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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Lévinas is one of the most important thinkers of the 20th century and, perhaps, the philosopher who has attempted to think of difference most seriously. In this effort, he encountered the limits of language itself, as well as the difficulties it poses for thinking the other, difference, outside the concept which encloses the universe of sense in a totality. Lévinas centers his ethical ideas on the figure of the other and is extremely cautious; perhaps the (permanently open) totality of his work is no more than the effort to circumvent the impossibility he faces when affirming the other not as the other than myself, but as the other qua other. The purpose of this essay is to try to comprehend that radical other, preserving its outside, its "beyond", without enclosing it within the totalizing frontiers of the concept.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>&iquest;QU&Eacute; UN OTRO OTRO?</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p align="center"> <font size="3" face="verdana"><b>What an Other Other?</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p> <b>MIGUEL GUTI&Eacute;RREZ*</b></p>     <p> Universidad de Buenos Aires &middot; Argentina *<a href="mailto:miguerrez@gmail.com">miguerrez@gmail.com</a></p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p> <b>Resumen</b></p>     <p>   L&eacute;vinas es uno de los m&aacute;s importantes pensadores del siglo XX, y tal vez sea el fil&oacute;sofo que m&aacute;s en serio se haya tomado el intento de pensar la diferencia, encontr&aacute;ndose all&iacute; con los l&iacute;mites mismos del lenguaje, con la dificultad que en &eacute;ste se encuentra para pensar lo otro, la diferencia, por fuera del concepto que cierra el universo de sentido en una totalidad. L&eacute;vinas centra su pensamiento &eacute;tico en la figura del otro, y es supremamente cuidadoso, y tal vez la totalidad (siempre abierta) de su obra no sea m&aacute;s que el intento por dar ese rodeo para sortear la imposibilidad con la que se topa, en afirmar el lugar de ese otro, no como lo otro de m&iacute;, sino lo otro en tanto otro. El recorrido del presente ensayo se interesa en el intento por comprender ese otro radical preservando su afuera, su "m&aacute;s all&aacute;", sin encerrarlo en las fronteras totalizantes del concepto.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p> <b>Palabras claves:</b> Alteridad radical, an-arqu&iacute;a, infinito, Mismo, Otro, totalidad.</p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p> <b>Abstraract</b></p>     <p>   L&eacute;vinas is one of the most important thinkers of the 20th century and, perhaps, the philosopher who has attempted to think of difference most seriously. In this effort,   he encountered the limits of language itself, as well as the difficulties it poses for thinking the other, difference, outside the concept which encloses the universe of sense in a totality. L&eacute;vinas centers his ethical ideas on the figure of the other and is extremely cautious; perhaps the (permanently open) totality of his work is no more than the effort to circumvent the impossibility he faces when affirming the other not as the other than myself, but as the other qua other. The purpose of this essay is to try to comprehend that radical other, preserving its outside, its "beyond", without enclosing it within the totalizing frontiers of the concept.</p>     <p> <b>Key words:</b> Radical other, an-archy, infinite, Same, Other, totality.</p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p>   Las linternas de la raz&oacute;n no han podido sino alumbrar al otro con la luz de la mismidad que hace de sus rostros m&aacute;scara. Detr&aacute;s de esas m&aacute;scaras, de esa personae, se filtra el per-sonido del otro, no el otro de m&iacute;, sino del otro otro que entona el coro silenciado por los estruendosos cobres de la mismidad: "[n]o me matar&aacute;s, no me circunscribir&aacute;s dentro de tu mismo campo de mismidad. No me mates: no hagas de m&iacute; una representaci&oacute;n". Quien entona ese canto es un jud&iacute;o lituano parido entre dos a&ntilde;os y dos mundos, entre a. C. y d. C., en el entre de dos &eacute;pocas seg&uacute;n el totalitarismo temporal impuesto por el culto a Julio C&eacute;sar y a Gregorio XIII, que es a la vez la fina l&iacute;nea que delimita la ortodoxia religiosa de la globalizaci&oacute;n de los tiempos. Es este jud&iacute;o el que se da cuenta de que la otredad sigue impensada, a pesar de que sus contempor&aacute;neos sienten que ya ha obtenido suficientemente su lugar en el pensamiento de la Diff&eacute;rance. Pero permanece en el afuera de ese pensamiento de la diferencia -que no deja de producir los destellos de una mismidad que delimita una frontera que excluye un afuera, es decir, la existencia de una alteridad en tanto aquello que lo mismo excluye, y, por lo tanto, lo mismo sigue siendo la vara de medida de lo diferente-, un otro otro, impensado, cuyo rostro me interpela.</p>     <p> <font size="3" face="verdana"><b>El "qu&eacute;" y el "Otro"</b></font></p>      <p>   Surge entonces la pregunta: &iquest;qu&eacute; es ese otro? Pero parece que ocultamos la respuesta de entrada porque &iquest;qu&eacute; vela ese qu&eacute; que tanto critic&oacute; Heidegger (1955), que por boca de S&oacute;crates hace su aparici&oacute;n   demasiado pronta en la historia del pensamiento? &iquest;Qu&eacute; otra cosa preguntamos con el qu&eacute;, sino por la esencia? &iquest;No es precisamente la esencia lo que designa aquello por cuanto algo es igual a s&iacute; mismo, aquello por lo que una cosa no es otra, a saber, el lugar de cierre de la cosa en una totalidad? Si preguntamos por el otro otro, no queremos saber qu&eacute; de ello se suma en una totalidad absoluta, sino qu&eacute; es lo radicalmente Otro que all&iacute; aparece, anterior a todo a priori, mir&aacute;ndome cara a cara, interpel&aacute;ndome con su rostro. En la introducci&oacute;n de Totalidad e infinito, Daniel E. Guillot afirma que:</p>     <p>   El otro es precisamente lo que no se puede neutralizar en un contenido conceptual. El concepto lo pondr&iacute;a a mi disposici&oacute;n y sufrir&iacute;a as&iacute; la violencia   de la conversi&oacute;n del Otro en Mismo. La idea de lo infinito expresa esta imposibilidad de encontrar un t&eacute;rmino medio -un concepto- que pueda amortiguar la alteridad del Otro. El Otro como lo absoluto es una trascendencia anterior a toda raz&oacute;n y a lo universal, porque es, precisamente, la fuente de toda racionalidad y de toda universalidad. (citado en L&eacute;vinas 1961 25)</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   As&iacute;, como anterior a toda anterioridad, el otro es a la vez irrepresentable y fuente misma del aparato representacional; es anterior a todo fundamento, pero es fundamento sin arkh&eacute; de toda &eacute;tica y toda justicia. Por lo tanto cobra sentido la afirmaci&oacute;n de L&eacute;vinas seg&uacute;n la cual la &eacute;tica precede a la ontolog&iacute;a, pues la inmemorialidad del otro, del cual soy responsable desde siempre (all&iacute; la relaci&oacute;n con la &eacute;tica), es anterior y primera que cualquier ontolog&iacute;a. La reflexi&oacute;n &eacute;tica no se deriva de la ontolog&iacute;a; el otro estaba all&iacute; desde siempre, como l&iacute;mite de todo tiempo y todo pensamiento.</p>     <p>   En nuestro tiempo es sin duda el ojo el &oacute;rgano que m&aacute;s elude la presencia estructural de la castraci&oacute;n. Ese punto de quiebre donde el sujeto se desvanece, donde se destrona y se delimita el terreno sin fronteras de lo imposible y lo intotalizable, se eyecta ante el ojo de la raz&oacute;n t&eacute;cnica que todo lo ve o, vale decir, que en su mirar hace de lo existente totalidad. Pero ya nos lo hab&iacute;a advertido Angelus Silesius -y no s&oacute;lo &eacute;l- en su Peregrino Querub&iacute;nico: "[u]n ojo que jam&aacute;s se priva del placer de ver, se ciega al fin por entero, y no se ve a s&iacute; mismo". En ese mismo movimiento de observaci&oacute;n-apropiaci&oacute;n, la raz&oacute;n se desbanca a s&iacute; misma del lugar de la mirada y, haci&eacute;ndose ciega en esa circularidad en la que enmarca lo existente, pretende ser el referente &oacute;ptico de todo lo que sentencie su ser a partir de la refracci&oacute;n de la luz. Ese "traer a la luz" como iluminaci&oacute;n de lo que es, como fluorescencia de los cuerpos a partir del concepto, es silenciamiento de lo real en tanto presencia de la alteridad en lo que hay (il y a). Pero si este es el estatuto de la mirada en el espectro   de lo pensable, entonces, &iquest;qu&eacute; quiere decirnos L&eacute;vinas cuando afirma que la &eacute;tica es una &oacute;ptica? (cf. 1961 50). Ciertamente no destaca   la &oacute;ptica que pretende circunscribir con su mirada el ser a la representaci&oacute;n, sino una &oacute;ptica a-representacional, anterior al pensamiento, que permita que el ojo que all&iacute; se encuentra, vulnerable, a la espera, pueda ser afectado por el rostro del Otro. Es de otro modo que ser, es decir, en el m&aacute;s all&aacute; del ser.</p>     <p>   Pero anterior a todo esto, anterior a que haya un otro diferente de m&iacute;, anterior a m&iacute;, hay un Otro radical que me interpela. Esa alteridad   absoluta no se circunscribe a mi palabra hablada en mi propio idioma. No se cierra en mi totalidad conceptual, en el sentido que mi sentido lo atrapa como aquel sentido que puedo darle, no es lo otro de m&iacute;, sino el otro otro. Ese otro radical no cae en el marco de la confusi&oacute;n de lenguas, entendida &eacute;sta como la imposici&oacute;n de una lengua en otra lengua, sino que preserva su lugar en lo intocado de toda traducci&oacute;n, mantiene su diferencia, no es hablado por otros. Esa diferencia radical, motivo mismo de su singularidad en tanto hay, es el real que me interpela, que me seduce al asesinato, pues mantener su lugar de radical diferencia se me presenta como un imposible,   y busco hacer de &eacute;l una representaci&oacute;n, recogerlo dentro de mi mismo campo de sentido, hacer de &eacute;l mismidad, totalidad. Pero ese rostro del otro radicalmente diferente sentencia a su vez la frase no matar&aacute;s, no hagas de mi una representaci&oacute;n, d&eacute;jame ser desde mi singularidad. Esta singularidad no es su esencia al modo de la filosof&iacute;a griega, ni su fundamento yoico al modo moderno, sino ante todo an-arqu&iacute;a, precisamente sin arkh&eacute;, sin fundamento. Afirmar su esencia ser&iacute;a hacer de &eacute;l nuevamente mismidad, totalidad; ser afectado por su interpelaci&oacute;n an-arquica es preservar su lugar de alteridad radical, de diferencia.</p>     <p> <font size="3" face="verdana"><b>El desplazamiento del Otro</b></font></p>      <p>   A las figuras del hu&eacute;rfano, la viuda y el extranjero habr&iacute;a que a&ntilde;adir sin duda al menos una m&aacute;s: el desplazado. Es el rostro del desplazado el que nos interpela en toda esquina, con otros ojos, otros mundos y otras pieles. En su coraza de dolor, atraviesa el espectro de la diferencia. Lo asesino, lo despojo de su singularidad y lo nombro con mi concepto que hace de &eacute;l nada, vil diferencia de m&iacute;. Aparece as&iacute;, en mi violencia, la cara del mal, que no es la de los fusiles y bombas que lo despojaron de su tierra, sino esa otra violencia m&aacute;s sutil y que, por poderse disfrazar de bondad y buenas intenciones, se hace m&aacute;s peligrosa porque, &iquest;qui&eacute;n cura del mal que el bien hace? Como se&ntilde;ala Lacan en relaci&oacute;n a la t&eacute;cnica psicoanal&iacute;tica:</p>     <p> La bondad es sin duda m&aacute;s necesaria aqu&iacute; que en cualquier otro sitio, pero no podr&iacute;a curar el mal que ella misma engendra. El analista que quiere el bien del sujeto repite aquello en lo que ha sido formado, e incluso ocasionalmente torcido. La m&aacute;s aberrante educaci&oacute;n no ha tenido nunca otro motivo que el bien del sujeto. (1960 599)</p>     <p> [As&iacute;,] el mal no es ya una finitud que impide al sujeto elevarse hasta lo absoluto, hasta m&aacute;s all&aacute; de la muerte, sino el infinito malo de la indeterminaci&oacute;n del hay. No es la nada que circunda el ser y que, en &uacute;ltima instancia, es c&oacute;mplice del ser, sino ese mundo innominado de los espacios siderales y de los desiertos que pugna por reducir la subjetividad al elemento inerte. (citado en L&eacute;vinas 1961 29)</p>     <p>   Y sin embargo, a pesar de esta violencia de la bondad, esta violencia subliminal que pasa desapercibida en la cordialidad de las buenas intenciones, existe a&uacute;n una violencia anterior y fundante que surge de toda subjetividad, una violencia esencial que es precisamente la del ser que excede a todo pensamiento que intente asirla en un todo, es la violencia propia de todo infinito, su maravilla.</p>     <p> &iquest;Pero c&oacute;mo es que s&eacute; de la otredad, c&oacute;mo hago experiencia de lo otro, de lo infinito? Ciertamente no con el pensamiento, si por pensamiento   entendemos lo que entendi&oacute; Zen&oacute;n, a saber, lo otro como Uno, ac&aacute; de lo m&uacute;ltiple, pues infinito es precisamente aquello que desborda al pensamiento.</p>     <p>   La relaci&oacute;n con lo infinito puede, ciertamente, expresarse en t&eacute;rminos de experiencia, porque lo infinito desborda el pensamiento   que lo piensa. En este desbordamiento se produce precisamente su infinici&oacute;n misma, de tal suerte que ser&aacute; necesario aludir a la relaci&oacute;n con lo infinito de otro modo que en t&eacute;rminos de la experiencia   objetiva. Pero si experiencia significa precisamente relaci&oacute;n con lo absolutamente otro -es decir, con lo que siempre desborda al pensamiento- la relaci&oacute;n con lo infinito lleva a cabo la experiencia   por excelencia. (L&eacute;vinas 1961 51)</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Por lo tanto, infinito no es una representaci&oacute;n, no es la representaci&oacute;n   de infinito, sino ante todo lo que a ella escapa y se fuga del concepto.</p>     <p>   L&eacute;vinas rompe con una tradici&oacute;n que ubica en la sensibilidad el modo en que la inteligencia aprehende el mundo con la informaci&oacute;n   que se percibe a trav&eacute;s de los sentidos. Esto no le va a interesar a L&eacute;vinas m&aacute;s que como contrapunto de ese otro modo de disponerse   la sensibilidad en la apertura al otro. Ya no es la facultad de conocimiento la que rige la experiencia de la sensibilidad en tanto aprehensi&oacute;n de los objetos del mundo y su transformaci&oacute;n en fen&oacute;menos,   sino la sensibilidad en tanto afectividad. Es afectividad pura la superficie que se expone (y no interpone) ante la presencia del otro. All&iacute; aparece una cercan&iacute;a con Benjamin en tanto a la experiencia   que, m&aacute;s all&aacute; de las cualidades sensibles o la mediaci&oacute;n del pensamiento, sacude al yo ante la extimidad de su ser. Ese gozo que produce la sensibilidad sin pensamiento es la apertura ante la experiencia del otro, no como representaci&oacute;n del otro en m&iacute;, sino como alteridad sensible ante m&iacute;. Lo que presenta L&eacute;vinas no es una dicotom&iacute;a frente a los modos de conocer el mundo, inscrita en la cl&aacute;sica tradici&oacute;n psicol&oacute;gica -y en la filosof&iacute;a de donde toma su origen- de percepci&oacute;n/apercepci&oacute;n, sentimiento/pensamiento, afecto/raz&oacute;n, sino un modo de saber de lo otro, de lo que desborda la totalidad, sin que implique un asesinato de la alteridad en tanto circunscripci&oacute;n a un pensamiento que hace de ello mismidad. Es la sensibilidad alejada de la teor&iacute;a de la alteridad, es la sensibilidad frente a lo infinito m&aacute;s all&aacute; del concepto de infinito, es diferencia m&aacute;s all&aacute; del discurso de la diferencia. La sensibilidad como herramienta   del conocimiento tiende muros frente al otro; la sensibilidad como vulnerabilidad frente al otro que me interpela es apertura al rostro del otro.</p>     <p>   Esa apertura al otro no parte de una intencionalidad que quiere darle cabida a la alteridad. Eso ser&iacute;a volver al ego&iacute;smo que cierra la apertura en c&iacute;rculos conc&eacute;ntricos, al gozo del m&iacute; en m&iacute;. Es precisamente   la pasividad en el dejarse afectar por el otro, sin que ese dejarse sea actividad, lo que lleva a que el otro me interpele. No lo decido, es anterior a m&iacute;, est&aacute; desde siempre. No aparece como tema para la representaci&oacute;n. En este sentido, la subjetividad aparece por lo tanto como este estar ofrecido desde siempre al otro. Es precisamente   all&iacute; donde es posible enunciar nuevamente la frase fuerte de L&eacute;vinas seg&uacute;n la cual la &eacute;tica precede a la ontolog&iacute;a. </p>     <p><font size="3" face="verdana"><b>El Otro y el lenguaje: Una propuesta pro-vocativa</b></font></p>      <p> &iquest;Pero qu&eacute; es lo otro otro si no es lo otro de m&iacute;? No es lo que no soy, mi no-yo, lo que excede a mi frontera que delimita un adentro y un afuera. No es ni siquiera lo otro de m&iacute; en el punto en el que yo me desvanezco, all&iacute; donde el yo se duerme, se aleja, en la mirada que me devuelve el cristal y que no reconozco como m&iacute;a, aquella ajenidad con el propio ser del famoso "car JE est une autre"<sup><a href="#1" name="s1">1</a></sup> rimbaudiano.   Tampoco es el otro de las profundidades y las superficies, motor del lapsus, el chiste y las producciones on&iacute;ricas, reservorio de deseos de infancia. Tampoco es el yo que se encuentra id&eacute;ntico a s&iacute; mismo aun en sus alteraciones, y que se espanta ante la alteridad de lo que es. Tampoco es ese otro ni&ntilde;o que aguarda en los pliegues del lenguaje y que desea en mi deseo. L&eacute;vinas nos dice:</p>     <p>   Otro metaf&iacute;sicamente deseado no es "otro" como el pan que como, o como el pa&iacute;s que habito, como ese paisaje que contemplo, como a veces,   yo mismo a m&iacute; mismo, este "yo", este "otro". De estas realidades puedo "nutrirme" y, en gran medida, satisfacerme, como si me hubiesen   simplemente faltado. Por ello mismo, su alteridad se reabsorbe en mi identidad de pensante o de poseedor. El deseo metaf&iacute;sico tiende hacia lo totalmente otro, hacia lo absolutamente otro". (1961 57)</p>     <p>   Pero, &iquest;qu&eacute; de la diferencia cuando pregunto por el qu&eacute; del otro? &iquest;Supera el deseo en tanto metaf&iacute;sico aquello que estructuralmente vicia el lenguaje? &iquest;Puede la pregunta por el qu&eacute; darle alg&uacute;n lugar a lo totalmente otro, a lo absolutamente otro, o es el lenguaje, de entrada, mismidad? &iquest;Es la pregunta por el qu&eacute; de lo otro tan insostenible en s&iacute; misma en tanto articulaci&oacute;n sem&aacute;ntica, como una bola de arena arrojada al mar? &iquest;Es el lenguaje necesariamente un terreno maldito para la reflexi&oacute;n sobre el otro? &iquest;Puede saberse de otro a partir de una articulaci&oacute;n significante, o es la interpelaci&oacute;n del rostro del otro necesariamente asignificante? Y aun as&iacute;, nos dice L&eacute;vinas que el lenguaje   es el terreno donde se da la relaci&oacute;n entre lo Mismo y lo Otro. Esa relaci&oacute;n, que es la metaf&iacute;sica misma, absuelve a lo Mismo y lo Otro de la sumatoria; es la salida de s&iacute; de la mismidad. Es Religi&oacute;n.</p>     <p>   Ante esto surge necesariamente la pregunta por el estatuto de esta metaf&iacute;sica a la que "retorna" L&eacute;vinas. En esa lucha que encabeza Nietzsche con su Filosof&iacute;a del Martillo, que prosigue en la Destruktion heideggeriana y que acompa&ntilde;a el grueso de la filosof&iacute;a contempor&aacute;nea, todo en pro de derrumbar la metaf&iacute;sica, de dar vuelta hacia el l&oacute;gos, de restablecer un pensar no metaf&iacute;sico, sin fundamento en principios trascendentes, entra L&eacute;vinas a traer conceptos tales como Deseo metaf&iacute;sico y Religi&oacute;n para pensar la relaci&oacute;n del Otro con el Mismo. &iquest;Qu&eacute; lugar darle a este pensamiento que escape a ese peligro que viene siempre de la mano de la resucitaci&oacute;n de viejos &iacute;dolos? &iquest;Por qu&eacute; volver a incluir en el seno de la reflexi&oacute;n filos&oacute;fica y en la tarea actual del pensar estas nociones y estos t&eacute;rminos que resultan tan inc&oacute;modos en nuestro siglo, como elementos que, en s&iacute; mismos, vician toda posibilidad de producir un nuevo pensamiento? Habr&iacute;a que, para hacerle justicia a su modo de insertarlos en su producci&oacute;n filos&oacute;fica, comprender la metaf&iacute;sica levinasiana desde los estatutos de su propio pensamiento. Metaf&iacute;sica que retorna tal vez, pero no al modo de la materia c&eacute;fala que se esculpe en el lugar vacante que ha dejado la muerte de Dios, porque es ruptura con una tradici&oacute;n de pensamiento que asentada en el qu&eacute; y los modos de conducirse de la raz&oacute;n, niega la diferencia y lo advenidero en lo m&uacute;ltiple. Es el pensamiento que critica Heidegger (1955) en su modo de preguntar   por el qu&eacute; de las cosas, en el preguntar por la verdad como suficiencia de lo mismo, por su ipseidad y, en t&eacute;rminos de L&eacute;vinas, la manifestaci&oacute;n es su "egolog&iacute;a" (cf. 1961 68). El pensamiento de L&eacute;vinas, en este sentido, no necesariamente es un "giro religioso"   que se opone a la antifilosof&iacute;a, seg&uacute;n lo ha precisado Alem&aacute;n (2000), entendida &eacute;sta como la puesta de la filosof&iacute;a en el camino hacia un otro pensar. No es tampoco el retorno a la filosof&iacute;a de las Luces, porque ese incondicionado no es una representaci&oacute;n, ni una esencia, sino un modo en el que se incita a advenir lo real. L&eacute;vinas es consciente de los peligros que trae consigo la resucitaci&oacute;n de los dioses dormidos. Si postula un principio &eacute;tico anterior a todo a priori, es porque &eacute;ste no es fundamento, sino ante todo an-arqu&iacute;a. No es fundamento al modo en que se trae a la presencia la mismidad.   Es, ante todo, pasado inmemorial que no se trae a la presencia y del cual me hago responsable desde siempre. No es inmemorial por una debilidad de la memoria, sino por la imposibilidad insuperable del tiempo, es el otro como l&iacute;mite del pensamiento. Es lo primero que todo, anterior a cualquier efecto de representaci&oacute;n.</p>     <p>   Pero, volviendo a la reflexi&oacute;n en torno al lenguaje, si es &eacute;ste la materia misma que compone el pensamiento y el pensamiento tiende a hacer de lo m&uacute;ltiple Uno y mismidad, &iquest;c&oacute;mo es que en la experiencia del lenguaje doy lugar al otro? All&iacute; L&eacute;vinas se va a referir a una distinci&oacute;n fundamental para comprender c&oacute;mo procede   la apertura a la alteridad en la experiencia de la palabra, que es la diferencia entre el decir y lo dicho, y la participaci&oacute;n del vocativo en esa experiencia. Si el otro me interpela, hay que encontrar el modo de responder a ese otro, no con mi palabra-apropiaci&oacute;n, sino con el decir-apertura.</p>     <p>   El Decir se aproxima al Otro percibiendo el noema de la intencionalidad,   dando la vuelta a la conciencia como si fuese una chaqueta que, por s&iacute; misma, hubiese permanecido para s&iacute; incluso en sus tendencias intencionales   [&hellip;]. En el Decir el sujeto se aproxima al pr&oacute;jimo ex-pres&aacute;ndose en el sentido literal del t&eacute;rmino; esto es, expuls&aacute;ndose de todo lugar, no morando ya m&aacute;s, sin pisar ning&uacute;n suelo. El Decir descubre, m&aacute;s all&aacute; de toda desnudez, lo que puede haber de disimulo en la exposici&oacute;n de una piel puesta como desnuda". (L&eacute;vinas 1974 101)</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   La relaci&oacute;n con el vocativo lo encuentra L&eacute;vinas no s&oacute;lo en la adopci&oacute;n que hace del franc&eacute;s, sino que sobrevive su presencia tambi&eacute;n   en su lengua materna, el lituano. As&iacute;, es al otro al que se alude en la enunciaci&oacute;n de las palabras -no en su enunciado-, sin que otro sea sujeto u objeto. El lenguaje en este sentido es producido por la interpelaci&oacute;n   del otro, es &eacute;l el que me hace hablar. Es, sin embargo, en su doble filo, el lenguaje tambi&eacute;n un modo de callar al otro, de despojarlo de su alteridad y ceder ante la amenaza de aniquilar su diferencia con mi englobamiento conceptual.</p>     <p>   En castellano, vocativo es sin&oacute;nimo de llamativo, es decir, permite entender que lo que est&aacute; en juego es el llamado del otro, el o&iacute;do presto a su diferencia, mi cuerpo prestado para su caricia. En el decir "el uno se expone al otro como una piel se expone a aquello que la hiere" (L&eacute;vinas 1975 102). Es la pasividad a esa herida, el ofrecimiento de la piel para la caricia y la contusi&oacute;n. Pero si bien se entra en ese juego de significaciones y significantes, es ante todo significaci&oacute;n anterior a toda objetivaci&oacute;n. El otro como vocativo, como llamado al que respondo, no es el objeto, ni aun el sujeto de mis enunciados, es decir, sin apropiaci&oacute;n: el habla en la apertura del ser. S&oacute;lo en este "heme aqu&iacute;" del lenguaje es posible que el mismo pueda expresar el otro en tanto que otro. Es la disposici&oacute;n de esta caridad al otro, aun como traici&oacute;n del lenguaje mismo, que puede la palabra no ser borramiento del otro, su lugar de desvanecimiento, mi apropiaci&oacute;n.   Se abre, por lo tanto, otra dimensi&oacute;n del lenguaje, un m&aacute;s all&aacute; del lenguaje tradicional de la filosof&iacute;a para delimitar su objeto. L&eacute;vinas dice que:</p>     <p>   No puede mantenerse un lenguaje sensato favoreciendo un divorcio entre raz&oacute;n y filosof&iacute;a. Pero tenemos derecho a preguntarnos si la raz&oacute;n, considerada como posibilidad de tal lenguaje, le precede necesariamente,   si el lenguaje no est&aacute; fundado en una relaci&oacute;n anterior a la comprensi&oacute;n y que constituir&iacute;a su raz&oacute;n. (1951 16).</p>     <p>   Este anterior al que alude L&eacute;vinas como fundaci&oacute;n y fundici&oacute;n del lenguaje es precisamente la presencia de ese otro en el pasado inmemorial; es de all&iacute; que parte toda palabra y toda reflexi&oacute;n &eacute;tica. Es posterior al otro que la palabra se hace custodia de la quididad, y la alteridad del otro se sacrifica para mantener lo uno de lo existente.   Pero para L&eacute;vinas la posibilidad de que todo lenguaje no sea necesariamente confusi&oacute;n de lenguas est&aacute; dada por ese anterior, por esa interpelaci&oacute;n del otro que se escucha y habla antes de la representaci&oacute;n que me haga de su voz o de lo que con ella me dice. Es en la conservaci&oacute;n de ese espacio primordial que se extiende un lugar para que el responder al otro no sea borrarlo del mapa de la diferencia haciendo de &eacute;l objeto de mi entendimiento, v&iacute;ctima de mi herramienta de conocimiento.</p>     <p>   <font size="3" face="verdana"><b>Qu&eacute; un otro otro</b></font></p>      <p>   L&eacute;vinas se interesa por una subjetividad que no sea s&oacute;lo protesta   frente a la totalidad, sino que sea ante todo singularidad fundada en la idea de infinito. Lo infinito no encuentra su lugar en oposici&oacute;n a lo finito, no es su contracara, sino en tanto afuera radical de toda totalidad y como lugar fundante de lo que es, anterior a todo fundamento.   El deseo metaf&iacute;sico no opera como deseo en falta que busca su objeto para llenarse y completarse, ese deseo de la falta en ser que resalta Lacan (1960, 1961) en su lectura de El banquete de Plat&oacute;n, sino que desea m&aacute;s all&aacute; de aquello que lo colma. Desea, por lo tanto, lo absolutamente otro, m&aacute;s all&aacute; del pan que quita el hambre, la cama que quita el cansancio y el agua que quita la sed; es aquello metaf&iacute;sico que como tendencia del deseo no se cierra en una totalidad con el otro. S&oacute;lo as&iacute; puede lo mismo saber del otro sin privarlo, en ese saber, de su alteridad. Ese Otro radical sobre el que no puedo poder -es decir, mi vulnerabilidad, mi pasividad- no se enumera tampoco conmigo, porque ser&iacute;a enumeraci&oacute;n de lo Uno, p&eacute;rdida de libertad y, por lo tanto, mismidad.</p>     <p>   Aparece entonces una exigencia para la producci&oacute;n de un nuevo encaminamiento y procesamiento del pensar para poder responderle al otro -no conceptualmente, representacionalmente- que con su rostro me interpela desde su alteridad radical. Ese nuevo modo de disponerse el pensamiento y la tarea de la filosof&iacute;a es el que evoca Derrida con las palabras de Blanchot el d&iacute;a del a-Dios del fil&oacute;sofo lituano: "[e]s como si encontr&aacute;ramos una nueva vertiente en la filosof&iacute;a,   y un salto que ella y nosotros mismos nos vi&eacute;ramos urgidos a realizar". No es s&oacute;lo L&eacute;vinas el que nos interpela con sus palabras o a trav&eacute;s de sus palabras evocadas por otros, por Blanchot, por Derrida, o por la producci&oacute;n filos&oacute;fica de la Francia de finales del siglo XX; es el Otro el que nos interpela a trav&eacute;s de sus escritos que operan como lupa, microscopio al otro, y que, sin anteponer conceptos   definitivos, sino una sucesi&oacute;n infinita de torsiones que buscan despojar el espacio que lo Mismo le roba al Otro, logra correr los velos representacionales, sustraer la cara familiar para que aparezca, m&aacute;s all&aacute; de las facciones, los ojos, el rictus circunspecto, el rostro inalterable   e inapropiable del otro que est&aacute; all&iacute; anterior a nosotros, ante nosotros, anterior a todo a priori, anterior a m&iacute; y ante m&iacute;. Pero este correr los velos no es un de-velar entendido s&oacute;lo como aletheia, es decir, como aparici&oacute;n de lo otro en el espectro de lo pensable, sino el modo en que el infinito hace su entrada en el lenguaje sin darse a ver. De esta manera puede enunciarse la reflexi&oacute;n levinasiana en tanto a la pregunta por "qu&eacute; un otro otro": no aparece en pensar lo diferente, aun si esa reflexi&oacute;n acude al mundo desde los bordes, desde la periferia que delimita un adentro y un afuera, sino en estar   expuesto al otro. As&iacute;, si bien en las fronteras se agudiza el ojo y se ejecuta la &oacute;ptica que denuncia la totalidad como enemiga de la diferencia, es en la exposici&oacute;n al otro que se agudiza el o&iacute;do y se logran o&iacute;r los nudillos de ese otro, de esa alteridad que da sus golpes en mi puerta. Y si logro o&iacute;rlos y abro la puerta, no es para que el otro entre en mi morada y mi guarida y se haga mi inquilino o mi invitado, sino para mantener esa puerta a la vez abierta y cerrada, para que no s&oacute;lo sea el otro el que entre, sino yo el que salga, no s&oacute;lo de la comodidad de mi vivienda, sino de la comodidad de mi ser. Es en la salida del ser que se hace posible la interpelaci&oacute;n del otro, la inquietud ante el otro, la epifan&iacute;a de su rostro.</p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1"> <font face="verdana" size="1">     <p><sup><a href="#s1" name="#1">1</a></sup> Carta a Georges Izambard, Charleville, 13 de mayo de 1871.</p> </font> <hr size="1">      <p>   <font size="3" face="verdana"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>   Alem&aacute;n, J. Jacques Lacan y el debate posmoderno. Buenos Aires: Filigrana, 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000053&pid=S0120-0062200800010000500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Derrida, J. Adi&oacute;s a Emmanuel L&eacute;vinas. Madrid: Trotta, 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000054&pid=S0120-0062200800010000500002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Heidegger, M. &iquest;Qu&eacute; es eso de filosof&iacute;a? Argentina: Sur, 1955.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000055&pid=S0120-0062200800010000500003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Lacan, J. "La direcci&oacute;n de la cura y los principios de su poder", Escritos II. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 1975.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000056&pid=S0120-0062200800010000500004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Lacan, J. Seminario VIII: La transferencia. Argentina: Paid&oacute;s, 1960.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000057&pid=S0120-0062200800010000500005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   L&eacute;vinas, E. "&iquest;Es fundamental la ontolog&iacute;a?", Entre nosotros. Ensayos para pensar en otro. Madrid: Pre-textos, 1951.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000058&pid=S0120-0062200800010000500006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   L&eacute;vinas, E. Totalidad e infinito. Salamanca: S&iacute;gueme, 1961.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000059&pid=S0120-0062200800010000500007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   L&eacute;vinas, E. De otro modo que ser o m&aacute;s all&aacute; de la esencia. Salamanca: S&iacute;gueme, 1974.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000060&pid=S0120-0062200800010000500008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Rimbaud, A. Cartas del vidente. Madrid: Hiperi&oacute;n, 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000061&pid=S0120-0062200800010000500009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Silesius, A. El peregrino quer&uacute;bico. Madrid: Siruela, 2005.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000062&pid=S0120-0062200800010000500010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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