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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[CÓMO ME CONVERTÍ EN KEYNESIANO. SEGUNDAS REFLEXIONES EN MEDIO DE UNA CRISIS]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>C&Oacute;MO ME CONVERT&Iacute; EN KEYNESIANO. SEGUNDAS REFLEXIONES EN MEDIO DE UNA CRISIS</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">    <p align="center"><b>HOW I BECAME A KEYNESIAN</b></p>     <p>    <br>    <br></p>     <p><i>Richard Posner</i>*</p>     <p>* Juez de la Corte de Apelaciones de Estados Unidos del S&eacute;ptimo Circuito y profesor de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chicago. Este ensayo se p ublic&oacute; en <i>The New Republic</i>, 23 de septiembre de 2009, [<a href="http://www.tnr.com" target="_blank">http://www.tnr.com</a>]. Traducci&oacute;n de Alberto Supelano.</p> <hr size="1">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Hasta septiembre pasado, cuando la industria bancaria se derrumb&oacute; estrepitosamente y la depresi&oacute;n amenaz&oacute; por vez primera en lo que llevo de vida, nunca pens&eacute; en leer <i>La teor&iacute;a general del empleo, el inter&eacute;s, y el dinero</i>, a pesar de mi inter&eacute;s en la econom&iacute;a. Sab&iacute;a que a John Maynard Keynes se lo consideraba el m&aacute;s grande economista del siglo XX y conoc&iacute;a la extraordinaria reputaci&oacute;n de su libro. Pero era una obra de macroeconom&iacute;a: el estudio de fen&oacute;menos econ&oacute;micos generales como la inflaci&oacute;n, el ciclo econ&oacute;mico y el crecimiento econ&oacute;mico. El derecho y, por tanto, la econom&iacute;a del derecho –mi campo acad&eacute;mico– no sol&iacute;an figurar en la regulaci&oacute;n de esos fen&oacute;menos. Y hab&iacute;a o&iacute;do que era un libro muy dif&iacute;cil, lo que supon&iacute;a que significaba que estaba lleno de matem&aacute;ticas; que Keynes era un liberal a la vieja usanza, que cre&iacute;a que las fluctuaciones econ&oacute;micas se deb&iacute;an controlar con una pol&iacute;tica fiscal de mano dura (tributaci&oacute;n, endeudamiento, gasto); y que el libro hab&iacute;a sido refutado por Milton Friedman, aunque admiraba su trabajo anterior sobre el monetarismo. No me hab&iacute;a sorprendido ni me hab&iacute;a inclinado a desafiar la declaraci&oacute;n que Gregory Mankiw, un destacado macroeconomista de Harvard, hizo en 1992: “despu&eacute;s de cincuenta a&ntilde;os de progreso adicional en la ciencia econ&oacute;mica, <i>La teor&iacute;a g</i><i>eneral </i>es un libro pasado de moda [...] Estamos en una posici&oacute;n mejor que la de Keynes para descifrar c&oacute;mo funciona la econom&iacute;a”.</p>     <p>En septiembre nos enteramos de que la actual generaci&oacute;n de economistas no ha descifrado c&oacute;mo funciona la econom&iacute;a. En su gran mayor&iacute;a estaba enceguecida por la burbuja de la vivienda y la crisis bancaria subsiguiente, hab&iacute;a malinterpretado la gravedad del descenso econ&oacute;mico resultante, estaba perpleja por la incapacidad de la pol&iacute;tica monetaria ortodoxa de la Reserva Federal para evitar un descenso pronunciado, y no pod&iacute;a ponerse de acuerdo en lo que deb&iacute;a hacer el gobierno para ponerle freno, si algo pod&iacute;a hacer, y llevar a la econom&iacute;a por el camino de la recuperaci&oacute;n. En este momento, la mayor&iacute;a de los economistas est&aacute; de acuerdo en general con la estrategia sumamente keynesiana de la administraci&oacute;n Obama para sacar la econom&iacute;a de ese profundo vac&iacute;o. Algunos dicen que el gobierno no est&aacute; haciendo lo suficiente y que es demasiado amable con los banqueros, y otros dicen que est&aacute; haciendo demasiado, sin considerar las consecuencias de largo plazo. No hay un consenso profesional sobre los detalles de lo que se deber&iacute;a hacer para frenar el descenso, recuperar la velocidad y evitar (en cuanto sea posible) una recurrencia. Al no creer que pod&iacute;a suceder lo que sucedi&oacute;, la profesi&oacute;n no pens&oacute; cuidadosamente en lo que se deb&iacute;a hacer si sucediese.</p>     <p>Asombrado por la confusi&oacute;n de la profesi&oacute;n, decid&iacute; que lo mejor era leer <i>La teor&iacute;a general.</i> Despu&eacute;s de leerla, conclu&iacute; que a pesar de su antig&uuml;edad es la mejor gu&iacute;a que tenemos para la crisis. Y no soy el &uacute;nico que piensa as&iacute;. Robert Skidelsky, autor de una magn&iacute;fica biograf&iacute;a de Keynes en tres vol&uacute;menes, est&aacute; pr&oacute;ximo a publicar un libro titulado <i>Keynes:</i> e <i>l retorno del maestro</i>, en el que explica en qu&eacute; difer&iacute;a Keynes de sus predecesores, los “economistas cl&aacute;sicos”, y de sus sucesores, los “nuevos economistas cl&aacute;sicos” y los “nuevos keynesianos”; y donde plantea que los nuevos keynesianos desecharon las partes m&aacute;s importantes de la teor&iacute;a de Keynes porque no se prestaban a la formalizaci&oacute;n matem&aacute;tica tan cara a los economistas modernos. Su resumen sobre lo que es caracter&iacute;stico de la teor&iacute;a de Keynes es excelente.</p>     <p>El libro de Skidelsky se ve afeado por su insistencia en preguntar qu&eacute; dir&iacute;a Keynes si estuviera vivo (para lo que la &uacute;nica respuesta sensata es que nadie lo sabe), y m&aacute;s grave, por su insistencia en que, “en el fondo”, Keynes “no era economista”, en que “se puso la m&aacute;scara de economista para ganar autoridad, as&iacute; como usaba trajes oscuros y sombreros de fieltro para acudir a la City” (la Wall Street de Londres). Keynes fue el economista m&aacute;s grande del siglo XX. Expulsarlo de la profesi&oacute;n es confirmar los peores prejuicios de los economistas de hoy en d&iacute;a aceptando su mutilada concepci&oacute;n del campo de la econom&iacute;a.</p>     <p><i>La teor&iacute;a general </i>es una obra dif&iacute;cil, no porque sea matem&aacute;tica. Tiene algunas matem&aacute;ticas, pero son simples y, excepto la f&oacute;rmula del “multiplicador” (de la que hablar&eacute; m&aacute;s adelante), son accesorias para los argumentos de Keynes. Una obra de prosa elegante, en el libro hay aforismos brillantes (“es mejor que un hombre sea un tirano con su cuenta bancaria que con sus conciudadanos”) y vuelos ret&oacute;ricos (uno bien conocido: “Locos con autoridad, que oyen voces en el aire, extraen sus locuras de alg&uacute;n escritorzuelo acad&eacute;mico de a&ntilde;os atr&aacute;s”). Pero tambi&eacute;n rebosa de t&eacute;rminos poco familiares, como “unidad de trabajo” (el empleo de una hora de trabajo ordinario), y de referencias a instituciones econ&oacute;micas poco conocidas, como “fondo de amortizaci&oacute;n” (un fondo en que se acumula dinero para cancelar una deuda). Y desborda en digresiones, ideas tard&iacute;as y observaciones fuera de lugar, como: “las dos ocupaciones m&aacute;s encantadoras que est&aacute;n abiertas a quienes no tienen que ganarse la vida [son] la profesi&oacute;n de escritor y la agricultura experimental”. Dos importantes cap&iacute;tulos, que tratan del “ciclo econ&oacute;mico” (es decir, de los ascensos y descensos del ciclo de los negocios) y del mercantilismo, la usura y el atesoramiento, se posponen hasta la &uacute;ltima parte del libro, titulada equ&iacute;vocamente “Breves consideraciones sugeridas por la Teor&iacute;a General”.</p>     <p>Su lectura es especialmente dif&iacute;cil para los economistas acad&eacute;micos de hoy en d&iacute;a porque se basa en una concepci&oacute;n de la econom&iacute;a muy alejada de la suya. Esto es lo que hizo que el libro pareciera “pasado de moda” a Mankiw; y lo que lo ha convertido, de hecho, en un cl&aacute;sico que no se lee. (Otro macroeconomista muy distinguido, Robert Lucas, que escribi&oacute; pocos a&ntilde;os despu&eacute;s de Mankiw, descart&oacute; <i>La teor&iacute;a general </i>como “un suceso ideol&oacute;gico”.) La concepci&oacute;n dominante, y la que ha guiado mi trabajo acad&eacute;mico sobre econom&iacute;a del derecho, es que la econom&iacute;a es el estudio de la elecci&oacute;n racional. Supone que los individuos toman decisiones racionales en toda la gama de elecci&oacute;n humana, incluidas las transacciones comerciales aunque no limitadas a ellas, utilizando una forma del an&aacute;lisis de costo-beneficio (usualmente truncada e informal). La visi&oacute;n anterior era que la econom&iacute;a es el estudio de la econom&iacute;a, empleando todos los supuestos que parecieran realistas y todos los m&eacute;todos anal&iacute;ticos que se tuvieran a mano. Keynes quer&iacute;a ser realista con respecto a la toma de decisiones en vez de explorar qu&eacute; tan lejos pod&iacute;a llegar un economista suponiendo que las personas realmente basan sus decisiones en alguna variedad del an&aacute;lisis costo-beneficio.</p>     <p><i>La teor&iacute;a general </i>est&aacute; llena de interesantes observaciones psicol&oacute;gicas –el t&eacute;rmino “psicol&oacute;gico” es ubicuo–, como cuando Keynes se&ntilde;ala que “Durante un auge, la estimaci&oacute;n popular [del riesgo] puede llegar a ser inusitada e imprudentemente baja”, mientras que durante un descenso los “esp&iacute;ritus animales” de los empresarios desfallecen. &Eacute;l usa esas percepciones sin tratar de encajarlas en un modelo de toma de decisiones racional.</p>     <p>Keynes lleg&oacute; naturalmente a un enfoque ecl&eacute;ctico del comportamiento econ&oacute;mico porque no era un economista acad&eacute;mico en el sentido moderno. No se gradu&oacute; en econom&iacute;a, y escribi&oacute; extensamente sobre otros campos (como la teor&iacute;a de la probabilidad, sobre la que escribi&oacute; un tratado que no menciona a la econom&iacute;a). Combin&oacute; la pertenencia a Cambridge con un vasto servicio en el gobierno como asesor y funcionario p&uacute;blico de alto nivel, y fue especulador activo, polemista y periodista. Vivi&oacute; en compa&ntilde;&iacute;a de escritores y fue un fervoroso amante del ballet.</p>     <p>La teor&iacute;a de Keynes y su aplicaci&oacute;n a nuestras actuales dificultades econ&oacute;micas se pueden entender mejor si se tiene en mente un hecho hist&oacute;rico y tres afirmaciones que hizo en el libro. El hecho hist&oacute;rico es que Inglaterra, entre 1919 y 1939, sufri&oacute; un alto desempleo persistente; nunca menor del 10%, y del 15% en 1935, cuando Keynes estaba terminando su libro. La gran tarea que se impuso a s&iacute; mismo fue explicar la persistencia del desempleo. A pesar de su c&eacute;lebre declaraci&oacute;n: “en el largo plazo, todos estaremos muertos”, intent&oacute; resolver un problema que, cuando &eacute;l escribi&oacute;, ya hab&iacute;a durado un largo plazo.</p>     <p>Las tres afirmaciones son las siguientes: primera, que el consumo es el “&uacute;nico fin y objeto de toda actividad econ&oacute;mica”, porque toda actividad productiva est&aacute; encaminada a satisfacer la demanda de los consumidores bien sea en el presente o en el futuro. Pero el t&eacute;rmino “consumo” no figura en el t&iacute;tulo del libro porque la &uacute;nica cosa que le interesaba a Keynes a ese respecto era qu&eacute; parte del ingreso le destinaban las personas; cuanto m&aacute;s alta mejor, como veremos. La segunda afirmaci&oacute;n es la importancia (y el efecto perjudicial) del atesoramiento. Las personas no ahorran tan s&oacute;lo para poder hacer un gasto futuro espec&iacute;fico, tambi&eacute;n ahorran para protegerse de la incertidumbre. Y la tercera afirmaci&oacute;n, relacionada con la segunda, es que la incertidumbre –en el sentido de un riesgo que, a diferencia del riesgo de perder en la ruleta, no se puede calcular– es una caracter&iacute;stica general del entorno econ&oacute;mico, en particular de los proyectos que buscan satisfacer el consumo futuro.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El producto anual de un pa&iacute;s, que es tambi&eacute;n el ingreso nacional, es el valor de mercado de todos los bienes (y servicios, pero para simplificar la discusi&oacute;n los omito aqu&iacute;) que se producen en un a&ntilde;o. Estos bienes son bienes de consumo, como los alimentos que compran las personas, o bienes de inversi&oacute;n, como las m&aacute;quinas herramientas. Las personas ahorran lo que no gastan en bienes de consumo: el ahorro es igual al ingreso menos el consumo. Puesto que el ingreso menos el consumo es tambi&eacute;n igual a la inversi&oacute;n, los ahorros deben ser, insiste Keynes, iguales a la inversi&oacute;n. Pero igualar los ahorros a la inversi&oacute;n es confuso. Si usted guarda dinero debajo del colch&oacute;n, est&aacute; ahorrando, &iquest;pero en qu&eacute; sentido est&aacute; invirtiendo? Si compra acciones ordinarias, est&aacute; invirtiendo, pero la contribuci&oacute;n de su inversi&oacute;n al capital productivo empleado en la construcci&oacute;n de una f&aacute;brica es peque&ntilde;a.</p>     <p>Como m&iacute;nimo, deber&iacute;amos distinguir entre hacer posibles las inversiones productivas y hacerlas realmente (y Keynes hace impl&iacute;citamente esa distinci&oacute;n) o, en forma equivalente, entre inversi&oacute;n pasiva e inversi&oacute;n activa. Si usted deposita parte de sus ahorros en un banco, el banco –no usted– decidir&aacute; si presta el dinero a un hombre de negocios para invertirlo en su empresa (o a un individuo para invertirlo en la compra de un activo de capital, como una casa). Pero el dinero se invierte. Incluso el dinero que usted guarda debajo del colch&oacute;n se puede considerar como una forma de inversi&oacute;n, porque con toda probabilidad se gastar&aacute; eventualmente (aunque tal vez no durante algunas generaciones) y, as&iacute;, como toda inversi&oacute;n, es una ayuda para el consumo futuro. Pero, como en este ejemplo, la inversi&oacute;n pasiva puede tardar mucho tiempo para estimular la inversi&oacute;n activa.</p>     <p>La tardanza puede retardar el crecimiento econ&oacute;mico. El ingreso que se gasta en consumo, a diferencia del ingreso que se ahorra, se convierte en ingreso del vendedor del bien de consumo. Cuando compro una botella de vino, lo que para m&iacute; es el costo para el vendedor es el ingreso, y lo que &eacute;l gaste de ese ingreso ser&aacute; ingreso para alguien m&aacute;s, etc&eacute;tera. De modo que la inversi&oacute;n activa que produjo el ingreso con el que compr&eacute; el vino tendr&aacute; un efecto de reacci&oacute;n en cadena, al que Keynes llam&oacute; “multiplicador”.</p>     <p>Y esta es la parte dif&iacute;cil: el incremento del ingreso ocasionado por una inversi&oacute;n es mayor cuanto mayor es el porcentaje del ingreso que se gasta en vez de ahorrarlo. El gasto aumenta los ingresos de las personas que son receptores finales del gasto. Este efecto derivado o secundario del consumo es mayor cuanto mayor es el porcentaje del ingreso que gasta una persona, y as&iacute; multiplica el efecto generado por el ingreso de la inversi&oacute;n inicial. Si alguien gasta 90 centavos de un d&oacute;lar adicional que recibe, un incremento de un d&oacute;lar en su ingreso genera 9 d&oacute;lares de consumo adicional ($0,90 + $0,81[0,9 x $0,90] + $0,729[0,9 x $0,81], etc. = $9), y todos ellos constituyen ingreso para los proveedores de bienes de consumo. Si s&oacute;lo se gastaran 70 centavos de un d&oacute;lar adicional de ingreso, de modo que el primer receptor del gasto s&oacute;lo gastara 49 de los 70 centavos que recibi&oacute; y el segundo 34,4 centavos, etc., el incremento total del consumo como resultado de las olas sucesivas de gasto ser&iacute;a de apenas 1,54 d&oacute;lares, y as&iacute; la inversi&oacute;n que puso en marcha el ciclo ser&iacute;a mucho menos productiva. En el primer ejemplo, el multiplicador de la inversi&oacute;n –el efecto de la inversi&oacute;n sobre el ingreso– era igual a 10. En el segundo ejemplo es apenas 2,5. La diferencia se debe a la diferencia de la propensi&oacute;n a consumir el ingreso en vez de ahorrarlo. (Entre par&eacute;ntesis, hoy nadie piensa que los multiplicadores de la inversi&oacute;n son tan altos.)</p>     <p>En otras palabras, p ara Keynes, es el consumo y no el ahorro el que promueve el crecimiento econ&oacute;mico. Y esta es la segunda afirmaci&oacute;n clave del aporte de Keynes: que las personas a menudo ahorran sin un prop&oacute;sito particular de gasto futuro, que atesoran. Keynes menciona numerosas razones por las que el ahorro personal puede no promover la inversi&oacute;n activa (tambi&eacute;n discute las motivaciones an&aacute;logas de las empresas), al menos en el corto plazo. Los ahorradores pueden querer “legar una fortuna”, “satisfacer la mera taca&ntilde;er&iacute;a”, “acumular una reserva contra contingencias imprevistas”, “tener un sentido de independencia y de poder para hacer cosas, aunque sin una idea clara o una intenci&oacute;n definida de una acci&oacute;n espec&iacute;fica” o, impl&iacute;citamente, obtener la reputaci&oacute;n de ser frugales. (Esta &uacute;ltima motivaci&oacute;n evoca la “&eacute;tica protestante” sobre la que escribi&oacute; Max Weber.) Puesto que Keynes estaba interesado principalmente en el desempleo, sospechaba del ahorro porque, como acabamos de ver, cuanto mayor es el porcentaje del ingreso que se consume en vez de ahorrarlo, mayor es la demanda de bienes y, por tanto mayor es el producto y, as&iacute;, menor es la tasa de desempleo.</p>     <p>Pero es aqu&iacute; donde la igualdad entre ahorro e inversi&oacute;n se torna particularmente confusa. &iquest;No es la inversi&oacute;n una cosa buena? Es lo que impulsa el ingreso. Y si la inversi&oacute;n es una cosa buena, &iquest;no lo es tambi&eacute;n el ahorro, que es sin&oacute;nimo de inversi&oacute;n (como dijo Keynes)? Su respuesta, aunque no la enunci&oacute; tan claramente como uno desear&iacute;a, es que la inversi&oacute;n incrementa el producto, y por consiguiente el empleo, &uacute;nicamente cuando financia la creaci&oacute;n de capital productivo. Cuando toma la forma de atesoramiento, el v&iacute;nculo entre el ahorro y la promoci&oacute;n de la actividad econ&oacute;mica se rompe o al menos se vuelve hilachas.</p>     <p>Ahora entra en escena la tercera afirmaci&oacute;n fundamental en la teor&iacute;a de Keynes: que el ambiente de los negocios est&aacute; marcado por la incertidumbre, entendida como un riesgo que no se puede calcular. Los ahorradores no deciden qu&eacute; uso dar&aacute;n los empresarios a sus ahorros; los empresarios los usan con la esperanza de obtener beneficios. Pero cuando un proyecto de inversi&oacute;n tarda a&ntilde;os en terminarse antes de empezar a producir beneficios, sus perspectivas de &eacute;xito se ver&aacute;n ensombrecidas por todo tipo de contingencias imprevisibles, bien sea que se relacionen con costos, preferencias de los consumidores, acciones de los competidores, pol&iacute;tica del gobierno o con las condiciones econ&oacute;micas en general. Skidelsky lo plantea bien en su nuevo libro: “Una econom&iacute;a capitalista no administrada es intr&iacute;nsecamente inestable. Ni las expectativas de beneficios ni la tasa de inter&eacute;s est&aacute;n s&oacute;lidamente ancladas en las fuerzas subyacentes de la productividad y la econom&iacute;a. Son inducidas por expectativas inciertas y fluctuantes acerca del futuro”. &Uacute;nicamente lo que Keynes llam&oacute; “esp&iacute;ritus animales”, o el “af&aacute;n de acci&oacute;n”, persuadir&aacute; a los hombres de negocios a embarcarse en ese mar de incertidumbre. “Si la naturaleza humana no sintiera ninguna tentaci&oacute;n de aprovechar una oportunidad, ninguna satisfacci&oacute;n (beneficios aparte) al construir una f&aacute;brica, un ferrocarril, una mina o una granja, no podr&iacute;a haber mucha inversi&oacute;n meramente como resultado de fr&iacute;os c&aacute;lculos”.</p>     <p>Pero por muy animoso que pueda ser un hombre de negocios, la incertidumbre del ambiente de negocios a menudo lo har&aacute; reacio a invertir. Su renuencia ser&aacute; mayor si los ahorradores son remisos a separarse de su dinero por su propia incertidumbre acerca de las tasas de inter&eacute;s futuras, de los riesgos de incumplimiento y de posibles emergencias que requieran efectivo para pagar deudas o cubrir gastos inesperados. Cuanto mayor es la propensi&oacute;n a atesorar mayor es la tasa de inter&eacute;s que el hombre de negocios tiene que pagar por el capital que requiere para la inversi&oacute;n. Y puesto que el gasto en intereses es mayor cuando el pr&eacute;stamo es elevado, una alta tasa de inter&eacute;s tiene un efecto especialmente desalentador sobre los proyectos que, encaminados a satisfacer las necesidades de consumo m&aacute;s all&aacute; del futuro inmediato, tardan mucho tiempo en terminarse.</p>     <p>Los “fondos de amortizaci&oacute;n” que mencion&eacute; ilustran el atesoramiento institucional: acumulan dinero para cancelar una deuda en el futuro en vez de gastarlo, y el hecho de que no est&eacute; disponible para invertir lleva a un aumento de las tasas de inter&eacute;s. Las altas tasas de inter&eacute;s desalientan la inversi&oacute;n activa mientras que hacen atractiva la inversi&oacute;n pasiva, y as&iacute; golpean doblemente al consumo. Es cierto que las altas tasas de inter&eacute;s desalientan el atesoramiento de dinero en efectivo aumentando el costo de oportunidad, pero tambi&eacute;n alientan formas de inversi&oacute;n pasiva, como la compra de bonos del gobierno, que s&oacute;lo tienen un efecto remoto para incentivar la inversi&oacute;n activa.</p>     <p>El an&aacute;lisis de Keynes ofrece una explicaci&oacute;n –aunque los economistas debaten si es la correcta– del alto desempleo persistente en Inglaterra durante el per&iacute;odo de entreguerras o, m&aacute;s precisamente, del componente que representaba el desempleo involuntario, la situaci&oacute;n de los trabajadores desempleados que habr&iacute;an preferido trabajar con un salario inferior a la tasa vigente que acudir al subsidio de desempleo. Se puede pensar que los salarios caigan hasta un nivel en el que todos los que quieran empleo consigan alguno. Pero Keynes se&ntilde;al&oacute; que los trabajadores representan una alta proporci&oacute;n del total de consumidores y que una ca&iacute;da del nivel de salarios reduce los ingresos y, en consecuencia, el consumo y la inversi&oacute;n, a menos que los precios caigan proporcionalmente. Probablemente disminuir&iacute;an en alguna medida, porque los costos laborales ser&iacute;an menores.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Pero una ca&iacute;da general del nivel de precios –deflaci&oacute;n– pone en peligro la estabilidad econ&oacute;mica, y los recortes de los salarios de los trabajadores para abrir espacio a los desempleados son sin duda una f&oacute;rmula segura para el antagonismo industrial.</p>     <p>Y los trabajadores no son fungibles. Una f&aacute;brica que utiliza 100 trabajadores muy calificados puede tener un costo de producci&oacute;n promedio m&aacute;s bajo que una que emplea 120 trabajadores menos calificados con un salario menor. S&oacute;lo si la demanda de bienes es alta el mercado puede tener espacio para una firma que, debido a que emplea esos trabajadores menos calificados, tiene costos de producci&oacute;n m&aacute;s altos que la firma existente.</p>     <p>Un alto nivel de desempleo involuntario puede ser entonces, como mostr&oacute; Keynes, un equilibrio y no un resultado temporal del ciclo econ&oacute;mico. Su an&aacute;lisis arroja una luz muy clara sobre las fases de contracci&oacute;n que llamamos recesiones o, en casos extremos, depresiones. Porque cuando la demanda de bienes y servicios cae, como en la actual recesi&oacute;n, el entorno econ&oacute;mico se torna inestable y en el futuro cercano incluso imprevisible. Esto desalienta los esp&iacute;ritus animales de los hombres de negocios y lleva a que los consumidores atesoren, y tambi&eacute;n a los hombres de negocios. Porque cuando el af&aacute;n de acci&oacute;n los abandona, aumentan sus saldos de efectivo, en vez de emprender inversiones activas, para protegerse de la incertidumbre. A causa de la incertidumbre, los hombres de negocios aun en las mejores &eacute;pocas carecen de “convicciones s&oacute;lidamente arraigadas” en sus estimaciones de lo que deparar&aacute; el futuro, y por ello un cambio s&uacute;bito de las condiciones econ&oacute;micas los puede paralizar. De ser as&iacute;, se generar&aacute; una espiral descendente, pues el descenso de la demanda y el descenso de la inversi&oacute;n se refuerzan mutuamente, ocasionando despidos que reducen los ingresos y, por tanto, el consumo y la producci&oacute;n, y con ello inducen m&aacute;s despidos.</p>     <p>Pero el gobierno puede ser capaz de detener el descenso; otra de las ideas centrales de Keynes, y a la que se opusieron fuertemente los economistas conservadores de su tiempo, igual que hoy. Puede reducir las tasas de inter&eacute;s (comprando en efectivo bonos del gobierno u otras deudas, lo que aumenta la cantidad de dinero que los bancos est&aacute;n autorizados para prestar) en un esfuerzo para reducir los costos de la inversi&oacute;n activa y as&iacute; estimular el empleo. Keynes defendi&oacute; este enfoque, pero tambi&eacute;n se&ntilde;al&oacute; que era posible que no funcionara bien, como hemos visto en la recesi&oacute;n actual. Los bancos pueden carecer de confianza en “quienes les solicitan pr&eacute;stamos”, de modo que “mientras que el debilitamiento del cr&eacute;dito es suficiente para llevar a un colapso, su fortalecimiento es una condici&oacute;n necesaria de la recuperaci&oacute;n pero no es una condici&oacute;n suficiente”. En efecto, los bancos estadounidenses hoy atesoran, en vez de prestar, la mayor parte del dinero en efectivo que recibieron en las operaciones de salvamento del gobierno. El atesoramiento puede hacer que los bancos se sientan un poco m&aacute;s libres para prestar, pero el efecto sobre la actividad econ&oacute;mica, al menos en el corto plazo, puede ser muy tenue.</p>     <p>Por fortuna, el gobierno puede hacer otras cosas para detener una espiral econ&oacute;mica descendente adem&aacute;s de reducir las tasas de inter&eacute;s. En una recesi&oacute;n o en una depresi&oacute;n puede compensar la ca&iacute;da de la inversi&oacute;n y del consumo privado aumentando la inversi&oacute;n p&uacute;blica. Cuando decimos que el gobierno construye autopistas, queremos decir que las compra a contratistas privados. Y cuantas m&aacute;s compra, mayor es la inversi&oacute;n, y debido al efecto multiplicador, m&aacute;s estimula el ingreso, el producto y el empleo. Y debido a que la confianza o la falta de confianza en el futuro influyen en las decisiones privadas de invertir y consumir, el gobierno debe hacer todo lo que pueda para convencer a los hombres de negocios y a los consumidores de que est&aacute; decidido y es competente para actuar en pro de la recuperaci&oacute;n econ&oacute;mica. Un programa de obras p&uacute;blicas ambicioso puede generar confianza. Muestra que gobierno significa (a ayudar a los) negocios. “El retorno de la confianza”, explica Keynes, “es el aspecto de la depresi&oacute;n que los banqueros y los hombres de negocios han tenido raz&oacute;n en destacar, y el que han subestimado los economistas que ponen su fe en un remedio ‘puramente monetario’”. En una posible alusi&oacute;n al discurso de posesi&oacute;n de Roosevelt (“nada tenemos que temer excepto al temor en s&iacute; mismo”), Keynes hace referencia a “la psicolog&iacute;a incontrolable y desobediente del mundo de los negocios”.</p>     <p>Pero para que un programa de obras p&uacute;blicas que fomente la confianza sea eficaz para detener un colapso econ&oacute;mico, el gobierno debe poder financiar su aumento del gasto con medios que no reduzcan proporcionalmente el gasto privado. Si financia el programa con impuestos, drenar&aacute; efectivo de la econom&iacute;a al mismo tiempo que le inyecta efectivo. Pero si se endeuda para financiar el programa (gasto deficitario) o lo financia con dinero nuevo creado por la Reserva Federal, los costos se pueden diferir hasta que la econom&iacute;a est&eacute; bien asentada en el camino de la recuperaci&oacute;n y pueda pagarlos sin poner en peligro la estabilidad econ&oacute;mica. Cuando los inversionistas ahorran pasivamente en vez de invertir activamente, el gobierno puede tomar en pr&eacute;stamo sus ahorros (vendi&eacute;ndoles bonos del gobierno) y utilizar el dinero en inversi&oacute;n activa. Esa es la prescripci&oacute;n keynesiana esencial para combatir las depresiones.</p>     <p>Puede parecer que el &eacute;nfasis de Keynes en el consumo como impulsor de la inversi&oacute;n activa y, por tanto, del crecimiento econ&oacute;mico da a su teor&iacute;a un tono hedonista. Era ciertamente hostil a la frugalidad, otro nombre del atesoramiento. Hemos visto los efectos perjudiciales de la frugalidad en la actual recesi&oacute;n, en la cual la gente rica que se abstiene de comprar bienes de lujo en nombre de la frugalidad ha reducido el empleo en el sector del comercio al por menor, profundizando as&iacute; la recesi&oacute;n. &Eacute;ste es un ejemplo de la “paradoja de la frugalidad”. “La prodigalidad es un vicio perjudicial para el hombre, pero no para el comercio”, seg&uacute;n las palabras de Nicholas Barbon, economista del siglo XVII, al que cita Keynes. (La paradoja completa de la frugalidad es que si los ingresos disminuyen demasiado porque las personas est&aacute;n ahorrando en vez de consumir, los ahorros realmente se reducen.)</p>     <p>Keynes elogia a Franklin D. Roosevelt por haber destruido los inventarios agr&iacute;colas durante la Gran Depresi&oacute;n, porque la venta de los inventarios existentes no estimula la inversi&oacute;n activa sino que es en realidad una forma de desinversi&oacute;n. Incluso comenta con simpat&iacute;a, aunque al final la rechaza, la curiosa propuesta del “dinero sellado”, la cual exig&iacute;a que los individuos hicieran sellar peri&oacute;dicamente su dinero en una oficina del gobierno para que siguiera siendo de curso legal, debido a que la molestia de tener que hacer sellar el dinero tendr&iacute;a el efecto de un impuesto al atesoramiento.</p>     <p>Todo esto puede parecer una incitaci&oacute;n al libertinaje, congruente con la vida privada m&aacute;s bien bohemia de Keynes como socio fundador de los Ap&oacute;stoles de Cambridge y del Grupo de Bloomsbury. Pero en su teor&iacute;a nada limita el consumo a la compra de bienes privados fr&iacute;volos ni, por cierto, a bienes privados de alg&uacute;n tipo. Di el ejemplo de una autopista p&uacute;blica, otros son la compra de equipo militar para la defensa nacional y el subsidio p&uacute;blico de la educaci&oacute;n y el arte. Y aunque argument&oacute; c&eacute;lebre o notoriamente sobre el valor de proyectos improductivos –o que as&iacute; nos lo parecer&iacute;an– como la construcci&oacute;n de las pir&aacute;mides egipcias, debido a que proporcionaban empleo, que aumentaba el consumo (los trabajadores, as&iacute; fueran esclavos, deb&iacute;an alimentarse, vestirse y tener alojamiento), &eacute;l prefer&iacute;a que los gobiernos emprendieran proyectos productivos.</p>     <p>Adem&aacute;s, previendo correctamente el r&aacute;pido crecimiento del nivel de vida, Keynes predijo que en un siglo las necesidades materiales de las personas estar&iacute;an saciadas y que el consumo per c&aacute;pita dejar&iacute;a entonces de aumentar. Las personas trabajar&iacute;an menos, debido a que su necesidad de ingresos y, m&aacute;s importante, a que su deseo de ingresos, ser&iacute;a menor. Entonces, el reto de la sociedad ser&iacute;a administrar un ocio voluntario sin precedentes. &Eacute;ste fue un tema popular en los a&ntilde;os treinta –recordemos <i>El nuevo mundo feliz</i> de Huxley– pero subestimaba la capacidad de las empresas para crear nuevas necesidades, y nuevos bienes y servicios para satisfacerlas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Ese fue un simple error, la rara creencia de Keynes en la posibilidad de un auge perpetuo. &Eacute;l pronunci&oacute; sabias palabras sobre la necesidad de elevar las tasas de inter&eacute;s para pinchar una burbuja de precios de los activos antes de que se inflara demasiado, a las que Alan Greenspan y Ben Bernanke podr&iacute;an haber prestado atenci&oacute;n a comienzos de esta d&eacute;cada con muchos beneficios. Unas p&aacute;ginas antes recalc&oacute;: “&iexcl;el remedio del auge no es una tasa de inter&eacute;s m&aacute;s alta sino una tasa de inter&eacute;s m&aacute;s baja!, porque &eacute;sta puede hacer que perdure el auge”. (&iexcl;Eso pudo haber sido lo que pens&oacute; Greenspan!) Estas afirmaciones se pueden reconciliar observando que mientras haya desempleo involuntario unas tasas de inter&eacute;s bajas, que estimulan la inversi&oacute;n activa y por ende la producci&oacute;n sin elevar los costos laborales, no deber&iacute;an producir inflaci&oacute;n. Pero como vimos hace poco en Estados Unidos, en los a&ntilde;os 2000, aunque los costos laborales sean constantes, las tasas de inter&eacute;s bajas pueden producir una inflaci&oacute;n de precios de los activos (las burbujas de la vivienda y del cr&eacute;dito) que puede precipitar un colapso econ&oacute;mico. Al comienzo de su carrera, Keynes escribi&oacute; prof&eacute;ticamente sobre los potenciales efectos desastrosos de la inflaci&oacute;n. En <i>La teor&iacute;a general</i> casi no menciona la inflaci&oacute;n, pero dice lo que muchos de sus sucesores olvidaron: que cuando ya no hay desempleo involuntario en la econom&iacute;a, los esfuerzos adicionales para estimular la demanda simplemente causan inflaci&oacute;n.</p>     <p>La reflexi&oacute;n sobre el auge perpetuo ilustra la inclinaci&oacute;n izquierdista ut&oacute;pica de <i>La teor&iacute;a general.</i> Esto fue lo que convirti&oacute; a Keynes en una <i>b&ecirc;te noire</i> de los conservadores y lo que encanta a Skidelsky, que dedica los &uacute;ltimos cap&iacute;tulos de su libro a celebrar a Keynes como un fil&oacute;sofo “ecologista” de los l&iacute;mites del crecimiento, de “la buena vida” vivida simplemente e incluso del fin de econom&iacute;a. Recordemos su err&oacute;nea predicci&oacute;n de que dentro de un siglo las necesidades materiales de la gente estar&iacute;an saciadas. Cuando eso ocurriera, la demanda de capital (para financiar el consumo) se desplomar&iacute;a y los rentistas (las gentes que viven del ingreso de inversiones pasivas, como las acciones o los bonos, y por eso son atesoradoras) se extinguir&iacute;an; una perspectiva que deleitaba a Keynes, quien previ&oacute; “la eutanasia de los rentistas”, aunque afortunadamente no en sentido literal. &Eacute;l cuestion&oacute; el libre comercio –el grial de los economistas convencionales– se&ntilde;alando que un pa&iacute;s cuya poblaci&oacute;n tuviera una baja propensi&oacute;n a consumir pod&iacute;a estimular la inversi&oacute;n depreciando su moneda para hacer atractivas sus exportaciones, porque animar&iacute;a a sus industrias a invertir en la producci&oacute;n de bienes de consumo para el extranjero y, con ello, a emplear m&aacute;s trabajadores. El pa&iacute;s acumular&iacute;a divisas que podr&iacute;a invertir en el extranjero; la pol&iacute;tica que China ha seguido &uacute;ltimamente, con muy buenos resultados. Incluso tuvo palabras amables para las leyes sobre la usura y argument&oacute; que hab&iacute;an reducido las tasas de inter&eacute;s y con ello desalentado el atesoramiento. Defendi&oacute; un alto impuesto de sucesiones, razonando que elevar&iacute;a el consumo reduciendo la acumulaci&oacute;n para entregar herencias. (&iexcl;El argumento econ&oacute;mico est&aacute;ndar <i>contra </i>el impuesto de sucesi&oacute;n es id&eacute;ntico: alienta el consumo “derrochador”!)</p>     <p>Aunque en <i>La teor&iacute;a general</i> hay otras herej&iacute;as, junto a acertijos, oscuridades, cabos sueltos, confusiones, errores, exageraciones y abundantes anacronismos, no menoscaban la relevancia del libro para nuestros problemas actuales. Los economistas pueden haber olvidado <i>La teor&iacute;a general </i>y haber seguido adelante, pero la econom&iacute;a no la ha superado, y el modo informal de argumentaci&oacute;n del que es ejemplo puede iluminar rincones y grietas que est&aacute;n cerradas para las matem&aacute;ticas. La obra maestra de Keynes es muchas cosas, pero no es “pasada de moda”. As&iacute; que dejar&eacute; que un Gregory Mankiw contrito, que en noviembre de 2008 envi&oacute; una carta a <i>The New York Times</i> en medio de una econom&iacute;a que colapsaba, tenga la &uacute;ltima palabra:</p>     <blockquote>       <p>Si se tuviera que recurrir a un solo economista para entender los problemas que est&aacute; enfrentando la econom&iacute;a, no hay duda de que ese economista ser&iacute;a John Maynard Keynes. Aunque Keynes muri&oacute; hace m&aacute;s de medio siglo, su diagn&oacute;stico de las recesiones y de las depresiones sigue siendo el fundamento de la macroeconom&iacute;a moderna. Su profunda comprensi&oacute;n va muy lejos en la explicaci&oacute;n de los retos que hoy enfrentamos [...] Keynes escribi&oacute;: “los hombres pr&aacute;cticos, que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, suelen ser esclavos de alg&uacute;n economista difunto”. En 2008, ning&uacute;n economista difunto es m&aacute;s notable que Keynes.</p> </blockquote> </font>      ]]></body>
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