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</front><body><![CDATA[   <font face="verdana" size="2">      <p >    <p align="center" ><font face="verdana" size="4"><b> CINEMA TRANSCULTURAL</b></font><sup><a name="s*" href="#*">*</a></sup></p>       <p > David MacDougall    <br> Traducci&oacute;n de Juan Manuel Espinosa</p> <hr size="1">     <p > Transcultural: que trasciende las limitaciones de las culturas. Transcultural:  que cruza los lindes de las culturas<sup><a name="s1" href="#1">1</a></sup>.</p>      <p > Desde un principio, la cualidad m&aacute;s notable y m&aacute;s mencionada de la fotograf&iacute;a ha  sido su capacidad de registrar detalles particulares. Fue con esto que triunf&oacute;  por encima de la pintura y del dibujo, al producir daguerrotipos donde cada  cabello estaba en su lugar, fotos para archivos policiales, visiones panor&aacute;micas  de la superficie lunar y documentos sobre personas ex&oacute;ticas y remotas. Al nacer  el cine unos sesenta a&ntilde;os m&aacute;s tarde, lo que las personas encontraron m&aacute;s  fascinante fue de nuevo aquella capacidad de captar lo visible con inagotable  detalle.</p>      <p > Algo menos mencionado, pero que subyace a la especificidad de la fotograf&iacute;a, es  una segunda cualidad igual de importante. El registro del detalle &uacute;nico depende  de su opuesto: la capacidad de la fotograf&iacute;a para convertir los rasgos comunes y  corrientes del mundo en formas inmediatamente reconocibles. Sin esto, casi todas  las fotograf&iacute;as ser&iacute;an confusas o ininteligibles. Tanto en fotos como en  pel&iacute;culas, incluso la extra&ntilde;eza del sujeto m&aacute;s ex&oacute;tico tiene su contrapeso en  una sensaci&oacute;n de familiaridad. Mientras que los recuentos escritos siempre se  han esforzado por esculpir descripciones precisas a partir de un repertorio  general de palabras, la fotograf&iacute;a introdujo un modo de descripci&oacute;n donde lo  particular parece encabalgarse sin esfuerzo alguno sobre lo general.</p>      <p > Este atributo de la fotograf&iacute;a produjo en aquel entonces una complicaci&oacute;n para  las nacientes ciencias humanas, las cuales dedicaban cada vez m&aacute;s esfuerzos en  identificar las diferencias entre una y otra sociedad. Es una complicaci&oacute;n que  aun hoy se deben esforzar en aceptar. Las fotograf&iacute;as y las pel&iacute;culas, al  reiterar lo familiar y lo reconocible, constantemente trascienden y reencuadran  su propia especificidad. A lo largo de la historia del cine etnogr&aacute;fico, este  subrayar de las continuidades visibles de la vida humana ha desafiado las  nociones preponderantes que la antropolog&iacute;a tiene sobre la cultura y sobre la  diferencia cultural, y en cierto sentido se ha opuesto a ellas. El cine  etnogr&aacute;fico ha sido com&uacute;nmente entendido como transcultural, en el sentido  familiar de que cruza lindes culturales –de hecho, el t&eacute;rmino mismo insin&uacute;a una  conciencia y una mediaci&oacute;n de lo no familiar–, pero tambi&eacute;n es transcultural en  su otro sentido: que desaf&iacute;a las limitaciones. Nos recuerda que la diferencia  cultural es como mucho un concepto fr&aacute;gil, a menudo deshecho por percepciones  producto de afinidades repentinas entre nosotros y aquellos que aparentemente  son tan distintos a nosotros.</p>     <p ><b> REPRESENTACI&Oacute;N Y DIFERENCIA</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Las fotos y las palabras se dirigen a nosotros tanto en un nivel general como  particular, pero lo hacen de maneras distintas. Esta diferencia tiene  implicaciones importantes para la representaci&oacute;n etnogr&aacute;fica, pues provee a las  pel&iacute;culas y a los escritos de cualidades contrastantes y, en ciertos casos,  contradictorias. La escritura es general con respecto a su uso de signos  extensamente aplicables &#40;el sistema de palabras&#41; y con respecto a su capacidad  para la expresi&oacute;n abstracta. La fotograf&iacute;a, en cambio, es general con respecto a  su representaci&oacute;n de las continuidades f&iacute;sicas del mundo. Si bien ambas son  capaces de hacer que otras sociedades aparezcan como muy diferentes a la propia,  cada una tambi&eacute;n tiene su manera de contrarrestar este potencial. Se ha dicho  que la escritura torna a la persona o a la costumbre que no vemos en algo m&aacute;s  extra&ntilde;o al aislarla de sus alrededores, d&aacute;ndole as&iacute; carta blanca a la  imaginaci&oacute;n del lector. Al mismo tiempo, las descripciones escritas  inevitablemente despojan incluso a los objetos m&aacute;s extra&ntilde;os de algunos de sus  detalles, d&aacute;ndoles una forma m&aacute;s gen&eacute;rica y culturalmente asimilable. Un &aacute;rbol  en la escritura sigue siendo miembro de la categor&iacute;a de los &aacute;rboles; una persona  es en primer lugar la idea de una persona, algo parecido a nosotros, y no tanto  un ensamblaje de rasgos ajenos<sup><a name="s2" href="#2">2</a>.</sup></p>     <p > Las descripciones escritas expresan lo que puede ser comprendido en sus propios  lenguajes, y, por lo tanto, est&aacute;n ciegas &#40;o son poco hospitalarias&#41; a las cosas  ajenas a ellas. Como lo se&ntilde;ala Stephen Tyler, esto supone &quot;un proceso de doble  ocultamiento, pues el texto etnogr&aacute;fico puede representar al otro como  diferencia s&oacute;lo en cuanto &eacute;l mismo se oculte, y puede revelarse a s&iacute; mismo s&oacute;lo  en cuanto oculte a lo otro&quot; &#40;Tyler, 1987: 102&#41;. Al presentar lo particular, la  escritura etnogr&aacute;fica desvanece o limita muchos detalles sensoriales que podr&iacute;an  impresionarnos o repelernos si hubi&eacute;ramos de confrontarlos directamente. En  cambio, las fotograf&iacute;as son asombrosamente particulares y no discriminan  detalles, pero constantemente reiteran las formas generales que contienen lo  particular. Estas formas incluyen los rasgos en com&uacute;n de ser humano que se toman  como dados de antemano y, por lo tanto, son usualmente dejados fuera de las  descripciones etnogr&aacute;ficas escritas, en parte, porque los intereses de los  escritores yacen en otro lugar, pero tambi&eacute;n con el fin de ser econ&oacute;micos.  Imaginen tener que escribir, cada vez que se menciona una persona, que camin&oacute; en  dos piernas, que ten&iacute;a una cabeza, una cara, dos brazos, en fin. No obstante,  cada imagen visual de una persona nos muestra esto expl&iacute;cita y redundantemente<sup><a name="s3" href="#3">3</a></sup>.</p>     <p > Estos atributos especiales de representaci&oacute;n importan en &uacute;ltima instancia, de  las maneras m&aacute;s obvias y, aun as&iacute;, por lo general, de las maneras menos  se&ntilde;aladas. Fotograf&iacute;as y escritura producen dos recuentos muy distintos de la  existencia humana, sin importar cu&aacute;nto se esfuercen cineastas y escritores por  describir las mismas cosas. La escritura se las arregla, por medio de la  insinuaci&oacute;n, para evocar los rasgos ordinarios y la subestructura de toda una  escena, y luego concentra su atenci&oacute;n en unos cuantos detalles cruciales. Esto  puede generar un &eacute;nfasis desproporcionado en los detalles y, por s&iacute; solos,  producir una presencia exacerbada, o una extra&ntilde;eza<sup><a name="s4" href="#4">4</a></sup>. En comparaci&oacute;n,  el recuento producto de pel&iacute;culas es al mismo tiempo m&aacute;s y menos extra&ntilde;o que el  de la escritura. Lo que se se&ntilde;ala y lo que se deja sin se&ntilde;alar forman una  continua copresentaci&oacute;n, incluso cuando los detalles son expresamente se&ntilde;alados  para indicar atenci&oacute;n. As&iacute;, por un lado, las fotograf&iacute;as nos hacen notar las  diferencias visibles entre grupos humanos al enfatizar las particularidades del  tipo de cuerpo, vestido, adornos personales y vivienda. &Eacute;stos son los rasgos  ex&oacute;ticos y a menudo atractivos de otras sociedades presentados por la  televisi&oacute;n, los folletos de turismo y las revistas populares &#40;ver Lutz y  Collins, 1993&#41;. La literatura popular tambi&eacute;n pone particular atenci&oacute;n a  productos y tecnolog&iacute;as locales distintivas, y a ceremonias en las cuales las  creencias son simbolizadas por medio de pr&aacute;cticas elaboradas y de objetos  rituales. Por otro lado, las pel&iacute;culas y las fotograf&iacute;as tambi&eacute;n transmiten  rasgos mucho menos diversos y m&aacute;s f&aacute;cilmente reconocibles de la apariencia y de  la sociabilidad humanas. Esto forma el otro polo de la literatura de viajes,  expresado estereot&iacute;picamente con fotos de rostros sonrientes y de escenas del  trabajo diario, as&iacute; como de t&iacute;picas relaciones familiares de afecto, cooperaci&oacute;n  e intercambio. La literatura de viajes, por lo tanto, logra combinar exotismo  junto con una reafirmaci&oacute;n reconfortante de lo familiar.</p>     <p > De estos dos polos de la literatura de viajes, la antropolog&iacute;a, al menos durante  este siglo, ha tendido a reforzar el primero de ellos. La extra&ntilde;eza del detalle  etnogr&aacute;fico ha sido acompa&ntilde;ada de una b&uacute;squeda de la alteridad, pues es  alrededor del polo de la diversidad humana que la antropolog&iacute;a se ha definido a  s&iacute; misma como disciplina. Los antrop&oacute;logos pueden refutar esto al argumentar que  la antropolog&iacute;a, de hecho, ha ido en contra del exotismo de la literatura de  viajes por medio de la demostraci&oacute;n de la racionalidad de otras sociedades, lo  com&uacute;n que son sus pr&aacute;cticas para ellas mismas, y, en general, al promover la  &eacute;tica p&uacute;blica del relativismo cultural. M&aacute;s a&uacute;n, una parte sustancial de la  antropolog&iacute;a se concentra en encontrar estructuras generales de la organizaci&oacute;n,  del comportamiento y del pensamiento humanos. Sin embargo, es la diferencia  cultural, y no tanto la continuidad, lo que est&aacute; inscrito en los m&aacute;s profundos  niveles de la indagaci&oacute;n antropol&oacute;gica. Como Nicholas Tomas ha observado, &quot;es  muy f&aacute;cil transformar un apropiado reconocimiento de la diferencia &#91;...&#93; en la  idea de que otras personas <i>tienen </i>que ser diferentes&quot; &#40;Tomas, 1991: 309&#41;.  Podr&iacute;a decirse que la pr&aacute;ctica de <i>escribir </i>antropolog&iacute;a ha desempe&ntilde;ado un  papel significativo en esta orientaci&oacute;n.</p>     <p > Los escritores etnogr&aacute;ficos no s&oacute;lo escogen no registrar muchas de las  continuidades transculturales que las im&aacute;genes ponen de relieve, sino que,  adem&aacute;s, no pueden hacerlo, puesto que estas continuidades aparecen como la base  sobre la cual se dibujan las figuras de la antropolog&iacute;a. Otras continuidades &#40;de  la biolog&iacute;a, de la psicolog&iacute;a&#41; son a menudo dejadas a un lado, pues pertenecen  m&aacute;s a la naturaleza que a la cultura. La escritura contribuye a esta tendencia  al favorecer cierto tipo de descripciones. Los entornos visuales y los  intercambios f&iacute;sicos de la vida son dif&iacute;ciles de describir, incluso para los  novelistas. En la antropolog&iacute;a, los escritores, por lo tanto, tienden a  favorecer la categorizaci&oacute;n, en vez de la descripci&oacute;n detallada de las  observaciones. De esta manera, lo visible y lo f&iacute;sico a menudo pasan de largo  por la red de la escritura antropol&oacute;gica y se convierten en algo atenuado, si no  invisible.</p>     <p > A medida que la antropolog&iacute;a ha cambiado a lo largo del siglo, la representaci&oacute;n  visual ha pasado de ser un desaf&iacute;o para ella, hasta convertirse en una  irritaci&oacute;n. El entusiasmo con el cual los primeros antrop&oacute;logos recibieron el  cinemat&oacute;grafo fue reemplazado por una frustraci&oacute;n por su dificultad t&eacute;cnica y  por una aversi&oacute;n a sus conexiones con el entretenimiento popular. Las im&aacute;genes  de la gente, sin importar cu&aacute;nto pudieran ellas revelar sobre la cultura  material, poco ayudaban a la comprensi&oacute;n de sus mundos conceptuales o de los  funcionamientos internos de sus sociedades. Adem&aacute;s, algo impl&iacute;cito en esta  aversi&oacute;n a las im&aacute;genes no era el hecho de que no revelaran nada, sino que no  revelaban lo necesario. La antropolog&iacute;a estaba preocupada por la diferenciaci&oacute;n  cultural, mientras que las im&aacute;genes revelaban un mundo de identidades m&aacute;s  moduladas y yuxtapuestas. Un inter&eacute;s en las cosas visuales ten&iacute;a, por lo tanto,  la capacidad de reajustar las perspectivas de la antropolog&iacute;a, pero s&oacute;lo a  cambio de crear una contracorriente, como la que W. J. T. Mitchell ha denominado  &quot;un momento de turbulencia en los bordes internos y externos&quot; de una disciplina  &#40;Mitchell, 1995: 542&#41;. La antropolog&iacute;a visual ha contribuido a dicha  contracorriente. Ya est&aacute; influyendo en la manera en que los antrop&oacute;logos  conciben las fronteras culturales en el mundo moderno, incluida la frontera m&aacute;s  persistente, la que se encuentra entre &quot;nosotros&quot; y &quot;ellos&quot;.</p>      <p ><b> LA PERSONA COMO FEN&Oacute;MENO</b></p>      <p > Cuando cr&iacute;ticos estructuralistas y postestructuralistas discuten obras escritas  o f&iacute;lmicas tienden a reducir ambas al estatus neutro del &quot;texto&quot;. Las palabras  pierden su mordacidad, su pasi&oacute;n y su encanto. Las pel&iacute;culas son tan s&oacute;lo otro  &quot;discurso&quot;. Cuando los antrop&oacute;logos rese&ntilde;an pel&iacute;culas etnogr&aacute;ficas, las tratan  como variantes visuales de escritura antropol&oacute;gica, las cuales, si bien han sido  elaboradas en otro medio, est&aacute;n sujetas al mismo tipo de &quot;lecturas&quot;. Esta  perspectiva asume que hay puntos en com&uacute;n &#40;y resultados en com&uacute;n&#41; para toda  indagaci&oacute;n etnogr&aacute;fica –en esencia–, una perspectiva no preocupada por las  diferentes maneras de acometer tal empresa. La atenci&oacute;n, por lo tanto, recae en  las cuestiones formales, filos&oacute;ficas, y a veces en las cuestiones pol&iacute;ticas.  &iquest;C&oacute;mo est&aacute;n estructuradas las pel&iacute;culas en comparaci&oacute;n con las etnograf&iacute;as  escritas&#63; &iquest;Qu&eacute; metodolog&iacute;as emplean&#63; &iquest;A los intereses de qui&eacute;n atienden&#63; Las  pel&iacute;culas pueden incluso ser consideradas como propuestas de nuevos modelos para  la escritura etnogr&aacute;fica, como respecto a su autorreflexividad o a su uso del  montaje &#40;ver Marcus, 1990&#41;. Sin embargo, en casi ninguna de estas discusiones se  menciona la singular diferencia verdaderamente radical entre escritura y cine:  qu&eacute; tan distintos son los dos <i>en cuanto a objetos</i>, y en cuanto a lo que  contienen.</p>      <p > Aqu&iacute; los cr&iacute;ticos no est&aacute;n siendo evasivos. Sencillamente, es muy dif&iacute;cil que  tal comprensi&oacute;n surja desde lo abstracto, una vez que la distinci&oacute;n entre  escritura y cine ha sido reducida a algo irrelevante, y cuando ya se ha  demostrado que uno puede realizar las mismas operaciones cr&iacute;ticas en cada uno de  ellos. La aparente obviedad de la distinci&oacute;n entre los &quot;textos&quot; verbales y  visuales tiene el poder de bloquear, subsumir o hacer parecer insignificantes  otras consideraciones de diferencia. El hecho de ver pel&iacute;culas o fotograf&iacute;as  tampoco remueve necesariamente estas anteojeras, pues nos hemos habituado a  considerar las im&aacute;genes visuales como informaci&oacute;n, o mejor, como <i> demostraciones de s&iacute; mismas</i>. Armados con el entendimiento de que las  im&aacute;genes siempre son &quot;acerca&quot; de algo, podemos mirar casi cualquier imagen con  impunidad. La reacci&oacute;n &#40;o la ausencia de ella&#41; descrita por las agencias de  socorro internacional como &quot;fatiga de la compasi&oacute;n&quot; es en verdad una fatiga de  clasificaci&oacute;n: las im&aacute;genes de las madres e hijos con hambre son de inmediato  reclasificadas por sus espectadores como ejemplos del <i>problema </i>de la  hambruna.</p>     <p > Tratar las im&aacute;genes simplemente como otra forma de discurso lleva a una  subsiguiente desconsideraci&oacute;n de su contingencia hist&oacute;rica. Una fotograf&iacute;a deja  de mostrarnos a alguien o algo en particular: en cambio, anuncia un tema o  plantea una cuesti&oacute;n. Eventualmente, esto es reflejado en qu&eacute; im&aacute;genes se  elaboran. Como se&ntilde;ala Roland Barthes acerca de la mayor&iacute;a de fotograf&iacute;as que  buscan el esc&aacute;ndalo, &quot;en cada caso somos despojados de nuestro juicio, alguien  m&aacute;s se ha estremecido por nosotros, reflexionado por nosotros, juzgado por  nosotros; el fot&oacute;grafo nos ha dejado sin nada, con la excepci&oacute;n tal vez de un  simple consentimiento intelectual&quot; &#40;Barthes, 1979: 71&#41;. Dai Vaughan hace notar  que los ejecutivos de la televisi&oacute;n brit&aacute;nica han comenzado a considerar el  documental de una manera similar. En sus instrucciones a los directores,  &quot;parecen estar diciendo que lo necesario es una &#39;impresi&oacute;n&#39; de un &#39;tipo&#39; de  evento, y no tanto el registro de un evento en espec&iacute;fico&quot; &#40;Vaughan, 1985: 707&#41;.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p > Tal vez algo m&aacute;s preocupante es la renuencia de muchos escritores a aceptar el  singular registro expresivo con el cual las im&aacute;genes se dirigen a nosotros. Una  fotograf&iacute;a, al igual que un p&aacute;rrafo, puede ser un objeto en una p&aacute;gina, pero a  cada uno lo estudiamos de maneras muy distintas. Una fotograf&iacute;a siempre contiene  m&aacute;s que sus significados, y menos que ellos. Dos retratos pueden categorizarse  como fotos de mi padre, pero ninguno tiene el significado de &quot;padre&quot;. Esto tiene  consecuencias importantes, incluso en el nivel de la informaci&oacute;n. Una pel&iacute;cula o  una fotograf&iacute;a pueden contarnos mucho acerca de c&oacute;mo se ve una persona, pero no  su nombre, y, no obstante, &eacute;ste es uno de los logros m&aacute;s f&aacute;ciles de una  descripci&oacute;n escrita. La diferencia entre un film y un texto escrito es, en  &uacute;ltima instancia, mucho m&aacute;s grande que entre una fotograf&iacute;a y una placa de rayos  X, o entre un libro cient&iacute;fico y un poema, o incluso entre una forma familiar de  biolog&iacute;a y alguna que encontremos en alg&uacute;n planeta distante. Es de otro orden,  mucho m&aacute;s cercano a la diferencia entre la pipa de Magritte y su dibujo, o a mi  mano que tengo enfrente y a la imagen que tengo de ella en mi memoria.</p>     <p > Estas distinciones de percepci&oacute;n y de pensamiento afectan la manera en que  distinguimos un grupo humano del otro y de nosotros mismos. Si la escritura  dirige nuestra atenci&oacute;n a ciertos aspectos de la vida humana y las im&aacute;genes  visuales a otros, las maneras en que demarcamos las diferencias culturales son  puestas en duda, incluso, la noci&oacute;n misma de diferencia cultural. &iquest;En qu&eacute;  fundamentos, o en qu&eacute; detalles en particular, podemos basarnos para definir los  grupos humanos como culturalmente &quot;otros&quot; &#40;para usar ese tan abusado t&eacute;rmino&#41;&#63;  &iquest;Acaso ciertas personas en cualquier grupo no tienen m&aacute;s en com&uacute;n con sus  vecinos, quienes hablan una lengua distinta, que con sus propios parientes&#63; En  vez de ser una sola caracter&iacute;stica, &iquest;no es acaso la otredad una lista de  variables que est&aacute; siempre alerta a unas diferencias y no a otras&#63; Si es as&iacute;,  &iquest;qu&eacute; juicios traen estas categor&iacute;as consigo&#63;</p>     <p > Esta cuesti&oacute;n puede ponerse en t&eacute;rminos de qu&eacute; partes del espectro humano  registran con mayor fuerza nuestras diversas representaciones. Si, por ejemplo,  hubi&eacute;ramos de equiparar la apariencia f&iacute;sica y la organizaci&oacute;n social con  diferentes tipos de ondas electromagn&eacute;ticas, y hubi&eacute;ramos de poner radios en  manos de ciertos investigadores y c&aacute;maras en manos de otros, &iquest;qu&eacute; &quot;ver&iacute;a&quot; cada  uno de ellos&#63; La analog&iacute;a es imperfecta porque los sistemas representacionales  no son equipos de medici&oacute;n; sin embargo, est&aacute;n predispuestos a ciertos tipos de  contenido y tienen una profunda influencia en las decisiones de sus usuarios.</p>     <p > Al discutir las contradicciones impl&iacute;citas en las categor&iacute;as antropol&oacute;gicas,  Richard Shweder cita la respuesta de Nelson Goodman a la idea de tomar una foto  &quot;fiel&quot; de todo. &quot;Este mandamiento simpl&oacute;n me desconcierta, pues el objeto frente  a m&iacute; es un hombre, un enjambre de &aacute;tomos, un complejo de c&eacute;lulas, un violinista,  un amigo, un tonto, y mucho m&aacute;s&quot; &#40;Goodman, 1968; Shweder, 1984a&#41;. Aqu&iacute; vemos,  por supuesto, s&oacute;lo la perspectiva humana: el trazado del mapa sensorial del  mundo hecho por un perro ser&iacute;a muy distinto. Sin importar estas dificultades,  los antrop&oacute;logos generalmente han asumido que las fotos habr&iacute;an de apoyar y de  extender sus hallazgos. &iquest;Pero no es acaso m&aacute;s probable que al construir un  objeto distinto, las fotos los contradigan&#63;</p>     <p > &iquest;C&oacute;mo hemos de describir la diferencia entre las palabras &quot;Un jefe piel de  leopardo&quot;, el pie de una fotograf&iacute;a en <i>Te Nuer </i>de Evans-Pritchard, y la  fotograf&iacute;a que lo acompa&ntilde;a, atribuida a F. D. Corfield&#63;<sup><a name="s5" href="#5">5</a></sup> &#40;ver la  <a href="#f1">figura 1</a>&#41;. &iquest;O el pie de foto &quot;Joven &#40;Gaajok oriental&#41; amarrando collar de pelo  de jirafa a un compa&ntilde;ero&quot; con su fotograf&iacute;a&#63;<sup><a name="s6" href="#6">6</a></sup> &#40;ver la <a href="#f2">figura 2</a>&#41;.  Cada una podr&iacute;a ser la semilla de un trabajo m&aacute;s grande: la leyenda de la  fotograf&iacute;a podr&iacute;a desarrollarse en un libro, la fotograf&iacute;a, en una pel&iacute;cula. El  pie de foto nos presenta el c&oacute;digo escrito de algo que uno podr&iacute;a afirmar, una  definici&oacute;n ostensiva &#40;o demostrativa&#41; del tipo: &quot;&Eacute;ste es un joven <i>nuer</i>&quot;.</p>      <p align=center><a name=f1><img src="img/revistas/antpo/n9/9a03f1.jpg"></a></p>       <p > La fotograf&iacute;a, algunos podr&iacute;an afirmar, es tan s&oacute;lo un tipo diferente de c&oacute;digo  para una declaraci&oacute;n similar; en vez de ser unas cuantas letras impresas, ser&iacute;a  unas cuantas tonalidades de grises. Seg&uacute;n este punto de vista, la fotograf&iacute;a &#40;si  bien es una representaci&oacute;n ic&oacute;nica&#41; es, al igual que una declaraci&oacute;n escrita,  una construcci&oacute;n social y cultural. Despu&eacute;s de todo, nos presenta una imagen  que, comparada con las normas de la visi&oacute;n humana, est&aacute; reducida, aplanada, en  blanco y negro; es el producto de un dise&ntilde;o particular de lentes y de una  perspectiva albertina, encuadrada por medio de convenciones est&eacute;ticas &#40;por  ejemplo, &quot;el retrato&quot;&#41;, por medio de relaciones de poder &#40;&quot;apropiaci&oacute;n,&quot;  &quot;colonialismo,&quot; &quot;vigilancia,&quot; &quot;la mirada masculina&quot;&#41;, por medio de la ideolog&iacute;a  &#40;ciencia occidental, humanismo liberal&#41;, etc&eacute;tera.</p>      <p align=center><a name=f2><img src="img/revistas/antpo/n9/9a03f2.jpg"></a></p>      <p > Pero si catalogamos de esta manera lo que la fotograf&iacute;a comparte con la  escritura, estamos a su vez enmascarando las importantes diferencias que hay  entre ellas. Probablemente en el nivel m&aacute;s simple de todos, el pie de foto  escrito nos presenta una categor&iacute;a de persona &#40;a la cual se le ha fijado la  categor&iacute;a &quot;Nuer&quot;&#41;, mientras que la fotograf&iacute;a nos presenta ante todo el fen&oacute;meno  de un hombre. En ambas fotograf&iacute;as el hombre le sonr&iacute;e holgadamente a alguien o  a algo afuera del marco de la foto, sugiriendo as&iacute; su propia experiencia en  aquel momento. No hay nada que nos diga que &eacute;ste es un hombre nuer, al menos que  seamos capaces de reconocer los signos distintivos de la cicatrizaci&oacute;n facial  nuer &#40;<i>gar</i>&#41; o deducir la informaci&oacute;n cultural menos espec&iacute;fica, como el  trabajo de los abalorios en la cabeza, el peinado, los brazaletes, la piel de  leopardo, el tipo de lanza, etc. Una fotograf&iacute;a menos detallada, como la placa  XVII &#40;&quot;Ni&ntilde;o recogiendo excremento para combustible &#91;<i>lou</i>&#93;&quot;&#41;, podr&iacute;a haber  sido tomada en cualquier lugar del &Aacute;frica subsahariana, y, sin embargo, no deja  de ser particular, en cuanto sustrae a este ni&ntilde;o del resto de la Historia &#40;ver  la <a href="#f3">figura 3</a>&#41;. El ni&ntilde;o mismo nos da la espalda y parece afirmar algo as&iacute; como  &quot;ni&ntilde;o&quot; o &quot;ni&ntilde;o africano&quot;. La fotograf&iacute;a no me dice que el ni&ntilde;o es nuer, mucho  menos que es lou. No hay vestido ni cicatrices a la vista. El empajado del techo  es lo &uacute;nico que nos proporciona una verdadera clave. &iquest;Por qu&eacute; incluye  Evans-Pritchard esta foto&#63; La placa XIII provee una foto igualmente poco  reveladora de una ni&ntilde;a desnuda en un jard&iacute;n de mijo. En ella uno podr&iacute;a adivinar  que la ni&ntilde;a no es ni <i>turkana </i>ni <i>jie</i>, pues su fisionom&iacute;a no es la  correcta, la ausencia de vestido es poco com&uacute;n; pero al alejarme de mi &aacute;rea de  conocimiento, estos juicios se hacen cada vez menos precisos. Podr&iacute;a ser una  ni&ntilde;a <i>acholi</i>, o <i>teso</i>, o <i>dinka</i>. &iquest;A qui&eacute;n y en qu&eacute; contexto le  importar&iacute;an estas categor&iacute;as&#63;</p>      <p > Para muchas personas estas preguntas palidecen al lado de la presencia de la  fotograf&iacute;a de esta persona: esta persona que nos encara desde un tiempo y un  lugar remotos. Podr&iacute;amos decir, de hecho, que el contenido de una fotograf&iacute;a es  abrumantemente f&iacute;sico y psicol&oacute;gico, antes que cultural. Por ello trasciende la  &quot;cultura&quot; de una manera que la mayor&iacute;a de descripciones etnogr&aacute;ficas no pueden  hacerlo, no s&oacute;lo al subordinar diferencias culturales a contenidos m&aacute;s visibles  &#40;incluido otro tipo de diferencias como las f&iacute;sicas&#41;, sino tambi&eacute;n al recalcar  los rasgos en com&uacute;n que atraviesan los lindes culturales. En contraste con la  escritura etnogr&aacute;fica, esta transculturalidad es un rasgo dominante en el cine y  la fotograf&iacute;a etnogr&aacute;fcos<sup><a name="s7" href="#7">7</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p > Se podr&iacute;a arg&uuml;ir que a menudo tambi&eacute;n tendemos a <i>ver </i>transculturalmente,  y si es as&iacute;, probablemente ser&aacute; por razones muy parecidas a las que he esbozado  para las fotograf&iacute;as, pues no hay cualidades <i>inherentemente </i> transculturales en las im&aacute;genes en cuanto im&aacute;genes. Lo que s&iacute; hay, en cambio,  son convenciones para producir tales im&aacute;genes &#40;como en el omnipresente  &quot;close-up&quot;, y en la acci&oacute;n misma de &quot;encuadrar&quot;&#41;, en nuestras respuestas  aprendidas en el momento de observarlas y en las diferencias circunstanciales  entre el mirar de todos los d&iacute;as y el observar im&aacute;genes previamente hechas, las  cuales tienden a concentrar los efectos transculturales de fotograf&iacute;as y  pel&iacute;culas. Estas convenciones no s&oacute;lo tienen que ver con las condiciones  particulares que rodean los dos tipos de mirada, sino tambi&eacute;n con las  diferencias f&iacute;sicas entre los procesos fotogr&aacute;ficos y la fisiolog&iacute;a de la visi&oacute;n  humana<sup><a name="s8" href="#8">8</a></sup>.</p>      <p align=center><a name=f3><img src="img/revistas/antpo/n9/9a03f3.jpg"></a></p>      <p ><b> LO INVISIBLE EN ANTROPOLOG&Iacute;A</b></p>      <p > Es claro que la evidencia cultural no est&aacute; ausente en las representaciones  visuales, ni tampoco lo est&aacute; la evocaci&oacute;n de la presencia f&iacute;sica en la  etnograf&iacute;a escrita; sin embargo, las muy diferentes caracter&iacute;sticas de estas  representaciones nos ofrecen una antes que la otra. E incluso despu&eacute;s de haber  descubierto las otras propiedades, hemos descubierto algo ontol&oacute;gicamente  distinto. El joven nuer inscrito en la etnograf&iacute;a de Evans-Pritchard es &quot;Todos  los j&oacute;venes&quot;, los j&oacute;venes que sufren el <i>gar </i>y que hacen incursiones de  caza y que pasan por el matrimonio. Es cierto que puedo extraer mucha  informaci&oacute;n de oraciones del tipo: &quot;Cuando un nuer menciona un buey, su  pesadumbre habitual desaparece y habla con entusiasmo, lanzando los brazos al  aire para mostrarte la forma en que gui&oacute; sus cuernos&quot; &#40;Evans-Pritchard, 1940:  38&#41;. Pero este joven nuer, el producto de la escritura de Evans-Pritchard y de  mi imaginaci&oacute;n, es dif&iacute;cilmente el mismo que veo en la placa I.</p>      <p > Sugiero que, en las fotograf&iacute;as y en las pel&iacute;culas, las particularidades  culturales pueden ser tan s&oacute;lo las modulaciones y las extra&ntilde;ezas que vemos  elaboradas en el manto de la existencia humana. El peso que la antropolog&iacute;a  adhiere aqu&iacute; a la diferencia cultural, y a sentidos culturales espec&iacute;ficos &#40;por  ejemplo, los bueyes l&iacute;deres de manada entre los Nuer&#41;, probablemente no se  pierde, pero es supeditado por nuestras respuestas a las expresiones de  &quot;pesadumbre&quot; o &quot;entusiasmo&quot; de un individuo, o a actos como los de lanzar los  brazos al aire, incluso si las respuestas y las acciones mismas est&aacute;n  condicionadas cultural-mente. &iquest;Entonces, a qu&eacute; equivale el objeto etnogr&aacute;fico  –la persona– en nuestras representaciones desiguales&#63; &iquest;Es acaso, en fotograf&iacute;as  y pel&iacute;culas, tan s&oacute;lo una inocente vislumbre inicial de alguien que reconocemos  como humano, y en los escritos, un conjunto de principios culturales&#63; &iquest;En qu&eacute;  medida puede cada forma compensar sus limitaciones para mostrar as&iacute; la  experiencia vivida <i>y adem&aacute;s </i>los principios subyacentes de una forma de  vida&#63; Pero estas preguntas pueden ser las equivocadas. Dado que cada medio tiene  propiedades distintas, no deber&iacute;amos entonces preguntar: &iquest;qu&eacute; es lo que cada uno  nos permite &quot;malinterpretar&quot; provechosamente, interpretar a contrapelo&#63; &iquest;Qu&eacute;  vac&iacute;os nos induce a llenar&#63; Los distintos g&eacute;neros de escritura y de producci&oacute;n  de im&aacute;genes vienen equipados con sus esperados modos de interpretaci&oacute;n, con sus  v&iacute;as hacia sus significados previstos. Los libros y art&iacute;culos acad&eacute;micos asumen  que una l&oacute;gica de reflexi&oacute;n y juicio ser&aacute; aplicada cuando se los lee, y las  pel&iacute;culas asumen una l&oacute;gica de reconocimiento y extrapolaci&oacute;n cuando se las ve.  &iquest;Nos podemos beneficiar acaso de romper estas reglas&#63; &iquest;Qu&eacute; reificaciones  culturales y distinciones deber&iacute;amos abordar con sospecha en la escritura  etnogr&aacute;fica; qu&eacute; evidencia de diferenciaci&oacute;n cultural deber&iacute;amos buscar debajo  de las superficies transculturales del cine&#63; Adem&aacute;s, &iquest;cu&aacute;ndo deber&iacute;amos dejar a  un lado las pr&aacute;cticas del racionalismo occidental y volvernos receptivos a los  patrones de semejanza que al parecer vemos&#63; Si hasta cierto punto hemos dejado  que las palabras nos colonizaran, &iquest;acaso el cine no nos provee de lo que Ashis  Nandy, en otro contexto, ha llamado &quot;conocimiento social alternativo&quot;&#63;<sup><a name="s9" href="#9">9</a></sup></p>     <p > El traslado gradual de la &quot;cultura&quot; en la antropolog&iacute;a a los dominios cognitivos  y simb&oacute;licos probablemente justifica la renovada atenci&oacute;n al mundo de las  apariencias. Para los antrop&oacute;logos, las semejanzas transculturales generalmente  han sido falsos amigos: el asentimiento de una persona puede ser la negaci&oacute;n  gestual de otra. Esto ha reforzado las dimensiones invisibles de la cultura,  fortaleciendo definiciones como la de Cliford Geertz, en la que la cultura es  &quot;un patr&oacute;n de sentidos hist&oacute;ricamente transmitidos e incorporados en s&iacute;mbolos,  un sistema heredado de concepciones expresadas de forma simb&oacute;lica a trav&eacute;s de  los cuales los hombres se comunican, perpet&uacute;an y desarrollan su conocimiento y  sus perspectivas acerca de la vida&quot; &#40;Geertz, 1973a: 89&#41;. Excepto cuando incluyen  poderosos s&iacute;mbolos visuales &#40;en pel&iacute;culas de rituales, por ejemplo&#41;, las  im&aacute;genes visuales cada vez m&aacute;s a menudo han sido vistas como incidentales para  la antropolog&iacute;a. Lo visible casi ha desaparecido como un significante de  cultura, menos tal vez en la imaginaci&oacute;n popular y en ciertas tradiciones  antropol&oacute;gicas m&aacute;s antiguas que hacen &eacute;nfasis en el folclor y en las artesan&iacute;as.  Sin embargo, durante gran parte del siglo XIX la cultura fue concebida en gran  medida en t&eacute;rminos de apariencia: raza, vestido, adornos personales, formas  ceremoniales, arquitectura, tecnolog&iacute;a y bienes materiales. La etnolog&iacute;a  temprana dibuj&oacute; y fotografi&oacute; exhaustivamente objetos visuales. Los s&iacute;mbolos  visuales se asocian m&aacute;s a la cultura material que a la vida interior. Mitos y  otros textos orales fueron recogidos casi que como artefactos, en paralelo a los  muestreos cient&iacute;ficos y a las catalogaciones de espec&iacute;menes animales, vegetales  y minerales. Y, no obstante, a pesar de la pasi&oacute;n por la minucia de los  fen&oacute;menos culturales, la antropolog&iacute;a del siglo XIX fue en un sentido m&aacute;s  transcultural en su perspectiva que la antropolog&iacute;a que le sucedi&oacute;. La teor&iacute;a de  la evoluci&oacute;n enlaz&oacute; efectivamente a las personas entre s&iacute; al otorgarles un lugar  en la misma jerarqu&iacute;a humana. Sin importar cu&aacute;n extra&ntilde;os fueran sus  comportamientos, se asum&iacute;a que eran debidos a la ignorancia y a la superstici&oacute;n.  Que pudieran vivir en mundos mentales significativamente distintos era un paso a  dar mucho m&aacute;s grande.</p>     <p > Como sabemos, ese paso se dio en gran medida por medio del estudio de lenguajes;  y si el inter&eacute;s por mitos, proverbios y terminolog&iacute;as era una forma de  coleccionismo, fue tambi&eacute;n el caballo de Troya de la ling&uuml;&iacute;stica. Con los  estudios del lenguaje las concepciones antropol&oacute;gicas de la cultura se  desplazaron gradualmente de lo externo a lo interno, de los artefactos y del  comportamiento visible al conocimiento y a la cognici&oacute;n invisible. Las  fotograf&iacute;as y el cine mudo no serv&iacute;an cuando se trataba de lenguaje, y eran casi  igual de in&uacute;tiles a la hora de estudiar otros sistemas simb&oacute;licos como el  parentesco o el ritual. Eran incluso m&aacute;s inservibles para documentar valores y  creencias. Exceptuando el trabajo de Bateson y Mead en Bali, con su orientaci&oacute;n  altamente psicoanal&iacute;tica, casi no hubo intentos por parte de cineastas  etnogr&aacute;ficos de filmar la cultura como un estado interior, aun cuando en el cine  experimental y ficcional se hab&iacute;a estado explorando la experiencia subjetiva  desde la &eacute;poca del cine mudo. El cambio s&oacute;lo ocurri&oacute; cuando se hizo posible la  producci&oacute;n de cine etnogr&aacute;fico con sonido, y, eventualmente, el poder filmar a  las personas hablando con sonido sincronizado. Aun as&iacute;, tuvieron que pasar a&ntilde;os  para que las palabras provinieran de los sujetos antropol&oacute;gicos y no de los  cineastas.</p>     <p > Los antrop&oacute;logos, por lo tanto, han tenido razones pr&aacute;cticas y conceptuales para  sentirse desencantados de lo visual. Si miramos aun m&aacute;s all&aacute;, podremos encontrar  tambi&eacute;n razones estrat&eacute;gicas. A medida que la antropolog&iacute;a abandonaba la teor&iacute;a  evolutiva, empez&oacute; a fascinarse con la idea del individuo que hace trabajo de  campo, quien tiene como misi&oacute;n a&ntilde;adir una pieza m&aacute;s al tapiz de la diversidad  humana. Se buscaban la unicidad y la consistencia interna de los grupos humanos,  o los principios subyacentes a las instituciones de &aacute;reas culturales m&aacute;s grandes  &#40;como en la econom&iacute;a de las dotes entre los pastores africanos, la reciprocidad  <i>kula&#41;</i>, una tendencia expresada de manera m&aacute;s clara en el hermetismo de la  etnograf&iacute;a funcional brit&aacute;nica. All&iacute; la perfecci&oacute;n org&aacute;nica de una sociedad  parec&iacute;a ser la justificaci&oacute;n misma de su existencia. Este sentido de  singularidad de forma y de valores se convirti&oacute;, en el trabajo de Ruth Benedict  y de muchos otros, en una est&eacute;tica e incluso en una prueba moral de la  autenticidad cultural. Gupta y Ferguson &#40;1992&#41; han arg&uuml;ido que la dispersi&oacute;n  espacial de las personas increment&oacute; este holismo al hacer del aislamiento  geogr&aacute;fico un signo impl&iacute;cito de diferencia cultural. Esto reforz&oacute; la  preconcepci&oacute;n popular de que los pueblos desconocidos eran ineluctablemente  ajenos y extra&ntilde;os. Podemos tambi&eacute;n a&ntilde;adir que los recuentos escritos sobre  pueblos que en el mejor de los casos pod&iacute;an ser vistos en unas cuantas  fotograf&iacute;as borrosas, o cercanos s&oacute;lo a trav&eacute;s de exhibiciones surrealistas en  los museos, incrementaban la distancia representacional a la distancia  geogr&aacute;fica. Adem&aacute;s, el prestigio de un antrop&oacute;logo no se ver&iacute;a resentido al  descubrir algo antes desconocido y volver de tierras lejanas para escribir sobre  ello.</p>     <p > La inversi&oacute;n disciplinaria en campos independientes de estudio y la celebraci&oacute;n  de la diferencia cultural tambi&eacute;n han reforzado las tendencias de ver el  comportamiento y la conciencia humana como construidos culturalmente. La idea de  la cultura como el  <i>sine qua non </i>del ser humano se objetiva a tal grado  que, al menos entre antrop&oacute;logos norteamericanos, los grupos humanos han sido  hasta hace poco com&uacute;nmente denominados como &quot;culturas&quot;. La escritura se presta  para las explicaciones culturales, en cuanto permite al escritor representar una  sociedad desde adentro, bas&aacute;ndose en las experiencias participativas del trabajo  de campo. La representaci&oacute;n visual que en cierto sentido presenta el mundo  cultural interno desde afuera, en cambio, hace &eacute;nfasis en la capacidad de acci&oacute;n  social y en los patrones m&aacute;s reconocibles de interacci&oacute;n social. Me refiero aqu&iacute;  a expresiones de placer o disgusto, a las maneras en que las personas se mueven  o &quot;habitan&quot; sus alrededores, sus usos del espacio, habilidades comunes de  manufactura, y muchas interacciones recurrentes de la ni&ntilde;ez y la adultez.</p>     <p > Un gran inter&eacute;s antropol&oacute;gico se ha enfocado recientemente en la identidad  personal, la pr&aacute;ctica corporal y el papel de los sentidos y de las emociones en  la vida social. Sin importar que sean vistos como &quot;culturales&quot;, por un lado, o  biol&oacute;gicos, psicol&oacute;gicos o sociales, por el otro, esto depende tanto del propio  inter&eacute;s te&oacute;rico del antrop&oacute;logo como de qu&eacute; parte del fen&oacute;meno se est&aacute;  analizando. La identidad sexual tiene tanto dimensiones sexuales como de g&eacute;nero.  Los estadios de la vida pueden ser definidos de varias maneras pero tambi&eacute;n  dependen de la edad f&iacute;sica. La rabia es una categor&iacute;a cultural pero tambi&eacute;n una  respuesta psicol&oacute;gica y fisiol&oacute;gica. La manera en que uno concibe estos asuntos  puede ser influida por el medio de expresi&oacute;n de uno mismo. Las representaciones  visuales expresan con facilidad los rasgos externos y conductuales de las  emociones, y las claves visuales de la identidad, aspectos que las descripciones  escritas expresan s&oacute;lo con dificultad. Por lo tanto, las im&aacute;genes de las  personas en una calle pueden revelar continuidades que atraviesan lindes  subculturales &#40;de vestido, gestuales, asociativos&#41; que no son percibidos o son  enmascarados en recuentos escritos, donde aparecen de manera m&aacute;s prominente  definiciones de categor&iacute;as culturales de las personas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p > Si bien tanto la escritura como el cine registran algunos elementos  transculturales, aquellos que registran son distintos. La escritura, por lo  general, enfatiza estructuras b&aacute;sicas, como las de parentesco o intercambio, y  las pel&iacute;culas, gestos y experiencias comunes. Una sonrisa, incluso si esconde  turbaci&oacute;n o enojo, aun as&iacute; expresa algo fundamental en las relaciones humanas:  el deseo de parecer sociable, de prorrogar el contacto. &#40;Esto se aplica, en  sentido general, incluso a la &quot;sonrisa de despido&quot; cuando le muestran a uno la  puerta&#41;. Al escribir acerca de las emociones, a menos que &eacute;stas se ubiquen en  contextos narrativos espec&iacute;ficos, se tiende a convertirlas en categor&iacute;as  culturales desconectadas. La tendencia en la escritura antropol&oacute;gica de  interpretar emociones en t&eacute;rminos de construccionismo cultural ha sido criticada  por no lograr darle a la emoci&oacute;n un lugar en el contexto m&aacute;s amplio del  pensamiento, de la incorporaci&oacute;n y de la acci&oacute;n social &#40;Lyon, 1995; Lyon y  Barbalet, 1994; Wikan, 1991: 292&#41;.</p>     <p > Este &eacute;nfasis diferencial tiene consecuencias importantes para la representaci&oacute;n  etnogr&aacute;fica en un nivel m&aacute;s general. Las im&aacute;genes y los textos escritos no s&oacute;lo  nos cuentan cosas de maneras distintas; nos cuentan cosas distintas. Si bien la  conformaci&oacute;n cultural de la identidad y de la emoci&oacute;n tal vez no pueda ser  comunicada en una pel&iacute;cula etnogr&aacute;fica de igual manera que en la escritura, su  papel en la interacci&oacute;n social puede ser expresado m&aacute;s claramente, y esto puede  que sea igual de necesario para una comprensi&oacute;n antropol&oacute;gica. Por ejemplo, para  entender la forma de la iniciaci&oacute;n ritual en la pel&iacute;cula <i>Imbalu </i>de  Richard Hawkins y Suzette Heald &#40;1988&#41;, sobre la circuncisi&oacute;n entre los Gisu de  Uganda, requiere que sea vista como una creaci&oacute;n cultural. Para comprender su  eficacia se requiere una comprensi&oacute;n del miedo que acompa&ntilde;a la iniciaci&oacute;n, el  cual se crea en relaciones sociales espec&iacute;ficas. De manera similar, las  pel&iacute;culas y los trabajos escritos comunican aspectos contrastantes del uso del  poder, bien sea al nivel de la familia o del Estado. Los m&eacute;todos para ejercerlo  pueden variar culturalmente, pero muchos de los efectos &#40;el sufrimiento, la  opresi&oacute;n, el hambre&#41; no lo hacen.</p>     <p > Un rasgo significativo de representaci&oacute;n f&iacute;lmica abordado s&oacute;lo por unas cuantas  etnograf&iacute;as en &quot;primera persona&quot;<sup><a name="s10" href="#10">10</a></sup> es el sentido de lo &uacute;nica que es  la identidad personal de los actores sociales. Esto ofrece la posibilidad de  comparar a trav&eacute;s de anchos golfos culturales por medio de semejanzas de  personalidad y de comportamiento social. De esta manera, las pel&iacute;culas  reproducen algunas de las experiencias del trabajo de campo. No es extra&ntilde;o para  los antrop&oacute;logos, luego de un largo per&iacute;odo en el campo, observar que alguien  mira o habla o se relaciona con otros exactamente de la misma manera que un  amigo o un profesor, incluso cuando ambos pertenezcan a sociedades ciertamente  distintas y hablen idiomas diferentes<sup><a name="s11" href="#11">11</a></sup>. Esto tiene implicaciones a  la hora de entender qu&eacute; rasgos de personalidad consideramos culturalmente  espec&iacute;ficos o t&iacute;picos de ciertas sociedades, y a la hora de valorar al sentido  de identidad y autonom&iacute;a de los individuos. Desde una perspectiva, el concepto  del individuo puede que sea una absoluta necesidad para la interacci&oacute;n humana,  pero desde otro punto de vista, se ve que var&iacute;a en gran medida, incluso hasta  llegar al punto de ser declarado como pr&aacute;cticamente ausente en algunas  sociedades &#40;ver Dumont, 1970; Geertz, 1973b; Geertz, 1983&#41;.</p>     <p > En sus retratos m&aacute;s v&iacute;vidos del individuo, las pel&iacute;culas, por lo tanto, proveen  de diferentes perspectivas a las cuestiones de los enlaces entre cultura y  personalidad. Muchos de los postulados de la integraci&oacute;n cultural general  elaborados por los proponentes de la Escuela de Cultura y Personalidad en los  a&ntilde;os cuarenta y cincuenta han perdido su credibilidad &#40;Shweder, 1991&#41;, pero la  escritura antropol&oacute;gica contin&uacute;a haciendo generalizaciones sobre actores  sociales y promulgando ideas de uniformidad cultural. Es claro que a veces las  pel&iacute;culas giran hacia la idea de la personalidad generalizada, pero ellas pueden  tal vez revelar m&aacute;s complejidades sobre los modales y el comportamiento  individual que incluso las &quot;densas&quot; descripciones antropol&oacute;gicas de eventos  p&uacute;blicos, como las exhibiciones islandesas de carneros o las peleas de gallos en  Bali<sup><a name="s12" href="#12">12</a></sup>. Las pel&iacute;culas reviven muchas de las eternas preguntas de la  antropolog&iacute;a. &iquest;Qu&eacute; tan sujetos est&aacute;n los actores sociales individuales a las  normas culturales y a los contextos sociales&#63; &iquest;Con qu&eacute; frecuencia los desaf&iacute;an&#63;  &iquest;Existe alguna persona que encarne una &quot;cultura&quot;&#63; &iquest;Qu&eacute; tan disponibles est&aacute;n los  diferentes modelos culturales en una sociedad&#63;<sup><a name="s13" href="#13">13</a></sup>. Algunos individuos  pueden llegar a combinar con &eacute;xito l&iacute;neas conflictivas de pensamiento  &quot;normativo&quot; que coexisten en sus comunidades. Otros pueden parecer que act&uacute;an  inconsistentemente, que se rigen por distintos c&oacute;digos en distintas  circunstancias. M&aacute;s aun, otros pueden parecer que act&uacute;an completamente por su  cuenta, inspirados &#40;como es cada vez m&aacute;s posible&#41; por otro modelo observado  desde la distancia, o con base en alguna forma privada de comprensi&oacute;n. Pero aqu&iacute;  estamos lidiando con variables m&uacute;ltiples. &iquest;Qu&eacute; tan a menudo son las palabras y  las im&aacute;genes mismas las autoras de tales percepciones&#63;</p>     <p > Se pueden hacer preguntas similares en otras &aacute;reas &#40;por ejemplo, &iquest;c&oacute;mo es  representado el trabajo o el tiempo&#63;&#41; recalcando los contrastes entre los  trabajos visuales y escritos, entre la descripci&oacute;n escrita y la representaci&oacute;n  visual. En muchos sentidos, las im&aacute;genes proveen maneras de percibir la  humanidad que no s&oacute;lo son transculturales sino preantropol&oacute;gicas: im&aacute;genes en  las cuales la cultura se percibe como el trasfondo y no tanto como la figura de  las relaciones humanas. Films en lenguajes no conocidos, en los cuales gran  parte no es comprensible, comunican, sin embargo, la existencia objetiva de  personas en otros medios, las tonalidades afectivas de muchas de sus relaciones  y la l&oacute;gica de muchas de sus actividades. Aqu&iacute; la &quot;cultura&quot; no aparece como el  rasgo definitorio de la vida &#40;en efecto, en fotograf&iacute;as el <i>concepto </i>de  cultura simplemente no puede aparecer&#41; sino como un conjunto de inflexiones del  mundo reconocible. Para los antrop&oacute;logos, el cine, por lo tanto, trae a la  memoria los encuentros diarios durante el trabajo de campo, de los cuales se  extrae el conocimiento antropol&oacute;gico. De cierta manera, reinstaura su &quot;otro&quot;  conocimiento: los momentos precisos que sobresalen con m&aacute;s ah&iacute;nco que cualquier  conclusi&oacute;n subsecuente. Aqu&iacute; los seres humanos existen primero en sus cuerpos y  en ciertas predisposiciones caracter&iacute;sticas con respecto al mundo. Si ellos son  conscientes de su &quot;cultura&quot; es, por lo general, para exhibir cierta iron&iacute;a con  respecto a ella, como si estuvieran seguros de una ambig&uuml;edad que cada sociedad  concede a sus miembros.</p>      <p ><b> LOS DESAF&Iacute;OS DE LAS IM&Aacute;GENES</b></p>      <p > Si las im&aacute;genes nos muestran a los individuos como &uacute;nicos en conciencia y cuerpo  –cada persona es distinguible de todas las otras–, son menos capaces de  indicarnos las reglas de las instituciones culturales y sociales con las que se  rigen. Al igual que el habla est&aacute; acompa&ntilde;ado de las vocalizaciones y los gestos  que culturalmente se han extendido m&aacute;s &#40;o que son m&aacute;s espec&iacute;ficos&#41; que los  c&oacute;digos del lenguaje hablado, las fotograf&iacute;as y las pel&iacute;culas revelan aspectos  coloquiales de la vida humana superpuestos sobre sistemas de organizaci&oacute;n m&aacute;s  r&iacute;gidos. Se podr&iacute;a decir, entonces, que las fotos son como los sonidos m&aacute;s  espec&iacute;ficos del lenguaje, pero cargados de muchos de sus sentidos m&aacute;s  generalizados.</p>     <p > Sin embargo, las im&aacute;genes pueden revelar otros sistemas, no menos formales,  ocultos por las categor&iacute;as logoc&eacute;ntricas de la escritura. Por ejemplo, podemos  ver f&aacute;cilmente que dos personas est&aacute;n cavando hoyos en el suelo pero no podemos  ver que lo est&aacute;n haciendo por razones distintas. Esto se puede considerar como  una limitaci&oacute;n obvia de la representaci&oacute;n visual –su insensibilidad respecto al  mundo cognitivo– pero tambi&eacute;n puede considerarse como otra sensibilidad, una que  da acceso a un rango distinto de fen&oacute;menos &#40;por ejemplo, <i>c&oacute;mo </i>cavan hoyos  las personas&#41;. Si el cine etnogr&aacute;fico nos presenta una mirada en apariencia  menos espec&iacute;fica en t&eacute;rminos culturales que la escritura etnogr&aacute;fica, tambi&eacute;n  nos alerta sobre una distribuci&oacute;n distinta de caracter&iacute;sticas humanas  espec&iacute;ficas. &Eacute;stas conciernen maneras de presentarse, de parecer y de hacer, en  vez de nombrar, conceptualizar y creer. Si bien los antrop&oacute;logos siempre han  estado interesados en estos temas, han tendido cada vez m&aacute;s a tratarlos como  expresiones visibles de un orden subyacente. Se ha cre&iacute;do, por lo tanto, que lo  visible significa un sistema de caracter&iacute;sticas secundarias y no primarias. Sin  importar las semejanzas que develen entre otros y nosotros mismos, las im&aacute;genes  s&oacute;lo ocultan una realidad m&aacute;s profunda que nos separa a &quot;nosotros&quot; de &quot;ellos&quot;.  Sin embargo, es posible poner esta relaci&oacute;n al rev&eacute;s, tomar lo visible como lo  primario, como un punto de inicio alternativo.</p>     <p > Una perspectiva visual refuta muchos de los indicadores cl&aacute;sicos de los l&iacute;mites  entre grupos culturales. Tambi&eacute;n refuta el <i>concepto </i>de l&iacute;mites, al  enfatizar m&aacute;s las modulaciones graduales entre grupos y con respecto a patrones  de pr&eacute;stamo e intercambio, elementos que los recuentos escritos, por lo general,  dejan a un lado por ser at&iacute;picos, o simplemente los ignoran<sup><a name="s14" href="#14">14</a></sup>. Las  pel&iacute;culas y las fotograf&iacute;as tienden casi siempre a incluir indicadores  reveladores de estos contactos, sin importar cu&aacute;nto intenten presentar una  sociedad como aislada y homog&eacute;nea. M&aacute;s a&uacute;n, al dar igual peso a los elementos  que los cient&iacute;ficos sociales consideran como biol&oacute;gicos, psicol&oacute;gicos o de  alguna manera &quot;externos&quot; a la cultura, las im&aacute;genes ponen en duda la importancia  relativa de los factores &quot;culturales&quot; con respecto a otras fuerzas de las  relaciones humanas. Por estas razones, la antropolog&iacute;a visual pr&aacute;cticamente no  puede dejar de desafiar los textos escritos. No s&oacute;lo expone lo transcultural  como un problema para la antropolog&iacute;a, sino que es contracultural &#40;en el sentido  antropol&oacute;gico&#41; al llamar la atenci&oacute;n sobre el significado de lo no &quot;cultural&quot;<sup><a name="s15" href="#15">15</a></sup>.</p>     <p > Las pel&iacute;culas etnogr&aacute;ficas pueden prestar un apoyo inesperado al llamado de  algunos antrop&oacute;logos para &quot;escribir contra la cultura&quot;, como lo afirm&oacute; Lila  Abu-Lughod &#40;1991&#41;. Recientemente, ha habido intentos de rechazar o por lo menos  reconfigurar el &quot;concepto de cultura&quot;, un esfuerzo que, de hecho, se remonta a  las reservas sobre la cultura expresadas por Lowie y Sapir en los a&ntilde;os veinte y  treinta. El debate de hoy en d&iacute;a incluye intervenciones de escritores como  Edward Said, James Cliford y Arjun Appadurai. Hasta hace poco, la etnograf&iacute;a ha  incentivado lo que Gupta y Ferguson llaman &quot;la ficci&oacute;n de las culturas como  fen&oacute;menos diferenciados, con apariencia de objetos, que ocupan espacios  diferenciados&quot; &#40;Gupta y Ferguson, 1992: 7&#41;. Pero la cultura, como lo ha dicho  Appadurai, es crecientemente &quot;fractal&quot;. La cultura como concepto tambi&eacute;n tiene  una historia compleja y pol&eacute;mica, y ella misma es f&aacute;cilmente esencializable, al  igual que el &quot;concepto de cultura&quot; puede ser acusado de esencializar mucho de  las sociedades humanas. Y siempre est&aacute; la posibilidad de que los conceptos  alternativos que se proponen, tales como &quot;discurso&quot; &#40;extra&iacute;do de Foucault&#41; o  &quot;habitus&quot; &#40;extra&iacute;do de Bourdieu&#41;, tomen funciones e implicaciones similares a  las que ellos hoy en d&iacute;a cuestionan<sup><a name="s16" href="#16">16</a></sup>. Sin embargo, las recientes  cr&iacute;ticas del concepto de cultura son convincentes, pues se&ntilde;alan un gran espectro  de distorsiones y limitaciones: las tendencias que fomenta en sus usuarios de  tratar abstracciones como realidades, de ver la humanidad como hecha de  entidades diferenciadas y delimitadas, de insinuar una uniformidad y una  coherencia que las sociedades no tienen, de negar a grupos sociales un lugar en  el tiempo y en la historia, y &#40;una cr&iacute;tica hecha por Said y Appadurai, en  especial&#41; de perpetuar distinciones coloniales entre intelectuales de Occidente  y el resto de los &quot;otros&quot; no-occidentales. Para compensar esto, Abu-Lughod  propone abandonar el t&eacute;rmino &quot;cultura&quot; y adoptar nuevas estrategias de escritura  etnogr&aacute;fica, enfoc&aacute;ndose en discursos antag&oacute;nicos, en vez de &quot;culturas&quot;  monol&iacute;ticas, examinando las interconexiones, en vez de las separaciones entre  grupos e individuos &#40;interconexiones de identidad, poder, posicionamiento&#41;, y  escribiendo &quot;etnograf&iacute;as de lo particular&quot;. Estas sugerencias tienen mucho en  com&uacute;n con lo que han hecho las pel&iacute;culas etnogr&aacute;ficas, si no siempre, s&iacute; de  manera notable. Teniendo en cuenta que las pel&iacute;culas han anunciado muchos de los  cambios por los que estos escritores abogan, tal vez ya han creado cierta  incomodidad entre los acad&eacute;micos m&aacute;s conservadores. Probablemente, es  sintom&aacute;tico del recelo de la antropolog&iacute;a por lo visual el hecho de que rara vez  se hace referencia a pel&iacute;culas etnogr&aacute;ficas como parte de la literatura  antropol&oacute;gica en un dado tema, o bien referencias a pel&iacute;culas en general. Como  un ejemplo de ello, en el mismo volumen donde aparece el ensayo de Abu-Lughod,  las pel&iacute;culas no se mencionan en la secci&oacute;n de referencias, aunque el texto de  Appadurai dedique m&aacute;s de dos p&aacute;ginas al film de Mira Nair <i>India Cabaret </i> &#40;1985&#41;, llam&aacute;ndolo un &quot;brillante modelo&quot; de etnograf&iacute;a &#40;Appadurai, 1991: 205-8&#41;.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p > La cr&iacute;tica de las &quot;culturas&quot; discretas apunta a los or&iacute;genes del concepto en la  historia colonial y a sus subsiguientes ramificaciones ideol&oacute;gicas. Talal Asad  &#40;1986&#41; ve las interconexiones globales como sistem&aacute;ticamente mal representadas  en las descripciones occidentales, y la representaci&oacute;n etnogr&aacute;fica distorsionada  por el poder de los lenguajes m&aacute;s &quot;fuertes&quot; sobre los m&aacute;s d&eacute;biles. Los conceptos  antropol&oacute;gicos, por medio de su popularizaci&oacute;n y de sus efectos en dise&ntilde;o de  pol&iacute;ticas, en &uacute;ltima instancia influyen en c&oacute;mo las personas interpretan sus  propios deseos, potenciales e identidades sociales, especialmente en contextos  modernos de movilidad y de discursos p&uacute;blicos que compiten entre s&iacute;. Las  im&aacute;genes visuales, con respecto a sus propiedades transculturales, pueden tener  una capacidad particular de representar continuidades a trav&eacute;s de entornos  globales en apariencia radicalmente dis&iacute;miles, lo que Appadurai describe como  &quot;paisajes &eacute;tnicos&quot; y asimila a paisajes en las artes visuales: los paisajes en  donde la &quot;urdimbre&quot; de supuestas comunidades estables y diferenciadas &quot;es  completamente atravesada por la trama de la movilidad humana, a medida que m&aacute;s y  m&aacute;s personas y grupos deben afrontar la realidad y las consecuencias de  desplazarse de un lugar a otro, o las fantas&iacute;as de querer hacerlo&quot; &#40;Appadurai,  1991: 192&#41;.</p>     <p > La representaci&oacute;n visual, hay que se&ntilde;alarlo, tiene implicaciones tanto  interculturales como transculturales. Las im&aacute;genes, al posicionarse fuera del  sistema de &quot;culturas&quot; y de estados-naci&oacute;n, crean nuevos enlaces basados en  puntos de reconocimiento entre grupos sociales que de otro modo estar&iacute;an  separados. Los medios basados en la visualidad –incluidos el cine, la  fotograf&iacute;a, la televisi&oacute;n y el video– ya han minado significativamente las  percepciones estereot&iacute;picas de la identidad nacional, a menudo encarando  intereses nacionalistas<sup><a name="s17" href="#17">17</a></sup>. Una perspectiva transcultural incluye el  cambio cultural, el movimiento y el intercambio, lo cual permite acomodar m&aacute;s  adecuadamente la experiencia de muchos occidentales, al igual que las  poblaciones a menudo identificadas como ind&iacute;genas, migrantes o diasp&oacute;ricas. El  video y el cine etnogr&aacute;ficos, que en alg&uacute;n momento fueron vistos como  reforzadores de los lindes culturales establecidos, son considerados cada vez  m&aacute;s como parte de un espectro m&aacute;s amplio de representaciones culturales, muchas  de las cuales est&aacute;n dedicadas a aquellas mismas problem&aacute;ticas y contradicciones  de mantener culturas ind&iacute;genas y diferenciarlas &#40;Ginsburg, 1994; Nichols, 1994&#41;.</p>     <p > En un nivel m&aacute;s b&aacute;sico, los medios visuales producen documentos interculturales  simplemente en su coinscripci&oacute;n de cineastas y de sus sujetos en el mismo  trabajo &#40;si asumimos que ellos no vienen de trasfondos id&eacute;nticos&#41;. Las acciones  del cineasta de mirar est&aacute;n codificadas en la pel&iacute;cula de la misma manera que la  presencia f&iacute;sica del sujeto. Esto es fundamentalmente distinto al trabajo  escrito, el cual es una reflexi&oacute;n textual sobre experiencias previas. Las  pel&iacute;culas etnogr&aacute;ficas casi siempre contienen alg&uacute;n trazo de este cruce de  mentes y cuerpos, sin importar si &eacute;sa es o no su intenci&oacute;n. Al situar al  cineasta expl&iacute;citamente dentro del espacio social, interactuando con los otros,  obras tempranas como <i>Bataille sur le grand feuve </i>de Rouch &#40;1950&#41; o <i> Tourou et Bitti </i>&#40;1971&#41;, y otras m&aacute;s recientes como <i>Is What Tey Learn  Worth What Tey Forget&#63; </i>de Lisbet Holtedahl y Mahmoudou Djingui &#40;1996&#41; y <i> Contes et comptes de la cour </i>de Eliane de Latour &#40;1993&#41;, expresan la  subjetividad y la inmediatez de estos encuentros interculturales.</p>     <p > La transculturalidad en el cine no s&oacute;lo tiene implicaciones interculturales sino  tambi&eacute;n <i>interdisciplinarias</i>. Tiende a restaurar algunas de las conexiones  entre la antropolog&iacute;a y la sociolog&iacute;a que fueron rotas en los a&ntilde;os cincuenta por  la divisi&oacute;n entre ideaci&oacute;n s&iacute;mbolo y la agencia social de la producci&oacute;n material  &#40;Brightman, 1995: 512&#41;. Conecta la &quot;cultura&quot; con el mundo f&iacute;sico e hist&oacute;rico de  los actores sociales. Esto incluye una renovaci&oacute;n del inter&eacute;s por la conciencia  de individuos particulares, en vez de simplemente perspectivas <i>&eacute;micas</i>, en  un sentido m&aacute;s amplio. Al conectar la antropolog&iacute;a con la psicolog&iacute;a del  individuo, cuesti&oacute;n abogada desde hace mucho tiempo por Sapir &#40;1949b&#41;, las  im&aacute;genes revelan aspectos de lo que &eacute;l llamaba &quot;la estructura m&aacute;s &iacute;ntima de la  cultura&quot; &#40;1949a: 594&#41;.</p>     <p > Los aspectos audiovisuales y sinest&eacute;sicos del cine tambi&eacute;n apoyan &#40;y, tal vez,  incluso contribuyeron&#41; al creciente inter&eacute;s antropol&oacute;gico por la experiencia  sensorial. Esto ha fortalecido los nexos de la antropolog&iacute;a con &aacute;reas tales como  la etnomusicolog&iacute;a y la medicina, y, en general, la somatizaci&oacute;n de la  experiencia social y cultural<sup><a name="s18" href="#18">18</a></sup>. Si bien ser&iacute;a err&oacute;neo negar la  posibilidad de acceso a la experiencia sensorial por parte de la escritura  antropol&oacute;gica, la antropolog&iacute;a visual se abre m&aacute;s directamente a lo sensorial  que los textos escritos y crea formas psicol&oacute;gicas y som&aacute;ticas de  intersubjetividad entre el espectador y el actor social. En las pel&iacute;culas,  adquirimos una identificaci&oacute;n con otros por medio de una sincron&iacute;a con sus  cuerpos, que se hace posible en gran parte gracias a la visi&oacute;n, un fen&oacute;meno  discutido en alg&uacute;n detalle por Merleau-Ponty &#40;1964&#41; y por te&oacute;ricos del cine como  Vivian Sobchack &#40;1992&#41;. El cine tambi&eacute;n tiene la capacidad de crear m&aacute;s  intercambio entre la antropolog&iacute;a y la est&eacute;tica visual, separada antes como  &quot;antropolog&iacute;a del arte&quot; &#40;y, antes de eso, como &quot;arte primitivo&quot;&#41;. Aqu&iacute; el cine y  la fotograf&iacute;a presentan una mirada m&aacute;s integrada de las experiencias est&eacute;ticas  de la vida diaria, al ampliar la definici&oacute;n de &quot;antropolog&iacute;a visual&quot; para  incluir en ella la antropolog&iacute;a <i>de lo visual</i>, aspecto defendido por  Worth, Pinney y otros &#40;Banks y Morphy, 1997; Pinney, 1995; Worth y Gross, 1981&#41;.</p>     <p > El potencial interdisciplinario de la antropolog&iacute;a visual se extiende incluso  m&aacute;s, a trav&eacute;s de sus aspectos performativos, pues por lo menos el cine es una  forma de <i>performance</i>. Por medio de pel&iacute;culas es que estamos expuestos a  la dimensi&oacute;n ilocucionaria no s&oacute;lo del ritual sino tambi&eacute;n de la  autopresentaci&oacute;n e interacci&oacute;n social de todos los d&iacute;as, tal vez moviendo as&iacute; el  concepto antropol&oacute;gico de cultura un tanto m&aacute;s cerca de lo que Bourdieu llama <i> habitus</i>. Las pel&iacute;culas etnogr&aacute;ficas pueden recrear los contextos dram&aacute;ticos  espec&iacute;ficos dentro de los cuales se interpretan, en &uacute;ltima instancia, las  fuerzas sociales y culturales, haciendo que la literatura &#40;y lo que Victor  Turner llama &quot;dramas sociales&quot;&#41; sea m&aacute;s relevante para la antropolog&iacute;a. El cine  tambi&eacute;n puede proveer una plataforma m&aacute;s accesible que las palabras para lo que  Renato Rosaldo &#40;1986&#41; llama &quot;la narrativa novel&iacute;stica&quot; en etnograf&iacute;a, y para  incorporar el suspenso y las respuestas de los escuchas, a quienes &eacute;l considera  como cruciales para las narrativas orales. Las narrativas etnogr&aacute;ficas tambi&eacute;n  se articulan con creencias pol&iacute;ticas y morales al implicar a sus lectores y  espectadores en respuestas emocionales particulares. <i>Jaguar </i>de Rouch  &#40;1967&#41; evoca la libertad amoral del viajero, habitante temporal e invasor  fabuloso, mientras que &#40;como anota convincentemente Elizabeth Mermin &#91;1997&#93;&#41; la  ambig&uuml;edad moral del protagonista en <i>Joe Leahy&#39;s Neighbours </i>&#40;Connolly y  Anderson, 1988&#41; parece crear respuestas fuertemente emocionales en los  espectadores, quienes tienden a redirigirlas a los cineastas, en una especie de  tendencia de &quot;culpar al mensajero&quot;<sup><a name="s19" href="#19">19</a></sup>.</p>     <p > El sonido en las pel&iacute;culas conecta en mayor grado la antropolog&iacute;a visual con la  ling&uuml;&iacute;stica y con la socioling&uuml;&iacute;stica. En vez de presentar transcripciones del  habla, el cine es capaz de reproducir casi todo el rango visual y auditivo de la  expresi&oacute;n verbal. Esto incluye gestos y expresiones faciales, pero tal vez algo  m&aacute;s importante: la voz. Las voces est&aacute;n m&aacute;s encarnadas en una pel&iacute;cula que las  caras, pues la voz <i>pertenece </i>al cuerpo. Las im&aacute;genes visuales de la  gente, por contraste, resultan s&oacute;lo de una reflexi&oacute;n de luz de sus cuerpos. En  un sentido corporal, por lo tanto, estas im&aacute;genes son pasivas y secundarias,  mientras que una voz emana activamente del cuerpo mismo: es un producto <i>del </i>cuerpo. Como observ&oacute; Roland Barthes, viene del <i>hocico</i>, lo cual en un  animal es el sistema completo de nariz, mand&iacute;bulas y boca &#40;Barthes, 1975: 66-67&#41;<sup><a name="s20" href="#20">20</a></sup>.  Las cualidades del habla est&aacute;n, sin embargo, siempre presentes en las pel&iacute;culas  y, si bien contribuyen sustancialmente a comprender a otras personas &#40;a menudo,  como se ha dicho antes, de maneras transculturales&#41;, tienden a pasar  desapercibidas. No obstante, el habla inevitablemente acerca a la antropolog&iacute;a  al momento f&iacute;sico e hist&oacute;rico por medio de su &eacute;nfasis en contextos espec&iacute;ficos,  casi siempre &quot;atravesados&quot; por la evidencia de movimiento, intercambio y  globalizaci&oacute;n de Appadurai. Es m&aacute;s dif&iacute;cil para las pel&iacute;culas que para los  textos ignorar lo que consideran superfluo cuando el hecho superfluo est&aacute;  encarnado en su objeto de estudio.</p>     <p > Los enlaces interdisciplinarios de la antropolog&iacute;a visual rayan en lo que W. J.  T. Mitchell llama una &quot;&#39;interdisciplina&#39;, un lugar de convergencia y  conversaci&oacute;n a trav&eacute;s de las l&iacute;neas de conversaci&oacute;n&quot;. Al crear resistencia a los  discursos textuales convencionales, las im&aacute;genes debilitan los lindes entre  disciplinas adyacentes. Ellas describen un mundo en el cual lo f&iacute;sico, lo social  y lo est&eacute;tico est&aacute;n &iacute;ntimamente entrelazados, en el cual los aspectos  performativos de la interacci&oacute;n social est&aacute;n presentes, al igual que sus  estructuras subyacentes. Se puede incluso decir que las im&aacute;genes contribuyen a  una forma de <i>indisciplina </i>en pr&aacute;cticas como la antropolog&iacute;a, &quot;un momento  de ruptura, cuando la continuidad es rota y la pr&aacute;ctica misma se pone en  cuesti&oacute;n &#91;...&#93; el momento de caos o asombro cuando una disciplina, una manera de  hacer las cosas, realiza de manera compulsiva una revelaci&oacute;n de lo inadecuada  que ella misma es&quot; &#40;Mitchell, 1995: 440-41&#41;.</p>     <p > Esta perturbaci&oacute;n en la antropolog&iacute;a se siente de dos maneras distintas:  primero, como una aparente indefinici&oacute;n, a medida que se desvanece dentro de  otras &aacute;reas &#40;est&eacute;tica, psicolog&iacute;a, historia&#41;, confundiendo la disciplina en sus  propios lindes; y segundo, hay un deseo un tanto puntual de hacer relevantes sus  preocupaciones centrales. Las im&aacute;genes amenazan con exponer a la antropolog&iacute;a a  una extensi&oacute;n ilimitada, sugiriendo que hay una imprecisi&oacute;n en cuanto a qu&eacute; es  de lo que se trata verdaderamente la antropolog&iacute;a, exacerbando un proceso ya  iniciado de proliferaci&oacute;n de subespecialidades. Una extensi&oacute;n subsiguiente se ve  amenazada por las &aacute;reas colindantes de la cultura de masas, donde la  antropolog&iacute;a ve de soslayo sus or&iacute;genes comunes con la escritura de viajes y con  la literatura. Estas transgresiones nos parecen, a veces, atractivas y, en otras  ocasiones, peligrosas. Racionalmente, pueden ser vistas como partes de un <i> continuum </i>que la antropolog&iacute;a comparte con otras actividades humanas, pero  en su indeterminaci&oacute;n crean incertidumbre sobre el enfoque de la antropolog&iacute;a y  la direcci&oacute;n que debe tomar.</p>     <p > A pesar de esto, las im&aacute;genes, en efecto, resaltan aquello de lo que en verdad  se trata la antropolog&iacute;a. Ellas evocan la experiencia de vida de los actores  sociales, y tambi&eacute;n las experiencias de trabajo de campo que siempre permanecen  en la antesala de la descripci&oacute;n antropol&oacute;gica. La representaci&oacute;n visual nos  recuerda el tipo de aprendizaje que Michael Polanyi ha llamado &quot;conocimiento  t&aacute;cito&quot;: las cosas que sabemos &#40;las &quot;fisonom&iacute;as&quot; del sujeto&#41; que son &quot;m&aacute;s de lo  que podemos decir&quot; &#40;Polanyi, 1966: 4&#41;. Ellas dan fe de la irreductibilidad de  tal conocimiento, pero tambi&eacute;n de los procesos por los cuales este conocimiento  se acumula: una intersubjetividad negada a la antropolog&iacute;a en sus fases  posteriores de recolecci&oacute;n. Estos asuntos son fundamentales para la disciplina,  y, sin embargo, son poco discutidos. Las im&aacute;genes los traen vivamente, y algunas  veces de forma inc&oacute;moda, a la superficie.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p > Las im&aacute;genes visuales tienen un talento particular para minar la escritura.  Ellas amenazan las descripciones verbales con redundancia, y a menudo hacen que  las conclusiones acad&eacute;micas parezcan ra&iacute;das. Ellas sugieren paralelos y  resonancias que desaf&iacute;an una categorizaci&oacute;n f&aacute;cil. Para quien hace trabajo de  campo, ellas contienen vastas cantidades de asociaciones –personales,  hist&oacute;ricas, pol&iacute;ticas– despojadas por sus contrapartes escritas. Este &quot;exceso&quot;  puede, en efecto, ser superfluo cuando las intenciones son anal&iacute;ticas, pero su  presencia tambi&eacute;n se extra&ntilde;a. Lo visual, de hecho, se posiciona en una relaci&oacute;n  de &quot;otredad semi&oacute;tica&quot; con la escritura &#40;Mitchell, 1995: 543&#41;, ofreciendo lo  antropol&oacute;gico de una manera inasimilable. Para el escritor que batalla con las  palabras, las im&aacute;genes pueden resultar un tanto f&aacute;ciles, y, sin embargo, ellas  logran un cierre envidiable. Para usar la met&aacute;fora mixta de Mitchell, lo visual  es &quot;&#39;el hoyo negro&#39; en el coraz&oacute;n de la cultura verbal&quot; &#40;Mitchell, 1995: 543&#41;.  Es una fuerza gravitacional que atrae y traga, pero nunca agota, todo lo que es  irreducible al discurso.</p>     <p ><b> CINE Y TRADUCCI&Oacute;N CULTURAL</b></p>      <p > Las palabras escritas son productos relativamente recientes del habla, y se  sigue diciendo que los escritores nos &quot;hablan&quot;. &iquest;Pero en qu&eacute; sentido, excepto  metaf&oacute;ricamente, podemos decir que las fotos nos hablan&#63; En nuestra preocupaci&oacute;n  por los sistemas de signos y textos, tendemos a perder de vista a las pel&iacute;culas  como objetos y como acciones. Una oraci&oacute;n escrita puede aproximarse a la oraci&oacute;n  hablada, pero antes de que una pel&iacute;cula sea cualquier cosa que semeje una  transcripci&oacute;n de un acto de habla, es un <i>performance de la mirada</i>. &iquest;C&oacute;mo  puede ser que el mirar, incluso de la manera delimitada y controlada que ocurre  en el cine, se conforme a las pr&aacute;cticas que conocemos como antropolog&iacute;a&#63; &iquest;Es la  experiencia de mirar una pel&iacute;cula verdaderamente comparable con la de leer un  texto&#63;<sup><a name="s21" href="#21">21</a></sup>.</p>     <p > Tomas J. Csordas &#40;1993b&#41;, citando a Paul Ricoeur &#40;y, tal vez, pensando en  Geertz&#41;, ha arg&uuml;ido que si los antrop&oacute;logos han llegado a interpretar las  &quot;culturas&quot; como poseedoras de caracter&iacute;sticas similares a los textos, tambi&eacute;n  deber&iacute;an entenderlas como poseedoras de caracter&iacute;sticas similares a la  experiencia encarnada. Los sentidos y la capacidad de acci&oacute;n del cuerpo deber&iacute;an  ser tomados tan en serio como el pensamiento y la simbolizaci&oacute;n, sanando para  siempre la antigua fisura cartesiana entre ellos. Los antrop&oacute;logos deber&iacute;an  extender sus pr&aacute;cticas de an&aacute;lisis y de traducci&oacute;n cultural al reino de la  experiencia corporal. Hasta aqu&iacute;, el &iacute;mpetu del argumento de Csordas es  saludable, pero en este punto se encuentra precipitadamente con el problema de  si la experiencia encarnada puede ser tratada como un texto, o si es d&oacute;cil a la  traducci&oacute;n cultural. Puede ser evocada en la escritura, &iquest;pero es esto en alguna  medida comparable con la traducci&oacute;n de una &quot;cultura&quot; que desde antes ha sido  concebida en t&eacute;rminos ampliamente simb&oacute;licos&#63; Si la experiencia encarnada puede  ser convertida en un texto, &iquest;qu&eacute; clase de texto&#63; &iquest;C&oacute;mo debe ser articulada una  &quot;antropolog&iacute;a de la experiencia&quot;&#63; &iquest;Es acaso comunicable por medio de palabras lo  que Csordas llama &quot;modos som&aacute;ticos de atenci&oacute;n&quot;&#63;</p>     <p > Las pel&iacute;culas y los medios visuales relacionados sugieren otras maneras de  lograr esto, y Csordas &#40;si bien no menciona el cine&#41; es expl&iacute;cito en cuanto a  que la visi&oacute;n no es &quot;una &#39;mirada&#39; incorp&oacute;rea, a manera de un rayo&quot; &#40;Csordas,  1993b: 138&#41;, sino una manera corporalmente activa de entablar una relaci&oacute;n con  el mundo, una postura consonante con la reciente teor&iacute;a fenomenol&oacute;gica del cine.  Sin embargo, sigue siendo problem&aacute;tico equiparar las caracter&iacute;sticas  experienciales del cine con textos escritos, como si el proceso de <i>traducir </i>la experiencia estuviera llev&aacute;ndose a cabo. M&aacute;s bien, ser&iacute;a tal vez mejor  decir que una pel&iacute;cula registra o traza el proceso del mirar mismo, no como una  l&iacute;nea dibujada entre el sujeto y el objeto del mirar, sino como un artefacto en  el cual ambos est&aacute;n inseparablemente fusionados. Lo que aparece en la pel&iacute;cula  no es tanto la traducci&oacute;n de la visi&oacute;n como una forma de citaci&oacute;n visual, o de  comuni&oacute;n visual. Esto entabla una relaci&oacute;n con el espectador por medio de un  segundo acto de mirar, cercanamente ligado a las acciones del cineasta.</p>     <p > Confrontada con el desaf&iacute;o de comunicar la corporalidad f&iacute;sica, as&iacute; como el  contenido simb&oacute;lico de la cultura, la idea de la antropolog&iacute;a como una  traducci&oacute;n de la cultura se convierte en algo cada vez m&aacute;s dif&iacute;cil de sostener,  y cada vez m&aacute;s parece inadecuada. Talal Asad ha se&ntilde;alado que la met&aacute;fora de la  traducci&oacute;n cultural no ha sido siempre un rasgo de la antropolog&iacute;a social  brit&aacute;nica. Esto no se debi&oacute; a que no hubiese un inter&eacute;s en el lenguaje.  Malinowski, junto a muchos otros antrop&oacute;logos tempranos, recogieron grandes  cantidades de material ling&uuml;&iacute;stico, pero &quot;nunca pens&oacute; en su trabajo en t&eacute;rminos  de traducci&oacute;n de culturas&quot; &#40;Asad, 1986: 141-42&#41;. En efecto, uno sospecha que la  met&aacute;fora gu&iacute;a hubiera provenido de los campos de juego brit&aacute;nicos: la necesidad  de aprender las reglas del juego. Asad observa que para que los antrop&oacute;logos  pudieran mirar otras culturas como traducibles, ellos primero ten&iacute;an que  concebirlas como <i>textos</i>. Esto requer&iacute;a transformar la propia experiencia  del trabajo de campo en una estructura de pensamiento ind&iacute;gena. Asad cita la  definici&oacute;n de traducci&oacute;n cultural de Lienhardt como &quot;la descripci&oacute;n para otras  personas de la manera en que piensan los miembros de una tribu remota, &#91;...&#93; como  el intento de hacer que la coherencia que tiene el pensamiento primitivo en los  lenguajes que habita sea lo m&aacute;s clara posible en nuestro propio lenguaje&quot;  &#40;Lienhardt, 1954: 97&#41;. Esto, sin embargo, asume que la cultura es esencialmente  ling&uuml;&iacute;stica, de la cual se puede extraer y traducir una forma de pensamiento.  Incluso si uno acepta este principio, las culturas est&aacute;n, como Asad lo ha  observado, en considerable peligro de ser mal traducidas y de ser apropiadas por  &quot;lenguajes&quot; m&aacute;s dominantes &#40;Asad, 1986: 158&#41;. A esto podemos sumar la objeci&oacute;n  de que la idea de traducci&oacute;n misma siempre carga consigo la implicaci&oacute;n de  diferencia y, por lo tanto, <i>crea </i>diferencia. En la traducci&oacute;n, incluso lo  familiar adquiere algo for&aacute;neo.</p>      <p > Yo argumentar&iacute;a que los objetos que las im&aacute;genes registran, y ciertamente muchos  aspectos de la experiencia social, no son, en &uacute;ltima instancia, traducibles. Si  las pel&iacute;culas etnogr&aacute;ficas transmiten los rasgos no ling&uuml;&iacute;sticos de la cultura,  lo hacen no por medio de un proceso de traducci&oacute;n sino por medio de uno de  relaci&oacute;n f&iacute;sica. En cierto sentido, las pel&iacute;culas etnogr&aacute;ficas no &quot;quieren  decir&quot; nada, pero tampoco quieren decir &quot;cualquier cosa&quot;. Ellas nos sit&uacute;an en  relaci&oacute;n con objetos, desplegando lo que es sugerente y expresivo en el mundo.  Ellas son anal&iacute;ticas por medio de lo que escogen para presentarnos. Nos  transmiten las din&aacute;micas de relaciones sociales, creando explicaciones por medio  de secuencias narrativas y otras estructuras f&iacute;lmicas. Ellas producen  simulacros, en vez de traducciones. Sin mencionar, en efecto, el cine, Asad  se&ntilde;ala que en ciertas circunstancias un <i>performance </i>de cierta cultura  puede ser preferible al &quot;discurso representacional de la etnograf&iacute;a&quot;, pero que  los antrop&oacute;logos no est&aacute;n realmente interesados en esto. La audiencia  antropol&oacute;gica est&aacute; esperando &quot;leer <i>sobre </i>alg&uacute;n otro modo de vida y  manipular el texto que lee de acuerdo con reglas establecidas, y no aprender <i> a vivir </i>la vida de una nueva manera&quot; &#40;Asad, 1986: 159&#41;. De forma similar,  Dipesh Chakrabarty observa que los intelectuales de Occidente se sienten  inc&oacute;modos al tratar muchos aspectos de la vida no occidental, <i>excepto </i> cuando los &quot;antropologizan&quot;, porque el c&oacute;digo maestro del pensamiento de  Occidente &#40;incluido el pensamiento marxista&#41; es un discurso historicista secular  &#40;Chakrabarty, 1994: 423&#41;. En cualquier caso, hay muchos aspectos de la cultura  que a los antrop&oacute;logos no se les pide que reporten, y que, por lo tanto, relegan  a la privacidad de su experiencia del trabajo de campo. Ellos, consecuentemente,  se posicionan como intermediarios entre el campo y la audiencia. Lo que ellos  expresan a otros es lo que ellos se han expresado antropol&oacute;gicamente a s&iacute;  mismos. En cierto sentido, las pel&iacute;culas, como una forma de lo que Asad llama  &quot;instancias transformadas del original&quot;, amenazan esta mediaci&oacute;n al eludir las  consabidas pr&aacute;cticas textuales. Las pel&iacute;culas, en consecuencia, transmiten  muchas de las cosas sobre las que los antrop&oacute;logos no acostumbran hablar o no  son capaces de expresar.</p>     <p > Finalmente, las pel&iacute;culas etnogr&aacute;ficas producen en nosotros respuestas bastante  distintas a las que producen los textos que leemos, y de los cuales construimos  nuestras propias im&aacute;genes mentales. &Eacute;stas son, por supuesto, mediadas por la  elecci&oacute;n, la perspectiva y el arreglo del material. Pero en cuanto son  correlaciones cercanas de nuestra interacci&oacute;n f&iacute;sica con el mundo por medio de  la visi&oacute;n, el tacto y nuestros otros sentidos, las im&aacute;genes afirman la autonom&iacute;a  y, de cierta manera, la inviolabilidad de las experiencias de otras personas,  las cuales no pueden siempre ser asumidas como abiertas al poder del lenguaje.  En este sentido, concebir el cine como un texto implica algunos de los mismos  problemas de concebir la cultura como un texto.</p>     <p ><b> VER Y &quot;VER&quot;</b></p>      <p > Muchas cr&iacute;ticas a la teor&iacute;a antropol&oacute;gica han tenido lugar en medio de una  cierta unanimidad metaf&oacute;rica, y, por lo general, son cr&iacute;ticas desde otro lugar  &#40;desde el feminismo, el marxismo, la teor&iacute;a <i>queer</i>, la teor&iacute;a del cine,  los estudios subalternos&#41; las que han introducido un conjunto distinto de  im&aacute;genes conceptuales. Con esto quiero decir que la antropolog&iacute;a, con toda su  modernidad e, incluso, su postmodernidad, contin&uacute;a confiando en exceso en  met&aacute;foras sobre el conocimiento que ser&iacute;an perfectamente reconocibles por  acad&eacute;micos de los siglos XVIII y XIX. Los antrop&oacute;logos se han visto a s&iacute; mismos  viajando por un camino hacia el conocimiento, evitando escollos aqu&iacute; y all&aacute; y  descubriendo nuevas v&iacute;as, unas veces divergiendo de las autopistas de la gran  teor&iacute;a y otras veces yendo por ellas, pero confiados en que un panorama m&aacute;s  amplio les espera m&aacute;s adelante. Las proclamas por una etnograf&iacute;a experimental,  por cambios paradigm&aacute;ticos y pr&eacute;stamos interdisciplinarios, a menudo tienen las  caracter&iacute;sticas de un reajuste a un terreno nuevo que las de un cambio de  destino. De manera alternativa, uno podr&iacute;a referirse al viaje sem&aacute;ntico de la  antropolog&iacute;a –lo que Reddy &#40;1993&#41; llama la &quot;met&aacute;fora del conducto&quot;– en el cual  participamos todos y en el cual el conocimiento est&aacute; asegurado por medio de cu&aacute;n  bien entendamos tanto nuestras transmisiones de sentido como las de los otros.  Pero es claro que el concepto maestro de la antropolog&iacute;a, con todo y su  distanciamiento de las im&aacute;genes, y al igual que muchas otras disciplinas, ha  sido la met&aacute;fora de la visi&oacute;n –<i>entender es ver</i>–, y es en parte debido a  esto que el cine ha venido a ocupar un lugar de catalizador en la antropolog&iacute;a.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p > En su mayor&iacute;a, los desaf&iacute;os previos a la descripci&oacute;n etnogr&aacute;fica han venido  desde el denominador com&uacute;n de la escritura. Se ha lidiado con los problemas que  ellos han resaltado como si fueran obst&aacute;culos que hay que vencer, o brechas que  se deben salvar o llenar. Nicholas Tomas describe esto como parte de la  epistemolog&iacute;a sobre la cantidad, basada en el sentido com&uacute;n, que tiene la  disciplina. &quot;Los defectos son ausencias que se deben rectificar por medio de la  adici&oacute;n de m&aacute;s informaci&oacute;n, y se podr&aacute; saber m&aacute;s de alg&uacute;n tema en particular a  medida que se a&ntilde;adan otras maneras de percibirlo. La &#39;parcialidad&#39;, por lo  tanto, est&aacute; relacionada con una falta que se puede rectificar o balancear por  medio de una adici&oacute;n de m&aacute;s perspectivas&quot; &#40;Tomas, 1991: 308&#41;. Sin embargo,  cuando la met&aacute;fora de <i>entender-es-ver </i>choca con la dimensi&oacute;n del ver en  cuanto encarnaci&oacute;n del conocimiento, es f&aacute;cil pronosticar que la disciplina  sufrir&aacute; una perturbaci&oacute;n intelectual m&aacute;s fundamental, lo cual podr&iacute;a tal vez  compararse con una fuga o un cortocircuito sin&aacute;ptico. Creo que esto es lo que  ocurre cuando la antropolog&iacute;a se encuentra con el cine etnogr&aacute;fico.</p>      <p > La met&aacute;fora de la visi&oacute;n se puede encontrar en todas partes en los escritos  antropol&oacute;gicos y, en efecto, en la mayor&iacute;a de escritos. El lenguaje  antropol&oacute;gico, cuando encuentra la visi&oacute;n en el cine, est&aacute;, por lo tanto,  impregnado de antemano por la visi&oacute;n como forma simb&oacute;lica. La ubicuidad de tal  pensamiento metaf&oacute;rico ha sido demostrada por Lakof y Johnson &#40;1980&#41;, y sus  implicaciones para el pensamiento cient&iacute;fico han sido examinadas en mayor  detalle por otros &#40;Holland y Quinn, 1987; Reddy, 1993; Salmond, 1982&#41;. Al  analizar el lenguaje de los textos cient&iacute;ficos, Anne Salmond habla de varias  met&aacute;foras prominentes, que incluyen &quot;entender es ver&quot;, &quot;el conocimiento es un  paisaje&quot;, &quot;la actividad intelectual es un viaje&quot;, &quot;los hechos son objetos  naturales&quot;, &quot;la mente es un contenedor&quot; y &quot;la actividad intelectual es trabajo&quot;.  El pensamiento y la expresi&oacute;n antropol&oacute;gica se basan en todas estas met&aacute;foras,  pero &quot;entender es ver&quot; y sus met&aacute;foras asociadas son tal vez las m&aacute;s extendidas.  Podr&iacute;amos ir m&aacute;s all&aacute;. Nociones tales como &eacute;mico y &eacute;tico, o experiencia cercana  y experiencia distante, se desprenden de la imagen del ver, en la cual el  entendimiento es una funci&oacute;n tanto de la posici&oacute;n de quien mira como de un  constructo de adentro/ afuera o de superficie/profundidad. &quot;Exponer los  problemas&quot; o &quot;arrojar m&aacute;s luz&quot; sobre sujetos antropol&oacute;gicos unen la met&aacute;fora de <i>entender-es-ver </i>con las met&aacute;foras visuales de luz/oscuridad y  cubrir/descubrir. &quot;Ir al coraz&oacute;n&quot; del problema une la met&aacute;fora de  superficie/profundidad con las met&aacute;foras corporales de sentimiento, coraz&oacute;n y  autenticidad. Incluso cuando no somos conscientes de utilizar estas fguras,  Salmond remarca que olvidarnos de ellas o intentar escapar de ellas es no  comprender la relaci&oacute;n de nuestra expresi&oacute;n con nuestra experiencia del mundo.  Al mismo tiempo, puesto que las met&aacute;foras permean nuestra expresi&oacute;n, su uso, en  &uacute;ltima instancia, significa que &quot;la verificaci&oacute;n absoluta de descripciones no es  factible&quot; &#40;Salmond, 1982: 65&#41;.</p>     <p > En las pel&iacute;culas, los antrop&oacute;logos se enfrentan a la disyuntiva de la &quot;visi&oacute;n&quot;  guiada por la escritura antropol&oacute;gica y la visi&oacute;n m&aacute;s ambigua de las im&aacute;genes  fotogr&aacute;ficas, la cual es tal vez m&aacute;s cercana a la f&eacute;rtil ambig&uuml;edad social del  habla. A pesar de las muchas met&aacute;foras visuales que subyacen a la antropolog&iacute;a,  las im&aacute;genes no se prestan f&aacute;cilmente a la expresi&oacute;n e interpretaci&oacute;n  antropol&oacute;gicas, ni a trav&eacute;s de la visi&oacute;n que el cineasta codifica en ellas, ni  en el subsiguiente proceso de observarlas. Esto no quiere decir que no puedan  contribuir a la comprensi&oacute;n antropol&oacute;gica, sino que hay que enfatizar que ellas  no pueden hacerlo sin que haya un cambio en las expectativas. Las razones de  esto yacen en las propiedades de las im&aacute;genes mismas y en las maneras en que  aqu&eacute;llas est&aacute;n articuladas.</p>     <p > Aqu&iacute; me refiero a lo que Ivo Strecker &#40;1997&#41; ha llamado &quot;la turbulencia de las  im&aacute;genes&quot; en el discurso etnogr&aacute;fco<sup><a name="s22" href="#22">22</a></sup>. Las im&aacute;genes visuales tiene un  potencial connotativo complejo para el espectador, y, adem&aacute;s, im&aacute;genes de  personas en situaciones sociales &#40;en particular, im&aacute;genes del cine sonoro&#41;  proveen un mundo expresivo complejo en el cual las palabras, las apariencias y  las acciones ocupan un campo social y cultural continuo. Strecker &#40;1988&#41; ha  demostrado elocuentemente c&oacute;mo el mundo simb&oacute;lico, el cual no est&aacute; fijo sino que  es un f&eacute;rtil semillero de posibilidades, se extiende desde la expresi&oacute;n verbal  hasta el comportamiento f&iacute;sico del d&iacute;a a d&iacute;a, y luego m&aacute;s all&aacute;, hasta llegar al  ritual formal. En tal red de entendimientos y maniobras hay, en igual medida,  una constante interpenetraci&oacute;n de los campos verbales y gestuales, junto a un  movimiento m&aacute;s lineal desde el pensamiento hasta la palabra y la acci&oacute;n.  Partiendo de conceptos de Erving Gofman, Dan Sperber y Paul Grice, y la &quot;teor&iacute;a  de la cortes&iacute;a&quot; de Penelope Brown y Stephen Levinson, Strecker ve las relaciones  interpersonales como escenarios de &quot;implicaci&oacute;n conversacional&quot; en los cuales  las personas act&uacute;an en dramas de cooperaci&oacute;n, o donde manipulan esos dramas para  ejercer diferentes formas de influencia los unos sobre los otros. El punto aqu&iacute;  es que la met&aacute;fora no es s&oacute;lo un rasgo de cognici&oacute;n y del lenguaje sino que se  extiende a la pr&aacute;ctica social visible. Esto se puede ver en el uso de gestos  metaf&oacute;ricos &#40;McNeill y Levy, 1982&#41;, en los &quot;rituales de interacci&oacute;n&quot; de la vida  diaria &#40;Gofman, 1967&#41; y en la representaci&oacute;n de &quot;dramas sociales&quot; &#40;Turner 1981&#41;.  El cine transmite esta complejidad en sus interrelaciones, al ligar el mundo de  la imagen con el de la palabra y con el de la acci&oacute;n, asemej&aacute;ndose a lo que  Stephen Tyler &#40;1978: 63&#41; llama una &quot;visi&oacute;n interaccionista del pensamiento&quot; que  combina sus dimensiones verbales &#40;ac&uacute;sticas&#41;, visuales y sinest&eacute;sicas.</p>     <p > En este sentido, la transculturalidad de las im&aacute;genes puede ser vista como una  de las m&aacute;s primarias violaciones al discurso antropol&oacute;gico. La ambig&uuml;edad  cultural de las im&aacute;genes ofende particularmente la regla discursiva de la  claridad &#40;Grice, 1975: 46&#41;. Si bien el lenguaje es culturalmente espec&iacute;fico en  la arbitrariedad de sus signos, en su mayor&iacute;a las im&aacute;genes de objetos en el  mundo visible expresan ic&oacute;nica e indexicalmente un amplio rango de sentidos y  funciones potenciales. Los objetos visuales se cargan de un potencial simb&oacute;lico  y metaf&oacute;rico por medio de su uso, y son las diferentes contextualizaciones de  estos usos las que producen los diversos significados. Para muchos de nosotros,  la imagen de un par de sandalias puede sugerirnos la acci&oacute;n de caminar, pero  para los turkana, de Kenia &#40;o para los hamar, o para los mursi&#41;, que usan  sandalias no s&oacute;lo para caminar sino tambi&eacute;n para adivinar, la imagen puede  igualmente sugerir el futuro, o alguna preocupaci&oacute;n m&aacute;s espec&iacute;fica, como la  llegada de las lluvias.</p>     <p > Se puede ver una flexibilidad similar funcionando en los gestos, los cuales  pueden ser de&iacute;cticos, ic&oacute;nicos y metaf&oacute;ricos. Hay diferentes maneras de se&ntilde;alar  &#40;con los dedos, con los labios, con la cabeza&#41; pero el se&ntilde;alar mismo es una  forma de definici&oacute;n visual y ostensiva que puede ser le&iacute;da a trav&eacute;s de las  culturas. Las met&aacute;foras verbales pueden variar de una &quot;cultura&quot; a otra &#40;ver, por  ejemplo, Salmond &#91;1982&#93; para las met&aacute;foras maor&iacute; sobre el conocimiento&#41;, pero  &eacute;stas no son necesariamente congruentes con la distribuci&oacute;n geogr&aacute;fica de las  met&aacute;foras gestuales. El ahuecamiento de las manos hacia arriba para simular una  balanza y expresar as&iacute; &quot;escoger es sopesar&quot; &#40;McNeill y Levy, 1982: 289-291&#41; lo  reconocen muchas sociedades mercantiles, pero la gente en estas sociedades no  utiliza necesariamente la misma imagen para <i>hablar </i>de escoger. De manera  similar, las im&aacute;genes de partes del cuerpo, o ciertos usos del cuerpo en  determinadas posturas o posiciones, pueden relacionarse con sensaciones f&iacute;sicas,  como la pesadez o la liviandad &#40;por ejemplo, en la expresi&oacute;n alica&iacute;da de la  verg&uuml;enza o la tristeza&#41;, o pueden referirse al coraz&oacute;n o al est&oacute;mago como el  lugar de la sensaci&oacute;n, o convertirse en met&aacute;foras de estatus &#40;pies y cabeza,  alto y bajo, etc.&#41;. El punto aqu&iacute; no es especificar modos particulares de  expresi&oacute;n sino sugerir las maneras en que las pel&iacute;culas y otras im&aacute;genes  visuales dan acceso a la expresividad de las pr&aacute;cticas sociales. Gran parte de  la transculturalidad del cine se desprende de estas imbricaciones culturales y  de patrones m&aacute;s amplios de la acci&oacute;n humana cuando est&aacute; conectada al poder y a  la deferencia. Brown y Levinson, por ejemplo, que derivaron su concepto de &quot;faz&quot;  en parte de los estudios de Gofman sobre el comportamiento cara a cara, arguyen  que si bien lo que constituye el guardar las apariencias puede variar de una  cultura a otra, &quot;el conocimiento mutuo de la faz o imagen p&uacute;blica de sus  miembros y la necesidad social de orientarse uno mismo hacia ella en la  interacci&oacute;n son algo universal&quot; &#40;citado en Brown y Levinson, 1978; Strecker,  1988&#41;.</p>     <p > Si las im&aacute;genes de las pel&iacute;culas a menudo desaf&iacute;an el &quot;concepto de cultura&quot;, la  transculturalidad del cine no deber&iacute;a ser, en &uacute;ltima instancia, tomada como una  nueva clave de las universalidades humanas, sino mejor como una <i>provocaci&oacute;n</i>.  Deber&iacute;a llevarnos hacia un argumento de m&aacute;s amplio rango sobre las implicaciones  del reconocimiento visual tanto en etnograf&iacute;a como en la historia humana. El <i> shock </i>de la transculturalidad deja en claro que las diferencias culturales  entre grupos no siempre indican una homogeneidad cultural interna. La  transculturalidad es tambi&eacute;n un artefacto de historias regionales, movimientos y  comunicaci&oacute;n. La &quot;turbulencia&quot; de las im&aacute;genes puede ser vista como an&aacute;loga a la  turbulencia de las mismas sociedades modernas, en su movilidad y en sus fuerzas  globales discontinuas que afectan partes distintas de maneras desiguales. Es  importante ver c&oacute;mo otros perciben transculturalmente el mundo, encontrando  cosas que reconocen en lugares lejanos, o cosas que rechazan, o de las que  desean apropiarse. Los debates sobre el cine etnogr&aacute;fico pueden entonces tener  lugar dentro de un marco interdisciplinario m&aacute;s amplio que sea sensible a los  procesos transculturales de intercambio material y cultural. Semejante marco,  eventualmente, habr&iacute;a de incluir un reconocimiento del papel de cada uno de los  grupos y de la interconexi&oacute;n de su historia con la de los otros.</p>      <p ><b> &iquest;UNA ANTROPOLOG&Iacute;A DE LA CONCIENCIA&#63;</b></p>      <p > El valor de la antropolog&iacute;a visual yace en su desemejanza con respecto a la  escritura etnogr&aacute;fica, incluidas las propiedades transculturales de las im&aacute;genes  visuales. Este valor yace en la capacidad de crear nuevas nociones de la  etnograf&iacute;a, en vez de adaptar la visi&oacute;n a formas escritas. Esto es lo que quiere  decir W. J. T. Mitchell en un sentido m&aacute;s amplio cuando escribe: &quot;Injertar una  idea recibida de cultura &#40;de los estudios culturales o de cualquier otra &aacute;rea&#41; a  la idea recibida de &quot;lo visual&quot; &#40;de la historia del arte, de los estudios del  cine o de cualquier otra &aacute;rea&#41; producir&aacute; s&oacute;lo otro conjunto de ideas recibidas&quot;  &#40;Mitchell, 1995: 543&#41;. Nociones tempranas de la antropolog&iacute;a visual enfatizaban  la importancia de la fotograf&iacute;a como una sierva leal de la disciplina, que  produc&iacute;a mediciones, ayudas nemot&eacute;cnicas y sustituciones para observaciones de  primera mano. La antropolog&iacute;a visual luego se desplaz&oacute; hacia las descripciones  hol&iacute;sticas y las funciones did&aacute;cticas &#40;ver Heider, 1976&#41;. Desde ese entonces ha  habido un inter&eacute;s creciente en aproximarse a los aspectos experienciales de la  cultura y a la conciencia de actores sociales espec&iacute;ficos. Esta concepci&oacute;n, con  su sesgo occidental hacia lo individual, ve a las personas en toda sociedad  operando dentro de lo que Victor Turner llam&oacute; &quot;estructuras de experiencia&quot;, las  cuales incorporan las posibilidades de evasi&oacute;n, desaf&iacute;o, redefinici&oacute;n y –algo  muy importante– ignorancia. Coincidiendo con Sapir, Turner observa que &quot;la  cultura &#91;...&#93; <i>nunca le es dada </i>a cada individuo sino que, en cambio, es  &#39;descubierta a tientas&#39;, y, yo a&ntilde;adir&iacute;a que gran parte de ella es descubierta  bastante tarde en la vida. Nunca cesamos de aprender <i>nuestra propia </i> cultura, y mucho menos culturas ajenas&quot; &#40;Turner, 1981: 140&#41;. Tal vez por ello,  no es de extra&ntilde;arse que las pel&iacute;culas etnogr&aacute;ficas que tratan a los individuos  como sujetos que experimentan el mundo tienden a situarlos en escenarios  sociales espec&iacute;ficos y siguen los pasos narrativos de lo que Turner identifica  como las constantes transculturales de los dramas sociales: &quot;ruptura, crisis,  reparaci&oacute;n, y, <i>o bien </i>reintegraci&oacute;n, o bien reconocimiento del quiasmo&quot;  &#40;Turner, 1981: 145&#41;<sup><a name="s23" href="#23">23</a></sup>.</p>     <p > No estoy sugiriendo que la antropolog&iacute;a visual debe necesariamente emplear  formas narrativas, sino que estas formas hacen posible ver a los actores  sociales respondiendo creativamente a un conjunto abierto de posibilidades  culturales, en vez de estar atados a un marco metodol&oacute;gico r&iacute;gido de  constricciones culturales. Al enfatizar al individuo, es m&aacute;s probable que los  antrop&oacute;logos visuales se aparten de la idea de la cultura como conjunto de  estructuras discretas y distintivas, y la tomen como una serie de variaciones de  un tema: una convergencia de lo personal, lo hist&oacute;rico y lo material en un  momento y un lugar determinados. En el pasado, esta aproximaci&oacute;n se ha aplicado  en grandes &aacute;reas culturales como el Mediterr&aacute;neo e Latinoam&eacute;rica, donde las  sociedades comparten ciertas historias y caracter&iacute;sticas subyacentes, aunque las  conjugan de maneras distintas. Tal vez desde las perspectivas de la antropolog&iacute;a  visual los individuos aparecer&aacute;n m&aacute;s a menudo &quot;refractando&quot; su cultura y no  tanto tipific&aacute;ndola. Es posible que &quot;Cultura&quot;, como categor&iacute;a, se vea  constre&ntilde;ida, tomando un lugar m&aacute;s modesto junto a los factores sociales,  econ&oacute;micos, hist&oacute;ricos y psicol&oacute;gicos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p > En el pasado, la antropolog&iacute;a visual ha hecho &eacute;nfasis en la documentaci&oacute;n visual  y utilizado un rango limitado de modelos narrativos y did&aacute;cticos. &iquest;C&oacute;mo ser&aacute; la  antropolog&iacute;a visual del futuro&#63; M&aacute;s exactamente, &iquest;qu&eacute; aspectos de la visualidad  misma ser&aacute;n los que m&aacute;s influyan en la antropolog&iacute;a visual&#63; Lo que he llamado  las propiedades transculturales del cine y del video, si bien pueden llevar a  estudios sin&oacute;pticos enmarcados en teor&iacute;as universalistas, parece m&aacute;s bien que  crear&aacute;n una antropolog&iacute;a visual de lo particular. Esto se debe a que lo  transcultural hace posible una yuxtaposici&oacute;n de los horizontes experienciales,  donde tienen lugar ciertos saltos indirectos e interpretativos del  entendimiento. Esto sugiere un cambio de las etnograf&iacute;as generales, o de los  estudios de los eventos culturales emblem&aacute;ticos –como los rituales–, a los  estudios de las experiencias de actores sociales individuales en situaciones de  gran relevancia intercultural.</p>     <p > Podemos imaginar que los medios visuales contribuyan a una nueva &aacute;rea de los <i> estudios experienciales </i>en la antropolog&iacute;a –estudios de la realizaci&oacute;n del  conocimiento social–, que podr&iacute;amos considerar en t&eacute;rminos m&aacute;s amplios como una  &quot;antropolog&iacute;a de la conciencia&quot;<sup><a name="s24" href="#24">24</a></sup>. Pero si es as&iacute;, &iquest;en qu&eacute; consistir&aacute;  tal &aacute;rea&#63; &iquest;C&oacute;mo habr&iacute;a de diferenciarse de la psicolog&iacute;a y de la sociolog&iacute;a, o  de las formas que ha tomado en los trabajos de investigadores como Gofman,  Turner, Bourdieu y Piaget&#63; &iquest;C&oacute;mo se podr&iacute;a sacar provecho de la  transculturalidad de las im&aacute;genes visuales para transmitir experiencias <i> dentro </i>de la cultura, es decir, las particularidades de la negociaci&oacute;n entre  lo personal y lo cultural&#63; A fin de cuentas, &iquest;no ser&iacute;a tal &aacute;rea nada menos que  el brazo emp&iacute;rico de la fenomenolog&iacute;a&#63;</p>     <p > De la misma manera en que se ocupa del mundo simb&oacute;lico de la pr&aacute;ctica social,  una antropolog&iacute;a redefinida de la conciencia estudiar&iacute;a el flujo continuo de la  conciencia en la vida diaria, aquella mezcla de experiencias sensoriales y  cognitivas que la conciencia percibe como un campo integrado. En este aspecto,  se intersecar&iacute;a con los esfuerzos m&aacute;s recientes de la ciencia cognitiva por  comprender la conciencia misma, un problema que ha sido abordado desde las  perspectivas filos&oacute;ficas y neurobiol&oacute;gicas<sup><a name="s25" href="#25">25</a></sup>. Tambi&eacute;n tendr&iacute;a  necesariamente en cuenta el papel del inconsciente a la hora de influir en el  proceso del tejido de la conciencia. Aqu&iacute;, los medios visuales pueden tener una  relevancia en particular. El mundo experiencial creado por el cine est&aacute;  construido sobre una interrelaci&oacute;n similar entre las percepciones &#40;im&aacute;genes,  sonidos&#41; y las fuerzas &#40;culturales, sociales, biol&oacute;gicas&#41; que las organizan de  diversas maneras. Esto se refleja en c&oacute;mo vemos las pel&iacute;culas –simult&aacute;neamente  &quot;reales&quot; y media-das– y en la a menudo inexplicable intensidad de nuestras  respuestas a ellas. La relaci&oacute;n de esta mediaci&oacute;n con nuestras experiencias  cinematogr&aacute;ficas, en vez de ser considerada una simple estructura subyacente o  conjunto de presiones, puede tal vez ser mejor descrita como lo que Christian  Metz &#40;1982: 20&#41; llama una <i>yuxtaestructura , </i>algo que est&aacute; &quot;por as&iacute;  decirlo <i>comprometido lateralmente </i>con ello&quot; y, por lo tanto es, al final  de cuentas, tambi&eacute;n parte de ello<sup><a name="s26" href="#26">26</a></sup>.</p>     <p > Si la experiencia social, en &uacute;ltima instancia, no puede ser traducida, excepto  si de antemano se concibe en t&eacute;rminos ling&uuml;&iacute;sticos, puede <i>hacerse perceptible </i>con im&aacute;genes y sonidos. Pero qu&eacute; tan bien percibamos la experiencia de otros  depende de los campos de conciencia que compartamos con ellos. Esto supone un  proceso transcultural &#40;ahora en el sentido de cruzar lindes culturales&#41; y una  voluntad de entrar en un contrato de comprensi&oacute;n con otros, incluido el cineasta  o el escritor como intermediario. La conciencia incluye el campo del  conocimiento t&aacute;cito, evocado s&oacute;lo en los intersticios y disyunciones de lo que  puede ser mostrado f&iacute;sicamente. Lograr acceso a esto requiere ser consciente de  lo que falta. Este tipo de etnograf&iacute;a enfatiza, como lo llama Tyler, &quot;la  naturaleza cooperativa y colaborativa de la situaci&oacute;n etnogr&aacute;fica, en contraste  con la ideolog&iacute;a del observador trascendental&quot; &#40;1987: 203&#41;. Por lo tanto, si  bien la transculturalidad de las im&aacute;genes sugiere universalidad, de hecho, opera  localmente.</p>      <p > Hoy en d&iacute;a s&oacute;lo podemos especular sobre qu&eacute; explorar&aacute; la antropolog&iacute;a de la  conciencia: las oscilaciones y relatividades de la subjetividad y objetividad,  el sentido y el no-sentido de la conciencia y del &quot;habitus&quot;, de la cognici&oacute;n y  de la acci&oacute;n, del ser y del transformarse: aquello que todos experimentamos en  mayor o menor medida. Tal vez podr&aacute; dirigirse a las cuestiones fundamentales  concernientes al <i>Lebenswelt </i>que formularon hace muchos a&ntilde;os Wittgenstein,  Sapir y Whorf, y tambi&eacute;n explorar las cuestiones de la experiencia encarnada  formuladas m&aacute;s recientemente por Mary Douglas &#40;1966; 1970&#41; y Victor Turner  &#40;1967&#41; en relaci&oacute;n con el papel social de los s&iacute;mbolos, y por Michael Jackson  &#40;1989&#41; y Gilbert Lewis &#40;1980&#41;, en relaci&oacute;n con la eficacia performativa del  ritual. En cuanto antropolog&iacute;a de lo particular, es posible que sea emp&iacute;rica y  al mismo tiempo te&oacute;rica, y que cada vez m&aacute;s utilice las cualidades expresivas  particulares de los medios visuales.</p>     <p > La exploraci&oacute;n antropol&oacute;gica de la conciencia debe comenzar con una exploraci&oacute;n  de nuestra propia experiencia consciente, pues es la &uacute;nica fuente inmediatamente  disponible para nosotros. Sin embargo, nuestra experiencia no est&aacute; aislada sino  que siempre es consciente de otros, y est&aacute; implicada en sus conciencias. Esto no  quiere decir que tal introspecci&oacute;n deba dominar la antropolog&iacute;a visual o  escrita, pero s&iacute; que deber&iacute;amos tomar nuestra propia experiencia en serio como  una materia prima y como un puente para entender la experiencia social de otros<sup><a name="s27" href="#27">27</a></sup>.  Podemos proponernos observar y expresar el tejido de la conciencia con el mismo  empe&ntilde;o con que los ling&uuml;istas intentan registrar el tejido del habla. Es claro  que en esto estamos atados a nuestras propias capacidades expresivas y  predisposiciones culturales. Nos acercamos a algo parecido a la observaci&oacute;n de  part&iacute;culas subat&oacute;micas, en la cual nuestra intenci&oacute;n y nuestra interferencia  forman parte ineludible de nuestros medios de comprensi&oacute;n. El objetivo es, en  &uacute;ltima instancia, transmitir la relaci&oacute;n que tiene la conciencia con la pr&aacute;ctica  social. Si fu&eacute;ramos capaces de encontrar un lenguaje para expresar incluso cinco  minutos de nuestra experiencia social en toda su complejidad verbal, ic&oacute;nica y  sinest&eacute;sica, ya habr&iacute;amos hecho un gran progreso en esta direcci&oacute;n.</p>     <p > Una antropolog&iacute;a de la conciencia requiere de una construcci&oacute;n gradual de una  experiencia compartida en el mundo con aquellos que deseamos comprender. Esto es  tanto sensorial como cognitivo. La conciencia no distingue la experimentaci&oacute;n de  ideas e im&aacute;genes mentales, de la experiencia del tacto, de la vista, de la  escucha y del olfato. Tampoco separa claramente la experiencia de percibir a los  otros, de la experiencia de percibirse a uno mismo. En este sentido, el sujeto  de la conciencia no est&aacute; fijo, sino que sufre cambios entre subjetividades  individuales y compartidas, como cuando uno se posiciona como un observador y  luego se une a una actividad comunal. Estos cambios no pueden reducirse a un  simple compromiso o a un desentendimiento, sino que representan un amplio  espectro de intensidades y estados cualitativos. En otro sentido, tambi&eacute;n, el  sujeto de la conciencia no es est&aacute;tico. Los actores sociales est&aacute;n comprometidos  en una exploraci&oacute;n constante de sus propios potenciales, d&aacute;ndose cuenta de sus  nuevas facetas en nuevos contextos. Es importante, por lo tanto, contemplar a  los actores sociales no como personalidades fijas sino como lo que Julia  Kristeva llama &quot;sujetos en proceso&quot;: individuos en un continuo estado de  transformaci&oacute;n personal, a veces m&aacute;s r&aacute;pido &#40;como en la ni&ntilde;ez y en la  adolescencia&#41; y a veces m&aacute;s lento. El descubrimiento y la creaci&oacute;n del propio  ser no ocurren de manera aislada, sino en relaci&oacute;n con otros y en interacci&oacute;n  con ellos. Esto algunas veces incluye al antrop&oacute;logo, y, en efecto, la presencia  de un antrop&oacute;logo &#40;con o sin una c&aacute;mara&#41; puede ser un catalizador importante de  la alteraci&oacute;n de la conciencia que las personas tienen de ellas mismas.</p>     <p > La conciencia del observador tambi&eacute;n est&aacute; siempre sujeta a tales procesos.  Muchos cr&iacute;ticos discuten acerca de los autores de pel&iacute;culas o escritos  antropol&oacute;gicos en t&eacute;rminos de las &quot;voces autorales&quot; que se posicionan en  absoluta distinci&oacute;n, frecuentemente de manera dial&oacute;gica, respecto a las voces  ambiguas y a menudo reprimidas de los otros <sup><a name="s28" href="#28">28</a></sup>. Sin embargo, el  concepto del autor de un trabajo como centro estable es algo ilusorio y se  parece m&aacute;s a la reificaci&oacute;n de una de las caras de una abstracci&oacute;n moral o  estructural. De hecho, nuestras voces como autores son plurales. En cualquier  momento representamos esquirlas y fragmentos de una experiencia social y  cultural continua, en la cual aquellos que filmamos o sobre los que escribimos  son una parte crucial. El autor nunca est&aacute; aislado sino que siempre es un ser  contingente, y la &quot;voz&quot; del autor siempre est&aacute; constituida en relaci&oacute;n con su  objeto. Finalmente, ning&uacute;n autor es del todo consciente de lo que constituye su  voz: habla de manera distinta en contextos distintos, sufre subjetividades  cambiantes junto a otros, es un ventr&iacute;locuo para sus maestros, padres, amigos y  h&eacute;roes.</p>     <p > Para expresar c&oacute;mo se experimenta el mundo y c&oacute;mo se le da forma en la pr&aacute;ctica  social, una antropolog&iacute;a de la conciencia tambi&eacute;n debe tener en cuenta c&oacute;mo toma  forma la experiencia de su audiencia. En un mundo de riquezas insinuantes y  metaf&oacute;ricas, fundadas en conocimientos t&aacute;citos, a menudo debe hablar metaf&oacute;rica  e insinuantemente. Esto implica atraer al espectador o al lector al espacio  hist&oacute;rico y social de una etnograf&iacute;a, de la misma manera en que uno introduce  gradualmente a alguien a la geograf&iacute;a de un nuevo territorio. La conciencia es  un campo multidimensional en el cual las brechas y las elisiones constituyen  gran parte del mundo percibido. De hecho, al igual que los intervalos tonales y  temporales en la m&uacute;sica, ellas <i>son </i>el mundo. Lo no dicho es el suelo  com&uacute;n de las relaciones sociales, la comunicaci&oacute;n y la etnograf&iacute;a. Tambi&eacute;n es el  territorio de la imagen.</p>  <hr size="1">    <p><b>Comentarios</b></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p > <sup><a name=* href="#s*" >*</a></sup> MACDOUGALL, DAVID; TRANSCULTURAL CINEMA. © 1998 Princeton University Press.  Reprinted by Permission of Princeton University Press</p>     <p > <sup><a name="1" href="#s1" >1</a></sup> Adaptado del Oxford English Dictionary, segunda edici&oacute;n &#40;Simpson y Weiner,  1989&#41;. La definici&oacute;n exacta es la siguiente: &quot;Que trasciende las limitaciones o  que cruza los lindes de las culturas; que ata&ntilde;e a m&aacute;s de una cultura;  intercultural&quot;.</p>      <p > <sup><a name="2" href="#s2" >2</a></sup> Por supuesto, es posible que nunca hagamos referencia &#40;o incluso pensemos&#41; en  &aacute;rboles, si usamos t&eacute;rminos como roble, olmo, acacia, etc. Sin embargo, aunque  estas palabras son m&aacute;s espec&iacute;ficas, siguen siendo extensamente aplicables hasta  que uno se ponga al nivel del &aacute;rbol conocido &#40;por ejemplo, &quot;el olmo del pueblo  de Putney&quot;&#41;. Si los lenguajes de ciertas sociedades parecen estar m&aacute;s  circunscritos al contexto en determinadas categor&iacute;as, las fotograf&iacute;as parecen  estar m&aacute;s circunscritas al contexto que cualquier lenguaje.</p>     <p > <sup><a name="3" href="#s3" >3</a></sup> No sobra decir que acepto que muchas im&aacute;genes visuales s&oacute;lo muestran la cara  de una persona, y que algunas personas vivas no tienen dos brazos y dos piernas.  Mi punto es general.</p>     <p > <sup><a name="4" href="#s4" >4</a></sup> Gilbert Lewis &#40;1986&#41; ha se&ntilde;alado el potencial surrealista que tiene la  descripci&oacute;n escrita de detalles aislados en la etnograf&iacute;a. Andr&eacute; Breton, Tristan  Tzara y otros surrealistas utilizaron esta posibilidad en su poes&iacute;a, y Michel  Leiris concibi&oacute; un glosario que muestra el sugerente poder de las palabras en  aislamiento, por ejemplo, &quot;humain–la main humide&quot;. Para James Agee, el lenguaje  de la realidad era &quot;el m&aacute;s pesado de los lenguajes&quot;, debido a &quot;su inhabilidad de  comunicar simultaneidad junto a cualquier inmediatez&quot; &#40;Agee y Evans, 1960:  236-37&#41;.</p>     <p > <sup><a name="5" href="#s5" >5</a></sup> Placa XXIV. F. D. Corfield fue un comisionado de distrito en Nuerland, y  Evans-Pritchard lo describe con simpat&iacute;a en el pr&oacute;logo a <i>The Nuer </i>como  &quot;amico et condisc&iacute;pulo meo&quot; &#40;Evans-Pritchard, 1940: vii&#41;.</p>     <p > <sup><a name="6" href="#s6" >6</a></sup> Placa I.</p>     <p > <sup><a name="7" href="#s7" >7</a></sup> El mismo argumento tambi&eacute;n podr&iacute;a extenderse a la ideolog&iacute;a. No hay duda de  que las fotograf&iacute;as expresan suposiciones que el fot&oacute;grafo tiene sobre el  sujeto. Por ejemplo, un discurso colonial espec&iacute;fico puede ser entrevisto en un  grupo de fotos de una reuni&oacute;n <i>nuba </i>tomadas en 1929, el a&ntilde;o antes de que  Evans-Pritchard iniciara su trabajo de campo, como lo demuestra James Faris  &#40;1992&#41;. Como lo sugiere este caso, es m&aacute;s probable que los c&oacute;digos ideol&oacute;gicos  surjan de una muestra m&aacute;s amplia, como ocurre con el corpus de las fotos de <i> National Geographic </i>estudiadas por Lutz y Collins &#40;1993&#41;, que en una &uacute;nica  fotograf&iacute;a como la de Corfield. Pero incluso cuando este mensaje ideol&oacute;gico es  bastante claro, como en las fotograf&iacute;as burlonas o racistas, la integridad del  sujeto, por lo general, lo soslaya y le responde. Por ello, tambi&eacute;n podemos  decir que una fotograf&iacute;a es f&iacute;sica y psicol&oacute;gica, antes que ideol&oacute;gica.</p>     <p > <sup><a name="8" href="#s8" >8</a></sup> &Eacute;stos son asuntos que merecen una exploraci&oacute;n m&aacute;s cabal que la que puedo dar  aqu&iacute;. Involucran factores como los diferentes contextos y las condiciones  ef&iacute;meras de la visi&oacute;n cotidiana, y la probabilidad de que cualquier tipo de  encuadre traiga consigo una intencionalidad que altere nuestra concepci&oacute;n de lo  que est&aacute; en el marco. La fisiolog&iacute;a de la mirada puede tambi&eacute;n ser importante a  la hora de incentivarnos a ver im&aacute;genes fotogr&aacute;ficas como representaciones de  significados m&aacute;s generalizados &#40;y, por ende, transculturales&#41; que los que vemos  en nuestra vida diaria o durante el trabajo de campo antropol&oacute;gico. Los estudios  de la visi&oacute;n m&aacute;s recientes sugieren que nuestra impresi&oacute;n de &quot;encuadrar&quot; sujetos  con nuestros propios ojos &#40;a diferencia del encuadre de las c&aacute;maras&#41; es m&aacute;s  psicol&oacute;gico que f&iacute;sico, y que en realidad nosotros vemos de una manera muy  fragmentada e impresionista, pues construimos un esbozo mental a partir de  muestras muy limitadas y de lo que <i>asumimos </i>que est&aacute; enfrente de  nosotros. &#40;No obstante, tambi&eacute;n hay evidencia que contradice esto en las  prodigiosas haza&ntilde;as visuales de ciertos artistas autistas como Nadia y Stephen  Wiltshire; ver Selfe &#91;1977; 1983&#93; y Sacks &#91;1995&#93;&#41;.</p>     <p > <sup><a name="9" href="#s9" >9</a></sup> En su prefacio a <i>The Intimate Enemy </i>&#40;Nandy, 1983: xvii&#41;.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p > <sup><a name="10" href="#s10" >10</a></sup> Ver, por ejemplo, <i>Nisa </i>&#40;Shostak, 1981&#41;, <i>The Children of Sanchez </i> &#40;Oscar Lewis, 1961&#41; y <i>Baldambe Explains </i>&#40;Lydall y Strecker, 1979&#41;.  Historias de vida etnogr&aacute;ficas anteriores incluyen <i>Baba of Karo </i>&#40;Smith,  1954&#41; y <i>Worker in the Cane </i>&#40;Mintz, 1960&#41;.</p>     <p > <sup><a name="11" href="#s11" >11</a></sup> Un gran n&uacute;mero de personas y, en efecto, no acad&eacute;micos para quienes un due&ntilde;o  de camellos turkana podr&iacute;a representar el &quot;otro cultural&quot; por excelencia han  respondido al ver a Lorang en el film <i>Lorang&#39;s Way </i>diciendo: &quot;¡Es exacto  a mi padre!&quot;.</p>      <p > <sup><a name="12" href="#s12" >12</a></sup> El art&iacute;culo de Geertz sobre las peleas de gallos &#40;1972&#41; es bastante conocido.  Hastrup &#40;1992&#41; caracteriza el film como una descripci&oacute;n &quot;ligera&quot; al compararla  con textos escritos, usando la exhibici&oacute;n de carneros como un ejemplo. Para una  cr&iacute;tica de Hastrup, ver Taylor &#40;1996&#41;.</p>     <p > <sup><a name="13" href="#s13" >13</a></sup> Esta pregunta la respondi&oacute; con confianza Clifford Geertz en el siguiente  di&aacute;logo con Richard Shweder en 1980: &quot;<i>Shweder</i>: Lo que est&aacute;s diciendo es  que todas las ideolog&iacute;as culturales est&aacute;n presentes en todas las culturas, al  menos de una manera incipiente. El patr&oacute;n balin&eacute;s o marroqu&iacute; est&aacute; disponible en  nuestro sistema tanto para adultos como para ni&ntilde;os, y la pregunta es cu&aacute;nto  tomamos de ese sistema, cu&aacute;nto amplificamos, representamos y consagramos de &eacute;l. <i>Geertz: </i>¡Exacto!&quot; &#40;Shweder, 1984b: 16&#41;.</p>      <p > <sup><a name="14" href="#s14" >14</a></sup> Recientemente, por supuesto, la perspectiva contraria, expresada en gran  parte de la antropolog&iacute;a posmoderna –de que todos los l&iacute;mites culturales son, de  hecho, fluidos y porosos–, ha alcanzado un estatus casi can&oacute;nico.</p>      <p > <sup><a name="15" href="#s15" >15</a></sup> Hay que admitir, no obstante, que las pel&iacute;culas pueden, de hecho, reforzar en  ciertos espectadores m&aacute;s l&iacute;mites culturales que los que tratan de refutar, por  medio de un &eacute;nfasis en los elementos ex&oacute;ticos que permanecen sin ser lo  suficientemente contextualizados en otros aspectos de la vida diaria.</p>     <p > <sup><a name="16" href="#s16" >16</a></sup> En gran parte de la escritura actual, ellos ya lo han hecho. Para una  discusi&oacute;n de la historia de los desaf&iacute;os al concepto de cultura, ver Brightman  &#40;1995&#41;.</p>      <p > <sup><a name="17" href="#s17" >17</a></sup> Ellos pueden, por supuesto, tambi&eacute;n crear y perpetuar estereotipos, pero en  el mundo contempor&aacute;neo los medios electr&oacute;nicos y fotogr&aacute;ficos parecen ser m&aacute;s  responsables de esparcir –y hacer evidente esta expansi&oacute;n– la cultura popular  internacional &#40;apoyados por el capitalismo transnacional&#41;, que de promover las  identidades regionales. La pintura, la literatura traducida y la m&uacute;sica &#40;en los  siglos XVII y XVIII, por ejemplo&#41; han tenido un papel transcultural e  intercultural similar, y contin&uacute;an teni&eacute;ndolo.</p>     <p > <sup><a name="18" href="#s18" >18</a></sup> Para una visi&oacute;n panor&aacute;mica de estos estudios, ver Lock &#40;1993&#41;. Trabajos como  los de Stoller &#40;1989&#41;, Feld &#40;1982&#41;, Taussig &#40;1987&#41; y Csordas &#40;1993a&#41; tienen un  reciente inter&eacute;s en esta &aacute;rea.</p>     <p > <sup><a name="19" href="#s19" >19</a></sup> Christian Metz proporciona una interpretaci&oacute;n freudiana a tales respuestas a  las pel&iacute;culas, al arg&uuml;ir que la satisfacci&oacute;n del espectador &quot;debe permanecer  dentro de ciertos l&iacute;mites, no debe pasar el punto en que la ansiedad y el  rechazo son activados&quot;. De otro modo, la pel&iacute;cula &#40;en t&eacute;rminos kleinianos&#41; ser&iacute;a  tomada como un &quot;mal objeto&quot;. Despu&eacute;s de se&ntilde;alar que las pel&iacute;culas pueden ser  rechazadas por ser aburridas &#40;&quot;el <i>id </i>no est&aacute; siendo lo suficientemente  alimentado por la di&eacute;gesis&quot;&#41;, contin&uacute;a diciendo: &quot;Pero la agresividad contra la  pel&iacute;cula –cuya forma consciente en ambos casos consiste en declarar que a uno no  le gust&oacute;, es decir que es un mal objeto– puede resultar igualmente de una  intervenci&oacute;n del superego y de las defensas del ego, que est&aacute;n asustadas y  contraatacan cuando la satisfacci&oacute;n del <i>id </i>ha sido, o bien muy intensa,  como ocurre con pel&iacute;culas &quot;de mal gusto&quot; &#40;gusto que luego se convierte en una  excelente excusa/coartada&#41;, o pel&iacute;culas que van demasiado lejos, o que son  infantiles, o sentimentales, o sadopornogr&aacute;ficas, etc. &#91;...&#93; en una palabra,  pel&iacute;culas contra las cuales nos defendemos &#40;al menos cuando hemos sido tocados  por ellas&#41; sonriendo o ri&eacute;ndonos, alegando que es est&uacute;pida, grotesca o que &#39;le  falta verosimilitud&#39;&quot; &#40;1982: 11&#41;.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p > <sup><a name="20" href="#s20" >20</a></sup> Esta cualidad corporal de la voz se enfatiza en el siguiente pasaje de <i> Billy Bathgate</i>, de E. L. Doctorow: &quot;Dir&eacute; algo m&aacute;s acerca de la voz del se&ntilde;or  Schultz porque era un aspecto clave de su poder de dominio. No es que siempre  fuera fuerte sino que ten&iacute;a su propio cuerpo, sal&iacute;a de su garganta con un  murmullo arm&oacute;nico, en verdad era muy instrumental, ve&iacute;as entonces que la  garganta era una caja de resonancia, y que tal vez la cavidad tor&aacute;cica y los  huesos de la nariz tambi&eacute;n ayudaban a producirla, y era una voz bar&iacute;tona que de  inmediato te hac&iacute;a poner atenci&oacute;n porque deseabas una voz de trompa como esa  para ti mismo &#91;...&#93; &#40;Doctorow, 1989: 8&#41;.</p>     <p > <sup><a name="21" href="#s21" >21</a></sup> El cine sonoro es, por supuesto, tanto un <i>performance </i>de la mirada  como de la escucha, y es un escuchar no s&oacute;lo de sonidos sino tambi&eacute;n de  palabras. Las pel&iacute;culas no carecen de expresi&oacute;n verbal, pues esto existe en el  mundo, y nosotros podemos responder a ella con toda la pasi&oacute;n y el intelecto que  poseemos. Pero las palabras en una pel&iacute;cula siguen siendo muy distintas a las  palabras en un escrito.</p>     <p > <sup><a name="22" href="#s22" >22</a></sup> Estoy en deuda con Ivo Strecker por darme a conocer varios de los autores y  conceptos que discuto en esta secci&oacute;n.</p>     <p > <sup><a name="23" href="#s23" >23</a></sup> Los historiadores tambi&eacute;n se han volcado cada vez m&aacute;s sobre las narraciones  en primera persona, en un esfuerzo por descubrir las historias de la  sensibilidad y del sentimiento relegadas al olvido. En su libro <i>Return from  Nothing; The Meaning of Lost Places </i>&#40;1996&#41;, Peter Read explora los  sentimientos que las personas albergan sobre lugares donde han vivido por medio  del examen de sus experiencias al ver esos sitios destruidos, o al ser  desplazados de ellos. Las historias de la p&eacute;rdida son, necesariamente, tambi&eacute;n  historias de apego. En la etnograf&iacute;a de Peter Loizos <i>The Heart Grown Bitter </i>&#40;1981&#41;, un estudio de los refugiados de guerra en Chipre, el inter&eacute;s del  antrop&oacute;logo por el sujeto que experimenta el mundo est&aacute; efectivamente unido al  inter&eacute;s del historiador.</p>     <p > <sup><a name="24" href="#s24" >24</a></sup> Ya existe la <i>Society for the Anthropology of Consciousness </i>&#40;una  sociedad de la <i>American Anthropological Association</i>&#41;, con una publicaci&oacute;n  trimestral, <i>Anthropology of Consciousness</i>; sin embargo, el trabajo de  este grupo se ha enfocado m&aacute;s en estados religiosos, m&iacute;sticos y alterados de la  conciencia, y no tanto en la conciencia como un aspecto de la experiencia social  del d&iacute;a a d&iacute;a.</p>      <p > <sup><a name="25" href="#s25" >25</a></sup> Estas perspectivas incluyen los esfuerzos de neurobi&oacute;logos como Francis Crick  y Cristof Koch para explicar la conciencia por medio de jerarqu&iacute;as neuronales, y  las aproximaciones opuestas de fil&oacute;sofos y matem&aacute;ticos como Daniel Dennett y  David Chalmers. Pero incluso estos investigadores se abstienen de abordar los  problemas &quot;m&aacute;s dif&iacute;ciles&quot; que yacen m&aacute;s all&aacute; de lo que Chalmers &#40;1995&#41; llama el  &quot;dif&iacute;cil problema&quot; de lo que separa, si tal separaci&oacute;n existe, la experiencia  subjetiva de los procesos f&iacute;sicos del cerebro. Para los fil&oacute;sofos, al menos,  &eacute;stos incluyen –pero no se limitan a– problemas como por qu&eacute; aparece la  conciencia en puntos espec&iacute;ficos del espacio/tiempo &#40;esto es, aqu&iacute;/ahora&#41;, en  vez de estar distribuida m&aacute;s ampliamente a lo largo y ancho de ellos, y por qu&eacute;  la conciencia est&aacute; conectada necesariamente a organismos individuales f&iacute;sicos  &#40;por ejemplo, &quot;yo&quot;&#41;, en vez de ser compartida por una comunidad entera o. m&aacute;s  a&uacute;n. por todos los organismos vivos.</p>      <p > <sup><a name="26" href="#s26" >26</a></sup> Metz toma este t&eacute;rmino de Marxisme et th&eacute;orie de la personnalit&eacute; de L. S&egrave;ve.  Ver Metz &#40;1982: 82-83, nota 6&#41;. No es necesario suscribirse por completo a la  perspectiva lacaniana de Metz, en la cual la pantalla del cine es un espejo del  Imaginario, para reconocer que el cine refleja y provee una manera de explorar  los elementos culturales y transculturales de la conciencia. Esto estaba  impl&iacute;cito en el proyecto de la pel&iacute;cula <i>Navajo </i>de Sol Worth y John Adair,  descrita en su libro Through Navajo Eyes &#40;1972&#41; y siempre ha sido la intenci&oacute;n  de la antropolog&iacute;a cognitiva, en la cual el lenguaje, y no tanto la expresi&oacute;n  visual, es el que proporciona las fuentes materiales y el &quot;modelo experimental&quot;.  En 1931 Walter Benjamin &#40;1972&#41; traz&oacute; una analog&iacute;a entre la fotograf&iacute;a y el  inconsciente, pero fue un tanto tosca, pues &eacute;l s&oacute;lo se refer&iacute;a a la habilidad de  la fotograf&iacute;a para mostrarnos superficies de lo visible normalmente fuera de  alcance: los detalles del movimiento revelados por medio de la c&aacute;mara lenta, por  ejemplo. La analog&iacute;a ser&iacute;a m&aacute;s exacta si la tom&aacute;ramos como que la fotograf&iacute;a  revela el mundo invisible del pensamiento y del sentimiento a trav&eacute;s de su  expresi&oacute;n en lo visible, muy parecido a como el psicoan&aacute;lisis intenta mostrarnos  el inconsciente a trav&eacute;s de sus formas simb&oacute;licas en nuestra vida consciente.</p>     <p > <sup><a name="27" href="#s27" >27</a></sup> Ciertos escritos antropol&oacute;gicos exhiben tal aproximaci&oacute;n y sensibilidad,  incluidos los trabajos de Michael Jackson, Anna Tsing, Jean Briggs, Leslie  Devereaux y Jean Lydall e Ivo Strecker. Que la c&aacute;mara pueda ser un instrumento  expresivo de intersubjetividad es evidente en las pel&iacute;culas de John Marshall y  Jean Rouch, al igual que en trabajos m&aacute;s recientes de cineastas como Gary Kildea,  Eliane de Latour, y Lisbet Holtedahl. Los proyectos colaborativos de John Berger  y Jean Mohr que incluyen fotograf&iacute;as y textos escritos representan una  iniciativa similar ejercida de otra manera.</p>     <p > <sup><a name="#28" href="#s28" >28</a></sup> Marcus y Fischer &#40;1986&#41;, por ejemplo, toman sin problema alguno la voz del  antrop&oacute;logo como una entidad coherente o como parte de un par dial&oacute;gico. Bill  Nichols &#40;1983&#41; distingue entre las voces &quot;en la pel&iacute;cula&quot; y las voces &quot;de la  pel&iacute;cula&quot; &#40;la voz del autor&#41;, pero deja este &uacute;ltimo t&eacute;rmino sin analizar.</p>  <hr size="1">      <p > <b> REFERENCIAS</b></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p ><b> Abu-Lughod, Lila </b>1991. &quot;Writing against Culture&quot;, en Richard Fox &#40;ed.&#41;, <i>Recapturing  Anthropology: Working in the Present</i>. Santa Fe, School of American Research  Press, pp. 137-163.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S1900-5407200900020000300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ><b> Agee, James y Walker Evans </b>1960. <i>Let Us Now Praise Famous Men; Three Tenant Families</i>. Boston,  Houghton Mifflin.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S1900-5407200900020000300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ><b> Appadurai, Arjun </b>1991. &quot;Global Ethnoscapes: Notes and Queries for a Transnational Anthropology&quot;,  en Richard Fox &#40;ed.&#41;, <i>Recapturing Anthropology: Working in the Present</i>.  Santa Fe, School of American Research Press, pp. 191-210.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S1900-5407200900020000300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ><b> Asad, Talal </b>1986. &quot;The Concept of Cultural Translation in British Social Anthropology&quot;, en  James Clifford y Geoerge Marcus &#40;eds.&#41;, <i>Writing Culture</i>. Berkeley,  University of California Press, pp. 141-164.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S1900-5407200900020000300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ><b> Banks, Marcus y Howard Morphy &#40;eds.&#41; </b>1997. <i>Rethinking Visual Anthropology</i>.  New Haven y Londres, Yale University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S1900-5407200900020000300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ><b>Barthes, Roland </b>1975. <i>The Pleasure of the Text. </i>Nueva York, Hill and Wang.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S1900-5407200900020000300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1979. <i>The Eiffel Tower and Other Mythologies</i>. Nueva York, Hill and Wang.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S1900-5407200900020000300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Benjamin, Walter </b>1972. &quot;A Short History of Photography&quot;, <i>Screen, </i>Vol. 13, No. 1, pp. 5-26.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S1900-5407200900020000300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Brightman, Robert </b>1995. &quot;Forget Culture: Replacement, Transcendence, Relexification&quot;, <i>Cultural  Anthropology</i>, Vol. 10, No. 4, pp. 509-46.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S1900-5407200900020000300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Brown, Penelope y Stephen Levinson </b>1978. &quot;Universals in Language Usage: Politness Phenomena&quot;, en Esther Goody  &#40;ed.&#41;, <i>Questions and Politeness: Strategies in Social Interaction</i>.  Cambridge: Cambridge University Press, pp. 56-311.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S1900-5407200900020000300010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Chakrabarty, Dipesh </b>1994. &quot;Marx after Marxism: History, Subalternity and Difference&quot;, <i>Meanjin. </i>Vol. 52, No.3, pp. 446-463.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S1900-5407200900020000300011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Chalmers, David. J </b>1995. &quot;Explaining Consciousness: The &#39;Hard Problem&#39;&quot;, <i>Journal of  Consciousness Studies</i>, Vol. 2, No. 3, &#40;edici&oacute;n especial&#41;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S1900-5407200900020000300012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b> Connolly, Bob y Robin Anderson </b>1988. <i>Joe  Leahy&#39;s Neighbours</i>. Australia, Arundel Productions.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S1900-5407200900020000300013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Csordas, Thomas J </b>1993a. <i>The Sacred Self: A Cultural Phenomenology of Charismatic Healing</i>.  Berkeley, University of California Press.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000136&pid=S1900-5407200900020000300014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1993b. &quot;Somatic Modes of Attention&quot;, <i>Cultural Anthropology</i>,  Vol. 8, No.2, pp. 135-56.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S1900-5407200900020000300015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Doctorow, Edgar Lawrence </b>1989. <i>Billy Bathgate</i>. Londres, MacMillan London Limited.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S1900-5407200900020000300016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Douglas, Mary </b>1966. <i>Purity and Danger. </i>Baltimore, Penguin Books.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S1900-5407200900020000300017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1970. <i>Natural Symbols: Explorations in Cosmology</i>. Londres, Cresset.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000140&pid=S1900-5407200900020000300018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Dumont, Louis </b>1970. <i>Homo Hierarchicus; An Essay on the Caste System</i>. The Nature of  Human Society Series. Chicago, University of Chicago Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S1900-5407200900020000300019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Evans-Pritchard, Edward Evan </b>1940. <i>The Nuer, a Description of the Modes of Livelihood and Political  Institutions of a Nilotic People</i>. Oxford, At the Clarendon Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S1900-5407200900020000300020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b> Faris, James </b>1992. &quot;Photography, Power and the Southeast Nuba&quot;, en Elizabeth Edwards &#40;ed.&#41;, <i>Anthropology and Photography, 1860-1920</i>. New Haven, Londres, Yale  University Press, The Royal Anthropological Institute, pp. 211-217.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S1900-5407200900020000300021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Feld, Steven </b>1982. <i>Sound and Sentiment: Birds, Weeping, Poetics, and Song in Kaluli  Expression. </i>Filadelfia, University of Pennsylvania Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S1900-5407200900020000300022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Geertz, Clifford </b>1972. &quot;Deep Play: Notes on the Balinese Cockfight&quot;, <i>Daedalus, </i>Vol. 101,  No.1, pp. 1-37.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S1900-5407200900020000300023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1973a. <i>The Interpretation of Cultures: Selected Essays</i>. Nueva York, Basic  Books.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000146&pid=S1900-5407200900020000300024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1973b. <i>The Interpretation of Cultures: Selected Essays</i>. Nueva York, Basic  Books.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S1900-5407200900020000300025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1983. <i>Local Knowledge: Further Essays in Interpretive Anthropology</i>. Nueva  York, Basic Books.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000148&pid=S1900-5407200900020000300026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Ginsburg, Faye </b>1994. &quot;Culture/Media: A &#40;Mild&#41; Polemic&quot;, <i>Anthropology Today, </i>Vol. 10, No.  2, pp. 5-15.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S1900-5407200900020000300027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Goffman, Erving </b>1967. <i>Interaction Ritual: Essays on Face-to-Face Behavior. </i>Garden City,  New York, Doubleday.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000150&pid=S1900-5407200900020000300028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Goodman, Nelson </b>1968. <i>Languages of Art: An Approach to a Theory of Symbols</i>. Indianapolis,  Bobbs-Merrill.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S1900-5407200900020000300029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Grice, H. P </b>1975. &quot;Logic and Conversation&quot;, en Peter Cole y Jerry. Morgan &#40;eds.&#41;, <i>Syntax  and Semanticx, Speech Acts</i>. Nueva York, Academic Press, Vol. 3: pp.  41-58.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S1900-5407200900020000300030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Gupta, Akhil y James Ferguson </b>1992. &quot;Beyond &#39;Culture&#39;: Space, Identity, and the Politics of Difference&quot;, <i> Cultural Anthropology</i>, Vol. 7, No. 1, pp. 6-23.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S1900-5407200900020000300031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Hastrup, Kirsten </b>1992. &quot;Anthropological Visions: Some Notes on Visual and Textual Authority&quot;, en  Peter. Crawford y David Turton &#40;eds.&#41;, <i>Film as Ethnography</i>. Manchester,  Manchester University Press, pp. 8-25&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S1900-5407200900020000300032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Hawkins, Richard y Suzette Heald </b>1988. <i> Imbalu.  Ritual of Manhood of the Bagisu of Uganda</i>.  Londres, Royal Anthropological Institute<i>.</i>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000155&pid=S1900-5407200900020000300033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Heider, Karl </b>1976. <i>Ethnographic Film</i>.  Austin, University of Texas Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000156&pid=S1900-5407200900020000300034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Holland, Dorothy y Naomi Quinn, eds. </b>1987. <i>Cultural Models in Language and Thought. </i>Cambridge, Cambridge  University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000157&pid=S1900-5407200900020000300035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><b>Holtedahl</b><b>, </b><b>Lisbet</b><b> y </b><b>Mahmoudou</b><b> </b><b>Djingui </b>1996. <i>Is What They Learn Worth What They Forget. </i>Tromso, University of Tromso Noruega.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000158&pid=S1900-5407200900020000300036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Jackson, Michael </b>1989. <i>Paths Toward a Clearing</i>. Bloomington, Indiana University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000159&pid=S1900-5407200900020000300037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Lakoff, George y Mark Johnson </b>1980. <i>Metaphors We Live By</i>. Chicago, Chicago University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000160&pid=S1900-5407200900020000300038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b> Latour, Eliane de, Lardia Tchombiano, Dominique Gaborieau y Monique Dartonne </b>1993. <i> Contes et comptes de la cour</i>. Grand format. Par&iacute;s, La Sept/Video.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000161&pid=S1900-5407200900020000300039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Lewis, Gilbert </b>1980. <i>Day of Shining Red. </i>Cambridge, Cambridge University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000162&pid=S1900-5407200900020000300040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1986. &quot;The Look of Magic&quot;, <i>Man</i>, Vol. 21, No 3, pp. 414-437.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000163&pid=S1900-5407200900020000300041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Lewis, Oscar </b>1961. <i>The Children of Sanchez, Autobiography of a Mexican Family</i>. Nueva  York, Random House.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000164&pid=S1900-5407200900020000300042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Lienhardt, Godfrey </b>1954. &quot;Modes of Thought&quot;, en Edward Evan Evans-Pritchard &#40;ed.&#41;, <i>The  Institutions of Primitive Society</i>. Oxford, Basil Blackwell, pp. 95-107.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000165&pid=S1900-5407200900020000300043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Lock, Margaret </b>1993. &quot;Cultivating the Body: Anthropology and Epistemologies of Bodily Practice  and Knowledge&quot;, <i>Annual Review of Anthropology, </i>Vol. 22, pp. 133-155.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000166&pid=S1900-5407200900020000300044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Loizos, Peter </b>1981. <i>The Heart Grown Bitter. </i>Cambridge, Cambridge University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000167&pid=S1900-5407200900020000300045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Lutz, Catherine y Jane Collins </b>1993. <i>Reading National Geographic</i>. Chicago, University of Chicago Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000168&pid=S1900-5407200900020000300046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Lydall, Jean e Ivo Strecker </b>1979. <i>Baldamb Explains. Arbeiten aus dem Institut f&uuml;r V&ouml;lkerkunde der  Universit&auml;t zu G&ouml;ttingen</i>, <i>The Hamar of Southern Ethiopia</i>.  13 ed. 3 vols. Vol. 2 Hohensch&auml;ftlarn, Alemania: Klaus Renner Verlag.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000169&pid=S1900-5407200900020000300047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Lyon, Margot L </b>1995. &quot;Missing Emotion: The Limitations of Cultural Constructionism in the Study  of Emotion&quot;, <i>Cultural Anthropology, </i>Vol. 10, No. 2, pp. 244-263.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000170&pid=S1900-5407200900020000300048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p ><b> Lyon, Margot L. y Jack Barbalet </b>1994. &quot;Society&#39;s Body: Emotion and the &#39;Somatization&#39; of Social Theory&quot;, en  Thomas J. Csordas &#40;ed<i>.</i>&#41;, <i>Embodiment and Experience: The Existential  Ground of Culture and Self,</i>. Cambridge, Cambridge University Press, 48-68.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000171&pid=S1900-5407200900020000300049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Marcus, George </b>1990. &quot;The Modernist Sensibility in Recent Ethnographic Writing and the  Cinematic Metaphor of Montage&quot;, en <i>Visual Anthropology Review, </i>Vol. 6,  No. 1, pp. 2-12.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000172&pid=S1900-5407200900020000300050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Marcus, George y Michael Fischer </b>1986. <i> Anthropology as Cultural Critique</i>. Chicago, University of Chicago Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000173&pid=S1900-5407200900020000300051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>McNeill, David y Elena Levy </b>1982.  &quot;Conceptual Representations in Language Activity and Gesture&quot;, en Robert  Jarvella y Wolfang Klein &#40;eds.&#41;, <i>Speech, Place, and Action</i>,. Chichester,  John Wiley &amp; Sons, pp. 271-295&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000174&pid=S1900-5407200900020000300052&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Merleau-Ponty, Maurice </b>1964. <i> The Primacy of Perception</i>. Evanston, Northwestern University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000175&pid=S1900-5407200900020000300053&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Mermin, Elizabeth </b>1997. &quot;Being Where&#63;: Experiencing Narratives of Ethnographic Film&quot;, <i>Visual  Anthropology Review, </i>Vol. 13, No.1, pp. 40-51.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000176&pid=S1900-5407200900020000300054&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Metz, Christian </b>1982. <i>Psychoanalysis and Cinema: The Imaginary Signifier. Language,  Discourse, Society</i>. London, MacMillan&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000177&pid=S1900-5407200900020000300055&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Mintz, Sidney </b>1960. <i>Worker in the Cane; a Puerto Rican Life History</i>. Caribbean Series,  2. New Haven: Yale University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000178&pid=S1900-5407200900020000300056&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Mitchell, William Thomas </b>1995. &quot;Interdisciplinarity and Visual Culture&quot;, <i>The Art Bulletin</i>. No. 4,  pp. 540-544.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000179&pid=S1900-5407200900020000300057&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Nair, Mira y Barry A. Brown </b>1985. <i> India Cabaret</i>. Nueva York, Filmmakers Library.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000180&pid=S1900-5407200900020000300058&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Nandy, Ashis </b>1983.<i>The Intimate Enemy: Loss and Recovery of Self Under Colonialism</i>.  Delhi, Oxford University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000181&pid=S1900-5407200900020000300059&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Nichols, Bill </b>1983. &quot;The Voice of the Documentary&quot;, <i>Film Quarterly</i>, Vol. 36, No. 3, pp.  17-30.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000182&pid=S1900-5407200900020000300060&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1994. <i>Blurred Boundaries: Questions of Meaning in Contemporary Culture</i>.  Bloomington, Indiana University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000183&pid=S1900-5407200900020000300061&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Paivio, Allan </b>1971. <i> Imagery and Verbal Processes</i>. Nueva York, Holt, Rinehart.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000184&pid=S1900-5407200900020000300062&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Pinney, Christopher </b>1995. &quot;Indian Figure: Visual Anthropology and the Anthropology of the Visual&quot;. Ponencia le&iacute;da en el congreso <i>Visual Anthropology at the Crossroads</i>, mayo  6-11 de 1995.  School of American Research, Santa Fe, N. M.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000185&pid=S1900-5407200900020000300063&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Polanyi, Michael </b>1966. <i> The Tacit Dimension</i>. Garden City, New York, Doublesday &amp; Company.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000186&pid=S1900-5407200900020000300064&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Read, Peter </b>1996. <i>Return to Nothing: The Meaning of Lost Places</i>. Cambridge, Cambridge  University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000187&pid=S1900-5407200900020000300065&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Reddy, Michael </b>1993. &quot;The Conduit Metaphor: A Case of Frame Conflict in Our Language about  Language&quot;, en Andrew Ortony &#40;ed.&#41;, <i>Metaphor and Thought</i>. Cambridge,  Cambridge University Press, pp. 164-201.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000188&pid=S1900-5407200900020000300066&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Rosaldo, Renato </b>1986. &quot;Ilongot Hunting as Story and Experience&quot;, en Victor Turner y Edward  Bruner &#40;eds.&#41;, <i>The Anthropology of Experience</i>.. Champaign: University of  Illinois Press, pp. 97-140.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000189&pid=S1900-5407200900020000300067&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Rouch, Jean </b>1950. <i> Bataille sur le grand fleuve</i>.  Meudon, Francia, CNRS Audiovisuel.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000190&pid=S1900-5407200900020000300068&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1967. <i>Jaguar. </i>Francia, Films de la Pl&egrave;iade.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000191&pid=S1900-5407200900020000300069&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1971. <i>Les tambours d&#39;avant Tourou et Bitti</i>. Meudon, Francia, CNRS  Diffusion.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000192&pid=S1900-5407200900020000300070&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Sacks, Oliver </b>1995. &quot;Prodigies&quot;, en <i>An Anthropologist on Mars: Seven Paradoxical Tales</i>.  Londres: Picador.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000193&pid=S1900-5407200900020000300071&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Salmond, Anne </b>1982. &quot;Theoretical Landscapes: On Cross-Cultural Conceptions of Knowledge&quot;,  Davis Parkin &#40;ed.&#41;, <i>Semantic Anthropology</i>. Londres, Academic Press, pp.  65-87.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000194&pid=S1900-5407200900020000300072&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Sapir, Edward </b>1949a. &quot;The Emergence of the Concept of Personality in a Study of Cultures&quot;, en  David Mandelbaum &#40;ed.&#41;, <i>Selected Writings of Edward Sapir in Language,  Culture, and Personality</i>. Berkeley, University of California Press, pp. 590-600.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000195&pid=S1900-5407200900020000300073&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1949b. &quot;The Uncounscious Patterning of Behavior in Society&quot;, en David Mandelbaum  &#40;ed.&#41;, <i>Selected Writings of Edward Sapir in Language, Culture, and  Personality</i>. Berkeley, University of California Press, pp. 544-559.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000196&pid=S1900-5407200900020000300074&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Selfe, Lorna </b>1977. <i>Nadia: A Case of Extraordinary Drawing Ability in an Autistic Child</i>.  Londres, Academic Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000197&pid=S1900-5407200900020000300075&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1983. <i>Normal and Anomalous Representational </i>Drawing Ability in Children.  Londres, Academic Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000198&pid=S1900-5407200900020000300076&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Shostak, Marjorie </b>1981. <i>Nisa, the Life and Words of a !Kung Woman</i>. Cambridge, Mass: Harvard  University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000199&pid=S1900-5407200900020000300077&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Shweder, Richard </b>1984a. &quot;Anthropology&#39;s Romantic Rebellion against the Enlightenment, or There&#39;s  More to Thinking than Reason and Evidence&quot;, en Richard Shweder y Robert Alan  LeVine &#40;eds.&#41;, <i>Culture Theory: Essays on Mind, Self, and Emotion</i>.  Cambridge, Cambridge University Press, pp. 27-66.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000200&pid=S1900-5407200900020000300078&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1984b. &quot;Preview.  A Colloquy of Culture Theorists&quot;, en Richard Shweder y Robert Alan LeVine  &#40;eds.&#41;, <i>Culture Theory: Essays on Mind, Self, and Emotion</i>. Cambridge,  Cambridge University Press, pp. 1-26.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000201&pid=S1900-5407200900020000300079&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1991. <i>Thinking through Cultures: Expeditions in Cultural Psychology</i>.  Cambridge, Harvard University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000202&pid=S1900-5407200900020000300080&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Simpson, John y Edmund Weiner </b>1989. <i>The Oxford English Dictionary</i>. Oxford, Clarendon Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000203&pid=S1900-5407200900020000300081&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Smith, Mary Felice </b>1954. <i>Baba of Karo, a Woman of the Muslim Hausa</i>. Londres, Faber and  Faber.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000204&pid=S1900-5407200900020000300082&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Sobchack, Vivian </b>1992. <i>The Address of the Eye</i>. Princeton: Princeton University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000205&pid=S1900-5407200900020000300083&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Stoller, Paul </b>1989. <i>The Taste of Ethnographic Things: The Senses in Anthropology. </i> Filadelfia, University of Pennsylvania Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000206&pid=S1900-5407200900020000300084&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Strecker, Ivo </b>1988. &quot;The Social Practice of Symbolization&quot;<i>, London School of Economics  Monographs on Social Anthropology</i>, No. 60. Londres, The Athlone Press.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000207&pid=S1900-5407200900020000300085&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1997. &quot;The Turbulence of Images: On Imagery, Media, and Ethnographic Discourse&quot;. <i>Visual Anthropology</i>, Vol. 9, Nos. 3-4, pp. 207-27.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000208&pid=S1900-5407200900020000300086&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Taussig, Michael </b>1987. <i>Shamanism, Colonialism and the Wild Man: A Study in Terror and Healing</i>.  Chicago, University of Chicago Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000209&pid=S1900-5407200900020000300087&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Taylor, Lucien </b>1996. &quot;Iconophobia&quot;, <i>Transition</i>, Vol. 6, No. 1, pp. 64-88.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000210&pid=S1900-5407200900020000300088&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Thomas, Nicholas </b>1991. &quot;Against Ethnography&quot;, <i>Cultural Anthropology</i>, Vol. 6, No. 3, pp.  306-322.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000211&pid=S1900-5407200900020000300089&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Turner, Victor </b>1967. <i>The Forest of Symbols: Studies in Ndembu Ritual</i>. Ithaca, Nueva  York, Cornell University Press.     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000212&pid=S1900-5407200900020000300090&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1981. &quot;Social Dramas and Stories about Them&quot;, en William Thomas Mitchell. &#40;ed.&#41;, <i>On Narrative</i>, Chicago, Chicago University Press, pp, 137-64.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000213&pid=S1900-5407200900020000300091&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Tyler, Stephen </b>1978. <i>The Said and the Unsaid</i>.  Nueva York, Academic Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000214&pid=S1900-5407200900020000300092&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 1987. <i>The Unspeakable: Discourse, Dialogue, and Rhetoric in the Postmodern  World. Rhetoric of the Human Sciences. </i>Madison, University of Wisconsin  Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000215&pid=S1900-5407200900020000300093&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Vaughan, Dai </b>1985. &quot;The Space Between Shots&quot;, en B. Nichols ed.. <i>Movies and Methods, </i>Vol.  2, Berkeley, University of California Press, pp. 703-715.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000216&pid=S1900-5407200900020000300094&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Wikan, Unni </b>1991. &quot;Toward an Experience-Near Anthropology&quot;, <i>Cultural Anthropology, </i> Vol. 6, No. 3, pp. 285-305.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000217&pid=S1900-5407200900020000300095&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Worth, Sol y Larry Gross </b>1981. <i>Studying Visual Communication</i>. Filadelfia, University of  Pennsylvania Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000218&pid=S1900-5407200900020000300096&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p > <b>Worth, Sol y John Adair </b>1972. <i>Through Navajo Eyes</i>. Bloomington, Indiana University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000219&pid=S1900-5407200900020000300097&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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