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<journal-title><![CDATA[Revista de Economía Institucional]]></journal-title>
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<publisher-name><![CDATA[Universidad Externado de Colombia]]></publisher-name>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[DISEÑO INSTITUCIONAL Y POLÍTICA PÚBLICA: UNA PERSPECTIVA MICROECONÓMICA]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This survey article provides a microeconomic perspective of institutional design and public policy, focusing on the way the relations between voters, politicians and bureaucrats produce efficients outcomes in public policy. It points out the relevance of information and monitoring costs, competition and the structural features of institutions in the search of efficient results, and the way social scientists explain the failures of the political and burocratic markets.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>    <br>DISE&Ntilde;O INSTITUCIONAL Y POL&Iacute;TICA P&Uacute;BLICA: UNA PERSPECTIVA MICROECON&Oacute;MICA*</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">    <p align="center"><b>INSTITUTIONAL DESIGN AND PUBLIC POLICY. A MICROECONOMIC PERSPECTIVE</b></p>     <p>    <br>    <br></p>     <p><i>Kenneth J. McKenzie</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> * Este art&iacute;culo es la traducci&oacute;n del cap&iacute;tulo 3 del libro de Ch. Bruce, R. Kneebone y K. McKenzie (1997) “A Government Reinvented. A study of Alberta&rsquo;s Deficit elimination Program”, Oxford University Press, traducci&oacute;n de Carolina Esguerra, correcci&oacute;n de Mauricio P&eacute;rez Salazar. Se agradece a Oxford University Press-Canad&aacute; por autorizar la publicaci&oacute;n de este art&iacute;culo.</p> <hr align="JUSTIFY">     <p align="justify"><b>RESUMEN</b></p>     <p align="justify">Este art&iacute;culo rese&ntilde;a una perspectiva microecon&oacute;mica del dise&ntilde;o institucional y las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas, concentr&aacute;ndose en c&oacute;mo las interrelaciones entre los votantes, los pol&iacute;ticos y los bur&oacute;cratas determinan la eficiencia de las instituciones pol&iacute;ticas y por ende de las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas. El art&iacute;culo resalta la importancia de los costos de informaci&oacute;n y de vigilancia, la competencia y las caracter&iacute;sticas estructurales de las instituciones en el logro de resultados eficientes y tambi&eacute;n la forma en que los cient&iacute;ficos sociales enfrentan las fallas de los mercados pol&iacute;tico y burocr&aacute;tico.</p>     <p align="justify"><b>ABSTRACT</b></p>     <p align="justify">This survey article provides a microeconomic perspective of institutional design and public policy, focusing on the way the relations between voters, politicians and bureaucrats produce efficients outcomes in public policy. It points out the relevance of information and monitoring costs, competition and the structural features of institutions in the search of efficient results, and the way social scientists explain the failures of the political and burocratic markets.</p> <hr align="JUSTIFY">     <p align="justify"><b>    <br>1. INTRODUCCI&Oacute;N</b></p>     <p align="justify">El presente art&iacute;culo inicialmente fue elaborado como parte del marco te&oacute;rico del estudio <i>A Government Reinvented</i> (Bruce, Kneebone y McKenzie, 1997), un an&aacute;lisis de las reformas introducidas al gobierno provincial de Alberta, Canad&aacute;, por la administraci&oacute;n de su primer ministro Ralph Klein a partir de 1993. Su prop&oacute;sito es sintetizar algunos de los trabajos de investigaci&oacute;n acerca de la teor&iacute;a del dise&ntilde;o e implementaci&oacute;n de pol&iacute;ticas p&uacute;blicas. La literatura en esta &aacute;rea es inmensa y por ello la s&iacute;ntesis es selectiva. Su enfoque se concentra en trabajos que, a juicio del autor y quiz&aacute; un poco arbitrariamente, tienen una perspectiva microecon&oacute;mica. Una discusi&oacute;n de la literatura sobre este tema, con una perspectiva macroecon&oacute;mica, puede hallarse en Kneebone (1997)<a href="#1" name="n1"><sup>1</sup></a>.</p>     <p align="justify"><b>2. LA APROXIMACI&Oacute;N DE LA ELECCI&Oacute;N P&Uacute;BLICA AL AN&Aacute;LISIS DE POL&Iacute;TICA</b></p>     <p align="justify">La aproximaci&oacute;n usual al an&aacute;lisis de pol&iacute;ticas gubernamentales se basa en el paradigma neocl&aacute;sico tradicional. Se presume que los agentes econ&oacute;micos son racionales y ego&iacute;stas, y que toman decisiones que maximizan su propio bienestar. En un ambiente donde la informaci&oacute;n tiene costos nulos y es sim&eacute;trica (aunque no necesariamente perfecta), donde no existen costos de transacci&oacute;n, donde los derechos de propiedad se definen y se garantizan sin costo alguno, y donde no existen posiciones dominantes en el mercado, la asignaci&oacute;n de los recursos alcanzados por la econom&iacute;a en equilibrio ser&aacute; Pareto eficiente –no ser&aacute; posible reasignar los recursos de tal manera que se pueda mejorar el bienestar de un grupo de individuos sin desmejorar el bienestar de otro grupo. Esto, obviamente, se refiere al primer teorema del bienestar.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">En este &aacute;mbito la intervenci&oacute;n del gobierno en la econom&iacute;a se justifica desde una perspectiva de bienestar social, s&oacute;lo por razones distributivas o de equidad. Cuando el equilibrio del mercado resulta en una asignaci&oacute;n que es considerada como socialmente inequitativa, el gobierno entra a desempe&ntilde;ar un papel redistributivo en la econom&iacute;a.</p>     <p align="justify">Sin embargo, es posible que la econom&iacute;a no alcance una asignaci&oacute;n eficiente de los recursos; en esa situaci&oacute;n la intervenci&oacute;n del gobierno puede justificarse por motivos de eficiencia. Esto puede ocurrir si existen <i>fallas de mercado</i>: si la informaci&oacute;n es asim&eacute;trica o si su adquisici&oacute;n es costosa, si los costos de transacci&oacute;n no son nulos, si los derechos de propiedad no se definen ni se garantizan a costos nulos, o si existen posiciones dominantes en el mercado. En este caso, existir&aacute; un campo para que la pol&iacute;tica gubernamental pueda acercar la econom&iacute;a a un resultado eficiente<a href="#2" name="n2"><sup>2</sup></a>. La mayor&iacute;a de los economistas estar&iacute;a de acuerdo con que, en la presencia de fallas de mercado, hay buenas razones para que las instituciones gubernamentales existan.</p>     <p align="justify">Bajo la aproximaci&oacute;n neocl&aacute;sica tradicional, el gobierno es t&iacute;picamente tratado como una “instituci&oacute;n neutral” y benevolente. Es decir, la eficiencia de la pol&iacute;tica p&uacute;blica es analizada de manera independiente de las instituciones burocr&aacute;ticas bajo las cuales es concebida e implementada. Por esto se asume impl&iacute;citamente que las instituciones gubernamentales son eficientes por s&iacute; mismas, y se presume que el gobierno maximiza alguna (no siempre bien definida) funci&oacute;n de bienestar social. La teor&iacute;a de la elecci&oacute;n p&uacute;blica, por otro lado, no adopta tales supuestos –&eacute;sta, expl&iacute;citamente, admite las ineficiencias potenciales surgidas de las fallas de las instituciones pol&iacute;ticas y burocr&aacute;ticas, y reconoce que los gobiernos y las burocracias est&aacute;n compuestos de maximizadores individuales de utilidad, cuyos objetivos no son consistentes con el “bienestar p&uacute;blico”, no interesa como &eacute;ste se defina.</p>     <p align="justify">Ambas aproximaciones al an&aacute;lisis de la pol&iacute;tica p&uacute;blica reconocen la importancia de los costos de transacci&oacute;n, los costos de informaci&oacute;n y sus asimetr&iacute;as, y las dificultades de definir y garantizar los derechos de propiedad, etc., y sus implicaciones sobre la eficiencia del resultado de equilibrio. Mientras las fallas de mercado en el sector privado implican un campo para la intervenci&oacute;n gubernamental, fallas similares en el sector p&uacute;blico sugieren que dicha intervenci&oacute;n puede llevar a otras ineficiencias.</p>     <p align="justify">La g&eacute;nesis del enfoque de la elecci&oacute;n p&uacute;blica como aproximaci&oacute;n al an&aacute;lisis de pol&iacute;tica puede ser encontrada en los escritos de Bowen (1942), Black (1948), Buchanan (1949), Arrow (1950, 1951) y Downs (1957), entre otros. Luego de ellos sigui&oacute; la obra seminal de Buchanan y Tullock, <i>El c&aacute;lculo del consenso</i> (1962). La literatura reciente en esta &aacute;rea es bastante extensa y contin&uacute;a creciendo.</p>     <p align="justify">El enfoque de la elecci&oacute;n p&uacute;blica se centra en las relaciones entre el electorado, los legisladores y los bur&oacute;cratas, y las implicaciones de estas relaciones, en la formulaci&oacute;n de la pol&iacute;tica p&uacute;blica. Como se ilustra en la <a href="#f1">figura 1</a>, incluso cuando se reducen a sus bases esenciales, estas relaciones son complicadas. El esquema muestra en una forma simplificada c&oacute;mo las preferencias del electorado, los pol&iacute;ticos, y los bur&oacute;cratas interact&uacute;an dentro de las instituciones pol&iacute;ticas y burocr&aacute;ticas para producir resultados de pol&iacute;tica.</p>     <p align="justify"><a name="f1"></a>Figura 1:    <br> L&iacute;neas de comunicaci&oacute;n</p>     <p align="justify"><img src="/img/revistas/rei/v1n1/v1n1a3g1.jpg">     <br> <font size="1">Nota: Las flechas representan l&iacute;neas de comunicaci&oacute;n o direcciones de influencia entre los participantes del proceso democr&aacute;tico/burocr&aacute;tico.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Los votantes eligen a los pol&iacute;ticos para que representen sus intereses. A partir de su participaci&oacute;n en gabinetes y comisiones, los pol&iacute;ticos formulan pol&iacute;ticas gubernamentales. Dichas pol&iacute;ticas son ejecutadas por los bur&oacute;cratas, quienes son capaces de influir sobre las decisiones finales por medio de su participaci&oacute;n en el proceso de implementaci&oacute;n de la pol&iacute;tica, a trav&eacute;s de su interacci&oacute;n con los pol&iacute;ticos, y por medio de su influencia sobre resultados pol&iacute;ticos en su papel de consumidores y votantes. Durante todo el proceso, grupos de inter&eacute;s especial ejercen influencia sobre decisiones de pol&iacute;tica haciendo <i>lobby</i> a pol&iacute;ticos individuales, miembros del Gabinete, comisiones y la burocracia; incluso, la burocracia puede ser vista como un grupo de inter&eacute;s.</p>     <p align="justify">El esquema tambi&eacute;n sirve para ilustrar la multitud de relaciones de <i>principal-agente</i> que existen en el proceso pol&iacute;tico. En varias etapas, los principales (votantes, pol&iacute;ticos) conf&iacute;an en los agentes (pol&iacute;ticos, bur&oacute;cratas) para que act&uacute;en en una forma tal que reflejen sus deseos e intereses. El monitoreo y los costos de recolectar informaci&oacute;n pueden generar un problema de asimetr&iacute;a de informaci&oacute;n entre los principales y los agentes. Esto significa que los principales no tienen la capacidad de seguir perfecta y gratuitamente las acciones de los agentes, quienes tienen preferencias y objetivos distintos a los suyos. Esto, se sostiene, es una de las razones principales por las que las instituciones pol&iacute;ticas y burocr&aacute;ticas son ineficientes. La teor&iacute;a del principal-agente sugiere que una forma de reducir esta ineficiencia potencial es premiando (o castigando) al agente bas&aacute;ndose en alguna medida <i>ex post facto</i> de resultados. De esta forma, el agente puede ser inducido a actuar en favor de los intereses del principal. Mucha de la literatura de la elecci&oacute;n p&uacute;blica reposa (a veces impl&iacute;citamente) en la teor&iacute;a del principal-agente como la base de su estructura anal&iacute;tica para estudiar la eficiencia de las instituciones pol&iacute;ticas y burocr&aacute;ticas. </p>     <p align="justify">Dadas las complicadas relaciones entre el principal y el agente que existen en el proceso pol&iacute;tico no hay un modelo &uacute;nico generalmente aceptado del proceso pol&iacute;tico y burocr&aacute;tico. Aunque existen algunas excepciones significativas, los investigadores han tendido a enfocarse en diferentes aspectos del proceso de formulaci&oacute;n de pol&iacute;ticas, tom&aacute;ndolos de manera independiente. As&iacute;, por ejemplo, hay una parte de la literatura que trabaja principalmente con la teor&iacute;a del principal-agente para explicar las relaciones entre los votantes y los pol&iacute;ticos, haciendo caso omiso del papel de la burocracia; otro conjunto de investigaciones se concentra en la relaci&oacute;n legisladores y funcionarios p&uacute;blicos, dejando a un lado al electorado. Si bien esta distinci&oacute;n es un poco superficial, y a veces algo forzada, permite que los diferentes estudios puedan ser agrupados de una manera razonable y coherente.</p>     <p align="justify"><b>3. VOTANTES Y POL&Iacute;TICOS: LA EFICIENCIA DEL MERCADO POL&Iacute;TICO</b></p>     <p align="justify">La mayor&iacute;a de las sociedades democr&aacute;ticas adoptan alguna forma de democracia representativa donde los ciudadanos no deciden directamente sobre la pol&iacute;tica p&uacute;blica sino que escogen representantes para que decidan por ellos. En esta secci&oacute;n se resumir&aacute; parte de la literatura acerca de las caracter&iacute;sticas normativas de los resultados pol&iacute;ticos. Un punto de particular inter&eacute;s concierne a las condiciones bajo las cuales los resultados pol&iacute;ticos alcanzados, dentro de un esquema democr&aacute;tico, son eficientes.</p>     <p align="justify">Los argumentos acerca de las caracter&iacute;sticas normativas del proceso pol&iacute;tico inevitablemente son resbalosos, porque no existen est&aacute;ndares obvios contra los cuales se puedan cotejar los resultados. Los economistas naturalmente apelan a la noci&oacute;n de la eficiencia de Pareto. Es decir, las pol&iacute;ticas son eficientes si un grupo alternativo de ellas no puede introducirse para mejorar el bienestar de un grupo de ciudadanos sin deteriorar el de otros. Con mayor precisi&oacute;n, una mejora paretiana debe ser capaz de conseguir un apoyo un&aacute;nime. Sin embargo, las democracias modernas rara vez, quiz&aacute; jam&aacute;s, utilizan el principio de la unanimidad. Adem&aacute;s, la mayor&iacute;a de las decisiones pol&iacute;ticas no envuelven mejoras paretianas, ya que es inevitable que se empeore el bienestar de alg&uacute;n grupo. A menudo se utiliza una noci&oacute;n diferente de la eficiencia pol&iacute;tica, con ra&iacute;ces en la tradici&oacute;n de la votaci&oacute;n por mayor&iacute;a. Esta noci&oacute;n parte del hecho de que las pol&iacute;ticas adoptadas por los pol&iacute;ticos representan los deseos de los votantes. De acuerdo con esta visi&oacute;n, una pol&iacute;tica es eficiente si la prefiriese la mayor&iacute;a. Si los pol&iacute;ticos aprueban reformas que no reciben el apoyo de una mayor&iacute;a, ellos enga&ntilde;an a sus votantes y por lo tanto se dar&iacute;a un resultado ineficiente. Esta aproximaci&oacute;n hacia la eficiencia pol&iacute;tica refleja la visi&oacute;n de que, en una sociedad democr&aacute;tica, los votantes son la &uacute;ltima autoridad.</p>     <p align="justify">Otro concepto de eficiencia que surgir&aacute; en esta discusi&oacute;n es el del <i>&oacute;ptimo de segundo orden</i>, o <i>second best</i>. La idea aqu&iacute; es que una asignaci&oacute;n Pareto eficiente (&oacute;ptima) para solucionar una falla de mercado puede no ser deseable por muy costosa o incluso por imposible de lograr; debido t&iacute;picamente a problemas de informaci&oacute;n o por costos de transacci&oacute;n exagerados. En este caso una asignaci&oacute;n &oacute;ptima de segundo orden puede ser la m&aacute;s eficiente entre todas las opciones posibles con sujeci&oacute;n a la existencia de fallas de mercado. </p>     <p align="justify"><b>3.1. EL MODELO DEL VOTANTE MEDIANO</b></p>     <p align="justify">Gran parte de la literatura sobre elecci&oacute;n p&uacute;blica, que estudia los resultados de la regla de la mayor&iacute;a, emplea el modelo del votante mediano concebido por Hotelling (1929) y refinado por Downs (1957). El punto inicial de este modelo es la presunci&oacute;n de que “las partes formulan pol&iacute;ticas con el fin de ganar las elecciones, en lugar de ganar las elecciones para formular pol&iacute;ticas” (Downs, 1957: 28). La idea es que si los pol&iacute;ticos desean maximizar la probabilidad de ser elegidos, y si la elecci&oacute;n se decide por la regla de la mayor&iacute;a, entonces (bajo ciertas circunstancias) &eacute;l o ella va a elegir una posici&oacute;n pol&iacute;tica en la mediana de la distribuci&oacute;n de las preferencias de los votantes. En este modelo, las elecciones de pol&iacute;tica que reflejan las preferencias del votante mediano son eficientes de acuerdo con la segunda noci&oacute;n de eficiencia descrita anteriormente.</p>     <p align="justify">Un limitante del resultado del votante mediano es que &eacute;ste s&oacute;lo se obtiene bajo supuestos relativamente rigurosos, aunque &eacute;stos no son tan restrictivos como los del modelo original sugerido por la formulaci&oacute;n Hotelling-Downs. Esa formulaci&oacute;n original asume que las preferencias del votante individual son “de pico &uacute;nico” y expresadas sobre una gama unidimensional de resultados de pol&iacute;tica, y que la distribuci&oacute;n de preferencias entre los votantes es sim&eacute;trica y unimodal. En un cuidadoso estudio sobre modelos de competencia pol&iacute;tica, Osborne (1995) muestra que algunos de los supuestos de la formulaci&oacute;n original pueden ser relajados sin sacrificar los resultados b&aacute;sicos. Por ejemplo, cuando el an&aacute;lisis se extiende para permitir pol&iacute;ticas multidimensionales el teorema del votante mediano sobrevive, aunque es menos probable que exista un equilibrio. El supuesto de la simetr&iacute;a tambi&eacute;n puede generalizarse. M&aacute;s a&uacute;n, la idea b&aacute;sica detr&aacute;s del modelo contin&uacute;a siendo v&aacute;lida si “cada candidato, como cada ciudadano, se interesa m&aacute;s por que la aplicaci&oacute;n de una pol&iacute;tica sea llevada a cabo, que por si gana o no las elecciones” (Osborne, 1995: 271). El &uacute;nico supuesto indispensable para el resultado del votante mediano es la existencia de preferencias de pico &uacute;nico. Esto significa que para cada votante existe una posici&oacute;n ideal, tal que las pol&iacute;ticas que se encuentran alejadas de esta posici&oacute;n, en cualquier direcci&oacute;n, empeoran su situaci&oacute;n. Cuando esta condici&oacute;n no se cumple, es posible llegar a un “voto c&iacute;clico” (<i>vote-cycling</i>), donde las votaciones entre pares de opciones alternativas llevan a un ordenamiento ambiguo. En tal caso, el voto por mayor&iacute;a no genera un equilibrio estable (Comanor, 1976). Aunque mucha de la literatura de la elecci&oacute;n p&uacute;blica parece aceptar impl&iacute;citamente la noci&oacute;n de la escogencia de preferencias de pico &uacute;nico, no hay raz&oacute;n para esperar que las preferencias satisfagan esta condici&oacute;n. Dicho supuesto impone una estructura considerable a las preferencias. Esto hace dif&iacute;cil, con este modelo, la generalizaci&oacute;n de criterios sobre los resultados pol&iacute;ticos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Otro problema del modelo est&aacute;ndar es que supone que no hay incertidumbre por parte de votantes y candidatos acerca de las preferencias de los dem&aacute;s en torno a posiciones de pol&iacute;tica. Osborne muestra que bajo condiciones de certidumbre, el modelo del votante mediano predice que los candidatos eligen posiciones pol&iacute;ticas <i>id&eacute;nticas</i>. Aunque las observaciones casuales sugieren que candidatos y partidos generalmente eligen plataformas <i>similares</i>, &eacute;stas rara vez son id&eacute;nticas. La profundizaci&oacute;n sobre este tema ser&aacute; realizada en la secci&oacute;n 3.3.</p>     <p align="justify"> <b>3.2. EL TEOREMA DE ARROW</b></p>     <p align="justify">El notable aporte de Arrow (1950, 1951) sugiere que las dos nociones de eficiencia pol&iacute;tica discutidas anteriormente –la eficiencia de Pareto y la capacidad de obtener el apoyo de una mayor&iacute;a para una pol&iacute;tica p&uacute;blica– pueden ser irreconciliables. Arrow muestra que, en general, a pesar de que se deseen realizar supuestos muy restrictivos sobre las preferencias individuales, no existe un mecanismo de votaci&oacute;n democr&aacute;tico (la regla de la mayor&iacute;a o cualquier otro) que pueda ser usado para agregar las preferencias individuales de los votantes, de forma que se garantice un resultado eficiente en el sentido de Pareto. Por ejemplo, en la ilustraci&oacute;n del resultado general de Arrow para un contexto espec&iacute;fico, Shepsle y Weingast (1984) muestran que la provisi&oacute;n de bienes p&uacute;blicos en el modelo del votante mediano no ser&aacute; por lo general eficiente.</p>     <p align="justify"><b>3.3. INCERTIDUMBRE E INFORMACI&Oacute;N IMPERFECTA</b></p>     <p align="justify">Desde la perspectiva de la modelaci&oacute;n, la noci&oacute;n del votante mediano genera varios problemas. Como ya se mencion&oacute;, el hecho de que los candidatos t&iacute;picamente no escojan plataformas id&eacute;nticas no puede ser explicado por el modelo est&aacute;ndar. Adem&aacute;s, los resultados del votante mediano generalmente no son Pareto eficientes, lo cual es una espina en el costado para quienes creen, quiz&aacute; con alg&uacute;n grado de dogmatismo, en la autoridad &uacute;ltima del mercado pol&iacute;tico. Finalmente, existe un problema de votos c&iacute;clicos y de inestabilidad del equilibrio cuando no se est&aacute; dispuesto a suponer preferencias de picos &uacute;nicos. Introducir incertidumbre en el proceso pol&iacute;tico, donde los candidatos no tienen certeza sobre las preferencias de los votantes y los votantes no la tienen sobre las verdaderas plataformas pol&iacute;ticas de los candidatos, no s&oacute;lo hace m&aacute;s realista el modelo sino que permite hacer frente a algunas de estas dificultades.</p>     <p align="justify">Osborne (1995) demuestra que cuando los candidatos tienen sus propias preferencias sobre los resultados de pol&iacute;tica, y por lo tanto no se interesan s&oacute;lo en ganar o perder, ellos escoger&aacute;n posiciones pol&iacute;ticas diferentes si se encuentran en una situaci&oacute;n de incertidumbre acerca de las posiciones pol&iacute;ticas ideales de los ciudadanos. Mueller (1989) discute una clase de modelos que se conocen como <i>modelos de votaci&oacute;n probabil&iacute;stica</i>, donde los votantes no tienen certidumbre sobre las verdaderas posiciones pol&iacute;ticas de los candidatos. Dependiendo de la forma de la funci&oacute;n que determina la probabilidad de que un elector vote por un candidato particular, el resultado de la regla de la mayor&iacute;a ser&aacute; uno que maximice alguna funci&oacute;n de bienestar social; que agrega las preferencias expresadas por los votantes sobre los resultados pol&iacute;ticos. Coughlin (1982) demuestra que siempre y cuando la probabilidad de que un individuo vote por un candidato sea una funci&oacute;n creciente de la utilidad esperada por el votante, dada la plataforma del candidato, el equilibrio resultante ser&aacute; Pareto &oacute;ptimo. Lo anterior es un resultado notable, an&aacute;logo al de la “mano invisible” en un mercado que arroja resultados eficientes. Aqu&iacute;, la competencia pol&iacute;tica bajo la regla de la mayor&iacute;a brinda un resultado similar. Esto puede restaurar la fe de quienes creen en la perfecci&oacute;n del proceso pol&iacute;tico.</p>     <p align="justify"><b>3.4. INFORMACI&Oacute;N COSTOSA Y ASIM&Eacute;TRICA</b></p>     <p align="justify">Sin embargo hay algunas razones por las cuales no se puede confiar ciegamente en ese resultado. El papel de la informaci&oacute;n, de nuevo, es crucial. La informaci&oacute;n acerca de los asuntos de la pol&iacute;tica p&uacute;blica y sobre los pol&iacute;ticos es costosa de obtener y poco confiable. M&aacute;s a&uacute;n, los beneficios para los votantes individuales de obtener esta informaci&oacute;n son t&iacute;picamente bajos, porque cada individuo por virtud de su voto tiene s&oacute;lo un impacto peque&ntilde;o sobre los resultados de la elecci&oacute;n. Si los candidatos tienden a agruparse alrededor de plataformas similares, no tendr&iacute;a sentido votar porque las posiciones pol&iacute;ticas son efectivamente indistinguibles entre ellas, particularmente si existen costos asociados a la votaci&oacute;n <i>per se</i> (costos de tiempo). As&iacute;, si deciden votar, los consumidores maximizadotes de utilidad pueden optar por ser “racionalmente desinformados”<a href="#3" name="n3"><sup>3</sup></a>.</p>     <p align="justify">La “ignorancia racional” de los votantes fue estudiada por Downs (1957). Est&aacute; &iacute;ntimamente asociada con la idea de que los costos de recolectar informaci&oacute;n pueden generar asimetr&iacute;as de informaci&oacute;n entre votantes<a href="#4" name="n4"><sup>4</sup></a>, porque algunas pol&iacute;ticas tienen consecuencias importantes para algunos grupos de la sociedad. Para estos grupos, los costos de informaci&oacute;n pueden resultar muy bajos, y los beneficios de adquirirla bastante altos. M&aacute;s a&uacute;n, cuando los beneficios de una determinada pol&iacute;tica son altamente concentrados pero los costos difusos, los beneficiarios tienen un mayor incentivo para mantenerse informados y de interesarse por los procesos pol&iacute;ticos (Demzetz, 1982). Ferejohn (1990) arguye que en este campo la distribuci&oacute;n de conocimiento entre el electorado es probablemente muy desigual.</p>     <p align="justify">En un ambiente donde la informaci&oacute;n es costosa y asim&eacute;trica, los pol&iacute;ticos tienen un incentivo para proveerla. Ellos tambi&eacute;n pueden tener alicientes para utilizar esta informaci&oacute;n estrat&eacute;gicamente, incluso con publicidad falsa o desorientadora. Existen algunas implicaciones de lo anterior. La primera, expresada por Breton y Wintrobe (1992): la informaci&oacute;n asim&eacute;trica referida a la</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">“calidad” y la honestidad de los pol&iacute;ticos puede generar un problema de selecci&oacute;n adversa. Como los votantes no pueden distinguir entre los pol&iacute;ticos “buenos” (honestos) y los “malos” (deshonestos), todos los pol&iacute;ticos son considerados iguales. As&iacute;, la alta calidad se subvalora en el mercado pol&iacute;tico y la baja calidad se sobrevalora. De la misma forma como “huesos” en el mercado de carros usados pueden desplazar veh&iacute;culos de buena calidad, porque los consumidores tienen dificultad para discernir entre ellos sin incurrir en costos desproporcionados, los pol&iacute;ticos de baja calidad pueden desplazar a los pol&iacute;ticos de alta calidad.</p>     <p align="justify">Sin desconocer los problemas de selecci&oacute;n adversa, la existencia de los costos de informaci&oacute;n puede manifestarse de otras formas. Por ejemplo, se pueden generar incentivos para que los partidos pol&iacute;ticos realicen campa&ntilde;as que no est&eacute;n enfocadas en temas sustantivos, con el fin de trasladar al electorado los costos de recoger informaci&oacute;n. As&iacute;, las percepciones de confianza, honestidad y credibilidad de los l&iacute;deres pol&iacute;ticos pueden cumplir un papel fundamental en los resultados de las elecciones; sencillamente porque los votantes racionales no quieren asumir los costos y tiempo necesarios para investigar posiciones complejas acerca de pol&iacute;ticas espec&iacute;ficas; quedan satisfechos con un l&iacute;der que ellos perciben que va a “actuar correctamente”.</p>     <p align="justify">Brennan y Buchanan (1984) ofrecen otra explicaci&oacute;n del porqu&eacute; los resultados pol&iacute;ticos, en presencia de la “ignorancia racional”, pueden tener caracter&iacute;sticas normativas indeseables. Ellos establecen una analog&iacute;a entre el acto de votar y la participaci&oacute;n de aficionados en un evento deportivo. Por medio de su apoyo, los individuos expresan una preferencia por un equipo particular. Mientras reconocen que el &aacute;nimo de todos los aficionados <i>puede</i> afectar los resultados del partido, los aficionados reconocen que su apoyo <i>individual</i> no tendr&aacute; consecuencias. As&iacute;, factores diferentes al impacto individual sobre el resultado final son los que determinan el comportamiento de cada aficionado. Lo mismo ocurre con la votaci&oacute;n. Dada la irrelevancia del voto individual, el comportamiento del votante es afectado por factores que no tienen nada que ver con el deseo de afectar el resultado final –presi&oacute;n de los pares, propaganda proselitista eficaz, el atractivo personal del candidato, etc.–. Dado que la eficiencia paretiana de los modelos de votaci&oacute;n probabil&iacute;stica est&aacute; basada en las preferencias <i>reveladas</i> de los votantes, las cuales pueden expresar factores distintos a la actual posici&oacute;n pol&iacute;tica de los candidatos, Brennan y Buchanan cuestionan la significancia de las conclusiones positivas o normativas que puedan deducirse. Su punto de vista parece ser que el equilibrio pol&iacute;tico en estos modelos puede considerarse eficiente s&oacute;lo en una forma muy poco satisfactoria del &oacute;ptimo de segundo orden.</p>     <p align="justify">Otro aspecto de un ambiente donde la informaci&oacute;n es costosa y asim&eacute;trica que tiene implicaciones importantes para la eficiencia de los mercados pol&iacute;ticos es el grado en que los representantes pol&iacute;ticos ignoran los deseos de sus electores. Kalt y Zupan (1990) investigaron la presencia de este comportamiento retrechero en el Congreso de los Estados Unidos utilizando una escala de clasificaci&oacute;n de ideolog&iacute;a pol&iacute;tica. Encontraron alguna evidencia de la existencia de “incumplimiento del agente a su principal” (<i>principal-agent slack</i>) y de“retrecher&iacute;a ideol&oacute;gica” (<i>ideological shirking</i>), en el sentido de que los miembros del Congreso no parecen representar los intereses de sus electores. Esta conclusi&oacute;n contrasta con los hallazgos de Peltzman (1984, 1990), quien cuestiona la importancia emp&iacute;rica de la “ignorancia racional” de Downs, y la implicaci&oacute;n del incumplimiento del agente a su principal. Peltzman (1984: 210) concluye que la presencia de la retrecher&iacute;a ideol&oacute;gica en el Congreso es “m&aacute;s aparente que real”. Peltzman (1990) busca determinar si los votantes utilizan la informaci&oacute;n econ&oacute;mica disponible cuando toman sus decisiones de votaci&oacute;n, y en particular si los votantes utilizan los resultados econ&oacute;micos de los funcionarios salientes para premiarlos o castigarlos con su voto. Esta aproximaci&oacute;n es consistente con el enfoque de principal-agente en el an&aacute;lisis de pol&iacute;tica, el cual sugiere que los principales (votantes) compensan a los agentes (pol&iacute;ticos en cargos p&uacute;blicos) con base en alguna forma de evaluaci&oacute;n de su desempe&ntilde;o en el pasado. A ra&iacute;z de su investigaci&oacute;n, Peltzman concluye “que el mercado de votos es un sorprendente agregador de informaci&oacute;n” (p. 29), y, “que incluso ser&iacute;a dif&iacute;cil encontrar mercados no pol&iacute;ticos que procesen informaci&oacute;n mejor que el mercado de votos” (p. 63). Sus resultados cuestionan los puntos de vista de quienes afirman que la eficiencia de los mercados pol&iacute;ticos es dudosa por la existencia de informaci&oacute;n costosa y asim&eacute;trica.</p>     <p align="justify"><b>3.5. GRUPOS DE INTER&Eacute;S Y CAZA DE RENTA (RENT- SEEKING)</b></p>     <p align="justify">La existencia de costos de informaci&oacute;n puede generar oportunidades para que los grupos de inter&eacute;s influyan en los resultados pol&iacute;ticos. Coughlin, Mueller y Murrell (1988) incorporan a los grupos de inter&eacute;s dentro de un modelo de votaci&oacute;n probabil&iacute;stica. Ellos definen los grupos de inter&eacute;s como un grupo de individuos con id&eacute;nticas preferencias e ingresos. En este modelo, los grupos de inter&eacute;s tienen un papel pasivo –no hacen <i>lobby</i> y tampoco ejercen influencia directa sobre los resultados pol&iacute;ticos–. A pesar de esto, la sola presencia de este grupo de personas afines puede afectar el resultado de una competencia pol&iacute;tica. En particular, los autores muestran que bajo ciertas circunstancias el resultado seguir&aacute; siendo Pareto eficiente, pero teniendo en cuenta que entre mayor sea el n&uacute;mero de personas que incluya el grupo, mayor influencia puede ejercer.</p>     <p align="justify">Por supuesto, los grupos de inter&eacute;s t&iacute;picamente no son pasivos, ya que ellos tienen el incentivo de aprovechar la existencia de informaci&oacute;n costosa y asim&eacute;trica para influir sobre los resultados pol&iacute;ticos, por ejemplo, donando fondos a las campa&ntilde;as pol&iacute;ticas o haciendo publicidad por cuenta propia. Muchos autores han capturado esta idea al desarrollar modelos donde el n&uacute;mero esperado de votantes depende no s&oacute;lo de la plataforma del candidato sino de los gastos de la campa&ntilde;a<a href="#5" name="n5"><sup>5</sup></a>. As&iacute;, los grupos de inter&eacute;s desempe&ntilde;an un papel activo al influir sobre los resultados pol&iacute;ticos por medio de contribuciones a las campa&ntilde;as. V&eacute;anse, por ejemplo, Kau, Keenan, y Rubin (1982); Muller (1989), quienes presentan un modelo similar.</p>     <p align="justify">La llamada “Escuela de Virginia” de elecci&oacute;n p&uacute;blica, t&iacute;picamente asociada con Buchanan, Tollison y Tullock, entre otros, se enfoca en las ineficiencias que surgen del comportamiento de grupos especiales de inter&eacute;s (v&eacute;anse, por ejemplo, Buchanan 1988, Buchanan y Tollison 1970, y Buchanan, Tollison y Tullock 1980). La presencia de grupos de inter&eacute;s tiene implicaciones sobre la eficiencia de los resultados pol&iacute;ticos por dos razones. Primero, porque estos grupos pueden disminuir la eficiencia directamente financiando candidatos cuyas posiciones acerca de alg&uacute;n bien p&uacute;blico se ajusten m&aacute;s a la del grupo de inter&eacute;s. Si el n&uacute;mero de votos que recibe un candidato aumenta proporcionalmente a la cantidad de gastos de su campa&ntilde;a, este resultado puede generar un equilibrio en donde el nivel de la provisi&oacute;n del bien p&uacute;blico no es Pareto eficiente. As&iacute;, por ejemplo, los amantes de los parques pueden contribuir con fondos para elegir un candidato que est&eacute; en favor de crear un n&uacute;mero mayor de parques que el que se desprender&iacute;a de consideraciones puras de eficiencia.</p>     <p align="justify">Los grupos de inter&eacute;s tambi&eacute;n pueden contribuirles a los candidatos para que &eacute;stos transfieran directamente riqueza de un grupo hacia otro. Un punto importante para analizar es que incluso si la transferencia es de una suma global (<i>lump sum</i>) –es decir, independiente de las caracter&iacute;sticas y circunstancias personales–, y por tanto aparentemente irrelevante desde una perspectiva de eficiencia, de todas maneras tendr&aacute; implicaciones de eficiencia. Esto debido a que la caza de renta por parte de los individuos para asegurar y recoger la transferencia requiere el uso de recursos que pueden tener un mejor uso alterno –el tiempo, el esfuerzo y el dinero empleados para lograr un fin puramente distributivo puede ser utilizado en otra actividad, que sea m&aacute;s productiva socialmente–. Incluso, bajo algunas condiciones el bienestar recibido por el grupo beneficiario de la transferencia puede ser completamente disipado por los costos de la caza de renta<a href="#6" name="n6"><sup>6</sup></a>.</p>     <p align="justify">Stigler (1971) y Peltzman (1976) han investigado el papel de los grupos de inter&eacute;s en un contexto regulatorio en sus estudios de “captura regulatoria”. Ellos arguyen que las regulaciones surgen como un resultado de la demanda de intervenci&oacute;n gubernamental por parte de grupos de inter&eacute;s. En otros t&eacute;rminos, los reguladores gubernamentales pueden haber sido capturados por un grupo de inter&eacute;s cuando los resultados de la regulaci&oacute;n son favorables para ese grupo. Esto se contrapone a la noci&oacute;n neocl&aacute;sica de que la regulaci&oacute;n gubernamental existe para proteger los intereses generales. A pesar de que Stigler y Peltzman est&aacute;n primordialmente preocupados con los aspectos positivos de la regulaci&oacute;n y de la existencia de grupos de inter&eacute;s, la idea de que las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas pueden beneficiar a ciertos grupos, en posible detrimento del resto de los ciudadanos, tiene implicaciones normativas obvias para la eficiencia de los mercados pol&iacute;ticos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">El enfoque sobre los grupos de presi&oacute;n, como un modo de observar las transferencias de bienestar a la manera de Stigler y Peltzman, ha dado &iacute;mpetu a lo que se denomina la “Econom&iacute;a Pol&iacute;tica de Chicago”, CPE. A riesgo de simplificar el asunto, se puede decir que su concepto unificador es similar al de sus contrapartes en la econom&iacute;a –la creencia en la primac&iacute;a de los mercados, en este caso los mercados pol&iacute;ticos–. Esta escuela tambi&eacute;n se distingue metodol&oacute;gicamente por su &eacute;nfasis en los modelos de equilibrio y por su enfoque emp&iacute;rico. A pesar de que la CPE es frecuentemente vista como un enfoque de naturaleza positiva –Stigler es generalmente citado al mencionar que &eacute;l est&aacute; trabajando para entender el mundo no para cambiarlo– no se pueden negar las implicaciones de car&aacute;cter normativo de su obra. Incluso, la CPE con frecuencia se contrasta con la Escuela de Virginia; nuevamente tomando el riesgo de simplificar en exceso se puede afirmar que la primera propone una forma de observar que los mercados pol&iacute;ticos son eficientes, mientras la segunda cuestiona esta afirmaci&oacute;n.</p>     <p align="justify">Becker (1983) ha sido menos reticente que Stigler en sus evaluaciones de car&aacute;cter normativo. &Eacute;l argumenta que si la cantidad de la presi&oacute;n pol&iacute;tica aplicada por un grupo de inter&eacute;s es una funci&oacute;n creciente de beneficios obtenidos, entonces el grupo de inter&eacute;s provee una forma de intensificar las preferencias para entrar a un proceso pol&iacute;tico. Contin&uacute;a argumentando que el <i>lobby</i> y la presencia de grupos de inter&eacute;s pueden minimizar los costos de redistribuci&oacute;n<a href="#7" name="n7"><sup>7</sup></a>. Las transferencias de riqueza generadas por los grupos de presi&oacute;n son eficientes porque otras formas de redistribuci&oacute;n ser&iacute;an m&aacute;s costosas.</p>     <p align="justify">Wittman, otro investigador de la tradici&oacute;n de Chicago, afirma que la presencia de grupos de inter&eacute;s puede mejorar, o al menos no empeorar, la eficiencia de los mercados pol&iacute;ticos. Asevera que la competencia entre los grupos de inter&eacute;s para obtener favores legislativos reduce muchos de los efectos negativos de tales grupos. Wittman tambi&eacute;n argumenta que la influencia de los grupos de inter&eacute;s sobre los pol&iacute;ticos es naturalmente limitada, porque si un candidato adopta una posici&oacute;n que lo aleja del votante mediano, con el fin de obtener contribuciones de un grupo de inter&eacute;s, el n&uacute;mero de votos perdidos de los votantes informados eventualmente exceder&aacute; los ganados por el incremento de la publicidad (Wittman, 1989: 1408)</p>     <p align="justify"><b>3.6. EXTERNALIDADES DE DECISI&Oacute;N</b></p>     <p align="justify">Hettich y Winer (1993, 1995) discuten las implicaciones de eficiencia de lo que ellos han llamado “externalidades de decisi&oacute;n” en las instituciones pol&iacute;ticas. Los legisladores son generalmente elegidos por diversos electores o coaliciones, y por eso est&aacute;n interesados en pol&iacute;ticas que beneficien a sus votantes, ignorando los costos que ellas puedan generar. Lo anterior lleva a la toma de una externalidad de decisi&oacute;n, donde los legisladores no tienen en cuenta todos los costos sociales y beneficios asociados con sus decisiones –otra consecuencia de la concentraci&oacute;n de beneficios y de los costos difusos asociados con algunas pol&iacute;ticas–. Este resultado puede fomentar inversiones econ&oacute;micamente ineficientes pero pol&iacute;ticamente rentables y puede generar un exceso en el gasto p&uacute;blico (ver, por ejemplo, Weingast, Shepsle y Johnson, 1981). Esto no s&oacute;lo se presentar&aacute; en t&eacute;rminos geogr&aacute;ficos; ya que hay otros conjuntos de votantes que tambi&eacute;n se benefician del gasto del gobierno. Por ejemplo, el sistema parlamentario canadiense confiere mucha autoridad al gabinete de ministros. Estos ministros pueden tener el incentivo de instituir pol&iacute;ticas que beneficien a ciertos grupos sin contabilizar los costos posiblemente m&aacute;s difusos asociados a las mismas. Lo anterior se puede pensar como otra forma de la idea de captura regulatoria desarrollada por Stigler (1971) y Peltzman (1976). En este caso, los ministros son capturados por, o se convierten en defensores de, la clientela atendida por su ministerio.</p>     <p align="justify">Von Hagen y Harden (1995) examinaron c&oacute;mo los diferentes procesos presupuestales pueden servir para moderar la tendencia al exceso de gasto p&uacute;blico originada en las externalidades de decisi&oacute;n. Sugieren que los ministros de gasto (o <i>spending ministers</i>) tienen un incentivo para considerar s&oacute;lo los beneficios netos de la inversi&oacute;n en actividades que beneficien a sus votantes, ignorando los costos generados para la generalidad de los contribuyentes. Se refieren a la tendencia resultante –los ministros de gasto suelen sobrestimar los beneficios marginales de ciertas actividades– como una <i>ilusi&oacute;n fiscal</i>.</p>     <p align="justify">Por supuesto, no es m&aacute;s que una externalidad de decisi&oacute;n que surge de la concentraci&oacute;n de beneficios y la difusi&oacute;n de los costos asociados con muchos de los programas gubernamentales de gasto. Los autores tambi&eacute;n muestran c&oacute;mo las decisiones presupuestales tomadas por el gabinete tienen importantes implicaciones sobre el tama&ntilde;o del presupuesto. Por ejemplo, si cada ministro de gasto s&oacute;lo presenta el presupuesto de su ministerio, tomando las decisiones de los dem&aacute;s ministros como dadas, y el total resultante se somete a un voto simple, el resultado del equilibrio de Nash es un presupuesto que excede el &oacute;ptimo social. Se contin&uacute;a afirmando que los procesos de formaci&oacute;n del presupuesto que fortalecen los intereses colectivos del gobierno –es decir, que internalizan las externalidades de decisi&oacute;n– reducen este sesgo de gasto (Von Hagen y Harden, 1995: 774). Por ejemplo, si el proceso comienza con negociaciones entre los ministros de gasto dentro de l&iacute;mites inflexibles, el sesgo hacia el gasto se reducir&aacute;. Tambi&eacute;n, si los ministros sin portafolio, incluyendo el primer ministro y el ministro de Finanzas (el Tesoro), est&aacute;n investidos con “poderes estrat&eacute;gicos especiales” –como el veto, el control de la agenda, control sobre el flujo de informaci&oacute;n entre los ministros de gasto– el sesgo hacia el gasto decrecer&aacute; porque los intereses de estos ministros no se encuentran tan atados a los grupos espec&iacute;ficos de votantes. Von Hagen y Harden investigaron emp&iacute;ricamente algunas de las implicaciones de su modelo por medio del examen de los patrones de gasto de doce pa&iacute;ses de la Uni&oacute;n Europea. Encontraron que los pa&iacute;ses que delegan un gran poder en el primer ministro o en el de Finanzas tienden a tener menores niveles de deuda p&uacute;blica y d&eacute;ficit fiscal.</p>     <p align="justify">Algunos han argumentado que las comisiones parlamentarias agravan los problemas de externalidades de decisi&oacute;n. Una forma algo c&iacute;nica de ver las comisiones es que s&oacute;lo son un mecanismo para dar contentillo a parlamentarios que ayudaron a elegir el Gobierno, pero que no fueron seleccionados para el Gabinete. Sin embargo, Hettich y Winer (1993: 19) argumentan que “en la medida en que estas comisiones eventualmente ejerzan influencia sobre la legislaci&oacute;n, la pr&aacute;ctica de pago rec&iacute;proco de favores dentro de los mismos tender&aacute; a producir una expansi&oacute;n adicional del presupuesto gubernamental”. Por esto, el sistema de comisiones puede facilitar el trueque de votos, donde los miembros apoyan los programas de gasto preferidos de sus colegas. Hettich y Winer tambi&eacute;n sostienen que el control de la agenda por las comisiones parlamentarias puede empeorar los problemas de agencia entre pol&iacute;ticos y burocracia. Aunque este punto ser&aacute; discutido con mayor profundidad m&aacute;s adelante, la idea es que la estructura de las comisiones puede transformar una relaci&oacute;n principal –agente simple (entre el gabinete y la burocracia) en una m&uacute;ltiple (entre el Gabinete, las comisiones y la burocracia), permitiendo as&iacute; que los agentes propicien el enfrentamiento entre los dos principales y haciendo que sea m&aacute;s dif&iacute;cil controlar la burocracia.</p>     <p align="justify"><b>3.7. LA REFORMA DE INSTITUCIONES POL&Iacute;TICAS</b></p>     <p align="justify">Purchase y Hirshhorn (1994: 190), en su s&iacute;ntesis de un proyecto de investigaci&oacute;n sobre el Gobierno y la competitividad en Canad&aacute;, indican que si se toma como dada la estructura parlamentaria del Gobierno consagrada en la Constituci&oacute;n existen pocas posibilidades de reformar la estructura fundamental de las instituciones pol&iacute;ticas del pa&iacute;s. Argumentan que “el instrumento central de responsabilidad pol&iacute;tica (<i>accountability</i>) de una democracia representativa es la elecci&oacute;n” y que “se tiene que creer en la eficacia del proceso democr&aacute;tico, la inteligencia de los canadienses, y las capacidades empresariales de los activistas y partidarios pol&iacute;ticos”.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Sin embargo, la literatura resumida anteriormente sugiere algunos cambios a las instituciones pol&iacute;ticas que pueden servir para facilitar ese proceso. Algunos se consideran aqu&iacute;. El enfoque se centra en mecanismos que pueden ayudar a internalizar las externalidades de decisi&oacute;n y que pueden incrementar la responsabilidad (<i>accountability</i>) de los gobiernos, mejorando los flujos de informaci&oacute;n. Claro est&aacute; que poner en marcha cualquiera de estos mecanismos requiere voluntad pol&iacute;tica. Desde que los gobiernos sientan que los costos pol&iacute;ticos de realizar reformas institucionales son mayores que los beneficios, es improbable que inicien cambios institucionales. En &uacute;ltimas, es indispensable un deseo expreso del electorado para que se hagan los cambios.</p>     <p align="justify"><b><i>3.7.1. Internalizar las externalidades de decisi&oacute;n</i></b></p>     <p align="justify">Algunos de los problemas entre los ejecutivos fuertes (el sistema de gabinete) y los gobiernos parlamentarios se discutieron antes. Como fue notado por Hettich y Winer, el Parlamento puede actuar como un mecanismo de control, evaluaci&oacute;n y revisi&oacute;n de las pol&iacute;ticas del gabinete. Las comisiones parlamentarias pueden tener un papel importante. Sin embargo, como ya se dijo, las comisiones pueden generar problemas adicionales. Citando a Franks (1987), Hettich y Winer (1995: 25, n. 13) advierten que estas comisiones deben llevar “gobierno en el Parlamento, y no gobierno por el Parlamento”. As&iacute;, el Parlamento y sus comisiones deben actuar como un control del gobierno y no como el gobierno <i>per se</i>.</p>     <p align="justify">Pero no debe olvidarse la influencia positiva de las comisiones parlamentarias en su funci&oacute;n de supervisi&oacute;n. Los atributos positivos pueden fortalecerse y los negativos reducirse, si se reestructuran las comisiones a la luz de las consideraciones anteriores. Por ejemplo, si las responsabilidades de supervisi&oacute;n de las comisiones abarcan amplias &aacute;reas de pol&iacute;tica relacionadas entre s&iacute;, esto puede resultar en un intercambio de informaci&oacute;n entre las mismas, permiti&eacute;ndoles a los miembros de las comisiones, y al mismo gabinete ministerial, una mejor visi&oacute;n de los problemas en su conjunto y quiz&aacute; sea una forma de internalizar algunas de las externalidades de decisi&oacute;n. Esto sugiere una estructura de pocas comisiones, no muy especializadas. Si una comisi&oacute;n cubre varias &aacute;reas se posibilita una comparaci&oacute;n entre los distintos departamentos y agencias supervisadas y es posible fomentar una competencia entre ellas, de nuevo, mejorando el flujo de informaci&oacute;n hacia los formuladores de pol&iacute;ticas. Un n&uacute;mero menor de comisiones, con una composici&oacute;n m&aacute;s amplia, tambi&eacute;n puede reducir las oportunidades de canjes de favores y votos entre los miembros. La rotaci&oacute;n peri&oacute;dica de sus miembros puede ser &uacute;til al evitar que miembros se adue&ntilde;en de ciertos temas. Finalmente, mientras una relaci&oacute;n m&uacute;ltiple de principal-agente hace m&aacute;s f&aacute;cil que los bur&oacute;cratas traten de enfrentar entre s&iacute; a los principales, tambi&eacute;n incrementa el grado de control de la burocracia. Por esto en algunas circunstancias la existencia de m&uacute;ltiples principales puede reducir la asimetr&iacute;a de informaci&oacute;n y llevar a un resultado m&aacute;s eficiente. Otra posibilidad es que las comisiones sirvan como l&iacute;nea de defensa adicional contra la tendencia de los ministros a excesos de gasto en favor de los beneficiarios de los servicios de su departamento.</p>     <p align="justify">Breton (1991) y Von Hagen y Haden (1995) enfatizan el papel del ministro de finanzas en un sistema parlamentario como otro mecanismo que permite internalizar los problemas de externalidades de decisi&oacute;n. Como se dijo antes, el ministro de finanzas puede servir (al menos en parte) como contrapeso a las demandas de los ministros de gasto sobre el tesoro. Breton tambi&eacute;n arguye que la tradici&oacute;n del secreto presupuestal puede servir para fortalecer la posici&oacute;n del ministro de Finanzas.</p>     <p align="justify"><b><i>3.7.2. Mejorar la responsabilidad (accountability) del Gobierno</i></b></p>     <p align="justify">La mayor parte de la discusi&oacute;n previa se ha concentrado en la importancia de la informaci&oacute;n en el proceso pol&iacute;tico<a href="#8" name="n8"><sup>8</sup></a>. La responsabilidad gubernamental (<i>accountability</i>) tiene relaci&oacute;n &iacute;ntima con ese tema. Stanbury (1994: 87) afirma con algo de pesimismo que “el actual sistema de Gobierno por Gabinete es seriamente deficiente en una de las virtudes m&aacute;s importantes: la responsabilidad”, y que “la capacidad del Parlamento y los votantes para hacer exigible esta responsabilidad... es muy limitada porque es poca la informaci&oacute;n que se divulga, que es &uacute;til para que los votantes puedan evaluar las acciones del gobierno”. Sin embargo, pueden darse algunos pasos para incrementar la calidad de la informaci&oacute;n y, por tanto, la responsabilidad del gobierno. Incluso puede presumirse que quienes se identifican con la visi&oacute;n de Chicago, al caracterizar los mercados pol&iacute;ticos como relativamente eficientes, apoyar&iacute;an algunas iniciativas para hacer que las acciones del Gobierno sean m&aacute;s transparentes y visibles.</p>     <p align="justify">Por ejemplo, el auditor o contralor general puede desempe&ntilde;ar un papel importante como vigilante del Gobierno. Los informes peri&oacute;dicos del auditor general no s&oacute;lo hacen p&uacute;blicas las extravagancias del Gobierno sino que destacan los problemas de las convenciones de la contabilidad y de reportes gubernamentales. Un papel similar pueden cumplir las comisiones de ciudadanos o de la sociedad civil, que se encargar&aacute;n simult&aacute;neamente de la revisi&oacute;n de las operaciones del Gobierno, ya sea de manera <i>ad hoc</i> o sobre bases continuas. Es importante que estas comisiones guarden su distancia del Gobierno para que generen mayor credibilidad.</p>     <p align="justify">Otras modificaciones incluyen las pr&aacute;cticas contables y de generaci&oacute;n de reportes del Gobierno. Ip (1991), como muchos otros, critica al gobierno por ser poco transparente en la contabilizaci&oacute;n de sus actividades. Bajo convenciones actuales, los gobiernos pueden sacar determinados items del presupuesto, haci&eacute;ndolos menos visibles y por tanto menos sujetos a responsabilidad. Los gobiernos tambi&eacute;n manipulan las cuentas p&uacute;blicas trasladando items de una vigencia a otra, subestimando o sobreestimando los ingresos y los gastos para hacer m&aacute;s dram&aacute;ticas las mejoras (o para culpar a los gobiernos pasados de problemas presentes), por medio de los descuentos en impuestos o de garant&iacute;as de pr&eacute;stamos para reducir la visibilidad de subsidios, etc. Todas estas actividades le permiten al Gobierno manipular sus estados financieros para sus propios fines.</p>     <p align="justify">Mientras que no es posible eliminar todos estos problemas, algunos pasos pueden darse para minimizarlos. Por ejemplo, muchos han mencionado la necesidad de que los gobiernos presenten un <i>presupuesto consolidado</i> que incluya todas las actividades gubernamentales; lo que reducir&iacute;a la posibilidad de manejar partidas “fuera del presupuesto”. La publicaci&oacute;n del costo de descuentos y otros incentivos tributarios y una contabilidad adecuada de garant&iacute;as a pr&eacute;stamos pueden ser tambi&eacute;n formas de hacer m&aacute;s transparentes los subsidios gubernamentales. Algunos autores han pedido que se utilicen presupuestos de capital para gastos orientados a la formaci&oacute;n de capital (Auld, 1994). Aunque hay muchas dificultades conceptuales, como la forma de definir el capital, la forma apropiada de llevar las depreciaciones, etc., esta aproximaci&oacute;n puede enfocar la atenci&oacute;n sobre gastos que ameriten ser financiados con recursos de cr&eacute;dito. Otros como Boothe (1993) y Mintz y Preston (1994) sienten que estas dificultades, incluso, llevar&aacute;n a mayores distorsiones.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Otro asunto importante para la responsabilidad gubernamental es la naturaleza c&iacute;clica de algunos ingresos. Algunas fuentes de ingreso son bastante vol&aacute;tiles, generando grandes p&eacute;rdidas o ganancias ocasionales. El desarrollo de mecanismos presupuestales para controlar esta volatilidad es un reto, pero puede incrementar la responsabilidad del Gobierno.</p>     <p align="justify">Finalmente, pueden establecerse varios tipos de restricciones legislativas sobre la capacidad del Gobierno para cobrar impuestos y endeudarse. Una discusi&oacute;n de estos temas se halla en Kneebone (1997).</p>     <p align="justify"><b>4. POL&Iacute;TICOS Y BUR&Oacute;CRATAS: LA TEOR&Iacute;A DE LA BUROCRACIA</b></p>     <p align="justify">La secci&oacute;n anterior se concentr&oacute; en la relaci&oacute;n de principal-agente entre los votantes y sus representantes y en algunas de las caracter&iacute;sticas normativas de los resultados pol&iacute;ticos. Pero se ignor&oacute;, en gran parte de la discusi&oacute;n, otro importante actor que aparece en la problem&aacute;tica de la elecci&oacute;n p&uacute;blica y que no es elegido: el bur&oacute;crata del sector p&uacute;blico.</p>     <p align="justify"><b>4.1. EL BUR&Oacute;CRATA MAXIMIZADOR DE PRESUPUESTO DE NISKANEN</b></p>     <p align="justify">El primer examen sistem&aacute;tico del papel de la burocracia en el proceso pol&iacute;tico fue realizado por William Niskanen en su gran obra, <i>Burocracia y gobierno representativo</i> (1971). Aunque algunos trabajos previos sobre la burocracia se hab&iacute;an desarrollado desde Weber (1947), con &uacute;tiles contribuciones de Buchanan (1965) y Downs (1967), Niskanen fue el primero en modelar formalmente el papel de la burocracia en el marco de la elecci&oacute;n p&uacute;blica. Es imposible exagerar la influencia del autor en esta &aacute;rea. Bendor (1988: 354), por ejemplo, reconoce el trabajo de Niskanen como “el generador de numerosos modelos formales... e incluso hoy en d&iacute;a es probablemente el autor m&aacute;s citado”. Citando a Goodin (1982), Blais y Dion (1991) reportan que Margaret Thatcher asign&oacute; a Niskanen (1975) como lectura obligatoria para los funcionarios p&uacute;blicos brit&aacute;nicos. Adem&aacute;s, Ronald Reagan nombr&oacute; a Niskanen como su consejero econ&oacute;mico.</p>     <p align="justify">En su modelo de burocracia Niskanen ve la relaci&oacute;n entre la burocracia y la legislatura (que es considerada como un principal) como un monopolio bilateral: un &uacute;nico vendedor ofreciendo a un &uacute;nico comprador. Una de las partes, la agencia gubernamental, ofrece un producto (alg&uacute;n paquete de servicios gubernamentales y bienes p&uacute;blicos) a los legisladores a cambio de un presupuesto. Se argumenta que “los incentivos relativos y la informaci&oacute;n disponible, bajo la mayor&iacute;a de circunstancias, le proporcionan al oferente un poder monopol&iacute;stico dominante” (1971: 30). En otras palabras, porque el oferente tiene mejor informaci&oacute;n con respecto a los costos y beneficios de los programas que ofrece; es dif&iacute;cil para los legisladores controlar la eficiencia de la producci&oacute;n. M&aacute;s a&uacute;n, como proveedores monopolistas est&aacute;n libres de presiones de competencia para hacerse eficientes; esta falta de competitividad tambi&eacute;n priva a los legisladores de una forma importante de medir la eficiencia del oferente. Dada la dificultad de la medici&oacute;n de los ingresos de los grupos burocr&aacute;ticos tambi&eacute;n se hace complicado relacionar los salarios de los bur&oacute;cratas y presupuestos, ya sea directa o indirectamente, con los resultados de productividad. Esto porque los bur&oacute;cratas rara vez tienen incentivos financieros para actuar de forma eficiente. Empresas privadas que operan ineficientemente pueden ser objeto de compra u otras formas de toma de control. Esa posibilidad es un importante mecanismo de control disciplinario para quienes manejan este sector. No hay tal amenaza para los bur&oacute;cratas del sector p&uacute;blico. Por todas estas razones, Niskanen percibe a los legisladores (el principal) como un operador pasivo que acepta o rechaza los presupuestos tal cual se lo presenta una agencia p&uacute;blica (el agente) que busca su inter&eacute;s particular, en un ambiente donde las presiones internas y externas para lograr la eficiencia est&aacute;n ausentes.</p>     <p align="justify">Si los bur&oacute;cratas en el modelo de Niskanen no persiguen la eficiencia, &iquest;qu&eacute; es lo que persiguen? Niskanen (1971: 38) establece un listado de variables que pueden entrar en la funci&oacute;n de utilidad de los bur&oacute;cratas: “salario, gajes del oficio, reputaci&oacute;n p&uacute;blica, poder, patrocinio, resultados logrados por la agencia que manejan, facilidades para hacer cambios y para el manejo de la misma”. Es importante notar que la mayor&iacute;a de estas variables son no pecuniarias y por lo tanto dif&iacute;ciles de medir. Se nota, sin embargo, que todas menos las dos &uacute;ltimas est&aacute;n positivamente relacionadas con el total del presupuesto, y de ah&iacute; su caracterizaci&oacute;n del bur&oacute;crata maximizador de presupuesto.</p>     <p align="justify">El modelo de Niskanen del bur&oacute;crata maximizador de presupuesto genera predicciones sombr&iacute;as sobre la eficiencia de las elecciones de los bur&oacute;cratas, lo cual se ilustrar&aacute; con un esquema bastante simple<a href="#9" name="n9"><sup>9</sup></a>. El grupo burocr&aacute;tico recibe un presupuesto que es funci&oacute;n de la demanda revelada del ingreso (G) de la agencia por medio de los legisladores, B (G). Esta funci&oacute;n, que tambi&eacute;n puede ser vista como una funci&oacute;n de beneficio p&uacute;blico revelada por la autoridad p&uacute;blica, se presume que crece a una tasa cada vez menor, por tanto la curva del beneficio marginal MB (G) se representa con una pendiente negativa en la <a href="f2">figura 2</a>. A cambio, el grupo burocr&aacute;tico se enfrenta a una funci&oacute;n de costos C (G) que va creciendo marginalmente; por tanto, posee una pendiente positiva como se observa en la misma <a href="#f2">figura 2</a>, MC (G). Se presume que, aunque el grupo conoce la forma de las curvas de costos y de beneficios, los legisladores conocen s&oacute;lo esta &uacute;ltima. As&iacute;, los legisladores s&oacute;lo pueden observar el producto final pero no pueden determinar si este resultado es o no una asignaci&oacute;n eficiente en el sentido de Pareto.</p>     <p align="justify">La asignaci&oacute;n eficiente en el sentido de Pareto para la agencia es el nivel de ingreso donde los beneficios p&uacute;blicos marginales se igualan a los costos p&uacute;blicos marginales, denotado como G* en la <a href="#f2">figura 2</a>. Bur&oacute;cratas maximizadores de presupuesto, por virtud de su posibilidad de adquirir mejor informaci&oacute;n con respecto a los costos de proveer los servicios, est&aacute;n en capacidad de expandir la producci&oacute;n hasta el punto G<sup>0</sup>, donde el presupuesto apenas cubre el costo de producci&oacute;n – B(G<sup>0</sup>)=C(G<sup>0</sup>). En el punto G<sup>0</sup>, el super&aacute;vit del consumidor sobre las unidades inframarginales hasta el punto (&aacute;rea E) se compensa exactamente por el exceso de costos marginales respecto de beneficios marginales de las unidades producidas en exceso de G* (&aacute;rea F). Por esto, la agencia monop&oacute;lica es capaz de capturar el super&aacute;vit del consumidor con sobreproducci&oacute;n. El &aacute;rea F es el costo de la burocracia descontrolada, generado por la informaci&oacute;n asim&eacute;trica. El modelo de Niskanen predice que el resultado no es Pareto eficiente, porque la producci&oacute;n ser&aacute; mayor que la &oacute;ptima (en t&eacute;rminos de la demanda revelada por la autoridad pol&iacute;tica), pero la producci&oacute;n se realiza eficientemente en el sentido de que se produce a un m&iacute;nimo costo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a name="f2"></a>Figura 2:    <br> La maximizaci&oacute;n del presupuesto burocr&aacute;tico de Niskanen</p>     <p align="justify"><img src="/img/revistas/rei/v1n1/v1n1a3g2.jpg"></p>     <p align="justify"><b>4.2. ALGUNAS EXTENSIONES E INVESTIGACIONES EMP&Iacute;RICAS</b></p>     <p align="justify">McGuire (1981: 315) anota que una importante implicaci&oacute;n del modelo de Niskanen est&aacute; dada porque cuando se llega al nivel maximizador del presupuesto su valor se eleva al tiempo que se reduce el costo de producci&oacute;n. Entonces, en equilibrio la “demanda (por el servicio del gobierno) siempre parece ser el&aacute;stica”. Incluso, McGuire demuestra que si el modelo de Niskanen es correcto la elasticidad precio de la demanda de los servicios del Gobierno se igualar&aacute; a -1 (en consecuencia, un incremento en un punto porcentual en el precio de los servicios gubernamentales genera una reducci&oacute;n de un punto porcentual en la demanda). Aunque McGuire no contrasta esta hip&oacute;tesis, s&iacute; examina algunos estudios anteriores sobre la elasticidad de la demanda de los servicios p&uacute;blicos, y afirma que lo que se tiende a encontrar son demandas inel&aacute;sticas. Por esto, concluye que la hip&oacute;tesis planteada posee poca evidencia emp&iacute;rica. Esta conclusi&oacute;n puede parecer un poco ligera. En ninguno de los estudios que el autor presenta se calcula la elasticidad precio de la demanda de los servicios p&uacute;blicos, e incluso los &uacute;nicos que poseen algunos c&aacute;lculos, Borcherding y Deacon (1972), sustentan la hip&oacute;tesis de la elasticidad unitaria –se encontr&oacute; que para cuatro de siete gobiernos no-federales, los servicios gubernamentales en los Estados Unidos presentan una elasticidad de demanda con respecto al precio marginal de los impuestos cercana a -1, y para otros, cercana a -0.9. Un estudio posterior de Wyckoff (1988) comprueba la hip&oacute;tesis de la elasticidad unitaria y encuentra que la elasticidad de demanda del gasto en capital es cercana a -1, pero para gastos de funcionamiento es solamente de -0.34. Borcherding (1985) reporta que Ott (1980) tambi&eacute;n encontr&oacute; evidencia que soporta la elasticidad unitaria. Niskanen (1991) reporta que sus trabajos preliminares (no publicados) sobre la demanda de defensa, que se asocian con la metodolog&iacute;a de Borcherding y Deacon, sugieren una elasticidad precio de la demanda alta pero negativa. As&iacute;, se puede establecer que existe evidencia suficiente para soportar la hip&oacute;tesis de una elasticidad alta y negativa de la demanda de servicios gubernamentales, lo cual es consistente con los resultados del modelo original de Niskanen. Como ha sido expuesto por Niskanen (1991), aunque estos resultados son sugestivos no constituyen una prueba contundente del modelo de maximizaci&oacute;n del presupuesto, porque no hay forma de saber cu&aacute;l es la funci&oacute;n subyacente de demanda de la poblaci&oacute;n.</p>     <p align="justify">Migue y Belanger (1974) proveen una extensi&oacute;n te&oacute;rica del modelo de Niskanen. Ellos reemplazan la idea de la maximizaci&oacute;n del presupuesto burocr&aacute;tico por una donde los bur&oacute;cratas maximizan un presupuesto <i>discrecional</i>, que es la diferencia entre el presupuesto total y el costo m&iacute;nimo de la producci&oacute;n esperada por la autoridad pol&iacute;tica. Este “super&aacute;vit” es empleado en personal adicional, gastos extras, capital, etc. Mientras que Niskanen (1971) predice que la asignaci&oacute;n resultante ser&aacute; demasiado grande (relativa al nivel eficiente en el sentido de Pareto) pero eficiente (generada al m&iacute;nimo costo); en el modelo de Migue y Belanger el resultado puede ser demasiado grande o peque&ntilde;o, pero siempre ser&aacute; ineficiente (es decir, con un costo superior al m&iacute;nimo). Por esto, mientras los modelos de Niskanen y de Migue y Belanger comparten la predicci&oacute;n de que los bur&oacute;cratas buscan presupuestos demasiado grandes, los modelos difieren en la forma como los super&aacute;vit ser&aacute;n distribuidos. Con posterioridad, Niskanen (1975, 1991) dio su aval a las extensiones de Migue y Belanger, las cuales “generalizan y simplifican” su modelo original (1991: 18).</p>     <p align="justify">Muchos estudios han tratado de analizar el grado hasta donde el sector p&uacute;blico sufre de la producci&oacute;n ineficiente predecida por Migue y Belanger. La aproximaci&oacute;n t&iacute;pica es la comparaci&oacute;n entre el costo unitario de los ingresos del Gobierno y los costos unitarios de las firmas privadas que generan un ingreso similar. Niskanen (1975) cita varios trabajos de este estilo, como los que estudian la producci&oacute;n de electricidad, la eficiencia de apagar incendios y el servicio de las aerol&iacute;neas. Trebilcock (1994) afirma que muchos estudios encuentran que los servicios que provee el Gobierno cuestan alrededor de 30% a 90% m&aacute;s que los servicios equivalentes provistos por el sector privado. Borcherding (1977: 62) habla de la “regla de duplicaci&oacute;n bur&oacute;cratica”, seg&uacute;n la cual “al remover una actividad del sector privado se duplican los costos unitarios de producci&oacute;n”. En un conjunto de estudios sobre el gasto del Gobierno, Savas (1982: 111) concluye que “se puede afirmar, por lo menos, que la producci&oacute;n p&uacute;blica de servicios no es superior a la producci&oacute;n privada, mientras que quienes creen <i>a priori</i> que los servicios producidos privadamente son mejores puedan hallar bastante evidencia en favor de su posici&oacute;n”<a href="#10" name="n10"><sup>10</sup></a>.</p>     <p align="justify">Aunque muchos estudios parecen mostrar que la producci&oacute;n del Gobierno es ineficiente, existen varias razones por las cuales se debe ser cauteloso en la interpretaci&oacute;n de esta evidencia como soporte para sustentar la ineficiencia de la burocracia. Primero, en muchos casos es dif&iacute;cil la medici&oacute;n de los productos producidos por el sector p&uacute;blico. &iquest;C&oacute;mo se pueden comparar los costos del sector p&uacute;blico con los costos del sector privado si no se puede medir correctamente lo producido? En segundo lugar, en muchos casos no hay un punto de referencia competitivo. En tercer lugar, como ha sido anotado por Rosen (1995), la eficiencia de una empresa –p&uacute;blica o privada– depende en gran medida del entorno del mercado en donde se opere. Una empresa p&uacute;blica que se encuentra en un ambiente de alta competencia puede ser muy eficiente, mientras que un monopolio de propiedad privada puede ser muy ineficiente. Un ejemplo de c&oacute;mo la competencia puede sobrepasar las ineficiencias burocr&aacute;ticas, se encuentra en los trabajos de Caves y Christensen (1980). Se compara la producci&oacute;n de dos l&iacute;neas f&eacute;rreas, una p&uacute;blica y otra privada, y no se encuentra evidencia de que el sistema p&uacute;blico sea m&aacute;s ineficiente. Se concluye que “cualquier tendencia hacia la ineficiencia resultante de la propiedad p&uacute;blica ha sido superada por los beneficios de la competencia” (p. 974).</p>     <p align="justify">Finalmente, la evidencia de que las agencias gubernamentales son ineficientes con respecto al sector privado puede no ser un claro indicio de la existencia de ineficiencia <i>burocr&aacute;tica</i> sino de ineficiencia <i>pol&iacute;tica</i>. Fiorina (1977) y Fiorina y Noll (1978) presentan una visi&oacute;n algo c&iacute;nica de que los pol&iacute;ticos llegan hasta promover la ineficiencia burocr&aacute;tica para que puedan intervenir en favor de sus votantes o cosechar los beneficios pol&iacute;ticos –“en un sentido bastante real cada (pol&iacute;tico) es un productor monop&oacute;lico de los servicios burocr&aacute;ticos para su distrito” (Fiorina, 1977: 43). M&aacute;s a&uacute;n, otra posibilidad es la de que los pol&iacute;ticos promuevan la ineficiencia para facilitar transferencias hacia grupos que se beneficien de ellas.</p>     <p align="justify">En una serie de trabajos importantes, Romer y Rosenthal (1978, 1979, 1982) investigaron el papel de control de la agenda en el proceso de elaboraci&oacute;n del presupuesto. Examinaron las implicaciones del “presupuesto b&aacute;sico” en los distritos escolares del estado norteamericano de Oregon. All&iacute; cada distrito escolar tiene un presupuesto b&aacute;sico, fijado por ley. Las autoridades de los distritos pueden obtener fondos suplementarios proponiendo un presupuesto superior, por medio de un referendo. Si el voto popular en el referendo es positivo, el presupuesto sugerido se convierte en el nuevo presupuesto b&aacute;sico. Si el referendo niega la propuesta, la base antigua sigue rigiendo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Referendos acerca de propuestas presupuestales ofrecen una &uacute;nica oportunidad para contrastar la teor&iacute;a de la burocracia maximizadora de presupuestos. En una democracia directa, el poder monop&oacute;lico y las ventajas de informaci&oacute;n que posee la burocracia se fortalecen. M&aacute;s a&uacute;n, la burocracia se encuentra en una mejor posici&oacute;n para controlar la agenda presupuestal bajo una democracia directa, que cuando las propuestas presupuestales se presentan ante una autoridad pol&iacute;tica. Para observar c&oacute;mo el control de la agenda puede afectar los resultados finales se debe considerar un modelo del votante mediano. La <a href="#f3">figura 3</a> muestra la funci&oacute;n de utilidad del votante mediano definida sobre gastos escolares G. Si el electorado tuviese la capacidad de votar sobre un rango de gastos, el resultado ser&iacute;a G*, el nivel preferido por el votante mediano. Sin embargo, bajo el esquema de Oregon esto no ocurre. En cambio, un nivel base G r se fija por ley. Lo anterior lleva a la posibilidad de que el distrito pueda llevar a cabo un referendo para cualquier nivel entre G r y G m, que puede ser G 0, y que reciba la aprobaci&oacute;n del votante mediano, porque se prefiera alguno de estos niveles m&aacute;s que G r. Por esto, cuando el presupuesto b&aacute;sico es menor que el nivel de mayor preferencia del votante mediano, se puede llevar a cabo un referendo para que se fuerce una expansi&oacute;n en el presupuesto que sobrepase el nivel de mayor preferencia del votante.</p>     <p align="justify"><a name="f3"></a>Figura 3:     <br> Presupuestaci&oacute;n b&aacute;sica</p>     <p align="justify"><img src="/img/revistas/rei/v1n1/v1n1a3g3.jpg"></p>     <p align="justify">En un an&aacute;lisis de corte transversal del gasto por estudiante, Romer y Rosenthal (1982) encontraron que para los distritos donde el presupuesto b&aacute;sico exced&iacute;a el nivel de mayor preferencia, el nivel medio de gasto por estudiante es virtualmente id&eacute;ntico al presupuesto b&aacute;sico, mientras que para los distritos donde el presupuesto b&aacute;sico es menor que el nivel preferido, el nivel medio del gasto por estudiante es 15% mayor. Mientras que esos estudios proveen un soporte convincente para el modelo de la burocracia, los resultados ilustran en forma m&aacute;s general el poder de quienes manejan la agenda presupuestal, ya sean bur&oacute;cratas, ministros del Gabinete o comisiones. En particular, si quien fija la agenda tiene una preferencia por el gasto gubernamental superior a la del votante mediano, el gasto tender&aacute; a ser mayor (v&eacute;ase, Filimon, Romer y Rosenthal, 1982).</p>     <p align="justify"><b>4.3. &iquest;C&Oacute;MO ES QUE UN BUR&Oacute;CRATA MAXIMIZADOR DE PRESUPUESTO RESPONDE A RECORTES DEL MISMO?</b></p>     <p align="justify">Niskanen presume un bur&oacute;crata maximizador de utilidad que busca maximizar el nivel del presupuesto (o del presupuesto discrecional). Sin embargo, en muchas jurisdicciones, la tendencia reciente es a reducir los gastos gubernamentales. Entonces, &iquest;c&oacute;mo responder&aacute; la burocracia maximizadora de utilidad a estos recortes? Algunos han sugerido que una implicaci&oacute;n del modelo de Niskanen es que la cabeza de la agencia va a reaccionar a estos recortes con la reducci&oacute;n de la cantidad y calidad de sus programas y servicios, en lugar de reaccionar con un recorte de personal. Laband (1983) investiga esta posibilidad en el caso de las reducciones generales impuestas en Estados Unidos por la administraci&oacute;n Reagan en 1983 y 1984. En un per&iacute;odo desde 1982 hasta 1984 los presupuestos de las agencias estudiadas por Laband se redujeron en 21%, mientras el n&uacute;mero promedio de trabajadores declin&oacute; s&oacute;lo en 5%. M&aacute;s a&uacute;n, en 91% de las agencias examinadas el recorte del presupuesto fue proporcionalmente mayor que la reducci&oacute;n en el personal. Laband concluye que los bur&oacute;cratas “tienden a recortar la carne m&aacute;s que la grasa” cuando ocurren recortes presupuestales (1983: 311).</p>     <p align="justify">De Groot y Van Der Sluis (1987) desarrollan un modelo formal que predice un comportamiento similar. Argumentan que los bur&oacute;cratas tratan de evitar “conflictos sociales” dentro de las agencias y, por tanto, “su prop&oacute;sito es de minimizar el conflicto y, en particular, la reducci&oacute;n de los despidos es un objetivo adicional que ha sido incorporado en los modelos sobre comportamiento burocr&aacute;tico en per&iacute;odos de recorte presupuestal” (p. 104)<a href="#11" name="n11"><sup>11</sup></a>. De Groot y Van Der Sluis conjeturan que para eludir conflictos dentro de las organizaciones los jefes de las agencias tratar&aacute;n en lo posible de aprovechar retiros voluntarios para hacer frente a recortes presupuestales, resisti&eacute;ndose a despedir trabajadores m&aacute;s all&aacute; de este nivel. El &eacute;xito de los jefes de agencias en lograrlo es una medida del poder de la burocracia. Los autores plantean como hip&oacute;tesis que la reducci&oacute;n en el empleo ser&aacute; mayor en las agencias en donde la rotaci&oacute;n natural de la fuerza de trabajo sea alta, ya que el recorte de personal en estas agencias no causar&aacute; conflictos sociales. Ellos probaron esta hip&oacute;tesis utilizando informaci&oacute;n de un departamento grande de econom&iacute;a de una universidad holandesa sometida a un recorte presupuestal. Encontraron que el tama&ntilde;o de la reducci&oacute;n en el n&uacute;mero de trabajadores se relaciona positivamente con el nivel de rotaci&oacute;n. Aunque la relaci&oacute;n es bastante d&eacute;bil, los resultados son consistentes con la idea de que los bur&oacute;cratas buscan minimizar el conflicto social evitando despidos cuando se presentan reducciones en el presupuesto.</p>     <p align="justify">Los bur&oacute;cratas que afrontan un recorte inminente en el presupuesto tambi&eacute;n tienden a cambiar la composici&oacute;n de la fuerza de trabajo dentro de su agencia. Quiz&aacute;s el ejemplo m&aacute;s conocido de este fen&oacute;meno es el de Parkinson, quien observ&oacute; que entre 1914 y 1928, despu&eacute;s de la Primera Guerra Mundial, el n&uacute;mero de embarcaciones en la armada brit&aacute;nica cay&oacute; 67%, mientras el n&uacute;mero de oficiales y marinos s&oacute;lo declin&oacute; 32%. En este mismo per&iacute;odo el personal administrativo se increment&oacute; 78%, haciendo que Parkinson afirmara que los brit&aacute;nicos ten&iacute;an “una magn&iacute;fica armada en tierra firme” (Parkinson, 1957: 7). Este tipo de expansionismo administrativo se ha denominado la “Ley de Parkinson”<a href="#12" name="n12"><sup>12</sup></a>.</p>     <p align="justify">McKee y Wintrobe (1993) ofrecen una explicaci&oacute;n de la “Ley de Parkinson” basada en la idea de que los bur&oacute;cratas buscan construir “redes verticales” con subalternos, las cuales establecen un ambiente de confianza y una suerte de “capital de red” dentro de la organizaci&oacute;n, lo que incrementa la productividad y reduce los costos de vigilancia. McKee y Wintrobe establecen como hip&oacute;tesis que la promoci&oacute;n de trabajadores de l&iacute;nea en posiciones administrativas es una forma de proteger del despido a empleados en los que han “acumulado” este tipo de capital; bas&aacute;ndose en la premisa de que es menos probable el recorte de personal en cargos administrativos. Utilizando datos del sistema de escuelas p&uacute;blicas de la provincia canadiense de Ontario, encontraron evidencia que sustenta la operaci&oacute;n de la “Ley de Parkinson”. Inclusive, hallaron que esta ley no se aplica s&oacute;lo al sector p&uacute;blico sino que puede presentarse tambi&eacute;n en el sector privado, con base en evidencia emp&iacute;rica de la industria sider&uacute;rgica en los Estados Unidos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Otro aspecto importante, de los recortes presupuestales y de los cambios institucionales que a menudo lo acompa&ntilde;an, son las condiciones bajo las cuales el actor central del proceso de toma de decisiones delega la responsabilidad de implementar recortes en actores locales o subsidiarios. Por ejemplo, si el Ministerio de Educaci&oacute;n Superior debe repartir un recorte en el sector de la educaci&oacute;n posecundaria, &iquest;deber&iacute;a ser una decisi&oacute;n centralizada, donde el ministro imparte &oacute;rdenes sobre cu&aacute;les departamentos y programas deben recortarse, o deber&iacute;a descentralizarse la decisi&oacute;n, dejando a las instituciones individuales la determinaci&oacute;n de d&oacute;nde efectuar ahorros?</p>     <p align="justify">Esta pregunta es resuelta por De Groot (1988)<a href="#13" name="n13"><sup>13</sup></a>, quien formula un modelo de principal-agente bajo informaci&oacute;n asim&eacute;trica, donde el actor central es el principal y el actor local es el agente. Se identifican dos beneficios de la descentralizaci&oacute;n de la decisi&oacute;n: el primero surge de la asimetr&iacute;a de informaci&oacute;n, porque el actor central puede no poseer la informaci&oacute;n espec&iacute;fica requerida para realizar los recortes eficientemente dentro de las agencias locales, y por esto la descentralizaci&oacute;n permite reducir la ineficiencia asociada con la falta de informaci&oacute;n; y el segundo se debe a que ser&aacute;n los actores locales los que implementen las modificaciones, y ellos tendr&aacute;n m&aacute;s compromiso con medidas de su autor&iacute;a o en cuya elaboraci&oacute;n participaron. Un ejemplo del primer beneficio de la descentralizaci&oacute;n surge si las preferencias difieren entre las regiones locales pero son homog&eacute;neas dentro de ellas. Las decisiones tomadas localmente pueden ser m&aacute;s ajustadas a las preferencias locales que las de autoridades centrales.</p>     <p align="justify">Breton (1990) identifica otros beneficios de la descentralizaci&oacute;n. Dejar que las decisiones sean tomadas por agencias locales puede generar una “competencia horizontal” entre ellas. Esto permite a las diferentes agencias experimentar con pol&iacute;ticas distintas, gener&aacute;ndose as&iacute; una difusi&oacute;n de innovaciones exitosas en pol&iacute;tica susceptibles de copia por otras agencias. La competencia horizontal entre agencias descentralizadas provee, a la autoridad central y a los votantes, puntos de referencia o <i>benchmarks</i> para que tengan formas de comparar la eficiencia regional de la toma de decisiones. Lo anterior tambi&eacute;n lleva a pol&iacute;ticas m&aacute;s eficientes.</p>     <p align="justify">De Groot identifica dos costos de la descentralizaci&oacute;n: (1) los actores locales son m&aacute;s sensibles al conflicto social que puede resultar de la necesidad de recortar personal, debido a los reducciones presupuestales, y por tanto tender&aacute;n a evitarlos; y (2) la descentralizaci&oacute;n puede incrementar la cantidad de tiempo requerido para implementar decisiones. Uno podr&iacute;a a&ntilde;adir dos costos potenciales a la lista de De Groot: (3) los actores locales ignoran el impacto de sus decisiones en otras jurisdicciones, lo cual puede generar ciertas externalidades de decisi&oacute;n; y (4) la descentralizaci&oacute;n puede llevar a que se dupliquen servicios y se pierdan econom&iacute;as de escala.</p>     <p align="justify">Para comprobar su modelo emp&iacute;ricamente, De Groot investig&oacute; el proceso de la reducci&oacute;n de camas en un hospital de los Pa&iacute;ses Bajos entre 1982 y 1984. A pesar de la dificultad de encontrar datos para llevar a cabo este estudio –el mayor problema fue la medici&oacute;n de los grados de descentralizaci&oacute;n– sus resultados tendieron a confirmar que el nivel de descentralizaci&oacute;n depende de los tipos de intercambios mencionados anteriormente. En particular, se encontr&oacute; que entre mayor sea la deficiencia en la informaci&oacute;n a nivel central, mayor ser&aacute; el nivel de descentralizaci&oacute;n.</p>     <p align="justify"><b>4.4. LA BUROCRACIA Y LA DEMANDA POR EL GASTO DEL GOBIERNO</b></p>     <p align="justify">Hasta ahora la discusi&oacute;n se ha concentrado en el impacto que tienen los bur&oacute;cratas en la generaci&oacute;n de los servicios gubernamentales. Tambi&eacute;n es posible que los bur&oacute;cratas afecten la demanda por servicios p&uacute;blicos por medio del impacto que pueden ejercer sobre los resultados electorales, dado su doble papel de votantes y consumidores. Buchanan (1977) trata este tema en una discusi&oacute;n sobre el conflicto de intereses que existe cuando los bur&oacute;cratas votan en las elecciones.</p>     <p align="justify">Muchos han formulado la hip&oacute;tesis de que los bur&oacute;cratas tienen una mayor preferencia por incrementos en los gastos del Gobierno que el votante t&iacute;pico, porque no s&oacute;lo se benefician de la provisi&oacute;n de bienes p&uacute;blicos como consumidores sino que tambi&eacute;n del prestigio, el poder, la seguridad de su trabajo, y la posibilidad de incrementar sus salarios como empleados gubernamentales. Otros han afirmado que los bur&oacute;cratas poseen un mayor poder de votaci&oacute;n que el que sugerir&iacute;a su n&uacute;mero porque “sus costos de informaci&oacute;n y de participaci&oacute;n pol&iacute;tica son relativamente bajos, pues los asuntos p&uacute;blicos son su negocio cotidiano”; por esto “ellos participan con mayor intensidad en toda clase de actividades pol&iacute;ticas, y particularmente en la votaci&oacute;n” (Pommerehne y Frey, 1978: 100).</p>     <p align="justify">Aunque la influencia de los empleados del Gobierno sobre el tama&ntilde;o del mismo, por medio de su comportamiento a la hora de votar, no requiere que la participaci&oacute;n electoral de los bur&oacute;cratas sea mayor que la del promedio, la probabilidad de que ellos influyan sobre el resultado depende de cada caso. Muchos estudios muestran que la participaci&oacute;n electoral es mayor para los bur&oacute;cratas que para el electorado como un todo (v&eacute;anse, por ejemplo, Bush y Denzau, 1977; Frey y Pommerenhe, 1982; Bennett y Orzechowski, 1983)<a href="#14" name="n14"><sup>14</sup></a>.</p>     <p align="justify">Incluso, si la participaci&oacute;n electoral de los empleados p&uacute;blicos es mayor que el promedio cabr&iacute;a preguntarse si sus preferencias con respecto al gasto gubernamental difieren significativamente de las preferencias del resto de la poblaci&oacute;n. Un estudio reciente realizado por Rubinfeld (1977) concluye que la probabilidad de que se vote por un incremento en los gastos de una escuela local de un suburbio en Detroit ser&aacute; mayor si el individuo est&aacute; empleado como maestro en el sector p&uacute;blico. Courant, Gramlich y Rubinfeld (1980) encuentran que los empleados del sector p&uacute;blico en Michigan tienden a ser menos favorables a las reducciones en los gastos del Estado que los empleados del sector privado. Ambos estudios tratan de controlar otros factores socio-econ&oacute;micos y demogr&aacute;ficos, y por tanto pretenden proveer alguna evidencia de que las preferencias de los empleados p&uacute;blicos, sobre el tama&ntilde;o del Gobierno, difieren del resto de la poblaci&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Santerre (1993), refiri&eacute;ndose al trabajo de Pommerehne y Frey (1978), investig&oacute; si la votaci&oacute;n de un empleado de una escuela p&uacute;blica ejerce mayor impacto en los gastos de la instituci&oacute;n, en los distritos de Estados Unidos, donde estas decisiones se toman por votaci&oacute;n directa, que en los distritos donde la decisi&oacute;n la toman representantes elegidos. Su hip&oacute;tesis es que la eliminaci&oacute;n del “intermediario” en una democracia directa incrementa el poder del voto de los empleados p&uacute;blicos. Se encuentra que el impacto del empleado p&uacute;blico sobre la decisi&oacute;n del gasto es marginalmente mayor (pero estad&iacute;sticamente significativo) en los distritos donde se ejerce la democracia directa. Lo anterior tiene dos implicaciones importantes. Se provee evidencia que soporta la hip&oacute;tesis de que las preferencias de los bur&oacute;cratas difieren de las preferencias del resto de la poblaci&oacute;n, y que dichas preferencias pueden resultar generando un gobierno m&aacute;s extenso. La segunda y quiz&aacute;s la m&aacute;s importante sugiere que “las instituciones pol&iacute;ticas son importantes en ciertas circunstancias” (Santerre, 1993: 196). En otras palabras, el marco institucional dentro del cual se toman decisiones de pol&iacute;tica puede efectivamente afectar los resultados pol&iacute;ticos.</p>     <p align="justify">Finalmente, Blais, Blake y Dion (1991) investigan la afirmaci&oacute;n de que bur&oacute;cratas maximizadores de presupuesto tienden a votar por los partidos de izquierda porque estos partidos suelen favorecer el gasto gubernamental. En numerosas elecciones en distintos pa&iacute;ses, incluyendo a Canad&aacute;, se encontr&oacute; evidencia sobre una dicotom&iacute;a en los patrones de votaci&oacute;n del sector privado y del p&uacute;blico, donde se expresa una marcada preferencia de los bur&oacute;cratas por los partidos de izquierda. Los autores concluyen que sus hallazgos sugieren un soporte “calificado” para el modelo del bur&oacute;crata maximizador de presupuesto.</p>     <p align="justify"><b>4.5. TEOR&Iacute;AS SOBRE EL CONTROL LEGISLATIVO DE LAS BUROCRACIAS</b></p>     <p align="justify">Un elemento importante de los modelos tipo Niskanen sobre la burocracia es el papel pasivo que cumple la autoridad pol&iacute;tica –los legisladores est&aacute;n efectivamente limitados ya sea a aceptar o a rechazar las propuestas sobre el presupuesto de las agencias burocr&aacute;ticas. Muchos autores han cuestionado el papel pasivo de los legisladores, argumentando que la autoridad pol&iacute;tica tiene un incentivo para vigilar a la burocracia y negociar con ella a fin de lograr resultados mejores para la legislatura. Las propuestas presupuestales son com&uacute;nmente vetadas por los ministros, en especial el de Finanzas, el Gabinete y las comisiones competentes. El resultado quiz&aacute; sea un compromiso entre los deseos de los bur&oacute;cratas maximizadores y los objetivos pol&iacute;ticos de los legisladores. Niskanen asume que las burocracias llevan las de ganar en este juego. Otros argumentan, por el contrario, que los legisladores poseen mayor poder por su control de las decisiones y por su habilidad en recolectar informaci&oacute;n y vigilar los resultados. Siguiendo a Carroll (1993) nos referiremos a lo anterior como “la teor&iacute;a del control legislativo” del sector p&uacute;blico.</p>     <p align="justify">La teor&iacute;a del control legislativo se puede pensar como una contraparte de la teor&iacute;a de la burocracia a la aproximaci&oacute;n de Chicago discutida antes, en cuanto ambas sugieren que la eficiencia pol&iacute;tica y las instituciones burocr&aacute;ticas son variables end&oacute;genas. Wittman, por ejemplo, argumenta que “el problema de principal-agente de las burocracias ha sido exagerado porque existen numerosos m&eacute;todos para reducir el potencial de oportunismo” y m&aacute;s a&uacute;n, “es pr&aacute;cticamente imposible encontrar una estructura alterna que sea t&eacute;cnicamente m&aacute;s eficiente” (1990: 12).</p>     <p align="justify">Numerosos autores han investigado el punto hasta d&oacute;nde los resultados reflejan las preferencias de la autoridad pol&iacute;tica sobre las preferencias de la burocracia. Proponentes de la teor&iacute;a del control legislativo afirman que la tendencia de las investigaciones a enfocarse en mecanismos formales de vigilancia y en incentivos burocr&aacute;ticos es err&oacute;nea. Por ejemplo, muchos han afirmado que la autoridad pol&iacute;tica s&oacute;lo se involucra espor&aacute;dicamente en la vigilancia y en el control de agencias. Algunos han interpretado esta intervenci&oacute;n espor&aacute;dica como algo que sugiere un ambiente a la manera de Niskanen, donde la burocracia puede hacer lo que le plazca, incluso hasta llegar a reinar por encima de la autoridad pol&iacute;tica. Weingast y Moran (1983), Weingast (1984) y McCubbins y Schwartz (1984) han argumentado que estas interpretaciones pueden resultar inapropiadas. Ellos afirman que el control pol&iacute;tico sobre las burocracias funciona con mecanismos menos expl&iacute;citos. Se afirma, por ejemplo, que los pol&iacute;ticos se encuentran en continuo contacto con sus electores, quienes son usuarios de los servicios provistos por las agencias. Por esto los legisladores est&aacute;n en capacidad de hacer el seguimiento de las acciones burocr&aacute;ticas indirectamente y a bajo costo, con el solo hecho de escuchar a sus electores. McCubbins y Schwartz se refieren a esto como la supervigilancia de la <i>alarma de incendios</i>, en contraposici&oacute;n al control de la <i>vigilancia policiva</i>. La autoridad pol&iacute;tica tambi&eacute;n controla la distribuci&oacute;n del dinero entre las agencias. Los pol&iacute;ticos prefieren dirigir fondos hacia las agencias que cumplan con sus deseos y favorezcan sus ambiciones. Los bur&oacute;cratas, que conocen esas circunstancias, tienen un incentivo para actuar de manera tal que puedan complacer a sus jefes pol&iacute;ticos. De esta manera, “la competencia por incrementos presupuestales... mitiga significativamente las asimetr&iacute;as de informaci&oacute;n sobre la producci&oacute;n burocr&aacute;tica” (Weingast, 1984: 155). Como resultado los autores niegan la existencia de la retrecher&iacute;a burocr&aacute;tica pero se&ntilde;alan que hay buenas razones para cuestionar la magnitud que &eacute;sta tendr&iacute;a seg&uacute;n los modelos del tipo Niskanen. M&aacute;s a&uacute;n, la falta de la intervenci&oacute;n y participaci&oacute;n pol&iacute;tica directa en las decisiones de las agencias puede no ser un indicio de retrecher&iacute;a burocr&aacute;tica sino de una burocracia que puede estar funcionando bien y que obra en funci&oacute;n de los deseos de sus principales pol&iacute;ticos.</p>     <p align="justify">En dos cuidadosos estudios de caso sobre comit&eacute;s de vigilancia del Congreso de los Estados Unidos, Weingast y Moran (1983) y Weingast (1984) buscan determinar la validez del modelo del control legislativo. Weingast y Moran examinan un cambio sustancial en la orientaci&oacute;n pol&iacute;tica de la Comisi&oacute;n Federal del Comercio (FTC) en los &uacute;ltimos a&ntilde;os de la d&eacute;cada del 70, y Weingast estudia cambios en la jurisdicci&oacute;n de la Comisi&oacute;n de Valores y Bolsas (SEC) durante los primeros a&ntilde;os de la d&eacute;cada del 60. Los autores argumentan que en ambos casos lo cambios de pol&iacute;tica no se precipitaron ni por iniciativa burocr&aacute;tica ni por la necesidad de sancionar una burocracia desenfrenada. Por el contrario, la evidencia sugiere que los cambios pol&iacute;ticos reflejan un cambio en el clima pol&iacute;tico y cambios en los miembros de los comit&eacute;s competentes del Congreso. En ambos casos los autores concluyen que la evidencia es consistente con un ambiente en donde el Congreso controla las agencias, y no al contrario.</p>     <p align="justify">Spillar (1990) tambi&eacute;n ofrece evidencia sobre la teor&iacute;a del control legislativo. Considera un juego m&uacute;ltiple de principal-agente (con tres jugadores) que involucra al Congreso (quien representa los intereses de los consumidores), un regulador burocr&aacute;tico y un grupo de inter&eacute;s industrial. El Congreso y el regulador tienen una relaci&oacute;n de principal-agente, en donde las acciones del regulador no son perfectamente observadas por el Congreso. Es claro que existe espacio para que el Congreso ejerza influencia sobre el regulador si existen los incentivos apropiados... Sin embargo, Spillar argumenta que el grupo de inter&eacute;s industrial tambi&eacute;n est&aacute; en capacidad de influir al regulador. Observa que los bur&oacute;cratas generalmente dejan el servicio p&uacute;blico por alg&uacute;n trabajo en el sector industrial regulado, y conjetura que esta reciprocidad potencial (o “soborno”) puede tambi&eacute;n afectar el comportamiento del regulador. Spillar establece su modelo emp&iacute;rico por medio de la estimaci&oacute;n de los determinantes de la probabilidad condicional de que los reguladores de las tres agencias trabajen en el sector regulado, despu&eacute;s de su empleo gubernamental. Se demuestra que entre mayor sea el presupuesto discrecional otorgado al regulador cuando trabajaba para el Gobierno, menor es la probabilidad de que &eacute;l/ella sea un trabajador potencial de la industria regulada. Tambi&eacute;n se demuestra que poseer previamente un empleo p&uacute;blico incrementa la probabilidad de trabajar en la industria regulada. Bas&aacute;ndose en estos hallazgos, el autor “no rechaza la existencia de un problema de agencia entre el Congreso y sus agencias regulatorias”; m&aacute;s a&uacute;n, “mientras el Congreso parece utilizar su presupuesto para disciplinar a los reguladores, su control sobre ellos no parece ser perfecto” (Spillar, 1990: 98).</p>     <p align="justify"><b>4.6. REFORMANDO, REPENSANDO, REHACIENDO, RECONSTRUYENDO Y REINVENTANDO LA BUROCRACIA</b></p>     <p align="justify">Se ha desarrollado toda una corriente de investigaci&oacute;n que busca la reforma burocr&aacute;tica. El estudio sobre la burocracia casi se ha incorporado a la Nueva Era, como lo ilustra la popularidad de <i>Reinventando el Gobierno</i>, de Osborne y Gaebler (1992), sin lugar a dudas el &uacute;nico libro que logr&oacute; posicionarse dentro de la lista de los mejor vendidos, dentro de lo que han llamado McKee y Wintrobe (1993: 309) el “tema notoriamente aburrido de la administraci&oacute;n p&uacute;blica”<a href="#15" name="n15"><sup>15</sup></a>. Esta corriente de reforma burocr&aacute;tica se ha convertido en una bonanza no s&oacute;lo para las editoriales. Varios estados norteamericanos han emprendido grandes reformas burocr&aacute;ticas. El Gobierno federal de Estados Unidos est&aacute; en proceso de “reinventarse”, a partir del “National Performance Review” del Vicepresidente Gore. Uno de sus precedentes fue la iniciativa Servicio P&uacute;blico 2000 del Gobierno federal canadiense en 1990.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Muchos de los estudios discutidos en este art&iacute;culo sugieren que la ineficiencia potencial de la burocracia surge por dos razones b&aacute;sicas: (1) la posici&oacute;n monop&oacute;lica de los grupos burocr&aacute;ticos implica una falta de presi&oacute;n competitiva que genere resultados eficientes; y (2) la informaci&oacute;n asim&eacute;trica implica que la autoridad pol&iacute;tica no pueda vigilar y controlar burocracia, a menos que asuma costos significativos para ese efecto. Casi todas las reformas burocr&aacute;ticas discutidas en la literatura popular pueden relacionarse con estos dos factores. Si bien limitaciones de espacio impiden una discusi&oacute;n completa del &aacute;mbito de la reforma burocr&aacute;tica, algunos de los temas cr&iacute;ticos sugeridos por la literatura se resumen a continuaci&oacute;n.</p>     <p align="justify"><i><b>4.6.1. Elecci&oacute;n versus voz</b></i></p>     <p align="justify">Albert Hirschman (1970) enfatiza la diferencia entre “elecci&oacute;n versus voz” como una manera alternativa de los consumidores para comunicar sus preferencias por bienes y servicios p&uacute;blicos; esta distinci&oacute;n tambi&eacute;n es &uacute;til cuando se piensa en las reformas burocr&aacute;ticas. El punto central de Hirschman es que algunos mercados se caracterizan por libre movilidad (y otros rasgos importantes), que permiten a los consumidores comunicar sus preferencias por medio de actos de elecci&oacute;n (lo que Hirschman llama “salida”) –si los consumidores no est&aacute;n de acuerdo con el precio y calidad de alg&uacute;n servicio de un proveedor, simplemente eligen cualquier otro. En estos mercados la competencia surgida de la posibilidad que tienen los consumidores para elegir lleva a resultados eficientes. En otros casos, la elecci&oacute;n no es posible (o permitida) y por tanto las preferencias de los consumidores s&oacute;lo pueden manifestarse por fuera del marco del mercado; por ejemplo, por medio de la expresi&oacute;n de sus puntos de vista en el proceso pol&iacute;tico: el ejercicio de la voz.</p>     <p align="justify">Muchos, de quienes apoyan las reformas burocr&aacute;ticas, argumentan que existe mayor espacio potencial para la elecci&oacute;n (es decir, competencia) en actividades del sector p&uacute;blico que el que tradicionalmente se le ha dado. Si se otorga m&aacute;s campo a la elecci&oacute;n se mejora la eficiencia. Incluso algunos argumentan que la aparente ineficiencia de la burocracia no es culpa de la provisi&oacute;n p&uacute;blica de servicios sino de la ausencia de competencia. Por ejemplo, en sus estudios de sistemas ferroviarios p&uacute;blicos y privados Caves y Christensen (1980: 974) concluyen “que la muy mencionada ineficiencia de las empresas del gobierno surge de la carencia de competencia efectiva, m&aacute;s que de su propiedad p&uacute;blica <i>per se</i>”.</p>     <p align="justify">Por supuesto, no siempre hay espacio para la competencia del sector privado; incluso, se debe cuestionar la presencia del suministro p&uacute;blico de bienes y servicios cuando esa posibilidad existe. Pero esto no significa que los beneficios de la competencia deban sacrificarse. Por ejemplo, muchos de los que apoyan la competencia entre agencias burocr&aacute;ticas pretenden simular las presiones de un mercado competitivo para lograr las eficiencias asociadas. La creaci&oacute;n de “competencia horizontal” entre las agencias tiene un campo de aplicaci&oacute;n muy amplio. Una clase de competencia horizontal ocurre cuando las agencias poseen jurisdicciones traslapadas, de tal manera que los clientes tienen la capacidad de acudir a m&aacute;s de una agencia por el mismo servicio. Las ganancias en eficiencia, que surgen de este tipo de competencia, pueden superar las p&eacute;rdidas debidas a la duplicaci&oacute;n de servicios. Es importante tener estas consideraciones en mente, a la luz de esfuerzos recientes, para eliminar las redundancias en servicios entre y dentro de gobiernos, con el fin de ahorrar dinero y producir servicios comunes con mayor eficiencia (Purchase y Hirshhorn, 1994: 8). Mientras estos esfuerzos sean loables se deben tener en cuenta las posibles p&eacute;rdidas. Un sistema m&aacute;s centralizado y coordinado no es necesariamente m&aacute;s eficiente. Como ha se&ntilde;alado Landau (1969: 356), “si no existe duplicaci&oacute;n, si no se presenta la superposici&oacute;n, y si no hay ambig&uuml;edad, una organizaci&oacute;n no ser&aacute; capaz de suprimir errores ni generar rutas alternativas de acci&oacute;n”. La duplicaci&oacute;n y la superposici&oacute;n pueden, en algunas circunstancias, actuar como un mecanismo de control para reducir la ineficiencia inherente en la provisi&oacute;n burocr&aacute;tica de bienes y servicios. Si esto es cierto, la consolidaci&oacute;n de las funciones de las agencias y jurisdicciones puede incrementar los gastos porque se reducir&aacute;n los incentivos de competencia y se generar&aacute;n mayores costos de vigilancia. As&iacute;, las ganancias de la cooperaci&oacute;n entre las agencias <i>pueden</i> ser pasajeras; los costos pueden incrementarse en el largo plazo debido a la falta de competencia horizontal<a href="#16" name="n16"><sup>16</sup></a>.</p>     <p align="justify">La competencia horizontal entre agencias no necesita ser expl&iacute;cita cuando hay m&uacute;ltiples agencias que proveen el mismo servicio a la misma gente. Otro tipo de competencia horizontal surge cuando agencias similares proveen servicios a personas diferentes. Este tipo de competencia horizontal puede estimular la innovaci&oacute;n en pol&iacute;ticas y puede solucionar algunos de los problemas de informaci&oacute;n que se derivan de las relaciones de principal-agente debido a que le brinda a la autoridad pol&iacute;tica unos est&aacute;ndares sobre los cuales puede juzgar la eficiencia (Breton, 1990). Rose-Ackerman (1986) propone el uso de “torneos”, por medio de los cuales las agencias reciben “premios” por su desempe&ntilde;o como una forma de incentivar la competencia entre ellas.</p>     <p align="justify">El establecer est&aacute;ndares y la competencia horizontal no debe restringirse a las agencias de una determinada jurisdicci&oacute;n pol&iacute;tica. La comparaci&oacute;n entre agencias de diferentes jurisdicciones, nacional e internacionalmente, puede ayudar mucho a recolectar informaci&oacute;n con respecto a la eficiencia de la burocracia. Encontrar datos sobre este tema es frecuentemente un problema –como lo muestran Purchase y Hirshhorn (1994: 49), cuando afirman que no existe todav&iacute;a “una fuente de informaci&oacute;n internacional aceptable sobre el sector p&uacute;blico”.</p>     <p align="justify">La creaci&oacute;n de la competencia en los servicios gubernamentales internos tambi&eacute;n ofrece la posibilidad de generar mejoras en la eficiencia. Muchas agencias gubernamentales no proveen servicios al p&uacute;blico sino a otras agencias –la imprenta gubernamental, los suministros de oficina y el mantenimiento y vigilancia, son ejemplos obvios. En la medida en que estos servicios internos posean una posici&oacute;n monop&oacute;lica como proveedores &uacute;nicos de servicios gubernamentales se pueden esperar precios altos y baja calidad. Una posibilidad evidente ser&iacute;a privatizar o contratar externamente estos servicios, pero la introducci&oacute;n de la competencia puede lograr el mismo prop&oacute;sito.</p>     <p align="justify">No siempre es posible introducir la elecci&oacute;n por medio de la competencia dentro del sector p&uacute;blico. Muchas de las actividades de este sector existen precisamente porque las imperfecciones del mercado son tales que la actividad no podr&iacute;a emprenderse con eficiencia en un ambiente competitivo. En el marco de “elecci&oacute;n versus voz” no siempre las reformas burocr&aacute;ticas deben concentrarse en el desarrollo de la elecci&oacute;n... La forma de expresi&oacute;n m&aacute;s obvia para la “voz” es la urna de votaci&oacute;n. Pero el registro de las preferencias por medio de votaci&oacute;n es complicado: las oportunidades para hacerlo son poco frecuentes y generalmente se vota por un paquete de reformas, en lugar de hacerlo una por una. Sin embargo, algunos procedimientos pueden adoptarse para facilitar la revelaci&oacute;n de las preferencias de los consumidores por medio de la voz. Recu&eacute;rdese que la piedra angular de la teor&iacute;a del control legislativo sobre la burocracia es la capacidad de los consumidores o clientes para ejercer control sobre las agencias, con costos bajos y como un insumo de la autoridad pol&iacute;tica. Una de las debilidades de esta teor&iacute;a es la presunci&oacute;n de que este tipo de vigilancia se genera naturalmente. Sin embargo, instituciones y mecanismos pueden ser establecidos para facilitar este proceso. Consejos escolares, mesas redondas y grupos de asesor&iacute;a de consumidores, trabajadores y acad&eacute;micos, no s&oacute;lo facilitan el control burocr&aacute;tico y revelan las preferencias de los consumidores sino que tambi&eacute;n pueden incentivar la formaci&oacute;n de alianzas entre los diversos agentes del proceso, que permitan compartir conocimientos y recursos. Osborne y Gaebler (1992), por ejemplo, enfatizan la importancia de establecer relaciones entre el Gobierno y la comunidad, que ellos llamaron “la comunidad que es due&ntilde;a del Gobierno”. Lo anterior, no s&oacute;lo permite que los servicios sean m&aacute;s flexibles y m&aacute;s ajustados a las necesidades (o preferencias) de la comunidad sino que genera ahorros. Por esto la descentralizaci&oacute;n puede facilitar la elecci&oacute;n por medio de la competencia horizontal y a la vez facilitar el proceso de la expresi&oacute;n por la “voz” al acercar las agencias a los consumidores.</p>     <p align="justify">Un asunto importante que no ha sido tocado se refiere a las condiciones con las cuales es aconsejable fortalecer la elecci&oacute;n o la voz para buscar ganancias de eficiencia. Dentro de cada una de estas categor&iacute;as existen muchas aproximaciones y arreglos institucionales posibles. La cuesti&oacute;n del instrumento m&aacute;s apropiado, aunque muy importante, excede los alcances de este art&iacute;culo. Sin embargo, la aplicaci&oacute;n dogm&aacute;tica de un solo enfoque, en una diversidad de agencias gubernamentales, puede que probablemente no produzca ganancias de eficiencia, por el contrario, puede empeorar las cosas. El mercado y factores tecnol&oacute;gicos, institucionales y pol&iacute;ticos afectan la selecci&oacute;n del instrumento. Dada la diversidad de los bienes y servicios ofrecidos por el sector p&uacute;blico sugiere que, aunque muchas metas y principios comunes pueden ser aplicables, un enfoque que considere las particularidades de cada caso, cada agencia y cada servicio probablemente arroje mejores resultados. Una reforma “de una sola talla” para todas las instituciones tiene poca probabilidad de &eacute;xito. V&eacute;anse Hirshman (1970), Trebilcock (1994), Purchase y Hirshhorn (1994), y Trebilcock, Hartle, Pritchard, y Dewees (1982) para mayor informaci&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Algunas de las reformas institucionales realizadas en Alberta han servido para incentivar la voz y la elecci&oacute;n [Bruce, Kneebone y McKenzie (1997), cap&iacute;tulos 5, 9, 10 y 11].</p>     <p align="justify"><b><i>4.6.2. Delegaci&oacute;n, vigilancia e incentivos</i></b></p>     <p align="justify">A pesar de las cr&iacute;ticas de Niskanen, es claro que la autoridad pol&iacute;tica no es del todo impotente en lo que se refiere al control y vigilancia de la burocracia. El papel que desempe&ntilde;an las comisiones parlamentarias fue discutido en las secciones 3.6 y 4.5. Medidas del desempe&ntilde;o –equivalentes del sector p&uacute;blico de la gerencia por objetivos– son otro mecanismo que puede utilizarse en el Gobierno.</p>     <p align="justify">Las medidas de desempe&ntilde;o en el sector p&uacute;blico cumplen tres funciones. Primero, act&uacute;an como una forma de transmitir informaci&oacute;n para facilitar las elecciones del p&uacute;blico. Los consumidores s&oacute;lo pueden tomar decisiones informadas sobre cuestiones de salud y educaci&oacute;n si est&aacute;n en capacidad de comparar las diferentes agencias que proveen dichos servicios. Segundo, los indicadores de desempe&ntilde;o pueden facilitar la expresi&oacute;n por la voz, de manera an&aacute;loga, se mejora el suministro de informaci&oacute;n al consumidor que le resulte &uacute;til para presionar a los pol&iacute;ticos. Tercero, los indicadores pueden cumplir un papel importante en el monitoreo y en el control de la burocracia. De nuevo, esto puede hacerse s&oacute;lo con prop&oacute;sitos de informaci&oacute;n; pero muchos autores que promueven estos indicadores afirman que sus beneficios reales se dan cuando los mismos se vinculan a incentivos.</p>     <p align="justify">Muchos son esc&eacute;pticos acerca de la utilidad de medidas de desempe&ntilde;o para incrementar la eficiencia burocr&aacute;tica. Con frecuencia es dif&iacute;cil desarrollar indicadores significativos del producto en el sector p&uacute;blico. Aun si esos productos son medibles no hay puntos de referencia (<i>benchmarks</i>) relevantes. (Sin embargo, v&eacute;ase la discusi&oacute;n anterior sobre la competencia horizontal). En estos casos, existe una tendencia de medir insumos (o esfuerzos) m&aacute;s que resultados. Pero esto puede generar problemas. En muchas actividades del sector p&uacute;blico la relaci&oacute;n entre el esfuerzo y el desempe&ntilde;o es poco entendida. En la secci&oacute;n 4.3 una versi&oacute;n de la Ley de Parkinson se formul&oacute; para ilustrar el hecho de que la administraci&oacute;n crece aun cuando las agencias est&aacute;n en proceso de marchitarse. Una versi&oacute;n m&aacute;s popular de la Ley de Parkinson es: <i>el trabajo se expande hasta copar el tiempo disponible para hacerlo</i>. Lo anterior sugiere que en muchas burocracias no existe una relaci&oacute;n clara entre insumos y productos –los bur&oacute;cratas inevitablemente siempre est&aacute;n ocupados, sin que importe cu&aacute;ntos haya, ni qu&eacute; trabajo tengan.</p>     <p align="justify">Aunque esta visi&oacute;n de la burocracia tiene alg&uacute;n m&eacute;rito, deja de lado un punto esencial. La teor&iacute;a del principal-agente se basa en la idea de que el principal no puede evaluar directamente la calidad (o cantidad) de los insumos utilizados por el agente. Cuando este es el caso, la eficiencia puede lograrse premiando al agente sobre la base de alguna medida relacionada con su desempe&ntilde;o pasado. No se requiere que el esfuerzo del agente sea el &uacute;nico determinante del resultado, ni que su producto pueda medirse perfectamente. Desde que exista alguna correlaci&oacute;n entre el esfuerzo y el desempe&ntilde;o, y entre la medici&oacute;n, tal vez imperfecta, de este &uacute;ltimo y el producto subyacente no observable, es posible dise&ntilde;ar un esquema de incentivos que incremente la eficiencia. Esto no quiere decir que no sean necesarios esfuerzos para generar mejores medidas de desempe&ntilde;o. La magnitud de las mejoras en eficiencia tiene relaci&oacute;n directa con la precisi&oacute;n de la medida de desempe&ntilde;o que se utilice. M&aacute;s a&uacute;n, pueden desarrollarse acciones para aliviar problemas de medici&oacute;n. Carroll (1993), por ejemplo, recomienda segmentar las funciones de la burocracia en paquetes discretos para que se produzcan resultados identificables con mayor facilidad. Cassidy (1994) discute algunas iniciativas tomadas por el gobierno federal en Canad&aacute; para desarrollar “agencias operativas especiales” que se escinden de agencias existentes con el fin de cumplir funciones bien definidas.</p>     <p align="justify">El &eacute;nfasis de quienes apoyan la utilizaci&oacute;n de las medidas de desempe&ntilde;o en el sector p&uacute;blico, para medir aunque sea imperfectamente los resultados obtenidos en vez de los insumos del proceso, es consistente con la idea b&aacute;sica de la teor&iacute;a del principal-agente. M&aacute;s a&uacute;n, intentos mal concebidos de medir los insumos pueden llevar a incentivos perversos, como el fen&oacute;meno de que “lo que se mide se hace” (Gaebler y Osborne, 1992).</p>     <p align="justify">Otro ejemplo de lo anterior puede hallarse en la tradici&oacute;n del presupuesto por l&iacute;neas empleado por muchos gobiernos. Esta t&eacute;cnica se usa para vigilar los gastos de las agencias y asegurar que los recursos lleguen a su destino. De ordinario es dif&iacute;cil trasladar partidas de un rubro a otro, puesto que las solicitudes pueden ser penalizadas con una p&eacute;rdida de asignaci&oacute;n presupuestal. Por su temor de perder parte del presupuesto, quienes manejan las agencias tienden a adoptar una actitud de “lo gasta o lo pierde”; lo cual incentiva a las burocracias a despilfarrar dinero. Algunos gobiernos locales y federales se est&aacute;n moviendo hacia lo que Osborne y Gaebler (1992: 122) han llamado “presupuesto dirigido por misi&oacute;n”. Bajo este enfoque los bur&oacute;cratas reciben un presupuesto global y pueden asignar los fondos a su discreci&oacute;n; cualquier ahorro logrado sigue disponible para la agencia. En lugar de concentrarse en la medici&oacute;n de los insumos presupuestales, el presupuesto dirigido por misi&oacute;n se preocupa m&aacute;s por medir los resultados.</p>     <p align="justify">La delegaci&oacute;n de autoridad discrecional impl&iacute;cita en el presupuesto dirigido por misi&oacute;n hace m&aacute;s probable que el personal de la agencia se comprometa (<i>buy in</i>) con el sistema. Purchase y Hishhorn (1994: 18) comentan acerca de la necesidad de incentivar “un compromiso internalizado con un objetivo com&uacute;n por parte de quienes conforman una organizaci&oacute;n”; Thompson y Fryer (1994) se refieren a la importancia del respeto hacia la cultura corporativa o de la organizaci&oacute;n, partiendo de la base de que el entenderla es el primer paso para cambiarla o reorientarla. Un movimiento hacia un mayor nivel de delegaci&oacute;n y autonom&iacute;a para los funcionarios (denominada <i>empowerment</i> en ingl&eacute;s), junto con los cambios asociados con la cultura organizacional, ha sido parte importante de las reformas burocr&aacute;ticas en Canad&aacute; y Estados Unidos. Por ejemplo, Thomas (1993) reporta que el programa del gobierno federal canadiense, Servicio P&uacute;blico 2000, tiene una composici&oacute;n de 10% de cambios legislativos, 20% de modificaciones al sistema y 70% de cambios en la cultura organizacional. El programa STEP, de b&uacute;squeda de la excelencia en el desempe&ntilde;o, instituido por el Gobierno estatal de Minnesota hace mucho &eacute;nfasis en el proceso de delegaci&oacute;n y autonom&iacute;a de los funcionarios. Sin embargo, uno no debe enredarse en la ret&oacute;rica de la delegaci&oacute;n y la autonom&iacute;a de los funcionarios –tambi&eacute;n existen costos–. Incrementar la autoridad discrecional de los funcionarios ampl&iacute;a las oportunidades de que la burocracia persiga sus propios intereses que pueden ser incompatibles con los deseos de la autoridad pol&iacute;tica. Como se&ntilde;ala Thomas (1993: 56), “los fil&oacute;sofos de la descentralizaci&oacute;n deben reconocer los requerimientos constitucionales de la responsabilidad ministerial”. En el extremo, gerentes p&uacute;blicos con una orientaci&oacute;n empresarial pueden minar las bases de la responsabilidad ministerial. Trebilcock (1994: 66-7) argumenta que tambi&eacute;n surgir&aacute;n “problemas pol&iacute;ticos” asociados con una burocracia descentralizada y orientada a resultados. Afirma que las pol&iacute;ticas de personal m&aacute;s flexibles asociadas con este enfoque “pueden generar serias tensiones con las convenciones existentes relativas a la estabilidad laboral en la funci&oacute;n p&uacute;blica” y que “probablemente ser&aacute;n resistidas por un grupo de presi&oacute;n, los trabajadores sindicalizados que tienen gran capacidad de perturbar las actividades gubernamentales si sus intereses no se tienen en cuenta de alguna manera”.</p>     <p align="justify">Finalmente, como lo sugieren Hettich y Winer (1995: 28-9), otro m&eacute;todo para controlar la burocracia del sector p&uacute;blico es la politizaci&oacute;n de sus cargos m&aacute;s altos. Mientras esto ayuda a asegurar la sumisi&oacute;n burocr&aacute;tica por medio de “amarrar (a los altos funcionarios) a una estructura de recompensas y sanciones”, Hettich y Winer establecen que hay costos sociales asociados a la politizaci&oacute;n, particularmente en un sistema parlamentario. La pr&aacute;ctica de nombramientos pol&iacute;ticos puede inhibir la formaci&oacute;n de relaciones contractuales de largo plazo entre el sector p&uacute;blico y privado.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b><i>4.6.3. Incrementalismo y dependencia de trayectorias previas</i></b></p>     <p align="justify">La velocidad de las reformas es otra consideraci&oacute;n importante. Dilulio, Garvey y Kettl (1993: 6) proponen “un proceso incremental, evolucionario y experimental”, por cuanto las tradiciones burocr&aacute;ticas han evolucionado lentamente, y por lo mismo deben modificarse, tambi&eacute;n de manera gradual. Los autores argumentan que “quienes hacen pol&iacute;ticas generalmente se enga&ntilde;an a s&iacute; mismos cuando piensan que ‘un estudio comprensivo&rsquo; o ‘una acci&oacute;n audaz e innovadora&rsquo; puede producir cambio &uacute;til y duradero”, y concluyen que “esfuerzos para hacer reformas estructurales ‘de una vez por todas&rsquo; ser&aacute;n vanas” (p. 2). Trebilcock (1994: 72) coincide y se&ntilde;ala que “los cambios sist&eacute;micos” deben ser cuidadosamente estudiados, porque “generalmente no se conocen de antemano sus efectos sociales de eficiencia y distribuci&oacute;n”.</p>     <p align="justify">Pero el incrementalismo no est&aacute; exento de problemas. Jackson (1982) discute la tendencia de los gobiernos a usar una mec&aacute;nica presupuestal incremental, donde s&oacute;lo <i>cambios</i> decrementales se someten al escrutinio de la autoridad pol&iacute;tica. Una posible raz&oacute;n es que los legisladores tienen mayor conocimiento e informaci&oacute;n sobre los costos y los beneficios de operaciones adicionales y nuevos programas, que acerca de operaciones actuales o pasadas –la asimetr&iacute;a de informaci&oacute;n entre los legisladores y la burocracia es menos pronunciada. Este enfoque tiene varios problemas.</p>     <p align="justify">Primero, cuando las decisiones se toman incremental y secuencialmente algunas oportunidades se desperdician porque no se tienen en cuenta en el proceso de decisi&oacute;n –el orden y la agenda importan. Segundo, las decisiones pueden ser fragmentarias, generando posibles incompatibilidades e inconsistencias a la hora de tomarlas<a href="#17" name="n17"><sup>17</sup></a>. Tercero, en cuanto un presupuesto (o una pol&iacute;tica) anterior se encuentre en el aura de las omisiones <i>de facto</i>, el an&aacute;lisis de Romer y Rosenthal (1978, 1979, 1982) sobre los presupuestos ligados a medidas de desempe&ntilde;o se hace relevante. Sugieren que la burocracia puede presentar presupuestos que, aunque difieran de la elecci&oacute;n m&aacute;s preferida de los legisladores, pueden ser aceptados. Aunque enmarcado en un contexto de an&aacute;lisis presupuestal, este razonamiento es aplicable a cualquier tipo de reforma de pol&iacute;ticas. El punto es bien importante porque enfatiza el papel que la burocracia puede tener al influir sobre la direcci&oacute;n de una reforma por medio de su control de la agenda; particularmente en escenarios de tipo incremental. Finalmente, dado el postulado de la preferencia burocr&aacute;tica por “la facilidad de manejo de la entidad” (Niskanen, 1971: 38) y la hip&oacute;tesis de que las agencias tratan a eludir conflictos sociales (De Groot y Van Der Sluis, 1987), no es obvio que una aproximaci&oacute;n incrementalista genere el &iacute;mpetu necesario para el cambio. Tal vez sea necesario un “ambiente de crisis” para precipitar el conflicto social indispensable para el cambio verdadero. Junto con incentivos y una apropiada delegaci&oacute;n de autoridad discrecional, la crisis puede liberar las energ&iacute;as creativas y el esp&iacute;ritu empresarial de la burocracia de una manera m&aacute;s eficaz que una aproximaci&oacute;n incremental.</p>     <p align="justify">El papel de las crisis en forzar las reformas institucionales tiene relaci&oacute;n con la noci&oacute;n de la dependencia de trayectoria previa (<i>path dependency</i>) en la evoluci&oacute;n de la pol&iacute;tica p&uacute;blica; donde las reformas pol&iacute;ticas tienden a estar autocorrelacionadas, en el sentido de que los cambios actuales reflejan decisiones previas de pol&iacute;tica. Esta idea ha sido discutida por Wilsford (1994) y North (1990), entre otros. North argumenta que por el hecho de existir costos sustanciales de montaje, de transacci&oacute;n y de informaci&oacute;n asociados con las reformas institucionales, hay una tendencia a concebir los cambios de pol&iacute;tica dentro de un contexto de estructuras e instituciones ya existentes –los movimientos pol&iacute;ticos tienden a ser incrementales, siguiendo una trayectoria determinada, en gran parte, por decisiones previas. Wilsford argumenta que en este tipo de ambiente, &iacute;mpetus coyunturales fuertes, que tienden a ocurrir s&oacute;lo excepcionalmente, son necesarios para conducir pol&iacute;ticas hacia un nuevo sendero. Basado en el an&aacute;lisis de las reformas en el campo de la salud (o la falta de ellas) en la mayor&iacute;a de los pa&iacute;ses industrializados, Wilsford sugiere que estas coyunturas pol&iacute;ticas tienden a tipificarse por los siguientes rasgos: (1) la percepci&oacute;n de una crisis, normalmente de origen fiscal; (2) la presencia de un esquema pol&iacute;tico relativamente centralizado y algo jer&aacute;rquico, que de alguna manera puede moverse r&aacute;pidamente hacia la estrecha ventana de oportunidad ofrecida por la coyuntura; (3) un liderazgo pol&iacute;tico fuerte y determinado, de ordinario representado por personas como el primer ministro y otros ministros de carteras principales, en especial el de Finanzas; (4) los elementos b&aacute;sicos de la reforma que constituir&aacute;n el “gran cambio” deben estar previamente pensados y preparados; (5) el electorado debe ser receptivo a la innovaci&oacute;n, es decir, el clima pol&iacute;tico debe estar maduro para el cambio; y (6) quienes se opongan al cambio, y quienes se beneficien del <i>statu quo</i> deben estar desunidos.</p>     <p align="justify">Aunque estos elementos no son los &uacute;nicos que forman las coyunturas de cambio de pol&iacute;ticas, o que se consideren necesarios o suficientes para mover las pol&iacute;ticas hacia una nueva trayectoria, la presencia de por lo menos algunos de estos elementos, sin lugar a dudas, incrementa la probabilidad de que una reforma de pol&iacute;ticas se lleve a cabo. En particular, la percepci&oacute;n de una crisis fiscal desempe&ntilde;a un papel determinante en la innovaci&oacute;n de pol&iacute;ticas. Sin embargo, como lo se&ntilde;ala el argumento de la dependencia de trayectoria, una crisis fiscal puede ser insuficiente –algunos de los otros elementos tambi&eacute;n deben hacerse presentes en el momento en que ocurra el incentivo para la modificaci&oacute;n pol&iacute;tica.</p>     <p align="justify"><b>5. CONCLUSIONES</b></p>     <p align="justify">Con base en esta revisi&oacute;n selectiva de la literatura es evidente que a&uacute;n no haya un consenso entre los economistas y otros cient&iacute;ficos sociales con respecto a la eficiencia de las instituciones pol&iacute;ticas y burocr&aacute;ticas. Quienes apoyan la teor&iacute;a del control legislativo y la econom&iacute;a pol&iacute;tica de Chicago parecen tener la opini&oacute;n de que las instituciones existentes son eficientes simplemente porque ya existen. Seg&uacute;n este punto de vista, resultados pol&iacute;ticos de equilibrio son eficientes porque “las pol&iacute;ticas que generan eficiencia son m&aacute;s capaces de ganar, ya que producen mayores beneficios que p&eacute;rdidas” (Becker, 1983: 396). Cualquier tendencia de los legisladores de ser retrecheros respecto de los deseos de sus electores “es m&aacute;s aparente que real” (Peltzman, 1984: 210). Wittman (1989: 1413 n. 33), dentro de la tradici&oacute;n del &oacute;ptimo de segundo orden, afirma que “la agregaci&oacute;n de la preferencias (bajo la regla de la mayor&iacute;a) puede ser imperfecta en comparaci&oacute;n con una situaci&oacute;n donde exista informaci&oacute;n perfecta y costos de transacci&oacute;n nulos, pero esto es un est&aacute;ndar inapropiado para juzgar la eficiencia de los mercados pol&iacute;ticos”. La burocracia tambi&eacute;n es eficiente porque incluso en la presencia de costos de informaci&oacute;n e informaci&oacute;n asim&eacute;trica ninguna otra instituci&oacute;n podr&iacute;a ser mejor –“s&iacute; es pr&aacute;cticamente imposible encontrar una estructura alternativa que sea t&eacute;cnicamente eficiente, porque los individuos mienten y evaden (o porque cualquier estructura tiene problemas inherentes de coordinaci&oacute;n), entonces la estructura burocr&aacute;tica es, en efecto, eficiente” (Wittman, 1990: 12).</p>     <p align="justify">Este punto de vista implica que los economistas (y otros cient&iacute;ficos sociales) no tienen c&oacute;mo contribuir a la pol&iacute;tica p&uacute;blica simplemente porque las pol&iacute;ticas y las instituciones eficientes para implementarlas surgen end&oacute;genamente como parte del proceso pol&iacute;tico. Por esto, como dice Becker (1976: 248), “los economistas no tienen m&aacute;s capacidad de descubrir mejores maneras para redistribuir que la que tienen de descubrir mejores formas de producir en un negocio”; o seg&uacute;n Stigler (1982: 14, 15-16): “si observamos cualquier pol&iacute;tica econ&oacute;mica del Estado, debemos encontrar que &eacute;sta tiene en cuenta cualquier conocimiento establecido que los economistas posean”, y por tanto no puede darse el caso que la pol&iacute;tica p&uacute;blica sea mejorada si los pol&iacute;ticos s&oacute;lo escucharan los consejos de los economistas, porque “lo que los economistas tienen para decir ya ha sido escuchado y tomado en cuenta”.</p>     <p align="justify">Otros discrepan. Dentro de los investigadores convencionales de la elecci&oacute;n p&uacute;blica hay una “creencia generalizada de que no existe raz&oacute;n para presumir que las pol&iacute;ticas gubernamentales ser&aacute;n eficientes” (Hahn, 1990: 61). Quienes apoyan este punto de vista afirman que las instituciones que surgen como una respuesta a las ineficiencias y a la demanda redistributiva del sector p&uacute;blico, pueden ser ineficientes por s&iacute; mismas debido a la existencia de las fallas en los mercados pol&iacute;tico y burocr&aacute;tico. M&aacute;s a&uacute;n, a diferencia de la econom&iacute;a privada, cuando no tiene fallas de mercado, el proceso pol&iacute;tico no posee una mano invisible que convierte los intereses particulares en el bien social (Mitchell, 1988: 107). Como consecuencia de este punto de vista los cient&iacute;ficos sociales tendr&iacute;an importantes aportes que realizar al proceso de hacer pol&iacute;ticas p&uacute;blicas, esclareciendo la naturaleza de sus ineficiencias y proponiendo reformas institucionales que las minimicen.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Ambas escuelas sustentan sus posiciones con evidencia emp&iacute;rica. Entonces, &iquest;qu&eacute; puede concluirse? Quiz&aacute; la mejor respuesta es tomar un punto de vista intermedio que acepte la sorprendente capacidad del proceso democr&aacute;tico para generar instituciones con resultados relativamente eficientes, a la vez que se reconoce que estas instituciones son de por s&iacute; el producto de un mercado imperfecto. Como tales, aunque muchas instituciones pol&iacute;ticas son muy eficientes, otras pueden no serlo, algunos arreglos burocr&aacute;ticos pueden actuar para minimizar los asociados con las relaciones de principal-agente y otros no. La literatura demuestra la importancia de los costos de informaci&oacute;n y de vigilancia, la competencia y las caracter&iacute;sticas estructurales de las instituciones en el logro de resultados eficientes.</p>     <p align="justify">Aceptar como realidad que reformas pol&iacute;ticas y burocr&aacute;ticas no ocurrir&aacute;n si no hay el anhelo del electorado, y que este deseo se transmite a los pol&iacute;ticos, resalta el papel que los economistas pueden cumplir al educar al p&uacute;blico sobre la dimensi&oacute;n y las posibilidades de ineficiencia en el gobierno. M&aacute;s all&aacute;, los economistas pueden ofrecer sus intuiciones sobre c&oacute;mo enfrentar los problemas causados por las fallas de los mercados pol&iacute;tico y burocr&aacute;tico.</p>     <p align="justify"><b>NOTAS AL PIE</b></p>     <p align="justify"><a href="#n1" name="1">1</a>. En Kneebone y McKenzie (1997) se mencionan los cambios ocurridos en Alberta que se relacionan con algunos de los asuntos presentados.</p>     <p align="justify"><a href="#n2" name="2">2</a>. Estoy hablando coloquialmente. En los t&eacute;rminos m&aacute;s precisos del lenguaje de la econom&iacute;a del bienestar una intervenci&oacute;n gubernamental que mejore el bienestar es llamada una mejora paretiana –donde algunos grupos se benefician y ninguno se empeora–. Una noci&oacute;n m&aacute;s amplia de una mejora en el bienestar es la mejora potencial en el sentido de Pareto. Esto significa que una pol&iacute;tica gubernamental genera un resultado “m&aacute;s eficiente” si la asignaci&oacute;n genera unos “ganadores” que potencialmente est&aacute;n capacitados para compensar a los “perdedores” y que, al final, todos resulten mejor.</p>     <p align="justify"><a href="#n3" name="3">3</a>. La tan llamada “paradoja de la votaci&oacute;n” –que los individuos votan a pesar de todo esto– es tambi&eacute;n resuelta con la postulaci&oacute;n de un sentido patri&oacute;tico o un deber civil, de tal forma que el acto de votar genera beneficios, independientemente del impacto que los individuos puedan tener en los resultados. Los votantes racionales. Intercambian todos estos beneficios y costos entre ellos en el momento de decidir si votan o no y qu&eacute; grado de esfuerzo le gastar&aacute;n a la adquisici&oacute;n de informaci&oacute;n. Ver Riker y Ordershook (1968) y Ashenfelter y Kelley (1975).</p>     <p align="justify"><a href="#n4" name="4">4</a>. La idea de la ignorancia racional tambi&eacute;n sugiere que los votantes sean miopes, y pongan m&aacute;s atenci&oacute;n a la informaci&oacute;n presente que a la del pasado. Algunos han argumentado que esto puede manifestarse en los ciclos pol&iacute;ticos. Ver Blais, A. y R. Nadeau (1992).</p>     <p align="justify"><a href="#n5" name="5">5</a>. La hip&oacute;tesis de que el dinero puede comprar votos ha sido emp&iacute;ricamente investigada por muchos autores y no ha sido generalmente rechazada. En un estudio reciente en Canad&aacute;, por ejemplo, Palda y Palda (1985) muestran que el n&uacute;mero de votos recibidos en las elecciones federales en Ontario es una funci&oacute;n creciente de los gastos empleados en la campa&ntilde;a.</p>     <p align="justify"><a href="#n6" name="6">6</a>. Las investigaciones iniciales sobre la caza de rentas, como en Tullock (1967) y Posner (1974), han sido motivadas por los costos que surgen de la estructura monop&oacute;lica (por ejemplo, en Harberger, 1954), en donde no se incluyen los costos de la caza de rentas. Ahora se ha convertido en un &aacute;rea importante de la econom&iacute;a, en varios contextos. Para trabajos m&aacute;s recientes, ver Katz y Rosenberg (1989), y Dougan y Snyder (1993).</p>     <p align="justify"><a href="#n7" name="7">7</a>. Aunque estos costos son minimizados en el modelo de Becker, esto no quiere decir que no sean grandes en relaci&oacute;n con la transferencia de riqueza que &eacute;stos generan. Ver tambi&eacute;n Becker (1985).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n8" name="8">8</a>. Esta secci&oacute;n se basa en Purchase y Hirshhorn (1994: ch.10).</p>     <p align="justify"><a href="#n9" name="9">9</a>. Lo anterior se relaciona con Mueller (1989).</p>     <p align="justify"><a href="#n10" name="10">10</a>. Para una revisi&oacute;n reciente en el contexto canadiense, ver Kitchen (1993).</p>     <p align="justify"><a href="#n11" name="11">11</a>. No es claro que Niskanen no considere este “objetivo adicional”. El muestra, por ejemplo, que “la facilidad de realizar reformas, y la facilidad de manejar un grupo burocr&aacute;tico” (Niskanen, 1971: 38) son elementos posibles dentro de la funci&oacute;n de utilidad de los bur&oacute;cratas que no incrementan el presupuesto.</p>     <p align="justify"><a href="#n12" name="12">12</a>. Ver secci&oacute;n 4.6 en este art&iacute;culo para otra noci&oacute;n sobre la Ley de Parkinson.</p>     <p align="justify"><a href="#n13" name="13">13</a>. La literatura sobre el federalismo fiscal tambi&eacute;n trata este asunto. Ver, por ejemplo, Boadway y Hobson (1993).</p>     <p align="justify"><a href="#n14" name="14">14</a>. Para tener un punto de vista alternativo, ver Jaarsma, Schram y Van Winden (1986), quienes encontraron poca evidencia de que los bur&oacute;cratas en los Pa&iacute;ses Bajos tienen una mayor participaci&oacute;n electoral que los no bur&oacute;cratas.</p>     <p align="justify"><a href="#n15" name="15">15</a>. Puede ser relevante notar que ninguno de los autores es economista ni cient&iacute;fico social –Osborne es un escritor/periodista y Gaebler fue gerente municipal–. Sin duda eso explica la accesibilidad y la inmensa popularidad de su libro.</p>     <p align="justify"><a href="#n16" name="16">16</a>. Un concepto relacionado es la hip&oacute;tesis de Tiebout que se relaciona con los aspectos de eficiencia de la competencia entre los gobiernos locales. Ver la discusi&oacute;n de Ron Kneebone (1997).</p>     <p align="justify"><a href="#n17" name="17">17</a>. Me gustar&iacute;a agradecer a Chris Bruce por llamar mi atenci&oacute;n en estos dos puntos.</p> <hr align="JUSTIFY">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>REFERENCIAS BIBLIOGR&Aacute;FICAS</b></p>     <!-- ref --><p align="justify">1. Arrow, K. “A Difficulty in the Concept of Social Welfare”, <i>Journal of Political Economy</i> 57, agosto, 1950, pp. 328-46.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000184&pid=S0124-5996199900010000300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">2. Arrow, K. <i>Social Choice and Individual Values</i>, New York, John Wiley &amp; Sons, 1951.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000185&pid=S0124-5996199900010000300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">3. Ashenfelter, O. y S. Kelley. “Determinants of Participation in Presidential Elections”, <i>Journal of Law and Economics</i> 18, diciembre, 1975, pp. 695-733.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000186&pid=S0124-5996199900010000300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">4. Auld, D. “Public Investments, Accountability and Optimal Capital Stocks”, en B. Purchase(eds.), <i>Policy Making and Competitiveness</i>, Government and Competitiveness Project Seminar Series, Kingston, School of Policy Studies, Queen’s University, 1944.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000187&pid=S0124-5996199900010000300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">5. Becker, G. “Comment: Toward a More General Theory of Regulation”, <i>Journal of Law and Economics</i> 19, 1976, pp. 245-8.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000188&pid=S0124-5996199900010000300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">6. Becker, G. “A Theory of Competition Among Pressure Groups for Political Influence”, <i>Quarterly Journal of Economics</i> 98, agosto, 1983, pp. 31-40.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000189&pid=S0124-5996199900010000300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">7. Becker, G. “Public Policies, Pressure Groups, and Deal Weight Costs”, <i>Journal of Public Economics</i> 28, 1985, pp. 329-47.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000190&pid=S0124-5996199900010000300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">8. Bendor, J. “Review Article: Formal Models of Bureaucracy”, <i>British Journal of Political Science</i> 18, 1988, pp. 353-95.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000191&pid=S0124-5996199900010000300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">9. Bennett, J. y W. Orzechowski. “The Voting Behavior of Bureaucrats: Some Empirical Evidence”, <i>Public Choice</i> 41, 1983, pp. 271-83.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000192&pid=S0124-5996199900010000300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">10. Black, D. “On the Rationale of Group Decision Making”, <i>Journal of Political Economy</i> 56, febrero, 1948, pp. 23-34.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000193&pid=S0124-5996199900010000300010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">11. Blais, A. y S. Dion. “Introduction”, en A. Blais and S. Dion (eds.), <i>The Budget-Maximizing Bureaucrat: Appraisals and Evidence</i>, Pitt Series and Institutional Studies, Pittsburgh, University of Pittsburgh Press, 1991, pp. 3-12.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000194&pid=S0124-5996199900010000300011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">12. Blais, A. y R. Nadeau. “The Electoral Budget Cycle”, <i>Public Choice</i> 74 (4), 1992, pp. 389-403.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000195&pid=S0124-5996199900010000300012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">13. Boadway, R. y P. Hobson. “Intergovernmental Fiscal Relations in Canada”, <i>Canadian Tax Paper</i> N&ordm; 96, Toronto, Canadian Tax Foundation, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000196&pid=S0124-5996199900010000300013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">14. Boothe, P. “Capital Budgeting in the Public Sector: Lessons from Alberta’s History”, en J. Mintz and R. Preston (eds.), <i>Capital Budgeting in the Public Sector</i>, Policy Forum series 30, Kingston, John Deutsch Institute, Queen’s University. Borcherding, T. (eds.), 1977. <i>Budgets and Bureaucrats: The Sources of Government Growth</i>, Durham, NC, Duke University Press, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000197&pid=S0124-5996199900010000300014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">15. Boothe, P. y R. Deacon. “The Demand for the Services of Non-federal Governments”, <i>American Economic Review</i> 62, 1972, pp. 861-900.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000198&pid=S0124-5996199900010000300015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">16. Bowen, H. “The Interpretation of Voting in the Allocation of Resources”, <i>Quarterly Journal of Economics</i> 58, noviembre, 1943, pp. 27-48.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000199&pid=S0124-5996199900010000300016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">17. Brennan, G. y J. Buchanan. “Voter Choice: Evaluating Political Alternatives”, <i>American Behavioural Scientist</i> 28, noviembre/diciembre, 1984, pp. 185-201.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000200&pid=S0124-5996199900010000300017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">18. Breton, A. “Centralization, Decentralization and Intergovernmental Competition”, <i>Reflections Paper</i> Nº 4, Kingston, Institute for Intergovernmental Relations, Queen’s University, 1990.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000201&pid=S0124-5996199900010000300018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">19. Breton, A. “The Organization of Competition in Congressional and Parliamentary Governments”, en A. Breton, G. Galeotti, Pierre Salmon and R. Wintrobe (eds.), <i>The Competitive State</i>, New York, Klwer Academic, 1991, pp. 13-38.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000202&pid=S0124-5996199900010000300019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">20. Breton, A. y R. Wintrobe. “Freedom of Speech vs. Efficient Regulations in the Market for Ideas”, <i>Journal of Economic Behaviour and Organization</i> 17, 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000203&pid=S0124-5996199900010000300020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">21. Buchanan, J. “The Pure Theory of Government Finance: A Suggested Approach”, <i>Journal of Political Economy</i> 57, diciembre, 1949, pp. 496-505.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000204&pid=S0124-5996199900010000300021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">22. Buchanan, J. “Market Failures and Political Failure”, <i>The Cato Journal</i> 8, 1988, pp. 1-13.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000205&pid=S0124-5996199900010000300022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">23. Buchanan, J. y R. Tollison. <i>The Theory of Public Choice</i>, Ann Arbor, University of Michigan Press, 1972.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000206&pid=S0124-5996199900010000300023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">24. Buchanan, J. y R. Tollison (eds.). <i>The Theory of Public Choice II</i>, Ann Arbor, University of Michigan Press, 1980.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000207&pid=S0124-5996199900010000300024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">25. Buchanan, J., R. Tollison y G. Tullock. <i>Toward a Theory of the Rent-Seeking Society</i>, College Station, Texas A &amp; M University Press, 1980.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000208&pid=S0124-5996199900010000300025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">26. Bush, W. y A. Denzau. “The Voting Behaviour of Bureaucrats and Public Sector Growth”, en T. Borcherding (eds.), <i>Budgets and Bureaucrats: The Sources of Government Growth</i>, Durham, NC, Duke University, 1977.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000209&pid=S0124-5996199900010000300026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">27. Bruce, Ch., R. Kneebone y M. McKenzie (eds.). “A Government Reinvented. A study of Alberta&acute;s Deficit Elimination Program”, Oxford University Press, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000210&pid=S0124-5996199900010000300027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">28. Canada. <i>Public Service 2000: The Renewal of the Public Service of Canada</i>, Ottawa, Supply and Services Canada, 1990.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000211&pid=S0124-5996199900010000300028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">29. Carroll, K. “The Effects of Multiple Objectives in the Theory of Public Sector Supply”, <i>Public Choice</i> 74 (1), 1993, pp. 1-20.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000212&pid=S0124-5996199900010000300029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">30. Cassidy, G. “Contracting Put”, Government and Competitiveness Project Discussion Paper 94-06, Kingston, School of Policy Studies, Queen's University, 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000213&pid=S0124-5996199900010000300030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">31. Caves, D. y L. Christensen. “The Relative Efficiency of Public and Private Firms in a Competitive Environment: The Case of Canadian Railways”, <i>Journal of Political Economy</i> 88, 1980, pp. 958-76.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000214&pid=S0124-5996199900010000300031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">32. Comanor, W. “The Median Voter Rule and the Theory of Political Choice”, <i>Journal of Public Economics</i>, enero/febrero, 1976, pp. 169-77.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000215&pid=S0124-5996199900010000300032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">33. Coughlin, P. “Pareto Optimality of Policy Proposal with Probabilistic Voting”, <i>Public Choice</i> 39 (3), 1982, pp. 427-33.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000216&pid=S0124-5996199900010000300033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">34. Courant, P., E. Gramlich y D. Rubinfeld. “Why Voters Support Tax Limitation Amendments: The Michigan Case”, <i>National Tax Journal</i> 33, marzo, 1980, pp. 1-20.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000217&pid=S0124-5996199900010000300034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">35. Crowley, R. W. “The Public Sector and Public Provision in Economic Theory”, Government and Competitiveness Project Discussion Paper 94-08, Kingston, School of Policy Studies, Queen’s University, 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000218&pid=S0124-5996199900010000300035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">36. De Groot, H. “Decentralization Decisions in Bureaucracies as a Principal-Agent Problem”, <i>Journal of Public Economics</i> 36, 1988, pp. 323-37.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000219&pid=S0124-5996199900010000300036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">37. De Groot, H. y J. Van Der Sluis. “Bureaucracy Response to Budget Cuts: An Economic Model”, <i>Kyklos</i> 40, 1987, pp. 103-9.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000220&pid=S0124-5996199900010000300037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">38. Demzetz, H. “Economic, Legal and Political Dimensions of Competition”, <i>De Vries Lectures in Economics: Theory, Institutions and Policy</i> N&ordm; 4, Amsterdam, North Holland, 1982.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000221&pid=S0124-5996199900010000300038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">39. DiIulio, J., G. Garvey y D. Kettl. <i>Improving, Government Performance</i><i>: </i><i>An Owner’s Manual</i>, Washington, The Brookings Institution, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000222&pid=S0124-5996199900010000300039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">40. Dougan, W. y J. Snyder. “Are Rents Fully Dissipated?”, <i>Public Choice</i> 77, 1993, pp. 793-814.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000223&pid=S0124-5996199900010000300040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">41. Downs, A. <i>An Economic Theory of Democracy</i>, New York, Harper &amp; Row, 1957.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000224&pid=S0124-5996199900010000300041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">42. Downs, A. <i>Inside Bureaucracy. Boston</i>, Little, Brown, 1967.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000225&pid=S0124-5996199900010000300042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">43. Forejohn, J. “Information and the Electoral Process”, en J. Forejohn and J. Kulkinske (eds.), <i>Information and the Democratic Process</i>, Champaign, University of Illinois Press, 1990, pp. 3-19.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000226&pid=S0124-5996199900010000300043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">44. Filimon, R., T. Romer y H. Rosenthal. “Asymmetric Information and Agenda Control: The Bases of Monopoly Power in Public Spending”, <i>Journal of Public Economics</i> (febrero), 1982, pp. 51-71.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000227&pid=S0124-5996199900010000300044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">45. Fiorina, M. <i>Congress: Keystones of the Washington Establishment</i>, New Haven, Yale University Press, 1977.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000228&pid=S0124-5996199900010000300045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">46. Fiorina, M. y R. Noll. “Voters, Legislators and Bureaucracy: Institutional Design en the Public Sector”, <i>American Economic Review</i> 68, 1978, pp. 256-60.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000229&pid=S0124-5996199900010000300046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">47. Frey, B. y W. Pommerehne. “How Powerful are Bureaucrats as Voters?”, <i>Public Choice</i> 38, 1982, pp. 253-62.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000230&pid=S0124-5996199900010000300047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">48. Hahn, R. “The Political Economy of Environmental Regulations: Toward a Unifying Framework”, <i>Public Choice</i> 65, abril, 1990, pp. 21-47.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000231&pid=S0124-5996199900010000300048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">49. Harberger, A. “Monopoly and Resource Allocation”, <i>American Economic Review</i> 44, 1954, pp. 77-87.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000232&pid=S0124-5996199900010000300049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">50. Hettich, W. y S. Winer. “Economic Efficiency, Political Institution and Policy Analysis”, paper prepared for the International Institute of Public Finance Meetings, Leningrad (mimeograph), 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000233&pid=S0124-5996199900010000300050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">51. Hettich, W. y S. Winer. “Institutional Mechanism for Efficient Policy”, <i>Government and Competitiveness Project Discussion Paper</i> 93-10, Kingston, School of Policy Studies, Queen’s University, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000234&pid=S0124-5996199900010000300051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">52. Hettich, W. y S. Winer. “Decision Externalities, Economic Efficiency and Institutional Responses”, <i>Canadian Public Policy</i> 21 (3), 1995, pp. 344-61.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000235&pid=S0124-5996199900010000300052&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">53. Hirschman, A. <i>Exit, Voice and Loyalty: Responses to Decline in Firms, organizations and States</i>, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1970.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000236&pid=S0124-5996199900010000300053&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">54. Hotelling, H. “Stability in Competition”, <i>Economic Journal</i> 39, 1929, pp. 41-57.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000237&pid=S0124-5996199900010000300054&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">55. Ip, I. <i>Big Spenders</i>, Toronto, C.D. Howe Institute, 1991.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000238&pid=S0124-5996199900010000300055&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">56. Jaarsma, B., A. Schram y F. van Winden. “On the Voting Participation of Public Bureaucrats”, <i>Public Choice</i> 48, 1986, pp. 183-7.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000239&pid=S0124-5996199900010000300056&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">57. Jackson, P. <i>The Political Economy of Bureaucracy</i>, Oxford, Philip Alan, 1982.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000240&pid=S0124-5996199900010000300057&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">58. Kalt, J. y M. Zupan. “The Apparent Ideological Behaviour of Legislators: Testing for Principal-Agent Slack in Political Institutions”, <i>Journal of Law and Economics</i> 33, abril, 1990, pp. 103-31.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000241&pid=S0124-5996199900010000300058&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">59. Katz, E. y J. Rosenberg. “Rent-Seeking for Budgetary Allocation: reliminary Results for 20 Countries”, <i>Public Choice</i> 60, 1989, pp. 133-44.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000242&pid=S0124-5996199900010000300059&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">60. Kau, E., D. Keenan y P. Rubin. “A General Equilibrium Model Congressional Voting”, <i>Quarterly Journal of Economics</i> 97, mayo, 1982, pp. 271-93.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000243&pid=S0124-5996199900010000300060&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">61. Kitchen, H. “Efficient Delivery of Local Government Services”, <i>Discussion Paper</i> 93-15, Kingston, School of Policy Studies, Queen’s University, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000244&pid=S0124-5996199900010000300061&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">62. Kneebone, R. “Institutional Design and Public Policy: A Macroeconomic Perspective”, <i>A Government Reinvented. A Study of Alberta’s Deficit Elimination Program</i>, Oxford University Press, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000245&pid=S0124-5996199900010000300062&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">63. Kneebone, R. y McKenzie, K. “Alberta’s Budgetary Response to Fiscal Shocks”, <i>A Government Reinvented. A Study of Alberta’s Deficit Elimination Program</i>”, Oxford University Press, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000246&pid=S0124-5996199900010000300063&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">64. Laband, D. “Federal Budget Cuts: Bureaucrats Trim the Meat, Not the Fat”, <i>Public Choice</i> 41, 1983, pp. 311-14.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000247&pid=S0124-5996199900010000300064&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">65. Landau, M. “Redundancy, Rationality and the Problem of Duplication and Overlap”, <i>Public Administration Review</i> 29, 1969, pp. 346-58.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000248&pid=S0124-5996199900010000300065&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">66. McCormick, R. y R. Tollison. <i>Politicians, Legislation, and the Economy</i>, Boston, Martinus Nijhoff, 1981.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000249&pid=S0124-5996199900010000300066&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">67. McCubbins, M. y T. Schwartz. “Congressional Oversight: Police Patrols vesus Fire Alarms”, <i>American Journal of Political Science</i> 28, 1984, pp. 165-79.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000250&pid=S0124-5996199900010000300067&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">68. McGuire, T. “Budget-maximizing Governmental Agencies: An Empirical Test”, <i>Public Choice</i> 36, 1981, pp. 313-22.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000251&pid=S0124-5996199900010000300068&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">69. McKee, M. y R. Wintrobe. “The Decline of Organizations and the Rise of Administrators: Parkinson’s Law in Theory and in Practice”, <i>Journal of Public Economics</i>, 1993, pp. 309-27.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000252&pid=S0124-5996199900010000300069&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">70. Mintz, J. y R. Preston (eds.). “Capital Budgeting in the Public Sector”, <i>Policy Forum Series</i> 30, Kingston, John Deutsch Institute, Queen’s University, 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000253&pid=S0124-5996199900010000300070&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">71. Mique, J. y G. Belanger. “Towards a General Theory of Managerial Discretion”, <i>Public Choice</i> 17 (1), 1974, pp. 24-43.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000254&pid=S0124-5996199900010000300071&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">72. Mitchell, W. “Virginia, Rochester and Bloomington: Twenty-five Years of Public Choice and Political Science”, <i>Public Choice</i> 56, 1988, pp. 101-19.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000255&pid=S0124-5996199900010000300072&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">73. Mueller, D. <i>Public Choice II</i>, Cambridge, Cambridge University Press, 1989.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000256&pid=S0124-5996199900010000300073&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">74. Mueller, D. <i>Bureaucracy and Representative Government</i>, Chicago, Aldine Autherton, 1971.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000257&pid=S0124-5996199900010000300074&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">75. Niskanen, W. “Bureaucrats and Politicians”, <i>Journal of Law and Economics</i> 18 (3), 1975, pp. 617-44.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000258&pid=S0124-5996199900010000300075&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">76. Niskanen, W. “A Reflection on Bureaucracy and Representative Government”, in A. Blais y S. Dion (eds.). <i>The Budget-Maximizing Bureaucrat: Appraisal and Evidence</i>, Pitt Series in Policy and Institutional Studies, Pittsburgh, University of Pittsburgh Press, 1991, pp. 13-31.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000259&pid=S0124-5996199900010000300076&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">77. North, D. <i>Institutions, Institutional Change and Economic Performance</i> (Political Economy of Institutions and Decision Series), Cambridge University Press, 1990.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000260&pid=S0124-5996199900010000300077&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">78. Osborne, D. y T. Gaebler. <i>Reinventing Government: How the Entrepreneurial Spirit is Transforming the Public Sector</i>, New York, Addison-Wesley, 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000261&pid=S0124-5996199900010000300078&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">79. Osborne, M. “Special Models of Political Competition Under Plurality Rule”, <i>Canadian Journal of Economics</i> 27, mayo, 1995, pp. 261-301.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000262&pid=S0124-5996199900010000300079&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">80. Palda, K. y K. Palda. “Ceilings on Campaign Spending: Hypothesis and Partial Test with Canadian Data”, <i>Public Choice</i> 45 (3), 1985, pp. 313-31.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000263&pid=S0124-5996199900010000300080&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">81. Peltzman, S. “Towards a More General Theory of Regulation”, <i>Journal of Law and Economics</i> 19, agosto, 1976, pp. 211-40.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000264&pid=S0124-5996199900010000300081&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">82. Peltzman, S. “Constituent Interest and Congressional Voting”, <i>Journal of Law and Economics</i> 27, abril, 1984, pp. 181-210.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000265&pid=S0124-5996199900010000300082&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">83. Peltzman, S. “How Efficient is the Voting Market?”, <i>Journal of Law and Economics</i> 33, abril, 1990, pp. 27-63.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000266&pid=S0124-5996199900010000300083&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">84. Pommerehne, W. y B. Frey. “Bureaucratic Behaviour in Society: A Case Study”, <i>Public Finance</i> 33, 1978, pp. 99-112.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000267&pid=S0124-5996199900010000300084&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">85. Posner, R. “The Social Costs of Monopoly and Regulation”, <i>Journal of Political Economy</i> 83, 1975, pp. 807-27.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000268&pid=S0124-5996199900010000300085&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">86. Purchase, B. (ed.). “Policy Making and Competitiveness”, <i>Goverment and Competitiveness Project Seminar Series</i>, Kingston, School of Policy Studies; Queen’s University, 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000269&pid=S0124-5996199900010000300086&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">87. Purchase, B. y R. Hirshhorn. “Searching for Good Governance”, <i>Final Report of the Government and Competitiveness Project</i>, Kingston, School of Policy Studies, Queen’s University, 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000270&pid=S0124-5996199900010000300087&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">88. Riker, W. y P. Ordeshook. “A Theory of the Calculus of Voting”, <i>American Political Science Review</i> 62, marzo, 1968, pp. 25-42.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000271&pid=S0124-5996199900010000300088&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">89. Romer, R. y H. Rosenthal. “Political Resource Allocation, Controlled Agendas, and the Status Quo”, <i>Public Choice</i> 33, 1978, pp. 27-43.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000272&pid=S0124-5996199900010000300089&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">90. Romer, R. y H. Rosenthal. “Bureaucrats versus Voters: On the Political Economy of Resource Allocation by Direct Democracy”, <i>Quarterly Journal of Economics</i> 93, noviembre, 1979, pp. 563-87.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000273&pid=S0124-5996199900010000300090&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">91. Romer, R. y H. Rosenthal. “Median Voters or Budget Maximizers: Evidence from School Expenditure Referenda”, <i>Economic Inquiry</i> 20 (octubre), 1982, pp. 556-78.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000274&pid=S0124-5996199900010000300091&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">92. Rose-Ackerman, S. <i>Corruption: A Study in Political Economy</i>, New York, Academic Press, 1978.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000275&pid=S0124-5996199900010000300092&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">93. Rose-Ackerman, S. “Reforming Public Bureaucracy Through Economic Incentives”, N&ordm; WSIV-12, Law and Economics Program, Faculty of Law, University of Toronto, 1986.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000276&pid=S0124-5996199900010000300093&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">94. Rubinfeld, D. “Voting in a Local School Election: A Micro Analysis”, <i>Review of Economics and Statistics</i> 59, febrero, 1977, pp. 30-42.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000277&pid=S0124-5996199900010000300094&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">95. Santerre, R. “Representative vs. Direct Democracy: The Role of Public Bureaucrats”, <i>Public Choice</i> 76, 1993, pp. 189-97.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000278&pid=S0124-5996199900010000300095&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">96. Savas, E. <i>Privatizing the Public Sector</i>, New Jersey, Chatham House, 1982.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000279&pid=S0124-5996199900010000300096&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">97. Scully, G. “Rent-seeking in U.S. Government Budgets: 1900- 88”, <i>Public Choice</i> 70, 1991, pp. 99-106.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000280&pid=S0124-5996199900010000300097&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">98. Shepsle, K. y B. Weingast. “Political Solutions to Market Problems”, <i>American Political Science Review</i> 78, junio, 1984, pp. 96-111.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000281&pid=S0124-5996199900010000300098&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">99. Spiller, P. “Politicians, Interest Groups, and Regulators: A Multiple-Principals Agency Theory of Regulation, or ‘Let Them Be Bribed’”, <i>Journal of Law and Economics</i> 33, 1990, pp. 65-101.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000282&pid=S0124-5996199900010000300099&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">100. Stanbury, W. “Holding Government Accountable: Insights from Effort to Reform the Federal Regulation-Making Process”, en B. Purchase (ed.), <i>Policy Making and Competitiveness</i>, Government and Competitiveness Project, Kingston, School of Policy Studies, Queen’s University, 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000283&pid=S0124-5996199900010000300100&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">101. Stigler, G. “The Economic Theory of Regulation”, <i>Bell Journal of Economics and Management Science</i> 3, 1971.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000284&pid=S0124-5996199900010000300101&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">102. Stigler, G. “Economists and Public Policy”, <i>Regulation</i>, mayo/junio, 1982, pp. 13-17.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000285&pid=S0124-5996199900010000300102&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">103. Thomas, P. “Coping with Change: How Public and Private Organizations Read and Response to Turbulent External Environments”, en L. Siedle (ed.), <i>Rethinking Government: Reform or Reinvention?</i> Montreal, Institute for Research on Public Policy, 1993, pp. 31-62.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000286&pid=S0124-5996199900010000300103&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">104. Thompson, M. y J. Freyer. “Collective Bargaining in Canada’s Public Sector”, <i>Government and Competitiveness Project Discussion Paper</i> 94-15, Kingston, School of Policy Studies, Queen’s University, 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000287&pid=S0124-5996199900010000300104&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">105. Trebilcock, M. <i>The Prospects for Reinventing Government</i>, Toronto, C.D. Howe Institute, 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000288&pid=S0124-5996199900010000300105&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">106. Trebilcock, M., D. Hartle, R. Pritchard y D. Dewees. <i>The Choice of the Governing Instrument</i>, Ottawa, Economic Council of Canada, 1982.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000289&pid=S0124-5996199900010000300106&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">107. Tullock, G. <i>The Politics of Bureaucracy</i>, Washington, Public Affairs Press, 1965.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000290&pid=S0124-5996199900010000300107&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">108. Tullock, G. “The Welfare Cost of Tariffs, Monopolies and Theft”, <i>Western Economic Journal</i> 5, 1967, pp. 224-32.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000291&pid=S0124-5996199900010000300108&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">109. Von Hagen, J. y I. Harden. “Budget Processes and Commitment to Fiscal Discipline”, <i>European Economic Review</i> 39, 1995, pp. 771-9.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000292&pid=S0124-5996199900010000300109&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">110. Weber, M. <i>The Theory of Social and Economic Organization</i>, New York, Free Press, 1947.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000293&pid=S0124-5996199900010000300110&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">111. Weingast, B. “The Congressional-Bureaucratic System: A Principal-Agent Perspective (With Applications to the SEC)”, <i>Public Choice</i> 44, 1984, pp. 147-91.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000294&pid=S0124-5996199900010000300111&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">112. Weingast, B. y M. Moran. “Bureaucratic Discretion or Congressional Control? Regulatory Policymaking by the Federal Trade Commission”, <i>Journal of Political Economy</i> 91, octubre, 1983, pp. 765-800.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000295&pid=S0124-5996199900010000300112&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">113. Weingast, B., K. Shepsle y C. Johnston. “The Political Economy of Benefits and Costs: A Neoclassical Approach to Distribution Politics”, <i>Journal of Political Economy</i> 89, agosto, 1981, pp. 642-64.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000296&pid=S0124-5996199900010000300113&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">114. Wilsford, D. “Path Dependency, or Why History Makes It Difficult but Not Impossible to Reform Health Care Systems in a Big Way”, <i>Journal of Public Policy</i> 14 (3), 1994, pp. 251-83.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000297&pid=S0124-5996199900010000300114&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">115. Wittman, D. “Candidates With Policy Preferences: A Dynamic Model”, <i>Journal of Economic Theory</i> 14, febrero, 1977, pp. 180-9.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000298&pid=S0124-5996199900010000300115&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">116. Wittman, D. “Why Democracies Produce Efficient Results”, <i>Journal of Public Economics</i> 97 (6), 1989, pp. 1395-1424.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000299&pid=S0124-5996199900010000300116&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">117. Wittman, D. “Why Government Bureaucracies are Efficient and Not Too Large: The Endogeneity of Institucional Design”, <i>Political Economy Research Group Papers in Political Economy Paper</i> N&ordm; 8, University of Western Ontario, 1990.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000300&pid=S0124-5996199900010000300117&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">118. Wyckoff, P. “A Bureaucratic Theory of Flypaper Effects”, <i>Journal of Urban Economics</i> 23, 1988, pp. 115-29.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000301&pid=S0124-5996199900010000300118&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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