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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center">    <br><b>KEYNES Y LA TRADICI&Oacute;N CL&Aacute;SICA</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">     <p align="center"><b>KEYNES AND THE CLASSICAL TRADITION</b></p>     <p>    <br>    <br></p>     <p><i>Paul P. Streeten*</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">* Profesor em&eacute;rito de econom&iacute;a, Universidad de Boston, <a href="mailto:ppstreeten@taconic.net">ppstreeten@taconic.net</a> Traducci&oacute;n de Carolina Esguerra y Alberto Supelano. Se publica con la gentil autorizaci&oacute;n del autor. Fecha de recepci&oacute;n: 10 de diciembre de 2002, fecha de aceptaci&oacute;n: 17 de junio de 2003.</p> <hr>     <p align="justify">    <br>Este ensayo busca destacar el valor de las premisas impl&iacute;citas en el an&aacute;lisis y las recomendaciones de Keynes, y relacionar estas premisas con la gran tradici&oacute;n cl&aacute;sica del pensamiento econ&oacute;mico brit&aacute;nico.</p>     <p align="justify"><b>LA ARMON&Iacute;A DE INTERESES </b></p>     <p align="justify"><b> </b>La doctrina de que en la sociedad existe una armon&iacute;a de intereses fue una de las principales inspiraciones para la formulaci&oacute;n de leyes econ&oacute;micas. Como un <i>leitmotiv</i>, atraviesa toda la teor&iacute;a econ&oacute;mica. Sus ra&iacute;ces son tan profundas que algunos de los m&aacute;s feroces cr&iacute;ticos de la teor&iacute;a de la armon&iacute;a fueron sus v&iacute;ctimas. La terminolog&iacute;a cambi&oacute; y a trav&eacute;s del tiempo se introdujeron diversas salvedades y modificaciones. No obstante, el origen com&uacute;n es claramente identificable.</p>     <p align="justify">Los economistas heredaron la doctrina de los fil&oacute;sofos del derecho natural. Para Adam Smith, las leyes econ&oacute;micas eran mandatos de un orden natural benevolente y caritativo que transforma los intereses est&uacute;pidos y ego&iacute;stas del hombre en el bien com&uacute;n. Bentham no tuvo la fe de Adam Smith en el orden natural. Para &eacute;l, los fines que persigue el sistema econ&oacute;mico son fines humanos, no de la naturaleza. El mercado es un mecanismo (no un organismo) concebido por el hombre para que sirva a su voluntad<a name="n1"></a><sup><a href="#1">1</a></sup>.</p>     <p align="justify">A primera vista, parecer&iacute;a que el utilitarismo torna redundante a la doctrina de la armon&iacute;a. El c&aacute;lculo de la felicidad debe hacer posible la comparaci&oacute;n de placeres y dolores y computarlos en una suma social. Por esto, se pueden formular recomendaciones a pesar del choque de intereses. Esta apariencia parece ser confirmada por el hecho de que Bentham atac&oacute; violentamente a la doctrina del derecho natural.</p>     <p align="justify">Hace poco, el profesor Viner subray&oacute; que Bentham no fue un te&oacute;rico tosco de la armon&iacute;a. Aunque, a pesar de sus protestas, su utilitarismo fue una versi&oacute;n modificada, que se inspir&oacute; y se desarroll&oacute; a partir de la filosof&iacute;a del derecho natural. Muchos pasajes muestran que Bentham no cre&iacute;a en la existencia real de una armon&iacute;a de intereses. Su doctrina de la legislaci&oacute;n es un intento de armonizar los intereses divergentes por medio de sanciones. El profesor Viner subraya que Bentham era consciente de la brecha entre intereses privados y p&uacute;blicos, y que cre&iacute;a que &eacute;sta s&oacute;lo se pod&iacute;a cerrar mediante la educaci&oacute;n, la legislaci&oacute;n y la religi&oacute;n. Bentham “determin&oacute; los l&iacute;mites de la intervenci&oacute;n del gobierno en los asuntos econ&oacute;micos, pero esos l&iacute;mites no eran [...] muy estrechos, y en todo caso no eran tan estrechos que dieran campo a la doctrina de la armon&iacute;a natural de los intereses, en el sentido de una armon&iacute;a predestinada o inherente a la naturaleza del hombre que vive en una sociedad no regulada por el gobierno<a name="n2"></a><sup><a href="#2">2</a></sup>.</p>     <p align="justify">No obstante, ser&iacute;a err&oacute;neo concluir que Bentham advirti&oacute; plenamente las implicaciones del conflicto de intereses. Cre&iacute;a en la armon&iacute;a, aunque en un sentido diferente del que usa el profesor Viner.</p>     <p align="justify">Es &uacute;til distinguir entre una versi&oacute;n tosca y otras versiones de una doctrina <i>modificada</i> de la armon&iacute;a. Seg&uacute;n la doctrina tosca de la armon&iacute;a, el libre juego de los intereses propios promueve en forma autom&aacute;tica el inter&eacute;s de la sociedad. No se necesita ninguna regulaci&oacute;n del gobierno. Al promover su propio inter&eacute;s, cada uno promueve simult&aacute;neamente el inter&eacute;s de “todos” (en alg&uacute;n sentido significativo).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Seg&uacute;n la doctrina modificada de la armon&iacute;a, “el inter&eacute;s de la sociedad” o “el inter&eacute;s de <i>todos</i>”, no coincide en forma autom&aacute;tica con el inter&eacute;s de cada miembro, aunque promover el inter&eacute;s social vaya en inter&eacute;s de todos, y en alguna medida tambi&eacute;n en inter&eacute;s de cada <i>uno</i>. La teor&iacute;a supone diferentes grados o niveles de inter&eacute;s propio, s&oacute;lo uno de los cuales lleva a la armon&iacute;a. El obst&aacute;culo para la realizaci&oacute;n de este tipo de inter&eacute;s propio que m&aacute;s se ha discutido es la ignorancia, pero hay otros. Pueden surgir conflictos cuando pensamos que queremos seguir ciertos cursos que realmente no nos son ventajosos.</p>     <p align="justify">El rasgo caracter&iacute;stico de esta doctrina es que la sociedad est&aacute; sostenida por una especie de cuerpo unificado que tiene un prop&oacute;sito y un inter&eacute;s, los cuales son id&eacute;nticos a los prop&oacute;sitos e intereses privados luego de que estos &uacute;ltimos se han corregido y se han eliminado las influencias perturbadoras. La versi&oacute;n modificada de la doctrina de la armon&iacute;a es compatible con fuertes intervenciones autoritarias y aun con el despotismo. Los individuos pueden ser demasiado est&uacute;pidos, demasiado perezosos o estar muy enga&ntilde;ados, muy atados al h&aacute;bito o seducidos por la tentaci&oacute;n, para perseguir sus verdaderos intereses (y por ende el inter&eacute;s com&uacute;n) y por ello deben ser obligados a perseguirlos.</p>     <p align="justify">La versi&oacute;n tosca de la doctrina de la armon&iacute;a lleva as&iacute; a una visi&oacute;n liberal, de <i>laissez-faire</i><a name="n3"></a><sup><a href="#3">3</a></sup>, de la pol&iacute;tica, mientras que la versi&oacute;n modificada <i>puede</i> ofrecer razones para la regulaci&oacute;n del gobierno. La armon&iacute;a debe ser dirigida. Pero de acuerdo con ambas versiones, detr&aacute;s de las m&uacute;ltiples actividades de individuos y grupos existe –real y potencialmente– una coordinaci&oacute;n de actividades hacia este prop&oacute;sito. Ambas implican que hay un sujeto, una voluntad, un plan y una adaptaci&oacute;n racional de los medios a un fin social. La sociedad se concibe como un super individuo<a name="n4"></a><sup><a href="#4">4</a></sup> o una familia extendida<sup><a name="n5"></a><a href="#5">5</a></sup> con una meta unificada que es simult&aacute;neamente la meta (definida apropiadamente) de cada uno de sus miembros. Por ello, las implicaciones teleol&oacute;gicas de t&eacute;rminos tales como “la econom&iacute;a”, “bienestar social”, “organizaci&oacute;n econ&oacute;mica”, “funci&oacute;n econ&oacute;mica”, “equilibrio”, “m&aacute;ximo bienestar social”, “leyes econ&oacute;micas”, etc.</p>     <p align="justify">Muchas versiones del utilitarismo, en su transici&oacute;n de la proposici&oacute;n de que cada individuo busca su propia felicidad al postulado de que debe buscar la felicidad de todos, introducen una doctrina modificada de la armon&iacute;a. Es claro que es posible una versi&oacute;n autoritaria y antiliberal del utilitarismo, como atestigua la visi&oacute;n de Bentham. Pero &eacute;sta a&uacute;n mantiene el supuesto b&aacute;sico de la armon&iacute;a de intereses.</p>     <p align="justify">La regla de que se debe maximizar la felicidad social requiere: 1) comparaciones entre la felicidad de diferentes personas, y 2) el imperativo de hacer todo lo que incremente la felicidad neta, restando las p&eacute;rdidas de las ganancias. El imperativo 2) implica que siempre hay una forma racional (que en algunas interpretaciones significa un inter&eacute;s propio fr&iacute;o e ilustrado) de resolver los conflictos. La armon&iacute;a no es autom&aacute;tica, pero se puede alcanzar mediante el c&aacute;lculo y la manipulaci&oacute;n cuidadosos. El “inter&eacute;s de la sociedad” es la m&aacute;xima felicidad social.</p>     <p align="justify">Los escritores m&aacute;s concienzudos que sienten escr&uacute;pulos acerca de la manera de justificar la promoci&oacute;n de la mayor felicidad social ante quienes adolecen de ella, suelen reforzar su posici&oacute;n mediante un argumento como el que se emplea en el siguiente pasaje:</p>     <blockquote>    <p align="justify">Adem&aacute;s, cada parte puede reflexionar que, en el largo plazo y para diversos casos, la suma total m&aacute;xima de la utilidad corresponde a la m&aacute;xima utilidad individual. No puede esperar que en el largo plazo obtenga la mayor proporci&oacute;n del bienestar social. Pero de todos los principios de distribuci&oacute;n que le podr&iacute;an proporcionar una mayor o una menor proporci&oacute;n de la suma total de la utilidad alcanzable en cada situaci&oacute;n, es probable que el principio de que la utilidad colectiva deba ser m&aacute;xima en cada ocasi&oacute;n sea el que le proporcione individualmente la mayor utilidad en el largo plazo<sup><a href="#6">6</a><a name="n6"></a></sup>.</p> </blockquote>     <p align="justify">Dos dificultades inherentes a la filosof&iacute;a utilitarista han reforzado la necesidad de recurrir a una versi&oacute;n m&aacute;s tosca de la doctrina de la armon&iacute;a con sus implicaciones de pol&iacute;tica liberal, particularmente en econom&iacute;a. La primera es la imposibilidad de calcular y comparar <i>en la pr&aacute;ctica</i> los efectos de una medida particular sobre la felicidad. Parece m&aacute;s simple y seguro confiar en la armon&iacute;a espont&aacute;nea del ego&iacute;smo que realizar un c&aacute;lculo imposible. El argumento de no interferencia proveniente de la plena ignorancia de los efectos de la interferencia a&uacute;n se emplea en las controversias m&aacute;s recientes.</p>     <p align="justify">La segunda es la dificultad ya mencionada de deducir el comportamiento actual (determinado hedon&iacute;sticamente) y moral de motivos todopoderosos de placer y dolor. El peligroso salto l&oacute;gico de “debemos hacer todo lo que creamos que nos place” a “debemos hacer lo que plazca a otros” se facilita cuando se postula la identidad de intereses. En las discusiones econ&oacute;micas por lo general se desecha el concepto de “simpat&iacute;a”.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">A la luz de la distinci&oacute;n anterior, &iquest;cu&aacute;l fue la actitud de Bentham hacia la armon&iacute;a de intereses? Pese a que rechaz&oacute; la versi&oacute;n tosca y pese a que admiti&oacute; la necesidad de la intervenci&oacute;n del gobierno para alcanzar la mayor felicidad, Bentham se mantuvo fiel a la tradici&oacute;n de la doctrina de la armon&iacute;a. Para &eacute;l, los intereses privados y limitados no son fuerzas esenciales sino el resultado de una percepci&oacute;n y una previsi&oacute;n imperfectas. Afirm&oacute; que “el vicio se puede definir como un c&aacute;lculo err&oacute;neo de las oportunidades”. Incluso los fil&oacute;sofos del derecho natural advirtieron los conflictos de intereses que pueden surgir del error y la ignorancia. Aunque Bentham supone la armon&iacute;a, el “inter&eacute;s p&uacute;blico” que el legislador debe promover no se puede determinar ni conseguir objetivamente mediante amenazas y halagos que satisfagan el inter&eacute;s propio. Es imposible afirmar que es deseable que cada uno aspire a “la mayor felicidad” sin suponer la armon&iacute;a desde un principio<sup><a href="#7">7</a><a name="n7"></a></sup>.</p>     <p align="justify">La b&uacute;squeda de recomendaciones que se basen en la armon&iacute;a de intereses es tan antigua como el pensamiento econ&oacute;mico, y tan anhelada hoy en d&iacute;a como hace 150 a&ntilde;os. Su expresi&oacute;n m&aacute;s tosca se encuentra en los fisi&oacute;cratas, y se ha modificado y cualificado con el paso del tiempo. Sin embargo, los economistas se han esforzado por evitar juicios controversiales y dar consejos “cient&iacute;ficos, objetivos e inequ&iacute;vocos”, as&iacute; como los fil&oacute;sofos del derecho natural recomendaron pol&iacute;ticas que se derivaban de “la naturaleza de las cosas”. Cuando la gente era menos esc&eacute;ptica acerca de la objetividad de los valores, los valores y los hechos se equiparaban sin mayor discusi&oacute;n. Despu&eacute;s se pens&oacute; que se requer&iacute;a una justificaci&oacute;n, y se ampli&oacute; la distancia entre la premisa factual y la conclusi&oacute;n valorativa. Pero con esto s&oacute;lo aument&oacute; el di&aacute;metro de un c&iacute;rculo vicioso. El razonamiento utilitarista que va de lo deseado a lo deseable es un ejemplo de este proceso. M&aacute;s tarde, con el creciente escepticismo en la capacidad de los hechos para deducir imperativos, se enfatiz&oacute; el aspecto factual, se suprimi&oacute; el aspecto valorativo y se comenz&oacute; a emitir consejos “cient&iacute;ficos” acerca de c&oacute;mo incrementar el bienestar.</p>     <p align="justify">Sin embargo, al menos desde Jevons<a name="n8"></a><sup><a href="#8">8</a></sup>, la renuncia a la posibilidad de resolver los conflictos mediante pruebas “objetivas” acompa&ntilde;&oacute; a las “recomendaciones” cient&iacute;ficas. Jevons, B&ouml;hm-Bawerk, Walras, Pareto y Fisher<a name="n9"></a><sup><a href="#9">9</a></sup>, entre otros, y m&aacute;s recientemente el profesor Lionel Robbins<a name="n10"></a><sup><a href="#10">10</a></sup>, rechazaron en alg&uacute;n pasaje de sus escritos la posibilidad de las comparaciones objetivas interpersonales de la utilidad o sus satisfactores.</p>     <p align="justify">Sin embargo, este rechazo no impidi&oacute; que estos autores continuaran haciendo recomendaciones “sobre asuntos econ&oacute;micos”, aunque es claro que las medidas que recomendaban ocasionaban p&eacute;rdidas a algunas personas. Se hicieron intentos para suprimir esta contradicci&oacute;n. Por lo general, en la forma de una distinci&oacute;n entre producci&oacute;n (incluido el intercambio) y distribuci&oacute;n, y, por tanto, entre “eficiencia” y “justicia social”. Se sosten&iacute;a que los pronunciamientos sobre la “eficiencia” (la esfera de producci&oacute;n) no eran controversiales (estaban sujetos a la armon&iacute;a de intereses) mientras que la preocupaci&oacute;n por la “justicia” se dejaba a los pol&iacute;ticos, moralistas, gobiernos, etc.</p>     <p align="justify">Por su parte, los cr&iacute;ticos, aun desde Godwin, Thompson y Hodgskin, planteaban, aunque no fueran coherentes, que dicha separaci&oacute;n implica un argumento circular, y que la producci&oacute;n no se puede separar conceptualmente de la distribuci&oacute;n.</p>     <p align="justify"><b>LA DISTRIBUCI&Oacute;N DEL INGRESO </b></p>     <p align="justify">La teor&iacute;a keynesiana fortaleci&oacute; la tradici&oacute;n utilitarista porque resolvi&oacute; uno de los grandes dilemas morales de los neoutilitaristas. Desde Bentham se sosten&iacute;a que una distribuci&oacute;n del ingreso m&aacute;s igualitaria incrementar&iacute;a el bienestar general. Pero se pensaba que la desigualdad era necesaria para garantizar suficientes ahorros. El ahorro es la fuente de la inversi&oacute;n y la inversi&oacute;n es una condici&oacute;n esencial para el progreso econ&oacute;mico y la elevaci&oacute;n del nivel de vida de todos, incluidos los pobres. La igualdad frustrar&iacute;a su propia finalidad por cuanto reducir&iacute;a la riqueza, no s&oacute;lo de los ricos sino tambi&eacute;n de los pobres.</p>     <p align="justify">Keynes demostr&oacute; que una distribuci&oacute;n m&aacute;s igualitaria eleva el bienestar no s&oacute;lo mediante el argumento de Bentham de que una libra que se trasfiere de un rico a un pobre reduce la utilidad del primero menos de lo que incrementa la utilidad del segundo. En ciertas condiciones tambi&eacute;n acelera la inversi&oacute;n y el progreso econ&oacute;mico (a cualquier tasa en el corto plazo). Seg&uacute;n sus propias palabras, Keynes demoli&oacute; “una de las principales justificaciones sociales de la gran desigualdad de la riqueza” y con ello, en palabras de Schumpeter, “convirti&oacute; en polvo [...] el &uacute;ltimo pilar del argumento corriente”<sup><a name="n11"></a><a href="#11">11</a></sup>.</p>     <p align="justify">Este argumento tiene predecesores entre los primeros cr&iacute;ticos de la econom&iacute;a liberal utilitarista. William Thompson, cuyos alegatos son t&iacute;picos de los cr&iacute;ticos socialistas anteriores a Marx, dijo que “la producci&oacute;n se incrementar&iacute;a, y el capital se acumular&iacute;a con rapidez y en un grado hasta ahora desconocido”<sup><a name="n12"></a><a href="#12">12</a></sup> si los trabajadores recibieran el producto total de su trabajo y si se permitiera el libre cambio. Un sistema en el que los trabajadores reciben menos es restrictivo, genera desempleo y despilfarro, as&iacute; como todo tipo de vicios. Una mayor igualdad, por su parte, liberar&iacute;a enormes poderes productivos, as&iacute; como todo tipo de virtudes.</p>     <p align="justify">Estos primeros cr&iacute;ticos, igual que Keynes y algunos “liberales socialistas” modernos (como Lerner y Meade) no simpatizaban con la planeaci&oacute;n detallada. Cre&iacute;an tan firmemente como los liberales a los que atacaban en las virtudes del mercado libre y del sistema de precios. Lo que diferenciaba a los cr&iacute;ticos de los liberales ortodoxos era su convicci&oacute;n de que si se correg&iacute;an algunos ordenamientos institucionales que causan “perturbaciones artificiales” se pod&iacute;a confiar en el libre cambio para producir un &oacute;ptimo social<sup><a name="n13"></a><a href="#13">13</a></sup>. La diferencia entre los liberales cl&aacute;sicos y sus cr&iacute;ticos radica en su concepci&oacute;n del “estado natural” en el que todo funciona para lograr lo mejor. Los socialistas, desde Godwin, Thompson y Hodgsking en adelante, intentaron demostrar que el argumento liberal, seg&uacute;n el cual la competencia justifica la distribuci&oacute;n actual, es circular; que instituciones legales tales como la propiedad, el cumplimiento de los contratos, la herencia y la distribuci&oacute;n resultante de esas instituciones eran hist&oacute;ricas, arbitrarias e injustas. Argumentaban que se deb&iacute;a permitir que imperaran las “leyes naturales de la distribuci&oacute;n”. Sus pol&iacute;ticas buscaban limitar las restricciones y, por tanto, salvaguardar la libertad “real”.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">A la exigencia de reformar la propiedad y las leyes sobre la herencia, otros cr&iacute;ticos a&ntilde;adieron el monopolio y la concentraci&oacute;n del poder econ&oacute;mico. Veblen pensaba que si se hac&iacute;a a un lado a los financistas, se pod&iacute;a confiar en los ingenieros para alcanzar un &oacute;ptimo social. List, en una tradici&oacute;n algo diferente, cre&iacute;a que una vez se desarrollara la industria manufacturera al amparo de un arancel proteccionista, el libre comercio maximizar&iacute;a el ingreso. Wicksell y Keynes subrayaron la posibilidad de que la tasa natural de inter&eacute;s diverja de la tasa de mercado y que esta divergencia puede causar problemas. Otros pusieron &eacute;nfasis en la rigidez de los salarios. El rasgo com&uacute;n de todas estas cr&iacute;ticas es que el esquema cl&aacute;sico se recobra tan pronto se suprimen algunas perturbaciones institucionales, que los cl&aacute;sicos supuestamente ignoraron. Se pensaba que el prop&oacute;sito de la pol&iacute;tica econ&oacute;mica era el de eliminar los frenos de la rueda libre del proceso econ&oacute;mico, y no el de crear un poder activo.</p>     <p align="justify">As&iacute; como la ignorancia en el esquema de Bentham, se pensaba que estos obst&aacute;culos imped&iacute;an la consecuci&oacute;n de la armon&iacute;a esencial de intereses. Pero una vez se remov&iacute;an, se pod&iacute;a confiar en la operaci&oacute;n elegante y an&oacute;nima de la libre competencia para maximizar el bienestar com&uacute;n. Por ello, algunos de los cr&iacute;ticos m&aacute;s feroces de la doctrina liberal aceptaron t&aacute;citamente su credo fundamental.</p>     <p align="justify">Las medidas de seguridad social de hoy en d&iacute;a o la planificaci&oacute;n econ&oacute;mica cuantitativa detallada habr&iacute;an sido rechazadas por los primeros socialistas ingleses. Por razones similares, Keynes y algunos keynesianos no pusieron mucho inter&eacute;s en las primeras y rechazaron la segunda.</p>     <p align="justify">Las medidas keynesianas de regulaci&oacute;n de la inversi&oacute;n como medio para alcanzar y mantener el pleno empleo parecen ser una ruptura con la tradici&oacute;n liberal utilitarista por dos razones: primera, parecen violar la tradici&oacute;n <i>liberal</i>porque son interferencias no s&oacute;lo en la distribuci&oacute;n sino tambi&eacute;n en la esfera de la producci&oacute;n<sup><a href="#14">14</a><a name="n14"></a></sup>. Segunda, parecen hacer redundantes a los c&aacute;nones del utilitarismo, pues promueven los intereses de todos a costa de ninguno.</p>     <p align="justify"><b>INTERFERENCIA EN LA ESFERA DE LA PRODUCCI&Oacute;N </b></p>     <p align="justify"><b> </b>El dogma absoluto del <i>laissez-faire</i> fue modificado claramente por J. S. Mill en su aplicaci&oacute;n a la esfera de la distribuci&oacute;n. Adam Smith y Ricardo ya hab&iacute;an establecido una aguda distinci&oacute;n entre producci&oacute;n (incluido el intercambio) y distribuci&oacute;n. Su demostraci&oacute;n de la doctrina liberal fue m&aacute;s satisfactoria con respecto a la producci&oacute;n que a la distribuci&oacute;n. La conocida teor&iacute;a de la divisi&oacute;n del trabajo de Adam Smith fue una demostraci&oacute;n convincente de que la especializaci&oacute;n y el libre cambio reducen los costos e incrementan los beneficios. Pero se lleg&oacute; a considerar que esta demostraci&oacute;n tambi&eacute;n se aplicaba sin mayor discusi&oacute;n a la esfera del ingreso y de la distribuci&oacute;n de la propiedad.</p>     <p align="justify">J. S. Mill, quien fue influido por los cr&iacute;ticos socialistas, cuestion&oacute; el principio del <i>laissez-faire</i> en la esfera de la distribuci&oacute;n. Pero pensaba que la producci&oacute;n en su conjunto deb&iacute;a ser independiente<sup><a name="n15"></a><a href="#15">15</a></sup>. Con esta salvedad, la doctrina entr&oacute; en la econom&iacute;a brit&aacute;nica del bienestar y a&uacute;n es ampliamente aceptada.</p>     <p align="justify">Teniendo en cuenta estos antecedentes, Keynes aparece como exponente de una tradici&oacute;n diferente. En algunos aspectos sus opiniones se asemejan a las de los cr&iacute;ticos americanos y continentales del liberalismo que intentaron demostrar que la producci&oacute;n no debe ser independiente. Para Keynes, la acci&oacute;n del gobierno es necesaria, no s&oacute;lo ni principalmente para corregir los resultados distributivos indeseados, sino tambi&eacute;n y sobre todo para mantener la demanda efectiva total y, por tanto, el pleno empleo y la plena producci&oacute;n.</p>     <p align="justify">En este aspecto, Keynes tiene m&aacute;s afinidad con los defensores conservadores de las pol&iacute;ticas de producci&oacute;n, como Friedrich List, que con los cl&aacute;sicos o socialistas brit&aacute;nicos. List y Keynes sosten&iacute;an que las fuerzas productivas se estancar&iacute;an a menos que fueran liberadas por la acci&oacute;n estatal. Ambos ve&iacute;an en el Estado no a una agencia cuya actividad est&aacute; limitada a formas indeseadas de consumo y redistribuci&oacute;n sino como un poderoso est&iacute;mulo para la producci&oacute;n. Tambi&eacute;n pensaban que, una vez se liberaran las fuerzas productivas, el sistema liberal funcionar&iacute;a bien.</p>     <p align="justify">No obstante, desde un punto diferente, Keynes parece estar m&aacute;s cerca de los liberales que de los antiliberales. Aunque List y otros defensores de la pol&iacute;tica de producci&oacute;n, por una parte, y Keynes, por la otra, comparten la creencia de que el Estado debe emprender ciertas acciones para crear el ambiente adecuado para que los intereses privados act&uacute;en en forma ben&eacute;fica, existe una importante diferencia. Los proteccionistas defienden la interferencia en ramas particulares de la producci&oacute;n y la regulaci&oacute;n de la composici&oacute;n del producto, mientras que Keynes pensaba que “si suponemos dado el volumen de producci&oacute;n, es decir, que est&aacute; determinado por fuerzas externas al sistema cl&aacute;sico de pensamiento, no se puede hacer ninguna objeci&oacute;n al an&aacute;lisis cl&aacute;sico de la manera como el inter&eacute;s privado determina lo que se produce en particular, en qu&eacute; proporciones se combinan los factores para producirlo, y c&oacute;mo se distribuye entre ellos el valor del producto final[...] El sistema existente se ha derrumbado con respecto a la determinaci&oacute;n del volumen del empleo real, no con respecto a su direcci&oacute;n”<sup><a name="n16"></a><a href="#16">16</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Hubo, por supuesto, muchos Keynes. El Keynes de la <i>Teor&iacute;a General</i> ten&iacute;a, a pesar de sus pol&iacute;ticas de producci&oacute;n, m&aacute;s fe en el <i>laissez-faire</i> que el Keynes de <i>El fin del laissez-faire</i>. Ya mencionamos que su preocupaci&oacute;n por las “perturbaciones artificiales” fue el emblema de aquellos cr&iacute;ticos que se mantuvieron arraigados al pensamiento cl&aacute;sico pese a sus cr&iacute;ticas a los argumentos cl&aacute;sicos. Asociaron estos males a la mala distribuci&oacute;n del ingreso (los liberales socialistas), al monopolio y al mal manejo financiero (liberales radicales, Veblen), etc. El an&aacute;lisis de Keynes, fiel a esta tradici&oacute;n, pone de relieve otro tipo de obst&aacute;culo para lo que, de no existir, ser&iacute;a un adecuado funcionamiento del mercado. La rigidez de la tasa de inter&eacute;s (quiz&aacute; junto a la rigidez de las tasas de salarios) debida a la especulaci&oacute;n es otro elemento que causa distorsiones. De acuerdo con el <i>Tratado</i>, la interferencia del Estado es necesaria para establecer la coincidencia entre la tasa del mercado y la tasa natural<sup><a name="n17"></a><a href="#17">17</a></sup> y, de acuerdo con la <i> Teor&iacute;a General</i>, para establecer la tasa de pleno empleo. Al mismo tiempo, ignor&oacute; otra serie de “complicaciones”<sup><a name="n18"></a><a href="#18">18</a></sup>.</p>     <p align="justify">A pesar de esta concepci&oacute;n no ortodoxa de la pol&iacute;tica de producci&oacute;n, Keynes, sobre todo al final de su vida, se mantuvo fiel a la tradici&oacute;n liberal utilitaria<a name="n19"></a><sup><a href="#19">19</a></sup>. No fue, por supuesto, un utilitarista partidario del <i>laissez-faire</i>. Tampoco lo fueron Bentham, Mill, Sidgwick ni Pigou. Se puede creer en el principio de la mayor felicidad sin creer que la mayor felicidad es el resultado autom&aacute;tico de las fuerzas del libre mercado. La acci&oacute;n positiva del gobierno es necesaria para asegurar la mayor felicidad y el bienestar general. El rasgo <i>utilitarista</i> distintivo y la reliquia de la doctrina de la armon&iacute;a es la creencia, que Keynes comparti&oacute; con Bentham y Mill, de que el bienestar econ&oacute;mico de una naci&oacute;n es algo que el gobierno puede y debe descubrir y alentar<sup><a name="n20"></a><a href="#20">20</a></sup>. El rasgo <i>liberal</i> es la convicci&oacute;n de que el fomento del bienestar econ&oacute;mico s&oacute;lo requiere de un peque&ntilde;o ajuste aqu&iacute; y all&aacute;, y que, para lo dem&aacute;s, el juego autom&aacute;tico del inter&eacute;s propio es una mejor fuerza directriz que cualquier otra alternativa pr&aacute;ctica.</p>     <p align="justify">Ni el componente utilitarista ni el componente liberal de esta convicci&oacute;n son compartidos por algunos miembros de la escuela hist&oacute;rica ni por los marxistas ni por los schumpeterianos, que rechazan la idea de “bienestar com&uacute;n” y que consideran las pol&iacute;ticas del gobierno como un resultado de la lucha entre diferentes intereses. La convicci&oacute;n de que el bienestar nacional es an&aacute;logo al bienestar individual o familiar est&aacute; tan arraigada en la tradici&oacute;n utilitarista anglosajona que se tiende a pasar por alto su car&aacute;cter metaf&iacute;sico. Los pensadores antihedonistas han criticado sus fundamentos l&oacute;gicos, sicol&oacute;gicos y sociol&oacute;gicos<a name="n21"></a><sup><a href="#21">21</a></sup>, pero sus ra&iacute;ces a&uacute;n son fuertes.</p>     <p align="justify"><b>ARMON&Iacute;A DE INTERESES Y POL&Iacute;TICAS CONTRA LA DEPRESI&Oacute;N </b></p>     <p align="justify"><b> </b>Si la primera objeci&oacute;n para considerar a Keynes como liberal y utilitarista fue la de que sus recomendaciones <i> violan</i> los c&aacute;nones <i>liberales</i>, la segunda es que &eacute;stas <i>no requieren</i> los c&aacute;nones utilitaristas. A primera vista puede parecer que toda la disputa sobre la distribuci&oacute;n y su relaci&oacute;n con el bienestar econ&oacute;mico, que est&aacute; en el centro de las controversias recientes sobre el bienestar econ&oacute;mico, es irrelevante para las pol&iacute;ticas que interesan a la econom&iacute;a keynesiana.</p>     <p align="justify">Los intereses parecen coincidir en algunas esferas y all&iacute;, sea como fuere, parece ser posible hacer recomendaciones cuasi objetivas<a name="n22"></a><sup><a href="#22">22</a></sup>. La pol&iacute;tica monetaria se cita a veces como ejemplo. Parece ser seguro afirmar que la prosperidad y la estabilidad son mejores que la depresi&oacute;n y las fluctuaciones, y que las medidas que incrementan y prolongan la prosperidad general sirven al inter&eacute;s general. El profesor Frank H. Knight dijo hace poco: “El ciclo de negocios [...] no es un problema de conflicto de intereses, puesto que casi nadie se beneficia de las depresiones”<a name="n23"></a><sup><a href="#23">23</a></sup>. Muchas de las sutilezas de la econom&iacute;a del bienestar sobre la manera de alcanzar la mejor asignaci&oacute;n de unos recursos dados ya empleados, aunque no en forma &oacute;ptima, pueden parecer triviales en comparaci&oacute;n con el problema de la manera de incrementar el empleo de los recursos, reducir el desempleo y promover la prosperidad.</p>     <p align="justify">Puede parecer que las medidas keynesianas est&aacute;n pensadas para promover los “intereses de todos” en un sentido que hace innecesario comparar y sopesar los intereses, pues nadie sale perjudicado. Por ello, aun quienes creen que todo placer humano es &uacute;nico e inconmensurable pueden aprobar las medidas keynesianas. Es claro que todos prefieren la prosperidad a la depresi&oacute;n y la estabilidad a las fluctuaciones, excepto quiz&aacute; algunos especuladores. Si esto es cierto, se puede desechar el supuesto utilitarista de la comparabilidad de las utilidades individuales. Las medidas para alcanzar el pleno empleo no presentan ninguno de los dif&iacute;ciles problemas de comparaci&oacute;n y ponderaci&oacute;n que enfrentar&iacute;an las pol&iacute;ticas “restrictivas”, es decir, las que hacen m&aacute;s eficiente a una econom&iacute;a que ya alcanz&oacute; el pleno empleo. En apariencia, podemos agrandar el pastel nacional sin reducir la tajada de ninguno.</p>     <p align="justify">Sin embargo, esta apariencia es decepcionante por al menos tres razones. 1. Algunas personas est&aacute;n condenadas a perder en cualquier caso. 2. La armon&iacute;a no prevalecer&iacute;a aunque nadie tuviera p&eacute;rdidas pecuniarias. 3. Aunque se evitaran los problemas de distribuci&oacute;n en el corto plazo, se pueden tornar prioritarios en cualquier pol&iacute;tica de largo plazo para mantener el pleno empleo. Adem&aacute;s, la aceptaci&oacute;n de las pol&iacute;ticas keynesianas generar&iacute;a, de nuevo, problemas de asignaci&oacute;n y distribuci&oacute;n.</p>     <p align="justify">En primer lugar, algunas personas est&aacute;n condenadas a perder aun con pol&iacute;ticas antirrecesivas. Quienes reciben ingresos fijos estar&aacute;n peor. Por supuesto, es verdad que pueden ser compensados o, al menos, que sus p&eacute;rdidas sean menores que las ganancias (lo que es un juicio de valor e implica comparaciones interpersonales). Aqu&iacute; hay un mayor grado de armon&iacute;a que en las pol&iacute;ticas dise&ntilde;adas para restaurar el libre comercio o la competencia. No obstante, es dif&iacute;cil la armon&iacute;a completa<sup><a name="n24"></a><a href="#24">24</a></sup>.</p>     <p align="justify">Segundo, y quiz&aacute; m&aacute;s importante, la experiencia y la controversia poskeynesiana indican que no hay consenso general sobre el an&aacute;lisis keynesiano ni armon&iacute;a general entre los intereses afectados por las medidas keynesianas, adem&aacute;s de la desarmon&iacute;a proveniente de la reducci&oacute;n de ingresos de quienes reciben un ingreso fijo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Puede surgir oposici&oacute;n a causa de mal entendidos. Esto es posible aun en el sistema de Bentham. En principio, se puede compensar y establecer la armon&iacute;a. Pero puede surgir oposici&oacute;n a pesar o debido a la plena comprensi&oacute;n de las implicaciones de las medidas keynesianas. Algunas personas se oponen a ellas porque no desean el pleno empleo, porque creen que afectan la disciplina de los trabajadores o porque temen que si los sindicatos se fortalecen debido al pleno empleo la participaci&oacute;n en los beneficios disminuir&aacute;; o incluso si no esperan que disminuya, los empresarios pueden temer que su poder y su estatus en la sociedad se reduzcan<a name="n25"></a><sup><a href="#25">25</a></sup>.</p>     <p align="justify">Keynes cre&iacute;a m&aacute;s en la armon&iacute;a de intereses, en este sentido, que en la experiencia posterior de las condiciones que garantizar&iacute;an el pleno empleo. Atribuy&oacute; la oposici&oacute;n a las pol&iacute;ticas antirrecesivas a la estupidez de los banqueros y crey&oacute; que la supresi&oacute;n de los riesgos y el aumento de las ganancias har&iacute;an atractivas estas pol&iacute;ticas para los empresarios. De hecho, su oposici&oacute;n es perfectamente racional, en el terreno econ&oacute;mico y en el pol&iacute;tico. Estas pol&iacute;ticas socavan su poder de negociaci&oacute;n. Las decisiones que en condiciones de depresi&oacute;n estar&iacute;an a su favor, se convierten en asuntos de pol&iacute;tica p&uacute;blica en condiciones de pleno empleo, como la redistribuci&oacute;n, la tasa de inversi&oacute;n y el progreso<a name="n26"></a><sup><a href="#26">26</a></sup>.</p>     <p align="justify">Este problema se ha examinado sucintamente en una serie de art&iacute;culos de <i>The Economist</i><sup><a name="n27"></a><a href="#27">27</a></sup>. All&iacute; se argumenta que los objetivos del a) pleno empleo, b) un nivel estable de precios y c) la libre negociaci&oacute;n colectiva son incompatibles. El pleno empleo y la estabilidad de precios s&oacute;lo se pueden lograr con una p&eacute;rdida de libertad. Los precios estables y la libre negociaci&oacute;n implican desempleo, y la libre negociaci&oacute;n junto con el pleno empleo generan inflaci&oacute;n. Adem&aacute;s, si se sacrificara uno de estos tres objetivos a los otros dos, al final no se alcanzar&iacute;a ninguno.</p>     <p align="justify">El argumento se puede extender de la libre negociaci&oacute;n a la libertad de controles estatales. Muchos consideran que el pleno empleo es un objetivo que exige un sacrificio, un “precio”, oportunidades perdidas<a name="n28"></a><sup><a href="#28">28</a></sup>. Algunos de estos costos no se pueden expresar en t&eacute;rminos de dinero (por ejemplo, la p&eacute;rdida prevista de libertad) y quiz&aacute; no sean estrictamente econ&oacute;micos. Pero el punto crucial es que no hay armon&iacute;a de intereses. La situaci&oacute;n se complica por la necesidad de comparar no s&oacute;lo los gustos de diferentes individuos, reflejados en las elecciones de mercado, sino sus sistemas de valores. Aun en el corto plazo puede surgir el dilema entre control y desempleo, si se excluye la inflaci&oacute;n.</p>     <p align="justify">Quiz&aacute; se logre un grado de acuerdo estableciendo una distinci&oacute;n entre pol&iacute;ticas antirrecesivas y pol&iacute;ticas de pleno empleo. Quienes rechazan estas &uacute;ltimas pueden aceptar las primeras, aunque ser&iacute;a dif&iacute;cil llegar a un acuerdo acerca de d&oacute;nde trazar la l&iacute;nea entre ambas. Pero hay un mayor acuerdo sobre la deseabilidad de evitar tasas de desempleo muy altas y un desempleo prolongado que sobre la deseabilidad de mantener el pleno empleo.</p>     <p align="justify">Aunque hubiese completa armon&iacute;a nacional en torno de las pol&iacute;ticas antirrecesivas, surgir&iacute;a un conflicto de intereses con otras naciones y, por tanto, con el sistema de valores de quienes desean de coraz&oacute;n el bienestar internacional. Los cambios de la balanza de pagos y la variaci&oacute;n de los t&eacute;rminos de intercambio ocasionados por las pol&iacute;ticas antirrecesivas tienen repercusiones internacionales. Los extranjeros dar&aacute;n la bienvenida a algunos de estos cambios, pero otros requerir&aacute;n ajustes a lo que quiz&aacute; no est&eacute;n dispuestos. La doctrina de la armon&iacute;a es aun menos plausible si intentamos aplicarla a la econom&iacute;a mundial. Una naci&oacute;n tiene un gobierno que, en ciertas ocasiones, puede actuar como si fuera verdad la ficci&oacute;n de un cuerpo unificado de intereses. No hay una instituci&oacute;n internacional similar. En ausencia de compensaci&oacute;n internacional de las p&eacute;rdidas, el conflicto de intereses se agudiza y se reduce la posibilidad de llegar a un acuerdo.</p>     <p align="justify">La tercera raz&oacute;n para que las pol&iacute;ticas keynesianas no eviten el conflicto de intereses es que el an&aacute;lisis de Keynes se aplica al corto plazo. Es m&aacute;s f&aacute;cil estimular la inversi&oacute;n para <i>alcanzar</i> el pleno empleo que sostener este nivel de inversi&oacute;n y, por tanto, el pleno empleo, durante un per&iacute;odo prolongado. En el corto plazo, la inversi&oacute;n genera ingresos pero no consumo. Pero en el largo plazo la inversi&oacute;n tambi&eacute;n induce aumentos del consumo. Si la inversi&oacute;n requerida para generar un <i>ingreso</i>de pleno empleo es igual a la requerida para generar el <i>producto</i> que se demanda durante un pleno empleo prolongado, &eacute;ste &uacute;ltimo se mantendr&aacute;. Pero esto ser&iacute;a una extra&ntilde;a coincidencia. Es posible que la inversi&oacute;n requerida para generar el ingreso de pleno empleo sea mayor que: a) la inversi&oacute;n requerida para satisfacer la demanda efectiva, o b) la inversi&oacute;n que puede ser rentable con una poblaci&oacute;n dada (o una tasa dada de crecimiento de la poblaci&oacute;n). En otras palabras, la inversi&oacute;n de pleno empleo puede descender bien sea: a) porque hay una insuficiente demanda de consumo de los bienes que ayuda a producir indirectamente, o b) porque la fuerza de trabajo requerida para operar en conjunto con el capital fijo es muy peque&ntilde;a. En cualquier caso habr&aacute; exceso de capacidad y la inversi&oacute;n se reducir&aacute;. Ser&aacute; imposible mantener el pleno empleo. Para evitar a) tendr&aacute; que aumentar el consumo, y para evitar a) y b) habr&aacute; que ejecutar pol&iacute;ticas dise&ntilde;adas para transferir trabajo de las industrias de bienes de inversi&oacute;n a las de bienes de consumo. En dicha situaci&oacute;n puede cumplir un papel esencial la redistribuci&oacute;n del ingreso de los ricos hacia los pobres. Dicha redistribuci&oacute;n reducir&iacute;a la inversi&oacute;n requerida para generar el ingreso y ayudar&iacute;a a evitar los excesos de capacidad en relaci&oacute;n con la demanda o la fuerza de trabajo disponible<sup><a name="n29"></a><a href="#29">29</a></sup>. Parece entonces que la distribuci&oacute;n del ingreso puede cumplir un papel importante en la conservaci&oacute;n del pleno empleo durante cierto tiempo.</p>     <p align="justify">Pero este pron&oacute;stico es especulativo y poco fiable. Las pol&iacute;ticas de redistribuci&oacute;n modifican inevitablemente no s&oacute;lo los ingresos relativos sino tambi&eacute;n los h&aacute;bitos de consumo y ahorro. Es imposible prever los factores sicol&oacute;gicos y sociol&oacute;gicos que influyen en la cantidad y la direcci&oacute;n del gasto en una sociedad cuya estructura social es diferente de la que existe.</p>     <p align="justify">Por &uacute;ltimo, aunque se pudiese alcanzar el pleno empleo con pol&iacute;ticas antirrecesivas, el <i>conocimiento</i> general del <i>an&aacute;lisis</i>keynesiano, y la <i>adopci&oacute;n</i> de <i>remedios</i> keynesianos llevar&iacute;an el problema del conflicto de intereses a primer plano, aun si se supusiese que &eacute;ste yace latente en un mundo con un desempleo no diagnosticado y sin cura.</p>     <p align="justify">En condiciones de desempleo a gran escala, las ganancias de un grupo no compensan necesariamente las p&eacute;rdidas de otros. Pero con la adopci&oacute;n de pol&iacute;ticas antirrecesivas y, <i>a fortiori</i>, pol&iacute;ticas de pleno empleo, los conflictos se tornar&aacute;n m&aacute;s agudos. Las medidas que antes no ten&iacute;an costos sociales, o cuyo costo social era negativo, ahora ocasionan grandes sacrificios. La pregunta es c&oacute;mo sopesar las ganancias y las p&eacute;rdidas de la adopci&oacute;n de pol&iacute;ticas que deben contar con una aprobaci&oacute;n un&aacute;nime.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Pero &eacute;sta no es la &uacute;nica causa de agudizaci&oacute;n de los conflictos a lo que puede dar lugar una sociedad m&aacute;s consciente de su funcionamiento y m&aacute;s resuelta a decidir su destino econ&oacute;mico. Las condiciones que m&aacute;s se acercaron al buen funcionamiento de la armon&iacute;a de ego&iacute;smos fueron las de la alta y media sociedad victoriana. En aquel entonces hab&iacute;a cuasi armon&iacute;a porque, en sus actividades econ&oacute;micas as&iacute; como en otras esferas de la vida, los victorianos aceptaban sin mayor cuestionamiento ciertos tab&uacute;es y reglas antiguas. El convencionalismo y el tradicionalismo caracter&iacute;sticos del apogeo de la sociedad victoriana contribuyeron a la formaci&oacute;n de un consenso t&aacute;cito de opini&oacute;n que ayud&oacute; al buen funcionamiento del sistema econ&oacute;mico. La mitolog&iacute;a que dio origen a la idea de que &eacute;ste era el comportamiento “racional” y “econ&oacute;mico” por excelencia s&oacute;lo muestra cu&aacute;n arraigada e inconsciente era la aceptaci&oacute;n de los tab&uacute;es. El patr&oacute;n oro, un mercado monetario libre, presupuestos balanceados, la b&uacute;squeda de la libre competencia, la aceptaci&oacute;n del desempleo y la creencia en el trabajo duro y el ahorro testifican este sometimiento a reglas y convenciones externas e incuestionables.</p>     <p align="justify">La cuasi armon&iacute;a se rompi&oacute;, no porque la gente perdiera su cabeza y diera rienda suelta al irracionalismo sino porque se torn&oacute; m&aacute;s racional, m&aacute;s consciente del funcionamiento del sistema econ&oacute;mico. Menos preparada para aceptar las creencias antiguas, despoj&oacute; a la estructura de las relaciones econ&oacute;micas de las supersticiones en las que se cimentaba. Con el conocimiento lleg&oacute; el deseo de la manipulaci&oacute;n consciente. Con la ruptura de los consensos t&aacute;citos basados en la convenci&oacute;n y la superstici&oacute;n, el conflicto de intereses se revel&oacute; con m&aacute;s claridad.</p>     <p align="justify">La asimilaci&oacute;n de la concepci&oacute;n de Keynes form&oacute; parte de este despertar. Ayud&oacute; a destruir las barreras que imped&iacute;an la b&uacute;squeda de la manipulaci&oacute;n ego&iacute;sta de la sociedad y, por ello, produjo antagonismos e hizo inevitable la acci&oacute;n del gobierno.</p>     <p align="justify"><b> </b><b>S&Iacute;NTESIS </b></p>     <p align="justify"><b> </b>Identificamos tres componentes de la tradici&oacute;n cl&aacute;sica: el liberalismo, el utilitarismo y la doctrina de la armon&iacute;a.</p>     <p align="justify">1) Los liberales defienden una interferencia m&iacute;nima del gobierno, particularmente en la producci&oacute;n, tanto en el agregado como en ramas particulares; y tambi&eacute;n, en mayor o menor medida, en la distribuci&oacute;n. Los cr&iacute;ticos sostienen que la distinci&oacute;n entre producci&oacute;n y distribuci&oacute;n no es l&oacute;gicamente v&aacute;lida. En el curso del tiempo, los liberales han aceptado una creciente interferencia en la distribuci&oacute;n, sobre todo desde J. S. Mill, aunque insisten en que con ella la “producci&oacute;n” no se perjudicar&iacute;a. En cierto sentido, aun los primeros liberales defendieron alguna acci&oacute;n del gobierno en el campo de la producci&oacute;n (en cosas que de otra forma no se har&iacute;an, por ejemplo, la educaci&oacute;n, los faros, etc.).</p>     <p align="justify">2) Los utilitaristas creen que la felicidad social (o, m&aacute;s en general, el bienestar) se debe maximizar. Pueden ser liberales, es decir, sostener que la maximizaci&oacute;n se puede lograr con una m&iacute;nima interferencia del gobierno; o pueden ser autoritarios, es decir, creer que se necesitan regulaciones de diversa &iacute;ndole.</p>     <p align="justify">3) Quienes se adhieren a la doctrina de la armon&iacute;a sostienen que el inter&eacute;s social o p&uacute;blico se puede determinar objetivamente mediante un examen cuidadoso de los intereses privados. Pueden creer que la armon&iacute;a se establece autom&aacute;ticamente o que se debe construir.</p>     <p align="justify">Toda la discusi&oacute;n anterior se puede resumir en lo siguiente: si tuvi&eacute;semos que elaborar una <i>agenda</i> y una <i>no-agenda</i> para la acci&oacute;n del gobierno, las diferentes personas, por variadas razones, pondr&iacute;an rubros diferentes en una y en otra, y habr&iacute;a muchas etapas intermedias entre no poner nada o ponerlo todo en la <i>agenda</i>. Toda recomendaci&oacute;n se puede contrastar de acuerdo con las opiniones de uno u otro lado, y se puede ver a una luz diferente, si la contrastamos con el <i>laissez-faire</i> extremo o con la planeaci&oacute;n extrema.</p>     <p align="justify">Aunque esto sea cierto, los supuestos filos&oacute;ficos en que se apoyan dichos programas no se corresponden con igual continuidad y presentan criterios de distinci&oacute;n m&aacute;s convenientes que las conclusiones de pol&iacute;tica que se derivan de ellos. Estos supuestos deber&iacute;an ser el tema de discusi&oacute;n cuando surjan desacuerdos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&iquest;Cu&aacute;l es, entonces, el lugar de Keynes en la tradici&oacute;n cl&aacute;sica?</p>     <p align="justify">1) El pensamiento de Keynes pertenece inequ&iacute;vocamente a la tradici&oacute;n liberal utilitarista cl&aacute;sica. Se lo puede considerar como un te&oacute;rico de la armon&iacute;a en el sentido de que concibi&oacute; las actividades econ&oacute;micas de la naci&oacute;n como si fuesen las de un individuo o una familia, es decir, como si tuviesen un prop&oacute;sito com&uacute;n que, entendido adecuadamente, es tambi&eacute;n el prop&oacute;sito de cada individuo. El bien com&uacute;n, el bienestar p&uacute;blico, la producci&oacute;n m&aacute;xima, etc., eran para &eacute;l conceptos significativos y objetivos deseables.</p>     <p align="justify">2) Puede parecer que las recomendaciones de Keynes constituyen una ruptura con la tradici&oacute;n cl&aacute;sica por razones parad&oacute;jicas: a) porque implican interferencias en la <i>producci&oacute;n</i> y no s&oacute;lo en la distribuci&oacute;n; y b) porque en apariencia, la promoci&oacute;n de los intereses de todos y de cada uno torna superfluo el c&aacute;lculo <i>utilitarista</i>. Pero a) no constituye una ruptura con la tradici&oacute;n de la armon&iacute;a y la aparici&oacute;n de b) es decepcionante, puesto que siempre habr&aacute; p&eacute;rdidas de alguna clase.</p>     <p align="justify">3) Los defensores de las pol&iacute;ticas de producci&oacute;n suelen aceptar la validez y deseabilidad de la maximizaci&oacute;n del bienestar com&uacute;n, en particular a la luz de la consideraci&oacute;n 2b. Keynes, en particular, s&oacute;lo defendi&oacute; la regulaci&oacute;n de los <i>agregados</i>. Se mantuvo en la tradici&oacute;n liberal en el sentido de que las interferencias que defendi&oacute; buscaban eliminar frenos particulares a la libre b&uacute;squeda del bien com&uacute;n.</p>     <p align="justify">4) Por variadas razones, las medidas keynesianas no cuentan con el aplauso de todos y cada uno. a) Algunos est&aacute;n condenados a perder en cualquier caso. b) Las consideraciones no materiales pueden generar oposici&oacute;n aun cuando no haya p&eacute;rdidas estrictamente econ&oacute;micas. c) El mantenimiento del pleno empleo en el largo plazo puede requerir la redistribuci&oacute;n.</p>     <p align="justify">5) En un pa&iacute;s o en un mundo empe&ntilde;ado en el pleno empleo no s&oacute;lo surgir&aacute;n los problemas cl&aacute;sicos de los conflictos de intereses sino tambi&eacute;n nuevos problemas de distribuci&oacute;n del poder econ&oacute;mico y de su manipulaci&oacute;n consciente.</p>     <p align="justify"><b>    <br> NOTAS AL PIE</b></p>     <p align="justify"> <a href="#n1">1</a><a name="1"></a>. Se podr&iacute;an citar muchos pasajes de <i>La riqueza de las naciones</i>, de Adam Smith, que muestran que este contraste entre su creencia en una armon&iacute;a <i>natural</i> y la concepci&oacute;n de una armon&iacute;a <i>imaginaria</i> de Bentham es falsa. Adam Smith acept&oacute; claramente la necesidad de la legislaci&oacute;n y no fue ingenuamente optimista acerca del poder de los intereses propios desenfrenados. Pero, considerando los escritos de Smith en su conjunto, y en particular sus reflexiones m&aacute;s generales, la diferencia de &eacute;nfasis es notable. La solidez de sus creencias se ilustra en la siguiente cita de Marshall: “Esta doctrina (de Adam Smith) de la organizaci&oacute;n natural contiene m&aacute;s verdades de suma importancia para la humanidad que cualquier otra parecida que evada la comprensi&oacute;n de aquellos que discuten los graves problemas sociales sin un estudio adecuado; y tiene una fascinaci&oacute;n peculiar para las mentes cuidadosas y reflexivas” (<i>Principles</i>, p. 246).</p>     <p align="justify"> <a href="#n2">2</a><a name="2"></a>. Viner, J. 1949. “Bentham and J. S. Mill”, <i>American Economic Review</i>, March, p. 368. El Profesor L. Robbins tambi&eacute;n ha subrayado que los economistas cl&aacute;sicos no cre&iacute;an en la armon&iacute;a en el sentido de los fisi&oacute;cratas. <i>The Theory of Economic Policy in English Classical Political Economy</i>, 1952.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> <a href="#n3">3</a><a name="3"></a>. Pero la visi&oacute;n liberal, de <i>laissez-faire</i>, tambi&eacute;n se puede justificar por razones de <i>ausencia</i>de armon&iacute;a. La desconfianza hacia las pol&iacute;ticas y los pol&iacute;ticos, derivada de la convicci&oacute;n de que los seres humanos son ego&iacute;stas y corruptibles, es quiz&aacute; un fundamento m&aacute;s s&oacute;lido para el liberalismo que los meros argumentos econ&oacute;micos. El mundo del <i>laissez-faire</i>, para parafrasear a F. H. Bradley, es el mejor de todos los mundos posibles, y en ese mundo todo es necesariamente nocivo.</p>     <p align="justify"> <a href="#n4">4</a><a name="4"></a>. La doctrina de la armon&iacute;a social tiene su equivalente en la esfera personal. La visi&oacute;n liberal del ser humano individual a menudo es ciega a las tensiones y conflictos que dan origen a la moralidad y da excesivo &eacute;nfasis al orden y la consistencia. Esta falta de imaginaci&oacute;n caracter&iacute;stica de las formas m&aacute;s racionales del liberalismo fue analizada por Lionel Trilling, <i>The Liberal Imagination</i>. Lo que Noel Annan dice de los moralistas tambi&eacute;n es v&aacute;lido para los economistas: “el humanista siempre se asombra de que los seres humanos vayan por el camino correcto –son siempre m&aacute;s curiosos y diversos de lo que ha previsto, y su sorpresa mantiene la docilidad de su imaginaci&oacute;n–. El moralista que no es humanista siempre se sorprende en forma err&oacute;nea; encuentra que sus categor&iacute;as morales son demasiado estrechas para contener la diversidad de experiencias, se atemoriza con lo que encuentra” (<i>Leslie Stephen</i>, p. 239).</p>     <p align="justify"> <a href="#n5">5</a><a name="5"></a>. Es obvio que existen conflictos dentro de la familia, y aun dentro del individuo. Por ello, algunas de las cr&iacute;ticas son tambi&eacute;n v&aacute;lidas para toda concepci&oacute;n que vea a estas &uacute;ltimas como sistemas unificados. Pero la diferencia es que las acciones individuales y las de la familia a menudo persiguen un prop&oacute;sito, no as&iacute; las del “mercado”. La analog&iacute;a s&oacute;lo se mantiene para las monarqu&iacute;as absolutas, donde la voluntad del soberano se identifica con la voluntad del Estado. Por otra parte, es tambi&eacute;n obvio que puede haber armon&iacute;a de intereses en algunos respectos y &aacute;reas m&aacute;s amplias, por ejemplo, la vecindad, la clase, la naci&oacute;n y quiz&aacute;s aun el mundo. La objeci&oacute;n a la doctrina de la armon&iacute;a no es que esta no pueda existir, sino que se excluye el an&aacute;lisis social de los intereses de grupo y los conflictos de intereses mediante un supuesto que encierra un c&iacute;rculo vicioso.</p>     <p align="justify"><a href="#n6">6</a><a name="6"></a>. Edgeworth, F. Y. <i>Papers Relating to Political Economy</i>, vol. II, pp. 102-103.</p>     <p align="justify"> <a href="#n7">7</a><a name="7"></a>. &Eacute;sta deber&iacute;a ser la interpretaci&oacute;n si las opiniones de Bentham fueran coherentes. Tambi&eacute;n se podr&iacute;a discutir que no son coherentes. Argument&oacute;: 1) que la maximizaci&oacute;n de la felicidad individual ocasiona conflictos, y 2) que para cada uno es deseable maximizar la suma social de felicidad y, en particular, que en ello consiste la tarea de los legisladores. Marx dio coherencia al benthamismo cuando rechaz&oacute; su doctrina de la armon&iacute;a: los legisladores, igual que los hombres de negocios, dirigen sus asuntos (el Estado, las firmas) en su propio inter&eacute;s.</p>     <p align="justify"> <a href="#n8">8</a><a name="8"></a>. “El lector encontrar&aacute;, de nuevo, que nunca existe, en ning&uacute;n caso individual, un intento de comparar la cantidad de sentimiento de una mente con la de otra. No veo ning&uacute;n medio para realizar tal comparaci&oacute;n [...] Toda mente es inescrutable para cualquier otra, y no parece posible ning&uacute;n com&uacute;n denominador del sentimiento [...] Las motivaciones de la mente de A pueden dar lugar a fen&oacute;menos que se pueden representar por motivaciones en la mente de B; pero entre A y B existe un abismo. De aqu&iacute; que la ponderaci&oacute;n de las motivaciones siempre debe estar confinada a la intimidad del individuo”. Jevons, S. 1817. <i> Theory of Political Economy</i>, 4. a ed., 1924, p. 14.</p>     <p align="justify"> <a href="#n9">9</a><a name="9"></a>. Fisher consider&oacute; que las comparaciones entre los placeres de diferentes individuos eran asuntos “misteriosos” que “no nos incumben”. <i>Mathematical Investigations in the Theory of Value and Prices</i>, 1892, pp. 99, 87. “La duda filos&oacute;fica es correcta y adecuada pero los problemas de la vida no dan espera”. <i>Economic Essay in Honour of John Bates Clark</i>, p. 180.</p>     <p align="justify"> <a href="#n10">10</a><a name="10"></a>. Robbins, L. <i>Essay on the Nature and Significance of Economic Science</i>.</p>     <p align="justify"> <a href="#n11">11</a><a name="11"></a>. Keynes, J. M., <i>General Theory</i>, p. 373; Schumpeter, Joseph A., <i>The New Economics</i>, Seymour S. Harris, editor, p. 99.</p>     <p align="justify"> <a href="#n12">12</a><a name="12"></a>. Thompson, William. 1822. <i>An Inquiry into de Principles of the Distribution of Wealth Most Conductive to Human Happiness</i>, William Pare, editor, 1850, p. 175.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> <a href="#n13">13</a><a name="13"></a>. Los autores m&aacute;s cautelosos suelen plantear una serie de condiciones que se deber&iacute;an cumplir antes de afirmar que la competencia maximiza la producci&oacute;n.</p>     <p align="justify"> <a href="#n14">14</a><a name="14"></a>. <i>General Theory</i>, p. 351.</p>     <p align="justify"> <a href="#n15">15</a><a name="15"></a>. “Las leyes y condiciones de la producci&oacute;n de riqueza comparten el car&aacute;cter de las verdades f&iacute;sicas. No hay nada opcional ni arbitrario en ellas. Todo lo que el hombre produce, se debe producir de la manera y en las condiciones impuestas por la constituci&oacute;n de las cosas externas, y mediante las propiedades inherentes a su propia estructura corporal y mental […] No sucede as&iacute; con la distribuci&oacute;n de la riqueza. Esta es exclusivamente un asunto de las instituciones humanas. Una vez las cosas est&aacute;n ah&iacute;, la humanidad, individual o colectivamente, puede hacer con ellas lo que quiera [...] La distribuci&oacute;n de la riqueza, por tanto, depende de las leyes y las costumbres de la sociedad. Las reglas que la determinan son las opiniones y sentimientos de la parte dirigente de la comunidad que las produce, y son muy diferentes en diferentes &eacute;pocas y pa&iacute;ses; y pueden ser a&uacute;n m&aacute;s diferentes si la humanidad as&iacute; lo elige”. <i>Principles of Political Economy</i>, 1848, Ashly, editor, 1920, II, I, 1. La adhesi&oacute;n a la teor&iacute;a del valor trabajo facilit&oacute;, por supuesto, la fe en esta distinci&oacute;n. El c&aacute;lculo en unidades de trabajo hace posible dar significado al “producto f&iacute;sico” y evita el problema crucial de los n&uacute;meros &iacute;ndices.</p>     <p align="justify"> <a href="#n16">16</a><a name="16"></a>. <i>General Theory</i>, pp. 178-179.</p>     <p align="justify"> <a href="#n17">17</a><a name="17"></a>. “Natural” hace eco al vocabulario de los fil&oacute;sofos del derecho natural del siglo XVIII. Igualmente, los primeros socialistas creyeron que la correcci&oacute;n de la mala distribuci&oacute;n de la riqueza reestablecer&iacute;a el estado “natural”.</p>     <p align="justify"> <a href="#n18">18</a><a name="18"></a>. Nunca discuti&oacute; “las complicaciones que surgen: 1) cuando las unidades de producci&oacute;n eficientes son ampliamente relativas a las unidades de consumo, 2) cuando los costos extras o los costos conjuntos est&aacute;n presentes, 3) cuando las econom&iacute;as internas tienden a la agregaci&oacute;n de la producci&oacute;n, 4) cuando el tiempo requerido para el ajuste es largo, 5) cuando la ignorancia prevalece sobre el conocimiento, y 6) cuando los monopolios y sus combinaciones interfieren con la igualdad del regateo”. <i>El fin del laissez-faire</i>, 1926, p. 33. “...no veo raz&oacute;n para suponer que el sistema existente en realidad no emplea los factores de producci&oacute;n que est&aacute;n en uso”. <i>Teor&iacute;a General</i>, p. 379.</p>     <p align="justify"> <a href="#n19">19</a><a name="19"></a>. “Por esto estoy de acuerdo con Gesell que el resultado de llenar los vac&iacute;os de la teor&iacute;a cl&aacute;sica no es acabar con el ‘sistema manchesteriano&rsquo;, sino indicar la naturaleza del contexto que requiere el libre juego de las fuerzas econ&oacute;micas, si ha de potenciarse la producci&oacute;n”. <i>Teor&iacute;a General</i>, p. 379. Sobre el tratado de Bretton Woods y el pr&eacute;stamo Anglo-Americano afirm&oacute;: “aqu&iacute; hay un intento de usar lo que hemos aprendido de la experiencia moderna y el an&aacute;lisis moderno, no para derrotar, sino para implementar la sabidur&iacute;a de Adam Smith”. <i>Economic Journal</i>, 1946, p. 186.</p>     <p align="justify"> <a href="#n20">20</a><a name="20"></a>. En el sentido filos&oacute;fico estricto, Keynes no fue un utilitarista, pero s&iacute; lo fue en un sentido m&aacute;s amplio. Ciertamente no se le puede culpar por tratar de derivar proposiciones &eacute;ticas de las proposiciones descriptivas. La perspectiva filos&oacute;fica de Keynes estuvo bastante influenciada por las lecciones de G. E. Moore sobre la falacia naturalista. Ver “My Early Beliefs”, <i>Two Memoirs</i>. “Yo no la culpo (a la tradici&oacute;n benthamiana) de ser el gusano que ha carcomido el interior de la civilizaci&oacute;n moderna y la responsable de su decadencia moral presente”. Adem&aacute;s “...somos los primeros de nuestra generaci&oacute;n, quiz&aacute;s s&oacute;lo entre nuestra generaci&oacute;n, en escapar a la tradici&oacute;n benthamiana”, op. cit., p. 96. El profesor Smithies considera a Keynes como “un descendiente lineal del utilitarismo ingl&eacute;s” porque “considera que la buena teor&iacute;a es la base para los programas de acci&oacute;n”. Smithies, Arthur. 1951. “Schumpeter and Keynes, <i>Review of Economics and Statistics</i>, mayo, p. 164. En este sentido muchos son, por supuesto, utilitaristas. El profesor Smithies cita la visi&oacute;n de Schumpeter de que Mill “debi&oacute; entristecerse por la falta de creencia en los fundamentales del utilitarismo, pero seguramente encontr&oacute; consuelo en la fuerte evidencia de la firme adherencia a su esp&iacute;ritu y a algunas de sus consecuencias m&aacute;s pr&aacute;cticas. El radicalismo filos&oacute;fico no ha muerto todav&iacute;a –se ha expandido entre nosotros as&iacute; como sus esperanzas generosas de la humanidad y su tajante rechazo a ver la vida s&oacute;lo como un intermedio irritante y sin sentido entre las eternidades de la muerte”, Schumpeter, Joseph S. 1933. <i>Economic Journal</i>, p. 657.</p>     <p align="justify"> <a href="#n21">21</a><a name="21"></a>. Ver Gunnar Myrdal, <i>The Political Element in the Development of Economic Thought.</i></p>     <p align="justify"> <a href="#n22">22</a><a name="22"></a>. Exigen aplicar el juicio de valor de que se debe hacer lo que favorece el inter&eacute;s de cada uno sin perjudicar a nadie.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> <a href="#n23">23</a><a name="23"></a>. Knight, Frank H. 1950. “Economic and Social Policy in Democratic Society”, <i>Journal of Political Economy</i>, diciembre, p. 520.</p>     <p align="justify"> <a href="#n24">24</a><a name="24"></a>. Scitovsky, T. 1951. “The State of Welfare Economics”, <i>American Economic Review</i>, June.</p>     <p align="justify"> <a href="#n25">25</a><a name="25"></a>. Ver Alexander, Sidney. “Opposition to Deficit Spending”, <i>Essays in Honour of Alvin Hansen.</i></p>     <p align="justify"> <a href="#n26">26</a><a name="26"></a>. Balogh, T. <i>Dollar Crisis</i>, pp. 78-80, 105-6.</p>     <p align="justify"> <a href="#n27">27</a><a name="27"></a>. “The Uneasy Triangle”, <i>The Economist</i>, August 9, 16 y 23, 1952.</p>     <p align="justify"> <a href="#n28">28</a><a name="28"></a>. Ver, por ejemplo, Viner, J. 1950. “Full Employment at Whatever Cost”, <i>Quarterly Journal of Economics</i>, August.</p>     <p align="justify"> <a href="#n29">29</a><a name="29"></a>. En contra de esto se puede argumentar que la transferencia de recursos de la inversi&oacute;n hacia el consumo se podr&iacute;a realizar sin medidas dr&aacute;sticas de redistribuci&oacute;n. Alternativamente, se puede argumentar que una buena inversi&oacute;n no se traduce en demanda de consumo y este tipo de inversi&oacute;n siempre se podr&aacute; expandir. En cualquier caso, una buena inversi&oacute;n que ahorre trabajo reducir&aacute; el peligro del exceso de capacidad. La inversi&oacute;n en vivienda siempre se podr&aacute; aumentar y reducir&aacute; el peligro de la demanda deficiente. La tasa de crecimiento del producto tambi&eacute;n se podr&aacute; reducir por el disfrute de mayor ocio.</p> </font>      ]]></body>
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