinaria financiera levantada para sostener las defensas americanas hab&iacute;a comenzado a mostrar se&ntilde;ales inequ&iacute;vocas de agotamiento, el estado de beligerancia y empe&ntilde;o constante que vive la Monarqu&iacute;a durante los &uacute;ltimos a&ntilde;os del siglo altera su funcionamiento hasta niveles que hacen dif&iacute;cil su viabilidad. Al llegar el 1800, definitivamente asistimos a su colapso.</p>     <p>Antes de que volvieran a reiniciarse las hostilidades con los ingleses, en las navidades de 1804, todav&iacute;a llegaron 230.800 pesos correspondientes a ese a&ntilde;o y el anterior.<a href="#72" name="s72"><sup>72</sup></a> Pero m&aacute;s all&aacute; de la guerra, era el sistema en s&iacute; el que estaba en crisis y poco se podr&iacute;a hacer para recuperarlo, sobre todo porque ya no hab&iacute;a tanto dinero como atenciones a las que acudir. Hasta entonces, Nueva Espa&ntilde;a, pieza indispensable para que todo el engranaje funcionara, hab&iacute;a estado repartiendo, de mejor o peor gana, pero religiosamente, sus &quot;excedentes&quot; con las plazas caribe&ntilde;as. Llegado el nuevo siglo, se har&aacute; m&aacute;s dif&iacute;cil que nunca sacar cualquier remesa de las Cajas del continente, rumbo al Caribe al menos. Habr&aacute; que pelear hasta el &uacute;ltimo real concedido como no se hab&iacute;a hecho antes.<a href="#73" name="s73"><sup>73</sup></a></p>     <p>A partir de entonces llegar&aacute; alguna que otra ayuda espor&aacute;dica, pero los env&iacute;os regulares de situados ya no se reanudar&aacute;n jam&aacute;s. Desde San Juan se solicitar&aacute; ayuda a cuanta Caja, pr&oacute;xima o no, se pueda recurrir, no solo a M&eacute;xico, tambi&eacute;n a La Habana, Caracas, Santa Fe, etc. Pero casi todo fue en vano.<a href="#74" name="s74"><sup>74</sup></a> Se obtiene el ofrecimiento de poder girar libranzas contra algunas de aquellas Cajas, por valor de algo m&aacute;s de doscientos mil pesos, tambi&eacute;n se volvi&oacute; a firmar una contrata con un comerciante particular para que hiciera llegar algo de dinero en met&aacute;lico a San Juan, 100.000 pesos, pero poco m&aacute;s.<a href="#75" name="s75"><sup>75</sup></a></p>     <p>Es dif&iacute;cil seguir las cantidades que durante los a&ntilde;os siguientes se fueron recibiendo, puede que hubiera otros auxilios de este tipo, sobre todo libranzas, pero lo que es seguro es que las cosas no fueron sino a peor. Nunca m&aacute;s volver&aacute;n a llegar situados como tal. Y solo en 1809, como gran excepci&oacute;n, vuelve a entrar una suma considerable de plata en San Juan. Ese a&ntilde;o, y despu&eacute;s de cinco a&ntilde;os y medio soportando la falta de situados, las autoridades puertorrique&ntilde;as deciden ir a buscarlos directamente a M&eacute;xico, dado el ning&uacute;n efecto que hab&iacute;an tenido las repetidas peticiones y hasta los apremios dirigidos desde la Corte.<a href="#76" name="s76"><sup>76</sup></a> Aquel intento, a pesar de lo audaz y de saltarse los cauces previstos, dio sin embargo unos resultados de lo m&aacute;s esperanzadores, al conseguir llevar hasta la isla 500.000 pesos.<a href="#77" name="s77"><sup>77</sup></a> Claro que lo que nadie esperaba all&iacute; es que aquellos pesos acabaran suponiendo, en cierto sentido, una especie de ep&iacute;logo.<a href="#78" name="s78"><sup>78</sup></a> El tiempo nuevo que se viv&iacute;a no daba para retomar v&iacute;nculos que claramente estaban en proceso de disoluci&oacute;n. Para entonces, las tropas napole&oacute;nicas campaban a sus anchas por la pen&iacute;nsula y la Monarqu&iacute;a se hab&iacute;a quedado sin rey, sin el leg&iacute;timo al menos. Am&eacute;rica no permanecer&aacute; indiferente ante los acontecimientos de la metr&oacute;poli y el Imperio, tal y como se conoc&iacute;a, asist&iacute;a al principio de su fin.</p>     <p><b>Unas consecuencias del todo imprevistas</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El dinero no llegaba e inmersa en la espiral b&eacute;lica en la que la Monarqu&iacute;a se encontraba, reducir las cargas militares en la isla era un imposible. Adem&aacute;s, Puerto Rico por s&iacute; solo no contaba con recursos suficientes como para costear un despliegue tal y como el que la situaci&oacute;n demandaba. No era raro que en los almacenes faltaran pertrechos, municiones y armas. Tampoco hab&iacute;a v&iacute;veres con los que resistir en caso de sitio, ni dinero con el que hacerse con ellos.<a href="#79" name="s79"><sup>79</sup></a> La defensa de aquel enclave se comenzaba a escapar de las manos: <i>Aseguro a VE, como es p&uacute;blico y notorio, que ya esta Ysla no necesita enemigos armados contra su conservaci&oacute;n, lo es muy bastante y superior la falta de medios para subsistir, que</i> <i>ha llegado al &uacute;ltimo extremo... </i>Lleg&oacute; a escribir el gobernador Toribio Montes.<a href="#80" name="s80"><sup>80</sup></a></p>     <p>A pesar de los planes de fomento y de haber endurecido la pol&iacute;tica fiscal en la isla desde d&eacute;cadas atr&aacute;s, los ramos internos dif&iacute;cilmente llegaban a superar las cifras del monto asignado v&iacute;a situados. Con lo que incluso dedicando todo lo recaudado a los gastos militares, apenas si daba para sufragarlos. En 1811, por ejemplo, lo recaudado ya estaba muy por encima de los escasos once mil pesos registrados en 1765, pero los 308.807 pesos que se contaba con recaudar segu&iacute;an siendo un pobre alivio cuando los gastos para el a&ntilde;o siguiente se estimaban en 448.921.<a href="#81" name="s81"><sup>81</sup></a> No quedaba lugar para el imprevisto, el d&eacute;ficit ya se calculaba de antemano y la mayor&iacute;a de los ingresos ya estaban comprometidos incluso antes de hacerse efectivos.</p>     <p>Lo cierto es que incluso antes, mientras los situados estuvieron llegando de forma regular, la econom&iacute;a de Puerto Rico ya se hab&iacute;a acostumbrado a vivir en una especie de dif&iacute;cil equilibrio. Los situados, de por s&iacute;, ya eran un pago a posteriori de los gastos generados en la plaza, as&iacute; que las distintas econom&iacute;as receptoras se hab&iacute;an ido adecuando a ello. Incluso hab&iacute;an sabido aprovecharlo. Ser una plaza fuerte de primera magnitud no dejaba de ser una especie de suerte, especialmente si ello iba a ir acompa&ntilde;ado de una lluvia de plata con que financiarlo.</p>     <p>Plata que por supuesto pondr&iacute;an otros y que sin la existencia de los situados ser&iacute;a imposible de encontrar en circulaci&oacute;n en lugares como Puerto Rico.</p>     <p>En mayor o menor medida, cada cual en la colonia hab&iacute;a intentado sacar partido de la situaci&oacute;n. No es dif&iacute;cil imaginar a toda una ciudad y alrededores esperando cada a&ntilde;o la llegada del situado. De los pesos que ven&iacute;an de M&eacute;xico no solo depend&iacute;a el sueldo de la guarnici&oacute;n o los funcionarios p&uacute;blicos, eran necesarios para proseguir las obras o realizar los pagos debidos por la Caja; en ellos ten&iacute;an sus esperanzas puestas quienes despachaban vituallas a los soldados y sus familias, los que suministraban materiales para las obras o aquellos que simplemente negociaban adelantos en met&aacute;lico a la Real Hacienda.</p>     <p>La ciudad de San Juan se hab&iacute;a transformado al ritmo de la plata que llegaba. La plaza se llena de soldados, de operarios en busca de trabajo en las obras y gentes varias atra&iacute;das por la actividad fren&eacute;tica que inunda sus calles. Entre 1765 y 1778 la poblaci&oacute;n de la capital pasa de 4.506 a 6.605 habitantes. Eso sin contar los aproximadamente dos mil quinientos hombres que conformaban entonces su guarnici&oacute;n.<a href="#82" name="s82"><sup>82</sup></a> Para entonces, la ciudad se hab&iacute;a convertido en un llamativo polo de atracci&oacute;n, abierto a nuevas y prometedoras posibilidades de negocio. Un funcionario del gobierno en la isla afirmar&iacute;a por aquello a&ntilde;os:</p>     <blockquote>       <p>En el referido a&ntilde;o de mil setecientos sesenta y cinco, termin&oacute; la &eacute;poca miserable de esta isla, que en muchos tiempos estuvo constituida, pues es incre&iacute;ble el conocido aumento que ha tenido en todas sus partes debido a las crecidas entradas de caudales en reales arcas...<a href="#83" name="s83"><sup>83</sup></a></p> </blockquote>     <p>Hab&iacute;a sido frecuente y muy rentable, por ejemplo, dedicarse al adelanto de suministros a las tropas. Ya que estos cobraban en moneda de calidad, pero siempre tarde, por lo que acababan en manos de un pu&ntilde;ado de comerciantes y sus propios capitanes, que adem&aacute;s distribu&iacute;an las pagas.<a href="#84" name="s84"><sup>84</sup></a> Oficiales y tenderos actuaban en total connivencia y a la hora de repartir ganancias los jefes se llevaban una comisi&oacute;n del diez o el quince por ciento del valor de los g&eacute;neros suministrados, en unas ventas que ya de por s&iacute; se estimaba en la Corte que andaban infladas por encima del veinte por ciento. Y no olvidemos que en los momentos de m&aacute;xima concentraci&oacute;n de tropas en la isla, estas llegar&aacute;n a constituir casi el cuarenta por ciento del total de la poblaci&oacute;n de San Juan.<a href="#85" name="s85"><sup>85</sup></a></p>     <p>Otra ventajosa fuente de ingresos debi&oacute; haber sido el abasto de materiales para las obras. Con un presupuesto que a lo largo de los a&ntilde;os se m&aacute;s que duplica y unas deudas que recordemos que no paran de acumularse. No nos debe extra&ntilde;ar que desde la isla siempre se encontrara ocasi&oacute;n para formar proyectos y enviarlos a la Corte para su estudio, pidiendo la reforma de este o aquel baluarte. Durante estos a&ntilde;os, los castillos se remodelan una y otra vez, siempre hay un lienzo de muralla que reparar, un basti&oacute;n que recomponer o infraestructuras que atender en la misma ciudad. Tampoco debe sorprendernos que desde la Corte se pida a las autoridades puertorrique&ntilde;as que los planes de obra se siguieran tal cual fueron concebidos, sin que se variaran en lo m&aacute;s m&iacute;nimo de como hab&iacute;an sido aprobados en Madrid.<a href="#86" name="s86"><sup>86</sup></a></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Las obras de San Juan eran capaces de tragarse cuanta planta llegara y dedicarse a suministrar materiales debi&oacute; convertirse en una actividad de lo m&aacute;s rentable, durante d&eacute;cadas de obras continuas. Obtener una contrata para la provisi&oacute;n de ladrillos, por ejemplo, era algo que ambicionaban los principales nombres de la ciudad, origin&aacute;ndose disputas y hasta pleitos al respecto.<a href="#87" name="s87"><sup>87</sup></a> Lo mismo suced&iacute;a con el abasto de otros g&eacute;neros siempre necesarios como la carne o la harina, cuyo suministro en la plaza deb&iacute;a ser garantizado por el mismo gobierno. En el caso de las harinas especialmente, pues se ten&iacute;an que importar necesariamente del exterior y corr&iacute;an por cuenta de un monopolio gubernamental, adelantando las cajas muchas veces incluso el dinero para las compras a los vecinos con los que se acordaban los suministros.<a href="#88" name="s88"><sup>88</sup></a></p>     <p>Como quiera, las posibilidades que ofrec&iacute;a una plaza fuerte no eran nada desde&ntilde;ables. En Puerto Rico comenzar&aacute; a consolidarse una vertiente de la econom&iacute;a colonial poco adelantada all&iacute; hasta entonces. Lo que Moreno Fraginals llamaba ser una <i>colonia de servicios, </i>orientada fundamentalmente al estamento militar y sus necesidades.<a href="#89" name="s89"><sup>89</sup></a> La elite sanjuanera, que hab&iacute;a vivido hasta entonces enfocada exclusivamente hacia el campo, ahora iba a encontrar una excelente v&iacute;a de financiaci&oacute;n en las oportunidades que la plaza le brindaba. Con el tiempo, esas mismas v&iacute;as de financiaci&oacute;n terminar&aacute;n teniendo valor por s&iacute; mismas. Porque contar con liquidez se convirti&oacute; en el negocio m&aacute;s rentable en la colonia. En una econom&iacute;a d&eacute;bilmente monetizada, donde todo se supeditaba a la llegada de los situados, quien fuese capaz de controlar la circulaci&oacute;n del met&aacute;lico ya ten&iacute;a mucho ganado. M&aacute;s cuanto mayor sea el paso del tiempo y los problemas de liquidez en la Caja se acent&uacute;en.</p>     <p>Que el acceso a la plata engendrara ambiciones sin fin no debe sorprendernos, que el c&iacute;rculo en torno a ella se fuera cerr&aacute;ndose cada vez m&aacute;s, hasta quedar solo en manos de unos pocos, tampoco. Era del Estado de donde emanaba toda riqueza -o a costa de quien se hac&iacute;a fortuna, lo mismo da-, as&iacute; que cuanto m&aacute;s cerca se estaba de las instancias de poder, del &aacute;mbito de decisi&oacute;n, m&aacute;s capacidad de acci&oacute;n se ganaba. Y la pelea por ocupar cargos dentro del aparato fue equiparable y sim&eacute;trica a la desplegada por el control de los capitales; aquella no se entend&iacute;a sin esta y un repentino inter&eacute;s por los asuntos de la <i>res publica </i>invad&iacute;a a los vecinos en donde se intu&iacute;a que hab&iacute;a algo que ganar. Baste comprobar como se suceden los remates de cargos en el cabildo de San Juan a partir de 1765, cuando en lo que se llevaba de siglo solo se hab&iacute;an comprado tres oficios.<a href="#90" name="s90"><sup>90</sup></a> Hasta entonces, las principales familias de la capital se hab&iacute;an estado sucediendo en las funciones de gobierno de la ciudad en lo que parece una alternancia bien concebida y mejor llevada. Sin necesidad de rematar los oficios, sin que elementos extra&ntilde;os viniesen a enturbiar una relativa paz.<a href="#91" name="s91"><sup>91</sup></a> Sin embargo, el mismo 1765 se remataron seis regimientos de golpe. Algo se deb&iacute;a intuir de lo que los nuevos tiempos para la plaza iban a suponer.<a href="#92" name="s92"><sup>92</sup></a> Y desde entonces comienza una encarnizada lucha por controlar el cabildo. En las actas del cabildo sobran los ejemplos.<a href="#93" name="s93"><sup>93</sup></a></p>     <p>Con el paso del tiempo, entonces, un grupo de comerciantes y personajes cercanos al poder -incluidos los mismos funcionarios- fueron acaparando la circulaci&oacute;n del capital, en tanto que administraban gran parte de su empleo en la plaza. Incluso controlaban en muy gran medida los recursos de la propia Tesorer&iacute;a local. Ya que la Administraci&oacute;n local hab&iacute;a ido desarrollando una serie de mecanismos propios con los que paliar las contingencias derivadas de un sistema que depend&iacute;a de las remesas que se recib&iacute;an de fuera: un retraso mayor de lo habitual en la llegada de un situado, un env&iacute;o que se manda con unos poco miles de pesos de menos o simplemente un aumento imprevisto en los gastado. Y al final, ser&aacute;n estos mismos personajes, al ir adelantando fondos al mismo gobierno, quienes parad&oacute;jicamente financien al Estado. Nunca faltaba alg&uacute;n vecino dispuesto a conceder un prestamo con tal de ganar notoriedad y sacar algo de inter&eacute;s, o corporaciones que contribuyeran a dar cierta liquidez a la Caja en momentos de necesidad. Y si la situaci&oacute;n se volv&iacute;a m&aacute;s desesperada de lo normal, la Tesorer&iacute;a local se ve&iacute;a obligada a emitir <i>papeletas </i>que hicieran las veces de dinero y aseguraran la continuidad de una cierta econom&iacute;a monetaria aun para los usos del d&iacute;a a d&iacute;a.</p>     <p>Ahora bien, cualquier medida que se adoptara se basaba en la convicci&oacute;n de que el situado finalmente llegar&iacute;a y que cuando lo hiciese las cosas volver&iacute;an a la normalidad. Los adelantos ser&iacute;an cobrados, los prestamos devueltos y las papeletas convertidas en plata. En el proceso, adem&aacute;s, gracias al inter&eacute;s en los adelantos y a la especulaci&oacute;n en los cambios plata/papel, se habr&iacute;an generado ganancias suficientes como para pensar que hab&iacute;a a quienes les resultaba rentable que muchos vivieran en la cuerda floja. No obstante, a medida que en las Cajas receptoras la dependencia respecto de los env&iacute;os se haga cada vez mayor, ser&aacute; m&aacute;s dif&iacute;cil poder cubrir su ausencia cuando estos no lleguen. Y lo peor no es que se requiriese de un mayor esfuerzo para contrarrestar la falta, sino que cada vez se requerir&aacute; de una manera m&aacute;s frecuente y adem&aacute;s de un modo m&aacute;s prolongado.</p>     <p>Como ya se ha visto, el ciclo de guerras que comienza al final del siglo ser&aacute; crucial. El Caribe ser&aacute; un mar pr&aacute;cticamente cerrado a la navegaci&oacute;n. Tampoco habr&aacute; ya tanto dinero a repartir entre las plazas fuertes de la regi&oacute;n. La Monarqu&iacute;a ten&iacute;a otras prioridades. En lugares como Puerto Rico, mientras, hab&iacute;a m&aacute;s necesidad que nunca del dinero que llegaba de fuera y menos posibilidades que de costumbre de contar con &eacute;l. Las Haciendas receptoras van paulatinamente perdiendo margen de respuesta y una alteraci&oacute;n que no deber&iacute;a pasar de lo puntual, de ser una crisis coyuntural, duradera mientras se desarrollan los conflictos, acaba instalada de manera permanente en el d&iacute;a a d&iacute;a de plazas como San Juan. En un estado de beligerancia casi permanente, el d&eacute;ficit de las Tesorer&iacute;as pas&oacute; a ser habitual, porque ya no hab&iacute;a ocasi&oacute;n para recuperarse. El flujo de la plata se corta y la Caja puertorrique&ntilde;a se ve obligada a hipotecarse, con una deuda que engorda a medida que va desarroll&aacute;ndose el conflicto y aun cuando este acaba, en espera de que se restableciera la rutina en los env&iacute;os, se abonaran los atrasos o se reintegraran los gastos hechos de m&aacute;s. Una posibilidad que llegado el tiempo y por momentos, parec&iacute;a que nunca se terminaba de concretar.</p>     <p>As&iacute; se llega a la situaci&oacute;n que viv&iacute;a Puerto Rico a comienzos del siglo XIX. Con la viabilidad de la colonia puesta en entredicho. Sin que en la Caja hubiese dinero con el que hacer frente a los indispensables gastos que el aparato colonial generaba. La Hacienda del rey no alcanzaba a recaudar en Puerto Rico tanto como el mantenimiento de aquella tropa y defensas costaba. Y la Tesorer&iacute;a viv&iacute;a de los prestamos, los adelantos sobre recaudaciones futuras y hasta de alguna que otra suscripci&oacute;n popular hecha a modo de donativo. O sea, estaba en manos de los propios vecinos. Por lo que, de paso, estaban quedando al descubierto los precarios equilibrios que sustentaban la autoridad metropolitana en aquel lugar.<a href="#94" name="s94"><sup>94</sup></a> Una paradoja si tenemos en cuenta el m&aacute;s de medio siglo de supuesta ofensiva estatal.</p>     <p>A lo largo de los a&ntilde;os, mientras los situados alcanzaban proporciones extraordinarias y San Juan se transformaba al ritmo de la plata que llegaba, toda una red de intereses se hab&iacute;a ido entretejiendo en torno a los engranajes del Estado, condicionando su funcionamiento, mediatizando el supuesto control que desde la pen&iacute;nsula se pretend&iacute;a ahora m&aacute;s fuerte. Muchos hab&iacute;an edificado su prosperidad a costa de los dineros del rey y, antes de que los situados desaparecieran del todo, todav&iacute;a aprovechar&aacute;n las debilidades financieras de la Corona para afianzar su situaci&oacute;n y sus negocios a&uacute;n m&aacute;s. Su liquidez era m&aacute;s necesaria que nunca para la financiaci&oacute;n del Estado, e intentar&aacute;n sacar a cambio -adem&aacute;s de los puros r&eacute;ditos de capital- cuanta ventaja pudiesen por su contribuci&oacute;n, a sabiendas, adem&aacute;s, de que el &quot;cr&eacute;dito&quot; de la Hacienda Real ca&iacute;a en picado.</p>     <p>De hecho, cada vez se hac&iacute;a m&aacute;s dif&iacute;cil recuperar los adelantos y prestamos hechos a la Tesorer&iacute;a. Directamente ya se estaban solicitando aportaciones a t&iacute;tulo de donaci&oacute;n, sin promesa alguna de devolver lo recibido. La confianza en que, tras un retraso, las remesas siempre terminar&iacute;an llegando comenzaba a quebrarse, e incluso aunque alg&uacute;n dinero llegara, esto ya no era garant&iacute;a para que se reintegrara lo adelantado o se cobrasen las deudas. Pero el apoyo a la causa del Imperio segu&iacute;a sin ser gratuito. Aquellos que en cierto modo estaban sosteniendo al Estado de alg&uacute;n modo tendr&iacute;an que cobr&aacute;rselo y su presi&oacute;n en varios frentes a lo largo de estos a&ntilde;os es crucial. La permisividad con que se desenvuelve el comercio puertorrique&ntilde;o durante todo este tiempo seguramente sea significativa. Con la coartada de una necesidad imperante o sin ella, el caso es que las autoridades de San Juan se saltaban sistem&aacute;ticamente las leyes comerciales de la pen&iacute;nsula. Depend&iacute;an de comerciantes y plantadores m&aacute;s que nunca -de sus capitales, m&aacute;s bien- y poco importaban las restricciones legales o las reconvenciones expresas hechas a aquel gobierno por la Corona, ordenando que cesaran de inmediato las expediciones comerciales a las islas vecinas.<a href="#95" name="s95"><sup>95</sup></a> Puerto Rico vivir&aacute; m&aacute;s cerca que nunca de una verdadera independencia comercial.</p>     <p>La elite sanjuanera llevaba a&ntilde;os sosteniendo econ&oacute;micamente el aparato colonial en la isla y de ella iba a depender en buena medida que el dominio espa&ntilde;ol en la isla continuase, m&aacute;s que por la debida fidelidad pol&iacute;tica, por la pura provisi&oacute;n de ingresos con los que hacer aquella colonia rentable. Cuando los situados pasen a ser historia, a partir de 1809, la Corona necesitar&aacute; reformar a fondo las bases econ&oacute;micas de la isla. M&aacute;s bien su pol&iacute;tica tributaria y las estrategias de exacci&oacute;n. Normativamente hablando, la segunda d&eacute;cada del siglo XIX ser&aacute; fundamental. La metr&oacute;poli renunciar&aacute; en parte a su monopolio comercial, permitir&aacute; un cierto desarrollo aut&oacute;nomo, cosas con las que no hac&iacute;a mucho estaba firmemente dispuesta a acabar, pero se asegurar&iacute;a una colonia autosuficiente.<a href="#96" name="s96"><sup>96</sup></a> Las oligarqu&iacute;as locales alcanzar&iacute;an aspiraciones que llevaban tiempo reclamando, obtendr&iacute;a por derecho lo que ya en gran parte disfrutaban de hecho, aunque a cambio hubiese que contribuir m&aacute;s. Se cerraba un ciclo, el de la colonia de servicios, los situados y los negocios anejos; comenzaba el del az&uacute;car y el comercio. Pero el caso es que la presencia espa&ntilde;ola en Puerto Rico se aseguraba por un buen pu&ntilde;ado de d&eacute;cadas m&aacute;s.</p> <hr>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#s1" name="1"><sup>1</sup></a> David A. Brading. La Espa&ntilde;a de los Borbones y su imperio Americano. En: <i>Historia de Am&eacute;rica Latina, </i>v. II. Cr&iacute;tica. Barcelona, 1990.</p>     <p><a href="#s2" name="2"><sup>2</sup></a> Agust&iacute;n Guimer&aacute;. <i>El reformismo borb&oacute;nico. </i>Alianza Editorial/CSIC. Madrid, 1996.</p>     <p><a href="#s3" name="3"><sup>3</sup></a> Josep Ma Delgado Ribas. <i>Din&aacute;micas imperiales (1650-1796): Espa&ntilde;a, Am&eacute;rica y Europa en el cambio institucional del sistema colonial espa&ntilde;ol. </i>Edicions Bellaterra. Barcelona, 2007.</p>     <p><a href="#s4" name="4"><sup>4</sup></a> Josep Fontana. <i>La quiebra de la monarqu&iacute;a absoluta: 1814-1820. </i>Cr&iacute;tica. Barcelona, 2002. P. 11-31</p>     <p><a href="#s5" name="5"><sup>5</sup></a> Carlos Marichal. Beneficios y costos fiscales del colonialismo: las remesas americanas a Espa&ntilde;a, 1760-1814. En: <i>Finanzas y pol&iacute;tica en el mundo iberoamericano: del antiguo r&eacute;gimen a las naciones independientes, 17541850. </i>Instituto Mora. M&eacute;xico, 2001. P. 29-61.</p>     <p><a href="#s6" name="6"><sup>6</sup></a> Pedro P&eacute;rez Herrero. <i>Comercio y mercados en Am&eacute;rica Latina colonial. </i>Mapfre. Madrid, 1992. P. 153-170. Jorge Gelman. La lucha por el control del Estado: administraci&oacute;n y elites coloniales en Hispanoam&eacute;rica. En: <i>Historia general de Am&eacute;rica Latina, </i>v. IV. UNESCO. Par&iacute;s, 1999. P. 251-264. Horst Pietschmann. <i>Las reformas borb&oacute;nicas y el sistema de Intendencias en Nueva Espa&ntilde;a: un estudio pol&iacute;tico administrativo. </i>Fondo de Cultura Econ&oacute;mica. M&eacute;xico, 1996.</p>     <p><a href="#s7" name="7"><sup>7</sup></a> C. Marichal y M. Souto. Silver and Situados: New Spain and the Financing of the Spanish Empire in the Caribbean in the Eighteenth Century. En: <i>Hispanic American Historical Review, </i>n&deg; 74, (4). Durham, 1994. P. 587-613.</p>     <p><a href="#s8" name="8"><sup>8</sup></a> Juan Marchena Fern&aacute;ndez. Capital, cr&eacute;ditos e intereses comerciales a fines del per&iacute;odo colonial: los costos del sistema defensivo americano. Cartagena de Indias y el sur del Caribe. En: <i>Tiempos de Am&eacute;rica, </i>n&deg; 9. Castell&oacute;n, 2002. P. 3-38.</p>     <p><a href="#s9" name="9"><sup>9</sup></a> Anthony Pagden. <i>Se&ntilde;ores de todo el mundo. Ideolog&iacute;as del Imperio en Espa&ntilde;a, Inglaterra y Francia (en los siglos XVI, XVII y XVIII). </i>Ediciones Pen&iacute;nsula. Barcelona, 1995.</p>     <p><a href="#s10" name="10"><sup>10</sup></a> Arturo Morales Carri&oacute;n. <i>Puerto Rico y la lucha por la hegemon&iacute;a en el Caribe. Colonialismo y contrabando, siglos XVI-XVIII. </i>Universidad de Puerto Rico. San Juan, 2003.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#s11" name="11"><sup>11</sup></a> Allan Kuethe. Conflicto internacional, orden colonial y militarizaci&oacute;n. En: <i>Historia General de Am&eacute;rica</i> <i>Latina, </i>v. IV. UNESCO. Par&iacute;s, 1999. P. 325-348.</p>     <p><sup><a href="#s12" name="12">12</a></sup>&nbsp;Julio Alb&iacute;. <i>La defensa de las Indias (1764-1799). </i>Instituto de Cooperaci&oacute;n Iberoamericana. Madrid, 1987.</p>     <p><a href="#s13" name="13"><sup>13</sup></a> Diego T&eacute;llez Alarcia. La independencia de los EE.UU. en el marco de la &quot;Guerra Colonial&quot; del s. XVIII. En: <i>Tiempos Modernos, Revista Electr&oacute;nica de Historia Moderna, </i>n&deg; 5. 2001. &#91;En-l&iacute;nea&#93;.</p>     <p><a href="#s14" name="14"><sup>14</sup></a> John Lynch. <i>La Espa&ntilde;a del siglo XVIII. </i>Barcelona. Cr&iacute;tica, 1991. P. 321.</p>     <p><a href="#s15" name="15"><sup>15</sup></a> Bibiano Torres Ram&iacute;rez. <i>Alejandro O'Reilly en las Indias. </i>Escuela de Estudios Hispanoamericanos-CSIC. Sevilla, 1969.</p>     <p><a href="#s16" name="16"><sup>16</sup></a> Archivo General de Indias, Santo Domingo, 2501. Relaci&oacute;n del actual estado de la Fortificaci&oacute;n de San Juan de Puerto Rico; y de los reparos y aumentos que se consideran conducentes a la mejor defensa, y seguridad de esta importante plaza. Puerto Rico, 20 de mayo de 1765.</p>     <p><a href="#s17" name="17"><sup>17</sup></a> La real orden de 28 de febrero de 1776 preven&iacute;a al gobernador de Puerto Rico para que tomase todas las precauciones necesarias a la vista de la situaci&oacute;n en Am&eacute;rica del Norte y del considerable n&uacute;mero de tropas inglesas all&iacute; desplazadas. AGI, Santo domingo, 2506A. Por su parte, ese mismo febrero -y hasta agosto-comenzaron a llegar a la isla tropas de refuerzo que ya permanecer&iacute;an acantonadas en suelo puertorrique&ntilde;o mientras durase la guerra. AGI, Santo Domingo, 2509.</p>     <p><a href="#s18" name="18"><sup>18</sup></a> Johanna Von Grafenstein. <i>Nueva Espa&ntilde;a en el Circuncaribe, 1779-1808. Revoluci&oacute;n, competencia imperial y v&iacute;nculos intercoloniales. </i>UNAM. M&eacute;xico, 1997.</p>     <p><a href="#s19" name="19"><sup>19</sup></a> Mar&iacute;a Dolores Gonz&aacute;lez-Ripoll Navarro et alii. <i>El rumor de Hait&iacute; en Cuba: temor, raza y rebeld&iacute;a, 17891844. </i>Instituto de Historia-CSIC. Madrid, 2004.</p>     <p><a href="#s20" name="20"><sup>20</sup></a> Los datos para este a&ntilde;o los tomo de Manuel Ruiz G&oacute;mez. <i>El ej&eacute;rcito de los borbones: organizaci&oacute;n, uniformidad, divisas, armamento, </i>tomo III. Servicio Hist&oacute;rico Militar. Madrid, 1992. P. 61-63 y se corresponden con la reestructuraci&oacute;n que realiza el gobernador Mat&iacute;as de Abad&iacute;a al hacerse cargo de la gobernaci&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#s21" name="21"><sup>21</sup></a> Una vez se forma el Batall&oacute;n Fijo, la dotaci&oacute;n de la plaza se establece en 415 plazas y as&iacute; permanece hasta la d&eacute;cada los a&ntilde;os sesenta, aunque circunstancialmente, debido a las bajas, este n&uacute;mero se pueda ver disminuido. AGI, Santo Domingo, 2500.</p>     <p><a href="#s22" name="22"><sup>22</sup></a> Entre 1761 y 1762 hab&iacute;an llegado a la isla tres peque&ntilde;os contingentes de refuerzo, es muy posible que para 1763 ya se hubieran producido algunas bajas en los mismos -algo m&aacute;s que usual en las tropas reci&eacute;n llegadas-pero no he podido obtener datos precisos de 1762. AGI, Santo Domingo, 2500.</p>     <p><a href="#s23" name="23"><sup>23</sup></a> La cifra que recoge el gr&aacute;fico da cuenta de la guarnici&oacute;n tal y como qued&oacute; una vez O'Reilly la depur&oacute;, concediendo un considerable n&uacute;mero de bajas y licencias. AGI, Santo Domingo, 2501.</p>     <p><a href="#s24" name="24"><sup>24</sup></a> A partir de este a&ntilde;o, en que se suprime el Batall&oacute;n Fijo, lo que se contabiliza como guarnici&oacute;n fija es la compa&ntilde;&iacute;a de artilleros que llega en 1766 a la isla y que con algunos reemplazos posteriores quedar&aacute; ya establecida en Puerto Rico de forma permanente. AGI, Santo Domingo, 2502.</p>     <p><a href="#s25" name="25"><sup>25</sup></a> Aunque Espa&ntilde;a no entr&oacute; oficialmente en el conflicto hasta 1779, Puerto Rico hab&iacute;a sido puesto en alerta desde 1776 y ese mismo a&ntilde;o ya se hab&iacute;a enviado un regimiento de refuerzo adicional que duplicaba el n&uacute;mero de soldados acantonados en la isla. AGI, Santo Domingo, 2506A.</p>     <p><a href="#s26" name="26"><sup>26</sup></a> A pesar de la gran diferencia en n&uacute;mero respecto a 1776, los cuerpos destinados en la isla en 1783 eran los mimos que entonces. No parece haber otra explicaci&oacute;n a semejante circunstancia m&aacute;s que las bajas y deserciones, ya que no consta env&iacute;o alguno de tropas desde Puerto Rico a otro lugar y, en los a&ntilde;os que se manejan dentro del per&iacute;odo, la tropa hab&iacute;a ido menguando a&ntilde;o a a&ntilde;o en una progresi&oacute;n que muy f&aacute;cilmente podr&iacute;a acabar con los datos de 1783: 1776, 2.720; 1777, 2.660; 1778, 2.411; 1779, 2.208; 1783, 1.739. AGI, Santo Domingo, 2506A, 2506B, 2507, 2508.</p>     <p><a href="#s27" name="27"><sup>27</sup></a> Finalizada la guerra con Gran Breta&ntilde;a, se produce un relevo en la guarnici&oacute;n de Puerto Rico y esta vuelve a un estado semejante al que ten&iacute;a antes del conflicto, con un solo regimiento acantonado en la isla. AGI, Santo Domingo, 2508.</p>     <p><sup>28</sup>&nbsp;Las dos compa&ntilde;&iacute;as de los regimientos &quot;Espa&ntilde;a&quot; y &quot;Arag&oacute;n&quot; llegaron a la isla en mayo de 1761; los dos piquetes del &quot;Navarra&quot;, entre el diciembre siguiente y enero de 1762. AGI, Santo Domingo, 2500. No olvidemos que estamos en v&iacute;speras de la entrada de Espa&ntilde;a en la Guerra de los Siete A&ntilde;os, que se produce en esos primeros d&iacute;as de 1762. Estas mismas son las tropas que se encuentra A. O'Reilly durante su misi&oacute;n en Puerto Rico. Tras conceder el mariscal un buen n&uacute;mero de licencias y bajas, los 142 hombres restantes pasaron a conformar dos compa&ntilde;&iacute;as de apoyo al Fijo. AGI, Santo Domingo 2501.</p>     <p><sup>29</sup>&nbsp;Los hombres del Regimiento de Le&oacute;n, que arribaron a San Juan en marzo de 1766, eran los encargados de hacerse cargo de la defensa de Puerto Rico, toda vez que para entonces ya se hab&iacute;a decidido suprimir el Batall&oacute;n Fijo. AGI, Santo Domingo, 2501. Y parten de la isla a fines de abril de 1769. AGI, Santo Domingo, 2503.</p>     <p><sup>30</sup>&nbsp;Los batallones del &quot;Toledo&quot; dieron el relevo en marzo de 1769. AGI, Santo Domingo, 2503. Y permanecen en Puerto Rico hasta septiembre de 1771. AGI, Santo Domingo, 2504.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup>31</sup>&nbsp;Los dos batallones del Regimiento de Vitoria, que llegan en diciembre de 1770, estar&aacute;n destinados en la isla hasta mayo de 1784, una vez que haya terminado el conflicto que se mantiene con Gran Breta&ntilde;a. Durante buena parte de 1771, adem&aacute;s, coincidir&aacute;n en suelo puertorrique&ntilde;o con los hombres del &quot;Toledo&quot;; tengamos en cuenta que de 1770 a 1771, se viven meses en los que la guerra con los ingleses parece inminente y se teme por la seguridad de la isla. AGI, Santo Domingo, 2504 y 2509.</p>     <p><sup>32</sup>&nbsp;Las seis compa&ntilde;&iacute;as del Regimiento de Bruselas van desembarcando en Puerto Rico entre febrero y agosto de 1776, precisamente ese mismo a&ntilde;o comienza la sublevaci&oacute;n de las colonias norteamericanas; mientras dure este conflicto, en el que participa Espa&ntilde;a desde 1779, en la isla convivir&aacute;n los regimientos &quot;Toledo&quot; y &quot;Bruselas&quot;, ambos dejar&aacute;n la plaza en mayo de 1784. AGI, Santo Domingo, 2509.</p>     <p><sup>33</sup>&nbsp;Los dos batallones del Regimiento de N&aacute;poles llegan en mayo de 1784, en 1789 se decide que con parte de ellos se formar&aacute; un nuevo Batall&oacute;n Fijo. AGI, Santo Domingo, 2509.</p>     <p><a href="#s34" name="34"><sup>34</sup></a> Pedro Tom&aacute;s de C&oacute;rdova. <i>Memorias geogr&aacute;ficas, hist&oacute;ricas, econ&oacute;micas y estad&iacute;sticas de la isla de Puerto Rico, </i>v. III. Instituto de Cultura Puertorrique&ntilde;a. San Juan de Puerto Rico, 1968. P. 35 y ss. Versi&oacute;n editada del original de 1831.</p>     <p><a href="#s35" name="35"><sup>35</sup></a> Pedro Tom&aacute;s de C&oacute;rdova. <i>Memorias geogr&aacute;ficas... </i>P. 109-113.</p>     <p><a href="#s36" name="36"><sup>36</sup></a> AGI, Santo Domingo. 2506A. Noticia de el principio, progreso, y estado actual de las Obras de Fortificaci&oacute;n de esta Plaza, que con arreglo al proyecto aprobado por SM... San Juan de Puerto Rico, 11 de mayo de 1776.</p>     <p><a href="#s37" name="37"><sup>37</sup></a> AGI, Santo Domingo, 2510. Juan Dab&aacute;n a Jos&eacute; de G&aacute;lvez, 24 de enero de 1785.</p>     <p><a href="#s38" name="38"><sup>38</sup></a> Pedro Tom&aacute;s de C&oacute;rdova. <i>Memorias geogr&aacute;ficas... </i>P. 150.</p>     <p><a href="#s39" name="39"><sup>39</sup></a> Relaci&oacute;n que manifiesta el importe anual, arreglado por un Quinquenio de todos los ramos de la Real Hacienda de la Isla de Puerto Rico, (incluso los diezmos)... Alejandro O'Reilly, 1765. En: Eugenio Fern&aacute;ndez M&eacute;ndez. <i>Cr&oacute;nicas de Puerto Rico. </i>Universidad de Puerto Rico. San Juan, 1969. P. 239-257.</p>     <p><a href="#s40" name="40"><sup>40</sup></a> AGI, Santo Domingo, 2501. Comunicaci&oacute;n de llegada del situado, 15 de septiembre de 1765.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#s41" name="41"><sup>41</sup></a> AGI, Santo Domingo, 2501. Real orden de 20 de septiembre de 1765.</p>     <p><a href="#s42" name="42"><sup>42</sup></a> AGI, Santo Domingo, 2509. Reales &oacute;rdenes de 30 de junio de 1771 y 6 de noviembre de 1775.</p>     <p><a href="#s43" name="43"><sup>43</sup></a> John J. Tepaske. La pol&iacute;tica espa&ntilde;ola en el Caribe durante los siglos XVII y XVIII. En: <i>La influencia de Espa&ntilde;a en el Caribe, la Florida y la Luisiana, 1500-1800. </i>Instituto de Cooperaci&oacute;n Iberoamericana. Madrid, 1983. P. 83.</p>     <p><a href="#s44" name="44"><sup>44</sup></a> Argelia Pacheco D&iacute;az. <i>Una estrategia imperial. El situado de Nueva Espa&ntilde;a a Puerto Rico, 1765-1821.</i> Instituto Mora. M&eacute;xico, 2005. P. 37.</p>     <p><a href="#s45" name="45"><sup>45</sup></a> El 6 de octubre de 1761, desde la Corte se avisa al virrey de M&eacute;xico de que deb&iacute;a aumentar los situados destinados a Santo Domingo y Puerto Rico. AGI, Santo Domingo, 2500.</p>     <p><a href="#s46" name="46"><sup>46</sup></a> En 1768 se enviaron 364.378 pesos; en 1778: 753.705. Argelia Pacheco D&iacute;az. <i>Una estrategia imperial... </i>P. 37.</p>     <p><a href="#s47" name="47"><sup>47</sup></a> En 1758 se hab&iacute;an enviado 80.050 pesos, lo que exactamente supone 9,4 veces menos que lo enviado en 1778, 753.705. Argelia Pacheco D&iacute;az. <i>Una estrategia imperial... </i>P. 37.</p>     <p><a href="#s48" name="48"><sup>48</sup></a> I&ntilde;igo Abbad y Lasierra. <i>Historia geogr&aacute;fica civil y natural de la Isla de San Juan Bautista de Puerto Rico. </i>Ediciones de la Universidad de Puerto Rico. M&eacute;xico, 1959. P. 174-176. El original data de 1788.</p>     <p><a href="#s49" name="49"><sup>49</sup></a> AGI, Santo Domingo, 2507. Los oficiales reales de Puerto Rico a G&aacute;lvez, 4 de junio de 1778. No es exactamente lo mismo lo que se manda desde M&eacute;xico que lo que llega a Puerto Rico, normalmente el situado se recibe de un a&ntilde;o para otro. Por eso no concuerdan las cifras dadas antes, de lo presupuestado y enviado para 1778, con lo que realmente llega ese a&ntilde;o.</p>     <p><a href="#s50" name="50"><sup>50</sup></a> AGI, Santo Domingo, 2507. Jos&eacute; Dufresne a Jos&eacute; de G&aacute;lvez, 14 de mayo de 1779.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#s51" name="51"><sup>51</sup></a> AGI, Santo Domingo, 2508. Jos&eacute; Dufresne a Jos&eacute; de G&aacute;lvez, 1&deg; de enero de 1782.</p>     <p><a href="#s52" name="52"><sup>52</sup></a> Pedro Tom&aacute;s de C&oacute;rdova. <i>Memorias geogr&aacute;ficas... </i>P. 51-52.</p>     <p><a href="#s53" name="53"><sup>53</sup></a> Entre 1783 y 1785 debieron haberse recibido 1.408.158 pesos y no se remitieron m&aacute;s que 761.661, aument&aacute;ndose la deuda en 646.497 pesos. AGI, Ultramar, 478.</p>     <p><a href="#s54" name="54"><sup>54</sup></a> Pedro Tom&aacute;s de C&oacute;rdova. <i>Memorias geogr&aacute;ficas... </i>P. 52.</p>     <p><a href="#s55" name="55"><sup>55</sup></a> AGI, Santo Domingo, 2509. Real orden de 22 de junio de 1784..</p>     <p><a href="#s56" name="56"><sup>56</sup></a> AGI, Santo Domingo, 2509. </p>     <p><a href="#s57" name="57"><sup>57</sup></a> AGI, Ultramar, 464.</p>     <p><a href="#s58" name="58"><sup>58</sup></a> Distintos acuses de recibo recogidos en Pedro Tom&aacute;s de C&oacute;rdova. <i>Memorias geogr&aacute;ficas.</i></p>     <p><a href="#s59" name="59"><sup>59</sup></a> Arturo Morales Carri&oacute;n. <i>Puerto Rico y la lucha. </i>P. 164-176.</p>     <p><a href="#s60" name="60"><sup>60</sup></a> M<sup>a</sup> M. Alonso y M. Flores. <i>El Caribe en el siglo XVIII: y el ataque brit&aacute;nico a Puerto Rico en 1797. </i>Publicaciones Puertorrique&ntilde;as. Hato Rey, 1998.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#s61" name="61"><sup>61</sup></a> AGI, Ultramar, 464. Ram&oacute;n de Castro, 10 de abril de 1798.</p>     <p><a href="#s62" name="62"><sup>62</sup></a> AGI, Ultramar, 464. Ram&oacute;n de Castro a Francisco de Saavedra, 1&deg; de julio de 1798.</p>     <p><a href="#s63" name="63"><sup>63</sup></a> AGI, Ultramar, 464. El gobernador de Puerto Rico a Francisco de Saavedra, 1&deg; de julio de 1798.</p>     <p><a href="#s64" name="64"><sup>64</sup></a> AGI, Ultramar, 464. Relaci&oacute;n o c&aacute;lculo prudencial del aumento.   Contadur&iacute;a de Puerto Rico, 8 de septiembre de 1798.</p>     <p><a href="#s65" name="65"><sup>65</sup></a> AGI, Ultramar, 464. Miguel J. de Azanza a Miguel Cayetano Soler, 30 de diciembre de 1799.</p>     <p><a href="#s66" name="66"><sup>66</sup></a> Adem&aacute;s de los 207.000 pesos llegados en 1797 y los 209.205 de 1798, en dos env&iacute;os realizados durante 1799, en marzo y octubre, se hab&iacute;an recibido otros 237.847 y 681.848 respectivamente, 919.695 pesos en total, con los que, en cuanto a situados ordinarios al menos, las cajas hab&iacute;an quedado al corriente, pues el &uacute;ltimo env&iacute;o inclu&iacute;a el situado para todo el a&ntilde;o de 1799. Varias cartas de Castro al secretario de Estado de Hacienda. AGI, Ultramar, 464.</p>     <p><a href="#s67" name="67"><sup>67</sup></a> AGI, Ultramar, 464. Relaci&oacute;n que manifiesta los gastos extraordinarios. Contadur&iacute;a de Puerto Rico, 8 de septiembre de 1798.</p>     <p><a href="#s68" name="68"><sup>68</sup></a> AGI, Ultramar, 464. Ram&oacute;n de Castro a Miguel Cayetano Soler, 14 de enero de 1801.</p>     <p><a href="#s69" name="69"><sup>69</sup></a> A fines de 1801 las autoridades cubanas acordaron con un comerciante particular de La Habana, Juan Luis de la Cuesta, el transporte de 100.000 pesos hasta San Juan. Evidentemente el flete tendr&iacute;a sus costos y de la Cuesta se llevar&iacute;a sus ganancias, un 16% exactamente. AGI, Ultramar, 464. Luis Viguri a Miguel Cayetano Soler, 3 de octubre de 1801.</p>     <p><a href="#s70" name="70"><sup>70</sup></a> De los 100.000 pesos que deber&iacute;a haber conducido de la Cuesta, solo llegaron a la isla 72.000 y eso ya entrado 1802. Al mes siguiente, en marzo, llegaron otros 326.512, siguiendo ya los cauces normales. Y en julio, 172.000 m&aacute;s. AGI, Ultramar, 464. Varios acuses de recibo enviados por Ram&oacute;n de Castro a la Corte.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#s71" name="71"><sup>71</sup></a> AGI, Ultramar, 464. Ram&oacute;n de Castro a Miguel Cayetano Soler, 27 de marzo de 1802.</p>     <p><a href="#s72" name="72"><sup>72</sup></a> AGI, Ultramar, 464. Varias comunicaciones de llegada de R. de Castro a la Corte.</p>     <p><a href="#s73" name="73"><sup>73</sup></a> Carlos Marichal. <i>La bancarrota del Virreinato, Nueva Espa&ntilde;a y las finanzas del Imperio espa&ntilde;ol, 1780-1810. </i>Fondo de Cultura Econ&oacute;mica. M&eacute;xico, 1999.</p>     <p><a href="#s74" name="74"><sup>74</sup></a> AGI, Ultramar, 464. Juan Vicente de Arce a Ram&oacute;n de Castro, Caracas, 19 de abril de 1804 y Antonio Am&aacute;n a Miguel Cayetano Soler, Santa Fe, 19 de mayo de 1806.</p>     <p><a href="#s75" name="75"><sup>75</sup></a> En 1805 se prepara desde Cuba otra expedici&oacute;n firmada con un particular para hacer llegar caudales a la isla. Esta vez se deciden mandar 100.000 pesos a trav&eacute;s de los Estados Unidos, disimulados en lo que aparentemente ser&iacute;a una negociaci&oacute;n y venta ordinaria de az&uacute;cares. AGI, Ultramar, 464. Rafael G&oacute;mez, intendente de La Habana, a Someruelos, gobernador de Cuba, 7 de marzo de 1805. Y Toribio Montes confirmando la llegada del dinero a G&oacute;mez, 15 de enero de 1806.</p>     <p><a href="#s76" name="76"><sup>76</sup></a> AGI, Ultramar, 465. Salvador Mel&eacute;ndez, gobernador de Puerto Rico, al secretario de Estado y del Despacho de Real Hacienda, 14 de julio de 1809.</p>     <p><a href="#s77" name="77"><sup>77</sup></a> AGI, Ultramar, 465. Toribio Montes al secretario de Estado y de Despacho de Hacienda, 8 de abril de 1809.</p>     <p><a href="#s78" name="78"><sup>78</sup></a> AGI, Ultramar, 464. Salvador Mel&eacute;ndez al secretario de Estado y del Despacho de Real Hacienda, 25 de diciembre de 1809.</p>     <p><a href="#s79" name="79"><sup>79</sup></a> AGI, Ultramar, 464. Ram&oacute;n de Castro a Miguel Cayetano Soler, 3 de julio de 1803.</p>     <p><a href="#s80" name="80"><sup>80</sup></a> AGI, Ultramar, 464. Toribio Montes, gobernador de Puerto Rico, a Jos&eacute; de Iturrigaray, virrey de Nueva Espa&ntilde;a, 25 de junio de 1805.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#s81" name="81"><sup>81</sup></a> Manifiesto que comprende las erogaciones de estas Reales Caxas en cada a&ntilde;o, con distinci&oacute;n de clases, y los ingresos fixos con que debe contarse... San Juan, 1811. Archivo General de Puerto Rico, Fondo Municipal de San Juan, legajo 1, expediente 10.</p>     <p><a href="#s82" name="82"><sup>82</sup></a> Los datos de la poblaci&oacute;n se obtienen de O'Reilly, 1765, y Abbad, para 1778. Recopilaci&oacute;n general que manifiesta el n&uacute;mero de habitantes... Alejandro O'Reilly, 1765. En: Alejandro Tapia y Rivera. <i>Biblioteca Hist&oacute;rica de Puerto Rico. </i>Instituto de Literatura Puertorrique&ntilde;a. San Juan, 1945. P. 539 e I&ntilde;igo Abbad y Lasierra. <i>Historia geogr&aacute;fica.... </i>P. 153.</p>     <p><a href="#s83" name="83"><sup>83</sup></a> Fernando Miyares Gonz&aacute;lez. <i>Noticias particulares de la isla y plaza de San Juan Bautista de Puerto Rico. </i>Universidad de Puerto Rico. San Juan, 1957. P. 60-61. Fernando Miyares era secretario de la Gobernaci&oacute;n de Puerto Rico entonces.</p>     <p><a href="#s84" name="84"><sup>84</sup></a> AGI, Santo Domingo, 2500. Real orden de 28 de agosto de 1761. Carta de Alejandro O'Reilly al Marqu&eacute;s de Grimaldi, 20 de junio de 1765. En: Eugenio Fern&aacute;ndez Mendez. <i>Cr&oacute;nicas de Puerto Rico... </i>P. 262-269.</p>     <p><a href="#s85" name="85"><sup>85</sup></a> En 1776, la guarnici&oacute;n de la plaza la compon&iacute;an: 2.720 hombres. AGI, Santo Domingo, 2509. La poblaci&oacute;n de ese mismo a&ntilde;o en San Juan es de 6.605 almas, o sea los militares suponen un 41,18%. I&ntilde;igo Abbad y Lasierra. <i>Historia geogr&aacute;fica. </i>P. 153.</p>     <p><a href="#s86" name="86"><sup>86</sup></a> AGI, Santo Domingo, 2510. Real orden de 12 de octubre de 1770.</p>     <p><a href="#s87" name="87"><sup>87</sup></a> Un ejemplo lo encontramos en el expediente promovido por el regidor Jos&eacute; D&aacute;vila, a cuenta del asiento salido a subasta en 1779 para el suministro de ladrillos. En el enfrentamiento est&aacute;n implicadas las dos principales familias de la ciudad, los D&aacute;vila y los de la Torre. AGI, Santo Domingo, 2508.</p>     <p><a href="#s88" name="88"><sup>88</sup></a> El intendente Alejandro Ram&iacute;rez forma un expediente en 1815 informando a la Corte de los avatares del suministro de harinas en la isla. AGI, Ultramar, 465.</p>     <p><a href="#s89" name="89"><sup>89</sup></a> Manuel Moreno Fraginals. <i>Cuba/Espa&ntilde;a, Espa&ntilde;a/Cuba. </i>Cr&iacute;tica. Barcelona, 2002. P. 42-43.</p>     <p><a href="#s90" name="90"><sup>90</sup></a> A&iacute;da Caro. <i>El cabildo o r&eacute;gimen municipal puertorrique&ntilde;o en el siglo XVIII, </i>v. I. Instituto de Cultura Puertorrique&ntilde;a. San Juan, 1965-74. P. 7.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#s91" name="91"><sup>91</sup></a> En las actas del cabildo que se conservan anteriores a 1765 no se aprecian grandes conflictos como los que luego acontecer&aacute;n. Vemos que son casi siempre los mismos apellidos los que se van sucediendo un a&ntilde;o tras otro. Si los cruzamos, adem&aacute;s, con la lista de los principales hacendados de los alrededores de la ciudad para entonces, comprobaremos que suelen coincidir. <i>Actas del Cabildo de San Juan Bautista de Puerto Rico. </i>Publicaci&oacute;n Oficial del Gobierno de la Capital. San Juan, 1949-78. V. 1-3. Una lista de los principales propietarios de San Juan en 1757 en; Francisco Moscoso. <i>Agricultura y sociedad en Puerto Rico, siglos 16 al 18. </i>Instituto de Cultura Puertorrique&ntilde;a. San Juan, 2001. P. 129.</p>     <p><a href="#s92" name="92"><sup>92</sup></a> Acta del cabildo de San Juan, 17 de marzo de 1765.</p>     <p><a href="#s93" name="93"><sup>93</sup></a> <i>Actas del Cabildo de San Juan... </i>V. 4-13.</p>     <p><a href="#s94" name="94"><sup>94</sup></a> Luis E. Gonz&aacute;lez Vales. <i>Alejandro Ram&iacute;rez y su tiempo: ensayos de historia econ&oacute;mica e institucional. </i>Editorial Universitaria. R&iacute;o Piedras, 1978.</p>     <p><a href="#s95" name="95"><sup>95</sup></a> A principios de enero de 1801, una junta de Hacienda hab&iacute;a acordado en la isla conceder licencias a los vecinos para que temporalmente pudiesen pasar a las colonias extranjeras neutrales, llevando sus cosechas y productos, a cambio de retornar con cargamentos de v&iacute;veres. AGI, Santo Domingo, 2319. Junta de Real Hacienda de 9 de enero de 1801. Ese mismo verano comenzar&aacute;n a llegar las recriminaciones de la Corte, a las que se har&aacute; caso omiso. AGI, Santo Domingo, 2319. Junta de Real Hacienda de 23 de julio de 1801. Y hasta donde sabemos, los apremios desde Madrid se suceder&aacute;n a lo largo de 1804, 1805, 1806 y 1807. Isabel Guti&eacute;rrez del Arroyo. <i>El Reformismo Ilustrado en Puerto Rico. </i>El Colegio de M&eacute;xico. M&eacute;xico, 1953. P. 66.</p>     <p><a href="#s96" name="96"><sup>96</sup></a> Entonces, entre otros muchos cambios, la Corona promulga la real c&eacute;dula de 10 de agosto de 1815, conocida en la isla como &quot;La Real C&eacute;dula de Gracias&quot;, que ten&iacute;a como objetivo fomentar la poblaci&oacute;n, el comercio, la industria y la agricultura en la isla, en lo que era una apuesta decidida por la agricultura de plantaci&oacute;n y la gesti&oacute;n &quot;comercial&quot; de la colonia. En ella se autoriza el tr&aacute;fico mercantil libre y directo entre Puerto Rico y la pen&iacute;nsula, tambi&eacute;n el comercio rec&iacute;proco entre la isla y las naciones &quot;amigas&quot; de Espa&ntilde;a y con el resto de colonias antillanas.</p> <hr>     <p><b>Fuentes de archivo</b></p>     <!-- ref --><p>Archivo General de Indias, secci&oacute;n audiencia de Santo Domingo, legajos: 2319, 2500, 2501, 2502, 2503, 2504, 2506A, 2506B, 2507, 2508, 2509, 2510.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000180&pid=S1794-8886201000020000300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Archivo General de Indias, secci&oacute;n Ultramar, legajos: 464 y 465.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000181&pid=S1794-8886201000020000300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Archivo General de Puerto Rico, Fondo Municipal de San Juan, legajo 1, expediente 10.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000182&pid=S1794-8886201000020000300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p><b>Bibliograf&iacute;a</b></p>     <!-- ref --><p><i>Actas del Cabildo de San Juan Bautista de Puerto Rico. </i>Publicaci&oacute;n Oficial del Gobierno de la Capital. San Juan, 1949-78.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000184&pid=S1794-8886201000020000300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>ABBAD y LASIERRA, I&ntilde;igo. <i>Historia geogr&aacute;fica civil y natural de la Isla de San Juan</i> <i>Bautista de Puerto Rico. </i>Ediciones de la Universidad de Puerto Rico. M&eacute;xico, 1959.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000185&pid=S1794-8886201000020000300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>ALB&Iacute;, Julio. <i>La defensa de las Indias (1764-1799). </i>Instituto de Cooperaci&oacute;n Iberoamericana. Madrid, 1987.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000186&pid=S1794-8886201000020000300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>ALONSO, M<sup>a</sup> M. y FLORES, M. <i>El Caribe en el siglo XVIII: y el ataque brit&aacute;nico a Puerto Rico en 1797. </i>Publicaciones Puertorrique&ntilde;as. Hato Rey, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000187&pid=S1794-8886201000020000300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>BRADING, David A. La Espa&ntilde;a de los Borbones y su imperio Americano. En: <i>Historia de Am&eacute;rica Latina, </i>v. II. Cr&iacute;tica. Barcelona, 1990.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000188&pid=S1794-8886201000020000300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>CARO, A&iacute;da. <i>El cabildo o r&eacute;gimen municipal puertorrique&ntilde;o en el siglo XVIII, </i>v. I. Instituto de Cultura Puertorrique&ntilde;a, San Juan. 1965-74.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000189&pid=S1794-8886201000020000300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>C&Oacute;RDOVA, Pedro Tom&aacute;s de. <i>Memorias geogr&aacute;ficas, hist&oacute;ricas, econ&oacute;micas y estad&iacute;sticas de la isla de Puerto Rico, </i>v. III. Instituto de Cultura Puertorrique&ntilde;a. San Juan de Puerto Rico, 1968.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000190&pid=S1794-8886201000020000300010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>DELGADO Ribas, Josep <i>Din&aacute;micas imperiales (1650-1796): Espa&ntilde;a, Am&eacute;rica y Europa en el cambio institucional del sistema colonial espa&ntilde;ol. </i>Edicions Bellaterra. Barcelona, 2007. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000191&pid=S1794-8886201000020000300011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>FERN&Aacute;NDEZ M&Eacute;NDEZ, Eugenio. <i>Cr&oacute;nicas de Puerto Rico. </i>Universidad de Puerto Rico. San Juan, 1969.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000192&pid=S1794-8886201000020000300012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>FONTANA, Josep. <i>La quiebra de la monarqu&iacute;a absoluta: 1814-1820. </i>Cr&iacute;tica. Barcelona, 2002.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000193&pid=S1794-8886201000020000300013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>GELMAN, Jorge. La lucha por el control del Estado: administraci&oacute;n y elites coloniales en Hispanoam&eacute;rica. En: <i>Historia general de Am&eacute;rica Latina, </i>v. IV. UNESCO. Par&iacute;s, 1999. P. 251-264.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000194&pid=S1794-8886201000020000300014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>GONZ&Aacute;LEZ VALES, Luis E. <i>Alejandro Ram&iacute;rez y su tiempo: ensayos de historia econ&oacute;mica e institucional. </i>Editorial Universitaria. R&iacute;o Piedras, 1978.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000195&pid=S1794-8886201000020000300015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>GONZ&Aacute;LEZ-RIPOLL NAVARRO, Mar&iacute;a Dolores et alii. <i>El rumor de Hait&iacute; en Cuba: temor, raza y rebeld&iacute;a, 1789-1844. </i>Instituto de Historia-CSIC. Madrid, 2004. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000196&pid=S1794-8886201000020000300016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>GUIMER&Aacute;, Agust&iacute;n. <i>El reformismo borb&oacute;nico. </i>Alianza Editorial/CSIC. Madrid, 1996. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000197&pid=S1794-8886201000020000300017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>GUTI&Eacute;RREZ DEL ARROYO, Isabel. <i>El Reformismo Ilustrado en Puerto Rico. </i>El Colegio de M&eacute;xico. M&eacute;xico, 1953.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000198&pid=S1794-8886201000020000300018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>KUETHE, Allan. Conflicto internacional, orden colonial y militarizaci&oacute;n. En: <i>Historia General de Am&eacute;rica Latina, </i>v. IV. UNESCO. Par&iacute;s, 1999. P. 325-348. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000199&pid=S1794-8886201000020000300019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>LYNCH, John. <i>La Espa&ntilde;a del siglo XVIII. </i>Barcelona. Cr&iacute;tica, 1991.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000200&pid=S1794-8886201000020000300020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>MARCHENA FERN&Aacute;NDEZ, Juan. Capital, cr&eacute;ditos e intereses comerciales a fines del per&iacute;odo colonial: los costos del sistema defensivo americano. Cartagena de Indias y el sur del Caribe. En: <i>Tiempos de Am&eacute;rica, </i>n&deg; 9. Castell&oacute;n, 2002. P. 3-38.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000201&pid=S1794-8886201000020000300021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>MARICHAL, C y SOUTO, M. Silver and Situados: New Spain and the Financing of the Spanish Empire in the Caribbean in the Eighteenth Century. En: <i>Hispanic American Historical Review, </i>n&deg; 74, (4). Durham, 1994. P. 587-613.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000202&pid=S1794-8886201000020000300022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>MARICHAL, Carlos. Beneficios y costos fiscales del colonialismo: las remesas americanas a Espa&ntilde;a, 1760-1814. En: <i>Finanzas y pol&iacute;tica en el mundo iberoamericano: del antiguo r&eacute;gimen a las naciones independientes, 1754-1850. </i>Instituto Mora. M&eacute;xico, 2001. P. 29-61. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000203&pid=S1794-8886201000020000300023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>MARICHAL, Carlos. <i>La bancarrota del Virreinato, Nueva Espa&ntilde;a y las finanzas del Imperio espa&ntilde;ol, 1780-1810. </i>Fondo de Cultura Econ&oacute;mica. M&eacute;xico, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000204&pid=S1794-8886201000020000300024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>MIYARES GONZ&Aacute;LEZ, Fernando. <i>Noticias particulares de la isla y plaza de San Juan Bautista de Puerto Rico. </i>Universidad de Puerto Rico. San Juan, 1957.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000205&pid=S1794-8886201000020000300025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>MORALES Carri&oacute;n, Arturo. <i>Puerto Rico y la lucha por la hegemon&iacute;a en el Caribe. Colonialismo y contrabando, siglos XVI-XVIII. </i>Universidad de Puerto Rico. San Juan, 2003.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000206&pid=S1794-8886201000020000300026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>MORENO FRAGINALS, Manuel. <i>Cuba/Espa&ntilde;a, Espa&ntilde;a/Cuba. </i>Barcelona. Cr&iacute;tica, 2002.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000207&pid=S1794-8886201000020000300027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>MOSCOSO, Francisco. <i>Agricultura y sociedad en Puerto Rico, siglos 16 al 18. </i>Instituto de Cultura Puertorrique&ntilde;a. San Juan, 2001.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000208&pid=S1794-8886201000020000300028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>PACHECO D&Iacute;AZ, Argelia. <i>Una estrategia imperial. El situado de Nueva Espa&ntilde;a a Puerto Rico, 1765-1821. </i>Instituto Mora. 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P. 153-170.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000211&pid=S1794-8886201000020000300031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>PIETSCHMANN, Horst. <i>Las reformas borb&oacute;nicas y el sistema de Intendencias en Nueva Espa&ntilde;a: un estudio pol&iacute;tico administrativo. </i>Fondo de Cultura Econ&oacute;mica. M&eacute;xico, 1996. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000212&pid=S1794-8886201000020000300032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>RUIZ G&Oacute;MEZ, Manuel. <i>El ej&eacute;rcito de los borbones: organizaci&oacute;n, uniformidad, divisas, armamento, </i>tomo III. Servicio Hist&oacute;rico Militar. Madrid, 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000213&pid=S1794-8886201000020000300033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>TAPIA y RIVERA, Alejandro. <i>Biblioteca Hist&oacute;rica de Puerto Rico. </i>Instituto de Literatura Puertorrique&ntilde;a. San Juan, 1945.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000214&pid=S1794-8886201000020000300034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>T&Eacute;LLEZ ALARCIA, Diego. La independencia de los EE.UU. en el marco de la &quot;Guerra Colonial&quot; del s. XVIII. En: <i>Tiempos Modernos, Revista Electr&oacute;nica de Historia Moderna, </i>n&deg; 5. 2001. &#91;En-l&iacute;nea&#93;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000215&pid=S1794-8886201000020000300035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>TEPASKE, John J. La pol&iacute;tica espa&ntilde;ola en el Caribe durante los siglos XVII y XVIII. En: <i>La influencia de Espa&ntilde;a en el Caribe, la Florida y la Luisiana, 1500-1800. </i>Instituto de Cooperaci&oacute;n Iberoamericana. Madrid, 1983.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000216&pid=S1794-8886201000020000300036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>TORRES RAM&Iacute;REZ, Bibiano. <i>Alejandro O'Reilly en las Indias. </i>Escuela de Estudios Hispanoamericanos-CSIC. Sevilla, 1969.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000217&pid=S1794-8886201000020000300037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>VON GRAFENSTEIN, Johanna. <i>Nueva Espa&ntilde;a en el Circuncaribe, 1779-1808. Revoluci&oacute;n, competencia imperial y v&iacute;nculos intercoloniales. </i>UNAM. M&eacute;xico, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000218&pid=S1794-8886201000020000300038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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