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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">          <p align="center"><font size="4"><b>El pecado en la Nueva Espa&ntilde;a</b></font></p>         <table width="580" border="0">   <tr>     <td width="18"><img src="img/revistas/frh/v19n1/v19n1a01fig5.gif"></td>     <td width="462">    <p><b><font size="-1">ENRIQUE NIETO ESTRADA, COORD. </font></b><font size="-1">    <br>   M&eacute;xico: Universidad Aut&oacute;noma del Estado de Hidalgo    <br>     2012 - ISBN: 9786074822984, 6074822980 - 262 pp.</font></p></td>   </tr> </table>     <p align="right"><b>ROGELIO JIM&Eacute;NEZ MARCE</b>    <br> <i>Universidad Iberoamericana, Puebla, M&eacute;xico</i></p> <hr size="1" />                <p>El pecado, en sus diversas manifestaciones, ha sido un objeto de estudio  privilegiado por los historiadores. Se debe aclarar, sin embargo, que en el  pasado no se usaba ese t&eacute;rmino para referirse a &eacute;l sino que se hablaba de <i>delitos</i>,  expresi&oacute;n que denotaba que se trataba de infracciones que atentabancontra  el orden divino y el humano. A trav&eacute;s de los procesos del Tribunal del Santo  Oficio de la Inquisici&oacute;n, se han podido conocer las diferentes transgresiones  y malos comportamientos en los que incurr&iacute;an los individuos, as&iacute; como los  mecanismos, tanto judiciales como punitivos, que se empleaban para reprimir  aquellas acciones que se consideraban nocivas para el resto de la colectividad.</p>     <p>El pecado no solo se consideraba un asunto teol&oacute;gico, sino que hund&iacute;a sus  ra&iacute;ces en la sociedad para darle un sentido normativo. Desde esta perspectiva,  es importante advertir que el pecado ten&iacute;a una doble connotaci&oacute;n: por un lado,  mostraba la fragilidad de la relaci&oacute;n que se establec&iacute;a con Dios y, por el  otro, evidenciaba una regulaci&oacute;n del comportamiento moral y social. La  introducci&oacute;n de la noci&oacute;n de <i>responsabilidad</i> y de una &eacute;tica cristiana  sustentada en el Dec&aacute;logo permiti&oacute; tener un mayor control de las acciones  individuales. Estos cambios, acaecidos en el siglo xiii, condujeron a una  reformulaci&oacute;n de los pecados, de tal manera que se transit&oacute; de una &eacute;tica social  y comunitaria a una introspectiva e individualista. Este hecho ser&iacute;a  fundamental, pues se crearon minuciosas clasificaciones de los pecados, de  acuerdo con las cuales tanto la palabra y el pensamiento como la acci&oacute;n y la  omisi&oacute;n pod&iacute;an ser objeto de persecuci&oacute;n.</p>     <p>Es  importante advertir que tales clasificaciones respond&iacute;an a las circunstancias  socioculturales, de modo que en algunos momentos cierto tipo de pecados alcanz&oacute;  predominio sobre los dem&aacute;s. Por ejemplo, la avaricia ocupaba    un lugar especial  dentro del orden moral, debido a que el desarrollo comercial de la Baja Edad  Media hab&iacute;a llevado a la consolidaci&oacute;n de una econom&iacute;a mercantil en la que el  dinero se convirti&oacute; en la medida de todas las cosas. Sin embargo, en el siglo  XVII, la lujuria desplaz&oacute; a la avaricia puesto que la represi&oacute;n de la  sexualidad se convirti&oacute; en uno de los objetivos prioritarios de la campa&ntilde;a de  moralizaci&oacute;n postridentina. As&iacute;, se establecieron cuatro categor&iacute;as de delitos  sexuales: la fornicaci&oacute;n, la bigamia, la solicitaci&oacute;n y la sodom&iacute;a. Lo  interesante del asunto es que estos pecados permitieron que las transgresiones  sexuales pasaran de ser una cuesti&oacute;n social de la que se ocupaba la justicia, a  ser un tema m&aacute;s propio de la esfera individual. No se debe pensar que la  Iglesia solo buscaba reprimir los comportamientos desviados; por el contrario,  instituy&oacute; una serie de mecanismos que ten&iacute;an por objeto restablecer la relaci&oacute;n  del hombre con Dios. Aunque la educaci&oacute;n de los fieles, sustentada tanto en lo  visual como en lo oral y lo escrito, pretend&iacute;a difundir las verdades  doctrinales con la intenci&oacute;n de lograr la cohesi&oacute;n social, la confesi&oacute;n ser&iacute;a  el instrumento que ayudar&iacute;a a la Iglesia a regir las conciencias, no solo por  medio de la absoluci&oacute;n de las faltas sino tambi&eacute;n por las posibilidades que  daba para ense&ntilde;ar los principios de la fe. En este sentido, el confesor  adquiri&oacute; un doble papel: el del censor social que procuraba erradicar el mal y  el del maestro que contribu&iacute;a a corregir los errores doctrinales.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Estas  ideas se encuentran presentes, de una u otra manera, en los diversos art&iacute;culos  que conforman <i>El pecado en la Nueva Espa&ntilde;a</i>. Este libro es producto de un  esfuerzo del coordinador, Enrique Nieto, por integrar los resultados de las  investigaciones que se presentaron en el simposio hom&oacute;nimo, que se llev&oacute; a cabo  en el marco del VII Congreso de la Investigaci&oacute;n Social en M&eacute;xico, organizado  por la Universidad Aut&oacute;noma del Estado de Hidalgo en 2011, as&iacute; como otros  trabajos relevantes en relaci&oacute;n con la tem&aacute;tica que se propuso en ese momento. <i>El  pecado en la Nueva Espa&ntilde;a</i> se compone de diez art&iacute;culos. Seis de ellos  analizan pecados de pensamiento (Jim&eacute;nez Marce), de palabra escrita (Ramos  Soriano), de idolatr&iacute;a (M&aacute;rquez Ram&iacute;rez), de lujuria (Villafuerte Garc&iacute;a), de  infidencia (Dur&aacute;n Sandoval) y de otras creencias (Hamui Sutton); los otros  cuatro se ocupan de textos que buscaban normar los comportamientos  transgresivos en materia de comercio (Nieto Estrada y Men&eacute;ndez Gonz&aacute;lez), de  estrategias para salvar el alma (Baz S&aacute;nchez) y de educaci&oacute;n visual sustentada  en el imaginario del infierno (Vergara Hern&aacute;ndez). Aunque las investigaciones  siguen distintos derroteros, se pueden encontrar algunos puntos en com&uacute;n cuya  menci&oacute;n es &uacute;til para reflexionar sobre los aportes del texto en cuesti&oacute;n: la interpretaci&oacute;n  del pecado en funci&oacute;n de la otredad, la comprensi&oacute;n del mismo como una ruptura  de la normatividad y el estudio de los mecanismos que se empleaban para  devolver a los pecadores al buen camino.</p>     <p>El ensayo de Silvia Hamui resulta de  particular inter&eacute;s, debido a que evidencia los procesos de inclusi&oacute;n y  exclusi&oacute;n en los que estaban insertos los jud&iacute;os, aunque esta situaci&oacute;n no  resultaba privativa de ese grupo sino que afectaba a todos los sectores  minoritarios que conformaban la sociedad novohispana. Tal era el caso de los  mulatos, considerados un peligro para la estabilidad social, pero al mismo  tiempo valorados por su capacidad para el trabajo. Una de las propuestas  relevantes del estudio de Hamui es que los jud&iacute;os invert&iacute;an el imaginario  cat&oacute;lico, pues no se consideraban pecadores sino que otorgaban esa valoraci&oacute;n a  los otros, es decir, a sus perseguidores. As&iacute;, el jud&iacute;o no solo realizaba una  reafirmaci&oacute;n de lo propio a partir de la presencia del otro, el cat&oacute;lico, sino  que le quitaba a este el argumento central para perseguir sus creencias, en  virtud de que pensaba que no hab&iacute;a cometido ning&uacute;n tipo de pecado y, por lo  mismo, no se lo pod&iacute;a juzgar como un infractor. En este sentido, el yo se  defin&iacute;a en funci&oacute;n de aquello que no era. Bajo este supuesto, el que los jud&iacute;os  blasfemaran, injuriaran a Cristo o se burlaran de los s&iacute;mbolos sagrados no  constitu&iacute;a un pecado grave, sino una manera de reafirmar sus principios, su  libre albedr&iacute;o y su identidad. Seg&uacute;n la concepci&oacute;n cristiana, la persecuci&oacute;n  del pecador era necesaria porque este transgred&iacute;a el orden religioso y social.  La acci&oacute;n delictuosa merec&iacute;a un castigo tanto en la vida presente como en el  m&aacute;s all&aacute;, de suerte que los pecadores sufrir&iacute;an penas de acuerdo a la gravedad  de sus pecados.</p>     <p>Se cre&iacute;a que los pecadores eran agentes  activos que amenazaban con premeditaci&oacute;n el orden natural y sagrado del mundo  debido a que se aislaban de la comunidad cristiana y del cuerpo de Cristo. El  discurso cristiano enfatizaba el papel del diablo como causante del mal, pero  sobre todo como el elemento que unificaba a los pecadores en su guerra contra  Dios y la humanidad. Cualquiera pod&iacute;a convertirse en servidor del demonio y,  por ello, cada uno deb&iacute;a temerse a s&iacute; mismo, pues el yo pod&iacute;a trocarse en el  otro. Transformar a los pecadores en siervos de Sat&aacute;n implicaba su  deshumanizaci&oacute;n, lo que ayudaba a verlos como organismos patol&oacute;gicos que deb&iacute;an  ser eliminados, pues ellos eran los causantes de los desordenes que asolaban al  mundo y que ocasionaban las desgracias de la humanidad.</p>     <p>La  tradici&oacute;n teol&oacute;gica mencionaba que el mundo estaba dividido en dos cuerpos: el  m&iacute;stico de Cristo, al que se adscrib&iacute;an los fieles, y el de Satan&aacute;s,    que estaba conformado  por paganos, jud&iacute;os, herejes, hechiceros y pecadores. Esta divisi&oacute;n mostraba el  mundo como un campo de batalla entre las fuerzas del bien y del mal. Si los  pecadores eran los agentes del demonio, deb&iacute;an ser eliminados para mantener el  equilibrio c&oacute;smico, con lo que no solo se justificaba el castigo de los  pecadores, sino tambi&eacute;n su exclusi&oacute;n del imaginario cristiano de la salvaci&oacute;n.  De acuerdo con lo anterior, resulta comprensible la existencia de diversos  instrumentos que buscaban que los hombres retornaran al buen camino. Ejemplo  de ello eran los libros conocidos como <i>despertadores cristianos</i>, que han  sido analizados por Sara Gabriela Baz. Esta autora plantea que en dichos libros  se utilizaba el temor como medio para inducir a los lectores a comportarse  cristianamente, bajo amenaza de correr el peligro de condenarse.</p>     <p>Los despertadores, al igual que las  representaciones visuales, buscaban ense&ntilde;arles a los fieles cristianos, como lo  hac&iacute;an las <i>Ars moriend<img src="img/revistas/frh/v19n1/v19n1a07for1.gif"></i>, el camino que deb&iacute;an seguir antes de que la  muerte los alcanzara, situaci&oacute;n que se volv&iacute;a primordial, pues se entend&iacute;a que  los hombres no solo ten&iacute;an una inclinaci&oacute;n connatural a pecar, sino que se  olvidaban de buscar los medios para salvarse. Como los despertadores intentaban  estimular las emociones del lector, recurr&iacute;an a im&aacute;genes y palabras que  generaran sentimientos de pena y dolor por las malas acciones cometidas. Este  tipo de libros no eran los &uacute;nicos que procuraban cambiar las conciencias;  exist&iacute;an otros (las <i>instrucciones de mercaderes</i>, por ejemplo), que son  analizados por Nieto y Mel&eacute;ndez, en los que se planteaban una serie de pautas  para corregir ciertas pr&aacute;cticas comerciales que, sin ser pecaminosas, pod&iacute;an  llegar a serlo. </p>     <p>Algunos  sectores de la Iglesia consideraban que los libros eran instrumentos  privilegiados para transmitir principios de teolog&iacute;a moral a seglares no  cultivados, motivo por el que no se pod&iacute;a permitir que existieran textos que  cuestionaran las costumbres y la moral establecida. Ante tal hecho, como lo  refiere en su art&iacute;culo Ramos Soriano, fue necesario que la Inquisici&oacute;n  estableciera la censura de libros con la idea de evitar que se difundieran  aquellos saberes que no estaban permitidos. La Iglesia era la &uacute;nica autorizada  para definir lo que se deb&iacute;a creer, pues se dec&iacute;a que ella hab&iacute;a recibido el  conocimiento sobrenatural que Dios hab&iacute;a revelado. Dudar de la fe implicaba un  agravio en contra de Dios y un menosprecio de las otras virtudes teologales. </p>     <p>Ahora  bien, las autoridades eclesi&aacute;sticas buscaban que la concepci&oacute;n del pecado se  convirtiera, entre otras cosas, en un mecanismo de control de las acciones,  pero, como se advierte en varios de los art&iacute;culos, el discurso moral que  sustentaba la creencia estaba alejado de la situaci&oacute;n social y cultural que se  viv&iacute;a. </p>     <p>Un ejemplo de lo  anterior se encuentra en el trabajo de Lourdes Villafuerte, que muestra que se  crearon diferentes mecanismos para tratar de restringir el pecado de la  lujuria, pues la concepci&oacute;n moral y social imperante consideraba la virginidad  como un bien preciado que permit&iacute;a comprobar la estricta vigilancia que los  padres hab&iacute;an ejercido sobre las acciones de sus hijas, adem&aacute;s de que  evidenciaba que las buenas conductas pod&iacute;an triunfar sobre el placer sexual  desordenado. Es de advertir que el discurso de la represi&oacute;n de la sexualidad se  limitaba al &aacute;mbito de las mujeres. Los casos presentados en la investigaci&oacute;n de  Villafuerte, al igual que los que aparecen en otros art&iacute;culos, como el de  Jim&eacute;nez Marce, reflejan que las reglas morales y sociales no se cumpl&iacute;an al pie  de la letra. Con la intenci&oacute;n de ejercer una mayor presi&oacute;n sobre los  infractores, el discurso religioso enfatiz&oacute; que un pecado pod&iacute;a ser causante de  mayores desgracias y hasta se lleg&oacute; a plantear que exist&iacute;a, por denominarla de  alguna manera, una <i>cadena</i> <i>de pecados </i>que comenzaba en el  pensamiento, que llevaba de manera inevitablea la acci&oacute;n y, con ello, a  la incursi&oacute;n en el pecado. En este sentido, reprimir el pensamiento se  convert&iacute;a en una premisa para lograr un buen comportamiento. </p>     <p>Es  de destacar que el miedo al m&aacute;s all&aacute; se convirti&oacute; en uno de los puntos  centrales de la predicaci&oacute;n, lo que se explica por el hecho de que, en los  periodos de renovaci&oacute;n moral, los te&oacute;logos acentuaban la crueldad de los  castigos que ser&iacute;an aplicados en la otra vida, tal como se observa en el texto  de Arturo Vergara a la luz de las representaciones del infierno plasmadas en  una iglesia situada en un medio agreste como lo es Xoxoteco, en el estado de  Hidalgo. Vergara se&ntilde;ala que los murales sobre el infierno fueron utilizados por  los agustinos no solo como una forma de adoctrinar a los ind&iacute;genas, sino  tambi&eacute;n con la intenci&oacute;n de lograr el control de los otom&iacute;es, que continuaban  con sus antiguas pr&aacute;cticas idol&aacute;tricas, situaci&oacute;n que se observa igualmente en  el caso de Tlaxcala, como lo indica el texto de M&aacute;rquez Ram&iacute;rez. Aunque los  religiosos estaban convencidos de que la supresi&oacute;n de las religiones ind&iacute;genas  resultaba fundamental para su transformaci&oacute;n cultural, lo cierto es que el  proceso result&oacute; azaroso y no siempre se logr&oacute; el cometido. De ello dan fe los  escritos de Hernando Ruiz de Alarc&oacute;n y de Jacinto de la Serna, que buscaron  extirpar las pr&aacute;cticas idol&aacute;tricas en otras regiones del Virreinato de la Nueva  Espa&ntilde;a. El que los murales y los libros de Ruiz de Alarc&oacute;n y De la Serna  hubieran sido realizados en las primeras d&eacute;cadas del siglo XVII evidencia que  la ense&ntilde;anza de la doctrina cristiana no hab&iacute;a rendido los frutos esperados. </p>     <p>Considero  que el mayor aporte de este libro es mostrar que el estudio de las pr&aacute;cticas  pecaminosas, o delictuosas, todav&iacute;a puede arrojar pistas novedosas  y que el tema no se ha agotado, sino que, por el contrario, los viejos  problemas deben ser abordados con nuevas preguntas y enfoques metodol&oacute;gicos.  Quiz&aacute;s lo &uacute;nico que se puede criticar a la obra es la inclusi&oacute;n del texto de  Felipe Dur&aacute;n, cuyo an&aacute;lisis no da cuenta de la importancia que el pecado de la  infidencia ten&iacute;a en un contexto dominado por la guerra. La infidencia  constitu&iacute;a un pecado mayor en cuanto cuestionaba las estructuras de gobierno  instituidas por la divinidad.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Para  finalizar, quiero mencionar que este libro ayuda a pensar en la manera en la  que el pecado se erigi&oacute; como uno de los elementos centrales de un sistema  normativo que buscaba controlar las actividades individuales. </p> </font>      ]]></body>
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