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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[DE LOS ALPES A LAS SELVAS Y MONTAÑAS DE COLOMBIA:: EL LEGADO DE GERARDO REICHEL-DOLMATOFF]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This paper explores Reichel-Dolmatoff&#39;s archaeologic academic production in Colombia. It traces the main themes, influences, virtues and limitations of his interpretations regarding Colombia&#39;s Indian past. Particularly, it focuses on the ways in which the work of Rivet, Steward, and the ecologism school, were incorporated into Reichel&#39;s thinking, transforming his ideas about the past.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align=center><font size="4"><b>DE LOS ALPES A LAS SELVAS Y MONTA&Ntilde;AS DE COLOMBIA: </b>EL LEGADO DE GERARDO REICHEL-DOLMATOFF</font></p>     <p><b>Carl Henrik Langebaek</b></p>     <p><i>Profesor Asociado, Departamento de Antropolog&iacute;a Universidad de los Andes, Colombia <a href="mailto:clangeba@uniandes.edu.co">clangeba@uniandes.edu.co</a></i></p> <hr size=1>     <p><b>RESUMEN</b></p>     <p>El presente art&iacute;culo analiza la producci&oacute;n acad&eacute;mica de Gerardo Reichel-Dolmatoff en el campo de la arqueolog&iacute;a colombiana. Hace un seguimiento de los principales temas, influencias, virtudes y limitaciones de las interpretaciones de este investigador sobre el pasado ind&iacute;gena. En particular se concentra en la forma como se fueron incorporando aportes del pensamiento de Rivet, Steward y, m&aacute;s tarde, del ecologismo, los cuales transformaron su idea sobre el pasado a trav&eacute;s del tiempo.</p>     <p><b>PALABRAS CLAVE</b></p>     <p>Reichel-Dolmatoff, arqueolog&iacute;a, Colombia.</p> <hr size=1>     <p><b>ABSTRACT</b></p>     <p>This paper explores Reichel-Dolmatoff&#39;s archaeologic academic production in Colombia. It traces the main themes, influences, virtues and limitations of his interpretations regarding Colombia&#39;s Indian past. Particularly, it focuses on the ways in which the work of Rivet, Steward, and the ecologism school, were incorporated into Reichel&#39;s thinking, transforming his ideas about the past.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>KEY WORDS</b></p>     <p>Reichel-Dolmatoff, archaeology, Colombia.</p> <hr size=1>     <p><b>La obra de </b>Gerardo Reichel-Dolmatoff ha sido objeto de numerosas reflexiones por parte de arque&oacute;logos y antrop&oacute;logos m&aacute;s j&oacute;venes que han visto en su obra uno de los m&aacute;s importantes legados de la disciplina en el siglo xx (Furst y Furst, 1981; Uribe, 1986, 1990; C&aacute;rdenas, 1990; Gnecco, 1995; Oyuela, 1996; Ardila, 1998, s.f.; L&oacute;pez, 2001). Sin embargo, gran parte de estos trabajos se han concentrado o bien en recuento de sus rasgos biogr&aacute;ficos y producci&oacute;n acad&eacute;mica, en apolog&iacute;as a su labor, o en cr&iacute;ticas sobre su personalidad o supuesta orientaci&oacute;n pol&iacute;tica. S&oacute;lo en pocas ocasiones se ha tratado de analizar la producci&oacute;n de Reichel-Dolmatoff cr&iacute;ticamente (Uribe, 1986; C&aacute;rdenas, 1990; Gnecco, 1995). Por supuesto, ni las acusaciones pol&iacute;ticas ni las apolog&iacute;as han sido productivas. Reichel-Dolmatoff no favoreci&oacute; ninguno de esos dos caminos con respecto al trabajo de sus colegas y probablemente tampoco son las que &eacute;l hubiera aspirado en su propio caso. En este art&iacute;culo se quiere hacer un an&aacute;lisis de la obra de Gerardo Reichel-Dolmatoff como arque&oacute;logo, con el fin de identificar las fuentes que nutrieron su pensamiento, los aportes y limitaciones de sus planteamientos, y las razones por las cuales fue ampliamente aceptado en algunos c&iacute;rculos y rechazado en otros. Su obra, en otras palabras, se utilizar&aacute; como un pretexto para entender buena parte de lo que fue la disciplina en la segunda mitad del siglo xx.</p>     <p>Primero, unos breves e inevitables comentarios biogr&aacute;ficos. Reichel-Dolmatoff naci&oacute; en Salzburgo, Austria, en 1912. Su educaci&oacute;n primaria estuvo a cargo de tutores privados. Luego, recibi&oacute; una s&oacute;lida formaci&oacute;n cl&aacute;sica en la escuela benedictina de Kremsm&uuml;nster y se gradu&oacute; en artes en la Academia Bildenden K&uuml;nste de Munich en 1936. Luego se traslad&oacute; a Par&iacute;s, donde se vincul&oacute; con el Museo del Hombre. Lleg&oacute; a Colombia, en 1939, a trabajar con Rivet y muy r&aacute;pido se relacion&oacute; con intelectuales del pa&iacute;s, algunos de ellos inclinados hacia el indigenismo. Gran parte de la primera parte de la obra de Reichel-Dolmatoff no se apart&oacute; de las propuestas del grupo de etn&oacute;logos y arque&oacute;logos que trabajaban con Rivet. En sus primeros art&iacute;culos (Reichel-Dolmatoff, 1953) consider&oacute; que la diversidad cultural de las sociedades prehisp&aacute;nicas en Colombia era el resultado de la llegada de grupos procedentes del Amazonas, Centroam&eacute;rica y los Andes centrales. Incluso durante los primeros a&ntilde;os de su carrera, no descart&oacute; la influencia polin&eacute;sica, como lo demuestra su preocupaci&oacute;n por encontrar los perdidos yurumangu&iacute;es de la Costa Pac&iacute;fica, cuya lengua supuestamente era de ese origen (Langebaek, 2003: 176), as&iacute; como sus esfuerzos por contribuir en el prop&oacute;sito de obtener muestras de sangre de grupos ind&iacute;genas con el fin de contribuir a solucionar el problema del origen del hombre americano (Reichel-Dolmatoff, 1944) o en la reconstrucci&oacute;n de antiguas migraciones mediante el estudio de la toponimia (Reichel-Dolmatoff, 1946), todas tareas propuestas por Rivet.</p>     <p>En uno de sus primeros trabajos sobre toponimia, en el Tolima y Huila, Reichel-Dolmatoff encontr&oacute; que exist&iacute;an lugares con nombres quechuas, chibchas y caribes, hallazgo que coincid&iacute;a con la idea que Rivet (y otros antes que &eacute;l) ten&iacute;a sobre sucesivas invasiones prehisp&aacute;nicas a territorio colombiano. El tropiezo consisti&oacute; en que no se pod&iacute;a resolver el problema de su ubicaci&oacute;n cronol&oacute;gica. Reichel-Dolmatoff estableci&oacute; entonces una analog&iacute;a con las excavaciones estratigr&aacute;ficas: la toponimia era equivalente a la ling&uuml;&iacute;stica estratificada. No obstante, mientras la arqueolog&iacute;a trabajaba en &quot;tres dimensiones&quot;, estableciendo capas culturales superpuestas, la toponimia s&oacute;lo permit&iacute;a entender un plano de dos dimensiones (Reichel-Dolmatoff, 1946). Mientras la &quot;extensi&oacute;n de una tribu&quot; se pod&iacute;a estudiar mediante la toponimia, indagar por la &quot;sucesi&oacute;n de capas ling&uuml;&iacute;sticas&quot; representaba un problema: todas las evidencias se encontraban en el mismo nivel, &quot;la una al lado de la otra&quot;. En consecuencia, el asunto no pod&iacute;a ser resuelto sin ayuda de la arqueolog&iacute;a.</p>     <p>A partir de entonces, emprendi&oacute; numerosas excavaciones en diversos lugares del pa&iacute;s. En un principio, el investigador renunci&oacute; a concentrarse en lo que consideraba como &quot;grandes centros&quot; arqueol&oacute;gicos. Despu&eacute;s de un breve y frustrado intento de hacer arqueolog&iacute;a en Soacha (territorio muisca) (Reichel-Dolmatoff y Duss&aacute;n, 1943) emprendi&oacute; m&aacute;s bien investigaciones en el pr&aacute;cticamente desconocido Valle del Magdalena (Reichel-Dolmatoff y Duss&aacute;n, 1944) y luego inici&oacute; prolongadas temporadas de campo en la Costa Caribe, tambi&eacute;n vista como un &aacute;rea marginal, al menos desde el punto de vista de la arqueolog&iacute;a andina concentrada casi toda en San Agust&iacute;n (Reichel-Dolmatoff, 1954). El dise&ntilde;o de la investigaci&oacute;n fue en un principio completamente cl&aacute;sico, dentro del &aacute;mbito de la tradici&oacute;n hist&oacute;rico-cultural. La justificaci&oacute;n de su tarea era trabajar en un &aacute;rea pr&aacute;cticamente desconocida, &quot;relacionar las antiguas civilizaciones abor&iacute;genes del Continente&quot; (Reichel-Dolmatoff y Duss&aacute;n, 1944: 210) y comprender &quot;rutas de migraci&oacute;n e intercambio&quot;. Los resultados fueron tambi&eacute;n convencionales: dado que a lo largo de la cuenca del r&iacute;o Magdalena se pod&iacute;an reconocer entierros en urnas, era evidente que hab&iacute;a cierta homogeneidad cultural, y m&aacute;s a&uacute;n, incluso &quot;una concepci&oacute;n id&eacute;ntica de un elemento tan importante ideol&oacute;gicamente como el entierro&quot; (Reichel-Dolmatoff y Duss&aacute;n, 1944: 259)</p>     <p>Para Reichel-Dolmatoff, el trabajo en la Costa Caribe ofrec&iacute;a dos ventajas tambi&eacute;n enmarcadas en el contexto de la pr&aacute;ctica hist&oacute;rico-cultural. La primera, estudiar las relaciones prehisp&aacute;nicas con Mesoam&eacute;rica. La segunda, aprovechar que el &aacute;rea hab&iacute;a sido poco trabajada, lo cual permit&iacute;a hacer aportes novedosos. Reichel-Dolmatoff estudi&oacute; la Costa Caribe con el fin de encontrar evidencias de &quot;cronolog&iacute;a&quot; y &quot;relaciones culturales&quot; prehisp&aacute;nicas. El &uacute;nico antecedente sistem&aacute;tico de investigaci&oacute;n en la regi&oacute;n lo constitu&iacute;a el trabajo de Alden Mason en Santa Marta, pero como Reichel-Dolmatoff y su se&ntilde;ora Alicia Duss&aacute;n (1951: 13) anotaron, dicho autor &quot;no toc&oacute; en su publicaci&oacute;n el problema cronol&oacute;gico ni intent&oacute; una interpretaci&oacute;n y correlaci&oacute;n de la cultura&quot;. Este tipo de vac&iacute;os era el que hab&iacute;a que llenar. Y, con esos dos objetivos en mente, dividi&oacute; la regi&oacute;n no en &quot;&aacute;reas culturales&quot;, como hab&iacute;a hecho Hern&aacute;ndez de Alba en a&ntilde;os anteriores (1938), sino en zonas geogr&aacute;ficas. En todas ellas busc&oacute; evidencias de sitios estratificados profundos, aunque tuvo que contentarse con recolecciones superficiales en la mayor&iacute;a de los casos. En cada regi&oacute;n procur&oacute; tener una muestra, lo m&aacute;s amplia posible, de tiestos (a los cuales dio el peculiar nombre de &quot;espec&iacute;menes&quot;): 80.000 en la cuenca del r&iacute;o Rancher&iacute;a, 25.000 en la del r&iacute;o Cesar, 42.000 en el Bajo Magdalena y as&iacute;, en otras regiones. La impresi&oacute;n de Reichel-Dolmatoff fue que en cada regi&oacute;n hab&iacute;a sitios m&aacute;s antiguos que otros, aunque no se encontraran profundos sitios estratificados, y que era probable que hubieran existido relaciones culturales con Panam&aacute; y Venezuela. Los sitios parec&iacute;an representar ocupaciones cortas y tener la influencia de m&uacute;ltiples tradiciones culturales. El material era muy diverso y, adem&aacute;s, no parec&iacute;an reconocerse largas ocupaciones continuas, sino sobresaltos, hiatos y falta de correspondencias.</p>     <p>Esta situaci&oacute;n, desde luego, no era nueva. Muchos de los arque&oacute;logos de su &eacute;poca estaban obsesionados por hacer excavaciones estratigr&aacute;ficas, pero la enorme dificultad de hacerlo se achac&oacute; a la incompetencia de los acad&eacute;micos. Reichel-Dolmatoff ofreci&oacute; una explicaci&oacute;n completamente novedosa: la falta de profundos sitios estratificados no era gratuita, ni el resultado de la incompetencia de los investigadores. Ten&iacute;a que ver con la historia misma de las sociedades prehisp&aacute;nicas en la regi&oacute;n. Algo ten&iacute;a que explicar que no aparecieran en Colombia, pero s&iacute; en M&eacute;xico y Per&uacute;, donde se hab&iacute;an desarrollado civilizaciones prehisp&aacute;nicas. En este sentido retom&oacute; una idea que ya hab&iacute;a sido planteada por Haury y Cubillos (1953) en su investigaci&oacute;n sobre los muiscas: la ausencia de basureros profundos en el pa&iacute;s se relacionaba con una historia particular de los grupos ind&iacute;genas, no con la pobre aptitud de los arque&oacute;logos.</p>     <p>Al igual que Haury y Cubillos, Reichel-Dolmatoff propuso que el medio ambiente ten&iacute;a que ver con el asunto. Este punto de vista se desarroll&oacute; a partir de la investigaci&oacute;n que &eacute;l, al lado de Alicia Duss&aacute;n, hizo en la cuenca del r&iacute;o Rancher&iacute;a. Y como se ver&aacute; m&aacute;s adelante, tambi&eacute;n de la creciente influencia de Julian Steward. El trabajo de Oppenheim en esa regi&oacute;n era una atractiva invitaci&oacute;n para los intereses de la pareja. Por un lado, en ese trabajo se anunciaba una &quot;nueva&quot; cultura que val&iacute;a la pena estudiar detenidamente. Por otro lado, se describ&iacute;an basureros profundos donde el estado de conservaci&oacute;n de los restos culturales era excelente. El proyecto de Gerardo y Alicia Reichel-Dolmatoff tuvo, al menos en un comienzo, un dise&ntilde;o bastante convencional. Su objetivo original consisti&oacute; -de nuevo- en establecer una cronolog&iacute;a de los desarrollos de la regi&oacute;n, e identificar las caracter&iacute;sticas &quot;culturales&quot; de los sitios. No obstante, la direcci&oacute;n que tom&oacute; el trabajo de campo llev&oacute; a preocupaciones diferentes. La ocupaci&oacute;n humana m&aacute;s temprana se habr&iacute;a iniciado alrededor de la Era Cristiana con el Per&iacute;odo Loma, al cual habr&iacute;an seguido los per&iacute;odos Horno, Los Cocos y Portacelli. No parec&iacute;a haber existido mayor continuidad entre la ocupaci&oacute;n m&aacute;s temprana y la m&aacute;s tard&iacute;a; de hecho, se tratar&iacute;a de culturas, unas sobrepuestas a las otras, provenientes de fuera de la regi&oacute;n. Adem&aacute;s, Reichel-Dolmatoff encontr&oacute; evidencias de que la ocupaci&oacute;n Portacelli no hab&iacute;a continuado hasta la conquista espa&ntilde;ola.</p>     <p>Una cuesti&oacute;n importante para Reichel-Dolmatoff consisti&oacute; en explicar c&oacute;mo una poblaci&oacute;n numerosa hab&iacute;a desaparecido antes de la llegada de los espa&ntilde;oles. El estudio arqueol&oacute;gico mostraba una enorme cantidad y densidad de sitios prehisp&aacute;nicos en un lugar donde hoy d&iacute;a la ocupaci&oacute;n humana es muy escasa. Para explicar el problema, acudi&oacute; al medio ambiente de una forma que raramente hab&iacute;a sido planteada en el pasado. Propuso que el Per&iacute;odo Loma correspond&iacute;a a un clima m&aacute;s h&uacute;medo que el actual. En una &eacute;poca posterior, el deterioro ambiental ocasionado por la cantidad de gente que viv&iacute;a en la regi&oacute;n, habr&iacute;a generado un desastre que limit&oacute; el tama&ntilde;o de la poblaci&oacute;n. La originalidad de Reichel-Dolmatoff consisti&oacute; en que no simplemente propuso un escenario probable para explicar la secuencia arqueol&oacute;gica, sino que propuso una lectura de la misma. Su primera observaci&oacute;n consisti&oacute; en que en los sitios m&aacute;s antiguos se encontraban restos de caracoles que requieren humedad para sobrevivir. La segunda, que en esos mismos sitios antiguos, en contraste con los m&aacute;s tard&iacute;os, no ten&iacute;an evidencia de manos de moler y metates asociados al cultivo de ma&iacute;z. Probablemente, dedujo Reichel-Dolmatoff, los habitantes m&aacute;s tard&iacute;os hab&iacute;an iniciado el cultivo del ma&iacute;z, lo cual a su vez llev&oacute; al deterioro ambiental, y como consecuencia obvia, al abandono de la regi&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>A&ntilde;os m&aacute;s tarde, Reichel-Dolmatoff excav&oacute; un basurero en Momil, un lugar a orillas del r&iacute;o Sin&uacute;, donde el dep&oacute;sito alcanzaba los 3.30 metros de profundidad y en el que logr&oacute; obtener cerca de 350.000 tiestos. Se trataba de la colecci&oacute;n de cer&aacute;mica m&aacute;s grande que arque&oacute;logo alguno hab&iacute;a tenido oportunidad de trabajar en Colombia. La cantidad de tiestos, la profundidad del basurero, adem&aacute;s de la fertilidad de los suelos circundantes y la abundancia de pesca, le sugirieron que Momil representaba una &quot;etapa bien desarrollada&quot; y caracterizada por la presencia de una numerosa poblaci&oacute;n sedentaria. Sin embargo, a&uacute;n en este sitio tan especial, hab&iacute;an hiatos y discontinuidades. La cer&aacute;mica del sitio parec&iacute;a corresponder a dos fases porque su acumulaci&oacute;n se encontraba interrumpida por una delgada capa de arena. Toda la cer&aacute;mica, incluyendo la de los niveles por debajo de esa capa (Momil  I) y la que se encontraba por encima (Momil II), ten&iacute;a un extraordinario parecido con la alfarer&iacute;a del Formativo mexicano y del Precl&aacute;sico peruano, es decir, de la etapa anterior a la del desarrollo de los grandes imperios en esos pa&iacute;ses. Sin embargo, en los niveles inferiores no se encontraron evidencias de manos de moler y metates asociados, mientras en los de m&aacute;s arriba s&iacute; los hab&iacute;a. Esta informaci&oacute;n coincid&iacute;a con la propuesta de un famoso arque&oacute;logo norteamericano, Alfred Kidder, quien en M&eacute;xico hab&iacute;a planteado que los per&iacute;odos m&aacute;s antiguos se hab&iacute;an caracterizado por el cultivo de yuca y los m&aacute;s tard&iacute;os por el de ma&iacute;z.</p>     <p>A partir de las excavaciones en Momil, Reichel-Dolmatoff propuso una secuencia que abarcaba los siguientes per&iacute;odos: Paleoindio, Arcaico, Formativo, Subandino, Floreciente Regional e Invasionista. La etapa Subandina se hab&iacute;a caracterizado por el desarrollo de sociedades que pudieron colonizar las tierras alejadas de los r&iacute;os, gracias al cultivo del ma&iacute;z. Su desarrollo hab&iacute;a sido interrumpido por grupos &quot;invasionistas&quot; que hab&iacute;an llegado desplazados de la regi&oacute;n de los Andes peruanos o de M&eacute;xico, a medida que en esas regiones se consolidaban los imperios. Quiz&aacute;s tambi&eacute;n algunos grupos amaz&oacute;nicos habr&iacute;an arribado al territorio. En todo caso esto cuadr&oacute; bien con un patr&oacute;n en el que Reichel-Dolmatoff ya hab&iacute;a insistido anteriormente: exist&iacute;a cierta discontinuidad en los procesos prehisp&aacute;nicos que hab&iacute;a impedido el desarrollo de grandes civilizaciones. Tan solo los muiscas y los taironas se diferenciaban por su mayor grado de complejidad pol&iacute;tica. A ellas, se refer&iacute;a el t&eacute;rmino de Floreciente Regional.</p>     <p>En la d&eacute;cada de los sesenta, Reichel-Dolmatoff avanz&oacute; en firme hacia una nueva propuesta interpretativa del pasado prehisp&aacute;nico. En un corto art&iacute;culo titulado &quot;Las bases agr&iacute;colas de los cacicazgos subandinos&quot;, se&ntilde;al&oacute; que estas sociedades se caracterizaban por ser peque&ntilde;as, tener l&iacute;deres permanentes y una subsistencia garantizada por una estable producci&oacute;n agr&iacute;cola. Su tecnolog&iacute;a era similar; por lo tanto, la permanencia de los asentamientos depend&iacute;a de la fertilidad del suelo. Otra caracter&iacute;stica era que, a juzgar por las cr&oacute;nicas espa&ntilde;olas, hab&iacute;an dedicado buena parte del tiempo a la guerra. En estas peculiaridades, Reichel encontr&oacute; la clave para entender por qu&eacute; se hab&iacute;a dado un poblamiento inestable, caracterizado por movimientos de pueblos y guerras frecuentes, razones que adem&aacute;s explicaban por qu&eacute; no se hab&iacute;an conformado imperios. La guerra, en opini&oacute;n del autor, era m&aacute;s frecuente entre grupos que ocupaban zonas con diferente productividad. Los pueblos agresores eran, por lo general, los que ocupaban regiones con una precipitaci&oacute;n menor y s&oacute;lo pod&iacute;an sembrar ma&iacute;z una vez al a&ntilde;o. Los pueblos con m&aacute;s frecuencia atacados eran los que ocupaban los mejores suelos. La guerra cumplir&iacute;a as&iacute; diversas funciones. Por un lado, consolidaba la autoridad de los caciques como l&iacute;deres de guerra y reafirmaba la cohesi&oacute;n social. Por el otro, ayudaba a controlar el tama&ntilde;o de la siempre creciente poblaci&oacute;n. Pero, al mismo tiempo, obstaculiz&oacute; la intensificaci&oacute;n de la producci&oacute;n agr&iacute;cola e impidi&oacute; el desarrollo de grandes estados con un amplio control regional.</p>     <p>La influencia de arque&oacute;logos norteamericanos como Julian Steward fue clave en los planteamientos de Reichel-Dolmatoff. Para Steward (1947, 1955), entrenado en la Universidad de Berkeley, era importante la investigaci&oacute;n emp&iacute;rica de secuencias espec&iacute;ficas de &quot;evoluci&oacute;n&quot; con el fin de establecer comparaciones. En lugar de un evolucionismo interesado en una escala &uacute;nica de desarrollo, o en dudosas relaciones entre raza y cultura, abog&oacute; por un enfoque &quot;multilineal&quot; interesado por el origen de instituciones sociales muy similares, pero en contextos diferentes. En pocas palabras, Steward propuso que los arque&oacute;logos deb&iacute;an concentrarse en el estudio de los paralelismos en &quot;forma&quot; y &quot;funci&oacute;n&quot;, sin preocuparse tanto por el establecimiento de relaciones culturales, como por el an&aacute;lisis de aquellos rasgos que estuviesen causalmente interrelacionados. &Eacute;sto lo llev&oacute; a criticar la noci&oacute;n de &quot;&aacute;rea cultural&quot; y a interesarse m&aacute;s bien por &quot;tipos culturales&quot;. El principal reto consist&iacute;a en estudiar los procesos mediante los cuales la poblaci&oacute;n se adaptaba al medio, en especial, si ten&iacute;a que ver con procesos de cambio. Se trataba, en efecto, de algo muy similar a lo que planteaba Reichel-Dolmatoff sobre la guerra y su papel en el desarrollo de las sociedades subandinas.</p>     <p>Para Steward (1955), las sociedades no se adaptaban al medio en circunstancias universales, sino de forma particular en cada caso. Por esta raz&oacute;n, aunque cada caso era &quot;&uacute;nico&quot;, resultaba leg&iacute;timo establecer generalizaciones que dieran cuenta de procesos de adaptaci&oacute;n comparables. Aunque medios ambientes similares tend&iacute;an a tener efectos culturales tambi&eacute;n similares, las mismas causas en contextos diferentes pod&iacute;an tener consecuencias distintas. El conjunto de todo lo que se relacionaba con la sobrevivencia conformaba un &quot;n&uacute;cleo cultural&quot; que tend&iacute;a a ser semejante en sociedades que deb&iacute;an adaptarse a un medio parecido. La propuesta, adem&aacute;s de &quot;ir m&aacute;s all&aacute;&quot; de las clasificaciones de cer&aacute;mica y la descripci&oacute;n de sitios, ten&iacute;a como atractivo adicional poder incorporar nuevas formas de evolucionismo aceptables para nuevas generaciones formadas bajo la influencia de Boas o Rivet.</p>     <p>En 1965, en el libro <i>Colombia, </i>Reichel-Dolmatoff ofreci&oacute; una s&iacute;ntesis diferente de arqueolog&iacute;a nacional. Las descripciones de cultura material pasaron a un segundo plano, pero se favoreci&oacute; la interpretaci&oacute;n sobre los procesos de cambio social. La introducci&oacute;n del ma&iacute;z en Momil  II hab&iacute;a sido revolucionaria. Plante&oacute; que los cacicazgos necesitaban producir excedentes para mantener a los especialistas religiosos y pol&iacute;ticos, as&iacute; como a todos aqu&eacute;llos que no se vinculaban con la producci&oacute;n de alimentos. El ma&iacute;z, por su gran productividad y por la capacidad de ser almacenado permiti&oacute; su acumulaci&oacute;n. Adem&aacute;s, tambi&eacute;n facilit&oacute;, por sus ciclos de crecimiento, el desarrollo de otros aspectos importantes para la consolidaci&oacute;n de &eacute;lites: el uso y control de calendarios, por ejemplo. Conocedor de los hallazgos en M&eacute;xico, y de las ideas que indicaban que el ma&iacute;z hab&iacute;a sido domesticado en esa regi&oacute;n, dedujo que la planta hab&iacute;a sido introducida desde ese pa&iacute;s, con lo cual se generaron profundos cambios en las sociedades de la Costa y luego, mediante un proceso que denomin&oacute; &quot;colonizaci&oacute;n maicera&quot;, tambi&eacute;n en las de la regi&oacute;n andina.</p>     <p><b>Del Arcaico al Formativo Temprano</b></p>     <p>En sus primeros trabajos Reichel-Dolmatoff hab&iacute;a comparado la secuencia pre-hisp&aacute;nica de la Costa Caribe con la de Mesoam&eacute;rica. Exist&iacute;an manifestaciones culturales parecidas: los primeros habitantes hab&iacute;an sido cazadores, luego hab&iacute;an enfatizado la recolecci&oacute;n, m&aacute;s tarde la agricultura. No pocos detalles parec&iacute;an similares: por ejemplo, el paso del cultivo de la yuca al ma&iacute;z; incluso algunos aspectos de la cronolog&iacute;a se asemejaban. Los desarrollos de Momil se interpretaron entonces como una caja de resonancia de lo ocurrido en M&eacute;xico. Aunque sin dataciones absolutas que lo apoyaran, por las comparaciones con sitios mexicanos, no hab&iacute;a duda para el investigador de que ese lugar deb&iacute;a estar ubicado entre el a&ntilde;o 1000 a. C. y los inicios de la Era Cristiana, algo razonable para el formativo mexicano. Por otra parte, exist&iacute;a una vieja idea en la arqueolog&iacute;a colombiana que reforzaba la propuesta de Reichel-Dolmatoff. Se trataba de la propuesta seg&uacute;n la cual las guerras de conquista por parte de los imperios mesoamericanos hab&iacute;an forzado la migraci&oacute;n de pueblos hacia el sur, en direcci&oacute;n a Suram&eacute;rica. No obstante lo razonable de la propuesta, esta era incompleta: la informaci&oacute;n sobre sitios m&aacute;s antiguos era escasa. No exist&iacute;a una comparaci&oacute;n posible entre secuencias por la sencilla raz&oacute;n de que no se conoc&iacute;a secuencia alguna en la Costa Caribe.</p>     <p>Desde la d&eacute;cada de los cincuenta, Reichel-Dolmatoff hab&iacute;a sospechado de la existencia de sitios mucho m&aacute;s antiguos. El hallazgo de dep&oacute;sitos de conchas y cer&aacute;mica burda lo hab&iacute;a llevado a proponer la existencia de un &quot;complejo arqueol&oacute;gico&quot; muy antiguo, anterior al desarrollo de la agricultura. En sus primeros trabajos encontr&oacute; una cer&aacute;mica procedente de Isla de los Indios, peque&ntilde;o islote de la Ci&eacute;naga de Zapatosa que no se parec&iacute;a a la alfarer&iacute;a de los grupos m&aacute;s tard&iacute;os. En uno de sus primeros trabajos sobre la Costa (Reichel-Dolmatoff, 1954) sugiri&oacute; que la cer&aacute;mica de ese lugar parec&iacute;a indicar un &quot;horizonte&quot; formativo muy poco conocido, pero probablemente muy extendido y culturalmente homog&eacute;neo. A&ntilde;os m&aacute;s tarde eso fue justamente lo que encontr&oacute;. En 1954 report&oacute; el sitio de Barlovento, conformado por una serie de concheros con restos de alfarer&iacute;a, dispuestos en c&iacute;rculo, en el cual las fechas se ubicaron entre 1500 y 1000 a. C. M&aacute;s tarde encontr&oacute; Canapote, datado en 1940 antes de Cristo. Entre 1961 y 1963 excav&oacute; el sitio de Puerto Hormiga, donde el an&aacute;lisis de una muestra de carb&oacute;n dio una fecha cercana al 4000 a. C. (Reichel-Dolmatoff, 1965b). Se trataba de la cer&aacute;mica m&aacute;s antigua de Am&eacute;rica, m&aacute;s, incluso, que cualquier cer&aacute;mica encontrada en Mesoam&eacute;rica. De esta forma, una conclusi&oacute;n pareci&oacute; obvia para Reichel-Dolmatoff: aunque en el siglo xvi, en lo que hoy es Colombia, s&oacute;lo exist&iacute;an peque&ntilde;os cacicazgos, milenios antes se hab&iacute;a tratado de un &aacute;rea fundamental para entender el desarrollo de Per&uacute; y M&eacute;xico. El norte de Colombia era, ni m&aacute;s ni menos, el sitio donde se hab&iacute;a &quot;descubierto&quot; la cer&aacute;mica.</p>     <p>En sus primeros art&iacute;culos sobre el tema, Reichel-Dolmatoff se limit&oacute; a considerar a Barlovento y Puerto Hormiga propios de una etapa arcaica. En su primer art&iacute;culo sobre el tema (Reichel-Dolmatoff, 1955), asegur&oacute; que Barlovento representaba una fase cultural relativamente antigua y que la acumulaci&oacute;n de restos de conchas indicaba que se trataba de restos dejados por grupos de recolectores. La &quot;sencillez de la cer&aacute;mica y de los dem&aacute;s artefactos, las caracter&iacute;sticas de la decoraci&oacute;n as&iacute; como la completa ausencia de indicios de agricultura, parecen sugerir que se trata de una cultura de simples recolectores&quot;. En su reporte sobre las excavaciones en Puerto Hormiga, se&ntilde;al&oacute; que el sitio tambi&eacute;n conten&iacute;a vestigios culturales caracter&iacute;sticos de la Etapa Arcaica, que preced&iacute;a el desarrollo de la horticultura (Reichel-Dolmatoff, 1965b). Y es que, con excepci&oacute;n de la cer&aacute;mica, los restos materiales de la cultura eran escasos y &quot;poco desarrollados&quot;. En Colombia (Reichel Dolmatoff, 1965a), afirm&oacute; enf&aacute;ticamente que en Am&eacute;rica la introducci&oacute;n de la cer&aacute;mica preced&iacute;a el desarrollo de la agricultura. Incluso en 1978, cuando realiz&oacute; una nueva s&iacute;ntesis de arqueolog&iacute;a colombiana, no dud&oacute; en afirmar que, aunque quiz&aacute;s los ind&iacute;genas que ocuparon Barlovento y Puerto Hormiga ten&iacute;an una econom&iacute;a diversificada, se trataba de recolectores que ten&iacute;an cer&aacute;mica, pero no agricultura, la cual s&oacute;lo vendr&iacute;a a aparecer en el sitio de Malambo, investigado por Carlos Angulo Vald&eacute;s, y que ten&iacute;a una cronolog&iacute;a m&aacute;s reciente, cercana al a&ntilde;o 1000 a. C.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Pero la interpretaci&oacute;n cambi&oacute;. Mucho y sin aparente sustento. Ya en la d&eacute;cada de los setenta la interpretaci&oacute;n de Reichel-Dolmatoff se hizo progresivamente m&aacute;s entusiasta. Muy pronto (Reichel-Dolmatoff, 1971) anunci&oacute; que el hallazgo de cer&aacute;mica en un contexto arqueol&oacute;gico indicaba un modo de vida sedentario que a su vez pod&iacute;a ser relacionado con los inicios de la agricultura. A&ntilde;os m&aacute;s tarde, cuando en 1983 public&oacute; <i>Mons&uacute;, </i>el &uacute;ltimo sitio del Formativo Temprano que excav&oacute;, el autor se inclin&oacute; definitivamente por aceptar que desde la ocupaci&oacute;n m&aacute;s temprana del sitio los pobladores hab&iacute;an tenido una econom&iacute;a mixta que inclu&iacute;a lo que en ocasiones describi&oacute; como horticultura y en otras como agricultura. En su &uacute;ltima s&iacute;ntesis de arqueolog&iacute;a colombiana concluy&oacute; que incluso los primeros habitantes de Mons&uacute; practicaron una &quot;forma rudimentaria de agricultura&quot; (Reichel-Dolmatoff, 1986: 54), pese a que en una nota de pie de p&aacute;gina reconoci&oacute; que no exist&iacute;a necesariamente una conexi&oacute;n entre agricultura y cer&aacute;mica (Reichel-Dolmatoff, 1986: 227). De esta forma, el norte de Colombia habr&iacute;a conformado el verdadero cl&iacute;max cultural en el Nuevo Mundo, fuente desde la cual se hab&iacute;an nutrido Per&uacute; y Mesoam&eacute;ri-ca. Esta idea, por su puesto, no era nueva. Diversos autores hab&iacute;an especulado desde hac&iacute;a muchos a&ntilde;os sobre la base com&uacute;n de las grandes civilizaciones americanas, o lo que Spinden hab&iacute;a llamado un &quot;horizonte&quot; arcaico que hab&iacute;a sentado las bases de los desarrollos culturales m&aacute;s notables. Poco antes de los descubrimientos de Reichel-Dolmatoff, el tema hab&iacute;a recibido una especial atenci&oacute;n. Hallazgos de cer&aacute;mica temprana en Guatemala se compararon con los que se ven&iacute;an realizando en Ecuador y finalmente se lleg&oacute; a formar un comit&eacute; internacional para resolver el asunto. All&iacute; estaban Kirchhoff, Willey, Bernal, Evans, Ekholm, Bushnell y, por parte de Colombia, el propio Reichel-Dolmatoff (Ekholm y Evans, 1962: 254). Con la ayuda de la National Science Foundation ese grupo se dedic&oacute; a estudiar las amplias relaciones entre las sociedades de la Costa Pac&iacute;fica entre M&eacute;xico y Ecuador. Finalmente, dentro del que termin&oacute; por denominarse Proyecto H, se incluyeron dos proyectos de Colombia: uno de Carlos Angulo sobre el Caribe Colombiano y otro de Reichel-Dolmatoff sobre la Costa Pac&iacute;fica (Ekholm y Evans, 1962: 273-76).</p>     <p>Pero no s&oacute;lo se trataba de indagar por el origen de la cer&aacute;mica, sino tambi&eacute;n por el de la agricultura. Sitios como Puerto Hormiga, que antes hab&iacute;an sido vistos como campamentos temporales de recolectores, resultaron importantes para entender &quot;los or&iacute;genes de las primeras culturas agr&iacute;colas del Nuevo Mundo&quot;. Si bien unos a&ntilde;os antes hab&iacute;a considerado que la cer&aacute;mica de Barlovento era tan sencilla que s&oacute;lo pod&iacute;a corresponder a recolectores, en la d&eacute;cada de los ochenta su interpretaci&oacute;n fue completamente diferente: los sitios arqueol&oacute;gicos m&aacute;s antiguos ten&iacute;an &quot;una cer&aacute;mica mejor hecha, mejor decorada, m&aacute;s art&iacute;stica y competente&quot;. La m&aacute;s tard&iacute;a era mucho m&aacute;s simple. Era como si se pudiera hablar de una lenta decadencia, donde los desarrollos m&aacute;s antiguos tecnol&oacute;gicamente eran los m&aacute;s avanzados, y los m&aacute;s tard&iacute;os habr&iacute;an estado caracterizados por un empobrecimiento artesanal, es decir, por un declive de la cultura material y art&iacute;stica. La regi&oacute;n, en otras palabras, habr&iacute;a perdido su &quot;ingenio din&aacute;mico y creador&quot;.</p>     <p>Desde luego, esa interpretaci&oacute;n es cuestionable; el grado de elaboraci&oacute;n de la cer&aacute;mica no necesariamente tiene que representar ning&uacute;n grado de complejidad social o cultural. Pero, para entender a Reichel-Dolmatoff en este punto, es necesario preguntarse: &iquest;Qu&eacute; sucedi&oacute; entre las primeras y las &uacute;ltimas interpretaciones sobre Barlovento y Puerto Hormiga? Reichel-Dolmatoff no realiz&oacute; nuevos hallazgos que sugirieran que sus primeras interpretaciones fueran err&oacute;neas. Simplemente, el mismo material y los mismos sitios fueron mirados con ojos diferentes. Para dar una posible explicaci&oacute;n al cambio de opini&oacute;n del arque&oacute;logo, es necesario tener en cuenta dos cosas. La primera es que mucho antes de que encontrara evidencias de lo que llam&oacute; &quot;Arcaico&quot; exist&iacute;an investigadores que hab&iacute;an trabajado el tema de la agricultura prehisp&aacute;nica de tal manera que sus ideas pod&iacute;an adecuarse a esas propuestas. H. J. Spinden (1917) hab&iacute;a presentado una ponencia en el Congreso Internacional de Americanistas de Washington en la cual defendi&oacute; la idea de que la agricultura era la base de la civilizaci&oacute;n, noci&oacute;n que ven&iacute;a repiti&eacute;ndose desde la Ilustraci&oacute;n y que los evolucionistas norteamericanos, europeos y latinoamericanos de fines del xix aceptaron gustosos. Pero m&aacute;s importante, Spinden hab&iacute;a sugerido que las ventajas de la agricultura eran tan obvias que probablemente su dispersi&oacute;n habr&iacute;a sido tan r&aacute;pida como la del caballo en tiempos modernos. Y, por otra parte, que quien practicara la agricultura deb&iacute;a ser ceramista al mismo tiempo. Esta idea implicaba que las investigaciones se deb&iacute;an concentrar en el centro o centros donde los ind&iacute;genas hab&iacute;an &quot;descubierto&quot; la agricultura y desde los cuales se hab&iacute;a propagado a otras regiones. Y que la cer&aacute;mica pod&iacute;a ser una buena forma de encontrar sociedades agr&iacute;colas. Adem&aacute;s, dada su biodiversidad, Colombia, sosten&iacute;an algunos bot&aacute;nicos, podr&iacute;a ser uno de los centros m&aacute;s importantes en la domesticaci&oacute;n de plantas. Y sin duda, domesticaci&oacute;n y agricultura deb&iacute;an ser dos procesos relacionados, si no id&eacute;nticos.</p>     <p>No obstante, es necesario acudir a un antecedente m&aacute;s inmediato y m&aacute;s prosaico tambi&eacute;n: el trabajo que arque&oacute;logos ecuatorianos y norteamericanos ven&iacute;an realizando en la Pen&iacute;nsula de Santa Elena, en el litoral ecuatoriano. Poco despu&eacute;s de que Reichel-Dolmatoff excavara Barlovento, Emilio Estrada (1958), estudi&oacute; el sitio de Valdivia y lo consider&oacute; como caracter&iacute;stico del Formativo. No s&oacute;lo eso, tambi&eacute;n que el sitio correspond&iacute;a a la &quot;m&aacute;s antigua&quot; cultura ecuatoriana. Con la colaboraci&oacute;n de Betty Meggers y Clifford Evans, arque&oacute;logos norteamericanos, quienes empezaron a excavar el sitio, lleg&oacute; a la conclusi&oacute;n de que la cer&aacute;mica encontrada all&iacute; era la m&aacute;s antigua de Am&eacute;rica (alrededor de 3100 a. C.) y que probablemente era originaria del Jap&oacute;n. En el informe de las excavaciones en Valdivia, Meggers, Evans y Estrada (1965) se&ntilde;alaron que la cer&aacute;mica de Valdivia y Puerto Hormiga era similar pero que &eacute;sta &uacute;ltima, y la de otros sitios del Formativo Suramericano, eran &quot;derivaciones&quot; de la cultura del Pac&iacute;fico ecuatoriano. La idea fue adem&aacute;s acogida por prestigiosos investigadores norteamericanos como Gordon Willey (1971, 2: 270). Esto dio origen a una larga disputa con Reichel-Dolmatoff porque &eacute;ste consideraba absurda la idea de contactos entre Ecuador y Jap&oacute;n y porque sin duda sus hallazgos en la Costa Caribe colombiana eran m&aacute;s antiguos. Si la cer&aacute;mica hab&iacute;a sido llevada de un sitio a otro, habr&iacute;a sido al rev&eacute;s: de Colombia a Ecuador.</p>     <p>Emilio Estrada, en sus primeros escritos sobre el tema, se&ntilde;al&oacute; que Valdivia correspond&iacute;a a recolectores y pescadores que no practicaban la cer&aacute;mica. El informe t&eacute;cnico del sitio (1965) asegur&oacute; que la cer&aacute;mica se hab&iacute;a desarrollado en contextos coste&ntilde;os (Valdivia, Puerto Hormiga, Barlovento), precisamente porque los abundantes recursos de la pesca permit&iacute;an cierta vida sedentaria. En las zonas del interior, argumentaron, la adopci&oacute;n de la cer&aacute;mica s&oacute;lo fue posible cuando se desarroll&oacute; la agricultura. En otras palabras, los primeros alfareros no fueron agricultores. A mediados de la d&eacute;cada de los sesenta, Valdivia fue de nuevo presentada como una aldea de pescadores y recolectores que aprovechaban algunas plantas domesticadas, pero no se trataba de agricultores (Meggers, 1966). Es decir, la interpretaci&oacute;n de Estrada y Meggers sobre el sitio apunt&oacute; en la misma direcci&oacute;n en la que Reichel-Dolmatoff se hab&iacute;a basado para interpretar Barlovento un poco antes. Sin embargo, posteriores estudios del arque&oacute;logo Carlos Zeballos encontraron tiestos Valdivia asociados con granos de ma&iacute;z. Sin duda, se asumi&oacute;, los antiguos habitantes de ese lugar hab&iacute;an sido agricultores. El hallazgo de Zeballos ocurri&oacute; en 1971, al mismo tiempo que los antiguos habitantes de Barlovento y Puerto Hormiga empezaron a ser considerados por Reichel-Dolmatoff como agricultores incipientes. Es posible que la interpretaci&oacute;n sobre Valdivia hubiese afectado la forma como Reichel-Dolma-toff descifr&oacute; el Formativo m&aacute;s antiguo de la Costa Caribe. Como fuese, pasar a hablar de Arcaico a Formativo y de recolectores a agricultores fue apenas una de las transformaciones en su mirada.</p>     <p>Hubo otras a&uacute;n m&aacute;s importantes. Al comienzo de sus investigaciones, su inter&eacute;s por los sitios formativos del Caribe colombiano encaj&oacute; perfectamente en el programa normativo cl&aacute;sico: su intenci&oacute;n fue la de reconstruir cronolog&iacute;as, &aacute;reas culturales y relaciones entre ellas. Pero, a&ntilde;os m&aacute;s tarde, el conjunto de investigaciones en la Costa Caribe se present&oacute; como parte de un conjunto de trabajos que, bajo la influencia de Steward, daba enorme importancia al medio ambiente. Ya en la primera publicaci&oacute;n sobre Barlovento, la explicaci&oacute;n de la econom&iacute;a del sitio se concentr&oacute; en aspectos ambientales: se hallaba a pocos metros de manglares, sobre una franja de costa donde abundaban los moluscos; por lo tanto, en t&eacute;rminos ecol&oacute;gicos y tipol&oacute;gicos -concluy&oacute;- parec&iacute;a tratarse de una fase preformativa a formativa sin agricultura. En su monograf&iacute;a sobre el sitio de Mons&uacute;, publicada en 1985, resumi&oacute; dos razones por las cuales la Costa Caribe hab&iacute;a llamado su atenci&oacute;n en la d&eacute;cada de los cincuenta. Ambas son de car&aacute;cter muy diferente a las que se presentaron al comienzo de las investigaciones, aunque se conservaba el inter&eacute;s por lo ecol&oacute;gico. En primer lugar, la situaci&oacute;n ambiental de la Costa distaba mucho de la de los Andes: como no hab&iacute;a mayor diversidad ambiental esperaba que tampoco hubiera mayores contrastes culturales como los que hab&iacute;a en el interior. Pero, adem&aacute;s, la Costa resultaba apropiada para la recolecci&oacute;n y el cultivo de ra&iacute;ces, lo cual significaba que podr&iacute;a tener evidencias sobre el Formativo, es decir, sobre sociedades que no viv&iacute;an de la agricultura. La regi&oacute;n ofrec&iacute;a -como anot&oacute; Reichel-Dolmatoff- abundantes recursos lo cual resultaba ideal para una poblaci&oacute;n poseedora de tecnolog&iacute;a muy simple.</p>     <p>Sin abandonar el aspecto ecol&oacute;gico del Formativo, Reichel-Dolmatoff (1983) empez&oacute; a ocuparse de otro aspecto: la ideolog&iacute;a en tiempos prehisp&aacute;ni-cos. Ya como etn&oacute;logo se hab&iacute;a preocupado por el tema, especialmente por todo lo que tuviera que ver con el consumo de drogas narc&oacute;ticas y la cosmovisi&oacute;n. Era cuesti&oacute;n de tiempo que esos temas se trasladaran al pasado prehisp&aacute;nico. Entonces, observ&oacute; que los sitios de Puerto Hormiga y Barlovento ten&iacute;an un plano anular y que el centro carec&iacute;a de restos culturales. Ello implicaba que probablemente se trataba de un &quot;c&iacute;rculo gn&oacute;stico&quot;, orientado a determinar fechas y estaciones; es decir, se trataba de la base de un futuro calendario agr&iacute;cola. Los concheros pasaron a considerarse, entonces, como construcciones ceremoniales. La esfera de lo ideol&oacute;gico, paulatinamente, ocupaba un lugar importante en sus preocupaciones, en parte por su lectura de L&eacute;vi-Strauss, quien ya hab&iacute;a elogiado su libro <i>Desana </i>como uno de los m&aacute;s importantes de la etnolog&iacute;a americana. Pero para que el inter&eacute;s por la ideolog&iacute;a se impusiera, la d&eacute;cada de los setenta seguir&iacute;a caracterizando a un Reichel-Dolmatoff preocupado por la discusi&oacute;n acad&eacute;mica entre arque&oacute;logos. Y eso implicaba un fuerte inter&eacute;s por el pensamiento dominante en esa &eacute;poca: la difusi&oacute;n.</p>     <p><b>El difusionismo de los sesenta y setenta</b></p>     <p>Cuando Reichel-Dolmatoff public&oacute; los resultados de sus excavaciones en Barlovento, la arqueolog&iacute;a americana se caracterizaba por la consolidaci&oacute;n de la tradici&oacute;n descriptiva. Decenas de sitios arqueol&oacute;gicos hab&iacute;an sido detalladamente estudiados a lo largo y ancho del continente. Al mismo tiempo, la dataci&oacute;n radiocarb&oacute;nica y las excavaciones estratigr&aacute;ficas hab&iacute;an podido dar cuenta de la existencia de diferencias cronol&oacute;gicas en los materiales arqueol&oacute;gicos, especialmente en la cer&aacute;mica. Colombia, despu&eacute;s de las investigaciones de Preuss, Hern&aacute;ndez de Alba, P&eacute;rez de Barradas, Luis Duque y el mismo Reichel-Dolma-toff, por no mencionar los arque&oacute;logos extranjeros que hab&iacute;an trabajado en el pa&iacute;s, no era una excepci&oacute;n.</p>     <p>Lo anterior hizo tentador especular sobre la posible influencia de los habitantes de unos sitios sobre los habitantes de otros sitios donde la cer&aacute;mica era similar, y sobre todo, lo relativo a posibles rutas de migraciones. La arqueolog&iacute;a asum&iacute;a que los parecidos en la cultura material implicaban un mayor o menor grado de afinidad cultural. Ese era el centro del m&eacute;todo hist&oacute;rico-cultural que hab&iacute;a defendido Schottelius. Por lo tanto, era evidente el inter&eacute;s que ten&iacute;a la semejanza de la cer&aacute;mica en distintos lugares del continente.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>A principios de los sesenta, Eli&eacute;cer Silva (1963) report&oacute; el hallazgo que hab&iacute;a hecho un hermano lasallista, Remigio Abel, de una enorme piedra en el r&iacute;o Hacha, afluente del Orteguaza, cerca de Florencia, Caquet&aacute;, que resultaba similar al Lavapatas en San Agust&iacute;n; la &uacute;nica conclusi&oacute;n posible era que en alg&uacute;n momento las culturas que habitaban la regi&oacute;n fueran parientas de los agustinianos. De hecho, pod&iacute;a tratarse de la misma gente: el hallazgo probaba la migraci&oacute;n de pueblos desde las tierras bajas de la Amazonia hacia los Andes. De las relaciones se pod&iacute;a pasar f&aacute;cilmente a las migraciones y en alguna medida eso fue lo que sucedi&oacute; con la informaci&oacute;n sobre el Formativo de la Costa Caribe. Gordon Willey (1971) resumi&oacute; el asunto de la siguiente manera: la cer&aacute;mica de Valdivia y la de Puerto Hormiga se parec&iacute;an, aunque la de este &uacute;ltimo era menos elaborada. Las fechas de radiocarb&oacute;n no ayudaban a establecer cu&aacute;l era m&aacute;s antiguo, pues eran relativamente similares. Como la cer&aacute;mica de Puerto Hormiga era m&aacute;s sencilla, probablemente se trataba de la m&aacute;s antigua. Pero, por otro lado, apelando tambi&eacute;n al sentido com&uacute;n, se podr&iacute;a pensar que la cer&aacute;mica de Puerto Hormiga era una cruda imitaci&oacute;n de la de Valdivia. El caso es que los hallazgos de Reichel-Dolmatoff fueron aprovechados para plantear el problema de las relaciones con Valdivia, con Centroam&eacute;rica e incluso con la costa sur de Estados Unidos. Cada investigador tuvo cierta tendencia a considerar que su sitio de investigaci&oacute;n deb&iacute;a ser el m&aacute;s antiguo, un lugar desde el cual se hab&iacute;an dado los primeros pasos en cierta direcci&oacute;n (la cer&aacute;mica m&aacute;s antigua, la agricultura m&aacute;s temprana, etc.). Cada sitio empez&oacute; a ser tomado como, o bien el origen de cierto hito cultural, o al menos como una etapa en el mismo.</p>     <p>En la d&eacute;cada de los cuarenta se desarrollaron conceptos con los cuales se pretendi&oacute; dar un manejo sistem&aacute;tico al estudio de las semejanzas entre sitios arqueol&oacute;gicos. Ejemplo de ello es el concepto de &Aacute;rea Intermedia. Esta &aacute;rea, que abarcaba desde Centroam&eacute;rica hasta los Andes Centrales se defini&oacute; a partir de rasgos comunes: cultivo de yuca y ma&iacute;z, asentamiento en aldeas, unidades pol&iacute;ticas peque&ntilde;as, cer&aacute;mica derivada del Formativo Temprano, y ciertas t&eacute;cnicas orfebres, entre otros. Otro ejemplo son las nociones de &quot;tradici&oacute;n&quot; y &quot;horizonte&quot;. Para Gordon Willey (1945), las tradiciones se defin&iacute;an como categor&iacute;as descriptivas de la decoraci&oacute;n cer&aacute;mica que expresaban relaciones hist&oacute;ricas. Esto quer&iacute;a decir que las relaciones de la cer&aacute;mica de un sitio con otros sitios se pod&iacute;an traducir en relaciones entre los habitantes de uno y otro. Meggers, Evans y Estrada hab&iacute;an afirmado algo similar en su trabajo sobre Valdivia y la comparaci&oacute;n que hicieron con otros sitios. En la arqueolog&iacute;a colombiana realizada entre la d&eacute;cada de los cuarenta y los setenta el asunto fue de gran importancia. Casi siempre, adem&aacute;s de las descripciones exhaustivas de cer&aacute;mica, los investigadores incluyeron un cap&iacute;tulo en el cual se comparaban los hallazgos con los de otros lugares del continente con la esperanza de encontrar evidencias de relaciones culturales. El trabajo de Hern&aacute;ndez de Alba (1979) sobre San Agust&iacute;n terminaba con un estudio de las semejanzas de esa cultura con las civilizaciones arcaicas de la Am&eacute;rica Central. Un breve examen de los hallazgos en esa regi&oacute;n suger&iacute;a indudables parentescos con la cultura maya y tambi&eacute;n con Chav&iacute;n y Tiahuanaco en los Andes Centrales. S&oacute;lo que los hallazgos de San Agust&iacute;n eran m&aacute;s rudimentarios y m&aacute;s cercanos al origen de una cultura que a su florecimiento. Esto pod&iacute;a significar que San Agust&iacute;n era clave para entender el surgimiento de esas alejadas sociedades. En fin, que San Agust&iacute;n era ni m&aacute;s ni menos &quot;el origen de otras civilizaciones llamadas arcaicas o megal&iacute;ticas de Am&eacute;rica&quot;. Este tipo de observaciones, de las cuales Preuss hab&iacute;a sido un protagonista, se repiti&oacute; en la obra de numerosos investigadores colombianos. En Tumaco, Julio C&eacute;sar Cubillos (1955) compar&oacute; sus hallazgos con los de otras partes de Am&eacute;rica. En Momil, Reichel-Dolmatoff tambi&eacute;n compar&oacute; extensamente sus hallazgos con los de sitios de M&eacute;xico y Per&uacute;. En la Costa norte colombiana, Carlos Angulo (1962) compar&oacute; la cer&aacute;mica de Malambo con la del Bajo Orinoco.</p>     <p>Result&oacute; inevitable que el hallazgo de la cer&aacute;mica de Puerto Hormiga y Barlovento despertara una viva pol&eacute;mica entre los arque&oacute;logos de todo el Continente. Desde el siglo xix, uno de los debates importantes era el sentido de las relaciones entre Mesoam&eacute;rica y Per&uacute;. Algunos arque&oacute;logos, como Alfred Kroeber, sosten&iacute;an que las relaciones entre esas dos regiones hab&iacute;an sido superficiales y espor&aacute;dicas. Nordenski&oacute;ld, Lothrop y Kidder manten&iacute;an que se trataba de desarrollos independientes, caracterizados por contactos tard&iacute;os. Pero otra tradici&oacute;n, que se remontaba a los tiempos de Uhle y de Jij&oacute;n y Caama&ntilde;o sosten&iacute;a que la cultura peruana depend&iacute;a de la mexicana. Gordon Willey, arque&oacute;logo norteamericano, sostuvo que los &quot;contactos&quot; entre las dos regiones se remontaban hasta el Formativo y se hab&iacute;an mantenido inclusive a la llegada de los conquistadores. Investigadores como Michael Coe, que estudiaba el Formativo en la Costa Pac&iacute;fica de Guatemala encontr&oacute; enormes parecidos con los hallazgos de Ecuador (1963). Para el mismo autor era indudable que exist&iacute;an relaciones entre Olmeca y Chav&iacute;n. A&ntilde;os m&aacute;s tarde, en 1969, Ford (1969) se&ntilde;al&oacute; la similitud entre los hallazgos correspondientes al Formativo en la costa septentrional de Suram&eacute;rica y la costa sur y sudeste de Norteam&eacute;rica. No obstante, tambi&eacute;n se discutieron intensamente las relaciones entre los Andes y la Costa, los Andes y la Amazonia, las tierras bajas del norte de Suram&eacute;rica y las Antillas. El hallazgo de una cer&aacute;mica muy antigua en la Costa Caribe colombiana no s&oacute;lo ubicaba a Colombia en el centro de esta clase de debates, sino que permit&iacute;a reafirmar la estrecha relaci&oacute;n que supuestamente hab&iacute;an tenido las sociedades del Formativo a nivel americano.</p>     <p>La fuerza con la que el difusionismo acapar&oacute; la atenci&oacute;n de los arque&oacute;logos termin&oacute;, incluso, por diluir otros intereses, a&uacute;n de quienes hab&iacute;an promovido la importancia del medio ambiente y de los estudios evolucionistas. Steward mismo es un buen ejemplo. El autor (Steward, 1947) sostuvo que los primeros habitantes de la Amazonia eran tribus marginales. En un per&iacute;odo posterior, grupos procedentes de los Andes colombianos habr&iacute;an invadido la costa norte de Suram&eacute;rica. En las bocas del Orinoco se dividieron en dos: unos se dirigieron a las Antillas y otros a las bocas del Amazonas. En cada una de esas regiones, los ind&iacute;genas encontraron condiciones diferentes para su desarrollo: en las bocas del Amazonas, las condiciones ambientales desfavorables hicieron que se transformaran en sociedades t&iacute;picas de selva tropical. Tan solo en las Grandes Antillas, las sociedades pudieron mantener cierto grado de complejidad social. Otro caso es el de Betty Meggers y Clifford Evans, estudiantes de Steward que conservaron su inter&eacute;s por esquemas evolucionistas. Meggers (1966), por ejemplo, mantuvo un esquema evolucionista para presentar una s&iacute;ntesis de la arqueolog&iacute;a de Ecuador. Comenz&oacute; por el Formativo Temprano, continu&oacute; con el Formativo Tard&iacute;o y culmin&oacute; con el Per&iacute;odo de Desarrollos Regionales, el Per&iacute;odo de Integraci&oacute;n y la conquista Inca. Meggers y Evans (1957) publicaron los resultados de excavaciones en el Bajo Amazonas con el fin de evaluar las propuestas de su maestro. Encontraron, en contra de Steward, que los cacicazgos Circumcaribe hab&iacute;an sido precedidos por grupos m&aacute;s simples, t&iacute;picos de selva tropical. Sin embargo, resultaba evidente que el grado de complejidad de una sociedad se pod&iacute;a medir por la capacidad del medio ambiente para producir alimentos. Por esta raz&oacute;n, las nuevas sociedades procedentes de la regi&oacute;n andina que habr&iacute;an llegado al Bajo Amazonas habr&iacute;an abandonado su antiguo nivel de complejidad para regresar a un estado m&aacute;s primitivo.</p>     <p>En Venezuela, Irving Rouse y Jos&eacute; Mar&iacute;a Cruxent (1963) hicieron uno de los primeros esfuerzos por sintetizar la arqueolog&iacute;a venezolana. Esa s&iacute;ntesis segu&iacute;a en apariencia una l&oacute;gica evolucionista: comenzaba con la divisi&oacute;n en &quot;&eacute;pocas&quot; como Paleoindio, Mesoindio, y Neoindio, lo cual claramente rememoraba la divisi&oacute;n en Paleol&iacute;tico, Mesol&iacute;tico y Neol&iacute;tico de la arqueolog&iacute;a europea. No obstante, adoptaron la idea de &quot;Tradici&oacute;n&quot; propuesta por Willey y acu&ntilde;aron el t&eacute;rmino de &quot;Serie&quot;, como una s&iacute;ntesis de los de &quot;Horizonte&quot; y &quot;Tradici&oacute;n&quot;. Esto implic&oacute; que la atenci&oacute;n de la obra se centrara en c&oacute;mo las diferentes series que se hab&iacute;an identificado en el pa&iacute;s hab&iacute;an surgido, y c&oacute;mo se hab&iacute;an relacionado en el tiempo y en el espacio. Las conclusiones no se alejaron de la idea de que similitudes en cultura material significaban autom&aacute;ticamente alg&uacute;n tipo de &quot;relaciones&quot;.</p>     <p>En Colombia, adem&aacute;s de Reichel-Dolmatoff, el inter&eacute;s durante los a&ntilde;os sesenta  por esquemas evolucionistas fue compartido por pocos arque&oacute;logos. Entre ellos se  debe destacar a Carlos Angulo. Pero tambi&eacute;n en este caso el difusionismo termin&oacute; por jugar un papel preponderante. Angulo (1962) propuso una secuencia evolucionista comparable con la de Reichel-Dolmatoff. En un principio su terminolog&iacute;a era similar a la de Steward y Reichel-Dolmatoff. Luego, en la d&eacute;cada de los noventa (Angulo, 1995), la terminolog&iacute;a que adopt&oacute; fue marxista: diferenci&oacute; el modo de producci&oacute;n comunitario simple o apropiador, el modo de vida tribal o productor y el modo de vida aldeano cacical. Pero eso no impidi&oacute; que los hallazgos de Malambo fueran comparados con los del Bajo Orinoco, en la d&eacute;cada de los sesenta, y que en los noventa hablara de un proceso de &quot;tr&aacute;nsito&quot; de las poblaciones desde Colombia, hasta Venezuela y luego las Antillas, para explicar la similitud de la cer&aacute;mica en sitios de los tres pa&iacute;ses. En sus primeras publicaciones sobre Malambo, afirm&oacute; que dado que las migraciones que hab&iacute;an poblado las islas del Caribe eran procedentes del Bajo Orinoco y que en esa regi&oacute;n se hablaban lenguas arawak a la llegada de los espa&ntilde;oles, indudablemente los pobladores de Malambo de hace cerca de 3.000 a&ntilde;os tambi&eacute;n hablaban una lengua de esa familia. Luis Duque G&oacute;mez, en contraste, fue m&aacute;s reacio a cualquier esquema evolucionista y consecuentemente m&aacute;s inclinado hacia esquemas difusionistas. Pero, incluso, en &eacute;l hay cambios sutiles a favor del evolucionismo en los setenta. Su s&iacute;ntesis de arqueolog&iacute;a colombiana (Duque, 1967) organiz&oacute; la informaci&oacute;n disponible por &aacute;reas geogr&aacute;ficas, no por etapas o per&iacute;odos, aunque en la primera parte del trabajo concedi&oacute; importancia al esquema planteado por Reichel-Dolmatoff en Colombia. Pocos a&ntilde;os m&aacute;s tarde (Duque, 1970), cualquier aproximaci&oacute;n evolucionista fue descartada. Por el contrario, dividi&oacute; la regi&oacute;n quimbaya en zonas, cada una de ellas caracterizada por relaciones con otras regiones arqueol&oacute;gicas, las cuales inclu&iacute;an por igual a Centroam&eacute;rica y a Per&uacute;.</p>     <p>Desde luego, no todos los arque&oacute;logos de la &eacute;poca compartieron el entusiasmo por el difusionismo. El mismo Reichel-Dolmatoff, aunque acudi&oacute; a &eacute;l m&aacute;s de una vez, tambi&eacute;n fue cr&iacute;tico por lo menos de algunas de las ideas m&aacute;s radicales. En una rese&ntilde;a sobre el trabajo de Horst Nachtigall sobre San Agust&iacute;n, lament&oacute; las comparaciones con culturas de Norteam&eacute;rica y Argentina (Reichel-Dolmatoff, 1959). John Rowe (1956), que hab&iacute;a sido profesor visitante en la Universidad del Cauca, sostuvo que el difusionismo hab&iacute;a llevado a una situaci&oacute;n absurda: si los arque&oacute;logos serios se dedicaban a criticar cada una de esas fantasiosas ideas, no tendr&iacute;an tiempo para hacer nada m&aacute;s con sus vidas. Con el fin de criticar las bases conceptuales del difusionismo, elabor&oacute; una larga lista de aspectos culturales compartidos por las culturas del Mediterr&aacute;neo y de la regi&oacute;n andina. La impresionante lista de 60 elementos en com&uacute;n no era prueba de contacto directo. Y, por lo tanto, no hab&iacute;a base seria para afirmar que los argumentos sobre similitudes entre sitios arqueol&oacute;gicos sirvieran para hablar de contactos directos tampoco. Desde luego, en el pasado, la difusi&oacute;n y las migraciones existieron, pero simplemente no se pod&iacute;an asumir como la m&aacute;gica interpretaci&oacute;n en todos los casos. Para solucionar el problema, los arque&oacute;logos requerir&iacute;an nuevas y m&aacute;s ingeniosas teor&iacute;as. Algunos investigadores abandonaron paulatinamente el &eacute;nfasis que le daban al tema. Por ejemplo, es justo reconocer que aunque las ideas difusionistas siempre fueron importantes para Carlos Angulo, este investigador se preocup&oacute; cada vez m&aacute;s por estudiar el paso del &quot;modo de vida recolector-cazador&quot; al &quot;modo de vida aldeano&quot; en la Costa Caribe colombiana, como lo plante&oacute; en 1986, o entre los modos de producci&oacute;n comunitario simple o apropiador, tribal o productor y aldeano cacical, como lo propuso en 1995. Pero para que el difusionismo dejara de tener un papel protag&oacute;nico en la arqueolog&iacute;a americana -y colombiana en particular- habr&iacute;a de pasar mucho tiempo.</p>     <p><b>El compromiso acad&eacute;mico y la antropolog&iacute;a aplicada</b></p>     <p>Los a&ntilde;os sesenta y setenta fueron agitados por todo tipo de convulsiones pol&iacute;ticas y sociales. Y la antropolog&iacute;a no fue ajena a esa agitaci&oacute;n. La arqueolog&iacute;a hab&iacute;a sido criticada desde fuera de la disciplina, y a principios de los sesenta los mismos antrop&oacute;logos fueron cr&iacute;ticos de la orientaci&oacute;n de sus colegas arque&oacute;logos. Tan pronto la arqueolog&iacute;a se empez&oacute; a ense&ntilde;ar formalmente en la Universidad colombiana, el debate con respecto a la relevancia de estudiar el pasado prehisp&aacute;nico se hizo evidente. En 1963 se hab&iacute;a fundado en la Universidad de los Andes el primer Departamento de Antropolog&iacute;a del pa&iacute;s. Esta universidad manten&iacute;a un modelo de educaci&oacute;n liberal y perspectivas para la formaci&oacute;n de antrop&oacute;logos. Originalmente, se debati&oacute; la idea de fundar un Departamento de Sociolog&iacute;a, pero finalmente se opt&oacute; por la antropolog&iacute;a y se contrat&oacute; a Gerardo Reichel-Dolmatoff y a do&ntilde;a Alicia Duss&aacute;n de Reichel. Apenas cuatro a&ntilde;os m&aacute;s tarde, ambos renunciaron en medio de una pol&eacute;mica sobre la importancia -entre otras cosas- de estudiar el pasado ind&iacute;gena.</p>     <p>En el informe sobre las actividades del Departamento durante 1967 (Doc. 1), Reichel-Dolmatoff hizo un diagn&oacute;stico del descontento en la Universidad: los j&oacute;venes estudiantes ten&iacute;an una visi&oacute;n del mundo &quot;etnoc&eacute;ntrica y dominada por prejuicios tradicionales&quot;. La peor experiencia se hab&iacute;a presentado con el curso de antropolog&iacute;a aplicada; all&iacute;, los estudiantes hab&iacute;an confundido la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica con &quot;la acci&oacute;n administrativo-pol&iacute;tica&quot; y se perd&iacute;an en &quot;discursos emotivos sobre lo que se deb&iacute;a hacer, para salvar el mundo y la humanidad&quot;. Su actitud, en lugar de corresponder a la de acad&eacute;micos, era m&aacute;s semejante a la de las hermanas de la caridad o los asistentes sociales. El tema de la antropolog&iacute;a aplicada era importante para Gerardo Reichel-Dolmatoff, para su se&ntilde;ora Alicia Duss&aacute;n y para los estudiantes, pero unos y otros la ve&iacute;an de diferente manera. Para los primeros la necesidad del rigor, la ciencia y el conocimiento ven&iacute;an primero. En el seminario interno del Departamento, de julio 16 de 1964 (Doc. 2), la antropolog&iacute;a se defini&oacute; como un puente entre las humanidades y las ciencias naturales. Los problemas que se planteaban -que inclu&iacute;an el papel de Colombia en la domesticaci&oacute;n de plantas y los diversos modos de adaptaci&oacute;n humana en las diferentes regiones de Colombia- de ninguna manera eran parroquiales o locales; hac&iacute;an parte, por el contrario, de una &quot;gran tarea internacional&quot;. Desde luego, ese conocimiento era importante para la acci&oacute;n, sobre todo para una &eacute;lite que no conoc&iacute;a el pa&iacute;s, y m&aacute;s cuando exist&iacute;an &quot;verdaderos fen&oacute;menos de patolog&iacute;a social&quot; que ten&iacute;an causas culturales y ambientales. Por otra parte, aunque el Departamento ten&iacute;a inter&eacute;s en temas campesinos, la visi&oacute;n m&aacute;s com&uacute;n era que &quot;el verdadero campo de la antropolog&iacute;a ha sido siempre el mundo de los primitivos&quot;.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Exist&iacute;a un importante antecedente que sustentaba esa visi&oacute;n. En 1959 se hab&iacute;a reunido el International Committee on Urgent Anthropological and Ethnological Research en Viena, bajo el liderazgo de Robert Heine-Geldern. Este, a su vez, era el resultado del cuarto Congreso Internacional de Ciencias Antropol&oacute;gicas y Etnol&oacute;gicas de 1952 en el cual hab&iacute;a existido un simposio sobre tareas etnol&oacute;gicas urgentes, del inter&eacute;s de la Unesco y de los gobiernos de Francia y Holanda. En ese congreso, acad&eacute;micos de varios lugares del mundo insistieron en que exist&iacute;a una enorme cantidad de sociedades primitivas que estaban siendo llevadas a la extinci&oacute;n. Las epidemias, la baja natalidad y otros males estaban acabando con las sociedades de cazadores-recolectores que a&uacute;n quedaban. La modernizaci&oacute;n estaba empujando a muchas otras sociedades a su aniquilamiento. En los n&uacute;meros que produjo el Bolet&iacute;n se alertaba sobre la p&eacute;rdida que todo ello implicaba para la humanidad y para la ciencia, y en uno de ellos Gerardo Reichel-Dolmatoff colabor&oacute; con un escrito. En la Universidad, Alicia Duss&aacute;n de Reichel-Dolmatoff anim&oacute; el debate en un texto llamado <i>Problemas y necesidades de la investigaci&oacute;n etnol&oacute;gica en Colombia </i>(1965). En &eacute;l, la autora se&ntilde;al&oacute; que la r&aacute;pida expansi&oacute;n de las ideas y valores de Occidente se difund&iacute;an cada vez con mayor velocidad, lo cual llevaba a la desaparici&oacute;n culturas milenarias que no hab&iacute;an sido aprovechadas por la ciencia. Era una pena. Como legado de Rivet, Alicia y Gerardo Reichel-Dolmatoff aceptaban que cada cultura contribu&iacute;a con una herencia particular a la humanidad; tambi&eacute;n que en los pueblos primitivos, con frecuencia, la gente disfrutaba de una vida &quot;m&aacute;s integrada y arm&oacute;nica&quot;. Esto no implicaba poner en duda la importancia de la antropolog&iacute;a aplicada, pero s&iacute; &quot;planificar el desarrollo del futuro&quot; despu&eacute;s de &quot;disponer de un gran acopio de informaciones b&aacute;sicas&quot; que s&oacute;lo el antrop&oacute;logo de campo pod&iacute;a aportar.</p>     <p>No obstante, el descontento con la arqueolog&iacute;a -y la misma antropolog&iacute;a- que se percib&iacute;a como ilimitada recuperaci&oacute;n de informaci&oacute;n, sin mayor utilidad pr&aacute;ctica, se tradujo en la inconformidad entre muchos estudiantes. La formaci&oacute;n cient&iacute;fica se consider&oacute; entonces alejada de cualquier compromiso con la &quot;realidad nacional&quot;. Entre las quejas de Reichel-Dolmatoff en su carta de renuncia a la Universidad, el 12 de noviembre de 1968 (Doc. 3), as&iacute; como en la de Jos&eacute; de Recasens que pronto le sigui&oacute; (Doc. 4), se encuentra que los estudiantes hab&iacute;an pedido reducir la formaci&oacute;n cient&iacute;fica, y eliminar la arqueolog&iacute;a, la antropolog&iacute;a f&iacute;sica y la ling&uuml;&iacute;stica, todas ellas fundamentales en el estudio del pasado prehisp&aacute;nico, pero que seguramente algunos consideraban como simples pasatiempos intelectuales. Desde luego, esto no era nuevo: muchos hab&iacute;an considerado especulativa a la disciplina encargada de estudiar el pasado, como es el caso de Laureano G&oacute;mez. La acusaci&oacute;n de ser de &quot;derecha&quot; por hacer arqueolog&iacute;a o, en general, por compartir la visi&oacute;n de Reichel-Dolmatoff sobre lo que deb&iacute;a hacer la antropolog&iacute;a, fue, sin embargo, matizada por acusaciones en sentido contrario. Robert Jaul&iacute;n (1973: 200-1), uno de los profesores franceses con que cont&oacute; el programa acus&oacute; a los estudiantes de representar intereses burgueses y de no haber respetado las ideas de su maestro por &quot;la falta de f&oacute;rmulas largas y huecas, de sonrisas in&uacute;tiles y de demagogia&quot;.</p>     <p><b>El ind&iacute;gena ecol&oacute;gico</b></p>     <p>El hallazgo de un per&iacute;odo Formativo muy antiguo en la Costa Caribe result&oacute; trascendental en la vida acad&eacute;mica de Gerardo Reichel-Dolmatoff. Muchos arque&oacute;logos de otros pa&iacute;ses aceptaron sus propuestas y se dedicaron a investigar c&oacute;mo, desde Colombia, la agricultura y la alfarer&iacute;a hab&iacute;an llegado a sus respectivas regiones de estudio. Gracias a ello, el pa&iacute;s pas&oacute; a ocupar un lugar importante en la arqueolog&iacute;a americana y mundial. No obstante, su preocupaci&oacute;n por la arqueolog&iacute;a se diluy&oacute; a favor de otros intereses, de modo notable, la etnograf&iacute;a. Y, especialmente, lo que ella pod&iacute;a aportar para el estudio de la cosmolog&iacute;a nativa. Desde luego, Reichel-Dolmatoff nunca hab&iacute;a desechado la utilidad de la informaci&oacute;n etnogr&aacute;fica para explicar el registro arqueol&oacute;gico. Por ejemplo, en la d&eacute;cada de los sesenta, compar&oacute; las figuras que los grupos cuna y choc&oacute; elaboraban con fines curativos, con aquellas encontradas en Momil (Reichel-Dolmatoff, 1961b). La similitud hallada le sirvi&oacute; para plantear que hab&iacute;an sido utilizadas de la misma forma y, en consecuencia, el tratamiento de enfermedades en Momil tal vez hab&iacute;a sido similar al que se pod&iacute;a observar en esas sociedades vivas. Estas ideas fueron aceptadas por muchos arque&oacute;logos, incluso por Meggers y Evans que las utilizaron para interpretar las figuras de cer&aacute;mica que se encontraban en Valdivia. Pero con el tiempo, Reichel-Dolma-toff llev&oacute; el razonamiento m&aacute;s lejos. En la Sierra Nevada de Santa Marta, los taironas terminaron por ser asimilados a los actuales kogi. En el Alto Magdalena, la cosmolog&iacute;a de los art&iacute;fices de la estatuaria agustiniana se asumi&oacute; id&eacute;ntica a la de las sociedades del Amazonas. El sitio de Mons&uacute;, adem&aacute;s de ser representativo del inicio de la agricultura, representaba un pensamiento dual como el que L&eacute;vi-Strauss describi&oacute; para las sociedades del norte del Amazonas brasilero. De forma gradual, el inter&eacute;s por secuencias de cambio social o la relaci&oacute;n entre la disponibilidad de recursos y el desarrollo de sociedades suban-dinas dio paso a otras preocupaciones, ya no evolucionistas sino m&aacute;s centradas en los &quot;universales&quot; y las &quot;constantes&quot; del pensamiento ind&iacute;gena americano, sin duda, resultado de su lectura de L&eacute;vi-Strauss. En este sentido, retom&oacute; una ya vieja tradici&oacute;n de la cual, en el fondo, se hab&iacute;a apartado moment&aacute;neamente: el pasado se pod&iacute;a comprender entre las sociedades ind&iacute;genas del presente.</p>     <p>Reichel-Dolmatoff fue un convencido de que, pese al proceso de conquista, las sociedades nativas hab&iacute;an mantenido su manera aut&oacute;ctona del ver el mundo. Como resultado, empez&oacute; a preocuparse por interpretar los objetos arqueol&oacute;gicos a partir de lo que dec&iacute;an los ind&iacute;genas m&aacute;s que a partir del contexto arqueol&oacute;gico. Esta metodolog&iacute;a culmin&oacute; en la obra <i>Orfebrer&iacute;a y Chamanismo </i>(1988), basada en el an&aacute;lisis de la colecci&oacute;n del Museo del Oro que gracias a una coyuntura pol&iacute;tica le abri&oacute; las puertas por unos cuantos meses. En este libro, el inter&eacute;s por entender secuencias de cambio social fue reemplazado por el deseo de encontrar la cosmovisi&oacute;n de los antiguos orfebres, a partir de sus estudios etnogr&aacute;ficos, y darle as&iacute; sentido a los objetos arqueol&oacute;gicos. Llam&oacute; a este m&eacute;todo &quot;etnoarqueol&oacute;gico&quot;. Se basaba en la idea de que, dada la ausencia de contextos, el estudio de los objetos de orfebrer&iacute;a pertenec&iacute;a al campo de lo especulativo, a menos que se acudiera a la etnograf&iacute;a y su poderoso conocimiento de sociedades que hist&oacute;ricamente estuvieran vinculadas con quienes los hab&iacute;an elaborado antes de la llegada de los espa&ntilde;oles. Reichel-Dolmatoff no cay&oacute; f&aacute;cilmente en la analog&iacute;a etnogr&aacute;fica, en el sentido de comparar sistemas de vida y organizaci&oacute;n de ind&iacute;genas actuales con &eacute;pocas o etapas del pasado. Pero en cambio, circunscrito al mundo de la cosmovisi&oacute;n aborigen, acept&oacute; plenamente una continuidad en el mundo de las ideas que nada se relacionaban con eventuales cambios hist&oacute;ricos en la organizaci&oacute;n social de los ind&iacute;genas a trav&eacute;s del tiempo.</p>     <p>La idea de explicar hallazgos arqueol&oacute;gicos a partir de sociedades vivas fue justificado por un renovado inter&eacute;s por la ecolog&iacute;a, pero transformado en un verdadero &quot;ecologismo nativo&quot;. Su mismo inter&eacute;s por el cham&aacute;n prehisp&aacute;nico se bas&oacute; en una consideraci&oacute;n ecol&oacute;gica: el cham&aacute;n -al fin y al cabo- era el intermediario entre las sociedades ind&iacute;genas y su entorno ambiental. El chamanismo ofrec&iacute;a, adem&aacute;s, una buena manera de articular su preocupaci&oacute;n por la cosmovisi&oacute;n aborigen y su viejo inter&eacute;s, derivado de Steward, por cuestiones ambientales. En sus trabajos de la d&eacute;cada de los sesenta, siempre hab&iacute;a dado importancia al medio ambiente y su impacto en los desarrollos culturales. Pero el Reichel-Dolmatoff de los setenta estaba impresionado por el conocimiento ambiental de los ind&iacute;genas del Amazonas, en especial de los tucano. En su escrito &quot;Cosmolog&iacute;a como an&aacute;lisis ecol&oacute;gico&quot; (1977) defendi&oacute; la idea de que esos ind&iacute;genas eran verdaderos &quot;fil&oacute;sofos abstractos&quot; en lo que se refer&iacute;a al manejo del medio. En el caso de las sociedades que viv&iacute;an en el Amazonas, se necesitaba &quot;una sociedad sana y en&eacute;rgica para hacer frente a las rigurosas condiciones clim&aacute;ticas y al uso productivo de los recursos f&aacute;cilmente agotables&quot;. Aunque en el fondo se trataba de una imagen etnocentrista sobre la selva, esa imagen era ahora &quot;aliada&quot; del ind&iacute;gena. Su conducta adaptativa ante un medio hostil hab&iacute;a tenido &eacute;xito por una compleja cosmovisi&oacute;n, en la cual el equilibrio entre lo que se tomaba del medio y se daba en retribuci&oacute;n era cuidadosamente guardado mediante complejas estrategias que iban desde un cuidadoso control de la natalidad hasta el desarrollo de la idea de un &quot;due&ntilde;o de los animales&quot; ante el cual deb&iacute;an dar cuenta de cualquier abuso sobre el medio ambiente. Este del &quot;due&ntilde;o de los animales&quot; era un tema viejo, tanto que ya hab&iacute;a llamado la atenci&oacute;n de Rafael Uribe Uribe en la primera d&eacute;cada del siglo xx. Pero hab&iacute;a sido abandonado y ahora, con Reichel-Dolmatoff, se incorporar&iacute;a de lleno a la interpretaci&oacute;n del pasado arqueol&oacute;gico.</p>     <p>En efecto, las conclusiones de su trabajo sobre los tucano se hicieron extensivas a toda su obra. Aunque, en principio, la experiencia con esa sociedad no deb&iacute;a cambiar su interpretaci&oacute;n de las sociedades andinas, cuyo medio nunca fue descrito como hostil, sino m&aacute;s bien como diverso y rico, a partir de los setenta la interpretaci&oacute;n sobre las sociedades prehisp&aacute;nicas -y contempor&aacute;neas- fue otra. En una monograf&iacute;a sobre San Agust&iacute;n (Reichel-Dolmatoff, 1975: 16) defini&oacute; la arqueolog&iacute;a como &quot;el estudio del hombre prehisp&aacute;nico en la naturaleza, el estudio de las culturas cambiantes en cierto medio f&iacute;sico que daba significado a su vida y que, lejos de constituirse en mero escenario, era parte esencial de los procesos hist&oacute;ricos; aunque sostuvo que el medio no pod&iacute;a medirse en t&eacute;rminos de potencial econ&oacute;mico, sino en relaci&oacute;n con el impacto en el &quot;orden moral&quot; y su &quot;c&oacute;digo social&quot;. Los antiguos habitantes de San Agust&iacute;n habr&iacute;an tenido la noci&oacute;n de un &quot;due&ntilde;o de los animales&quot; como el que ten&iacute;an los tucano. El cham&aacute;n, que antes s&oacute;lo aparec&iacute;a de forma marginal en su interpretaci&oacute;n de las sociedades prehisp&aacute;nicas, empez&oacute;, como lo demuestra <i>Orfebrer&iacute;a y Chamanismo, </i>a ocupar un lugar destacado. Reichel-Dolmatoff hizo un llamado a una arqueolog&iacute;a que se alejara de simples relaciones entre causa y efecto y se preocupara m&aacute;s por modelos tomados de la teor&iacute;a de sistemas, la misma que, aunque expresada en t&eacute;rminos nativos, resultaba &uacute;til para explicar las complejas relaciones entre los ind&iacute;genas de las tierras bajas y la selva.</p>     <p>En un trabajo posterior (Reichel-Dolmatoff, 1983) sostuvo que, por su complejidad, las tierras bajas hab&iacute;an resultado &quot;m&aacute;s propicias y estimulantes&quot; que las cordilleras para los desarrollos culturales. San Agust&iacute;n hab&iacute;a sido un &quot;verdadero foco cultural&quot; por la fertilidad de sus suelos. Nada extra&ntilde;o que en ese mismo trabajo brindara una justificaci&oacute;n basada en consideraciones ambientales para el estudio del pasado prehisp&aacute;nico. En lugar de considerar a Colombia como una regi&oacute;n &quot;clave&quot; para la investigaci&oacute;n de las civilizaciones de M&eacute;xico y Per&uacute;, como fue su idea a partir del estudio arqueol&oacute;gico de sitios tempranos en la Costa Caribe, en 1982 plante&oacute; un inter&eacute;s m&aacute;s local, pero tambi&eacute;n m&aacute;s relacionado con la sociedad contempor&aacute;nea: la investigaci&oacute;n de los antiguos ind&iacute;genas resultaba fundamental porque se hab&iacute;a dado en el mismo &quot;medio ambiente f&iacute;sico&quot; en que viv&iacute;an los colombianos. Si bien no hab&iacute;an desarrollado civilizaciones, ten&iacute;an &quot;una gran ense&ntilde;anza ecol&oacute;gica&quot; debido a que hab&iacute;an logrado crear &quot;sus culturas sin que sufrieran las selvas o las sabanas&quot;.</p>     <p>No es claro c&oacute;mo el ecologismo lleg&oacute; a Reichel-Dolmatoff. Desde luego, exist&iacute;an ciertas bases que se remontaban a&ntilde;os atr&aacute;s. Occidente siempre hab&iacute;a mantenido una imagen ambigua sobre el ind&iacute;gena americano. Desde la misma llegada de Col&oacute;n, al ind&iacute;gena se le hab&iacute;a visto simult&aacute;neamente como b&aacute;rbaro, pero tambi&eacute;n como habitante del para&iacute;so, algo muy cercano a guardi&aacute;n de la naturaleza (Ellingson, 2001); para muchos cronistas del siglo xvi, los ind&iacute;genas pose&iacute;an notables conocimientos sobre plantas medicinales. Los jesuitas Juan de Velasco (en Ecuador) y Francisco Javier Clavijero (en M&eacute;xico) incluyeron en su &quot;defensa&quot; de Am&eacute;rica un reconocimiento al conocimiento de la naturaleza que pose&iacute;an los ind&iacute;genas. Para Tadeo Lozano, los ind&iacute;genas hac&iacute;an parte de la naturaleza; y m&aacute;s tarde, para Anc&iacute;zar, selva e ind&iacute;gena no reducido se presentaban elogiosamente como un todo imposible de separar. Desde luego, cuando alcanzar la civilizaci&oacute;n implicaba, como propon&iacute;a Caldas, la destrucci&oacute;n de la selva, el ind&iacute;gena era poco m&aacute;s que un obst&aacute;culo. Era una parte de la naturaleza destinada, como ella, a ser domesticada. No obstante, incluso desde Mutis, y especialmente desde Florentino Vesga, se consideraba que los ind&iacute;genas ten&iacute;an poderosos conocimientos de la naturaleza que pod&iacute;an servir a la civilizaci&oacute;n (Langebaek, 2003). Cuando en la segunda mitad del siglo xx se afianz&oacute; la idea de un r&aacute;pido deterioro de la naturaleza, la &iacute;ntima relaci&oacute;n entre &eacute;sta y los pueblos nativos hizo de &eacute;ste un elemento m&aacute;s en la conservaci&oacute;n del mundo natural. Obviamente un antecedente m&aacute;s inmediato era el determinismo ecol&oacute;gico de los a&ntilde;os cuarenta y cincuenta el cual asum&iacute;a no s&oacute;lo que la estructura de las sociedades nativas depend&iacute;a del medio, sino que adem&aacute;s &eacute;ste no pod&iacute;a ser modificado por ellas.</p>     <p>Pero, adem&aacute;s, desde sus primeros trabajos, Reichel-Dolmatoff ya hab&iacute;a sentado las bases para el desarrollo de ese pensamiento. Desde un principio comparti&oacute; la idea de Rivet sobre que cada cultura hab&iacute;a aportado algo a la civilizaci&oacute;n y en particular que los aportes ind&iacute;genas hab&iacute;an sido menospreciados. En esto fue consecuente desde sus primeros trabajos hasta los &uacute;ltimos (Reichel-Dolmatoff, 1993). En el programa de 1964 de cursos del Departamento de Antropolog&iacute;a de la Universidad de los Andes, en ese entonces bajo su direcci&oacute;n, se le&iacute;a que el ingenio humano no era exclusivo de las grandes civilizaciones y que las sociedades por m&aacute;s primitivas que fueran hab&iacute;an acumulado experiencia y luchado por valores humanos para lograr una sociedad m&aacute;s arm&oacute;nica &quot;y una relaci&oacute;n m&aacute;s satisfactoria con las fuerzas que rigen el mundo&quot; (Doc. 5). En &quot;Cosmolog&iacute;a como an&aacute;lisis ecol&oacute;gico&quot; ya era claro lo que se ten&iacute;a que aprender de los ind&iacute;genas; en ese art&iacute;culo argument&oacute; que los ind&iacute;genas se hab&iacute;an anticipado a la ciencia en conceptos fundamentales que en su momento estaban en boga en los estudios ecol&oacute;gicos. Reichel-Dolmatoff aprovech&oacute; el texto para sostener que las aproximaciones que entend&iacute;an las relaciones entre sociedad y naturaleza en t&eacute;rminos de sistemas ten&iacute;an una buena posibilidad de ofrecer explicaciones satisfactorias. Pero tambi&eacute;n sostuvo que los ind&iacute;genas hab&iacute;an llegado a esa misma conclusi&oacute;n hace mucho tiempo. Reichel-Dolmatoff pudo encontrar un pensamiento sist&eacute;mico en la cosmolog&iacute;a ind&iacute;gena, gracias al entorno intelectual de la &eacute;poca o, por el contrario, encontrar aut&oacute;nomamente que el pensamiento sist&eacute;mico y la cosmolog&iacute;a nativa se basaban en principios similares de forma independiente.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En la d&eacute;cada de los setenta, las condiciones estaban dadas para que el planteamiento ecol&oacute;gico tuviera todas las posibilidades de ser bien recibido. Era la &eacute;poca de movimientos contra la guerra en Europa y Estados Unidos, por los derechos civiles, y contra los derrames de petr&oacute;leo, los pesticidas y las basuras t&oacute;xicas. Era tambi&eacute;n la &eacute;poca en la cual en Estados Unidos las comunidades ind&iacute;genas fueron caracterizadas como ecologistas y conservacionistas. Las d&eacute;cadas de los sesenta y setenta se han llamado con frecuencia de ecopesimismo. En 1968, Paul Elrich hab&iacute;a publicado <i>Population Bomb; </i>en 1970 se instaur&oacute; el D&iacute;a de la Tierra; en 1971 se fund&oacute; Greenpeace; y, en 1972, el Club de Roma dio a conocer su informe sobre los l&iacute;mites del crecimiento que daba gran importancia a las identidades culturales. La conquista de Am&eacute;rica misma, pas&oacute; de ser vista tan solo como un genocidio a verse tambi&eacute;n como un desastre ecol&oacute;gico (Crosby, 1973).</p>     <p>Desde luego, las propuestas de Reichel-Dolmatoff tambi&eacute;n fueron recibidas en Colombia con los brazos abiertos. Por un lado, los propios movimientos indigenistas profundizaban por entonces su discurso ecol&oacute;gico. De hecho, una estrecha &quot;relaci&oacute;n con la naturaleza&quot; -aunque no necesariamente de car&aacute;cter conservacionista- hab&iacute;a llegado a ser parte importante de la representaci&oacute;n del nativo, desde mucho antes. Basta mencionar a Tadeo Lozano a principios del siglo xix (Langebaek, 2003: 60). A finales del siglo xix, el general Uribe Uribe (1907) ya hab&iacute;a hablado del &quot;due&ntilde;o de los animales&quot; en la Amazonia y hab&iacute;a sugerido su rol para controlar la caza desmedida. Por otro lado, el debate generado en torno a la decadencia de la raza tuvo tambi&eacute;n una arista relacionada con la &quot;sabidur&iacute;a ambiental&quot;. En la d&eacute;cada de los cuarenta, algunos investigadores se hab&iacute;an cuestionado por las razones que pod&iacute;an explicar el &eacute;xito de la raza ind&iacute;gena en las condiciones adversas en que viv&iacute;a. A finales de los a&ntilde;os treinta, el discurso en Colombia de l&iacute;deres nativos como Manuel Quint&iacute;n Lame hab&iacute;a presentado la sociedad ind&iacute;gena como estrechamente vinculada con la naturaleza (Jaramillo, 1991). El l&iacute;der ind&iacute;gena sostuvo que las leyes naturales primaban sobre las religiosas y que el conocimiento sobre la naturaleza que ten&iacute;an los nativos deb&iacute;a traducirse en un dominio efectivo sobre tierras. La obra de Lame, muy anterior a la visi&oacute;n del ind&iacute;gena como ec&oacute;logo nativo por parte de los expertos, fue rica en met&aacute;foras relacionadas con la naturaleza; &eacute;l mismo -que se presentaba como &quot;hijo de la selva&quot;- hab&iacute;a sido educado en la naturaleza &quot;como educ&oacute; las aves el bosque solitario&quot;. La sabidur&iacute;a proven&iacute;a de la naturaleza, no de la escuela (Lame, 1987).</p>     <p>Durante la d&eacute;cada de los sesenta y los setenta, justo cuando Reichel-Dol-matoff  planteó la existencia del indígena ecológico, el debate sobre el medio ambiente  adquiría una dimensión nunca antes vista. Para la Ilustración, con Mutis, Caldas  y Lozano a la cabeza, el medio ambiente hostil debía domeñarse: la civilización  pasaba por destruir la naturaleza o al menos transformarla al servicio del  hombre. Medir la consecuencia de ello parecía exagerado: la población era escasa  (más importante aún, se percibía como insuficiente) (Langebaek, 2003); Medardo Rivas (1972) hab&iacute;a continuado exaltando las bondades de la conquista de la tierra caliente, aunque hab&iacute;a advertido ya por primera vez a fines del siglo xix sobre la indiscriminada destrucci&oacute;n del medio que su explotaci&oacute;n estaba implicando. Pero en la &eacute;poca en que Reichel-Dolmatoff hizo sus planteamientos, el tema del medio ambiente se convert&iacute;a en el eje de una reflexi&oacute;n pol&iacute;tica. Algunos pensadores del mundo industrializado hablaban de los l&iacute;mites del crecimiento, del peligro representado por el aumento inusitado de la poblaci&oacute;n en los pa&iacute;ses m&aacute;s pobres. En los pa&iacute;ses subdesarrollados se planteaba la necesidad de desarrollarse y se manifestaba la necesidad de hacerlo sin desbordar los l&iacute;mites que impon&iacute;a el equilibrio con la naturaleza. Precisamente en 1975, Julio Carrizosa (Vidart, 1976: 55 y 58) present&oacute; su informe <i>Pol&iacute;tica Ecol&oacute;gica del Gobierno Nacional, </i>en el cual comparaba la id&iacute;lica situaci&oacute;n ambiental descrita por los conquistadores espa&ntilde;oles y la tr&aacute;gica situaci&oacute;n de su momento. El mayor causante de la tragedia era el conflicto social: la explotaci&oacute;n de las grandes empresas agr&iacute;colas, el minifundio, la colonizaci&oacute;n incontrolada. El propio trabajo del antrop&oacute;logo y soci&oacute;logo Daniel Vidart (1976) desenmascaraba la agresi&oacute;n a un medio ambiente fr&aacute;gil, frecuentemente ocupado por sociedades ind&iacute;genas, particularmente en la Sierra Nevada de Santa Marta y en la Amazonia. Se present&oacute; entonces el caso de Industrias Purac&eacute; S. A., la cual explotaba azufre dentro de los linderos del resguardo p&aacute;ez.</p>     <p>Justo en la d&eacute;cada en que se escribieron &quot;Cosmolog&iacute;a como an&aacute;lisis ecol&oacute;gico&quot; y la monograf&iacute;a sobre San Agust&iacute;n se descubr&iacute;a para los arque&oacute;logos Ciudad Perdida en la Sierra Nevada de Santa Marta. El debate en torno al sitio mostrar&iacute;a el impacto de la obra de Reichel-Dolmatoff. Los arque&oacute;logos que hicieron las primeras investigaciones plantearon que los constructores de Ciudad Perdida hab&iacute;an manejado el medio ambiente sin tacha alguna (Herrera, 1985: 163). Pero, desde luego, esa era la conclusi&oacute;n definida de antemano en los medios. Para los periodistas, el hallazgo ratificaba la idea de la sabidur&iacute;a ambiental nativa. Germ&aacute;n Castro Caycedo describi&oacute; en un art&iacute;culo de <i>El Tiempo </i>del 27 de marzo de 1975 impresionantes obras &quot;realizadas con t&eacute;cnicas que podr&iacute;an ofrecer soluciones m&aacute;s efectivas que buena parte de las que hoy hacen en el pa&iacute;s ingenieros blancos&quot;. La enorme poblaci&oacute;n que habr&iacute;a vivido a la llegada de los espa&ntilde;oles en la regi&oacute;n -cerca de 150 mil ind&iacute;genas- &quot;gracias a sus grandes culturas, s&iacute; lograron conservar todo el sistema ecol&oacute;gico, sin destrozarlo&quot;. En marzo de 1979, Daniel Samper Pizano le dedic&oacute; tres columnas al tema. En la primera, que llev&oacute; el nombre de &quot;Aprender de los tairona&quot;, asegur&oacute; que &quot;los ind&iacute;genas consiguieron lo que no pudo la civilizaci&oacute;n: integrarse con la selva&quot;, y que sin duda sus antiguos habitantes hab&iacute;an conservado el bosque primario. Los taironas ni siquiera habr&iacute;an hecho claros en la selva; todo, absolutamente todo, cuanto les hab&iacute;a rodeado era &quot;selva primaria&quot;. Durante estos a&ntilde;os, el hallazgo tuvo resonancia internacional. Publicaciones como <i>Le Figar&oacute;, The New York Times </i>y <i>Die Stern </i>dieron cabida en sus p&aacute;ginas a la noticia del hallazgo de una civilizaci&oacute;n que hab&iacute;a vivido en armon&iacute;a con el medio. En <i>Le Figar&oacute;, </i>por ejemplo, un conocido reportero de guerra consider&oacute; que sin duda se trataba del hallazgo m&aacute;s notable de la arqueolog&iacute;a suramericana despu&eacute;s de Machu Pichu <i>(El Espectador, </i>febrero 12 de 1981). El 11 de abril de 1982, <i>El Espectador </i>public&oacute; de Eduardo Galeano un extracto de su libro pr&oacute;ximo <i>Memorias de Fuego, </i>que inclu&iacute;a una apolog&iacute;a a los tairona.</p>     <p>Pese a la amplia aceptaci&oacute;n del &quot;ind&iacute;gena ecol&oacute;gico&quot; hay que reconocer que no hay antecedentes de esa noci&oacute;n en su propia obra previa. Por el contrario, en su famoso art&iacute;culo &quot;Las bases agr&iacute;colas&quot;, Reichel-Dolmatoff (1961a) escribi&oacute; que los ind&iacute;genas prehisp&aacute;nicos ten&iacute;an pr&aacute;cticas culturales con poco sentido ambiental. Hab&iacute;an tenido riego en zonas de alta pluviosidad, o cultivado yuca donde habr&iacute;an debido sembrar ma&iacute;z. Y es que la visi&oacute;n ecol&oacute;gica de los ind&iacute;genas se apartaba de su propia propuesta sobre el desastre ecol&oacute;gico que los ind&iacute;genas hab&iacute;an causado en la cuenca del r&iacute;o Rancher&iacute;a. A principios de los cincuenta, Reichel-Dolmatoff y Alicia Duss&aacute;n (1951: 196) hab&iacute;an afirmado que &quot;El desarrollo de una alta cultura como la de los taironas, que se extendi&oacute; sobre toda la pir&aacute;mide de la Sierra Nevada y que se basaba en la agricultura intensiva de ma&iacute;z y yuca, debe haber tomado varios siglos y as&iacute; la despoblaci&oacute;n forestal y el problema de la erosi&oacute;n de las tierras deben ser fen&oacute;menos que se hicieron notar ya en &eacute;pocas anteriores a la Conquista&quot;.</p>     <p>Desde luego, Reichel-Dolmatoff no fue el &uacute;nico en preocuparse por el asunto ecol&oacute;gico. El propio trabajo de Betty Meggers (1971) en el Amazonas hab&iacute;a convertido a la arqueolog&iacute;a en un potencial aliado de los movimientos ambientales. Con el fin de interpretar la historia ind&iacute;gena en el Amazonas, Meggers argument&oacute; que las &aacute;reas alejadas de los r&iacute;os en el Amazonas no permit&iacute;an la agricultura intensiva y que los ind&iacute;genas que las hab&iacute;an ocupado antes de la llegada de los espa&ntilde;oles las hab&iacute;an explotado sabiamente, sin deteriorarlas. En las zonas aleda&ntilde;as a los r&iacute;os, las comunidades pudieron desarrollar cierta forma de complejidad social. Lejos de ello, s&oacute;lo se pod&iacute;an sustentar sociedades igualitarias. La &quot;lecci&oacute;n&quot; del pasado remoto parec&iacute;a pertinente en un momento en el cual se empezaba a tomar conciencia del peligro que amenazaba a la selva tropical y en el que los movimientos ecologistas en Europa y Estados Unidos estaban m&aacute;s que dispuestos a considerar a los ind&iacute;genas como guardianes naturales del medio.</p>     <p>El enfoque de Reichel-Dolmatoff, a diferencia del de Meggers, no se basaba en consideraciones ecol&oacute;gicas, sino ideol&oacute;gicas. Independientemente del medio, el ind&iacute;gena hab&iacute;a desarrollado cierta &quot;sabidur&iacute;a ambiental&quot;. El nuevo enfoque de Reichel-Dolmatoff lo hizo internacionalmente conocido (Furst y Furst,  1981), pero implic&oacute; en alguna medida un alejamiento de la arqueolog&iacute;a. El caso  es que como sus planteamientos tuvieron cada vez m&aacute;s relaci&oacute;n con su visi&oacute;n del  ind&iacute;gena ecol&oacute;gico y cada vez menos con los vestigios del pasado, su labor se  hizo menos sugerente para los arque&oacute;logos que trabajaban en campo excavando  basureros y viviendas, sitios donde rara vez encontraban adornos de oro que se  pudieran asociar a pr&aacute;cticas cham&aacute;nicas y, menos, pruebas de una supuesta  sabidur&iacute;a ambiental. En cambio, se hizo muy popular en los museos que conten&iacute;an  objetos que se pod&iacute;an asociar, con facilidad, al chamanismo; en esos lugares,  adem&aacute;s, el discurso ecol&oacute;gico brindaba una bienvenida contextualizaci&oacute;n de objetos que aparec&iacute;an &quot;mudos&quot; en sus colecciones y, a la vez, permit&iacute;a establecer una relaci&oacute;n entre un supuesto pasado prehisp&aacute;nico y las sociedades ind&iacute;genas del presente.</p>     <p><b>Consideraciones finales</b></p>     <p>Reichel-Dolmatoff determin&oacute; en buena parte el curso de la arqueolog&iacute;a a lo largo de la segunda mitad del siglo xx. Su obra se inici&oacute; dentro de las orientaciones de la etnolog&iacute;a liderada por Paul Rivet, pero luego la influencia de la obra norteamericana en arqueolog&iacute;a, y del estructuralismo franc&eacute;s en etnolog&iacute;a marcar&iacute;an de forma definitiva el car&aacute;cter de una obra compleja, rica y contradictoria. A lo largo de su carrera, sus planteamientos sirvieron de inspiraci&oacute;n para muchos de los arque&oacute;logos. Inicialmente sus propuestas evolucionistas influenciadas por Steward dieron pie a que muchos de ellos se esforzaran por complementar, ratificar o contradecir propuestas que por primera vez ofrec&iacute;an un esquema en el cual los hallazgos arqueol&oacute;gicos ten&iacute;an sentido en t&eacute;rminos de una secuencia cultural. M&aacute;s adelante su propuesta sobre el ecologismo nativo determin&oacute; la orientaci&oacute;n de buena parte del trabajo de sus colegas. Y, por &uacute;ltimo, su apropiaci&oacute;n de la etnolog&iacute;a como fuente de interpretaci&oacute;n de los hallazgos arqueol&oacute;gicos, tambi&eacute;n fue aceptada por un sinn&uacute;mero de antrop&oacute;logos y arque&oacute;logos que a&uacute;n se inspiran en esa propuesta y la forma como la llev&oacute; a cabo. En ninguna de sus ideas Reichel-Dolmatoff fue el primero. Ni siquiera se puede alegar que en cualquiera de los casos tuvo una influencia siempre positiva. Pero lo que s&iacute; se puede afirmar es que en cada caso fue el m&aacute;s sofisticado punto de referencia.</p>     <p>Por otra parte, es justo reconocer que cada nueva teor&iacute;a desarrollada por Reichel-Dolmatoff, incluyendo su noci&oacute;n de etapas de desarrollo cultural, la &quot;sabidur&iacute;a ecol&oacute;gica&quot;, o lo que vendr&iacute;a a llamar el m&eacute;todo etnohist&oacute;rico de <i>Orfebrer&iacute;a y Chamanismo, </i>no reemplaz&oacute; las anteriores, sino que se acomod&oacute; de la mejor manera posible. El caso de las migraciones y la difusi&oacute;n como explicaci&oacute;n de los cambios culturales es una muestra de ello. Pese a su inter&eacute;s por Steward y luego por la ecolog&iacute;a nativa, nunca abandon&oacute; ideas sobre migraciones y difusi&oacute;n. Tan pronto encontr&oacute; el sitio Formativo de Barlovento, una de las primeras cuestiones por resolver era la de sus relaciones con sitios de M&eacute;xico, Ecuador y el sur de Estados Unidos. La pol&eacute;mica con respecto a Valdivia se concentr&oacute; en la direcci&oacute;n que hab&iacute;a tomado la influencia de un sitio sobre otro. En Colombia, el autor sostuvo que los ind&iacute;genas de la Sierra Nevada de Santa Marta hab&iacute;an recibido fuertes influencias de M&eacute;xico y Centroam&eacute;rica. Exist&iacute;an paralelismos entre los ind&iacute;genas de la Sierra y los de esos lugares: el mito de m&uacute;ltiples creaciones del mundo, la concepci&oacute;n de un universo dividido en estratos y la observaci&oacute;n cuidadosa de los solsticios y equinoccios, entre otros. En su monograf&iacute;a sobre San Agust&iacute;n (Reichel-Dolmatoff, 1975), reconoci&oacute; que San Agust&iacute;n ten&iacute;a influencias mesoamericanas. M&aacute;s adelante (Reichel-Dolmatoff 1983) insisti&oacute; en que los tairona eran de origen centroamericano. Al final, en su &uacute;ltima s&iacute;ntesis de arqueolog&iacute;a colombiana, habl&oacute; de reconsiderar su hip&oacute;tesis de que la cultura de la Sierra Nevada de Santa Marta se originara en Costa Rica y que tuviese un importante componente mesoamericano; pero la propuesta no fue desechada del todo (Reichel-Dolmatoff, 1986: 198).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La capacidad de asimilar cada nueva teor&iacute;a fue el punto m&aacute;s pol&eacute;mico de su obra. A la vez que una muy productiva manera de interpretar de forma din&aacute;mica el pasado ind&iacute;gena, tambi&eacute;n gener&oacute; contradicciones y problemas. Al estar permanentemente al tanto de los desarrollos acad&eacute;micos en el mundo anglosaj&oacute;n y europeo, Reichel-Dolmatoff fue agregando consideraciones novedosas a las m&aacute;s tradicionales, pero sin revaluarlas o abandonarlas. Unas se sobrepusieron sobre otras, ayudando a forjar, m&aacute;s que una interpretaci&oacute;n sobre el pasado, una serie de aportes que nunca defendieron una manera de ver el pasado prehisp&aacute;nico o una forma de estudiarlo. M&aacute;s bien, contribuyeron a generar adiciones superpuestas, todas de buena calidad, en las que los arque&oacute;logos de hoy encuentran magn&iacute;ficas sugerencias, no obstante todas las cuales no pueden ser v&aacute;lidas al mismo tiempo.</p> <hr size=1>     <p><b>Referencias</b></p>     <!-- ref --><p><b>Angulo, Carlos </b>1962&nbsp;&quot;Evidence of the Barrancoid Series in North Colombia&quot;, en Curtis A. Wilgus (ed.), <i>The Caribbean: Contemporary Colombia, </i>pp. 55-66, Gainesville, University of Florida Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000075&pid=S1900-5407200500010000900001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1995 <i>Modos de vida en la prehistoria de la llanura atl&aacute;ntica de Colombia, </i>Barranquilla, Direcci&oacute;n de Investigaciones y Proyectos, Universidad del Norte.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000077&pid=S1900-5407200500010000900002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Ardila, Gerardo </b>1998 &quot;Pr&oacute;logo&quot; a <i>Colombia ind&iacute;gena </i>de Gerardo Reichel-Dolmatoff, pp. 7-13, Medell&iacute;n, Editorial Colina.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000079&pid=S1900-5407200500010000900003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>s.f.   &quot;Gerardo Reichel-Dolmatoff y la historia de las ciencias sociales en Colombia&quot;, en <i>Gerardo Reichel-Dolmatoff: antrop&oacute;logo de Colombia </i><i>1912-1994, </i>Bogot&aacute;, Museo del Oro, Banco de la Rep&uacute;blica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000081&pid=S1900-5407200500010000900004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p><b>C&aacute;rdenas, Felipe </b>1990 &quot;La arqueolog&iacute;a colombiana desde la etnolog&iacute;a&quot;, en <i>Doctorado honoris causa-Gerardo Reichel-Dolmatoff, </i>pp. 27-30, Bogot&aacute;, Universidad de los Andes.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000083&pid=S1900-5407200500010000900005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Coe, Michael y Kent Flannery </b>1963&nbsp;&quot;Cultural Development in Southwestern Mesoamerica&quot;, en B. J. Meggers y C. Evans (eds.), <i>Aboriginal Cultural Development in Latin America: An Interpretative Review, </i>pp. 27-43, Washington, Smithsonian Miscellaneous Collections, 1456 (1), Smithsonian Institution.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000085&pid=S1900-5407200500010000900006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Crosby, Alfred W. </b>1973 <i>The Columbian Exchange: Biological and Cultural Consequences of 1492, </i>Westport, Greenwood Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S1900-5407200500010000900007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Cubillos, Julio C&eacute;sar </b>1955 <i>Tumaco: notas arqueol&oacute;gicas, </i>Bogot&aacute;, Editorial Minerva.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S1900-5407200500010000900008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Damp, Jonathan </b>1988 <i>La primera ocupaci&oacute;n Valdivia de Real Alto. Patrones econ&oacute;micos, arquitect&oacute;nicos e ideol&oacute;gicos, </i>Quito, Corporaci&oacute;n Editora Nacional.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000091&pid=S1900-5407200500010000900009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p><b>Duque, Luis </b>1967 <i>Prehistoria. Tribus ind&iacute;genas y sitios arqueol&oacute;gicos, </i>Bogot&aacute;, Editorial Lerner.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000093&pid=S1900-5407200500010000900010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1970 <i>Los quimbaya. Rese&ntilde;a etnohist&oacute;rica y arqueol&oacute;gica, </i>Bogot&aacute;, Instituto Colombiano de Antropolog&iacute;a.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000095&pid=S1900-5407200500010000900011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Duss&aacute;n de Reichel-Dolmatoff, Alicia </b>1965 <i>Problemas y necesidades de la investigaci&oacute;n etnol&oacute;gica en Colombia, </i>Bogot&aacute;, Universidad de los Andes.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000097&pid=S1900-5407200500010000900012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1970 <i>Los Quimbayas. Rese&ntilde;a etnohist&oacute;rica y arqueol&oacute;gica, </i>Bogot&aacute;, Instituto Colombiano de Antropolog&iacute;a.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000099&pid=S1900-5407200500010000900013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Ekholm, Gordon y Clifford Evans </b>1962 <i>The Interrelationships of New World Cultures: A Coordinated Research Program of the Institute of Andean Research. </i>Akten des 34 International Amerikanisten Kongresses, Viena, Horn-Wien.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000101&pid=S1900-5407200500010000900014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p><b>Ellingson, Ter </b>2001 <i>The Myth of the Noble Savage, </i>Berkeley, University of California Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000103&pid=S1900-5407200500010000900015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Estrada, Emilio </b>1958 <i>Las culturas pre-cl&aacute;sicas, formativas o arcaicas del Ecuador, </i>Quito, Publicaci&oacute;n del Museo V&iacute;ctor Emilio Estrada.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000105&pid=S1900-5407200500010000900016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Ford, James </b>1969 <i>A Comparison of Formative Cultures in the Americas. Diffusion of the Physical Unity of Man, </i>Washington, Smithsonian Institution Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000107&pid=S1900-5407200500010000900017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Furst, Meter T. y Hill Leslei Furst </b>1981 &quot;Seeing Culture without Seams: The Ethnography of Gerardo Reichel-Dolmatoff&quot;, en <i>Latin American Research Review, </i>vol. 16, N&deg; 1, pp. 258-63.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000109&pid=S1900-5407200500010000900018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Gnecco, Crist&oacute;bal </b>1995 &quot;Praxis cient&iacute;fica en la periferia. Notas para una historia social de la arqueolog&iacute;a colombiana&quot;, en <i>Revista Espa&ntilde;ola de Antropolog&iacute;a Americana, </i>N&deg; 25, pp. 9-22.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000111&pid=S1900-5407200500010000900019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p><b>Haury, Emil y Julio C&eacute;sar Cubillos </b>1953 <i>Investigaciones arqueol&oacute;gicas en la Sabana de Bogot&aacute;, Colombia (cultura chibcha), </i>Tucson, University of Arizona.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000113&pid=S1900-5407200500010000900020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Hern&aacute;ndez de Alba, Gregorio </b>1938 <i>Colombia. Compendio arqueol&oacute;gico, </i>Bogot&aacute;, Editorial Cromos.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000115&pid=S1900-5407200500010000900021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1979 <i>La cultura arqueol&oacute;gica de San Agust&iacute;n, </i>Bogot&aacute;, Carlos Valencia Editores.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S1900-5407200500010000900022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Herrera, Luisa Fernanda </b>1985 <i>Agricultura aborigen y cambios de vegetaci&oacute;n en la Sierra Nevada de Santa Marta, </i>Bogot&aacute;, Fundaci&oacute;n de Investigaciones Arqueol&oacute;gicas Nacionales.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S1900-5407200500010000900023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Langebaek, Carl Henrik </b>2001 &quot;Resistencia ind&iacute;gena y transformaciones ideol&oacute;gicas entre los muiscas de los siglos xvi y xvii&quot;, en Felipe Casta&ntilde;eda y Matthias Vollet (eds.), <i>Concepciones de la conquista. Aproximaciones interdisciplinarias, </i>pp. 281-330, Bogot&aacute;, Universidad de los Andes.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S1900-5407200500010000900024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>2003 <i>Arqueolog&iacute;a colombiana: ciencia, pasado y exclusi&oacute;n, </i>Bogot&aacute;, Colciencias.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S1900-5407200500010000900025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>L&oacute;pez, Luis Horacio </b>2001 &quot;Gerardo Reichel-Dolmatoff: la tradici&oacute;n etnol&oacute;gica en Colombia y sus aportes&quot;, en <i>Bolet&iacute;n Cultural y Bibliogr&aacute;fico, </i>Vol. 38, N&deg; 57, pp. 3-42.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S1900-5407200500010000900026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Marcos, Jorge </b>1988 <i>Real Alto. La Historia de un centro ceremonial Valdivia. Primera parte. Quito, </i>Corporaci&oacute;n Editora Nacional-Espol.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S1900-5407200500010000900027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Meggers, Betty </b>1966 <i>Ecuador, </i>Londres, Thames and Hudson.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S1900-5407200500010000900028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1971 <i>Amazonia: Man and Culture in a Counterfeit Paradise, </i>Chicago, Aldine-Atherton.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S1900-5407200500010000900029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p><b>Meggers, Betty; Clifford Evans y Emilio Estrada </b>1965 <i>Early Formative Period of Coastal Ecuador: The Valdivia and Machalilla Phases, </i>Washington, Smithsonian Institution Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S1900-5407200500010000900030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Meggers, Betty y Clifford Evans </b>1957 &quot;Archaeological Investigations at the Mouth of the Amazon&quot;, en <i>Bureau of American Ethnology Bulletin </i>N&deg; 167, Washington.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S1900-5407200500010000900031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Jaramillo, Mar&iacute;a Mercedes </b>1991 &quot;La ret&oacute;rica del discurso mesi&aacute;nico de Manuel Quint&iacute;n Lame&quot;, en <i>Texto y Contexto, </i>N&deg; 17, Universidad de los Andes, pp. 113-25.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S1900-5407200500010000900032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Jaul&iacute;n, Robert </b>1973 <i>La paz blanca: introducci&oacute;n al etnocidio, </i>Buenos Aires, Editorial Tiempo Contempor&aacute;neo.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S1900-5407200500010000900033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Lame, Quint&iacute;n </b>1987 <i>Los pensamientos del indio que se educ&oacute; dentro de las selvas colombianas, </i>Edici&oacute;n de Juan Friede, Bogot&aacute;,  ONIC.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S1900-5407200500010000900034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p><b>Oyuela, Augusto </b>1996 &quot;Obituary-Gerardo Reichel-Dolmatoff&quot;, en <i>American Antiquity </i>Vol. 61, N&deg; 81, pp. 52-6.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S1900-5407200500010000900035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Reichel-Dolmatoff, Gerardo </b>1944 &quot;Grupos sangu&iacute;neos entre los indios pijao del Tolima&quot;, en <i>Revista de Instituto Etnol&oacute;gico Nacional, </i>Vol. 1, N&deg; 2, pp. 437-506.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S1900-5407200500010000900036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1946 &quot;Toponimia del Tolima y Huila&quot;, en <i>Revista del Instituto Etnol&oacute;gico Nacional, </i>N&deg; 2, pp. 105-34.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S1900-5407200500010000900037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1953&nbsp;<i>Colombia. Per&iacute;odo Ind&iacute;gena, </i>M&eacute;xico, Instituto Panamericano de Geograf&iacute;a e Historia.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S1900-5407200500010000900038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1954&nbsp;&quot;A Preliminary Study of Space and Time Perspective in Northern Colombia&quot;, en <i>American Antiquity </i>Vol. 19, N&deg; 4, pp. 350-66.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S1900-5407200500010000900039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>1955&nbsp;<i>Conchales de la Costa Caribe de Colombia, </i>Anales del xxxi Congreso Internacional de Americanistas, N&deg; 2, pp. 619-26, Sao Paulo.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S1900-5407200500010000900040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Sao Paulo. </b>1957 &quot;Momil: A Formative Sequence from the Sin&uacute; Valley, Colombia&quot;, en <i>American Antiquity, </i>Vol. 22, N&deg; 39, pp. 226-34.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000155&pid=S1900-5407200500010000900041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1959 &quot;Rese&ntilde;a sobre <i>Die Amerikanischen Megalithkulturen&quot;, </i>en <i>Vorstudien zu einer Untersuchung, American Anthropologist, </i>Vol. 61, N&deg; 1, pp. 151 -2.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000157&pid=S1900-5407200500010000900042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1961a &quot;The Agricultural basis of the Sub-Andean Chiefdoms of Colombia&quot;, en <i>Antropologica, </i>Suplemento 2, pp. 83-100.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000159&pid=S1900-5407200500010000900043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1961b &quot;Anthropomorphic Figurines from Colombia, their Magic and Art&quot;, en S. K. Lothrop (ed.), <i>Essays in Pre-Columbian Art and Archaeology, </i>pp. 229 -41, Cambridge, Harvard University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000161&pid=S1900-5407200500010000900044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>1965a <i>Colombia, </i>Londres, Times and Hudson.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000163&pid=S1900-5407200500010000900045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1965b <i>Excavaciones arqueol&oacute;gicas en Puerto Hormiga (Departamento de Bol&iacute;var), </i>Bogot&aacute;, Universidad de los Andes.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000165&pid=S1900-5407200500010000900046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1971&nbsp;&quot;Early Pottery from Colombia&quot;, en <i>Archaeology, </i>Vol. 24, N&deg; 4, pp. 338-45.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000167&pid=S1900-5407200500010000900047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1972&nbsp;&quot;The Cultural Context of Early-Fiber Tempered Pottery in Northern Colombia&quot;, en R. P. Bullen y J. B. Stoltman (eds.), <i>Fiber-Tempered pottery in Southern United States and Northern Colombia: it&#39;s Origins, Context, and Significance, </i>pp. 1-5, Florida Anthropological Society Publications, Vol. 25, N&deg; 2, Miami.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000169&pid=S1900-5407200500010000900048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1975 <i>San Agust&iacute;n. A Culture of Colombia, </i>London, Thames and Hudson.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000171&pid=S1900-5407200500010000900049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>1977 &quot;Cosmolog&iacute;a como an&aacute;lisis ecol&oacute;gico: una perspectiva desde la selva pluvial&quot;, en Gerardo Reichel-Dolmatoff y Alicia Duss&aacute;n de Reichel, <i>Estudios Antropol&oacute;gicos, </i>pp. 355-74. Bogot&aacute;, Colcultura.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000173&pid=S1900-5407200500010000900050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1983 &quot;Colombia ind&iacute;gena-per&iacute;odo prehisp&aacute;nico&quot;, en <i>Manual de Historia de Colombia, </i>1, pp. 33-224, Bogot&aacute;, C&iacute;rculo de Lectores.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000175&pid=S1900-5407200500010000900051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1985&nbsp;<i>Mons&uacute;: un sitio arqueol&oacute;gico, </i>Bogot&aacute;, Biblioteca del Banco Popular.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000177&pid=S1900-5407200500010000900052&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1986&nbsp;<i>Arqueolog&iacute;a de Colombia. Un texto introductorio, </i>Bogot&aacute;, Segunda Expedici&oacute;n Bot&aacute;nica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000179&pid=S1900-5407200500010000900053&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1988 <i>Orfebrer&iacute;a y chamanismo. Un estudio iconogr&aacute;fico del Museo del Oro, </i>Medell&iacute;n, Editorial Colina.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000181&pid=S1900-5407200500010000900054&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>1993 <i>Indios de Colombia. Momentos vividos, mundos concebidos, </i>Bogot&aacute;, Villegas Editores.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000183&pid=S1900-5407200500010000900055&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Reichel-Dolmatoff, Gerardo y Alicia Duss&aacute;n de Reichel-Dolmatoff </b>1943&nbsp;&quot;Apuntes arqueol&oacute;gicos de Soacha&quot;, en <i>Revista del Instituto Etnol&oacute;gico Nacional, </i>Vol. 1, N&deg; 1-2, pp. 15-25.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000185&pid=S1900-5407200500010000900056&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1944&nbsp;&quot;Las urnas funerarias en la cuenca del r&iacute;o Magdalena&quot;, en <i>Revista del Instituto Etnol&oacute;gico Nacional, </i>Vol. 1, N&deg; 1-2, pp. 209-260.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000187&pid=S1900-5407200500010000900057&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1951 &quot;Investigaciones arqueol&oacute;gicas en el Depto. del Magdalena, Colombia 1946-1950&quot;, partes i y ii, en<i> Bolet&iacute;n de Arqueolog&iacute;a, </i>N&deg; 3, pp. 1-6.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000189&pid=S1900-5407200500010000900058&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Rivas, Medardo </b>1972 <i>Los trabajadores de tierra caliente, </i>Bogot&aacute;, Biblioteca Banco Popular.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000191&pid=S1900-5407200500010000900059&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p><b>Rouse, Irving y Jos&eacute; Mar&iacute;a Cruxent </b>1963 <i>Venezuelan Archaeology, </i>New Haven, Yale University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000193&pid=S1900-5407200500010000900060&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Rowe, John </b>1956 &quot;Difussionism and Archaeology&quot;, en <i>American Antiquity, </i>Vol. 31, N&deg; 3, pp. 334-7.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000195&pid=S1900-5407200500010000900061&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Silva Celis, Eli&eacute;cer </b>1963 &quot;Movimiento de la civilizaci&oacute;n agustiniana por el Alto Amazonas&quot;, en <i>Revista Colombiana de Antropolog&iacute;a, </i>N&deg; 12, pp. 389-401.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000197&pid=S1900-5407200500010000900062&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Spinden, H. J </b>1917 &quot;The Origin and Distribution of Agriculture in America&quot;, en Anales del xix Congreso Internacional de Americanistas, pp. 269-76, Washington D. C.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000199&pid=S1900-5407200500010000900063&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Steward, Julian </b>1947 &quot;American Cultural History in the Light of South America&quot;, en <i>Southwestern Journal of Anthropology, </i>Vol. 3, N&deg; 2, pp. 85-107.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000201&pid=S1900-5407200500010000900064&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>1955 <i>Theory of Culture Change, </i>Urbana, University of Illinois Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000203&pid=S1900-5407200500010000900065&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Uribe, Carlos Alberto </b>1986 &quot;La antropolog&iacute;a de Gerardo Reichel-Dolmatoff: Una perspectiva desde la Sierra Nevada de Santa Marta&quot;, en <i>Revista de Antropolog&iacute;a, </i>Vol. 2, N&deg; 1-2, pp. 5-26.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000205&pid=S1900-5407200500010000900066&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1990 &quot;Im&aacute;genes en claro-oscuro&quot;, en <i>Doctorado honoris causa-Gerardo Reichel-Dolmatoff, </i>pp. 31-7. Bogot&aacute;, Universidad de los Andes.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000207&pid=S1900-5407200500010000900067&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>Uribe Uribe, Rafael </b>1907 <i>Reducci&oacute;n de salvajes, </i>C&uacute;cuta, Imprenta de <i>El Trabajo.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000209&pid=S1900-5407200500010000900068&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></i></p>     <!-- ref --><p><b>Vidart, Daniel </b>1976 <i>Colombia: ecolog&iacute;a y sociedad, </i>Bogot&aacute;, Cinep, 1976, pp. 56-161; para el informe de Julio Carrizosa,<i> Pol&iacute;tica ecol&oacute;gica del Gobierno Nacional, </i>pp. 55-58.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000211&pid=S1900-5407200500010000900069&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p><b>Willey, Gordon </b>1945 &quot;Horizons Styles and Pottery Traditions in Peruvian Archaeology&quot;, en <i>American Antiquity </i>N&deg; 11, pp. 49-56.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000213&pid=S1900-5407200500010000900070&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>1971 <i>Introduction to American Archaeology, Vol 2: </i><i>South America, </i>Englewood Clifs, Prentice-Hall.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000215&pid=S1900-5407200500010000900071&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <p><b>Documentos del Archivo Institucional de la Universidad de los Andes</b></p>     <!-- ref --><p>Doc 1. Informe de gesti&oacute;n sobre 1967-2 de marzo de 1968 (bolsa 22-rollo 8).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000218&pid=S1900-5407200500010000900072&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Doc 2. Resultados del &quot;Seminario Interno&quot;, 16 de julio de 1964.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000220&pid=S1900-5407200500010000900073&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Doc 3. Carta de renuncia del 12 de noviembre de 1968.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000222&pid=S1900-5407200500010000900074&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Doc 4. Carta de renuncia de Jos&eacute; de Recasens, 19 de noviembre de 1968.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000224&pid=S1900-5407200500010000900075&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Doc. 5. Universidad de los Andes, cursos de antropolog&iacute;a.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000226&pid=S1900-5407200500010000900076&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p> </font>      ]]></body><back>
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