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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[GERARDO MOLINA Y EL ESTADO PROVIDENTE]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[In this essay, Gonzalo Cataño examines the ideas on the State defended by the notable thinker and Colombian socialist leader: Gerardo Molina. The article presents a brief biography, followed by a study of his ideas concerning the functions of the State. Although a critical tone predominates all way through the article, it must be remembered that the limitations of an intelligent analyst of the public subjects are always more instructive than the correct considerations of a trivial expositor of the policy. The paper defines Provident State - also known as Welfare State or Supportive State- as a State that guarantees minimum standards of income, health, food, housing, education and labor, as political rights, not charity.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">     <p align="center">    <br><b>GERARDO MOLINA Y EL ESTADO PROVIDENTE</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">    <p align="center"><b>GERARDO MOLINA AND THE PROVIDENT STATE</b></p>     <p>    <br>    <br></p>     <p align="justify"><i>Gonzalo Cata&ntilde;o</i>*</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">* Soci&oacute;logo. Profesor e investigador de la Universidad Externado de Colombia, <a href="mailto:anomia@supercabletv.net.co">anomia@supercabletv.net.co</a>. Fecha de recepci&oacute;n: 31 de agosto de 2004, fecha de aceptaci&oacute;n: 30 de septiembre de 2004.</p> <hr>    <p align="justify"><b>RESUMEN</b></p>     <p align="justify">[Palabras clave: Gerardo Molina, Estado providente; JEL: B29, A10, H19, H89]</p>     <p>En este ensayo Gonzalo Cata&ntilde;o examina la visi&oacute;n del Estado del notable pensador y dirigente socialista colombiano, Gerardo Molina. Ofrece una breve informaci&oacute;n biogr&aacute;fica y comenta su enfoque sobre las funciones del aparato estatal. Aunque en la exposici&oacute;n predomina un tono cr&iacute;tico, muestra que las limitaciones de un analista inteligente de los asuntos p&uacute;blicos son m&aacute;s instructivas que las consideraciones correctas de un comentarista trivial de la pol&iacute;tica. En este trabajo se denomina por Estado providente &ndash;conocido tambi&eacute;n como asistencial o de bienestar&ndash; al que garantiza niveles m&iacute;nimos de ingreso, salud, alimentaci&oacute;n, vivienda, educaci&oacute;n y trabajo, como derecho pol&iacute;tico y no como beneficencia.</p>     <p><b>ABSTRACT</b></p>     <p>[Key Words: Gerardo Molina, provident State; JEL: B29, A10, H19, H89]</p>     <p>In this essay, Gonzalo Cata&ntilde;o examines the ideas on the State defended by the notable thinker and Colombian socialist leader: Gerardo Molina. The article presents a brief biography, followed by a study of his ideas concerning the functions of the State. Although a critical tone predominates all way through the article, it must be remembered that the limitations of an intelligent analyst of the public subjects are always more instructive than the correct considerations of a trivial expositor of the policy. The paper defines Provident State &ndash; also known as Welfare State or Supportive State&ndash; as a State that guarantees minimum standards of income, health, food, housing, education and labor, as political rights, not charity.</p> <hr>    <blockquote>     <p align="right">[En caso de llegar a la Presidencia de la Rep&uacute;blica],    <br>     les dar&iacute;amos prioridad a los gastos en salud, vivienda y     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     educaci&oacute;n, revirtiendo la tendencia de los &uacute;ltimos gobiernos    <br>     a desplazar el Estado de la prestaci&oacute;n de los servicios sociales.    <br>     <i>Gerardo Molina</i> (2004, 146)</p>       <p align="right">Todas las codificaciones y leyes de la dominaci&oacute;n patrimonial    <br>     respiran el esp&iacute;ritu del llamado &ldquo;Estado-providencia&rdquo;.    <br>     <i>Max Weber</i> (1964, 710)</p> </blockquote>     <p align="justify">En este ensayo se examinan las ideas acerca del estado defendidas por el notable pensador y dirigente socialista colombiano, Gerardo Molina. Para mayor comprensi&oacute;n de su pensamiento, se ofrece una r&aacute;pida informaci&oacute;n biogr&aacute;fica y a continuaci&oacute;n se estudia su enfoque sobre las funciones del aparato estatal. Aunque en la exposici&oacute;n predomina un tono cr&iacute;tico, debe recordarse que las limitaciones de un analista inteligente de los asuntos p&uacute;blicos son siempre m&aacute;s instructivas que las consideraciones correctas de un expositor trivial de la pol&iacute;tica. En el contexto del presente trabajo se entiende por Estado providente &ndash;tambi&eacute;n conocido como asistencial o de bienestar&ndash; aquel Estado que garantiza los patrones m&iacute;nimos de ingreso, salud, alimentaci&oacute;n, vivienda, educaci&oacute;n y trabajo, como derecho pol&iacute;tico y no como beneficencia (Wilensky, 1975, 1).</p>     <p align="justify"><b>UNA VIDA</b></p>     <p align="justify">Gerardo Molina muri&oacute; en marzo de 1991, pr&oacute;ximo a cumplir los 85 a&ntilde;os. Hab&iacute;a nacido en agosto de 1906, en una familia de medianos propietarios de tierras de G&oacute;mez Plata, una lejana y apenas conocida poblaci&oacute;n antioque&ntilde;a dedicada a la explotaci&oacute;n agr&iacute;cola y ganadera. Siguiendo los pasos de su hermano mayor, Juan C. Molina Ram&iacute;rez (1892-1958), autor de un popular tratado de derecho minero (1952), se traslad&oacute; a Medell&iacute;n para cursar los estudios secundarios e iniciar la carrera de abogado, que finaliz&oacute; en Bogot&aacute; en 1933. En esta ciudad entr&oacute; en contacto con la izquierda liberal, los grupos socialistas y los c&iacute;rculos marxistas que r&aacute;pidamente lo llevaron al periodismo, a la actividad sindical y a la agitaci&oacute;n pol&iacute;tica.</p>     <p align="justify"> En la d&eacute;cada del treinta, cuando apenas se acercaba a los 27 a&ntilde;os, fue elegido a la C&aacute;mara de Representantes como suplente del escritor Baldomero San&iacute;n Cano, y dos a&ntilde;os despu&eacute;s al Senado, donde despleg&oacute; una intensa labor legislativa vinculada a la reforma constitucional del primer gobierno de L&oacute;pez Pumarejo. De aquella &eacute;poca data su prestigio de difusor de las ideas socialistas y su reputaci&oacute;n de pensador comprometido con los sectores populares. En el decenio siguiente, entre 1944 y 1948, ocup&oacute; la rector&iacute;a de la Universidad Nacional, cuya gesti&oacute;n acad&eacute;mica y administrativa qued&oacute; en el recuerdo de los colombianos como ejemplo de los logros de un genuino <i>rector magnificus</i><sup><a href="#1">1</a><a name="n1"></a></sup>. A finales de 1948 &ndash;a&ntilde;o del &ldquo;Bogotazo&rdquo;, el levantamiento ocasionado por el asesinato de Jorge Eli&eacute;cer Gait&aacute;n&ndash; parti&oacute; para Francia huyendo de la violencia oficial y del acoso pol&iacute;tico de las fuerzas conservadoras. Un registro de aquellos d&iacute;as se&ntilde;al&oacute; que durante los sucesos del nueve de abril, </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>    <p align="justify">Gerardo Molina fue presidente del Comit&eacute; Ejecutivo de la Junta Revolucionaria que se form&oacute; pocas horas despu&eacute;s del asesinato del doctor Gait&aacute;n y que ped&iacute;a el cambio de gobierno. Desde la radio el doctor Molina dict&oacute; varias providencias encaminadas a reprimir el bandalaje. Luego fue puesto preso y una vez restablecido el orden se le someti&oacute; a rigurosa indagatoria sobre aquellas radiaciones (Perry &amp; C&iacute;a, 1948, 265). </p> </blockquote>     <p align="justify">Francia fue para Molina un respiro intelectual. All&iacute; estudi&oacute; la teor&iacute;a pol&iacute;tica moderna y observ&oacute; la reconstrucci&oacute;n europea y el desenvolvimiento de la guerra fr&iacute;a, aquella sofocante tensi&oacute;n entre los Estados Unidos y la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica que sigui&oacute; a la finalizaci&oacute;n de la segunda guerra mundial y perdur&oacute; hasta la ca&iacute;da del socialismo en 1989. En Par&iacute;s frecuent&oacute; las aulas de la Facultad de Derecho y de la Escuela de Ciencias Pol&iacute;ticas para seguir los cursos de derecho p&uacute;blico de Georges Burdeau y Gustave Vedel, y las conferencias de historia y sociolog&iacute;a pol&iacute;tica de Jean-Jacques Chevallier y Maurice Duverger. Al calor de estas experiencias acad&eacute;micas comenz&oacute; a redactar su primer libro, <i>Proceso y destino de la libertad</i>, una reflexi&oacute;n general, con aplicaciones al caso colombiano, sobre la suerte de la libertad y la democracia en el siglo XX. </p>     <p align="justify"> Molina regres&oacute; a Colombia a comienzos de 1954. Su perspectiva te&oacute;rica se hab&iacute;a enriquecido: ahora quer&iacute;a un socialismo alejado del autoritarismo sovi&eacute;tico, un socialismo que respetara los derechos humanos y procurara la igualdad, la participaci&oacute;n y la democracia. Una vez en Bogot&aacute;, volvi&oacute; al mundo acad&eacute;mico y al ejercicio profesional, siempre atento a la evoluci&oacute;n pol&iacute;tica del pa&iacute;s. Observ&oacute; la ca&iacute;da de Rojas Pinilla, la llegada del Frente Nacional y el ascenso de los grupos guerrilleros al calor de la experiencia cubana. Era un profesor universitario y un gestor admirable de los asuntos p&uacute;blicos, pero tambi&eacute;n un hombre de entra&ntilde;able vocaci&oacute;n pol&iacute;tica. En 1962 fue elegido por segunda vez a la C&aacute;mara de Representantes por una lista disidente del Movimiento Revolucionario Liberal, una facci&oacute;n del liberalismo dirigida por el brillante Alfonso L&oacute;pez Michelsen, que Molina vio con distancia y marcado escepticismo. &ldquo;Mis amigos y yo &ndash;apunt&oacute; en una ocasi&oacute;n&ndash; nunca entramos al MRL, pero le abrimos un comp&aacute;s de espera al ver en &eacute;l ciertos elementos socializantes&rdquo; (Acevedo C., 1986, 188). A finales de los setenta fund&oacute; en compa&ntilde;&iacute;a de diversos sectores &ndash;intelectuales, profesores, estudiantes y empleados&ndash; el movimiento Firmes, una corriente socialista ajena a los dogmas de las agrupaciones revolucionarias locales devotas de la lejana Rusia y de la ignota China. Y en 1982, a los 76 a&ntilde;os de edad, como coronaci&oacute;n de su carrera pol&iacute;tica, fue candidato a la Presidencia de la Rep&uacute;blica por una coalici&oacute;n de grupos de izquierda promovida por los miembros m&aacute;s activos de Firmes. </p>     <p align="justify"> Estas actividades, nada f&aacute;ciles de combinar con el <i>modus vivendi</i>, con las maneras cotidianas de ganarse la vida, estuvieron unidas a una vigorosa labor intelectual. A mediados de los a&ntilde;os sesenta se comprometi&oacute; con un proyecto de gran aliento, <i>Las ideas liberales en Colombia</i>, su obra de mayor alcance y por la que siempre ser&aacute; recordado. El primer volumen sali&oacute; a la calle en 1970, el segundo cuatro a&ntilde;os despu&eacute;s y el tercero en 1977. El conjunto conforma un inmenso fresco que reconstruye el ideario de una de las colectividades pol&iacute;ticas que han acompa&ntilde;ado la historia del pa&iacute;s desde 1849 hasta nuestros d&iacute;as. El primer volumen es m&aacute;s anal&iacute;tico y comprensivo que el segundo y el tercero. A medida que Molina avanzaba en su tema y se acercaba al siglo XX, disminu&iacute;a el esp&iacute;ritu cr&iacute;tico y cobraba fuerza la generosidad de su mirada. No pocos de los pensadores que aparec&iacute;an en los &uacute;ltimos tomos eran sus contempor&aacute;neos y algunos procesos pol&iacute;ticos registrados en sus cap&iacute;tulos eran parte de su propia vida.</p>     <p align="justify"> Al libro sobre las ideas liberales le sigui&oacute; un &uacute;til <i>Breviario de ideas pol&iacute;ticas</i> que ha agotado varias ediciones. All&iacute; examin&oacute; los fundamentos del liberalismo, el socialismo, la social-democracia y el comunismo. Su prop&oacute;sito era restablecer la importancia de los idearios &ldquo;ante la explosi&oacute;n del pragmatismo de estos d&iacute;as&rdquo; y divulgar las corrientes sociales y pol&iacute;ticas de orientaci&oacute;n democr&aacute;tica y progresista. Este volumen lo condujo a una historia de <i>Las ideas socialistas en Colombia</i> que resum&iacute;a el amor de su vida: el registro de las luchas populares y el estudio de las doctrinas que nutrieron sus combates. </p>     <p align="justify"> Pero a su juicio faltaba un estudio m&aacute;s. Era necesario llenar un vac&iacute;o en el conocimiento del desenvolvimiento pol&iacute;tico del pa&iacute;s. Nada o muy poco se sab&iacute;a de la instituci&oacute;n que concentra el poder en la sociedad y alrededor de la cual se libran las contiendas pol&iacute;ticas en el mundo moderno: el Estado. Y este fue el proyecto de sus &uacute;ltimos a&ntilde;os. Para ello regres&oacute; a su antigua documentaci&oacute;n, y despu&eacute;s de reunir informaci&oacute;n de &iacute;ndole econ&oacute;mica, social y jur&iacute;dica, se dio a la tarea de redactar un texto sobre el nacimiento y desarrollo del Estado en Colombia. Como buen profesor de derecho constitucional entend&iacute;a que el estudio de las instituciones pol&iacute;ticas deb&iacute;a partir de un conocimiento de los modos de ser de la sociedad &ndash;de las creencias, tradiciones y costumbres de su poblaci&oacute;n&ndash; y de los rasgos dominantes de su estratificaci&oacute;n social: de su divisi&oacute;n en clases, estamentos y grupos.</p>     <p align="justify"> No obstante haber cumplido los ochenta a&ntilde;os &ndash;&ldquo;el hombre sabe que tiene que morir, pero no lo cree&rdquo;, hab&iacute;a escrito su amigo San&iacute;n Cano (1925, 119)&ndash; emprendi&oacute; la tarea guiado por un esquema bastante ambicioso. Quer&iacute;a rastrear la administraci&oacute;n p&uacute;blica desde finales de los tiempos coloniales hasta el presente. En muchos aspectos &ndash;escribi&oacute;&ndash; &ldquo;la historia de Colombia ha sido un tesonero esfuerzo dirigido a construir el Estado nacional&rdquo; (2004, 27). El objetivo era mostrar que a pesar de los logros del pasado, la construcci&oacute;n del Estado-naci&oacute;n no hab&iacute;a alcanzado su configuraci&oacute;n definitiva, pues lo que hoy llamamos &ldquo;crisis del Estado&rdquo; es s&oacute;lo la manifestaci&oacute;n de un proceso institucional a&uacute;n en curso. No logr&oacute;, sin embargo, culminar el proyecto. Cuando escrib&iacute;a el cuarto cap&iacute;tulo lleg&oacute; el final. S&oacute;lo consigui&oacute; redactar las secciones que van de la revoluci&oacute;n de los comuneros hasta comienzos de la era radical, el per&iacute;odo de Manuel Murillo Toro, la figura pol&iacute;tica de mayor significaci&oacute;n de los a&ntilde;os que siguieron a las reformas de 1850 y por quien sent&iacute;a una especial devoci&oacute;n. </p>     <p align="justify"> Los cuatro cap&iacute;tulos de <i>La formaci&oacute;n del Estado en Colombia</i> portan su mejor prosa. Est&aacute;n escritos en ese estilo llano que model&oacute; durante a&ntilde;os en el periodismo y la controversia pol&iacute;tica. La exposici&oacute;n es franca, elegante y apasionada. El lector avanza con placer y sin obst&aacute;culo, y cuando llega al abrupto e inesperado final, lo invade la pena de no tener en sus manos las p&aacute;ginas que el autor albergaba en su mente y que no pudo escribir. Es verdad que s&oacute;lo disponemos de un torso de huidizas extremidades, pero tambi&eacute;n es cierto que las secciones que han quedado registran con energ&iacute;a la importancia de un tema que a&uacute;n no ha cubierto en forma satisfactoria la investigaci&oacute;n social nacional. </p>     <p align="justify"><b>LOS USOS DEL PASADO</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Como era de esperar en un hombre de acci&oacute;n, el inter&eacute;s de Molina por el desenvolvimiento del Estado no era s&oacute;lo acad&eacute;mico. En su mente, el conocimiento hist&oacute;rico estaba aupado por demandas del presente: por las exigencias morales, sociales y pol&iacute;ticas del momento. Para &eacute;l la historia no era una narraci&oacute;n de hechos y de acontecimientos muertos. Por el contrario, era un instrumento de comprensi&oacute;n de la sociedad y de nosotros mismos. Quer&iacute;a estudiar el pasado para ilustrar la situaci&oacute;n actual y, hasta donde fuese posible, proyectar el futuro<sup><a name="n2"></a><a href="#2">2</a></sup>. Si bien era cierto que la historia no ten&iacute;a la capacidad de predecir los acontecimientos, era innegable que mostraba c&oacute;mo se hab&iacute;an planteado problemas similares en otras &eacute;pocas. De usarla con discreci&oacute;n y prudencia, pod&iacute;a ofrecer una visi&oacute;n m&aacute;s fluida del presente y promover una conciencia m&aacute;s responsable del ma&ntilde;ana. En la d&eacute;cada del ochenta del siglo XX, las pol&iacute;ticas neoliberales ganaban el coraz&oacute;n de los organismos internacionales y de los gobiernos de los pa&iacute;ses desarrollados. Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Inglaterra despojaban a los organismos oficiales de sus funciones relacionadas con los servicios p&uacute;blicos y la seguridad social. El Estado providente, por el que tanto se hab&iacute;a luchado en el pasado para responder a las demandas de la <i>question sociale</i>, parec&iacute;a llegar a su fin. Ahora se quer&iacute;a dejar a la din&aacute;mica informal del mercado el manejo de la econom&iacute;a y de la vida social. El fracaso de la experiencia socialista reforzaba esta actitud y los programas de planeaci&oacute;n y control estatal de la econom&iacute;a estaban desacreditados. </p>     <p align="justify"> Para Molina todo esto iba en contrav&iacute;a. Ve&iacute;a con asombro c&oacute;mo en el momento en que el Estado colombiano lograba hacerse a programas sociales de alguna significaci&oacute;n, fuerzas encontradas tend&iacute;an a debilitarlo. A&uacute;n estaba fresca la fundaci&oacute;n de cajas de previsi&oacute;n social para atender la salud y jubilaci&oacute;n de los trabajadores &ndash;o la creaci&oacute;n de bancos de cr&eacute;dito y fomento para impulsar el desarrollo agr&iacute;cola y la vivienda urbana&ndash;, cuando ya se anunciaba su venta al capital financiero. Por todas partes se hablaba de crisis del Estado, de su gigantismo y falta de gesti&oacute;n, de su bancarrota econ&oacute;mica y de la necesidad de reducir el gasto social. A juicio de influyentes tecn&oacute;cratas, el gobierno era inoperante, grande y costoso, y m&aacute;s que la soluci&oacute;n a los problemas, era la causa de los problemas. &iquest;El Estado de bienestar conoc&iacute;a sus &uacute;ltimos d&iacute;as? &iquest;Se desvanec&iacute;an las recientes conquistas de los grupos negativamente privilegiados? &iquest;El Estado-providencia, aquel que garantiza niveles m&iacute;nimos de ingreso, salud, alimentaci&oacute;n, vivienda, educaci&oacute;n y trabajo, era la fuente de las dificultades econ&oacute;micas? &iquest;Los gastos p&uacute;blicos crec&iacute;an con mayor rapidez que los ingresos de los gobiernos, provocando una crisis fiscal que presagiaba problemas de mayor alcance? &iquest;La b&uacute;squeda de la &ldquo;felicidad&rdquo; engendraba la desdicha y el malestar sociales?</p>     <p align="justify"> Ante estos anuncios torn&oacute; la mirada sobre el pasado. Siguiendo la l&oacute;gica de su libro sobre la libertad, quer&iacute;a examinar el <i>proceso</i> del Estado para se&ntilde;alar su <i>destino</i>. Comenz&oacute; en 1781 y no en 1810, como era usual en la mayor&iacute;a de los historiadores patrios. A su juicio, el proceso de independencia empez&oacute; con el levantamiento de los comuneros, la primera manifestaci&oacute;n clara del soberano de nuestros d&iacute;as: el pueblo. Los sucesos de 1810 eran s&oacute;lo la culminaci&oacute;n de una jornada que se inici&oacute; con Berbeo y la gesta popular de Gal&aacute;n, &ldquo;quien decret&oacute; la abolici&oacute;n de la esclavitud e hizo efectivo el derecho de los campesinos a la tierra&rdquo;. Con ellos surgi&oacute; la noci&oacute;n de soberan&iacute;a popular que habr&iacute;a de nutrir el derecho p&uacute;blico del per&iacute;odo republicano y la idea de que el gobierno y la instituci&oacute;n que les confieren vida y curso normal a sus actividades expresan la voluntad de las mayor&iacute;as.</p>     <p align="justify"> En los cuatro cap&iacute;tulos que nos han quedado de <i>La formaci&oacute;n del Estado</i>, Molina no presenta una definici&oacute;n clara de <i>Estado</i>, su objeto de estudio. Quiz&aacute; hab&iacute;a dejado el asunto para el final de la monograf&iacute;a, una vez que hubiese descrito sus tribulaciones a lo largo de los siglos XIX y XX. Pero de los usos y contextos en que aparece, se lo puede identificar, a) con el concepto de sociedad u organizaci&oacute;n de la naci&oacute;n, b) con el de gobierno o autoridad que rige la vida pol&iacute;tica de la poblaci&oacute;n que ocupa un territorio determinado, y c) con un organismo jur&iacute;dico tutelado por una constituci&oacute;n escrita, que tiene a su cargo la administraci&oacute;n de tareas de inter&eacute;s para el conjunto de los asociados. Estos acentos le sirven para subrayar sus acciones respecto del &ldquo;pueblo&rdquo;, el protagonista central de su relato, al que tampoco define con exactitud. Aunque es evidente que con este vocablo se refer&iacute;a, no a la totalidad de los ciudadanos como registraban los textos constitucionales, sino a los pobres, es decir, a la mayor&iacute;a de la poblaci&oacute;n. Para el siglo XIX inclu&iacute;a a los ind&iacute;genas, esclavos, peones, artesanos y campesinos sin tierra, y para la centuria siguiente a los sobrevivientes de la anterior junto a los obreros, las clases medias asalariadas, los peque&ntilde;os comerciantes, los jornaleros y los minifundistas. Su ant&iacute;poda eran las &ldquo;minor&iacute;as&rdquo;, las clases altas conformadas por terratenientes, industriales, grandes comerciantes y due&ntilde;os del capital financiero. De ellos se nutr&iacute;a la clase dirigente, el grupo directivo de mayor influencia en la direcci&oacute;n del Estado.</p>     <p align="justify"> Este marco de referencia inspira <i>La formaci&oacute;n del Estado</i> de principio a fin. La exposici&oacute;n gira alrededor de la presencia o ausencia del Estado en los asuntos de la sociedad, e identifica presencia con &ldquo;intervenci&oacute;n estatal&rdquo; y ausencia con &ldquo;dejar hacer&rdquo;. Considera la intervenci&oacute;n como un instrumento de protecci&oacute;n al pobre, y el dejar hacer como un medio de ayudar al rico, siempre inc&oacute;modo con las trabas institucionales que coartan el inter&eacute;s individual. Estos &eacute;nfasis les confieren a sus p&aacute;ginas un tono moral (una gradaci&oacute;n de lo bueno y lo malo), que despierta los afectos del lector y da br&iacute;o a su cr&iacute;tica social y pol&iacute;tica, pero que al final limita la capacidad explicativa de la monograf&iacute;a en cuanto esfuerzo de comprensi&oacute;n hist&oacute;rica. A ello se suman los anacronismos. Molina es muy dado a trasladar al pasado, para enaltecer a su h&eacute;roe, el pueblo, y para se&ntilde;alar las acciones innobles de las clases altas, el lenguaje utilizado por la izquierda de su tiempo. Al describir las actividades de Jos&eacute; Antonio Gal&aacute;n, se&ntilde;ala &ndash;por ejemplo&ndash; que dondequiera que llegaba, &ldquo;impon&iacute;a una <i>l&iacute;nea pol&iacute;tica</i> que era la negaci&oacute;n de la estructura montada por la metr&oacute;poli&rdquo;. Al presentar el movimiento de Independencia, anota, que por aquellos d&iacute;as &ldquo;hubo un <i>arreglo por lo alto</i> entre el patriciado criollo y las autoridades virreinales&rdquo;. Y al mostrar las actividades de los estratos bajos, escribe que en ellos cuaj&oacute;, &ldquo;por suerte, una corriente revolucionaria que postulaba sin <i>esguinces</i> la ruptura con Espa&ntilde;a&rdquo;. Algo semejante ocurre con su caracterizaci&oacute;n de la Patria Boba. All&iacute; los federalistas, los &ldquo;<i>sedicentes</i> imitadores del sistema de gobierno adoptado en Estados Unidos&rdquo;, son los representantes de las familias privilegiadas de provincia, deseosas a toda costa de una organizaci&oacute;n que les permitiera gobernar sin obst&aacute;culos en sus regiones (Molina, 2004, 28, 38 y 39). </p>     <p align="justify"> Despu&eacute;s de aludir al movimiento de Independencia, nuestro autor examina las primeras constituciones. En ellas encuentra un frenes&iacute; liberal que reduc&iacute;a las funciones del Estado a proteger la propiedad privada, a guardar el orden p&uacute;blico interno y a defender el territorio nacional ante posibles agresiones extranjeras. Lo dem&aacute;s se dejaba al libre juego de la sociedad civil. &iexcl;La dominaci&oacute;n espa&ntilde;ola estaba demasiado fresca en la mente de los legisladores para cohibir la iniciativa individual! El ostensible intervencionismo de la Corona en los asuntos econ&oacute;micos hab&iacute;a sido una de las causas del encono social que precipit&oacute; la Independencia. A pesar de estas libertades, el gobierno no pod&iacute;a olvidarse de las funciones b&aacute;sicas de los nacientes estados modernos: la creaci&oacute;n de un ej&eacute;rcito, la administraci&oacute;n de justicia, el fomento de las comunicaciones y el establecimiento de la educaci&oacute;n popular. Ante todo, hab&iacute;a que &ldquo;expropiar&rdquo; la administraci&oacute;n colonial y traducirla a las nuevas demandas materiales e ideol&oacute;gicas. Lo que ayer era extranjero, privado o semiprivado &ndash;la educaci&oacute;n estaba bajo el amparo eclesi&aacute;stico&ndash;, deb&iacute;a convertirse ahora en propio, nacional y p&uacute;blico. Si el Estado quer&iacute;a tener presencia y legitimar su autoridad, era necesario que se hiciera a la administraci&oacute;n centralizada de los servicios de inter&eacute;s comunitario para promover un esp&iacute;ritu de cuerpo en la poblaci&oacute;n. Con este objetivo se fundaron escuelas, colegios y universidades en diversas regiones del pa&iacute;s y se impuls&oacute; la construcci&oacute;n de caminos y la navegaci&oacute;n a vapor por el r&iacute;o Magdalena. No obstante los esfuerzos, los logros fueron limitados. El gobierno era pobre y los ingresos min&uacute;sculos. La guerra hab&iacute;a minado las finanzas p&uacute;blicas y la indigencia y el atraso del comercio y la industria eran de poca ayuda tributaria para acciones de mayor cubrimiento.</p>     <p align="justify"> Los &ldquo;desfallecimientos y quebrantos&rdquo; de un Estado que luchaba por afirmarse, alcanzaron nuevos retos con la primera guerra civil, la guerra de los &ldquo;Supremos&rdquo;. En tres a&ntilde;os de beligerancia dejaron una estela de ruina, muerte e inseguridad social en buena parte del territorio. A ello se sumaron poco despu&eacute;s los avances y retrocesos del gobierno de Tom&aacute;s Cipriano de Mosquera. En su administraci&oacute;n se sanearon la moneda y los ingresos p&uacute;blicos, y se atendi&oacute; con mayor firmeza el desarrollo de la educaci&oacute;n y de los transportes. Se fundaron nuevos colegios, se dot&oacute; a los existentes, y se emprendi&oacute; la construcci&oacute;n del ferrocarril de Panam&aacute; y de la estrat&eacute;gica carretera de Bogot&aacute; al r&iacute;o Magdalena. &ldquo;El Presidente iba bien&rdquo;, se&ntilde;ala Molina, pero de momento entr&oacute; en escena su Secretario de Hacienda, el aristocratizante, antisocialista y admirador del capitalismo, Florentino Gonz&aacute;lez. El Secretario les abri&oacute; las puertas a la industria y el comercio extranjeros e incentiv&oacute; los intereses privados. Decret&oacute; la libre importaci&oacute;n de mercanc&iacute;as y aboli&oacute; los monopolios y estancos heredados de la Colonia. Con ello puso en dificultades a la d&eacute;bil industria artesanal y contribuy&oacute; al robustecimiento de una oligarqu&iacute;a afincada en el comercio y la gran propiedad. &ldquo;Gonz&aacute;lez &ndash;apunt&oacute;&ndash; no le daba entrada al Estado como promotor del crecimiento y como regulador de las relaciones entre el capital y los grupos laborales. De eso se encargar&iacute;a el mercado&rdquo;<sup><a href="#3">3</a><a name="n3"></a></sup>. </p>     <p align="justify"> Con la llegada de Murillo Toro, hubo sin embargo un respiro intervencionista que regocija la mirada de Molina. Recuerda que el capit&aacute;n del liberalismo subray&oacute; la &ldquo;misi&oacute;n creadora del Estado&rdquo; en asuntos culturales (educaci&oacute;n), sociales (los servicios p&uacute;blicos, el tel&eacute;grafo) y econ&oacute;micos (fomento de la industria y el comercio a trav&eacute;s de la expansi&oacute;n de los caminos carreteros). Y no se olvida de anotar que su secretario del Tesoro, el polifac&eacute;tico Felipe P&eacute;rez, manifest&oacute; en una ocasi&oacute;n &ldquo;que en los pa&iacute;ses hispanoamericanos hab&iacute;a que hacer oficialmente el progreso, imponi&eacute;ndolo por la fuerza si era indispensable&rdquo; (2004, 90). Pero Molina sab&iacute;a que el credo dominante, heredado del fogoso Florentino Gonz&aacute;lez, era el abstencionismo, el &ldquo;dejar hacer&rdquo;, el gobernar lo menos posible. No es por lo tanto ins&oacute;lito que <i>La formaci&oacute;n del Estado</i> termine con dos citas de Camacho Rold&aacute;n, donde el analista decimon&oacute;nico magnifica sin rodeos las bondades de la iniciativa individual frente a la lentitud, descuido y molicie de la labor estatal: </p>     <blockquote>       <p align="justify">[Hay que] sustituir a la administraci&oacute;n lenta, disipada, e imprevisora del gobierno en una empresa de industria humana, por la del inter&eacute;s individual, activo, inteligente, econ&oacute;mico y lleno de previsi&oacute;n&hellip; La propiedad de los gobiernos se desmorona en dondequiera, y el inter&eacute;s individual ejecuta todos los prodigios de nuestro siglo (Camacho Rold&aacute;n, 1893, 241).</p> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Palabras y argumentos semejantes encontraba Molina en los ide&oacute;logos del mercado de sus &uacute;ltimos d&iacute;as. &iexcl;Los neoliberales de 1990 hac&iacute;an suyo el lenguaje de los liberales de 1860! </p>     <p align="justify"><b>PAPEL DE LAS FUERZAS ARMADAS</b></p>     <p align="justify">Con la abrupta interrupci&oacute;n del libro en los d&iacute;as del admirado Murillo Toro, quedaron por fuera m&aacute;s de cien a&ntilde;os de vida estatal. No logr&oacute; registrar las luchas de los radicales por establecer un sistema educativo que llegara a toda la poblaci&oacute;n en edad escolar, a) para difundir los rudimentos del c&aacute;lculo, la lectura y la escritura, b) para irradiar la noci&oacute;n de <i>patria</i> (la idea de naci&oacute;n entronizada en el coraz&oacute;n), y c) para divulgar los elementos b&aacute;sicos de la ciudadan&iacute;a, esto es, los derechos y obligaciones de los miembros de una Rep&uacute;blica fundada en la democracia representativa<a name="n4"></a><sup><a href="#4">4</a></sup>. No pudo examinar, tampoco, las dificultades relacionadas con la creaci&oacute;n de un ej&eacute;rcito permanente que asegurara el<i> imperium</i> de la autoridad leg&iacute;tima en el territorio nacional, o los esfuerzos por construir ferrocarriles que unieran una extensa geograf&iacute;a de regiones apartadas y autosuficientes habitadas por hombres y mujeres sin conciencia de un destino com&uacute;n. Ni le fue posible abordar la Regeneraci&oacute;n, la administraci&oacute;n central y antifederalista de N&uacute;&ntilde;ez afincada en la Constituci&oacute;n de 1886, ni de acentuar &ndash;como era su deseo&ndash; los arrojos del Estado a comienzos del siglo XX por hacerse a las rentas y a los servicios p&uacute;blicos, por aquellos d&iacute;as en manos de bancos y compa&ntilde;&iacute;as privadas. Y, sobre todo, no tuvo oportunidad de exponer las reformas constitucionales del gobierno del encomiado L&oacute;pez Pumarejo (que contaron con su apoyo como miembro del Congreso), que establecieron la funci&oacute;n social de la propiedad, la protecci&oacute;n de los intereses de los trabajadores con el derecho a la huelga, y la intervenci&oacute;n del Estado en la econom&iacute;a para racionalizar la producci&oacute;n, distribuci&oacute;n y consumo de las riquezas. &ldquo;El nombre de L&oacute;pez quedar&aacute; asociado en la historia nacional al principio del fortalecimiento del Estado&rdquo;, puntualiz&oacute; en el tercer y &uacute;ltimo volumen de <i>Las ideas liberales en Colombia</i> (1977, 101). Todo esto y a&uacute;n m&aacute;s &ndash;la respuesta del Estado ante la lucha feroz de los partidos, el surgimiento de la violencia rural, las guerrillas, el narcotr&aacute;fico, el paramilitarismo e, iron&iacute;as de la historia, el regreso al sector privado de la administraci&oacute;n y usufructo de la salud, la seguridad social y los servicios comunitarios&ndash;, qued&oacute; por fuera de sus p&aacute;ginas<sup><a name="n5"></a><a href="#5">5</a></sup>. </p>     <p align="justify"> Pese a que no pudo concluir su ambicioso plan, los textos pol&iacute;ticos que acompa&ntilde;an a <i>La formaci&oacute;n del Estado</i> aclaran su pensamiento. En ellos es notoria su concepci&oacute;n de las funciones del aparato estatal y del papel que habr&iacute;a de jugar si el movimiento pol&iacute;tico bajo su direcci&oacute;n hubiera llegado al poder.</p>     <p align="justify"> Cuando Molina recorr&iacute;a el pa&iacute;s como candidato presidencial en 1982, el Estado colombiano estaba lejos de ser la raqu&iacute;tica instituci&oacute;n de los a&ntilde;os que siguieron a las jornadas de Independencia. Ten&iacute;a un ej&eacute;rcito profesional y una polic&iacute;a permanentes; un amplio cuadro administrativo para atender las tareas del gobierno central, los departamentos y los municipios; un vasto aparato jur&iacute;dico para la administraci&oacute;n de justicia y un complejo sistema educativo con escuelas, colegios y universidades. Adem&aacute;s, sus empresas, propiedades e inversiones superaban con creces los capitales individuales de gran tama&ntilde;o. Era el mayor empleador del pa&iacute;s y su capacidad para generar empleo incid&iacute;a significativamente en los niveles de ocupaci&oacute;n e ingreso de la naci&oacute;n. A pesar de esta preeminencia y de la sensaci&oacute;n de poder&iacute;o que dejaba en la mente del ciudadano corriente, el organismo estatal estaba en dificultades. Sus ingresos disminu&iacute;an ante las crecientes obligaciones, y su pretendido monopolio del poder y la fuerza era objeto de severos cuestionamientos. La inseguridad urbana aumentaba y la acci&oacute;n de grupos armados pon&iacute;a en duda su presencia en regiones enteras del pa&iacute;s. Se&ntilde;al&oacute; entonces que la crisis del Estado obedec&iacute;a a su incapacidad de asegurar el derecho a la vida y de ejercer la autoridad en extensas zonas del territorio ante poderes de facto como el guerrillero, el paramilitar, el del narcotr&aacute;fico o el de las simples bandas de malhechores (1989, 300). Con estas palabras cuestionaba la raz&oacute;n misma del Estado, la de &ldquo;aquella comunidad humana que dentro de un determinado territorio reclama para s&iacute; (con &eacute;xito) el <i>monopolio de la violencia f&iacute;sica leg&iacute;tima</i>&rdquo; (Weber, 1992, 94)<sup><a name="n6"></a><a href="#6">6</a></sup>. </p>     <p align="justify"> Molina abord&oacute; el tema en su discurso, &ldquo;La violencia, el ej&eacute;rcito y la naci&oacute;n&rdquo;, difundido por la televisi&oacute;n. All&iacute; indic&oacute; que la situaci&oacute;n del pa&iacute;s era muy parecida a la de una guerra civil, a la de un conflicto intenso y de larga duraci&oacute;n donde las guerrillas no derrotaban al ej&eacute;rcito ni el ej&eacute;rcito a las guerrillas. Esta preocupaci&oacute;n lo llev&oacute; a definir el papel de las Fuerzas Armadas en un pa&iacute;s de tradici&oacute;n civilista. Le record&oacute; a la audiencia que la idea de un ej&eacute;rcito permanente ven&iacute;a de los constituyentes de 1886. Antes de esa &eacute;poca el gobierno se amparaba en montoneras, en facciones (&ldquo;bandas parciales&rdquo;) y, en el mejor de los casos, en tropas locales y transitorias. Pero la Constituci&oacute;n de ese a&ntilde;o estableci&oacute; claramente que &ldquo;la <i>naci&oacute;n</i> tendr&aacute; para su defensa un ej&eacute;rcito permanente&rdquo;. Pero, &iquest;qu&eacute; es la naci&oacute;n? se pregunt&oacute;. &ldquo;Ella alude a la totalidad de la poblaci&oacute;n instalada en un territorio con sus instituciones, sus costumbres y sus aspiraciones&rdquo;. Si ello es as&iacute; &ndash;agreg&oacute;&ndash;, &ldquo;no puede aceptarse que el ej&eacute;rcito se convierta en un instrumento de persecuci&oacute;n de un grupo interno contra otro&rdquo; (2004, 101). En pocas palabras, las Fuerzas Armadas de Colombia no se deben emplear contra ciudadanos colombianos. Su funci&oacute;n es defender a la naci&oacute;n, proteger la soberan&iacute;a ante la eventual agresi&oacute;n de un ej&eacute;rcito extranjero. Comprometerlo en acciones para castigar a los nacionales es enajenarle la buena voluntad de los asociados o de gran parte de ellos. &ldquo;Los que tenemos una elevada concepci&oacute;n del ej&eacute;rcito como instituci&oacute;n para la defensa de la soberan&iacute;a nacional, vemos mal que est&eacute; liquidando labriegos colombianos, as&iacute; tengan las armas en las manos&rdquo;, afirm&oacute; sin cortapisas en su alocuci&oacute;n. Por ello &ldquo;pedimos que el ej&eacute;rcito vuelva a sus cuarteles; que se retire de las regiones campesinas; que deje de reprimir huelgas y conflictos universitarios; que cese de cumplir la tarea degradante que puede corromperlo de perseguir a los traficantes de droga; que no siga administrando justicia a los civiles; que no se ponga a fundar y a administrar universidades. Para eso est&aacute; el poder civil&rdquo; (2004, 102 y 103)<sup><a href="#7">7</a><a name="n7"></a></sup>. </p>     <p align="justify"> Con esta postura cercenaba la dimensi&oacute;n m&aacute;s significativa de la teor&iacute;a del Estado moderno. Al limitar el papel del ej&eacute;rcito a la protecci&oacute;n de las fronteras, dejaba inerme la pretensi&oacute;n del Estado de constituirse en la fuente &uacute;nica del &ldquo;derecho&rdquo; a la violencia. &iquest;Las autoridades de la &eacute;poca no debieron sofocar con las armas la insurrecci&oacute;n de los &ldquo;Supremos&rdquo;? &iquest;Los ej&eacute;rcitos de Lincoln en la Norteam&eacute;rica de mediados del siglo XIX debieron acallar sus ca&ntilde;ones ante el pronunciamiento de sus hermanos, los separatistas del Sur? &iquest;Los colombianos de los a&ntilde;os ochenta del siglo XX deb&iacute;an limitarse a solucionar su conflicto interno &ndash;con las guerrillas, los paramilitares y los barones de la droga&ndash; a los simples di&aacute;logos en las mesas de negociaci&oacute;n? &iquest;Eran estos conflictos un mero asunto de polic&iacute;a, del cuerpo encargado del orden p&uacute;blico, de la seguridad interna y del cumplimiento de las leyes en ciudades, pueblos y veredas? Con esta actitud la noci&oacute;n de <i>imperium</i>, el derecho otorgado a las autoridades p&uacute;blicas para ejercer la autoridad, quedaba mutilado hasta rozar la impotencia. Parec&iacute;a olvidar que la comunidad pol&iacute;tica que repudia las milicias se convierte en &ldquo;actor desarmado&rdquo;, en instituci&oacute;n poco apta y nada persuasiva para retener el poder y orientar las voluntades de los grupos en conflicto. El juicio de Julio H. Palacio, el m&aacute;ximo cronista de la guerra civil de 1885, &ldquo;la paz no se impone s&oacute;lo con buenas palabras sino con la fuerza de las armas&rdquo;, era demasiado arrogante para el candidato de la izquierda de los a&ntilde;os ochenta<sup><a name="n8"></a><a href="#8">8</a></sup>. Su renuencia al uso de la fuerza, al expediente de la violencia, era por lo dem&aacute;s parte esencial de su programa de cambio social. Quer&iacute;a transformar sin crear sufrimiento. Le horrorizaba la ferocidad del socialismo revolucionario expresada en la definici&oacute;n engelsiana: &ldquo;Una revoluci&oacute;n es, indudablemente, la cosa m&aacute;s autoritaria que existe; es el acto por medio del cual una parte de la poblaci&oacute;n impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y ca&ntilde;ones, medios autoritarios si los hay; y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por el terror que sus armas inspiran a los reaccionarios&rdquo; (Engels, s.f., 671). A estos &eacute;nfasis respondi&oacute; con la cadencia del pacifista:</p>     <blockquote>       <p align="justify">Nosotros somos partidarios <i>irreductibles</i> de que los cambios estructurales que la naci&oacute;n exige se efect&uacute;en por medios pac&iacute;ficos. Es tanto lo que los colombianos hemos padecido, especialmente el pueblo, que la izquierda civilista debe hacer lo imposible porque cese la sangr&iacute;a. Las batallas por la justicia social deben adelantarse dentro de los marcos que ofrece la democracia (Molina, 1989, 306)<sup><a name="n9"></a><a href="#9">9</a></sup>.</p> </blockquote>     <p align="justify"><b>EL ESTADO PROVIDENTE: LAS NACIONALIZACIONES</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">A pesar de que rechazaba toda manifestaci&oacute;n de rudeza, Molina luchaba por un Estado fuerte, robusto y obsequioso o, en sus propias palabras, &ldquo;un Estado vigoroso, intervencionista y decidido&rdquo; (2004, 122). Fuerte no en la capacidad de intimidaci&oacute;n, sino en la amplitud y calidad de los servicios. Al reflexionar sobre la forma de gobierno, hall&oacute; que la democracia colombiana era una democracia restringida: los partidos languidec&iacute;an, la participaci&oacute;n electoral era exigua y los elegidos, siempre mejor organizados, conformaban gobiernos minoritarios, d&eacute;biles y poco representativos. A ello se sumaba el hecho de que el 50% de los hogares colombianos se encontraban por debajo de la l&iacute;nea de la pobreza absoluta. &iquest;Pod&iacute;a la democracia, la forma de gobierno m&aacute;s exigente conocida hasta el momento, operar en un medio como &eacute;ste? En aquel contexto desarroll&oacute; su estrategia del Estado providente. La literatura socialista, la antigua legislaci&oacute;n obrera y la experiencia del laborismo ingl&eacute;s de los a&ntilde;os que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, le ofrecieron los mejores ejemplos para esbozar su marco de referencia. En la segunda edici&oacute;n corregida y aumentada de <i>Proceso y destino de la libertad</i>, cuando se desplomaba el imperio sovi&eacute;tico, advirti&oacute;: &ldquo;La seguridad social debe ser un compromiso de los gobiernos, pues no habr&aacute; paz y orden mientras cada nacional no est&eacute; cubierto de riesgos tales como la enfermedad, invalidez, desempleo o vejez&rdquo; (1989, 264). </p>     <p align="justify"> El asunto no era nuevo en sus reflexiones. Las ideas b&aacute;sicas se encontraban ya en su programa socialista de los a&ntilde;os cincuenta (Molina, 1955, 269-272 y Cata&ntilde;o, 1999, 160-165), y en sus meditaciones sobre la condici&oacute;n de la clase obrera bosquejadas en la d&eacute;cada de los treinta. En los inicios de su carrera pol&iacute;tica hab&iacute;a agitado, tanto en el Congreso como en la c&aacute;tedra universitaria, los problemas de los trabajadores. El civilista Arturo Valencia Zea, su alumno en la asignatura de &ldquo;Derecho Social&rdquo; en 1937, record&oacute; que su profesor examinaba en el sal&oacute;n de clase las leyes de cesant&iacute;a, las normas sobre accidentes de trabajo, los reclamos del movimiento obrero y las controversias jur&iacute;dicas desarrolladas en Europa sobre la situaci&oacute;n de los asalariados<sup><a name="n10"></a><a href="#10">10</a></sup>. &ldquo;Muchas de las tesis recogidas m&aacute;s tarde en el primer <i>C&oacute;digo del trabajo</i> que rigi&oacute; en el pa&iacute;s (la ley 1.&ordf; de 1946), hab&iacute;an sido ya propuestas por Molina. Por este motivo debemos considerarlo como uno de los grandes propulsores de nuestra actual legislaci&oacute;n del trabajo&rdquo; (Valencia Zea, 1992, 39). En la campa&ntilde;a presidencial volvi&oacute; sobre el tema. Era el momento de regresar al amor de su vida en un escenario m&aacute;s amplio y de mayores consecuencias educativas. </p>     <p align="justify"> En el &uacute;ltimo discurso por la televisi&oacute;n, dedicado a exponer la plataforma pol&iacute;tica de su movimiento pol&iacute;tico, se extendi&oacute; en los cambios que impulsar&iacute;a una vez hubiese ganado las elecciones. Superar&iacute;a sin duda la democracia restringida. Aludiendo a Arist&oacute;teles, quien defini&oacute; la democracia como el gobierno de los pobres, afirm&oacute; que su administraci&oacute;n ser&iacute;a el gobierno de los m&aacute;s. Como representante de las mayor&iacute;as, emprender&iacute;a un impetuoso programa de nacionalizaciones: la banca, los seguros, la tierra urbana, el comercio exterior y la explotaci&oacute;n de los recursos naturales. A ello se sumar&iacute;a la nacionalizaci&oacute;n de las grandes empresas dedicadas a la producci&oacute;n de drogas, materiales de construcci&oacute;n y elementos b&aacute;sicos para la industria y el consumo popular, adem&aacute;s de la expropiaci&oacute;n de la tierra en manos de los latifundistas. El minifundio correr&iacute;a una suerte parecida. Lo har&iacute;a desaparecer fusion&aacute;ndolo en cooperativas de explotaci&oacute;n, distribuci&oacute;n y venta de los productos de sus miembros. Los servicios p&uacute;blicos estar&iacute;an a cargo del Estado para que &ldquo;los suministre a precios convenientes a los asociados&rdquo;. Los municipios administrar&iacute;an el trasporte urbano, y restablecer&iacute;a la propiedad p&uacute;blica de la televisi&oacute;n, &ldquo;hoy afectada por los grupos particulares que se mueven a su alrededor explot&aacute;ndola y deform&aacute;ndola&rdquo;. En cuanto a la educaci&oacute;n secundaria y universitaria, organizar&iacute;a un en&eacute;rgico sector oficial que le hiciera &ldquo;frente a la ofensiva hoy victoriosa de la educaci&oacute;n privada&rdquo;. Pensaba, adem&aacute;s, crear los ministerios de la Mujer &ndash;para abrir las puertas que condujeran a su emancipaci&oacute;n&ndash; y de la Cultura &ndash;para estimular el teatro, el cine, la literatura, las artes pl&aacute;sticas y las manifestaciones de la identidad nacional<sup><a name="n11"></a><a href="#11">11</a></sup>. </p>     <p align="justify"> Estas reformas portaban una energ&iacute;a muy particular a pesar del tono amable de la expresi&oacute;n. Con un lenguaje cordial y sosegado, quer&iacute;a cambiar el pa&iacute;s. Los colombianos sab&iacute;an que el &ldquo;profesor&rdquo; era un socialista, pero &eacute;l se cuidaba de usar el vocablo para no ahuyentar a un electorado que apenas diferenciaba el socialismo del comunismo. Hablaba de planificaci&oacute;n econ&oacute;mica y de intervenci&oacute;n del Estado sin mencionar el marco de referencia y la tradici&oacute;n pol&iacute;tica que nutr&iacute;a su estrategia transformadora. Pero cuando avanzaba en su &uacute;ltimo discurso, no se contuvo, y sin cortapisas le notific&oacute; a la audiencia: &ldquo;Nosotros, la izquierda socialista, pensamos que para hacer el cambio que el pa&iacute;s necesita, hay que modificar el r&eacute;gimen de tenencia de la tierra, hay que abolir el r&eacute;gimen de propiedad privada de los grandes medios de producci&oacute;n&rdquo; (2004, 129). Y encarando a uno de sus antagonistas que hablaba de la afiliaci&oacute;n del Partido Liberal a la Internacional Socialista como un hecho trascendental, deslind&oacute; con firmeza la naturaleza de sus prop&oacute;sitos:</p>     <blockquote>       <p align="justify">El pa&iacute;s debe tomar otros rumbos llamando a nuevas gentes, a nuevas clases, a personas con ideas nuevas en cuanto a la sociedad y al Estado, para que se apersonen de la vida nacional. Pues bien, esa opci&oacute;n nueva, esa alternativa, es la socialista. En vista de la crisis de los partidos pol&iacute;ticos hist&oacute;ricos, nosotros pensamos que extrayendo f&oacute;rmulas del arsenal socialista, habr&iacute;a manera para enderezar de otra forma los rumbos del pa&iacute;s. Pero esto ser&iacute;a un socialismo verdadero, de los ya probados, y no como el que nos propone el doctor L&oacute;pez Michelsen mediante su afiliaci&oacute;n a la Internacional Socialista, hecho que no significar&iacute;a gran cosa, pues, como se sabe por los estudiosos, la Internacional Socialista no propone ning&uacute;n cambio en cuanto a la tenencia de los grandes medios de producci&oacute;n. Esto es como el liberalismo que se ensa&ntilde;&oacute; aqu&iacute; en otras &eacute;pocas, y ahora sabemos que el cambio que necesita Colombia es un cambio mucho m&aacute;s profundo (2004, 132).</p> </blockquote>     <p align="justify">Ante sus ojos la sugerencia de L&oacute;pez Michelsen era una manifestaci&oacute;n m&aacute;s del antiguo aforismo del olvidado Alphonse Karr: <i>Plus &ccedil;a change, plus c'est la m&ecirc;me chose</i><sup><a href="#12">12</a></sup><a name="n12"></a>. Los liberales quer&iacute;an cambiar las cosas para que la sociedad permaneciera igual. &iquest;Qu&eacute; significaba tocar las puertas de la Internacional Socialista? Mero ornato modernizante para colorear un partido comprometido con el establecimiento. </p>     <p align="justify"><b>&iquest;UN PROFETA DESARMADO?</b></p>     <p align="justify">&iquest;C&oacute;mo se financiar&iacute;a su amplio y comprensivo programa estatal? El candidato de la izquierda era consciente de la crisis fiscal, y en la pantalla chica evalu&oacute; su monto: &iexcl;cien mil millones de pesos! Los aprietos financieros eran reales pero, a su juicio, tambi&eacute;n las causas. La insolvencia del Estado se deb&iacute;a a la mala gesti&oacute;n del gobierno, a la burocratizaci&oacute;n y a la evasi&oacute;n tributaria de los capitalistas, hechos que acreditaban una vez m&aacute;s la incapacidad de los gobernantes y la necesidad de una renovaci&oacute;n de la clase dirigente. Exigir la tributaci&oacute;n de los &ldquo;potentados&rdquo;, cuyas evasiones alcanzaban una cifra similar a la penuria fiscal, constitu&iacute;a el primer paso. Hab&iacute;a, sin embargo, una dificultad. Si se expropiaba a la gran empresa, los impuestos recaer&iacute;an sobre los comerciantes e industriales medianos, sobre los peque&ntilde;os propietarios de la tierra y sobre las clases medias urbanas. En el programa los sectores populares no pagaban impuestos directos ni indirectos. Quiz&aacute; el ingreso m&aacute;s significativo del Estado vendr&iacute;a de las utilidades de las empresas de propiedad com&uacute;n. Pero si se aplazaba por alg&uacute;n tiempo la socializaci&oacute;n de las grandes firmas, como parec&iacute;a ser su estrategia, &iquest;esperaba que los &ldquo;potentados&rdquo; financiaran su propio despojo sin mayor resistencia? </p>     <p align="justify"> No es claro si deseaba abordar las grandes reformas una vez llegado al poder, o si se tomar&iacute;a su tiempo para preparar el terreno y emprender con mayor seguridad las innovaciones anunciadas. De todas formas, la violencia, cualquiera que ella fuese, no estaba en la agenda. Nada de inmolaciones para ganadores o perdedores; la felicidad no ten&iacute;a por qu&eacute; surgir del martirio de un sector de la sociedad. Pero, &iquest;se pod&iacute;a iniciar la &ldquo;gran transformaci&oacute;n&rdquo; sin el apoyo de las Fuerzas Armadas? &iquest;Los capitalistas entregar&iacute;an sus haberes y los terratenientes sus dominios sin mayor oposici&oacute;n? Y a&uacute;n m&aacute;s, &iquest;los minifundistas endosar&iacute;an sin tropiezo sus amados predios para formar cooperativas de destino incierto? Junto a estas inc&oacute;gnitas cabe preguntar: &iquest;D&oacute;nde resid&iacute;a el poder del Estado providente para emprender sus transformaciones? &iquest;En la pr&eacute;dica de las nociones de equidad y justicia?, &iquest;en el &ldquo;pueblo&rdquo;? Y a&uacute;n m&aacute;s, &iquest;era Molina consciente de la magnitud de las promesas que transmit&iacute;a a su audiencia? &iquest;Creaba ilusiones que ma&ntilde;ana no pod&iacute;a cumplir? Sea como fuere, su desd&eacute;n por las tropas y la renuencia a la violencia lo acercaban peligrosamente a la soledad de los &ldquo;profetas desarmados&rdquo; descritos por Maquiavelo en el cap&iacute;tulo VI de <i>El pr&iacute;ncipe</i>. Como saben los pol&iacute;ticos experimentados, no hay cosa m&aacute;s dif&iacute;cil de llevar adelante, ni de m&aacute;s dudoso &eacute;xito, que ponerse al frente de innovaciones que afectan el conjunto de la sociedad cuando no se tiene claridad acerca de las fuentes de apoyo y de la disposici&oacute;n real de los seguidores. Quien las emprende sabe que tiene por enemigos a los que se benefician del viejo orden, pero no siempre es consciente de que sus amigos, aquellos que se beneficiar&iacute;an con la nueva sociedad, son con frecuencia t&iacute;midos y vacilantes. Su titubeo nace del temor a los adversarios que manifiestan tener la ley de su lado y de las incertidumbres ante lo nuevo, que a&uacute;n no han tenido la oportunidad de experimentar. Frente a sus amigos y enemigos, ante opositores y aliados, el palad&iacute;n debe tener argumentos m&aacute;s en&eacute;rgicos que los derivados de la mera persuasi&oacute;n y la pr&eacute;dica. Maquiavelo pregunt&oacute;: &iquest;El innovador en cuesti&oacute;n depende de los otros o, por el contrario, se vale por s&iacute; mismo y est&aacute; en posibilidades de recurrir a las tropas? En el primer caso &ndash;concluy&oacute;&ndash; los innovadores &ldquo;siempre acaban mal y no llevan adelante cosa alguna, pero cuando dependen de s&iacute; mismos y pueden recurrir a la fuerza, entonces s&oacute;lo corren peligro en escasas ocasiones. Esta es la causa de que todos los profetas armados hayan vencido y los desarmados perecido&rdquo; (Maquiavelo, 1993, 50)<sup><a name="n13"></a><a href="#13">13</a></sup>. &iexcl;Molina estaba m&aacute;s cerca de estos &uacute;ltimos que de los primeros!<a name="n14"></a><sup><a href="#14">14</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> En sus discursos fustig&oacute;, igualmente, la burocratizaci&oacute;n y despilfarro del Estado colombiano. Ello suced&iacute;a y contin&uacute;a sucediendo sin duda. Los partidos y sus dirigentes retribuyen con puestos y ventajas personales a sus seguidores m&aacute;s destacados y vitales para la organizaci&oacute;n. Con ello crece artificialmente la n&oacute;mina oficial, pero lo m&aacute;s frecuente es la expulsi&oacute;n de buena parte de los funcionarios &ldquo;perdedores&rdquo; que ayer se alzaron con los puestos de otros. Molina no sospechaba, sin embargo, que su agresivo programa de nacionalizaciones exig&iacute;a un crecimiento de la administraci&oacute;n, el terreno abonado de las oficinas y de sus naturales moradores, los empleados. Si se compromet&iacute;a con un fuerte sector estatal en las esferas econ&oacute;mica, social y cultural, la expansi&oacute;n del cuadro administrativo para atender la enorme empresa oficial multiplicar&iacute;a con creces los niveles de burocratizaci&oacute;n conocidos hasta el momento. Aumentar&iacute;a el n&uacute;mero de expertos, de oficinistas y profesionales especializados para conducir con rigor, disciplina y confianza las m&uacute;ltiples tareas del nuevo orden. Como lo mostraban los socialismos &ldquo;ya probados&rdquo;, en los colectivismos de gran tama&ntilde;o los oficinistas con mayor o menor influencia se multiplican, crecen y se reproducen hasta formar una &ldquo;nueva clase&rdquo;, tanto m&aacute;s poderosa y altiva cuanto m&aacute;s extendida se encuentre la gesti&oacute;n p&uacute;blica en la sociedad (Djilas, 1957, 51-84). En pocas palabras, si los dirigentes quer&iacute;an igualar o rebasar los niveles t&eacute;cnicos y productivos de la sociedad que deseaban superar, ten&iacute;an que aceptar e incrementar la organizaci&oacute;n burocr&aacute;tica, la m&aacute;s eficiente maquinaria conocida hasta el momento para regir las administraciones de masas. </p>     <p align="justify"><b>CODA</b></p>     <p align="justify">Como se desprende de lo anterior, Molina ten&iacute;a una inclinaci&oacute;n particular por el Estado y confiaba en su capacidad para activar el desarrollo y superar la pobreza. De su mente brotaban tantas apropiaciones, confiscaciones y nacionalizaciones, que el aparato estatal se amplificaba hasta confundirse con la naci&oacute;n y, por extensi&oacute;n, con la sociedad. Sus estrategias renovaban las identificaciones sugeridas por Santiago P&eacute;rez en el <i>Manual del ciudadano</i> a mediados de los a&ntilde;os setenta del siglo XIX: &ldquo;el Estado es tambi&eacute;n un pa&iacute;s o naci&oacute;n&rdquo; (2000, 89). A juicio del dirigente socialista, el Estado era un servidor irresistible, un soberbio vig&iacute;a que promueve y dirige las m&aacute;s diversas esferas de la actividad humana: econ&oacute;mica, laboral, cultural y asistencial, sin olvidar la educativa y la recreativa. En <i>La formaci&oacute;n del Estado</i> no hay indicios de que aquel gigantismo se pueda volcar contra la sociedad hasta asfixiarla y con ello poner en cuesti&oacute;n la libertad, uno de los valores m&aacute;s preciados de Molina. Por el contrario, su Estado es la garant&iacute;a del imperio de las libertades no obstante el tama&ntilde;o que pueda alcanzar (1989, 283). Su funci&oacute;n es la asistencia social. Es una instituci&oacute;n providente &ndash;previsora, cautelosa y frugal&ndash;, asistida por una actitud benigna de socorro y apoyo. Lo anima una actitud clemente y generosa de respeto al individuo. Coh&iacute;be pero con acatamiento, y siempre ajeno a la ofensa y al maltrato. Molina sab&iacute;a que &ldquo;el poder, por el hecho de serlo, tiende al abuso&rdquo; &ndash;su traducci&oacute;n personal de la vieja f&oacute;rmula de Lord Atcon al obispo Creighton: &ldquo;El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente&rdquo; (Atcon, 1959, 487)&ndash;, pero tambi&eacute;n cre&iacute;a que el Estado surgido de un movimiento socialista estaba en situaci&oacute;n de garantizar los derechos humanos de sus asociados (1989, 263).</p>     <p align="justify"> Adem&aacute;s, no cre&iacute;a que el Estado pudiera desaparecer en el futuro reciente o lejano. A diferencia de Marx, ve&iacute;a que la sociedad se hab&iacute;a hecho m&aacute;s compleja, &ldquo;lo cual tiende, no a debilitar el aparato estatal sino a vigorizarlo&rdquo;. En nuestros d&iacute;as y en lo venidero, escribi&oacute; con realismo, &ldquo;la coerci&oacute;n se nos presenta como algo insustituible. Por esfuerzos dial&eacute;cticos que se hagan, no parece previsible que tantas atribuciones como hoy tiene el poder p&uacute;blico puedan reemplazarse&rdquo; (1981, 129-130)<a name="n15"></a><sup><a href="#15">15</a></sup>. Su visi&oacute;n del Estado como gu&iacute;a y protector del pueblo, recuerda &ndash;sin embargo&ndash; el Estado providente de las dominaciones patrimoniales de Max Weber (aquellas organizaciones pol&iacute;ticas que hoy tendemos a identificar con las sociedades tradicionales y premodernas). El soci&oacute;logo alem&aacute;n record&oacute; que en los estados patrimoniales el pr&iacute;ncipe se define a s&iacute; mismo, y ante sus s&uacute;bditos, como un servidor del pueblo. Est&aacute; all&iacute; para dirigir y cuidar de sus vasallos, para proporcionar su bienestar. Apela al pueblo cuando est&aacute; en dificultades (ante el enemigo exterior o, lo m&aacute;s frecuente, ante las &ldquo;siniestras&rdquo; frondas, los poderosos grupos internos que limitan su autoridad), y le responde con pol&iacute;ticas asistenciales que nutren el ideal del &ldquo;buen rey&rdquo; glorificado por la leyenda popular. Un ejemplo familiar en la historia de Am&eacute;rica Latina es el paternalismo de la Corona espa&ntilde;ola en defensa y cuidado de sus &ldquo;vasallos&rdquo;, los ind&iacute;genas, frente a la explotaci&oacute;n y abuso de los conquistadores, los usurpadores de la autoridad real. Con su tono caracter&iacute;stico, Weber apunt&oacute;:</p>     <blockquote>       <p align="justify">El patrimonialismo patriarcal debe legitimarse ante s&iacute; mismo y ante los ojos de sus s&uacute;bditos como el guardi&aacute;n de su bienestar. El &ldquo;Estado providente&rdquo; es la leyenda del patrimonialismo, que deriva no de la libre camarader&iacute;a de la fidelidad solemnemente prometida, sino de la relaci&oacute;n autoritaria de padre e hijo. El &ldquo;padre del pueblo&rdquo; es el ideal de los estados patrimoniales. El patriarcalismo puede, por tanto, ser el portador de una espec&iacute;fica pol&iacute;tica de bienestar y la desarrolla, desde luego, siempre que haya raz&oacute;n suficiente para asegurarse la buena voluntad de las masas (Weber, 2000, 94)<a name="n16"></a><sup><a href="#16">16</a></sup>.</p> </blockquote>     <p align="justify">Con la ca&iacute;da de los socialismos &ldquo;ya probados&rdquo; siete a&ntilde;os despu&eacute;s de su campa&ntilde;a presidencial, gran parte de la estrategia de Molina qued&oacute; en suspenso. No sabemos qu&eacute; tanto hubiera cambiado su pensamiento. En 1989 no s&oacute;lo cay&oacute; el imperio sovi&eacute;tico, sino tambi&eacute;n el yugoslavo del cual hab&iacute;a tomado su estrategia cooperativista. La experiencia china, haciendo gala del &ldquo;inmovilismo oriental&rdquo;, habr&iacute;a de seguir su propio camino hacia una sociedad de mercado sin destruir el aparato pol&iacute;tico que administr&oacute; el socialismo. &ldquo;La burocracia contin&uacute;a funcionando para la revoluci&oacute;n triunfante lo mismo que lo hac&iacute;a con el gobierno hasta ese momento legal&rdquo;, escribi&oacute; Weber (1964, 178) en un pasaje poco transitado de <i>Econom&iacute;a y sociedad</i>. Pero ya todo esto estaba fuera del ciclo vital del profesor Molina. Sabemos que muri&oacute; el 29 de marzo de 1991 cuando apenas comenzaban los reacomodos de las sociedades que abandonaban la experiencia socialista.</p>     <p align="justify">    <br>   <b>NOTAS AL PIE</b></p>     <p align="justify"><a href="#n1">1</a><a name="1"></a>. Para las reformas de Molina en la Universidad Nacional, ver Cata&ntilde;o (1999, 135-136).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n2">2</a><a name="2"></a>.  En estos &eacute;nfasis pragm&aacute;ticos Molina no estaba solo. Sus compa&ntilde;eros de generaci&oacute;n comprometidos con los movimientos revolucionarios, tambi&eacute;n conceb&iacute;an la historia como una fuente de ilustraci&oacute;n transformadora. Guillermo Hern&aacute;ndez Rodr&iacute;guez, un amigo muy cercano, escribi&oacute; el festejado libro <i>De los chibchas a la Colonia y a la Rep&uacute;blica</i>, con un objetivo claramente pol&iacute;tico. Al respecto escribi&oacute;: &ldquo;Con este trabajo he querido contribuir a indicar los or&iacute;genes seculares de la situaci&oacute;n colombiana contempor&aacute;nea, en la creencia de que un mejor conocimiento de las fuerzas modeladoras de nuestro pasado nos permitir&aacute; aprovechar su impulso hist&oacute;rico para renovar el presente, trazando orientaciones precisas a los movimientos populares. No es posible operar con certeza sobre lo actual, si no se conocen las poderosas corrientes ancestrales cuyo &iacute;mpetu debemos utilizar para configurar nuestro futuro&rdquo; (Hern&aacute;ndez Rodr&iacute;guez, 1949, 1). </p>     <p align="justify"><a href="#n3">3</a><a name="3"></a>.  Esta era, sin embargo, s&oacute;lo una cara del asunto. Como se&ntilde;al&oacute; el fil&oacute;sofo y cr&iacute;tico literario Kenneth Burke, &ldquo;un modo de ver es tambi&eacute;n un modo de no ver&rdquo; (citado por Merton, 1980, 278 y 296); el &eacute;nfasis en el empobrecimiento de los artesanos condujo al olvido de significativos procesos sociales y econ&oacute;micos derivados de la expansi&oacute;n exportadora. Con el impulso al comercio internacional se estimul&oacute; la formaci&oacute;n del empresario moderno, se mejoraron los caminos y se incentiv&oacute; el transporte, la ocupaci&oacute;n de la mano de obra, el consumo y la explotaci&oacute;n intensiva del suelo (en las regiones tabacaleras especialmente).</p>     <p align="justify"><a href="#n4">4</a><a name="4"></a>.  La noci&oacute;n de ciudadan&iacute;a del siglo XIX inclu&iacute;a los derechos individuales (la libertad de expresi&oacute;n, la igualdad ante la ley y el derecho a la vida) y los derechos pol&iacute;ticos (la participaci&oacute;n electoral y la libertad de asociaci&oacute;n). Los derechos de car&aacute;cter social y econ&oacute;mico, la seguridad social, fueron un logro tard&iacute;o del siglo XX (Marshall y Bottomore, 1998, 36). Las obligaciones de los ciudadanos, los miembros de pleno derecho del pa&iacute;s, estaban relacionadas con la consideraci&oacute;n y respeto a los funcionarios (los representantes del Estado), con la obediencia a las decisiones de los organismos oficiales en asuntos de orden p&uacute;blico y defensa de la naci&oacute;n, y &ndash;elemento fundamental&ndash; con los deberes tributarios. En la medida en que el patrimonio del Estado es de todos y de nadie, la efectividad de sus tareas depende del cumplimiento de las obligaciones pecuniarias de los asociados (P&eacute;rez, 2000, <i>passim</i>).</p>     <p align="justify"> <a href="#n5">5</a><a name="5"></a>. Debe recordarse, sin embargo, que muchos de estos per&iacute;odos de la historia pol&iacute;tica fueron cubiertos en sus libros acerca de las ideas liberales y las ideas socialistas en Colombia (ver Molina, 1970-1977 y 1987).</p>     <p align="justify"><a href="#n6">6</a><a name="6"></a>.  Los &eacute;nfasis pertenecen al original.</p>     <p align="justify"><a href="#n7">7</a><a name="7"></a>.  Es evidente que aqu&iacute; Molina mezclaba lo secundario &ndash;y epis&oacute;dico&ndash; con lo importante y fundamental. Quiz&aacute; fuera una estrategia ret&oacute;rica para ganar adhesiones en per&iacute;odo de elecciones. No cabe duda de que los litigios obreros, los conflictos estudiantiles, la direcci&oacute;n de instituciones de educaci&oacute;n superior o la administraci&oacute;n de justicia pertenecen, en general, a otras esferas institucionales del Estado. Pero cuando se trata de afrontar guerrillas, &ldquo;labriegos con las armas en las manos&rdquo;, o capos de la droga con milicias organizadas, dif&iacute;cilmente pueden encararse sus desaf&iacute;os y su capacidad de intimidaci&oacute;n sin recurrir al ej&eacute;rcito.</p>     <p align="justify"><a href="#n8">8</a><a name="8"></a>.  Para ilustrar su tesis, Palacio no dej&oacute; de advertir a sus lectores que cuando el gobierno central envi&oacute; una comisi&oacute;n de conciliaci&oacute;n para hablar con los insurrectos de Santander, &ldquo;a los mediadores les acompa&ntilde;aba la segunda divisi&oacute;n del ej&eacute;rcito nacional&rdquo;. El presidente N&uacute;&ntilde;ez sab&iacute;a que ante oponentes en&eacute;rgicos y experimentados, los regentes desarmados acababan mal y de hecho no llevaban adelante negociaci&oacute;n alguna (Palacio, 1936, 19-20).</p>     <p align="justify"><a href="#n9">9</a><a name="9"></a>.  Y para subrayar esta evoluci&oacute;n pac&iacute;fica hacia una sociedad m&aacute;s justa, recordaba que las reformas constitucionales de 1936 en adelante eran tan avanzadas, &ldquo;que un r&eacute;gimen socialista no necesitar&iacute;a en los primeros a&ntilde;os una modificaci&oacute;n del sistema constitucional&rdquo; (Molina, 2004, 122).</p>     <p align="justify"><a href="#n10">10</a><a name="10"></a>.  Los temas tratados en dicho curso se pueden consultar en las &ldquo;Conferencias de derecho social del profesor Gerardo Molina dictadas en la Facultad de Derecho y Ciencias Pol&iacute;ticas de la Universidad Nacional de Colombia&rdquo; (Copia dactilogr&aacute;fica, Biblioteca Luis &Aacute;ngel Arango, s.f.).</p>     <p align="justify"><a href="#n11">11</a><a name="11"></a>.  La iniciativa del Ministerio de la Cultura se hizo realidad doce a&ntilde;os despu&eacute;s en la presidencia del liberal Ernesto Samper Pizano (1994-1998).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n12">12</a><a name="12"></a>.  Sentencia recogida tiempo despu&eacute;s por el Gatopardo, un esc&eacute;ptico rentista de la Sicilia de la segunda mitad del siglo XIX a quien no le preocupaban demasiado las reformas de Garibaldi y sus asociados, pues sab&iacute;a que &ldquo;si queremos que todo siga como est&aacute;, es preciso que todo cambie&rdquo; (Lampedusa, 1960, 40, 41 y 44).</p>     <p align="justify"><a href="#n13">13</a><a name="13"></a>.  Como ejemplo ilustrativo de esta angustiosa situaci&oacute;n de los grandes conductores, cabe recordar los tomos iniciales de la notable biograf&iacute;a de Isaac Deutscher sobre Trotsky que llevan los significativos subt&iacute;tulos de &ldquo;El profeta armado&rdquo; y &ldquo;El profeta desarmado&rdquo;. El primer volumen describe al dirigente de la revoluci&oacute;n rusa en la c&uacute;spide del poder y el segundo en la derrota despu&eacute;s de haber entregado el mando del ej&eacute;rcito rojo.</p>     <p align="justify"><a href="#n14">14</a><a name="14"></a>.  El ejemplo de Salvador Allende, que lleg&oacute; al poder por elecci&oacute;n popular, estaba demasiado fresco para olvidarlo. Como se sabe, su gobierno comenz&oacute; a perder fuerza cuando radicaliz&oacute; las reformas y se enajen&oacute; el apoyo del ej&eacute;rcito y de vastos sectores de las clases medias y altas. S&oacute;lo lo apoy&oacute; el &ldquo;pueblo&rdquo;, ahora inerme. </p>     <p align="justify"><a href="#n15">15</a><a name="15"></a>.  Su amigo Antonio Garc&iacute;a pensaba lo mismo. Desde los a&ntilde;os cincuenta hab&iacute;a escrito que el Estado era necesario como &oacute;rgano de servicio y de regulaci&oacute;n econ&oacute;mica. Si se eliminaba todo tipo de Estado, desaparecer&iacute;a la posibilidad de un orden pol&iacute;tico basado en la planificaci&oacute;n socialista. &ldquo;Las sociedades complejas &ndash;indic&oacute;&ndash; pueden a&ntilde;orar el patriarcalismo de las democracias dru&iacute;dicas y griegas, su espontaneidad y su fluidez, pero no pueden gobernarse ni administrarse como ellas. Han pasado muchas cosas en la historia para creer que el problema se reduce a quitarse una camisa de fuerza&rdquo; (Garc&iacute;a, 1951, 326).</p>     <p align="justify"><a href="#n16">16</a><a name="16"></a>.  Nos servimos aqu&iacute; de la amable traducci&oacute;n del colombiano Carlos Mosquera de la secci&oacute;n de <i>Econom&iacute;a y sociedad</i> dedicada a la educaci&oacute;n tradicional. Para la versi&oacute;n tradicional de esta obra difundida por el Fondo de Cultura Econ&oacute;mica de M&eacute;xico, ver Weber (1964, 845).</p> <hr>    <p align="justify"><b>REFERENCIAS BIBLIOGR&Aacute;FICAS</b></p>     <p align="justify">1. Acevedo C., Dar&iacute;o. &ldquo;Conversaci&oacute;n con Gerardo Molina&rdquo;, <i>Gerardo Molina: el intelectual y el pol&iacute;tico</i>, Medell&iacute;n, Frente Acci&oacute;n Pol&iacute;tica y Educativa, 1986, pp. 175-199.</p>     <!-- ref --><p align="justify">2.  Acton, Lord.  <i>Ensayos sobre la libertad y el poder</i>. Madrid, Instituto de Estudios Pol&iacute;ticos, 1959.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000100&pid=S0124-5996200400020000600002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">3.  Camacho Rold&aacute;n, Salvador.  <i>Escritos varios, segunda serie</i>, Bogot&aacute;, Librer&iacute;a Colombiana, 1893.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000101&pid=S0124-5996200400020000600003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">4.  Cata&ntilde;o, Gonzalo.  <i>Historia, sociolog&iacute;a y pol&iacute;tica</i>, Bogot&aacute;, Plaza &amp; Jan&eacute;s, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000102&pid=S0124-5996200400020000600004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">5.  Deutscher, Isaac.  <i>Trotsky, el profeta armado</i>, M&eacute;xico, Era, 1966.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000103&pid=S0124-5996200400020000600005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">6.  Deutscher, Isaac.  <i>Trotsky, el profeta desarmado</i>, M&eacute;xico, Era, 1968.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000104&pid=S0124-5996200400020000600006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">7.  Djilas, Milovan.  <i>La nueva clase</i>, Buenos Aires, Sudamericana, 1957.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000105&pid=S0124-5996200400020000600007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">8.  Engels, Federico. &ldquo;De la autoridad&rdquo;, <i>Carlos Marx y Federico Engels, Obras escogidas</i>, vol. I, Mosc&uacute;, Ediciones en Lenguas Extranjeras, pp. 668-671, s.f.</p>     <!-- ref --><p align="justify">9.  Garc&iacute;a, Antonio. <i>La democracia en la teor&iacute;a y en la pr&aacute;ctica</i>, Bogot&aacute;, Iqueima, 1951. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000107&pid=S0124-5996200400020000600009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">10.  Hern&aacute;ndez Rodr&iacute;guez, Guillermo.  De los chibchas a la Colonia y a la Rep&uacute;blica, Bogot&aacute;, Universidad Nacional de Colombia, 1949.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000108&pid=S0124-5996200400020000600010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">11.  Lampedusa, Giuseppe Tomasi.  <i>El Gatopardo</i>, Barcelona, Noguer, 1960.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000109&pid=S0124-5996200400020000600011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">12.  Maquiavelo, Nicol&aacute;s.  <i>El pr&iacute;ncipe</i>, Madrid, Alianza, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000110&pid=S0124-5996200400020000600012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">13.  Marshall, T. H. y Tom Bottomore. <i>Ciudadan&iacute;a y clases social</i>, Madrid, Alianza, 1998. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000111&pid=S0124-5996200400020000600013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">14.  Merton, Robert K. <i>Teor&iacute;a y estructura sociales</i>, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1980. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000112&pid=S0124-5996200400020000600014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">15.  Molina, Gerardo.  <i>Proceso y destino de la libertad</i>, Bogot&aacute;, Biblioteca de la Universidad Libre, 1955.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000113&pid=S0124-5996200400020000600015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">16.  Molina, Gerardo.  <i>Las ideas liberales en Colombia</i>, Bogot&aacute;, Tercer Mundo, 1970-1977.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000114&pid=S0124-5996200400020000600016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">17.  Molina, Gerardo.  <i>Breviario de ideas pol&iacute;ticas</i>, Bogot&aacute;, Tercer Mundo, 1981.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000115&pid=S0124-5996200400020000600017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">18.  Molina, Gerardo.  <i>Las ideas socialistas en Colombia</i>, Bogot&aacute;, Tercer Mundo, 1987.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000116&pid=S0124-5996200400020000600018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">19.  Molina, Gerardo.  <i>Proceso y destino de la libertad</i>, 2.a edici&oacute;n, corregida y actualizada, Bogot&aacute;, Tercer Mundo, 1989.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S0124-5996200400020000600019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">20.  Molina, Gerardo.  <i>La formaci&oacute;n del Estado en Colombia y otros textos pol&iacute;ticos</i>, Bogot&aacute;, Universidad Externado de Colombia y Corporaci&oacute;n Gerardo Molina, 2004.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000118&pid=S0124-5996200400020000600020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">21. Molina, Gerardo. &ldquo;Conferencias de derecho social del profesor Gerardo Molina dictadas en la Facultad de Derecho y Ciencias Pol&iacute;ticas de la Universidad Nacional de Colombia&rdquo; (Copia dactilogr&aacute;fica - Biblioteca Luis &Aacute;ngel Arango), s.f.</p>     <!-- ref --><p align="justify">22.  Molina Ram&iacute;rez, Juan C.  <i>Tratado te&oacute;rico y pr&aacute;ctico de derecho minero colombiano</i>, Bogot&aacute;, Iqueima, 1952.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000120&pid=S0124-5996200400020000600022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">23.  Palacio, Julio H.  <i>La guerra de 85</i>, Bogot&aacute;, Librer&iacute;a Colombiana, 1936.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0124-5996200400020000600023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">24. P&eacute;rez, Santiago.  Manual del ciudadano, Bogot&aacute;, Universidad Externado de Colombia, 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000122&pid=S0124-5996200400020000600024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">25.  Perry, Oliverio &amp; C&iacute;a.  <i>Qui&eacute;n es qui&eacute;n en Colombia</i>, Bogot&aacute;, Argra, ABC, 1948.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S0124-5996200400020000600025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">26.  San&iacute;n Cano, B.  <i>La civilizaci&oacute;n manual y otros ensayos</i>, Buenos Aires, Babel, 1925.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S0124-5996200400020000600026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">27.  Valencia Zea, Arturo. &ldquo;Homenaje a Gerardo Molina&rdquo;, <i>Universidad, democracia y socialismo: recuerdo de Gerardo Molina</i>, Bogot&aacute;, Universidad Nacional de Colombia, 1992, pp. 39-40.</p>     <!-- ref --><p align="justify">28.  Weber, Max.  <i>Econom&iacute;a y sociedad</i>, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1964.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S0124-5996200400020000600028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">29.  Weber, Max.  <i>La ciencia como profesi&oacute;n - La pol&iacute;tica como profesi&oacute;n</i>, Madrid, Espasa Calpe, 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0124-5996200400020000600029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">30.  Weber, Max. &ldquo;Educaci&oacute;n tradicional: ethos y estilo de vida&rdquo;, <i>Revista Colombiana de Educaci&oacute;n</i> 40-41, Bogot&aacute;, 2000, pp. 92-96.</p>     <!-- ref --><p align="justify">31.  Wilensky, Harold L.  <i>The welfare state and equality</i>, Berkeley y Los Angeles, University of California Press, 1975.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0124-5996200400020000600031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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