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<institution><![CDATA[,Docente, investigador y periodista  ]]></institution>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>&iquest;QU&Eacute; NOS MUEVE?</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">    <p align="center"><b>WHAT DRIVES US?</b></p>     <p align="left"><i>Carlos Fernando Rivera</i>*</p>     <p align="left">* Mag&iacute;ster en Teor&iacute;a y Pol&iacute;tica Econ&oacute;mica, docente investigador y periodista, Bogot&aacute;, Colombia &#91;<a href="mailto:carlosfrivera@yahoo.com">carlosfrivera@yahoo.com</a>&#93;. Fecha de recepci&oacute;n: 24 de marzo de 2011, fecha de modificaci&oacute;n: 15 de abril de 2011, fecha de aceptaci&oacute;n: 29 de abril de 2011.</p> <hr>     <blockquote>       <blockquote>         <p align="right"><i>No me mueve, Se&ntilde;or, para quererte    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>       el cielo que me tienes prometido    <br>       ni me mueve el infierno tan temido    <br>       para dejar por eso de ofenderte.</i></p>         <p align="right"><i>T&uacute; me mueves, Se&ntilde;or, mu&eacute;veme al verte    <br>     clavado en una cruz y escarnecido,    <br>     m&uacute;eveme al ver tu cuerpo tan herido,    <br>     mu&eacute;venme tus afrentas y tu muerte.</i></p>         <p align="right"><i>Mu&eacute;veme, en fin, tu amor de tal manera    <br>     que aunque no hubiera cielo yo te amara    <br>     y aunque no hubiera infierno te temiera.</i></p>         ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="right"><i>No me tienes que dar por que te quiera    <br>     porque aunque lo que espero no esperara    <br>     lo mismo que te quiero te quisiera</i>.</p>   </blockquote> </blockquote>     <p>As&iacute; or&oacute; en su soneto Teresa de &Aacute;vila, en un sabio destello de arte iluminado. Cuatro siglos despu&eacute;s, la exquisita cadencia del poema se conserva igualmente fresca, pero su sentido suscita en nuestros d&iacute;as renovado asombro.</p>     <p>Uno puede entender que, en su momento, este soneto debi&oacute; de ser apreciado como una hermosa muestra de la devoci&oacute;n incondicional de la santa, soslayando su tono airado y valiente, su asombrosa libertad, su impactante argumentaci&oacute;n y sus consecuencias teol&oacute;gicas; hoy es no s&oacute;lo posible sino indispensable valorar con justicia su contenido, cu&aacute;n preciado puede ser en la encrucijada espiritual del hombre contempor&aacute;neo.</p>     <p>En primer t&eacute;rmino &iquest;a qui&eacute;n habla Teresa? Ella lo dice: a Dios. Y ella sabe de Dios cuanto en su &eacute;poca le era dable saber a una monja ilustrada y de aguda inteligencia. As&iacute;, pues, hablando a Quien todo lo sabe, el suyo no es un discurso informativo; menos a&uacute;n explicativo o exhortativo: es reflexivo. En su oraci&oacute;n, medita, habla consigo misma en presencia de Dios, lo que da al lector plena confianza en la autenticidad que alienta esa voz po&eacute;tica que, por as&iacute; decirlo, habla bajo juramento.</p>     <p>&iquest;Y qu&eacute; dice? Que su amor es desinteresado: que no lo mueven ni el premio ni el castigo sino la compasi&oacute;n, la convicci&oacute;n profunda en la justicia, o, como dir&iacute;amos hoy, la solidaridad con el dolor del otro, que en el poema era nadie menos que el Otro, aqu&eacute;l que seg&uacute;n la doctrina, fue otro entre los mortales. Habremos de volver sobre este punto, que es, en esencia, el <i>quid</i> de nuestra reflexi&oacute;n.</p>     <p>&iquest;Y c&oacute;mo lo dice? Airada, libre, vehemente, clara y sin rodeos. Lo confirma su manera directa de abordar el asunto, sin ambages, con esa rotunda serie de negaciones. Pero ella se cuida de disipar, de lejos, toda duda sobre la declaraci&oacute;n que hace ante su Dios, cuando, al referirse al cielo, lo nombra con distancia, con total desapego: <i>el cielo que me tienes prometido.</i> &iquest;Por qu&eacute; lo glosa, no bastaba nombrarlo? Porque quiere denotar el fin instrumental de esa promesa: el cielo como premio, como contraprestaci&oacute;n. Igual que el fin instrumental del infierno como castigo, como amenaza. Tampoco aqu&iacute; ahorra sus palabras; al referirse al infierno, lo hace con desd&eacute;n: <i>tan temido.</i> Hay en Teresa una alta majestad moral que no transa su motivaci&oacute;n esencial en un toma y daca: no vende su bondad a ning&uacute;n precio, no cede en sus &iacute;ntimos designios ante amenaza alguna.</p>     <p>&iquest;Y para qu&eacute; lo dice? &iquest;Le habla a Jes&uacute;s para que escuche Pedro? &iquest;O habla a Jes&uacute;s aunque la escuche Pedro? &iexcl;Qui&eacute;n sabe! Acaso la brillante pensadora vio en la oraci&oacute;n, ya entonces, las arduas paradojas que siglos despu&eacute;s ocupar&iacute;an a respetables pensadores, laicos y religiosos, o tan solo hombres integrales: Jidu Krishnamurti o Khalil Gibr&aacute;n, Eugene Drewermann o Tony de Mello.</p>     <p>Pues &iquest;qu&eacute; es la oraci&oacute;n, en tanto com&uacute;nmente se la entiende? &iquest;No es la comunicaci&oacute;n de la creatura con su Creador, que todo lo puede, que todo lo sabe? Si esa es su esencia, habr&iacute;a que prestar mayor atenci&oacute;n al tono y al sentido de muchas oraciones consagradas; habr&iacute;a que limpiarlas de tanta exhortaci&oacute;n improcedente, de innecesarias argumentaciones, constancias o explicaciones, de tanto vestigio del intercambio comercial: <i>perd&oacute;nanos as&iacute; como nosotros perdonamos</i> -toma y daca-, y de otras expresiones semejantes.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Se entiende, es la huella del esp&iacute;ritu del capitalismo naciente en la liturgia del cristianismo en expansi&oacute;n. No nos extra&ntilde;a que los autores de los rezos incluyeran en ellos los principios de su doctrina, como complemento did&aacute;ctico de su pr&eacute;dica a las muchedumbres. La oraci&oacute;n, como todo lo humano, tiene el sello del tiempo; su tejido est&aacute; urdido con hilos de la historia, de las ansias, buenas y malas, de todas las &eacute;pocas, de los anhelos y temores de las comunidades que elevaron sus s&uacute;plicas por vez primera. &iquest;No motivaba al cura doctrinero que ense&ntilde;aba a rezar a los ind&iacute;genas, adem&aacute;s del deseo de difundir su fe, tambi&eacute;n el af&aacute;n de modelar sus conductas para hacerlas m&aacute;s compatibles con los fines de esa guerra expansiva que se llam&oacute; "la conquista"?</p>     <p>En muchas religiones que utilizan el rezo a&uacute;n quedan trazas del esquema oveja y pastor, se&ntilde;or y siervo, que ordenaba la vida colectiva en la &eacute;poca en que surgieron.</p>     <p>La conciencia fundamenta la &eacute;tica y orienta la conducta de los hombres. Y la religiosidad es una forma de conciencia. En la oraci&oacute;n quedaron el acto &iacute;ntimo y la manifestaci&oacute;n externa del ritual. &iquest;Hasta d&oacute;nde la capa externa del ritual -con sus ense&ntilde;anzas normativas y con su primitiva cosmovisi&oacute;n, que los te&oacute;logos acomodan al paso de la ciencia- prevalece sobre la vivencia de lo sagrado? &iquest;Hasta qu&eacute; punto esos recursos de argumentaci&oacute;n y adoctrinamiento usurpan la esencia de la religiosidad, la posibilidad de trascender sobre lo accidental, lo cambiante, lo contingente de la condici&oacute;n humana, la posibilidad de hermanarse con el otro?</p>     <p>Y si los fundamentos de cierta &eacute;tica se derrumban. si no nos mueven el para&iacute;so ni el infierno, bien sea porque se descarte su existencia (el Papa Juan Pablo II admite que el cielo y el infierno no existen como lugares en el espacio sino como estados del esp&iacute;ritu, y el Papa Benedicto XVI ve en el <i>big bang</i> el soplo divino de la creaci&oacute;n), o porque se rechace dignamente la alternativa del premio o el castigo, como lo hizo Teresa con valor admirable, en una &eacute;poca en la que esa declaraci&oacute;n pod&iacute;a costarle la vida, y se declare como m&oacute;vil de la &eacute;tica el bienestar com&uacute;n, el amor, la compasi&oacute;n, la solidaridad con el otro...</p>     <p>En estos d&iacute;as, cuando los destrozos del terremoto y del tsunami asuelan el Jap&oacute;n y sumen a su gente en el dolor y en la desolaci&oacute;n, algo en uno se frunce y lo sacude: la conciencia de ser hombres. En o casiones como &eacute;sta sentimos el v&iacute;nculo esencial con el resto de la especie, y surge de adentro un impulso vital, que no es parte del juego de intereses, que no es provocado por la expectativa de recibir ayuda ma&ntilde;ana cuando nos toque el turno, que no es alentado por una promesa ultraterrena.</p>     <p>Son d&iacute;as, tambi&eacute;n, cuando nos ofende la impotencia, no tanto ante las fuerzas naturales como ante las fuerzas ideol&oacute;gicas que nos atan y que determinan la forma como habitamos el planeta. En un d&iacute;a como estos, cuando por desgracia se derrumba la casa del vecino, le brindamos nuestra ayuda. Cuando vemos en el mapa esa delgada isla, cuando observamos los efectos de habitar esa m&oacute;vil fractura geol&oacute;gica en la que est&aacute; ubicada, es inevitable preguntarse: &iquest;qu&eacute; m&aacute;s les espera? Sabemos que el terremoto y el tsunami reaparecer&aacute;n, y que el pueblo japon&eacute;s, previsivo e impasible, los volver&aacute; a enfrentar con suma dignidad. Tambi&eacute;n sabemos que, propiamente hablando, no hay lugar de la Tierra invulnerable. Acaso descubramos la necesidad de una &eacute;tica conveniente no a una iglesia, no a una naci&oacute;n ni a un continente, sino a toda la especie. Acaso concedamos la raz&oacute;n a Hans K&uuml;ng y asumamos que no es posible una aldea global sin una &eacute;tica global.</p> </font>      ]]></body>
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