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<journal-title><![CDATA[Educación y Educadores]]></journal-title>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Educación, lenguaje y realidad Una propuesta socrática frente al nihilismo]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This paper highlights the impossibility of educating on the basis of the nihilist scepticism conveyed by the prevailing counter-culture in present- day Europe, the need to restate the bases of education as socialization and the need for cultural change. It examines the connection between Philosophy and Pedagogy existing since Socrates' time as a clue to understand education as an introduction to reality and the role it plays in meaningful language.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><b><font size="4">Educaci&oacute;n, lenguaje y realidad    <br> Una propuesta socr&aacute;tica frente al nihilismo</font></b></p>     <p align="right">Teoria de la educaci&oacute;n</p>     <p><b>Jos&eacute; Mar&iacute;a Barrio Maestre</b></p>     <p>Doctor en Filosof&iacute;a por la Universidad  Complutense de Madrid, Espa&ntilde;a, con premio extraordinario. Profesor  Titular de Antropolog&iacute;a Pedag&oacute;gica en la Universidad Complutense.  Profesor visitante en la Universidad de La Sabana.  <a href="mailto:jmbarrio@eucmos.sim.ucm.es">jmbarrio@eucmos.sim.ucm.es</a></p>  <hr size="1">      <p><b>Resumen</b></p>     <p>El  trabajo trata de poner de relieve la imposibilidad de educar desde el  escepticismo nihilista que despacha la contracultura dominante en  Europa hoy, la necesidad de replantear las bases de la educaci&oacute;n como  socializaci&oacute;n y la necesidad de un cambio cultural. Se ensaya la  conexi&oacute;n entre Filosof&iacute;a y Pedagog&iacute;a ya desde el socratismo como clave  para entender la educaci&oacute;n como una introducci&oacute;n a la realidad y el  papel fundamental que en ella tiene el lenguaje significativo.</p>     <p><b>Palabras clave: </b>Teor&iacute;a de la educaci&oacute;n, filosof&iacute;a la educaci&oacute;n, pedagog&iacute;a, may&eacute;utica, lenguaje significativo.</p>  <hr size="1">      <p><b>Abstract</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>This  paper highlights the impossibility of educating on the basis of the  nihilist scepticism conveyed by the prevailing counter-culture in  present- day Europe, the need to restate the bases of education as  socialization and the need for cultural change. It examines the  connection between Philosophy and Pedagogy existing since Socrates&#39;  time as a clue to understand education as an introduction to reality  and the role it plays in meaningful language.</p>     <p><b>Key words:</b><i> Theory of education, philosophy of education, pedagogy, majeutics, meaningful language.</i></p>  <hr size="1">      <p><b>Introducci&oacute;n</b></p>     <p>Jungmann ha descrito la educaci&oacute;n como una &quot;introducci&oacute;n a la realidad&quot; (<i>Einf&uuml;hrung in die Wirklichkeit</i>) <a name="1sup" id="1sup"></a><sup><a href="#1inf">1</a></sup>.  Una buena definici&oacute;n esencial habr&iacute;a de identificar claramente lo  definido como una especie dentro de un g&eacute;nero pr&oacute;ximo, m&aacute;s amplio, y  por tanto delimitarla respecto de las dem&aacute;s especies que con ella  comparten el espacio cubierto por ese g&eacute;nero, de manera que lo definido  quedara recogido en su especificidad y perfectamente discernible de las  &iacute;ndoles o realidades con las que por su proximidad pudiera confundirse.</p>     <p>La f&oacute;rmula de Jungmann no cumple  con los rigores l&oacute;gicos de una definici&oacute;n, pero resulta ser una  magn&iacute;fica descripci&oacute;n de lo educativo, y de ella parten las reflexiones  que expondr&eacute; en este trabajo. En efecto, la conexi&oacute;n o enlace entre <i>educaci&oacute;n y realidad</i> establece una sinergia conceptual capaz de catalizar un discurso en el  que van saliendo a la luz, poco a poco, los elementos m&aacute;s esenciales de  lo educativo. Pero adem&aacute;s de su valor heur&iacute;stico, encuentro en esa  descripci&oacute;n una singular ayuda para detectar una de las mayores  carencias de la situaci&oacute;n cultural de nuestro momento hist&oacute;rico, y, al  mismo tiempo, un potente est&iacute;mulo para superarla.</p>     <p>Dicho de una manera masiva, la  cuesti&oacute;n que abordar&eacute; podr&iacute;a formularse diciendo que para un educador  el reto esencial de nuestro tiempo es dar referencias de sentido en el  contexto del sinsentido. Se trata de un  importante desaf&iacute;o para la Teor&iacute;a de la Educaci&oacute;n, y concretamente para  la Antropolog&iacute;a educativa: devolver a los educadores lo que los  alemanes llaman <i>Mut zur Erziehung</i> <a name="2sup" id="2sup"></a><sup><a href="#2inf">2</a></sup>,  la audacia, el aliento para educar en un marco socioculturalmente  caracterizado por el nihilismo, la idea de que la realidad carece de  sentido.</p>     <p>Naturalmente, s&oacute;lo puedo dar aqu&iacute;  una visi&oacute;n panor&aacute;mica de la situaci&oacute;n, con resultados provisionales y  sin ninguna pretensi&oacute;n de exhaustividad, pero interesa percibir la  envergadura del reto que tenemos por delante. Excluyo de antemano que  puedan obtenerse de esto conclusiones definitivas. (Nunca lo son las  &quot;conclusiones&quot; filos&oacute;ficas, y las reflexiones que aqu&iacute; propongo  intentan ser un acercamiento al problema mencionado desde la  radicalidad propia del discurso filos&oacute;fico).</p>     <p><b>1. ¿Nihilismo o educaci&oacute;n?</b></p>     <p>Seg&uacute;n Foucault, no tenemos derecho  a pensar que el mundo pueda proporcionarnos un semblante legible.  Algunos &eacute;mulos de Foucault y de Nietzsche, dentro de lo que se ha dado  en llamar el pensamiento postmetaf&iacute;sico -no me refiero s&oacute;lo, ni  principalmente, a la tradici&oacute;n kantiana- est&aacute;n en la idea de que la  realidad es broma y juego (Jacques Derrida). Tambi&eacute;n va por ah&iacute; Gilles  Deleuze. En uno de sus t&iacute;tulos m&aacute;s conocidos -&quot;La prioridad de la  democracia sobre la filosof&iacute;a&quot;- Richard Rorty viene a se&ntilde;alar que lo  importante es no estar convencido demasiado de casi nada, porque quien  tiene un convencimiento muy arraigado en cierto modo es un peligro  p&uacute;blico, un intolerante potencial.</p>     <p>Entre el nihilismo de Nietzsche y  el de algunos &quot;postmodernos&quot; hay una diferencia notable. Nietzsche  trata de decir algo serio sobre algo serio. Su postura es consistente.  Reivindica el valor de lo sagrado presente en el mito. La vida y todo  lo que contribuye a promoverla -en especial la voluntad de poder (<i>Wille zur Macht</i>)-  es lo &uacute;nico valioso. Y los valores vitales, simbolizados por los  grandes titanes de la mitolog&iacute;a griega -que Nietzsche conoce a la  perfecci&oacute;n- son los que constituyen al hombre como &quot;superhombre&quot; (<i>&Uuml;bermensch</i>).  El nihilismo de Nietzsche no es la negaci&oacute;n de lo absoluto, sino la  consecuencia de haber dado muerte a Dios y no poder encontrar m&aacute;s que  suced&aacute;neos en un mundo que ha olvidado lo sagrado. La ca&iacute;da en los  abismos de la nada es, seg&uacute;n Nietzsche, el drama de Occidente, y el  resultado l&oacute;gico de la dominancia apol&iacute;nea -antivital- de su cultura.  Ah&iacute; estriba el &quot;origen de la tragedia&quot; (<i>die Geburt der Trag&ouml;die</i>). Todo lo discutible que se quiera, pero la de Nietzsche es una propuesta n&iacute;tida y consistente.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En el nihilismo postmoderno, por el  contrario, no encontramos rastro de algo que pueda considerarse como  valor absoluto, ni tan s&oacute;lo de algo que pueda ser razonablemente  argumentado como valioso. En &uacute;ltimo t&eacute;rmino, el &uacute;nico valor es vivir  c&oacute;modamente, no molestarse con los dem&aacute;s. Esto supone una cierta  capitulaci&oacute;n del pensar, a la que apunta la expresi&oacute;n que ha hecho  t&oacute;pica Giani Vattimo: <i>pensiero debole</i>.</p>     <p>A mi juicio, con el nihilismo no se  puede vivir. Quiz&aacute; se puede sobrevivir, pero no se puede propiamente  vivir. Si el hombre es animal racional, para &eacute;l la forma m&aacute;s intensa de  vivir es razonar. Arist&oacute;teles dec&iacute;a que la actividad intelectual es <i>praxis</i> por antonomasia, y si la vida es acci&oacute;n inmanente -&quot;animaci&oacute;n&quot;-, para  el hombre la manera m&aacute;s activa de ser es pensar. Ahora bien, pensar es  pronunciarse, afirmar algo como verdadero y, <i>eo ipso</i>, como falso su contrario (al menos como no tan verdadero).</p>     <p>A su vez, con el escepticismo  nihilista tampoco se puede educar. La actitud de quien educa presupone  el convencimiento de que algo merece ser transmitido porque  efectivamente es valioso y preferible a su contrario. Y ello no  responde s&oacute;lo a un deseo o sentimiento irracional; tal valor puede ser  puesto de relieve mediante la argumentaci&oacute;n y la discusi&oacute;n racional.</p>     <p>Sin estos dos presupuestos -a  saber, que hay algo valioso, y que cabe aducir argumentos para  mostrarlo- la educaci&oacute;n resultar&iacute;a un perfecto sinsentido. Dicho  positivamente, y empleando el lenguaje kantiano, el <i>Faktum</i> de  la educaci&oacute;n postula, como sus condiciones de posibilidad, por una  parte, que hay verdades y bienes objetivos, que objetivamente  enriquecen y hacen m&aacute;s plena la vida humana que los acoge, y, por otra,  que la raz&oacute;n humana dispone de recursos para abrirse camino en su  b&uacute;squeda.</p>     <p>Es imposible educar si no es desde  una concepci&oacute;n de lo que significa vivir humanamente, ejercer como ser  humano seg&uacute;n formas que objetivamente son mejores que sus contrarias.  El educador, de una manera expresa o impl&iacute;cita, est&aacute; haciendo  constantemente juicios de valor de este tipo.</p>     <p>Desde S&oacute;crates nos ha llegado una  tradici&oacute;n que enfoca el trabajo de educar como una tarea que consiste  m&aacute;s en sacar lo mejor que cada persona lleva dentro que en introducir o  transmitir ideas o valores. Esta tradici&oacute;n est&aacute; bien representada con  la imagen del alumbramiento. Como la partera, el maestro ha de ayudar a  que se desenvuelva bien un proceso que tiene su din&aacute;mica propia, en la  cual esa ayuda, por importante que pueda llegar a ser en un determinado  momento, es meramente instrumental. As&iacute; como la partera no puede  suplantar a la parturienta, sino tan s&oacute;lo cooperar a que el parto  llegue a buen puerto, el maestro s&oacute;lo ayuda en una tarea cuyo agente  principal es la inteligencia de quien aprende, la &uacute;nica que puede -con  ayuda, ciertamente, pero sin que le sea ahorrado el esfuerzo penoso-  alumbrar la verdad que cada persona lleva en su interior, por emplear  la pl&aacute;stica imagen agustiniana.</p>     <p>El  empleo anal&oacute;gico del arte may&eacute;utico -el oficio de quien asiste y ayuda  a &quot;dar a luz&quot;- es leg&iacute;timo referido a cualquier tarea educativa, pero  muy singularmente -es, de hecho, el uso original que de esa imagen  hacen S&oacute;crates y Plat&oacute;n <a name="3sup" id="3sup"></a><sup><a href="#3inf">3</a></sup>-  al trabajo docente, a la ense&ntilde;anza; y a esa tarea concretamente me  referir&eacute; en estas reflexiones. De manera particular el trabajo de  ense&ntilde;ar consiste en suscitar la inquietud cognoscitiva, el inter&eacute;s por  la verdad a trav&eacute;s de la palabra, del di&aacute;logo, de la iron&iacute;a. Con las  solas armas de la dial&eacute;ctica, el buen maestro es el que sabe hacer  entrar en crisis. Vali&eacute;ndose de preguntas inteligentes, nos pone en la  situaci&oacute;n de replantearnos nuestras seguridades, bien para afianzarlas  con razones m&aacute;s s&oacute;lidas, bien para buscar otras m&aacute;s resistentes -m&aacute;s  verdaderas-. Siguiendo la met&aacute;fora socr&aacute;tica, podr&iacute;a decirse que ese  provocar &quot;inseguridad&quot; se parece a la inducci&oacute;n de las contracciones  previas al parto. Excepcional cronista del magisterio socr&aacute;tico, Plat&oacute;n  nos ayuda en sus di&aacute;logos a advertir la verdadera talla, majestuosa,  del maestro que fue S&oacute;crates.</p>     <p>El m&aacute;s insaciable de los griegos,  aquel que fecund&oacute; todo el pensamiento occidental con sus preguntas, el  que prendi&oacute; fuego a todas las seguridades en que nos acomodamos, pese a  la apariencia, no era precisamente un esc&eacute;ptico. Al contrario que sus  colegas sofistas, era un aut&eacute;ntico <i>soph&oacute;s</i>. En la forma, ciertamente, de<i> philo-soph&oacute;s</i>, pero de algo s&iacute; que estaba convencido, y eso era lo que transmit&iacute;a a sus amigos (<i>eros paidagogik&oacute;s</i>).  La diferencia esencial entre S&oacute;crates y los sofistas estriba en que  mientras &eacute;stos aparentan convicci&oacute;n sin estar realmente convencidos,  S&oacute;crates m&aacute;s bien aparenta duda estando convencido. Esto no quiere  decir que sus preguntas fueran meramente ret&oacute;ricas, enga&ntilde;osas. No: eran  sinceras, pero tambi&eacute;n pedag&oacute;gicas. El buen maestro no quiere recorrer  el camino por nadie; no pretende ahorrarle al disc&iacute;pulo el esfuerzo -y  el m&eacute;rito- de recorrerlo &eacute;l y de llegar a la meta. Empleando la frase  machadiana, el buen maestro puede ayudar a que &quot;cada caminante siga su  camino&quot; precisamente porque &eacute;l ha recorrido el suyo propio -al menos  una parte importante de &eacute;l- y ha llegado a alguna meta.</p>     <p>Quiz&aacute; el problema de la educaci&oacute;n  actual es que estamos en riesgo de perder este legado socr&aacute;tico.  Leyendo los di&aacute;logos de Plat&oacute;n, o el <i>Emilio</i> de Rousseau,  podemos pensar que la educaci&oacute;n es el dif&iacute;cil arte de gobernar sin  preceptos, de hacerlo todo sin hacer nada. Pero indudablemente el  educador algo tiene que hacer, y algo tiene que dar: por supuesto que  no todo, ni lo fundamental. Quiz&aacute; la fuerza de convicci&oacute;n necesaria  para que cada uno inicie en serio la b&uacute;squeda de su personal forma de  estar en el mundo.</p>     <p><b>2. Cultura y contracultura en la escuela</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La impresi&oacute;n que ofrece el panorama  actual de la educaci&oacute;n es que muchos educadores se encuentran en la  dif&iacute;cil situaci&oacute;n de tener que educar en un contexto que es  esencialmente deseducativo, a saber, el dominado por el nihilismo que  vac&iacute;a la realidad de sentido. Carlo Caffarra lo ha expresado con toda  nitidez: &quot;Jam&aacute;s ha tenido a su disposici&oacute;n el ambiente, entendido como  mentalidad y modo de vida, tales instrumentos como ahora para invadir  desp&oacute;ticamente las conciencias. Hoy m&aacute;s que nunca el educador, o m&aacute;s bien el &lsquo;deseducador&#39; soberano, es el ambiente, con todas sus formas expresivas&quot; <a name="4sup" id="4sup"></a><sup><a href="#4inf">4</a></sup>.</p>     <p>Quiz&aacute; el dilema, traum&aacute;tico para  muchos, se plantea en los t&eacute;rminos de una alternativa: ¿educar o  socializar? En teor&iacute;a vemos claro que ambas tareas no s&oacute;lo no se  excluyen sino que en &uacute;ltimo t&eacute;rmino no podr&iacute;an darse una sin la otra.  Pero subjetivamente no son pocos los docentes que lo ven as&iacute;.  Contribuir al desarrollo y crecimiento de la persona, de cada persona  -parece que es esto lo que en definitiva hemos de hacer como  educadores- no se les antoja compatible con procurar integrarla en un  mundo adulto, del que parad&oacute;jicamente muchos adultos desean huir,  precisamente para volver a ser aut&eacute;nticamente.</p>     <p>En su libro <i>Humanismo C&iacute;vico</i> <a name="5sup" id="5sup"></a><sup><a href="#5inf">5</a></sup>, Alejandro Llano se refiere a la fractura, cada vez m&aacute;s patente, entre el &quot;mundo de la vida&quot; (<i>Lebenswelt</i>)  y lo que &eacute;l denomina &quot;tecnosistema&quot;, una suerte de mixtura entre  Estado, mercado y medios de comunicaci&oacute;n. El discurso empleado en esos  tres entornos se percibe creciente mente como fragmentario y poco  significativo desde el mundo de la comunicaci&oacute;n humana real. A&uacute;n es  posible la relaci&oacute;n significativamente humana en la amistad, la  familia, la cooperaci&oacute;n voluntaria; en la empresa tambi&eacute;n, aunque ah&iacute;  cada vez es m&aacute;s dif&iacute;cil, debido al mercantilismo y a la relativizaci&oacute;n  y funcionalizaci&oacute;n de las relaciones humanas. Donde todo es hipot&eacute;tico,  donde todo est&aacute; en funci&oacute;n de todo, no cabe una relaci&oacute;n incondicional. Ciertamente es parad&oacute;jica la voz &quot;relaci&oacute;n  incondicional&quot;, excepto cuando se la entiende en la perspectiva del don  gratuito, desinteresado <a name="6sup" id="6sup"></a><sup><a href="#6inf">6</a></sup>.</p>     <p>El malestar docente, que ha nutrido abundante literatura en los &uacute;ltimos a&ntilde;os <a name="7sup" id="7sup"></a><sup><a href="#7inf">7</a></sup>,  pone de manifiesto que la cultura de la escuela ya desde hace tiempo  hace causa com&uacute;n con el nihilismo imperante en el ambiente  contempor&aacute;neo. Lo parad&oacute;jico es que mientras la cultura que la escuela  transmite es solidaria con ese nihilismo, al mismo tiempo se resiente  de sus l&oacute;gicas consecuencias, particularmente visibles en el fen&oacute;meno  de la violencia en las aulas, que tanto preocupa, y con raz&oacute;n. En otras  palabras, por un lado se le exige que cumpla una funci&oacute;n socializadora  -transmitir la cultura dominante- y por otro se le pide que reaccione  contra la degradaci&oacute;n humana y social a la que el escepticismo  nihilista naturalmente conduce: que proponga modelos positivos, que  salga al paso de las emergencias sociales que de esa cultura -m&aacute;s bien  contracultura- se derivan por medio de cursos sobre la droga, el medio  ambiente, la educaci&oacute;n sexual, la salud, etc. Hace ya m&aacute;s de medio  siglo C.S. Lewis pon&iacute;a el dedo en la llaga: &quot;La tragicomedia de nuestra  situaci&oacute;n es que sin descanso reclamamos a voces aquellas cualidades  que estamos haciendo imposibles. Se abre cualquier revista y proliferan  las afirmaciones de que aquello que necesita nuestra civilizaci&oacute;n es  m&aacute;s &lsquo;impulso&#39;, dinamismo, autosacrificio, &lsquo;creatividad&#39;. Con una  especie de espantosa ingenuidad eliminamos el &oacute;rgano y reclamamos la  funci&oacute;n. Producimos hombres sin torso y esperamos de ellos virtud y  generosidad emprendedora. Nos re&iacute;mos del  honor y luego nos asombramos de estar rodeados de traidores por todas  partes. Castramos y pretendemos que el animal sea fecundo&quot; <a name="8sup" id="8sup"></a><sup><a href="#8inf">8</a></sup>.</p>     <p>En relaci&oacute;n con todo esto,  constatamos una evidente crisis de la figura del maestro, sobre todo  con la consolidaci&oacute;n de los esquemas t&iacute;picos del constructivismo. Al  maestro se le quiere sustituir por el t&eacute;cnico mediador de apoyo, cuya  &uacute;nica tarea es la de transmitir, por medio de tecnolog&iacute;as cada vez m&aacute;s  sofisticadas, informaciones. Se le exige que sea neutral, y que se  limite a retransmitir contenidos, actitudes, habilidades, etc., pero  prescindiendo de entrar en la cuesti&oacute;n de su relevancia existencial.</p>     <p>La crisis de sentido, la idea  -expresada por Foucault y desarrollada en la hermen&eacute;utica postmoderna-  de que la realidad carece de toda consistencia espec&iacute;fica independiente  de los dise&ntilde;os narrativos y de las preferencias que evidencian nuestras  evaluaciones de ella, hace imposible dar razones con alguna pretensi&oacute;n  de validez universal. Pero este mismo supuesto a su vez cuestiona la  existencia y el sentido de la instituci&oacute;n escolar: ¿Qu&eacute; ense&ntilde;ar? ¿Y  para qu&eacute;? &mdash;Preparar para la vida -suele decirse-, introducir en el  mundo de los adultos, ense&ntilde;ar las destrezas b&aacute;sicas para conducirse en  &eacute;l ventajosamente, para defenderse contra la depredaci&oacute;n social y  &quot;triunfar&quot; o, al menos, &quot;mantener el tipo&quot;, &quot;ir tirando&quot;... &mdash;De  acuerdo, pero, en &uacute;ltimo t&eacute;rmino, ¿por qu&eacute;?, y ¿para qu&eacute;?</p>     <p>Hasta hace no mucho la escuela como  instituci&oacute;n se justificaba en t&eacute;rminos de preparar a los j&oacute;venes para  &quot;ser &uacute;tiles a la sociedad&quot;, para &quot;ser una persona de bien&quot; o cosas  parecidas. Hoy la escuela no puede dar una respuesta satisfactoria a  esas preguntas, toda vez que versan acerca del sentido, y si el sentido  y valor de las cosas lo decidimos enteramente nosotros, nada tiene  entonces valor o sentido por s&iacute; mismo. Si  la misi&oacute;n de la escuela es inculturar a la nueva generaci&oacute;n en los  par&aacute;metros culturales de la generaci&oacute;n adulta, introducir a la realidad  no estriba hoy en otra cosa que educar en el sinsentido del relativismo  esc&eacute;ptico <a name="9sup" id="9sup"></a><sup><a href="#9inf">9</a></sup>.</p>     <p>La cuesti&oacute;n crucial, en el fondo,  es que introducir al mundo adulto del tecnosistema es introducir a una  realidad que de real tiene muy poco. Ah&iacute; est&aacute; el problema.</p>     <p><b>3. Tecnosistema e irrealidad</b></p>     <p>¿C&oacute;mo podr&iacute;an describirse esos  par&aacute;metros culturales o referencias b&aacute;sicas del mundo adulto al que la  escuela habr&iacute;a de incorporar a la joven generaci&oacute;n? Entre otros, cabr&iacute;a  se&ntilde;alar dos aspectos.</p> <ol type="A">       ]]></body>
<body><![CDATA[<li>         <p>Por  un lado, el mundo adulto se caracteriza por ser un mundo  mercantilizado. Todo en &eacute;l tiene un precio. Esto es lo mismo que decir  que es un mundo desacralizado, pues el dinero lo desacraliza todo.  Empleo aqu&iacute; el t&eacute;rmino &quot;sagrado&quot; en el sentido en que lo hace la  antropolog&iacute;a cultural, es decir, como ant&oacute;nimo de &quot;profano&quot;. Pues bien,  es imposible encontrar el car&aacute;cter de lo sagrado en algo que tiene un  precio: lo sagrado es lo que no tiene precio. Lo sagrado es lo que <i>no se toca</i>,  lo &uacute;nico e irrepetible, lo que posee un valor absoluto. El dinero, por  el contrario, es lo m&aacute;s profano: se intercambia, pasa de mano en mano  (los billetes de banco pronto aparecen manoseados), y vale lo que en  cada caso determina el mercado. Es una verdadera paradoja que, pese a  su irrealidad, la atenci&oacute;n casi monogr&aacute;fica que el dinero reclama de  muchos aparezca como el paradigma de la actitud <i>realista</i>.  &quot;Estar en la realidad&quot;, &quot;vivir en este mundo&quot; parece equivalente a  verlo todo en t&eacute;rminos monetarios. Pero la &iacute;ndole propia del dinero es  esencialmente vicaria: su ser es un mero estar-por; pura supositalidad  es su valer lo que con &eacute;l se puede comprar o por &eacute;l se puede vender. En  otros t&eacute;rminos, parece que en el mundo adulto lo &uacute;nico que posee valor  absoluto es lo que en absoluto vale por s&iacute; mismo. Introducir a la  realidad, por tanto, a no pocos se antoja equivalente a totemizar el  dinero, talism&aacute;n de todos los poderes ocultos (&quot;poderoso caballero es  don dinero&quot;, dicen las gentes). La peculiar &quot;irrealidad&quot; del dinero se  torna m&aacute;s obvia a&uacute;n si hablamos del dinero electr&oacute;nico o virtual.</p>   </li>       <li>         <p>Por  otro lado, los medios de comunicaci&oacute;n masiva -en especial la  televisi&oacute;n- nos introducen casi sin darnos cuenta en una actitud de  indiferencia. Quiz&aacute; tambi&eacute;n por presi&oacute;n mercantil, la rapsodia  televisual hace que aparezcan juntos y de manera indiferenciada el  f&uacute;tbol, el concurso, la informaci&oacute;n sobre el &quot;tsunami&quot; o el atentado  terrorista, seguido de una payasada o un culebr&oacute;n, etc. Y lo que se  pretende es que la gente permanezca ah&iacute;, sentada frente a la m&aacute;quina  todo el tiempo posible, y a ser posible sin cambiar de canal, para lo  que a menudo se emplea el recurso f&aacute;cil del morbo o la carnaza.</p>   </li>     </ol>     <p>Quiz&aacute; sin darnos cuenta -a no ser  que apaguemos el televisor y comencemos a pensar sobre lo que hemos  visto- nos acostumbramos a pasar sin pesta&ntilde;ear de lo serio a lo  trivial, de lo desgraciado a lo banal con sentimientos cada vez m&aacute;s  indiferenciados. La cultura de la imagen televisual -en caso de que a  eso quepa llamarlo cultura- lo desacraliza todo a base de fomentar la  indiferencia. Lo indiferente, en el fondo, es trivial: m&aacute;s de lo mismo.</p>     <p><b>4. Lo grave y lo trivial</b></p>     <p>La educaci&oacute;n funciona sobre bases  bien distintas, como bien saben quienes a ella se dedican. Los ni&ntilde;os  necesitan que se les hable claro. Necesitan saber cu&aacute;ndo los padres  hablan en serio, conocer bien los l&iacute;mites, saber d&oacute;nde termina la broma  y d&oacute;nde comienza la cosa seria. Los adolescentes lo necesitan a&uacute;n m&aacute;s.  La referencia de un adulto que alguna vez les tome en serio es para  ellos fundamental. Los adolescentes no suelen tomarse en serio entre  ellos, a no ser cuando juegan a parecer adultos. Es natural. <i>Adulescens</i> significa en lat&iacute;n el que adolece. El adolescente es el que tiene prisa  por crecer. Su falta de asentamiento vital -esa inestabilidad (<i>in-firmitas</i>)  tan caracter&iacute;stica de ciertas edades- se traduce en su constante  referencia al mundo de los adultos, bien disimulada ante &eacute;stos. Para su  maduraci&oacute;n, los adolescentes necesitan mirar a personas adultas -padres  y maestros- que de vez en cuando les toman en serio, les hacen caso. Un  adulto es para ellos, ante todo, una persona que se ha formado  criterio, que vive de acuerdo con ciertas pautas -flexibles, pero  pautas- que dan estabilidad a su pensar y a su actuar. Esto es  justamente lo que los adolescentes advierten que les falta y lo que  aspiran a obtener: criterio. Aunque no lo va a reconocer  expl&iacute;citamente, en su modo de conducirse se percibe que el adolescente  est&aacute; necesitando esas referencias de seriedad en las cuales se  distingue claramente lo grave de lo banal.</p>     <p>Ahora bien, en el mundo de la  tecnoestructura, en el mundo adulto al que te&oacute;ricamente el sistema  educativo tiene la funci&oacute;n de introducir a la gente joven, cada vez son  menos claras estas distinciones.</p>     <p>La gente joven es muy dada al  compromiso. En formas que a los adultos a menudo parecen poco  razonables, los j&oacute;venes experimentan una especie de aspiraci&oacute;n  instintiva a la radicalidad que, sin duda, debe ser educada, pero que  igualmente supone un potencial de energ&iacute;as humanas muy interesante.  Cualquier hombre o mujer que no sea un canalla es ciertamente un  &quot;fundamentalista&quot; de algo. El compromiso serio y la responsabilidad que  &eacute;ste fomenta en la gente joven posee, adem&aacute;s, un poder descubridor de  la realidad y del valor -es decir, de la medida en que la realidad nos  afecta- que es muy importante para la maduraci&oacute;n de la persona.  Proponer a los j&oacute;venes una exigente visi&oacute;n de la realidad, que siempre  compromete, es, en definitiva, otra forma de designar la quintaesencia  de la tarea educativa.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Pero si todas las opciones y todos  los caminos humanos son igualmente v&aacute;lidos y humanizadores -o, lo que  es lo mismo, igualmente falaces y deshumanizantes-, que es lo que la  contracultura nihilista predica sin descanso, la &uacute;nica actitud  consecuente es alguna de estas dos (o ambas):</p>    <ol type="a">         <li> el cinismo</li>         <li> la perplejidad</li>       </ol>      <p>En efecto, si todo vale, nada tiene  valor, y lo que de ah&iacute; sale no es el compromiso por adoptar un criterio  sino el de convertir en &quot;criterio&quot; justamente el descompromiso, la <i>&eacute;tica de la desvinculaci&oacute;n</i>.</p>     <p>Distinguir lo serio de lo banal,  percibir esa diferencia clara es justamente lo que se aprende en la  conversaci&oacute;n amistosa con el adulto, con los padres y los maestros.</p>     <p><b>5. Educaci&oacute;n y conversaci&oacute;n. El ideal griego de la paide&iacute;a</b></p>     <p>Me parece que uno de los retos que  hoy se plantea a los educadores es el de devolverle al lenguaje la  posibilidad de decir algo serio sobre esta cuesti&oacute;n: <i>qu&eacute; es el hombre</i>,  y qu&eacute; es lo que mejor contribuye a su plenitud; qu&eacute; vale realmente la  pena y c&oacute;mo puede el hombre responder libremente a la llamada de lo  valioso. En &uacute;ltimo t&eacute;rmino, la posibilidad de decir algo serio y  consistente sobre el sentido de la vida humana, y la capacidad de  articular una argumentaci&oacute;n racional sobre ello es lo que da contenido  al trabajo de educar.</p>     <p>Arist&oacute;teles entend&iacute;a que el  lenguaje significativo posee un gran valor, no s&oacute;lo pedag&oacute;gico sino  tambi&eacute;n pol&iacute;tico. El lenguaje significativo -aquel en el que caben las  distinciones- es la esencia de la <i>paide&iacute;a</i> griega. Pensamos  ling&uuml;&iacute;sticamente, con palabras que no siempre expresamos al exterior,  pero que indudablemente nos decimos a nosotros mismos. Y si nuestro  lenguaje acaba siendo el proceloso mar de lo indistinto donde todo vale  y todo da igual, tambi&eacute;n nuestro pensamiento acabar&aacute; siendo confuso.  Desde luego, lo que transmitimos como educadores es lo que <i>profesamos</i>,  y esto, a su vez, es lo que nos convence y procuramos vivir. Es esta  una de las ideas t&oacute;picas que ha quedado de la tradici&oacute;n socr&aacute;tica.</p>     <p>Logos y polis son las dos grandes  categor&iacute;as de la antropolog&iacute;a aristot&eacute;lica. La condici&oacute;n natural del  hombre es la del ciudadano. Para &eacute;l vivir es convivir. El hombre es  &quot;animal pol&iacute;tico&quot; (<i>zo&oacute;n politik&oacute;n</i>) y la pol&iacute;tica el arte de la buena convivencia. Toda vez que tiende a &quot;bien-vivir&quot; (<i>eu-zen</i>), tratar&aacute; por lo mismo de llevarse bien con sus conciudadanos. As&iacute;, la amistad constituye el ideal pol&iacute;tico -<i>eo ipso</i>,  antropol&oacute;gico- que da contenido a la paide&iacute;a, a la formaci&oacute;n del  esp&iacute;ritu griego que ha fecundado en buena parte la aportaci&oacute;n m&aacute;s  sustantiva de Occidente a la civilizaci&oacute;n humana. Junto a las otras dos  fuentes principales de la cultura europea -el cristianismo y el derecho  romano- la <i>paide&iacute;a</i> griega es origen de sus logros menos frugales.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Ahora bien, la amistad se nutre de  la conversaci&oacute;n. Entablar conversaci&oacute;n con alguien pone en juego una  serie de recursos intelectuales y morales de gran calado y envergadura  humana. El flujo verbal que encauza la conversaci&oacute;n significativa anuda  los lazos que articulan la relaci&oacute;n m&aacute;s propiamente humana. El modelo  antropol&oacute;gico occidental identifica al <i>homo sapiens</i> como <i>homo loquens</i>. Esta es la aportaci&oacute;n principal del esp&iacute;ritu griego.</p>     <p>Como ha se&ntilde;alado A. de  Saint-Exupery hablando del amor, dos personas son amigas no cuando se  miran entre s&iacute; sino cuando miran ambas en la misma direcci&oacute;n, cuando se  reconocen mutuamente en el com&uacute;n inter&eacute;s por algo. La experiencia de  los amigos tiene mucho que ver con el descubrir que en su inter&eacute;s por  algo est&aacute; uno acompa&ntilde;ado. De ah&iacute; surge la conversaci&oacute;n no trivial.</p>     <p>La charla trivial acaba siendo  tediosa, aburrida. Quienes por falta de temas de inter&eacute;s y envergadura  humana -o bien por la incapacidad ling&uuml;&iacute;stico-ret&oacute;rica de abordarlos en  una conversaci&oacute;n seria- s&oacute;lo pueden hablar de banalidades dif&iacute;cilmente  pueden ser amigos, o mantener su amistad si alguna vez la hubo. Es  cierto que en la conversaci&oacute;n amistosa hay de todo: de vez en cuando  algo menos serio, y es bueno tener alg&uacute;n recurso para descansar y  distraernos, pues tampoco aguantar&iacute;amos demasiado si todos los  argumentos fuesen graves y esenciales. Tambi&eacute;n lo &quot;trascendental&quot; se  percibe mejor en su trascendencia y valor por contraste con lo que  aparece en las conversaciones m&aacute;s triviales. Como en tantos aspectos de  la vida, quiz&aacute; lo adecuado es un justo equilibrio que sepa combinar lo  grave y lo leve. De todas maneras, dadas las circunstancias actuales de  la llamada &quot;cultura de la imagen&quot; o &quot;cultura de masas&quot; -del mundo  global y medi&aacute;tico- y las peculiares caracter&iacute;sticas alienantes que los  antrop&oacute;logos y analistas sociales detectan en ella, lo m&aacute;s probable es  que el mayor esfuerzo haya de centrarse en evitar, como dir&iacute;a el poeta,  &quot;la insoportable levedad del ser&quot;. En  este punto, R. Spaemann hace una aportaci&oacute;n extraordinariamente  sugestiva para entender un aspecto esencial de la tarea de educar:  antes que aprender a hacer valer nuestros intereses, hace falta  aprender a <i>interesarse</i> por algo <a name="10sup" id="10sup"></a><sup><a href="#10inf">10</a></sup>.</p>     <p>Hablando  del inter&eacute;s por la verdad, A. Mill&aacute;n- Puelles distingue entre el  inter&eacute;s cognoscitivo y el inter&eacute;s comunicativo, pero vincul&aacute;ndolos <a name="11sup" id="11sup"></a><sup><a href="#11inf">11</a></sup>. Conocer algo y darlo a conocer es el modo m&aacute;s humano de ejercer lo que uno es:<i> homo sapiens et loquens</i>.  Y ah&iacute; es donde se anudan los lazos humanos m&aacute;s interesantes y  enriquecedores. Dar conversaci&oacute;n es una manera muy profunda de ejercer  nuestro <i>ser donal</i>, que es la forma propia del amor de  amistad, aquello para lo que fundamentalmente est&aacute; pensado el ser  humano y lo que m&aacute;s puede plenificar su existencia: dar y recibir amor.  Pues bien, la amistad y la conversaci&oacute;n es el &aacute;mbito -<i>ethos</i>- donde &uacute;nicamente la relaci&oacute;n educativa puede tener su espacio adecuado.</p>     <p>Arist&oacute;teles distingue la voz humana (<i>logos</i>) del grito animal (<i>phon&eacute;</i>).  &Eacute;ste tan s&oacute;lo expresa sentimientos -dolor, placer, etc.- en tanto que  aqu&eacute;lla expresa ideas. Las ideas pueden compartirse y contrastarse  dial&oacute;gicamente, pero los sentimientos, aunque puedan expresarse m&aacute;s o  menos, propiamente no pueden compartirse: el dolor y el placer de cada  uno es s&oacute;lo suyo. Ciertamente es posible la &quot;compasi&oacute;n&quot;. Al igual que  el &quot;co-laborar&quot; o el &quot;com-partir&quot;, el &quot;com-padecer&quot; es una experiencia  humana en la que la vivencia de uno posee un eco o correlato afectivo  en la vivencia de otro. Pero esto no hace que la de cada uno deje de  ser propia, personal e intransferible. Yo puedo comunicar con palabras  o gestos a otra persona que me duele una muela. Esa persona quiz&aacute; me  entiende y se compadece, pero desde la vivencia de un dolor an&aacute;logo que  es otro, y que padeci&oacute; &eacute;l, no yo. Mi dolor de muelas es el m&iacute;o, no el  suyo; y el suyo es suyo, no m&iacute;o. Del mismo modo yo puedo compartir un  bocadillo, pero eso no es otra cosa que partirlo, trocearlo; y la parte  que me como yo, soy yo quien la como, y no t&uacute;; viceversa, la que comes  t&uacute; no la como yo. Tambi&eacute;n podemos co-laborar en un proyecto com&uacute;n. Pero  el trabajo que corresponde, dentro del programa colectivo, hacer a uno  de los miembros de ese colectivo, le corresponde a &eacute;l y a nadie m&aacute;s. Un  programa colectivo articula una colecci&oacute;n de aportaciones individuales.  De ah&iacute; que el bien com&uacute;n haya de entenderse no como una abstracci&oacute;n del  bien individual -por ejemplo, en la forma que muchos entienden hoy la  noci&oacute;n de &quot;inter&eacute;s general&quot;- sino como un desarrollo y prolongaci&oacute;n de  &eacute;ste, a saber, como el bien que es comunicable a todos y cada uno de  los que pueden y deben participar en &eacute;l. Etc. En definitiva, aunque t&uacute;  y yo podemos interesarnos por lo mismo, <i>mi interesarme</i> por ello es m&iacute;o y de nadie m&aacute;s, y el tuyo es tuyo y de nadie m&aacute;s.</p>     <p>Pues bien, el hombre posee logos,  palabra, para compartir y contrastar ideas sobre lo bueno, lo bello, lo  justo, y sus contrarios, dice Arist&oacute;teles. Y  en ese compartir y contrastar nuestros puntos de vista sobre estos  grandes temas que nutren la conversaci&oacute;n esencial de la humanidad  estriba &quot;la casa y la ciudad&quot; <a name="12sup" id="12sup"></a><sup><a href="#12inf">12</a></sup> .</p>     <p>Arist&oacute;teles entiende el r&eacute;gimen de la comunidad pol&iacute;tica como politeia. La  ciudad no se gobierna desp&oacute;tica sino pol&iacute;ticamente, no con la fusta  sino con la palabra. La comunidad humana no se produce por el hecho de  pacer juntos en el mismo lugar, sino porque tenemos temas comunes de  conversaci&oacute;n: la res publica, es decir, los asuntos que nos afectan a  todos y por los que nos interesamos dial&oacute;gicamente <a name="13sup" id="13sup"></a><sup><a href="#13inf">13</a></sup>.</p>     <p>En  este aspecto comenta Werner Jaeger que los sofistas tuvieron un papel  muy importante en Atenas: educar a la ciudadan&iacute;a en el arte de  argumentar, de dar razones convincentes para &quot;constre&ntilde;ir suavemente las  asambleas&quot; <a name="14sup" id="14sup"></a><sup><a href="#14inf">14</a></sup>.  Pero S&oacute;crates ve con preocupaci&oacute;n que dicho arte -la ret&oacute;rica- puede  degenerar en sof&iacute;stica y ser empleado perversamente por quienes no  desean servir a la comunidad sino servirse de ella para lograr su  exclusivo inter&eacute;s. Algunos sofistas fundaron escuelas donde acud&iacute;an los  aspirantes a demagogo para aprender a convencer sin estar convencido,  de manera que tornaban el noble arte de adornar el argumento -para que  sea persuasivo- en el no tan noble de suplantar el argumento por puro  adorno. La degeneraci&oacute;n de la ret&oacute;rica  en sof&iacute;stica -en la que incurrieron, por cierto, algunos de los amigos  de S&oacute;crates- amenaza la estabilidad de la polis, y s&oacute;lo puede  conjurarse si se mantiene el nexo entre ret&oacute;rica y l&oacute;gica<a name="15sup" id="15sup"></a><sup><a href="#15inf">15</a></sup> . (Aunque aparece en &uacute;ltimo lugar, uno de los libros m&aacute;s interesantes  de los que constituyen el Organon de Arist&oacute;teles -el conjunto de sus  tratados de l&oacute;gica- es precisamente el que lleva por t&iacute;tulo  &quot;Refutaciones sof&iacute;sticas&quot; - Topica, en griego- donde se establece un  elenco anal&iacute;tico de todas las posibles formas de argumento enga&ntilde;oso  -sofisma-, es decir, razonamiento que s&oacute;lo aparentemente concluye lo  que pretende concluir).</p>     <p>Frente a la persuasi&oacute;n sof&iacute;stica  -la convicci&oacute;n meramente aparente o aparentada- se alza la palabra  significativa, el logos semantik&oacute;s, cuyo valor suasorio es central en  la educaci&oacute;n ciudadana.</p>     <p>La palabra significativa es  fundamental porque hace posible la discusi&oacute;n, y la discusi&oacute;n hace  posible la amistad pol&iacute;tica. Naturalmente en la discusi&oacute;n comparecen  diversos puntos de vista, diversas opiniones, y cada una de ellas  constituye una pretensi&oacute;n de verdad. Tal pretensi&oacute;n puede cumplirse o  no, o se puede cumplir m&aacute;s o menos. La verdad, sobre todo en el  discurso pr&aacute;ctico, es un concepto sumamente flexible, que no es blanco  o negro sino que admite toda una gama ampl&iacute;sima de lo correcto, lo m&aacute;s  ajustado, lo m&aacute;s conveniente en este caso o en este otro, y es una  verdad flexible y hermen&eacute;utica, contextualizada. Pero la discusi&oacute;n  tiene sentido cuando hay una b&uacute;squeda de la verdadera soluci&oacute;n, por  ejemplo, a un problema pr&aacute;ctico.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Quien discute lo hace desde la  convicci&oacute;n m&aacute;s o menos firme de aquello que plantea como su punto de  vista o su opini&oacute;n. Ahora bien, estar convencido de algo implica  percibir lo contrario como falso. La conexi&oacute;n entre ret&oacute;rica y l&oacute;gica  -la que acad&eacute;micamente se ejercitaba en la disputatio- pone de  manifiesto lo absurdo de pensar que todas las opiniones son igualmente  v&aacute;lidas. La pretensi&oacute;n de que afirmaciones contrarias sean verdaderas  por igual, toda vez que lo ser&iacute;an para quien en cada caso las suscribe,  no puede mantenerse de manera razonable, ni tan s&oacute;lo como un peaje que  necesariamente habr&iacute;a de estar dispuesto a tributar quien desee exhibir  un talante abierto, democr&aacute;tico y tolerante.</p>     <p>Una cosa es el respeto debido a la  persona del opinante y a la libertad que tiene de formarse sus  opiniones de acuerdo con el criterio que estime oportuno -incluida la  libertad de promoverlas por medios justos y leg&iacute;timos- y otra bien  distinta pretender el sinsentido de que todas las opiniones son tan  &quot;respetables&quot; como los respectivos opinantes. De ser as&iacute;, cualquier  forma de discrepar de la opini&oacute;n de una persona lo ser&iacute;a igualmente de  faltarle al respeto. Pero esto contradice abiertamente la experiencia,  abundante, de la discrepancia respetuosa.</p>     <p>Es imposible la discusi&oacute;n seria si  se confunde el respeto que siempre es debido a la persona con el  supuesto respeto a sus opiniones. El titular del derecho a ser  respetado es, como decimos, la persona y su libertad de opini&oacute;n. Pero  cuando discutimos en serio vamos a confrontar las opiniones con las  armas de la l&oacute;gica y la ret&oacute;rica, y por tanto a mostrar que si una  postura es verdadera -m&aacute;s adecuada, justa, eficaz- su contraria es  falsa o, al menos no tan verdadera, justa o eficaz para solucionar el  problema que se plantea. Mientras las palabras (logoi) sigan  significando algo, participar en una discusi&oacute;n (dia-logos) significar&aacute;  tomar partido por una postura, a saber, sostener con argumentos su  verdad a costa de la falsedad de la contraria. No puede ser de otro  modo.</p>     <p>Una persona se forma criterio a  base de tomar partido exponiendo las razones que le llevan a hacerlo  por tal o cual opini&oacute;n, por tanto <i>exponi&eacute;ndose</i> a su vez a las razones que en sentido contrario aduce a su favor quien defiende la postura opuesta.</p>     <p><b>6. ¿Lenguaje significativo o logomaquia?</b></p>     <p>Es preciso insistir en este punto.  Las personas j&oacute;venes maduran form&aacute;ndose criterios s&oacute;lidos mediante los  cuales su pensamiento y su conducta adquiere estabilidad y coherencia:  pautas flexibles de actuaci&oacute;n, pero pautas. Y esto se logra  precisamente en el contraste, en la discusi&oacute;n, que es b&uacute;squeda  cooperativa de lo verdadero y lo bueno. Este tipo de confusiones a las  que me vengo refiriendo no ayudan a la maduraci&oacute;n de los j&oacute;venes, que  necesitan disponer de criterios para distinguir lo bueno de lo malo, lo  verdadero y lo falso, lo grande y lo mezquino.</p>     <p>Instalada la confusi&oacute;n en la  cultura medi&aacute;tica, se le exige a la l&oacute;gica y a la ret&oacute;rica que rindan  peaje a la correcci&oacute;n -correctness- de un lenguaje que, para mantener  un irenista equilibrio que a nadie moleste, acaba por no decir nada  serio. Los condicionamientos actuales del &quot;debate p&uacute;blico&quot; terminan  haciendo de &eacute;l una logomaquia vac&iacute;a, insulsa y repetitiva. Ese lenguaje  est&aacute; instalado en la trama dial&oacute;gica de los llamados agentes no  formales de la educaci&oacute;n. A menudo tambi&eacute;n se ponen esas trabas en la escuela, e incluso en ambientes acad&eacute;micos y universitarios <a name="16sup" id="16sup"></a><sup><a href="#16inf">16</a></sup>.  A veces siente uno ganas de suplicar, glosando al poeta, que no nos  roben las palabras, pues son el reducto que nos queda para resistir al  &quot;pensamiento &uacute;nico&quot;.</p>     <p>En nuestro momento se hace preciso recuperar una cultura dial&oacute;gica, parcialmente perdida en la apariencia de que la hay. En  efecto, proliferan los &quot;debates&quot;, pero cada vez se dialoga menos: en  primer lugar, porque se escucha poco, y en segundo porque, como se ha  se&ntilde;alado m&aacute;s arriba, sin la referencia de una verdad que se busca  mancomunadamente el di&aacute;logo carece de sentido, y hoy no son pocos a  quienes incomprensiblemente el concepto de &quot;verdad&quot; -incluso el t&eacute;rmino  mismo- les parece agresivo y les produce sarpullidos intelectuales <a name="17sup" id="17sup"></a><sup><a href="#17inf">17</a></sup>.</p>     <p>En los debates televisados o  radiados suelen comparecer diversas posturas, planteamientos vitales,  estilos de vida, valoraciones, pero dif&iacute;cilmente se llega a la  confrontaci&oacute;n entre unos y otros. Ahora bien, si nos limitamos tan s&oacute;lo  a levantar acta de la diversidad de puntos de vista, sin llegar a  contrastarlos, sin ponderar el peso de las razones y pruebas que cada  postura aduce, entonces propiamente no hay discusi&oacute;n. As&iacute;, muchos  debates se sustancian a base de etiquetas o de violencia verbal. No  suelen ser quienes disponen de los mejores argumentos, sino quienes m&aacute;s  gritan, los que salen mejor parados en esos debates, m&aacute;s parecidos a un  espect&aacute;culo circense que a una discusi&oacute;n seria. Esto supone una  referencia muy negativa socioculturalmente, sobre todo desde el punto  de vista de la educaci&oacute;n c&iacute;vica. Hay, en definitiva, una necesidad  grande de recuperar el ethos del verdadero di&aacute;logo, hoy en serio  peligro de extinci&oacute;n, entre otras cosas debido a esa especie de  equiparaci&oacute;n esc&eacute;ptica y nihilista que ve que en el fondo todo es lo  mismo, o da igual una cosa que su contraria.</p>     <p>En la discusi&oacute;n es donde se aprende  la distinci&oacute;n, donde se perciben las diferencias y donde se aprende a  valorar la realidad. Valorar algo significa distinguirlo con nuestra  atenci&oacute;n. Respetar a alguien es respetar su diferencia individual. Mas  si todas las opciones son verdaderas o todos los estilos de vida poseen  el mismo valor humanizador, la realidad acaba torn&aacute;ndose roma e  indiferente desde el punto de vista afectivo. (&quot;Indiferencia&quot; expresa  el estadio resultante de la no discriminaci&oacute;n, de la no diferenciaci&oacute;n).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>7. S&oacute;crates, maestro de Occidente</b></p>     <p>En la tradici&oacute;n filos&oacute;fica y  pedag&oacute;gica del socratismo, el di&aacute;logo posee un valor heur&iacute;stico  constitutivo. S&oacute;crates re&uacute;ne la doble condici&oacute;n de iniciador de la  Filosof&iacute;a y de la Pedagog&iacute;a en Occidente. Es interesante retenerle la  atenci&oacute;n a esto. En los di&aacute;logos de Plat&oacute;n -especialmente en el  Banquete-la filosof&iacute;a se nos muestra como una b&uacute;squeda asint&oacute;tica,  apor&eacute;tica, de la verdad. La teor&iacute;a filos&oacute;fica tiene su origen en una  pregunta que no es ret&oacute;rica, que no se conforma consigo misma. El preguntar puramente ret&oacute;rico, pagado de s&iacute; mismo, es el de quien no busca respuesta <a name="18sup" id="18sup"></a><sup><a href="#18inf">18</a></sup>.  Pero la verdadera pregunta es la expresi&oacute;n verbal de la duda, y quien  duda lo que ante todo desea es salir de dudas. La duda, en efecto, es  un estado &quot;enfermo&quot; de la mente, es decir, aqu&eacute;l en el que el sujeto  est&aacute; poco firme, mal asentado, indispuesto a afirmar -o negar-; en  definitiva, incapaz de conocer judicativamente con seguridad. En  Descartes se percibe claramente esta &iacute;ndole provisional del dudar: la  duda es el camino -&quot;m&eacute;todo&quot;-, pero no el final de &eacute;ste. A diferencia de  la versi&oacute;n cartesiana, en la que la duda aparece como inicio  metodol&oacute;gico del pensar, en el escepticismo fundamental -por ejemplo en  la versi&oacute;n de los c&iacute;nicos, los sofistas, Gassendi, Hume, etc., o en la  del nihilismo contempor&aacute;neo- la duda es aceptada como el estado  natural, sano, de la mente; es, por decirlo parad&oacute;jicamente, conclusi&oacute;n  indubitable, tesis final.</p>     <p>En sus versiones m&aacute;s fuertes, el escepticismo fundamental responde a alguna de estas dos actitudes (o a ambas):</p>    <ol type="a">         <li> la contradictoria suposici&oacute;n de que la raz&oacute;n, como capacidad  cognoscitiva, es radicalmente incapaz de conocer, es decir, de dar  satisfacci&oacute;n al menester esencial que deber&iacute;a cumplir;</li>         <li> la pereza mental que declara insoluble un problema cuya soluci&oacute;n resulta arduo encontrar.</li>       </ol>      <p>La hip&oacute;tesis de una capacidad per  se incapaz se autodestruye (naturalmente, si tal incapacidad se  entiende referida al objeto formal quod de la capacidad respectiva. Es  exactamente &eacute;ste el caso). Por su lado, la pereza mental se delata a s&iacute;  misma si uno tiene la oportunidad y el coraje de ponerse a pensar.  Pensar es tomar partido, pronunciarse por algo, asumir un compromiso,  una determinaci&oacute;n. Dicho de otra forma, pensar es buscar la verdad,  pero exponi&eacute;ndose a encontrarla. Y una vez hallada, la verdad siempre  pide algo.</p>     <p>Nunca el pensar est&aacute; hecho s&oacute;lo de  preguntas (aunque sea por ah&iacute; por donde haya que comenzar). La  inteligencia no se satisface &uacute;nicamente con hip&oacute;tesis.</p>     <p>Como es obvio -y la historia es un  testimonio fehaciente de ello- nunca se pueden encontrar respuestas  definitivas a las cuestiones filos&oacute;ficas, y cualquier intento de  resolverlas siempre es susceptible de revisi&oacute;n, de enriquecimiento, de  volver con el tiempo y nuevas experiencias a replantearlo. El fil&oacute;sofo  percibe que la realidad no puede nunca agotarse en ninguna forma humana  de decirla. Pero indudablemente el que pregunta busca alguna respuesta.  Plat&oacute;n dice que la filosof&iacute;a es un tipo de eros, de amor, y eso es lo  que queda consignado en la actitud t&oacute;pica del pathos filos&oacute;fico: el  fil&oacute;sofo es el que aspira al saber, a la plenitud del saber, sin llegar  nunca a conquistarlo. Todo hombre aspira naturalmente al saber, dice  Arist&oacute;teles al comienzo de su Metaf&iacute;sica. Pero el saber, tal como lo  entienden lo griegos, es un ideal ut&oacute;pico, no est&aacute; al alcance de  ninguna fortuna intelectual. Saberlo todo de todo es imposible para el  hombre. Aspiramos a eso, pero nos quedamos en &quot;fil&oacute;sofos&quot;, en meros  aspirantes. De todos modos, el aut&eacute;ntico aspirante, el que aspira  rectamente, algo sabe; al menos, sabe lo que busca. Buscarlo implica no  poseerlo todav&iacute;a, al menos no poseerlo en plenitud. Mas aquello a lo  que se aspira es a la plenitud del saber: no nos conformamos con saber  un poquito. Cualquiera que tiene experiencia de haber investigado en  serio sobre algo sabe que cualquier logro cognoscitivo es humanamente  un aut&eacute;ntico logro en la medida en que tambi&eacute;n nos abre perspectivas de  logros ulteriores. Por tanto, en cierto modo el saber es, como Eros,  hijo de la abundancia (Poros) y de la penuria o escasez (Pen&iacute;a), y como  hijo de ambos est&aacute; en cierto modo entre los dos: participa del saber en  la medida en que sabe algo -sabe lo que desea saber, pues es imposible  ir humanamente sin saber a d&oacute;nde uno va-, pero por otro lado sabe que  no sabe. Eso ya es saber algo, desde luego m&aacute;s que el absoluto  ignorante, el que no sabe que no sabe. Quien cree que nada le queda ya  por saber es el que no ha dado ni tan siquiera el primer paso.</p>     <p>La  humildad socr&aacute;tica perfila una referencia que ya desde su comienzo  identifica un rasgo muy caracter&iacute;stico del ethos filos&oacute;fico y que puede  designarse, empleando la f&oacute;rmula de K. Popper -aunque no exactamente en  el sentido en que &eacute;l la emplea- como &quot;b&uacute;squeda sin t&eacute;rmino&quot; <a name="19sup" id="19sup"></a><sup><a href="#19inf">19</a></sup>.  Es este un aspecto muy central de la actitud filos&oacute;fica, que para los  griegos no es s&oacute;lo una postura te&oacute;rica, sino sobre todo un ideal de  vida.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>A la condici&oacute;n de iniciador de la filosof&iacute;a <a name="20sup" id="20sup"></a><sup><a href="#20inf">20</a></sup>,  S&oacute;crates une la de primer maestro europeo. Habr&iacute;a que hacer muchas  precisiones a este aserto, pero s&iacute; cabe decir, en t&eacute;rminos generales,  que S&oacute;crates ha esculpido en su vida la figura protot&iacute;pica del maestro  en Occidente.</p>     <p>Quiz&aacute; una caracter&iacute;stica muy  destacable de la pedagog&iacute;a socr&aacute;tica es que el discurso del que se  nutre es un discurso tentativo. Tambi&eacute;n le pasa esto a la filosof&iacute;a,  sin duda, debido a su car&aacute;cter apor&eacute;tico, pero mientras que la  filosof&iacute;a aspira -sin lograrlo nunca en plenitud- a ser un saber  absoluto, un saber que en &uacute;ltimo t&eacute;rmino es de lo necesario, de lo  estable e incontestable, sin embargo el saber pedag&oacute;gico, al igual que  el pol&iacute;tico, versa m&aacute;s bien sobre realidades que pueden ser de una  manera o de otra, que son contingentes, que incluso pueden ser o no  ser. En cierto modo, el discurso de la paide&iacute;a tiene mucho de opinable.  Sin duda por tradici&oacute;n y por &oacute;smosis, el estilo socr&aacute;tico parece m&aacute;s  pr&oacute;ximo al de los sofistas -muchos de los cuales eran amigos de  S&oacute;crates- que al del or&aacute;culo d&eacute;lfico: m&aacute;s tentativo que apod&iacute;ctico, m&aacute;s  posibilista que &quot;dogm&aacute;tico&quot;. A S&oacute;crates no es f&aacute;cil sorprenderle  actitudes oraculares. Me parece que es un contraste que tiene cierto  inter&eacute;s.</p>     <p>S&oacute;crates es muy amigo de la opini&oacute;n. En  su conversaci&oacute;n se advierte que sabe escuchar y contrastar puntos de  vista, que se toma en serio lo que dicen sus interlocutores <a name="21sup" id="21sup"></a><sup><a href="#21inf">21</a></sup>.  Es bien consciente de que lo que dice en modo alguno puede entenderse  como la &uacute;ltima palabra sobre nada. Propone su punto de vista consciente  de que puede estar equivocado. Como ve&iacute;amos m&aacute;s arriba, el propio hecho  discursivo supone exponerse a la eventual mayor solidez de la postura  contraria, y esto lo tiene claro S&oacute;crates: se le ve dispuesto a  rectificar, a seguir indagando mejores explicaciones con la ayuda de  sus contertulios. Pero lo que no admite duda en su actitud es que la  discusi&oacute;n tiene sentido bajo el supuesto de que hay una verdad, a la  que cabe acercarse o de la que cabe alejarse; verdad que no puede  agotarse desde un solo &aacute;ngulo de visi&oacute;n, pero verdad que cabe  igualmente conocer, aunque nunca abarcar por entero.</p>     <p>Esta convicci&oacute;n es la que funda el discurso filos&oacute;fico y desencadena el eros pedag&oacute;gico. La  amistad -elemento esencial de la pedagog&iacute;a socr&aacute;tica- s&oacute;lo puede  fundarse s&oacute;lidamente en la solidaria b&uacute;squeda de la verdad y del bien <a name="22sup" id="22sup"></a><sup><a href="#22inf">22</a></sup>.</p>     <p>¿Qu&eacute; sentido tendr&iacute;a la discusi&oacute;n  si no es el de esa b&uacute;squeda cooperativa? Si la verdad no existe, o es  imposible conocerla, ¿para qu&eacute; discutir? Y, en &uacute;ltimo t&eacute;rmino, ¿para  qu&eacute; educar? S&oacute;crates no se rebela contra la opini&oacute;n, sino precisamente  contra la degradaci&oacute;n de la opini&oacute;n como pretensi&oacute;n de verdad tal como  efectivamente aconteci&oacute; en el seno de la sof&iacute;stica. S&oacute;crates mantiene  la determinaci&oacute;n de no abandonar el pensamiento, la amistad y la  educaci&oacute;n, es decir, de no sucumbir ante la presi&oacute;n esc&eacute;ptica. Esta actitud acabar&aacute; cost&aacute;ndole la vida <a name="23sup" id="23sup"></a><sup><a href="#23inf">23</a></sup>.</p>     <p>En definitiva, si el eros  pedag&oacute;gico no se nutre de la filosof&iacute;a, termina en la infame  justificaci&oacute;n ideol&oacute;gica de lo pol&iacute;ticamente correcto. Este es el gran  legado socr&aacute;tico que esperemos Occidente nunca olvide.</p>     <p>La verdad y el bien s&oacute;lo pueden ser  alumbrados educativamente en el interior de cada persona. La may&eacute;utica  es el &uacute;nico camino para la educaci&oacute;n. Pero esa verdad interior es  verdad, no un constructo mental resultante del lenguaje sof&iacute;stico o de  la ficci&oacute;n. Est&aacute; en m&iacute; pero no como algo puesto por m&iacute;, sino como algo  que estoy llamado m&aacute;s a descubrir que a poner, naturalmente con la  ayuda de otras personas que a su vez han recorrido ese camino antes.  S&oacute;crates dice que la mejor partera es la que ha sido madre alguna vez.  La tarea del maestro -que es quien ayuda a otros en su b&uacute;squeda- s&oacute;lo  puede desempe&ntilde;arla quien ha buscado &eacute;l mismo, y si busca en serio, algo  encuentra. En esto se puede cifrar la tarea de la filosof&iacute;a -y de la  educaci&oacute;n, que principalmente es autoeducaci&oacute;n-, a saber, en meterse  dentro de uno mismo. Nosce teipsum: ah&iacute; se resume emblem&aacute;ticamente el  reto de toda b&uacute;squeda filos&oacute;fica y may&eacute;utica.</p>     <p><b>8. Recuperar el valor de las palabras, reto de la educaci&oacute;n hoy</b></p>     <p>No pretendo llamar la atenci&oacute;n  sobre el mundo griego por un puro af&aacute;n arqueol&oacute;gico. Sin duda tiene  sentido el conocimiento del pasado en cuanto ya pasado, pero el  servicio principal que la historia presta es que nos ayuda a conocernos  mejor a nosotros mismos. No podr&iacute;amos hacernos cargo de qui&eacute;nes somos  sin ninguna noci&oacute;n de lo que fuimos. El papel de la historia es  ponderar el peso del pasado en el presente. Atender  a estos t&oacute;picos y a la forma en que aparecen en el gran pensamiento  griego nos sit&uacute;a ante las fuentes donde se acu&ntilde;aron las nociones  fundamentales que nutren la conversaci&oacute;n entre los hombres a lo largo  de la historia <a name="24sup" id="24sup"></a><sup><a href="#24inf">24</a></sup>.</p>     <p>La conversaci&oacute;n significativa es  posible cuando las palabras no significan cualquier cosa, cuando tienen  un sentido concreto. S&oacute;lo as&iacute; nos permiten establecer contacto con lo  menos frugal del tiempo e intervenir en esa gran conversaci&oacute;n de la  humanidad. El problema con que nos enfrentamos estriba en que esta gran  conversaci&oacute;n cada vez es menos accesible desde el mundo de la  tecnoestructura y desde el &quot;debate p&uacute;blico&quot;. &Eacute;ste se aleja  progresivamente de lo esencial a base de peajes de correcci&oacute;n pol&iacute;tica,  &eacute;tica y acad&eacute;mica que obligan a reconducir el discurso a lo que en el  fondo nos resbala. En una especie de nihilismo igualador, vamos  progresivamente marginando lo esencial. De lo importante parece que  s&oacute;lo puede hablarse banalmente: s&oacute;lo caben narrativas fragmentarias sin  ninguna pretensi&oacute;n universalista.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La dial&eacute;ctica moderna  naturaleza/libertad, as&iacute; como la postmoderna confrontaci&oacute;n  metaf&iacute;sica/cultura, condenan a la humanidad a un ideal de &quot;progreso&quot;  incomunicable, autista. Mientras tanto,  el racionalismo cr&iacute;tico reserva la justificaci&oacute;n racional tan s&oacute;lo para  aquellos discursos que optimizan el bienestar material y los  procedimientos para no tropezar con el vecino, meras reglas de cortes&iacute;a  dentro de la granja orwelliana <a name="25sup" id="25sup"></a><sup><a href="#25inf">25</a></sup>.</p>     <p>Reubicar el discurso en el entorno  de la relaci&oacute;n humana verdaderamente significativa, radicar la  comunicaci&oacute;n en las referencias humanas sustantivas es, hoy, un gran  reto antropol&oacute;gico, y &eacute;tico. Y entiendo que tambi&eacute;n es el gran desaf&iacute;o  para la educaci&oacute;n actual.</p>     <p>Una de las mayores dificultades de  cara a la consecuci&oacute;n de este objetivo es el uso tan ampulosamente  ret&oacute;rico que en el lenguaje de las ciencias sociales -y en particular  en el de las ciencias de la educaci&oacute;n- se hace de t&eacute;rminos como  &quot;democracia&quot;, &quot;libertad&quot;, &quot;pluralismo&quot;, &quot;valores&quot;, etc., cuya  significaci&oacute;n original se somete a niveles de torsi&oacute;n -o distorsi&oacute;n-  sem&aacute;ntica que a menudo alcanzan los l&iacute;mites de la tolerancia. La fatiga  ret&oacute;rica con la que cierto tipo de discurso -m&aacute;s dise&ntilde;ado para conmover  a las masas que para decir algo relevante sobre algo- maltrata la  sem&aacute;ntica de esas palabras tiene a menudo el efecto perverso -sin duda  no deseado- de convertirlas en etiquetas vac&iacute;as que a base de  significarlo todo o casi todo terminan por no significar nada o casi  nada.</p>     <p>La importancia de un lenguaje bien  diferenciado destaca hoy por contraste, pues el uso tan amplio e  indistinto de vocablos tan nobles como los que he mencionado acaba  provocando, precisamente por eso, indiferencia. En ocasiones, incluso,  abierto rechazo. Los buenos maestros custodian y miman las palabras,  las emplean con cordura y sobriedad. Los sofistas, en cambio, las  retuercen a martillazos y, una vez enlatadas y etiquetadas, las  malvenden a los mercaderes de ideolog&iacute;as.</p>     <p>De entrada, resulta algo alarmante  comprobar la heladora indiferencia con la que reaccionan porciones no  despreciables de gente joven -o no tan joven- ante el reclamo de  discursos que ponderan el valor de nociones de muy venerable tradici&oacute;n.  La sorpresa inicial cede al tomar nota del lamentable estado en que  quedan esas nociones -y las palabras que las expresan- tras haber sido  machacadas por los demagogos, y al percibir la forma en que su  logomaquia fatiga las audiencias de las formas m&aacute;s variadas. El viejo  sentido com&uacute;n de la pedagog&iacute;a sabia -&quot;precient&iacute;fica&quot;- ense&ntilde;a que la  eficacia de ciertos mensajes -sobre todo cuando se trata de consejos  paternales- est&aacute; en relaci&oacute;n inversa con el n&uacute;mero de veces que se  repiten. Esto puede ser una explicaci&oacute;n razonable del fen&oacute;meno en  cuesti&oacute;n. Igualmente cabe pensar que &eacute;ste es el previsible efecto del  esp&iacute;ritu de contradicci&oacute;n, que a ciertas edades est&aacute; particularmente  despierto. En todo caso, acerca de esos argumentos que nutren la  conversaci&oacute;n esencial de la humanidad -lo bello, lo bueno, lo justo-  mucha gente todo lo que ha o&iacute;do es que hay que ser dem&oacute;crata, liberal,  tolerante y partidario de los valores. Este es un lenguaje que muchos  -sobre todo los j&oacute;venes- acaban decodificando como muy poco  significativo, y adem&aacute;s, por efecto de esa fractura de la que habla  Llano entre tecnosistema y mundo de la vida, como positivamente  enga&ntilde;oso, enmascarador, ideol&oacute;gico: ya se sabe que quienes desean hacer  un buen negocio est&aacute;n muy interesados en colgarse ciertas etiquetas.</p>     <p>Desde luego es ret&oacute;ricamente muy  eficaz saber colgarse la etiqueta de dem&oacute;crata, tolerante o liberal.  Pero la idea de democracia tiene una historia, y tiene un sentido  concreto en el decurso del pensamiento pol&iacute;tico desde los griegos hasta  el liberalismo moderno. Sobre todo en &eacute;ste, la democracia ha sido  pensada como un mecanismo para desalojar pac&iacute;ficamente al mal  gobernante. Y a la democracia se le puede pedir eso, y si lo logra con  eficacia, presta un servicio verdaderamente impagable a la polis. Pero  exigirle a la democracia que fundamente los valores, la &eacute;tica y la  est&eacute;tica, la ciencia y la ortograf&iacute;a, es pedirle demasiado. Pensar que  pueda decidirse democr&aacute;ticamente absolutamente todo lo que ha de  decidirse o pensarse es sacar las cosas de quicio. En su lamentable  ingenuidad, algunos no perciben cu&aacute;n flaco servicio prestan a la  democracia convirti&eacute;ndola en panacea universal, en metodolog&iacute;a &uacute;nica  para abordar cualquier cuesti&oacute;n te&oacute;rica o problema pr&aacute;ctico, o  proclamando que lo &uacute;nico que cabe decir sobre &eacute;tica es que hay que ser  dem&oacute;crata, tolerante y partidario de los valores.</p>     <p>Naturalmente que queda muy bien  manifestarse partidario de los valores, pero si se rasca un poco en esa  noci&oacute;n, y uno se pregunta qu&eacute; significa eso en concreto -qu&eacute; significa  valer, en qu&eacute; valores hay que educar- comienzan, como es natural, a  surgir diferencias y contrastes, y discusi&oacute;n. Y en la discusi&oacute;n, en la  toma de postura es donde uno aprende a distinguir lo verdadero de lo no  tan verdadero, lo justo de lo no tan justo, lo bueno de lo que no lo es  tanto, y donde uno aprende propiamente a pensar, porque pensamos  discursivamente, dial&oacute;gicamente. Y entonces logra evidencia el  contraste entre posturas solventes, bien argumentadas y matizadas, y  otras que no lo son tanto. Pero donde todo es un caj&oacute;n de sastre  ling&uuml;&iacute;stico, donde reina la oscura confusi&oacute;n en la que &quot;todos los gatos  son pardos&quot;, con facilidad se cuela como &quot;respetable&quot;, e incluso  solvente, la delirante noci&oacute;n de valor que algunos defienden. En  efecto, el discurso de algunos que reclaman respeto para &quot;sus valores&quot;  hace pensar en que no hablan de otra cosa que de sus caprichos, aunque  por motivos cosm&eacute;ticos esto no se diga as&iacute; (quiz&aacute; han perdido incluso  la capacidad de hablar siendo conscientes de lo que dicen).</p>     <p>&nbsp;</p>     <p>No pretendo proponer una soluci&oacute;n  sencilla -creo que no la hay- al reto que tenemos por delante, y que he  tratado masivamente de presentar aqu&iacute;, pero s&iacute; me parece que una v&iacute;a de  soluci&oacute;n es plantearnos, en primer lugar, a qu&eacute; tipo de realidad  estamos introduciendo, y, en segundo t&eacute;rmino, pensar la conveniencia de  recuperar un ethos dial&oacute;gico basado en un lenguaje significativo, bien  diferenciado, que permita reabsorber y reconquistar, desde el entorno  del mundo de la vida, ese terreno cedido a la &quot;tecnoestructura&quot; que  impide que emerja y cunda educativamente lo m&aacute;s verdadero de las  relaciones humanas. Llano pone de manifiesto c&oacute;mo algunas reacciones  &quot;antisistema&quot; o &quot;antiglobalizaci&oacute;n&quot;, pese a las formas irracionales en  que a veces se producen, pueden explicarse desde la necesidad, vivida  subjetivamente por mucha gente joven, de volver a un lenguaje en el que  se digan cosas claras, que desafortunadamente no es el lenguaje que de  manera ordinaria emplean los mercaderes, los medios de comunicaci&oacute;n o  la mayor&iacute;a de los pol&iacute;ticos.</p>     <p>Termino con una frase de Claudio  Magris que cita Llano. Refiri&eacute;ndose al tipo de ciudadano que est&aacute;  configurado seg&uacute;n los par&aacute;metros del tecnosistema, es decir, al tipo  medio de ciudadano que el neoliberalismo pretende obtener del sistema  educativo -hombres sin rostro definido, diferenciado, sin personalidad,  que no &quot;discutan&quot;- afirma lo siguiente: &quot;Emancipados con respecto a  toda exigencia de valor y significado, son igualmente magn&aacute;nimos en su  indiferencia soberana, en su condici&oacute;n de objetos consumibles; son  libres e imb&eacute;ciles, sin exigencias ni malestar, grandiosamente exentos  de resentimientos y prejuicios. La  equivalencia y permutabilidad de los valores determinan una imbecilidad  generalizada, el vaciamiento de todos los gestos y acontecimientos&quot; <a name="26sup" id="26sup"></a><sup><a href="#26inf">26</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Esa especie de &quot;indiferencia  soberana&quot; de la que habla Magris, y que algunos entienden como  socialmente saludable, al menos para convivir democr&aacute;ticamente, es un  peligro que hemos de detectar especialmente los educadores. Hemos de  reflexionar sobre si los par&aacute;metros de la cultura dominante -a la que,  seg&uacute;n la ortodoxia del sociologismo educativo, no tendr&iacute;amos m&aacute;s  remedio que introducir- no son susceptibles de una cr&iacute;tica mucho m&aacute;s  seria y profunda, y, en &uacute;ltimo t&eacute;rmino si lo que hemos de plantearnos  no es tambi&eacute;n, desde nuestra propia perspectiva, un cambio cultural.</p>  <hr size="1">           <p><a href="#1sup">1</a><a name="1inf" id="1inf"></a>      Jungmann, J. A. <i>Christus als Mittelpunkt religi&ouml;ser Erziehung</i>, Herder, Freiburg im B., 1939, p. 20.</p>               <p><a href="#2sup">2</a><a name="2inf" id="2inf"></a>     A iniciativa de los profesores R. Lassahn (Bonn) y R. Spaemann (M&uuml;nchen), en 1978 se celebr&oacute; en Bonn un Forum que, con el lema <i>Mut zur Erziehung</i> (audacia para educar), aglutin&oacute; a los m&aacute;s destacados representantes de  una sensibilidad educativa que, en contraste con algunas de las  propuestas de la pedagog&iacute;a cr&iacute;tico-emancipatoria de obedienciafrank  furtiana, dio origen a un movimiento que, partiendo de la gran  tradici&oacute;n germana de las ciencias del esp&iacute;ritu (<i>Geisteswissenschaften</i>),  se propone reivindicar la necesidad de influir educativamente en el  car&aacute;cter de las personas y superar as&iacute; el trauma socio-espiritual que,  bajo la bandera &quot;emancipatoria&quot;, hab&iacute;a logrado, como sugiere C.  G&uuml;nzler, desterrar de la escuela alemana las cuestiones antropol&oacute;gicas  centrales sobre el sentido de la existencia humana. Vid. sobre el  particular el interesante trabajo de G&uuml;nzler, C. (1976). &quot;Die  curriculare Destruktion der Sinnfragen&quot;, en <i>Anthropologische und ethische Dimensionen der Schule: Lernzieldruck und Lebenshilfe</i>,  Freiburg (i.B.), M&uuml;nchen, K. Alber Verlag, pp. 135-146. Una cr&oacute;nica de  la discusi&oacute;n que gener&oacute; el Forum de Bonn puede encontrarse en Zdarzil,  H. (1986). &quot; &lsquo;Mut zur Erziehung&#39;. R&uuml;ckblick auf eine p&auml;dagogisch-  bildungspolitische Kontroverse&quot;, <i>Vierteljahrsschrift f&uuml;r wissenschaftliche P&auml;dagogik</i> (M&uuml;nster) 62:3, pp. 396-412 (hay traducci&oacute;n castellana en la Revista Complutense de Educaci&oacute;n, 9: 2, pp. 211-227).</p>               <p><a href="#3sup">3</a><a name="3inf" id="3inf"></a>     <i>Teeteto</i>, 149 a - 151 b.</p>               <p><a href="#4sup">4</a><a name="4inf" id="4inf"></a>     Caffarra, C. &quot;La educaci&oacute;n, un desaf&iacute;o urgente&quot;, <i>Il Foglio</i>, 1, mayo 2004, p. 37</p>               <p><a href="#5sup">5</a><a name="5inf" id="5inf"></a>     Barcelona, Ariel, 1999.</p>               <p><a href="#6sup">6</a><a name="6inf" id="6inf"></a>     As&iacute;,  por ejemplo, Juan Pablo II cuando habla de la &quot;civilizaci&oacute;n del amor&quot;.  Vid., entre otros muchos lugares, Audiencia general del mi&eacute;rcoles 4 de  septiembre del 2002 en la Ciudad del Vaticano (puede consultarse en la  hoja web www.vatican.va). Vid. tambi&eacute;n, la Enc&iacute;clica <i>Deus caritas est</i>,  primera del pontificado de Benedicto XVI, visible en la misma hoja web.  La traducci&oacute;n sociopol&iacute;tica de esta categor&iacute;a -as&iacute; como, en general,  del &quot;n&uacute;cleo duro&quot; de la propuesta cristiana- es, sin ninguna duda,  asunto de colosales dimensiones, cuyo examen no puede ignorar la  cantidad de experiencias fallidas que testimonia la historia europea.  Quiz&aacute; el panorama cultural que hoy ofrece la &quot;vieja Europa&quot;, sobre todo  ante el mundo musulm&aacute;n, se comprende desde un cierto cansancio que  prefiere eliminar el problema -mirar hacia otro lado, como suele  decirse- antes que continuar busc&aacute;ndole soluci&oacute;n. Con todo, la historia  de esos esfuerzos, junto a algunos frutos amargos, ha dado otros llenos  de lozan&iacute;a y ha sido tambi&eacute;n un verdadero catalizador de pensamiento,  de desarrollo cient&iacute;fico, econ&oacute;mico, cultural y art&iacute;stico, la m&aacute;s  profunda inspiraci&oacute;n de los hombres y mujeres que m&aacute;s y mejor han  contribuido a una idea y una realidad de Europa que ha sido y contin&uacute;a  siendo referencia humanizadora para todos los dem&aacute;s espacios  geogr&aacute;ficos y culturales del planeta. El fen&oacute;meno de la inmigraci&oacute;n es  s&oacute;lo un bot&oacute;n de muestra. No pretendo aqu&iacute;, ni lejanamente, despachar  un problema cuya complejidad cabr&iacute;a desafiar con m&aacute;s ganas, espacio y  ciencia de las que dispongo ahora. Algo he dicho en el libro <i>Antropolog&iacute;a del hecho religioso</i> (Madrid, Rialp, 2006, cap. III, ap&eacute;ndice). Sobre esto remito ante todo al libro de Dalmacio Negro <i>Lo que Europa debe al cristianismo</i> (Madrid, Uni&oacute;n Editorial, 2004). Tan s&oacute;lo deseo notar aqu&iacute; que la idea  cristiana -y el respectivo ideal- del Reino de Dios, en el que como  dice Bernanos &quot;todo es gracia&quot;, siendo tan antigua como el Evangelio,  est&aacute; a&uacute;n por estrenar. Los Papas cat&oacute;licos parecen estar convencidos de  que los j&oacute;venes son quienes mejor pueden entender ese ideal, y llevarlo  a la pr&aacute;ctica, al menos a juzgar por lo que les han venido diciendo en  las Jornadas Mundiales de la Juventud (igualmente referenciadas en esa  hoja web). Adem&aacute;s del discurso propiamente religioso del cristianismo,  la idea de unas relaciones humanas basadas en la gratuidad ha  encontrado un desarrollo extraordinariamente interesante dentro de una  peculiar forma de feminismo que desde luego contrasta con la, digamos,  m&aacute;s cl&aacute;sica y reivindicativa, y que tiene un referente claro en los  trabajos de Carol Gilligan (1980) In a Different Voice, Cambridge  (Ca.), Harvard University Press, y de Virginia Held (1987)  &quot;Non-Contractual Society. A Feminist View&quot;, en M. Hanen y K. Nielsen  (eds.) <i>Science, Morality and Feminist Theory</i>, Calgary (Al.),  University of Calgary Press. (En castellano puede verse el art&iacute;culo de  V. Held titulado (1993) &quot;Maternidad frente a contrato. Un nuevo modelo  social&quot;, Atl&aacute;ntida, N&ordm; 13, enero-marzo, pp. 4-15). En &eacute;l discute la  idea de que los compromisos sociales deban ser un fiel reflejo de la  racionalidad contractual, tal como ha sido defendida desde el  liberalismo (J. Rawls, R. Nozick, R. Dworkin). Sobre esto puede verse  tambi&eacute;n el excelente trabajo de Jes&uacute;s Ballesteros (1990) <i>Postmodernidad: decadencia o resistencia</i>, Madrid, Tecnos.</p>               <p><a href="#7sup">7</a><a name="7inf" id="7inf"></a>     Vid., por ejemplo, Esteve, J. M. (1994) (3&ordf; ed.). <i>El malestar docente</i>, Barcelona, Paid&oacute;s.</p>               <p><a href="#8sup">8</a><a name="8inf" id="8inf"></a>     Cfr. Lewis, C. S. (1990). <i>La abolici&oacute;n del hombre</i>, Madrid, Encuentro, p. 20. Hablando de las tendencias de la <i>nueva pedagog&iacute;a</i>,  tal como pueden observarse en los libros de texto escolares -se refiere  en concreto a un libro de Gram&aacute;tica y literatura inglesa para ni&ntilde;os que  cay&oacute; en sus manos- comenta este autor: &quot;De los problemas de la  psicolog&iacute;a animal que son objeto cient&iacute;fico, tampoco dice una palabra.  Se limita a explicar que los caballos no est&aacute;n interesados, <i>secundum litteram</i>,  en la expansi&oacute;n colonial (&hellip;). A&uacute;n menos aprender&aacute;n (los alumnos) sobre  las dos categor&iacute;as de hombres que se encuentran respectivamente por  encima o por debajo del peligro de tal literatura: el hombre que  verdaderamente conoce los caballos y verdaderamente los ama, no con  ilusi&oacute;n antropom&oacute;rfica sino con amor racional, y el irredimible  ciudadano zopenco para el cual un caballo no es otra cosa que un  anticuado medio de transporte. De esta manera habr&aacute;n perdido el placer  que les daban sus caballos y perros, habr&aacute;n recibido un incentivo para  la crueldad o la indiferencia, y en sus mentes se abrir&aacute; camino la  complacencia en la propia astucia. La diaria lecci&oacute;n de ingl&eacute;s, a&uacute;n  cuando de ingl&eacute;s no hayan aprendido nada, est&aacute; toda en eso. Otra  peque&ntilde;a parte de la herencia humana les ha sido sustra&iacute;da  tranquilamente antes de que fuesen suficientemente mayores para  entenderlo (&hellip;). Pudiera ser que lo que he definido (suponiendo la  inclusi&oacute;n de un cierto sistema tradicional de valores) como el &lsquo;mono  vestido&#39; o el &lsquo;ciudadano zopenco&#39; fuera precisamente el tipo de hombres  que ellos desean producir. Las divergencias entre nosotros podr&iacute;an ser  insuperables&quot; (<i>ib&iacute;d</i>., pp. 12-13).</p>               <p><a href="#9sup">9</a><a name="9inf" id="9inf"></a>     Me  he ocupado de las ra&iacute;ces filos&oacute;ficas de la deconstrucci&oacute;n del sentido  en la hermen&eacute;utica contempor&aacute;nea en el art&iacute;culo &quot;Educar en un contexto  deseducativo: desaf&iacute;o actual de la educaci&oacute;n en Europa&quot;, (2005), <i>Educaci&oacute;n y Educadores</i>, vol. 8, especialmente en las pp. 165- 167. Vid. tambi&eacute;n Enkvist, I. ((2006). <i>Repensar la educaci&oacute;n</i>, Madrid, Ediciones Internacionales Universitarias.</p>               ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#10sup">10</a><a name="10inf" id="10inf"></a>     Vid. Spaemann, R. (2003). &quot;¿Es la emancipaci&oacute;n un objetivo de la educaci&oacute;n?&quot;, en: <i>L&iacute;mites. Acerca de la dimensi&oacute;n &eacute;tica del actuar</i>, Madrid, Eunsa, p. 462.</p>               <p><a href="#11sup">11</a><a name="11inf" id="11inf"></a>     Vid. Mill&aacute;n-Puelles, A. (1997). <i>El inter&eacute;s por la verdad</i>, Madrid, Rialp.</p>               <!-- ref --><p><a href="#12sup">12</a><a name="12inf" id="12inf"></a>     &quot;La  palabra es para manifestar lo conveniente y lo da&ntilde;oso, lo justo y lo  injusto, y es exclusivo del hombre, frente a los dem&aacute;s animales, el  tener, &eacute;l s&oacute;lo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo  injusto, etc., y la comunidad de estas cosas es lo que constituye la  casa y la ciudad&quot; (Arist&oacute;teles, <i>Pol&iacute;tica</i>, 1253 a, 16-18). A  este respecto, comenta Lled&oacute; que &quot;&#39;vivir bien&#39; significa ya el salto  cualitativo que diferencia al hombre del animal. Porque el bien que  determina la vida se engarza con el otro t&eacute;rmino que, en este comienzo  de la Pol&iacute;tica, define al hombre: &lsquo;animal que habla&#39;, &lsquo;animal que tiene  logos&#39;. El nivel de la &lsquo;animalidad&#39; (<i>zoon</i>) se corresponde con el &lsquo;vivir&#39; (<i>zen</i>).  Pero el logos tiene que ver con el bien, con todos aquellos niveles  que, en el entramado social, van creando la cultura, o sea, la vida  espec&iacute;ficamente humana. En el sutil aire de la <i>phon&eacute; semantik&eacute;</i>,  de un sonido que tiene significaci&oacute;n y que articula,  intersubjetivamente, las distintas individualidades, se construye,  pues, la ciudad, la convivencia y la justicia&quot; (Lled&oacute;, E. (1994). <i>Memoria de la &eacute;tica</i>, Madrid, Taurus, p. 163).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0123-1294200600010000400001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p><a href="#13sup">13</a><a name="13inf" id="13inf"></a>     &quot;El  ser era apetecible por la conciencia que uno tiene de su propio bien, y  tal conciencia era agradable por s&iacute; misma; luego es preciso tener  conciencia tambi&eacute;n de que el amigo es, y esto puede producirse en la  convivencia y en el intercambio de palabras y pensamientos, porque as&iacute;  podr&iacute;a definirse la convivencia humana, y no, como la del ganado, por  el hecho de pacer en el mismo lugar&quot; (<i>Pol&iacute;tica</i>, 1170 b, 8-14).  A&uacute;n permanece en el imaginario colectivo la idea originaria de que el  templo de la democracia es un lugar donde se habla, se discute: un  parlamento.</p>               <p><a href="#14sup">14</a><a name="14inf" id="14inf"></a>     Jaeger, W. (1957). <i>Paideia: los ideales de la cultura griega</i>, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, p. 267.</p>               <p><a href="#15sup">15</a><a name="15inf" id="15inf"></a>     Dicho  nexo es el que justifica el surgimiento de la instituci&oacute;n universitaria  en Europa y lo que explica los mejores servicios que ha podido prestar  a lo largo de su historia casi milenaria. Se puede comprender el af&aacute;n  de demagogos y mercaderes por domesticar ese espacio de promoci&oacute;n del  conocimiento y la conversaci&oacute;n esencial de la humanidad. Hoy es enorme  la presi&oacute;n que se ejerce sobre la Universidad para que se metamorfosee  en un despacho de &quot;destrezas cognitivas&quot; y de &quot;estrategias de  aprendizaje&quot; para <i>monos con pantalones</i>, por emplear la  gr&aacute;fica expresi&oacute;n de C. S. Lewis. Algunos pensamos que quienes han  dise&ntilde;ado el &quot;espacio europeo de ense&ntilde;anza superior&quot; en Bolonia han dado  un paso en falso, quiz&aacute; no en todos los aspectos de esa reforma, pero  s&iacute; en esta comprensi&oacute;n de la vocaci&oacute;n esencial de la Universidad. Cada  vez es m&aacute;s dif&iacute;cil encontrar en ella espacio, tiempo y ganas para  enfrentarse con los grandes temas, y sobre todo con los &quot;grandes  libros&quot;, pues los estudiantes han de emplearse a fondo en un delirante  sinf&iacute;n de cositas, en un &quot;preciosismo sobre lo que nos resbala&quot;, como  dice el colega O. Fullat. Pese a algunas de sus exageraciones, sigue  siendo muy sugestiva -y cat&aacute;rtica- la cr&iacute;tica de Alan Bloom en <i>El cierre de la mente moderna</i>, (1989), Barcelona, Plaza & Jan&eacute;s.</p>               <p><a href="#16sup">16</a><a name="16inf" id="16inf"></a>     No  me refiero &uacute;nicamente al ilegible &quot;barra-a&quot;, o a la delirante &quot;arroba&quot;,  pero tampoco los excluyo. Antes que torturar -eso s&iacute;, <i>pro bono pacis</i>- al pobre oyente/lector con el mareo inmediato, es preferible conjurar el &quot;lenguaje sexista&quot; por medio de circunloquios.</p>               <p><a href="#17sup">17</a><a name="17inf" id="17inf"></a>     Probablemente  para captar su benevolencia, en un arrebato de originalidad un  personaje p&uacute;blico espa&ntilde;ol se permiti&oacute; hace no mucho enmendarle la plana  a Jesucristo con esta perla: no es cierto que &quot;la verdad os har&aacute;  libres&quot; (Jn. 8, 32); m&aacute;s bien es la libertad la que nos hace m&aacute;s  verdaderos. No se puede trivializar la relaci&oacute;n entre libertad y  verdad, asunto verdaderamente grave. Pero una libertad desligada,  desvinculada del verdadero ser natural del hombre, tarde o temprano  pasa factura, y en ocasiones es alto el precio que el uso <i>contra naturam</i> del albedr&iacute;o humano supone. La actitud prometeica de muchos poderosos  de este mundo -sobre todo los que detentan el poder cultural- parecer&aacute;  pronta a pagar ese precio: _&quot;¿Nos destruyen esas decisiones? _Pues  bien, que nos destruyan. Pero, al fin y al cabo, es nuestra decisi&oacute;n&quot;.  Quiz&aacute; inadvertidamente quienes as&iacute; discurren muestran el dram&aacute;tico  isomorfismo entre su actitud y la de aquel pobre loco que esperaba ver  c&oacute;mo toda Alemania se &quot;hund&iacute;a&quot; con &eacute;l. _¿Qui&eacute;n paga la factura? _Como  suele ocurrir, el m&aacute;s d&eacute;bil: los ni&ntilde;os a&uacute;n no nacidos, los ancianos,  los enfermos incurables, las mujeres maltratadas, los hijos de familias  rotas, los que no podr&aacute;n formar adecuadamente su identidad sexual por  la ausencia de referentes contrastables, etc. Me he ocupado con cierto  detalle de la relaci&oacute;n verdad-libertad en Los l&iacute;mites de la libertad. <i>Su compromiso con la realidad</i>, (1999), Madrid, Rialp.</p>               <p><a href="#18sup">18</a><a name="18inf" id="18inf"></a>     El  paradigma del preguntar meramente ret&oacute;rico -para quedar bien o &quot;salir  del paso&quot;- es aquella famosa interrogaci&oacute;n de Pilatos: ¿Qu&eacute; es la  verdad? (Jn., 18, 38).</p>               <p><a href="#19sup">19</a><a name="19inf" id="19inf"></a>     As&iacute;  reza el t&iacute;tulo de uno de los libros m&aacute;s conocidos y divulgados de  Popper (Madrid, Tecnos, 1994, 3&ordf; ed.). En &eacute;l se describe el quehacer  cient&iacute;fico como una indagaci&oacute;n que nunca puede alcanzar la verdad.  Seg&uacute;n &eacute;l, una hip&oacute;tesis cient&iacute;fica se distingue de una tesis o  proposici&oacute;n en que, mientras &eacute;sta habr&iacute;a de ser verificable y  verificada en todos los casos posibles -lo cual no acontece, de hecho,  en ninguna ciencia- aqu&eacute;lla, para mantenerse como hip&oacute;tesis, s&oacute;lo exige  ser falsable y no falsada. En otras palabras, para que haya realmente  hip&oacute;tesis cient&iacute;fica ha de ser posible encontrar un caso en que &eacute;sta no  se cumpla (criterio de falsabilidad), pero sin que de hecho sea  falsada. Una hip&oacute;tesis es cient&iacute;fica porque es falsable (cabe  encontrarle una excepci&oacute;n) pero es v&aacute;lida porque todav&iacute;a no ha sido  refutada. En definitiva, la verdad cient&iacute;fica, para Popper, es esencial  vulnerabilidad y provisionalidad, una mera referencia asint&oacute;tica, una  tendencia infinita que nunca se satisface. Para Popper, la verdad es un  proceso, no algo pose&iacute;do. Y el avance cient&iacute;fico consiste en no  desmentir lo anterior, mejorar nuestras hip&oacute;tesis. La dificultad de  este planteamiento no estriba en que esto que dice Popper no ocurra en  las ciencias naturales; el problema fundamental es el concepto de  verdad como referencia externa nunca poseible, que queda extrapolado a  todos los campos del saber. En el terreno de las ciencias sociales esta  idea de verdad se traduce en el concepto popperiano de <i>sociedad abierta</i>.  A diferencia de la comunidad &quot;tribal&quot;, cuya cohesi&oacute;n se debe a ciertos  elementos comunes de car&aacute;cter axiol&oacute;gico y teleol&oacute;gico, la sociedad  &quot;abierta&quot; se valdr&iacute;a s&oacute;lo de normas procedimentales de convivencia. La  &quot;tribu&quot; necesita de una moral com&uacute;n, un ideal de felicidad y una noci&oacute;n  de bienes y de fines compartidos, mientras que la sociedad abierta es<i> radicalmente</i> pluralista: abierta, en el sentido de que admite todas las propuestas  felicitarias y c&oacute;digos axiol&oacute;gicos posibles, poni&eacute;ndolos en pie de  igualdad y sin comprometerse, aparentemente, con ninguno; s&oacute;lo impide  que alguno de ellos se haga con el &quot;monopolio&quot;. La cohesi&oacute;n social  quedar&iacute;a garantizada por unas normas de convivencia m&iacute;nimas para no  tropezar con el vecino y por ciertos mecanismos capaces de obligar al  mal gobernante a abandonar pac&iacute;ficamente el poder. Vid. sobre esto  Artigas, M. (1998). <i>L&oacute;gica y &eacute;tica en K. Popper</i>, Pamplona, Eunsa. La diferencia principal entre el planteamiento popperiano de la indagaci&oacute;n cient&iacute;fica y el <i>ethos</i> propio de la filosof&iacute;a que nos ha transmitido el socratismo estriba en  que en &eacute;ste la b&uacute;squeda no est&aacute; condenada al fracaso absoluto: el hecho  de que no podamos conocer absolutamente algo no implica que no podamos  conocer nada en absoluto. No podemos captar enteramente la realidad de  nada, pero eso no significa que no podamos conocer, en realidad, nada.  La capacidad humana de verdad, en definitiva, nunca se colma por  completo, pero lo que eso quiere decir es que, aun siendo  necesariamente incompleto el conocimiento que es asequible a un ser  incompleto -finito, verdaderamente es conocimiento, es decir,  conocimiento de la verdadera -si bien no de la entera- realidad de lo  conocido.</p>               ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#20sup">20</a><a name="20inf" id="20inf"></a>     Bien  es cierto que hay fil&oacute;sofos &quot;presocr&aacute;ticos&quot;, pero puede decirse que la  filosof&iacute;a en su sentido m&aacute;s pleno alcanza un estatuto propio -distinto  del mero asombro frente a la naturaleza y de la primera indagaci&oacute;n  acerca de su origen (<i>arkh&eacute;</i>)- s&oacute;lo en el per&iacute;odo socr&aacute;tico,  principalmente con Plat&oacute;n y Arist&oacute;teles. En su monumental trabajo en  dos vol&uacute;menes, Diels, H. (1952) (6&ordf; ed.). <i>Die Fragmente der Vorsokratiker</i>,  Berl&iacute;n, Weidmann, muestra el car&aacute;cter fragmentario y proped&eacute;utico del  saber presocr&aacute;tico. Aunque sus preguntas acerca de la naturaleza (<i>physis</i>)  apuntan ya a cuestiones &quot;metaf&iacute;sicas&quot; -sobre todo en Parm&eacute;nides- no  puede decirse que el tipo de discurso y los temas espec&iacute;ficos que se  plantean en filosof&iacute;a est&eacute;n consolidados antes del per&iacute;odo socr&aacute;tico  (s. IV a.C.).</p>               <p><a href="#21sup">21</a><a name="21inf" id="21inf"></a>     Hay  alguna excepci&oacute;n a esta regla general. Quiz&aacute; por lo inusual del caso,  llama la atenci&oacute;n la forma en que responde alguna vez a Alcib&iacute;ades en  el <i>Banquete</i>, si bien una explicaci&oacute;n plausible -como puede advertirse por el contexto- es que &eacute;ste hab&iacute;a bebido m&aacute;s de la cuenta.</p>               <p><a href="#22sup">22</a><a name="22inf" id="22inf"></a>     Los amigos se complacen en el bien, dice Arist&oacute;teles (<i>Pol&iacute;tica</i>, 1280 b, 17 ss).</p>               <p><a href="#23sup">23</a><a name="23inf" id="23inf"></a>     Pese  a ser uno de los m&aacute;s preclaros representantes de la &eacute;tica utilitarista,  el propio John Stuart Mill reconoce que es preferible un S&oacute;crates  infeliz a un cerdo satisfecho.</p>               <p><a href="#24sup">24</a><a name="24inf" id="24inf"></a>     &quot;Como  seres humanos civilizados, somos los herederos, no de una cuesti&oacute;n  sobre nosotros mismos y el mundo, ni de un c&uacute;mulo de informaciones,  sino de una conversaci&oacute;n, que comenz&oacute; en los bosques primitivos y se  extendi&oacute; y se hizo m&aacute;s articulada con el transcurso de los siglos. Es  una conversaci&oacute;n que se desarrolla tanto en p&uacute;blico como en el interior  de cada uno de nosotros. Por supuesto que hay discusi&oacute;n, investigaci&oacute;n  e informaci&oacute;n, pero &eacute;stas sirven para algo en la medida en que son  reconocibles en el curso de dicha conversaci&oacute;n, y quiz&aacute; no como los  momentos m&aacute;s cautivadores e interesantes de ella. Es la capacidad de  participar en esta conversaci&oacute;n -y no tanto la de razonar  rigurosamente, o hacer grandes descubrimientos sobre el mundo, o  incluso la de cambiarlo a mejor- lo que distingue al ser humano del  animal y al hombre civilizado del b&aacute;rbaro&quot; (Oakeshott, M. (1967). <i>Rationalism in education and other essays</i>, London, Methuen, p. 199).</p>               <p><a href="#25sup">25</a><a name="25inf" id="25inf"></a>     Vid. Orwell, G. (2001). <i>La rebeli&oacute;n en la granja</i>, Madrid, Espasa Calpe.</p>               <p><a href="#26sup">26</a><a name="26inf" id="26inf"></a> Apud Llano, A. <i>Op. cit.</i>, p. 202.</p> 	 <hr size="1">      <p><b><font size="3">Bibliograf&iacute;a</font></b></p>        <p align="left">Arist&oacute;teles,<em> Pol&iacute;tica</em>, 1253 a 16-18</p>       <!-- ref --><p align="left">Artigas, M. (1998) <em>L&oacute;gica y &eacute;tica en K. Popper</em>, Eunsa, Pamplona.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S0123-1294200600010000400002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Ballesteros, Jes&uacute;s, (1990) <em>Postmodernidad: decadencia o resistencia</em>, Madrid, Tecnos.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S0123-1294200600010000400003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Barrio, Jos&eacute; Mar&iacute;a, (1999) <em>Los l&iacute;mites de la libertad. Su compromiso con la realidad</em>, Rialp, Madrid.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S0123-1294200600010000400004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Barrio, Jos&eacute; Mar&iacute;a, (2005) &quot;Educar en un contexto deseducativo: desaf&iacute;o actual de la educaci&oacute;n en Europa&quot;, <em>Educaci&oacute;n y Educadores</em>, vol. 8, pp.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S0123-1294200600010000400005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Benedicto XVI, (2006) <em>Enc&iacute;clica Deus caritas est</em>. Editrice Vaticana. SC Vaticano.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000146&pid=S0123-1294200600010000400006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Bloom, Alan, (1989) <em>El cierre de la mente moderna</em>, Plaza & Jan&eacute;s, Barcelona.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S0123-1294200600010000400007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Caffarra, C., (2004) &quot;La educaci&oacute;n, un desaf&iacute;o urgente,<em> Il Foglio</em>, mayo de 2004, p. 37&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000148&pid=S0123-1294200600010000400008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Diels, H. (1952), <em>Die Fragmente der Vorsokratiker</em> 6&ordf; ed., Weidmann, Berl&iacute;n.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S0123-1294200600010000400009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Enkvist, I. ((2006) <em>Repensar la educaci&oacute;n</em>, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000150&pid=S0123-1294200600010000400010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Esteve, J.M. (1994)<em> El malestar docente </em>(3&ordf; ed.,), Paid&oacute;s. Barcelona.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S0123-1294200600010000400011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Gilligan, Carol, (1980) <em>In a Different Voice</em>, Cambridge (Ca.), Harvard University Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S0123-1294200600010000400012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">G&uuml;nzler, C., (1976) &quot;Die curriculare Destruktion der Sinnfragen&quot;, en <em>Anthropologische und ethische Dimensionen der Schule: Lernzieldruck und Lebenshilfe</em>, Freiburg (i.B.), M&uuml;nchen, K. Alber Verlag, pp. 135-146.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S0123-1294200600010000400013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Held, Virginia, (1987) &quot;Non-Contractual Society. A Feminist View&quot;, en <em>M. Hanen y K. Nielsen (eds.) Science, Morality and Feminist Theory</em>, Calgary (Al.), University of Calgary Press&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S0123-1294200600010000400014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Jaeger, W. (1957) <em>Paideia: los ideales de la cultura griega</em>, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, M&eacute;xico.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000155&pid=S0123-1294200600010000400015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Jos&eacute; Mar&iacute;a Barrio. <em>Antropolog&iacute;a del hecho religioso</em> (Madrid, Rialp, 2006.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000156&pid=S0123-1294200600010000400016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Jungmann, J.A., (1939) <em>Christus als Mittelpunkt religi&ouml;ser Erziehung</em>, Herder, Freiburg im B.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000157&pid=S0123-1294200600010000400017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Lewis, C.S. (1990) <em>La abolici&oacute;n del hombre</em>, Ed. Encuentro, Madrid.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000158&pid=S0123-1294200600010000400018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Llano, A., (1999) <em>Humanismo C&iacute;vico</em>, Ariel, Barcelona.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000159&pid=S0123-1294200600010000400019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Lled&oacute;, E. (1994) <em>Memoria de la &eacute;tica</em>, Taurus, Madrid.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000160&pid=S0123-1294200600010000400020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Mill&aacute;n-Puelles, A. (1997) <em>El inter&eacute;s por la verdad</em>, Rialp, Madrid.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000161&pid=S0123-1294200600010000400021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Negro, D., (2004) <em>Lo que Europa debe al cristianismo</em>, Uni&oacute;n Editorial, Madrid.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000162&pid=S0123-1294200600010000400022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Oakeshott, M. (1967) <em>Rationalism in education and other essays</em>, Methuen, London.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000163&pid=S0123-1294200600010000400023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Orwell, G. (2001) <em>La rebeli&oacute;n en la granja</em>, Espasa Calpe, Madrid.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000164&pid=S0123-1294200600010000400024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Plat&oacute;n, <em>El Banquete</em>.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000165&pid=S0123-1294200600010000400025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Plat&oacute;n. <em>Teeteto</em>, 149 a - 151 b.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000166&pid=S0123-1294200600010000400026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Popper, K., (1994) <em>B&uacute;squeda sin t&eacute;rmino</em>, 3&ordf; ed., Tecnos, Madrid.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000167&pid=S0123-1294200600010000400027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Spaemann, R. (2003) &quot;&iquest;Es la emancipaci&oacute;n un objetivo de la educaci&oacute;n?&quot;, en <em>L&iacute;mites. Acerca de la dimensi&oacute;n &eacute;tica del actuar</em>, Eiunsa, Madrid.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000168&pid=S0123-1294200600010000400028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="left">Zdarzil, H. (1986) &quot;&#39;Mut zur Erziehung&#39;. R&uuml;ckblick auf eine p&auml;dagogisch-bildungspolitische Kontroverse&quot;, <em>Vierteljahrsschrift f&uuml;r wissenschaftliche P&auml;dagogik </em>(M&uuml;nster) 62:3, pp. 396-412 (Traducci&oacute;n castellana en la Revista Complutense de Educaci&oacute;n, 9:2, pp. 211-227).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000169&pid=S0123-1294200600010000400029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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