<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>0120-0062</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Ideas y Valores]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[Ideas y Valores]]></abbrev-journal-title>
<issn>0120-0062</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias Humanas, Departamento de Filosofía.]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S0120-00622008000100012</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Borbujo, Fernando. Schelling, el sistema de la libertad. Barcelona: Editorial Herder, 2004. Prólogo de Eugenio Trías. 733 pp]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Ramírez]]></surname>
<given-names><![CDATA[Carlos]]></given-names>
</name>
<xref ref-type="aff" rid="A01"/>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A01">
<institution><![CDATA[,Pontificia Universidad Javeriana  ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[Cali ]]></addr-line>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>04</month>
<year>2008</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>04</month>
<year>2008</year>
</pub-date>
<volume>57</volume>
<numero>136</numero>
<fpage>148</fpage>
<lpage>152</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S0120-00622008000100012&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S0120-00622008000100012&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S0120-00622008000100012&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>Borbujo, Fernando. Schelling, el sistema de la libertad. Barcelona: Editorial Herder, 2004. Pr&oacute;logo de Eugenio Tr&iacute;as. 733 pp.<b></b></b></font></p>      <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p>   Si la paciencia fuera la virtud del fil&oacute;sofo, el autor de Schelling, el sistema de la libertad deber&iacute;a ser considerado un virtuoso. A lo largo de m&aacute;s de 700 p&aacute;ginas conduce a sus lectores a trav&eacute;s de los principales   escritos del pensador alem&aacute;n desde 1809 hasta su muerte, es decir, a trav&eacute;s de 45 a&ntilde;os de reflexiones densas y, aun para sus contempor&aacute;neos, de dif&iacute;cil digesti&oacute;n. Partiendo de las Investigaciones filos&oacute;ficas sobre la libertad humana (1809), para llegar, luego del paso por las diversas versiones de Las edades del mundo y las Lecciones de Erlangen (1821-1827), hasta la filosof&iacute;a de la mitolog&iacute;a y de la revelaci&oacute;n, Fernando P&eacute;rez-Borbujo traza un completo mapa de la obra intermedia y tard&iacute;a de Schelling que, al menos en la bibliograf&iacute;a en castellano, no tiene parang&oacute;n. El texto se ci&ntilde;e al orden de aparici&oacute;n de los t&iacute;tulos mencionados y, sin perder el aliento, recorre paso a paso innumerables   vericuetos terminol&oacute;gicos y conceptuales. Para formarse una imagen de la producci&oacute;n de Schelling durante estos a&ntilde;os &ndash;m&aacute;s a&uacute;n cuando s&oacute;lo una m&iacute;nima parte de la misma ha sido traducida&ndash; su valor no es nada despreciable. La complejidad y el volumen del material en cuesti&oacute;n ya lo hacen meritorio. Dif&iacute;cilmente se podr&aacute; igualar la empresa: pocos se arriesgan a levantar un mapa exhaustivo de un laberinto.</p>     <p>   La paciencia no es sin embargo una virtud filos&oacute;fica. Un buen argumento no se consigue a base de resistencia. De ah&iacute; que el libro pueda ser visto, sin muchas posibilidades   de r&eacute;plica, como un largo resumen decorado con anotaciones y referencias bibliogr&aacute;ficas   que nunca se integran verdaderamente   en la exposici&oacute;n. Basta ver algunas de las referencias a autores como Hogrebe (29), Frank (72), Deleuze (56), Zizek (691), Kant (134), von Balthasar (532) o Nicol&aacute;s de Cusa (279), para percatarse de c&oacute;mo su contenido, alcance y plausibilidad quedan como una inc&oacute;gnita. Las citas parecen tener m&aacute;s la intenci&oacute;n de generar la ilusi&oacute;n de contemporaneidad y erudici&oacute;n, que la de entablar un di&aacute;logo con los int&eacute;rpretes de Schelling y, en general, con la tradici&oacute;n filos&oacute;fica. Para la muestra un bot&oacute;n: &ldquo;el primero que ha se&ntilde;alado la distinci&oacute;n fundamental que permitir&aacute; entender el pante&iacute;smo como un sistema que no s&oacute;lo no niega la libertad, sino que la requiere, es Spinoza en su &Eacute;tica, en la que distingue entre la sustancia como aquello que es en s&iacute; y por s&iacute;, y los modos o atributos de la misma, que ni son ni se conciben por s&iacute; mismos, sino s&oacute;lo en la sustancia&rdquo;. Luego viene la nota 49: all&iacute; aparece el t&iacute;tulo en lat&iacute;n de la &Eacute;tica &ndash;en lat&iacute;n todo suena m&aacute;s solemne&ndash; junto a tres referencias: Deleuze (Spinoza y el problema de la expresi&oacute;n), E. E. Harris (The substance of Spinoza) y Macherey (Introduction a l&rsquo;&Eacute;thique de Spinoza). El caso es frecuente: de un enunciado trivial &ndash;para enterarnos de la distinci&oacute;n spinoziana entre sustancia, atributos y modos no hace falta abrir ninguno de los tres libros mencionados&ndash; o, como en este caso, falso &ndash;los atributos s&iacute; se conciben por s&iacute; mismos&ndash;, resulta un abultado n&uacute;mero de referencias que, ni enriquecen la informaci&oacute;n inicial, ni son debatidas, sino que se limitan a indicarnos que el autor revis&oacute; pacientemente   el cat&aacute;logo de alguna biblioteca. El horizonte de las ocasionales discusiones con los int&eacute;rpretes, o de las muestras de respaldo a sus tesis, revela asimismo la falta de interlocuci&oacute;n con buena parte de la bibliograf&iacute;a &ndash;por no decir que su desconocimiento. P&eacute;rez-Borbujo cita a Hogrebe, Zizek o Frank, pero el horizonte de discusi&oacute;n alcanza hasta comentaristas, hoy d&iacute;a saludablemente pensionados por la comunidad filos&oacute;fica schellinguiana, como Horst Fuhrmans. No casualmente se afirma, por ejemplo, que &ldquo;en la actualidad&rdquo; se ha llegado a considerar la obra tard&iacute;a de Schelling como consumaci&oacute;n del idealismo (cf. 23), refiri&eacute;ndose por supuesto al libro de Walter Schulz, La consumaci&oacute;n del idealismo alem&aacute;n en la filosof&iacute;a tard&iacute;a de Schelling: &iexcl;un texto publicado en 1955! A pesar de mencionar autores que, para seguir con los tres antes mencionados, se ocupan con Schelling desde el marco de problemas contempor&aacute;neos, como la naturaleza de la referencia o el car&aacute;cter intransparente o prerreflexivo de la subjetividad, P&eacute;rez-Borbujo parece muy inquieto por destacar, por ejemplo, su v&iacute;nculo con el te&iacute;smo. Dejando de lado la omisi&oacute;n de autores significativos en la discusi&oacute;n reciente sobre Schelling (Buchheim, Sollenberg, Zantwijk); los desafortunados convidados permanecen al margen, limitados a engordar los pies de p&aacute;gina.</p>     <p> Para rastrear una tesis en medio de tantas p&aacute;ginas de res&uacute;menes salpicados de citas decorativas &ndash;algo que, al menos para hacerle honor a su nombre, deber&iacute;a estar presente en la tesis doctoral que fue originalmente el libro&ndash; no queda m&aacute;s remedio que recurrir a la introducci&oacute;n y al ep&iacute;logo, en donde el lector espera hallar la clave y el sentido de todo el proyecto. All&iacute; uno se topa con lo que P&eacute;rez-Borbujo denomina el &ldquo;sistema de la libertad&rdquo;: &ldquo;el sistema de la libertad es la afirmaci&oacute;n de que s&oacute;lo hay una mediaci&oacute;n absoluta, no de la raz&oacute;n consigo misma, sino de la libertad consigo misma&rdquo; (32). Bajo el supuesto de que lo absoluto no es &ldquo;sujeto&rdquo; sino libertad, el autor contrasta su l&iacute;nea de interpretaci&oacute;n con la de una &ldquo;l&oacute;gica de la raz&oacute;n&rdquo; (32) encarnada por Walter Schulz, para la cual la obra tard&iacute;a de Schelling es la forma culminante de la automediaci&oacute;n del pensar. Contrariamente a lo afirmado por esta l&iacute;nea, Schelling representar&iacute;a m&aacute;s bien la superaci&oacute;n del idealismo, en cuanto la &uacute;nica reflexi&oacute;n absoluta ser&iacute;a la de la libertad, ya sea a trav&eacute;s del querer humano, del conocimiento filos&oacute;fico como sistema o, sobre todo, de la muerte de Cristo. En cualquiera de estos casos la libertad, o sea, lo absoluto, se libera de s&iacute; misma en algo diferente que, en cuanto retorna a ella libremente, le permite su autoconocimiento. Este proceso se hace especialmente visible a causa de una idea que, seg&uacute;n P&eacute;rez-Borbujo, constituye una de las grandes novedades de las Investigaciones sobre la libertad humana, a saber, que el hombre es el punto en el cual la voluntad que crea la naturaleza da lugar a un ser plenamente autosuficiente, capaz de ser por completo para s&iacute; mismo. Es decir que el hombre es &ldquo;personalidad&rdquo;. Al decidirse libremente por el mal, &eacute;l hace suya esa libertad que pose&iacute;a originalmente como algo meramente dado e introduce una escisi&oacute;n radical en el ser. El mundo humano se vuelve as&iacute; algo autosuficiente. Dado que el hombre puede renunciar a su resoluci&oacute;n por el mal y retornar a la posici&oacute;n que Dios le hab&iacute;a conferido, ese estado puede ser sin embargo revocado: en la voluntad humana la libertad puede volver libremente a s&iacute; misma luego de un proceso de separaci&oacute;n. Aqu&iacute; se tratar&iacute;a por tanto de una unidad-consigo-mismo-en-el-ser-otro en la cual el sujeto en cuesti&oacute;n no es el pensar sino la libertad. El &ldquo;sistema de la libertad&rdquo;, el cual deber&iacute;a ser considerado como una superaci&oacute;n del idealismo, ser&iacute;a as&iacute; una filosof&iacute;a de la reflexi&oacute;n definida en t&eacute;rminos pr&aacute;ctico-volitivos.</p>     <p> Ahora, esta tesis no puede sino generar insatisfacci&oacute;n. Pretender rebasar el marco del idealismo sobre la base del concepto de reflexi&oacute;n es, de antemano, una empresa fallida. Todo concepto de automediaci&oacute;n, aun si se trata de la de la libertad, permanece ligado al tipo de movimiento propio del esp&iacute;ritu o, en t&eacute;rminos subjetivistas, de la autoconciencia. El paso de la raz&oacute;n a la libertad no hace, en este caso, ninguna diferencia. La verdadera ruptura respecto al idealismo que puede atribu&iacute;rsele al Schelling tard&iacute;o va de la mano del (re)descubrimiento de una esfera prerreflexiva y prerelacional del ser, a la cual &eacute;l llega mediante su progresivo conocimiento de la tradici&oacute;n neoplat&oacute;nica desde mediados de la primera d&eacute;cada del siglo XIX. Sobre esta base Schelling empieza a pensar lo absoluto, no como un todo que se relaciona consigo mismo, sino como lo Uno que trasciende toda totalidad, es decir, en t&eacute;rminos ajenos a toda mediaci&oacute;n. Lo verdaderamente absoluto no puede aqu&iacute; necesitar de otro para ser lo que es &ndash;tal como lo afirma P&eacute;rez-Borbujo (32)&ndash; pues si requiere de un tr&aacute;nsito a trav&eacute;s de otra cosa se mostrar&iacute;a como dependiente y no como lo completamente independiente y no-relacional. Lo absoluto no puede ser por eso ni siquiera el fundamento de todo lo que se sigue de &eacute;l. Si bien puede haber algo fuera, ese otro no es el medio de su autoconocimiento. Toda relaci&oacute;n en la cual &eacute;l est&eacute; involucrado concierne a lo otro, a su aparecer-para-otro, pero lo absoluto permanece sustra&iacute;do a ella como lo radicalmente trascendente: como &ldquo;no-fundamento&rdquo; (Ungrund) o &ldquo;voluntad que nada quiere&rdquo;, en los t&eacute;rminos de la obra intermedia. Ni al inicio ni al final de todo el proceso ontol&oacute;gico lo absoluto se conoce a s&iacute; mismo, pues &eacute;l es m&aacute;s bien lo que nunca es para s&iacute; mismo y, por tanto, lo que no tiene la forma del esp&iacute;ritu o de la personalidad. Schelling insiste por eso que entre lo absoluto y lo primeramente existente hay una brecha o un salto, y no alguna especie de autodeterminaci&oacute;n o de emanaci&oacute;n, en la cual la causa no &ldquo;abandona el efecto&rdquo; (632). En este sentido no es casual que P&eacute;rez-Borbujo omita, en su lectura de Las Edades del Mundo, la descripci&oacute;n de la irrupci&oacute;n de lo primeramente existente como un evento que no implica ninguna acci&oacute;n ni movimiento por parte de lo absoluto. Mencionarlo pondr&iacute;a en dificultades la tesis de la automediaci&oacute;n. En realidad, es s&oacute;lo sobre la base del hiato entre lo absoluto y el automovimiento del esp&iacute;ritu que Schelling puede, frente a la idea hegeliana de &ldquo;borrar el tiempo&rdquo; una vez el esp&iacute;ritu se apropie de s&iacute; mismo luego de su paso por toda una serie de enajenaciones, reivindicar una idea de temporalidad e historicidad que nunca admite una clausura &ndash;la cual es una de las tesis centrales de la filosof&iacute;a positiva. Debido a que el principio del esp&iacute;ritu no es nada espiritual, esto es, a que no es una forma a&uacute;n no venida a s&iacute; misma de espiritualidad, sino, m&aacute;s bien, algo que no tiene su estructura, el esp&iacute;ritu nunca se reencuentra consigo mismo al final de su automovimiento, sino que se ve puesto siempre frente a la exigencia de ahondar activamente en el desocultamiento de su propio principio. El esp&iacute;ritu se mueve ciertamente por s&iacute; mismo, pero de ah&iacute; no se sigue que &eacute;l pueda llegar a conocerse plenamente. S&oacute;lo puede, si quiere, ahondar en un pasado que lo trasciende constitutivamente&ndash; lo cual implica inevitablemente tiempo. Si esto es as&iacute;, y sobran los textos que podr&iacute;an apoyar esta argumentaci&oacute;n, el &ldquo;sistema de la libertad&rdquo; no se muestra como una clave adecuada para comprender la obra intermedia y tard&iacute;a de Schelling, ni mucho menos para considerarla como una &ldquo;superaci&oacute;n&rdquo; del idealismo. Pensar en una automediaci&oacute;n de la libertad, en la cual ella se reconcilia al final consigo misma, podr&iacute;a ser perfectamente una idea hegeliana. Pero con ello el n&uacute;cleo de la filosof&iacute;a de Schelling queda definitivamente fuera de foco.</p>     <p>   La tesis del autor se debilita a&uacute;n m&aacute;s en cuanto que, luego de haber afirmado que el &uacute;nico absoluto es la libertad (23), sostiene que hay una &ldquo;unidad verdadera y real&rdquo; (35) que se sirve de la libertad como &ldquo;medio&rdquo; (36) para aparecer para s&iacute; misma como &ldquo;amor&rdquo;. Nada que sea un medio puede ser absoluto, y si la libertad lo es, ella no es lo que el autor sostiene. El principio &uacute;ltimo del sistema parece tener as&iacute; un fundamento a&uacute;n m&aacute;s profundo. Estas oscuridades o inconsistencias,   cuya aclaraci&oacute;n yo le cedo a un lector m&aacute;s paciente, resultan secundarias respecto a un problema a&uacute;n mayor, a saber, si la lectura que hace el autor de Schelling nos ofrece alguna perspectiva nueva acerca de su obra y, a&uacute;n m&aacute;s all&aacute;, si nos ofrece alg&uacute;n conocimiento relevante filos&oacute;ficamente &ndash;y esto significa, en el caso del pensador alem&aacute;n: metaf&iacute;sicamente relevante. P&eacute;rez-Borbujo afirma, por ejemplo, que &ldquo;el gran descubrimiento&rdquo; (27) de Las edades del mundo es que Dios no es sino querer, o que el &ldquo;gran descubrimiento&rdquo; (29) de la filosof&iacute;a de Schelling es que Dios es una voluntad que tiende a espiritualizarse. Si esto es as&iacute;, bien puede dudarse con raz&oacute;n de qu&eacute; tan sensato es a&uacute;n leer a Schelling. Pensar en la naturaleza de Dios resulta importante en la medida en que, en el marco del idealismo alem&aacute;n, &eacute;l es el concepto mediante el cual se piensa lo ente en tanto contenido primordial de la raz&oacute;n humana. Pensar acerca de su naturaleza es pensar acerca de las estructuras fundamentales de nuestra comprensi&oacute;n de la realidad, lo cual es, desde Kant hasta Strawson o David Lewis, el problema central de la metaf&iacute;sica. Que Dios sea &ldquo;voluntad&rdquo; es filos&oacute;ficamente relevante para nosotros, en cuanto este concepto antropom&oacute;rfico nos ofrezca a&uacute;n claves para entender qu&eacute; somos y qu&eacute; es el mundo &ndash;del mismo modo como lo hacen conceptos menos metaf&oacute;ricos como &ldquo;individuo&rdquo;, &ldquo;esencia&rdquo; o &ldquo;posibilidad&rdquo;&ndash;. Este no es, sin embargo, el horizonte en el que opera P&eacute;rez-Borbujo. En ocasiones es imposible librarse de la sensaci&oacute;n de estar leyendo a un franciscano del siglo XIII que ha decidido revitalizar el cristianismo destacando la primac&iacute;a en Dios de la voluntad sobre la raz&oacute;n &ndash;en medio de eventuales arrebatos l&iacute;ricos de cuyo buen gusto es mejor callar (cf. 706). En ese entonces esa era a&uacute;n una posici&oacute;n filos&oacute;fica respetable. Afirmar ahora, v&iacute;a Schelling, que Dios es esencialmente voluntad y que, por medio de la uni&oacute;n con Cristo, podemos participar de su automediaci&oacute;n y, de paso, librarnos de la disoluci&oacute;n del tejido social que implica la p&eacute;rdida de la fe (377), es una tesis que a&uacute;n puede tener validez teol&oacute;gica y resultar adem&aacute;s significativa para una &eacute;tica y una pol&iacute;tica teon&oacute;mica, pero que, en relaci&oacute;n a la metaf&iacute;sica contempor&aacute;nea, no es m&aacute;s que un cap&iacute;tulo superado o una mera curiosidad. Que &eacute;sta sea una posible lectura de Schelling, queda fuera de duda. No lo es sin embargo su relevancia cuando el lenguaje y el m&eacute;todo de la metaf&iacute;sica han llegado a ser distintos. Est&aacute; claro que es posible leer hoy a Or&iacute;genes, a Duns Scoto o a Schelling, y hallar en su concepci&oacute;n ontol&oacute;gica de la voluntad ideas filos&oacute;ficamente significativas, pero abordarlos tal como si sus conceptos y su manera de tratarlos pudiese seguir siendo la nuestra, y no fuera precisa ni una traducci&oacute;n, ni un trabajo de interpretaci&oacute;n desde el horizonte de nuestros problemas, no es sino una forma de ingenuidad o de mala conciencia. El &ldquo;gran descubrimiento&rdquo; del pensamiento de Schelling no puede ser por eso que la existencia de Dios se asienta exclusivamente en su propia voluntad. Si as&iacute; es, bien podr&iacute;amos prescindir de su obra y, como de hecho lo hizo Bertrand Rusell, ni siquiera incluirlo como un cap&iacute;tulo menor en la historia de la filosof&iacute;a. Este no es sin embargo el caso. Schelling puede interpelar a&uacute;n al pensamiento filos&oacute;fico y moverlo a reflexionar &ndash;tal como lo se&ntilde;ala adecuadamente P&eacute;rez-Borbujo&ndash; sobre las salidas a la crisis de la modernidad (19), pero s&oacute;lo mientras se tengan los ojos bien abiertos para la actualidad del pensar, y no s&oacute;lo para la actualidad de nuestras demandas de sentido y de redenci&oacute;n. Lo dem&aacute;s es o una sofisticada mercanc&iacute;a en el mercado de las ilusiones, o alguna pose &ldquo;retro&rdquo; m&aacute;s apta para las pasarelas que para la verdadera producci&oacute;n espiritual.</p>     <p>   <b>Carlos Ram&iacute;rez</b></p>     <p>   Pontificia Universidad Javeriana &ndash; Cali   <a href="mailto:elbecariofeliz@gmx.net">elbecariofeliz@gmx.net</a> </p> </font>     ]]></body>
<body><![CDATA[ ]]></body>
</article>
