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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This essay discusses the development of Colombian Anthropology from the perspective of university academic training. The key concepts used here are mimesis, paradigm, and research programs. While asking for the presence of great masters in the development of Colombian anthropological thinking, and the relative absence of names who deserve this classification, the essay explores the relationships between the local anthropological community and the metropolitan anthropologies, and their influences in Colombia. The argument maintains that local anthropological thinking is only validated in so far as it serves to mediate foreign research and theory, and thus, local anthropologists are best understood as the local translators of the great masters of the global anthropological community.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align=center><font size="4"><b>MIMESIS Y PAIDEIA ANTROPOL&Oacute;GICA EN COLOMBIA</b></font></p>     <p><b>Carlos Alberto Uribe</b></p>     <p><i>Profesor asociado Departamento de Antropolog&iacute;a, Universidad de los Andes, Colombia Profesor asociado Departamento de Psiquiatr&iacute;a, Universidad Nacional de Colombia </i><a href="mailto:curibe@uniandes.edu.co"><i>curibe@uniandes.edu.co</i></a></p>     <p><i>(Dedico este escrito a &quot;George Morel&quot; </i>-Jorge Morales G.)</p> <hr size=1>     <p><b>RESUMEN</b></p>     <p>En este ensayo se discute el desarrollo de tradiciones de pensamiento antropol&oacute;gico en Colombia desde la &oacute;ptica de la did&aacute;ctica de la disciplina en el &aacute;mbito universitario. Los conceptos que sirven de base para la argumentaci&oacute;n son los de mimesis, paradigma y programas de investigaci&oacute;n. Al preguntarse por la figura del maestro (o maestra) en la academia antropol&oacute;gica nacional y la ausencia relativa de nombres que merezcan este reconocimiento, se exploran las relaciones entre la comunidad antropol&oacute;gica nacional y las antropolog&iacute;as metropolitanas y sus influencias en nuestro medio. Desde esta perspectiva, la academia antropol&oacute;gica nacional s&oacute;lo se valida en cuanto sirva de mediadora, en el plano local, de programas de investigaci&oacute;n y teor&iacute;as externas. En consecuencia, el papel de los docentes de nuestras &quot;escuelas&quot; se eval&uacute;a desde su funci&oacute;n de mediadores de los grandes maestros de la academia internacional.</p>     <p><b>PALABRAS CLAVE</b></p>     <p>Docencia antropol&oacute;gica, historia de la antropolog&iacute;a colombiana, antropolog&iacute;as metropolitanas y antropolog&iacute;a local.</p> <hr size=1>     <p><b>ABSTRACT</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>This essay discusses the development of Colombian Anthropology from the perspective of university academic training. The key concepts used here are mimesis, paradigm, and research programs. While asking for the presence of great masters in the development of Colombian anthropological thinking, and the relative absence of names who deserve this classification, the essay explores the relationships between the local anthropological community and the metropolitan anthropologies, and their influences in Colombia. The argument maintains that local anthropological thinking is only validated in so far as it serves to mediate foreign research and theory, and thus, local anthropologists are best understood as the local translators of the great masters of the global anthropological community.</p>     <p><b>KEY WORDS</b></p>     <p>Anthropological training, History of Colombian Anthropology, Metropolitan and Local Anthropologies.</p> <hr size=1>     <p><b>Seg&uacute;n Zygmunt Batjman </b>(2002: 82-84), una descripci&oacute;n paradigm&aacute;tica de la situaci&oacute;n en la que se encuentran todos los etn&oacute;logos aparece en el relato de Jorge Luis Borges &quot;La busca de Averroes&quot;. Ocupado en la traducci&oacute;n de una traducci&oacute;n de la obra de Arist&oacute;teles, la Po&eacute;tica, Averroes se hab&iacute;a tropezado con dos palabras, tragedia y comedia, ante las cuales &quot;nadie, en el &aacute;mbito del islam -escribe Borges-, barruntaba lo que quer&iacute;an decir&quot;. Por mucho que lo intent&oacute;, el Averroes de Borges no lograba encontrar en ninguna fuente escrita lo que las tales palabras podr&iacute;an significar. Su problema era m&aacute;s que ling&uuml;&iacute;stico. El teatro era por entero desconocido en el islam, y su experiencia estaba m&aacute;s all&aacute; del mundo en el que Averroes hab&iacute;a nacido y vivido. Al final, Averroes se content&oacute; con escribir: &quot;Aristu &#91;Arist&oacute;teles&#93; denomina tragedia a los paneg&iacute;ricos y comedias a las s&aacute;tiras y anatemas. Admirables tragedias y comedias abundan en las p&aacute;ginas del Cor&aacute;n y en las mohalacas del santuario&quot;. Acto seguido, Borges explica la intenci&oacute;n de su relato:</p>     <p><ul>En la historia anterior quise narrar el proceso de una derrota. Pens&eacute;, primero, en aquel arzobispo de Canterbury que se propuso demostrar que hay un Dios; luego en los alquimistas que buscaron la piedra filosofal; luego en los vanos trisectores del &aacute;ngulo y rectificadores del c&iacute;rculo. Reflexion&eacute;, despu&eacute;s, que m&aacute;s po&eacute;tico es el caso de un hombre que se propone un fin que no est&aacute; vedado a los otros, pero s&iacute; a &eacute;l. Record&eacute; a Averroes que, encerrado en el &aacute;mbito del islam, nunca pudo saber el significado de las voces tragedia y comedia.    </ul></p>     <p>Seg&uacute;n Bauman (2002: 83), despu&eacute;s del anterior trozo viene lo principal: la anticipaci&oacute;n de Borges a las &quot;atormentadas introspecciones y a las deslumbrantes revelaciones de los antrop&oacute;logos culturales&quot;:</p>     <p><ul>Refer&iacute; el caso: a medida que adelantaba, sent&iacute; lo que hubo de sentir aquel dios mencionado por Burton que se propuso crear un toro y cre&oacute; un b&uacute;falo. Sent&iacute; que la obra se burlaba de m&iacute;. Sent&iacute; que Averroes, queriendo imaginar lo que es un drama sin haber sospechado lo que es un teatro, no era m&aacute;s absurdo que yo, queriendo imaginar a Averroes, sin otro material que unos adarmes de Renan, de Lane y de As&iacute;n Palacios. Sent&iacute;, en la &uacute;ltima p&aacute;gina, que mi narraci&oacute;n era un s&iacute;mbolo del hombre que yo fui, mientras la escrib&iacute;a y que, para redactar esa narraci&oacute;n, yo tuve que ser aquel hombre y que, para ser aquel hombre, yo tuve que redactar esa narraci&oacute;n, y as&iacute; hasta lo infinito. (En el instante que yo dejo de creer en &eacute;l, &quot;Averroes&quot; desaparece.) (Borges 1994 &#91;1952&#93;).    </ul></p>     <p>Acabado el cuento de Borges, la pregunta es: &iquest;cu&aacute;les son esas atormentadas introspecciones y deslumbrantes revelaciones antropol&oacute;gicas que suscit&oacute; en Bauman su lectura? Preguntas que tienen que ver con la paradoja que atrapa la labor etnogr&aacute;fica. La respuesta no puede ser otra que lo que Bauman llama la &quot;barricada de la traducci&oacute;n&quot;: &quot;tanto el traductor como el traducido o lo traducido se hacen realidad y se desvanecen en el mismo proceso de traducci&oacute;n, siendo cada uno de ellos una pantalla imaginaria sobre la que se proyecta la misma labor de comunicaci&oacute;n en curso&quot; (Bauman, 2002: 84). Por ello no se debe preocupar uno, dice Bauman, de lo que se pierde en la traducci&oacute;n: siempre es mejor atenerse a lo que se puede ganar en el hecho mismo de realizar la traducci&oacute;n. Y ello porque la traducci&oacute;n es un proceso continuo, un di&aacute;logo inacabado e inconcluyente, remata Bauman, destinado a permanecer as&iacute;. Y destinado, adem&aacute;s, a hacer de ambos participantes en ese di&aacute;logo perfectos y perennes extranjeros en unas fronteras siempre cambiantes, con unos l&iacute;mites difusos y en perpetua labilidad. &quot;Es m&aacute;s ajustado a la realidad -concluye Bauman- describir nuestra dif&iacute;cil situaci&oacute;n como una vida que trascurre en <i>tierra de frontera&quot; </i>(Bauman, 2002: 88; it&aacute;licas en el original).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Las reflexiones anteriores las traigo a cuento a prop&oacute;sito del tema que en esta ocasi&oacute;n nos convoca: el de los encuentros y desencuentros entre la antropolog&iacute;a que se realiza en los pa&iacute;ses metropolitanos, en especial en los pa&iacute;ses noratl&aacute;nticos, y la antropolog&iacute;a que se adelanta en una periferia como Colombia. Porque es que se me antoja que a m&aacute;s de estar nosotros los antrop&oacute;logos de estos lares atrapados en la barricada de la traducci&oacute;n en relaci&oacute;n con aquellos a quienes tratamos de representar en nuestros quehaceres intelectuales, estamos asimismo atraillados en nuestra relaci&oacute;n con las traducciones que se realizan en los centros de la antropolog&iacute;a mundial. Como el Averroes de Borges, nuestro dilema es c&oacute;mo salir avante en nuestras traducciones de traducciones.</p>     <p>Se ha escrito mucho sobre las asimetr&iacute;as que existen entre las antropolog&iacute;as metropolitanas y las antropolog&iacute;as perif&eacute;ricas. A riesgo de simplificar, el argumento siempre se procede a se&ntilde;alar c&oacute;mo existe un desequilibrio en la distribuci&oacute;n del poder en el &quot;sistema acad&eacute;mico mundial&quot;, de tal manera que las reglas del juego son siempre definidas en las comunidades antropol&oacute;gicas de Estados Unidos, Inglaterra y Francia, principalmente. As&iacute;, lo que cuenta como &quot;buena&quot; antropolog&iacute;a -por ejemplo, cu&aacute;les son los problemas m&aacute;s relevantes para investigar, cu&aacute;les son las soluciones te&oacute;ricas m&aacute;s sofisticadas o m&aacute;s avant-garde, qui&eacute;n innova y qui&eacute;n simplemente duplica, qu&eacute; autor o autora son los m&aacute;s destacados en &eacute;sta o aquella &aacute;rea de la disciplina y qui&eacute;n hace avanzar los linderos del discurso antropol&oacute;gico- siempre parece ser resuelto en esos pa&iacute;ses y no en el resto de pa&iacute;ses que tambi&eacute;n tienen comunidades antropol&oacute;gicas consolidadas. Aunque hay excepciones, notablemente el caso de la India, y en Am&eacute;rica Latina, del Brasil y de M&eacute;xico, no parece haber forma de competir con el volumen de la producci&oacute;n antropol&oacute;gica metropolitana, sus congresos, sus publicaciones peri&oacute;dicas, la cantidad de fuentes de financiaci&oacute;n y de recursos para apoyar la investigaci&oacute;n. Ello para no mencionar la contundencia de las cifras demogr&aacute;ficas, que muestran c&oacute;mo esas comunidades antropol&oacute;gicas centrales cuentan con miles de practicantes de la disciplina en todas sus ramas y variedades posibles.</p>     <p>El resultado global de esta situaci&oacute;n es, seg&uacute;n algunos autores, por ejemplo, Esteban Krotz (1996; 1997), un silenciamiento de esas otras antropolog&iacute;as que a lo sumo se ven como &quot;ecos&quot; o &quot;versiones diluidas&quot; de la antropolog&iacute;a que es y contin&uacute;a siendo &uacute;nicamente aquella que se produce en el centro. Un silenciamiento, a&ntilde;ade Krotz (1997), que hace que las antropolog&iacute;as perif&eacute;ricas no existan en realidad ni en sus propios pa&iacute;ses, por cuanto sus trayectorias y logros particulares siempre son vistos, en una relaci&oacute;n de subordinaci&oacute;n, en funci&oacute;n del devenir de las escuelas, paradigmas, autores y hasta las modas del centro. Asimismo, para este antrop&oacute;logo mexicano, las tensiones y contradicciones entre los dos tipos de antropolog&iacute;a nunca son abocadas de maneras expl&iacute;citas, dando curso, en cambio, a una especie de actitud paternalista y benevolente de parte de los antrop&oacute;logos y antrop&oacute;logas metropolitanos hacia sus colegas &quot;menos favorecidos&quot;, colegas que, dicho sea de paso, a menudo forman parte del grupo de informantes &quot;nativos&quot; de los anteriores, puesto que &quot;el campo&quot; para los antrop&oacute;logos del Norte siempre parece comenzar en las universidades y centros de producci&oacute;n de conocimiento antropol&oacute;gico locales. Y, como a menudo sucede con casi todos los informantes, poco cr&eacute;dito reciben cuando los primeros publican sus escritos y se llenan de gloria en sus congresos y simposios. Claro est&aacute;, anota en este particular Krotz (1997), y es justo a&ntilde;adirlo aqu&iacute;, los locales tambi&eacute;n tienden a ver a sus cong&eacute;neres antropol&oacute;gicos del centro como fuentes de becas y de bibliograf&iacute;as actualizadas, as&iacute; como de invitaciones a sus universidades, entre muchos otros dones.</p>     <p>Para concluir este punto, quiero citar aqu&iacute; las palabras de un antrop&oacute;logo japon&eacute;s, Takami Kuwayama, quien en un n&uacute;mero reciente de la revista <i>Anthropology Today </i>se queja acremente de c&oacute;mo los nativos, incluso los antrop&oacute;logos nativos de Jap&oacute;n, no constituyen todav&iacute;a contertulios de igual val&iacute;a en el di&aacute;logo antropol&oacute;gico con sus colegas noratl&aacute;nticos. Y que conste que es un japon&eacute;s quien esto escribe:</p>     <p><ul>(...) los antrop&oacute;logos del centro pueden ignorar con tranquilidad a los acad&eacute;micos de la periferia sin arriesgar con ello su carrera, mientras que estos &uacute;ltimos ser&iacute;an considerados como &quot;ignorantes&quot; e incluso como &quot;atrasados&quot; si llegaran a mostrarse como desconocedores de la investigaci&oacute;n que los primeros realizan. Esta relaci&oacute;n asim&eacute;trica muestra que el centro tiene el poder de dictar los modos dominantes del discurso acad&eacute;mico. La periferia se ve forzada a aceptarlos, por ejemplo, mediante el expediente de adoptar las teor&iacute;as de los acad&eacute;micos del centro, sus m&eacute;todos y sus estilos de escritura, si sus miembros quieren llegar a ser reconocidos internacionalmente (Kuwayama, 2003: 11; mi traducci&oacute;n).    </ul></p>     <p>No me interesa profundizar m&aacute;s en esta descripci&oacute;n, que por lo dem&aacute;s es un tanto simplista y hasta un poco injusta. Porque es que, en primer lugar, las antropolog&iacute;as perif&eacute;ricas no constituyen un todo homog&eacute;neo, como ciertamente tampoco lo son las antropolog&iacute;as centrales. En segundo lugar, poca culpa tienen los centros antropol&oacute;gicos metropolitanos en que sus pares de la periferia siempre est&eacute;n m&aacute;s dispuestos a verlos a ellos, a estudiar sus trabajos y producciones y a validarse en t&eacute;rminos de ellos, que a interactuar con sus pares de comunidades antropol&oacute;gicas de pa&iacute;ses tambi&eacute;n ubicados en la periferia. Y en tercer lugar, no se puede afirmar con justicia que todos los colegas extranjeros que nos visitan, o que desarrollan sus trabajos entre nosotros o en el territorio de nuestros pa&iacute;ses, asuman el paternalismo de marras o est&eacute;n siempre dispuestos a apropiarse de manera descarada de nuestros conocimientos. Por el contrario, siempre hay muchos antrop&oacute;logos del centro que est&aacute;n de veras dispuestos a brindar sus saberes y su tiempo y dedicaci&oacute;n en pro de la consolidaci&oacute;n de proyectos de investigaci&oacute;n locales, o de elevar el nivel del entrenamiento y la discusi&oacute;n antropol&oacute;gica de nuestras comunidades intelectuales (Uribe, 1997). Y aunque no es del caso mencionar nombres, mucho se ha beneficiado la antropolog&iacute;a colombiana con la presencia entre nosotros de pares internacionales, desde aquellos tiempos heroicos cuando el franc&eacute;s Paul Rivet y un grupo de antrop&oacute;logos de diversos pa&iacute;ses europeos iniciaron el entrenamiento de antrop&oacute;logos y antrop&oacute;logas colombianas en el antiguo Instituto Etnol&oacute;gico Nacional.</p>     <p>Paso entonces a lo que constituye mi preocupaci&oacute;n principal en este ensayo, esto es, &iquest;c&oacute;mo podr&iacute;amos hacer para que desapareciera el Averroes de nuestro desasosiego? Creo que un primer paso es emprender una especie de sociolog&iacute;a del conocimiento antropol&oacute;gico en un pa&iacute;s como Colombia, empresa &eacute;sta que debe ser comparativa y de la que apenas puedo ofrecer aqu&iacute; un mero esbozo.</p>     <p>Pensemos, pues, comparativamente los estudios de antropolog&iacute;a en pa&iacute;ses como Estados Unidos e Inglaterra y el entrenamiento de los antrop&oacute;logos colombianos. Hasta hace muy pocos a&ntilde;os, la principal diferencia era la inexistencia de estudios postgraduados en antropolog&iacute;a en nuestro medio. Mientras que aqu&iacute; se supon&iacute;a todav&iacute;a, despu&eacute;s de d&eacute;cadas desde que se inici&oacute; la c&aacute;tedra universitaria de la disciplina, que en el pregrado se podr&iacute;an formar investigadores en el pleno sentido de esta expresi&oacute;n, en el centro los antrop&oacute;logos se entrenaban como investigadores en el postgrado, con miras a desplegar su actividad posterior hacia la vida universitaria. En esos pa&iacute;ses, el punto de corte para determinar qui&eacute;n podr&iacute;a aspirar al doctorado era el de que su tesis de grado deber&iacute;a ser una aportaci&oacute;n original al conocimiento.</p>     <p>Ahora bien: en el centro, optar por estudiar antropolog&iacute;a signific&oacute; hasta m&aacute;s o menos la d&eacute;cada de 1960 entrar a algo que se llamaba una escuela o una tradici&oacute;n del pensamiento antropol&oacute;gico, generalmente identificada con alguno de los grandes maestros de la antropolog&iacute;a que dominaron de manera casi monop&oacute;lica las admisiones, las becas, las publicaciones y las promociones dentro de sus respectivas comunidades acad&eacute;micas. De esta forma, en Estados Unidos, por ejemplo, los herederos de Franz Boas perpetuaron su poder casi sin excepciones sobre los principales centros acad&eacute;micos de ese pa&iacute;s, mientras que en Inglaterra, figuras como Malinowski, despu&eacute;s trasplantado a Estados Unidos, Radcliffe-Brown y Evans-Pritchard, para mencionar algunos, hicieron lo propio. Estudiar antropolog&iacute;a, entonces, significaba ponerse bajo la &eacute;gida de alguno de estos grandes monstruos, y el entrenamiento consist&iacute;a en buena parte en una gran imitaci&oacute;n mim&eacute;tica por parte del ne&oacute;fito, quien empezaba por tenerse que leer todas sus publicaciones y las publicaciones de sus adeptos. El poder de los maestros era tal que el ne&oacute;fito era enviado a un sitio particular del planeta para estudiar un grupo previamente seleccionado por ellos, y seg&uacute;n una definici&oacute;n de problemas tambi&eacute;n delimitada por el programa de investigaci&oacute;n del propio maestro. Tal escogencia implicaba, desde luego, mayor o menor apoyo en la consecuci&oacute;n de los fondos necesarios para &quot;ir all&aacute;&quot;. Al regreso del aspirante, el maestro desempe&ntilde;aba igual papel preponderante en la publicaci&oacute;n del correspondiente libro desarrollado a partir de la tesis doctoral, publicaci&oacute;n que desde luego se&ntilde;alaba la entrada en firme del nuevo profesional dentro del gremio antropol&oacute;gico. De esta manera, las escuelas antropol&oacute;gicas estaban en su base cimentadas por s&oacute;lidos v&iacute;nculos maestro-disc&iacute;pulo que formaban verdaderos linajes de investigadores, que en ocasiones se extend&iacute;an por varias generaciones y, en la medida en que los nuevos profesionales se ubicaban en otros departamentos de antropolog&iacute;a, la extensi&oacute;n de estos linajes tambi&eacute;n ampliaba su distribuci&oacute;n geogr&aacute;fica. Huelga a&ntilde;adir que esta visi&oacute;n del entrenamiento antropol&oacute;gico supone dos argumentos: primero, que en una situaci&oacute;n maestro-disc&iacute;pulo una buena parte de la transmisi&oacute;n del conocimiento se apoya en la identificaci&oacute;n del disc&iacute;pulo con la visi&oacute;n y el estilo antropol&oacute;gicos del maestro, y en una subsiguiente imitaci&oacute;n del mismo; segundo, que la creaci&oacute;n de una escuela o paradigma antropol&oacute;gico desencadenaba la aplicaci&oacute;n de un consistente programa de investigaci&oacute;n realizado, en &uacute;ltimas, por una comunidad concreta de personas identificada con sus presupuestos, la definici&oacute;n de los problemas, las bases te&oacute;ricas adecuadas para enfrentarlos y lo que constitu&iacute;a una soluci&oacute;n adecuada a las preguntas de investigaci&oacute;n<a name="s1" href="#1"><sup>1</sup></a>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En esos pa&iacute;ses, la transmisi&oacute;n del conocimiento antropol&oacute;gico no siempre proced&iacute;a desde luego de forma tan fluida. Los linajes antropol&oacute;gicos con frecuencia se fracturaban, como sucede siempre con todos los v&iacute;nculos de consanguinidad, dando lugar a fisuras que se traduc&iacute;an en enconados y animados debates y a la fundaci&oacute;n de nuevos linajes locales que pronto clamaban el t&iacute;tulo de ser una nueva escuela bajo el firmamento antropol&oacute;gico. En el seno de estos &uacute;ltimos se proced&iacute;a a reinaugurar, por supuesto, los mecanismos anteriores de transmisi&oacute;n de saberes, que contaban a su favor un hecho innegable: la posibilidad de desarrollar programas de investigaci&oacute;n de largo aliento, todo ello apoyado por una expansiva parafernalia de apoyo infraestructural al pensamiento y al estudio.</p>     <p>A partir de la d&eacute;cada de 1960 las cosas se hicieron un poco m&aacute;s complejas en el centro, sobre todo en Estados Unidos, donde sobrevino una gran explosi&oacute;n de nuevos departamentos de antropolog&iacute;a en todo el pa&iacute;s, con su concomitante necesidad de llenar una cada vez m&aacute;s creciente apertura de plazas para docentes, gener&aacute;ndose con ello que se debilitara el control de los grandes maestros de la antropolog&iacute;a en ese pa&iacute;s. Tambi&eacute;n en esos a&ntilde;os surgen en el panorama antropol&oacute;gico mundial una serie de nuevos &quot;ismos&quot; que entraron a disputarle el terreno al &quot;ismo&quot;  entonces dominante en la antropolog&iacute;a anglosajona, el estructural-funcionalismo. Me refiero aqu&iacute; a escuelas m&aacute;s o menos homog&eacute;neas como los diversos estructuralismos, el marxismo en sus varias vertientes y la ecolog&iacute;a cultural, por una parte, sin olvidar la sociobiolog&iacute;a, heredera de los etologismos postdarwinianos, por la otra. Pienso, con todo, que a pesar de que estas irrupciones hicieron del conjunto de la profesi&oacute;n antropol&oacute;gica un ejercicio mucho m&aacute;s ecl&eacute;ctico en esos pa&iacute;ses, ejercicio no exento, por supuesto, de la animaci&oacute;n en los debates acad&eacute;micos y en las publicaciones, los sistemas de transmisi&oacute;n del conocimiento antropol&oacute;gico permanecieron inalterados. Como permanecen en buena medida inalterados a&uacute;n en la actualidad, cuando el panorama antropol&oacute;gico mundial se ha hecho infinitamente mucho m&aacute;s complejo con esta proliferaci&oacute;n de &quot;ismos&quot; y de &quot;post&quot; cualquier cosa en la que ahora vivimos. Y es que es mi firme sentir que en el centro la figura del maestro antrop&oacute;logo (o de la maestra antrop&oacute;loga) est&aacute; muy consolidada como aquella en torno a la cual se estructura todo el saber acad&eacute;mico antropol&oacute;gico.</p>     <p>La anterior transici&oacute;n entre la d&eacute;cada de 1960 y la de 1970 es particularmente importante para una mirada a una antropolog&iacute;a perif&eacute;rica como la colombiana. En efecto, &eacute;sos son los a&ntilde;os en los que la ense&ntilde;anza antropol&oacute;gica ingresa de manera definitiva a las universidades colombianas, finalizando as&iacute; un poco m&aacute;s de veinte a&ntilde;os de entrenamiento en el Instituto Etnol&oacute;gico Nacional y en su heredero, el antiguo Instituto Colombiano de Antropolog&iacute;a. A la par, &eacute;sos son los a&ntilde;os en los que se acaba la influencia de la vieja etnolog&iacute;a a la francesa en nuestra escuela antropol&oacute;gica, y se entroniza la visi&oacute;n de la antropolog&iacute;a norteamericana como la forma preponderante de organizar los nuevos programas acad&eacute;micos de antropolog&iacute;a en las universidades<a name="s2" href="#2"><sup>2</sup></a>.</p>     <p>Lo cual no signific&oacute; que se abandonara lo franc&eacute;s en nuestros departamentos. Porque es que un rasgo caracter&iacute;stico que desde entonces muestran la docencia y la investigaci&oacute;n en nuestros centros acad&eacute;micos es que tanto la una como la otra est&aacute;n muy marcadas por el sitio en el exterior donde se formaron los j&oacute;venes profesores y profesoras que pronto reemplazaron en las universidades a los que se han llamado &quot;pioneros&quot; de la antropolog&iacute;a en Colombia, esto es, la treintena o algo as&iacute; de antrop&oacute;logos y antrop&oacute;logas que se formaron principalmente bajo la &eacute;gida de Paul Rivet y sus primeros disc&iacute;pulos colombianos. Al sitio de formaci&oacute;n hay que a&ntilde;adirle los compromisos pol&iacute;ticos e ideol&oacute;gicos que asumieron los que para los finales de los a&ntilde;os de 1970 y comienzos de 1980 eran j&oacute;venes docentes, as&iacute; como las lecturas que ellos y ellas realizaron dentro de sus propios programas de investigaci&oacute;n. Porque es que aqu&iacute; hay que considerar que en esta generaci&oacute;n, llam&eacute;mosla provisionalmente &quot;intermedia&quot; (o, quiz&aacute; mejor, del Frente Nacional), no todos los antrop&oacute;logos y antrop&oacute;logas salieron a &quot;especializarse&quot;, como se estilaba decir, en el exterior. Muchos y muchas han realizado exitosas carreras profesionales fundamentalmente a partir de los viejos estudios de pregrado, que hasta 1980 sol&iacute;an denominarse como de Licenciatura. Y es que tambi&eacute;n hay que decir que es esta generaci&oacute;n intermedia de antrop&oacute;logos la que se ha encargado de asumir casi todo el peso de la docencia, la investigaci&oacute;n y la administraci&oacute;n de la antropolog&iacute;a en nuestro pa&iacute;s durante los &uacute;ltimos 25 a&ntilde;os, o una cifra parecida. Si lo hizo bien o lo hizo mal no me corresponde a m&iacute; decidirlo. El caso es que s&oacute;lo en los &uacute;ltimos 10 a&ntilde;os se est&aacute; presentando en nuestras universidades un reemplazo generacional, en la medida en que los disc&iacute;pulos y disc&iacute;pulas de los antrop&oacute;logos de esa generaci&oacute;n han ingresado a sus cuerpos docentes ahora en calidad de colegas. La mayor&iacute;a de ellos, vale decirlo, ingresan a la academia con t&iacute;tulos acad&eacute;micos superiores, maestr&iacute;as y doctorados, generalmente conseguidos en universidades de los pa&iacute;ses del centro antropol&oacute;gico. Este reemplazo generacional se acelerar&aacute; en los pr&oacute;ximos a&ntilde;os, por cuanto antes de otros 10 a&ntilde;os los &quot;intermedios&quot; acabar&aacute;n todos por jubilarse.</p>     <p>Escrib&iacute; antes que los acad&eacute;micos m&aacute;s j&oacute;venes fueron todos disc&iacute;pulos de esa primera generaci&oacute;n de antrop&oacute;logos formados en nuestras universidades. En un sentido formal, lo fueron ciertamente. Pero no creo que ellos y ellas piensen de sus antiguos docentes y ahora colegas como sus maestros, o por lo menos no los piensan en el sentido en que us&eacute; esta expresi&oacute;n para el caso de los pa&iacute;ses metropolitanos. Dos hechos incuestionables me llevan a hacer esta afirmaci&oacute;n. El primero tiene que ver con el hecho de que en la antropolog&iacute;a colombiana nunca ha habido maestros en ese sentido, excepto Paul Rivet y unos pocos de la generaci&oacute;n de los pioneros (por ejemplo, Gerardo Reichel-Dolmatoff y Virginia Guti&eacute;rrez de Pineda), y quiz&aacute; una media docena de profesores y profesoras de la generaci&oacute;n intermedia. Esta afirmaci&oacute;n puede aparecer demasiado taxativa a primera vista, pero creo que una investigaci&oacute;n hist&oacute;rica sobre la pr&aacute;ctica profesional la demostrar&iacute;a. Y es que desde el mismo momento en que Rivet sali&oacute; del pa&iacute;s, entre otras razones por un enfrentamiento con su primer disc&iacute;pulo colombiano, algunos de sus otros disc&iacute;pulos comenzaron una inc&oacute;moda competencia por ocupar el puesto del heredero: y existe una voluminosa correspondencia entre los colombianos y el maestro Rivet, ya para entonces de regreso en el Museo del Hombre en Par&iacute;s, que as&iacute; lo demuestra<a name="s3" href="#3"><sup>3</sup></a>. Igual sucedi&oacute; con los de la generaci&oacute;n de pioneros que fundaron los primeros departamentos de antropolog&iacute;a en las universidades colombianas: sus disc&iacute;pulos terminaron por rebelarse frente a una antropolog&iacute;a que parec&iacute;a ya caduca y demasiado comprometida con el statu quo local, que a la postre produjo su salida de la c&aacute;tedra y su reemplazo por los primeros licenciados en antropolog&iacute;a de la que aqu&iacute; he llamado la generaci&oacute;n intermedia. Y ya lo dije: los profesores y profesoras universitarios de esta &uacute;ltima cohorte tampoco tienden a ser considerados como maestros, en el sentido propuesto aqu&iacute; de esa expresi&oacute;n, por sus pupilos m&aacute;s j&oacute;venes. Un observador externo con inclinaciones freudianas estar&iacute;a pronto a afirmar que la trayectoria de la antropolog&iacute;a acad&eacute;mica se caracteriza por una repetida puesta en escena del &quot;asesinato simb&oacute;lico del padre&quot;, pero prefiero no involucrarme en finas discusiones de este tipo.</p>     <p>Aunque uno podr&iacute;a afirmar que la no existencia de grandes maestros en nuestro medio, aparte de darle su perfil a la antropolog&iacute;a local, es algo que debe ser bienvenido, hay un segundo hecho que tambi&eacute;n tiene que ser considerado en esta cuesti&oacute;n. &Eacute;ste tiene que ver con que nuestros maestros tienden a ser tambi&eacute;n los grandes maestros de las antropolog&iacute;as metropolitanas, bien sea porque en algunos casos los antrop&oacute;logos colombianos que se especializan en el exterior logran la admisi&oacute;n en las escuelas de esos grandes maestros, o porque, como lo anotaba el japon&eacute;s Kuwayama, ser&iacute;a el colmo de la &quot;ignorancia&quot; y del &quot;atraso&quot; que un antrop&oacute;logo o antrop&oacute;loga local no conociera la literatura antropol&oacute;gica mundial: y aqu&iacute; mundial quiere en realidad decir metropolitana.</p>     <p>El resultado de toda esta conjunci&oacute;n de factores me parece claro. Se es un &quot;buen&quot; docente universitario en nuestro medio -cualquier cosa que aqu&iacute; signifique &quot;buen&quot;- en la medida en que se haga una mediaci&oacute;n adecuada con la antropolog&iacute;a metropolitana. Esto quiere decir que ejercer la docencia universitaria impone la necesidad de actuar desde una posici&oacute;n mim&eacute;tica en relaci&oacute;n con un centro o centros de producci&oacute;n de conocimientos metropolitanos, y sobre todo, con relaci&oacute;n a las figuras tutelares de los correspondientes linajes. Asimismo, ser un estudiante de antropolog&iacute;a en nuestro medio puede llegar a convertirse en un ejercicio de mimesis doble: se imita a quien imita, y como el Averroes de Borges, al final quedamos atrapados en traducciones de traducciones. Las tragedias se vuelven paneg&iacute;ricos y las comedias quedan convertidas en s&aacute;tiras y anatemas.</p>     <p>La conclusi&oacute;n de estos razonamientos no puede ser otra que la academia antropol&oacute;gica nacional se valida en cuanto sirva de mediadora, en el plano local, de los programas de investigaci&oacute;n y las teor&iacute;as pertenecientes a comunidades antropol&oacute;gicas centrales. De igual forma, el papel de los docentes de nuestras &quot;escuelas&quot; s&oacute;lo se valida en cuanto sean buenos mediadores de los grandes maestros de la academia internacional. Todo lo cual conlleva un grave riesgo: que esos docentes sientan como imperativo el ser buenos int&eacute;rpretes de modas allende las fronteras. Y la copia puede convertirse f&aacute;cilmente en simulacro y pastiche.</p>     <p>Los planteamientos anteriores me han dejado, lo s&eacute;, en una posici&oacute;n vulnerable. Porque no es que yo quiera desconocer, a estas vueltas del camino, la inmensa producci&oacute;n antropol&oacute;gica nacional que est&aacute; ah&iacute; a ojos vista. Todo lo contrario: es indudable que a medida que pasan los a&ntilde;os se nota un gran dinamismo en la investigaci&oacute;n, una mayor solidez argumentativa y una creatividad que hoy hacen de la disciplina un campo radicalmente diferente del que era hace unos treinta a&ntilde;os cuando nos volvimos licenciados, para seguir con el uso de terminolog&iacute;as arcaicas.</p>     <p>Tampoco soy partidario -ni aqu&iacute; lo estoy sugiriendo- de volver a un cierto provincialismo xen&oacute;fobo, de modo tal que se evite o se censure un conocimiento adecuado de la producci&oacute;n antropol&oacute;gica mundial, incluida aqu&iacute;, ahora s&iacute;, la producci&oacute;n de otros pa&iacute;ses perif&eacute;ricos. De nuevo: todo lo contrario. Porque de lo que se trata es de romper con la veneraci&oacute;n con la que hemos entronizado a veces a esos grandes maestros internacionales investidos con poderes casi taumat&uacute;rgicos. Debemos, empero, no dejar de &quot;conversar&quot; con ellos en un plano igualitario, al dejar de lado una cierta mentalidad de periferia de la que a&uacute;n a veces somos prisioneros.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Llego entonces a una propuesta final. Estoy bien convencido de que lo que se  trata es de fortificar nuestros propios programas de investigaci&oacute;n. Dentro de  &eacute;stos debemos aplicar concienzudamente nuestra creatividad e innovaci&oacute;n. Y aqu&iacute;  debo ser enf&aacute;tico: programas de investigaci&oacute;n propios hace d&eacute;cadas hemos tenido.  En nuestra ya larga agenda, por ejemplo, hemos incluido temas como el  anticolonialismo y la dependencia, antes de que se hablara de la postcolonialidad y la subalternidad. Hace ya mucho empezamos a hablar de la fricci&oacute;n y las relaciones inter&eacute;tnicas como una estrategia de escape de los estrechos linderos de los estudios de comunidad. La etnohistoria formaba parte de nuestro temario antes de que se pusiera en la liza la antropolog&iacute;a hist&oacute;rica. El marxismo estaba con nosotros antes que la cr&iacute;tica cultural. Y pens&aacute;bamos la relaci&oacute;n entre el texto literario y la etnograf&iacute;a antes del actual agite con la crisis de la representaci&oacute;n.</p>     <p>Debemos, en suma, centrarnos en el problema de c&oacute;mo seguir con la representaci&oacute;n de este pa&iacute;s, un pa&iacute;s que clama por otras voces, por nuestras voces, en un di&aacute;logo que aleje, por fin, mediante un ejercicio amoroso de reflexi&oacute;n y autorreflexi&oacute;n, nuestros puntos ciegos, nuestros terrores y fantasmas. Adem&aacute;s, lleg&oacute; la hora de lanzarnos en la b&uacute;squeda de nuevos desaf&iacute;os en la paideia antropol&oacute;gica. Debemos, ahora s&iacute;, emprender la formaci&oacute;n local de doctorados. Nosotros ya podemos legitimarnos a nosotros mismos. Ya estamos listos para hacer desaparecer el Averroes de entre nosotros. El problema del desencuentro entre las antropolog&iacute;as metropolitanas y perif&eacute;ricas, como en el caso del Averroes de Borges, desaparece en el instante en que dejamos de creer en &eacute;l.</p> <hr size=1>     <p><b>Comentarios</b></p>     <p><a name="1" href="#s1"><sup>1</sup></a>. Estos dos &uacute;ltimos argumentos son una derivaci&oacute;n, bastante libre, de las ideas de Ren&eacute; Girard (1985; 1995) en torno a lo que &eacute;l denomina la imitaci&oacute;n y la rivalidad mim&eacute;tica, as&iacute; como todo lo que se desprende de la visi&oacute;n hist&oacute;rico-sociol&oacute;gica del conocimiento cient&iacute;fico que surge a partir de la obra de Thomas S. Kuhn (1970). Para una discusi&oacute;n de la idea de Kuhn sobre paradigma en la antropolog&iacute;a, cf. Cardoso de Oliveira (1996) y Krotz (1996).</p>     <p><a name="2" href="#s2"><sup>2</sup></a>. Todas estas transiciones bien pueden ser una parte de la explicaci&oacute;n de la precariedad que marc&oacute; el inicio de la antropolog&iacute;a universitaria, precariedad que puede ilustrarse a partir de la carencia de materiales bibliogr&aacute;ficos en espa&ntilde;ol. Tales limitaciones hicieron del mime&oacute;grafo un dispositivo fundamental en esos primeros departamentos de antropolog&iacute;a. En efecto, impresos en mime&oacute;grafo circularon las conferencias, los ensayos y los art&iacute;culos tomados de revistas extranjeras, cap&iacute;tulos de libros y hasta traducciones completas al espa&ntilde;ol de libros como <i>The Rise of Anthropological Theory </i>de Marvin Harris (1968). (O sea, la traducci&oacute;n de la traducci&oacute;n, como en el caso del Averroes de Borges.) Ello hizo que los originales se constituyeran en preciadas posesiones que la mayor&iacute;a de las veces eran prestados por sus due&ntilde;os y tomados de sus bibliotecas particulares.    <br> En esas impresiones mimeografiadas los ne&oacute;fitos de entonces trat&aacute;bamos de empaparnos de los avances y debates te&oacute;ricos de las antropolog&iacute;as centrales, y tambi&eacute;n de la antropolog&iacute;a latinoamericana, especialmente de la mexicana, dada la poca disponibilidad de libros y revistas en espa&ntilde;ol o en lenguas extranjeras (excepto, quiz&aacute;, por la literatura marxista), y lo magro de los fondos bibliogr&aacute;ficos de antropolog&iacute;a en nuestras bibliotecas. Estos materiales bibliogr&aacute;ficos &quot;artesanales&quot; fueron el pan de todos los d&iacute;as de los estudiantes universitarios hasta m&aacute;s o menos mediados de la d&eacute;cada de 1990. Como un hecho desafortunado en t&eacute;rminos de una futura reconstrucci&oacute;n de esta etapa de la historia de la antropolog&iacute;a nacional, casi todos estos materiales fueron desechados a mediados de esa &uacute;ltima d&eacute;cada.</p>     <p><a name="3" href="#s3"><sup>3</sup></a>. Agradezco a Roberto Pineda Camacho el haberme facilitado transcripciones de esta correspondencia. Las transcripciones originales fueron realizadas por Clara Isabel Botero del Museo del Oro del Banco de la Rep&uacute;blica de Colombia.</p> <hr size=1>     <p><b>Referencias</b></p>     <!-- ref --><p><b>Bauman, Zygmunt </b>2002&nbsp;<i>La cultura como praxis, </i>Barcelona, Ediciones Paid&oacute;s Ib&eacute;rica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000051&pid=S1900-5407200500010000500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p><b>Borges, Jorge Luis </b>1994&nbsp;&#91;1952&#93; <i>El Aleph, </i>Barcelona, C&iacute;rculo de Lectores.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000053&pid=S1900-5407200500010000500002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Cardoso de Oliveira, Roberto </b>1996&nbsp;&quot;La antropolog&iacute;a latinoamericana y la crisis de los modelos explicativos: paradigmas y teor&iacute;as&quot;, en <i>Maguar&eacute; </i>(revista del Departamento de Antropolog&iacute;a de la Universidad Nacional de Colombia), N&deg; 11-12, pp. 9-23.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000055&pid=S1900-5407200500010000500003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Girard, Ren&eacute; </b>1985 <i>Mentira rom&aacute;ntica y verdad novelesca, </i>Barcelona, Editorial Anagrama.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000057&pid=S1900-5407200500010000500004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1995&nbsp;<i>La violencia simb&oacute;lica, </i>Barcelona, Editorial Anagrama.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000059&pid=S1900-5407200500010000500005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Krotz, Esteban </b>1996&nbsp;&quot;La generaci&oacute;n de teor&iacute;a antropol&oacute;gica en Am&eacute;rica Latina: silenciamientos, tensiones intr&iacute;nsecas y puntos de partida&quot;, en <i>Maguar&eacute; </i>(revista del Departamento de Antropolog&iacute;a de la Universidad Nacional de Colombia), N&deg; 11-12, pp. 25-39.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000061&pid=S1900-5407200500010000500006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>1997&nbsp;&quot;Anthropologies of the South: Their Rise, their Silencing, their Characteristics&quot;, en <i>Critique of Anthropology, </i>Vol. 17, N&deg; 3, pp. 237-251.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000063&pid=S1900-5407200500010000500007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Kuhn, Thomas </b>1970  <i>The Structure of Scientific Revolutions, </i>Chicago, The University of Chicago Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000065&pid=S1900-5407200500010000500008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Kuwayama, Takami </b>2003&nbsp;&quot;Natives as Dialogic Partners&quot;, en <i>Anthropology Today, </i>Vol. 1, N&deg; 1, pp. 8-13.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000067&pid=S1900-5407200500010000500009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Uribe, Carlos Alberto </b>1997&nbsp;&quot;A Certain Feeling of Homelessness: Remarks on Esteban Krotz&#39;s <i>Anthropologies of the South&quot;, </i>en <i>Critique of Anthropology, </i>Vol. 17, N&deg; 3, pp. 253-261.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000069&pid=S1900-5407200500010000500010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p> </font>      ]]></body><back>
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