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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[LOS LIMITES DE LA SOLIDARIDAD: ETNOGRAFÍAS DE SALVACIÓN, NOVELAS DE PERDICIÓN, Y LA SELVA DE MATAVÉN]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[   <font face="verdana" size="2">       <p>    <p align="center" ><font size="4"><b>LOS LIMITES DE LA SOLIDARIDAD: ETNOGRAF&Iacute;AS DE SALVACI&Oacute;N, NOVELAS DE PERDICI&Oacute;N, Y LA SELVA DE MATAV&Eacute;N</b></font></p>     <p>Christopher Britt Arredondo<sup><a  name="s*" href="#*">*</a></sup></p>     <p><sup><a   href="#s*" name="*">*</a></sup> Ph.D. en Literatura Espa&ntilde;ola, Princeton University, Estados Unidos. <a href="mailto:cbritt@gwu.edu"><i>cbritt@gwu.edu</i></a>       <p>DOI: <a target=_blank  href="http://dx.doi.org/10.7440/antipoda15.2012.11">http://dx.doi.org/10.7440/antipoda15.2012.11</a></p> <hr size="1">      <p><b>El humo humano</b></p>     <p><b>El fuego es poder. </b>El fuego es tambi&eacute;n saber. Es saber poder y poder saber. El mito griego de Prometeo dramatiza esta doble funci&oacute;n del fuego. Prometeo le roba el fuego a Zeus para compartirlo con los hombres. Con este sorprendente y original acto de filantrop&iacute;a, Prometeo no se limita a compartir con los hombres s&oacute;lo el poder del fuego, tambi&eacute;n comparte con ellos el saber. En este sentido figurativo, el fuego representa la iluminaci&oacute;n de la mente. Es este fuego interior que hace posible la civilizaci&oacute;n; es la luz que crea el arte, la tecnolog&iacute;a, la ciencia y la filosof&iacute;a. Por eso, Prometeo es un h&eacute;roe cultural. &Eacute;l es el libertador, el fundador, el salvador. Pero Zeus nunca le perdona su crimen y lo castiga por su filantrop&iacute;a. Por haberse declarado solidario con los seres humanos, Prometeo sufre el destino de un libertador encadenado, un fundador exiliado, un salvador que necesita que alguien lo salve del castigo inhumano que le impone Zeus.</p>     <p>El destino ir&oacute;nico que sufre Prometeo recalca la profunda iron&iacute;a que caracteriza a nuestra propia civilizaci&oacute;n moderna. Como lo sugiri&oacute; Iv&aacute;n Illich hace ya m&aacute;s de treinta a&ntilde;os, la luz de la ciencia moderna no ha servido para emanciparnos de la naturaleza, m&aacute;s bien nos ha rodeado de m&aacute;quinas cuya &quot;mentalidad&quot; hemos acabado imitando; nos hemos vuelto, al igual que las m&aacute;quinas creadas por la nueva ciencia y su tecnolog&iacute;a moderna, &quot;esclavos de la energ&iacute;a&quot; (Illich, 1978). Como tales, dedicamos nuestras vidas a armar, cuidar y proteger los fuegos enormes de petr&oacute;leo y carb&oacute;n que electrifican nuestras ciudades y mantienen en marcha perpetua sus innumerables m&aacute;quinas. El resultado de toda esta depravada actividad ya lo conocemos: el planeta se est&aacute; calentando y la vida se est&aacute; volviendo cada vez m&aacute;s precaria. &iquest;No ser&iacute;a preferible que reconoci&eacute;ramos nuestro verdadero estado de esclavitud y que efectivamente intent&aacute;ramos emanciparnos? La solidaridad humana y nuestra propia inteligencia nos hacen ver que este reconocimiento es la condici&oacute;n previa para nuestra propia supervivencia. En vez de dedicar nuestras vidas al cuidado de unos fuegos que nos irritan los pulmones y nos queman los ojos, tendr&iacute;amos que buscar un nuevo fuego que nos alumbre las mentes y nos inspire a imaginar, crear y mantener una forma de vida alternativa.</p>     <p>Precisamente, es esto lo que intentan realizar los ecologistas cuando proponen que usemos fuentes de energ&iacute;a verdes, renovables y sostenibles como el sol, el viento y las mareas del mar. Seg&uacute;n los economistas y financieros de Wall Street, no obstante, existe un problema con todas estas fuentes alternativas de energ&iacute;a: cuestan demasiado dinero. Para que la energ&iacute;a solar o la del viento o la del mar puedan competir en el mercado con fuentes de energ&iacute;a m&aacute;s tradicionales como el carb&oacute;n, el petr&oacute;leo y la fusi&oacute;n nuclear, es preciso que avance la tecnolog&iacute;a. Hasta ese entonces, nos aseguran los expertos, habr&aacute; que seguir quemando fuegos nutridos de f&oacute;siles. Pero como lo ha demostrado Paul Fenn, tanto las propuestas de los ecologistas como las cr&iacute;ticas de los economistas se enfocan demasiado en soluciones tecnol&oacute;gicas, cuando m&aacute;s bien deber&iacute;an centrarse en soluciones pol&iacute;ticas locales, como las que se est&aacute;n implementando localmente en varios municipios y ciudades de Estados Unidos, desde San Francisco hasta Boston, donde las ciudades mismas, en vez de los monopolios del sector energ&eacute;tico, determinan el precio de las energ&iacute;as sostenibles (Fenn, 2011). Nuestra crisis ecol&oacute;gica es global, pero sus soluciones han de ser locales.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El car&aacute;cter local de estas soluciones se vislumbra tambi&eacute;n all&iacute; donde los ecologistas proponen la conservaci&oacute;n de los pocos pulmones de selva tropical que quedan en el mundo. Pero como lo ha demostrado Mark Dowie, muchos de los ecologistas que piden que se conserven estas selvas contribuyen a la destrucci&oacute;n de las mismas, ya sea por medio de su asociaci&oacute;n con corporaciones multinacionales petroleras o por medio de pol&iacute;ticas fundamentalistas que desplazan a grupos ind&iacute;genas de sus tierras tradicionales (Dowie, 2009). Sin estas personas nativas, que en muchos casos llevan cientos y hasta miles de a&ntilde;os custodiando el territorio, la biodiversidad de las selvas se deteriora Por esta raz&oacute;n, insiste Dowie, la conservaci&oacute;n ecol&oacute;gica y la conservaci&oacute;n de culturas nativas deben ocurrir simult&aacute;neamente.</p>     <p>El ejemplo &oacute;ptimo que ofrece Dowie de este tipo de balance local entre la conservaci&oacute;n ecol&oacute;gica y la conservaci&oacute;n de culturas nativas es la Selva de Matav&eacute;n, en el departamento de Vichada (Colombia). Aqu&iacute; viven seis grupos ind&iacute;genas (Sikuani, Piapoco, Piaroa, Puinave, Cuuipaco y Cubeo) en diecis&eacute;is resguardos, entre dos r&iacute;os que rodean una reserva natural que sigue estando intacta ecol&oacute;gicamente y que los mismos ind&iacute;genas ayudan a cuidar y a custodiar (Dowie, 2009: 239). Pero aun en este pulm&oacute;n del mundo, que est&aacute; siendo protegido y custodiado por culturas nativas, ese balance es mucho m&aacute;s precario de lo que Dowie piensa.</p>     <p>Lo s&eacute; porque en el verano de 2011 tuve la oportunidad de viajar a la Selva de Matav&eacute;n y recorrer el r&iacute;o Vichada, desde Cumaribo hasta la confluencia con el Orinoco, y de all&iacute; hasta Puerto In&iacute;rida. Hice el viaje en compa&ntilde;&iacute;a de tres antrop&oacute;logos, un bi&oacute;logo y varios gu&iacute;as de origen Sikuani y Piaroa. Estando all&iacute;, no encontr&eacute; la situaci&oacute;n ejemplar que Dowie describe de un balance local entre la conservaci&oacute;n ecol&oacute;gica y la conservaci&oacute;n de culturas nativas. M&aacute;s bien, fue todo al rev&eacute;s. Las integridades ecol&oacute;gica y cultural de la Selva de Matav&eacute;n est&aacute;n bajo amenaza. Tanto el territorio como los ind&iacute;genas se ven amenazados por una avalancha de intereses por parte de compa&ntilde;&iacute;as petroleras (tanto estatales como multinacionales), mineras (tanto legales como ilegales) y agroindustriales (tanto las que cultivan tierras que han comprado como las que cultivan tierras que han robado).</p>     <p>Una noche, mientras visit&aacute;bamos a una comunidad de ind&iacute;genas Sikuani para hablar con ellos de sus derechos a la &quot;consulta previa&quot; con compa&ntilde;&iacute;as petroleras, vimos un barco que cargaba unas m&aacute;quinas enormes de la Talism&aacute;n, una compa&ntilde;&iacute;a petrolera de Canad&aacute;. Con esas m&aacute;quinas hab&iacute;an estado llevando a cabo exploraciones s&iacute;smicas en tierras muy cercanas a la Selva de Matav&eacute;n. El barco ven&iacute;a acompa&ntilde;ado de dos piraguas del Ej&eacute;rcito. Era una visi&oacute;n verdaderamente diab&oacute;lica: esclavos del fuego acompa&ntilde;ados por armas de fuego. Era, sin duda, una visi&oacute;n prof&eacute;tica tambi&eacute;n. El fuego petrolero y el fuego militar se deslizaban por la superficie del r&iacute;o Vichada anunciando el aparentemente inevitable fin del balance ecol&oacute;gico y cultural de la Selva de Matav&eacute;n.</p>     <p>Varios meses m&aacute;s tarde, me puse a leer <i>Tristes Tropiques </i>de L&eacute;vi-Strauss. All&iacute; encontr&eacute; un pasaje que me hizo recordar esa visi&oacute;n prof&eacute;ticamente diab&oacute;lica y diab&oacute;licamente prof&eacute;tica de la destrucci&oacute;n de la Selva de Matav&eacute;n: &quot;Lo primero que vemos cuando viajamos por el mundo&quot;, escribe L&eacute;vi-Strauss de un viajero que, como &eacute;l (o como yo), vive rodeado de m&aacute;quinas y depende de los fuegos enormes que las mantienen en marcha, &quot;es nuestra propia basura, echada en la cara del resto de la humanidad&quot; (L&eacute;vi-Strauss, 1992 &#91;1955&#93;: 38).</p>     <p><b>    <br> Nosotros somos los otros</b></p>     <p>Cuando los miembros de un grupo social afirman que tienen ciertas posesiones en com&uacute;n, que comparten ciertos poderes y que son todos de una misma voluntad, ellos construyen su solidaridad de manera positiva. Las comunidades que se organizan de esta forma son exclusivas y excluyentes: s&oacute;lo si alguien es miembro de la familia, la tribu o la naci&oacute;n en cuesti&oacute;n podr&aacute; disfrutar de la solidaridad de los dem&aacute;s miembros de esa comunidad. Para salir intactas de una crisis colectiva, estas comunidades de identificaci&oacute;n positiva han podido contar siempre con la solidaridad que las une: en tales casos, los intereses personales de cada miembro de la comunidad se sacrifican para el bien de todos. As&iacute;, pues, la solidaridad se proyecta como una virtud positiva: la lealtad, el autosacrificio, el patriotismo. Pero frente a las crisis globales que enfrentamos hoy en d&iacute;a -desde el colapso de la econom&iacute;a global hasta el calentamiento progresivo del planeta-, la solidaridad positiva, exclusiva y excluyente de estas ennoblecidas comunidades tradicionales resulta un gran inconveniente.</p>     <p>De nada o muy poco puede servirnos hoy en d&iacute;a que una familia, una tribu o una naci&oacute;n intente salvarse s&oacute;lo a s&iacute; misma de las crisis globales que amenazan a todas las sociedades por igual. De hecho, las sociedades y culturas humanas no son las &uacute;nicas que est&aacute;n bajo amenaza; la biodiversidad del mundo entero corre peligro. Hace falta, por lo tanto, que ampliemos nuestros c&iacute;rculos de solidaridad m&aacute;s all&aacute; de las familias, las tribus y las naciones; m&aacute;s all&aacute;, incluso, de la especie humana, para incluir a todas las formas de vida sin excepci&oacute;n. Sin duda, es precisamente este tipo de solidaridad universal la que se ha querido construir sobre las bases positivas de los derechos humanos, primero, y luego, con la declaraci&oacute;n de los derechos universales de los animales. Pero la mera afirmaci&oacute;n de estos derechos abstractos no ha impedido que, en nuestro momento hist&oacute;rico, se sigan violando los derechos humanos con plena impunidad ni tampoco que el balance del sistema ecol&oacute;gico global se vea cada vez m&aacute;s alterado. De all&iacute; que lo que nos hace falta hoy en d&iacute;a no sea simplemente ampliar los c&iacute;rculos positivos de nuestra solidaridad. Tenemos que seguir concibiendo la solidaridad en t&eacute;rminos universales, pero de un modo menos abstracto.</p>     <p>En vez de basar la solidaridad en la afirmaci&oacute;n de posesiones y poderes comunes, habr&iacute;a que concebirla negativamente. Seg&uacute;n Richard Rorty, esto significar&iacute;a reconocer que lo que compartimos todos no es nuestra imaginada dignidad humana sino el mero hecho de que todos somos vulnerables, y, por ende, que todos podemos sufrir (Rorty, 1989: 91-92). Si fu&eacute;ramos a aplicar esta idea de solidaridad a nuestra situaci&oacute;n actual, se dir&iacute;a que todos compartimos por igual las amenazas de las crisis globales. En este sentido, nuestra situaci&oacute;n exige que nuestra solidaridad sea universal. Al concebirla de manera negativa, comprenderemos que las &uacute;nicas virtudes necesarias para esta solidaridad universal son negativas. En vez del autosacrificio, la lealtad y el patriotismo, la solidaridad negativa afirma nuestro deseo de <i>no </i>sufrir, de <i>no </i>morir, de <i>no </i>desaparecer.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La magnitud global de las crisis que enfrentamos demuestra c&oacute;mo la solidaridad positiva justifica la crueldad en nombre del amor propio. Por su parte, la solidaridad negativa, aunque no afirme ning&uacute;n amor espec&iacute;fico por la humanidad, por lo menos rechaza las crueldades justificadas por formas de solidaridad positiva. Reconociendo el sufrimiento de los dem&aacute;s como l&iacute;mite necesario del amor propio, la solidaridad negativa nos ayuda a comprender nuestra realidad. Ya no se trata de &quot;s&aacute;lvese quien pueda&quot;. Para salvarnos &quot;nosotros&quot; ya no vale ser crueles con los &quot;otros&quot;. Los otros ya no existen, porque nosotros somos los otros. Todos compartimos la misma amenaza, y si no nos salvamos todos, no se podr&aacute; salvar nadie.</p>     <p><b>    <br> Etnograf&iacute;as de salvaci&oacute;n</b></p>     <p>Los etn&oacute;grafos llevan a&ntilde;os expresando su solidaridad con las culturas nativas que estudian. &quot;Para nosotros&quot;, escribi&oacute; Adolf Bastian en 1881, &quot;las sociedades primitivas son ef&iacute;meras &#91;...&#93; En el instante en que las conocemos, se ven condenadas a una muerte segura&quot; (en Clifford, 1986: 112). En 1921, Bronislaw Mali-nowski se quejaba, de una manera parecida, de c&oacute;mo los &quot;materiales primitivos&quot; que los antrop&oacute;logos procuraban estudiar &quot;se derret&iacute;an con lamentable rapidez&quot; al entrar en contacto con el mundo moderno (en Clifford, 1986: 112). Por su parte, en 1955, Claude L&eacute;vi-Strauss contemplaba con angustia el avance inexorable de una potente monocultura occidental que iba borrando, desintegrando y destruyendo la diversidad cultural de las sociedades ind&iacute;genas, no s&oacute;lo de Brasil, sino de todo el llamado Mundo Nuevo. &quot;Ser humano significa', escribi&oacute; al respecto L&eacute;vi-Strauss, &quot;&#91;.&#93; pertenecer a una clase, a una sociedad, a un pa&iacute;s, a un continente y a una civilizaci&oacute;n; y para nosotros los europeos, la aventura que se fragu&oacute; en el coraz&oacute;n del Nuevo Mundo significa &#91;...&#93; que ese Nuevo Mundo no era nuestro mundo y que nosotros somos responsables de haber cometido el crimen de su destrucci&oacute;n &#91;.&#93;&quot; (L&eacute;vi-Strauss, 1992: 393). L&eacute;vi-Strauss se solidarizaba con las culturas aut&oacute;ctonas de las Am&eacute;ricas hasta tal punto que se atribu&iacute;a a s&iacute; mismo, a su propia cultura occidental, la culpa por su destrucci&oacute;n y desaparici&oacute;n. Pero su sentido de solidaridad iba m&aacute;s all&aacute; de este pat&eacute;tico y angustiado mea culpa. Tambi&eacute;n propon&iacute;a expiar el crimen. &quot;El antrop&oacute;logo&quot;, sosten&iacute;a L&eacute;vi-Strauss, &quot;es quien menos puede ignorar su propia civilizaci&oacute;n y disociarse de sus faltas porque su propia existencia es incomprensible, excepto como un intento de redenci&oacute;n: es el s&iacute;mbolo de la expiaci&oacute;n&quot; (L&eacute;vi-Strauss, 1992: 389).</p>     <p>En 1984, en un ensayo titulado &quot;On Ethnographic Allegory&quot;, James Clifford usa precisamente estos tres ejemplos hist&oacute;ricos -Bastian, Malinowski y L&eacute;vi-Strauss- para poner en duda la sinceridad de la solidaridad que los antrop&oacute;logos han solido expresar con las culturas nativas que estudian. Seg&uacute;n Clifford, la desaparici&oacute;n de lo &quot;primitivo&quot; es una alegor&iacute;a que ha aportado una estructura narrativa a los estudios etnogr&aacute;ficos modernos. Esta alegor&iacute;a de perdici&oacute;n y salvaci&oacute;n funciona como una &quot;construcci&oacute;n ret&oacute;rica&quot; que representa a las sociedades primitivas como &quot;d&eacute;biles&quot; y a los antrop&oacute;logos mismos como &quot;autoridades cient&iacute;ficas y morales&quot; que est&aacute;n llamadas a &quot;rescatar&quot; las costumbres &quot;esenciales&quot; y &quot;aut&eacute;nticas&quot; de estas sociedades (Clifford, 1986: 112-13). En particular, Clifford cuestiona la hipot&eacute;tica legitimidad cient&iacute;fica e imaginada autoridad moral de antrop&oacute;logos que construyen sus narraciones etnogr&aacute;ficas siguiendo los patrones de una alegor&iacute;a de salvaci&oacute;n que muy poco tiene que ver con la ciencia o la filosof&iacute;a y que tiene mucho m&aacute;s que ver con la tradici&oacute;n literaria del romanticismo y su est&eacute;tica buc&oacute;lica (Clifford, 1986: 113-119)<sup><a  name="s1" href="#1">1</a></sup>. Seg&uacute;n esos patrones est&eacute;ticos, el escritor rom&aacute;ntico est&aacute; llamado a salvar en su texto un mundo que est&aacute; en ruinas y a punto de desaparecer. Este concepto mesi&aacute;nico del escritor, sugiere Clifford, se encuentra entre la gran mayor&iacute;a de etn&oacute;grafos modernos y, muy en particular, en L&eacute;vi-Strauss, cuyo romanticismo lo llev&oacute; no s&oacute;lo a aceptar la culpa por la destrucci&oacute;n del Nuevo Mundo sino a cargar esa cruz como s&iacute;mbolo mesi&aacute;nico de salvaci&oacute;n.</p>     <p>El argumento de Clifford busca poner en rid&iacute;culo esta tradici&oacute;n moderna de etnograf&iacute;as de salvaci&oacute;n. Bajo la nueva perspectiva posmoderna de Clifford, los lamentos de Bastian, las quejas de Malinowski y las angustias de L&eacute;vi-Strauss ya no parecen ser expresiones genuinas de solidaridad, sino m&aacute;s bien expresiones hip&oacute;critas de una imaginada superioridad cultural que les permite a los antrop&oacute;logos invertir, en sus escritos, las verdaderas relaciones de poder poscoloniales que existen entre las sociedades modernas y las llamadas sociedades primitivas que los etn&oacute;grafos estudian. Las pr&aacute;cticas de representaci&oacute;n etnogr&aacute;fica que critica Clifford ponen de manifiesto el punto hasta el cual la antropolog&iacute;a y, muy en particular, la etnograf&iacute;a han sido c&oacute;mplices de la destrucci&oacute;n de las mismas culturas que la etnograf&iacute;a pretende rescatar del olvido.</p>     <p>Esta cr&iacute;tica tiene bastante sentido en el caso de las Am&eacute;ricas, en particular si tenemos en cuenta la historia de la ciudad letrada hispanoamericana, descrita y analizada por &Aacute;ngel Rama. Seg&uacute;n esa historia, la escritura en Latinoam&eacute;rica, desde las cr&oacute;nicas de la Conquista hasta las revoluciones sociales y pol&iacute;ticas del siglo XX, ha estado &iacute;ntimamente ligada al poder del Estado tanto colonial como poscolonial, y hasta revolucionario (Rama, 1984). Mientras que la escritura etnogr&aacute;fica reproduce estas relaciones de poder imperiales, no escapa de la &iacute;ntima relaci&oacute;n entre las armas y las letras que Rama analiza. Clifford, por su parte, hace bien en se&ntilde;alar esta relaci&oacute;n y pedirles a los antrop&oacute;logos que la cuestionen.</p>     <p>Pero existe un problema bastante grave con lo que propone Clifford. Este problema tiene que ver con la vulnerabilidad de las sociedades y culturas que se ven amenazadas por los avances de la modernidad. &quot;Sin duda alguna&quot;, admite Clifford al respecto, &quot;existen formas de vida que pueden, de una manera significativa, 'morir': poblaciones enteras son trastornadas y a veces hasta exterminadas. Las tradiciones se est&aacute;n perdiendo constantemente. Pero la persistente y repetida 'desaparici&oacute;n' de formas sociales en el momento mismo de ser representadas etnogr&aacute;ficamente requiere an&aacute;lisis como una estructura narrativa&quot; (Clifford, 1986: 113). Con ese &quot;pero&quot; Clifford se&ntilde;ala que su solidaridad no incluye las &quot;formas de vida&quot; nativa que &quot;pueden, de una manera significativa, 'morir&quot;. Se limita, m&aacute;s bien, a un c&iacute;rculo cerrado de personas que se identifican como antrop&oacute;logos.</p>     <p>Lo que busca Clifford es salvar a los antrop&oacute;logos de la culpabilidad que les impone la ret&oacute;rica redentora de un antrop&oacute;logo moderno como L&eacute;vi-Strauss. Seg&uacute;n Clifford, esa culpabilidad y el esp&iacute;ritu expiatorio que la inspira no son sino los nefastos resultados de ciertas pr&aacute;cticas ingenuas de representaci&oacute;n literaria. Si los antrop&oacute;logos, en vez de &quot;inscribir&quot; en sus textos a las culturas que estudian, fueran a &quot;transcribirlas&quot; o incluso a &quot;dialogar&quot; con ellas, se saldr&iacute;an de las terribles contradicciones con que tienen que lidiar por culpa de sus pr&aacute;cticas escriturarias. &quot;En cuanto se conciba el proceso etnogr&aacute;fico como una inscripci&oacute;n (y no una transcripci&oacute;n o un di&aacute;logo), la representaci&oacute;n continuar&aacute; poniendo en pr&aacute;ctica una potente e incuestionable estructura aleg&oacute;rica&quot; (Clifford, 1986: 113). De este modo, Clifford sugiere que con s&oacute;lo cambiar la manera en que se escribe, con s&oacute;lo cambiar el texto, los etn&oacute;grafos podr&aacute;n tambi&eacute;n cambiar el quehacer de la etnograf&iacute;a. Si &eacute;sta se dedica a transcribir y a dialogar, en vez de inscribir, podr&aacute; librarse de la carga mesi&aacute;nica de la literatura rom&aacute;ntica y dedicarse, no a salvar lo perdido, sino m&aacute;s bien a producir un conocimiento cient&iacute;ficamente leg&iacute;timo de las sociedades y culturas que estudia, ordena, cataloga y analiza.</p>     <p>Esta postura es muy conveniente para los antrop&oacute;logos posmodernos, pero frente a las crisis globales de nuestra actualidad resulta demasiado c&iacute;nica. El hecho de cambiar el texto no cambia -ni un ardite- la verdad hist&oacute;rica de culturas nativas que han sido eliminadas o que est&aacute;n siendo eliminadas. Con ellas mueren idiomas, cosmovisiones, y conocimientos espirituales, morales, tecnol&oacute;gicos y cient&iacute;ficos. Con la desaparici&oacute;n de cada una de ellas, un mundo entero desaparece y el mundo que queda en su lugar se vuelve cada vez menos mundo, menos diverso y m&aacute;s homog&eacute;neo. Cambiar el texto no cambia esta destructiva realidad ni elimina las verdaderas crisis que amenazan la vida hoy, no s&oacute;lo de gentes nativas, sino de todas las sociedades por igual. Cambiar el texto para as&iacute; evitarles a unos cuantos etn&oacute;grafos su mala conciencia moderna no elimina las terribles verdades hist&oacute;ricas y morales de nuestro momento hist&oacute;rico.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Tal vez en las d&eacute;cadas de 1980 y 1990 -cuando Clifford promulgaba una soluci&oacute;n posmoderna a la mala conciencia de la etnograf&iacute;a moderna- ten&iacute;a sentido pretender que con s&oacute;lo cambiar sus pr&aacute;cticas escriturarias los antrop&oacute;logos se salvar&iacute;an de tener que salvar a los mundos que estudiaban. Pero hoy en d&iacute;a, cuando todas las sociedades se sienten amenazadas por las fuerzas destructivas de una econom&iacute;a global que nos esclaviza a todos y que a todos nos convierte en ac&oacute;litos del fuego, este &quot;s&aacute;lvese quien pueda&quot; no nos puede resultar sino un gesto grotesco, perverso, y hasta nihilista. La indiferencia que expresa Clifford para con las comunidades humanas que verdaderamente sufren e hist&oacute;ricamente mueren es m&aacute;s que una iron&iacute;a posmoderna. Decir, como lo hace Clifford, que existen formas de vida nativa que pueden &quot;morir&quot; de una manera &quot;significativa&quot; es una expresi&oacute;n de la crueldad que se esconde tras su cinismo posmoderno.</p>     <p><b>    <br> Novelas de perdici&oacute;n</b></p>     <p>En una nota que incluye al final de su novela <i>Los pasos perdidos, </i>de 1953, Alejo Carpentier aclara que el r&iacute;o descrito en esta novela como &quot;cualquier gran r&iacute;o de Am&eacute;rica&quot; es, de hecho, el &quot;r&iacute;o Orinoco en su curso superior&quot;; a su vez, a&ntilde;ade que &quot;el lugar de la mina de los griegos&quot; -donde transcurre una buena parte de la trama narrativa- &quot;podr&iacute;a situarse no lejos de la confluencia del Vichada&quot; (Carpentier, 1985: 331). O sea que el lugar adonde se encamina el protagonista de esta novela en busca de un para&iacute;so perdido es, m&aacute;s o menos, el lugar hasta el cual viaj&eacute; yo en el verano de 2011: la Selva de Matav&eacute;n. Y los ind&iacute;genas con quien este protagonista finalmente decide convivir en los a&ntilde;os de 1950 vendr&iacute;an a ser, m&aacute;s o menos, los abuelos literarios de los gu&iacute;as Sikuani y Piaroa con quienes tuve la ocasi&oacute;n de viajar por una semana aproximadamente, en el mes de julio de ese a&ntilde;o<sup><a  name="s2" href="#2">2</a></sup>.</p>     <p>Ser&iacute;a un acto de disimulo inexperto pretender que, antes de hacer mi viaje al Vichada, yo no hab&iacute;a le&iacute;do esta nota que aparece al final de <i>Los pasos perdidos. </i>Antes de emprender mi viaje, y antes de proponerme la tarea de escribir sobre ese viaje, yo sab&iacute;a que lo que me propon&iacute;a era un absurdo: rescatar, por medio de mi propia experiencia narrada, los pasos perdidos del protagonista de una novela que, por su parte, hab&iacute;a sido escrita por Carpentier para parodiar, entre otras cosas, al tipo de ret&oacute;rica de salvaci&oacute;n que estructura el relato etnogr&aacute;fico de L&eacute;vi-Strauss en <i>Tristes Tropiques </i>(Huggan, 1994: 113-128). Sab&iacute;a, en otras palabras, que lo m&iacute;o iba a ser una aventura desventurada, destinada, como la del protagonista de <i>Los pasos perdidos, </i>a &quot;comet&#91;er&#93; el irreparable error de desandar lo andado&quot; y, quisiera a&ntilde;adir, el tambi&eacute;n irreparable error de intentar <i>desescribir </i>lo escrito (Carpentier, 1985: 325).</p>     <p>Al comienzo de <i>Tristes Tropiques, </i>L&eacute;vi-Strauss confiesa con iron&iacute;a macabra que odia viajar y que tambi&eacute;n odia a los exploradores. Lo que m&aacute;s odia de los exploradores es que escriben versiones narrativas de sus viajes que trivializan las culturas nativas que se encuentran en sus aventuras. Estas narraciones son &quot;res&uacute;menes de expediciones y colecciones de fotograf&iacute;as en las cuales el deseo de lucirse &#91;por parte de los exploradores&#93; domina tanto que el lector no puede evaluar la evidencia puesta ante sus ojos&quot; (L&eacute;vi-Strauss, 1992: 17). Adem&aacute;s, estas narraciones de viajes, exploraciones y supuestos descubrimientos son escritas para lectores ignorantes que s&oacute;lo buscan complacerse con su estado de ignorancia. &quot;Para estos lectores, trivialidades y lugares comunes parecen haber sido milagrosamente transmutados en revelaciones por el mero hecho de que su autor, en vez de plagiar desde casa, ha supuestamente santificado su texto al recorrer unas veinte mil millas &#91;m&aacute;s de 32 mil kil&oacute;metros&#93;&quot; (L&eacute;vi-Strauss, 1992: 18). La idea de que sus propios estudios etnogr&aacute;ficos se podr&iacute;an confundir con este tipo de narraciones triviales le produce a L&eacute;vi-Strauss un sentimiento de &quot;verg&uuml;enza&quot; y de &quot;asco&quot; (L&eacute;vi-Strauss, 1992: 18). Es de este modo, pues, que L&eacute;vi-Strauss rechaza la idea de escribir un libro que simplemente narre sus expediciones en el Amazonas de Brasil y propone m&aacute;s bien escribir una etnograf&iacute;a que ponga de relieve tanto las caracter&iacute;sticas, las pr&aacute;cticas y los saberes de las culturas que &eacute;l estudi&oacute; durante sus viajes como sus propias dudas acerca de su papel como antrop&oacute;logo. Lo que busca es educar a sus lectores, no premiar su ignorancia.</p>     <p>Algo muy parecido le ocurre al protagonista de <i>Los pasos perdidos, </i>s&oacute;lo que al rev&eacute;s. Este protagonista, que tambi&eacute;n es el narrador de la novela, viaja desde la metr&oacute;polis de Nueva York hasta una nueva &quot;ciudad&quot; ut&oacute;pica -llamada Santa M&oacute;nica de los Venados- que ha sido fundada por un supuesto &quot;Adelantado&quot; y su amigo el &quot;Primer Obispo&quot; en un lugar escondido en la cuenca del r&iacute;o</p>     <p>Orinoco. Su esposa, a quien el protagonista ya no quiere, piensa que &eacute;l se ha perdido en la selva, y manda una expedici&oacute;n para que lo rescate. El problema, no obstante, es que el protagonista-narrador cree haber encontrado un para&iacute;so neol&iacute;tico en Santa M&oacute;nica, donde vive con otra mujer, una nativa, que representa para &eacute;l los or&iacute;genes primordiales de los hombres en la Tierra. &Eacute;l no quiere que lo rescaten; m&aacute;s bien quiere salvarse del mundo moderno y seguir viviendo en Santa M&oacute;nica de los Venados. Aun as&iacute;, se deja &quot;rescatar&quot;, pensando que esto le permitir&aacute; divorciarse de su mujer, cortar de una vez por todas sus conexiones con el mundo moderno, y as&iacute; poder dedicar el resto de su vida a la comunidad ut&oacute;pica que ha encontrado en la cuenca del Orinoco. Cuando vuelve &quot;rescatado&quot; a Nueva York, decide escribir una versi&oacute;n ficticia de su aventura en el Orinoco. En otras palabras, decide escribir precisamente el tipo de libro de viaje que L&eacute;vi-Strauss aborrece. &quot;No puedo, en efecto, revelar lo que de maravilloso ha tenido mi viaje&quot;, dice al respecto el protagonista-narrador, &quot;Lo que vender&eacute;, pues, es una patra&ntilde;a: prisionero de una tribu m&aacute;s desconfiada que cruel, logr&eacute; fugarme, atravesando, solo, centenares de kil&oacute;metros de selva; al fin, extraviado y hambriento, llegu&eacute; a la 'misi&oacute;n' donde me encontraron&quot; (Carpentier, 1985: 300). De esta manera, el protagonista-narrador pretende escribir una versi&oacute;n trivial de su viaje que esconda la verdad. Lo que quiere es enga&ntilde;ar a sus lectores, no educarlos. Y para lograrlo, no parece existir mejor patra&ntilde;a que escribir un libro de viajes donde &eacute;l figura como el h&eacute;roe de una odisea &eacute;pica. Trivializando su viaje y sus descubrimientos, el protagonista-narrador espera poder salvarse a s&iacute; mismo, y al mundo ut&oacute;pico que encontr&oacute; en Santa M&oacute;nica, de la mirada del resto del mundo moderno. Pero en vez de salvarlo, esta versi&oacute;n trivializada de su viaje lo condena a la perdici&oacute;n.</p>     <p>Por mi parte, debo reconocer que tambi&eacute;n corro el peligro de narrar una versi&oacute;n del viaje que hice a la Selva de Matav&eacute;n que, en vez de ilustrar la realidad de quienes viven all&iacute;, acabe trivializ&aacute;ndola. Al narrar este viaje y reflexionar sobre &eacute;l, me gustar&iacute;a, al estilo de L&eacute;vi-Strauss, educar a mis lectores. Pero, al igual que el protagonista-narrador de <i>Los pasos perdidos, </i>no puedo evitar que los pormenores de mi propia expedici&oacute;n pseudoliteraria y pseudoetnogr&aacute;fica acaben ofuscando la verdadera tragedia que atraviesan las comunidades ind&iacute;genas de la Selva de Matav&eacute;n. Mi situaci&oacute;n es, sin lugar a dudas, una especie de delirio esquizofr&eacute;nico: la tradici&oacute;n literaria espa&ntilde;ola e hispanoamericana se ha interpuesto entre la realidad con que me encontr&eacute; en la Selva de Matav&eacute;n y yo mismo; y esa realidad, al ser narrada de nuevo por m&iacute;, acaba confundi&eacute;ndose una vez m&aacute;s con la imaginaci&oacute;n literaria de una etnograf&iacute;a de salvaci&oacute;n. La absurda iron&iacute;a de mi rid&iacute;cula situaci&oacute;n (una iron&iacute;a tan tr&aacute;gica en sus &uacute;ltimas consecuencias morales como c&oacute;mica en sus implicaciones pr&aacute;cticas y escriturarias) no deja de sorprenderme, de alterarme y de hacer que me detenga y considere con mucho cuidado c&oacute;mo escribir sobre el viaje que hice al coraz&oacute;n de la Selva de Matav&eacute;n, donde vi c&oacute;mo viajaban los esclavos del fuego por el Vichada en enormes embarcaciones acompa&ntilde;ados de las armas de fuego del Estado, anunciando de esta manera tan espantosa un terrible fin para ese &quot;pulm&oacute;n del mundo&quot;.</p>     <p>Es preciso conocer la experiencia verdadera de las comunidades ind&iacute;genas de la Selva de Matav&eacute;n y no confundirla con las experiencias imaginadas y mediadas por autores de novelas etnogr&aacute;ficas y de etnograf&iacute;as novel&iacute;sticas. Ni las iron&iacute;as de una novela de perdici&oacute;n como <i>Los pasos perdidos, </i>ni las iron&iacute;as de una etnograf&iacute;a de salvaci&oacute;n como <i>Tristes Tropiques, </i>nos ofrecen una perspectiva desde la cual podamos comprender la verdadera iron&iacute;a de la realidad en la que viven las comunidades ind&iacute;genas de la Selva de Matav&eacute;n. Por medio de sus escuelas ecol&oacute;gicas y estrategias pol&iacute;ticas locales, estas comunidades est&aacute;n intentando salvar a su selva, salvarse a s&iacute; mismos, a sus formas de vida, y de paso, salvar tambi&eacute;n al mundo entero del humo que nos ahoga y que nos ciega. Pero las compa&ntilde;&iacute;as de petr&oacute;leo, las compa&ntilde;&iacute;as mineras, las compa&ntilde;&iacute;as agroindustriales, siguen cercando la Selva de Matav&eacute;n. Frente a esta cruel iron&iacute;a, las iron&iacute;as narrativas de la etnograf&iacute;a y la literatura no pueden sino parecernos grotescas. El &uacute;nico prop&oacute;sito al que sirven es esconder, tras una cortina de humo escriturario, la tr&aacute;gica iron&iacute;a de nuestro imaginado dominio del fuego.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>    <br> El fuego que no echa humo</b></p>     <p>Existe un mito Sikuani que, como el mito griego de Prometeo, explica c&oacute;mo la gente acab&oacute; adue&ntilde;&aacute;ndose del fuego (Wilbert y Simoneau, 1992). Al igual que el mito de Prometeo, este mito gira en torno al enga&ntilde;o y el robo: o sea, est&aacute; organizado en torno a un inesperado y original acto de filantrop&iacute;a que ser&aacute; firmemente castigado. El mito en cuesti&oacute;n comienza de la siguiente manera:</p>     <p>Hace mucho tiempo la gente no ten&iacute;a fuego. Secaban la carne que cazaban a los rayos del sol, y cuando no hab&iacute;a sol, la com&iacute;an cruda. No sab&iacute;an qu&eacute; m&aacute;s hacer y no conoc&iacute;an el fuego. Eran n&oacute;madas. Pero un d&iacute;a encontraron una monta&ntilde;a y decidieron asentarse a vivir all&iacute;.</p>     <p>Un d&iacute;a llovi&oacute; hasta el mediod&iacute;a. Cuando dej&oacute; de llover, uno de los hombres del grupo fue a buscar comida. Vio a un hombre que estaba escondido, y este hombre ten&iacute;a fuego; ten&iacute;a cuatro le&ntilde;os que se quemaban. El hombre estaba acostado y ten&iacute;a los cuatro le&ntilde;os debajo de su hamaca. El hombre que lo vio volvi&oacute; a donde estaba su gente y les cont&oacute;: &quot;Vi a un hombre acostado en su hamaca. Ten&iacute;a cuatro troncos debajo de &eacute;l que reluc&iacute;an, pero no s&eacute; lo que aquello pudo haber sido. Deber&iacute;amos ir todos a ver&quot;. Otro hombre le pregunt&oacute;: &quot;&iquest;Hablaste con el hombre?&quot;. Y &eacute;l respondi&oacute;: &quot;No, no habl&eacute; con &eacute;l. Yo lo vi pero &eacute;l no me vio a m&iacute;&quot;. Los dem&aacute;s dijeron: &quot;Vayamos a ver qui&eacute;n es. Podr&iacute;a ser un pariente nuestro, o tal vez tenga algo que nos sirva&quot;. Se acercaron a donde estaba el hombre, y cuando ya estaban llegando, lo llamaron: &quot;¡Oiga! ¡Somos nosotros!&quot;, y &eacute;l respondi&oacute;: &quot;Aij, &iquest;de d&oacute;nde vinieron?&quot;. &quot;Somos de por ac&aacute;, vivimos en esta regi&oacute;n&quot;. &quot;Ah, son mis nietos. Yo soy su Abuelo, pero no me conocen&quot;. &quot;Pues ya que Usted dice que es nuestro Abuelo, queremos quedarnos aqu&iacute; cerca de Usted&quot;. &Eacute;l respondi&oacute;: &quot;Pueden quedarse por aqu&iacute; cerca, pero no se me acerquen demasiado&quot;. Hicieron como &eacute;l les hab&iacute;a mandado y se asentaron a una distancia de &eacute;l.</p>     <p>Considero conveniente interrumpir la narraci&oacute;n de este mito en este preciso momento para se&ntilde;alar que lo que se establece en el comienzo es un nuevo c&iacute;rculo de solidaridad positiva. Esta solidaridad incluye a los hombres y al Abuelo en una misma familia. Pero esta solidaridad parece tener sus l&iacute;mites. El Abuelo permite que sus nietos se sienten cerca de &eacute;l y compartan con &eacute;l la monta&ntilde;a, pero no los invita a convivir con &eacute;l. Ellos han de guardar cierta distancia. Esta distancia significa, entre otras cosas, que los hombres deben respetar al Abuelo y, de esta forma, expresar el hecho de que reconocen que existe una gran diferencia entre ellos y &eacute;l. El fuego simboliza esa diferencia. Simboliza el poder y el saber del Abuelo. Esto es precisamente lo que los hombres m&aacute;s quieren: &quot;Vayamos a ver qui&eacute;n es. Podr&iacute;a ser un pariente nuestro, o tal vez tenga algo que nos sirva&quot;. De aqu&iacute; en adelante, el mito dramatiza c&oacute;mo los hombres ir&aacute;n perdiendo el respeto que le deben al Abuelo, y as&iacute; ir&aacute;n borrando tambi&eacute;n la distancia entre ellos y su fuego. Lo curioso y verdaderamente interesante de este proceso es que, para enga&ntilde;ar al Abuelo y acercarse cada vez m&aacute;s al fuego, los hombres afirman una vez tras otra sus lazos familiares con el Abuelo. Ellos quieren entrar en un c&iacute;rculo de solidaridad positiva con el Abuelo que les permita afirmar como suyo tambi&eacute;n el poder del fuego.</p>     <p>Los d&iacute;as que estuvieron viviendo as&iacute; cerca del Abuelo, comieron su comida como la acostumbraban comer. Sin conocer el fuego, comieron su comida cruda. Pero un d&iacute;a el Abuelo reparti&oacute; entre ellos comida que &eacute;l hab&iacute;a cocinado. A cada uno le dio un poco. La comieron y les gust&oacute;. Le preguntaron al viejo: &quot;Abuelo, &iquest;qu&eacute; le ech&oacute; a la comida para que sepa tan rico?&quot;. &Eacute;l respondi&oacute;: &quot;No le ech&eacute; nada especial; la cocin&eacute; con el fuego&quot;. &quot;Pero Abuelo, &iquest;qu&eacute; es el fuego?&quot;. &quot;Nietos m&iacute;os, el fuego es lo que guardo debajo de mi hamaca. Se puede usar para cocinar la comida&quot;.</p>     <p>El pr&oacute;ximo d&iacute;a salieron a cazar y trajeron mucha carne. Le pidieron permiso al Abuelo para cocinarla en su fuego: &quot;Abuelo, d&eacute;jenos cocinar nuestra comida en su fuego&quot;. Pero &eacute;l no quiso: &quot;No, no pueden usar mi fuego para cocinar porque es para mi uso personal&quot;. Aunque insistieron mucho, no lograron convencerlo. Luego, uno de ellos cogi&oacute; un palo seco para prenderlo en el fuego, pero el viejo no se lo permiti&oacute;. Otro hombre intent&oacute; lo mismo con unas hojas secas, pero el viejo tampoco se lo permiti&oacute;. As&iacute; se fueron sucediendo los d&iacute;as, y la gente segu&iacute;a comiendo carne cruda.</p>     <p>Aqu&iacute; vemos c&oacute;mo la distancia entre el Abuelo y los hombres se va achicando. Lo sorprendente del caso es que sea el Abuelo quien al principio intenta achicar esa distancia. En un acto inesperado de filantrop&iacute;a, &eacute;l comparte una carne asada con los hombres, sus nietos. Los hombres, alentados por este gesto de solidaridad, le piden luego al Abuelo que les permita usar el fuego para asar m&aacute;s carne. Con este gesto, los hombres intentan afirmar que, como consecuencia del gesto filantr&oacute;pico del Abuelo, el fuego es ahora de todos. Pero el Abuelo lo niega. Les dice que el fuego es para su uso personal. Esto implica que los hombres todav&iacute;a no son due&ntilde;os del fuego porque todav&iacute;a no saben c&oacute;mo hacer fuego, ni c&oacute;mo cuidarlo, ni mucho menos c&oacute;mo apagarlo. Pero en vez de pedirle al Abuelo que les ense&ntilde;e a comprender el fuego y dominar su poder, los hombres -arrogantes, insolentes e impacientes- intentan prender palos secos y hojas secas, y as&iacute;, declarar que el fuego tambi&eacute;n deber&iacute;a ser para su propio uso personal. La solidaridad filantr&oacute;pica del Abuelo parece haber despertado en los hombres un insaciable deseo de poseer el fuego. Pero no parece haber despertado en ellos un deseo complementario de comprender el fuego. Quieren el poder sin el saber. Y esto, como se ver&aacute; m&aacute;s en adelante, traer&aacute; graves consecuencias para los hombres.</p>     <p>Un d&iacute;a que llov&iacute;a mucho, se acercaron de nuevo al viejo y le pidieron que les dejara acercarse a&uacute;n m&aacute;s al fuego, porque sent&iacute;an mucho fr&iacute;o, pero tampoco los dej&oacute; hacer eso. As&iacute; que comenzaron a pensar en otras maneras de conseguir el fuego. Mandaron al Carpintero, dici&eacute;ndole: &quot;Anda y vete donde el Abuelo y p&iacute;dele que te deje calentarte al lado del fuego. Si te lo permite, si&eacute;ntate al lado del fuego, y si ves que el viejo se duerme, coge uno de los le&ntilde;os y vente corriendo otra vez hasta aqu&iacute;&quot;. El Carpintero hizo lo que le dijeron; se acerc&oacute; al viejo y le dijo: &quot;Vea, Abuelo, me gustar&iacute;a que me dejara calentarme; tengo mucho fr&iacute;o&quot;. &quot;Est&aacute; bien, Nieto, permitir&eacute; que te calientes al lado del fuego, pero s&oacute;lo te lo permito a ti, y s&oacute;lo si no tienes ninguna mala intenci&oacute;n&quot;. El Carpintero se sent&oacute; all&iacute; al lado del fuego pretendiendo calentarse. Cuando vio que el viejo estaba durmiendo, sin hacer ruido alguno y con mucho af&aacute;n cogi&oacute; uno de los le&ntilde;os (hab&iacute;a s&oacute;lo cuatro, uno por cada direcci&oacute;n cardinal). El Carpintero corri&oacute;, pero el viejo, d&aacute;ndose cuenta de lo que hab&iacute;a pasado, lo cogi&oacute; por el pelo, dici&eacute;ndole: &quot;Aj&aacute;, Nieto Carpintero, viniste a robar mi fuego&quot;. Cogi&oacute; al Carpintero, le quit&oacute; el le&ntilde;o, le jal&oacute; el pelo y lo reorganiz&oacute; encima de la cabeza en forma de una corona. Luego lo cogi&oacute; por la nariz, la estir&oacute; y form&oacute; un pico, y jal&aacute;ndole sus brazos los transform&oacute; en alas. El Carpintero sali&oacute; volando.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>De nuevo, interrumpo la narraci&oacute;n para se&ntilde;alar que este proceso se repite en el mito, una y otra vez. Los hombres llegan e intentan enga&ntilde;ar al Abuelo y robarle el fuego, pero &eacute;ste no se deja enga&ntilde;ar y los convierte en diversos p&aacute;jaros, peces, y otros animales. Al fin le toca el turno al Loro Inviernero, que vuela muy r&aacute;pido. &Eacute;ste s&iacute; que se sale con la suya.</p>     <p>El Loro Inviernero se fue a encontrarse con el viejo: &quot;Abuelo, &iquest;me dejar&iacute;a calentarme al lado de su fuego?&quot;. &quot;Claro que s&iacute;, Nieto, puedes hacerlo; pero ten cuidado. Otros han venido aqu&iacute; con semejantes pretensiones antes que t&uacute;&quot;. El Loro le dijo: &quot;No, Abuelo, no pienses eso de m&iacute;. &iquest;A d&oacute;nde voy a ir, si tengo mi familia all&iacute; mismo?&quot;. El viejo respondi&oacute;: &quot;S&iacute;, Nieto, s&eacute; que tu familia anda por aqu&iacute; cerca&quot;. As&iacute; que el Loro se qued&oacute; a calentarse. Cuando vio que el viejo se hab&iacute;a dormido, toc&oacute; la hamaca. Ya que el viejo dorm&iacute;a, el Loro cogi&oacute; el le&ntilde;o prendido y se fue corriendo. Cuando el viejo se despert&oacute;, intent&oacute; coger al Loro pero no pudo. Luego empez&oacute; a quejarse: &quot;Aaj, me has quitado mi hijo, mi &uacute;nico hijo. &iquest;Por qu&eacute; hiciste esto?&quot;.</p>     <p>El enga&ntilde;o es siempre el mismo, pero el Loro Inviernero logra robar el fuego porque es m&aacute;s r&aacute;pido que todos los dem&aacute;s hombres y, por supuesto, m&aacute;s r&aacute;pido que el Abuelo tambi&eacute;n. En este sentido, el Loro representa una mejora metodol&oacute;gica. Su <i>tecn&eacute;, </i>su arte, es superior a la de los dem&aacute;s. Esto se&ntilde;ala que el deseo de poseer el fuego s&iacute; ha suscitado en los hombres un cierto deseo de saber. Pero no desean saber c&oacute;mo se hace, se controla y se apaga el fuego, sino c&oacute;mo mejorar sus artes de enga&ntilde;o, para as&iacute; poder tomar posesi&oacute;n del fuego. El Abuelo, cuando se da cuenta de lo que ha pasado, se lamenta: &quot;me has quitado mi hijo, mi &uacute;nico hijo&quot;. Con este lamento, la distancia que separaba a los hombres y al Abuelo se representa en t&eacute;rminos de parentesco. Seg&uacute;n esta l&oacute;gica, el &uacute;nico hijo del Abuelo, o sea el fuego, es tambi&eacute;n el padre de los hombres.</p>     <p>Al tomar posesi&oacute;n del fuego, los hombres se juntan con su padre en un nuevo c&iacute;rculo de solidaridad positiva. Por su parte, el Abuelo reconoce esta nueva comunidad y comparte con ella el saber necesario para hacer el fuego. Parecer&iacute;a ahora que los hombres y el Abuelo son iguales y pertenecen a un mismo c&iacute;rculo selecto de seres que controlan el fuego. Pero el Abuelo a&uacute;n insiste en separarse de ellos. &Eacute;l les advierte: &quot;Cuando yo uso el fuego, no echa humo. Cuando ustedes lo usen, echar&aacute; humo y les molestar&aacute;&quot;. El humo es el castigo que los hombres han de sufrir por haberle robado el fuego al Abuelo. A su vez, este humo simboliza los l&iacute;mites del conocimiento de los hombres.</p>     <p>El humo les irritar&aacute; los ojos. La luz de sus fuegos no les permitir&aacute; ver bien. Se podr&aacute;n jactar de saber c&oacute;mo prender el fuego y protegerlo, pero todav&iacute;a tendr&aacute;n que aprender c&oacute;mo controlarlo y apagarlo. Por eso, lo &uacute;ltimo que les dice el Abuelo es: &quot;Aunque yo les est&eacute; dando el fuego, no lo tendr&aacute;n por mucho tiempo. Dentro de pocos a&ntilde;os habr&aacute; una inundaci&oacute;n y sus fuegos se ahogar&aacute;n en las aguas, al menos que construyan barcos, los cubran de tierra y hagan sus casas encima de estos barcos&quot;.</p>     <p>&Eacute;ste es el &uacute;ltimo acto de filantrop&iacute;a del Abuelo. Quienes le obedecen se salvan y salvan tambi&eacute;n al fuego; pero quienes no acatan las &oacute;rdenes del Abuelo acaban ahog&aacute;ndose, y con ellos se ahogan tambi&eacute;n sus fuegos. Los Sikuani, seg&uacute;n este mito, son los sobrevivientes de esta gran inundaci&oacute;n que apag&oacute; los fuegos de los dem&aacute;s. Su Abuelo los introdujo al fuego y les ense&ntilde;o c&oacute;mo prenderlo; tambi&eacute;n les ense&ntilde;&oacute; c&oacute;mo protegerlo del agua; y por &uacute;ltimo, la inundaci&oacute;n les ense&ntilde;&oacute; c&oacute;mo apagarlo. Los Sikuani son, por lo tanto, miembros de una comunidad selecta que, adem&aacute;s de poseer el fuego, posee el conocimiento necesario para dominarlo, prenderlo y, cuando sea necesario, apagarlo.</p>     <p><b>    <br> Hormigas, avispas y escorpiones</b></p>     <p>Entre los mitos etiol&oacute;gicos de los Sikuani hay un ciclo de mitos que tratan del origen del yopo, una sustancia psicoactiva que se usa en ritos cham&aacute;nicos que iluminan las mentes de quienes lo consumen. Seg&uacute;n este ciclo de mitos, el yopo tiene su origen en la vagina de una mujer m&aacute;gica. Cada vez que su marido la penetra, semillas de yopo salen de su vagina. Ella le ense&ntilde;a a preparar el yopo y a inhalarlo. Pero tambi&eacute;n le advierte que el yopo puede intoxicarlo. Por eso, cada vez que &eacute;l la penetra para sacar m&aacute;s semillas de yopo, ella le dice que s&oacute;lo la debe penetrar con la cabeza de su pene. El hombre, precavido, nunca la penetra con violencia, y as&iacute; se asegura de siempre poder abastecerse de yopo. Pero finalmente los dem&aacute;s hombres se dan cuenta de que el marido de esta mujer est&aacute; usando el yopo, y ellos tambi&eacute;n lo quieren probar. Otro hombre consigue acostarse con la mujer y probar el yopo. En algunos de estos mitos el segundo hombre que se acuesta con la mujer es el hermano del marido, en otros, se trata del hermano de la mujer. Sea como sea, al acostarse con ella, este segundo hombre y la mujer violan un tab&uacute;. A&uacute;n m&aacute;s, este segundo hombre, violador de tab&uacute;es, tambi&eacute;n viola a la mujer, penetrando su vagina con violencia. Como resultado, el segundo hombre se intoxica de yopo y sufre un castigo. En algunos mitos, el marido de la mujer transforma a su usurpador en un halc&oacute;n, en otros, lo exilia hasta el fin del mundo (Wilbert y Simoneau, 1992: 232-238).</p>     <p>Pero hay una versi&oacute;n en especial de este mito del origen del yopo donde los hombres que se acuestan con esta mujer sufren un castigo que a su vez les premia con poderes y conocimientos m&aacute;gicos: &quot;La mujer &#91;...&#93; era peluda. En su vagina ella ten&iacute;a varios animalitos que muerden o pican: escorpiones, hormigas, avispas. All&iacute; estaban, todos amontonados. Era para darle poderes m&aacute;gicos a quien hiciera el amor con ella. Todo eso era su poder m&aacute;gico y protecci&oacute;n contra influencias adversas. Todo estaba en su vagina&quot; (Wilbert y Simoneau, 1992: 237). As&iacute;, pues, para producir y consumir el yopo, los hombres han de sufrir mordidas y picaduras de hormigas, avispas y escorpiones. Pero el escozor de estas picaduras es un precio justo que pagar por el conocimiento y los poderes que imparten en combinaci&oacute;n con el yopo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Si menciono estos mitos es porque entre los Sikuani y los Piaroa se celebran hasta el d&iacute;a de hoy ciertos ritos en los cuales los hombres se dejan morder en la cara y en el pecho y en las piernas por hormigas, avispas, y hasta escorpiones. Luego, el cham&aacute;n les da a probar el yopo. Cada uno de ellos se tiene que acostar luego en una hamaca mientras el cham&aacute;n, que cuida del fuego, los gu&iacute;a en sus viajes visionarios. Las mordidas y picaduras de los insectos queman la piel como si los insectos fueran hechos de fuego. Estas quemaduras de la piel representan corporalmente el fuego del yopo que ilumina sus mentes.</p>     <p>El fuego mental ayuda a estos hombres a protegerse de amenazas como las que est&aacute;n enfrentando todos los grupos ind&iacute;genas de la Selva de Matav&eacute;n. Las compa&ntilde;&iacute;as petroleras, mineras y agroindustriales que han llegado al municipio de Cumaribo en los &uacute;ltimos a&ntilde;os est&aacute;n violando la tierra. Quieren sacar de ella todo lo que puedan. Son como el segundo hombre de los mitos acerca del origen del yopo. Violan la tierra como &eacute;l viola la vagina de la mujer. Est&aacute;n intoxicados de petr&oacute;leo, de dinero, como &eacute;l lo est&aacute; del yopo. Y, de la misma manera que el segundo hombre sufre un castigo por su voracidad, la l&oacute;gica de los mitos del yopo sugiere que estas compa&ntilde;&iacute;as tambi&eacute;n deber&iacute;an sufrir por su avaricia. Cada vez que una de estas compa&ntilde;&iacute;as mete uno de sus penes mec&aacute;nicos en la tierra, queriendo sacar de ella sus tesoros, deben sufrir una peque&ntilde;a picadura. Los l&iacute;deres de las comunidades ind&iacute;genas del Matav&eacute;n, al insistir en sus derechos -bajo la Constituci&oacute;n- a la consulta previa, son como las hormigas, las avispas y los escorpiones del mito. Protegen a la tierra, a la madre tierra, de quienes la desean violar.</p>     <p><b>    <br> La escritura cham&aacute;nica</b></p>     <p>Clifford critica a los antrop&oacute;logos modernos por querer salvar de la perdici&oacute;n a las culturas nativas que estudian. Este deseo, sugiere Clifford, es el resultado de un delirio. Los antrop&oacute;logos creen que poseen el poder suficiente para salvar a esas culturas. Ese poder es la escritura. Por medio de sus textos etnogr&aacute;ficos, procuran salvar a esas culturas nativas del paso del tiempo y, en &uacute;ltima instancia, del olvido. Pero de lo que no parecen darse cuenta los etn&oacute;grafos es, seg&uacute;n Clifford, que su poder escriturario no es un poder que de verdad salva a las culturas nativas, sino m&aacute;s bien un poder que est&aacute; &iacute;ntimamente ligado a las fuerzas de destrucci&oacute;n que han ido eliminando esas culturas de la faz de la tierra. Clifford presenta esta cr&iacute;tica bajo la suposici&oacute;n que representa un paso m&aacute;s all&aacute; de las pr&aacute;cticas escriturarias de los antrop&oacute;logos modernos. Pero lo cierto es que un antrop&oacute;logo tan moderno como L&eacute;vi-Strauss ya se daba cuenta, en los a&ntilde;os cincuenta, de esta paradoja supuestamente posmoderna.</p>     <p>En <i>Tristes Tropiques, </i>L&eacute;vi-Strauss cuenta una an&eacute;cdota que revela la relaci&oacute;n ambigua que &eacute;l guardaba respecto al poder de la escritura. Se trata de un viaje que hizo a la zona del Amazonas brasile&ntilde;o donde habitan los Nambikwara, una gente que, seg&uacute;n la descripci&oacute;n de L&eacute;vi-Strauss, &quot;no tiene una lengua escrita &#91;...&#93; &#91;y que&#93; tampoco sabe dibujar&quot; (L&eacute;vi-Strauss, 1992: 296). &Eacute;l decide repartir entre ellos unos l&aacute;pices y hojas de papel. Por varios d&iacute;as, no los usan. Pero un buen d&iacute;a, &eacute;l ve que todos est&aacute;n haciendo unas l&iacute;neas horizontales en sus hojas de papel. &quot;Me preguntaba qu&eacute; intentaban hacer, cuando de repente me di cuenta de que estaban escribiendo o, para ser m&aacute;s exacto, usando sus l&aacute;pices del mismo modo que los usaba yo&quot; (L&eacute;vi-Strauss, 1992: 296). La mayor&iacute;a s&oacute;lo hac&iacute;a eso, pero el jefe de los Nambikwara era m&aacute;s ambicioso: &quot;Sin duda&quot;, razona L&eacute;vi-Strauss, &quot;&eacute;l era el &uacute;nico que hab&iacute;a captado el prop&oacute;sito de la escritura&quot;. Ese prop&oacute;sito es, seg&uacute;n L&eacute;vi-Strauss, nada menos y nada m&aacute;s que &quot;facilitar la esclavitud&quot; (L&eacute;vi-Strauss, 1992: 299). &quot;El &uacute;nico fen&oacute;meno con el que la escritura siempre se ha visto en contacto es la creaci&oacute;n de ciudades e imperios, o sea la integraci&oacute;n de un n&uacute;mero considerable de individuos a un sistema pol&iacute;tico que los organiza en castas o clases&quot; (L&eacute;vi-Strauss, 1992: 299). Su conclusi&oacute;n es que la escritura siempre &quot;ha favorecido la explotaci&oacute;n de los seres humanos, y no su esclarecimiento&quot; (L&eacute;vi-Strauss, 1992: 299). Como prueba, ofrece el ejemplo del jefe de los Nambikwara, que usa la escritura (que en su caso no es sino una simulaci&oacute;n de la escritura) para ostentar nuevos poderes m&aacute;gicos. El jefe re&uacute;ne a su comunidad y, por dos horas, pretende estar leyendo una lista de los objetos que L&eacute;vi-Strauss hab&iacute;a tra&iacute;do para repartir entre los Nambikwara. A cada miembro de la comunidad, el jefe le da el regalo que figura en la lista (que &eacute;l mismo pretendi&oacute; escribir sin saber escribir y que &eacute;l tambi&eacute;n pretend&iacute;a leer sin saber leer). Esta farsa demuestra, seg&uacute;n el an&aacute;lisis que hace L&eacute;vi-Strauss de ella, que para el jefe la escritura &quot;no era cuesti&oacute;n de adquirir conocimiento, de recordar o de comprender, sino m&aacute;s bien de incrementar &#91;.&#93; &#91;su&#93; autoridad y prestigio&quot; (L&eacute;vi-Strauss, 1992: 298). Al introducir la escritura en esta comunidad, L&eacute;vi-Strauss no contribuy&oacute; a su salvaci&oacute;n como esperaba, sino m&aacute;s bien a la destrucci&oacute;n de sus formas de vida tradicionales.</p>     <p>Sin lugar a dudas, toda pr&aacute;ctica escrituraria participa de esta farsa que incrementa la autoridad y el prestigio de quienes escriben. Desde su postura moderna, L&eacute;vi-Strauss expresa ansiedades al respecto. &quot;El uso de la escritura para promover prop&oacute;sitos desinteresados y como fuente de placer intelectual y est&eacute;tico es un resultado secundario de la escritura, y, en la mayor&iacute;a de los casos, este uso secundario puede ser transformado, de tal manera que sirva para justificar y disimular su funci&oacute;n primaria &#91;...&#93; &#91;que es&#93; facilitar la esclavitud&quot; (L&eacute;vi-Strauss, 1992: 299). Por su parte, Clifford, desde la distancia cr&iacute;tica de su postura posmoderna, considera con iron&iacute;a la ingenuidad de ciertas pr&aacute;cticas etnogr&aacute;ficas que reproducen, en nombre de la salvaci&oacute;n, relaciones de poder que llevan m&aacute;s bien a la perdici&oacute;n. Frente a esta situaci&oacute;n, Clifford sugiere que los antrop&oacute;logos deben cambiar su modo de escribir. A su vez, Carpentier cultiva en <i>Los pasos perdidos </i>una iron&iacute;a novel&iacute;stica que pone en tela de juicio todos los modos tradicionales de inscribir, transcribir y dialogar con lo primitivo. Su postura neobarroca encierra a su protagonista-narrador en un c&iacute;rculo vicioso del cual no se puede escapar y que lo condena a aceptar como &uacute;nica y &uacute;ltima realidad la versi&oacute;n trivializada que publica en Nueva York de su viaje por el Orinoco. Ni L&eacute;vi-Strauss, ni Clifford, ni Carpentier se&ntilde;alan una alternativa a esta problem&aacute;tica condici&oacute;n del escritor que narra sus encuentros con una cultura nativa que est&aacute; siendo destruida por los poderes destructivos de la misma cultura a la que pertenece el escritor.</p>     <p>El trabajo de Richard Rorty, no obstante, s&iacute; se&ntilde;ala una alternativa. Este fil&oacute;sofo sugiere que lo que debe hacer el escritor moderno para expresar su solidaridad es formularla de manera negativa. &quot;El punto de vista que ofrezco dice que s&iacute; existe algo que se llama el progreso moral, y que este progreso se encamina en la direcci&oacute;n de cada vez m&aacute;s solidaridad humana. Pero a esta solidaridad no la concibo como el reconocimiento de un ser verdadero o una esencia que existe en todos los seres humanos. Al contrario, la concibo como la habilidad de ver las diferencias tradicionales (entre tribus, religiones, razas y costumbres) como insignificantes, en comparaci&oacute;n con nuestras semejanzas a la hora de sentir el dolor y la humillaci&oacute;n &#91;...&#93; De all&iacute; que considere a las descripciones detalladas de formas particulares de dolor y de humillaci&oacute;n (ante todo, en novelas y narraciones etnogr&aacute;ficas), y no a tratados filos&oacute;ficos y religiosos, como la manera principal en que los intelectuales modernos han podido contribuir al progreso moral&quot; (Rorty, 1989: 192). Esto sugiere, entre otras cosas, que para expresar su solidaridad, lo que puede hacer un escritor es describir la crueldad. Yo quisiera a&ntilde;adir a este prop&oacute;sito negativo y denunciador otro m&aacute;s afirmativo. Adem&aacute;s de denunciar la crueldad, la escritura que busca salvar a los hombres debe ofrecer tambi&eacute;n un testimonio de una forma de vida mejor. Y quiero insistir en este punto porque en la Selva de Matav&eacute;n, adem&aacute;s de haber visto a los esclavos del fuego acompa&ntilde;ados de armas de fuego, encontr&eacute; una forma de escritura que afirma, por medio de la negaci&oacute;n, una alternativa sensata.</p>     <p>En la comunidad Piaroa llamada Sarrapia se encuentra un colegio ecol&oacute;gico. El curr&iacute;culo de este colegio est&aacute; organizado en torno al conocimiento tradicional de las diversas comunidades ind&iacute;genas que habitan en la Selva de Matav&eacute;n. En una de las paredes del colegio se encuentra un texto breve. Se trata de una visi&oacute;n apocal&iacute;ptica que tuvo un d&iacute;a uno de los chamanes que fundaron la comunidad. EL texto reza as&iacute;: &quot;Cuando el hombre se haya comido el &uacute;ltimo pescado, comprender&aacute; que el dinero no se puede comer&quot;. Esta idea sirve de base no s&oacute;lo a la escuela sino a toda la comunidad. Sintetiza, en tan pocas palabras, el pensamiento de este chaman Piaroa y su cr&iacute;tica a la econom&iacute;a capitalista, que financia a las compa&ntilde;&iacute;as petroleras que actualmente amenazan la supervivencia no s&oacute;lo de los Piaroa y los dem&aacute;s grupos ind&iacute;genas que moran en la regi&oacute;n, sino tambi&eacute;n la de todas las formas de vida que se encuentran en los r&iacute;os y los &aacute;rboles de la Selva de Matav&eacute;n.</p>     <p>En nombre del fuego, de los fuegos enormes que mantienen a nuestras grandes ciudades en marcha perpetua, las aguas de los r&iacute;os que rodean la Selva de Matav&eacute;n est&aacute;n siendo da&ntilde;adas. Los peces se est&aacute;n muriendo. Con su muerte, se anuncia el fin del mundo. Y se contempla a la vez la estupidez del hombre moderno, que por seguir crey&eacute;ndose due&ntilde;o del fuego est&aacute; llevando el mundo entero a la deriva. El ep&iacute;grafe del cham&aacute;n que denuncia el dinero encierra m&aacute;s que una iron&iacute;a narrativa, etnogr&aacute;fica o novel&iacute;stica. Como ejemplo de escritura, expresa la terrible iron&iacute;a de nuestra civilizaci&oacute;n. Pero es tambi&eacute;n un ejemplo de lo que puede significar, en una &eacute;poca de destrucci&oacute;n como la nuestra, ejercer el poder de la escritura con el &uacute;nico fin de crear en las mentes de los lectores un fuego que las ilumine y les permita comprender las crueldades y humillaciones que sufren a diario las comunidades ind&iacute;genas de la Selva de Matav&eacute;n. .</p>  <hr size="1">        ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Comentarios</b></p>      <p><sup><a   href="#s1" name="1">1</a></sup> Ver esta secci&oacute;n para su discusi&oacute;n del fondo rom&aacute;ntico y la est&eacute;tica buc&oacute;lica (o pastoril) de la alegor&iacute;a del rescate de lo perdido y la salvaci&oacute;n de los perdidos.      <p><sup><a   href="#s2" name="2">2</a></sup> El viaje que hice comenz&oacute; en Cumaribo, el d&iacute;a 15 de julio de 2011, y acab&oacute; en Puerto In&iacute;rida, el d&iacute;a 23 de julio del mismo a&ntilde;o.   <hr size="1">      <p><b>Referencias</b></p>     <!-- ref --><p><b>1. Carpentier, Alejo </b>1985. <i>Los pasos perdidos. </i>Madrid, Ediciones C&aacute;tedra.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000077&pid=S1900-5407201200020001300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>2. Clifford, James </b>1986. On Ethnographic Allegory. En James Clifford y George Marcus <i>Writing Culture: The Poetics and Politics of Ethnography </i>(eds.). Berkeley, University of California Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000079&pid=S1900-5407201200020001300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>3. Dowie, Mark </b>2009. <i>Conservation Refugees: The Hundred-Year Conflict between Global Conservation and Native Peoples. </i>Cambridge, Mass: MIT Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000081&pid=S1900-5407201200020001300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p><b>4. Fenn, Paul </b>2011. Dial&eacute;ctica positiva: un manifiesto localista. <i>El Viejo Topo., </i>282-283, pp.64-70&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000083&pid=S1900-5407201200020001300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><b>5. Huggan, Graham </b>1994. Anthropologists and Other Frauds. <i>Comparative Literature </i>46 (2), pp. 113-128&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000084&pid=S1900-5407201200020001300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><b>6. Illich, Ivan </b>1978. Energy and Equity. En <i>Toward a History of Needs. </i>Nueva York, Pantheon.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000085&pid=S1900-5407201200020001300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>7. L&eacute;vi-Strauss, Claude </b>1992 &#91;1955&#93;. <i>Tristes Tropiques. </i>Nueva York, Penguin.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S1900-5407201200020001300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>8. Rama, &Aacute;ngel </b>1984. <i>La ciudad letrada. </i>Hanover, New Hampshire, Ediciones del Norte.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S1900-5407201200020001300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p><b>9. Rorty, Richard </b>1989. <i>Contingency, Irony, and Solidarity. </i>Cambridge, Cambridge University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000091&pid=S1900-5407201200020001300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p><b>10. Wilbert, Johannes y Karin Simoneau (eds.) </b>1992. <i>Folk Literature of the Sikuani Indians. </i>Los &Aacute;ngeles, UCLA Latin American Center Publications.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000093&pid=S1900-5407201200020001300010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     </font>      ]]></body><back>
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