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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[EL SUJETO COMO HUMANA CONDICIÓN: ENSAYOS DEL SEÑOR DE MONTAIGNE]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[The Subject as Human Condition: Essays by M. de Montaigne]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Essays is the title of a painting in which its author depicts himself as modelling his "self" as both subject and topic. By doing so, a painting of the human condition is elaborated, a morality. It is also a matter of answering two questions: ¿how is it possible in an ink self portrait to study the behaviours of "man in general"? And ¿how is it possible for a XVI century author to build a morality that exceeds the level of customs and conventions without a comprehensive representation and, thus, correlative to its scepticism?]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <p>    <center><font size=4 face="verdana"><b>EL SUJETO COMO HUMANA CONDICI&Oacute;N: ENSAYOS DEL SE&Ntilde;OR DE MONTAIGNE<sup>*</sup></b></font></p>      <p><font size=4 face="verdana"><b>The Subject as Human Condition: Essays by M. de Montaigne</b></font></p>     <br>      <p><font size=2 face=verdana>    <p><b><i>Antonio Rodr&iacute;guez Jaramillo</i></b>    <br> Universidad Tecnol&oacute;gica de Pereira</center></p>      <p><sup>*</sup> <b>Recibido</b> Mayo de 2009; <b>aprobado</b> Noviembre de 2009.    <br></font></p>  <hr>  <font size=3 face="verdana">      <p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<center><b><i>RESUMEN</i></center></b></p>      <p><i>Ensayos</i> es el t&iacute;tulo de una pintura donde su autor se representa modalizando su "yo" como sujeto y tema. En esta misma operaci&oacute;n se elabora una pintura de la humana condici&oacute;n, una moral. Se trata de responder a dos cuestiones: &iquest;c&oacute;mo es posible en un autorretrato de tinta un estudio de los comportamientos del "hombre en general"? y &iquest;c&oacute;mo es posible, para un autor del siglo XVI, construir una moral, que rebasa el nivel de las costumbres y las convenciones, sin una representaci&oacute;n comprensiva y, por ende, correlativa a su escepticismo?</p>      <p><b>Palabras clave</b>: sujeto, representaci&oacute;n, pintura, "humana condici&oacute;n", moral.</p>  <hr>      <p><b>    <center><i>ABSTRACT</i></b></center></p>      <p>Essays is the title of a painting in which its author depicts himself as modelling his "self" as both subject and topic. By doing so, a painting of the human condition is elaborated, a morality. It is also a matter of answering two questions: &iquest;how is it possible in an ink self portrait to study the behaviours of "man in general"? And &iquest;how is it possible for a XVI century author to build a morality that exceeds the level of customs and conventions without a comprehensive representation and, thus, correlative to its scepticism?</p>      <p><b>Key words</b>: subject, representation, painting, "human condition", morality.</p>  <hr>      <p>    <center>"<i>&laquo;Sujeto&raquo; es la ficci&oacute;n de creer que muchos    <br> estados similares son, en nosotros, el efecto    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> de un mismo substrato; pero somos nosotros    <br> quienes hemos creado &laquo;la identidad&raquo; de esos    <br> estados &#91;...&#93;</i>" Nietzsche<sup><a name="nu1"></a><a href="#num1">1</a></sup></center></p>      <p>Una &eacute;poca sin <i>l&oacute;gos</i>, sin espiritualidad, sin sujeto, puede no ser un mundo en crisis, sino un mundo cuya <i>arch&eacute;</i> es la crisis de su existencia. El presente postmoderno connvoca, hasta en su nombre, una sensibilidad del tiempo hitoricista para aparecer como un nuevo amanecer. En los o&iacute;dos del tiempo presente resuenan, casi hasta hacerse insoportables, los discursos nacidos de la desaparici&oacute;n del sujeto. Esta defunci&oacute;n nos dice que hubo una &eacute;poca donde naci&oacute; y una historia que lo recorri&oacute;; el pensamiento, despu&eacute;s de Nietzsche, no ha cesado de transitar su tiempo. La historia moderna del pensamiento ha fijado su nacimiento, como una ces&aacute;rea programada, en Descartes. Sin embargo, antes que el autor de las <i>Meditaciones acerca de la filosof&iacute;a primera en las cuales se demuestra la existencia de Dios</i> &#91;...&#93;, el autor de los Ensayos, viviendo la nueva experiencia de la imposibilidad de reconocerse en el mundo, habitado por la angustia y la duda de su pensamiento, ensaya un sujeto que, al caracterizarse por la inconstancia y la irresoluci&oacute;n, s&oacute;lo puede ser una representaci&oacute;n no comprensiva. El deceso del sujeto es crisis, <i>arch&eacute;</i> de un tiempo; y su nacimiento tambi&eacute;n.</p>      <p>El d&iacute;ptico sujeto-objeto s&oacute;lo es posible como representaci&oacute;n. La representaci&oacute;n moderna s&oacute;lo es posible con la experiencia que el hombre hace de s&iacute; mismo al ver el mundo como un objeto distante de s&iacute; mimo, y frente al que se configura a s&iacute; mismo como agente; quien dice sujeto -objeto, dice representaci&oacute;n: "Que el mundo se convierta en imagen es exactamente el mismo proceso por el que el hombre se convierte en subjectum dentro de lo ente"<sup><a name="nu2"></a><a href="#num2">2</a></sup>. El discurso contempor&aacute;neo ha hecho del d&iacute;ptico sujeto- objeto, una metaf&iacute;sica de la certeza; mas esta cuesti&oacute;n no aplica para el pensamiento de Montaigne. Los <i>Ensayos</i> son un proyecto propio de la historia moderna del pensamiento que a&uacute;n sin usar los t&eacute;rminos sujeto, subjetividad, objeto, pone en juego lo que designan; se trata de la representaci&oacute;n del "yo" modalizado como sujeto (agente pintor) y como objeto (materia de su pintura). La pintura del "yo" es la conciencia que el autor hace de s&iacute; mismo, conciencia que se representa como una subjetividad inconstante, gracias a la operaci&oacute;n de un pensamiento arbitrario que singulariza el "yo", es decir, la deliberada relaci&oacute;n del "yo" consigo mismo que se revierte en el propio "yo", relaci&oacute;n posible a trav&eacute;s de modalizarse a s&iacute; mismo como sujeto y tema. Este ejercicio del pensamiento porta su cicatriz: un hombre, cercenado de la experiencia originaria de reconocerse en el ser, es un "yo" inmanente a la operaci&oacute;n de reconocerse en su propia subjetividad. La subjetividad, conciencia del yo, se despliega en los <i>Ensayos</i> como las fantas&iacute;as (representaciones, opiniones, imaginaciones) que engendra un esp&iacute;ritu libre que rebasa "el principio de raz&oacute;n" o principio de (no) contradicci&oacute;n; las pinturas de s&iacute; mismo son im&aacute;genes tambaleantes y arbitrarias de los accidentes, el discurso se constituye como quimeras, monstruos fant&aacute;sticos, grotescos<sup><a name="nu3"></a><a href="#num3">3</a></sup>, en cuanto rompe todo v&iacute;nculo posible entre raz&oacute;n y ontolog&iacute;a. Esta escisi&oacute;n anula toda pretensi&oacute;n comprensiva: por una parte, la representaci&oacute;n no puede abarcar ni hacer aparecer la unidad total de lo que representa; por otra, la representaci&oacute;n en su aparecer no aparece simult&aacute;neamente mostr&aacute;ndose ella misma y mostrando el objeto que la causa en una relaci&oacute;n de identidad, como signo o criterio de verdad. Las representaciones para Montaigne, las propias y las extra&ntilde;as, en el tiempo presente y en el tiempo pasado, son arbitrarios juegos de los esp&iacute;ritus, correlatos de las pasiones y no de los objetos exteriores al sujeto. Las representaciones remiten a los desordenes interiores de la subjetividad y no a un orden externo donde el objeto permanece y espera en silencio que el discurso lo enuncie: "&#91;...&#93; en lo que yo digo, no garantizo otra certeza sino que es lo que ten&iacute;a en mi pensamiento, pensamiento tumultuario y vacilante"; "Yo propongo las fantas&iacute;as (<i>fantasies</i>) humanas y las m&iacute;as, simplemente como humanas fantas&iacute;as (<i>fantasies</i>) &#91;...&#93; materia de opini&oacute;n, no de fe; lo que yo pienso seg&uacute;n yo, no lo que yo creo seg&uacute;n Dios &#91;...&#93;"<sup><a name="nu4"></a><a href="#num4">4</a></sup></p>      <p>La historia moderna del pensamiento ha transitado hasta la fatiga la noci&oacute;n de representaci&oacute;n, y si insistimos sobre este aspecto es para destacar que la representaci&oacute;n, en el pensamiento del siglo XVI, no se agota en lo simb&oacute;lico<sup><a name="nu5"></a><a href="#num5">5</a></sup>, sino que nace y cae en las urgencias existenciales; escribe Montaigne: "Es un humor melanc&oacute;lico, y un humor por consiguiente muy enemigo de mi complexi&oacute;n natural, producido por la tristeza de la soledad (<i>chagrin de la solitude</i>), en la cual hac&iacute;a algunos a&ntilde;os que yo me hab&iacute;a lanzado, que me ha puesto primeramente en la cabeza el delirio (<i>resveri</i>) de ponerme a escribir. Y despu&eacute;s, encontr&aacute;ndome completamente desprovisto y vac&iacute;o de toda materia, me he presentado a m&iacute; mismo como materia y como sujeto"; "Por haberme dispuesto desde mi infancia a examinar mi vida en la de otro, he adquirido una complexi&oacute;n estudiosa en esto, y cuando pienso en ello, yo dejo escapar en torno a m&iacute; pocas cosas que me sirven: actitudes, humores, prop&oacute;sitos. Yo estudio todo &#91;...&#93;"<sup><a name="nu6"></a><a href="#num6">6</a></sup>. Si la subjetividad se constituye como representaci&oacute;n, no se ha de ignorar que es una pr&aacute;ctica de s&iacute; mismo a trav&eacute;s de la cual se constituye subjetivamente el sujeto como agente &eacute;tico y moral.</p>      <p><i>Ensayos</i> es el t&iacute;tulo de una pintura, de una obra donde el autor se representa a s&iacute; mismo; sin embargo, el lector de este libro descubre en &eacute;l una filosof&iacute;a moral en el despliegue de un estudio de la humana condici&oacute;n, entonces, nos preguntamos: &iquest;c&oacute;mo es posible en un autorretrato de tinta el despliegue de un estudio de los comportamientos del "hombre en general" ("hombre en grueso")?, &iquest;c&oacute;mo es posible, para un autor del siglo XVI, construir una moral, que rebasa el nivel de las costumbres y las convenciones, sin una representaci&oacute;n comprensiva y, por ende, correlativa a su escepticismo? Montaigne escribe: "Yo pinto principalmente mis cogitaciones, sujeto informe, que no puede caer bajo los actos. A duras penas yo puedo acostarlo en este cuerpo a&eacute;reo de la voz"<sup><a name="nu7"></a><a href="#num7">7</a></sup>; el "yo" (autor) pinta las libres representaciones de su "yo" (objeto, materia del libro). Una de sus representaciones dice: "Los otros forman al hombre; yo lo describo (<i>je le recite</i>) y de este represento un particular bastante mal formado &#91;...&#93;. Yo no pinto el ser. Yo pinto el paso (<i>je peints le passage</i>) &#91;...&#93;"<sup><a name="nu8"></a><a href="#num8">8</a></sup>. Por un lado, la voz del "yo" autor expresa que su subjetividad representa un ejemplar del hombre; esta expresi&oacute;n no es dis&iacute;mil con lo que denota en el par&aacute;grafo siguiente: "&#91;...&#93; cada hombre porta la forma entera de la humana condici&oacute;n". El se&ntilde;or de Montaigne es un elemento del conjunto hombre; en el juego de las representaciones, el "yo" es una imagen del "hombre en grueso"; la pintura de s&iacute; mismo refleja la imagen de la condici&oacute;n del hombre, y viceversa. Representarse a s&iacute; mismo como un particular del hombre o, dicho en otros t&eacute;rminos, si "cada hombre porta la forma entera de la humana condici&oacute;n", pintar un particular es representar la humana condici&oacute;n. Por otro lado, el autor contrapone su proyecto a la tradici&oacute;n formativa ("Los otros forman al hombre; yo lo describo, <i>je le recite</i>, &#91;...&#93;"). El verbo franc&eacute;s <i>reciter</i>, en el contexto del siglo XVI, designa entre varias acepciones: decir en voz alta, recitar, describir, narrar, reportar, contar algo real o fantasioso; adem&aacute;s, la representaci&oacute;n precisa que no se pinta el ser, sino el paso (<i>passage</i>), es decir, el cambio de un estado a otro a causa de los movimientos, cuesti&oacute;n que se reafirma si tenemos en cuenta las l&iacute;neas previas a la aclaraci&oacute;n: "Ahora, los trazos de mi pintura no son inexactos en absoluto, aunque ellos se cambien y diversifiquen. El mundo no es m&aacute;s que una agitaci&oacute;n perenne. Todas las cosas se agitan sin cesar: la tierra, las rocas del C&aacute;ucaso, las pir&aacute;mides de Egipto, y por la agitaci&oacute;n general y particular. La constancia misma no es otra cosa que una agitaci&oacute;n m&aacute;s l&aacute;nguida"; si bien estas l&iacute;neas se refieren a la pintura de s&iacute; mismo, valen para "el hombre en general". &iquest;Qu&eacute; significa representar al hombre sin considerar el ser y s&iacute; el paso?, &iquest;cu&aacute;l es el car&aacute;cter de esta representaci&oacute;n?</p>      <p>Al autor que practica la <i>t&eacute;chne</i> de representar o pintar al hombre, le convienen sin impertinencia varios t&eacute;rminos griegos pertenecientes a la familia del verbo <i>&ecirc;thologeo</i>, que significa imitar, a trav&eacute;s de una pintura, o expresar, a trav&eacute;s del teatro, las costumbres, los caracteres: las palabras <i>&ecirc;thopoios</i> y <i>&ecirc;thographos</i> designan, entre sus acepciones, a quien pinta las costumbres, los caracteres; <i>&ecirc;thologos</i> es quien imita o expresa las costumbres, los caracteres, por ejemplo, un comediante o un autor. <i>&Ecirc;thopoios</i> y <i>&ecirc;thographos</i>: "moralista". Montaigne define la pr&aacute;ctica del moralista: "Se amarra bien tambi&eacute;n toda la filosof&iacute;a moral a una vida popular y privada como a una vida muy ricamente estofada &#91;...&#93;"<sup><a name="nu9"></a><a href="#num9">9</a></sup>; "&#91;...&#93; por la consideraci&oacute;n de las naturalezas y condiciones de diversos hombres, las costumbres de las diferentes naciones, que es el verdadero tema de la ciencia moral"<sup><a name="nu10"></a><a href="#num10">10</a></sup>. El estudio de los hombres, de sus modos de ser, de sus h&aacute;bitos y costumbres, es el dominio de la moral<sup><a name="nu11"></a><a href="#num11">11</a></sup>. A los franceses que se ocupan de este tema, principalmente en los siglos XVI y XVII, los historiadores los califican de moralistas por sus estudios sobre los comportamientos humanos<sup><a name="nu12"></a><a href="#num12">12</a></sup>. El estudio moral, en general, no remite directamente a un <i>summum bonum</i>, que se ha de desbrozar como criterio para dar cuenta de la vida pr&aacute;ctica, sino que comprende "al hombre seg&uacute;n el hombre", sin la gracia divina y alejado de la naturaleza; la filosof&iacute;a moral se seculariza en el desenvolvimiento del siglo XVI. Los estudios morales de Montaigne est&aacute;n exentos de doctrina y de prescripci&oacute;n, el autor de los <i>Ensayos</i> se ha desatado de la autoridad cristiana, como ocurre con Rabelais. La pintura del hombre es una representaci&oacute;n subjetiva y no comprensiva que, escindida de la <i>ous&iacute;a</i>, o de la <i>Physis</i> o la <i>natura</i>, o del plan divino, irrumpe en un tiempo de crisis y se limita a la frontera de describir aquello que muestran los hombres de s&iacute; mismos a trav&eacute;s de sus acciones, sus comportamientos. Montaigne no pinta las acciones, que de cierta manera son externas al hombre mismo, lo que se representa son sus disposiciones, su <i>&ecirc;thos</i><sup><a name="nu13"></a><a href="#num13">13</a></sup>.      <p>El primer cap&iacute;tulo de los <i>Ensayos, Por diversos medios se llega al mismo fin</i> (1571 - 1572), probablemente no fue el primero que escribi&oacute; el autor<sup><a name="nu14"></a><a href="#num14">14</a></sup>, mas su ubicaci&oacute;n puede corresponder al inter&eacute;s de hacer aparecer, desde el principio de su libro, lo complejo y lo vano de la materia de sus estudios: el hombre. Aun sin considerar las dos adiciones de 1588 y las dos de la edici&oacute;n p&oacute;stuma de 1595, el lector descubre dos premisas contrarias que en su articulaci&oacute;n recogen el t&iacute;tulo del cap&iacute;tulo: "La manera m&aacute;s com&uacute;n de ablandar los corazones de aquellos que uno ha ofendido, mientras que tienen la venganza en su mano y nos tienen a su merced, es conmoverlos por sumisi&oacute;n a la conmiseraci&oacute;n y a la piedad. Sin embargo, la bravura y la constancia, medios completamente contrarios, han alguna vez servido para este mismo efecto"<sup><a name="nu15"></a><a href="#num15">15</a></sup>. Montaigne usa dos tipos de comportamientos como premisas -dis&iacute;miles en extensi&oacute;n y en comprensi&oacute;n- de un razonamiento que lleva no a una conclusi&oacute;n y s&iacute; a un corolario, que no aparece de inmediato, creando el espacio en el que se ejercita el juicio. Las premisas son sustentadas bajo todos los &aacute;ngulos posibles a trav&eacute;s de diversos ejemplos hist&oacute;ricos, que funcionan como argumentaci&oacute;n. Las conductas de los hombres no son uniformes, diversas circunstancias pueden desencadenar efectos similares, circunstancias similares pueden arrojar efectos diversos<sup><a name="nu16"></a><a href="#num16">16</a></sup>. Es en este aspecto donde se ancla el corolario de las premisas: "Ciertamente, el hombre es un tema maravillosamente vano, diverso y fluctuante. Es dificultoso fundamentarle juicio constante y uniforme"<sup><a name="nu17"></a><a href="#num17">17</a></sup>. El corolario no se enra&iacute;za en el tipo de acciones que constituyen las escenas de las premisas, ni en el an&aacute;lisis particular de los actores, sino que abstrae al hombre en su inconstancia y diversidad como tema de estudio. Sin dificultad se inducen los alcances: los comportamientos son irreductibles, un comportamiento puede ser explicado por la representaci&oacute;n de motivos diversos sin atrapar comprensivamente jam&aacute;s lo real; la fragilidad o el coraje de dos hombres enfrentados ser&iacute;a una reducci&oacute;n simple, pues c&oacute;mo desconocer los humores epis&oacute;dicos, las disposiciones tocadas por circunstancias contingentes inmediatas o lejanas, la memoria, las pasiones, las asociaciones, etc.: "Lo que propusimos antes, lo cambiamos al momento, y al momento retornamos sobre nuestros pasos; no es m&aacute;s que agitaci&oacute;n e inconstancia &#91;...&#93; no vamos; nos arrastran.</p>      <p>Nuevas fantas&iacute;as cada d&iacute;a &#91;...&#93;. Nosotros flotamos entre diversas opiniones: no deseamos nada libremente, nada absolutamente, nada constantemente"; "Aquel que vieron ayer tan aventurado, no les extra&ntilde;e verlo ma&ntilde;ana apoltronado; o la c&oacute;lera, o la necesidad, o la compa&ntilde;&iacute;a, o el vino, o el sonido de una trompeta le habr&iacute;an tomado las entra&ntilde;as; no se trata de un coraje formado por razones; esas circunstancias le han formado; no es nada extraordinario verlo transformado por otras circunstancias contrarias"<sup><a name="nu18"></a><a href="#num18">18</a></sup>. La inconstancia de los hombres deviene en una naturaleza incomprensible no porque su verdad se halle sepultada en un profundo abismo, sino por la ausencia de toda permanencia; un simple accidente puede causar gran agitaci&oacute;n con el s&oacute;lo rozar un oculto resorte: "Hay partes secretas en los objetos que se manejan, que no se pueden adivinar, especialmente en la naturaleza de los hombres, condiciones mudas, sin mostrarse, desconocidas a la vez por el poseedor mismo, que se producen y se despiertan en ocasiones repentinas"<sup><a name="nu19"></a><a href="#num19">19</a></sup>. La inconstancia, los movimientos titubeantes, las fragilidades de los hombres impiden fijar par&aacute;metros universales a los comportamientos; la inconstancia establece las fronteras del tema.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En el primer cap&iacute;tulo del segundo volumen, <i>De la inconstancia de nuestras acciones</i> -compuesto poco despu&eacute;s de I, 1-, las reflexiones se extienden sobre la inconstancia y diversidad de los comportamientos. Usufructuando de Plutarco y de S&eacute;neca<sup><a name="nu20"></a><a href="#num20">20</a></sup>, el modelo de una vida ordenada sirve para contrastar las maneras del "hombre en general"<sup><a name="nu21"></a><a href="#num21">21</a></sup>. El corolario del cap&iacute;tulo I, 1, se amarra sin mediaci&oacute;n con las primeras l&iacute;neas del cap&iacute;tulo II, 1: "Quienes se ejercitan en examinar las acciones humanas no se encuentran en ninguna parte tan enredados como en ajustarlas y ponerlas en el mismo punto de vista; pues ellas se contradicen com&uacute;nmente de manera tan extra&ntilde;a que parece imposible que ellas hayan salido de la misma tienda"<sup><a name="nu22"></a><a href="#num22">22</a></sup>. El corolario da cuanta de las dificultades de los autores cuando intentan representar un hombre como una unidad; caen en permanentes contradicciones y acomodos forzados que desfiguran el conjunto armado. Un agregado -en la edici&oacute;n de 1588- explicita la cuesti&oacute;n: "Hay cierta apariencia de raz&oacute;n al juzgar de un hombre por los trazos m&aacute;s comunes de su vida; mas en vista de la natural inestabilidad de nuestras maneras de vivir y opiniones, me parece con frecuencia que los mismos buenos autores se equivocan en su obstinaci&oacute;n de formar de nosotros una constante y s&oacute;lida contextura"<sup><a name="nu23"></a><a href="#num23">23</a></sup>. La alternativa no se hace esperar: es necesario aplicarse a examinar las partes y no el todo: "Yo creo m&aacute;s dif&iacute;cilmente de los hombres la constancia que cualquier otra cosa, y nada m&aacute;s f&aacute;cilmente que la inconstancia. Quien juzgara en detalle y distintamente pieza por pieza, podr&iacute;a decir m&aacute;s a menudo algo verdadero"<sup><a name="nu24"></a><a href="#num24">24</a></sup>. La unidad y la coherencia en los comportamientos son propias s&oacute;lo de los pocos hombres extraordinarios que han existido, s&oacute;lo sirven como tipos para los ex&aacute;menes. En las &uacute;ltimas l&iacute;neas del cap&iacute;tulo II, 1, aparece la consigna que Montaigne no desconocer&aacute; en sus estudios sobre el hombre: "No es propio de un asentado juicio, juzgarnos simplemente por nuestras acciones exteriores; es necesario sondear hasta el interior y ver por cuales resortes se da el movimiento &#91;...&#93;"<sup><a name="nu25"></a><a href="#num25">25</a></sup>. No es posible ninguna tipolog&iacute;a universal del car&aacute;cter, no se puede hablar ni siquiera de una homogeneidad en el modo de ser de un individuo: "Montaigne sabe cuanto su retrato del hombre se aparta de los clich&eacute;s literarios &#91;...&#93;"<sup><a name="nu26"></a><a href="#num26">26</a></sup>. El peso de la "inconstancia" permanece a lo largo de toda su obra; en el cap&iacute;tulo III, 13 -escrito aproximadamente diecis&eacute;is a&ntilde;os despu&eacute;s del &uacute;ltimo pasaje citado-, el pensador vuelve a insistir: "Yo dejo a los artistas, y no s&eacute; si llegan a la meta, en cosa tan mezclada, tan menuda y tan fortuita, de ordenar en bandas esta infinita diversidad de apariencias, y detener nuestra inconstancia y ponerla en orden"<sup><a name="nu27"></a><a href="#num27">27</a></sup>.</p>      <p>La imposibilidad de las representaciones para configurar la imagen coherente de un hombre brota de la inconstancia y la irresoluci&oacute;n, cualidades predominantes y rectoras, que subyacen en cada individuo: "Yo s&eacute; bien que, al pie de la letra, este placer de viajar porta el testimonio de inquietud y de irresoluci&oacute;n. Tambi&eacute;n son nuestras maestras cualidades y predominantes"; "Mas para volver a nuestro prop&oacute;sito, nosotros tenemos por nuestra parte la inconstancia, la irresoluci&oacute;n, la incertidumbre &#91;...&#93;"<sup><a name="nu28"></a><a href="#num28">28</a></sup>. En los <i>Ensayos</i>, las nociones "inconstancia" e "irresoluci&oacute;n" frecuentemente aparecen como sin&oacute;nimos, usadas indistintamente, pero, si bien la inconstancia remite al cuerpo y al alma, no va de igual manera con la irresoluci&oacute;n que se restringe como cualidad del alma, en general, y del esp&iacute;ritu, en particular. La irresoluci&oacute;n del esp&iacute;ritu puede ser considerada como la incapacidad del juicio y de la voluntad para permanecer en una decisi&oacute;n, en una conducta estable, mas tambi&eacute;n puede designar la incapacidad de elegir frente a una o varias situaciones epis&oacute;dicas sin considerar su extensi&oacute;n temporal. Los hombres son estudiados a partir de la inconstancia y la irresoluci&oacute;n; los pensadores esc&eacute;pticos no consideran ni la posibilidad de develar fines ni causas, la humana condici&oacute;n se desata del primer pecado y de los fines de la redenci&oacute;n; el hombre es examinado en el espacio del tiempo humano. Las representaciones de la humana condici&oacute;n son parad&oacute;jicas: la inconstancia y la irresoluci&oacute;n provienen de las diversas pasiones, del cuerpo y del alma; sin embargo, la existencia humana no es pensable sin la agitaci&oacute;n que ellas mismas le causan. Montaigne, como tantos humanistas, se aleja de la noci&oacute;n y el manejo de las pasiones desde la perspectiva de la apath&eacute;ia estoica<sup><a name="nu29"></a><a href="#num29">29</a></sup>; mas, &iquest;qu&eacute; son las pasiones para Montaigne?</p>      <p>Puesto que la naturaleza de los <i>Ensayos</i> es descriptiva y las definiciones inexistentes, es necesario desbrozar las nociones. Desde dos pasajes -uno de la <i>Apolog&iacute;a</i>, II, 12, y otro de <i>De la fuerza de la imaginaci&oacute;n</i>, I, 21- se puede inferir la definici&oacute;n de pasi&oacute;n:</p>  <ol>     <p>Nuestra fantas&iacute;a &#91;representaci&oacute;n&#93; no se aplica a las cosas extra&ntilde;as, mas es concebida con la mediaci&oacute;n de los sentidos; y los sentidos no comprenden el objeto extra&ntilde;o, mas <i>solamente sus propias pasiones (leurs propres passions</i>); y as&iacute; la fantas&iacute;a y la apariencia no son del objeto sino <i>s&oacute;lo de la pasi&oacute;n y el sufrimiento de los sentidos (passion et souffrance du sens)</i> &#91;...&#93;<sup><a name="nu30"></a><a href="#num30">30</a></sup>.    <br> Cada una de ellas &#91;las partes del cuerpo&#93; tiene sus propias <i>pasiones</i> (<i>passions</i>) &#91;...&#93; Esta misma causa que anima este miembro, anima tambi&eacute;n sin nuestro sello, el coraz&oacute;n, el pulm&oacute;n y el pulso &#91;...&#93;<sup><a name="nu31"></a><a href="#num31">31</a></sup>.</p>    </ol>      <p>Las pasiones son movimientos, afecciones de las diversas partes del cuerpo y del alma, noci&oacute;n no de origen estoico y s&iacute; peripat&eacute;tico. Si las pasiones del cuerpo son las afecciones propias de todos sus &oacute;rganos, las pasiones del alma son todas aquellas afecciones y deseos que por su origen no son naturales, sino producidas por las costumbres en una geograf&iacute;a social y por el uso de las facultades del alma. Estas &uacute;ltimas no tienen realidad natural, nacen artificialmente, de manera similar como ocurre con los placeres no naturales ni necesarios en el pensamiento de Epicuro, por ejemplo, la presunci&oacute;n: "Hay otro tipo de gloria, que es una excesiva buena opini&oacute;n que concebimos de nuestro valor. Es una afecci&oacute;n inconsiderada, por la que nos queremos, que nos representa a nosotros mismos como otros que no somos &#91;...&#93;"<sup><a name="nu32"></a><a href="#num32">32</a></sup>. Las necesidades corporales devienen como apetitos<sup><a name="nu33"></a><a href="#num33">33</a></sup>, mientras las nacidas del alma son designadas como deseos. Las pasiones del alma y del cuerpo, los apetitos y los deseos, causan alteraciones no s&oacute;lo en la parte de su origen, sino en todo el hombre.</p>      <p>El valor que el autor de los <i>Ensayos</i> le confiere a la naturaleza, en proporci&oacute;n inversa a las creaciones humanas, permite comprender su disposici&oacute;n a vivir intensamente las pasiones y los placeres del cuerpo y a desde&ntilde;ar de cierta manera algunas pasiones del alma. Apoy&aacute;ndose en el op&uacute;sculo <i>Si son m&aacute;s temibles las pasiones del cuerpo o las del alma</i> de Plutarco, considera que siempre resultan m&aacute;s temibles las afecciones del alma. En primer lugar, cuando las pasiones del cuerpo afectan al alma, la fuente est&aacute; en las partes donde no se ubica el domicilio del juicio, favoreciendo que &eacute;ste pueda intervenir con menos afecci&oacute;n. En segundo lugar, las pasiones corporales por ser naturales se satisfacen m&aacute;s f&aacute;cilmente que las del alma, pues son apetitos de un cuerpo que se sacia r&aacute;pidamente, aunque despu&eacute;s de un lapso vuelva a irrumpir la necesidad, cuesti&oacute;n similar a las consideraciones de Epicuro respecto a los placeres naturales y necesarios. Las pasiones del alma, al estar en la imaginaci&oacute;n, no tienen l&iacute;mite para su satisfacci&oacute;n, cada logro es el principio de una mayor exacerbaci&oacute;n: "&#91;...&#93; las pasiones que pertenecen por entero al alma, como la ambici&oacute;n, la avaricia y otras, dan m&aacute;s quehacer a la raz&oacute;n; pues ella no puede ser socorrida m&aacute;s que por sus propios medios, y no son estos apetitos susceptibles de saciedad, al contrario ellos se exacerban y aumentan por el goce"<sup><a name="nu34"></a><a href="#num34">34</a></sup>. Pero, las pasiones, en general, al ser movimientos exacerbados del alma y del cuerpo, determinan las acciones con mayor facilidad que la raz&oacute;n: "La pasi&oacute;n nos manda m&aacute;s vivamente que la raz&oacute;n"<sup><a name="nu35"></a><a href="#num35">35 </a></sup>. La fuerza de las pasiones en su direcci&oacute;n monol&iacute;tica hacia su objeto, compromete el juicio y las percepciones de cada hombre: "&#91;...&#93; vemos que el alma en sus pasiones se enga&ntilde;a m&aacute;s bien ella misma, se erige un falso y fant&aacute;stico tema &#91;...&#93;"<sup><a name="nu36"></a><a href="#num36">36</a></sup>; "Mientras nos palpite y sintamos la emoci&oacute;n, aplacemos la partida; las cosas nos parecer&aacute;n otras, en verdad, cuando nos hayamos calmado y enfriado; es la pasi&oacute;n la que manda entonces, es la pasi&oacute;n la que habla, no nosotros"<sup><a name="nu37"></a><a href="#num37">37</a></sup>. Sin embargo, sin las pasiones, tanto del cuerpo como del alma, el hombre permanecer&iacute;a inactivo. El autor de los <i>Ensayos</i>, tras la huella de Plutarco y, por ende, de Arist&oacute;teles, escribe:</p>  <ol>     <p>Las sacudidas y conmociones que nuestra alma recibe por las pasiones corporales, pueden mucho en ella, pero a&uacute;n m&aacute;s las suyas propias, de las que est&aacute; tan fuertemente presa que quiz&aacute; es sostenible que ella no tiene otro andar y movimiento que el soplo de sus vientos, y que, sin su agitaci&oacute;n, permanecer&iacute;a sin acci&oacute;n, como un nav&iacute;o en plena mar al que los vientos le negaren su socorro. Y quien mantuviera esto siguiendo el partido peripat&eacute;tico no nos har&iacute;a mucho da&ntilde;o, puesto que es conocido que la mayor parte de las m&aacute;s bellas acciones del alma proceden y tienen necesidad de este impulso de las pasiones<sup><a name="nu38"></a><a href="#num38">38</a></sup>.</p>    </ol>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Los efectos de las pasiones no llevan a Montaigne a condenarlas y a buscar su erradicaci&oacute;n, &eacute;l arremete contra la <i>apath&eacute;ia</i> del P&oacute;rtico y se inclina por la <i>eupathia</i> peripat&eacute;tica y plutarquiana. Las pasiones han de ser controladas para evitar que anulen completamente el ejercicio del juicio y, por ende, lleven a perder la tranquilidad humanamente posible. Una pasi&oacute;n incontrolada puede llegar al extremo de someter a su imperio todas las acciones de un hombre; Montaigne mismo se sorprende al examinar como una pasi&oacute;n incontrolada manda al traste las bondades de Cesar: "Mas todas estas bellas inclinaciones fueron alteradas y ahogadas por esa furiosa pasi&oacute;n ambiciosa, por la que se dej&oacute; tan fuertemente llevar que se puede f&aacute;cilmente sostener que ella ten&iacute;a el tim&oacute;n y el gobernalle de todas sus acciones &#91;...&#93; En resumen, s&oacute;lo este vicio, en mi opini&oacute;n, arruin&oacute; al m&aacute;s bello y m&aacute;s rico natural que jam&aacute;s existi&oacute; &#91;...&#93;"<sup><a name="nu39"></a><a href="#num39">39</a></sup>.</p>      <p>Montaigne adhiere a Plat&oacute;n y Arist&oacute;teles, a trav&eacute;s de Plutarco, en lo referido al tema de las pasiones, mas su adhesi&oacute;n es s&oacute;lo parcial. Siendo un pensador del siglo XVI no puede asumir irrestrictamente que la raz&oacute;n es la facultad del discernimiento, convocada para instaurar el orden y vislumbrar el futuro, como lo expresa Arist&oacute;teles: "Y puesto que se producen deseos mutuamente encontrados - esto sucede cuando la raz&oacute;n y el apetito son contrarios &#91;...&#93; el intelecto manda resistir ateni&eacute;ndose al futuro, pero el apetito se atiene a lo inmediato; y es que el placer inmediato aparece como placer absoluto y bien absoluto porque se pierde de vista el futuro"<sup><a name="nu40"></a><a href="#num40">40</a></sup>. La raz&oacute;n para los esp&iacute;ritus antiguos, capaz de la Verdad, ha de contener el desborde que pueden causar las afecciones en su ciega carrera hacia su objeto:</p>  <ol>     <p>Pues como perros feroces revueltos ante cualquier voz se amansan solamente con aquella que les es familiar, as&iacute; tambi&eacute;n no es posible apaciguar f&aacute;cilmente las pasiones del alma cuando est&aacute;n exasperadas si al momento razonamientos acostumbrados y familiares no las detienen en su perturbaci&oacute;n<sup><a name="nu41"></a><a href="#num41">41</a></sup>.    <br> Pero en realidad existe templanza donde la raz&oacute;n gu&iacute;a y maneja el elemento pasional como una criatura obediente a las riendas y mansa, logrando que ceda en los deseos y que reciba voluntariamente moderaci&oacute;n y decoro<sup><a name="nu42"></a><a href="#num42">42</a></sup>.    </ol>      <p>Hasta el siglo XIII, las relaciones posibles entre raz&oacute;n - pasiones - acciones y sus soportes antropol&oacute;gicos se amarran al Ser. La confianza que confiere el mundo al hombre de la Antigüedad y del Medioevo, es la garant&iacute;a ontol&oacute;gica de poder alcanzar una vida arm&oacute;nica a partir del gobierno o de la erradicaci&oacute;n de los elementos irracionales, que son la perdida del orden. Sin embargo, a partir del siglo XIV, progresivamente, la radical escisi&oacute;n entre fe y raz&oacute;n va dejando la fe como &uacute;nico medio de acceso a Dios; la raz&oacute;n, ahora vuelta sola sobre s&iacute; misma, no puede comprender, ni conocer la verdad divina, ni acceder a las formas universales; la omnipotencia de Dios hace sentir al hombre la posibilidad de la arbitrariedad del orden del mundo<sup><a name="nu43"></a><a href="#num43">43</a></sup>.</p>      <p>El pensamiento al no poder encontrar en s&iacute; mismo ni siquiera los rastros de la gracia divina, no puede comprender al Creador ni a su creaci&oacute;n; la raz&oacute;n se somete a grandes indagaciones y debates, evidencias de su propia crisis, pero la historia ya le ha trazado su destino: sus nuevas condiciones la determinan como una facultad natural<sup><a name="nu44"></a><a href="#num44">44</a></sup>, como un instrumento sin garant&iacute;a que depende de las contingencias de su uso, de las representaciones o de las experiencias individuales:</p>  <ol>     <p>&#91;...&#93; la raz&oacute;n va siempre torcida, y coja, y derrengada, y con la mentira como con la verdad &#91;...&#93; Yo siempre llamo raz&oacute;n a esta apariencia de discurrir que cada uno forja en s&iacute;: esta raz&oacute;n, de cuya condici&oacute;n puede haber cien contrarias alrededor de un mismo tema, es un instrumento de plomo y de cera, alargable, plegable y acomodable a todos los sesgos y a todas las medidas; s&oacute;lo se necesita la suficiencia de saberlo contornear<sup><a name="nu45"></a><a href="#num45">45</a></sup>.    <br> &#91;...&#93; yo llamo raz&oacute;n a nuestras divagaciones y a nuestros sue&ntilde;os &#91;...&#93;<sup><a name="nu46"></a><a href="#num46">46</a></sup>.</p>    </ol>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La raz&oacute;n ya no puede establecer normas ni es norma, es incapaz de diferenciar las apariencias de la verdad, incapaz de determinar las apariencias como apariencias y las verdades como verdades: "Ella no es otra cosa que la reuni&oacute;n de las racionalizaciones, de las producciones discursivas <i>a posteriori</i>, por las que el hombre ennoblece ilusoriamente sus pasiones. Ella es la capacidad irracional de absolutizar lo relativo, de necesitar lo contingente, de legitimar el hecho, y en fin de universalizar lo particular: es fundamentalmente ilusi&oacute;n"<sup><a name="nu47"></a><a href="#num47">47</a></sup>. Para el hombre, estremecido permanentemente por las diversas pasiones, naturales y sociales, y con una raz&oacute;n que no rebasa el estatuto de un instrumento a discreci&oacute;n del uso que cada uno le d&eacute;, el orden, la constancia, la resoluci&oacute;n son quimeras en la existencia humana. La negaci&oacute;n del ser y la negaci&oacute;n de la verdad para la raz&oacute;n son la negaci&oacute;n del primado de la naturaleza humana.</p>      <p>Montaigne se aleja de la milenaria noci&oacute;n "naturaleza humana" para acercarse a la noci&oacute;n "humana condici&oacute;n" bajo la acepci&oacute;n de disposici&oacute;n o modo de ser, <i>&ecirc;thos</i>. La noci&oacute;n "naturaleza humana" nace de los dominios metaf&iacute;sicos, postula una identidad gen&eacute;rica desprovista de lo fortuito; la noci&oacute;n "humana condici&oacute;n" surge del discurso jur&iacute;dico, donde el hombre se pone con relaci&oacute;n a diversas posibilidades de la vida individual y colectiva asimilables a las prescripciones, a las convenciones<sup><a name="nu48"></a><a href="#num48">48</a></sup>. En el siglo XVI, las acepciones del t&eacute;rmino franc&eacute;s <i>condition</i> est&aacute;n directamente vinculadas con el t&eacute;rmino latino <i>conditio</i> de donde proviene. La palabra <i>conditio</i>, a su vez, proviene de <i>condicio</i> y esta del termino <i>dicio</i> propio del lenguaje jur&iacute;dico<sup><a name="nu49"></a><a href="#num49">49</a></sup>. Del campo jur&iacute;dico al uso corriente, el t&eacute;rmino pasa a designar una situaci&oacute;n determinada por un contrato, una posici&oacute;n, una condici&oacute;n f&iacute;sica, una condici&oacute;n moral, una condici&oacute;n social, ya sea establecida por naturaleza o por convenci&oacute;n<sup><a name="nu50"></a><a href="#num50">50</a></sup>. En el contexto franc&eacute;s del siglo XVI est&aacute; presente la diferenciaci&oacute;n entre <i>condicio</i> y <i>conditio</i> bajo dos acepciones de la palabra <i>condition</i>: uno de sus sentidos se refiere a las condiciones o cl&aacute;usulas estipuladas en un contrato o en un testamento y determinadas por la voluntad de los contratantes o del que testamenta en un documento; otro sentido designa la posici&oacute;n, o el estatus, o el modo de comportamiento que le corresponde a un individuo dentro de una sociedad determinada<sup><a name="nu51"></a><a href="#num51">51</a></sup>. La noci&oacute;n "humana condici&oacute;n" aparece en el dominio filos&oacute;fico con Cicer&oacute;n, S&eacute;neca y San Agust&iacute;n, entre otros; ellos la emplean para designar el estado o el modo de ser de los hombres signado por la miseria, o la fragilidad, o la contingencia<sup><a name="nu52"></a><a href="#num52">52</a></sup>. Montaigne, como magistrado y lector, no desconoc&iacute;a las acepciones de <i>condition</i>. El sustantivo en cuesti&oacute;n es usado en los <i>Ensayos</i> en varias circunstancias y con varias acepciones: modo de ser, estado, disposici&oacute;n, posici&oacute;n, norma<sup><a name="nu53"></a><a href="#num53">53</a></sup>, por ejemplo: "<i>La debilidad de nuestra condici&oacute;n</i> hace que las cosas, en su simplicidad y pureza natural, no puedan caer en nuestro uso"; "Sin embargo <i>la debilidad de nuestra condici&oacute;n</i> nos pone frecuentemente en esta necesidad de servirnos de malos medios para un buen fin"; "Ninguna particular cualidad enorgullecer&aacute; a aqu&eacute;l que tenga en cuenta &#91;...&#93; la inanidad de la <i>humana condici&oacute;n</i>"<sup><a name="nu54"></a><a href="#num54">54</a></sup>. La humana condici&oacute;n es el nombre que se presta a ese modo de ser o estado propio de los seres humanos sin la gracia divina y escindidos de la naturaleza, es decir, la noci&oacute;n designa a la vez la p&eacute;rdida de la vieja experiencia originaria de reconocerse en el mundo y el advenimiento de la experiencia nueva del desgarre, la experiencia que el hombre hace de s&iacute; como sujeto.</p>      <p>En el tercer volumen de los <i>Ensayos</i> (1588), publicado ocho a&ntilde;os despu&eacute;s de los dos primeros vol&uacute;menes, su autor escribe: "&#91;...&#93; cada hombre porta la forma entera de la humana condici&oacute;n"<sup><a name="nu55"></a><a href="#num55">55</a></sup>. Esta afirmaci&oacute;n es bastante pol&eacute;mica, cada int&eacute;rprete la lee a su manera: para unos es la permanencia de una conciencia moral, para otros, la naturaleza humana, no faltan quienes la asumen como una cuesti&oacute;n de lenguaje y quienes la remiten a las nociones aristot&eacute;licas<sup><a name="nu56"></a><a href="#num56">56</a></sup>. La afirmaci&oacute;n presupone que hay <i>La forma de la humana condici&oacute;n</i> y afirma que cada individuo porta no una parte de ella, sino toda. En primer lugar, Montaigne usa el verbo franc&eacute;s <i>porter</i>, cuyas acepciones, en el siglo XVI, son similares a las del verbo latino <i>portare</i>, de donde se deriva, y que designa llevar, transportar, mas no remite a tener algo en s&iacute; mismo como constitutivo de su propia naturaleza. En segundo lugar, Montaigne emplea la noci&oacute;n "humana condici&oacute;n" y no "naturaleza humana"; en el <i>corpus</i> de los <i>Ensayos</i> no aparece elemento alguno para sustentar que el t&eacute;rmino "forma" pueda ser equivalente a forma substancial o a naturaleza humana, mas s&iacute; parece corresponder a modo de ser, car&aacute;cter, <i>&ecirc;thos</i>. El autor no usa nunca las palabras "<i>caract&egrave;re</i>" ni "<i>&ecirc;thos</i>" para referirse al modo de ser o a las maneras de vivir, mas emplea los t&eacute;rminos "<i>forme</i>", "<i>condition</i>", "<i>meurs</i>"<sup><a name="nu57"></a><a href="#num57">57</a></sup>. Si bien el modo de ser, <i>&ecirc;thos</i>, es designado por el t&eacute;rmino "<i>meurs</i>", Montaigne para referirse espec&iacute;ficamente a las disposiciones que constituyen una composici&oacute;n - modo de ser -, emplea las palabras "<i>condition</i>" o "<i>forme</i>"<sup><a name="nu58"></a><a href="#num58">58</a></sup>, dos t&eacute;rminos usados como sin&oacute;nimos en los <i>Ensayos</i>. En este sentido resultan comprensibles, y no dis&iacute;miles, los t&eacute;rminos "forma" y "condici&oacute;n" empleados en las expresiones: "&#91;...&#93; no hay persona, si ella se escucha, que no descubra en s&iacute; una forma suya, una <i>forma</i> maestra &#91;...&#93;" y "Mis acciones est&aacute;n ordenadas y conformes a lo que yo soy y a mi condici&oacute;n. Yo no puedo hacer mejor"<sup><a name="nu59"></a><a href="#num59">59</a></sup>.</p>      <p>Las expresiones: "&#91;...&#93; forma entera de la humana condici&oacute;n", la "forma maestra" de cada hombre<sup><a name="nu60"></a><a href="#num60">60</a></sup>, si bien son escritas aproximadamente despu&eacute;s de diecis&eacute;is a&ntilde;os de haberse iniciado la obra, no est&aacute;n en oposici&oacute;n con la inconstancia humana destacada en los dos primeros vol&uacute;menes -ediciones de 1580 y de 1582; los &uacute;ltimos desarrollos son profundizaciones que complementan las primeras elaboraciones. Montaigne tras emprender la tarea capital de su vida, pintarse a s&iacute; mismo, descubre en su "yo" la permanencia del car&aacute;cter como disposici&oacute;n. En el cap&iacute;tulo <i>Del arrepentimiento</i>, III, 2, despu&eacute;s de destacar los permanentes cambios de la naturaleza y del hombre, Montaigne plantea claramente algunas permanencias en la condici&oacute;n humana y en cada individuo, y cuyas cualidades siguen siendo la inconstancia y la irresoluci&oacute;n. En la "forma maestra" de cada individuo subyacen inclinaciones y pasiones diversas, latentes y en acci&oacute;n; &eacute;l proporciona como ejemplo que hac&iacute;a m&aacute;s de cuarenta a&ntilde;os no se serv&iacute;a del lat&iacute;n (su lengua natal) para conversar; mas cuando vio a su padre desmayarse intempestivamente, sus primeras palabras de alarma fueron en esa lengua<sup><a name="nu61"></a><a href="#num61">61</a></sup>. La "forma maestra" de cada hombre se actualiza permanentemente a trav&eacute;s de las adiciones y sustracciones de afecciones; sin embargo, es permanente como conjunto de disposiciones naturales y convencionales, y no como aspecto substancial.</p>      <p>Haciendo uso de un anacronismo funcional, como herramienta para diferenciar las elaboraciones de Montaigne de una antropolog&iacute;a metaf&iacute;sica que porta el "primado de la <i>ous&iacute;a</i>", podr&iacute;amos designar la descripci&oacute;n de los comportamientos humanos como una cierta <i>&ecirc;thograph&iacute;a</i>. El uso de este t&eacute;rmino protege de los riesgos sem&aacute;nticos que tiene la palabra antropolog&iacute;a, aunque se adjetive diciendo antropolog&iacute;a esc&eacute;ptica<sup><a name="nu62"></a><a href="#num62">62</a></sup> para diferenciarla de las antropolog&iacute;as metaf&iacute;sicas o de la Ilustraci&oacute;n. La sustituci&oacute;n de "naturaleza humana" por "humana condici&oacute;n" es la operaci&oacute;n de sustituir una antropolog&iacute;a fundada en el ser del ente, por una <i>&ecirc;thograph&iacute;a</i>, es decir, la representaci&oacute;n del "hombre en general" asumido como una acumulaci&oacute;n de accidentes superpuestos, sin una substancia que permita los predicables posibles. En el lugar que otrora ocupaba el ser, se pone la aglomeraci&oacute;n de los accidentes; la anulaci&oacute;n de lo contingente ser&iacute;a la anulaci&oacute;n del hombre; nada subyace a los accidentes. La inconstancia de los accidentes cae con todo su peso en la individualidad de cada hombre; el hombre est&aacute; formado por diversas piezas, cada una con su propia disposici&oacute;n y, por ende, con su propio juego: "Nosotros somos todos de retazos, y de una contextura tan informe y diversa, que cada pieza, en cada momento, hace su juego. Y se encuentra tanta diferencia de nosotros a nosotros mismos como de nosotros a otro"; "El hombre en todo y por todos los lados, no es m&aacute;s que remiendo y mezcolanza"<sup><a name="nu63"></a><a href="#num63">63</a></sup>. El hombre s&oacute;lo puede ser considerado como un conjunto desarm&oacute;nico de partes e inscrito en una naturaleza de movimientos titubeantes e incomprensibles: "El mundo no es m&aacute;s que una agitaci&oacute;n perenne. Todas las cosas se agitan sin cesar &#91;...&#93;. La constancia misma no es otra cosa que una agitaci&oacute;n m&aacute;s l&aacute;nguida"<sup><a name="nu64"></a><a href="#num64">64</a></sup>.</p>      <p>El alma, el cuerpo, las facultades, las disposiciones, las pasiones, el hambre, la muerte etc., aspectos que definidos y estructurados en una determinada racionalidad metaf&iacute;sica u objetivada, constituyen cierta antropolog&iacute;a, pero, al ser remitidos a una representaci&oacute;n subjetivada, no permiten ninguna definici&oacute;n. "El hombre" es un nominalismo<sup><a name="nu65"></a><a href="#num65">65</a></sup>: "Hay el nombre y la cosa: el nombre es una voz que designa y significa la cosa; el nombre no es una parte de la cosa ni de la substancia, es una pieza extra&ntilde;a unida a la cosa, y fuera de ella"<sup><a name="nu66"></a><a href="#num66">66</a></sup>. As&iacute; la palabra hombre, o m&aacute;s espec&iacute;ficamente, "<i>l'homme en general</i>", "<i>l'homme en gros</i>", la humana condici&oacute;n, es un nominalismo para remarcar y designar a los hombres en su pluralidad<sup><a name="nu67"></a><a href="#num67">67</a></sup> y cuyas cualidades comunes, maestras y predominantes son la inconstancia y la irresoluci&oacute;n: "el hombre es movimiento sin meta y sin enmienda: si los otros se mirasen atentamente como yo hago, ellos se encontrar&iacute;an, como yo, llenos de inanidad y necedad. Librarme de ella no puedo, sin librarme de m&iacute; mismo."<sup><a name="nu68"></a><a href="#num68">68</a></sup>. En la operaci&oacute;n de rechazar el "primado de la <i>ous&iacute;a</i>", al sustituir el ser por la inconstancia, la antropolog&iacute;a por una <i>&ecirc;thograph&iacute;a</i>, la naturaleza humana por la humana condici&oacute;n, Montaigne nos deja con un hombre o con un sujeto inconstante e irresoluto, que en lontananza anuncia el nihilismo de Nietzsche, donde el sujeto es la ficci&oacute;n de creer que nuestros estados son similares y provienen de un mismo substrato<sup><a name="nu69"></a><a href="#num69">69</a></sup>.</p>      <p>El autor de los <i>Ensayos</i> rompe con la ciencia metaf&iacute;sica antigua y medieval, la que a&uacute;n pregonan algunos acad&eacute;micos de su tiempo; las fantas&iacute;as antropol&oacute;gicas de los fil&oacute;sofos s&oacute;lo han aumentado las dificultades y las incertidumbres:</p>  <ol>     <p>Estas gentes que se encaraman a caballo sobre el epiciclo de Mercurio, que ven tan profundo en el cielo, ellos me arrancan los dientes: pues en el estudio que yo hago, del cual el tema es el hombre, se encuentra tan extrema variedad de juicios, tan profundo laberinto de dificultades las unas sobre las otras, tanta diversidad e incertidumbre en la escuela misma de la sapiencia &#91;...&#93;<sup><a name="nu70"></a><a href="#num70">70</a></sup>.    <br> Para acomodar los movimientos que ven en el hombre, las diversas funciones y facultades que sentimos en nosotros, &iquest;en cu&aacute;ntas partes han dividido nuestra alma? &iquest;En cu&aacute;ntos sitios la han alojado?, &iquest;en cu&aacute;ntos &oacute;rdenes y pisos han distribuido a este pobre hombre? &#91;...&#93; Es un tema que tienen y manejan: se les deja poder absoluto para descoserlo, organizarlo, recomponerlo y estofarlo, cada cual seg&uacute;n su fantas&iacute;a; y aun as&iacute; todav&iacute;a no lo poseen &#91;...&#93;<sup><a name="nu71"></a><a href="#num71">71</a></sup>.</p>    </ol>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Para un humanista de un siglo inconstante e incierto, signado por los delirios de los pensamientos, la insensatez de los comportamientos, las melancol&iacute;as y las muertes, los estudios del <i>&ecirc;thos</i> son una urgencia existencial; los pensadores "&#91;...&#93; que se encaraman a caballo sobre el epiciclo de Mercurio", est&aacute;n alejados de la realidad y de la necesidad concreta que el pensamiento y la existencia reclaman. Para Montaigne, los historiadores, que narran las vidas, las tensiones, las inconstancias de tantos hombres y el orden moral de unos pocos, le son proclives tanto por sus materias como por sus estilos:</p>  <ol>     <p>Los historiadores son mi bola recta: son placenteros y f&aacute;ciles; y en cuanto al hombre en general, de quien yo busco el conocimiento, aparece m&aacute;s vivo y m&aacute;s entero que en ning&uacute;n otro lugar, la diversidad y verdad de sus condiciones internas en grueso y en detalle, la variedad de los medios de su ensamble y de los accidentes que le amenazan. Pues aquellos que escriben las vidas, puesto que se ocupan m&aacute;s de las intenciones que de los acontecimientos, m&aacute;s de aquello que parte del interior que de aquello que llega de fuera, aquellos me son m&aacute;s propios. He aqu&iacute; por qu&eacute;, en toda situaci&oacute;n, Plutarco es mi hombre<sup><a name="nu72"></a><a href="#num72">72</a></sup>.</p>    </ol>      <p>Aun los mismos autores son examinados en sus propias vidas, confront&aacute;ndolos con las posiciones que expresan en sus discursos: "&#91;...&#93; tengo una singular curiosidad &#91;...&#93; por conocer el alma y los sencillos juicios de mis autores"; "Yo no veo jam&aacute;s autor alguno, ni siquiera a los que tratan la virtud y los deberes, sin que busque cuidadosamente c&oacute;mo ha sido"<sup><a name="nu73"></a><a href="#num73">73</a></sup>. No se trata de seguir a nadie jam&aacute;s, sino siempre a s&iacute; mismo; puesto que esforzarse por "&#91;...&#93; atar monstruosamente la cola de un fil&oacute;sofo a la cabeza y al cuerpo de un hombre perdido &#91;...&#93;"<sup><a name="nu74"></a><a href="#num74">74</a></sup> es renunciar a s&iacute; mismo, es no seguir nada. En el di&aacute;logo de Montaigne con los fil&oacute;sofos y los historiadores (prioritariamente con los esp&iacute;ritus antiguos), la preocupaci&oacute;n de s&iacute; mismo es el motor de sus representaciones: "nada hay por lo que quiera romperme la cabeza, ni siquiera por la ciencia, cualquiera que sea su valor &#91;...&#93; <i>si estudio, yo s&oacute;lo busco la ciencia que trata del conocimiento de m&iacute; mismo y que me instruya para bien morir y bien vivir</i>. &#91;...&#93;"; "yo no gusto m&aacute;s que de los libros placenteros y f&aacute;ciles, que me divierten, o <i>aqu&eacute;llos que me consuelan y aconsejan para ordenar mi vida y mi muerte</i> &#91;...&#93;"<sup><a name="nu75"></a><a href="#num75">75</a></sup>. De la b&uacute;squeda de estos conocimientos existenciales, es un correlato "&#91;...&#93; <i>el hombre en general (l'homme en general), de quien yo busco el conocimiento</i> &#91;...&#93;"<sup><a name="nu76"></a><a href="#num76">76</a></sup>.</p>  <hr> <font face="verdana" size=2>      <p><b>Pie de P&aacute;gina</b></p>  <sup><a href="#nu1">1</a><a name="num1"></a></sup> Nietzsche, F., "Poder, libro II, 150", en <i>En torno a la voluntad de poder</i>, traducci&oacute;n de Manuel Carbonell, Ediciones Pen&iacute;nsula, Barcelona, 1973, pp.63-64.    <br>  <sup><a href="#nu2">2</a><a name="num2"></a></sup> Heidegger, M., "La &eacute;poca de la imagen del mundo", <i>Caminos del bosque</i>, traducci&oacute;n de Helena Cort&eacute;s y Arturo Leyte, Alianza Universidad, Madrid, 1997, p. 90. Para este pensador: "&#91;...&#93; es el propio hecho de que el mundo pueda convertirse en imagen lo que caracteriza la esencia de la Edad Moderna"; "El fen&oacute;meno fundamental de la Edad Moderna es la conquista del mundo como imagen. La palabra imagen significa ahora la configuraci&oacute;n de la producci&oacute;n representadora &#91;...&#93;", <i>Ib&iacute;d</i>, p. 89; p. 92.    <br>  <sup><a href="#nu3">3</a><a name="num3"></a></sup> En el siglo XVI, las acepciones de la palabra quimera remiten a "creaci&oacute;n imaginaria del esp&iacute;ritu de orden visual"; grotesco a "pintura fant&aacute;stica, fantas&iacute;a"; monstruo a "cosa prodigiosa, incre&iacute;ble, contraria al plan de Dios, a las leyes de la naturaleza". Ver: Fureti&egrave;re, A., <i>Dictionnaire universel concernant g&eacute;n&eacute;ralement tous les mots fran&ccedil;ais tant vieux que modernes et les termes de toutes les sciences et les arts</i>, Arnout & Reinier Lerrs, La Haye, 1690.    <br>  <sup><a href="#nu4">4</a><a name="num4"></a></sup> Montaigne, III, 11, C, p.1033; I, 56, C, p. 323. Todas nuestras citas de los <i>Ensayos</i> provienen de: Michel de Montaigne, <i>Les Essais</i>, &eacute;dition conforme au texte de l'exemplaire de Bordeaux avec les additions de l'&eacute;dition posthume, par Pierre Villey, Sous la direction de V-L. Saulnier, Presses Universitaires de France, Paris, 1999. En adelante, las citas de esta obra las designo con Montaigne. La primera cifra identifica el volumen; la segunda, el cap&iacute;tulo; y la tercera, la p&aacute;gina. Las letras may&uacute;sculas indican las siguientes ediciones: "A", 1580; "B", 1588; "C", la edici&oacute;n p&oacute;stuma de 1595. La traducci&oacute;n es nuestra.    <br>  <sup><a href="#nu5">5</a><a name="num5"></a></sup> Como dice M. Foucault, "&#91;...&#93; no es satisfactorio decir que el sujeto est&aacute; constituido dentro de un sistema simb&oacute;lico. Est&aacute; constituido en las pr&aacute;cticas reales, pr&aacute;cticas analizables hist&oacute;ricamente. Hay una tecnolog&iacute;a de la constituci&oacute;n de s&iacute; que tambi&eacute;n atraviesa los sistemas simb&oacute;licos utiliz&aacute;ndolos. No es solamente en el juego de los s&iacute;mbolos que el sujeto est&aacute; constituido", "&Aacute; propos de la g&eacute;n&eacute;alogie de l'&eacute;thique: un aper&ccedil;u du travail en cours" , conversation &agrave; Berkeley, avril 1983, <i>Dits et &eacute;crits II, 1976 -1988</i>, &eacute;dition &eacute;tablie sous la direction de Daniel Defert et Fran&ccedil;ois Ewald avec la collaboration de Jacques Legrange, Gallimard, Paris, 2001, v. 2, 326, pp. 1227-1228.    <br>  <sup><a href="#nu6">6</a><a name="num6"></a></sup> Montaigne, II, 8, A, p. 385; III, 13, B, p. 1076.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  <sup><a href="#nu7">7</a><a name="num7"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>, II, 6, C, p. 379.    <br>  <sup><a href="#nu8">8</a><a name="num8"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>, III, 2, B, p. 804 - 805.    <br>  <sup><a href="#nu9">9</a><a name="num9"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>, III, 2, B, p. 805.    <br>  <sup><a href="#nu10">10</a><a name="num10"></a></sup> Michel de Montaigne, <i>Essais</i>, livre second, &eacute;dition pr&eacute;sent&eacute;e, &eacute;tablie et annot&eacute;e par Pierre Michel, pr&eacute;face d'Albert Thibaudet, Gallimard, Paris, 1962, II, 10, n. 27, p. 585. Este pasaje fue sustituido por Montaigne, no figura en la edici&oacute;n p&oacute;stuma de los <i>Ensayos</i>, 1595.    <br>  <sup><a href="#nu11">11</a><a name="num11"></a></sup> "<i>Esta ciencia moral</i> de Montaigne remite, como el t&eacute;rmino <i>moralista</i>, al lat&iacute;n <i>mores</i>. Es necesario entenderlo aqu&iacute; en su acepci&oacute;n m&aacute;s larga, que engloba las costumbres de todo tipo, los g&eacute;neros de vida, los caracteres, las condiciones hist&oacute;ricas, la naturaleza &iacute;ntima &#91;...&#93; En franc&eacute;s, en el siglo XVI, las <i>moeurs</i> designan una noci&oacute;n emp&iacute;rica exenta de todo juicio de valor", Friedrich, H., <i>Montaigne</i>, traduit de l'Allemand par Robert Rovini, Gallimard, Paris, 1968, pp.189-190.    <br>  <sup><a href="#nu12">12</a><a name="num12"></a></sup> "Se puede &#91;...&#93; calificar los <i>Ensayos</i> de pieza maestra de la ciencia moral moderna &#91;...&#93; Esta ciencia moral es algo que no tiene mucho que ver con la moral, pero s&iacute; se trata, por el contrario, de <i>moeurs, mores</i>, es decir, de los g&eacute;neros de vida y las maneras de ser del hombre en su pura realidad de hecho, la cual puede perfectamente ser &laquo;inmoral&raquo;. Los moralistas no son ni los educadores, ni los profesores de &eacute;tica. Son los observadores, los analistas, los pintores del hombre", <i>Ibid</i>, p.13.    <br>  <sup><a href="#nu13">13</a><a name="num13"></a></sup> Jenofonte, autor predilecto de Montaigne para sus estudios de S&oacute;crates, en una de sus obras, muestra a S&oacute;crates dialogando con el pintor Parrhasios sobre el tema de la pintura; si el pintor (<i>z&ocirc;graphos</i>) representa lo vivo, su mayor empresa ser&aacute; pintar el alma como lo m&aacute;s noble, mas el alma s&oacute;lo se puede pintar como <i>&ecirc;thos</i>: "Dime, Parrhasios, declara S&oacute;crates, la pintura (<i>graphik&eacute;</i>) no es una imagen de las cosas que uno ve? &#91;...&#93; lo m&aacute;s persuasivo que hay, lo m&aacute;s agradable, lo m&aacute;s amigable, lo m&aacute;s digno de ser buscado, lo que m&aacute;s se desea, el car&aacute;cter del alma (<i>to t&eacute;s psych&eacute;s &ecirc;thos</i>), &iquest;lo reproduces o es inimitable?", X&eacute;nophon, M&eacute;morables, <i>oeuvres compl&egrave;tes</i>, 3, traduction, notices et notes par Pierre Chambry, Garnier- Flammarion, Paris, 1967, III, 10, 1- 2.    <br>  <sup><a href="#nu14">14</a><a name="num14"></a></sup> Ver: Villey, P., <i>Les sources et l'&eacute;volution des Essais de Montaigne</i>, Librairie Hachette, Paris, 1933, deuxi&egrave;me &eacute;dition, v.1, pp. 348-349; Friedrich, H., <i>Montaigne, Op. Cit</i>. p. 158 ; P&eacute;rouse, G. A., <i>En filigrane des Essais</i>, Honor&eacute; Champion, Paris, 2008, pp. 59-60.    <br>  <sup><a href="#nu15">15</a><a name="num15"></a></sup> Montaigne, I, 1, A, p. 7.    <br>  <sup><a href="#nu16">16</a><a name="num16"></a></sup> Como lector de <i>Vidas paralelas</i>, a Montaigne no le es desconocido que Plutarco construye las biograf&iacute;as de sus personajes en paralelo, tomando parejas cuyas acciones y discurrir por la vida tienen grandes similitudes. Plutarco introduce algo com&uacute;n en la vida de sus hombres, seguidamente los trata por separado y concluye estableciendo similitudes y diferencias entre ellos. Se destaca c&oacute;mo hombres frente a circunstancias similares actuaron de maneras diversas, o frente a circunstancias diversas actuaron de maneras similares; sus personajes con motivaciones contrarias llegan a resultados similares, o con motivaciones similares llegan a resultados contrarios, por ejemplo, las vidas de Teseo y R&oacute;mulo; ver: Plutarco, <i>Vidas paralelas</i>, traducci&oacute;n de Aurelio P&eacute;rez Jim&eacute;nez, Planeta DeAgostini, Barcelona, 1997, 30, 1-2.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  <sup><a href="#nu17">17</a><a name="num17"></a></sup> Montaigne, I, 1, A, p. 9.    <br>  <sup><a href="#nu18">18</a><a name="num18"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>, II, 1, A-C, p. 333; II, 1 , A, p. 335.    <br>  <sup><a href="#nu19">19</a><a name="num19"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>, III, 2, C, p. 814.    <br>  <sup><a href="#nu20">20</a><a name="num20"></a></sup> Montaigne en el cap&iacute;tulo <i>De la inconstancia de nuestras acciones</i>, II, 1, trasplanta casi textualmente ideas de S&eacute;neca como base en sus reflexiones. Ver: S&eacute;neca, <i>Ep&iacute;stolas morales a Lucilo</i>, traducci&oacute;n de Ismael Roca Meli&aacute;, Planeta DeAgostini, Barcelona, 1995, v. 1, II, 20, 4-6; III, 23, 7-8; V, 52, 1-2.    <br>  <sup><a href="#nu21">21</a><a name="num21"></a></sup> Suscribimos a Friedrich, H.: "El ensayo se apoya en el fondo sobre un ideal moral de S&eacute;neca: la igualdad, la constancia, el acuerdo del alma misma cuando se ha purificado, a diferencia del mediocre lleno de contradicciones. Este trazo, no obstante no tiene en Montaigne m&aacute;s que una significaci&oacute;n heur&iacute;stica. Le sirve para tomar una mejor vista de la realidad contradictoria del hombre. No le asocia m&aacute;s que en apariencia una intenci&oacute;n moral", <i>Montaigne, Op. Cit</i>. p. 164    <br>  <sup><a href="#nu22">22</a><a name="num22"></a></sup> Montaigne, II, 1, A, p. 331.    <br>  <sup><a href="#nu23">23</a><a name="num23"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>, II, 1, B, p. 332.    <br>  <sup><a href="#nu24">24</a><a name="num24"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., II, 1, B, C, p. 332. La adici&oacute;n "y distintamente pieza por pieza", es posterior a la edici&oacute;n de 1588. Se trata de una diversidad que no aparece sacrificada por una posible unidad y permanencia que saltar&iacute;a en el tercer volumen de los <i>Ensayos</i>, como han sostenido algunos comentaristas de la primera mitad del siglo XX.    <br>  <sup><a href="#nu25">25</a><a name="num25"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., II, 1, A, p. 338.    <br>  <sup><a href="#nu26">26</a><a name="num26"></a></sup> Friedrich, H., <i>Montaigne, Op. Cit</i>. p. 165.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  <sup><a href="#nu27">27</a><a name="num27"></a></sup> Montaigne, III, 13, B, pp. 1076-1077.    <br>  <sup><a href="#nu28">28</a><a name="num28"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., III, 9, B, p. 988; II, 12, A, p. 486.    <br>  <sup><a href="#nu29">29</a><a name="num29"></a></sup> Friedrich considera que Montaigne asume las pasiones como perturbaciones del juicio, percepci&oacute;n tomada del estoicismo, mas en el desarrollo de los an&aacute;lisis se aleja de la filosof&iacute;a del p&oacute;rtico para acercarse al pensamiento peripat&eacute;tico: "Mas la marcha del desarrollo, en lugar de llevar al precepto de dominarse, se bifurca hacia el an&aacute;lisis descriptivo, recomendando, si se desea conservar la humanidad natural, sufrir y soportar las pasiones hasta el final &#91;...&#93; aqu&iacute; Montaigne ha recogido algunos elementos de la doctrina de los peripat&eacute;ticos quienes, en oposici&oacute;n al P&oacute;rtico, no quieren extirpar las pasiones, sino moderarlas &#91;...&#93;", <i>Montaigne, Op. Cit</i>. p. 183. El comentarista alem&aacute;n, al apoyarse en algunos cap&iacute;tulos del primer volumen de los <i>Ensayos</i>, donde se destacan las perturbaciones que causan las pasiones en el alma y el juicio, infiere que la noci&oacute;n de pasi&oacute;n es tomada del estoicismo confundiendo un efecto con una definici&oacute;n.    <br>  <sup><a href="#nu30">30</a><a name="num30"></a></sup> Montaigne, II, 12, A, p. 601: las cursivas son nuestras.    <br>  <sup><a href="#nu31">31</a><a name="num31"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., I, 21, C, p. 102: las cursivas son nuestras.    <br>  <sup><a href="#nu32">32</a><a name="num32"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., II, 17, A, pp. 631-632.    <br>  <sup><a href="#nu33">33</a><a name="num33"></a></sup> El sentido que Montaigne le otorga a la palabra apetito (<i>app&eacute;tit</i>), coincide con una de las acepciones (del siglo XVI) que destaca el Petit Robert: "movimiento que lleva a buscar lo que puede satisfacer una necesidad org&aacute;nica, un instinto". En el mismo diccionario se define deseo (<i>d&eacute;sir</i>) como "toma de conciencia de una tendencia hacia un objeto conocido o imaginado &#91;...&#93;". Ver: Montaigne, II, 15, C, p. 614.    <br>  <sup><a href="#nu34">34</a><a name="num34"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., II, 33, A, p. 729.    <br>  <sup><a href="#nu35">35</a><a name="num35"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., II, 34, C, p. 742.    <br>  <sup><a href="#nu36">36</a><a name="num36"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., I, 4, A, p. 22.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  <sup><a href="#nu37">37</a><a name="num37"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., II, 31, A, p. 715.    <br>  <sup><a href="#nu38">38</a><a name="num38"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., II, 12, A- C, p. 567.    <br>  <sup><a href="#nu39">39</a><a name="num39"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., II, 33, A, p. 733.    <br>  <sup><a href="#nu40">40</a><a name="num40"></a></sup> Arist&oacute;teles, <i>Acerca del alma</i>, traducci&oacute;n y notas de Tom&aacute;s Calvo Mart&iacute;nez, Planeta DeAgostini, Barcelona, 1998, III, 10, 433b, 5-10.    <br>  <sup><a href="#nu41">41</a><a name="num41"></a></sup> Plutarco, "Sobre la paz del alma", <i>Obras morales y de costumbres. Moralia</i>, traducci&oacute;n de Rosa Mar&iacute;a Aguilar, Gredos, Madrid, 1995, v. 7, 1, 465B-C.    <br>  <sup><a href="#nu42">42</a><a name="num42"></a></sup> Plutarco, "Sobre la virtud moral", <i>Obras morales y de costumbres. Moralia, Op. Cit</i>. v. 7, 6, 445B.    <br>  <sup><a href="#nu43">43</a><a name="num43"></a></sup> En <i>El nombre de la rosa</i>, Adso recuerda las palabras de su maestro sobre el fatal destino de la raz&oacute;n y la verdad: "Es dif&iacute;cil aceptar la idea de que no puede existir un orden en el universo, porque ofender&iacute;a la libre voluntad de Dios y su omnipotencia. As&iacute;, la libertad de Dios es nuestra condena, o al menos la condena de nuestra soberbia &#91;...&#93; &iquest;Quer&eacute;is decir -pregunt&eacute;- que ya no habr&iacute;a saber posible y comunicable si faltase el criterio mismo de verdad, o bien que ya no podr&iacute;ais comunicar lo que sab&eacute;is porque los otros no lo permitir&iacute;an?", Eco, U., <i>El nombre de la rosa</i>, traducci&oacute;n: Ricardo Pochtar, Editorial Lumen, Barcelona, 1994, pp. 464 - 465.    <br>  <sup><a href="#nu44">44</a><a name="num44"></a></sup> La noci&oacute;n de raz&oacute;n como facultad de los hombres dada por la naturaleza es cuesti&oacute;n com&uacute;n en siglo XVI; tambi&eacute;n lo es considerar que la raz&oacute;n es susceptible de alteraciones engendradas por las costumbres. La Bo&eacute;tie ha reflexionado sobre esta cuesti&oacute;n: "En esta hora yo no considerar&iacute;a fallar, diciendo que hay en nuestra alma alg&uacute;n natural semen de raz&oacute;n que, sostenido por buen consejo y costumbre, florece en virtud, y, al contrario, a menudo, no pudiendo subsistir contra los vicios sobrevenidos, es sofocado y aborta", <i>Discours de la servitude volontaire</i>, chronologie, introduction, bibliographie, notes par Simone Goyard-Fabie, GF-Flammarion, Paris, 1983, p. 140.    <br>  <sup><a href="#nu45">45</a><a name="num45"></a></sup> Montaigne, II, 12, A, p. 565.    <br>  <sup><a href="#nu46">46</a><a name="num46"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., II, 12, A, p. 523.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  <sup><a href="#nu47">47</a><a name="num47"></a></sup> Brahami, F., <i>Le scepticisme de Montaigne</i>, Presses Universitaires de France, Paris, 1997, p. 33.    <br>  <sup><a href="#nu48">48</a><a name="num48"></a></sup> Ver: Tournon, A., Le grammairien, le jurisconsulte, et l' "humaine condition", <i>Montaigne. L'Exp&eacute;rience philosophique, Bulletin de la soci&eacute;t&eacute; des amis de Montaigne</i>, Septi&egrave;me s&eacute;rie- No 21- 22 (juillet - d&eacute;cembre 1990), Paris, p. 111.    <br>  <sup><a href="#nu49">49</a><a name="num49"></a></sup> El t&eacute;rmino <i>dicio</i> design&oacute; "&#91;...&#93; la palabra en tanto que tiene connotaci&oacute;n de autoridad soberana, el pronunciamiento que decide la suerte y la vida de un pueblo o un individuo", en "Condicio" et "conditio", Revue de Philologie, 1949, p.107-119, citado por Tournon, A., Le grammarien, le jurisconsulte, et l' "humaine condition", <i>Montaigne. L'Exp&eacute;rience philosophique, Op. Cit</i>. p. 108.    <br>  <sup><a href="#nu50">50</a><a name="num50"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., p. 108.    <br>  <sup><a href="#nu51">51</a><a name="num51"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., p.110.    <br>  <sup><a href="#nu52">52</a><a name="num52"></a></sup> El autor de <i>La ciudad de Dios</i> escribe, refiri&eacute;ndose a los afectos: "Los tenemos por la debilidad de la condici&oacute;n humana &#91;...&#93; (<i>Habemus ergo eas ex humanae condicionis infirmitate</i> &#91;...&#93;)", San Agust&iacute;n de Hipona, "La Ciudad de Dios", <i>Obras de San Agust&iacute;n</i>, edici&oacute;n bilingüe, traducci&oacute;n de Santos Santamar&iacute;a del Rio y Miguel Fuertes Lanero, introducci&oacute;n y notas de Victorino Capanaga, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1977, tercera edici&oacute;n, v. 17, XIV, 9, 4.    <br>  <sup><a href="#nu53">53</a><a name="num53"></a></sup> Montaigne, por ejemplo, cuando hace alusi&oacute;n a su actitud frente al dinero, emplea el t&eacute;rmino <i>condition</i> bajo la acepci&oacute;n de situaci&oacute;n, estado, modo, forma o manera: "Yo he vivido en tres tipos (<i>sortes</i>) de condici&oacute;n &#91;...&#93;"; "Mi segunda forma &#91;...&#93;"; "&#91;...&#93; yo he ca&iacute;do en un tercer tipo (<i>sorte</i>) de vida &#91;...&#93;", Montaigne, I, 14, B, p. 62; I, 14, B, p. 64; I, 14, B, p. 65. En la primera y en la tercera expresiones, el t&eacute;rmino tipo, <i>sorte</i>, se refiere a la manera o forma de la situaci&oacute;n (palabra que aparece en la segunda expresi&oacute;n). Destaca Leake, R. E. que en los <i>Ensayos</i> la palabra <i>condition</i> es usada doscientas veces y en su plural aparece en sesenta y ocho oportunidades. <i>Condition</i>, para designar un ensamble, un modo, de disposiciones naturales, aparece en cuarenta y nueve casos; y en plural para designar la variedad de las disposiciones, ochenta veces. Para designar situaciones permanentes se usa cuarenta y cinco veces, de las cuales veintisiete se aplican a situaciones jur&iacute;dicas. Para se&ntilde;alar situaciones ocasionales, veinte veces y bajo la acepci&oacute;n de cl&aacute;usula o norma se emplea diecisiete veces. La noci&oacute;n <i>condition humaine</i> y sus equivalentes aparecen cuarenta veces. Ver: R. E. Leake, R. E., citado por A. Tournon, Le grammairien, le jurisconsulte, et l' "humaine condition", <i>Montaigne. L'Exp&eacute;rience philosophique, Bulletin de la soci&eacute;t&eacute; des amis de Montaine, Op. Cit</i>. p. 111.    <br>  <sup><a href="#nu54">54</a><a name="num54"></a></sup> Montaigne, II, 20, A, p. 673; II, 23, A, p. 684; II, 6, C, p. 380: las cursivas son nuestras.    <br>  <sup><a href="#nu55">55</a><a name="num55"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., III, 2, B, p. 805.    <br>  <sup><a href="#nu56">56</a><a name="num56"></a></sup> Pouilloux refuta pertinentemente las interpretaciones que hacen de los Ensayos una obra contempor&aacute;nea al considerar la "<i>forma de la condici&oacute;n humana</i>" como un aspecto moral, como una cuesti&oacute;n de conciencia. Para este excelente lector, los int&eacute;rpretes cometen un craso error al identificar "<i>la forma de la condici&oacute;n humana</i>" con "<i>la forma maestra</i>" presente en cada hombre. Para este lector de Montaigne, la forma maestra de cada hombre remite al lenguaje. Ver: Pouilloux, J.Y., Demonet, M. L. et al, "La forme ma&icirc;tresse", <i>Montaigne et la question de l'homme</i>, Presses Universitaires de France, Paris, 1999, p. 40. Screech, M . A. relaciona directamente el uso del t&eacute;rmino forma en los <i>Ensayos</i>, con la noci&oacute;n aristot&eacute;lica bajo la visi&oacute;n escol&aacute;stica. Ver: <i>Montaigne et la m&eacute;lancolie. La sagesse des Essais</i>, traduit de l'anglais par Florence Bourgne, Paris, Presses Universitaires de France, 1992, p.136.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  <sup><a href="#nu57">57</a><a name="num57"></a></sup> La manera como escribimos la palabra "<i>meurs</i>" corresponde a la empleada por Montaigne. Esta &uacute;ltima palabra cuenta entre sus acepciones propias del siglo XVI, costumbres, maneras de vivir, maneras de comportarse, modos de ser. Ver: Friedrich, H., <i>Montaigne, Op. Cit</i>. p. 190.    <br>  <sup><a href="#nu58">58</a><a name="num58"></a></sup> En el siglo XVI, el t&eacute;rmino franc&eacute;s "<i>Forme</i>" (seg&uacute;n el <i>Petit Robert</i>) designa en una de sus acepciones: "modo particular seg&uacute;n el cual &#91;...&#93; un conjunto es organizado".    <br>  <sup><a href="#nu59">59</a><a name="num59"></a></sup> Montaigne, III, 2, B, p. 811; III, 2, B, p. 813: las cursivas son nuestras.    <br>  <sup><a href="#nu60">60</a><a name="num60"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., III, 2, B, p. 805; III, 2, B, p. 811.    <br>  <sup><a href="#nu61">61</a><a name="num61"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., III, 2, B, p. 810.    <br>  <sup><a href="#nu62">62</a><a name="num62"></a></sup> Giocanti, S. hace grandes esfuerzos para argumentar una antropolog&iacute;a esc&eacute;ptica en Montaigne; ver: <i>Penser l'irr&eacute;solution, Montaigne, Pascal, La Mothe Le Vayer. Trois itin&eacute;raires sceptiques</i>, Honor&eacute; Champion, Paris, 2001, p.117. La misma noci&oacute;n es usada por Brahami, F. en: <i>Le travail du scepticisme. Montaigne, Bayle, Hume</i>, Presses Universitaires de France, Paris, 2001, p.33.    <br>  <sup><a href="#nu63">63</a><a name="num63"></a></sup> Montaigne, II, 1, A, p. 337; II, 20, B, p. 675.    <br>  <sup><a href="#nu64">64</a><a name="num64"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., III, 2, B, pp. 804-805.    <br>  <sup><a href="#nu65">65</a><a name="num65"></a></sup> Para Conche, M.: "Montaigne es natural y completamente nominalista en su concepci&oacute;n de lo universal &#91;...&#93; La idea de lo general &#91;...&#93; significa la multitud de individuos en lo que ellos tienen de parecido porque se les considera exteriormente. No hay m&aacute;s que individuos &#91;...&#93;", <i>Montaigne et la philosophie</i>, Presses Universitaires de France, Paris, 1996, p. 12.    <br>  <sup><a href="#nu66">66</a><a name="num66"></a></sup> Montaigne, II, 16, A, p. 618.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  <sup><a href="#nu67">67</a><a name="num67"></a></sup> Para Demonet, M. L.: "&#91;...&#93; el siglo del Renacimiento ser&aacute; el inventor de este conjunto que redefine el viejo hombre de la filosof&iacute;a escol&aacute;stica, y Montaigne ser&aacute; su portavoz franc&eacute;s &#91;...&#93;", "L'homme en gros", <i>Montaigne et la question de l'homme, Op. Cit</i>. p. 1. Para Friedrich: "&#91;...&#93; lo que interesa a Montaigne se recoge en una sola pregunta fundamental: &iquest;qu&eacute; es el hombre? - o m&aacute;s exactamente: &iquest;qu&eacute; son los hombres? Para tomar un t&eacute;rmino moderno &#91;...&#93;", <i>Montaigne, Op. Cit</i>. p. 13.    <br>  <sup><a href="#nu68">68</a><a name="num68"></a></sup> Montaigne, I, 9, B, pp. 1000-1001.    <br>  <sup><a href="#nu69">69</a><a name="num69"></a></sup> Ver nota 1.    <br>  <sup><a href="#nu70">70</a><a name="num70"></a></sup> Montaigne, II, 17, A - C, p. 634.    <br>  <sup><a href="#nu71">71</a><a name="num71"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., II, 12, A, p. 537.    <br>  <sup><a href="#nu72">72</a><a name="num72"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., II, 10, A - C, p. 416.    <br>  <sup><a href="#nu73">73</a><a name="num73"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., II, 10, A, p. 415; II, 31, A, p. 716.    <br>  <sup><a href="#nu74">74</a><a name="num74"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., III, 2, C, p. 816.    <br>  <sup><a href="#nu75">75</a><a name="num75"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., II, 10, A, p. 409; I, 49, A, p 246: las cursivas son nuestras.    <br>  <sup><a href="#nu76">76</a><a name="num76"></a></sup> <i>Ib&iacute;d</i>., II, 10, A -C, p. 416: las cursivas son nuestras.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  </font>      ]]></body>
</article>
