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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[La identidad como performatividad, o de cómo se llega a ser lo que no se es]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="right"> <b>ART&Iacute;CULOS</b></p>     <p align="right">Doi: <a href="http://dx.doi.org/10.18046/recs.i2.418" target="_blank">10.18046/recs.i2.418</a></p>     <p>&nbsp;</p>     <p align="center"><font size="4"><b>La identidad como performatividad, o de  c&oacute;mo se llega a ser lo que no se es<a name="nota1"></a><a href="#notaa1"><sup>1</sup></a></b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>Andr&eacute;s Felipe Castelar C.</p>     <p>Universidad Icesi. Cali, Colombia</p>     <p>&nbsp;</p> <hr>      <p><b>Abstract</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>The social pressure to develop an identity according to a biological referent has  historical origins, and has been used as a tool for social control and domination.  This  article  discusses  the  current  state  of  the  identity  concept,  focusing  on  the subject of sexuality. It makes use of  Judith Butler's theses, who, from a  de-constructivist and post-structuralist perspective, proposes a new definition  of identity in terms of performative iteration. Identity is then understood as a  demand  for  intelligibility  from  society,  which  limits  the  possibilities  of  sexual  expression.</p> <hr>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="3"><b>Introducci&oacute;n</b></font></p>     <p>Las luchas reivindicativas por el reconocimiento y el respeto de los derechos  en raz&oacute;n del g&eacute;nero y de la orientaci&oacute;n sexual suelen separar el sexo del g&eacute;nero.  Conciben al primero como el constituyente biol&oacute;gico de una diferencia innegable  (y de cierta forma necesaria), mientras que el segundo aparece ubicado m&aacute;s en  el campo de lo social, de lo cultural, de aquello que se construye de acuerdo a  tradiciones centenarias, imposiciones pol&iacute;ticas y fantas&iacute;as familiares. La divisi&oacute;n  entre sexo y g&eacute;nero (inclu&iacute;da en &eacute;ste la identidad sexual) continuar&iacute;a prolongando  entonces la oposici&oacute;n entre lo natural y lo cultural. Esta dicotom&iacute;a no ser&iacute;a un  problema si no fuese porque perpet&uacute;a la oposici&oacute;n subyacente a ella: la de lo  social como transformador (lo que anula, destruye si se quiere) de un aparente  orden  natural.  La  cultura  que  crear&iacute;a  alternativas,  otras  opciones  de  disfrute  sexual, distintas de la tradicional necesidad reproductiva.</p>     <p>Vale la pena analizar un poco m&aacute;s a fondo la divisi&oacute;n entre sexo y g&eacute;nero,  pues, si se mira detenidamente, tambi&eacute;n continuar&iacute;a prolongando la oposici&oacute;n  entre lo masculino y lo femenino como entes esenciales. Con la aparici&oacute;n de la  antropolog&iacute;a comparada y el movimiento feminista en la d&eacute;cada de los sesenta,  se obtuvieron datos seg&uacute;n los cuales en los seres humanos la correspondencia  macho-hombre  y  hembra-mujer  ya  no  era  del  todo  clara  (Castellanos,  1994,  1995). Esta separaci&oacute;n sexo-g&eacute;nero como un binomio de categor&iacute;as de trabajo  bien  diferenciadas  va  de  la  mano  con  la  idea  seg&uacute;n  la  cual  el  primero  es  el  constituyente biol&oacute;gico de una diferencia innegable (y de cierta forma necesaria  para la reproducci&oacute;n de la especie y la adaptaci&oacute;n al medio ambiente) que se  distingue del g&eacute;nero, ubicado en el terreno de lo social, de lo construido.<a name="nota2"></a><a href="#notaa2"><sup>2</sup></a> Tal  definici&oacute;n trat&oacute;, en principio, de des-naturalizar las diferencias de orientaci&oacute;n y  de rol sexual para darles un manejo distinto al de sexo. </p>     <p>Mientras la definici&oacute;n cl&aacute;sica de Robert Stoller, el m&eacute;dico autor de tal distinci&oacute;n  conceptual, define el sexo como el conjunto de "componente&#91;s&#93; biol&oacute;gico&#91;s&#93; que  distinguen al macho de la hembra; el adjetivo <i>sexual</i> se relacionar&aacute;, pues, con la  anatom&iacute;a y la fisiolog&iacute;a" (Stoller, 1969: 77; curiva en el original). Esto convertir&iacute;a a  la categor&iacute;a "sexo" en una necesidad casi vital, &uacute;til para el entrecruzamiento de la  informaci&oacute;n gen&eacute;tica y la adaptaci&oacute;n de la especie a su entorno. El g&eacute;nero es, en  cambio, el componente ps&iacute;quico de esta misma estructura: "(...) los afectos, los  pensamientos y las fantas&iacute;as &#8211;que, a&uacute;n hall&aacute;ndose ligadas al sexo, no dependen  de factores biol&oacute;gicos. Utilizaremos el t&eacute;rmino g&eacute;nero para designar algunos de  tales fen&oacute;menos psicol&oacute;gicos" (Stoller, 1969: 77). La investigaci&oacute;n de Stoller,  psiquiatra de profesi&oacute;n, publicada en 1968 y que, como se dijo, aport&oacute; el concepto  moderno de "rol de g&eacute;nero", signific&oacute; un cambio profundo en la concepci&oacute;n de  la diferencia, pues las malformaciones genitales, las "perturbaciones" ps&iacute;quicas y  las expresiones sexuales diversas se empezaron a pensar ya no desde lo fisiol&oacute;gico  sino desde lo aprendido en el entorno familiar,  educativo y cultural. N&oacute;tese  c&oacute;mo este binomio se convierte, con el paso de los a&ntilde;os, en la dicotom&iacute;a sobre  si la homosexualidad, o la diversidad sexual en general, se aprende o se hereda.  Volver&eacute; sobre este aspecto m&aacute;s adelante. </p>     <p>Sin embargo, pese a las intenciones de Stoller de retirar la regla de causalidad  entre uno y otro, el sexo es pensado por muchos como algo inmodificable,  mientras  que  el  g&eacute;nero  es  movible,  maleable,  por  ser  social.  El  sexo,  biol&oacute;gico,  permanece; el g&eacute;nero, social, se modifica. O, visto desde otra perspectiva, el  g&eacute;nero es tan relativo como absoluto el sexo. Quien se aleja del segundo debe ser  consciente de que no puede eludir al primero. Y es que el g&eacute;nero como categor&iacute;a  de investigaci&oacute;n tambi&eacute;n es fundamental para disciplinas sociales de primer orden  hoy en d&iacute;a, como la sociolog&iacute;a o la epidemiolog&iacute;a. Los estudios de distribuci&oacute;n  demogr&aacute;fica, las estad&iacute;sticas de participaci&oacute;n ciudadana, la incidencia de la confianza  hacia un candidato o el &iacute;ndice de violencia juvenil requieren de la categor&iacute;a g&eacute;nero  para elaborar un cruce de variables que arroje resultados significativos. Y estas  inciden m&aacute;s que antes en decisiones trascendentales para un pa&iacute;s: por ejemplo, las  pol&iacute;ticas de Estado en torno a problemas de salud o educaci&oacute;n, como facilitar el  acceso a la escolaridad o, en el caso de acciones afirmativas, proveer soluciones de  vivienda a mujeres madres cabeza de familia. Visto as&iacute;, el g&eacute;nero es el producto  necesario de una operacionalizaci&oacute;n investigativa para profundizar en el tema de la  discriminaci&oacute;n sexual: es una soluci&oacute;n a un problema metodol&oacute;gico. Pero el g&eacute;nero  no es visto entonces como un problema. </p>     <p>Esta  dicotom&iacute;a  entre  lo  natural  y  lo  cultural  ha  sido  duramente  criticada  por algunas personas del movimiento feminista, entre quienes se destaca Toril  Moi: la separaci&oacute;n entre naturaleza y cultura se extiende a la separaci&oacute;n entre  lo innato y lo adquirido. Es decir, lo social como transformador de un orden  natural, lo nuevo que anula lo obsoleto. La cultura, encarnada por lo masculino,  crear&iacute;a  alternativas,  opciones  de  disfrute  sexual,  distintas  de  la  tradicional  necesidad reproductiva, femenina y conservadora. El hombre entonces tendr&iacute;a  una capacidad de crear cultura, mientras que la mujer podr&iacute;a conservar lo que  ya existe y perpetuar lo ya creado. De esta manera se perpet&uacute;a la conclusi&oacute;n  subyacente a ella: esto es, la separaci&oacute;n (o complementaci&oacute;n, si se quiere) entre  materia  y  forma,  entre  cuerpo  femenino  y  alma  masculina,  entre  semen  que  fecunda al menstruo o entre actividad-caliente y pasividad-fr&iacute;a. O la idea seg&uacute;n  la cual la cultura repite lo que la naturaleza ya hizo. Por ejemplo, Jill Conway,  Susan Bourque y Joan Scott se detienen a analizar las consecuencias sociales  negativas que acarrea la separaci&oacute;n por g&eacute;nero de hombres y mujeres: a partir  de los estudios en psicolog&iacute;a social de Talcott Parsons, en los cuales el g&eacute;nero  termina por naturalizarse &#8211;pues el hombre tendr&iacute;a una tendencia normal a la  racionalidad, la resoluci&oacute;n de problemas, la operacionalizaci&oacute;n de funciones, y  la mujer una predilecci&oacute;n por la afectividad, la estabilizaci&oacute;n de v&iacute;nculos&#8211; las  ciencias sociales admitir&iacute;an, mal que bien, la supuesta complementariedad entre  el hombre y la mujer en pr&aacute;cticas claves, como por ejemplo la crianza de los hijos  (Conway et al, 1998). Pese a que Parsons se esforzaba por establecer universales  familiares a partir del estudio de grupos peque&ntilde;os, termin&oacute; por naturalizar las  conductas de padres y madres y por hacer de la familia un negocio, del padre  un gerente y de la madre una jefe de recursos humanos. El sesgo patriarcal que  se observa aqu&iacute; es innegable.<a name="nota3"></a><a href="#notaa3"><sup>3</sup></a></p>     <p>No  obstante,  en  palabras  de  Mercedes  Bengoechea,  quien  analiza  las  transformaciones  sufridas  por  la  irrupci&oacute;n  del  problema  de  g&eacute;nero  en  la  socioling&uuml;&iacute;stica,  este  concepto  y  sus  consecuentes  ideas  de  feminidad  y  masculinidad sufrieron a principios de la d&eacute;cada de los noventa una fetichizaci&oacute;n  lamentable,  pues  nunca  se  analizaron  ni  la  procedencia  del  concepto  ni  sus  posibles consecuencias, manteniendo intacta una teor&iacute;a que nunca se cuestionaba.  "G&eacute;nero, adujeron &#91;los cr&iacute;ticos de los estudios de lengua y g&eacute;nero en la d&eacute;cada  del los ochenta&#93;, no significaba lo mismo en las diferentes subcomunidades de  habla" (Bengoechea, 2003; cursiva en el original). Esa fetichizaci&oacute;n condujo a  una eventual naturalizaci&oacute;n del g&eacute;nero, plausible s&oacute;lo en la medida en que era  visto como una consecuencia apenas l&oacute;gica del sexo. De nuevo, en palabras de  Mercedes Bengoechea: "(...) las pautas de habla y comportamiento asociadas  al g&eacute;nero, no ser&iacute;an una cuesti&oacute;n de identidad sino de despliegue" (2003: 345).  La separaci&oacute;n entre sexo y g&eacute;nero dej&oacute; de ser entonces un concepto de apoyo  que  salvaba  diferencias  irreconciliables  y  que  permit&iacute;a  la  apertura  a  la  nueva  investigaci&oacute;n y a la teor&iacute;a. Pas&oacute; a convertirse en un obst&aacute;culo para la misma  debido a lo dif&iacute;cil de su inteligibilidad universal. (cfr. Tannen, 1993).</p>     <p>De este modo, sexo, g&eacute;nero e identidad sexual permanecen vinculados  irremediablemente en el discurso clasificatorio hasta hoy, a pesar de que se han  tratado de separar y se persiste en distinguirlos y en explicar sus diferencias.  Si se observa detenidamente, se podr&iacute;a arriesgar una primera afirmaci&oacute;n: la  identidad  individual  se  estructura  a  partir  de  la  correspondencia  entre  sexo  y g&eacute;nero. Dicho en otros t&eacute;rminos, la identidad sexual est&aacute; atada de manera  irremediable a la forma de concebir el g&eacute;nero en cada sociedad. La condici&oacute;n  de ser var&oacute;n o mujer est&aacute; atada a una l&oacute;gica penetrante y profunda que domina  y que consolida el psiquismo individual, y que le permite a los dem&aacute;s clasificar  en grupos de acuerdo con su consonancia sexual. De hecho, autoridades en el  tema del g&eacute;nero, como Joan Scott por ejemplo, analizan la trascendencia de este  concepto y su importancia para el an&aacute;lisis hist&oacute;rico de la participaci&oacute;n femenina  en las transformaciones sociales de los &uacute;ltimos siglos, aunque no niegan que  el t&eacute;rmino es una categor&iacute;a social impuesta inicialmente por quienes quer&iacute;an  estudiar desde la academia los aportes de las mujeres a la historia (Scott, 1990).  Hoy en d&iacute;a, "g&eacute;nero" es casi equivalente a la categor&iacute;a "mujer". </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>Cuestiones de identidad (sexual)</b></font></p>     <p>No obstante lo anteriormente dicho, algunas reflexiones nacidas en la d&eacute;cada  de los noventa se&ntilde;alan que, al igual que el g&eacute;nero, la determinaci&oacute;n del sexo no  es un a priori de la ciencia y tampoco puede definirse a trav&eacute;s de la apariencia  f&iacute;sica (ver Butler, 2001; Roudinesco, 2002; entre otros). Algunas veces, en aras  de la objetividad del discurso cient&iacute;fico, se recurre a pruebas de laboratorio para  determinarlo desde lo biol&oacute;gico, como en el caso de los comit&eacute;s disciplinarios  de los juegos ol&iacute;mpicos, en los que se han presentado confusiones porque los  y  las  deportistas  exceden  los  l&iacute;mites  de  hormonas  en  su  sangre  (estr&oacute;genos  o testosterona), ya sea por el exceso de entrenamiento o por el consumo de  sustancias que los estimulan y fortalecen f&iacute;sicamente. Ante tal circunstancia, los  jueces no pueden determinar el sexo del competidor por su apariencia y dudan  de la veracidad de los documentos y certificados que as&iacute; lo avalan, es decir, no  pueden clasificarlos(las) para la justa en la cual van a competir. De ello depende  su participaci&oacute;n en el torneo, y por tanto el reconocimiento social, las medallas,  el nombre de su pa&iacute;s en alto.<a name="nota4"></a><a href="#notaa4"><sup>4</sup></a> Como se ve, es una situaci&oacute;n ignominiosa, en la  cual a un hombre o a una mujer se les dice "usted no lo es", se les cuestiona  su identidad.<a name="nota5"></a><a href="#notaa5"><sup>5</sup></a></p>     <p>Sin embargo, no es necesario remontarse hist&oacute;ricamente hasta Arist&oacute;teles  para iniciar un an&aacute;lisis detenido de las implicaciones de la separaci&oacute;n entre lo  sexual y lo gen&eacute;rico, punto de apoyo de este ensayo. Aunque lo masculino y lo  femenino han existido en todas las expresiones culturales conocidas, cabe se&ntilde;alar  que este inter&eacute;s por investigar a fondo la fisiolog&iacute;a de los sexos en la academia  m&eacute;dica (anatom&iacute;a, biolog&iacute;a, psicoan&aacute;lisis) nace en Occidente al mismo tiempo  que se produce el ocultamiento forzoso de la sexualidad, hacia finales del siglo  XVI. Por autores como Thomas Laqueur se conoce que la oposici&oacute;n de los  sexos es una concepci&oacute;n propia de la Ilustraci&oacute;n. Antes, el cuerpo del hombre  y el de la mujer, eran entendidos como uno s&oacute;lo, con una sencilla modificaci&oacute;n  de sus &oacute;rganos genitales. Los genitales del hombre y la mujer eran similares, con  los &oacute;rganos invertidos: el cuerpo femenino ten&iacute;a la posibilidad de albergar un  nuevo ser. El cuerpo de las mujeres era concebido como igual al del hombre.  Sin embargo, despu&eacute;s del siglo XVII, los cuerpos dejan de ser uno s&oacute;lo y cada  uno cuenta con diferencias irreconciliables respecto del otro (Laqueur, 1990). </p>     <p>As&iacute;, desde el Renacimiento y hasta bien entrado el siglo XVIII el cuerpo  femenino  no  era  el  llamado  sexo  opuesto.  Thomas  Laqueur  tom&oacute;  para  esta  conclusi&oacute;n el estudio geneal&oacute;gico de las im&aacute;genes reproducidas en los manuales  de  anatom&iacute;a  de  la  &eacute;poca.  Mientras  hoy  tales  tratados  ubican  el  cuerpo  de  la  mujer junto al del hombre para comparar sus diferencias, otrora esa ubicaci&oacute;n  se hac&iacute;a para resaltar sus similitudes.<a name="nota6"></a><a href="#notaa6"><sup>6</sup></a> Seg&uacute;n Laqueur, el cuerpo femenino era  simplemente el inverso del masculino, es decir, el cuerpo del hombre con unos  cuantos cambios. Los genitales de la mujer eran como los del hombre, s&oacute;lo que  con las alteraciones propias de la maternidad, as&iacute; como el cuerpo del hombre  pose&iacute;a  un  dise&ntilde;o  que  le  permit&iacute;a  alcanzar  la  matriz  para  la  fecundaci&oacute;n.  Es  despu&eacute;s  de  la  Ilustraci&oacute;n,  y  a  lo  largo  del  siglo  XIX,  cuando  el  cuerpo  de  la  mujer es visto como un cuerpo diferente, se convierte en un ente separado del  cuerpo del hombre y con diferencias mucho m&aacute;s notorias que los alejaban cada  vez m&aacute;s. En ese mismo momento, el sexo se convierte en algo de lo cual no se  debe hablar en p&uacute;blico, pero que se debe insinuar en el confesionario y sobre  todo en el consultorio m&eacute;dico, es decir, aquello a lo que se alude pero s&oacute;lo para  silenciarlo. De este modo, a trav&eacute;s del sexo (y de su consecuente diferencia de  g&eacute;nero) se controlaba a los individuos, al mismo tiempo que se reglamentaban  sus  posibilidades  de  expresi&oacute;n.<a name="nota7"></a><a href="#notaa7"><sup>7</sup></a>  Y  de  paso,  con  la  superioridad  del  uno  con  respecto del otro. El discurso cient&iacute;fico se encarg&oacute;, durante muchos a&ntilde;os, de  justificar la permanencia de la mujer en la minor&iacute;a de edad.<a name="nota8"></a><a href="#notaa8"><sup>8</sup></a></p>      <p>La frenolog&iacute;a es uno de los tantos casos en los que se revela la costumbre  de explicar la vida sexual humana a partir de pr&aacute;cticas impuestas por el m&eacute;todo  cient&iacute;fico, por ejemplo a partir de extrapolaciones realizadas desde el cuerpo del  hombre hacia la mujer, o desde otras especies animales hacia la humana. As&iacute;,  la supuesta p&eacute;rdida del deseo sexual durante la regla fue un mito ampliamente  extendido  a  lo  largo  de  los  a&ntilde;os  debido  a  la  comparaci&oacute;n  (extrapolaci&oacute;n,  mejor) del estro de las hembras de los mam&iacute;feros que m&aacute;s ten&iacute;an a mano los  investigadores. Dir&aacute; Freud, parafraseando a Napole&oacute;n: "La anatom&iacute;a es el destino"  (Freud, 1923). Es decir, a partir de la asignaci&oacute;n sexual, el ser humano act&uacute;a y se  desempe&ntilde;a en su medio social.</p>     <p>De hecho, en la doctrina psicoanal&iacute;tica, por citar uno de los casos  paradigm&aacute;ticos en el discurso acad&eacute;mico de hoy, la diferencia de los sexos es  crucial para sostener la teor&iacute;a del complejo de Edipo y su corolario: el complejo  de  castraci&oacute;n.  El  psicoan&aacute;lisis  verdaderamente  fundamenta  la  constituci&oacute;n  ps&iacute;quica  y  pulsional  del  individuo  en  esa  oposici&oacute;n.  Freud,  en  su  art&iacute;culo  de  1925 "Algunas consecuencias ps&iacute;quicas de las diferencias anat&oacute;micas entre los  sexos" y en textos posteriores (cfr. Freud, 1932), se&ntilde;ala que la manipulaci&oacute;n y  posterior fantas&iacute;a de los ni&ntilde;os en torno a sus genitales, junto con el se&ntilde;alamiento  opresivo de sus mayores (gestos de culpa, reproches, pron&oacute;sticos de castigo),  ser&aacute;n factores que determinar&aacute;n la posterior conformaci&oacute;n de su deseo, en tanto  erotizan el falo o presienten su ausencia. Esa fantas&iacute;a primordial fue encontrada  por el an&aacute;lisis como factor constitutivo de una identidad ps&iacute;quica nacida desde  la definici&oacute;n sexual, as&iacute; fuese desde lo inconsciente. O se tiene el pene, o se  busca porque se carece de &eacute;l: tal pareciera que esta fuera la disyuntiva del infante,  la cual se extiende hasta su consolidaci&oacute;n como ser adulto. El sexo, y con &eacute;l  la identidad, no se obtendr&iacute;a solamente a partir de la aparici&oacute;n de los &oacute;rganos  reproductivos incipientes en el feto, sino a partir de la asunci&oacute;n de la condici&oacute;n  de s&iacute; mismo y de la aceptaci&oacute;n por parte de los dem&aacute;s. </p>     <p>No  obstante,  este  ejercicio  de  pensar  la  identidad  propia  &#8211;y  de  paso  la  identidad colectiva&#8211; es propio de Occidente, lo cual no quiere decir que sea  universalizable.  As&iacute;,  Jean-Pierre  Vernant,  en  su  texto  sobre  el  individuo  en  la  ciudad,  nos  presenta  una  caracterizaci&oacute;n  del  individuo  que  trata  de  aislarse  de  su conjunto, pero al mismo tiempo se identifica con &eacute;l. Afirma este autor que  el individuo en el individualismo valoriza la vida privada en comparaci&oacute;n con la  p&uacute;blica, intensifica las relaciones de s&iacute; (consigo mismo) y reconoce su singularidad  e independencia con respecto de su grupo e instituciones (Vernan, 1990: 28 y ss).  Esta individualizaci&oacute;n goza de un origen identificable en lo hist&oacute;rico: nace con  la polis. As&iacute;, trata de fechar simb&oacute;licamente la aparici&oacute;n de la independencia del  hombre de su conjunto. Parad&oacute;jicamente, es ah&iacute; cuando empieza a preguntarse  por qui&eacute;n es en realidad. </p>     <p>Fran&ccedil;oise H&eacute;ritier, al estudiar la identidad samo (ubicada en la actual Burkina  Faso), caracteriza la identidad de cada miembro de esta tribu no occidental. Estos  requieren, para su definici&oacute;n individual, del apoyo de lo que nosotros entendemos  por instituciones sociales: "la identidad samo es el papel asignado y consentido,  interiorizado y querido, &iacute;ntegramente<i> contenido en el nombre del linaje</i> e individual"  (H&eacute;ritier, 1981: 72 y ss). Ese nombre requiere de una protecci&oacute;n, de un estar en  guardia, so pena de mancillarlo, de avergonzarlo. Debe ser protegido adem&aacute;s,  porque el nombre es la regla social, la protecci&oacute;n contra la exclusi&oacute;n y, por tanto,  contra la locura, la muerte. Pese a que existe eso que nosotros los occidentales  llamar&iacute;amos sentimientos individuales, lo que tiene peso, y en &uacute;ltima instancia  preponderancia en las decisiones, es la voluntad colectiva del grupo. Seg&uacute;n  H&egrave;ritier, la sumisi&oacute;n al c&oacute;digo social es total. No hay independencia de pautas  ni de reglas o excepciones. El individuo es lo social y tambi&eacute;n su herencia. </p>     <p><font size="3"><b>Nuevas lecturas sobre la identidad</b></font></p>     <p>Como  vimos,  la  identidad  ha  sido  entendida  como  ese  sentido  personal  que  se  construye  con  respecto  de  lo  que  se  es,  de  donde  se  proviene  y  para  donde  se  va.  Es  decir,  la  identidad  es  entendida  como  un  proceso  que  se  inicia  en  el  plano  personal,  individual,  y  que  es  construida  de  manera  casi  voluntaria  pero  al  mismo  tiempo  est&aacute;  regida  por  patrones  supraindividuales,  hist&oacute;ricos, permanentes y casi inmodificables, tales como las pr&aacute;cticas sociales,  la idiosincrasia de cada regi&oacute;n y pa&iacute;s, los valores patrios constituidos a lo largo  de a&ntilde;os, el tipo de educaci&oacute;n recibida, el recuerdo de la sangre de los m&aacute;rtires  religiosos y pol&iacute;ticos que lucharon por alcanzar eso que hoy en d&iacute;a disfrutamos,  etc., y que una vez adquiridos, asimilados por el individuo, son irrenunciables.  Hoy  en  d&iacute;a  se  considera  que  la  identidad  del  ser  humano  se  construye  de  manera individual, con el paso de los a&ntilde;os, a trav&eacute;s de m&uacute;ltiples influencias y  asumiendo responsabilidades. Es el discurso usual y el pol&iacute;ticamente correcto.  Nuestro pa&iacute;s, por ejemplo, avala el derecho de los individuos al libre desarrollo  de la personalidad (art. 16 de la Constituci&oacute;n de Colombia) y lo incluye en la  lista de derechos fundamentales. Ello proviene de una tradici&oacute;n filos&oacute;fica de  principios del siglo XX que predicaba la ontogenia como una repetici&oacute;n en el  &aacute;mbito micro de la filogenia. El individuo se desarrolla de la misma forma como  la especie se desarrolla. Por esto, el problema de la identidad suele clasificarse  en dos partes que se diferencian en la teor&iacute;a: el componente del individuo y la  parte colectiva. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Con todo, y a pesar de que el trabajo militante y el activismo pol&iacute;tico han  conquistado logros significativos a nivel de reconocimientos y derechos para  las minor&iacute;as sexuales, no hay a&uacute;n un an&aacute;lisis concienzudo sobre el problema  filos&oacute;fico que subyace a la identidad que se origina en la diferencia sexual,  menos a&uacute;n cuando se dan por sentado numerosos supuestos, como por ejemplo  la  normalidad  o  la  naturalidad  de  la  vida  sexual  de  las  personas,  categor&iacute;as  que se tornan excluyentes pues trascienden la oposici&oacute;n normal-anormal y se  acercan m&aacute;s a la dicotom&iacute;a incluido-excluido. Las dificultades del concepto  "identidad" empiezan a surgir cuando se presentan las causas del rechazo o de  la desestimaci&oacute;n. Es necesario justificar la diferencia como valor de separaci&oacute;n  y la similitud como criterio de elecci&oacute;n: as&iacute; se crea una ruptura, una separaci&oacute;n  entre lo correcto y lo incorrecto, lo conveniente y lo inconveniente, lo normal  y  lo  patol&oacute;gico  (en  palabras  de  Canguilhem)  o  el  amigo  y  el  enemigo  (cfr.  Schmitt). El trasfondo de la identidad es, entonces, la exclusi&oacute;n, la humillaci&oacute;n  de aquello que no est&aacute; definido. Y es que la necesidad de someterse a la prueba  social &#8211;sea la evidencia m&eacute;dica o la aceptaci&oacute;n del grupo&#8211; implicar&aacute; todo un  ordenamiento pol&iacute;tico subyacente, pues la distribuci&oacute;n de poderes est&aacute; mediada  por la posibilidad de clasificar, de categorizar y de organizarse a s&iacute; mismo y a los  dem&aacute;s, como bien lo se&ntilde;ala Michel Foucault en su texto ya cl&aacute;sico <i>Las palabras  y las cosas </i>(1966). </p>     <p>Ante la sin salida que genera la definici&oacute;n o las connotaciones de la identidad,  cabe  acercarse  a  la  propuesta  de  Judith  Butler,  quien  en  consonancia  con  la  propuesta de Scott, pero en un estilo mucho m&aacute;s radical, desaf&iacute;a las categor&iacute;as de  sexo, g&eacute;nero e identidad sexual, por tratar de separar, polarizar y sobredeterminar  a  los  sujetos,  de  cara  a  iniciar  un  proceso  doble  en  el  que  se  logra  sujetar  al  individuo: hacerlo sujeto y al mismo tiempo, mantenerlo sujeto a una pol&iacute;tica  particular. Esta fil&oacute;sofa estadounidense ha tomado como eje de su propuesta  investigativa  el  concepto  de  performatividad  y  su  impacto  en  la  constituci&oacute;n  del sujeto. A pesar de ello, ha sido duramente criticada por tomar tal concepto  y darle un giro enorme, bas&aacute;ndose en otros autores como Althusser y Derrida,  hasta tal punto que ya la concepci&oacute;n original de la palabra no se reconoce con  facilidad en su propuesta. Partiendo desde la filosof&iacute;a del lenguaje ordinario &#8211;y  su propuesta de los actos de habla, es decir, la teor&iacute;a que analiza aquella parte del  discurso que, adem&aacute;s de constatar la realidad, la crea mediante la acci&oacute;n&#8211; Butler  propone que la identidad del individuo, al igual que el g&eacute;nero y que el sexo, no es  m&aacute;s que una puesta en acto permanente, es un conjunto de normas y de acciones  diversas y ajenas: anteriores a s&iacute; mismas, se repiten constantemente. Desde una  posici&oacute;n postestructuralista y deconstruccionista, Butler sostiene que eso llamado  identidad, es decir, el sentido de permanencia de la respuesta a la pregunta "&iquest;qu&eacute;  soy?", "&iquest;a qu&eacute; me parezco?" o "&iquest;a qu&eacute; pertenezco?", resultar&iacute;a ilusorio, porque  el esfuerzo por adecuarse a un patr&oacute;n o por hallar elementos de pertenencia con  un grupo nacen de la repetici&oacute;n citacional: la constituci&oacute;n de una identidad pasa  por la asunci&oacute;n de una copia que carece de original. </p>     <p>Ahora bien, los ecos de su propuesta pol&iacute;tica refieren a la subversi&oacute;n  discursiva por medio, ya no de la resistencia violenta, sino de la transgresi&oacute;n  permanente de las estructuras sociales. Ella comprende la propuesta austiniana  en t&eacute;rminos del lenguaje en general, no s&oacute;lo con los actos de habla, y relaciona  su teor&iacute;a con otros autores que la han influido (como la propuesta marxista  de  Althusser).  En  tanto  ha  estudiado  profundamente  la  dial&eacute;ctica  del  amo  y  el esclavo (Butler, 1997), es bastante cercana a Hegel. A partir de ellos, y con  una fuerte influencia de Foucault y del psicoan&aacute;lisis, Butler ha propuesto el  concepto de performatividad para analizar la conformaci&oacute;n identitaria de las  minor&iacute;as, especialmente las sexuales y raciales. Afirma Butler que el individuo  act&uacute;a de forma performativa en tanto re-presenta (o ejecuta) aquello que los  dem&aacute;s designan que es o lo que fantasean sobre lo que es, tal y como cuando  una persona con un deseo homosexual se comporta ante los otros como un  "marica" y se convierte en lo que los dem&aacute;s se&ntilde;alan de &eacute;l. Toma el ejemplo  de Althusser en su concepto de interpelaci&oacute;n, del polic&iacute;a an&oacute;nimo que se&ntilde;ala  al sujeto y lo detiene ("&iexcl;Hey, t&uacute;!") convirti&eacute;ndolo es un potencial criminal que  tiene que defenderse: todo acusado, en vez de ser potencialmente inocente, es  potencialmente culpable. En palabras de Althusser, el individuo no precede a  la ideolog&iacute;a sino al contrario: es la ideolog&iacute;a la que da sustancia al individuo al  reconocerlo de cierta forma, sea como delincuente, extra&ntilde;o o rebelde (1971). </p>     <p>En esa medida, Butler analiza la interpelaci&oacute;n que recibe un hombre afeminado  o una mujer masculinizada por parte de quienes ostentan la identidad mayoritaria.  Al destacar la diferencia cuando se estigmatiza a alguien por su condici&oacute;n, no  solamente se lo separa del conjunto sino que se afirma la diferencia "esencial"  de esa persona. En este punto toma elementos de Foucault y su primer tomo de  la <i>Historia de la sexualidad,</i> texto que, en principio, analiza la naturalizaci&oacute;n de la  perversi&oacute;n homosexual durante el siglo XIX y las consecuencias que devinieron  a partir de entonces (Foucault ,1981).<a name="nota9"></a><a href="#notaa9"><sup>9</sup></a></p>      <p>Podr&iacute;a pensarse que la propuesta de Butler depende mucho del tipo de grupo o  comunidad que acoge &#8211;eventualmente el individuo butleriano ser&iacute;a dependiente  en gran medida del contexto&#8211; y que es cercana a la propuesta sociol&oacute;gica del  habitus propuesta por Bourdieu, autor que se acerca a este problema en su estudio  sobre  la  violencia  simb&oacute;lica  ejercida  a  partir  de  la  dominaci&oacute;n  masculina  (cfr.  Bourdieu, 2000). Sin embargo, buena parte de las personas discriminadas por su  orientaci&oacute;n sexual han atravesado por situaciones excluyentes que, sin embargo,  no ser&iacute;an apreciadas expl&iacute;citamente como discriminaci&oacute;n. Por ejemplo, el tema  que nos ata&ntilde;e: la constituci&oacute;n mandataria de una identidad. En el discurso bipolar  de nuestra sociedad, la repetici&oacute;n permanente de ritos, discursos y pr&aacute;cticas que  certifiquen la masculinidad o feminidad, es decir, que permitan la intelecci&oacute;n del  hombre o de la mujer, requiere de la exclusi&oacute;n sistem&aacute;tica de deseos, atracciones  y pr&aacute;cticas menospreciadas. Por lo anterior, no basta vivir en un contexto libre  de  homofobia  para  que  una  persona  se  reconcilie  con  su  expresi&oacute;n  sexual,  y  viva  libre  de  tapujos  o  de  represiones  sociales.  Los  efectos  performativos  del  lenguaje dependen, m&aacute;s que del acto en s&iacute; (el acto locutivo, dir&iacute;a Austin), de la  estructura opresiva que permite la existencia de tales actos (lo que hace que el  acto sea tambi&eacute;n ilocutivo). Tener una identidad que sea acorde con el sexo y con  el g&eacute;nero significa escuchar una orden que no proviene de ninguna parte, pero  que se escucha en todas partes, y se vive la presi&oacute;n por cumplir con dicha orden.  Retomando una idea que present&eacute; arriba, en la sociedad de hoy resulta necesario  validar la imposici&oacute;n heterosexual a trav&eacute;s del rechazo (velado o directo) de las  formas no heterosexuales. </p>     <p>Ahora  bien,  Butler  se  esfuerza  por  mostrar  que  no  existe  una  estructura  f&iacute;sica  ni  administrativa  que  someta  al  ser  humano  que  llega  a  ella  y  que  lo  condicione a desear un cierto tipo de objeto, como le ocurrir&iacute;a a un prisionero  reci&eacute;n detenido. Tampoco afirma que los sistemas de dominaci&oacute;n que someten  a las personas se introduzcan en su interior como un elemento extra&ntilde;o a ellas;  m&aacute;s bien, sostiene que la hegemon&iacute;a pol&iacute;tica se crea a trav&eacute;s de la v&iacute;a discursiva  y  se  torna  permanente  mediante  la  repetici&oacute;n  (iteratividad).  En  esta  misma  medida el individuo tiene serias dificultades para defenderse por s&iacute; mismo, pues  no se puede separar de los aparatos que lo constituyen. De ah&iacute; que el sujeto  de la propuesta de Butler pueda ser visto como un ser indefenso, incapaz de  enfrentar tales aparatos, sometido a la voluntad de sus opresores. O, incluso,  tan et&eacute;reo, dependiente del contexto, carente de unidad y de concreci&oacute;n, que  pueda ser descalificado como sujeto. La propuesta de Butler ha recibido duras  cr&iacute;ticas desde la filosof&iacute;a porque su an&aacute;lisis es deconstructivo, lo que implica  que se esfuerza por evidenciar la falsa oposici&oacute;n de t&eacute;rminos que estructura los  conceptos claves de la convivencia pol&iacute;tica y de la &eacute;tica: los pares de opuestos  tales como individuo-sociedad, sexo- g&eacute;nero, hombre-mujer, normal-patol&oacute;gico,  natural-cultural, se convierten en enga&ntilde;os, en creaciones artificiosas que sostienen  un dispositivo dedicado al control de los sujetos.</p>     <p>Sin embargo, para muchos, tal ejercicio deconstructivo amenaza con  desvanecer al sujeto, en la medida en que &eacute;ste, al desnaturalizarse, se convierte  en un mero instrumento cultural al servicio de la normalizaci&oacute;n, en un espacio  vac&iacute;o, carente de sustancia, sin la posibilidad de tomar distancia frente a aquello  que lo determina. En ese sentido, no habr&iacute;a la posibilidad de refutar a los aparatos  de dominaci&oacute;n ni de convertir el mundo que lo rodea. Empero, ello no resultar&iacute;a  del  todo  cierto,  en  la  medida  en  que  existe  una  posibilidad  de  intervenir  en  ese statu quo que es el dispositivo social de control: desafiar la fuente de los  conflictos de los sujetos (el discurso hegem&oacute;nico), lo cual puede convertirse en  el motor de un cambio. El discurso puede ser subvertido mediante la formula  naturalizante que lo instituye. En la medida en que un sujeto se percata de la  farsa que es aquello que tradicionalmente ha considerado natural, transforma su  mirada sobre lo que considera no natural o antinatural. M&aacute;s que decir "todo es  v&aacute;lido porque todos y todas somos seres artificiosos", Butler invitar&iacute;a a decir:  me atrevo a pensar, "todos podemos cuestionar lo que hemos cre&iacute;do ser". </p>     <p>El ejemplo m&aacute;s caracter&iacute;stico de este acto subversivo que sugiere Butler como  posibilidad de transformaci&oacute;n es la acci&oacute;n del travestido. Objeto de rechazo, de  fastidio, es considerado por la comunidad y por la sociedad como un ser abyecto.  Su forma de desenvolverse en sociedad resulta inc&oacute;moda y dif&iacute;cil de asimilar.  Tal vez es mejor no verle, debido a la distorsi&oacute;n que hace de la feminidad (o  masculinidad, si se trata de una mujer masculinizada). Su discurso corporal y  prox&eacute;mico resulta molesto y por tanto resulta desafiante. A simple vista, es una  mala imitaci&oacute;n de un buen original (la mujer femenina, el hombre masculino).  Se aleja de los par&aacute;metros establecidos, es decir, del discurso hegem&oacute;nico, tantas  veces repetido y por ello naturalizado, as&iacute; sea entendido s&oacute;lo como idiosincr&aacute;tico.  Pero, en tanto el discurso es performativo, tambi&eacute;n sirve para que ese travestido,  que ha sido despreciado por su condici&oacute;n, pueda a la vez desafiar los par&aacute;metros  que  lo  juzgan.  El  travestido  (y  en  general,  el  idiolecto  <i>queer</i>)  toma  elementos  del discurso (o del generolecto) femenino y lo distorsionan de forma sat&iacute;rica,  generando  una  transformaci&oacute;n  en  su  sentido  inicial.  El  afeminado  (<i>queer</i>,  en  ingl&eacute;s) desaf&iacute;a las formas asignadas a su g&eacute;nero e ironiza con &eacute;l. </p>     <p>En  la  medida  en  que  se  comprende  la  performatividad  de  la  identidad  sexual, para Butler resulta una propuesta interesante la del hombre travestido  que distorsiona el actuar femenino y, de paso, el masculino, como es el caso  del <i>drag queen</i> o, viceversa, el caso de la <i>butch femme</i> femenina. Es una forma de  copiar aquello que no tiene original. Resulta una verdadera oportunidad para  cuestionarse a s&iacute; mismo los propios criterios de g&eacute;nero. En ese orden de ideas,  Judith Butler analiza el car&aacute;cter parad&oacute;jico de la subjetivaci&oacute;n del prisionero. La  sujeci&oacute;n del nuevo "sujeto" a la autonom&iacute;a es su mismo aprisionamiento. Tal  atadura se lleva a cabo no por medio de la doctrina ni de la ideolog&iacute;a sino a trav&eacute;s  del cuerpo mismo, que es ahora la posibilidad de inteligirse a s&iacute; mismo. El cuerpo  deja de ser, como Foucault lo se&ntilde;al&oacute; en su momento, el envase contenedor del  alma y se convierte en el prisionero de la misma (Foucault, 1966). As&iacute;, se&ntilde;ala  Butler que "&#91;...&#93; la sujeci&oacute;n ni es simplemente la dominaci&oacute;n de un sujeto ni su  producci&oacute;n, sino que designa una cierta clase de restricci&oacute;n <i>en</i> la producci&oacute;n,  una restricci&oacute;n sin la cual la producci&oacute;n del sujeto no puede tener lugar, una  restricci&oacute;n a trav&eacute;s de la cual esa producci&oacute;n tiene lugar" (Butler, 1995: 230; la  traducci&oacute;n es m&iacute;a). A partir de ah&iacute;, Butler se pregunta por las consecuencias  de la met&aacute;fora de la prisi&oacute;n para el desarrollo del an&aacute;lisis foucaultiano sobre la  producci&oacute;n discursiva del sujeto: </p> <ul>&iquest;Qu&eacute; hace que convirtamos en privilegiadas las figuras del encarcelamiento  y la invasi&oacute;n a trav&eacute;s de las cuales Foucault articula el proceso mismo de  subjetivaci&oacute;n, la producci&oacute;n discursiva de la identidad? <i>Si el discurso produce  la identidad mediante la provisi&oacute;n del principio regulatorio y la obediencia al mismo</i>,  a trav&eacute;s del cual se apodera, se totaliza y se da coherencia a un individuo,  entonces pareciera que cada "identidad", en tanto es totalizante, act&uacute;a  precisamente como "el alma que aprisiona el cuerpo" (Butler, 1995: 231;  la traducci&oacute;n y las cursivas son m&iacute;as).     </ul>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>N&oacute;tese bien c&oacute;mo la identidad es parte constitutiva del discurso regulador en  torno al cual se determinan las vidas de los sujetos. As&iacute;, la identidad, en Judith  Butler, forma parte del dispositivo de control que impone y al mismo tiempo  regula aquello que se debe ser. Es un dispositivo en la misma medida en que  genera sus propios sujetos y se naturaliza, es decir, es la ley la que origina al  hombre y le dice que ha sido el hombre quien la ha creado. Y crea tambi&eacute;n a sus  propios contradictores: habr&aacute; quienes puedan permanecer en un cierto margen,  distanciados de la actitud "esperada", pues la identidad no es un modelo &uacute;nico,  sino un abanico de opciones impuestas desde un patr&oacute;n que no existe. Es en  este escenario en el que aparece el travestido. </p>     <p>Es llamativo que la figura del travestido suela estar ligada a pr&aacute;cticas de  transgresi&oacute;n y que se asocie con estar fuera de la ley. Dentro del sector mismo,  el afeminamiento masculino no es algo bien visto, ya que tal comportamiento  despierta la atracci&oacute;n de las miradas. La necesidad de semejar el sexo contrario  es algo que cada vez se distancia m&aacute;s del desear el mismo sexo. El travestismo  genera  un  rechazo  mucho  m&aacute;s  profundo  que  las  pr&aacute;cticas  privadas  de  la  homosexualidad, dado que se hace p&uacute;blico. El travestido que act&uacute;a la ley en  realidad la ridiculiza. Un hombre que camina como una mujer o que se maquilla  mejor que una mujer, en realidad no es una copia que supera al original: es el  portador de un mensaje subversivo, en la medida misma en que evidencia la  obligaci&oacute;n de caminar o de maquillarse, como partes de un dispositivo de control  hacia la mujer. De hecho, muchos hombres y mujeres que travisten su cuerpo,  no lo hacen para querer parecer del sexo opuesto: lo hacen para asumir una  inteligibilidad distinta, liberada de ataduras bipolares (se puede ser hombre y  se puede ser mujer, salvando la oposici&oacute;n que interioriza a uno por encima de  la otra).El travestido deja de ser un ser que copia o imita al modelo de mujer, y  se convierte, eventualmente, en un transgresor del g&eacute;nero y del discurso de la  hegemon&iacute;a, por cuanto desaf&iacute;a la pretensi&oacute;n de naturalidad y originalidad de la  heterosexualidad (Butler, 2002: 185). Al ir m&aacute;s all&aacute; de la burla que pueda hacer  de las normas de g&eacute;nero, el travestido que exagera la feminidad o la lesbiana  que se masculiniza a s&iacute; misma, se han apropiado del discurso imperante y de  sus normas aparentemente naturales, para luego subvertirlas. Utiliza su cuerpo  para mostrar las m&uacute;ltiples formas de sometimiento y dominaci&oacute;n que vivimos  hombres y mujeres por cuenta de la inteligibilidad de g&eacute;nero.</p>     <p>La exclusi&oacute;n es propia, entonces, de toda identidad, lo que no hace m&aacute;s que  confirmar el sentido pol&iacute;tico de este concepto. Pero ese exterior "constitutivo"  innombrable  es  diferente  de  otras  identidades  creadas  por  oposici&oacute;n.  A  ese  exterior  que  existe,  para  que  exista  lo  dem&aacute;s,  se  le  llama  abyecci&oacute;n.  Una  abyecci&oacute;n  que  existe  en  la  medida  misma  en  que  hace  que  lo  posible  pueda  existir. Est&aacute; situada mucho antes de la esfera pol&iacute;tica, por lo cual no es ninguna  ley, pues se ubica en el principio de toda comprensi&oacute;n: en la ambig&uuml;edad entre  la diferenciaci&oacute;n entre el hombre y la mujer. El miedo a la indefinici&oacute;n nunca  antes hab&iacute;a estado tan presente como ahora.<a name="nota10"></a><a href="#notaa10"><sup>10</sup></a> La "pseudotolerancia" (Eribon,  2000) de las democracias liberales conduce a que el homosexual (o heterosexual)  travestido sea rechazado, en buena parte, por traer al espacio p&uacute;blico aquello  que se considera lo m&aacute;s privado, pero ese argumento en realidad oculta el miedo  &iacute;ntimo que puede producir la subversi&oacute;n de la identidad. </p>     <p>Ahora bien, &iquest;el miedo a la homosexualidad es incompatible con el miedo a  la diferencia de la identidad sexual? En teor&iacute;a, para las democracias liberales, de  nuevo, el problema no es la pr&aacute;ctica de la vida sexual, pues la diversidad de formas  de goce ha ido permeando poco a poco el discurso sobre el dispositivo de la  sexualidad: la idea de que "todo vale" (<i>"anything goes"</i>) es aplicada indistintamente a  homos y heteros. La dificultad estriba en que la asociaci&oacute;n homosexual-subversivo  es  entendida  m&aacute;s  como  homosexual-delincuente  u  homosexual-antisocial,  y  el  instrumento  contra  la  diversidad  empleado  por  sectores  homof&oacute;bicos  es,  precisamente, el tema del travestismo. La petici&oacute;n de aislamiento, de ostracismo  que muchas veces se eleva contra la subversi&oacute;n de la identidad ha llevado a que  los ojos de la hegemon&iacute;a empiecen a centrarse en la diferencia. Esa viabilidad del  sujeto est&aacute; dada en t&eacute;rminos de entrar a significar la ley prohibitiva fundamental  como su esencia. Ya no cabe m&aacute;s la hip&oacute;tesis represiva que entrar&iacute;a a yugular los  ind&oacute;mitos deseos de la libido: la ley se incorpora en t&eacute;rminos de conciencia, de  normatividad. Dice Butler: "El alma es precisamente lo que le falta al cuerpo,  por lo tanto, esa falta, esa ausencia produce el cuerpo como su otro, como su  medio de expresi&oacute;n" (Butler, 1992: 88). </p>     <p><font size="3"><b>En conclusi&oacute;n </b></font></p>     <p>La posici&oacute;n de Butler genera un conflicto de dimensiones considerables  para el discurso que invita a la tolerancia, pues con este concepto, en principio  conciliador, tambi&eacute;n se promueven la autoaceptaci&oacute;n y la discreci&oacute;n, el silencio  &#8211;personas que estar&iacute;an dispuestas a aceptar la homosexualidad siempre y cuando  los y las homosexuales se limiten al &aacute;mbito de lo privado, sean castos, no se  manifiesten abiertamente, no quieran adoptar ni educar ni&ntilde;os, no hereden de  sus compa&ntilde;eros, etc.&#8211; y ese conflicto nacer&aacute; en tanto se&ntilde;ala que lo rechazado  no es en s&iacute; la pr&aacute;ctica sexual no heterosexual &#8211;limitada a la cama, a la intimidad,  al ejercicio de la conyugalidad&#8211;, sino la trasgresi&oacute;n de los l&iacute;mites sociales, lo que  significa que los l&iacute;mites de la homosexualidad no est&aacute;n en la trasgresi&oacute;n del  objeto de deseo sino en la abyecci&oacute;n. Este t&eacute;rmino es, seg&uacute;n Butler, "literalmente  la acci&oacute;n de arrojar fuera, desechar, excluir, y por tanto, supone y produce un  terreno de acci&oacute;n desde el cual se establece la diferencia" (Butler, 2002: 19 y  ss.), entendida por la autora como "las zonas invisibles, inhabitables de la vida  social que, sin embargo, est&aacute;n densamente pobladas por quienes no gozan de  la jerarqu&iacute;a de sujetos pero cuya condici&oacute;n de vivir bajo la esfera de lo invivible  es necesaria para circunscribir la esfera de los sujetos" (Butler, 2002: 20). </p>     <p>La constituci&oacute;n de la subjetividad y de la "identidad sexual" necesita leerse a  partir de un rechazo, de un aislamiento de la comunidad. El proceso de aceptarse  a s&iacute; mismo como diferente a los dem&aacute;s significa someterse a un escarnio privado,  si cabe el t&eacute;rmino: los miedos y los temores son m&uacute;ltiples al sentirse distinto,  tal vez en situaci&oacute;n de pecado o cometiendo un error grav&iacute;simo; pero tambi&eacute;n  quiere  decir  que  hay  otros  y  otras  en  un  problema  similar.  Es  usual  que    el  acompa&ntilde;amiento terap&eacute;utico implique el reconocimiento de ambas situaciones.  Como advierte el soci&oacute;logo franc&eacute;s Didier Eribon: </p> <ul>La  subjetividad  gay  es,  pues,  una  subjetividad  "inferiorizada"  no  s&oacute;lo  porque encuentra la situaci&oacute;n inferior creada para los homosexuales en  la sociedad, sino sobre todo porque est&aacute; producida por &eacute;sta: no hay, por  un lado, una subjetividad que pre-existiese y, por otro, una huella social  que a continuaci&oacute;n la deformase (Eribon, 2000: 109).     </ul>     <p>A  partir  del  an&aacute;lisis  de  la  abyecci&oacute;n  y  de  la  exclusi&oacute;n  se  puede  entender,  entonces, el que las personas que en un momento son estigmatizadas por causa  de su conducta diferente, rechacen esa estandarizaci&oacute;n y tiendan a transgredir, a  violentar con su cuerpo a modo de instrumento. El cuerpo, una vez agraviado,  queda ubicado en el l&iacute;mite de lo inteligible. Sin embargo, en su retorno, en su  reclamaci&oacute;n por ocupar un lugar propio, hay una transformaci&oacute;n peculiar. Los  cuerpos abyectos no se hacen sentir a trav&eacute;s del rechazo abierto y racional del  discurso opresor, es decir, no se convierten en pares racionales de sus opresores,  sino que lo hacen mediante la transgresi&oacute;n simb&oacute;lica del discurso que les ha  sido impuesto. </p>     <p>&nbsp;</p> <hr>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>NOTAS AL PIE DE P&Aacute;GINA</b></p>     <p><a name="notaa1"></a><a href="#nota1">1.</a> Ponencia presentada en el foro "Identidades, sujetos sociales y pol&iacute;ticas del conocimiento: reflexiones  contempor&aacute;neas", realizado en la Universidad Pontificia Bolivariana, sede Palmira, noviembre 1 al 3 de 2007, e  incluida en la mesa de "G&eacute;nero, feminidades y masculinidades". Algunas de estas ideas se encuentran desarrolladas  en el art&iacute;culo "Identidad sexual, performatividad y abyecci&oacute;n", publicado como un resumen de tesis en el libro  <i>Ejercicios filos&oacute;ficos</i>, editado por la Coordinaci&oacute;n de Postgrados de la Facultad de Humanidades, Universidad del  Valle, agosto de 2007. Agradezco a los profesores Gabriela Castellanos, Delf&iacute;n Grueso y Rodrigo Romero, as&iacute;  como al grupo Praxis, por el apoyo y los aportes hechos a este art&iacute;culo.</p>     <p><a name="notaa2"></a><a href="#nota2">2.</a> V&eacute;ase la revisi&oacute;n que hace Marta Lamas acerca de la importancia que tuvo en su &eacute;poca la separaci&oacute;n entre  sexo y g&eacute;nero para entender el impacto socio-cultural sobre la discriminaci&oacute;n sexual y cuestionar los mitos biol&oacute;gicos de la superioridad del var&oacute;n sobre la mujer, en su texto: "G&eacute;nero e identidad: ensayos sobre lo masculino  y lo femenino", en: Arango, et al (comp), 1995. </p>     <p><a name="notaa3"></a><a href="#nota3">3.</a> Ser&iacute;a importante incluir aqu&iacute; las investigaciones realizadas por Magdalena Le&oacute;n en el campo de la relaci&oacute;n  entre trabajo femenino y patriarcado. </p>     <p><a name="notaa4"></a><a href="#nota4">4.</a> Thomas Laqueur se pregunta tambi&eacute;n si un hombre que pierde el pene por un accidente o una dolencia  f&iacute;sica dejar&iacute;a de ser hombre. La pregunta pasar&iacute;a por necia sino fuera porque se constituye en el contraejemplo  perfecto. Se podr&iacute;a extrapolar esta pregunta al manido tema de los defectos gen&eacute;ticos (s&iacute;ndromes relacionados  con los pares cromos&oacute;micos). Si bien a las personas aquejadas de estos males se les atribuye un g&eacute;nero de manera  arbitraria, no se les puede atribuir un sexo.</p>     <p><a name="notaa5"></a><a href="#nota5">5.</a> Sin embargo, esto es un problema cotidiano para buena parte de las personas homosexuales: un grupo  humano cuestiona la identidad de alguien por no acercarse a los par&aacute;metros establecidos en sociedad y desconf&iacute;a  de sus aseveraciones. No basta sentirse hombre o mujer: se requiere que el grupo (el colectivo, la empresa, el  colegio) d&eacute; su visto bueno.</p>     <p><a name="notaa6"></a><a href="#nota6">6.</a> Evidentemente, el texto del G&eacute;nesis es una prueba palmaria de la similitud entre los cuerpos: la primera  mujer (Eva) fue creada de una costilla de Ad&aacute;n (G&eacute;nesis, 2,21) luego de negarse &eacute;ste a aceptar la compa&ntilde;&iacute;a de  un animal entre todos los de la Creaci&oacute;n. Dios no quer&iacute;a que el primer hombre estuviese solo e hizo a la mujer  para que le prestara ayuda de manera id&oacute;nea. Ad&aacute;n la reconoce, la acepta y la considera "hueso de mis huesos y  carne de mi carne" (Ib&iacute;d. 2,23). Las diferencias entonces no podr&iacute;an ser significativas.</p>     <p><a name="notaa7"></a><a href="#nota7">7.</a> El control social de los excesos a partir del Siglo de las Luces se garantizaba mediante la argumentaci&oacute;n  cient&iacute;fica: el justo medio, la virtud. Ahorrar las poluciones, la libido no es ilimitada, el exceso de uso del cuerpo  acarrea males que degeneran el alma y el esp&iacute;ritu, etc. Las taras epidemiol&oacute;gicas y de salud p&uacute;blica del siglo XIX (la  prostituci&oacute;n y la masturbaci&oacute;n) se deb&iacute;an al exceso de uso de la zona genital. Si Masters y Johnson reencontraron  lo que el siglo XIX ocult&oacute;, fue precisamente porque el silenciamiento de la ciencia de la &eacute;poca cl&aacute;sica quer&iacute;a, a  toda costa, no evitar el disfrute individual, sino detentar el control pol&iacute;tico del goce propio, so pena de que se  obtuviese una enfermedad de f&aacute;cil diagn&oacute;stico social. El ahorro del deseo estaba en pro de la salud.</p>     <p><a name="notaa8"></a><a href="#nota8">8.</a> Por ejemplo, la corriente de la frenolog&iacute;a de Gall determin&oacute; la relaci&oacute;n entre cerebelo y "amatividad" o  capacidad libidinal de la mujer y, adem&aacute;s, fortaleci&oacute; la idea seg&uacute;n la cual &eacute;sta era menor de edad con respecto  al hombre. Para este fin apel&oacute; a una justificaci&oacute;n "cient&iacute;fica": su volumen craneal, el tama&ntilde;o de la frente, etc.,  eran menores, lo que indicar&iacute;a menor inteligencia y aptitud para razonar. Se equiparaba la cantidad f&iacute;sica con  la capacidad intelectual.</p>     <p><a name="notaa9"></a><a href="#nota9">9.</a> Una naturalizaci&oacute;n que con el paso de los a&ntilde;os se ha convertido en su definici&oacute;n, de ah&iacute; que la reivindicaci&oacute;n  de la diversidad sexual que se conoce hoy en d&iacute;a en los pa&iacute;ses de habla inglesa est&eacute; acompa&ntilde;ada de la afirmaci&oacute;n  de orgullo y de solidez: "<i>We're here, we're queer</i>". Como propuesta propia, Butler reconoce que la identidad personal  no ser&iacute;a m&aacute;s que una continua puesta en escena individual que resulta de aquello que los dem&aacute;s han dicho &#8211; y  por tanto, han hecho &#8211; de esa persona.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a name="notaa10"></a><a href="#nota10">10.</a>  La discusi&oacute;n actual sobre si padres en uniones homoparentales pueden educar hijos, se sit&uacute;a precisamente  en el temor de una mayor&iacute;a a "deformar" o a "dar mal ejemplo" a los peque&ntilde;os sobre lo que es un comportamiento sexual socialmente aceptado.</p>   <hr>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="3"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>      <!-- ref --><p>- Althusser, Louis, 1971,<i> Ideolog&iacute;a y aparatos ideol&oacute;gicos de Estado, </i>Bogot&aacute; DC,  Oveja Negra.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463659&pid=S2011-0324200800020000900001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>- Arango, Luz Gabriela, Magdalena Le&oacute;n y Mara Viveros (compiladoras),  1995,<i> G&eacute;nero e identidad. Ensayos sobre lo femenino y lo masculino,</i> Bogot&aacute; DC, Ediciones  Uniandes/Tercer Mundo Editores.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463661&pid=S2011-0324200800020000900002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Bengoechea, Mercedes, 2003, "El concepto de g&eacute;nero en la socioling&uuml;&iacute;stica,  o  de  c&oacute;mo  el  paradigma  de  la  dominaci&oacute;n  femenina  ha  malinterpretado  la  diferencia", en: Tubert, Silvia,<i> Del sexo al g&eacute;nero,</i> Valencia, Ed. C&aacute;tedra e Institut  de la Mujer, 2003.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463663&pid=S2011-0324200800020000900003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Bourdieu, Pierre, 2000, <i>La dominaci&oacute;n masculina</i>, Barcelona, Anagrama.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463665&pid=S2011-0324200800020000900004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Butler, Judith, 1992, "Problema de los g&eacute;neros, teor&iacute;a feminista y discurso  psicoanal&iacute;tico",  en:  Nicholson,  Linda  <i>Feminismo / Postmodernismo.</i> Santiago de  Chile, Isis Internacional.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463667&pid=S2011-0324200800020000900005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Butler, Judith, 1995, "Subjection, Resistance, Resignification: Between  Freud and Foucault", en: Rajchman, John,<i> The question of identity</i>. Londres / NY,  Routledge, 1995.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463669&pid=S2011-0324200800020000900006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Butler, Judith, 1997, <i>The psychic life of power, </i>San Francisco, Stanford UP.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463671&pid=S2011-0324200800020000900007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Butler, Judith, 2001, <i>El g&eacute;nero en disputa,</i> M&eacute;xico DF, Paid&oacute;s &#8211; UNAM.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463673&pid=S2011-0324200800020000900008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Butler, Judith, 2002, <i>Cuerpos que importan, </i>M&eacute;xico DF, Paid&oacute;s.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463675&pid=S2011-0324200800020000900009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Castellanos, Gabriela, 1995 "&iquest;Existe la mujer? G&eacute;nero, lenguaje y cultura",  en: Castellanos, Le&oacute;n y Viveros (compiladoras), <i>G&eacute;nero e identidad. Ensayos sobre  lo femenino y lo masculino</i>, Bogot&aacute; DC, Ed. Uniandes/Tercer Mundo Ed.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463677&pid=S2011-0324200800020000900010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Castellanos, Gabriela, 1994, "Desarrollo del concepto de g&eacute;nero en la teor&iacute;a  feminista", en: Castellanos G. Simone A. y Gloria V. (comp), Discurso, g&eacute;nero y  mujer - Revista<i> La Manzana de la Discordia</i>, Cali, Universidad del Valle, 1994.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463679&pid=S2011-0324200800020000900011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Conway, Jill, Susan Bourque y Scout, Joan, 1998, "El concepto de g&eacute;nero",  en: Navarro y Stimpson,<i> &iquest;Qu&eacute; son los estudios de mujeres?</i>, Buenos Aires, FCE.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463681&pid=S2011-0324200800020000900012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Eribon, Didier, 2000,<i> Reflexiones sobre la cuesti&oacute;n gay</i>, Barcelona, Anagrama&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463683&pid=S2011-0324200800020000900013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>- Foucault, Michel, 1966,<i> Las palabras y las cosas,</i> M&eacute;xico DF, Ed. Siglo XXI.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463684&pid=S2011-0324200800020000900014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>- Foucault, Michel, 1981, <i>Historia de la sexualidad, </i>T. I, M&eacute;xico, Ed. S. XXI.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463686&pid=S2011-0324200800020000900015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>- Freud, Sigmund, 1912, "La organizaci&oacute;n genital infantil", en:<i> Obras completas</i>,  Buenos Aires, Amorrortu Eds. 1990, 24 vols.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463688&pid=S2011-0324200800020000900016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>- Freud, Sigmund, 1925, "Algunas consecuencias ps&iacute;quicas de las diferencias  anat&oacute;micas entre los sexos", en: <i>Obras completas</i>, Buenos Aires, Amorrortu Eds.  1990, 24 vols.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463690&pid=S2011-0324200800020000900017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Freud, Sigmund, 1932, "La feminidad", en:<i> Obras completas, </i>Buenos  Aires,  Amorrortu Eds. 1990, 24 vols.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463692&pid=S2011-0324200800020000900018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- H&eacute;ritier, Fran&ccedil;oise, 1981, "La identidad samo", en: Claude L&egrave;vi-Strauss,<i> La identidad</i>, Barcelona, Petrel, 1981.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463694&pid=S2011-0324200800020000900019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>- Roudinesco, Elisabeth, 2002, <i>La familia en desorden</i>, Bs. As, FCE.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463696&pid=S2011-0324200800020000900020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>      <!-- ref --><p>- Scout, J., 1990, "El g&eacute;nero: una categor&iacute;a &uacute;til para el an&aacute;lisis hist&oacute;rico", en:  Amelang y Nash, <i>Historia y g&eacute;nero, </i>Valencia, Ed. Alfons el Magnanim, 1990.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463698&pid=S2011-0324200800020000900021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>- Stoller, Robert, en: Millet, Kate, 1969, <i>Pol&iacute;tica sexual, </i>Valencia, Ed. C&aacute;tedra  e Institut de la Mujer.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463700&pid=S2011-0324200800020000900022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>- Tannen, Deborah (ed.), 1993,<i> Gender and Conversational Interaction, </i>New York,  Oxford University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463702&pid=S2011-0324200800020000900023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      <!-- ref --><p>- Tubert, S., 2003,<i> Del sexo al g&eacute;nero,</i> Valencia, C&aacute;tedra e Instut de la Mujer.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463704&pid=S2011-0324200800020000900024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>- Vernant, J-P, 1990, "El individuo en la ciudad", en: Veyne, P., <i>Sobre la  identidad</i>, Barcelona, Ed. Ariel.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5463706&pid=S2011-0324200800020000900025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     </font>      ]]></body><back>
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