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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[In this article is presented a reflection about the psychotherapeutic process, in which the speech is influenced by time and specific space that create a conversational frontier. This speech refers the daily living and suffering experiences and is important to consider the kinds of relations we make and also the comprehensive capabilities each one have, in order to understand the ways in which is articulated the individual existence as well as others existence in the suffering construction. For this purpose it's necessary listening the voices from others that are also habitants inside ourselves and the interpersonal relations builded with others, the relations between groups and the systems that are supporting them.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="verdana">     <p>    <center><b><font size="4">Inteligibilidad relacional</font></b></center></p>     <p>    <center><b><font size="3">Relational Intelligibility.</font></b></center></p>     <p>Jos&eacute; Antonio Garciand&iacute;a Imaz<sup>1</sup></p>     <p><sup>1</sup> M&eacute;dico psiquiatra, profesor del Departamento de Psiquiatr&iacute;a y del Departamento de   Medicina Preventiva y Social, Facultad de Medicina, Pontificia Universidad Javeriana, Bogot&aacute;. Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:jose_garciandia@hotmail.com">jose_garciandia@hotmail.com</a></p> <hr size="1">     <p><b>Resumen</b></p>     <p>En este art&iacute;culo se presenta una reflexi&oacute;n sobre el proceso de la psicoterapia. Al ser &eacute;sta un   fen&oacute;meno relacional que sucede en un espacio y tiempo de frontera conversacional, que   aborda la vida cotidiana y la experiencia del padecimiento, es importante considerar las   relaciones y la provisi&oacute;n de inteligibilidades que aportan para comprender c&oacute;mo se articula   la existencia del individuo y los otros en la construcci&oacute;n del sufrimiento. Para ello se hace   necesario escuchar las voces de los otros que nos habitan, tener en cuenta las relaciones   que construimos en conjunto con otros, las relaciones entre grupos de los que formamos parte y los sistemas que nos cobijan.</p>     <p><b>Palabras clave</b>: inteligibilidad, relaci&oacute;n, mente, terapia, l&iacute;mite, frontera, conversaci&oacute;n.</p> <hr size="1">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Abstract</b></p>     <p>In this article is presented a reflection about the psychotherapeutic process, in which the   speech is influenced by time and specific space that create a conversational frontier. This   speech refers the daily living and suffering experiences and is important to consider the   kinds of relations we make and also the comprehensive capabilities each one have, in order   to understand the ways in which is articulated the individual existence as well as others   existence in the suffering construction. For this purpose it&rsquo;s necessary listening the voices   from others that are also habitants inside ourselves and the interpersonal relations builded with others, the relations between groups and the systems that are supporting them.</p>     <p><b>Key words</b>: psychotherapy, mental sufferings, interpersonal influences.</p> <hr size="1">     <p>El fil&oacute;sofo &aacute;rabe Al-Razi, nacido   en Bagdad en el siglo IX (m. 935),   en su libro La conducta virtuosa del   fil&oacute;sofo, dedica un peque&ntilde;o cap&iacute;tulo   a la necesidad del reconocimiento   de los propios defectos, como camino   hacia el dominio de las pasiones, y ante la dificultad que los individuos tienen para observarse y conocerse, dice, se necesita:</p>     <p>    <center>Apoyarse en un hombre inteligente,   que le est&eacute; muy obligado a uno, y   convivir con &eacute;l, a fin de pedirle, rogarle   y conminarle a que le informe   de todos los defectos que observe,   haci&eacute;ndole saber que esto es lo   mejor y lo m&aacute;s positivo, y que por   ello se le colmar&aacute; de favores y ser&aacute;   grande el agradecimiento. Se le pedir&aacute;   que no tenga reparos, ni trate   de lisonjear, y se le har&aacute; saber que   si es indulgente o negligente en   esto, est&aacute; perjudicando y enga&ntilde;ando   y se har&aacute; merecedor &eacute;l, a su vez, de censura. (1)</center></p>     <p>Este comentario muestra inter&eacute;s   en el proceso de perfeccionamiento   del individuo y en c&oacute;mo es   preciso llevarlo a cabo con la ayuda   de otros, en un contexto relacional   que, adem&aacute;s, incluye &ldquo;indagar y averiguar   lo que dicen los vecinos, amigos   y gentes con las que tiene trato,   qu&eacute; es lo que alaban y censuran. Al   hombre que con esta intenci&oacute;n sigue   esta conducta apenas se oculta   ninguno de sus defectos, por m&iacute;nimo   y escondido que est&eacute;&rdquo; (1). Estas   prescripciones recuerdan los oficios   de los bufones &mdash;generalmente personajes   con alg&uacute;n defecto f&iacute;sico notorio   para todos&mdash; en las cortes de   los reyes medievales, quienes, entre   otras cosas, pod&iacute;an decir al monarca   todo lo que pensaban de lo que   dec&iacute;a, hac&iacute;a o mostraba sin el riesgo   de ser castigados. Son los precursores de lo que hoy llamamos psicoterapia.</p>     <p>Nos hacemos en relaciones. As&iacute;,   la literatura psicoanal&iacute;tica, desde   Freud, Klein, Bion, Winnicot, Bowlbi   hasta Lacan, muestra la trascendencia   de lo relacional como aspecto   b&aacute;sico en la construcci&oacute;n del individuo.   Sin embargo, a partir de los   planteamientos sist&eacute;micos se ha   abordado con mayor ah&iacute;nco esta   relaci&oacute;n como objeto de observaci&oacute;n   para el ejercicio de la psicoterapia.   El inter&eacute;s de este art&iacute;culo reside en   la necesidad de elaborar una reflexi&oacute;n   sobre inteligibilidad relacional   para una m&aacute;s precisa comprensi&oacute;n de la relaci&oacute;n terap&eacute;utica.</p>     <p><b>La psicoterapia, un fen&oacute;meno relacional</b></p>     <p>Cuando las personas acuden en   busca de ayuda a la consulta de un   profesional de la salud mental, van   con la esperanza de hallar soluciones   o respuestas a sus dificultades en   un &aacute;mbito relacional. Esperan que   del v&iacute;nculo que se crea con el psicoterapeuta   emerja el fen&oacute;meno que les   permitir&aacute; generar cambios en sus vidas,   bien con aportes farmacol&oacute;gicos   o de otro tipo. Sin embargo, existe   una cierta banalizaci&oacute;n del fen&oacute;meno   de la psicoterapia, que ha propiciado   en los &uacute;ltimos tiempos reticencia   en algunos ambientes de la salud   mental, que la desprecian como acci&oacute;n terap&eacute;utica o la catalogan como aspecto menor del trabajo de un profesional de la salud mental.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La cada vez mayor trascendencia   de lo social en el origen e involucramiento   de los s&iacute;ntomas, disfunciones   y los padecimientos en general   del ser humano ha suscitado un   torrente de estudios al respecto y, a   su vez, actitudes defensivas con los   abordajes en los que se ponen el relieve   en el valor terap&eacute;utico de lo relacional.   La funci&oacute;n, o si se quiere la   misi&oacute;n de la psicoterapia, lejos de ser   parca, trivial o poco significativa,   necesita un an&aacute;lisis que responda   con acierto a las cr&iacute;ticas, por cierto   elocuentes que se le hacen, cuando   se hace hincapi&eacute; en los aspectos relacionales de los padecimientos.</p>     <p>No es extra&ntilde;o que los padecimientos   tengan un car&aacute;cter relacional,   puesto que la fisiolog&iacute;a de un   ser humano no termina en la piel,   sino que contin&uacute;a en la piel del otro.   Las patolog&iacute;as psicosom&aacute;ticas, las   propiamente mentales, los conflictos   de pareja, las disfunciones familiares   y sociales se inscriben en ese   principio de conectividad que rige   el universo. Desde Hermes Trismegisto,   en la m&aacute;s remota antig&uuml;edad,   tal principio ha atravesado el conocimiento   humano como principio   epistemol&oacute;gico, hasta inscribirse en   la actualidad como uno de los pilares   de lo que se conoce como pensamiento   complejo; pero el car&aacute;cter   relacional de los fen&oacute;menos humanos   requiere una inteligibilidad que   no se limite a lo individual, sino que   comience por el hecho anotado por   Bateson (2): la mente es un proceso   y, como tal, un fen&oacute;meno relacional   agregado, es decir, una emergencia   de partes interactuantes en un todo,   cuyo desencadenamiento es consecuencia   de la diferencia (acontecimiento   relacional por antonomasia) entre las partes interactuantes.</p>     <p>Tal proceso requiere energ&iacute;a   colateral (la proveniente del mundo   externo al organismo y la que se produce   por la interacci&oacute;n de las partes)   y est&aacute; inscrito en cadenas causales   circulares, que constituyen el   contexto y tienen la particularidad   de codificar las diferencias como   trasformas. &Eacute;stos, a su vez, se   constituyen en una jerarqu&iacute;a de tipos   l&oacute;gicos, sometidos a interpretaci&oacute;n   en funci&oacute;n del contexto. Esos trasformas   o representaciones elevan las   diferencias a la calidad de s&iacute;mbolos   y pueden as&iacute; acceder a la conciencia,   para formar parte del ejercicio   de la reflexi&oacute;n, que no es sino un di&aacute;logo con el mundo incorporado.</p>     <p>Desde una perspectiva construccionista,   todo lo que est&aacute; dotado   de significado y posee alg&uacute;n sentido   para los part&iacute;cipes sociales surge   como emergencia y adquiere una   dimensi&oacute;n de inteligibilidad en las   relaciones. Estamos habituados a   pensar que los significados, los   sentidos y los matices est&aacute;n en la   mente de las personas, en un espacio individual interior no definido que ha generado varias met&aacute;foras para ubicarlo. No obstante, el significado emerge y est&aacute; en la actividad en conjunto de las relaciones, es un derivado de &eacute;stas, sobre todo de los procesos de socializaci&oacute;n primaria con los padres, la familia nuclear y extensa, que definen inevitablemente nuestra condici&oacute;n humana, y de la socializaci&oacute;n secundaria, que promueve el desarrollo de roles en la relaci&oacute;n con los pares y los contextos social, cultural y pol&iacute;tico (3).</p>     <p>La construcci&oacute;n de significados   en el ser humano est&aacute; atravesada por   m&uacute;ltiples dimensiones que ti&ntilde;en su   cotidianeidad durante toda su existencia   y se articulan como una noci&oacute;n   din&aacute;mica y flexible. Sometidos   como estamos a las influencias de   m&uacute;ltiples dimensiones, mediante procesos   de interiorizaci&oacute;n, objetivaci&oacute;n   y exteriorizaci&oacute;n, va constituy&eacute;ndose el proceso de nuestra identidad.</p>     <p>Existe una responsabilidad relacional   (4) en el hecho de c&oacute;mo establecemos   y mantenemos nuestras   interacciones con los otros, lo cual   imprime un grado de autonom&iacute;a en   los individuos para decidir con   quien o quienes intercambiar acciones,   emociones, percepciones y conversaciones.   En este sentido, la responsabilidad   de relacionarse es un   aspecto que excede el campo de   nuestra interioridad. Se inscribe   como una intenci&oacute;n que busca ser   compartida en el deseo de establecer   ciertas condiciones, las necesarias   para permitir articularnos en la coconstrucci&oacute;n   de los significados, los   sentidos, los matices, la moralidad   y la &eacute;tica. Por ello la responsabilidad   relacional, m&aacute;s all&aacute; de los procesos   de socializaci&oacute;n, generalmente contenedores   de nuestra inicial indiferenciaci&oacute;n   de significados, promueve e incrementa:</p>     <p>    <center>Las formas de intercambio (interacciones)   a partir de las cuales se   torna posible una acci&oacute;n significativa.   Si el significado humano es   generado por nuestra participaci&oacute;n   en las relaciones, ser responsable   hacia los procesos relacionales implica   favorecer la posibilidad del   significado mismo, de poseer un self,   valores y sentido del propio valor.   El aislamiento constituye la negaci&oacute;n de lo humano en nosotros. (5)</center></p>     <p>Por ello cuando abordamos los   padecimientos de las personas desde   una perspectiva relacional, &eacute;stos exceden   los l&iacute;mites de su corporalidad,   para inscribirse en un espacio entre   el yo y los otros, y ya no les pertenecen   en exclusividad. Los padecimientos   ya no son de tal o cual persona   que los sufre, sino que aparecen   en ellas como el espacio prestado a   un contexto relacional que est&aacute; involucrado   en su surgimiento (6). Esto   implica realizar un salto cualitativo   en el proceso de observaci&oacute;n, es decir,   se produce un desplazamiento desde   el inter&eacute;s por lo que acontece en el   &lsquo;interior&rsquo; de las personas hacia lo que sucede &lsquo;entre&rsquo; las personas. Se abre as&iacute; el debate sobre la ubicaci&oacute;n de los s&iacute;ntomas y los padecimientos que los desplaza &mdash;desde el interior del cuerpo y la mente&mdash; hacia el padecimiento como confluencia entre lo interior y lo exterior, hacia su ubicaci&oacute;n en el l&iacute;mite y frontera, aspecto m&aacute;s frecuente en las patolog&iacute;as psicosom&aacute;ticas, en las que los s&iacute;ntomas fisiol&oacute;gicos conviven con los s&iacute;ntomas psicol&oacute;gico-relacionales.</p>     <p>Si toma importancia lo que acaece   entre una piel y otra, adquiere una   mayor trascendencia el sentido de lo   com&uacute;n. Se concede una m&aacute;s extensa   y generosa significaci&oacute;n social (familiar,   &eacute;tnica, cultural y pol&iacute;tica) a   nuestras acciones, as&iacute; sean de un   orden elemental o complejo. Se dilatan,   amplifican, ensanchan y abundan   las posibilidades discursivas de   comprensi&oacute;n de los padecimientos,   alrededor del compromiso impl&iacute;cito   en lo relacional. Al adentrarnos en   una inteligibilidad relacional, se produce   una gran apertura al contacto   con mundos sociales posibles que   nos liberar&aacute;n de algunas limitaciones   de las tradiciones individualistas   del abordaje de los padecimientos.   Se abren y propician nuevas y m&aacute;s   gruesas narrativas, las cuales permiten   mirar hacia el pasado como trasudado de relaciones:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>    <center>El pasado se recuerda en el presente   dentro de la relaci&oacute;n que establecemos   con nosotros mismos, con   nuestras fantas&iacute;as, con nuestro   mundo interior, y en la relaci&oacute;n con   los dem&aacute;s. De esta forma, las interacciones   microsociales y macrosociales   pueden cambiar la visi&oacute;n del   pasado a diferentes niveles (individual,   social, incluso cultural): la   memoria hist&oacute;rica no es m&aacute;s que   una interpretaci&oacute;n del pasado compartida   por la mayor parte de los   que pertenecen a una cultura, es   decir, la creaci&oacute;n por consenso m&aacute;s vasta posible. (7)</center></p>     <p>Cuando pensamos en nuestras   vidas, en lo que fueron, son y deseamos   que sean, podemos hacer balances   que nos facilitan tomar decisiones   coherentes con nuestra autonom&iacute;a,   as&iacute; estemos inmersos en situaciones   dif&iacute;ciles. No obstante, los pacientes o   quienes padecen tienen afectada su   existencia en alg&uacute;n orden temporal,   o bien el pasado invade sus existencias,   o bien el presente es atormentador   o bien el futuro adquiere una   dimensi&oacute;n amenazante o imposible.   No pueden atenderse a s&iacute; mismos, por   ello buscan la ayuda de alguien que   los pueda atender (tender hacia),   acercarse a ellos. La b&uacute;squeda de   cuidados a partir de la relaci&oacute;n con   otro es la esencia de la psicoterapia,   ser cuidado u objeto de cuidados es   el deseo de todo aquel que quiere una terapia.</p>     <p>En algunas regiones de Latinoam&eacute;rica   (como en la zona cafetera   colombiana) la palabra cuido se   refiere a la pastura seca utilizada   para alimentar el ganado. En Espa&ntilde;a, a esa misma pastura seca para el alimento de los animales se le dice pienso (8), darles el pienso a las vacas es darles el alimento. Pienso y cuido tienen un car&aacute;cter de solicitud y atenci&oacute;n hacia otro, expresan un cuidado alimenticio y relacional. En castellano arcaico, pienso del verbo pensar ten&iacute;a el significado de cuidar (9), un aspecto netamente relacional. As&iacute;, el pensar se hace como cuidado con relaci&oacute;n a otro, por &eacute;ste y para &eacute;ste. Desde la teor&iacute;a psicoanal&iacute;tica, Bion (10) desarroll&oacute; en sus escritos el valor de la relaci&oacute;n entre pensar y cuidar, por ejemplo, cuando habla de la funci&oacute;n alfa de la madre y el reverie, al interactuar con los elementos beta (angustiosos e incomprensibles) del beb&eacute;, se da la funci&oacute;n nutricia y tambi&eacute;n de pensamiento, al tiempo. Pensar es un fen&oacute;meno relacional, est&aacute; en la esencia misma del proceso terap&eacute;utico y a ello van las personas con padecimientos, a pensar, porque los padecimientos dificultan pensar, a&iacute;slan del mundo, retrotraen al individuo a los l&iacute;mites de s&iacute; mismo y lo encierran en su propia prisi&oacute;n de incomprensiones. El acto terap&eacute;utico, como ejercicio de pensamiento, se articula en la vida de las personas que padecen, como el v&iacute;nculo con el mundo y consigo mismo a trav&eacute;s de otro.</p>     <p><b>L&iacute;mites y terapia</b></p>     <p>No podemos negar los logros y   avances de la tradici&oacute;n individualista   en el &aacute;mbito de la psicoterapia.   La idea de una &uacute;nica fuente originaria   de los pensamientos, acciones,   percepciones, congregadas alrededor   de la conciencia individual y el self,   abre un espacio interior en el que se   albergan los registros de nuestras   experiencias. Esto ha favorecido cierto   tipo de entendimientos de la condici&oacute;n   humana y de los padecimientos.   La educaci&oacute;n, el &eacute;xito, las compensaciones,   los castigos favorecen   la responsabilidad individual. Por   ello la conciencia individual es alimentada   como la idea central, fuente   del bien y del mal. Somos individualmente   responsables, respondemos   por nuestros actos, pero &iquest;ante   qui&eacute;n?, siempre hay otro, de lo contrario   para qu&eacute; la responsabilidad.   Solos y aislados, sin otros, &iquest;cu&aacute;l   puede ser el sentido de responsabilidad?   Somos individualidad en contraste   y relaci&oacute;n con otros, nuestra   identidad y autonom&iacute;a se dibuja   y delimita en el trasfondo de los otros.</p>     <p>La idea de una mente interior   como expresi&oacute;n de una conciencia   independiente ha sido una concepci&oacute;n   occidental ubicable en la historia.   Otras culturas resaltan la prioridad   de la unidad con el todo, frente   a la conciencia individual como una   existencia independiente. Lo cierto   es que las personas no pueden generar   significados solos, desde el momento   en que nacen est&aacute;n sumidas   en un magma de significaciones imposibles de eludir, sin que dejen alg&uacute;n vestigio con influencia sobre su afrontamiento de la vida. Los otros est&aacute;n presentes en cada paso, en cada decisi&oacute;n, en cada experiencia. Incluso el concepto de personalidad, tan caro en estos d&iacute;as, no puede sustraerse a la presencia de los otros, la persona ( per- sono, el que suena por s&iacute; mismo), en realidad, es un resonador donde muchos otros suenan y resuenan, un fractal que repite una y otra vez a los otros en s&iacute; mismo.</p>     <p>Sin embargo, seguimos movi&eacute;ndonos   en discursos individualistas   donde, por ejemplo, las concepciones   sobre el &eacute;xito de vivir (ganar o   perder) tienen en cuenta a los otros   tangencialmente, seg&uacute;n favorezcan   o entorpezcan nuestros deseos, intereses   y valores. Por ello, las relaciones   parecen tener cada vez m&aacute;s un   tinte artificioso, dejan paso a lo circunstancial   para desechar lo genuino,   y ello supedita su trascendencia   a las necesidades que &eacute;stas puedan satisfacer.</p>     <p>No tiene sentido mantener relaciones   si no tienen alg&uacute;n tipo de   utilidad para responder satisfactoriamente   a la pregunta &iquest;qu&eacute; es lo   que me conviene a m&iacute;? Con esta   premisa no son de esperar los efectos   a los que conduce, poca tendencia   a la cooperaci&oacute;n, exacerbaci&oacute;n   del sentido competitivo, necesidad   de convertirse en l&iacute;der o de tener   &eacute;xito o, por el contrario, se corre el   riesgo de ser poco adaptativo. De   hecho, cada vez hay m&aacute;s psic&oacute;patas,   un padecimiento con un fuerte tinte   relacional (11), en el que los individuos   buscan con sus actos crueles   llamar la atenci&oacute;n de los dem&aacute;s, ser   exitosos aunque sea por un momento.   Surge la pregunta de si esos significados   atribuidos al &eacute;xito han   sido gestados en la soledad de sus   mentes &lsquo;perversas&rsquo;. Lo cierto es que   nadie puede crear significado solo,   es claro que con anterioridad ha   incorporado (expl&iacute;cita, impl&iacute;cita,   t&aacute;citamente o, si se quiere, inconscientemente)   las inteligibilidades   que sobrenadan en el contexto de la comunidad a la que pertenece.</p>     <p>Nos hemos acostumbrado, y   nuestra formaci&oacute;n psiqui&aacute;trica hace   hincapi&eacute; en ello, a situar el origen y   la fuente de los padecimientos (patolog&iacute;as,   violencia, estulticia, injusticia,   corrupci&oacute;n, deshonestidad,   etc.) en la mente individual, as&iacute; los   individuos act&uacute;en colectivamente.   La responsabilidad es individual,   cada cual debe responder por sus   actos. No obstante, los actos nunca   se dan sin conexiones con otros, entonces &iquest;c&oacute;mo entender la responsabilidad?</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La responsabilidad, responder   ante otro (interior o externo), puede   abordarse de forma diferente. Si los   actos del individuo son indicios de   que un &lsquo;observador&rsquo; ha de valorar,   &eacute;ste nada tiene que asumir de los   actos de aquel que los cometi&oacute; (desde un delirio a una alucinaci&oacute;n o la ansiedad, la angustia), pues su actitud es la de mirar a distancia el objeto y el efecto de &eacute;ste sobre el observador es m&iacute;nimo, porque se mira desde afuera. Si se es &lsquo;part&iacute;cipe&rsquo; de las situaciones, m&aacute;s all&aacute; de la posici&oacute;n de un observador ajeno, la responsabilidad frente a los hallazgos que delatan los actos de un individuo se diluye en efectos de pregnancia, contingencia, sensaciones que involucran al participante, porque se encuentra en un contacto circunstancial o coyuntural. Cuando se es &lsquo;integrante&rsquo;, se est&aacute; sumergido en las situaciones, anegado en el otro, en un todo, se mira desde adentro, de modo tal que cada instante implica una reorganizaci&oacute;n completa del universo, en cada momento el universo personal de cada integrante se pone en acci&oacute;n conectada a la del otro.</p>     <p>En la dimensi&oacute;n de integrante   se genera una nueva inteligibilidad   de la dial&eacute;ctica de lo interior y de lo   exterior. Hemos aprendido la met&aacute;fora   de las pulsiones, las pasiones,   los instintos, el inconsciente, ubicados   dentro de la mente humana,   como si fueran parte de un espacio   interior colonizado por la naturaleza,   como si &eacute;sta hubiera prolongado   sus seud&oacute;podos hasta la m&aacute;s   profunda interioridad, muy adentro   de nosotros. Con ello el s&iacute; mismo   adquiere dimensi&oacute;n en una relaci&oacute;n   dial&eacute;ctica entre la naturaleza representada   por los impulsos y la conciencia que representa la sociedad.</p>     <p>Sin embargo, cuando nos miramos   como integrantes, la dial&eacute;ctica entre   lo interior y lo exterior adquiere   una dimensi&oacute;n de hibridaci&oacute;n (12)   que coloca el origen de la subjetividad   en un campo de fuerzas sociales,   donde no tiene sentido lo interior   y lo exterior, sino el trasiego   entre colindantes. Entonces emerge   una nueva frontera del individuo,   lo h&iacute;brido, la mezcla, el mestizaje,   en la cual las pieles se conectan, se   articulan y se integran en el contexto   de la relaci&oacute;n. Nada tiene que ver   esto con la fusi&oacute;n y la eliminaci&oacute;n   de la individualidad, se resalta la   naturaleza de la individualidad en   el trasfondo de los otros, puesto que   no se puede ser individuo sin el contraste   de los otros. Con esta perspectiva,   lo mental como epifen&oacute;meno   y emergencia relacional es mezcla   e hibridez, una frontera y un l&iacute;mite   entre el individuo y los otros,   un lugar situado dentro y fuera a la vez.</p>     <p>La relaci&oacute;n es l&iacute;mite y frontera,   entre el individuo y el otro, y como   todo l&iacute;mite permite entrar y salir del   otro. Es en la dimensi&oacute;n del l&iacute;mite   donde se dan los encuentros entre   individuos y donde se gesta el individuo   y lo social. Donde &ldquo;lo uno es   lo uno de lo otro y lo otro es lo otro   de lo uno&rdquo; (13). Donde lo uno y lo   otro se articulan en la cultura, producto   de la interacci&oacute;n mediadora   en la realidad y con &eacute;sta, lo que est&aacute;   entre el lenguaje, los objetos, el tiempo y el espacio (14).</p>     <p>En el l&iacute;mite se da lo entra&ntilde;able   (lo que se incorpora del otro lo llevo   en mis entra&ntilde;as, en mi recuerdo,   decimos) de la relaci&oacute;n con otros, la   resonancia de sus voces que se ejercita   en la persona. Tambi&eacute;n se da lo   extra&ntilde;able (lo extra&ntilde;o, no incorporado   del otro, las voces silenciadas,   ausentes), el silencio que emerge en   forma de inc&oacute;gnita ante el otro, lo   que no se puede saber y alcanzar as&iacute;   est&eacute; cerca. Es ah&iacute;, en la frontera,   entre lo entra&ntilde;able y lo extra&ntilde;able,   donde se sit&uacute;a la pregunta, en el l&iacute;mite.   En &eacute;ste se ubica el proceso   terap&eacute;utico. En el l&iacute;mite surge una   pregunta que exige respuestas. En   las preguntas y respuestas se construyen   las delimitaciones, que conforman,   dan forma, que es la manera   como piensa la cultura. Una relaci&oacute;n,   una sociedad con su cultura,   genera formas, se relaciona en formas,   en im&aacute;genes construidas en   interacci&oacute;n, los s&iacute;mbolos. Con ello se   cierra una brecha, pues &ldquo;la cultura   es aquello que produce sentido, que   da motivos y razones para la vida, y   que cierra la grieta entre lo material y lo espiritual&rdquo; (14).</p>     <p>En ese contexto de hibridez,   frontera y cultura se da la realidad   de la psicoterapia, el terapeuta y   quien padece se ubican en los bordes   de una realidad poblada de los   objetos que fluct&uacute;an entre los contornos   m&aacute;s definidos y contundentes   (lesiones estructurales, fisiol&oacute;gicas,   bioqu&iacute;micas) y los m&aacute;s difusos (dolor, ansiedad, delirios, etc.).</p>     <p>Es en este territorio de lo difuso   donde el terapeuta y quien padece   se ubican para conversar sobre   aquello que no tiene l&iacute;mites claros y   que est&aacute; en un cambio permanente.   Sentados cada uno en su silla, en   un espacio concreto, durante un   tiempo determinado, con sus cuerpos,   todos ellos objetos de l&iacute;mites   contundentes, se mueven en la conversaci&oacute;n   en medio de objetos de l&iacute;mites   difusos, en permanente fluctuaci&oacute;n,   palabras, emociones, sentimientos,   sensaciones, s&iacute;mbolos,   representaciones..., los cuales se   difunden en el ambiente relacional   del momento como las nubes. Sin   embargo, son el mismo mundo, en   el que la mente no act&uacute;a como una   incursi&oacute;n en la materia, ambos conversan   y, al hacerlo, piensan, construyen   un universo del encuentro, y   ah&iacute; la realidad comienza a parecerse   m&aacute;s a un pensamiento que a un   mundo de objetos. En todo momento   los l&iacute;mites entre ambos se redefinen   como el modelado de la arcilla por un escultor. En el l&iacute;mite est&aacute; la conexi&oacute;n de   los universos que ambos traen al   encuentro terap&eacute;utico, donde van   tejiendo, como dir&iacute;a Arist&oacute;teles, un   tejido de asombros, en el que se estampan   las palabras con sus ambig&uuml;edades,   a veces po&eacute;ticas y sus precisiones   t&eacute;cnicas; los objetos de contornos   evanescentes (como una emoci&oacute;n)   y los m&aacute;s filudos (como un dolor   f&iacute;sico); los tiempos lentos de los recuerdos y los veloces como el olvido, o los mitos, que llenan el lugar de mundos m&aacute;gicos o lo vac&iacute;an de representaciones y lo convierten en un espacio f&iacute;sico banal que no se sostiene por dentro. En el discurso desarrollado entre ambos, a trav&eacute;s del pensamiento, la realidad se expande, y los l&iacute;mites constre&ntilde;idos del padecimiento estallan para llenarse paulatinamente de elementos que podr&aacute;n desplegarse en el tiempo y en el espacio. Es el momento inaugural de una realidad en la cual no existe sujeto ni objeto, ambos son integrantes de una realidad total que los atraviesa. El relato de un sue&ntilde;o, de una pesadilla, de un padecimiento, de realidades circunscritas a una gran limitaci&oacute;n de tiempo y espacio (un sue&ntilde;o dura segundos) adquiere en el discurso de la conversaci&oacute;n la expansi&oacute;n de su realidad hacia la creaci&oacute;n de conciencia, dimensi&oacute;n siempre en inicio:</p>     <p>    <center>&hellip; cada vez que uno piensa es otra   vez toda la conciencia empezando   de nuevo, toda completita de principio   a fin, recogiendo todos los   recuerdos y sabidur&iacute;as y volvi&eacute;ndolos   a iniciar en un nuevo reacomodo,   por lo que a cada pensamiento la   conciencia es nueva y es otra, como el r&iacute;o de Her&aacute;clito. (14)</center></p>     <p>Ah&iacute;, en el l&iacute;mite de las confluencias,   de las diferencias, se genera   una unidad de los integrantes y el   encuentro se hace est&eacute;tico; esto si   nos atenemos a lo est&eacute;tico como el   grado de unidad existente entre   alguien y otro, donde el l&iacute;mite es lugar   de paso, siempre de puertas abiertas, en trasiego permanente.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>En la frontera</b></p>     <p>Aquello a lo que alude la psicoterapia   es a la existencia de los individuos.   Pero habituados como estamos   a mirar la realidad escindida   entre acontecimientos materiales e   inmateriales, f&iacute;sicos y mentales, la   psicoterapia se ve atrapada en la   b&uacute;squeda de argumentaciones que   sustenten su sentido. Emociones,   sentimientos, sensaciones, relaciones   y afectos constituyen objetos   desprovistos de contornos, sin forma,   no obstante, &iquest;qui&eacute;n puede dudar   de su condici&oacute;n f&iacute;sica o material?   &iquest;Existe alguien que no los haya   vivido? Tal vez no son asibles, ubicables,   ni nadie pueda decir que huelan,   tengan texturas, suenen, sepan   a algo o puedan verse. Su naturaleza   es evanescente, vol&aacute;til, si se quiere   atmosf&eacute;rica, y a pesar de ello son la   aprehensi&oacute;n m&aacute;s &iacute;ntima y directa posible   de la realidad. Est&aacute;n en el otro   extremo de una realidad constituida   como un continuo, en el que las gradaciones   se mueven desde los contornos definidos a su ausencia (14).</p>     <p>Con todo, su certeza no es verificable.   Y nosotros, los terapeutas, nos   sumergimos en ese mundo sin formas,   al que accedemos merced a las   met&aacute;foras, lugares de confluencia de universos distintos, como la bruma en el horizonte entre la tierra y el cielo, una realidad diluida en la que como la sal en el agua se desvanecen los contornos y los objetos sin forma nos acontecen, somos nosotros mismos.</p>     <p>Por ello el momento terap&eacute;utico,   sagrado (separado de la cotidianeidad   y su contundencia), plagado de   esos objetos sin forma, carentes de   contornos definidos, adquiere un   halo de irrealidad, un no saber d&oacute;nde   se est&aacute; realmente, porque lo vaporoso   de los sentimientos, al igual   que el aire, atraviesa y se respira,   no se sabe si uno est&aacute; dentro o fuera   de &eacute;l. De modo que se mueve entre   la certeza y la verificabilidad, en la incertidumbre, pues:</p>     <p>    <center>Los dem&aacute;s le pueden discutir a uno   c&oacute;mo se llama lo que siente, pero no   sobre el hecho de qu&eacute; est&aacute; sintiendo;   a uno le podr&aacute;n decir que lo que   siente no es cierto, pero no le pueden   decir que no es cierto lo que siente;   uno puede no estar seguro de qu&eacute;   es lo que siente, pero de lo que s&iacute; est&aacute; seguro es de que siente. (14)</center></p>     <p>Es un momento de frontera, impresionista,   a caballo entre los objetos   y la luz, donde no es claro el l&iacute;mite   entre uno y otro. A ese espacio   de relaci&oacute;n confluyen el espacio f&iacute;sico   (el que media entre un punto y   otro), donde habitan las presencias   y las ausencias de los objetos, &eacute;se   que consideramos est&aacute; fuera de   nosotros y dentro de nosotros, que   ocupamos y nos ocupa, y el espacio   vivido y existencial, en el que portamos   toda nuestra experiencia existencial   con los recuerdos y los olvidos,   con los sentimientos, los afectos,   la conciencia, todo aquello que   cobijamos en lo que consideramos   es nuestra interioridad, espacio habitado   por las experiencias incorregibles   que no precisan confirmaci&oacute;n.   Los espacios ambiguos de   transici&oacute;n (15), aquellos que acogen   la experiencia cultural con todos sus   matices, pero sobre todo articulan   lo que es yo con lo que no es yo,   intermedian entre la interioridad y   la exterioridad, y est&aacute;n colonizados   por las voces de otros que aportan elementos para crear significados.</p>     <p>En el espacio terap&eacute;utico (encuentro,   conversaci&oacute;n y di&aacute;logo),   tanto en el l&iacute;mite como en la frontera,   concurren m&uacute;ltiples acontecimientos,   los cuales van dise&ntilde;ando el mapa   mental de la relaci&oacute;n, donde ser&aacute;   narrada la vida y adquirir&aacute; significado   y sentido de otra manera, diferente.   Para comprender la inteligibilidad   relacional que se propicia es   preciso atender la polifon&iacute;a congregada en la banda que separa y une.</p>     <p><b>De la mente al discurso</b></p>     <p>Ese misterio con el cual trabajamos   los psiquiatras, cuya ubicaci&oacute;n   no hemos podido determinar con   claridad, y que denominamos mente, se ha vuelto tan escurridizo que para atraparlo hemos decidido, no se sabe bien por qu&eacute;, asentarlo en nuestro interior, m&aacute;s o menos cerca del cerebro. Algunos la hacen absolutamente dependiente de los entresijos fisiol&oacute;gicos, bioqu&iacute;micos y estructurales del cerebro, otros en el extremo opuesto le han dado un car&aacute;cter tan et&eacute;reo que pareciera m&aacute;s una entidad fantasm&aacute;tica. Tal vez lo m&aacute;s seguro que podemos decir con respecto a la mente es su car&aacute;cter relacional y ling&uuml;&iacute;stico, todo lo que afirmamos sobre la mente sucede en el lenguaje.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Estamos habituados a pensar   que el lenguaje describe un mundo   independiente, debido a una especie   de &ldquo;esencia de vidrio&rdquo; (16) de la   que estar&iacute;amos provistos y que refleja   a trav&eacute;s de las palabras el mundo.   Este presupuesto representacional   alimenta la convicci&oacute;n de que existe   una manera adecuada de decir las   cosas con certeza y una forma m&aacute;s   fiel y exacta de acceder a la verdad.   Si el lenguaje describe el mundo de   las cosas y son los individuos desde   su naturaleza vidriosa y especular   los que expresan palabras, hemos de   pensar que a trav&eacute;s de los individuos   se logra un retrato preciso de la realidad.   Sus palabras son capaces de   reflejar tambi&eacute;n los mecanismos internos   de sus mentes. Como lo expresa   McNamee desde &ldquo;esta perspectiva   nos hemos centrado en los individuos   y en sus palabras como un   modo de entender la misteriosa mente interna y el mundo social&rdquo; (17).</p>     <p>Sobre la mirada representacional   del lenguaje se ha montado el   edificio de la ciencia, que esgrime con   orgullo la idea de certeza como caracter&iacute;stica   de su saber. Al representar,   el lenguaje vierte en las palabras lo   que hay ah&iacute;, y &eacute;stas se constituyen   en reflejo de un conocimiento que   cada individuo posee con mayor o   menor precisi&oacute;n sobre la realidad.   &Eacute;ste, a su vez, adquirido merced a   ciertos m&eacute;todos pertinentes cuyo   origen se asienta en las virtudes y   habilidades para el uso de la raz&oacute;n,   y que finalmente se ubicar&aacute;n como   componentes de nuestra interioridad.   Qu&eacute; tanta verdad exista en las   representaciones internas depender&aacute;   del cotejo realizado con los criterios sociales dominantes.</p>     <p>Desde esta posici&oacute;n, donde los   significados se articulan en el interior   del individuo, el modelo para   intervenir ante cualquier situaci&oacute;n   problem&aacute;tica o padecimiento actuar&aacute;   indagando y explorando al sujeto   y elaborar&aacute; un discurso sobre el padecimiento   y la patolog&iacute;a como una   restricci&oacute;n de expresi&oacute;n individual.   El sentido de la carencia, del defecto,   del d&eacute;ficit, de la lesi&oacute;n, la tara, la limitaci&oacute;n,   la falla, la afectaci&oacute;n se inscribe   como un aspecto que involucra   al individuo en su totalidad como   defectuoso, y amerita que la b&uacute;squeda   de soluciones sea dentro de &eacute;l.   Todos los afanes reparadores son   orientados hacia el centro mismo del   individuo, para eliminar el d&eacute;ficit y   ajustarlo a lo que se considera normal por la cultura dominante.</p>     <p>Pero si en lugar de pensar al   individuo como un &aacute;tomo, lo pensamos   como una parte de una red de   relaciones, el foco de atenci&oacute;n se dirigir&aacute;   a los momentos de interacci&oacute;n.   Este movimiento generar&aacute; una   mayor sensibilidad hacia lo relacional,   entonces unas nuevas premisas   entran en el proceso: si bien podemos   crear significados desde nosotros   como individuos, no es menos   cierto que no nacemos con ellos,   desde nuestro nacimiento somos   antenas que captan significados, los   cuales recomponemos cada vez que   nos involucrarnos con los otros, es   decir, el significado tambi&eacute;n es social.   Aquello que las personas tienen   dentro de la cabeza, desde la perspectiva   relacional, se trasforma en un significado entre individuos.</p>     <p>La sensibilidad relacional incorpora   una nueva inteligibilidad de los   fen&oacute;menos del individuo, pues m&aacute;s   all&aacute; de los significados particulares   atribuidos a la privacidad de su interioridad,   pretende incursionar en   la exploraci&oacute;n de la red de relaciones   que los individuos construyen en   sus intercambios. De tal manera   que, &ldquo;las palabras toman sus significados   de otras palabras m&aacute;s que   en virtud de su car&aacute;cter representativo,   y en el corolario de que los vocabularios   adquieren sus privilegios   de los hombres que los usan m&aacute;s   que de su transparencia a lo real&rdquo;   (16). La unicidad del significado   puede conceptualizarse como adscrito   a las experiencias y atribuciones   de un individuo o, bien, como   el punto de confluencia y encuentro   de diversas y m&uacute;ltiples comunidades   discursivas (18) en las que   discurre el mundo relacional del individuo.</p>     <p>Lejos de cuestionar al individuo   como fuente de significados, nuestra   atenci&oacute;n apunta hacia el inter&eacute;s por   el momento relacional y su contexto,   hacia c&oacute;mo las conversaciones hacen   viables y sostenibles ciertas realidades   en algunos momentos y no   en otros. Realidades alimentadas por   los significados particulares y por el   momento conversacional presente   (que convoca relaciones de contundencia   real y otras imaginadas), lo   cual hace que el significado surja como   una emergencia actual y local   (aqu&iacute; y ahora) y como suplemento   de lo que las personas hacen juntas y en conjunto.</p>     <p>Desde esta perspectiva, el significado   de inteligibilidad relacional es   una acci&oacute;n conjunta que no est&aacute;   dentro de la cabeza, tiene su asiento   en un sentido de lo com&uacute;n (18). Esto   &uacute;ltimo se constituye, as&iacute;, en el lugar   donde acontecen los di&aacute;logos transformativos,   la frontera entre los bordes   en los que &ldquo;en momentos de   conflicto, en vez de moverse directamente   hacia la indagaci&oacute;n acerca de   los significados que atribuyen los   participantes a ciertas acciones, podemos   indagar abiertamente en las   redes relacionales m&aacute;s amplias que dan significaci&oacute;n a las acciones en curso&rdquo; (17). Podemos pensar de este modo que el proceso terap&eacute;utico se desarrolla como una trasformaci&oacute;n discursiva generada en el intercambio ling&uuml;&iacute;stico (19) y que hace hincapi&eacute; en las narraciones con sus historias, como fundamentales para la construcci&oacute;n del self y su mundo.</p>     <p>La narraci&oacute;n es una forma de   discurso que favorece la gestaci&oacute;n   de significados conjuntos, pues, al   fin y al cabo, el lenguaje (se incluye   lo digital y lo anal&oacute;gico), que es eminentemente   un fen&oacute;meno relacional,   no es posible hacerlo solo. Por   lo tanto, la tendencia a pensar que   el significado est&aacute; en la mente de   un individuo se necesita comprender   tambi&eacute;n como algo que emerge   permanentemente en el desarrollo del proceso relacional (20). </p>     <p>No existe en ello una intenci&oacute;n   de sustituir al individuo por la relaci&oacute;n,   s&oacute;lo se quiere recalcar lo relacional,   para ampliar las alternativas   de entendimiento, sin dejar de lado   la exploraci&oacute;n del self, &eacute;ste queda   mutilado si no se comprenden sus relaciones.</p>     <p><b>Nuestra voz ir&aacute; contigo</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Nunca estamos solos, desde   que nacemos las miradas y las voces   de otros nos acompa&ntilde;an, y a   partir de ese instante llevamos con   nosotros a los dem&aacute;s. Ellos contribuyen a nuestra constituci&oacute;n, al dise&ntilde;o de lo que fuimos, somos y seremos, porque no podemos eludir nuestra identidad parcial con ellos. Estamos sumergidos en relaciones, como lo puede estar un pez en el agua, y somos dep&oacute;sito de partes de otros, somos mezcla. Cada persona es trasunto, decantaci&oacute;n, destilaci&oacute;n y compendio de otros, donde encuentran un espacio de resonancia, donde muchos hablan a trav&eacute;s de nosotros, incluso sin saberlo, sin ser conscientes de ello.</p>     <p>Cuando hablamos y escuchamos,   siempre es con otro, por lo tanto,   no podemos plantear como   aut&oacute;noma la acci&oacute;n de una persona.   Lo que hace y dice est&aacute; siempre   conectado con aquellos a quienes se   dirige y a quienes a &eacute;l se dirigen.   Cuando otro nos habla, quedamos   atrapados en su elocuci&oacute;n de manera   inevitable, nuestra actitud puede   ser de atenderlo, evitarlo, tratarlo   con indiferencia, un sin fin de posibilidades,   pero siempre esas acciones   ser&aacute;n una respuesta al otro, a   la contextualizaci&oacute;n que hizo con su comunicaci&oacute;n.</p>     <p>Pero en el otro no s&oacute;lo habla   aquel cuya presencia percibimos,   aunque sea un punto de confluencia   de m&uacute;ltiples relaciones transgeneracionales   y actuales. Hemos de preguntamos   de qui&eacute;n o de qui&eacute;nes se   nutre su discurso, qu&eacute; relaciones lo   han alimentado. Es una o son varias   las personas que hablan a trav&eacute;s de su voz, a qui&eacute;nes corresponden los</p>     <p>silencios; qui&eacute;n padece, llora, odia,   sufre. La voz escuchada, a cu&aacute;les   apaga, cu&aacute;les son las que nunca   han podido emerger, un sin fin de   posibilidades. Hay un multivocalidad   en cada ser humano, una polifon&iacute;a   con frecuencia omitida en la   vida cotidiana y en cuya multiplicidad,   muchas veces constre&ntilde;ida,   existe un mundo de posibilidades   inexploradas para los individuos. La   psicoterapia puede facilitar la expresi&oacute;n   de la voz a estos otros que nos   habitan y podr&iacute;an ayudarnos a comprender   situaciones conflictivas que problematizan nuestras vidas.</p>     <p>Karl Tomm (21), por ejemplo,   habla de la conversaci&oacute;n con el otro   interiorizado, y se refiere con ello a   las conversaciones que se pueden   mantener con aqu&eacute;l o aqu&eacute;llos con   quienes existe una situaci&oacute;n conflictiva   en la que la persona se halla   atrapada. Las situaciones conflictivas   y problem&aacute;ticas tienen un determinado   libreto con sus respectivos   actores y no es f&aacute;cil salir de ello, por   cuanto todo parece estar articulado   para persistir. En la conversaci&oacute;n   con el otro interiorizado se pretende   explorar las voces que habitan al   individuo, traerlas a la conversaci&oacute;n   terap&eacute;utica para que as&iacute; puedan   aportar las inteligibilidades silenciadas   del problema. Hay voces predominantes,   otras secundarias, convidados   de piedra, voces sometidas,   asustadas, t&iacute;midas, otras que dan   valor, que al invitarse ser&aacute;n explicitadas, presentes en la conversaci&oacute;n.</p>     <p>Esto se lleva a cabo mediante   un artificio por el cual la persona   es invitada a conversar para que   preste su voz al otro no presente en   la sesi&oacute;n, pero s&iacute; en su vida y experiencia   del problema. El terapeuta   no pregunta al paciente, sino al otro   que habla a trav&eacute;s del paciente, y   que de una u otra manera est&aacute;   involucrado activa o pasivamente en   el problema. Pero no s&oacute;lo es posible   la conversaci&oacute;n con los involucrados,   tambi&eacute;n puede ser con otros   ausentes, un amigo, el abuelo muerto   que siempre reconoci&oacute; las virtudes,   aquel colega siempre cr&iacute;tico, el   hermano recursivo y creativo, aquel   que lo admira, el que lo respeta, una larga lista de posibilidades.</p>     <p>Esta conversaci&oacute;n con el otro   interiorizado ayuda a dar voz a otras   inteligibilidades, pues permite acceder   a la propia multiplicidad como   una herramienta muy &uacute;til (nada tiene   que ver esto con la disociaci&oacute;n y   la escisi&oacute;n de la personalidad m&uacute;ltiple)   y el individuo tiene el acceso   de libre entrada y salida a diferentes   identidades que le aportan distintas   perspectivas y formas de acci&oacute;n en   el espacio-frontera de la terapia.   Esto tiene un sentido pr&aacute;ctico y est&aacute;   contextualizado relacionalmente en   cada momento de la coyuntura terap&eacute;utica.   As&iacute;, las voces conformar&aacute;n   una red relacional amplia de la cual emerger&aacute;n nuevas y diversas inteligibilidades.</p>     <p>Como complemento, Mony Elkaim (22) propone que el terapeuta tambi&eacute;n escuche sus propias voces interiores de respuesta cuando conversa con el consultante. Esto puede proveerlo de diferentes posibilidades de conversaci&oacute;n, al poner en acci&oacute;n toda la red de identidades que lo acompa&ntilde;an. Permite al terapeuta incluir en el espacio terap&eacute;utico diferentes voces que con frecuencia son invitadas por los pacientes, un padre, un enemigo, un consolador, un consejero, alguien con quien pelear, como sutiles formas de cambiar o perpetuar una determinada inteligibilidad del problema, que comprometen sutilmente al terapeuta en respuestas que abren nuevas opciones o consolidan los patrones relacionales sobre los que se sustenta el problema. Por ello es necesario que el terapeuta se abstenga de reaccionar en la manera en que se lo invita y a veces provoca a responder, para pasar a explorar otras voces con posibilidades diferentes de inteligibilidad. Si el paciente me invita a ser la voz de un padre punitivo o perseguidor, habr&aacute; la opci&oacute;n de rescatar otras voces que no confirmen la situaci&oacute;n problem&aacute;tica.</p>     <p>Todo esto tiene sentido, por   cuanto la construcci&oacute;n de un s&iacute; mismo   necesita de otro. En la frontera   del self y del otro el poder generativo   de la voz se hace presente, ah&iacute; donde   siempre la voz de uno es inconclusa,   y ans&iacute;a y espera la respuesta del   otro, para dibujar un espacio dial&oacute;gico   en el que se crea constantemente   un trasiego de identidades habitadas   por los otros. Siendo, como   somos, depositarios de aspectos y   repertorios de otras personas, &eacute;stos   nos acompa&ntilde;an en nuestro tr&aacute;nsito   por la vida. Cada uno de nuestros   actos, que denominamos aut&oacute;nomos,   adem&aacute;s de la impronta personal, lleva la de una legi&oacute;n de otros.</p>     <p>Cuando hacemos preguntas como   &iquest;cu&aacute;l es la voz que me habla en   este momento? &iquest;Cu&aacute;les son las que   permanecen en silencio? &iquest;Qu&eacute; hace   que &eacute;sta sea una voz poderosa y con   capacidad de movilizar a la acci&oacute;n?   &iquest;De qui&eacute;n es el sufrimiento que comunica   esta otra voz?, nos acercamos   al otro de una manera diferente.   Indagando por las voces de los   otros, en el consultante y por las   propias, las sacamos del ostracismo   del &lsquo;adentro&rsquo; y las traemos al espacio   del l&iacute;mite, a la frontera compartida.   Entonces el discurrir de la conversaci&oacute;n,   con frecuencia establecido,   se flexibiliza y permite la incorporaci&oacute;n   de nuevas dimensiones en   el espacio terap&eacute;utico. Un ejemplo   es la literatura, pues cualquier obra   literaria &mdash;sea novela, teatro o poes&iacute;a&mdash;   es un espacio de frontera de   donde emergen desde lo entra&ntilde;able   del autor m&uacute;ltiples voces para armar   una gran polifon&iacute;a que narra,   y al hacerlo crea significado y sentido.   Algunos autores, como Penn y   Frankfurt (23), utilizan el recurso   de la escritura como parte del proceso   terap&eacute;utico. Por medio de &eacute;sta, en los relatos construidos y de las diferentes lecturas que se pueden propiciar es posible incorporar a la conversaci&oacute;n diferentes voces. Escribir cartas a determinadas personas, libretos donde participan y tienen voz otras, as&iacute; no lleguen nunca a su destinatario, permite introducir nuevas conversaciones que expanden el espectro relacional involucrado en los problemas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Por otra parte, incorporar a la   conversaci&oacute;n la indagaci&oacute;n sobre las   delegaciones familiares (24) tambi&eacute;n   permite traer las voces de los padres   y ancestros que hablan a trav&eacute;s de   los padecimientos de una persona,   como misiones encomendadas t&aacute;cita   o inconscientemente. Existen recursos   t&eacute;cnicos que facilitan la   inclusi&oacute;n de las voces que nos   acompa&ntilde;an, el juego de roles, la escultura   familiar o la silla vac&iacute;a que representa al ausente.</p>     <p><b>Qu&eacute; hacemos juntos</b></p>     <p>Si partimos de la idea del significado   como un acontecimiento   construido en conjunto, las acciones   en las que estamos involucrados   est&aacute;n ligadas a otros y su inteligibilidad   est&aacute; conectada a esos otros   con quienes nos relacionamos. M&aacute;s   all&aacute; de los ciclos circulares de acci&oacute;n   y reacci&oacute;n, lo que hacemos juntos   hace hincapi&eacute; en la dependencia de   nuestras acciones y los significados,   como producto de relaciones. El inter&eacute;s   est&aacute; puesto en c&oacute;mo se gesta,   consolida, sostiene o desechan los   significados y los sentidos en las relaciones.</p>     <p>Los hechos y las acciones en s&iacute;   mismas carecen de significado, pero   en el contexto de una relaci&oacute;n adquieren   atribuciones de los individuos   involucrados, puesto que las   acciones de cualquier persona nunca   son independientes, logran inteligibilidad   merced a los otros. Con estas   premisas en el proceso terap&eacute;utico   es posible dirigir la mirada hacia   las matrices relacionales conjuntas,   hacia los patrones de mutua   dependencia entre los individuos y   hacia la manera como se construyen   conjuntamente a s&iacute; mismos y el universo   que habitan. Por ello desde esta   perspectiva dejan de ser predominantes   las preguntas sobre por qu&eacute;   acontece tal o cual hecho, por qu&eacute;   yo act&uacute;o as&iacute;, por qu&eacute; el otro act&uacute;a   de aquella forma, para centrarnos en   c&oacute;mo nosotros organizamos un escenario,   libreto, repartici&oacute;n de roles   y significados exclusivos que propician   los comportamientos y las acciones que nos involucran.</p>     <p>Desde la perspectiva sist&eacute;mica,   existen planteamientos terap&eacute;uticos   que utilizan estas premisas en su   ejercicio. El Grupo de Mil&aacute;n (25) trabaj&oacute;   desde sus inicios haciendo hincapi&eacute;   en el lenguaje relacional, aspecto   que se incorpor&oacute; a la terapia   en la forma de hacer preguntas. Las   preguntas circulares desarrolladas por el estilo de Mil&aacute;n orientan la conversaci&oacute;n terap&eacute;utica a que los involucrados en el di&aacute;logo se indaguen sobre c&oacute;mo act&uacute;an en conjunto para generar sus identidades. En consecuencia, el intercambio entre los part&iacute;cipes de las relaciones genera subsecuentemente las creencias de los individuos. Las ideas, las creencias, los prejuicios y los valores que ti&ntilde;en las narrativas individuales son descripciones de su mundo relacional, el decantado de un proceso relacional permanente, que habla de las situaciones conflictivas como un fen&oacute;meno conjunto emergente de las relaciones mutuas. Habr&iacute;a en este enfoque una complementariedad en las respectivas acciones que llevar&iacute;a hacia el surgimiento de lo patol&oacute;gico o disfuncional, as&iacute; como hacia lo creativo. Una especie de juego de complementariedades que dar&iacute;a sentido y cierta l&oacute;gica a los padecimientos, aspecto utilizado sobre todo en sus intervenciones terap&eacute;uticas conocidas como &lsquo;connotaci&oacute;n positiva&rsquo;.</p>     <p>En esta misma l&iacute;nea de pensamiento,   Pearce y Cronen (26) hablan   de la l&oacute;gica de la interacci&oacute;n, es decir,   las circunstancias conflictivas   o de disgusto pueden ser reconocidas   como acontecimientos que tienen   una coherencia l&oacute;gica en el   marco de las relaciones en que aparecen.   Estamos habituados a considerar   los padecimientos como   eventos irracionales, sin una l&oacute;gica   posible, adscritos al espacio individual.   Sin embargo, las relaciones y   las acciones conectadas de los individuos   generan un tejido, un espeso   embrollo que los envuelve y que   articula las acciones de forma complementaria   en un encuadre m&aacute;s   amplio, un escenario relacional. Los   actos y pensamientos de los individuos,   deseables o indeseables, est&aacute;n   vinculados a discursos m&aacute;s   abarcadores sobre la identidad, la   cultura y los patrones derivados. De   modo tal que los padecimientos son   una de las maneras en que las diferentes   narrativas relacionales de los   part&iacute;cipes confluyen, para construir   en conjunto el patr&oacute;n disfuncional   o desagradable como un efecto colateral del intercambio social.</p>     <p>Es posible comprender de qu&eacute;   manera las conductas de unos y   otros suscitan y despiertan respuestas   particulares en los dem&aacute;s. Mirar   de este modo los eventos obliga a   reflexionar sobre lo que nos sucede,   con una mayor responsabilidad   relacional, en la medida en que quienes   participan en una situaci&oacute;n   pueden sobrepasar la mirada que   responsabiliza a los individuos, para   centrarla en la construcci&oacute;n conjunta   de los acontecimientos. Entonces   los discursos pasan de hablar de la   responsabilidad de uno u otro, para   ceder espacio a la presencia de una   responsabilidad que alude a &lsquo;nosotros&rsquo;, a lo que nosotros hacemos.</p>     <p>Shotter (27) propone la expresi&oacute;n   acci&oacute;n conjunta para denominar la forma como nosotros creamos significados. &Eacute;stos son una responsabilidad compartida, y desde esta perspectiva se hace m&aacute;s dificultoso mantenerse en la precariedad que supone buscar s&oacute;lo las motivaciones y responsabilidades individuales. Las narrativas personales resultan pobres frente a las m&aacute;s generosas, en las que las descripciones se dan en t&eacute;rminos relacionales. Todo esto no implica lanzar al abandono o al dem&eacute;rito las voces individuales, simplemente pretende ampliar las posibilidades de compresi&oacute;n y de acci&oacute;n sobre los padecimientos.</p>     <p><b>Qu&eacute; hacemos desde un grupo</b></p>     <p>&ldquo;Somos seres aut&oacute;nomos&rdquo; es   una afirmaci&oacute;n de perogrullo que   puede resultar inoficiosa; no obstante,   siempre somos integrantes de   diferentes grupos: la familia, el   colegio, la empresa y todos aquellos   colectivos de los cuales participamos   como miembros, as&iacute; sea de una   manera pasiva. Hablamos como   individuos con frecuencia, &ldquo;el psiquiatra   X dice...&rdquo;; no sin menos asiduidad   nos expresamos como parte   de una asociaci&oacute;n, &ldquo;la Sociedad de   Psiquiatr&iacute;a dice...&rdquo;. Los discursos y   las acciones de las personas pueden   ser expresiones de grupos o agregados   m&aacute;s amplios. Los conflictos   entre personas muchas veces   describen m&aacute;s, las dificultades   entre los grupos de los que participan,   que de ellos mismos. Esto abre   un entendimiento sobre los individuos   con frecuencia obviado, el que   alude a sus acciones ligadas a las   instituciones o colectivos de los que hacen parte.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>De nuevo, la mirada se desplaza   de la responsabilidad individual hacia   el grupo, hacia la coherencia que   los actos de un individuo adquieren   comprendidos en el marco relacional   de un colectivo. Lo dicho, hecho,   sentido o pensado por una persona   es preciso entenderlo como la manifestaci&oacute;n   de un grupo abarcador.   Esta visi&oacute;n permite nuevas conversaciones   sobre los acontecimientos   en los que se hallan las personas   involucrados: un delito, por ejemplo,   puede ser entendido como derivado   de la lucha de clases, como   un comportamiento marginal quiz&aacute;,   como el desecho del abuso de un   determinado estrato social, o la ira   descontrolada de un padre, como la   presi&oacute;n y frustraci&oacute;n acumulada en la empresa.</p>     <p>En las relaciones interpersonales   est&aacute; siempre presente un trasudado   de las relaciones entre grupos   diferentes. Ello nos compele a mirar   nuestras comprensiones de los dem&aacute;s   y sus actos, en los l&iacute;mites de   los grupos m&aacute;s amplios que nos   acogen y frecuentemente nos constituyen.   Un acto antisocial o psicop&aacute;tico,   como una agresi&oacute;n para robar,   podr&aacute; entenderse diferente, dependiendo   de la pertenencia a uno u otro estrato social. Desde la clase dominante es un delito, desde el m&aacute;s bajo estrato social quiz&aacute; sea un acto de valent&iacute;a y amor hacia los hijos hambrientos, una expresi&oacute;n heroica de sobrevivencia frente a instituciones que no proveen de oportunidades. No quiere esto decir que se sustituya la responsabilidad individual por una colectiva, simplemente aboga por incluir en la comprensi&oacute;n de los fen&oacute;menos de padecimiento el componente de la responsabilidad relacional inherente a ellos, dado que somos seres sociales. Las culpabilidades individuales han de ser matizadas por las sociales, porque &eacute;stas siempre est&aacute;n gravitando sobre el individuo.</p>     <p>Penn y Frankfurt (23), con la   t&eacute;cnica dise&ntilde;ada por ellos, intentan   atraer hacia el espacio terap&eacute;utico   a otras personas y a grupos ausentes.   Mediante la invitaci&oacute;n a escribir   a otros y para otros, los consultantes   pueden redactar cartas, diarios   o cualquier otro escrito, que con frecuencia   no tienen por qu&eacute; llegar a   los destinatarios, que incluso no forman   parte de su contexto vital cercano,   pero que s&iacute; est&aacute;n en su trasfondo   relacional. Esto genera de por   s&iacute; una ampliaci&oacute;n del entramado   relacional de la persona y posibilita   nuevas formas de conversar y actuar.</p>     <p>Si un individuo con un problema   de pareja hiciera el ejercicio de   imaginar estar escribiendo a su familia   sobre sus conflictos y, simult&aacute;neamente,   pudiera escribir tambi&eacute;n   c&oacute;mo podr&iacute;a ser la actitud de   su familia, el tipo de reacciones,   comportamientos, pensamientos y   opiniones generadas en ellos, quiz&aacute;   pueda ver cierto isomorfismo en su   comportamiento, al tiempo que ciertas   diferencias o dem&aacute;s aspectos   nunca antes tenidos en cuenta. Es   posible que de igual forma pudiera   ver cierta conexi&oacute;n y coherencia entre   su forma de vivir la relaci&oacute;n de   pareja y la del grupo de su origen.   Lo que se favorece con ello es aumentar   las posibilidades de exploraci&oacute;n   en la frontera, de las responsabilidades   relacionales en las que   el consultante se halla involucrado,   al conectar los padecimientos concretos   con una trama m&aacute;s extendida   de relaciones con significaci&oacute;n que involucra a otras personas.</p>     <p>Asimismo, la exploraci&oacute;n de la   presencia de los grupos en la comprensi&oacute;n   de los padecimientos puede   transitar por el territorio de las lealtades   invisibles (28), cuyas influencias   &iacute;nter y transgeneracionales   alcanzan al individuo. La conversaci&oacute;n   terap&eacute;utica puede invitar a la   frontera a todos a quienes pueden   estar exigiendo encargos, misiones   o lealtades y que aun estando ausentes   (tambi&eacute;n muertos) participan   en el libreto actuado en la vida del   consultante y del terapeuta, para   comprender c&oacute;mo se articulan con   sus padecimientos. Esto permite explorar   los valores, los prejuicios, las concepciones de los grupos ausentes y su conexi&oacute;n con los fen&oacute;menos actuales.</p>     <p>Conectado con lo anterior, es   preciso tener en cuenta el concepto   del equipo reflexivo (29), pues por   medio de &eacute;ste se hace m&aacute;s evidente   el territorio de frontera en el que se   mueve la terapia. A un equipo terap&eacute;utico   se le solicita que observe el   proceso de una terapia de familia;   despu&eacute;s de un lapso, en alg&uacute;n momento,   se les pedir&aacute; que relaten lo   que observaron y reflexionen sobre   ello, mientras la familia y el terapeuta   los escuchan y observan. Luego   se invita a la familia consultante a   que reflexione sobre lo que oy&oacute;. Este   ejercicio de invitaciones mutuas a   conversar de forma directa, seg&uacute;n   Andersen, permite y facilita el paso   de una posici&oacute;n de escucha hacia   una posici&oacute;n de reflexi&oacute;n continua   durante toda la sesi&oacute;n. Tiene el valor   de posibilitar el aporte a la conversaci&oacute;n   terap&eacute;utica de voces y entendimientos   que de otra manera estar&iacute;an ausentes.</p>     <p>Se aumenta as&iacute; la cantidad de   perspectivas sobre los padecimientos   y la comprensi&oacute;n del talante   construido de las realidades vividas.   La alternancia de escucha y reflexi&oacute;n   en el transcurso de la sesi&oacute;n   propicia conversaciones generadoras   de nuevas comprensiones, puesto   que concede a cada grupo la   oportunidad de ser escuchado dentro   del grupo en el cual su posici&oacute;n   tiene sentido, y a su vez genera una   actitud de mayor flexibilidad y aprecio   hacia las l&oacute;gicas en que se basan   las posiciones diferentes que representan una nueva alternativa.</p>     <p>Las posiciones alternativas generan   dificultades, por cuanto no   pueden ser comprendidas en los   propios t&eacute;rminos, por lo general   cuando las escuchamos las interpretamos   en los t&eacute;rminos que tenemos   disponibles, los cuales resultan   insuficientes. Poder traer al espacio   terap&eacute;utico esas voces alternativas,   representadas por grupos diferentes   a los de nuestra pertenencia, genera   la posibilidad tambi&eacute;n de mover   la conversaci&oacute;n terap&eacute;utica en la   dimensi&oacute;n personal y la dimensi&oacute;n   social. Al fin y al cabo la salud y la   sobrevivencia tambi&eacute;n est&aacute;n atravesados   por las redes sociales (19)   que nos acogen y aquellas que nos rechazan o no comprendemos.</p>     <p><b>En el sistema</b></p>     <p>La idea de la individualidad,   unida a la de autonom&iacute;a, ha prevalecido   en los &uacute;ltimos siglos como el   centro de las comprensiones sobre   los seres humanos. Sin embargo, a   pesar de que nadie puede negar este   fen&oacute;meno (tenemos un cuerpo, unos   l&iacute;mites f&iacute;sicos claros y contundentes),   no es menos cierto que el universo   est&aacute; organizado de unidades   entre las que nos contamos, en apariencia   aisladas y al tiempo plagado de relaciones entre todas ellas. La aparente autonom&iacute;a es una sutil falacia, estamos sumergidos en relaciones. Formamos parte de sistemas, grupos de unidades relacionadas entre s&iacute; que conforman un todo, que a su vez es una unidad relacionada con otros todos, en una cadena sin fin.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Desde esta perspectiva sist&eacute;mica,   la conexi&oacute;n gravita sobre los   individuos. Los acontecimientos que   nos involucran no est&aacute;n carentes de   nuestros aportes. Por lo tanto, la   comprensi&oacute;n de los padecimientos,   conflictos o situaciones arduas pasa   por el entendimiento de nuestra   participaci&oacute;n personal de alguna   manera en el sistema. Nuestros problemas   son tambi&eacute;n de los otros y   los de &eacute;stos de nosotros, y con ello   se pretende mostrar la trascendencia   de las relaciones en una situaci&oacute;n,   dado que una unidad o parte   puede interactuar con cualquier   otra. Desde esta perspectiva, la   comprensi&oacute;n y el entendimiento de   un acontecimiento o fen&oacute;meno adquiere   un sin fin de posibilidades,   al fin y al cabo en un acontecimiento   se conectan toda una serie de participantes   directamente y otros indirectamente.   Los padecimientos de   un individuo involucran y afectan a   redes m&aacute;s amplias de relaciones, situaci&oacute;n   que sucede de manera tambi&eacute;n inversa:</p>     <p>Resonando con la propuesta de   Gregory Bateson de que las fronteras   del individuo no est&aacute;n limitadas   por su piel sino que incluyen a todo   aquello con lo que el sujeto interact&uacute;a   &mdash;familia, entorno f&iacute;sico, etc.&mdash;   podemos agregar que las fronteras   del sistema significativo del individuo   no se limitan a la familia   nuclear o extensa, sino que incluyen   a todo el conjunto de v&iacute;nculos   interpersonales del sujeto: familia,   amigos, relaciones de trabajo, de   estudio, de inserci&oacute;n comunitaria y de pr&aacute;cticas sociales. (19)</p>     <p>El grado de complejidad de las   posibilidades de comprensi&oacute;n de un   acontecimiento est&aacute; ligado a las conexiones   inherentes al sistema relacional   involucrado. Desde cada uno   de los part&iacute;cipes directos e indirectos   habr&aacute; versiones del acontecimiento,   todas ellas v&aacute;lidas y con un   sentido determinado. Por ello se ampl&iacute;a   la participaci&oacute;n de personas &lsquo;ignorantes&rsquo;   en la comprensi&oacute;n de los   padecimientos de aquellas que no   son profesionales autorizados con   el conocimiento para &lsquo;saber&rsquo; lo que   es &lsquo;normal&rsquo;, c&oacute;mo indagar, qu&eacute; pensar,   c&oacute;mo reunir la informaci&oacute;n (30)   y decidir qu&eacute; se define y hace o qu&eacute; no se hace.</p>     <p>Todas las personas con alg&uacute;n   conocimiento del problema (pacientes,   familia o interesados) tienen posibilidad   de ser incluidas con sus   voces en la conversaci&oacute;n terap&eacute;utica.   En el di&aacute;logo polif&oacute;nico cada cual   vierte su verdad sobre los padecimientos   y contribuye con igual valor a la comprensi&oacute;n. No es esencial el hallazgo de verdades fundamentales a las que es necesario llegar para resolver una situaci&oacute;n, se hace hincapi&eacute; en la conversaci&oacute;n terap&eacute;utica como el lugar donde las personas hacen cosas juntas, donde las diferentes voces generan un di&aacute;logo abierto. Esto es, no se plantea una l&iacute;nea de demarcaci&oacute;n entre el equipo terap&eacute;utico y los dem&aacute;s, sino que todos los involucrados expertos y no expertos est&aacute;n en los bordes de ese espacio de frontera, participando de la discusi&oacute;n sobre el diagn&oacute;stico y el tratamiento.</p>     <p>Para Seikkula y su grupo (30),   todos los involucrados se encuentran   en ese territorio de frontera, sumergidos   en un proceso rec&iacute;prococoevolutivo,   y ello permite una gran   flexibilidad y versatilidad al equipo   terap&eacute;utico, con una consecuencia   importante, el conjunto de los involucrados   participa en la determinaci&oacute;n   y en el dise&ntilde;o del tratamiento como acci&oacute;n conjunta.</p>     <p>Este operar en los bordes, en la   frontera, como un gran encuentro   polif&oacute;nico, rescata la conversaci&oacute;n   terap&eacute;utica de las manos de los expertos   (sin que ello quiera decir que   se prescinda, se demerite o se deseche   su participaci&oacute;n), para extenderla   a otros que aportan recursos   potenciales a la soluci&oacute;n. Esto reubica   la concepci&oacute;n misma del padecimiento   (sea una psicosis o cualquier   otra patolog&iacute;a), al presentarlo   no como una caracter&iacute;stica particular   del paciente, sino como una m&aacute;s   de las voces presentes en el momento   de la conversaci&oacute;n, la cual se acerca   m&aacute;s a lo que es un di&aacute;logo humano   in vivo y se distancia del car&aacute;cter in   vitro que la institucionalizaci&oacute;n le confiere con frecuencia.</p>     <p>La conversaci&oacute;n de las m&uacute;ltiples   voces pretende incrementar los   recursos disponibles, por un lado,   y el esp&iacute;ritu del di&aacute;logo entablado   ve a trav&eacute;s de las nuevas voces incorporadas   el significado como una   emergencia de una comunidad relacional   de personas, m&aacute;s extenso que   como particularidad generada desde   un individuo, por otro. Este estilo   de di&aacute;logo abierto, dise&ntilde;ado por   Seikkula y colaboradores (30),   orientado a ampliar las redes relacionales   en la comunidad, facilita   nuevos y mayores recursos a quienes   padecen (pacientes y otros relacionados)   para ayudar y ayudarse.   Seg&uacute;n lo plantean los autores, las   voces nuevas e incluso m&aacute;s lejanas   (aparentemente desinteresados o no   relacionados) al &aacute;mbito conversacional   terap&eacute;utico incrementan las potencialidades   relacionales que ayudar&aacute;n   a superar la dominaci&oacute;n y,   por qu&eacute; no, la opresi&oacute;n de los mon&oacute;logos   coherentes que definen las   acciones e impiden con su tiran&iacute;a   otras versiones. Por ello la idea de   incluir sistemas m&aacute;s amplios en la   conversaci&oacute;n terap&eacute;utica comprende   el tratamiento de una persona,   pareja o familia, sin separarlos de las conexiones del clima pol&iacute;tico, econ&oacute;mico, social, cultural dominante en la comunidad, regi&oacute;n o pa&iacute;s, es decir, incluyendo la ecolog&iacute;a existencial donde est&aacute;n engarzadas.</p>     <p>En este sentido, Pearce (31)   habla de una serie de fuerzas que   act&uacute;a en las personas y que ayuda   a comprender las conexiones e influencias   en las que se hallan sumergidas   las personas. Las fuerzas   contextuales que provienen del entorno,   las fuerzas prefigurativas que   irrumpen en el presente provenientes   del pasado, las fuerzas reflexivas   e implicativas que emergen desde   nosotros mismos y las fuerzas pr&aacute;cticas   que nos impulsan hacia el futuro   que anhelamos sintetizan todas   ellas, en buena medida, nuestra   ecolog&iacute;a existencial y, sin duda, est&aacute;n   presentes en la organizaci&oacute;n de   los padecimientos en los que podemos   hallarnos inmersos. Se introduce,   de este modo, un lugar en la   conversaci&oacute;n para comprender los   eventos conectados a las circunstancias,   la coyuntura y el trasfondo   de nuestras acciones (32), las cuales   adquieren unas mayores posibilidades   de inteligibilidad al mirarlas en   contacto relacional con el universo ecol&oacute;gico del individuo.</p>     <p><b>En los bordes de la conversaci&oacute;n</b></p>     <p>En el lugar de frontera de la conversaci&oacute;n   no interesa tanto buscar   la esencia, la conmensurabilidad, la   verdad, ni qui&eacute;n o qui&eacute;nes tienen la   responsabilidad de un fen&oacute;meno determinado,   se trata de un territorio   evanescente, donde cada cual incorpora   al di&aacute;logo un discurso alternativo   a cada instante, una nueva forma   de &ldquo;moverse en la conversaci&oacute;n   y m&aacute;s all&aacute; de &eacute;sta&rdquo; (5). Importa el   discurso, discurrir con el otro y sumergirse   en el proceso de exploraci&oacute;n   de aquello que es inconmensurable   y, por lo tanto, de versar con,   mantener un di&aacute;logo sin la preocupaci&oacute;n obsesiva de la verdad.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Lo interesante es el flujo, la contingencia,   &ldquo;una forma de concebir   la sabidur&iacute;a como algo que no se   ama igual que se ama un argumento,   y cuya consecuci&oacute;n no consiste   en encontrar el vocabulario correcto   para representar la esencia, es pensar   en ella como la sabidur&iacute;a pr&aacute;ctica   necesaria para participar en   una conversaci&oacute;n&rdquo; (16). En el di&aacute;logo   entablado, m&aacute;s all&aacute; de la dimensi&oacute;n   representacional del lenguaje   y el reflejo del mundo que provee, a   los part&iacute;cipes los involucra una dimensi&oacute;n   ret&oacute;rico-respondiente,   puesto que, &ldquo;fundamentalmente y   primariamente, hablamos en respuesta   a quienes nos rodean&rdquo; (18).   Son los hablantes quienes reflejan   el mundo al construir conversaciones,   por ello cierta sensibilidad por   la inteligibilidad relacional favorece   la ampliaci&oacute;n y la expansi&oacute;n de la   comprensi&oacute;n en los dominios del   discurso, para acceder a las actuaciones   relacionales, fuente de las realidades que vivimos.</p>     <p>En la frontera entre yo y el otro,   los l&iacute;mites se hacen conversaci&oacute;n, el   di&aacute;logo en los bordes se constituye   en zona de intermediaci&oacute;n, por lo   tanto, de incertidumbre. No hay   nada seguro, ni cierto, es el lugar de   las regiones marginales e inexplicables,   donde &ldquo;comenzamos a dejar de   concebir la realidad en la que vivimos   como si fuera homog&eacute;nea, la   misma en todas partes y para todos&rdquo;   (18). Emerge as&iacute;, la heterogeneidad,   se diluyen los discursos dominantes   y cada enunciado exige su suplementaci&oacute;n   por el otro. As&iacute; se regenera   el mundo de los significados   particulares y privados y es posible   cocrear nuevas mitolog&iacute;as y s&iacute;mbolos   a trav&eacute;s del sentido de lo com&uacute;n.   El sensus comunis, como creaci&oacute;n   conjunta de aquellos que mantienen   relaciones, &ldquo;no se basa en ning&uacute;n   elemento preestablecido en los hombres   o en sus circunstancias, sino   en identidades de entendimiento socialmente   compartido que aquellos   crean en el curso de la actividad que desarrollan en com&uacute;n&rdquo; (18).</p>     <p>En la frontera conversacional,   los dialogantes se incorporan a un   lugar com&uacute;n, generan unos t&oacute;picos   sensitivos (lugares sensitivos), es   decir, momentos donde lejos de presupuestos   conceptuales, lo que se   genera inicialmente son sentimientos   compartidos en una situaci&oacute;n   compartida, sentimientos comunes   cuya elucidaci&oacute;n no tiene en principio   palabras claras y contundentes   que los delimiten, sino que se contienen   &mdash;en palabras de frontera&mdash;   met&aacute;foras ( meta-foros, cambio de   lugar), donde se transfiere el sentimiento com&uacute;n al lenguaje.</p>     <p>Las met&aacute;foras, palabras sin l&iacute;mites   claros, evanescentes, a caballo   entre el mundo y los sentidos,   son un lugar de condensaci&oacute;n, evocadoras   de m&uacute;ltiples posibilidades   de interpretaci&oacute;n en principio, pero   que en el di&aacute;logo adquieren sentido   para el momento. Cuando dos personas   observan algo que ninguna   de ellas ha visto con anterioridad,   experimentan sensaciones, emociones   y quiz&aacute; sentimientos personales   cuya naturaleza individual no impide   que al ser experimentados en   presencia de otros y con otros tambi&eacute;n   haya una vivencia experimentada   en com&uacute;n. Esto sentido en   com&uacute;n no tiene todav&iacute;a una dimensi&oacute;n   ling&uuml;&iacute;stica, como la experiencia   de un trueno o un rayo para un   hombre prehist&oacute;rico, que ante las   sensaciones generadas en conjunto   con los otros comienza a contenerlas   en palabras m&aacute;gicas que acogen las   experiencias, lo sentido por &eacute;l y los   dem&aacute;s, es decir, en com&uacute;n. En expresiones   como Thor o Jehov&aacute; este   hombre encuentra un lugar de confluencia   para lo sentido en com&uacute;n.   Son los lugares fundacionales, momentos   bomba (33), que eclosionan   como primeros organizadores de lo   que llamamos la etnia terap&eacute;utica,   en la cual conversar se regenera   como un arte humano b&aacute;sico (34),   para coconstruir universos compartidos del encuentro relacional.</p>     <p>En la conversaci&oacute;n, la met&aacute;fora   se origina como un punto de anclaje   que no se refiere a una visi&oacute;n en   com&uacute;n, sino a un sentimiento en com&uacute;n,   a una forma de &ldquo;dar o prestar   una significaci&oacute;n compartida a sentimientos   compartidos en una situaci&oacute;n   ya compartida&rdquo; (27), porque el   mundo de nuestras convicciones   est&aacute; en gran medida determinado   por sensaciones y no proposiciones,   por met&aacute;foras y no enunciados (16),   lo cual nos conecta y retrotrae al   momento de la enso&ntilde;aci&oacute;n del beb&eacute;   en sus primeros momentos de relaci&oacute;n   con la madre, y que Bion propone   como el primer paso hacia la   construcci&oacute;n de la funci&oacute;n de pensar,   con otro presente o ausente,   pero siempre con otro. Se trata de la   irrupci&oacute;n de lo imaginario, de aquello que a&uacute;n no es imagen.</p>     <p>En la conversaci&oacute;n, tal y como   la entendemos en terapia, emerge   la mente, una dimensi&oacute;n m&aacute;s conectada   con la inteligibilidad de lo   experimentado que con lo imaginado.   En ella, lo imaginario se apropia   de los contenidos conversacionales,   abarca lo que a&uacute;n no es enteramente   real, pero tampoco es plenamente   ficticio. Por ello se hace necesaria   una inteligibilidad relacional,   puesto que lo imaginario surge   como un producto informe de la   conversaci&oacute;n y como tal es incompleto, fuera de lo normal, nuevo.</p>     <p>En la brecha que hay entre los   dialogantes, con el tiempo y espacio   cotidiano suspendidos, lo imaginario   no puede ubicarse en el   tiempo y el espacio (fuera del espacio   y tiempos terap&eacute;uticos), porque   sus dimensiones son experimentadas   y no imaginadas, sin embargo,   tiene atributos que lo acercan a la   realidad (sin serlo), vivida en la conversaci&oacute;n.   Lo imaginario es esbozo,   carece de concreci&oacute;n, es virtual y   sus dimensiones, al ser experimentadas,   no tienen contornos o formas   contundentes. Al contrario que la   imagen y lo imaginado, de l&iacute;mites y   formas concretas, lo imaginario se   siente en la experiencia con el otro.   Es algo com&uacute;n, sentido en com&uacute;n;   por ello opera como sonda que desde   la realidad terap&eacute;utica se proyecta   en la cotidianeidad de los hablantes,   y hace posible la introducci&oacute;n   de nuevos discursos en sus vidas,   que operar&aacute;n como nuevos trasfondos   para la acci&oacute;n. Lo imaginario, sentido com&uacute;n:</p>     <p>    <center>Es com&uacute;n pero no es general, pues   consiste en un conjunto de intelecciones   que permanece incompleto   mientras no se a&ntilde;ada al menos un   nuevo acto de intelecci&oacute;n acerca de   la situaci&oacute;n presente; y una vez que   la situaci&oacute;n desaparece, la intelecci&oacute;n   a&ntilde;adida ya no es pertinente,   por lo cual el sentido com&uacute;n vuelve   de inmediato a su estado incompleto normal. (35)</center></p>     <p>No es algo cient&iacute;ficamente objetivo,   escapa de ese cors&eacute; de la ciencia, es incompleto, sin contornos de forma concreta, modelado en el vaiv&eacute;n conversacional, sin dimensiones imaginadas, experimentado en com&uacute;n; por ello, entre lo real y lo ficticio no se atiene a formulaciones de orden l&oacute;gico, sino que argumenta a partir de analog&iacute;as que desaf&iacute;an la l&oacute;gica e incluso la coherencia. Importa ir m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites de la verdad, de la certeza y de la seguridad de haber encontrado algo a qu&eacute; atribuir las responsabilidades de los padecimientos; as&iacute; como importa acceder a una inteligibilidad que sostenga las m&uacute;ltiples voces que participan en los sufrimientos, en conversaci&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Bibliograf&iacute;a</b></p>     <!-- ref --><p>1. Al-Razi. La conducta virtuosa del fil&oacute;sofo. Madrid: Trotta; 2004.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S0034-7450200500010000300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  2. Bateson G. Esp&iacute;ritu y naturaleza. Buenos   Aires: Amorrortu; 1978.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0034-7450200500010000300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  3. Berger PL, Luckman T. La construcci&oacute;n   social de la realidad. Buenos Aires:   Amorrortu; 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S0034-7450200500010000300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  4. McNamee S, Gergen KJ. Relational responsability:   resources for sustainable   dialogue. Thousand Oaks: Sage; 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0034-7450200500010000300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  5. McNamee S. Recursos relacionales: la   reconstrucci&oacute;n de la terapia y otras   pr&aacute;cticas profesionales en el mundo   postmodemo. Sistemas Familiares.   2001;17(2).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S0034-7450200500010000300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  6. Garciand&iacute;a Imaz JA. Fenomenolog&iacute;a y   sist&eacute;mica. Temas. 2000;30(58):130-137.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0034-7450200500010000300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  7. Boscolo L, Bertrando P. Los tiempos del   tiempo. Barcelona: Paid&oacute;s; 1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0034-7450200500010000300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  8. Corominas J. Breve diccionario etimol&oacute;gico   de la lengua castellana. Madrid:   Gredos; 1973.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0034-7450200500010000300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  9. Alatorre A. Los 1001 a&ntilde;os de lengua   espa&ntilde;ola. M&eacute;xico: Fondo de cultura   econ&oacute;mica: 1989.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S0034-7450200500010000300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  10. Bion WR. Aprendiendo de la experiencia.   M&eacute;xico: Paid&oacute;s; 1991.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0034-7450200500010000300010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  11. Garrido V. El psic&oacute;pata. Barcelona:   Algar; 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S0034-7450200500010000300011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  12. Hart M y Negri A. Imperio. Barcelona:   Paid&oacute;s; 2002.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S0034-7450200500010000300012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  13. Gadamer HG. Verdad y m&eacute;todo. Salamanca:   S&iacute;gueme; 1984.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000136&pid=S0034-7450200500010000300013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  14. Fern&aacute;ndez CP. La sociedad mental. Barcelona:   Anthropos; 2004.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S0034-7450200500010000300014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  15. Rojas A. Le ph&eacute;nomene de la reencontr&eacute;   et la psychopathologie. Par&iacute;s:   Presses Universitaires de France; 1991.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S0034-7450200500010000300015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  16. Rorty R. La filosof&iacute;a y el espejo de la   naturaleza. Madrid: C&aacute;tedra; 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S0034-7450200500010000300016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  17. McNamee S. Tal&oacute;n de Aquiles. 1997   Mar; (4). Epub 2004 Aug.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000140&pid=S0034-7450200500010000300017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  18. Shotter J. Realidades conversacionales.   Buenos Aires: Amorrortu; 2001.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S0034-7450200500010000300018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  19. Sluzki C. La red social: frontera de la   pr&aacute;ctica sist&eacute;mica. Barcelona: Gedisa;   1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S0034-7450200500010000300019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  20. McNamee S, Gergen KJ. La terapia   como construcci&oacute;n social. Barcelona:   Paid&oacute;s; 1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S0034-7450200500010000300020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  21. Tomm K. Seminario de sistemas humanos.   Bogot&aacute;; 2001.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S0034-7450200500010000300021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  22. EIkalm M. If you love me, dont love me.   Nueva York: Basic Books; 1990.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S0034-7450200500010000300022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  23. Penn P, Frankfurt M. Creating a participant   text: writing, multiple voices,   narrative multiplicity. Family Process.   1994;33:217-32.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000146&pid=S0034-7450200500010000300023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  24. Stierlin H, Simon FB, Wynne LC. Delegaci&oacute;n:   diccionario de terapia familiar.   Barcelona: Gedisa; 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S0034-7450200500010000300024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  25. Selvini M, Boscolo L, Cecchin GF, Prata   G. Paradoja y contraparadoja. Barcelona:   Paid&oacute;s; 1986, 1991.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000148&pid=S0034-7450200500010000300025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  26. Pearce WB, Cronen VE. Communication,   action and meaning. Nueva York:   Praeger Press; 1980.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S0034-7450200500010000300026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  27. Shotter J. Social accountability and selfhood.   Oxford: Basil Blackwell; 1984.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000150&pid=S0034-7450200500010000300027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  28. Boszormenyi-Nagi L, Spark GM. Lealtades   invisibles. Buenos Aires:   Amorrortu; 1973, 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S0034-7450200500010000300028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  29. Andersen T. El equipo reflexivo: di&aacute;logos   y di&aacute;logos sobre los di&aacute;logos.   Barcelona: Gedisa; 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S0034-7450200500010000300029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  30. Seikkula J, et al. Treating psicosis by   means of open dialogue: the reflecting   team in action. Nueva York: Guilford   Pres; 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S0034-7450200500010000300030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  31. Pearce WB. Introducci&oacute;n a la teor&iacute;a del   manejo coordinado del significado. Sistemas Familiares. 2001;17(2):5-16.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S0034-7450200500010000300031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>32. Searle JR. La construcci&oacute;n de la realidad social. Barcelona: Paid&oacute;s; 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000155&pid=S0034-7450200500010000300032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  33. Samper J, Garciand&iacute;a Imaz JA. Momentos   bomba: the explosive effects of   metaphor in the therapeutic re-storing   of human lives. 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Salamanca: S&iacute;gueme; 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000158&pid=S0034-7450200500010000300035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p>Recibido para publicaci&oacute;n: 3 de noviembre de 2004    <br> Aceptado para publicaci&oacute;n: 29 de enero de 2005    <br> Correspondencia    <br> Jos&eacute; Antonio Garciand&iacute;a Imaz    ]]></body>
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