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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="3"><b>Eliseo Recl&uacute;s a su paso por Barranquilla en 1855</b></font></p>     <p align="right"><b>Antonino Vidal Ortega<a name="n1"></a><a href="#n_1"><sup>1</sup></a></b></p>     <p>Como el ge&oacute;grafo Humboldt, Eliseo Recl&uacute;s qued&oacute; impactado por la geograf&iacute;a f&iacute;sica y humana de Am&eacute;rica proyectando incluso el ideal que los hombres llegado de todo el mundo junto a criollos e ind&iacute;genas crear&iacute;an un mundo mejor, no hay que olvidar su formaci&oacute;n de Te&oacute;logo y su ideolog&iacute;a anarquista que permeo toda su importante obra geogr&aacute;fica. Eliseo naci&oacute; en Francia en 1830 de donde se tuvo que exiliar en 1851 por sus ideas republicanas. A los 23 a&ntilde;os se enrol&oacute; como ayudante de cocina en un buque ingl&eacute;s con destino Nueva Orleans, donde trabajo como preceptor en una plantaci&oacute;n esclavista y tuvo su primer encuentro con esta cruel instituci&oacute;n. Empujado por su deseo de conocimiento se lanz&oacute; en v&iacute;speras de la guerra de Secesi&oacute;n a un viaje por Am&eacute;rica Latina y en 1855 una aventura casi juvenil de explotaci&oacute;n agr&iacute;cola lo llev&oacute; al litoral del Caribe colombiano en direcci&oacute;n a la Sierra Nevada de Santa Marta donde permaneci&oacute; por m&aacute;s de dos a&ntilde;os y fracas&oacute;. Pero como reconoce en su libro nunca se arrepinti&oacute; <i>de haber recorrido ese admirable pa&iacute;s uno de los menos conocidos de Am&eacute;rica del Sur. </i>Dos a&ntilde;os despu&eacute;s enfermo regres&oacute; a Francia repatriado por su hermano.</p>     <p>El libro viaje a la Sierra Nevada de Santa Marta, aunque centra la mayor parte de su narraci&oacute;n en el viaje a Sierra y a la Guajira, tiene un peque&ntilde;o aparte que recoge una descripci&oacute;n de su paso por la ciudad de Barranquilla en 1855 de la que dice <i>Barranquilla, edificada sobre la ribera izquierda de una de las numerosas ramificaciones del r&iacute;o Magdalena, data de ayer, por decirlo as&iacute;; y sus progresos solo suelen compararse a los de una ciudad de los Estados Unidos.</i></p>     <p>Continuamos pues con esta serie de testimonios hist&oacute;ricos iniciada este a&ntilde;o del bicentenario de la ciudad. En esta ocasi&oacute;n presentamos esta breve narraci&oacute;n con la mirada del ge&oacute;grafo franc&eacute;s y donde destaca la presentaci&oacute;n de una naturaleza exuberante y de una atracadero portuario lleno de actividad mercantil con representantes de varias colonias extranjeras de nacionalidades variadas.</p>     <p><b><i>El Capit&aacute;n de Papeles — Sabanilla — El Bongo Barranquilla</i></b></p>     <p>Yo sab&iacute;a que todo viajero que desembarca en Cartagena, debe destinar alg&uacute;n tiempo a visitar el pueblo de ind&iacute;genas llamado Turbaco y el c&eacute;lebre volc&aacute;n de cieno que describi&oacute; Humboldt. Y, aunque mis hu&eacute;spedes, alemanes que hablaban todas las lenguas, me daban muy buenas razones para prolongar mi permanencia en la Fonda de Calamar, hab&iacute;a o&iacute;do decir que una excelente goleta se dispon&iacute;a a partir para Sabanilla, y resolv&iacute; aprovechar esto ocasi&oacute;n, que seg&uacute;n todas las probabilidades no se volver&iacute;a a presentar en mucho tiempo. Al amanecer, tome una lancha e hice remar vigorosamente hacia La Sirio, cuyo elegante casco se balanceaba en medio del puerto. Contrate inmediatamente mi pasaje y el practico del puerto, que se solozaba en la orilla, retardando as&iacute; la marcha, obedeci&oacute; al llamamiento de la bocina, y vino a bordo; fue levada el ancla, los velos desaferrados, y la goleta doblo el cabo hacia Bocachica. En menos de una hora La Sirio estaba en el canal; el piloto, de pie en la cubierta, daba sus &oacute;rdenes can prontitud; y los marineros prontos a obedecerle, se suspend&iacute;an de las cuerdas; a coda bordada la proa casi rozaba las rocas; pero al impulso del tim&oacute;n y de la vela, se volv&iacute;a bruscamente y se dirig&iacute;a en sentido inverso. En fin, la goleta pas&oacute; la cadena de arrecifes, fue puesta al pairo y dos marineros echando la lancha al agua, condujeron a tierra al practico.</p>     <p>La Sirio hab&iacute;a sido construido en Curazao, ten&iacute;a un andar aventajado y hend&iacute;a admirablemente las olas. En pocos minutos, dejamos a nuestro espalda la escarpada ribera de Tierra-Bomba y el terrible escollo Salmedina; despu&eacute;s, costeando la lengua de tierra arenosa que protege al oeste el puerto de Cartagena, volvimos a ver la ciudad como levantada&raquo; sobre un pedestal, por encima de la larga l&iacute;nea de sus murallas; luego nos alejamos poco a poco y al fin desapareci&oacute; tras el alto promontorio de Punta-Canoa. M&aacute;s all&aacute; de este cabo divisamos; vagamente las islas de la Venta y de Arepa, en seguida se present&oacute; ante nosotros la abierta pen&iacute;nsula de Galerazamba. Despu&eacute;s de haberla doblado, La Sirio no ten&iacute;a que hacer sino dirigirse en l&iacute;nea recta hacia la entrada del puerto de Sabanilla.</p>     <p>La rapidez de la marcha y la bella apariencia de la goleta, pusieron de buen humor al capit&aacute;n Janssen, y m&aacute;s de una vez hizo circular entre sus marineros la botella de chicha (1). El se&ntilde;or Janssen, cosmopolita, reun&iacute;a en sus venas la sangre de todas las razas que se han establecido en las Antillas, y, era un hombre bien diferente de don Jorge. La mismo que &eacute;l consideraba a los marineros y los trataba como a iguales; pero no se contentaba con gozar de la vida tal cual el destino se la presentaba; trabajaba constantemente y no ten&iacute;a ni un momento de reposo. Aunque navegaba en unas costas que frecuentemente hab&iacute;a recorrido, no cesaba de consultor la br&uacute;jula, de estudiar el rumbo en las cartas marinas, y anotar sus observaciones. Cuando yo le preguntaba algo, me respond&iacute;a con voz precisa y segura. Al ver su frente recta, sus cejas fruncidas, su boca resuelta, no pod&iacute;a dudarse de que tuviese tanto energ&iacute;a como sus antepasados, los piratas del mar de las Antillas, y al mismo tiempo m&aacute;s inteligencia que ellos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Al lado del se&ntilde;or Janssen, parec&iacute;a agonizar un joven cruelmente atormentado por el mareo. Me sent&eacute; cerca de la almohada en que ten&iacute;a apoyada la cabeza, y creyendo que era pasajero como yo, le interrogu&eacute; sobre el objeto de su viaje.</p>     <p>-Soy el capit&aacute;n, me dijo, con d&eacute;bil voz.</p>     <p>i Como! ¿Y el que est&aacute; consultando la br&uacute;jula en este momento no es el capit&aacute;n? -Si, pero yo soy el capit&aacute;n de papeles.</p>     <p>Y me mostro un certificado sellado y rubricado, que le daba en efecto este titul&oacute;. No se por qu&eacute; ficci&oacute;n legal estaba obligado a meterse a bordo de una goleta, en que a pesar de haber posada muchos a&ntilde;os, sufr&iacute;a constantemente el martirio del mareo, y en donde su t&iacute;tulo oficial no le daba ni el derecho de hacer soltar una cuerda. El sobre cautivo era ciertamente digno de lastima. De tiempo en tiempo volv&iacute;a melanc&oacute;licamente los ojos hacia dos tit&iacute;es que sub&iacute;an y bajaban por los aparejos; pero ni los saltos m&aacute;s alegres de los dos monos lograban desarrugar su fisonom&iacute;a triste y enjuta. Solamente durante la comida sonre&iacute;a ligeramente, viendo a los animalitos saltar alrededor de los platos, apoderarse de las tazas de caf&eacute; hirviente, cubrirse con ellas la cabeza para absorber m&aacute;s pronto el l&iacute;quido, y despu&eacute;s echarse a rodar dando gritos lamentables.</p>     <p>Despu&eacute;s de ocho horas de traves&iacute;a llegamos frente a la ancha embocadura llamada Boca-Ceniza (1) en que desagua el brazo principal del rio Magdalena, y la que obstruyen numerosos baj&iacute;os cubiertos de mangles. El capit&aacute;n se apodero del tim&oacute;n, hizo girar r&aacute;pidamente la goleta por entre bancos de arena y la introdujo en un canal cuya agua verdosa y cubierta de despojos vegetales permit&iacute;a con todo divisar el fondo a tres o cuatro metros de profundidad. En frente de nosotros, entre una isla de paletuvios y las escarpaduras de la costa, se extend&iacute;a una gran laguna en que reposaban muchas embarcaciones ancladas: era el puerto de Sabanilla. Sabiendo que este puerto es el que exporta al extranjero casi todos los productos de la agricultura y de la industria granadinas, buscaba con la vista la ciudad y sus edificios; pero no ve&iacute;a sino una casa blanca reci&eacute;n construida para el servicio de la Aduana y en la cual nadie habitaba. Despu&eacute;s me hicieron notar al borde del agua una larga hilera de chozas cubierta de hoja de palma, y que se confund&iacute;an de lejos con el terreno rojizo sobre el cual est&aacute;n construidas; tal era la ciudad floreciente cuyo puerto ha sido el heredero del comercio de Cartagena de Indios.</p>     <p>Como no estaba acostumbrado a esta clase de viviendas, me estremec&iacute; al ver esas chozas miserables. Trataba de escoger desde lejos, entre esas mezquinas habitaciones, aquella en que pudiera hacerme dar, de grado o por fuerza, la mejor hospitalidad posible. Mi elecci&oacute;n recay&oacute; en una choza m&aacute;s grande que las dem&aacute;s y notable por el cobertizo exterior sobre que reposaba el techo de hojas. Pertenec&iacute;a, me dijeron, al se&ntilde;or Hasselbrinck, c&oacute;nsul de Prusia, el &uacute;nico extranjero que reside en Sabanilla. Apenas desembarqu&eacute; en uno de los peque&ntilde;os muelles de madera que han sido construidos delante de pueblecillo, indiqu&eacute; la casa del c&oacute;nsul al negro que se encarg&oacute; de mi equipaje, y le segu&iacute; sin inconveniente y sin detenerme ante el puesto de los guardas, que sin duda dormitaban en sus hamacas. En la playa se paseaba un venerable anciano, cuyas facciones tudescas me indicaron ser el c&oacute;nsul de Prusia. Me dirig&iacute; con desenfado hacia su casa, en la cual entre resueltamente, y recib&iacute; en seguida en el dintel mismo de su puerta al sorprendido propietario a quien supliqu&eacute; en su lengua nativa que se dignase excusar mi atrevimiento. Las pocas palabras alemanas que le dirig&iacute;, bastaron para decidirlo en mi favor hasta el punto de que tomase a la vez mis dos monos y me diese una cordial bienvenida, con estas palabras: Mi caso est&aacute; a la disposici&oacute;n de usted. Durante las primeras horas de la noche, me abrum&oacute; a cumplimientos, me dio con la mayor amabilidad los informes que le ped&iacute;, y en cambio me hizo numerosas preguntas sobre Europa de la que se hab&iacute;a ausentado desde el a&ntilde;o de gracia de 1829, pero a tiempo aun para haber ido de Stockport a Portar-lington por el &uacute;nico camino de fierro de locomotivas que exist&iacute;a entonces en Europa. El pobre anciano se admiraba aun al recuerdo de ese viaje, y dec&iacute;a que pod&iacute;a morir en paz porque hab&iacute;a visto ese triunfo de lo civilizaci&oacute;n modera. Cuando lleg&oacute; la hora de dormir, hizo colocar inmediatas dos camas de tijera, a fin de poder prolongar la conversaci&oacute;n, y o&iacute;rme hablar de los progresos cumplidos en Europa y Am&eacute;rica desde 1830. Al d&iacute;a siguiente por la mo&ntilde;ona, se ocup&oacute; el mismo de procurarme una embarcaci&oacute;n para Barranquilla, y me desped&iacute; de &eacute;l, provisto de una carta de introducci&oacute;n para su hijo, agente de la compa&ntilde;&iacute;a inglesa de navegaci&oacute;n por vapor en el rio Magdalena.</p>     <p>EI pueblecillo de Sabanilla existe &uacute;nicamente por su proximidad a la embocadura principal del rio, con el cual comunica su puerto por los pantanos del delta. No teniendo la barra m&aacute;s de un metro de profundidad, todas las producciones de las provincias ribere&ntilde;as, el tabaco, la corteza de quina, el caf&eacute;, deben depositarse arriba de la embocadura en los almacenes de Barranquilla, para ser transportados de all&iacute; trabajosamente por estrechas canales hasta el puerto de Sabanilla, donde se vuelven a cargar a bordo de embarcaciones que calen menos de cuatro metros de agua. Cuando la Republica neo-granadina sea m&aacute;s rica y emprendedora y se ocupe de la mejora de este puerto, tendr&aacute; que hacer ejecutar en &eacute;l grandes obras, porque las arenas de una boca del r&iacute;o Magdalena llamada Baca-Culebra, se acumulan a la entrada y, por el impulso de las brisas y de las olas, avanzan continuamente hacia el oeste. Ser&iacute;a relativamente m&aacute;s f&aacute;cil construir un ferrocarril entre Barranquilla y Sabanilla, o, mejor .aun, utilizar las bocas pantanosas del r&iacute;o, excavando un canal con la profundidad necesaria para permitir que pasando por el los mayores vapores del Magdalena fueran a atracar al lado de las naves mar&iacute;timas en la rada misma; pero es probable que los negociantes de Barranquilla retarden por mucho tiempo la ejecuci&oacute;n de este proyecto que los privar&iacute;a de los beneficios que les produce el trasborde de las mercanc&iacute;as (1).</p>     <p>La embarcaci&oacute;n que me facilit&oacute; el se&ntilde;or Hasselbrinck era un gran bongo, especie de chalana de tablones mal igualados y cubiertos desde la proa hasta cerca de la popa. Cuatro zambos (2) atl&eacute;ticos y medio desnudos, dos de coda lado, se mantienen de pie sobre la cubierta, volviendo la espalda a la proa, y, apoyan en el pecho izquierdo lleno de callosidades, sus largas palancas, cuyo otro extremo va a buscar punto de apoyo en el fondo del agua. Desde que con una palmada se dio la se&ntilde;al de marcha, se apoyaron con todo su pesa en las palancas, y dando mesuradamente el grito de ¡Jes&uacute;s! ¡Jes&uacute;s¡ se lanzaron con paso gimnastica de la proa a la popa del bango, despu&eacute;s volvieran lentamente hacia la primera repitiendo siempre ¡Jes&uacute;s! ¡Jes&uacute;s! y dieron un nuevo empuje. Impulsado por estos cuatro pechos vigorosos, el pesado bongo hend&iacute;a r&aacute;pidamente el agua verdosa del puerto, y en pocos instantes vimos desaparecer las caba&ntilde;as de Sabanilla y el muelle desde donde mi hu&eacute;sped me enviaba sus saludos.</p>     <p>Bogamos as&iacute; durante m&aacute;s de una hora por una bah&iacute;a de agua salada cuyas riberas recib&iacute;an sombra de peque&ntilde;os mangles, que de lejos se parec&iacute;an a nuestros sauces de Europa. Despu&eacute;s de haber pasado las miserables caba&ntilde;as llamadas Play&oacute;n-Grande, el bongo dej&oacute; de costear la ribera de la bah&iacute;a, dio una vuelta repentina hacia el norte, y el paisaje cambio bruscamente de aspecto. Est&aacute;bamos en las aguas amarillentas de los pantanos, a la entrada de Ca&ntilde;o-Hondo (1).</p>     <p>Gigantescas plantas acu&aacute;ticas lanzaban alrededor nuestro sus tallos oprimidos que terminaban en ombelas, en plumeros, en penachos; casi por todas partes la superficie del agua estaba oculta por grandes hojas de todas formas y colores, que desaparec&iacute;an bajo las flores que ven&iacute;an a abrirse encima de ellas; muchas capas de vegetaci&oacute;n se amontonaban unas sobre otras, y en la estrecha estela que detr&aacute;s de s&iacute; dejaba el bongo, el agua espesa cubierta por abundantes plantas f1otantes, aparec&iacute;a toda sembrada de v&aacute;stagos vegetales. Aves acu&aacute;ticas revoloteaban por bandadas en medio de las plantas, y a lo lejos se extend&iacute;a el horizonte circundado de grandes &aacute;rboles.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En ese pantano sobre el cual pesaba una atmosfera ardiente y f&eacute;tida, los zambos se detuvieron para almorzar. Sacaron de una mochila algunas yucas (2) asadas en la ceniza, restos de pescados y una botella de chicha, y, haci&eacute;ndolo circular todo, me invitaran generosamente a participar de su frugal comida. Acepte, pero confieso que el apetito me abandono repentinamente cuando vi a uno de mis anfitriones remover con el cabo de su palanca los peces muertos que sobrenadaban en gran numero en la estela; desechar con desd&eacute;n aquellos cuya cabeza estaba yo manchada de l&iacute;neas amorillas, pescar los otras por media de un peque&ntilde;o arp&oacute;n, y guardarlos cuidadosamente para la comida.</p>     <p>Terminado el fest&iacute;n, los zambos se apoyaron nuevamente en sus palancas, y volviendo a principiar su cantinela, lograron abrirle paso al bongo a troves de las plantas acu&aacute;ticas de todas especies que obstru&iacute;an la entrada del Ca&ntilde;o-Hondo. Este canal, que se extiende en l&iacute;nea recta bajo la selva, como una ancha avenida, tiene m&aacute;s de seis metras de profundidad; las palancas apenas alcanzaban al fondo; felizmente el agua, agitada al empuje de la lejana marea, ten&iacute;a una ligera corriente y empujaba el bongo hacia adelante. Los grandes &aacute;rboles un&iacute;an sus ramas frondosas encima de nuestras cabezas; y prolongadas bejucos verdes, suspendidos de las romas, calaban en el agua de la corriente y se balanceaban muellemente a merced de cada remolino; plantas, hojas y flores detenidas par las ra&iacute;ces de las arboles en los bordes del ca&ntilde;o, oscilaban lentamente como islas floridas. Los buitres, posados sobre las troncos podridos, nos miraban pasar, fijando en nosotros sus ojos desde&ntilde;osos. Hacia la proa del bongo se ve&iacute;an las formas musculosas de los cuatro atletas, delineados en el verde sombr&iacute;o de la selva. De vez en cuando un rayo de sol que atravesaba la b&oacute;veda de follaje i1uminaba las aguas, los bejucos y los troncos de los arboles con su luz deslumbradora.</p>     <p>Despu&eacute;s del Ca&ntilde;o-Hondo, nuestro embarcaci&oacute;n atraves&oacute; pantanos cuya agua est&aacute; cargada de tal manera de despojos vegetales, que en ciertos puntos es un fango liquido en donde las embarcaciones forman negros surcos, levantando emanaciones de un olor pestilencial; en seguida penetramos en otros canales de riberas fangosas, donde solamente los cocodrilos y las tortugas pueden permanecer sin temor y en los que el hombre que se viese abandonado sin recursos, no y viendo a su redor sino agua, fango y reptiles, se entregar&iacute;a a la m&aacute;s completa desesperaci&oacute;n. Esa naturaleza inhospitalaria me hac&iacute;a estremecer, y deseaba con impaciencia respirar un aire menos cargado de miasmas funestos, ver un pedazo de tierra en la cual pudiera poner el pie con seguridad. Por fin entramos en un estrecho canal abierto por la mano del hombre a trav&eacute;s de un terreno que se eleva algunos pulgadas de la l&iacute;nea de las inundaciones; al punto me pareci&oacute; que el aire era m&aacute;s puro y me sent&iacute; curado de la fiebre que p&eacute;rfidamente principiaba a inficionar mi sangre.</p>     <p>Sin embargo, fue precise renunciar a seguir viajo en el bongo que me conduc&iacute;a. Un incidente imprevisto me obligo a recurrir a otro medio de locomoci&oacute;n. De repente, en una de las numerosas vueltas del nuevo canal en que hab&iacute;amos entrado, nos encontramos detenidos por una enorme caldera, enviada de Liverpool para uno de los buques de vapor que se estaban construyendo en Barranquilla. Cargada en un bongo re-forzado exteriormente con enormes maderos, deb&iacute;a seguir, como nosotros, la v&iacute;a tortuosa de los pantanos; pero hacia d&iacute;as que estaba en camino y, seg&uacute;n las probabilidades, no llegar&iacute;a a su destino muy pronto.</p>     <p>Tanto y tan penosamente me sorprendi&oacute; el aspecto de Sabanilla, cuando me cre&iacute; feliz por este encuentro inesperado que pon&iacute;a en un contraste tan sorprendente a la naturaleza entregada aun a las fuerzas desordenadas del caos y a la victoriosa industria que hace de la tierra una esclava obediente. Nunca pudo aplicarse mejor la palabra del poeta:</p>     <p>"Esto matar&aacute; aquello", que a esa pesada e inm&oacute;vil caja de fierro, encallada en un canal fangoso en medio de inmensos pantanos.</p>     <p>Mis cuatro zambos conferenciaron con sus amigos, instalados sobre la caldera, pero su elocuencia fue in&uacute;til, porque la embarcaci&oacute;n que nos obstru&iacute;a el camino estaba perfectamente encallada; para sacarla de all&iacute;, era necesario esperar refuerzos o una creciente del Magdalena.</p>     <p>Tome pronto mi partido: mientras que mis compa&ntilde;eros se instalaron en la ribera y com&iacute;an los pescados tan extra&ntilde;amente cogidos par la ma&ntilde;ana, salte a una canoa, perteneciente a un indiecito que hab&iacute;a venido a ofrecer v&iacute;veres a la tripulaci&oacute;n de la caldera y le mande remar vigorosamente hacia el rio. Este estaba m&aacute;s cerca de lo que esperaba, y en menos de media hora la barca en que hab&iacute;a tomado pasaje se encontr&oacute; lanzada en el vasto seno del Magdalena.</p>     <p>En la Am&eacute;rica meridional, el Magdalena no le cede en importancia sino al Amazonas, al Orinoco y al Plata; pero ante m&iacute; no se presentaba en aquel momento toda el poderoso curso de sus aguas, pues hab&iacute;amos entrado en una de sus brazos, llamado Ceniza, cuyo caudal derrama en el mar a algunas kil&oacute;metros m&aacute;s al oeste. Este brazo, mucha m&aacute;s ancho que nuestras corrientes de agua de la Europa occidental, casi iguala al Missisipi: como el, est&aacute; adornado de grandes &aacute;rboles de sombr&iacute;o follaje; m&aacute;s en sus orillas no se distingue sino una que otra caba&ntilde;a cubierta de palmeras y platanales esparcidos en las riberas. Las aguas ligeramente movidas por el viento y cortadas por r&aacute;pidas y peque&ntilde;as olas, parecen menos profundas que las del gran r&iacute;o de la Am&eacute;rica del Norte; pero como las de este, arrastran tierra de aluvi&oacute;n y los cocodrilos no pueden distinguirse en ellas sino cuando estos monstruos dejan flotar en la superficie sus enormes quijadas con dientes de sierra. Vi a muchos de estas animales zambullirse a toda prisa cuando nuestro esquife se aproximaba, inclinado por la vela, hendiendo gallardamente las ondas: el cad&aacute;ver, corrompido ya, de uno de esos gigantescos reptiles, daba vueltas en medio de un remolino entre troncos de &aacute;rboles varados, cada uno de los cuales conduc&iacute;a un buitre de largo cuello &aacute;vidamente tendido. En el puerto mismo de Barranquilla, vi huir a la gente en todas direcciones para evitar la inc&oacute;moda vecindad de uno de aquellos animales atra&iacute;do por la algazara de varias personas que se ba&ntilde;aban.</p>     <p>A medida que nos acerc&aacute;bamos a Barranquilla, nuestra atenci&oacute;n cambiaba de objeto, y mis miradas fueron todas para la ciudad, cuyas largas hileras de casas blancas se percib&iacute;an encima de los ribazos arcillosos. Peque&ntilde;os diques flotantes en la ribera del canal y llenos de bongos, lanchas, canoas; astilleros cubiertos con techos de hojas de palma, almacenes de dep&oacute;sito en donde indios y negros arrumaban productos de todas clases; muelles a los cuales estaban atracados buques de vapor; carenas de fierro constantemente golpeadas por el martillo de centenares de obreros: todo anunciaba una ciudad comercial semejante a las de Europa y los Estados Unidos. En el muelle de la gran plaza en que desembarque, la misma animaci&oacute;n que en el puerto; marineros yendo incesantemente de los bongos a los almacenes para depositar en ellos barriles y bocoyes, mujeres llevando en la cabeza canastas de pl&aacute;tanos y otras frutas, y mercaderes instalados delante de peque&ntilde;as mesas ofreciendo sus g&eacute;neros. En medio de la multitud atareada circulaban pilluelos medio desnudos, apostrofando a los extranjeros con palabras inglesas pronunciadas con notable perfecci&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Barranquilla, edificada sobre la ribera izquierda de una de las numerosas ramificaciones del rio Magdalena, data de ayer, por decirlo as&iacute;; y sus progresos solamente pueden compararse a los de una ciudad de los Estados Unidos, tan r&aacute;pidos as&iacute; han sido. All&iacute; no se ven sino andamios, ladrillo y cal. Sobrepuja ya a Cartagena por el n&uacute;mero de sus habitantes, si se tiene en cuenta tambi&eacute;n la poblaci&oacute;n flotante; adem&aacute;s la antigua ciudad de Soledad, situada en la ribera del rio a algunos kil&oacute;metros m&aacute;s arriba, puede considerarse como un simple barrio de Barranquilla, porque sus habitantes viven &uacute;nicamente de las diversas industrias que les procura la vecindad de la ciudad naciente, verdadera capital comercial del Estado de Bol&iacute;var. Barranquilla proyecta en todas direcciones sus calles tiradas a cordel y cortadas en &aacute;ngulos rectos; pero formadas la mayor parte de chozas y jardines en que se agrupan los cocoteros y los papagayos (1) semejantes a una yerba gigantesca. Las casas de piedra y peristilo se encuentran todas en la vecindad del puerto y en la plaza principal. En cuanto al llano de los alrededores, no presenta nada de pintoresco: el terreno de greda roja, mezclada de venas arenosas, es poco f&eacute;rtil salvas las depresiones pantanosas.</p>     <p>La importancia de Barranquilla se debe casi exclusivamente a los comerciantes extranjeros, ingleses, americanos, alemanes, holandeses que se han establecido all&iacute; en los &uacute;ltimos a&ntilde;os; han hecho de ella el centro principal de los cambios con el interior y el mercado m&aacute;s considerable de la Nueva Granada; menos instigados los ind&iacute;genas por el aguij&oacute;n de la fortuna y sin estar iniciados aun en los secretos de la especulaci&oacute;n, ninguna parte han tenido en el progreso de este emporium del Magdalena. A mi paso por all&iacute;, hab&iacute;a diez vapores flotando o en construcci&oacute;n: cinco ingleses, tres americanos, uno alem&aacute;n, y uno solo perteneciente a una compa&ntilde;&iacute;a anglo-granadina que administraba M. Hasselbrinck, el hijo del c&oacute;nsul prusiano de Sabanilla. Este excelente joven, antiguo alumno de la universidad de Gottinge y corresponsal del ilustre bot&aacute;nico Neesvon Esembeck, era un verdadero sabio cuya carrera lo llamaba naturalmente a ejercitar su ciencia en una gran ciudad de Alemania; pero a despecho de los negocios de comercio que lo ocupaban, no hab&iacute;a olvidado la ciencia, y hab&iacute;a logrado reunir a su rededor un gran n&uacute;mero de hombres instruidos; tuvo la bondad de presentarme a muchos de ellos, casi todos granadinos.</p>     <p>En cambio, en el gran hotel de Barranquilla solamente vi extranjeros de todos los puntos del globo y conversando en ingl&eacute;s, esa lengua tan extendida en el mundo. Madama Hughes, nuestro hu&eacute;sped, hab&iacute;a montado su casa bajo un pie enteramente europeo; ten&iacute;a la tonter&iacute;a, es verdad, de observar en el hotel una rid&iacute;cula etiqueta brit&aacute;nica, pero se le pod&iacute;a perdonar en virtud de que ten&iacute;a el buen gusto de hacerlos comer en un patio, debajo de los arboles cubiertos de fragantes flores a cuyo rededor revoloteaban los tominejos con alegres susurros. Por la noche hada colocar las camas debajo de las arcadas que rodean el jard&iacute;n, y los hu&eacute;spedes que despertaban durante la noche, ten&iacute;an el placer de los rayos de la luna a el vago centelleo de la v&iacute;a l&aacute;ctea a trav&eacute;s tembloroso follaje.</p> <hr>     <p><a name="n_1"></a><a href="#n1"><sup>1</sup></a> Universidad del Norte</p> </font>      ]]></body>
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