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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[LOS LÍMITES DE LA EFICIENCIA ECONÓMICA EN UNA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[During the 20th century, Marxism and non-egalitarian or classical liberalism debated the properties of economic reasoning, that is, the way economic institutions value multiple ends. This debate produced an implicit consensus between market socialists and non-egalitarian liberals about democracy. In this consensus, the Rousseau&rsquo;s general will was replaced by the individual will, and popular sovereignty reflected in consumer sovereignty. This essay uses a Rawlsian perspective to analyze the limits of economic efficiency in a democratic society.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>    <br>LOS L&Iacute;MITES DE LA EFICIENCIA ECON&Oacute;MICA EN UNA SOCIEDAD DEMOCR&Aacute;TICA</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">     <p align="center"><b>THE LIMITS OF ECONOMIC EFFICIENCY IN A DEMOCRATIC SOCIETY</b></p>     <p>    <br>    <br></p>     <p><i>Alejandro Agafonow</i>*</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"> * Mag&iacute;ster en Ciencias Pol&iacute;ticas, candidato a Doctor en Econom&iacute;a Pol&iacute;tica de la Universidad Complutense de Madrid, profesor de la Universidad Antonio de Lebrija, Madrid, Espa&ntilde;a, <a href="mailto:a.agafonow@gmail.com">a.agafonow@gmail.com</a> Por sus valiosas cr&iacute;ticas estoy en deuda con Diego Guerrero y Carlos Rodr&iacute;guez Braun, el primero marxista y el segundo cercano al austro-liberalismo, profesores de la Universidad Complutense de Madrid. Tambi&eacute;n agradezco los comentarios de Emilio Fontela, Decano de la Universidad Antonio de Nebrija. No se les puede atribuir ning&uacute;n error en el que yo haya incurrido. Fecha de recepci&oacute;n: 19 de marzo de 2006, fecha de modificaci&oacute;n: 14 de junio de 2006, fecha de aceptaci&oacute;n: 29 de enero de 2007. </p> <hr align="JUSTIFY">     <p align="justify"><b>RESUMEN</b></p>     <p align="justify">[Palabras clave: eficiencia econ&oacute;mica, democracia, Rawls, JEL: A11, P20, P16]</p>     <p align="justify">Durante el siglo XX,  el marxismo y el liberalismo no igualitario o cl&aacute;sico discutieron las propiedades del c&aacute;lculo econ&oacute;mico, es decir, la forma en que las instituciones econ&oacute;micas asignan valores a los diversos fines. Este debate produjo un consenso impl&iacute;cito entre socialistas de mercado y liberales no igualitarios, acerca de la democracia. En este consenso, la voluntad general de Rousseau fue sustituida por voluntades individuales convenientemente jerarquizadas y la soberan&iacute;a popular reflejada en la soberan&iacute;a del consumidor. El ensayo adopta una perspectiva rawlsiana para explorar los l&iacute;mites de la eficiencia econ&oacute;mica en una sociedad democr&aacute;tica.</p>     <p align="justify"><b>ABSTRACT</b></p>     <p align="justify">[Key words: economic efficiency, democracy, Rawls, JEL: A11, P20, P16]</p> </font>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">During the 20<sup>th</sup> century, Marxism and non-egalitarian or classical liberalism debated the properties of economic reasoning, that is, the way economic institutions value multiple ends. This debate produced an implicit consensus between market socialists and non-egalitarian liberals about democracy. In this consensus, the Rousseau&rsquo;s general will was replaced by the individual will, and popular sovereignty reflected in consumer sovereignty. This essay uses a Rawlsian perspective to analyze the limits of economic efficiency in a democratic society.</font></p> <font face="Verdana" size="2"><hr align="JUSTIFY">     <p align="justify"><b>    <br>INTRODUCCI&Oacute;N</b></p>     <p align="justify">Este trabajo parte de la preocupaci&oacute;n por las condiciones institucionales para el ejercicio equitativo de las libertades en una democracia. Esto nos lleva a reconocer la interferencia potencial que el ejercicio de nuestra libertad puede ocasionar en la libertad de los dem&aacute;s. Dicho conflicto se manifiesta en el campo econ&oacute;mico cuando reconocemos que la dimensi&oacute;n positiva de la libertad –relacionada con nuestra capacidad real de acci&oacute;n– implica el acceso a recursos escasos en relaci&oacute;n a su demanda, de ah&iacute; que tengamos que examinar la manera en que se asignan los recursos en una econom&iacute;a de mercado.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Con este prop&oacute;sito analizaremos dos de las teor&iacute;as m&aacute;s importantes que defienden las virtudes de este mecanismo de asignaci&oacute;n de recursos: la teor&iacute;a walrasiana (que llamaremos “paretiana” por la relevancia del maximando que Vilfredo Pareto propuso y en torno al cual se ha desarrollado esta teor&iacute;a) y la teor&iacute;a austro-liberal, cuyas interpretaciones del funcionamiento del mercado y del concepto de eficiencia son diferentes. El marginalismo paretiano considera que la asignaci&oacute;n mediada por el mercado retribuye en forma adecuada el esfuerzo productivo marginal de cada individuo y contempla casos que, ante un cambio social caracterizado por un incremento del producto social agregado, s&oacute;lo beneficiar&aacute;n a algunos individuos y dejar&aacute;n sin retribuci&oacute;n adicional a otros. No ve ning&uacute;n conflicto distributivo y mucho menos un menoscabo de la libertad positiva de los individuos menos favorecidos.</p>     <p align="justify">En cambio, el marginalismo austriaco<a href="#1" name="n1"><sup>1</sup></a> concibe el mercado como un mecanismo que transmite, a trav&eacute;s de promesas de ganancias y amenazas de p&eacute;rdidas, la informaci&oacute;n necesaria para coordinar la producci&oacute;n y el consumo de sociedades numerosas o extensas que en ausencia del mercado no podr&iacute;an poner en marcha los procesos productivos para satisfacer sus preferencias de consumo. Tampoco ve conflictos distributivos porque la producci&oacute;n se entiende como un proceso de creaci&oacute;n de nuevos productos o servicios que suscitan nuevas necesidades o de oportunidades que permiten que el empresario aproveche las necesidades existentes, reivindicando el pleno derecho sobre los beneficios de aquello que ha descubierto con su sagacidad.</p>     <p align="justify">Estas dos teor&iacute;as ocultan que el mercado funciona como un <i>mecanismo de discriminaci&oacute;n de acceso a recursos</i>, que opera basado en las diferencias de poder de compra de los individuos. Mecanismo que, si bien en ausencia de frenos reduce la libertad positiva de los menos favorecidos, es indispensable para una valoraci&oacute;n correcta y barata de las alternativas de inversi&oacute;n y consumo, es decir: el c&aacute;lculo econ&oacute;mico. El problema democr&aacute;tico e institucional que se investiga en este art&iacute;culo es el de los frenos que debe imponerse al mercado para evitar la erosi&oacute;n de la libertad compartida equitativamente por todos. Para identificar los l&iacute;mites del mercado y al mismo tiempo admitir su funcionamiento en el marco de una democracia (que haya o no propiedad privada de los medios de producci&oacute;n no es un problema inherente al funcionamiento del mercado, como muestran los socialistas de mercado) se necesita una <i>teor&iacute;a dualista del valor</i> que reconozca el papel de los bienes primarios provistos universalmente por el Estado para asegurar la dimensi&oacute;n positiva de la libertad y encargue al mercado la asignaci&oacute;n de los bienes superfluos, con sus virtudes de econom&iacute;a de informaci&oacute;n y dinamismo.</p>     <p align="justify">Podemos dividir el liberalismo en dos familias, una “no igualitaria” o “cl&aacute;sica” cuyo resurgimiento a finales del siglo XX inspir&oacute; a muchos gobiernos y partidos pol&iacute;ticos conservadores del planeta, que hoy conocemos como neoliberalismo, y otra “igualitaria” o “revisionista” que a comienzos de ese siglo dio origen al nuevo liberalismo que hoy es una fuente doctrinal de la socialdemocracia. En este trabajo adoptamos una posici&oacute;n cr&iacute;tica frente al marginalismo paretiano y austriaco o austro-liberalismo, y reservamos el t&eacute;rmino “liberalismo” sin adjetivos para esta familia de corrientes no igualitarias. Este art&iacute;culo se inscribe en la tradici&oacute;n contractualista de Rousseau, Kant y Rawls<a href="#2" name="n2"><sup>2</sup></a>, y suscribe las premisas &eacute;ticas del orden social democr&aacute;tico expresado en la institucionalidad del Estado de bienestar.</p>     <p align="justify"><b>EL SORPRENDENTE CONSENSO ENTRE SOCIALISTAS Y LIBERALES SOBRE</b><b>LA DEMOCRACIA</b></p>     <p align="justify">A comienzos del siglo pasado hubo un importante debate entre socialistas y liberales que contribuy&oacute; a entender mejor el funcionamiento del mercado pero que condujo a planteamientos normativos inquietantes sobre la libertad. El problema era la posibilidad del c&aacute;lculo econ&oacute;mico en una econom&iacute;a planificada en la que no existiera el mercado y los recursos para la producci&oacute;n y el consumo fueran asignados por un planificador central, que no pod&iacute;a conocer plenamente las preferencias de todos los individuos. En ese debate sus interlocutores sostuvieron que la “democracia” era aquella forma de organizaci&oacute;n social que permit&iacute;a la expresi&oacute;n libre de las preferencias de los sujetos en la elecci&oacute;n de bienes y servicios. Ludwig von Mises la denomin&oacute; “democracia de mercado”, transformando la “voluntad general” de Rousseau en “voluntades individuales” convenientemente jerarquizadas y la “soberan&iacute;a popular” en “soberan&iacute;a del consumidor”.</p>     <blockquote>    <p align="justify">Lo que se ha llamado democracia de mercado se manifiesta en el hecho de que las empresas que buscan el lucro est&aacute;n sujetas, incondicionalmente, a la soberan&iacute;a del p&uacute;blico comprador [...] Quiz&aacute;s, el cr&iacute;tico objete esto sobre la base de que &eacute;l considera que p es un bien vital, mucho m&aacute;s importante que q,  y que por lo tanto se debe producir m&aacute;s de p y menos de q. Si &eacute;ste es el verdadero significado de su cr&iacute;tica, entonces discrepa con la valoraci&oacute;n de la producci&oacute;n por parte de los consumidores. Se quita entonces la m&aacute;scara y muestra sus aspiraciones dictatoriales. A su juicio, la producci&oacute;n no se deber&iacute;a regir por los deseos de la sociedad sino por su propia discreci&oacute;n (von Mises, 1982, 42-45, y 1949, 465).</p> </blockquote>     <p align="justify">Para von Mises, los empresarios y propietarios de los medios de producci&oacute;n no eran m&aacute;s que representantes de los consumidores cuyo mandato era renovado o revocado diariamente. Los socialistas de mercado aceptaron en parte esa idea de democracia introduciendo en su propuesta la libertad de los individuos para vender su fuerza de trabajo y comprar bienes y servicios, como en una sociedad capitalista, pero el Estado ser&iacute;a el propietario de los medios de producci&oacute;n. Esto permitir&iacute;a que las preferencias de las personas, en principio inaccesibles en el “socialismo de planificaci&oacute;n total”, fueran reveladas en el acto del consumo y monitorizadas a trav&eacute;s de la demanda agregada de bienes y servicios. Los desequilibrios de oferta y demanda se ajustar&iacute;an por ensayo y error variando los llamados “precios param&eacute;tricos”, para distinguirlos de los genuinos precios de mercado, buscando alentar o desalentar el consumo de acuerdo con la oferta disponible. As&iacute;, la inversi&oacute;n ser&iacute;a dirigida a una industria u otra en funci&oacute;n de los cambios de las preferencias agregadas.</p>     <p align="justify">La competencia se pod&iacute;a introducir en el socialismo gracias a la forma de organizaci&oacute;n que la sociedad deb&iacute;a adoptar durante la transici&oacute;n al comunismo que propuso Marx<a href="#3" name="n3"><sup>3</sup></a>, en la que se desplegar&iacute;an al m&aacute;ximo las fuerzas productivas para hacer posible una etapa superior donde desaparecer&iacute;a la escasez de recursos. En el comunismo los recursos se distribuir&iacute;an de acuerdo con las necesidades de las personas, pero la transici&oacute;n requer&iacute;a incentivar al m&aacute;ximo la producci&oacute;n y exigir a las personas tanto como permitieran sus capacidades:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>    <p align="justify">Aqu&iacute; [en el socialismo] reina, evidentemente, el mismo principio que regula el intercambio de mercanc&iacute;as, por cuanto &eacute;ste es intercambio de equivalentes [...] Por eso, el <i>derecho igual</i> sigue siendo aqu&iacute;, en principio, el <i>derecho burgu&eacute;s</i> [...] No reconoce ninguna distinci&oacute;n de clase, porque aqu&iacute; cada individuo no es m&aacute;s que un obrero como los dem&aacute;s; pero reconoce, t&aacute;citamente, como otros tantos privilegios naturales, las desiguales aptitudes de los individuos [...] En la fase superior de la sociedad comunista [...] cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan tambi&eacute;n las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, s&oacute;lo entonces podr&aacute; rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgu&eacute;s, y la sociedad podr&aacute; escribir en su bandera: &iexcl;<i>De cada cual, seg&uacute;n sus capacidades; a cada cual, seg&uacute;n sus necesidades</i>! (Marx, 1891, 22-24).</p> </blockquote>     <p align="justify">Tradicionalmente hostiles con la democracia<a href="#4" name="n4"><sup>4</sup></a>, marxistas y liberales llegaban a un acuerdo: la democracia ser&iacute;a la libre expresi&oacute;n de las preferencias de bienes y servicios, lo que permit&iacute;a que las diferencias naturales de capacidades –para el marxismo– y de patrimonio acumulado –para el liberalismo– produjeran desigualdades sociales. Pero no hab&iacute;a consenso en esta primera generaci&oacute;n de socialistas de mercado, cuyos planteamientos iniciales fueron expuestos en la literatura econ&oacute;mica alemana<a href="#5" name="n5"><sup>5</sup></a>, sobre la adopci&oacute;n del mercado sin restricciones –siempre en un r&eacute;gimen sin propiedad privada de los medios de producci&oacute;n<a href="#6" name="n6"><sup>6</sup></a>. Abba Lerner (1934, 1935, 1936 y 1937) –quien ser&iacute;a conocido como uno de los “cuatro grandes” por su participaci&oacute;n en el seminario de Hayek en el <i>London School of Economics</i><a href="#7" name="n7"><sup>7</sup></a>–, antes de la publicaci&oacute;n de su <i>Teor&iacute;a econ&oacute;mica del control</i>, y Fred Taylor (1929) –partidario del <i>laissez-faire</i> y convencido de la viabilidad del socialismo de mercado– propon&iacute;an adoptar el mercado casi sin restricciones, excepto las enmiendas dirigidas a corregir sus fallos. Mientras que Oskar Lange (1966) y sobre todo Henry Dickinson (1933 y 1939) propon&iacute;an restricciones por razones de equidad, como el “dividendo social” que se deducir&iacute;a de las ganancias de las unidades productivas y se distribuir&iacute;a equitativamente entre los miembros de la comunidad. En <i>Teor&iacute;a econ&oacute;mica del control</i>, Lerner retom&oacute; los principios igualitarios que descuid&oacute; en sus primeras exposiciones y desarroll&oacute; un argumento original<a href="#8" name="n8"><sup>8</sup></a> en defensa de la distribuci&oacute;n igualitaria del ingreso, fundado en la ley de la utilidad marginal decreciente del ingreso de la econom&iacute;a del bienestar pigouviana.</p>     <p align="justify">La raz&oacute;n de este sorprendente acuerdo fue la aceptaci&oacute;n de un objetivo com&uacute;n: el aumento del producto social. Para el marxismo era la forma de alcanzar la fase superior de la sociedad comunista, donde el producto social se distribuir&iacute;a seg&uacute;n las necesidades de cada cual. Mientras que para el liberalismo no igualitario era la expresi&oacute;n del aumento del bienestar colectivo y posteriormente sus escuelas asociar&iacute;an a la eficiencia un imperativo de libertad o acoger&iacute;an la eficiencia sin reservas. La eficiencia es un concepto central en la ciencia econ&oacute;mica actual, pero no est&aacute; fundado tan s&oacute;lidamente como creen los economistas profesionales; de hecho, no hay consenso sobre qu&eacute; es una econom&iacute;a eficiente.</p>     <p align="justify"><b>LA EFICIENCIA EN</b><b> EL SENTIDO DE PARETO</b></p>     <p align="justify">Distorsionada la democracia y aceptadas sus premisas, socialistas de mercado y liberales debatir&iacute;an acerca de la mayor virtud instrumental de sus modelos: la eficiencia. Pero los socialistas de mercado y los liberales paretianos, por un lado, y por otro los austro-liberales, no daban el mismo sentido al concepto de “eficiencia econ&oacute;mica” aunque todos aceptaban la libre expresi&oacute;n de las preferencias como requisito para un orden social democr&aacute;tico. Las dos primeras escuelas lo entend&iacute;an como “eficiencia en el sentido de Pareto” cuando aceptaban la posibilidad del c&aacute;lculo econ&oacute;mico en el socialismo. Pareto cre&iacute;a posible descubrir las reglas de distribuci&oacute;n apropiadas a trav&eacute;s de la sociolog&iacute;a y reorganizar la econom&iacute;a de acuerdo con las reglas as&iacute; descubiertas para alcanzar el mayor grado de bienestar de los individuos.</p>     <blockquote>    <p align="justify">Hay dos problemas a resolver para lograr el m&aacute;ximo bienestar para una colectividad. Es necesario, en primer lugar, determinar las reglas de distribuci&oacute;n que se consideren adecuadas. La soluci&oacute;n de este problema descansa en gran medida en los dominios de la sociolog&iacute;a. Establecidas las reglas de distribuci&oacute;n, se puede investigar qu&eacute; posici&oacute;n proporcionar&aacute; el mayor nivel de bienestar consistente con esas reglas a los individuos que forman la colectividad (Pareto, 1911, 262).</p> </blockquote>     <p align="justify">Pero los economistas paretianos –preocupados por expulsar los juicios de valor de sus teor&iacute;as– nunca se preguntaron por qu&eacute; Pareto introdujo arbitrariamente su propio juicio distributivo:</p>     <blockquote>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">El bienestar de algunos [individuos] se puede mantener constante sin que nuestras conclusiones resulten afectadas. Pero si, por el contrario, el peque&ntilde;o movimiento [de un estado social X a otro Y] aumenta el bienestar de algunos individuos y disminuye el de otros, no puede afirmarse que el cambio es ventajoso para la colectividad en su conjunto (ib&iacute;d.).</p> </blockquote>     <p align="justify">Seg&uacute;n Pareto, en una econom&iacute;a que alcance el estado &oacute;ptimo o eficiente no habr&iacute;a m&aacute;s intercambios que mejoren la utilidad de un individuo sin empeorar al mismo tiempo la utilidad de otro. Esto no es m&aacute;s que un “juicio distributivo” que en su criterio pod&iacute;a materializarse a trav&eacute;s de la pugna entre consumidores y productores, por bienes y servicios los primeros y por capital los &uacute;ltimos, es decir, a trav&eacute;s del mercado. En una econom&iacute;a de este tipo, los productores no controlar&iacute;an arbitrariamente el precio de sus bienes o servicios y estar&iacute;an obligados, por la existencia de otros productores que intentan vender sus productos, a alcanzar los “coeficientes t&eacute;cnicos de producci&oacute;n” que les permitan producir a menor costo y vender al mejor precio. Este fue el reto que aceptaron los te&oacute;ricos del socialismo de mercado. Tal como lo hab&iacute;a expresado previamente Barone (1908, 334-335):</p>     <blockquote>    <p align="justify">Para la soluci&oacute;n del problema no es suficiente que el ministro de producci&oacute;n haya llegado a identificar el sistema de ecuaciones de equilibrio mejor adaptado para obtener el m&aacute;ximo colectivo en el sentido bien conocido (que no es preciso repetir). Es necesario, despu&eacute;s de esto, resolver las ecuaciones. Y &eacute;ste es el problema […] La determinaci&oacute;n de los coeficientes econ&oacute;micamente m&aacute;s ventajosos s&oacute;lo puede hacerse de forma <i>experimental</i>: y no en <i>peque&ntilde;a escala</i>, como puede hacerse en un laboratorio; sino con experimentos <i>a gran escala</i> […] Es sobre esta base que las ecuaciones de equilibrio con el m&aacute;ximo colectivo de bienestar no son solubles a priori sobre el papel.</p> </blockquote>     <p align="justify">Para los marginalistas paretianos y socialistas de mercado, una econom&iacute;a eficiente ser&iacute;a capaz de conseguir los coeficientes t&eacute;cnicos de producci&oacute;n correspondientes al <i>m&aacute;ximo producto social posible</i>. Un objetivo inalcanzable en el socialismo de planificaci&oacute;n total por cuanto era imposible que la autoridad central conociera el universo de preferencias en pugna. Puesto que las econom&iacute;as socialistas pretend&iacute;an sustituir el “valor de cambio” de la econom&iacute;a capitalista recurriendo a un c&aacute;lculo m&aacute;s sustancial que determinara la combinaci&oacute;n &oacute;ptima de insumos y productos para conseguir “valores de uso” que satisficieran necesidades reales, los planificadores socialistas enfrentaban un problema pr&aacute;ctico y t&eacute;cnico de gran envergadura: c&oacute;mo conocer las necesidades de consumo de una sociedad numerosa para orientar eficientemente los procesos productivos. Por ejemplo, si hay m&aacute;s consumidores dispuestos a consumir pan de trigo que pan de centeno, el planificador deber&iacute;a tener ese dato para destinar m&aacute;s recursos a la producci&oacute;n de pan de trigo. Multipliquemos este caso por los cientos de miles de productos que se comercian en un pa&iacute;s de 40 millones de personas y consideremos, adem&aacute;s, las combinaciones de insumos y productos necesarios para satisfacer el cambio de preferencias de los consumidores. Pareto (1909, 178) plante&oacute; as&iacute; el problema:</p> </font>    <blockquote>       <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Hagamos la hip&oacute;tesis m&aacute;s favorable a tal c&aacute;lculo; supongamos que hayamos triunfado de todas las dificultades para llegar a conocer los c&aacute;lculos del problema, y que conocemos las <i>ophelimites</i> de todas las mercader&iacute;as para cada individuo, todas las circunstancias de la producci&oacute;n de las mercader&iacute;as, etc. Esta es una hip&oacute;tesis absurda, y por lo tanto no nos da todav&iacute;a la posibilidad pr&aacute;ctica de resolver este problema. Hemos visto que en el caso de 100 individuos y de 700 mercader&iacute;as habr&iacute;a 70.699 condiciones [...] Tendremos entonces que resolver un sistema de 70.699 ecuaciones. Esto sobrepasa pr&aacute;cticamente el poder del an&aacute;lisis algebraico, y lo sobrepasar&iacute;a a&uacute;n m&aacute;s si se tomara en consideraci&oacute;n el n&uacute;mero fabuloso de ecuaciones que dar&iacute;a una poblaci&oacute;n de cuarenta millones de individuos y algunos millares de mercader&iacute;as. En otros t&eacute;rminos, si se pudiera verdaderamente conocer todas las ecuaciones, el &uacute;nico medio accesible a las fuerzas humanas para resolverlas, ser&iacute;a observar la soluci&oacute;n pr&aacute;ctica que da el mercado.</font></p> </blockquote> <font face="Verdana" size="2">    <p align="justify">Con la introducci&oacute;n de la libre demanda de bienes y servicios en la econom&iacute;a socialista, se revelar&iacute;an las preferencias y los coeficientes t&eacute;cnicos se ajustar&iacute;an experimentalmente para satisfacer las preferencias m&aacute;s urgentes, facilitando un mecanismo para regular el exceso o defecto de la oferta ante la fluctuaci&oacute;n de la demanda, un “servomecanismo” seg&uacute;n Lange (1967). Aunque los socialistas de mercado coincidieron con todos los liberales en la definici&oacute;n de democracia, s&oacute;lo los marginalistas paretianos coincidieron con los socialistas de mercado en la definici&oacute;n de econom&iacute;a eficiente, pues adoptaron como fin &uacute;ltimo el aumento del producto social sin mayores requisitos de libertad; de ah&iacute; que las objeciones al socialismo definido en esos t&eacute;rminos fueran m&aacute;s bien t&iacute;midas. Durante el siglo XX,  el marginalismo paretiano se desarroll&oacute; a partir de unos d&eacute;biles supuestos de objetividad que lo llevaron a defender repetidamente el <i>statu quo</i>, pero cuando el cambio social fue definido convenientemente no hubo impedimentos l&oacute;gicos para adherirse a &eacute;l. Knight (1936, 255; 1938, 268; 1939, 600, y 1940, 259), paretiano de la Universidad de Chicago, sostuvo que el socialismo era un problema pol&iacute;tico que se deb&iacute;a discutir en t&eacute;rminos de psicolog&iacute;a social y pol&iacute;tica, y que la teor&iacute;a econ&oacute;mica ten&iacute;a poco que decir.</p>     <p align="justify">El menosprecio por los valores extraecon&oacute;micos tambi&eacute;n se hizo patente en el apoyo de los economistas de la Escuela de Chicago a la dictadura de Augusto Pinochet. De los 26 cargos directivos del equipo econ&oacute;mico de la dictadura que implement&oacute; los programas de liberalizaci&oacute;n econ&oacute;mica despu&eacute;s de 1975, 23 fueron ocupados por economistas formados en Chicago gracias a un convenio de cooperaci&oacute;n establecido con la Universidad Cat&oacute;lica de Chile en 1955<a href="#9" name="n9"><sup>9</sup></a>. Milton Friedman –uno de los principales exponentes de la Escuela de Chicago– subestim&oacute; el papel de su departamento en el dise&ntilde;o de la pol&iacute;tica econ&oacute;mica de Pinochet y dijo que nadie protest&oacute; por la charla que dict&oacute; en China comunista y que los alumnos chilenos que contribuy&oacute; a formar eran casi los &uacute;nicos economistas disponibles en Chile (L&oacute;pez, 2005). Pero, como recuerda Barber (1995, 1944), antes de confiar la pol&iacute;tica econ&oacute;mica a los <i>Chicago boys</i> la dictadura recurri&oacute; a economistas del partido cristiano dem&oacute;crata, que condicionaron su participaci&oacute;n al respeto de los derechos humanos, cosa que Pinochet no acept&oacute;.</p>     <p align="justify">No obstante, esos exponentes del marginalismo paretiano han matizado su adhesi&oacute;n a una ciencia econ&oacute;mica estrictamente positiva. Friedman (1952, 1953 y 1955) pas&oacute; de un concepto de utilidad limitado a las probabilidades que enfrenta un individuo cuando elige entre alternativas de consumo e inversi&oacute;n, a una vaga idea de bienestar asociada a la libertad de elecci&oacute;n en el consumo y la inversi&oacute;n (Friedman, 1962 y 1979). Knight (1941, 1946 y 1950) tambi&eacute;n reflexion&oacute; sobre valores extraecon&oacute;micos como la libertad y la democracia. Sin embargo, tienden a hacer una asociaci&oacute;n muy simplista entre libertad econ&oacute;mica y libertades pol&iacute;ticas y civiles.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">En cambio, los austro-liberales tienden a fijar imperativos extraecon&oacute;micos a la b&uacute;squeda de la eficiencia, aunque no sin contradicciones te&oacute;ricas. No obstante, es inquietante saber que la constituci&oacute;n promulgada por la dictadura de Pinochet en 1980 fue conocida como “La Constituci&oacute;n de la libertad” aludiendo al t&iacute;tulo de un famoso libro de Friedrich Hayek, quien visit&oacute; Chile a comienzos de los ochenta. Durante ese viaje lo entrevist&oacute; el periodista uruguayo Walter Mart&iacute;nez en <i>Dossier</i>, un programa de televisi&oacute;n transmitido desde Venezuela a varios pa&iacute;ses latinoamericanos<a href="#10" name="n10"><sup>10</sup></a>. Mart&iacute;nez dijo que tras bastidores Hayek le hab&iacute;a manifestado su pesimismo sobre la posibilidad de establecer su modelo de sociedad en un marco de libertades pol&iacute;ticas y civiles. Es revelador que ese pesimismo fuera caracter&iacute;stico de Ludwig von Mises<a href="#11" name="n11"><sup>11</sup></a>.</p>     <p align="justify"><b>LA EFICIENCIA EN</b><b> EL SENTIDO AUSTRIACO</b></p>     <p align="justify">La idea de eficiencia del marginalismo austriaco era m&aacute;s compleja y lo llev&oacute; a hacer cr&iacute;ticas demoledoras al marginalismo paretiano y a postular la imposibilidad del c&aacute;lculo econ&oacute;mico socialista. Antes de desarrollar su concepto de eficiencia, sus primeras cr&iacute;ticas a la econom&iacute;a socialista se refer&iacute;an al problema del c&aacute;lculo en ausencia de una unidad de valor universal. El argumento inicial fue propuesto por Pierson (1902), aunque se encuentra un argumento similar pero cr&iacute;ptico en von Mises (1920)<a href="#12" name="n12"><sup>12</sup></a>, a saber, que ante las limitaciones para conocer las necesidades de grandes grupos de consumidores y en ausencia de una unidad de valor como el dinero, habr&iacute;a un trueque de cupones o certificados que dan derecho al consumo de bienes y servicios para rectificar, fuera de los circuitos oficiales de distribuci&oacute;n, los errores de asignaci&oacute;n que haya cometido el Estado. El problema era entonces la falta de una tarifa que valorara esos intercambios al margen de los circuitos oficiales.</p>     <blockquote>    <p align="justify">Ya que es impensable tomar en cuenta las necesidades de cada individuo, supondr&eacute; que la poblaci&oacute;n se divide en los siguientes grupos: (A) personas solteras; (B) familias sin ni&ntilde;os, y as&iacute; sucesivamente. Cuanto m&aacute;s numerosos sean los grupos, mejor; pero por m&aacute;s numerosos que sean, siempre habr&aacute; individuos cuyas caracter&iacute;sticas no se adapten a ning&uacute;n grupo particular; y las condiciones fluctuar&aacute;n tan continuamente que ning&uacute;n grupo reunir&aacute; individuos id&eacute;nticos. Es por tanto indispensable un correctivo. Se puede suponer que cada individuo recibir&aacute; certificados de bienes para obtener las cosas que necesite como miembro de su grupo, siendo v&aacute;lidos estos certificados por un per&iacute;odo de tiempo (semanales, mensuales, anuales y as&iacute; sucesivamente). El correctivo consiste en que los almacenes del Estado permitan el intercambio de certificados. Una persona que, en su criterio, ha recibido muy pocos certificados para cualquier art&iacute;culo particular ser&aacute; capaz de obtener m&aacute;s al intercambiarlos por certificados de otros art&iacute;culos. El problema del valor es obvio. Una persona que est&aacute; dispuesta a intercambiar una cosa por otra valora m&aacute;s la segunda que la primera. El problema del valor es establecer una tarifa adecuada para este intercambio leg&iacute;timo (Pierson, 1902, 73-74).</p> </blockquote>     <p align="justify">Para los austriacos una econom&iacute;a eficiente no es una econom&iacute;a en equilibrio. El <i>m&aacute;ximo producto social posible</i> que define a la econom&iacute;a paretiana, no es un &oacute;ptimo que se pueda determinar ex ante para luego seleccionar los coeficientes t&eacute;cnicos adecuados a una producci&oacute;n m&aacute;s econ&oacute;mica. La selecci&oacute;n de esos coeficientes exigir&iacute;a informaci&oacute;n perfecta y cero incertidumbre, y en esa situaci&oacute;n ideal la demanda de dinero cesar&iacute;a (Rothbard, 1997, 270). Tambi&eacute;n se detendr&iacute;a todo intercambio, pues no se podr&iacute;a mejorar la utilidad de un individuo sin empeorar la utilidad de otro. El equilibrio paretiano es inalcanzable y contradictorio con una econom&iacute;a din&aacute;mica<a href="#13" name="n13"><sup>13</sup></a>.</p>     <p align="justify">La diferencia fundamental entre esas dos nociones de eficiencia es la definici&oacute;n de los costos. Mientras que para el marginalismo paretiano habr&iacute;a una sola manera de producir m&aacute;s econ&oacute;micamente dado un conjunto de preferencias individuales, para el marginalismo austriaco los menores costos de una econom&iacute;a eficiente est&aacute;n relacionados con t&eacute;cnicas de producci&oacute;n no exploradas y preferencias no descubiertas, es decir, costos de oportunidad. Hayek (1933, 226-229) plantea as&iacute; esta diferencia:</p>     <blockquote>    <p align="justify">[...] tan pronto como dejemos el terreno de la competencia extensa y el estado estacionario, y consideremos un mundo donde la mayor&iacute;a de los medios de producci&oacute;n existentes son resultado de procesos particulares que probablemente nunca se repetir&aacute;n; donde, como consecuencia de cambios incesantes, el valor de la mayor&iacute;a de los medios de producci&oacute;n m&aacute;s durables tiene poca o ninguna conexi&oacute;n con los costos en los que se ha incurrido en su producci&oacute;n [...] El valor de cualquier medio particular y en consecuencia el valor de sus servicios que tendremos que contar como costos, debe ser determinado considerando los retornos esperados, teniendo en cuenta todas las formas alternativas mediante las cuales se pueda obtener el mismo resultado y todos los usos alternativos a los que se puedan destinar los medios de producci&oacute;n.</p> </blockquote>     <p align="justify">Nunca podr&iacute;amos saber con certeza si una econom&iacute;a ha alcanzado el <i>m&aacute;ximo producto social posible</i>. S&oacute;lo podemos acercarnos a este ideal garantizando que las unidades productivas sean inducidas mediante incentivos a explorar las alternativas que tengan menores costos de oportunidad. As&iacute;, el c&aacute;lculo econ&oacute;mico no s&oacute;lo ser&iacute;a imposible en una econom&iacute;a socialista sino tambi&eacute;n en una econom&iacute;a capitalista organizada seg&uacute;n las premisas paretianas. El problema del costo de oportunidad es central en el c&aacute;lculo econ&oacute;mico y sin la facultad de previsi&oacute;n e innovaci&oacute;n del empresario capitalista, inducida por la expectativa de ganancias y la amenaza de p&eacute;rdidas, no habr&iacute;a manera de garantizar que el producto social agregado llegue en este otro caso al <i>mayor nivel probable</i>. El austro-liberal Murray Rothbard (1991, 66) lo expone as&iacute;:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>       <p align="justify">Pero en lo que est&aacute; interesado un agente capitalista, al comprometer recursos en la producci&oacute;n y venta, es en los precios futuros, y el presente compromiso de recursos es llevado a cabo por el empresario, cuya funci&oacute;n es prever los precios futuros y asignar recursos de acuerdo con esta previsi&oacute;n. Es precisamente este rol central y vital del empresario previsor, dirigido por la b&uacute;squeda de ganancias y la reducci&oacute;n de p&eacute;rdidas, el que no puede ser sustituido por el Comit&eacute; Central de Planificaci&oacute;n, por la ausencia de un mercado de medios de producci&oacute;n. Sin este mercado no hay precios monetarios genuinos y, por lo tanto, no hay medios para que el empresario calcule y prevea en t&eacute;rminos de cardinalidad monetaria.</p> </blockquote>     <p align="justify">Esto ser&iacute;a igualmente aplicable al empresario paretiano que s&oacute;lo tiene que calcular los mejores coeficientes de producci&oacute;n en un mundo de informaci&oacute;n perfecta o, al menos, en un mundo de informaci&oacute;n imperfecta pero limitado a las inversiones m&aacute;s seguras, sacrificando la experimentaci&oacute;n con nuevos e inexplorados m&eacute;todos (Hayek, 1933, 235). Si bien la primera generaci&oacute;n de socialistas de mercado no comprendi&oacute; este concepto de eficiencia y replic&oacute; teniendo en mente la noci&oacute;n paretiana de eficiencia, la &uacute;ltima generaci&oacute;n s&iacute; hizo frente a la cr&iacute;tica austro-liberal, cuya piedra de toque est&aacute; en los incentivos que la propiedad privada brinda a los productores capitalistas para que exploren eficaz y creativamente los costos de oportunidad so pena de reducir sus ganancias o llevarlos a la bancarrota.</p>     <p align="justify">Esta &uacute;ltima generaci&oacute;n, que reivindica “precios genuinos de mercado” por oposici&oacute;n a los precios param&eacute;tricos, dio una respuesta ingeniosa basada en la aguda observaci&oacute;n de precisamente un austro-liberal: Joseph A. Schumpeter (1942, 142), quien reflexion&oacute; sobre un fen&oacute;meno que llam&oacute; la “evaporaci&oacute;n de la sustancia material de la sociedad”. En el capitalismo la gesti&oacute;n de los medios de producci&oacute;n no est&aacute; necesariamente ligada a la propiedad privada sino que puede ser encargada a juntas directivas que responden ante los propietarios del capital, que buscan la gesti&oacute;n lucrativa de su patrimonio gracias a los incentivos de un mercado de trabajo que permite sustituirlas si su desempe&ntilde;o no es el esperado. Este fen&oacute;meno se conoce hoy como la relaci&oacute;n principal-agente y se manifiesta en un abanico de f&oacute;rmulas institucionales, que van desde cooperativas con directivos elegidos por los trabajadores hasta los <i>keiretsu</i> japoneses, donde las empresas responden a instituciones bancarias que supervisan su desempe&ntilde;o<a href="#14" name="n14"><sup>14</sup></a>.</p>     <p align="justify">Sorprende que algunos te&oacute;ricos austro-liberales o cercanos a esta corriente omitan en sus recensiones este aspecto central de las econom&iacute;as capitalistas<a href="#15" name="n15"><sup>15</sup></a>. Otros, en cambio, simplemente siguen a von Mises (1920, 116) cuando ochenta y seis a&ntilde;os atr&aacute;s expresaba su escepticismo sobre la importancia de este fen&oacute;meno<a href="#16" name="n16"><sup>16</sup></a> que sin embargo no ha disminuido la capacidad innovadora del mercado. Pero seg&uacute;n los marginalistas austriacos un mercado eficiente tendr&iacute;a una funci&oacute;n a&uacute;n m&aacute;s importante: la adecuada jerarquizaci&oacute;n de los fines en una sociedad extensa, funci&oacute;n que permite entender las limitaciones del mercado y del modelo de democracia que propone esta corriente<a href="#17" name="n17"><sup>17</sup></a>.</p>     <p align="justify"><b>DEMOCRACIA DE MERCADO Y JERARQUIZACI&Oacute;N DE LOS FINES SOCIALES</b></p>     <p align="justify">El logro del <i>producto social probablemente m&aacute;s alto</i> no es un fin en s&iacute; mismo, como lo es para el marginalismo paretiano la b&uacute;squeda del <i>m&aacute;ximo producto social posible</i>. Este nivel de riqueza ser&iacute;a el resultado de un orden social cuyo fin &uacute;ltimo es el mayor grado posible de libertad. Pero el tipo de libertad que ofrece el libre mercado enfrenta un problema fundamental en las sociedades extensas: debe dar una soluci&oacute;n al conflictivo universo de preferencias que las caracteriza. &iquest;C&oacute;mo jerarquizar el amplio conjunto de preferencias plurales? &iquest;Con qu&eacute; criterio podremos asignar una importancia variable a los fines que persigue cada individuo?</p>     <p align="justify">&Eacute;ste es el cl&aacute;sico problema de la intransitividad de las preferencias en teor&iacute;a pol&iacute;tica<a href="#18" name="n18"><sup>18</sup></a>, que eluden sistem&aacute;ticamente las corrientes no igualitarias del liberalismo. S&oacute;lo es posible reconciliar las preferencias divergentes y lograr un acuerdo un&aacute;nime que no lesione la libertad si admitimos la idea de “voluntad general rousseauniana”, pero al sustituirla por las “voluntades individuales” el marginalismo austriaco qued&oacute; condenado a defender una ficci&oacute;n de libertad plagada de contradicciones. El problema del desconocimiento de las utilidades individuales deja intacto el problema de la intransitividad de las preferencias, pues aunque el libre mercado las revelara, su plena satisfacci&oacute;n s&oacute;lo ser&iacute;a posible con recursos ilimitados. En un escenario de recursos escasos, el desconocimiento de las utilidades es un problema menor frente a la jerarquizaci&oacute;n adecuada del universo de fines plurales, y el marginalismo austriaco ha elaborado su cr&iacute;tica acentuando ese problema menor.</p>     <p align="justify">El austro-liberal Huerta de Soto (2002, 203-204, y 2004, 47-48) llega a afirmar que el problema de c&oacute;mo distribuir los recursos s&oacute;lo ser&iacute;a relevante si estuvieran dados, pero como son “creados de la nada” –apoy&aacute;ndose en la noci&oacute;n din&aacute;mica de eficiencia como b&uacute;squeda del <i>producto social probablemente m&aacute;s alto</i>, expuesta en t&eacute;rminos de “creaci&oacute;n <i>ex nihilo</i>” por Kirzner (1989)– la justicia distributiva carece de sentido. Huerta de Soto deja sin responder preguntas fundamentales. &iquest;C&oacute;mo solucionar&iacute;a el problema de asignar recursos “escasos” y “dados” aun conociendo plenamente el universo de preferencias? &iquest;Qu&eacute; escala de valores utilizar&iacute;a para asignarlos? &iquest;C&oacute;mo armonizar&iacute;a las preferencias en conflicto? Las cr&iacute;ticas del austro-liberalismo al socialismo de planificaci&oacute;n total y a los Estados de bienestar democr&aacute;ticos se&ntilde;alan sus l&iacute;mites para acceder a la mente de los sujetos, como impedimento insalvable para determinar con precisi&oacute;n el universo de preferencias y distribuir los recursos escasos de acuerdo con esta informaci&oacute;n. Hayek (1933, 17) plantea claramente esta objeci&oacute;n:</p>     <blockquote>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Es este aspecto formal, el hecho de que una autoridad central tiene que resolver el problema econ&oacute;mico de distribuir un monto limitado de recursos entre un n&uacute;mero pr&aacute;cticamente infinito de prop&oacute;sitos en competencia, que constituye el problema del socialismo como m&eacute;todo. Y la cuesti&oacute;n fundamental es si en las complejas condiciones de una sociedad extensa moderna es posible que la autoridad central lleve a cabo las implicaciones de tal escala de valores con un grado razonable de precisi&oacute;n, con un grado de &eacute;xito similar o aproximado a los resultados del capitalismo competitivo.</p> </blockquote>     <p align="justify">Los trabajadores que no logran un nivel de vida adecuado en un mercado laboral flexible, las mujeres que no pueden entrar al mercado de trabajo o que reciben salarios menores que los hombres por un trabajo del mismo tipo, los desempleados que ven marcharse capitales dom&eacute;sticos hacia econom&iacute;as que reconocen precariamente los derechos econ&oacute;micos y sociales, y los inmigrantes que en los pa&iacute;ses ricos son condenados a los peores empleos por su raza o su procedencia, tienen preferencias razonables cuya satisfacci&oacute;n exige el ejercicio de la libertad positiva que es coartada por la falta de regulaci&oacute;n econ&oacute;mica. Esto nos impide ver en el libre mercado la soluci&oacute;n<a href="#19" name="n19"><sup>19</sup></a> a la ansiada armonizaci&oacute;n de las preferencias de los individuos que componen una sociedad democr&aacute;tica. En su b&uacute;squeda de coherencia, una vez el marginalismo austriaco allana el camino para acceder al universo de preferencias individuales, debe minimizar el conflicto entre preferencias divergentes para superar el problema de la intransitividad. El oscurecimiento de este problema es patente en von Mises (1951, 126) cuando sostiene:</p>     <blockquote>    <p align="justify">[...] hay tendencia a olvidar que la estructura filos&oacute;fica del g&eacute;nero humano y la unidad de puntos de vista y de emoci&oacute;n que surgen de la tradici&oacute;n crean una extensa similitud de opiniones respecto a las necesidades y a los medios para satisfacerlas. Y es esa similitud de opiniones lo que hace posible la sociedad. Por el hecho de tener metas comunes los hombres pueden vivir en comunidad. Frente a esta situaci&oacute;n de que la mayor&iacute;a de los fines (los m&aacute;s importantes) son comunes a la gran masa humana, el hecho de que existan fines que s&oacute;lo interesan a unos pocos reviste escasa importancia (ver tambi&eacute;n von Mises, 1949, 793-803).</p> </blockquote>     <p align="justify">Hayek (1988, 309) sigui&oacute; esta estrategia argumental cuando sostuvo que el mercado aumenta las ganancias de los participantes sin perjuicio de nadie. Huerta de Soto (2004, 30) hace lo mismo cuando sostiene que todos los agentes saldr&iacute;an ganando pues la creatividad empresarial –no limitada por la intervenci&oacute;n del Estado– aumentar&iacute;a las posibilidades de todos expandiendo la frontera de posibilidades de utilidad. El descuido por parte de estos te&oacute;ricos del problema de la intransitividad y del hecho de que el mercado no lo resuelva se debe a la supervivencia de un principio fundamental para el “liberalismo cl&aacute;sico”: la limitaci&oacute;n del poder p&uacute;blico para impedir la violaci&oacute;n de las libertades individuales por las monarqu&iacute;as absolutas. Amparados en este principio, ven una amenaza a la libertad individual en la democracia rousseauniano-kantiana y en el Estado del bienestar democr&aacute;tico al que en parte inspir&oacute;. Rodr&iacute;guez Braun (2000, 72) expresa claramente este punto de vista:</p>     <blockquote>    <p align="justify">La democracia se convierte en algo fundamentalmente nuevo, porque ya no se limita a ser un mecanismo de sustituci&oacute;n incruenta de gobernantes con participaci&oacute;n popular sino una presi&oacute;n sobre el poder para que redistribuya rentas con objeto de conseguir la “justicia social” [...] Dada la insuperable desigualdad humana, y el hecho de que virtualmente no hay actividad de la que no puedan derivar consecuencias que eventualmente perjudiquen a alguna persona, el campo de acci&oacute;n pol&iacute;tica ahora no tiene fronteras. La democracia pasa de ser un l&iacute;mite al poder a ser un est&iacute;mulo para su intervenci&oacute;n y para una politizaci&oacute;n creciente.</p> </blockquote>     <p align="justify">Siguiendo esta argumentaci&oacute;n, los te&oacute;ricos liberales de la “elecci&oacute;n p&uacute;blica positiva” proponen dar rango constitucional a prohibiciones para la intervenci&oacute;n del Estado en la econom&iacute;a, especialmente en materia fiscal, amparados en el supuesto de que los bur&oacute;cratas y los pol&iacute;ticos s&oacute;lo act&uacute;an en funci&oacute;n de sus intereses y aumentan tanto los gastos del Estado, que la recaudaci&oacute;n fiscal se tornar&iacute;a confiscatoria. Uno de sus exponentes es Buchanan (2003), cuya cuestionable estrategia argumental consiste en fundar sus juicios morales acerca del Estado en un dudoso supuesto de racionalidad instrumental que animar&iacute;a a todo bur&oacute;crata y pol&iacute;tico, negando su capacidad de racionalidad moral y borrando el papel de las ideolog&iacute;as en el ejercicio de gobierno<a href="#20" name="n20"><sup>20</sup></a>.</p>     <p align="justify">El gran problema para la coherencia de las corrientes liberales no igualitarias es que la libertad no s&oacute;lo enfrenta las amenazas del Estado totalitario –mon&aacute;rquico o comunista– ocasionadas por la dominaci&oacute;n, tambi&eacute;n puede ser vulnerada por la extensi&oacute;n excesiva de las libertades de algunos individuos que produce el fen&oacute;meno de no-libertad<a href="#21" name="n21"><sup>21</sup></a>. La no-libertad es el resultado de la manera como el mercado jerarquiza las preferencias individuales, con una <i>escala de valores monista</i> que ahoga la pluralidad de preferencias y privilegia las preferencias amparadas por un mayor poder de compra, menoscabando la libertad de los menos favorecidos. El marxista Maurice Dobb (1933, 591), quien cuestion&oacute; el consenso sobre la democracia entre socialistas de mercado y liberales, sostuvo que en la esfera econ&oacute;mica no hab&iacute;a nada parecido al sufragio universal; todo lo contrario, los votos de algunos valen miles de veces m&aacute;s que el voto de otros.</p>     <p align="justify"><b>MERCADO Y ASIGNACI&Oacute;N DE RECURSOS: EL FEN&Oacute;MENO DE NO-LIBERTAD</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Para el liberal igualitario Isaiah Berlin (1969, 221) es plausible decir que un hombre carece de libertad si es tan pobre que no puede permitirse algo sobre lo que no existe impedimento legal –una hogaza de pan, un viaje alrededor del mundo o recurrir a los tribunales–, y a&ntilde;ade que se lo puede considerar v&iacute;ctima de coacci&oacute;n u opresi&oacute;n. No obstante, en la erosi&oacute;n de su libertad de ser o de hacer no interviene directamente ning&uacute;n agente, bien sea un Estado desp&oacute;tico o un ladr&oacute;n. El menoscabo de su libertad proviene de la arbitrariedad de la naturaleza en la asignaci&oacute;n de capacidades que le impidi&oacute; acumular un patrimonio o del infortunio de no haber nacido en una familia acaudalada que le diera posibilidades para desarrollar sus capacidades, si descartamos que dilapidase un patrimonio bien ganado.</p>     <p align="justify">Su falta de libertad se entender&iacute;a mejor si reconoci&eacute;ramos que el hecho de haber nacido en una familia pobre o de no tener capacidades innatas para conquistar recursos valiosos, que no s&oacute;lo se limitan al dinero, determina arbitrariamente su perspectiva de vida. Si no vemos este hecho como un condicionante ileg&iacute;timo de su destino tendr&iacute;amos que recurrir a una “teor&iacute;a del karma” para justificar su desigualdad de partida en la carrera de la vida y, que yo sepa, ning&uacute;n liberal se ha atrevido a llegar tan lejos. El austro-liberal Tibor Machan<a href="#22" name="n22"><sup>22</sup></a> reconoce que en la asignaci&oacute;n natural de dotes y patrimonio hay un elemento de suerte, y sobre esto fundamenta un supuesto derecho inalienable a la propiedad privada, sin dar soluci&oacute;n a la arbitrariedad del azar. Por otro lado, al plantearle el mismo problema al profesor Huerta de Soto –en el seminario de doctorado que dicta en la Universidad Rey Juan Carlos (Espa&ntilde;a)<a href="#23" name="n23"><sup>23</sup></a>– lo eludi&oacute; manifestando que el mercado brinda oportunidades a todos. L as diferencias de patrimonio a las que conduce la naturaleza constituyen el criterio a trav&eacute;s del cual el mercado valora las preferencias individuales para asignar los recursos, es decir, las diferencias de poder de compra que encontramos naturalmente en una econom&iacute;a.</p>     <p align="justify"><a name="g1"></a>Gr&aacute;fica 1     <br>Curvas de demanda individuales agrupadas por clase social     <br>Adaptaci&oacute;n de Bowen (1943)</p>     <p align="justify"><img src="/img/revistas/rei/v9n16/v9n16a5g1.jpg"></p>     <p align="justify">Preguntemos a los miembros de una comunidad provisionalmente agrupados por clase social el precio que estar&iacute;an dispuestos a pagar por una unidad de servicio m&eacute;dico. Si respondieran sinceramente considerando sus preferencias personales limitadas por la dotaci&oacute;n presupuestaria de cada uno, obtendr&iacute;amos tres precios promedio correspondientes a los tres grupos de curvas de demanda que se presentan en la <a href="#g1">gr&aacute;fica 1</a>. Corresponde a las curvas de demanda de l&iacute;nea continua de la clase alta un precio que representa el costo medio por unidad de servicio m&eacute;dico para este grupo. As&iacute; obtendr&iacute;amos costos medios distintos para las curvas segmentadas de la clase media y para las curvas punteadas de la clase baja. Si dej&aacute;ramos actuar al mercado para asignar las hipot&eacute;ticas unidades de servicio m&eacute;dico, obtendr&iacute;amos un precio &uacute;nico<a href="#24" name="n24"><sup>24</sup></a> que representa el costo medio general que la comunidad tendr&iacute;a que pagar. Con este precio general, el consumo de la clase alta aumentar&iacute;a porque el precio ser&iacute;a inferior al que estaba dispuesta a pagar originalmente (la flecha con signo positivo del eje horizontal). Pero en el caso de la clase baja, el precio de mercado ser&iacute;a superior al que estaba dispuesta a pagar originalmente y su consumo se reducir&iacute;a (la flecha de signo negativo del eje horizontal).</p>     <p align="justify">Esto indica que el libre mercado juzga m&aacute;s urgentes las preferencias de la clase alta, facilitando su mayor consumo, gracias al mayor poder de compra resultante de sus mayores recursos. El mercado act&uacute;a como <i>mecanismo de discriminaci&oacute;n de acceso a recursos</i>, reduciendo el consumo de los menos favorecidos y facilitando el de los m&aacute;s acaudalados. La movilidad entre estratos sociales que permitir&iacute;a que un pobre consuma ma&ntilde;ana m&aacute;s unidades de servicio m&eacute;dico ser&iacute;a posible, si las instituciones pol&iacute;ticas garantizaran que las actividades productivas estuvieran estrictamente abiertas a las capacidades, independientemente del credo, raza, g&eacute;nero o preferencia sexual. En tal estructura institucional una persona pobre con grandes capacidades innatas podr&iacute;a hacerse con un gran patrimonio si antes no es aniquilada por una necesidad m&eacute;dica que no pueda satisfacer.</p>     <p align="justify">Esto es lo que Giovanni Sartori (1987, 411) llama “justicia proporcional”, aunque err&oacute;neamente atribuye esta propiedad al mercado, pues &eacute;ste por s&iacute; s&oacute;lo no puede evitar la discriminaci&oacute;n por las razones enunciadas y requiere instituciones pol&iacute;ticas dise&ntilde;adas con ese prop&oacute;sito. No obstante, quedar&iacute;a sin atender un hecho discriminatorio fundamental: las diferencias de patrimonio al comienzo de la carrera de la vida, que determinan en alguna medida el &eacute;xito o el fracaso del modo de vida que preferimos llevar, son impuestas por la <i>loter&iacute;a de los dones naturales</i> (Rawls, 1971, 103-110). La creaci&oacute;n de recursos del empresario aun si se hiciera de la nada, como plantea Huerta de Soto (2002, 203-204 y 2004, 47-48), estar&iacute;a determinada en alguna medida por la arbitrariedad de la naturaleza. Mangabeira Unger (1975, 174) sostiene que las desigualdades naturales determinan la distribuci&oacute;n del poder y convierten a la meritocracia, entendida estrechamente, en una ascendencia o subordinaci&oacute;n personal. A la luz de este argumento es sorprendente que los liberales no igualitarios, tan sensibles a las amenazas del Estado contra la libertad, hayan descuidado la amenaza que implica la capacidad de cualquier hombre suficientemente acaudalado para comprar voluntades.</p>     <p align="justify">La responsabilidad de otros en la falta de libertad del pobre est&aacute; determinada por el usufructo de un exceso de libertad concedida sin merecimiento alguno por la loter&iacute;a de la naturaleza. Ni el pobre ni el acaudalado tuvieron la posibilidad de pactar libremente las reglas institucionales que favorecen al afortunado que nace en una familia acaudalada o que goza de una dote gen&eacute;tica extraordinaria. De ah&iacute; que la noci&oacute;n de <i>contrato social rousseauniano</i> sea tan s&oacute;lo una idea reguladora que permite entender las correcciones que debemos introducir en el orden social natural para disfrutar equitativamente de la libertad de ser y de hacer. Esto nos lleva a los dos conceptos de libertad que son el anverso y el reverso de una misma moneda: la libertad positiva y la libertad negativa<a href="#25" name="n25"><sup>25</sup></a>. Para distinguirlas, Berlin (1969) dice que la libertad negativa responde a la pregunta: “&iquest;en qu&eacute; medida interviene en m&iacute; el gobierno?”. Mientras que la libertad positiva responde a la pregunta: “&iquest;qu&eacute; soy libre de hacer o de ser?”. Su texto est&aacute; salpicado de variantes de estas preguntas<a href="#26" name="n26"><sup>26</sup></a>.</p> </font>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">A lo largo de la historia, las doctrinas pol&iacute;ticas y econ&oacute;micas han distorsionado estas dimensiones de la libertad convirtiendo la libertad negativa, que es un derecho de no obstrucci&oacute;n en nuestro modo de ser y de hacer, en la defensa de un orden institucional donde las diferencias naturales juegan su papel en el menoscabo de las libertades de los menos favorecidos. Hist&oacute;ricamente este orden de cosas ha sido defendido por las antiguas monarqu&iacute;as y las rep&uacute;blicas parlamentarias de mayor&iacute;a liberal. Mientras que el concepto de libertad positiva, que es el derecho de ser y de hacer lo que m&aacute;s convenga al modo de vida que apreciamos, termina siendo un orden institucional que impone el modo de vida que tendremos que llevar reprimiendo alternativas razonables. Hist&oacute;ricamente este orden de cosas ha sido defendido por las dictaduras comunistas y los Estados confesionales de signo cristiano o musulm&aacute;n. Si la libertad positiva es usurpada por un revolucionario o un misionero para imponernos sus puntos de vista, nos encontramos ante un hecho de dominaci&oacute;n. Pero si la libertad negativa se levanta como bandera por un arist&oacute;crata o un capitalista para impedirnos tener una participaci&oacute;n razonable en el producto social nos encontramos ante un hecho de no-libertad.</font></p> <font face="Verdana" size="2">    <p align="justify">En la historia del pensamiento pol&iacute;tico se han propuesto soluciones al abuso de estas dos dimensiones de la libertad, aunque sin distinguirlas claramente. Rousseau (1762, 14) se&ntilde;al&oacute; as&iacute; el camino:</p>     <blockquote>    <p align="justify">Encontrar una forma de asociaci&oacute;n que defienda y proteja de toda fuerza com&uacute;n a la persona y a los bienes de cada asociado, y gracias a la cual cada uno, en uni&oacute;n de todos los dem&aacute;s, solamente se obedezca a s&iacute; mismo y quede tan libre como antes. Este es el problema fundamental que resuelve el contrato social.</p> </blockquote>     <p align="justify">Kant (1797, 232), refiri&eacute;ndose a la doctrina del derecho, propuso seguir: “la m&aacute;xima seg&uacute;n la cual la libertad del agente ha de poder coexistir con la libertad de cualquier otro, siguiendo una ley universal”. Rawls (1971, 67) propuso que “cada persona ha de tener un derecho igual al esquema m&aacute;s extenso de libertades b&aacute;sicas que sea compatible con un esquema semejante de libertades para los dem&aacute;s”. De manera que el dif&iacute;cil equilibrio entre estas dos libertades es el prop&oacute;sito de una democracia. &Eacute;sta pretende asegurar que un exceso de libertad negativa –garant&iacute;as excesivas de no intervenci&oacute;n en las formas de ser y hacer de los sujetos, que cuestionan la existencia misma de un principio equitativo de regulaci&oacute;n– no se extienda hasta la monopolizaci&oacute;n de recursos socialmente apreciados que impida a otros una participaci&oacute;n razonable en esta masa de valores. Tambi&eacute;n debe garantizar que un exceso de libertad positiva –la libertad de una instancia reguladora, que podr&iacute;a ser el Estado, para frenar el libre accionar de las propias voluntades– no vulnere iniciativas razonables para ser y para hacer. Esto nos lleva a una <i>teor&iacute;a dualista del valor</i> que acent&uacute;e la importancia de un conjunto de <i>bienes primarios</i> suministrados universalmente por el Estado necesarios para ejercer la libertad positiva y que reconozca el papel del mercado en la asignaci&oacute;n de <i>bienes superfluos</i> con todas sus virtudes de eficiencia y coordinaci&oacute;n. Incluso Menger (1871, 158-159), el fundador de la econom&iacute;a austriaca, consider&oacute; con benepl&aacute;cito un tipo de bienes equivalentes a los <i>primarios</i>. Los llam&oacute; <i>bienes cuasi-no-econ&oacute;micos</i> y los identific&oacute; con las culturas altamente evolucionadas<a href="#27" name="n27"><sup>27</sup></a>.</p>     <p align="justify"><b>EL DUALISMO EN</b><b>LA CIENCIA ECON&Oacute;MICA</b></p>     <p align="justify">El t&eacute;rmino “dualismo” tiene varios significados en ciencia econ&oacute;mica. Hace referencia a un rasgo de las econom&iacute;as menos desarrolladas donde coexiste un sector avanzado, donde opera el mercado generalmente orientado a la exportaci&oacute;n, y otro sector vinculado a la agricultura, donde los intercambios de mercado est&aacute;n menos extendidos y las instituciones de parentesco determinan las relaciones econ&oacute;micas (Kanbur y McIntosh, 1998, 921). Tambi&eacute;n hace referencia a un problema matem&aacute;tico en la representaci&oacute;n de preferencias individuales que no responden a un &oacute;ptimo &uacute;nico (Newman, 1998, 924). Otro significado, que proviene del di&aacute;logo entre la filosof&iacute;a del derecho y la ciencia econ&oacute;mica, alude al problema de dar un valor de mercado a un bien que para su due&ntilde;o tiene un valor sentimental inconmensurable (Duxbury, 1998, 615). Este &uacute;ltimo significado se extendi&oacute; hasta cuestionar la mercantilizaci&oacute;n de ciertos bienes cuyo valor social es inalienable y coincide con los <i>bienes primarios</i> en la tradici&oacute;n rousseauniano-kantiana.</p>     <p align="justify">Sin conexi&oacute;n con la teor&iacute;a econ&oacute;mica, la sociolog&iacute;a del bienestar recurre a los conceptos de mercantilizaci&oacute;n y desmercantilizaci&oacute;n para explicar el papel que juega el Estado del bienestar al sustraer del mercado el suministro de ciertos bienes que se consideran de importancia superior en una sociedad democr&aacute;tica. La sociolog&iacute;a del bienestar se ha desarrollado lejos del debate sobre la posibilidad de hacer comparaciones interpersonales de utilidad, como lo ha reconocido Johansson (2001, 2), uno de sus m&aacute;ximos exponentes, lo cual la hace muy vulnerable a las acusaciones de paternalismo de las corrientes neoliberales. Dentro de la familia de teor&iacute;as subjetivas del valor, algunos te&oacute;ricos han propuesto enmiendas que remiten a un dualismo en la escala de valores propuesta, aunque estas teor&iacute;as no han sido plenamente reconocidas como alternativa a las teor&iacute;as del valor subjetivo y del valor trabajo. Estas dos &uacute;ltimas ser&iacute;an monistas en el sentido de que apelan a una sola escala de valores para jerarquizar los fines sociales: la teor&iacute;a del valor subjetivo basada en la pugna de preferencias en el libre mercado y la del valor trabajo basada en el valor a&ntilde;adido que la capacidad productivas de cada obrero transferir&iacute;a a los bienes (de cada cual seg&uacute;n sus capacidades).</p>     <p align="justify">Entre los economistas m&aacute;s conocidos que proponen estas enmiendas figuran Arthur Pigou, John Harsanyi y Amartya Sen. Quiz&aacute; el m&aacute;s influyente haya sido Pigou, quien formul&oacute; una teor&iacute;a paretiana del valor favorable a la intervenci&oacute;n del Estado basada en criterios ad hoc, que al mismo tiempo acepta la instituci&oacute;n del mercado<a href="#28" name="n28"><sup>28</sup></a>. Uno de esos argumentos es la divergencia entre el producto marginal neto social y el producto marginal neto privado, que aparece cuando una actividad productiva genera externalidades que ocasionan costos o beneficios no merecidos a otros agentes. El problema con este concepto es que hay externalidades positivas o negativas en casi todas las actividades humanas. Por ejemplo, el austro-liberal Benegas Lynch (1998) sostiene que el perfume que usa una persona y que los dem&aacute;s olemos al pasar a su lado es una externalidad. &iquest;Debemos esperar que el Estado ponga una multa a la persona que usa el perfume si su olor no nos agrada? O siguiendo al marginalismo paretiano de Coase (1960) favorable al libre mercado, &iquest;debemos lograr una soluci&oacute;n de mercado con la persona que usa el perfume que no nos agrada y esperar que nos compense?</p>     <p align="justify">El problema de la teor&iacute;a pigouviana de los bienes p&uacute;blicos es que no define una teor&iacute;a moral que permita discriminar entre los casos que merecen compensaci&oacute;n y los que no la merecen. Adem&aacute;s, Pigou utiliz&oacute; otro argumento ad hoc para justificar una distribuci&oacute;n igualitaria del ingreso. Como su idea de bienestar social prescrib&iacute;a una suma de utilidades mayor, recurri&oacute; a la ley de utilidad marginal decreciente del ingreso para justificar las transferencias de recursos de los m&aacute;s acaudalados a los m&aacute;s pobres:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>    <p align="justify">[...] es evidente que toda transferencia de renta de un hombre relativamente rico a otro relativamente m&aacute;s pobre y de un temperamento similar, al permitirle satisfacer necesidades m&aacute;s intensas, incrementa la suma total de satisfacci&oacute;n. La vieja “ley de la utilidad decreciente” nos conduce as&iacute; a la afirmaci&oacute;n: toda causa que incrementa la participaci&oacute;n absoluta de los pobres en el ingreso real, siempre que no motive, desde cualquier punto de vista, una reducci&oacute;n del volumen del dividendo nacional, incrementar&aacute;, por lo general, el bienestar econ&oacute;mico (Pigou, 1928, 76).</p> </blockquote>     <p align="justify">Esta teor&iacute;a de las transferencias compensatorias era vulnerable a las cr&iacute;ticas contra la solidez cient&iacute;fica de esta ley –como fue el caso de Robbins (1938)–, pues Pigou supon&iacute;a arbitrariamente que la utilidad total de una persona pobre era menor que la de una persona rica y, por lo tanto, la utilidad marginal de un pobre al recibir la transferencia de recursos del Estado a&ntilde;ad&iacute;a m&aacute;s utilidad al acervo com&uacute;n que la p&eacute;rdida que experimentaba la persona acaudalada por estar m&aacute;s cerca de su nivel de saturaci&oacute;n.</p>     <p align="justify">El dualismo de John Harsanyi consist&iacute;a en diferenciar dos tipos de preferencias, las subjetivas y las &eacute;ticas. Su objetivo era superar las contradicciones impl&iacute;citas en la postulaci&oacute;n del bienestar social a partir de las funciones individuales de utilidad, sin ning&uacute;n criterio que mediara en los casos de conflicto de intereses donde hab&iacute;a intransitividad de preferencias. Su argumento era el siguiente:</p>     <blockquote>    <p align="justify">[...] no podemos permitir que se confunda la distinci&oacute;n existente entre la funci&oacute;n de bienestar social de un individuo y su funci&oacute;n de utilidad, si queremos (como me imagino que lo quiere la mayor&iacute;a de nosotros) mantener el principio de que una funci&oacute;n de bienestar social no se debe basar en la funci&oacute;n de utilidad (preferencias subjetivas) de <i>un</i> individuo particular (o sea el individuo cuyos juicios de valor se expresan en esta funci&oacute;n de bienestar), sino en las funciones de utilidad (preferencias subjetivas) de <i>todos</i> los individuos, para que represente una especie de “transacci&oacute;n justa” entre ellas [...] sus preferencias “&eacute;ticas” (que definen su funci&oacute;n de bienestar social) expresar&aacute;n lo que s&oacute;lo en un sentido especial pueden considerarse sus “preferencias”: por definici&oacute;n, expresar&aacute;n lo que prefiere el individuo, en esos momentos probablemente raros en que se impone una actitud imparcial e impersonal especial (Harsanyi, 1955, 73-74).</p> </blockquote>     <p align="justify">Harsanyi incurri&oacute; en el mismo exceso de Pigou ubic&aacute;ndose en el espacio de las utilidades, para elaborar una hip&oacute;tesis de uniformidad que respaldara cierto orden institucional, y supuso arbitrariamente un mismo tipo de preferencias compartidas por todos, que conducir&iacute;a a la armonizaci&oacute;n de intereses en la sociedad.</p>     <p align="justify">Por &uacute;ltimo, el dualismo de Sen sigui&oacute; un buen camino al abandonar el espacio de las utilidades individuales, aunque por razones incorrectas: hacer comparaciones interpersonales imposibles en el espacio de utilidades. La teor&iacute;a de Sen (1996, 55-56) se desarrolla en el espacio de las capacidades, a las que define como un conjunto de “quehaceres y seres” que constituyen un vector de funcionamientos. Esta idea de capacidad no se diferencia mucho de la funci&oacute;n de utilidad y, por tanto, la comparaci&oacute;n de los vectores de funcionamientos entre distintos individuos est&aacute; sujeta a las mismas restricciones que la comparaci&oacute;n interpersonal de utilidades. Por ello introduce una idea de capacidad m&aacute;s elemental: las habilidades que permiten que un sujeto alcance los funcionamientos que prefiera. As&iacute;, su maximando prescribe que el Estado garantice a todos un conjunto de habilidades m&iacute;nimas, al tiempo que el mercado sigue operando. El problema es que si se define un conjunto operacionalmente significativo de habilidades polivalentes, que ayuden a alcanzar una variedad de funcionamientos mucho mayor, es posible que estas habilidades sean insuficientemente polivalentes para alcanzar algunos funcionamientos fijados de manera aut&oacute;noma por el individuo. Entonces, &iquest;con qu&eacute; criterios discriminar entre los funcionamientos que deber&iacute;a apoyar la pol&iacute;tica social? Por ejemplo, Sen (1997, 81-84) menciona el caso de dos individuos, uno hambriento por falta de recursos y otro porque ayuna motivado por creencias religiosas. Si escogi&eacute;ramos como habilidad polivalente la que nos llevar&iacute;a a no padecer hambre, el asceta hambriento que escoge libremente el ayuno ser&iacute;a una anomal&iacute;a. Sen no da una salida definitiva a esta contradicci&oacute;n.</p>     <p align="justify">Las <i>teor&iacute;as dualistas del valor</i> a&uacute;n deben entrar en la contienda hist&oacute;rica que mantienen las teor&iacute;as del valor subjetivo –paretiana y austriaca– y la teor&iacute;a del valor trabajo, pues todav&iacute;a no han sido definidas unitariamente. Su sistematizaci&oacute;n debe eludir el problema de las preferencias no reveladas para convertirse en una alternativa seria.</p>     <p align="justify"><b>CONCLUSIONES</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Una muestra de la escasa influencia del contractualismo rousseauniano-kantiano en la econom&iacute;a es la definici&oacute;n del contractualismo moderno que hace Hardin (1998, 645-650) en <i>The New Palgrave</i>, que incurre en los temas que el liberalismo no igualitario usa para cuestionarlo: las preferencias no reveladas y el espectador omnisciente y benevolente. La influencia de este contractualismo en la econom&iacute;a pol&iacute;tica siempre ha estado mediatizada por la filosof&iacute;a moral, y cuando contemplamos su producto m&aacute;s t&iacute;picamente econ&oacute;mico –el maximin rawlsiano– nos damos cuenta de que es una escueta reinterpretaci&oacute;n utilitarista del maximando propuesto por John Rawls. Igual que las dem&aacute;s <i>teor&iacute;as dualistas del valor</i>, el principio del maximin es vulnerable a la cr&iacute;tica neoliberal sobre la inaccesibilidad del universo de preferencias en una sociedad extensa. Un primer paso para superar el problema es reconocer que no representa ninguna ventaja tener pleno acceso a esta informaci&oacute;n. A&uacute;n tendr&iacute;amos que lidiar con el problema de asignar recursos escasos a preferencias irreconciliables, y Rawls (1999, 275) sugiri&oacute; esta v&iacute;a argumental cuando sostuvo:</p>     <blockquote>    <p align="justify">[...] los fuertes sentimientos y las aspiraciones entusiastas por ciertas metas no otorgan, en cuanto tales, una pretensi&oacute;n sobre los recursos sociales o una pretensi&oacute;n de dise&ntilde;ar instituciones p&uacute;blicas a fin de alcanzar esas metas. Los deseos y las necesidades, por muy intensos que fueren, no son por s&iacute; mismos razones en asuntos de justicia [...] Combinados con un &iacute;ndice de bienes primarios, los principios de la justicia separan las razones de justicia no s&oacute;lo del flujo y reflujo de necesidades y deseos fluctuantes sino incluso de sentimientos y compromisos muy arraigados.</p> </blockquote>     <p align="justify">Para asignar recursos en una sociedad extensa donde conviven diversas doctrinas filos&oacute;ficas y religiosas, si no queremos parcializarnos por una de ellas y sofocar el pluralismo, s&oacute;lo nos queda la alternativa de asegurar una dotaci&oacute;n razonable de recursos –entendidos ampliamente– a cada cual, permitiendo la libre expresi&oacute;n de preferencias en un marco de garant&iacute;as a las libertades equitativamente compartidas. En un contexto de intransitividad, el bienestar colectivo pierde el sentido utilitarista para significar una estructura social b&aacute;sica que facilite a cada cual la b&uacute;squeda de su propio bienestar, siempre compatible con la b&uacute;squeda de bienestar de los dem&aacute;s. En este sentido, Johansson (2001, 11) da una buena definici&oacute;n operativa del bienestar: “El bienestar se puede definir entonces como el control individual de recursos en t&eacute;rminos de dinero, posesiones, salud, educaci&oacute;n, familia, derechos sociales y civiles, etc., con los cuales el individuo puede dirigir su vida”.</p>     <p align="justify">Para que este contractualismo juegue su papel entre las teor&iacute;as del valor debe alejarse de la ret&oacute;rica “bizantina” que caracteriza a los especialistas en filosof&iacute;a moral y pol&iacute;tica. Esta ret&oacute;rica ha suscitado las acusaciones de pretensi&oacute;n de omnisciencia, de asumir la posici&oacute;n de un espectador imparcial capaz de conocer todas las transacciones realizadas y regularlas como si se tratara de un dios. Pero la voluntad general de Rousseau, el imperativo categ&oacute;rico de Kant o la posici&oacute;n original y el velo de la ignorancia de Rawls no son m&aacute;s que meros artificios te&oacute;ricos que nos asisten en la reflexi&oacute;n sobre los principios de justicia que regulan una sociedad democr&aacute;tica. Aunque esta cr&iacute;tica proveniente del liberalismo obedezca a razones equ&iacute;vocas no deja de tener sentido, por cuanto el contractualismo rousseauniano-kantiano no ha abandonado su pl&aacute;cido Olimpo para sumarse a la contienda en la arena econ&oacute;mica. La s&iacute;ntesis que Rawls logr&oacute; de la doctrina rousseauniano-kantiana pretend&iacute;a ser aplicable tanto a una democracia de propiedad privada como a un socialismo liberal (Rawls, 1971, 256)<a href="#29" name="n29"><sup>29</sup></a>, pero su incursi&oacute;n en la econom&iacute;a pol&iacute;tica era todav&iacute;a muy escolar.</p> </font>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Una teor&iacute;a econ&oacute;mica basada en el contractualismo rousseauniano-kantiano debe tener en cuenta las limitaciones del socialismo de planificaci&oacute;n total para lograr la eficiencia mediada por el c&aacute;lculo econ&oacute;mico, y al mismo tiempo debe prestar atenci&oacute;n a las graves limitaciones que sufre la libertad compartida por todos en el capitalismo. Quiz&aacute; la mejor s&iacute;ntesis sea una <i>democracia de propiedad p&uacute;blica</i> o socialismo democr&aacute;tico y de mercado, con un Estado social de derecho que acote convenientemente el mercado –que en principio funcionar&iacute;a sin propiedad privada de los medios de producci&oacute;n aunque, al respetar escrupulosamente los derechos civiles, la iniciativa privada ser&iacute;a permitida en las etapas iniciales de emprendimiento– aprovechando sus virtudes din&aacute;micas gracias a los arreglos institucionales que el capitalismo ha creado para facilitar la relaci&oacute;n principal-agente. La acotaci&oacute;n del mercado para impedir la erosi&oacute;n de la libertad de los menos favorecidos implicar&iacute;a en principio una p&eacute;rdida de eficiencia, a la que debemos renunciar para obtener una ganancia de libertad para todos<a href="#30" name="n30"><sup>30</sup></a>. Pero esa p&eacute;rdida se ver&iacute;a m&aacute;s que compensada en el largo plazo, pues la <i>justa igualdad de oportunidades</i> (Rawls, 1971, cap. II, y 1993, caps. V y VIII) facilitada por la redistribuci&oacute;n de recursos impedir&iacute;a que la creaci&oacute;n, en cualquier &aacute;mbito humano y no s&oacute;lo en los negocios, sea monopolizada por unos pocos privilegiados por la loter&iacute;a de los dones naturales.</font></p> <font face="Verdana" size="2">    <p align="justify">    <br><b>NOTAS AL PIE</b></p>     <p align="justify"><a href="#n1" name="1">1</a>. Soy consciente de la precauci&oacute;n que hay que tener al llamar “marginalista” a esta corriente (ver Jaff&eacute;, 1976).</p>     <p align="justify"><a href="#n2" name="2">2</a>. La doctrina “contractualista rousseauniano-kantiana” a&uacute;n no ha formado una corriente diferenciada dentro de la econom&iacute;a pol&iacute;tica heterodoxa. Sobre las corrientes heterodoxas, ver Barcel&oacute; (1998) y Guerrero (1997). No obstante, en el pensamiento econ&oacute;mico espa&ntilde;ol hay un antecedente kantiano representado por el krausismo, ver Malo Guill&eacute;n (2001 y 2005).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n3" name="3">3</a>. No obstante, el socialismo realmente existente se neg&oacute; a introducir estas reformas a gran escala, excepto en el per&iacute;odo de la NEP sovi&eacute;tica y en los casos de Yugoslavia y Hungr&iacute;a (ver Brus, 1998).</p>     <p align="justify"><a href="#n4" name="4">4</a>. Sobre la hostilidad del liberalismo del siglo XIX hacia la democracia, ver Gottfried (1996), y sobre la hostilidad del marxismo cl&aacute;sico, ver Moore (1985). Posteriormente marxistas de Oriente y Occidente han rechazado la inclinaci&oacute;n totalitaria del marxismo cl&aacute;sico, como la escuela marxista de Budapest y el marxismo anal&iacute;tico anglosaj&oacute;n.</p>     <p align="justify"><a href="#n5" name="5">5</a>. Ver Heimann (1934, 492, n. 1).</p>     <p align="justify"><a href="#n6" name="6">6</a>. Aunque en el marxismo hay antecedentes de argumentos a favor del mercado (ver Blackburn, 1991, y Lange, 1966, ap&eacute;ndice), el car&aacute;cter espec&iacute;fico del socialismo de mercado empieza a ser reconocido en la literatura gracias a los te&oacute;ricos que se mencionan a continuaci&oacute;n, de ah&iacute; la denominaci&oacute;n de “primera generaci&oacute;n”.</p>     <p align="justify"><a href="#n7" name="7">7</a>. Ver Bradley (1981, 26, n. 30).</p>     <p align="justify"><a href="#n8" name="8">8</a>. Hoy en d&iacute;a su argumento se conoce como el “Segundo Teorema” de la econom&iacute;a del bienestar.</p>     <p align="justify"><a href="#n9" name="9">9</a>. Para un an&aacute;lisis m&aacute;s detallado de la influencia intelectual de la Escuela de Chicago en la dictadura chilena y en el per&iacute;odo democr&aacute;tico posterior, ver Silva (1991).</p>     <p align="justify"><a href="#n10" name="10">10</a>. Televisado el 27 de febrero de 2004.</p>     <p align="justify"><a href="#n11" name="11">11</a>. Sobre este aspecto del pensamiento de Ludwig von Mises, ver Raico (1996).</p>     <p align="justify"><a href="#n12" name="12">12</a>. Von Mises (1920, 113-114) s&iacute; advirti&oacute; que una contabilidad basada en tiempo de trabajo dejar&iacute;a sin tasar adecuadamente los recursos naturales escasos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n13" name="13">13</a>. Prebisch (1981, 247-282) estaba equivocado al creer que esta teor&iacute;a econ&oacute;mica s&oacute;lo era inaplicable a las econom&iacute;as perif&eacute;ricas. La estructura social de las econom&iacute;as del centro tampoco se adecua a las pretensiones explicativas y operacionales de esta teor&iacute;a.</p>     <p align="justify"><a href="#n14" name="14">14</a>. Ver Bardhan y Roemer (1992), Blackburn (1991), Milonakis (2003), Nove (1991) y Roemer (1992 y 1994).</p>     <p align="justify"><a href="#n15" name="15">15</a>. Como Bradley (1981), Fontaine (1983), Hitos Santos (1998), Kirzner (1988) y Lavoie (1981).</p>     <p align="justify"><a href="#n16" name="16">16</a>. Como Benegas Lynch (1997, 67), Huerta de Soto (2001, 281), Rothbard (1991, 58) y Vaughn (1980, 548). El trabajo de Coloma (1999, 42), aunque menciona la relaci&oacute;n principal-agente, omite el argumento que se ha expuesto.</p>     <p align="justify"><a href="#n17" name="17">17</a>. En estricto sentido, los austro-liberales no defienden una democracia sino una demarqu&iacute;a.</p>     <p align="justify"><a href="#n18" name="18">18</a>. La soluci&oacute;n de la teor&iacute;a econ&oacute;mica a este problema es restringir las alternativas sujetas a votaci&oacute;n, de modo que se alcance un orden de preferencias unimodal y se logre una mayor&iacute;a clara. Pero aun en este caso persiste la intransitividad, y algo hay que decir sobre las preferencias leg&iacute;timas no satisfechas.</p>     <p align="justify"><a href="#n19" name="19">19</a>. Sorprendentemente Friedman (1962, cap. I) sostuvo que el libre mercado garantiza que no se discrimine a las minor&iacute;as por motivos raciales o pol&iacute;ticos. En Estados Unidos, la inacabada integraci&oacute;n de las minor&iacute;as raciales ha sido adelantada por los programas de “acci&oacute;n afirmativa” dise&ntilde;ados por el Estado, que limitan la competencia entre grupos raciales por cargos p&uacute;blicos, cupos educativos, etc.</p>     <p align="justify"><a href="#n20" name="20">20</a>. Downs (1957), otro de los te&oacute;ricos asociados a esta corriente, define la racionalidad m&aacute;s ampliamente. As&iacute;, la Madre Teresa de Calcuta ser&iacute;a racional actuando de acuerdo con su peculiar funci&oacute;n de utilidad.</p>     <p align="justify"><a href="#n21" name="21">21</a>. Bobbio (1993, 145-148) se ha referido a la no-libertad en el plano econ&oacute;mico como un problema de alienaci&oacute;n en la tradici&oacute;n marxista. Como veremos, la idea de no-libertad est&aacute; asociada a la p&eacute;rdida de “libertad positiva” ocasionada por la extensi&oacute;n excesiva de las fronteras de la “libertad negativa” de algunos individuos.</p>     <p align="justify"><a href="#n22" name="22">22</a>. “Self-ownership and the Lockean Proviso”, <i>Austrian Working Papers</i>, s. f., <a href="http://www.mises.org/" target="_blank">www.mises.org/</a></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n23" name="23">23</a>. Seminario dictado el 20 de abril de 2005, al que amablemente me permiti&oacute; asistir.</p>     <p align="justify"><a href="#n24" name="24">24</a>. Bajo condiciones uniformes de acceso espacial y calidad del servicio.</p>     <p align="justify"><a href="#n25" name="25">25</a>. Durante mucho tiempo la econom&iacute;a pol&iacute;tica ha descuidado la “libertad positiva”, aunque la idea b&aacute;sica fue impl&iacute;citamente introducida con mucho &eacute;xito por la teor&iacute;a de las capacidades de Amartya Sen. Una excepci&oacute;n es Dasgupta (1986), quien adopta expl&iacute;citamente el concepto.</p>     <p align="justify"><a href="#n26" name="26">26</a>. &iquest;Qui&eacute;n manda? &iquest;En qu&eacute; &aacute;mbito mando yo? &iquest;Qui&eacute;n es el que manda? &iquest;Por qui&eacute;n he de ser gobernado? &iquest;En qu&eacute; medida he de ser gobernado? &iquest;Qui&eacute;n me gobierna?</p>     <p align="justify"><a href="#n27" name="27">27</a>. Desafortunadamente los economistas austriacos contempor&aacute;neos han rechazado esta idea y sus virtuosas consecuencias redistributivas.</p>     <p align="justify"><a href="#n28" name="28">28</a>. Para una exposici&oacute;n reciente de la econom&iacute;a del bienestar pigouviana, ver Cooter y Rappoport (1984).</p>     <p align="justify"><a href="#n29" name="29">29</a>. En el prefacio a la edici&oacute;n inglesa revisada de <i>A Theory of Justice</i> (1999), Rawls se opuso al Estado del bienestar entendido como arreglo institucional que garantizaba apenas un nivel de vida decente y despejaba toda duda al suscribir una democracia de propiedad privada, entendida como un arreglo institucional m&aacute;s igualitario cuyo prop&oacute;sito era poner en manos de todos los ciudadanos, y no s&oacute;lo de unos pocos, los medios productivos para convertirse en miembros plenamente cooperadores.</p>     <p align="justify"><a href="#n30" name="30">30</a>. Frente a esta misma elecci&oacute;n social, los liberales no igualitarios invierten el orden de los factores, renunciando a las libertades equitativamente compartidas a cambio de un aumento de eficiencia.</p> <hr align="JUSTIFY">     <p align="justify"><b>REFERENCIAS BIBLIOGR&Aacute;FICAS</b></p>     <!-- ref --><p align="justify">1. Barber, W. J. “Chile con Chicago: A Review Essay”, <i>Journal of Economic Literature</i> 33, 4, 1995, pp. 1941-1949.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S0124-5996200700010000500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">2. Barcel&oacute;, A. <i>Econom&iacute;a pol&iacute;tica radical</i>, Madrid, Editorial S&iacute;ntesis, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S0124-5996200700010000500002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">3. Bardhan, P. y J. Roemer. “Market Socialism: A Case for Rejuvenation”, <i>The Journal of Economic Perspectives</i> 6, 3, 1992, pp. 101-116.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S0124-5996200700010000500003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">4. Barone, E. “El ministro de la producci&oacute;n en un Estado colectivista”, J. Segura y C. Rodr&iacute;guez Braun, comps., <i>La econom&iacute;a en sus textos</i>, 1908, Madrid, Taurus, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000155&pid=S0124-5996200700010000500004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">5. Benegas Lynch, A. “Socialismo de mercado”, <i>Libertas</i> 27, 14, 1997, <a href="http://www.eseade.edu.ar/servicios/Libertas/18_8_Benegas%20Lynch.pdf" target="_blank">www.eseade.edu.ar/servicios/Libertas/18_8_Benegas%20Lynch.pdf</a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000156&pid=S0124-5996200700010000500005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">6. Benegas Lynch, A. “Bienes p&uacute;blicos, externalidades y los free-riders: el argumento reconsiderado”, <i>Revista Estudios P&uacute;blicos</i> 71, 1998, pp. 203-218.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000157&pid=S0124-5996200700010000500006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">7. Berlin, I. <i>Cuatro ensayos sobre la libertad</i>, Madrid, Alianza Editorial, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000158&pid=S0124-5996200700010000500007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">8. Blackburn,  R. “Fin de Si&egrave;cle: Socialism after the Crash”, <i>New Left Review</i> 185, 1991, pp. 5-66.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000159&pid=S0124-5996200700010000500008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">9. Bobbio, N. <i>Igualdad y libertad</i>, Barcelona, Ediciones Paid&oacute;s, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000160&pid=S0124-5996200700010000500009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">10. Bowen, H. R. “La interpretaci&oacute;n del voto en la asignaci&oacute;n de recursos econ&oacute;micos”, K. Arrow y T. Scitovsky, comps., <i>Ensayos sobre la econom&iacute;a del bienestar I</i>, 1943, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1974.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000161&pid=S0124-5996200700010000500010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">11. Bradley, R. “Market Socialism: A Subjectivist Evaluation”, <i>The Journal of Libertarian Studies</i> 5, 1, 1981, pp. 23-39.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000162&pid=S0124-5996200700010000500011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">12. Brus, W. “Market Socialism”, J. Eatwell; M. Milgate y P. Newman, dirs., <i>The New Palgrave. A Dictionary of Economics III</i>, London,  MacMillan, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000163&pid=S0124-5996200700010000500012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">13. Buchanan, J. M. “Public Choice: The Origins and Development of a Research Program”, Center for Study of Public Choice, George Mason University,  2003, <a href="http://www.gmu.edu/centers/publicchoice/pdf%20links/Booklet.pdf" target="_blank">www.gmu.edu/centers/publicchoice/pdf%20links/Booklet.pdf</a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000164&pid=S0124-5996200700010000500013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">14. Coase, R. H. “El problema del costo social”, 1960, <i>Revista Estudios P&uacute;blicos</i> 45, 1992, pp. 81-134.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000165&pid=S0124-5996200700010000500014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">15. Coloma, G. “Socialismo de mercado, marginalismo y empresa p&uacute;blica: S&iacute;ntesis y puntos de contacto”, <i>Desarrollo Econ&oacute;mico</i> 39, 153, 1999, pp. 31-45.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000166&pid=S0124-5996200700010000500015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">16. Cooter, R. y P. Rappoport. “Were the Ordinalist Wrong About Welfare Economics?”, <i>Journal of Economic Literature</i> 22, 2, 1984, pp.  507-530.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000167&pid=S0124-5996200700010000500016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">17. Dasgupta, P. “Positive Freedom, Markets and Welfare State”, <i>Oxford Review of Economic Policy</i> 2, 2, 1986, pp. 25-36.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000168&pid=S0124-5996200700010000500017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">18. Dickinson, H. D. <i>Economics of Socialism</i>, 1939, Freeport,  NY,  Books for Libraries Press, 1971.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000169&pid=S0124-5996200700010000500018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">19. Dickinson, H. D. “Price Formation in a Socialist Community”, <i>The Economic Journal</i> 43, 170, 1933, pp. 237-250.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000170&pid=S0124-5996200700010000500019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">20. Dobb, M. “Economic Theory and the Problems of a Socialist Economy”, <i>Economic Journal</i> 43, 172, 1933, pp. 588-598.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000171&pid=S0124-5996200700010000500020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">21. Downs, A. “Teor&iacute;a econ&oacute;mica de la acci&oacute;n pol&iacute;tica en una democracia”, A. Batlle, comp., <i>Diez textos b&aacute;sicos de ciencia pol&iacute;tica</i>, 1957, Barcelona, Editorial Ariel, 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000172&pid=S0124-5996200700010000500021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">22. Duxbury, N. “Markets and Incommensurability”, P. Newman, dir., <i>The New Palgrave. Dictionary of Economics and the Law II</i>, London,  MacMillan, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000173&pid=S0124-5996200700010000500022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">23. Fontaine Talavera, A. “La cr&iacute;tica de la ‘escuela austriaca' al socialismo”, <i>Revista Estudios P&uacute;blicos</i> 10, 1983, pp. 159-165.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000174&pid=S0124-5996200700010000500023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">24. Friedman, M. “The Expected-utility Hypothesis and the Measurability of Utility”, <i>The Journal of Political Economy</i> 60, 6, 1952, pp. 463-474.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000175&pid=S0124-5996200700010000500024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">25. Friedman, M. “Choice, Chance, and the Personal Distribution of Income”, <i>The Journal of Political Economy</i> 61, 4, 1953, pp. 277-290.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000176&pid=S0124-5996200700010000500025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">26. Friedman, M. “What All is Utility”, <i>The Economic Journal</i> 65, 259, 1955, pp. 405-409.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000177&pid=S0124-5996200700010000500026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">27. Friedman, M. <i>Capitalismo y libertad</i>, 1962, Madrid, Ediciones Rialp, 1966.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000178&pid=S0124-5996200700010000500027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">28. Friedman, M. <i>Libertad de elegir. Hacia un nuevo liberalismo econ&oacute;mico</i>, 1979, Barcelona, Ediciones Grijalbo, 1980.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000179&pid=S0124-5996200700010000500028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">29. Gottfried, P. “Liberalism vs. Democracy”, <i>The Journal of Libertarian Studies</i> 12, 2, 1996, pp. 233-255.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000180&pid=S0124-5996200700010000500029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">30. Guerrero, D. <i>Historia del pensamiento econ&oacute;mico heterodoxo</i>, Madrid, Editorial Trotta, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000181&pid=S0124-5996200700010000500030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">31. Hardin, R. “Modern Contractarianism”, P. Newman, dir., <i>The New Palgrave. Dictionary of Economics and the Law II</i>, London,  MacMillan, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000182&pid=S0124-5996200700010000500031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">32. Harsanyi, J. C. “El bienestar cardinal, la &eacute;tica individualista y las comparaciones interpersonales de utilidad”, K. Arrow y T. Scitovsky, comps., <i>Ensayos sobre la econom&iacute;a del bienestar I</i>, 1955, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1974.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000183&pid=S0124-5996200700010000500032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">33. Hayek, F. A. <i>Collectivist Economic Planning</i>, 1933, Clifton,  Augustus M. Kelley Publishers, 1975.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000184&pid=S0124-5996200700010000500033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">34. Hayek, F. A. <i>La fatal arrogancia. Los errores del socialismo</i>, 1988, 2.&ordf; ed., Madrid, Uni&oacute;n Editorial, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000185&pid=S0124-5996200700010000500034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">35. Heimann, E. “Planning and the Market System”, <i>Social Research</i> 6, 1934, pp. 486-504.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000186&pid=S0124-5996200700010000500035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">36. Hitos Santos, R. “&iquest;Es posible el c&aacute;lculo econ&oacute;mico en las econom&iacute;as de tipo socialista? An&aacute;lisis de las distintas corrientes en relaci&oacute;n a este tema”, 1998, <a href="http://www.riesgoycontrol.net/documentos/Calculo_Hitos.pdf" target="_blank">www.riesgoycontrol.net/documentos/Calculo_Hitos.pdf</a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000187&pid=S0124-5996200700010000500036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">37. Huerta de Soto, J. <i>Socialismo, c&aacute;lculo econ&oacute;mico y funci&oacute;n empresarial</i>,  2.&ordf; ed., Madrid, Uni&oacute;n Editorial, 2001.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000188&pid=S0124-5996200700010000500037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">38. Huerta de Soto, J. <i>Nuevos estudios de econom&iacute;a pol&iacute;tica</i>, Madrid, Uni&oacute;n Editorial, 2002.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000189&pid=S0124-5996200700010000500038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">39. Huerta de Soto, J. “La teor&iacute;a de la eficiencia din&aacute;mica”, <i>Procesos de Mercado: Revista Europea de Econom&iacute;a Pol&iacute;tica</i> 1, 1, 2004, pp. 11-71.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000190&pid=S0124-5996200700010000500039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">40. Jaff&eacute;, W. “Menger, Jevons and Walras De-homogenized”, <i>Economic Inquiry</i> 14, 4, 1976, pp. 511-524.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000191&pid=S0124-5996200700010000500040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">41. Johansson, S. “Conceptualizing and Measuring Quality of Life for National Policy”, <i>FIEF Working Paper</i> 171, 2001.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000192&pid=S0124-5996200700010000500041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">42. Kanbur, R. y J. McIntosh. “Dual Economies”, J. Eatwell; M. Milgate y P. Newman, dirs., <i>The New Palgrave. A Dictionary of Economics I</i>, London,  MacMillan, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000193&pid=S0124-5996200700010000500042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">43. Kant, I. <i>La metaf&iacute;sica de las costumbres</i>, 1797, 3.&ordf; ed., Madrid, Editorial Tecnos, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000194&pid=S0124-5996200700010000500043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">44. Kirzner, I. “The Economic Calculation Debate: Lessons for Austrians”, <i>The Review of Austrian Economics</i> 2, 1, 1988, pp. 1-18.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000195&pid=S0124-5996200700010000500044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">45. Kirzner, I. <i>Creatividad, capitalismo y justicia distributiva</i>, 1989, Madrid, Uni&oacute;n Editorial, 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000196&pid=S0124-5996200700010000500045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">46. Knight, F. H. “The Place of Marginal Economics in a Collectivist System”, <i>The American Economic Review</i> 26,  1, 1936, pp. 255-266.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000197&pid=S0124-5996200700010000500046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">47. Knight, F. H. “Socialism: An Economic and Sociological Analysis”, <i>The Journal of Political Economy</i> 46,  2, 1938, pp. 267-269.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000198&pid=S0124-5996200700010000500047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">48. Knight, F. H. “On the Economic Theory of Socialism: Papers by Oskar Lange and Fred M. Taylor”, <i>The American Journal of Sociology</i> 44, 4, 1939.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000199&pid=S0124-5996200700010000500048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">49. Knight, F. H. “Socialism: The Nature of the Problem”, <i>Ethics</i> 50,  3, 1940, pp. 253-289.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000200&pid=S0124-5996200700010000500049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">50. Knight, F. H. “The Meaning of Democracy: Its Politico-Economic Structure and Ideals”, <i>The Journal of Negro Education</i> 10,  3, 1941, pp. 318-332.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000201&pid=S0124-5996200700010000500050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">51. Knight, F. H. “Freedom under Planning”, <i>The Journal of Political Economy</i> 54, 5, 1946, pp. 451-454.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000202&pid=S0124-5996200700010000500051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">52. Knight, F. H. “Economic and Social Policy in Democratic Society”, <i>The Journal of Political Economy</i> 58, 6, 1950, pp. 513-522.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000203&pid=S0124-5996200700010000500052&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">53. Lange, O. “Sobre la teor&iacute;a econ&oacute;mica del socialismo”, B. E. Lippincott, ed.,  <i>Sobre la teor&iacute;a econ&oacute;mica del socialismo</i>, 1966, Barcelona, Ediciones Ariel, 1970.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000204&pid=S0124-5996200700010000500053&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">54. Lange, O. “The Computer and the Market”, A. Nove y D. M. Nuti, comps., <i>Socialist Economics</i>, 1967, England,  Penguin Education, 1972.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000205&pid=S0124-5996200700010000500054&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">55. Lavoie, D. “A Critique of the Standard Account of the Socialist Calculation Debate”, <i>The Journal of Libertarian Studies</i> 5, 1, 1981, pp. 41-87.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000206&pid=S0124-5996200700010000500055&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">56. Lerner, A. P. “Economic Theory and Socialist Economy”, <i>The Review of Economic Studies</i> 2,  1, 1934, pp. 51-61.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000207&pid=S0124-5996200700010000500056&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">57. Lerner, A. P. “Economic Theory and Socialist Economy: A Rejoinder”, <i>The Review of Economic Studies</i> 2,  2, 1935, pp. 152-154.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000208&pid=S0124-5996200700010000500057&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">58. Lerner, A. P. “A Note on Socialist Economics”, <i>The Review of Economic Studies</i> 4,  1, 1936, pp. 72-76.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000209&pid=S0124-5996200700010000500058&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">59. Lerner, A. P. “Static and Dynamic in Socialist Economies”, <i>The Economic Journal</i> 47,  186, 1937, pp. 253-270.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000210&pid=S0124-5996200700010000500059&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">60. Lerner, A. P. <i>Teor&iacute;a econ&oacute;mica del control</i>, 1944, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1951.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000211&pid=S0124-5996200700010000500060&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">61. L&oacute;pez, J. “Milton Friedman: ‘S&iacute;, Chile puede convertirse en un pa&iacute;s desarrollado'”, <i>La Tercera</i>, 27 de marzo, 2005.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000212&pid=S0124-5996200700010000500061&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">62. Malo Guill&eacute;n, J. L. “El pensamiento econ&oacute;mico del krausismo espa&ntilde;ol”, E. Fuentes Q., dir., <i>Econom&iacute;a y economistas espa&ntilde;oles. Las cr&iacute;ticas a la econom&iacute;a cl&aacute;sica</i> 5, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2001.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000213&pid=S0124-5996200700010000500062&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">63. Malo Guill&eacute;n, J. L. <i>El krausismo econ&oacute;mico espa&ntilde;ol</i>, Madrid, Real Academia de Ciencias Morales y Pol&iacute;ticas, 2005.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000214&pid=S0124-5996200700010000500063&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">64. Mangabeira Unger, R. <i>Conocimiento y pol&iacute;tica</i>, 1975, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1985.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000215&pid=S0124-5996200700010000500064&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">65. Marx, K. <i>Cr&iacute;tica del programa de Gotha</i>, 1891, 4.&ordf; ed.,  Madrid, Ricardo Aguilera Editor, 1971.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000216&pid=S0124-5996200700010000500065&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">66. Menger, C. <i>Principios de econom&iacute;a pol&iacute;tica</i>, 1871, Madrid, Uni&oacute;n Editorial, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000217&pid=S0124-5996200700010000500066&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">67. Milonakis, D. “New Market Socialism: A Case for Rejuvenation or Inspired Alchemy”, <i>Cambridge Journal of Economics</i> 27, 1, 2003, pp. 97-121.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000218&pid=S0124-5996200700010000500067&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">68. Moore, S. <i>Cr&iacute;tica de la democracia capitalista</i>, 7.&ordf; ed., M&eacute;xico, Siglo XXI,  1985.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000219&pid=S0124-5996200700010000500068&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">69. Newman, P. “Duality”, J. Eatwell; M. Milgate y P. Newman, dirs., <i>The New Palgrave. A Dictionary of Economics</i> I,  London,  MacMillan, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000220&pid=S0124-5996200700010000500069&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">70. Nove, A. <i>The Economics of Feasible Socialism Revisited</i>, 2<sup>nd</sup> ed., London,  Harper Collins Academic, 1991.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000221&pid=S0124-5996200700010000500070&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">71. Pareto, V. “Econom&iacute;a matem&aacute;tica”, J. Segura y C. Rodr&iacute;guez Braun, comps., <i>La econom&iacute;a en sus textos</i>, 1911, Madrid, Taurus, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000222&pid=S0124-5996200700010000500071&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">72. Pareto, W. <i>Manual de econom&iacute;a pol&iacute;tica</i>, 1909, Buenos Aires, Editorial Atalaya, 1945.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000223&pid=S0124-5996200700010000500072&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">73. Pierson, N. G. “The Problem of Value in the Socialist Community”, F. A. Hayek, ed., <i>Collectivist Economic Planning</i>, 1902, Clifton,  Augustus M. Kelley Publishers, 1975.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000224&pid=S0124-5996200700010000500073&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">74. Pigou, A. C. <i>La econom&iacute;a del bienestar</i>, 1928, Madrid, M. Aguilar Editor, 1946.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000225&pid=S0124-5996200700010000500074&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">75. Prebisch, R. <i>Capitalismo perif&eacute;rico. Crisis y transformaci&oacute;n</i>, 1981, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1984.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000226&pid=S0124-5996200700010000500075&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">76. Raico, R. “Mises on Fascism, Democracy, and other Questions”, <i>The Journal of Libertarian Studies</i> 12, 1, 1996, pp. 1-27.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000227&pid=S0124-5996200700010000500076&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">77. Rawls, J. <i>A Theory of Justice</i>, 1971, Oxford,  Oxford University Press, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000228&pid=S0124-5996200700010000500077&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">78. Rawls, J. <i>Teor&iacute;a de la justicia</i>, 1971, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000229&pid=S0124-5996200700010000500078&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">79. Rawls, J. <i>Liberalismo pol&iacute;tico</i>, 1993, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000230&pid=S0124-5996200700010000500079&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">80. Rawls, J. “Unidad social y bienes primarios”, <i>Justicia como equidad. Materiales para una teor&iacute;a de la justicia</i>, Madrid, Editorial Tecnos, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000231&pid=S0124-5996200700010000500080&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">81. Robbins, L. “Interpersonal Comparisons of Utility: A Comment”, <i>Economic Journal</i> 48, 192, 1938, pp. 635-641.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000232&pid=S0124-5996200700010000500081&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">82. Rodr&iacute;guez Braun, C. <i>Estado contra mercado</i>, Madrid, Taurus, 2000.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000233&pid=S0124-5996200700010000500082&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">83. Roemer, J. E. “The Morality and Efficiency of Market Socialism”, <i>Ethics</i> 102, 3, 1992, pp. 448-464.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000234&pid=S0124-5996200700010000500083&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">84. Roemer, J. E. <i>Un futuro para el socialismo</i>, 1994, Barcelona, Cr&iacute;tica, 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000235&pid=S0124-5996200700010000500084&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">85. Rothbard, M. N. “The End of Socialism and the Calculation Debate Revisited”, <i>The Review of Austrian Economics</i> 5, 2, 1991, pp. 51-76.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000236&pid=S0124-5996200700010000500085&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">86. Rothbard, M. N. “The Myth of Efficiency”, <i>The Logic of Action One: Method, Money and the Austrian School</i>, Cheltenham,  Edward Elgar, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000237&pid=S0124-5996200700010000500086&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">87. Rousseau, J. J. <i>El contrato social o principios del derecho pol&iacute;tico</i>,  1762, 4.&ordf; ed., Madrid, Editorial Tecnos, 2002.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000238&pid=S0124-5996200700010000500087&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">88. Sartori, G. <i>The Theory of Democracy Revisited</i> II,  New Jersey,  Chatam House Publishers, 1987.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000239&pid=S0124-5996200700010000500088&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">89. Sen, A. “Capacidad y bienestar”, M. C. Nussbaum y A. Sen, comps., <i>La calidad de vida</i>, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica y The United Nations University, 1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000240&pid=S0124-5996200700010000500089&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">90. Sen, A. “El bienestar, la condici&oacute;n de ser agente y la libertad”, <i>Bienestar, justicia y mercado</i>, Barcelona, Paid&oacute;s Ib&eacute;rica, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000241&pid=S0124-5996200700010000500090&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">91. Silva, P. “Technocrats and Politics in Chile”, <i>Journal of Latin American Studies</i> 23, 2, 1991, pp. 385-410.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000242&pid=S0124-5996200700010000500091&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">92. Schumpeter, J. A. <i>Capitalism, Socialism and Democracy</i>, 1942, New York,  Harper Perennial, 1975.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000243&pid=S0124-5996200700010000500092&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">93. Taylor, F. M. “La orientaci&oacute;n de la producci&oacute;n en un Estado socialista”, B. E. Lippincott, ed.,  <i>Sobre la teor&iacute;a econ&oacute;mica del socialismo</i>, 1929, Barcelona, Ediciones Ariel, 1970.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000244&pid=S0124-5996200700010000500093&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">94. Vaughn, K. “Economic Calculation under Socialism: The Austrian Contribution”, <i>Economic Inquiry</i> 8, 4, 1980, pp. 535-554.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000245&pid=S0124-5996200700010000500094&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">95. Von Mises, L. “Economic Calculation in the Socialist Commonwealth”, F. A. Hayek, ed., <i>Collectivist Economic Planning</i>, 1920, Clifton,  Augustus M. Kelley Publishers, 1975.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000246&pid=S0124-5996200700010000500095&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">96. Von Mises, L. <i>La acci&oacute;n humana. Tratado de econom&iacute;a</i>, 1949, 7.&ordf; ed., Madrid, Uni&oacute;n Editorial, 2004.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000247&pid=S0124-5996200700010000500096&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">97. Von Mises, L. <i>Socialism. An Economic and Sociological Analysis</i>, 1951, New Haven,  Yale University Press, 1962.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000248&pid=S0124-5996200700010000500097&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">98. Von Mises, L. “Utilidad y p&eacute;rdida”, <i>Revista Estudios P&uacute;blicos</i> 8, 1982, pp. 39-67.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000249&pid=S0124-5996200700010000500098&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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