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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="Verdana">      <p><font size="4" face="Verdana"><b>    <center>Deber general de cuidado</center></b></font></p>     <p><font size="3" face="Verdana"><b>    <center>De legal duty of proper social behavior</center></b></font></p>     <p>    <center>Fernando Guzm&aacute;n<sup>1</sup>, Carlos Alberto Arias<sup>2</sup></center></p>     <p><sup>1</sup> 	M&eacute;dico, cirujano cardiovascular, Hospital Militar Central; miembro de la Asociaci&oacute;n Colombiana de Cirug&iacute;a; magistrado, Tribunal Nacional de &Eacute;tica M&eacute;dica, Bogot&aacute;, D.C., Colombia    <br> <sup>2</sup> 	M&eacute;dico, cirujano cardiovascular, Hospital Militar Central; miembro de la Asociaci&oacute;n Colombiana de Cirug&iacute;a; Bogot&aacute;, D.C., Colombia</p>     <p><b>Correspondencia</b>: Fernando Guzm&aacute;n, MD. Bogot&aacute;, D.C., Colombia.    Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:ferguzmancol@gmail.com">ferguzmancol@gmail.com</a></p>   Fecha de recibido: 16 de noviembre de 2011.  Fecha de aprobaci&oacute;n: 16 de noviembre de 2011. <hr size>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b><i>Palabras clave</i></b>: cirug&iacute;a general; &eacute;tica m&eacute;dica; legislaci&oacute;n m&eacute;dica.</p> <hr size>     <p>La vida en sociedad, por sus conocidas caracter&iacute;sticas, obliga a las personas a lo que se denomina &quot;deber general de cuidado&quot;, para frenar actos y conductas que atenten contra el derecho ajeno. Seg&uacute;n Montealegre, el deber de cuidado se basa en tres aspectos: la ley, la experiencia vital y los juicios comparativos. </p>       <p>En medicina existen varias disposiciones que regulan el ejercicio m&eacute;dico; las m&aacute;s importantes son: </p>       <p>la Ley 14 de 1962, que define el ejercicio de la medicina y la cirug&iacute;a en los t&eacute;rminos antes citados; </p>       <p>la Ley 23 de 1981, o C&oacute;digo Colombiano de &Eacute;tica M&eacute;dica que, a su vez, se encuentra reglamentado por el Decreto 3380 de 1981, y </p>       <p>una multitud de sentencias de las m&aacute;ximas autoridades jur&iacute;dicas del pa&iacute;s, entre las que recientemente destacan la sentencia C-377 de la Corte Constitucional, con la ponencia del profesor Jorge Arango Mej&iacute;a, que el 25 de agosto de 1994, expres&oacute;:</p>       <p>&quot;&#91;...&#93; decir que el ejercicio de la medicina por parte de los emp&iacute;ricos no implica un riesgo social, constituye no solamente un contrasentido evidente, sino la pretensi&oacute;n de aplicar a la profesi&oacute;n m&eacute;dica lo previsto por la Constituci&oacute;n para 'ocupaciones, artes y oficios que no requieren formaci&oacute;n acad&eacute;mica' y cuyo ejercicio &ndash;por lo mismo&ndash; es libre &#91;...&#93;&quot;,</p>       <p>y la que hace referencia a los t&iacute;tulos de idoneidad profesional (Sentencia T-408 de 1992, magistrado ponente: doctor Jos&eacute; Gregorio Hern&aacute;ndez G.):</p>       <p>&quot;&#91;...&#93; la carencia de t&iacute;tulo o la falta de los documentos que acreditan legalmente la idoneidad para ejercer una profesi&oacute;n, facultan &ndash;y aun obligan&ndash; a la autoridad a impedir ese ejercicio para hacer cierta la prevalencia del inter&eacute;s general &#91;...&#93;&quot;.</p>       <p>El fil&oacute;sofo brit&aacute;nico John Locke enunci&oacute; la regla de oro de la moral racional, que habr&iacute;a de incorporarse en el ejercicio m&eacute;dico: &quot;Comp&oacute;rtate como quieras que otro se comporte contigo&quot;. En medicina, el deber de cuidado es permanente. Si bien es cierto que los m&eacute;dicos no pueden garantizar el &eacute;xito de un tratamiento o de una intervenci&oacute;n, deber&aacute;n responder por los da&ntilde;os si se prueba la presencia de uno de los causales de culpa;</p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&quot;&#91;...&#93; Es evidente que en la mayor&iacute;a de las intervenciones quir&uacute;rgicas y los tratamientos m&eacute;dicos existe una cierta incertidumbre en cuanto a sus resultados y un riesgo que puede ocasionar un da&ntilde;o que deber&aacute; soportar el paciente, pues de ellos no puede hacerse responsable a quienes los realicen o lleven a cabo, puesto que mal podr&iacute;a pensarse que ellos est&eacute;n garantizando el riesgo o el &eacute;xito de la intervenci&oacute;n o del tratamiento &#91;...&#93;&quot;. </p>       <p>Pero lo que s&iacute; debe ser cierto y quedar claro es que cuando tales intervenciones o tratamientos no se acomodan a los requisitos de diligencia y cuidado que para el caso y en cada &eacute;poca recomiendan la ciencia de la medicina y el arte de la cirug&iacute;a, es apenas natural que si el juez encuentra en las pruebas aportadas que esos requisitos faltaron y se produjo el da&ntilde;o, debe inferirse que tuvo como causa esa falta de acomodamiento (Consejo de Estado, Expediente 5902, 24 de octubre de 1990. Magistrado ponente: doctor Gustavo de Greiff Restrepo). </p>       <p>El deber de cuidado interno hace referencia a la conciencia de las propias limitaciones y capacidades antes de emprender un acto m&eacute;dico. Y si el avance de la medicina en los &uacute;ltimos a&ntilde;os no ha tenido parang&oacute;n en la historia universal, debemos ser conscientes de la imposibilidad de cubrir todos sus campos especializados por quien simplemente posea un t&iacute;tulo de m&eacute;dico general. Este punto es de suma importancia en nuestro pa&iacute;s: de acuerdo con la ley, el solo hecho de poseer la licencia para ejercer medicina acredita, en teor&iacute;a, para efectuar actos m&eacute;dicos de cualquier tipo en cualquier paciente, lo que, dadas las circunstancias actuales del conocimiento, es absurdo. Esto ha constituido una especie de coraza para que m&eacute;dicos sin experiencia aceptable y sin escuela de ninguna clase, se aventuren en procedimientos que deben ser parte de un entrenamiento formal en hospitales autorizados y con profesores calificados. </p>       <p>Ha cambiado en nuestro medio el significado de lo que es excepci&oacute;n para convertirse en regla general. En las p&aacute;ginas de los peri&oacute;dicos, haciendo gala de la libertad de expresi&oacute;n, se anuncia toda una caterva de charlatanes que ofrecen curas milagrosas y tratamientos infalibles para los males que la ciencia considera hasta hoy como incurables. Son 'especialistas' en hacer milagros y prometen lograr lo que la medicina no ha podido en siglos de trabajo serio; enga&ntilde;an as&iacute; a los incautos, los enredan en una mara&ntilde;a de t&eacute;rminos incomprensibles y luego los despojan de sus recursos econ&oacute;micos.</p>       <p>En muchos casos se trata de m&eacute;dicos graduados que, prevalidos de esta autorizaci&oacute;n general del Estado colombiano, incursionan por caminos 'alternativos' en donde falta el piso firme con que la ciencia ha enladrillado el conocimiento. Por estos terrenos movedizos, muchas personas est&aacute;n hoy andando el poco camino que les queda luego de un desahucio m&eacute;dico. </p>       <p>No es cuesti&oacute;n de descalificar ninguna forma de saber. No se niega la posibilidad de otro conocimiento. No se discute la existencia o efectividad ocasional de dichas formas de sanar. Se defiende el derecho del enfermo de no ser v&iacute;ctima de abuso; se predica la necesidad de una &eacute;tica afincada en el supremo valor de la honestidad m&eacute;dico-cient&iacute;fica, para no vender milagros, para no garantizar resultados, para no decir algo con el fin de conseguir, mientras interiormente se sabe que ese decir es falso e improbable. </p>       <p>El tercer principio de la &eacute;tica m&eacute;dica reza: </p>       <p>&quot;&#91;...&#93; Tanto en la sencilla investigaci&oacute;n cient&iacute;fica &#91;...&#93;, como en la que se lleve a cabo con fines espec&iacute;ficos y prop&oacute;sitos deliberados, por m&aacute;s compleja que ella sea, el m&eacute;dico se ajustar&aacute; a los principios metodol&oacute;gicos y &eacute;ticos que salvaguardan los intereses de la ciencia y los derechos de la persona, protegi&eacute;ndola del sufrimiento y manteniendo inc&oacute;lume su integridad &#91;...&#93;&quot;.</p>       <p>Por esto, la experimentaci&oacute;n que utiliza a estos seres humanos enfermos, ya no puede considerarse iatrog&eacute;nica, sino que invade el campo de la responsabilidad jur&iacute;dica, y el m&eacute;todo debe considerarse experimental, mientras no ofrezca el grado aceptado de certeza o seguridad cient&iacute;fica. </p>       <p>Todos estos novedosos m&eacute;todos para curar que se venden hoy por prensa, radio y televisi&oacute;n al incauto o desesperado enfermo, todav&iacute;a sin control suficiente en las leyes, entra&ntilde;an un abuso por parte de quien los ofrece; y si la persona que lo hace se escuda en un t&iacute;tulo universitario, est&aacute; faltando a este deber de cuidado interno, a esta obligaci&oacute;n de ser consciente de sus capacidades y sus limitaciones, y de obrar de acuerdo con esa conciencia. </p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La &uacute;nica excepci&oacute;n es el estado de necesidad. Si un m&eacute;dico rural se encuentra en una localidad remota sin apoyo de ning&uacute;n tipo, los casos de urgencia que no se puedan remitir los debe atender como pueda, intentando salvar la vida de sus pacientes. Si se comete un error por impericia, la ley debe tener en cuenta las circunstancias en que se cometi&oacute; el error, pues, al fin y al cabo, la salud es responsabilidad directa del Estado, que no puede enviar los especialistas ni los medios de atenci&oacute;n m&iacute;nima a todos los sitios en donde se necesitan y, en un esfuerzo por 'llevar salud' a regiones abandonadas del pa&iacute;s, coloca en esos sitios a m&eacute;dicos reci&eacute;n graduados, sin la suficiente experiencia ni la dotaci&oacute;n necesaria, haci&eacute;ndolos responsables de la salud de comunidades enteras. </p>       <p>Otra cosa es permitir la pr&aacute;ctica de actos m&eacute;dicos complejos o intervenciones quir&uacute;rgicas de alto riesgo en los sitios en donde el beneficio de los especialistas se encuentra presente. Desde este punto de vista, deber&iacute;a prohibirse la pr&aacute;ctica de procedimientos especiales a quienes no hayan sido capacitados para tales efectos. Para decirlo m&aacute;s claramente: el ejercicio m&eacute;dico debe regularse y, salvo estados de necesidad, debe clasificarse por niveles lo que un m&eacute;dico puede o no puede hacer, debe o no debe hacer. </p>       <p>Por lo tanto, el primer paso en la aceptaci&oacute;n de las limitaciones es no irrumpir en campos en los cuales la experiencia no se posee o se ha adquirido sin la norma universitaria de la denominada 'escuela'. </p>       <p>Ya se dijo que la Ley 23 de 1981 menciona la realidad de las especialidades m&eacute;dicas en su art&iacute;culo 7: </p>       <p>&quot;&#91;...&#93; Cuando no se trate de casos de urgencia, el m&eacute;dico podr&aacute; excusarse de asistir a un enfermo o interrumpir la prestaci&oacute;n de sus servicios, en raz&oacute;n de los siguientes motivos: </p>       <p>a. 	que el caso no corresponda a su especialidad,</p>       <p>b. 	que el paciente reciba la atenci&oacute;n de otro profesional que excluya la suya, o</p>       <p>c. 	que el enfermo reh&uacute;se cumplir las indicaciones prescritas &#91;...&#93;&quot;.</p>       <p>El mismo deber de cuidado implica, a su vez, un conocimiento a fondo del paciente, de sus condiciones individuales, de sus circunstancias agravantes y de las mejores opciones terap&eacute;uticas para su enfermedad o dolencia. </p>       <p>En lo que concierne al tiempo que debe invertir en el procedimiento diagn&oacute;stico (Art&iacute;culo 10): </p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&quot;&#91;...&#93; El m&eacute;dico dedicar&aacute; a su paciente el tiempo necesario para hacer una evaluaci&oacute;n adecuada de su salud e indicar los ex&aacute;menes indispensables para precisar el diagn&oacute;stico y prescribir la terap&eacute;utica correspondiente &#91;...&#93;&quot;.</p>       <p>Debe tenerse en cuenta que la consulta m&eacute;dica no se puede realizar contrarreloj o bajo la presi&oacute;n burocr&aacute;tica de una mal entendida eficiencia. Solamente invirtiendo el tiempo necesario en cada enfermo se podr&aacute;n conocer los elementos m&iacute;nimos para diagnosticar, decidir, aconsejar una conducta y pronosticar, sin elucubraciones ni especulaciones que afecten al enfermo en forma injustificada. </p>       <p>&quot;&#91;...&#93; La actitud del m&eacute;dico ante el paciente ser&aacute; siempre de apoyo. Evitar&aacute; todo comentario que despierte su preocupaci&oacute;n y no har&aacute; pron&oacute;sticos de la enfermedad sin las suficientes bases cient&iacute;ficas &#91;...&#93;&quot; (Art&iacute;culo 11).</p>       <p>Adem&aacute;s, solamente podr&aacute; utilizar aquellos m&eacute;todos aceptados por la ley y la lex artis:</p>       <p>&quot;&#91;...&#93; El m&eacute;dico solamente emplear&aacute; los m&eacute;todos diagn&oacute;sticos o terap&eacute;uticos debidamente aceptados por las instituciones cient&iacute;ficas legalmente reconocidas &#91;...&#93;&quot; (Art&iacute;culo 12).</p>       <p>En esto se encuentra impl&iacute;cito un acto de censura contra la denominada 'charlataner&iacute;a', esa conducta an&oacute;mala de aquellas personas que, teniendo el t&iacute;tulo profesional, utilizan m&eacute;todos no ortodoxos o 'secretos' para tratar enfermedades y curarlas en un t&eacute;rmino determinado. </p>       <p>En lo que toca al deber de cuidado externo, los deberes esenciales son evitar acciones peligrosas y ejercer dentro del riesgo previsto. En las llamadas 'actividades peligrosas', el agente debe exonerarse de la presunci&oacute;n de culpa que milita en su contra: quien esgrime un arma blanca realiza una actividad que entra&ntilde;a peligro, en la misma forma en que lo hace quien conduce un veh&iacute;culo. </p>       <p>Por lo tanto, se presume que tuvo la culpa del resultado producido y le corresponde desvirtuar esa culpa presunta, demostrando que el hecho da&ntilde;oso ocurri&oacute; por culpa exclusiva de la v&iacute;ctima, por fuerza mayor o por intervenci&oacute;n de un tercero. </p>       <p>Y, aunque algunos abogados han expresado que la medicina puede incluirse dentro de las actividades clasificadas por la ley como 'peligrosas', consideramos que tales opiniones van en contra del criterio jurisprudencial de nuestras altas cortes, como se mencion&oacute; en el cap&iacute;tulo 1. </p>       <p>El Consejo de Estado ha negado que el ejercicio de la actividad m&eacute;dica constituya una actividad peligrosa:</p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&quot;&#91;...&#93; si bien el ejercicio de la medicina en s&iacute; no puede calificarse como una actividad peligrosa, s&iacute; puede representar un gran riesgo para los pacientes por los imponderables que la rodean, por lo que significa para la integridad f&iacute;sica y mental de las personas usuarias del servicio &#91;...&#93;&quot; (Sala de lo Contencioso Administrativo, Secci&oacute;n III, Agosto 24/92, Magistrado doctor Carlos Betancurt). </p>       <p>Es decir, algunas de sus ejecutorias pueden constituir un peligro para m&eacute;dicos y pacientes. Los primeros, por el riesgo de contaminarse con enfermedades de cualquier tipo, y los segundos, por las lesiones que pueden sufrir en el curso de un tratamiento. Como todo acto m&eacute;dico implica un riesgo, para que este riesgo no sea considerado una agresi&oacute;n, su finalidad debe ser de ayuda al organismo enfermo y debe basarse en ciertas normas: licitud, ejecuci&oacute;n t&iacute;pica, seguimiento de normas cient&iacute;ficas universalmente aceptadas y profesionalismo. </p>       <p>Adem&aacute;s, el riesgo que entra&ntilde;a la intervenci&oacute;n directa sobre el cuerpo de otro debe haber sido calculado con la m&aacute;xima precisi&oacute;n posible, pues el riesgo injustificado (el que no corresponde a las condiciones cl&iacute;nicas del paciente), corre por cuenta del m&eacute;dico: </p>       <p>&quot;&#91;...&#93; El m&eacute;dico no expondr&aacute; a su paciente a riesgos injustificados. Pedir&aacute; su consentimiento para aplicar los tratamientos m&eacute;dicos y quir&uacute;rgicos que considere indispensables y que puedan afectarlo f&iacute;sica o ps&iacute;quicamente, salvo en los casos en que ello no fuere posible, y le explicar&aacute; al paciente o a sus responsables de tales consecuencias anticipadamente &#91;...&#93;&quot; (Ley 23 de 1981, Art&iacute;culo 15).</p>       <p>Se ha dicho que el m&eacute;dico, en la pr&aacute;ctica de su profesi&oacute;n, puede adquirir tres clases de obligaciones: t&eacute;cnicas, &eacute;ticas y legales. El deber de cuidado como obligaci&oacute;n &eacute;tica emana en nuestro medio de la Ley 23 de 1981. </p>       <p>Pero tambi&eacute;n es necesario entender algunos preceptos del derecho que obligan a los m&eacute;dicos a adoptar un comportamiento determinado en relaci&oacute;n con los casos que conocen: la Constituci&oacute;n Nacional nos impone, a todos, el deber ciudadano de &quot;obrar conforme al principio de solidaridad social, respondiendo con acciones humanitarias ante situaciones que pongan en peligro la vida o la salud de las personas&quot; (Art&iacute;culo 95, 2).</p>       <p>En el derecho civil se predica el deber de ejecutar los contratos con buena fe y &quot;&#91;...&#93; por consiguiente, obligan no s&oacute;lo a lo que en ellos se expresa, sino a todas las cosas que emanan precisamente de la naturaleza de la obligaci&oacute;n, o que por ley pertenecen a ella&quot; (Art&iacute;culo 1603 del C&oacute;digo Civil Colombiano). Este principio regula toda la actividad m&eacute;dica contractual. Extracontractualmente tambi&eacute;n se impone el deber de obrar con diligencia y cuidado; quien ocasione un da&ntilde;o derivado de su comportamiento, est&aacute; obligado a repararlo (Art&iacute;culo 2341 del C&oacute;digo Civil Colombiano). El derecho penal ha prescrito: &quot;cuando se tiene el deber jur&iacute;dico de impedir el resultado, no evitarlo, pudiendo hacerlo, equivale a producirlo&quot; (Art&iacute;culo 21 del C&oacute;digo Penal Colombiano).</p>       <p>Son, pues, estas normas de nuestro derecho positivo, muy orientadoras en el momento de estudiar una determinada conducta m&eacute;dica para establecer, a la luz que ellas arrojan, si hay o no obligaci&oacute;n legal de responder por el da&ntilde;o que un paciente ha sufrido. Por ejemplo, el deber de cuidado impuesto por la &eacute;tica, transmuta en un deber jur&iacute;dico de indemnizar el da&ntilde;o producido e, incluso, la obligaci&oacute;n de pagar una pena por la conducta omisiva que en dicho mal degenere. </p>       <p>Sin embargo, como se ha insistido, las responsabilidades tanto civil como penal, no sobrevendr&aacute;n sino luego de una clara demostraci&oacute;n judicial del comportamiento m&eacute;dico ilegal. Concretamente, hablando del deber de cuidado, es preciso establecer la culpa del profesional a cuyo cargo se encontraba el paciente. </p>       <p>En el &aacute;mbito penal debe distinguirse entre el deber general de cuidado y el espec&iacute;fico deber de garant&iacute;a que el m&eacute;dico adquiere en determinados casos, porque el precepto 21 del C&oacute;digo Penal, arriba citado, no aplica sino en aquellos casos en que, como lo ha sistematizado Jorge Baumann, esta conducta concreta se ha comprometido por mandato de la ley, por el negocio jur&iacute;dico, por una relaci&oacute;n precedente o por una relaci&oacute;n concreta de vida. </p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Un padre tiene, por disposici&oacute;n de la ley, la posici&oacute;n de garante de la vida y la salud de su hijo; es claro. No lo es tanto, por el contrario, el caso de un m&eacute;dico respecto del paciente con quien se ha contratado un tratamiento o una operaci&oacute;n concreta. </p>       <p>En estos eventos tendr&aacute; que actuar para impedir el resultado da&ntilde;oso que puede derivarse de esa precisa actividad contratada, sin perderse de vista, eso s&iacute;, que esa actividad es, por regla general, 'de medio' y no 'de resultado'. Otro da&ntilde;o que el paciente pueda sufrir pero que no est&eacute; espec&iacute;ficamente cubierto por la actividad m&eacute;dica contratada, no puede imputarse al m&eacute;dico como falta a su deber de garant&iacute;a. </p>       <p>Raz&oacute;n tiene el doctor Carlos M. Arrubla cuando concluye que, de manera general, el Art&iacute;culo 45 del Decreto 522 de 1971 (C&oacute;digo Nacional de Polic&iacute;a), sanciona la falta de atenci&oacute;n a un particular con quien no se tiene, ni contractual ni legalmente, el deber de garant&iacute;a. Es una sanci&oacute;n menor (pena de arresto), pero sanci&oacute;n, al fin y al cabo. </p>       <p>Dice la mencionada norma:</p>       <p>&quot;&#91;...&#93; el que omita prestar ayuda a persona herida o en peligro de muerte o de grave da&ntilde;o a su integridad personal, incurrir&aacute; en arresto de uno a seis meses. Si de la falta de auxilio se siguiere la muerte, la sanci&oacute;n se aumentar&aacute; hasta en la mitad. Si el contraventor es m&eacute;dico, farmac&eacute;utico o practicante de la medicina, o agente de la autoridad, la pena se aumentar&aacute; en otro tanto &#91;...&#93;&quot;.</p>       <p>De esta manera, volvemos a encontrar en la normatividad m&aacute;s simple, como es el C&oacute;digo de Polic&iacute;a, repetido el mismo llamado a la solidaridad ciudadana hecho ya desde la encumbrada Norma 95,2 de la Constituci&oacute;n. </p>       <p><font size="3" face="Verdana"><b>Deber de cuidado y medicina defensiva</b></font></p>       <p>La 'medicina defensiva', se define como una alteraci&oacute;n en la forma de pr&aacute;ctica m&eacute;dica, inducida por amenaza o posibilidad de demanda, que intenta prevenirse de las quejas de los particulares, dejando bases de defensa en casos de una acci&oacute;n legal. Esta medicina defensiva lleva a dos consecuencias: el aumento de los costos de la atenci&oacute;n por el incremento en la solicitud de ex&aacute;menes de laboratorio e interconsultas, y la negativa de los m&eacute;dicos a involucrarse en procedimientos que impliquen alto riesgo. Los efectos que esta pr&aacute;ctica tiene sobre los costos generales del sistema de salud son muy graves. </p>       <p>En este pa&iacute;s, que repite la historia de los Estados Unidos con un retraso de 20 a 30 a&ntilde;os, estamos a punto de presenciar la serie de fen&oacute;menos econ&oacute;micos anteriormente descritos. La aparici&oacute;n de las demandas m&eacute;dicas ya ha llevado a ejercer una medicina defensiva, con un mayor deterioro de la relaci&oacute;n m&eacute;dico-paciente y el af&aacute;n de protecci&oacute;n profesional que tiene que ampararse en una serie de ex&aacute;menes complementarios que confirmen las impresiones cl&iacute;nicas. </p>       <p>Una forma de balancear esta medicina defensiva es apoyarse en el concepto de otros colegas, situaci&oacute;n contemplada en la Ley 23 de 1981 (Art&iacute;culo 19): </p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&quot;&#91;...&#93; Cuando la evoluci&oacute;n de la enfermedad as&iacute; lo requiera, el m&eacute;dico tratante podr&aacute; solicitar el concurso de otros colegas en junta m&eacute;dica, con el objeto de discutir el caso del paciente confiado a su asistencia. Los integrantes de la junta m&eacute;dica ser&aacute;n escogidos, de com&uacute;n acuerdo, por los responsables del enfermo y el m&eacute;dico tratante &#91;...&#93;&quot;.</p>       <p>Hace ya mucho tiempo se ha advertido sobre el deber que todos tenemos de enmarcar nuestra conducta dentro de los requisitos que socialmente se han establecido. Es lo que se ha dado en llamar la 'adecuaci&oacute;n social' para explicar que, cuando una persona obra dentro de estos l&iacute;mites de lo socialmente aceptado, puede estar tranquila porque su conducta es penalmente at&iacute;pica; porque no debe responder por estos actos que la sociedad ha estimado leg&iacute;timos. Desde ese entonces, el injusto penal o la responsabilidad civil han mirado, para calificar una conducta, las reglas que la sociedad impone en un sistema de convivencia pac&iacute;fica, solidaria y participativa. </p>       <p>En nuestros d&iacute;as el ejercicio m&eacute;dico es m&aacute;s complicado que hace unos a&ntilde;os. Los particulares han tomado conciencia de que el acto m&eacute;dico ha podido entra&ntilde;ar culpa o descuido y no se acepta, como antes, que el da&ntilde;o siempre sobreven&iacute;a por 'designio superior', fatalmente ocurrido a pesar de la impoluta actividad de un galeno a quien se miraba como a un semidi&oacute;s. Ahora la actitud hacia la medicina ha cambiado, y la tecnificaci&oacute;n ha llevado a pensar que el m&eacute;dico siempre tiene la facultad de curar y, en consecuencia, siempre tiene la responsabilidad ante el fracaso. Ahora, el mismo Estado ha asumido el deber de protecci&oacute;n y garant&iacute;a de los derechos de sus asociados y para velar efectivamente por su bienestar se ha hecho cargo de reparar el perjuicio sin mirar ya el concepto de culpa, sino el de da&ntilde;o causado que el particular no est&eacute; en obligaci&oacute;n de soportar. Ahora, cuando las compa&ntilde;&iacute;as de seguros amparan todos los riesgos y garantizan al paciente la entrega de jugosas cantidades de dinero en caso de un siniestro, ahora es la hora del infortunio, de la intranquilidad y el miedo para los profesionales de la salud. </p>       <p>Esa ciencia maravillosa y ese Estado garantizador son los muros que aprisionan al m&eacute;dico y lo impostan como parte suya, oblig&aacute;ndole a producir resultados y a indemnizar da&ntilde;os, olvidando que el m&eacute;dico es persona y que, como tal, tiene conciencia y voluntad, y que, en consecuencia, su comportamiento ser&aacute; responsable &uacute;nicamente cuando proceda con culpabilidad; cuando obre contra los dictados de lo socialmente permitido o aceptado, cuando sobrepase imprudente o negligentemente las barreras del 'riesgo permitido'. </p>       <p>Existe un deber de cuidado, como se ha dicho, porque vivimos en sociedad y es preciso que cada ciudadano, al entrar en contacto con otro, lo haga teniendo presente que es un ser humano digno de respeto y de un trato cuidadoso; porque no es ni social ni jur&iacute;dicamente aceptable que alguien pueda inferir da&ntilde;o a otro sin una raz&oacute;n que justifique esta manera de comportarse. Porque somos iguales como personas y, por lo tanto, merecemos que nos traten con consideraci&oacute;n buscando siempre nuestro bien. </p>       <p><font size="3" face="Verdana"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>       <!-- ref --><p>1. Guzm&aacute;n F. Demandas m&eacute;dicas en Colombia: repitiendo la historia de los EE. UU. Actualizaciones Pedi&aacute;tricas FSFB. 1994;4:52-7.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000079&pid=S2011-7582201200040000400001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>       <!-- ref --><p>2. Guzm&aacute;n F, Franco E, Arr&aacute;zola F. El deber de cuidado en medicina. Rev Col Cir. 1996;11:194-202.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000081&pid=S2011-7582201200040000400002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>3. Molina C. Responsabilidad penal en el ejercicio de la actividad m&eacute;dica. Medell&iacute;n: Biblioteca Jur&iacute;dica Dike; 1998. p. 34.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000083&pid=S2011-7582201200040000400003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>       <!-- ref --><p>4. McLellan F. Medical malpractice. Law, tactics, and ethics. Philadelphia: Temple University Press; 1994. p. 31.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000085&pid=S2011-7582201200040000400004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>       <!-- ref --><p>5. Guzm&aacute;n F, Franco E, Arr&aacute;zola F. El deber de cuidado de los profesionales de la salud. Revista Colombiana de Responsabilidad M&eacute;dico-Legal. 1997;3:21-30.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S2011-7582201200040000400005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>       <!-- ref --><p>6. Belli M. For your malpractice defense. New York: Medical Economic Books; 1989. p. 88.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S2011-7582201200040000400006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>       <!-- ref --><p>7. Tamayo J, Mart&iacute;nez G, Casta&ntilde;o P, Ghersi C, Vasquez R. Responsabilidad civil m&eacute;dica en los servicios de salud. Medell&iacute;n: Biblioteca Jur&iacute;dica Dike; 1993. p. 162.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000091&pid=S2011-7582201200040000400007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>8. Duque J. Del da&ntilde;o. Medell&iacute;n: Editora Jur&iacute;dica de Colombia; 2001. p. 388.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000093&pid=S2011-7582201200040000400008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>       <!-- ref --><p>9. Meirelles J. Error m&eacute;dico. Montevideo: Editorial B. de F.; 2002. p. 138.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000095&pid=S2011-7582201200040000400009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>       <!-- ref --><p>10. Gifford A. El m&eacute;dico y su responsabilidad. Bogot&aacute;: Editorial Temis; 1993. p. 46.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000097&pid=S2011-7582201200040000400010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p> </font>       ]]></body><back>
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