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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[HUME Y LA TEORÍA INSTITUCIONAL]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[HUME AND INSTITUTIONAL THEORY]]></article-title>
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<institution><![CDATA[,Universidad de Wyoming Departamento de Lenguas Clásicas y Modernas ]]></institution>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This paper shows the links between Hume&rsquo;s philosophy of customs and the basic principles of institutional theory. This relationship has been suggested by contemporary economists such as Vernon Smith and others, who see in Hume the origins of today&rsquo;s broadly accepted dichotomy between constructive and ecological reasoning, essential to institutional thinking. For Hume habit, as the main guide of life, can be used to comprehend individual and collective behavioural patterns. The question is whether his reflections on the subject are consistent with the foundations of his own philosophy of belief.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">     <p align="center"><b>    <br>HUME Y LA TEORIA INSTITUCIONAL<a href="#ast">*</a><a name="nast"></a></b></p></font> <font face="Verdana" size="2">     <p>    <br></p>     <p align="center"><b>HUME AND INSTITUTIONAL THEORY</b></p>     <p>    <br>    <br></p>     <p><I>Carlos Mellizo**</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">**Profesor del Departamento de Lenguas Cl&aacute;sicas y Modernas de la Universidad de Wyoming, <a href="mailto:hume@uwyo.edu">hume@uwyo.edu</a></p>     <p align="justify"><a href="#nast">*</a><a name="ast"></a> Documento presentado en el Departamento de Filosof&iacute;a de la Universidad de Wyoming, 2004. Fecha de recepci&oacute;n: 1.&deg; de julio de 2005, fecha de aceptaci&oacute;n: 16 de septiembre de 2005.</p> <hr>    <p align="justify"><B>RESUMEN</b></p>     <p align="justify">&#91;Palabras clave: Hume, teor&iacute;a institucional, h&aacute;bito, patrones de comportamiento; JEL: B52&#93;</p>     <p align="justify">Este art&iacute;culo muestra que hay un v&iacute;nculo entre la filosof&iacute;a de las costumbres de Hume y los principios b&aacute;sicos de la teor&iacute;a institucional. Esta relaci&oacute;n ha sido sugerida por economistas contempor&aacute;neos, como Vernon Smith y otros, que ven en Hume los or&iacute;genes de la dicotom&iacute;a &ndash;hoy ampliamente aceptada&ndash; entre raz&oacute;n constructiva y raz&oacute;n ecol&oacute;gica, primordial en el pensamiento institucionalista. Para Hume el h&aacute;bito, gu&iacute;a principal de la vida, puede ayudar a entender las pautas del comportamiento individual y colectivo. El art&iacute;culo examina el problema de la consistencia entre las reflexiones de Hume sobre este tema y los fundamentos de su filosof&iacute;a de las creencias.</p>     <p align="justify"><B>ABSTRACT</b></p>     <p align="justify">&#91;Key Words: Hume, institutional theory, habit, patterns of behaviour; JEL: B52&#93;</p>     <p align="justify">This paper shows the links between Hume&rsquo;s philosophy of customs and the basic principles of institutional theory. This relationship has been suggested by contemporary economists such as Vernon Smith and others, who see in Hume the origins of today&rsquo;s broadly accepted dichotomy between constructive and ecological reasoning, essential to institutional thinking. For Hume habit, as the main guide of life, can be used to comprehend individual and collective behavioural patterns. The question is whether his reflections on the subject are consistent with the foundations of his own philosophy of belief. </p> <hr>    <p align="justify">Referirse a Hume desde una nueva perspectiva no es tarea f&aacute;cil. &iquest;Qu&eacute; se podr&iacute;a a&ntilde;adir a lo ya dicho en las innumerables lecciones, conferencias y publicaciones que &ndash;fuera y dentro de Espa&ntilde;a&ndash; se han dedicado y contin&uacute;an dedic&aacute;ndose al pensamiento humeano en todos sus aspectos? Sin duda hay todav&iacute;a cosas que decir, pero siempre est&aacute; ah&iacute;, amenazante, el riesgo de repetir ideas conocidas, riesgo del que he querido huir en lo posible, aunque no tengo la presunci&oacute;n de haberme librado de &eacute;l enteramente.</p>     <p align="justify"> Pues bien, teniendo en cuenta todo esto, quisiera comentar brevemente un hecho cultural del que las corrientes de pensamiento de nuestros d&iacute;as participan en alto grado. La &ldquo;teor&iacute;a institutional&rdquo; ha impregnado todas las disciplinas, desde la est&eacute;tica a la econom&iacute;a, pasando por los estudios sociol&oacute;gicos y antropol&oacute;gicos, la filosof&iacute;a de la religi&oacute;n y la moral personal y social. En los escritos de enfoque &ldquo;institucional&rdquo; es com&uacute;n la tendencia a hablar de las cosas utilizando un lenguaje notablemente abstracto, como si los autores institucionales hubiesen renunciado de antemano a establecer una comunicaci&oacute;n efectiva con lectores que no est&eacute;n debidamente iniciados. A&uacute;n as&iacute;, parece que, en su esencia, las teor&iacute;as de sesgo institucional responden en esencia a una idea relativamente sencilla. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> Simplificando, cabr&iacute;a decir que desde principios del siglo XX la teor&iacute;a institucional se refiere siempre a patrones de comportamiento colectivo. Pr&aacute;cticamente, en todos los &oacute;rdenes del quehacer humano, el individualismo estricto es una imposibilidad. La verdad orteguiana sigue vigente: cada persona vive y act&uacute;a en su circunstancia, y &eacute;sta incluye una multitud de referencias, entre las cuales figuran en lugar destacado las personas circunstantes. De ah&iacute; que todas las disciplinas que en un sentido amplio podr&iacute;amos llamar antropol&oacute;gicas -sociolog&iacute;a, &eacute;tica, psicolog&iacute;a, econom&iacute;a, etc.- hayan de tener en cuenta la realidad &ldquo;gremial&rdquo;, es decir, la <i>instituci&oacute;n</i> de la que cada individuo forma parte y en la que, de hecho, opera. En la jerga de la teor&iacute;a institucional, el sujeto no es el individuo a secas, sino el grupo o instituci&oacute;n, realidad que se podr&iacute;a definir como un conjunto de h&aacute;bitos, tradiciones y costumbres propios de una conducta colectiva particular. Cada instituci&oacute;n es hija de su estilo y sigue sus propias normas seg&uacute;n criterios internos de grupo. La visi&oacute;n m&aacute;s cl&aacute;sica dentro de la atropolog&iacute;a institucional est&aacute; inspirada en la idea de que las culturas humanas se configuran con los ojos puestos en alg&uacute;n tipo de beneficio pr&aacute;ctico y que, en ese sentido, se puede decir que obedecen a criterios utilitarios racionales. Una cultura as&iacute; entendida tratar&aacute; de explicarse en t&eacute;rminos de utilidad, es decir, como instituci&oacute;n cuya norma fundamental consiste en la adaptaci&oacute;n l&oacute;gica de unos medios a unos fines para alcanzar un resultado que produzca felicidad. Pero otras direcciones antropol&oacute;gicas no participan plenamente de esa visi&oacute;n utilitaria que entiende toda opci&oacute;n cultural en t&eacute;rminos de raz&oacute;n pr&aacute;ctica, sino que proponen otro tipo de razones para explicar los comportamientos. Se habla as&iacute; de razones <i>simb&oacute;licas</i> o <i>significativas</i>; se estima que &ldquo;el car&aacute;cter distintivo del ser humano no estriba en que &eacute;ste ha de sobrevivir en un mundo material &ndash;circunstancia que comparte con todos los dem&aacute;s organismos&ndash;, sino que vive de acuerdo con un <i>meaningful</i> <i>system</i> de su propia invenci&oacute;n, siendo la capacidad de inventarlos algo exclusivo y &uacute;nico del g&eacute;nero humano&rdquo; (Sahlins, 1976). Seg&uacute;n esto, cada cultura &ndash;podr&iacute;amos sustituir la palabra <i>cultura</i> por el t&eacute;rmino <i>instituci&oacute;n</i>&ndash;, aun sin abandonar totalmente los criterios de utilidad y de pensamiento pr&aacute;ctico, dar&aacute; a &eacute;stos un sesgo &uacute;nico y peculiar y engendrar&aacute; diferenciaciones culturales de importancia. Dicho de otro modo, ser&aacute; cada cultura en particular la que, de conformidad con sus h&aacute;bitos propios, determine lo que es &uacute;til y razonable en un orden pr&aacute;ctico. As&iacute; entendida, cada instituci&oacute;n establecer&aacute; sus propias normas, que no han de ajustarse a opciones racional y l&oacute;gicamente justificables desde una perspectiva &ldquo;cl&aacute;sica&rdquo; con pretensiones de objetividad y universalidad, sino que responder&aacute;n m&aacute;s bien a impulsos y creencias derivados de pautas de conducta habituales. La instituci&oacute;n dice lo que <i>desde siempre se ha dicho</i> dentro de ella; piensa lo que <i>siempre se ha pensado</i> dentro de ella; se comporta como <i>siempre se ha comportado</i> ella misma en su propio entorno o, por decirlo con el lenguaje de Vernon L. Smith (2003, 469 y ss.), seg&uacute;n pautas de &ldquo;racionalidad ecol&oacute;gica&rdquo;.</p>     <p align="justify"> Este enfoque presupone, como han reconocido con matices de mayor o menor profundidad el mismo Smith, Geoffrey M. Hodgson, Marshall Sahlins y otros, que el h&aacute;bito es el fundamento de la acci&oacute;n humana, entendiendo por &ldquo;h&aacute;bito&rdquo; una forma de comportamiento no-reflexiva, auto-sostenible, culturalmente aut&oacute;noma, que surge como resultado de actuaciones repetidas. Al constituirse con base en actos decisorios, el h&aacute;bito sustituye, por tanto, la racionalidad entendida al estilo cartesiano, llamada por Hayek &ldquo;racionalidad constructiva&rdquo;; seg&uacute;n la cual toda instituci&oacute;n social digna deber&iacute;a ser creada por procesos deductivos conscientes de la raz&oacute;n humana (Smith, 2003, 466-467). Ahora es el h&aacute;bito el que &ldquo;explica&rdquo; el proceso racional, y no al rev&eacute;s; o, dicho de otro modo, el h&aacute;bito es el fundamento de la elecci&oacute;n que se supon&iacute;a razonada.</p>     <p align="justify"> Un buen ejemplo para ilustrar diferencias culturales y criterios singulares de utilidad y racionalidad <i>ecol&oacute;gica</i>, es aquel famoso episodio relatado por Ortega en <i>La rebeli&oacute;n de las masas</i>, tomado de un documento de la &eacute;poca del Rey Carlos III, cuyos protagonistas fueron los habitantes del pueblo almeriense de N&iacute;jar. Por lo visto, la sociedad de la villa ten&iacute;a en aquel tiempo una personalidad cultural distintiva, que llev&oacute; a los vecinos a encontrar satisfacci&oacute;n, utilidad y significado en el modo de comportamiento descrito en el documento en cuesti&oacute;n. Se trata de lo que aconteci&oacute; en N&iacute;jar cuando el 13 de septiembre de 1759 se proclam&oacute; rey a Carlos III. El documento dice as&iacute;:</p>     <blockquote>    <p align="justify"> H&iacute;zose la proclamaci&oacute;n en la plaza de la villa. Despu&eacute;s mandaron traer de beber a todo aquel gran concurso, el que consumi&oacute; 77 arrobas de Vino y cuatro pellejos de Aguardiente, cuyos esp&iacute;ritus los calent&oacute; de tal forma, que con repetidos v&iacute;tores se encaminaron al p&oacute;sito, desde cuyas ventanas arrojaron el trigo que en &eacute;l hab&iacute;a, y 900 reales de sus Arcas. De all&iacute; pasaron al Estanco del Tabaco y mandaron tirar el dinero de la Mesada y el tabaco. En las tiendas practicaron lo propio, mandando derramar, para m&aacute;s authorizar la funci&oacute;n, quantos g&eacute;neros l&iacute;quidos y comestibles hav&iacute;a en ellas. El Estado eclesi&aacute;stico concurri&oacute; con igual eficacia, pues a voces indugeron a las Mugeres tiraran quanto hav&iacute;a en sus casas, lo que egecutaron con el mayor desinter&eacute;s, pues no qued&oacute; en ellas pan, trigo, harina, zebada, platos, cazuelas almireces, morteros, ni sillas, quedando dicha villa destru&iacute;da (Ortega y Gasset, 1986, 103).</p> </blockquote>     <p align="justify">    Creo que ser&iacute;a justo pensar que el episodio de N&iacute;jar no responde a criterios de raz&oacute;n <i>constructiva</i>; pero ello no quiere decir que carezca de una l&oacute;gica cultural interna. No cabe duda de que, en su comportamiento, aquellos almerienses encontraron satisfacci&oacute;n y &ldquo;utilidad&rdquo;, pues se estaban ajustando a tradiciones culturales que daban sentido a su vida colectiva. En su af&aacute;n destructivo, los vecinos de N&iacute;jar cre&iacute;an firmemente estar rindiendo honor a la Corona. Y hubiera sido dif&iacute;cil, por no decir imposible, convencerlos de que quiz&aacute; otros signos de celebraci&oacute;n de naturaleza menos devastadora, adem&aacute;s de ser m&aacute;s l&oacute;gicos, tambi&eacute;n le hubieran sido m&aacute;s gratos a la persona del Rey Carlos. Por otra parte, cabe tambi&eacute;n la distinta posibilidad de que el mismo Carlos III se hubiera considerado ofendido si los de N&iacute;jar hubieran manifestado su gozo mon&aacute;rquico de un modo menos estridente y devastador, oponi&eacute;ndose as&iacute; a los h&aacute;bitos culturales imperantes. </p>     <p align="justify"> Otro ejemplo similar de racionalidad <i>ecol&oacute;gica</i> son los famosos sanfermines que cada mes de julio se celebran en Pamplona en honor del santo patr&oacute;n de la villa. De nuevo, aqu&iacute; opera una l&oacute;gica interna capaz de oponerse a lo que otros c&aacute;nones de racionalidad cl&aacute;sica juzgar&iacute;an humanamente apropiado y recomendable. Los abanderados de un racionalismo desvinculado de toda circunstancia cultural denunciar&iacute;an inmediatamente la falta de conexi&oacute;n entre el hecho de arriesgar la vida corriendo delante de los toros tras consumir altas cantidades de bebidas alcoh&oacute;licas, y lo que razonablemente se podr&iacute;a entender como una pr&aacute;ctica devocional-religiosa. Pero su empe&ntilde;o resultar&iacute;a vano. Son ya muchos los decenios que han visto celebrarse las fiestas de San Ferm&iacute;n seg&uacute;n la modalidad que todos conocemos. El h&aacute;bito de encierros, corridas y cogorzas ha condicionado de tal forma la cultura institucional pamplonica que, de hecho, ha llegado a procurar una<i> raz&oacute;n</i>, y de no poca solidez, para que las fiestas de San Ferm&iacute;n sigan celebr&aacute;ndose a perpetuidad de la misma manera. </p>     <p align="justify"> Siempre que se quieren buscar las ra&iacute;ces doctrinales de las que surge esa noci&oacute;n de h&aacute;bito como gu&iacute;a y norma de comportamiento humano, hemos de pensar en Hume. De hecho, esa noci&oacute;n es el principio fundamental del cuerpo de doctrina humeano y se puede aplicar a toda actividad propia de nuestra naturaleza, tanto en el orden del conocimiento como en el de la conducta pr&aacute;ctica individual y colectiva. En cualquier orden de cosas, quiz&aacute; con la m&iacute;nima excepci&oacute;n de ciertas proposiciones en el &aacute;mbito de la matem&aacute;tica y la l&oacute;gica puras, la costumbre y la imaginaci&oacute;n constituyen el factor configurante de nuestras <i>creencias</i>. Hay en la naturaleza humana, advierte Hume, una propensi&oacute;n a establecer que el comportamiento de los objetos en el pasado obedece a una regla universal; y que, consecuentemente, se puede prever el acaecer futuro en el orden natural de las cosas. Esta propensi&oacute;n, sin embargo, no es el resultado de deducciones racionales estrictas. En la <i>Investigaci&oacute;n sobre el entendimiento humano</i>, el mensaje de Hume en este punto es que &ldquo;todas las inferencias sacadas de la experiencia son efecto de la costumbre, no del razonamiento&rdquo; (1902, 43). A fin de cuentas, la pretendida racionalidad de nuestros procesos deductivos que se refieren a asuntos de hecho s&oacute;lo viene a encontrar explicaci&oacute;n en la fuerza de la costumbre. </p>     <p align="justify"> Si es la costumbre, y no otra cosa, la que nos lleva a albergar <i>creencias</i>, la pregunta obligada ser&iacute;a &eacute;sta: &iquest;en qu&eacute; consiste la naturaleza de la <i>creencia</i>? Son numerosos los textos de Hume que tratan de describir ese sentimiento, entre ellos dos que vale la pena citar. Ambos pasajes dejan claro el papel sustitutivo que la creencia asume al desempe&ntilde;ar funciones que hab&iacute;an solido atribuirse a la raz&oacute;n. </p>     <p align="justify">Dice Hume (1902):</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>    <p align="justify"> Siempre que un objeto se presenta a la memoria o a los sentidos, este objeto, gracias a la fuerza de la costumbre, lleva inmediatamente a la imaginaci&oacute;n a concebir otro objeto que va siempre unido a &eacute;l. Y esta concepci&oacute;n es asistida por un sentimiento que difiere de los vagos ensue&ntilde;os de la fantas&iacute;a. En esto consiste toda la naturaleza de la creencia (p. 48).</p>       <p align="justify">La creencia no es otra cosa que una concepci&oacute;n m&aacute;s vivaz, fuerte, firme y segura de un objeto, que las que la mera imaginaci&oacute;n es capaz de alcanzar [&hellip;] La creencia consiste, no en una peculiar naturaleza u orden en las ideas, sino en la manera de ser concebidas (p. 49). </p> </blockquote>     <p align="justify">Como las creencias y los sentimientos en general son los que determinan el curso de nuestras acciones y preferencias, se puede decir que una instituci&oacute;n queda definida por un conjunto de creencias y dem&aacute;s sentimientos que constituyen la norma particular o &ldquo;raz&oacute;n ecol&oacute;gica&rdquo; por la que dicha instituci&oacute;n se conduce. Volviendo al ejemplo de los sanfermines, ha sido el hecho repetido de que el d&iacute;a 7 de julio haya dado lugar en Pamplona a encierros y corridas, lo que ha otorgado a esas fiestas una configuraci&oacute;n institucional regida por normas (creencias) &uacute;nica y exclusivamente suyas, dotadas de igual o mayor poder que el que ir&iacute;a anejo a conclusiones derivadas de un riguroso proceso racional deductivo. </p>     <p align="justify"> Fue una satisfacci&oacute;n comprobar que Vernon L. Smith, un establecido economista y antrop&oacute;logo actual y Premio Nobel de Econom&iacute;a en el a&ntilde;o 2002, citase a Hume en los umbrales de su famoso <i>Constructivist and Ecological Rationality in Economics</i>. El texto citado por Smith fue tomado del <i>Tratado</i>; es aquella conocida sentencia de que &ldquo;cuando dejamos nuestro cub&iacute;culo y nos metemos en los asuntos ordinarios de la vida, las conclusiones [de la raz&oacute;n] parecen desvanecerse como se desvanecen los fantasmas de la noche cuando nace la ma&ntilde;ana, etc.&rdquo;. Esa desconfianza humeana hacia los logros supuestamente objetivos y permanentes de la raz&oacute;n se manifiesta en toda su obra, lo que explica el que a Hume se le haya dado el apelativo de esc&eacute;ptico. Es obvio el aire relativista que necesariamente habr&aacute; de tener toda filosof&iacute;a que desconf&iacute;e del valor de universalidad, uniformidad y estabilidad de las conclusiones racionales. Es por esto que se puede establecer un estrecho v&iacute;nculo entre el &ldquo;costumbrismo&rdquo; humeano y las l&iacute;neas b&aacute;sicas generales de la teor&iacute;a institucional. </p>     <p align="justify"> El relativismo conduce al institucionalismo, y viceversa. Es preciso considerar brevemente dos grandes instituciones a las que, sin darles el nombre de tales, Hume prest&oacute; especial atenci&oacute;n: la instituci&oacute;n <i>monacal</i> y la instituci&oacute;n <i>elegante</i>, ambas tratadas en sus escritos socio-morales. Esto con el prop&oacute;sito de mostrar que, aunque &eacute;l fue un antecedente inmediato de la teor&iacute;a institucional y cultural, en su obra no quedan registradas ciertas consecuencias importantes de su cr&iacute;tica a la raz&oacute;n <i>constructiva</i>.</p>     <p align="justify"> Hume propone criterios utilitaristas para determinar la bondad o maldad de acciones y cualidades. Hay un elemento racional en nuestro trato con estas cuestiones. Si podemos concluir que una cualidad es &uacute;til para nosotros mismos o para los dem&aacute;s, ello implicar&aacute; que la cualidad es virtuosa y recomendable. Por ejemplo: la integridad, la lealtad, la laboriosidad, etc. Hay otras cualidades que por despertar en nosotros, o en otros, sentimientos de agrado, tambi&eacute;n pueden ser moralmente buenas, aunque su utilidad inmediata no sea tan claramente discernible. A esta categor&iacute;a pertenecer&iacute;an, seg&uacute;n Hume, cualidades como la urbanidad, la agudeza de ingenio, el humor y la alegr&iacute;a. Si conservamos la distinci&oacute;n entre <i>raz&oacute;n constructiva</i> y <i>raz&oacute;n ecol&oacute;gica</i> mencionada, dir&iacute;amos que los criterios utilitaristas responden a un ejercicio de la raz&oacute;n constructiva con ambici&oacute;n de universalidad, en cuanto que el utilitarismo cl&aacute;sico busca la felicidad para la especie entera o, cuando menos, para el mayor n&uacute;mero posible de seres humanos. Hume descalifica las pretendidas virtudes monacales &ndash;silencio, ayuno, penitencia, celibato, mortificaci&oacute;n de la carne, humildad, sacrificio&ndash; porque no responden a los criterios utilitarios propuestos. Y en lugar de llamarlas virtudes, hasta llega a tildarlas de vicios, no siendo &uacute;tiles ni agradables para nadie. </p>     <p align="justify"> A este asunto de las pretendidas &ldquo;virtudes&rdquo; monacales en Hume, Gerardo L&oacute;pez Sastre dedic&oacute; un art&iacute;culo del mayor inter&eacute;s. All&iacute; se formulaba la gran pregunta: cuando el monje &ldquo;lacera su cuerpo o decide mantenerse c&eacute;libe, &iquest;qu&eacute; motivos puede tener? Puesto que est&aacute; realizando algo que violenta sus inclinaciones naturales y que carece de toda utilidad mundana, la &uacute;nica consideraci&oacute;n que puede impulsarle a estos comportamientos es la de que con los mismos est&aacute; probando m&aacute;s all&aacute; de toda duda la devoci&oacute;n que siente por el ser divino. En este sentido, s&oacute;lo lo in&uacute;til y lo desagradable pueden ser una prueba de fe&rdquo; (1992, 18). Y prosigue L&oacute;pez Sastre: &ldquo;Hay, por tanto, una contraposici&oacute;n directa e inevitable entre las virtudes que Hume defiende (y que podemos llamar &ldquo;seculares&rdquo;) y las virtudes religiosas; y esto implica el que desde la perspectiva de la felicidad y la prosperidad de los individuos y de la sociedad en su conjunto, las &uacute;ltimas se deban considerar como vicios&rdquo; (ib&iacute;d., 19). </p>     <p align="justify"> La argumentaci&oacute;n humeana, aun siendo l&oacute;gica seg&uacute;n los c&aacute;nones de una hipot&eacute;tica raz&oacute;n constructiva, no parecen tener en cuenta las leyes propias de esas otras razones ecol&oacute;gicas por las que la inmensa mayor&iacute;a de los seres humanos gu&iacute;an su pensamiento y su conducta. Ello es curioso, pues Hume parece estar desdici&eacute;ndose de su gran m&aacute;xima que entrona a la costumbre como gran directora de conducta. En la terminolog&iacute;a actual, cabe decir que la vida mon&aacute;stica es una<i> instituci&oacute;n</i> y que, en consecuencia, opera internamente conforme a criterios derivados de su propia ecolog&iacute;a. T&eacute;rminos como &ldquo;utilidad&rdquo;, &ldquo;sacrificio&rdquo;, &ldquo;alegr&iacute;a&rdquo; o &ldquo;tristeza&rdquo; son para el antrop&oacute;logo adscrito a la teor&iacute;a institucional palabras siquiera relativamente equ&iacute;vocas, que pueden ser y de hecho son entendidas de manera diferente en cada &aacute;mbito institucional concreto. En el caso de la instituci&oacute;n mon&aacute;stica, lo mismo que en las multiples instituciones tribales que suelen ser tema favorito de estudio para la antropolog&iacute;a cultural, la situaci&oacute;n se complica al a&ntilde;adirse un elemento m&aacute;s a la serie de h&aacute;bitos, costumbres y tradiciones que la configuran, a saber, la fe ciega en un mensaje que se supone revelado por un Ser superior a quien se debe honor y reverencia, el cual posee ilimitados poderes de creaci&oacute;n y de destrucci&oacute;n. </p>     <p align="justify"> Yo quisiera creer, con Hume, Mill y el utilitarismo cl&aacute;sico, que hay criterios objetivos de utilidad; pero a estas alturas, cuando las diversas entidades culturales han decidido defender a capa y espada su identidad separada y propia, sin renunciar a ninguna de las peculiaridades m&aacute;s suyas, todo empe&ntilde;o dirigido a transformarlas est&aacute; de antemano abocado al fracaso. Quiz&aacute; no est&eacute; mal que as&iacute; sea, a pesar del enorme vac&iacute;o referencial al que siempre dan lugar los relativismos de todo tipo. La descalificaci&oacute;n que Hume propone de las &ldquo;virtudes monacales&rdquo; ser&iacute;a vista por un defensor de la raz&oacute;n ecol&oacute;gica como una muestra de arrogancia europea ilustrada (una cultura m&aacute;s, al fin y al cabo), ciega a la leg&iacute;tima diversidad de las sociedades humanas libres. De hecho, las diatribas de Hume contra la rigidez, la tristeza, el placer masoquista y la oscuridad de la vida mon&aacute;stica, quedan emp&iacute;ricamente refutadas por el testimonio vivo de quienes parecen estar a gusto con su vida de claustro. Al clich&eacute; del cl&eacute;rigo sombr&iacute;o y reprimido, puede siempre opon&eacute;rsele el clich&eacute; de la monjita alegre y feliz. &iquest;Con qu&eacute; derecho no hemos de dar cr&eacute;dito a la cultura del benedictino que cree estar salvando al mundo mediante el procedimiento de cumplir cada d&iacute;a el Oficio Divino, ese <i>Opus Dei</i> cotidiano integrado por siete sesiones diarias de oraci&oacute;n comunal: <i>Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, V&iacute;speras</i> y <i>Completas</i>? &iquest;Qu&eacute; importa, desde la raz&oacute;n ecol&oacute;gica propia de la vida monacal, que este proceder pueda parecerles grotesco a muchos? Hablando en t&eacute;rminos institucionales, la capucha del monje cat&oacute;lico &ndash;sin intenci&oacute;n irreverente alguna&ndash; es tan respetable como el penacho emplumado del brujo amerindio, la mitra del pope ortodoxo, el turbante del <i>ayatollah</i> musulm&aacute;n o el <i>kippah</i> del rabino jud&iacute;o. Las oraciones y rituales realizados por cada uno de estos individuos tienen su raz&oacute;n cultural de ser. Y siempre que esas plegarias y ceremonias se ajusten a las reglas internas de su propia instituci&oacute;n, se podr&aacute; decir que tanto el hechicero como el cura cat&oacute;lico, el pope, el <i>ayatollah</i> o el rabino est&aacute;n cumpliendo verdaderamente sus funciones sagradas. Las reglas a respetar ser&aacute;n las que sus respectivas creencias les impongan, no las que resulten aceptables a quien desde fuera se considere en la posici&oacute;n privilegiada de observarlas y juzgarlas. En materia de costumbres no hay una uniformidad semejante a la que observamos en el comportamiento de los fen&oacute;menos f&iacute;sicos. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> El hecho es que, con raz&oacute;n o sin ella, Hume descalifica la instituci&oacute;n monacal por resultar in&uacute;til y perniciosa para la humanidad. &iquest;Habr&iacute;a en su tiempo otras instituciones que pecaran de lo mismo? En la <i>Investigaci&oacute;n sobre los principios de la moral</i> se alude a &ldquo;perezosos y lapidadores&rdquo; (p. 45) como individuos censurables por su conducta in&uacute;til, pero Hume no llega a dar a &eacute;stos identidad colectiva o rango institucional. S&iacute; habla, sin embargo, de una suerte de instituci&oacute;n cuando se refiere al vivir lujoso, a ese &ldquo;refinamiento en los placeres y comodidades de la vida&rdquo; (ib&iacute;d.) caracter&iacute;stico de la clase elegante. No deja de llamar la atenci&oacute;n la postura de Hume al enjuiciar esta instituci&oacute;n privilegiada. Por una parte, reconoce que el lujo &ldquo;se hab&iacute;a supuesto hasta hace poco que era una fuente de corrupci&oacute;n para el gobierno, causa inmediata de subversiones, sediciones, guerras civiles y una p&eacute;rdida total de la libertad&rdquo;; que &ldquo;era, pues, mirado <i>universalmente</i> como un vicio&rdquo;, y que &ldquo;fue objeto de declamaci&oacute;n para todos los sat&iacute;ricos y moralistas severos&rdquo; (ib&iacute;d.). Hubo, por tanto, seg&uacute;n Hume, un tiempo en que la vida lujosa pudo ser censurable por su carencia de utilidad y por dar lugar a las consecuencias perniciosas mencionadas. Sin embargo, Hume se apresura a a&ntilde;adir la observaci&oacute;n de que tal censura es susceptible de revisiones, y que de hecho hay contempor&aacute;neos suyos que &ldquo;hoy prueban o intentan probar que tales refinamientos (de la clase elegante) tienden a aumentar la industria, la civilizaci&oacute;n y las artes&rdquo; (ib&iacute;d.). Sin duda fue Hume figura destacada de esa escuela revisionista, defensora de la &eacute;lite social del momento, aunque no se declare formalmente miembro de ella. No podr&iacute;a ser de otro modo. Hume tuvo a lo largo de su vida frecuentes contactos con la <i>beautiful people </i>de aquel entonces. Su existencia estuvo poblada de gentes de la aristocracia elegante. Su largo y complicado<i> affaire</i> con Marie-Charlotte-Hyppolite de Campet de Saujeon, Condesa de Boufflers, alta dama de la nobleza francesa bajo el reinado de Luis XIV, es ejemplo de la fascinaci&oacute;n que Hume, desde su provincianismo escoc&eacute;s, sinti&oacute; por el estilo de vida aristocr&aacute;tico y afrancesado. Seg&uacute;n se desprende del contenido de algunas cartas dirigidas al fil&oacute;sofo, la ilustre Madame trat&oacute; de provocar en Hume sentimientos m&aacute;s profundos de los que cabr&iacute;a esperar de una amistad estrictamente literaria. Hume los experiment&oacute; con intensidad y, ya cincuent&oacute;n por aquel entonces, el buen fil&oacute;sofo estuvo a punto de perder la cabeza por aquella mujer. </p>     <p align="justify"> El revisionismo al que impl&iacute;citamente Hume da su aprobaci&oacute;n consiste, pues, &ldquo;en regular de una nueva manera nuestros sentimientos <i>morales</i>, as&iacute; como los <i>pol&iacute;ticos</i>&rdquo;, present&aacute;ndonos &ldquo;como laudable e inocente lo que antes hab&iacute;a sido mirado como pernicioso y censurable&rdquo; (ib&iacute;d.), es decir, la manera elegante de vivir. Como si estuviera sentando los fundamentos de una teor&iacute;a institucional de las clases privilegiadas bajo las monarqu&iacute;as del <i>antiguo r&eacute;gimen</i>, Hume hace lo posible por salvarlas tratando de ver en ellas una funci&oacute;n &uacute;til y beneficiosa, siquiera en cuanto que sus refinamientos podr&iacute;an contribuir al progreso industrial y art&iacute;stico de la sociedad. Y parece estar dispuesto a conceder su apoyo a quienes, como Edmund Burke, pronto se embarcar&iacute;an en la arriesgad&iacute;sima y compleja empresa de defender antiguos privilegios y de regular y refrenar los sentimientos morales y pol&iacute;ticos de una Europa que ya estaba lista para abandonar viejas sumisiones y respetuosas servidumbres. </p>     <p align="justify"> Ciertamente, el dictamen de Hume fue sobremanera generoso para con los integrantes de la clase lujosa dieciochesca. M&aacute;s de un siglo despu&eacute;s de hacer &eacute;l sus observaciones, y con las pertinentes alteraciones circunstanciales, Thorstein Veblen har&iacute;a las suyas; referidas a la &ldquo;clase ociosa&rdquo;. Y lo que en Hume hab&iacute;a sido &uacute;nicamente un inicio de an&aacute;lisis institucional, en Veblen lleg&oacute; a ser teor&iacute;a formal. </p>     <p align="justify"> A Veblen se le entiende mejor desde Hume. Aunque sus estilos de pensar respectivos son muy diferentes, ambos coinciden en asignar al h&aacute;bito y la costumbre un papel central a la hora de interpretar los grandes fen&oacute;menos del comportamiento humano. Pero esa coincidencia original es tambi&eacute;n la causa de su radical discrepancia ulterior.</p>     <p align="justify"> La <i>Teor&iacute;a de la clase ociosa</i>, ese extra&ntilde;o libro de 1899 que hoy es considerado como uno de los pilares cl&aacute;sicos del pensamiento econ&oacute;mico institucional contempor&aacute;neo, es un intento comprehensivo de analizar una instituci&oacute;n, de alguna forma anticipada por &ldquo;la clase elegante&rdquo; de anta&ntilde;o, y tambi&eacute;n por algunas otras, pero surgida en su configuraci&oacute;n m&aacute;s plena tras los inicios de la revoluci&oacute;n industrial del mundo anglosaj&oacute;n a finales del siglo XIX. Seg&uacute;n Veblen, el m&aacute;s claro antecedente remoto de la clase ociosa se puede encontrar en la cultura b&aacute;rbara, tambi&eacute;n llamada &ldquo;cultura depredadora&rdquo;, caracter&iacute;stica de las sociedades de r&eacute;gimen feudal. Es en ese r&eacute;gimen donde se observa por primera vez, en la evoluci&oacute;n de la especie humana, una divisi&oacute;n laboral que coincide con la distinci&oacute;n entre una clase trabajadora y una clase ociosa. Para Veblen, las ocupaciones t&iacute;picas y habituales de esa clase ociosa original consisten en menesteres que no est&aacute;n clasificados como &ldquo;industriales&rdquo; o &ldquo;productivos&rdquo;. El representante t&iacute;pico de la clase ociosa propia del r&eacute;gimen feudal vive dedicado a la guerra, a la pol&iacute;tica y al juego. La aventura, la haza&ntilde;a y el fervor religioso son las partes integrantes de su modo de vivir. Si el var&oacute;n feudal se empe&ntilde;a en faenas de caza, &eacute;stas no son consideradas como modalidades de trabajo &uacute;til y productivo, sino como diversi&oacute;n. </p>     <p align="justify"> Veblen sit&uacute;a el estado b&aacute;rbaro de la cultura en una fase de la evoluci&oacute;n humana que es posterior a una etapa m&aacute;s pac&iacute;fica y laboriosa, que tuvo mayor conciencia de utilidad. En aquella sociedad de &ldquo;salvajismo pac&iacute;fico&rdquo;, previa a la etapa b&aacute;rbaro-depredadora, el tipo de emulaci&oacute;n que exist&iacute;a entre los miembros de un grupo era principalmente una emulaci&oacute;n de signo utilitario. Se trataba, en definitiva, de probar al pr&oacute;jimo, mediante comparaciones emulativas, que el trabajo propio era mejor y m&aacute;s &uacute;til que el ajeno; que respond&iacute;a a un instinto de &ldquo;hacer las cosas bien&rdquo;. Pero en el proceso evolutivo de la especie, dice Veblen, cuando la comunidad pasa de un salvajismo pac&iacute;fico a una fase depredadora de vida, las condiciones de emulaci&oacute;n cambian. <i>La utilidad deja de ser gu&iacute;a de acci&oacute;n y principio de valoraci&oacute;n</i>. M&aacute;s y m&aacute;s la actividad de los varones adopta un car&aacute;cter de proeza, de haza&ntilde;a. La agresi&oacute;n &ndash;no el trabajo &uacute;til y bien hecho&ndash; se convierte en la forma acreditada de acci&oacute;n. Una raz&oacute;n institucional ecol&oacute;gica &ndash;frente a la raz&oacute;n constructiva que hac&iacute;a de la utilidad un principio universal de regulaci&oacute;n moral&ndash; ensalza ahora la importancia del bot&iacute;n como evidencia de triunfo depredador. En contraste (y esto es lo que nos interesa especialmente aqu&iacute;), la realizaci&oacute;n de un trabajo productivo o el empleo en un servicio personal caen en desprestigio, y las labores &uacute;tiles adquieren un car&aacute;cter irritante a causa de la indignidad que se les imputa.</p>     <p align="justify"> Pues bien, esa herencia proveniente de la cultura b&aacute;rbara que de conformidad con su propia raz&oacute;n ecol&oacute;gica s&oacute;lo reconoce como honorable y digno el <i>h&aacute;bito</i> de dominio triunfal y que desprecia la ocupaci&oacute;n laboral productiva por ser tarea envilecedora y odiosa, reaparece at&aacute;vicamente, seg&uacute;n Veblen, en las comunidades m&aacute;s civilizadas de la &eacute;poca moderna. En el seno de la cultura neo-depredadora, la utilidad, declarada por Hume como virtud de aceptaci&oacute;n universal, se ve ahora despojada de sus connotaciones positivas. Y las comparaciones emulativas en el seno de dicha cultura no van ya dirigidas a probar que se trabaja mejor que el vecino y con resultados m&aacute;s beneficiosos y &uacute;tiles, sino que van dirigidas a probar que no se trabaja, o que se trabaja menos a pesar de tener m&aacute;s riqueza y poder que &eacute;l. </p>     <p align="justify"> Lo que Veblen y otros est&aacute;n tratando de mostrar es que, en la secuencia de la evoluci&oacute;n cultural, la raz&oacute;n constructiva utilitaria puede llegar a tener un significado nulo. Desde luego no lo tiene en esa clase ociosa neo-b&aacute;rbara &ndash;anta&ntilde;o representada por el se&ntilde;or devoto, cazador y soldado&ndash; que en los albores del siglo XX surge de nuevo con fuerza institucional.</p>     <p align="justify"> Ciertamente, no se podr&iacute;a concebir una clase tal sin vincularla al hecho de la propiedad. Si en la cultura b&aacute;rbara la apropiaci&oacute;n fundamental del var&oacute;n dominador consist&iacute;a en tener mujeres y esclavos, la nueva cultura ociosa sigue una pauta semejante, con la &uacute;nica diferencia de que ahora la propiedad no s&oacute;lo incluye una apropiaci&oacute;n de personas, sino tambi&eacute;n de m&uacute;ltiples y variadas cosas. La riqueza se convierte as&iacute; en s&iacute;mbolo m&aacute;ximo de reputaci&oacute;n honor&iacute;fica. El proceso econ&oacute;mico asume entonces el car&aacute;cter de una pugna entre individuos que se afanan en alcanzar bienes dirigidos no tanto a mejorar el nivel de comodidades (esto dar&iacute;a a la pugna un car&aacute;cter utilitario) como a aumentar su buen nombre y prestigio social. Este matiz es importante y proporciona un car&aacute;cter ecol&oacute;gico al <i>ethos</i> institucional de la clase entera. Veblen insiste en que, desde su mismo origen, la propiedad no fue concebida en la cultura b&aacute;rbaro-depredadora como conjunto de cosas <i>&uacute;tiles</i>, sino como trofeo obtenido por la fuerza tras el ataque victorioso. Se tienen personas y cosas para hacer alarde de ellas.</p>     <p align="justify"> Hume y los utilitaristas cl&aacute;sicos se escandalizar&iacute;an ante este abierto y ol&iacute;mpico desprecio de la utilidad, pero tal es, en resumen, la caracter&iacute;stica esencial de la clase ociosa: frente al trabajo ordinario, productivo y ordenado, resultante del mejor instinto de la especie &ndash;el instinto de hacer las cosas bien, el instinto de trabajo eficaz&ndash; la nueva instituci&oacute;n resucita y perpet&uacute;a la cultura b&aacute;rbaro-depredadora y dedica todo su esfuerzo a establecer comparaciones emulativas odiosas dirigidas exclusivamente a demostrar superioridad pecuniaria. Abandonado el principio de la utilidad, la valoraci&oacute;n de las personas se realiza no con referencia al trabajo que realizan (recordemos que el trabajo es para la clase ociosa una actividad indigna), sino con referencia a la cantidad de bienes que poseen, exhiben y derrochan.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> No pretendo mostrar con detalle los m&uacute;ltiples ejemplos que ofrece Veblen para subrayar los rasgos grotescos de una clase cuyo desprecio al trabajo &uacute;til se manifiesta en un af&aacute;n desmesurado por huir de todo aquello que pueda sugerir, siquiera remotamente, eficacia y servicio, los dos grandes tab&uacute;s del nuevo estatus. Lo &uacute;nico que me propon&iacute;a con esta alusi&oacute;n a Veblen era ilustrar que el pensamiento institucional tiene como consecuencia inevitable la disoluci&oacute;n de la raz&oacute;n constructiva o, cuando menos, su trivializaci&oacute;n. Vernon L. Smith tiene la cortes&iacute;a de recordarnos que fue Hume quien se ocup&oacute; con especial acierto de reconocer los l&iacute;mites de la raz&oacute;n y el entendimiento, y de rebajar las exageradas expectativas del constructivismo cartesiano. Fue quien envi&oacute; de manera coherente y elaborada la primera se&ntilde;al de alerta. Yo a&ntilde;adir&iacute;a que lo que Hume quiz&aacute; no sospech&oacute; nunca fue el incalculable radio de aplicaci&oacute;n que, andando el tiempo, habr&iacute;an de tener sus advertencias; tal vez tampoco se diera cuenta de que, inevitablemente, el utilitarismo propuesto por &eacute;l como norma moral de la raz&oacute;n constructiva terminar&iacute;a<i> tambi&eacute;n</i> siendo visto, al igual que la raz&oacute;n constructiva misma, como una modalidad institucional m&aacute;s, sujeta a condicionamientos ecol&oacute;gicos. </p> <hr>    <p align="justify"><b>REFERENCIAS BIBLIOGR&Aacute;FICAS </b></p>     <!-- ref --><p align="justify">1. Hodgson, G. H. <i>Economics and Institutions: A Manifesto for a Modern Institutional Economics</i>, University of Pennsylvania Press, 1988. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000055&pid=S0124-5996200500020000300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">2.  Hume, D. <i>An Enquiry Concerning Human Understanding</i>, second edition, Oxford, 1902. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000056&pid=S0124-5996200500020000300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">3.  Hume, D. <i>Investigaci&oacute;n sobre los principios de la moral</i>, pr&oacute;logo y traducci&oacute;n de C. Mellizo, Madrid, Alianza Editorial, l993. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000057&pid=S0124-5996200500020000300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">4.  Katzner, D. W. <i>Economic Theory of Market Behaviour</i>, Amherst, Mass., University of Massachusetts, Department of Economics, 1958.  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000058&pid=S0124-5996200500020000300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">5.  L&oacute;pez S., G. &ldquo;Por qu&eacute; son necesariamente in&uacute;tiles las virtudes espec&iacute;ficamente religiosas&rdquo;, <i>T&eacute;los, Revista Iberoamericana de Estudios Utilitaristas</i> 1, 1, 1992, pp. 15-19.</p>     <!-- ref --><p align="justify">6.  Ortega y Gasset, J. <i>La rebeli&oacute;n de las masas</i>, 25&ordf;. ed., Madrid, Espasa Calpe, 1986. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000060&pid=S0124-5996200500020000300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">7. Sahlins, M. <i>Culture and Practical Reason</i>, University of Chicago Press, 1976. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000061&pid=S0124-5996200500020000300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify">8.  Smith, V. L. &ldquo;Constructivist and Ecological Rationality in Economics&rdquo;, <i>The American Economic Review</i> 93, 3, 2003.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify">9.  Veblen, T. <i>The Theory of the Leisure Class</i>, 1899, London, Penguin Books, 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000063&pid=S0124-5996200500020000300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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