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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Discursos sobre el otro: Pasos hacia una arqueología de la alteridad étnica]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="right"> <b>ART&Iacute;CULOS</b></p>     <p align="right">Doi: <a href="http://dx.doi.org/10.18046/recs.i2.413" target="_blank">10.18046/recs.i2.413</a></p>     <p>&nbsp;</p>     <p align="center"><font size="4"><b>Discursos sobre el otro. Pasos hacia una arqueolog&iacute;a de la alteridad &eacute;tnica</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>Crist&oacute;bal Gnecco </p>     <p>Universidad del Cauca. Popay&aacute;n, Colombia</p>     <p>&nbsp;</p> <hr>       <p><b>Abstract</b></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Since Said and Foucault, texts are not seen as mediation anymore, but as reality-construction devices. Those who represent cannot escape representation. The  archeology of alterity takes us away from spectacles of representation and makes  us part of them. This essay is a contribution to an archeology of ethnic alterity  through an analysis of the systems that have (auto)represented it. For this purpose  the author analyses the construction of the relationship between the self and the  other through the discourses and representations of colonialism, which enables  us to observe the power relationships and exclusions that they developed.</p>   <hr>     <p>&nbsp;</p>     <p>"Los seres humanos son incapaces de  decir     <br> qui&eacute;nes son sino pueden alegar que son otra cosa".      <br> Jos&eacute; Saramago, <i>Historia del cerco de Lisboa</i></p>      <p>El  desdibujamiento  de  la  alteridad  por  los  movimientos  diasp&oacute;ricos  y  su  precisi&oacute;n simult&aacute;nea por la ret&oacute;rica multicultural, junto con la crisis y disoluci&oacute;n  localizada  de  algunas  esferas  constitutivas  de  los  Estados  nacionales,  ha  desatado nuevas definiciones del yo y el otro: movimientos xen&oacute;fobos; leyes  anti-inmigraci&oacute;n y disposiciones abiertamente segregacionistas; tratados de  libre comercio que permiten el flujo de capitales pero obstaculizan el flujo de  individuos; nuevas constituciones que suponen nuevos ordenamientos sociales.  La apolog&iacute;a multicultural de las diferencias culturales resulta c&oacute;moda al nuevo  orden del capital, haciendo que las amenazadas fronteras de la mismidad vuelvan  a ser establecidas mientras se asegura el acceso a la potencialidad econ&oacute;mica  de  los  saberes  tradicionales.  La  promoci&oacute;n  de  la  heterogeneidad  que  hace  el  orden multicultural reconoce las demandas subalternas y los logros pol&iacute;ticos de los movimientos sociales, pero tambi&eacute;n sirve bien los prop&oacute;sitos de establecer  nuevas diferencias o re-establecer las que parec&iacute;an haberse desdibujado. Por eso  la cartograf&iacute;a del surgimiento, despliegue y transformaci&oacute;n de los discursos sobre  la alteridad  contribuye a construir edificios mnem&oacute;nicos que nos recuerdan qu&eacute;  tan fr&aacute;giles resultan los tejidos de la vida social y cu&aacute;nto podemos hacer desde  la disciplinas sociales para entender e intervenir su trama. </p>     <p>Este art&iacute;culo pretende contribuir a una arqueolog&iacute;a de la alteridad &eacute;tnica desde  el an&aacute;lisis de los sistemas que la han (auto)representado. El an&aacute;lisis de los sistemas  de representaci&oacute;n de la alteridad forma parte del inter&eacute;s de las disciplinas sociales  por historizar su pr&aacute;ctica, un intento deliberado por abandonar los criterios de  exterioridad y universalismo desde los cuales edificaron sus relaciones con otros  sistemas de representaci&oacute;n. El representador no puede escapar de la representaci&oacute;n.  La arqueolog&iacute;a de la alteridad nos aleja del espect&aacute;culo de las representaciones  para llevarnos a formar parte de ellas.<a name="nota1"></a><a href="#notaa1"><sup>1</sup></a> Este texto tambi&eacute;n es representaci&oacute;n; no  el lugar en el cual las representaciones se realizan y adquieren autonom&iacute;a sino un  elemento m&aacute;s en el edificio ret&oacute;rico que hace la alteridad y sus relaciones. </p>     <p>La  obra  pionera  de  Edward  Said  (2004)  sobre  el  oriente  mostr&oacute;  c&oacute;mo  la  textualizaci&oacute;n crea un referente de realidad que contribuye a la estructuraci&oacute;n de  las relaciones intersociales y c&oacute;mo tiene consecuencias determinantes en la arena  pol&iacute;tica. Despu&eacute;s de Said y Foucault el texto ya no se ve como m ediaci&oacute;n sino como  lugar de construcci&oacute;n de realidad. En la misma direcci&oacute;n Michel-Rolph Trouillot  (1995:29) diferenci&oacute; dos niveles de historicidad, uno referido a la "materialidad  del proceso socio-hist&oacute;rico" y otro a "las narrativas". Para los positivistas los dos  niveles de historicidad est&aacute;n n&iacute;tidamente separados, de manera que el proceso (lo que  realmente ocurri&oacute;) aparece en la narrativa (lo que decimos que ocurri&oacute;); la verdad  de la historia radica en el acuerdo que exista entre uno y otra. Los constructivistas,  en cambio, creen que el proceso est&aacute; en la narrativa (jam&aacute;s fuera de ella) porque la  realidad no existe m&aacute;s all&aacute; de su representaci&oacute;n; no existe verdad porque tampoco  hay acuerdo. Trouillot propuso un enfoque a medio camino: el proceso existe pero  no puede ser entendido sin su representaci&oacute;n. Adem&aacute;s, la relaci&oacute;n entre los niveles  de historicidad es doblemente recursiva: (a) el proceso s&oacute;lo es proceso porque existe  la narrativa y &eacute;sta s&oacute;lo tiene relevancia porque existe el proceso;<a name="nota2"></a><a href="#notaa2"><sup>2</sup></a> y (b) uno y otra se  transforman mutuamente y esa transformaci&oacute;n es abierta (en tanto interminable).  La narrativa determina la existencia del proceso y, al mismo tiempo, &eacute;sta determina  a quien realiza la narrativa: el proceso construido en la narrativa tambi&eacute;n constituye  a quien lo enuncia y a quien es enunciado (cf. Said, 2004). La ruptura epistemol&oacute;gica  entre verdad (el proceso) y ficci&oacute;n (la narrativa) ocurre en la evaluaci&oacute;n social  (hist&oacute;ricamente situada) de narrativas espec&iacute;ficas, es decir, en el valor otorgado por  los actores sociales a una(s) narrativa(s) a expensas de otra(s):</p> <ul>En  alg&uacute;n  momento,  por  razones  que  son  hist&oacute;ricas  y  rodeadas  por  controversia, los colectivos experimentan la necesidad de imponer una  prueba de credibilidad a ciertos eventos y narrativas porque les importa  si estos eventos son falsos o verdaderos, si estas historias son hechos o  ficciones. Que sea importante para ellos no quiere decir que sea importante  para nosotros (Trouillot, 1995: 11).    </ul>     <p>Trouillot reclam&oacute; la distinci&oacute;n y, simult&aacute;neamente, la superposici&oacute;n entre  los dos niveles de historicidad. Entre los extremos positivista y constructivista  no propuso establecer qu&eacute; es la historia sino c&oacute;mo trabaja: </p> <ul>&#91;...&#93;  la  historia  s&oacute;lo  se  revela  a  trav&eacute;s  de  la  producci&oacute;n  de  narrativas  espec&iacute;ficas. Lo que m&aacute;s importa son los procesos y las condiciones  de  producci&oacute;n  de  esas  narrativas.  S&oacute;lo  el  &eacute;nfasis  en  el  proceso  puede  descubrir la forma como se relacionan los dos lados de la historicidad  en un contexto particular. S&oacute;lo a trav&eacute;s de esa superposici&oacute;n podemos  descubrir  el  ejercicio  diferencial  del  poder  que  hace  posible  algunas  narrativas y silencia otras (Trouillot, 1995: 25).     ]]></body>
<body><![CDATA[</ul>     <p>Los argumentos de Trouillot no se limitan a la historia; cubren cualquier producci&oacute;n  social de sentido. En el caso que me ocupa cubren las representaciones de la alteridad  &eacute;tnica: &eacute;stas representan la realidad tanto como la crean. La relaci&oacute;n entre el yo y el  otro, entre mismidad y alteridad, es multiforme; sin embargo, sus muchos sentidos  se pueden capturar a lo largo de dos vectores opuestos: atracci&oacute;n y reacci&oacute;n. El  primero, que opera en el terreno de los saberes de las semejanzas, puede ser descrito  con dos conceptos: el deseo civilizador (Elias, 1993) y la simpat&iacute;a (Foucault, 1985).  El deseo civilizador, una er&oacute;tica pol&iacute;tica, impone una violencia sobre el otro, impone  (hegem&oacute;nicamente) ser como "yo". El proceso civilizador (modernizador, desarrolista)  es un proceso de atracci&oacute;n y es, en este sentido, un proyecto moral. </p> <ul>La simpat&iacute;a es un ejemplo de lo Mismo tan fuerte y tan apremiante que no  se contenta con ser una de las formas de lo semejante; tiene el peligroso  poder de <i>asimilar</i>, de hacer las cosas id&eacute;nticas unas a otras, de mezclarlas, de  hacerlas desaparecer en su individualidad &#8211;as&iacute;, pues, de hacerlas extra&ntilde;as  a lo que eran. La simpat&iacute;a transforma. Altera, pero siguiendo la direcci&oacute;n  de lo id&eacute;ntico &#91;...&#93; (Foucault,  1985: 32).    </ul>     <p>La atracci&oacute;n no opera solamente como un yo ejemplar que atrae y otro que  es atra&iacute;do. Tambi&eacute;n opera en sentido contrario. El yo es constantemente atra&iacute;do  por el otro debido a dos razones: (a) el otro encarna las caracter&iacute;sticas que el  aparato  biopol&iacute;tico  de  la  modernidad  conden&oacute;  y  reprimi&oacute;  en  el  yo  ejemplar  (libertad natural, instinto, emoci&oacute;n) y que &eacute;ste ans&iacute;a y desespera por no tener;  y (b) las caracter&iacute;sticas negativas del otro son esencialmente poderosas (y por  lo tanto potencialmente liberadoras) porque amenazan la fragilidad y el temor  generalizado del yo (que teme la cercan&iacute;a del otro, su contagio). El otro tiene el  poder de amenazar al yo, mucho m&aacute;s fuerte (y temido) que el poder que tiene el  yo para someter al otro. Para contrarrestar ese miedo, m&aacute;s que para someter, el yo  despliega una violencia generalizada sobre el otro. Michael Taussig (1987) lo llam&oacute;  espacio de la muerte, una violencia impermeable y totalizante que no obedece a  l&oacute;gica distinta al car&aacute;cter neutralizante del temor al otro.<a name="nota3"></a><a href="#notaa3"><sup>3</sup></a> La irreductibilidad de la  violencia colonial fue capturada por Joseph Conrad (1980) en el Coraz&oacute;n de las  tinieblas. El polo m&aacute;s fr&aacute;gil y d&eacute;bil (y, en consecuencia, violento) de la relaci&oacute;n  colonial es el yo. Marlow, el narrador del libro, lo dijo de esta forma: </p> <ul>&#91;...&#93; hay en todo ello una fascinaci&oacute;n que comienza a trabajar en &eacute;l. La  fascinaci&oacute;n de lo abominable. Pod&eacute;is imaginar el pesar creciente, el deseo  de escapar, la impotente repugnancia, el odio (Conrad, 1980: 15).     </ul>     <p>Un conocido de Marlow se refer&iacute;a a los abor&iacute;genes como enemigos (Conrad,  1980: 29). El otro es el enemigo del yo, a&uacute;n antes de entrar en contacto. La  definici&oacute;n ontol&oacute;gica del otro presupone su maldad esencial. Esta atracci&oacute;n  negativa (por contraste con la atracci&oacute;n positiva que ejerce el deseo civilizador) es  reprimida por la modernidad y el colonialismo, por igual, porque pone en peligro  el v&iacute;nculo que une al yo con la civilizaci&oacute;n. Esa represi&oacute;n se ejerce levantando  l&iacute;mites que impiden que el yo se dirija al territorio (ontol&oacute;gico) del otro. Yo y  otro est&aacute;n delimitados y separados. El yo se encierra en un edificio ret&oacute;rico y  pr&aacute;ctico, una suerte de aislamiento preventivo que evita que la existencia del  otro se constituya en una fuente de referencia tan poderosa que abata las fr&aacute;giles  amarras del barco civilizado. La transgresi&oacute;n no s&oacute;lo es evitada sino castigada.  El  yo  es  un  Ulises  amarrado  al  m&aacute;stil  para  evitar  la  atracci&oacute;n  inefable  de  las  sirenas, ese otro s&iacute;mbolo de la alteridad. </p>     <p>El otro vector a lo largo del cual se constituye la relaci&oacute;n yo-otro es la reacci&oacute;n,  la diferenciaci&oacute;n, la movilizaci&oacute;n activa, creativa y deliberada de las diferencias.  Por eso la clave para entender los discursos sobre el otro es la relaci&oacute;n entre  colonialismo y modernidad: mientras el colonialismo (externo e interno) subyug&oacute;  a  la  alteridad  y  la  mantuvo  a  distancia,  la  modernidad  demand&oacute;  su  inclusi&oacute;n  ret&oacute;rica a partir de una &eacute;tica igualitaria. Los discursos y pr&aacute;cticas creados por  esa articulaci&oacute;n contradictoria despliegan una tensi&oacute;n esencial entre atracci&oacute;n y  repulsi&oacute;n. Una de las fuentes m&aacute;s determinantes de conflicto en el tratamiento  y construcci&oacute;n de la alteridad es la exclusi&oacute;n, el establecimiento de l&iacute;mites que  posibilitan la emergencia y sostenimiento de relaciones de poder. Los bordes  de exclusi&oacute;n son esenciales para la subordinaci&oacute;n de la diferencia. Nader (1996)  escribi&oacute; al respecto: </p> <ul>&iquest;Qu&eacute; tienen las fronteras que las hace importantes para las relaciones de  poder? Un estilo favorecido por contrastes incluye algunas cosas, excluye  otras y crea jerarqu&iacute;as &#91;...&#93; las batallas de las fronteras sobre lo que debe  ser incluido y lo que debe ser excluido son generalmente arbitrarias, rara  vez neutrales y siempre poderosas (Nader, 1996: 2-4).    </ul>     <p><font size="3"><b>La constituci&oacute;n de la vida social</b></font></p>     <p>La alteridad supone diferencia, pero menos como lugar de distinci&oacute;n en s&iacute;  misma que como locus especular invertido &#8211;o pervertido, en uno de los sentidos  de pervertere, es decir, trastornado, volteado&#8211;  desde la cual se configura el yo.  La alteridad no es constatativa sino un dispositivo de control social de y desde  la mismidad; el otro es una categor&iacute;a pol&iacute;tica que el orden de la civilizaci&oacute;n  necesita para controlarse a s&iacute; mismo. Las relaciones (o, m&aacute;s precisamente, las  construcciones) del yo y el otro no son inocentes de poder. La diferencia entre  el otro y el yo es jer&aacute;rquica porque el yo se asume como primario, auto-formado,  activo y complejo. El yo es el lugar y origen de la enunciaci&oacute;n del otro; el yo es  el int&eacute;rprete y el otro el interpretado. Mismidad y alteridad se co-producen en  el proyecto de la civilizaci&oacute;n (de la modernidad, del desarrollo). La vida social  se edifica, entonces, sobre dos horizontes inextricables: identidad y diferencia.  La identidad considerada desde una perspectiva relacional es positiva porque  afirma y negativa porque segrega y se construye por oposici&oacute;n, dejando por  fuera lo que no es. Alteridad y mismidad no son cosas en s&iacute; mismas sino partes  de una relaci&oacute;n, generalmente mediada por la experiencia colonial. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La  vida  social  ha  sido  regulada  de  distintas  maneras  y  por  distintas  instituciones. Una parte esencial de esa regulaci&oacute;n ha sido el establecimiento  de una normalidad codificada por la moral y/o por lo legal. El horizonte de lo  normal est&aacute; definido por lo que no es normal. El otro y el yo son resultado de  un intercambio simb&oacute;lico cuya econom&iacute;a pol&iacute;tica debe ser analizada en casos  concretos. El horizonte relacional es constitutivo y fundante de la vida social:  identidad y alteridad son dos caras de la misma moneda. La alteridad no puede  entenderse  por  fuera  de  un  marco  relacional,  por  fuera  de  la  relaci&oacute;n  entre  pr&aacute;cticas locales y ret&oacute;ricas globales; como se&ntilde;al&oacute; Jones (1997):</p> <ul>La  construcci&oacute;n  de  las  identidades  &eacute;tnicas  y  nacionales  involucra  un  di&aacute;logo constante entre la reproducci&oacute;n de pr&aacute;cticas culturales localizadas  y modos existentes de auto-conciencia cultural con discursos m&aacute;s amplios  que buscan producir im&aacute;genes "aut&eacute;nticas" de cultura e identidad (Jones,  1997: 103).    </ul>     <p>Por  eso  el  discurso  sobre  el  otro  es  inseparable  de  los  proyectos  de  construcci&oacute;n de identidad. </p>     <p>Los discursos sobre la alteridad &eacute;tnica est&aacute;n atravesados por dos aspectos  centrales entrelazados: son moralizantes y localizantes. Moralizantes porque el  proyecto civilizador comporta tres caracter&iacute;sticas m&iacute;nimas, cuya l&oacute;gica cultural  fue construida por la s&iacute;ntesis entre evolucionismo social y darwinismo: a) la  civilizaci&oacute;n moderna es superior; b) esta superioridad supone un imperativo  moral: civilizar, modernizar, desarrollar a los primitivos, salvajes, b&aacute;rbaros, sub- desarrollados, tercer-mundistas; c) si este empe&ntilde;o moral encuentra oposici&oacute;n o  se concibe como imposible, el uso de la violencia resulta leg&iacute;timo y el victimario  se resignifica en v&iacute;ctima y el sufrimiento de los otros aparece como inevitable (cf.  Dussel, 1994). Una de las caracter&iacute;sticas m&aacute;s conspicuas del proyecto moderno  es su uso de la violencia; la alteridad queda envuelta en las redes ret&oacute;ricas y  pol&iacute;ticas de una violencia que se despliega en el locus del deber ser y que, en  consecuencia, adquiere su legitimidad como parte constitutiva esencial de un  proyecto moral. </p>     <p>El proceso civilizador es un proyecto moral violento: el deber ser moderno  es un argumento teol&oacute;gico, pol&iacute;tico, cultural, econ&oacute;mico; es decir, una empresa  moral total. Por otra parte, el car&aacute;cter localizante de esos discursos construye el  locus espacio-temporal en el cual aparece (o desaparece) la alteridad. Ese locus  es determinante en los procesos de la civilizaci&oacute;n y tambi&eacute;n en los procesos  que la enfrentan y la resisten. En ambos casos el otro es un sujeto lejano en  el  tiempo  y  el  espacio  (un  habitante  de  la  naturaleza),  aunque  este  &uacute;ltimo  es un espacio temporal; es decir, el lugar no es un lugar sino un tiempo (la  naturaleza temporalizada). Mignolo (1995: xi) argument&oacute; que la colonizaci&oacute;n  y la modernidad establecieron la complicidad entre el reemplazo del otro en el  espacio por el otro en el tiempo y la articulaci&oacute;n de las diferencias culturales  en jerarqu&iacute;as cronol&oacute;gicas. Fabian (1983) llam&oacute; a este fen&oacute;meno simult&aacute;neo  de desespacializaci&oacute;n y temporalizaci&oacute;n, que estableci&oacute; la l&oacute;gica fundante del  orden colonial, negaci&oacute;n de la coetaneidad. Por eso uno de los requerimientos  esenciales de la modernidad fue la existencia de una cronopol&iacute;tica. Para que el  otro (lejano en tiempo y espacio) pudiese ser "atra&iacute;do" al tiempo moderno (el  lugar  de  la  cultura)  hubo  que  universalizar  la  historia.  Para  que  el  otro  fuese  atra&iacute;do primero se necesit&oacute; su localizaci&oacute;n en un tiempo-lugar lejano: de esta  manera la distancia aparece como un pre-requisito del proyecto civilizador; sin  ella ese proyecto no existir&iacute;a. El discurso espacio-temporal usado por occidente  para localizar el espacio-tiempo de la alteridad es un discurso distanciado que ha  producido tiempos y espacios marginados de, y colonizados por, el tiempo y el  espacio occidentales. Este discurso ha tipologizado temporalidad y espacialidad  con categor&iacute;as pol&iacute;ticas m&aacute;s que disciplinarias (como salvaje, primitivo, tribal,  m&iacute;tico).  La  constituci&oacute;n  del  otro  como  sujeto  moral  necesita  un  cronotopo  porque su atracci&oacute;n es esencial en la moral civilizadora: el distanciamiento es  una estrategia discursiva b&aacute;sica en la construcci&oacute;n de la alteridad, de un "otro"  localizado  en  "otro  tiempo"  y  otro  espacio  que  debe  ser  atra&iacute;do  a  nuestro  tiempo y lugar, aquellos de la civilizaci&oacute;n (cf. Fabian, 1983). Sin embargo, el  tiempo del otro es un tiempo detenido, un no-tiempo en el cual no ocurren los  eventos que la moral occidental asocia con el cambio, el progreso y el desarrollo.  El tiempo del otro es natural, ajeno al tiempo trasformado por la cultura. El  tiempo natural de la alteridad debe ser conquistado y dinamizado; el tiempo de  la cultura civiliza el tiempo del otro. As&iacute;, la narrativa maestra en esta historia es  una y simple: la alteridad &eacute;tnica es distinta de la mismidad porque est&aacute; en otra  parte y, sobre todo, en otra &eacute;poca (est&aacute;tica y que debe ser atra&iacute;da a la nuestra,  din&aacute;mica y activa). El tiempo y el espacio (temporalizado) devinieron categor&iacute;as  b&aacute;sicas en la racionalizaci&oacute;n de las diferencias culturales.</p>     <p><font size="3"><b>La alteridad, parte de una relaci&oacute;n colonial</b></font></p>     <p>La alteridad &eacute;tnica es resultado discursivo del aparato colonial y es "real":  siempre hay un yo que enuncia y otro que es enunciado. La alteridad adquiere  una significaci&oacute;n m&aacute;s precisa &#8211;y su movilizaci&oacute;n pol&iacute;tica se convierte en un  prop&oacute;sito expl&iacute;cito&#8211; cuando su construcci&oacute;n ocurre en el marco de procesos  de dominaci&oacute;n. La alteridad se construye a trav&eacute;s de la enunciaci&oacute;n globalizante  que  crea,  simult&aacute;neamente,  lo  que  es  global  y  lo  que  es  local.  Esta  es  una  empresa moral: lo global es el deber ser y lo local lo que debe ser domesticado,  extirpado,  anexado,  marginado.  La  construcci&oacute;n  de  la  alteridad  ha  generado  conflicto porque la definici&oacute;n del otro en el proyecto moderno ha comportado  su categorizaci&oacute;n como sujeto dominado, como sujeto cuya suerte se decide  en una moralidad externa, cuyo pasado, presente y futuro est&aacute;n determinados  y dictados por otros.</p>     <p>En El coraz&oacute;n de las tinieblas Joseph Conrad hizo hablar al yo sobre el otro  en el marco de la experiencia colonial. Marlow, el narrador del libro, escribi&oacute;  desde  y  escribi&oacute;  el  colonialismo,  un  orden  sostenido  por  la  confrontaci&oacute;n  violenta de mismidad y alteridad; aunque esa relaci&oacute;n no siempre es colonial &#8211;la  totalidad de la vida social se edifica sobre esa oposici&oacute;n m&iacute;nima&#8211;  adquiere en  el colonialismo sus colores m&aacute;s n&iacute;tidos, sus significaciones m&aacute;s esenciales, sus  desgarramientos m&aacute;s insidiosos, el color m&aacute;s rojo de la sangre. En medio de las  sombras de un atardecer en el estuario del T&aacute;mesis, Marlow rememora y sit&uacute;a su  experiencia con el otro y con s&iacute; mismo. Primero est&aacute; el paisaje, la prefiguraci&oacute;n  de los seres que lo pueblan:</p> <ul>Un pa&iacute;s cubierto de pantanos, marchas a trav&eacute;s de los bosques, en alg&uacute;n  lugar del interior la sensaci&oacute;n de que el salvajismo, el salvajismo extremo  lo rodea... toda esa vida misteriosa y primitiva que se agita en el bosque,  en las selvas, en el coraz&oacute;n del hombre salvaje. No hay iniciaci&oacute;n para  tales misterios. Ha de vivir en medio de lo incomprensible, que tambi&eacute;n  es detestable (Conrad, 1980: 15).    </ul>     <p>Ese paisaje es un mundo lejano, oscuro, exterior al mundo de la civilizaci&oacute;n. A  ese mundo se entra y (con suerte) de &eacute;l, eventualmente, se sale. Por eso Marlow  dijo que "penetramos m&aacute;s y m&aacute;s espesamente en el coraz&oacute;n de las tinieblas"  (Conrad, 1980: 68). Despu&eacute;s (antes) est&aacute; el prop&oacute;sito que alienta la constituci&oacute;n  de la relaci&oacute;n violenta (dominio y subordinaci&oacute;n) entre el yo y el otro:</p> <ul>La conquista de la tierra, que por lo general consiste en arrebat&aacute;rsela a  quienes tienen una tez de color distinto, narices ligeramente m&aacute;s chatas  que las nuestras, no es nada agradable cuando se observa con atenci&oacute;n.  Lo &uacute;nico que la redime es la idea. Una idea que la respalda: no un pretexto  sentimental sino una idea; y una creencia generosa en esa idea, en algo  que se puede enarbolar, ante lo que uno puede postrarse y ofrecerse en  sacrifio &#91;...&#93; (Conrad, 1980: 15-16).    ]]></body>
<body><![CDATA[</ul>     <p>La dimensi&oacute;n monstruosa y salvaje de la empresa colonial &#8211;calificada con  los mismos ep&iacute;tetos con los cuales se sit&uacute;a al otro en la taxonom&iacute;a del horror&#8211;   desaparece ante su dimensi&oacute;n mesi&aacute;nica: el yo ejemplar y civilizado es el liberador  del otro sometido y barbarizado, no importa si esa liberaci&oacute;n ocurre con altas  dosis de violencia &#8211;una de las caracter&iacute;sticas esenciales en la configuraci&oacute;n del  Estado moderno es su monopolio de la violencia, a veces desmesurada; su  ejercicio se justifica por el bien com&uacute;n. Kurtz resumi&oacute; esta concepci&oacute;n de una  manera lapidaria: "Por el simple ejercicio de nuestra voluntad podemos ejercer  un poder para el bien pr&aacute;cticamente ilimitado" (Conrad, 1980: 95). El yo libera,  el otro es liberado. La liberaci&oacute;n se hace a trav&eacute;s de la mimesis y esta se realiza,  sobre  todo,  por  el  ejemplo  &#8211;cuyas  amarras  al  mundo  real  las  constituyen  la  educaci&oacute;n y la represi&oacute;n. Los salvajes de Marlow pueden llegar a ser pantomimas  de la civilizaci&oacute;n con un poco de entrenamiento:</p> <ul>A ratos ten&iacute;a, adem&aacute;s, que vigilar al salvaje que llevaba yo como fogonero.  Era un esp&eacute;cimen perfeccionado; pod&iacute;a encender una caldera vertical. All&iacute;  estaba, debajo de m&iacute;, y, palabra de honor, mirarlo resultaba tan edificante  como ver a un perro en una parodia con pantalones y sombrero de plumas,  paseando sobre sus patas traseras. Unos meses de entrenamiento hab&iacute;a  hecho de &eacute;l un muchacho realmente eficaz (Conrad, 1980: 71).      </ul>     <p>La idea (civilizaci&oacute;n, modernidad, desarrollo, destino manifiesto) exige  v&iacute;ctimas sacrificiales. En el altar del sacrificio se ofrecen el otro colonizado  &#8211;victimario de su dominador pero, sobre todo, v&iacute;ctima de una m&aacute;quina genocida&#8211;  y  el yo colonizador, desgarrado y sudoroso, siempre temiendo la omnipresencia  del otro. Mientras Marlow "permanec&iacute;a paralizado por el terror" ante los nativos  que encontr&oacute; en una de las estaciones comerciales en su viaje por el r&iacute;o &#8211;a pesar  de que ni siquiera repararon en &eacute;l, destrozados como estaban por el peso de  la m&aacute;quina colonial&#8211;  se llen&oacute; de felicidad al ver a un europeo, al encontrarse  con s&iacute; mismo en la figura de un "blanco"; Marlow no pudo hacer nada distinto  de estrechar "la mano de aquel ser milagroso" (Conrad, 1980: 35). El otro (y  su lugar) son incomprensibles no s&oacute;lo porque son distintos sino, sobre todo,  porque est&aacute;n en otro tiempo (el del salvajismo, el de la oscuridad):</p> <ul>Est&aacute;bamos incapacitados para comprender todo lo que nos rodeaba; nos  desliz&aacute;bamos con fantasmas, asombrados y con un pavor secreto, como  pueden  hacerlo  los  hombres  cuerdos  ante  un  estallido  de  entusiasmo  en una casa de orates. No pod&iacute;amos entender porque nos hall&aacute;bamos  muy lejos y no pod&iacute;amos recordar porque viaj&aacute;bamos en la noche de los  primeros tiempos, de esas &eacute;pocas ya desaparecidas (Conrad, 1980: 69).    </ul>     <p>Desde un punto de vista constructivista las identidades &eacute;tnicas son producto  del colonialismo debido al desplazamiento y la fragmentaci&oacute;n de formaciones de  asociaci&oacute;n pre-existentes y la imposici&oacute;n de nuevas alteridades (cf. Clifford, 1992;  Friedman,  1994).  Visto  de  esta  manera,  el  orden  colonial  no  es  un  fen&oacute;meno  totalizante que devora todo a su paso, suprimiendo culturas por doquier desde  su aparato militar, religioso, educativo y administrativo; debe entenderse, m&aacute;s  bien, desde (a) la co-existencia de lenguajes, memorias, espacios y tiempos;  y  (b)  la  l&oacute;gica  que  permite  que  uno  de  los  sectores  co-existentes  se  imponga  sobre  los  dem&aacute;s.  Aunque  la  cultura  del  dominador  se  vuelve  sin&oacute;nimo  de  lo  real y establece el asiento del poder, no suprime la totalidad de las experiencias  culturales de los otros; el resultado es una semiosis que co-produce hibridaciones  y mestizajes. Las identidades &eacute;tnicas contempor&aacute;neas se forjaron en la relaci&oacute;n  colonial con la hegemon&iacute;a; no provienen de una esencia inmutable si no de una  acomodaci&oacute;n estrat&eacute;gica a complejas relaciones de subordinaci&oacute;n, resistencia y  auto-afirmaci&oacute;n.</p>     <p><font size="3"><b>Representaci&oacute;n del otro y l&oacute;gicas culturales </b></font></p>     <p>Foucault (1985) argument&oacute; que la episteme renacentista, aquella en la que  se  enmarc&oacute;  el  "descubrimiento"  de  Am&eacute;rica  y  los  dos  primeros  siglos  de  la  conquista, estuvo marcada por la b&uacute;squeda de las semejanzas: </p> <ul>Buscar el sentido es sacar a la luz lo que se asemeja. Buscar la ley de los  signos es descubrir las cosas semejantes. La gram&aacute;tica de los seres es su  ex&eacute;gesis. &#91;...&#93; La naturaleza de las cosas, su coexistencia, el encadenamiento  que las une y por el cual se comunican, no es diferente a su semejanza. Y  &eacute;sta s&oacute;lo aparece en la red de los signos que, de un cabo a otro, recorre  todo el mundo (Foucault, 1985: 38).     </ul>     <p>Esta  episteme  de  lo  semejante  no  pod&iacute;a  imaginar  seres  "distintos",  excepto si estos se localizaban en un plano en el que esa "diferencia" los  alienara de los dem&aacute;s y, por lo tanto, los hiciera aut&eacute;nticamente "otros".  No de otra manera puede entenderse la discusi&oacute;n teol&oacute;gica del siglo XVI  (Vitoria, Gin&eacute;s, Las Casas): la soluci&oacute;n fue negar a los ind&iacute;genas el alma y,  por lo tanto, su condici&oacute;n de semejante. Tampoco se les otorg&oacute; la posibilidad  de comunicaci&oacute;n: los otros eran mudos. El "orden" renacentista no es un  orden  sino,  solamente,  un  sistema  de  exclusi&oacute;n  simple  y  problem&aacute;tico,  de  otro  modo  la  disputa  teol&oacute;gica  no  hubiese  sido  tan  acrimoniosa  y  prolongada. En esta episteme no hab&iacute;a clases, s&oacute;lo sujetos semejantes (todos  los "hombres") y seres diferentes &#8211;como los animales, semejantes entre s&iacute;,  a los que se hicieron pertenecer los ind&iacute;genas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Nada de eso ocurri&oacute; despu&eacute;s, al final de la colonia, cuando ya estaba  configurada la episteme cl&aacute;sica, la episteme del orden basada en identidades  y  diferencias  &#8211;la  semejanza  ya  hab&iacute;a  sido  expulsada  a  los  m&aacute;rgenes  del  conocimiento.  Entonces  surgieron  todas  las  clases  de  seres  humanos  (blancos, negros, zambos, etc), todas las categor&iacute;as que habr&iacute;an de adquirir  estatus ontol&oacute;gico. De esta manera se configur&oacute; la estructura de la sociedad  cl&aacute;sica,  una  estructura  estamental  r&iacute;gidamente  compartimentalizada  y  ordenada que permite definir qu&eacute; es y qu&eacute; no es, es decir, definir tanto al  yo como al otro:</p> <ul>&#91;...&#93; a partir del siglo XVII ya no puede haber m&aacute;s signos que los que se  encuentran en el an&aacute;lisis de las representaciones, seg&uacute;n las identidades y  las diferencias. Es decir, toda designaci&oacute;n debe hacerse de acuerdo con  una cierta relaci&oacute;n con todas las otras designaciones posibles. Conocer lo  que pertenece como propio a un individuo es tener para s&iacute; la clasificaci&oacute;n  o la posibilidad de clasificar el conjunto de los otros. La identidad y lo  que la marca se definen por el resto de las diferencias. Un animal o una  planta &#91;o una persona&#93; no es lo que indica &#8211;o traiciona&#8211; el estigma que se  descubre impreso en &eacute;l; es lo que no son los otros; no existe en s&iacute; mismo  sino en la medida en que se distingue (Foucault, 1985: 145).    </ul>     <p>As&iacute;, la alteridad &#8211;esa parte de una dicotom&iacute;a que se define tanto por lo que  es como por lo que no es&#8211; no aparece antes de la configuraci&oacute;n de la episteme  cl&aacute;sica en el siglo XVII, antes de esa &eacute;poca no podemos hablar de alteridad sino  de desemejanza. Con la episteme cl&aacute;sica el otro aparece como diferente, menos  como lugar de distinci&oacute;n en s&iacute; mismo que como locus especular desde el cual se  configura el yo; el otro es un lugar de control del yo, una categor&iacute;a pol&iacute;tica que  se le impone, el lugar donde se deposita la basura simb&oacute;lica del yo, todo lo que  no debe ser: salvaje, incivilizado, irracional. El otro no es constatativo sino una  necesidad en el control social de la mismidad. Por eso en la estructuraci&oacute;n de la  vida social desde el siglo XVII mismidad y alteridad son inseparables.</p>     <p>Con  la  episteme  moderna  apareci&oacute;  otro  elemento  fundamental  para  la  descripci&oacute;n de los discursos sobre el otro: la organizaci&oacute;n. Ella hizo posible el  surgimiento de las jerarqu&iacute;as y el establecimiento de las funciones de cada una  de las clases. De esa manera surgieron en el horizonte de la episteme moderna  marcos de organizaci&oacute;n que hicieron posible esa homogeneidad funcional. En  el terreno de las identidades ese rol fue cumplido por la naci&oacute;n; en el del saber,  por la ciencia. La organizaci&oacute;n de los sujetos (del yo y del otro) fue realizada  por los saberes modernos desde el criterio de exterioridad y de trascendencia.  El discurso sobre el otro se basa en la exterioridad, pero el discurso mismo no  tiene exterior; desde la historia, la antropolog&iacute;a o la sociolog&iacute;a el horizonte de  los seres humanos se organiz&oacute; de acuerdo a conceptos trascendentes como raza,  cultura y etnia. La taxonom&iacute;a moderna dispuso la aparici&oacute;n de un orden basado  en la organizaci&oacute;n en el que los seres humanos encontraron su lugar en el juego  de las diferencias y las identidades. Antes de la modernidad esta organizaci&oacute;n  trascendente no hubiese sido posible &#8211;no hubiese sido posible, por ejemplo, la  antropolog&iacute;a. </p>     <p>La liberaci&oacute;n del individuo &#8211;tanto econ&oacute;mica como cultural&#8211; que surge del  individualismo desatado por la Reforma es la marca de f&aacute;brica de la modernidad.  De  esa  liberaci&oacute;n  surge  la  otra  gran  idea  moderna,  la  igualdad.  Individuo  e  igualdad  aparecen  como  condici&oacute;n  sine  qua  non  de  la  vida  moderna.  La  construcci&oacute;n de la alteridad en los dos &uacute;ltimos siglos est&aacute; atravesada, signada y  determinada por el proyecto moderno, la extensi&oacute;n del proyecto civilizador cuya  moralidad supone una condena &#8211;ret&oacute;rica o de hecho, pero siempre violenta&#8211; de  todo aquello que se opone a su realizaci&oacute;n. La modernidad implica una disoluci&oacute;n  del otro a trav&eacute;s de su atracci&oacute;n. Paradoja: el otro, que se requiere de manera  determinante en la constituci&oacute;n de la mismidad moderna (en tanto proyecto),  busca ser constantemente disuelto porque la igualdad aparece en el horizonte  de la episteme moderna como una condici&oacute;n central de la construcci&oacute;n social.  Esa tensi&oacute;n esencial explica la co-producci&oacute;n entre modernidad y colonialismo  (sensu Quijano, 1990; Dussel, 1994; Castro, 2005). La utop&iacute;a moderna pens&oacute;  un orden horizontal basado en dos pilares ret&oacute;ricos: el individuo libre y la  igualdad. Sin embargo, la expansi&oacute;n mundial del mercantilismo (primero) y del  capitalismo (inmediatamente despu&eacute;s) se edific&oacute; sobre el colonialismo, es decir,  sobre la creaci&oacute;n de un otro externo a (y atra&iacute;do por) un yo civilizado y ejemplar.  Los  Estados  nacionales  de  Europa  eliminaron  las  diferencias  dentro  de  sus  fronteras creando identidades nacionales, pero las erigieron y las discriminaron  en  sus  dominios  coloniales.  La  modernidad  se  predic&oacute;  desde  una  igualdad  ret&oacute;rica dentro de los l&iacute;mites de los Estados nacionales imperialistas y desde una  discriminaci&oacute;n violenta contra la diferencia en las colonias. Las relaciones entre  colonizadores  y  colonizados  no  fueron  igualitarias  ni  horizontales.  Tampoco  lo fueron las relaciones sociales al interior de las sociedades subalternas; esta  segunda asimetr&iacute;a se llama endocolonialismo. Colonialismo y endocolonialismo  son las formas de eliminaci&oacute;n de la utop&iacute;a de horizontalidad moderna. </p>     <p>El  orden  colonial  est&aacute;  basado  en  el  principio  europeo  del  siglo  XVII  de una sociedad estable y jer&aacute;rquica modelada en el orden c&oacute;smico; esta  disposici&oacute;n  especular  ha  sido  llamada  cosmopolis  (Toulmin,  2001).  En  este modelo de sociedad los segmentos sociales estaban jer&aacute;rquicamente  dispuestos, tanto como los cuerpos del cosmos, por un orden divino que  prove&iacute;a una estabilidad natural y ahist&oacute;rica. Esta arquitectura social fue el  objeto contra el cual se realiz&oacute; la revoluci&oacute;n burguesa del siglo XVIII y fue  reemplazada por la sociedad moderna. Sin embargo, la extinta cosmopolis  no desapareci&oacute; sino que fue destinada a alimentar el orden colonial. An&iacute;bal  Quijano (1990) sostiene que la modernidad se escindi&oacute;, desde finales del  siglo XIX, en dos racionalidades distintas: una dominada por la raz&oacute;n  instrumental y otra por la raz&oacute;n hist&oacute;rica, la verdadera y genuina forma  de  la  modernidad.  Esta  &uacute;ltima,  edificada  sobre    la  uni&oacute;n  entre  raz&oacute;n  y  liberaci&oacute;n, fue superada y articulada a la raz&oacute;n instrumental a trav&eacute;s de la  experiencia colonial. </p>     <p><font size="3"><b>En el bazar de las dicotom&iacute;as</b></font></p>     <p>La alteridad &eacute;tnica no es una entidad en s&iacute; misma sino parte de una relaci&oacute;n  colonial activamente mediada (Taussig, 1993: 130). El colonialismo no existe  sin la relaci&oacute;n jer&aacute;rquica entre el yo y el otro (nosotros/los otros; mismidad/ alteridad) que descansa sobre otras dicotom&iacute;as que la dotan de sus cambiantes  sentidos hist&oacute;ricos. En este apartado explorar&eacute; tres de ellas: racionalidad/ irracionalidad, cultura/naturaleza y bien/mal. </p>     <p><b><i>Racionalidad/irracionalidad</i></b></p>     <p>La raz&oacute;n parasita lo que Bernstein (1983: 16-20) llam&oacute; "ansiedad cartesiana",  esto es, el temor a que todo lo que se aventure por fuera de la raz&oacute;n, por fuera  de un marco de referencia universal y transhist&oacute;rico, nos precipite en el caos  y la locura. Pero como Gadamer (1992) indic&oacute;, la raz&oacute;n tambi&eacute;n es hist&oacute;rica y  contextual y deriva su poder de tradiciones culturales espec&iacute;ficas; la raz&oacute;n no  es universal ni transcultural.  La ansiedad cartesiana es infundada y la oposici&oacute;n  entre racionalidad/irracionalidad aparece como una de las dicotom&iacute;as hist&oacute;ricas  sobre las que funda su sentido la representaci&oacute;n de la alteridad; sin embargo,  su  estructura  discursiva  es  poderosa  y  ha  naturalizado  su  historicidad.  La  antropolog&iacute;a, por ejemplo, cree que los actores sociales est&aacute;n atrapados en la  cultura y ha exagerado el impacto de los s&iacute;mbolos dominantes o las ideolog&iacute;as  sobre los sujetos (Giddens, 1979: 72). As&iacute; ha provisto buena parte de la munici&oacute;n  te&oacute;rica de esta dicotom&iacute;a porque pretende ser el estudio racional de la cultura  y  s&oacute;lo  es  "racional"  la  antropolog&iacute;a  de  la  cultura  y  no  la  cultura  misma,  la  racionalidad de esta &uacute;ltima no es sino una racionalidad conferida y nunca por  s&iacute; (Leclerq, 1973: 36-37). El yo (la antropolog&iacute;a, la racionalidad occidental) es la  luz y el otro la oscuridad, un sujeto atrapado en un bosque de s&iacute;mbolos que le  resulta incomprensible. Fabian (1983) se&ntilde;al&oacute; al respecto:</p> <ul>La verdad y la conciencia consciente &#91;<i>conscious awareness</i>&#93; est&aacute;n alineadas  aqu&iacute; con el conocedor, el antrop&oacute;logo; el disimulo &#91;<i>dissimulation</i>&#93;  y  la  ca&iacute;da  en  los  poderes  de  la  inconciencia  est&aacute;n  en  el  lado  del  Otro.  No  es  sorpresivo  que  la  noci&oacute;n  te&oacute;rica  de  un  inconsciente  cultural  y  la  prescripci&oacute;n metodol&oacute;gica que va con ella se conviertan, f&aacute;cilmente, en  esquemas para influenciar, controlar y dirigir a los Otros (Fabian, 1983:  51-52).    ]]></body>
<body><![CDATA[</ul>     <p>Esta dicotom&iacute;a adquiere, ocasionalmente, un ligero matiz que opone raz&oacute;n a  emoci&oacute;n, uno de los m&aacute;s importantes fundamentos de la cosmovisi&oacute;n moderna.  La sociedad moderna que emergi&oacute; del racionalismo del siglo XVII consagr&oacute; el  dominio de la raz&oacute;n (patrimonio del individuo pensante) y conden&oacute; la emoci&oacute;n.<a name="nota4"></a><a href="#notaa4"><sup>4</sup></a>  As&iacute; la emoci&oacute;n fue desterrada al &aacute;mbito privado, el espacio de la alteridad femenina;  los hombres, en contraste, cuyo espacio era la esfera p&uacute;blica, no s&oacute;lo sosten&iacute;an  la  raz&oacute;n  sino  que  no  pod&iacute;an  permitirse  el  sentimentalismo  femenino.  De  esta  manera se inscribi&oacute; sobre la superficie del cuerpo individual el control pol&iacute;tico  del cuerpo social: la transgresi&oacute;n emocional fue cuidadosamente reprimida con la  moral puritana &#8211;la separaci&oacute;n taxativa y domesticada, sobre todo por la educaci&oacute;n  religiosa, del placer y el sexo&#8211;  y, sobre todo, con la penalizaci&oacute;n moral y legal del  tr&aacute;fico sexual interestamental; de hecho, la jerarqu&iacute;a y la estabilidad no pod&iacute;an  permitir el socavamiento del Estado clasista. "De todos los sentimientos humanos  fuertes la emoci&oacute;n sexual parec&iacute;a la m&aacute;s grave de las amenazas contra la naci&oacute;n- Estado jer&aacute;rquica" (Toulmin, 2001: 211). Este control pol&iacute;tico de la sexualidad no  se tradujo en una devaluaci&oacute;n del eros sino en su represi&oacute;n. S&oacute;lo hasta la revoluci&oacute;n  de los derechos civiles en la d&eacute;cada de 1960 el erotismo recuperar&iacute;a el lugar perdido  y se convertir&iacute;a en un arma poderosa de transgresi&oacute;n pol&iacute;tica.</p>     <p>La alteridad &eacute;tnica fue la otra gran depositoria de lo emocional. Los otros (los  ind&iacute;genas, los afrodescendientes) fueron transgresores potenciales por su debilidad  innata, por su lascivia, por su promiscuidad, es decir, por su emocionalidad. Las  cr&oacute;nicas coloniales y la literatura decimon&oacute;nica y de principios del siglo XX est&aacute;n  llenas de observaciones sobre la "emocionalidad" del otro &eacute;tnico. Bola&ntilde;os (1994)  mostr&oacute; c&oacute;mo los ind&iacute;genas americanos fueron feminizados con el prop&oacute;sito de  inscribir, a&uacute;n m&aacute;s, las marcas de la dominaci&oacute;n: </p> <ul>La negaci&oacute;n de la calidad de "var&oacute;n" en el indios desde finales del siglo  XV y principios del XVI corresponde a una proyecci&oacute;n del sentido de  dominio  de  una  Europa  vista  como  varonil,  activa,  recta  y  expansiva  sobre una Am&eacute;rica vista como pasiva, corregible, vac&iacute;a, virgen y asociada  siempre con lo d&eacute;bil (1994: 138).      </ul>     <p>El  territorio  de  los  otros,  bot&iacute;n  de  conquista,  asumi&oacute;  las  caracter&iacute;sticas  acordadas  a  la  mujer  en  el  discurso  androc&eacute;ntrico.  La  mujer  y  el  otro  &eacute;tnico  fueron localizados en un lugar equivalente de potencialidad lasciva, una amenaza  para el mundo racional androc&eacute;ntrico. Como en otras caracter&iacute;sticas ontol&oacute;gicas  del otro, en este aspecto se puede rastrear su estela en el tiempo, mucho antes  de  que  los  conquistadores  europeos  siquiera  encontraran  al  primer  nativo  americano. Bartra (1998) se&ntilde;al&oacute; el car&aacute;cter lascivo y femenino (lascivia natural  y &eacute;xtasis salvaje) del otro en el mundo cl&aacute;sico. La mitolog&iacute;a griega est&aacute; plagada  de figuras lascivas y exaltadas, como las ninfas y las m&eacute;nades, que forman en los  rangos de la alteridad; adem&aacute;s, la ritualizaci&oacute;n de la vida social estuvo basada,  en buena parte, en la caracterizaci&oacute;n positiva del yo y la derogaci&oacute;n del otro a  trav&eacute;s de la transposici&oacute;n burlesca de sus papeles:</p> <ul>Los  populares  rituales  dionis&iacute;acos  provocaron  la  gran  diseminaci&oacute;n  del  mito  del  hombre  salvaje  en  Europa  y  contribuyeron  a  consolidar  muchos de los rasgos iconogr&aacute;ficos y de los mitemas que lo caracterizan  en sus ulteriores versiones medievales, renacentistas y modernas:  lascivia, canibalismo, ingesti&oacute;n de carne cruda, comportamiento animal,  peculiaridades  bestiales  (desnudez,  piel  vellosa,  cola,  patas  equina,  etc&eacute;tera),  gusto  incontrolable  por  el  vino,  rechazo  a  la  sociabilidad  "normal." Habr&iacute;a que agregar los adornos vegetales (hiedras usadas por  m&eacute;nades y bacantes) y el garrote o tronco como arma y como s&iacute;mbolo  (Bartra, 1998: 27).    </ul>     <p>Esta dicotom&iacute;a tiene una variaci&oacute;n significativa, espiritualidad/materialismo,  en la cual los t&eacute;rminos de la relaci&oacute;n se invierten: la espiritualidad del otro  aparece como un activo cultural positivo que se opone al materialismo negativo  y  condenado  de  los  otros  (los  blancos).  Aunque  los  antecedentes  de  esta  ret&oacute;rica  pueden  encontrarse  en  los  documentos  de  los  defensores  de  indios  e impugnadores de encomenderos en el siglo XVI, la primera manifestaci&oacute;n  de esta dicotom&iacute;a en Colombia emitida por un ind&iacute;gena fue el manifiesto de  Quint&iacute;n Lame (2004). Despu&eacute;s los antrop&oacute;logos densificaron el argumento:  la  espiritualidad  ind&iacute;gena  &#8211;que  lleva,  seg&uacute;n  la  idea,  a  los  grupos  nativos  a  mantener una relaci&oacute;n arm&oacute;nica y de equilibrio con s&iacute; mismos, con los dem&aacute;s  y con la naturaleza&#8211; es cualitativamente superior al materialismo occidental. En  un art&iacute;culo sobre los misioneros y los ind&iacute;genas Gerardo Reichel-Dolmatoff   (1977) escribi&oacute;:</p> <ul>Al  designar  a  ciertas  sociedades  con  el  calificativo  de  primitivas  deshonramos  al  indio  americano,  pues  al  usar  ese  t&eacute;rmino  tomamos  como  &uacute;nico  criterio  el  bajo  nivel  tecnol&oacute;gico  y  el  poco  rendimiento  econ&oacute;mico de estas sociedades &#91;...&#93; a&uacute;n en las sociedades tecnol&oacute;gicamente  m&aacute;s atrasadas la vida espiritual del ind&iacute;gena, sus ideaciones abstractas y  sus c&oacute;digos morales pueden alcanzar niveles muy altos de elaboraci&oacute;n y  complejidad &#91;...&#93; debemos reconocer con toda sinceridad que el ind&iacute;gena  &#8211;mal  designado  como  colombo-salvaje&#8211;  ha  creado  y  sigue  creando  valores espirituales que bien podr&iacute;an ser un ejemplo para muchos que se  vanaglorian de pertenecer a una sociedad civilizada (Reichel-Dolmatoff,  1977: 422)    </ul>     <p><i><b>Cultura/naturaleza</b></i></p>     <p>La  localizaci&oacute;n  polar  de  las  categor&iacute;as  naturaleza  y  cultura  ha  alimentado  la  definici&oacute;n de un amplio campo sem&aacute;ntico colonial en el cual los dos invitados centrales  son la alteridad y la mismidad, el otro y el yo. El primero se identifica con la naturaleza,  el segundo con la cultura. La historia de la civilizaci&oacute;n ha sido la historia de la lucha de  la cultura contra la naturaleza, la domesticaci&oacute;n de la libertad natural y su reducci&oacute;n  al orden cultural. Marlow se expres&oacute; as&iacute; sobre la naturaleza africana: </p> <ul>&iquest;Qu&eacute; &eacute;ramos nosotros, extraviados en aquel lugar? &iquest;Pod&iacute;amos dominar aquella  cosa muda o ser&iacute;a ella la que nos manejar&iacute;a a nosotros &#91;...&#93; La tierra no parec&iacute;a  la tierra. Nos hemos acostumbrado a verla bajo la imagen encadenada de un  monstruo conquistado pero all&iacute; &#91;...&#93; all&iacute; pod&iacute;a v&eacute;rsela como algo monstruoso  y libre (Conrad, 1980: 51, 70).     ]]></body>
<body><![CDATA[</ul>     <p>En esa dicotom&iacute;a la naturaleza se antropomorfiza en la piel del otro y se convierte  en el lugar del temor,<a name="nota5"></a><a href="#notaa5"><sup>5</sup></a> en la amenaza frente a la debilidad del yo:</p> <ul>Mir&eacute; a mi alrededor y, no s&eacute; por qu&eacute;, puedo aseguraros que nunca antes, nunca,  aquella tierra, el r&iacute;o, la selva, la misma b&oacute;veda de ese cielo tan resplandeciente  me hab&iacute;an parecido tan desesperados y oscuros, tan implacables frente a la  debilidad humana (Conrad, 1980: 107).    </ul>     <p>Ante la "debilidad humana" la cultura se enfrenta a la naturaleza para domesticarla.  La modernidad tendi&oacute; hacia la disoluci&oacute;n de la naturaleza hasta la aparici&oacute;n de los  discursos ecologistas de la era multicultural. La historia edificada sobre una dicotom&iacute;a  (occidental) busc&oacute; disolverla para instaurar el orden de la cultura. La trayectoria del  deseo civilizador es un largo viaje hacia la desaparici&oacute;n ontol&oacute;gica de la naturaleza.  El objetivo de la racionalidad es desenajenarse de la naturaleza, que es vista como un  lugar que amenaza con destruir y desestabilizar la cultura. Lo natural es lo ilimitado,  lo desordenado, lo instintivo, lo emotivo, aquella moralidad negativa que el deber ser  moderno reprime y penaliza. Desde el inicio del r&eacute;gimen colonial la alteridad &eacute;tnica  fue racionalizada y construida en el discurso a partir de esta dicotom&iacute;a moral: la cultura  era positiva, ejemplarizante; los ind&iacute;genas, en cambio, eran parte de la naturaleza.<a name="nota6"></a><a href="#notaa6"><sup>6</sup></a></p>     <p>Desde la Conquista la alteridad fue localizada m&aacute;s all&aacute; de los cuidados l&iacute;mites  de la raz&oacute;n &#8211;el otro era monstruoso y animal&#8211;  y m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites de la  vida urbana, sedentaria y "en polic&iacute;a"; el otro era el habitante salvaje de la selva,  de la naturaleza, del caos primigenio, del calor y la podredumbre. Sin embargo,  el otro nunca perdi&oacute; su car&aacute;cter humano. La dominaci&oacute;n colonial degrada la  humanidad del otro, lo animaliza, pero para que esto ocurra el otro debe ser,  antes que nada, humano: </p> <ul>En su forma humana o casi humana los indios salvajes reflejan mejor en el  colonizador proyecciones vastas y barrocas de un salvajismo humano. Y fue  solo porque los indios salvajes eran humanos que pudieron servir de fuerza  de trabajo &#8211;y como sujetos de tortura; porque no s&oacute;lo la v&iacute;ctima como  animal gratifica al torturador sino el hecho de que la v&iacute;ctima es humana,  permitiendo que el torturador se vuelva salvaje (Taussig, 1987: 83).    </ul>     <p>Marlow lo narr&oacute; as&iacute; de manera abundante:</p> <ul>&#91;...&#93; y los hombres eran &#91;...&#93; No, no se pod&iacute;a decir inhumanos. Era algo  peor, sab&eacute;is, esa sospecha de que no fueran inhumanos. Aullaban, saltaban,  se colgaban de las lianas, hac&iacute;an muecas horribles, pero lo que en verdad  produc&iacute;a estremecimiento era la idea de su humanidad, igual que la de  uno, la idea del remoto parentesco con aquellos seres salvajes, apasionados  y tumultuosos (Conrad, 1980: 70).    </ul>     <p>El  otro  &eacute;tnico  es  en  todo  animal  (aulla,  salta,  pende  de  los  &aacute;rboles,  hace  muecas)  pero  es,  finalmente,  humano.  Esa  certeza  produce  horror.  Una  caracter&iacute;stica  esencial  de  esta  dicotom&iacute;a  es  considerar  la  naturaleza  como  l&iacute;mite y la cultura como posibilidad de superarlo. La idea de la determinaci&oacute;n  de la naturaleza sobre la cultura surge de una vieja tradici&oacute;n europea, quiz&aacute;s  de cientos de a&ntilde;os pero exacerbada con el enfrentamiento colonial desatado  por la conquista de Am&eacute;rica. As&iacute; se construy&oacute; una narrativa que ha perdurado  hasta ahora: la identificaci&oacute;n del clima con el territorio y su influencia sobre "los  seres organizados". En la escalera evolutiva los climas temperados, exigentes y  extremos, modelaban a los seres humanos de tal manera que el progreso t&eacute;cnico  era  la  &uacute;nica  posibilidad  de  sobrevivencia.  En  la  feracidad  de  los  tr&oacute;picos,  en  cambio, el calor y la abundancia modelaban seres at&aacute;vicos y poco dados a las  artes de la superaci&oacute;n. El clima-territorio apareci&oacute; en la ondulaci&oacute;n del discurso  como condici&oacute;n y limitante de los sujetos. El clima-territorio del otro asumi&oacute;  una impronta que no ha abandonado: decrepitud, podredumbre, decadencia.  La literatura sobre el tr&oacute;pico abunda en este tema, una suerte de fatalismo por  haber nacido all&iacute;, una determinaci&oacute;n sobre el car&aacute;cter, una valoraci&oacute;n negativa  y fatalista. La obra del poeta &Aacute;lvaro Mutis es paradigm&aacute;tica en este sentido. En  ella la determinaci&oacute;n: </p> <ul>&#91;...&#93; solo cobra sentido en relaci&oacute;n con el clima que se respira: un vaho  de tierra caliente que impregna el conjunto, algo vivo que no s&oacute;lo emana  de la geograf&iacute;a y recubre los seres, nutri&eacute;ndolos y degrad&aacute;ndolos, sino  que act&uacute;a y se desenvuelve como una presencia, densa y perceptible &#91;...&#93;  Detenida en el sopor inalterable no es s&oacute;lo una precisi&oacute;n barom&eacute;trica. Es  tambi&eacute;n un clima moral, un estado de conciencia (Cobo, 1973: 12).     </ul>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Marlow, ese narrador colonial, lo expres&oacute; de esta manera:</p> <ul>A lo largo de aquella costa informe, bordeada de un rompiente peligroso,  como si la misma naturaleza hubiera tratado de desalentar a los intrusos,  remontamos y descendimos algunos r&iacute;os, corrientes de muerte en vida,  cuyos bordes se pudr&iacute;an en el cieno y cuyas aguas, espesadas por el limo,  invad&iacute;an  los  manglares  contorsionados  que  parec&iacute;an  retorcerse  hacia  nosotros, en el extremo de su impotente desesperaci&oacute;n &#91;...&#93; El gran muro  de vegetaci&oacute;n, una masa exuberante y confusa de troncos, ramas, hojas,  guirnaldas, inm&oacute;viles a la luz de la luna, era como una tumultuosa invasi&oacute;n  de  vida  muda,  una  ola  arrolladora  de  plantas,  apiladas,  con  penachos,  dispuestas a derrumbarse sobre el r&iacute;o, a barrer la peque&ntilde;a existencia de  todos los peque&ntilde;os hombres que, como nosotros, est&aacute;bamos en su seno  (Conrad, 1980: 29, 57).    </ul>     <p>Otro  narrador  de  la  experiencia  colonial,  Ferdinand  Bardamu  de  C&eacute;line,  expres&oacute; as&iacute; el efecto del tr&oacute;pico sobre los "blancos" venidos de Europa:</p> <ul>En el fr&iacute;o de Europa, bajo las p&uacute;dicas nieblas del Norte, salvo las matanzas,  s&oacute;lo se supone la hormigueante crueldad de nuestros hermanos; pero en  cuanto les excita la innoble fiebre de los tr&oacute;picos su podredumbre invade  la superficie. Es entonces cuando uno se desabrocha con desvar&iacute;o y la  suciedad triunfa y nos recubre por entero. Es la confesi&oacute;n biol&oacute;gica. En  cuanto el trabajo y el fr&iacute;o dejan de astringirnos, aflojan un poco sus tenazas,  uno puede ver de los blancos lo mismo que se descubre de la riente orilla  cuando el mar se retira: la verdad, charcas pestilentes, cangrejos, carro&ntilde;a  y zurullos (C&eacute;line, 1984: 88).    </ul>     <p>As&iacute; la selva se humaniza y quienes la habitan adquieren sus caracter&iacute;sticas,  se funden con ella.<a name="nota7"></a><a href="#notaa7"><sup>7</sup></a> La irreductible determinaci&oacute;n natural de la cultura pone al  descubierto que s&oacute;lo el trabajo organizado, junto con el fr&iacute;o, pueden doblegar  los instintos m&aacute;s b&aacute;sicos (la confesi&oacute;n biol&oacute;gica) que desatan las condiciones  del tr&oacute;pico. Sus pobres habitantes no tienen salvaci&oacute;n:</p> <ul>Disimuladas entre las frondas y repliegues de aquel inmenso cocimiento  algunas tribus en extremo diseminadas se hab&iacute;an quedado estancadas, aqu&iacute;  y all&aacute;, entre pulgas y moscas, embrutecidas por los totems y atrac&aacute;ndose  invariablemente  de  mandiocas  podridas.  Tribus  totalmente  ingenuas  y  c&aacute;ndidamente  can&iacute;bales,  enloquecidas  de  miseria  y  azotadas  por  mil  pestes. De nada serv&iacute;a acercarse a ellas. Nada justificaba una expedici&oacute;n  dolorosa y sin resultado (C&eacute;line, 1984: 121-122).    </ul>     <p>La dicotom&iacute;a cultura/naturaleza tom&oacute; un matiz ligeramente distinto con  la  modernidad,  que  marc&oacute;  la  separaci&oacute;n  entre  naturaleza  y  sociedad.  Por  eso el discurso cient&iacute;fico empez&oacute; a "dar cuenta" de la naturaleza (incluida la  alteridad) desde un horizonte epsit&eacute;mico del cual fue desterrada la axiolog&iacute;a.  Una  maravillosa  paradoja  hist&oacute;rica  es  que  varios  siglos  de  modernidad  no  acabaron con la discursividad sobre la naturaleza, como podr&iacute;a haberse esperado  de la moralidad del proyecto de disoluci&oacute;n de la diferencia. Al contrario. Los  tiempos que corren, con una l&oacute;gica cultural distinta llamada postmodernidad  y  con  una  organizaci&oacute;n  de  los  sujetos  y  de  la  vida  pol&iacute;tica  tambi&eacute;n  distinta,  llamada  multiculturalismo,  no  s&oacute;lo  no  han  acabado  con  la  naturaleza  sino  que la han elevado a las m&aacute;s altas crestas de la ola. La naturaleza desempe&ntilde;a  un papel central en la puesta en escena contempor&aacute;nea, pone de presente la  cadena de errores cometidos y constituye un horizonte ut&oacute;pico. La naturaleza  mala del discurso moderno, aquella que deb&iacute;a ser sometida a las bondades de la  cultura, viste ahora ropajes buenos.<a name="nota8"></a><a href="#notaa8"><sup>8</sup></a> Mientras el orden moderno cre&oacute; culturas  para deshacer naturalezas, el orden multicultural crea naturalezas donde no hay  culturas o donde establece, discursivamente, su inexistencia o limita su aparici&oacute;n.  La creaci&oacute;n discursiva que Astrid Ulloa (2004) ha llamado nativo ecol&oacute;gico est&aacute;  caracterizada por un esencialismo naturalista que ubica a los otros (sobre todo  a los ind&iacute;genas) en un tiempo detenido (tradicional y ecol&oacute;gico) y en territorios  espec&iacute;ficos y aut&oacute;nomos &#8211;ricos en biodiversidad y en mercanc&iacute;as de alto valor  en el mercado actual y, sobre todo, futuro&#8211; que se preservan o promueven a toda  costa, aun a riesgo de crear competencias jurisdiccionales que ponen en cuesti&oacute;n  la integridad de los Estados nacionales. De esta manera los nativos ecol&oacute;gicos  se  espacializan  en  territorios  necesarios  a  la  l&oacute;gica  cultural  del  capitalismo  postmoderno  y  multicultural.  Los  nativos  ecol&oacute;gicos  cuidan  los  territorios  biodiversos, situados en una nueva frontera levantada entre naturaleza y cultura  por  los  discursos  ambientalistas.  El  ambientalismo  co-produce  territorios  &eacute;tnicos e indianidad. Esta nueva segregaci&oacute;n es a&uacute;n mas insidiosa si a ella se  suma el hecho de que a los ind&iacute;genas confinados en los territorios biodiversos  les est&aacute; prohibida la contemporaneidad: el neo-esencialismo indigenista &#8211;que  los ind&iacute;genas aprovechan estrat&eacute;gicamente&#8211; los fija en un tiempo-espacio  tradicional del cual s&oacute;lo pueden escapar a riego de desindianizarse; la negaci&oacute;n  de la coetaneidad (sensu Fabian, 1983) se recicla en el proyecto multicultural. Esta  paradoja hist&oacute;rica aumenta su contundencia bajo el lente comparativo: durante la  modernidad los otros deb&iacute;an ser como nosotros (ese es el sentido del erotismo  pol&iacute;tico del proyecto civilizador); en la era multicultural, en cambio, los otros  no deben ser como nosotros.</p>     <p>La  idea  negativa  de  la  naturaleza  adquiri&oacute;  connotaciones  positivas  en  el  discurso  occidental  en  las  ideas  relacionadas  con  el  "buen  salvaje",  hijas  del  romanticismo, una clara oposici&oacute;n al capitalismo emergente. La connotaci&oacute;n  negativa de la naturaleza tambi&eacute;n se transmuta en positiva y afirmativa cuando se  desplaza el locus de la enunciaci&oacute;n fuera de los lugares hegem&oacute;nicos tradicionales.  La enunciaci&oacute;n sobre el otro desde el locus &eacute;tnico hizo de la naturaleza una  virtud. La obra de Quint&iacute;n Lame (2004) es un buen ejemplo en este sentido, la  inversi&oacute;n subalterna de la dicotom&iacute;a hegem&oacute;nica. Su texto se estructura alrededor  de la dicotom&iacute;a naturaleza/cultura. Lame fue educado por la naturaleza, la &uacute;nica  escuela v&aacute;lida, y no por la cultura:</p> <ul>Yo no puedo enorgullecerme con sofismas de que hice detenidos estudios  en escuela, en un colegio &#91;...&#93; porque la Naturaleza humana me ha educado  como educ&oacute; a las aves del bosque solitario que ah&iacute; entonan sus melodiosos  cantos y se preparan para construir sabiamente sus casuchitas sin maestro:  y le cantaron al indiecito cuando la misma Naturaleza me acariciaba y me  regalaba flores, hojas y gotas de roc&iacute;o (Lame, 2004: 146, 148).    </ul>     <p><b><i>Bien/mal</i></b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Los discursos sobre la alteridad &eacute;tnica est&aacute;n atravesados por la idea maniquea  del bien y del mal. En algunos de ellos, quiz&aacute; la mayor&iacute;a, el yo es bueno y el  otro malo (el bien es la civilizaci&oacute;n; el mal el salvajismo). Las connotaciones  negativas del otro fueron llenadas de sentido. Por ejemplo, la antropofagia fue un  expediente de "desvalorizaci&oacute;n cultural" del otro en el marco de la dominaci&oacute;n  colonial. Como anot&oacute; Clastres refiri&eacute;ndose a los Guayaki (1998: 311) "el canibal  es siempre el otro."<a name="nota9"></a><a href="#notaa9"><sup>9</sup></a> Una caracter&iacute;stica moderna es que la destrucci&oacute;n del mal se  ve como un bien. El peso de ese archivo atraviesa los siglos con una coherencia  aterradora desde la guerra justa contra los indios (Gin&eacute;s de Sep&uacute;lveda, 1996)  en  el  siglo  XVI,  hasta  el  derecho  de  intervenci&oacute;n  en  nombre  de  universales  hegem&oacute;nicos, como la invasi&oacute;n de Iraq. Esa es una de las caracter&iacute;sticas m&aacute;s  conspicuas del capitalismo y de la modernidad: la destrucci&oacute;n de todo lo que  se les oponga es un acto bondadoso y altruista. Desde este punto de vista la  destrucci&oacute;n de la cultura de los otros fue un bien que se les hizo en el camino  hacia la civilizaci&oacute;n (Berman, 1988: 40). Las "p&eacute;rdidas" culturales y de autonom&iacute;a  de los nativos no fueron nada comparadas con las ganancias que obtendr&iacute;an  con su entrada triunfal a la civilizaci&oacute;n (aunque siempre por la puerta de atr&aacute;s y  siempre para estar localizados en los aposentos de la servidumbre).</p>     <p>En esos discursos tambi&eacute;n hay lugar para que los "bienes" de la civilizaci&oacute;n  sean  vistos  como  un  mal,  como  un  aspecto  diab&oacute;lico  y  destructivo.  Esta  consideraci&oacute;n destructiva de la modernidad hace que el malo (el otro) de pronto  aparezca como bueno (el buen salvaje), como una proyecci&oacute;n especular en la que  debe mirarse la civilizaci&oacute;n. Este horizonte alimenta el indigenismo rom&aacute;ntico y  el indigenismo ecologista del capitalismo contempor&aacute;neo. Ese fue el discurso de  Las Casas (1992) sobre la maldad de los encomenderos y la relativa bondad de los  indios (sin&oacute;nimo de su sujeci&oacute;n a la religi&oacute;n). El buen salvaje es una nostalgia por  un orden perdido y por utop&iacute;as sin realizar, precipitadas por los males sociales  producidos por la civilizaci&oacute;n. El manifiesto de Lame (2004) tambi&eacute;n abund&oacute;  sobre esa dicotom&iacute;a, esta vez desde la enunciaci&oacute;n nativa: los indios son buenos  y los blancos malos. El equilibrio perdido por la maldad blanca sobre la bondad  nativa s&oacute;lo se podr&iacute;a recuperar a trav&eacute;s de lo que llam&oacute; ley de la compensaci&oacute;n,  una suerte de males divinos que caer&aacute;n sobre los atropelladores de su pueblo. No  existen muchas razones, distintas de la idea de que la taxonom&iacute;a occidental es un  hallazgo universal y no un localismo globalizado, para pretender que la dicotom&iacute;a  bueno/malo tambi&eacute;n formara parte de los sistemas nativos de representaci&oacute;n  antes de su intervenci&oacute;n por el aparato ret&oacute;rico colonial.<a name="nota10"></a><a href="#notaa10"><sup>10</sup></a></p>     <p><font size="3"><b>La alteridad y sus auto-representaciones</b></font></p>     <p>Una afirmaci&oacute;n de Marx (1973: 490) en el Dieciocho brumario, refiri&eacute;ndose a  los campesinos parcelarios franceses &#8211; "no pueden representarse sino que tienen  que ser representados"&#8211;,  ha servido para se&ntilde;alar la arrogancia del representador  que representa al representado porque asume que &eacute;ste es incapaz de representarse  a s&iacute; mismo. Esta arrogancia ha recurrido, una y otra vez, en la historia de la  colonizaci&oacute;n.<a name="nota11"></a><a href="#notaa11"><sup>11</sup></a> Los discursos sobre la alteridad son sistemas de representaci&oacute;n,  y &eacute;stos actos performativos de la colonizaci&oacute;n. Mignolo (1995) argument&oacute; que  el an&aacute;lisis de las representaciones en el marco del colonialismo debe centrarse  en la semiosis colonial, el entendimiento de procesos e interacciones semi&oacute;ticas.  Los an&aacute;lisis hechos desde un locus distanciado y exterior no captan el amplio  rango de interacciones semi&oacute;ticas que tienen lugar en situaciones coloniales:</p> <ul>&#91;...&#93; la preocupaci&oacute;n con la representaci&oacute;n del colonizado se enfoca en  el discurso del colonizador y olvida preguntar c&oacute;mo se representa a s&iacute;  mismo el colonizado, c&oacute;mo se muestra y concibe a s&iacute; mismo sin necesidad  de auto-designados cronistas, fil&oacute;sofos, misioneros y letrados que los  representen, muestren y hablen por ellos (Mignolo, 1995: 332).    </ul>     <p>Ese  llamado  de  atenci&oacute;n  resulta  crucial  para  una  arqueolog&iacute;a  de  la  alteridad porque lleva a prestar atenci&oacute;n, entre otras cosas, a la manera como  los otros se representan a s&iacute; mismos. Uno de los lugares ret&oacute;ricos donde  ha ocurrido esa representaci&oacute;n es la auto-etnograf&iacute;a. En la d&eacute;cada de 1980  se consolidaron los movimientos sociales que reivindicaron la diferencia  cultural, sobre todo los movimientos ind&iacute;genas. El empoderamiento de la  alteridad &#8211;dinamizando sus luchas contra las pol&iacute;ticas integracionistas del  Estado y reclamando el derecho a la diferencia y a la autonom&iacute;a, acogiendo  as&iacute;  el  eco  de  la  antropolog&iacute;a  militante  y  el  indigenismo&#8211;  incluy&oacute;  el  reto  al monopolio narrativo de los etn&oacute;grafos y a su papel de intermediaci&oacute;n  cultural: ahora los otros pod&iacute;an hablar (escribir) por s&iacute; mismos. En las  &uacute;ltimas dos d&eacute;cadas las comunidades ind&iacute;genas han recurrido a la escritura  como camino de expresi&oacute;n pol&iacute;tica y cultural. En este escenario el papel  del etn&oacute;grafo ind&iacute;gena empez&oacute; a ser crucial, no s&oacute;lo como traductor de la  cultura de los otros &#8211;es decir, como int&eacute;rprete de la relaci&oacute;n cultural entre  las comunidades, la sociedad nacional y el Estado&#8211; sino tambi&eacute;n de la cultura  propia. En ese proceso se han escrito reflexiones etnogr&aacute;ficas que rompen  el monopolio narrativo de los expertos; se trata de etnograf&iacute;as de la alteridad  hecha por los otros, sin intermediaciones. Las auto-etnograf&iacute;as movilizan el  concepto de cultura, que antes fue la marca de f&aacute;brica (y el monopolio) de la  antropolog&iacute;a, de una manera prominente. La cultura de las auto-etnograf&iacute;as  recogi&oacute; el viejo traje esencialista desde&ntilde;ado por los antrop&oacute;logos en las dos  &uacute;ltimas d&eacute;cadas y lo situ&oacute; en el centro de la reflexi&oacute;n sobre la legitimidad,  la  coherencia  y  la  viabilidad  de  la  vida  ind&iacute;gena.  El  esoterismo  del  uso  antropol&oacute;gico de la cultura &#8211;un concepto para especialistas distanciados,  en  buena  medida  incomprensible  para  sus  actores&#8211;  dio  paso  a  un  uso  generalizado, de base, que defiende, promueve y activa la autenticidad de  la cultura ind&iacute;gena y la opone a la cultura (espuria, artificiosa) de los otros.  Las auto-etnograf&iacute;as se construyen alrededor de la autenticidad cultural y  hacen de ella la joya de la corona nativa. La cultura se convierte en un pilar  b&aacute;sico de la etnicidad en la arena pol&iacute;tica; su dimensi&oacute;n instrumental opaca  (en t&eacute;rminos ret&oacute;ricos) su dimensi&oacute;n de sentido. </p>     <p>La  cultura  ind&iacute;gena  representada  en  las  auto-etnograf&iacute;as  no  es  sujeto  de  indagaci&oacute;n sino de exaltaci&oacute;n unanimista y de elaboraci&oacute;n como lugar b&aacute;sico  desde el cual se dinamizan y legitiman las luchas &eacute;tnicas. Las exigencias anal&iacute;ticas  y  cr&iacute;ticas  que  la  antropolog&iacute;a  constituy&oacute;  como  el  canon  de  las  etnograf&iacute;as  disciplinarias  desaparecen  bajo  la  pureza  (acr&iacute;tica)  de  los  cuadros  id&iacute;licos  y  buc&oacute;licos pintados por las auto-etnograf&iacute;as. Sin embargo, el unanimismo tiene  excepciones  (cada  vez  m&aacute;s  numerosas).  Las  auto-etnograf&iacute;as  est&aacute;n  siendo  usadas  como  instrumentos  de  relativizaci&oacute;n,  como  espacio  de  an&aacute;lisis  de  la  cultura y como instrumento de confrontaci&oacute;n reflexiva rompiendo la superficie  complaciente  (pero  arg&uuml;iblemente  necesaria)  de  la  unanimidad  cultural  y  encontrando contradicciones, dominios y hegemon&iacute;as; encontrando, sobre todo,  que la cultura no es un todo integrado y org&aacute;nico, ausente de diversidad y de  tensiones internas &#8211;una construcci&oacute;n ret&oacute;rica del  romanticismo culturalista&#8211;,  sino un campo contestado alrededor del cual los actores sociales empiezan a  indagar, cuestionar y construir. </p>     <p><b><font size="3">Escatolog&iacute;a de la vida social</font></b></p>     <p>La reflexi&oacute;n antropol&oacute;gica sobre las diferencias culturales comporta un  horizonte escatol&oacute;gico, una sonda ret&oacute;rica que tiene la intenci&oacute;n de imaginar el  devenir. Su munici&oacute;n no es el pasado &#8211;que ha dejado de ser y cuya contemplaci&oacute;n  s&oacute;lo tiene sentido como lugar de proyecci&oacute;n&#8211; sino la postulaci&oacute;n del futuro. &iquest;Qu&eacute;  habr&aacute; de ser de la vida social en pocos a&ntilde;os, en algunas d&eacute;cadas?; &iquest;florecer&aacute; la  violencia entre grupos cada vez m&aacute;s discriminados (desde afuera y desde adentro)  a lo largo de vectores cada vez m&aacute;s culturales (cada vez menos econ&oacute;micos,  aunque a veces coincidan; cada vez menos sexuales) o el orden transnacional  impondr&aacute; una paz universal predicada sobre ret&oacute;ricas (los derechos humanos, el  libre mercado) y violencias (el derecho de intervenci&oacute;n, la guerra justa) globales?;  &iquest;se  disolver&aacute;n  las  diferencias  (que  separan)  y  se  formar&aacute;  una  gran  sociedad  universal sobre unos principios &eacute;ticos finalmente consensuados e innegociables  (que unen) desde un orden jur&iacute;dico inter-trans-supra-nacional (el derecho a la  vida, al trabajo, al bienestar, a la autonom&iacute;a)? </p>     <p>Colombia es un lugar m&aacute;s para imaginar escenarios posibles, pero no es un lugar  particular  cualquiera  sino  nuestro  lugar,  la  plataforma  de  despegue  y  aterrizaje  de  nuestros cohetes discursivos. Imagino tres posibilidades distintas (excuso de antemano  este  ejercicio  de  acomodaci&oacute;n).  Una,  preferida  por  el  humanismo  &#8211;ese  residuo  renacentista  que  promete  recuperar  el  tiempo  perdido  de  la  igualdad,  la  libertad,  el bienestar y la justicia, sacrificados sangrientamente en el altar del capitalismo&#8211;,  imagina un mundo de iguales en el cual las semejanzas (deseadas y construidas desde  universales categ&oacute;ricos) primar&aacute;n sobre las diferencias (identificadas y eliminadas desde  esos mismos universales). Otra, preferida por el multiculturalismo (el del Estado y  el de muchos movimientos sociales), imagina un mundo de diferentes (separados);  las diferencias tambi&eacute;n son deseadas y construidas desde universales categ&oacute;ricos. La  tercera, la v&iacute;a intercultural, promueve la diferencia pero sin destrozar los consensos  m&iacute;nimos que hacen posible la vida en com&uacute;n; promueve la tramitaci&oacute;n y el di&aacute;logo  entre las culturas, los entendimientos por encima de los atrincheramientos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El humanismo cree que las diferencias culturales levantadas desde el discurso  colonial y promovidas desde los movimientos sociales como lugar b&aacute;sico de  empoderamiento y resistencia<a name="nota12"></a><a href="#notaa12"><sup>12</sup></a> pueden dar paso a un mundo horizontal sin razas  (&iquest;sin clases?) en el cual la distribuci&oacute;n de la riqueza y la justicia sea verdaderamente  homog&eacute;nea. Este utopismo humanista fue resumido por Jean-Paul Sartre (1985)  en Orfeo negro, el texto que dedic&oacute; al naciente movimiento de negritudes:</p> <ul>En realidad la negritud aparece como el momento d&eacute;bil de una progresi&oacute;n  dial&eacute;ctica: la afirmaci&oacute;n te&oacute;rica y pr&aacute;ctica de la supremac&iacute;a blanca es la  tesis; la posici&oacute;n de negritud con un valor antit&eacute;tico es el momento de  negatividad. Pero este momento negativo no es suficiente en s&iacute; mismo  y los negros que lo emplean lo saben perfectamente; saben que apunta  a  preparar  la  s&iacute;ntesis  o  la  realizaci&oacute;n  del  ser  humano  en  una  sociedad  sin razas. De ah&iacute; que la negritud est&eacute; a favor de destruirse a s&iacute; misma; es  un "camino hacia" y no una "llegada a", un medio y no un fin (Sartre,  1985: 327).    </ul>     <p>Para Sartre la s&iacute;ntesis de la dial&eacute;ctica de las relaciones humanas hace necesario  (quiz&aacute;s imperioso, sino inevitable) suponer una "sociedad sin razas"; por eso la  negritud (o cualquier otro movimiento social) deber&iacute;a saber que el enfrentamiento  esencialista es apenas pasajero, una estrategia necesaria (pero provisoria porque  falible)  que  habr&aacute;  de  ser  abandonada  (&iquest;cu&aacute;ndo?).  En  la  misma  guisa,  en  el  Manifiesto del Partido Comunista (1973) Marx y Engels pensaron que el ascenso  del proletariado a clase dominante por medio de la insurrecci&oacute;n revolucionaria  ser&iacute;a, apenas, un paso hacia la constituci&oacute;n de la sociedad sin clases:</p> <ul>Si  en  la  lucha  contra  la  burgues&iacute;a  el  proletariado  se  constituye  indefectiblemente en clase; si mediante la revoluci&oacute;n se convierte en clase  dominante y, en cuanto clase dominante, suprime por la fuerza las viejas  relaciones de producci&oacute;n, suprime, al mismo tiempo que estas relaciones  de producci&oacute;n, las condiciones para la existencia del antagonismo de clase  y de las clases en general y, por tanto, de su propia dominaci&oacute;n como  clase (Marx, 1973: 130).     </ul>     <p>El humanismo tambi&eacute;n alimenta la obra de Said, uno de los te&oacute;ricos m&aacute;s  influyentes de las tres &uacute;ltimas d&eacute;cadas:</p> <ul>Los  equivalentes  seculares  &#91;del  fundamentalismo&#93;  son  un  regreso  al  nacionalismo  y  a  las  teor&iacute;as  que  subrayan  la  radical  distinci&oacute;n  (una  distinci&oacute;n  falsamente  exhaustiva,  creo)  entre  las  distintas  culturas  y  civilizaciones &#91;...&#93; uno de los grandes avances de la moderna teor&iacute;a cultural  es  la  comprensi&oacute;n,  casi  universalmente  admitida,  de  que  las  culturas  son  h&iacute;bridas  y  heterog&eacute;neas  &#91;...&#93;  las  culturas  y  las  civilizaciones  est&aacute;n  tan interrelacionadas y son tan interdependientes que es dif&iacute;cil realizar  una descripci&oacute;n unitaria o simplemente perfilada de su individualidad  &#91;...&#93; cualquier tentativa de encasillar a culturas y pueblos en castas y/o  esencias separadas y diferentes est&aacute; expuesto no s&oacute;lo a los equ&iacute;vocos y  las falsedades consiguientes sino, tambi&eacute;n, a que nuestra comprensi&oacute;n se  al&iacute;e con el poder para crear cosas tales como "Oriente" y "Occidente"  (Said, 2004: 455-456).    </ul>     <p>La disoluci&oacute;n de la diferencia, el arribo al mundo de iguales que so&ntilde;&oacute; el esp&iacute;ritu  original de la modernidad, ignorando la inc&oacute;moda existencia del colonialismo (su  hermano gemelo), habr&aacute; de realizarse en un ecumenismo trascendente, parecido  al que han venido predicando algunos te&oacute;logos cat&oacute;licos, demasiado progresistas  para los ojos vigilantes (y segregacionistas) de la Iglesia. Pero ese ecumenismo  debe responder preguntas elementales: &iquest;desde d&oacute;nde es enunciado?, &iquest;por qui&eacute;n?;  &iquest;por un altruismo que elude los avatares del orden multinacional, marcadamente  colonialista? Esas preguntas no pueden ser respondidas sin eliminar el principio  rector del relativismo cultural, edificado sobre dos presupuestos m&iacute;nimos: (a) las  culturas son inconmensurables; y (b) cada cultura tiene el derecho de establecer  sus propios referentes simb&oacute;licos. Cualquier ecumenismo, no importa qu&eacute; tan  bien intencionado, se levanta sobre principios hegem&oacute;nicos que sacrifican las  diferencias en el altar del consenso o, lo que es m&aacute;s frecuente, en la sangr&iacute;a de  la  imposici&oacute;n  ideol&oacute;gica.  Probablemente  esa  fue  la  raz&oacute;n  que  llev&oacute;  a  Frantz  Fanon (1967) a rechazar la plataforma humanista propuesta por Sartre para  el  movimiento  de  negritudes.  Para  Fanon  &eacute;ste  no  era  un  punto  intermedio  en el camino sino el lugar de llegada, la &uacute;nica defensa posible contra siglos de  subordinaci&oacute;n,  explotaci&oacute;n  y  humillaci&oacute;n.  Fanon  crey&oacute;  que  el  ecumenismo  humanista sacrificar&iacute;a el derecho a la diferencia reivindicado y alcanzado por  los pueblos colonizados y establecer&iacute;a criterios universales de igualdad (pero  occidentales, al fin y al cabo) que pasar&iacute;an por encima de las particularidades  deseadas. </p>     <p>La ret&oacute;rica multicultural tambi&eacute;n descree de la igualdad humanista y alimenta  y  se  refugia  en  un  esencialismo  estrat&eacute;gico  que  supon,  como  un  hecho,  las  diferencias culturales y las promueve. Si la heterogeneidad es constitutiva del  nuevo  orden  social,  de  la  multiculturalidad  y  la  plurietnicidad,  &iquest;qu&eacute;  puede  mantener a esta sociedad unida? La respuesta del Estado es simple (y vieja):  el monopolio del poder por un sector (cultural) espec&iacute;fico es la precondici&oacute;n  esencial para el mantenimiento de la sociedad total (Trouillot, 1991: 23). El  multiculturalismo no incluye a los otros como mestizos sino como miembros  diferenciados de la comunidad "nacional" multicultural y pluri&eacute;tnica. La respuesta  de los movimientos sociales es distinta y apuesta por una suerte de laissez faire  cultural: la alteridad florecer&aacute; &#8211;y, con ella, la mejor&iacute;a de las condiciones de vida  de los sujetos diferentes&#8211; en los espacios creados por la ret&oacute;rica multicultural,  incluso corriendo el riesgo de caminar por la cornisa.</p>     <p>La  interculturalidad  est&aacute;,  de  alguna  manera,  a  medio  camino  entre  el  humanismo y el multiculturalismo. Cree, como el primero, en la existencia de  consensos  m&iacute;nimos  &#8211;aunque,  repito,  estos  siempre  ser&aacute;n  hegem&oacute;nicos&#8211;  que  deber&aacute;n ser establecidos a trav&eacute;s de la discusi&oacute;n democr&aacute;tica; y cree, como el  segundo,  que  las  diferencias  deben  ser  respetadas,  tramitadas  y  promovidas.  Cree, en suma, que el orden social hegem&oacute;nico y desigual puede ser modificado  o reformado para que la igualdad de la diferencia se realice, para que alteridad y  mismidad se encuentren en un escenario horizontal, plural, no jer&aacute;rquico.</p>     <p>En  estas  tres  posibilidades  (y,  quiz&aacute;s,  en  otras)  se  juega  la  relaci&oacute;n  entre  mismidad y alteridad. Espero haber mostrado que una antropolog&iacute;a de la alteridad  es, tambi&eacute;n, una reflexi&oacute;n sobre la vida social que el enunciador considera suya.  Espero haber mostrado que la antropolog&iacute;a, una disciplina que indaga por las  redes de significaci&oacute;n que llamamos culturas, no puede desentenderse de esa  relaci&oacute;n porque estar&iacute;a condenada a dar la espalda a sucesos contempor&aacute;neos  que eran desconocidos (e impensables) hace pocos a&ntilde;os. La antropolog&iacute;a de  esta &eacute;poca debe estar a tono con los tiempos. Debe estar, en suma, dispuesta a  dejar la piel en la lucha por la construcci&oacute;n de un mundo mejor.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p> <hr>      <p><b>NOTAS AL PIE DE P&Aacute;GINA</b></p>     <p><a name="notaa1"></a><a href="#nota1">1.</a> "Fichte lo dice de este modo: 'El concepto de un ser que, desde cierto punto de vista, debe presentarse  independientemente de la representaci&oacute;n tiene, no obstante, que deducirse de la representaci&oacute;n, puesto que s&oacute;lo  puede ser por ella.' El c&iacute;rculo es inevitable: no se puede salir de la representaci&oacute;n para asistir, desde afuera, al  mecanismo de su producci&oacute;n" (Enaudeau, 1999: 28). </p>     <p><a name="notaa2"></a><a href="#nota2">2.</a> Esta afirmaci&oacute;n puede ser asimilada al <i>dictum</i> sociol&oacute;gico de que las representaciones son hechos sociales:  "A partir de Durkheim y los aportes del grupo de la revista <i>Ann&eacute;es Sociologiques</i> los antrop&oacute;logos han aprendido  a  concebir  las  representaciones  colectivas  como  hechos  sociales,  es  decir,  consider&aacute;ndolas  trascendentes  de  la  voluntad individual, cargadas con la fuerza de la moral social y, en definitiva, como realidades sociales objetivas"  (Appadurai, 2001: 20).  </p>     <p><a name="notaa3"></a><a href="#nota3">3.</a> Las explicaciones eco-funcionales, a la guisa de Marvin Harris, como las que hizo Roger Casement (1997)  en su reporte sobre el exterminio ind&iacute;gena en el Putumayo en la &eacute;poca del auge del caucho, son gestos reduccionistas vac&iacute;os.</p>     <p><a name="notaa4"></a><a href="#nota4">4.</a> "Descartes exalt&oacute; la capacidad para la racionalidad formal y el c&aacute;lculo l&oacute;gico como el elemento supremamente "mental" de la naturaleza humana a expensas de la experiencia emocional, lamentable subproducto de  nuestras naturalezas corporales" (Toulmin, 2001: 209).</p>     <p><a name="notaa5"></a><a href="#nota5">5.</a> Helms (1988, 1991) mostr&oacute; la ocurrencia transcultural y transhist&oacute;rica de la significaci&oacute;n de lo diferente (a  medida que las culturas se alejan en los viajes del centro o <i>axis mundi,</i> donde todo es conocido) como sobrenatural,  m&iacute;tico, m&iacute;stico e ideol&oacute;gicamente poderoso. Se teme al otro porque significa el poder de lo no domesticado, la  naturaleza (cf. Taussig, 1987).</p>     <p><a name="notaa6"></a><a href="#nota6">6.</a> Mignolo (1995: 266) mostr&oacute; que la cartograf&iacute;a de Am&eacute;rica en los siglos que siguieron a los viajes de Col&oacute;n  est&aacute; ilustrada con animales salvajes y gente desnuda viviendo en la selva, las caracter&iacute;sticas de la<i> terra nova</i>, la marca  de la naturaleza. La situaci&oacute;n no fue muy distinta en &eacute;pocas posteriores. En un mapa de 1639 cada continente  est&aacute; representado por una mujer: "Europa y Asia est&aacute;n representadas por mujeres bien vestidas, mientras Africa  y Am&eacute;rica lo est&aacute;n por mujeres semi-desnudas". Esto no es todo. La mujer europea est&aacute; sentada en alg&uacute;n objeto,  probablemente una silla que no se ve, mientras la mujer asi&aacute;tica est&aacute; sentada en un camello (un animal dom&eacute;stico)  y la africana y americana en animales salvajes (un cocodrilo y un armadillo).</p>     <p><a name="notaa7"></a><a href="#nota7">7.</a> "&#91;La selva&#93; es un enemigo horrible, de muy maligna disposici&oacute;n y malevolencia innata. La vegetaci&oacute;n ca&iacute;da  que se pudre lentamente llena y espesa el ambiente con sus tufos vaporosos. El indio suave, pac&iacute;fico y amoroso  es s&oacute;lo una ficci&oacute;n de muy f&eacute;rvidas imaginaciones. Son de una crueldad innata" (Whiffen, 1915).</p>     <p><a name="notaa8"></a><a href="#nota8">8.</a> Esta re-significaci&oacute;n discursiva no es un&aacute;nime. Por ejemplo, la dicotom&iacute;a cultura buena/naturaleza mala se  prolonga en el imaginario militar del conflicto armado colombiano. La estrategia pol&iacute;tica y militar del Plan Colombia  "construye un sentido alrededor de la naturaleza, la define como entidad hostil a ser domesticada, dominada y, en  algunos casos, hasta eliminada" (Espinosa, 2002: 87). La declarada funci&oacute;n del comandante de la base militar de  Tres Esquinas, en el Amazonas, es "domesticar la selva" (citado por Espinosa, 2002: 93) con la implementaci&oacute;n de  pol&iacute;ticas como las fumigaciones a&eacute;reas de cultivos il&iacute;citos con herbicidas. La "recuperaci&oacute;n" de las tierras dedicadas a  los campos de coca y amapola significar&aacute; su retorno al orden de la civilizaci&oacute;n. Puesto que el resultado comprobado  es que esos campos son abandonados y los cultivos il&iacute;citos trasladados a otra parte su retorno a la civilizaci&oacute;n no  ocurre como cambio de su destino (a cultivos "l&iacute;citos", por ejemplo) sino como regeneraci&oacute;n del bosque. Este  hecho comporta una curiosa contradicci&oacute;n, resuelta en la l&oacute;gica del capital postnacional: la recuperaci&oacute;n civilizada  de los campos cultivados con coca y amapola supone su retorno a la naturaleza.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a name="notaa9"></a><a href="#nota9">9.</a> El canibalismo es una categor&iacute;a moral que se despliega para localizar al otro. No importa tanto que los  comportamientos canibales existan o no &#8211;lo m&aacute;s probable es que hayan existido ampliamente en la historia de  la humanidad&#8211;  sino su uso como catalogaci&oacute;n del otro.</p>     <p><a name="notaa10"></a><a href="#nota10">10.</a> Henman (1981: 195) se&ntilde;al&oacute; que las ideas del antrop&oacute;logo Segundo Bernal sobre la magia y la medicina  nasa (p&aacute;ez) usaron un maniqueismo (magia "buena" y hechicer&iacute;a "mala") inexistente en su cultura: "&#91;...&#93; la  palabra p&aacute;ez para 'malo' &#8211;<i>eumet</i>&#8211; significa simplemente 'no bueno,' ya que la part&iacute;cula <i>met </i>con frecuencia se usa  como sufijo negativo en una gran cantidad de sustantivos y adjetivos. Por consiguiente dividir la magia p&aacute;ez  entre practicantes 'buenos' y 'malos' tiene poco significado absoluto puesto que la percepci&oacute;n de dichos valores  duales depende, obviamente, de la posici&oacute;n afectiva de cada uno en el conflicto en cuesti&oacute;n".</p>     <p><a name="notaa11"></a><a href="#nota11">11.</a> Un misionero belga, Placide Tempels, quien escribi&oacute; un libro sobre la ontolog&iacute;a Bant&uacute; desde la perspectiva  de la filosof&iacute;a occidental, se&ntilde;al&oacute;: "Nuestro trabajo es proceder a esa clase de desarrollo sistem&aacute;tico. Nosotros  somos quienes podremos decirles, en t&eacute;rminos precisos, cu&aacute;l es su concepto m&aacute;s &iacute;ntimo del ser" (citado por  Mudimbe, 1988: 139).</p>     <p><a name="notaa12"></a><a href="#nota12">12.</a> Nunca ser&aacute; demasiado redundante recordar esta extraordinaria paradoja hist&oacute;rica: las diferencias usadas  para segregar y controlar desde lo alto de la pir&aacute;mide jer&aacute;rquica son las mismas armas que se usan desde su  base para derribarla.</p>  <hr>     <p>&nbsp;</p>     <p><b><font size="3">Bibliografia</font></b></p>      <!-- ref --><p>- Appadurai, Arjun, 2001, <i>La modernidad desbordada, Dimensiones culturales de la  globalizaci&oacute;n, </i>M&eacute;xico: Trilce-Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550108&pid=S2011-0324200800020000500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Bartra, Roger, 1998, <i>El salvaje en el espejo</i>, M&eacute;xico: Era.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550110&pid=S2011-0324200800020000500002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>- Berman, Marshall, 1988,<i> Todo lo s&oacute;lido se desvanece en el aire</i>, M&eacute;xico: Siglo  XXI.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550112&pid=S2011-0324200800020000500003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Bernstein, Richard, 1983,<i> Beyond  objectivism  and  relativism, </i>Oxford:  Blackwell.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550114&pid=S2011-0324200800020000500004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Bola&ntilde;os, &Aacute;lvaro F&eacute;lix, 1994,<i> Barbarie y canibalismo.</i> Los indios pijaos de fray Pedro  Sim&oacute;n, Bogot&aacute;: CEREC.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550116&pid=S2011-0324200800020000500005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Casement, Roger, 1997, <i>The Amazon journal, </i>Dubl&iacute;n: The Lilliput Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550118&pid=S2011-0324200800020000500006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>-  Castro,  Santiago,  2005,  <i>La  poscolonialidad  explicada  a  los  ni&ntilde;os</i>, Popay&aacute;n:  Universidad del Cauca.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550120&pid=S2011-0324200800020000500007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>- C&eacute;line, Louis Ferdinand, 1984, <i>Viaje al fin de la noche,</i> Bogot&aacute;: Seix Barral- Oveja Negra.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550122&pid=S2011-0324200800020000500008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Clastres, Pierre, 1998, <i>Chronicle  of   the  guayaki  indians</i>, Nueva York: Zone  Books.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550124&pid=S2011-0324200800020000500009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>-  Clifford,  James,  1992,  <i>The  predicament  of   culture,</i> Cambridge: Harvard  University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550126&pid=S2011-0324200800020000500010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Cobo, Juan Gustavo, 1973, "La poes&iacute;a de &Aacute;lvaro Mutis," en: Mutis, Alvaro,   <i>Summa de Maqroll el Gaviero</i>,  pp. 7-52. Barcelona: Seix Barral.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550128&pid=S2011-0324200800020000500011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Conrad, Joseph, 1980,<i> El coraz&oacute;n de las tinieblas</i>, Barcelona: Lumen.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550130&pid=S2011-0324200800020000500012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>- Dussell, Enrique, 1994, <i>El encubrimiento del otro, </i>Quito: Abya-Yala.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550132&pid=S2011-0324200800020000500013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Elias, Norbert, 1993,<i> El proceso de la civilizaci&oacute;n,</i> M&eacute;xico: Fondo de Cultura  Econ&oacute;mica.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550134&pid=S2011-0324200800020000500014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>-  Enaudeau,  Corinne,  1999,<i> La  paradoja  de  la  representaci&oacute;n</i>, Buenos Aires:  Paid&oacute;s.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550136&pid=S2011-0324200800020000500015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Espinosa, Myriam Amparo, 2002, "Contraste entre miradas colonizadoras  y subalternas sobre el Plan Colombia", en: <i>Chiapas </i>13, pp. 87-98.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550138&pid=S2011-0324200800020000500016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Fabian, Johannes, 1983, <i>Time and the other</i>, Nueva York: Columbia University  Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550140&pid=S2011-0324200800020000500017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>- Fanon, Frantz, 1967, <i>Black skin, white masks</i>, Nueva York: Grove Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550142&pid=S2011-0324200800020000500018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Foucault, Michel, 1985, <i>Las  palabras  y  las  cosas, </i>Barcelona: Planeta- Agostini.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550144&pid=S2011-0324200800020000500019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Friedman, Jonathan, 1994,<i> Cultural identity and global process,</i> Londres: Sage.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550146&pid=S2011-0324200800020000500020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>-  Gadamer,  Hans-Georg,  1992,  <i>Verdad  y  m&eacute;todo</i>, volumen 2, Salamanca:  S&iacute;gueme.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550148&pid=S2011-0324200800020000500021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Giddens, Anthony, 1979, <i>Central  problems  in  social  theory</i>, Londres:  MacMillan.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550150&pid=S2011-0324200800020000500022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>- Gin&eacute;s de Sep&uacute;lveda, Juan, 1996, <i>Tratado sobre las justas causas de la guerra contra  los indios</i>, M&eacute;xico, FCE. &#91;1941&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550152&pid=S2011-0324200800020000500023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>      <!-- ref --><p>- Helms, Mary, 1988, <i>Ulysses sail: an ethnographic odyssey of  power, knowledge, and  geographic distance</i>, Princeton: Princeton University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550154&pid=S2011-0324200800020000500024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>-  Helms,  Mary,  1991,  "Esoteric  knowledge,  geographic  distance,  and  the  elaboration of leadership status: dynamics of resource control", en: Rambo,  Terry y Karl Gillogly (eds.),<i> Profiles in cultural evolution</i>, Ann Arbor: University  of  Michigan, pp. 333-350.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550156&pid=S2011-0324200800020000500025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Henman, Anthony, 1981, <i>Mama coca</i>, El &Aacute;ncora-Oveja Negra, Bogot&aacute;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550158&pid=S2011-0324200800020000500026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>      <!-- ref --><p>Jones, Sian. 1997.<i> The archaeology of  ethnicity</i>. Londres: Routledge.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550160&pid=S2011-0324200800020000500027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>- Lame, Manuel Quint&iacute;n, 2004, <i>Los pensamientos del indio que se educ&oacute; dentro de  las selvas colombianas,</i> Popay&aacute;n: Biblioteca del Gran Cauca. &#91;1971&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550162&pid=S2011-0324200800020000500028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>      <!-- ref --><p>- Las Casas, Bartolom&eacute; de, 1992,<i> Brev&iacute;sima relaci&oacute;n de la destruici&oacute;n de las Indias</i>,  Madrid: Tecnos. &#91;1552&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550164&pid=S2011-0324200800020000500029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>      <!-- ref --><p>- Leclercq, Gerard, 1973, <i>Antropolog&iacute;a  y  colonialismo,</i> Madrid: Alberto  Coraz&oacute;n.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550166&pid=S2011-0324200800020000500030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Marx, Karl, 1973, "El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte", en: <i>Obras escogidas  de C. Marx y F. Engels</i>, Tomo I, pp. 408-498. Mosc&uacute;: Editorial Progreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550168&pid=S2011-0324200800020000500031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Marx, Karl y Friedrich Engels, 1973, "Manifiesto del Partido Comunista",  en: <i>Obras escogidas de C. Marx y F. Engels</i>, Tomo I, pp. 110-140. Mosc&uacute;: Editorial  Progreso.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550170&pid=S2011-0324200800020000500032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>- Mignolo, Walter, 1995,<i> The darker side of  the Renaissance. Literacy, territoriality,  and colonization. </i>Ann Arbor: University of Michigan Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550172&pid=S2011-0324200800020000500033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Mudimbe, Valentin, 1988,<i> The  invention  of   Africa,</i> Bloomington: Indiana  University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550174&pid=S2011-0324200800020000500034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>-  Nader,  Laura,  1996,  "Anthropological  inquiry  into  boundaries,  power,  and knowledge", en: Nader, Laura (ed.), <i>Naked science,</i> Londres: Routledge, pp.  1-25.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550176&pid=S2011-0324200800020000500035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Quijano, An&iacute;bal, 1990, <i>Modernidad, identidad y utop&iacute;a en Am&eacute;rica Latina</i>, Quito:   Editorial El Conejo.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550178&pid=S2011-0324200800020000500036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Reichel-Dolmatoff, Gerardo, 1977, "El misionero ante las culturas  ind&iacute;genas", en:<i> Estudios antropol&oacute;gicos de Gerardo y Alicia Reichel-Dolmatoff,</i> Bogot&aacute;:  Instituto Colombiano de Cultura, pp 421-432.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550180&pid=S2011-0324200800020000500037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>- Said, Edward, 2004,<i> Orientalismo</i>, Barcelona: Random House Mondadori.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550182&pid=S2011-0324200800020000500038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Sartre, Jean-Paul, 1985, <i>Escritos sobre literatura,</i> Madrid: Alianza Editorial.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550184&pid=S2011-0324200800020000500039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Taussig, Michael, 1987, <i>Shamanism, colonialism, and the wild man. A study in  terror and healing</i>, Chicago: University of Chicago Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550186&pid=S2011-0324200800020000500040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Taussig, Michael, 1993, <i>Mimesis and alterity</i>, Londres: Routledge.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550188&pid=S2011-0324200800020000500041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>- Toulmin, Stephen, 2001, <i>Cosm&oacute;polis. El trasfondo de la modernidad, </i>Barcelona:  Pen&iacute;nsula.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550190&pid=S2011-0324200800020000500042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>- Trouillot, Michel-Rolph, 1991, "Anthropology and the savage slot: the  poetics and politics of otherness", en: Fox, Richard, (ed.), <i>Recapturing anthropology</i>,  pp. 17-44, Santa Fe: SAR.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550192&pid=S2011-0324200800020000500043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Trouillot, Michel-Rolph, 1995, <i>Silencing the past. Power and the production of   history,</i> Boston: Beacon Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550194&pid=S2011-0324200800020000500044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>-  Ulloa,  Astrid,  2004,<i> El  nativo  ecol&oacute;gico</i>, Bogot&aacute;: Instituto Colombiano de  Antropolog&iacute;a e Historia.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550196&pid=S2011-0324200800020000500045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Whiffen, Norman, 1915, <i>The north-west Amazons: notes of  some months spent  among cannibal tribe</i>s, Londres: Constable.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5550198&pid=S2011-0324200800020000500046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      </font>      ]]></body><back>
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