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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Introduction: This paper portrays a reflection on psychotherapy and its influence on the construction of a happier life. Objective: The paper considers a topic not too worked in the therapeutic environment, but that is vital for patients in their everyday life. Method: A theoretical analysis of concepts such as “think”, “take care”, “happiness” and “hope” is done. Results and conclusion: Therapy contributes to the happiness of patients in the measure that therapy allows them to enjoy, to know and to act.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font size="2" face="verdana">     <p><b>    <center><font size="4">Terapia y felicidad</font></center></b></p>     <p><b>    <center><font size="3">Therapy and Happiness</font></center></b></p>     <p>    <center>Jos&eacute; Antonio Garciand&iacute;a Imaz<sup>1</sup> Claudia Marcela Rozo<sup>2</sup></center></p>     <p><sup>1</sup> M&eacute;dico psiquiatra. Profesor asociado del Departamento de Psiquiatr&iacute;a y Departamento   de Medicina Preventiva y Social, Facultad de Medicina, Pontificia Universidad Javeriana.<a href="mailto:jose_garciandia@hotmail.com">jose_garciandia@hotmail.com</a>    <br>   <sup>2</sup> Terapeuta ocupacional. Directora de Terapia Ocupacional de la Facultad de Rehabilitaci &oacute;n, Colegio Mayor del Rosario.</p> <hr size="1">     <p><b>Resumen</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>  <i>Introducci&oacute;n</i>: en este art&iacute;culo se lleva a cabo una reflexi&oacute;n sobre la terapia y su influencia en   la construcci&oacute;n de una vida m&aacute;s feliz. <i>Objetivo</i>: abordar un tema poco trabajado en el &aacute;mbito   de la terapia, pero que es vital para la vida cotidiana de los pacientes.<i> M&eacute;todo</i>: un an&aacute;lisis   te&oacute;rico de conceptos como pensar, cuidar, felicidad y esperanza. <i>Resultados y conclusiones</i>:   se plantea la terapia como un ejercicio que contribuye a la felicidad de los pacientes en la   medida en que les propicia poder gozar, saber y actuar. La terapia tiene como funci&oacute;n   b&aacute;sica lograr que las personas sean o intenten ser m&aacute;s felices en sus vidas eliminando la   esperanza y accediendo a gozar, saber y poder actuar en sus existencias.</p>     <p><b> Palabras clave</b>: terapia, felicidad, cuidado.</p> <hr size="1">     <p><b>Abstract</b></p>     <p>  Introduction: This paper portrays a reflection on psychotherapy and its influence on the   construction of a happier life. Objective: The paper considers a topic not too worked in the   therapeutic environment, but that is vital for patients in their everyday life. Method: A theoretical   analysis of concepts such as &#147;think&#148;, &#147;take care&#148;, &#147;happiness&#148; and &#147;hope&#148; is done.   Results and conclusion: Therapy contributes to the happiness of patients in the measure   that therapy allows them to enjoy, to know and to act.</p>     <p>  <b>Key Words</b>: Therapy, happiness, care.</p> <hr size="1">     <p><i>Y me siguen a miles pregunt&aacute;ndome d&oacute;nde est&aacute; el camino   que lleva al beneficio, los unos requiriendo vaticinios,   los otros para las enfermedades m&aacute;s diversas   buscan escuchar una palabra curativa.</i> Emp&eacute;docles de Agrigento</p>     <p><b><font size="3">Introducci&oacute;n</font></b></p>     <p>&iquest;Por qu&eacute; hablar de la felicidad?   Desde los albores de los tiempos, los   seres humanos han tenido la intenci   &oacute;n de acceder a la felicidad. Prueba   de ello es que f&aacute;cilmente encontramos   en la historia de la filosof&iacute;a pensadores   interesados en la felicidad,   as&iacute; sea una apor&iacute;a en la que se&ntilde;alan   el desgarramiento de sus almas. Todas   las personas quieren ser felices,   incluso aquellas que nunca lo han   sido y desean terminar con una existencia   dura y de sufrimiento, como los suicidas.</p>     <p>Podemos preguntarnos por qu&eacute;   las personas buscan la ayuda de la   psicoterapia, qu&eacute; los mueve. La   mayor&iacute;a de quienes acceden a la   consulta de psicoterapia padecen y   no son felices o no saben qu&eacute; hacer   para serlo o, al menos, intentarlo.   Con frecuencia no existe una intenci   &oacute;n clara, se trata de una queja   inespec&iacute;fica sobre la infelicidad que   viven. Por ello consideramos importante   una reflexi&oacute;n sobre el quehacer   psicoterap&eacute;utico, m&aacute;s all&aacute; de su   condici&oacute;n t&eacute;cnica; as&iacute; como sobre   otros tipos de intervenci&oacute;n terap&eacute;utica,   cuyo prop&oacute;sito es facilitar a las   personas el logro de la independencia y su propio desarrollo personal.</p>     <p>Hemos identificado el rol terap   &eacute;utico y la manera de ser terapeuta   (utilizamos este t&eacute;rmino en   sentido gen&eacute;rico) con tres formas   b&aacute;sicas que engloban los diferentes   matices del acto terap&eacute;utico: (i) el   terapeuta como un lavadero de conciencias,   que calma y tranquiliza,   como una caneca o basurero donde   los individuos &#145;defecan&#146; y &#145;vomitan&#146;   hasta eliminar por completo sus malestares;   (ii) como un agente inductor   de cambios, y (iii) como un medio   para el conocimiento profundo de s&iacute;   mismo. Estos tres estilos de terapeuta   tienen un elemento com&uacute;n: el terapeuta   como aquel que ense&ntilde;a a   pensar y a pensarse, es decir, el que   ense&ntilde;a a cuidar y a cuidarse. Sin   embargo, la palabra felicidad no parece   estar presente en la mayor&iacute;a de   los escritos de psicoterapia o de otro   tipo de terapias. Hablar de ella es   inconveniente, no tiene cabida o suscita   cierta distancia entre los terapeutas.   &iquest;Existe alguna relaci&oacute;n entre   terapia y felicidad? Nos proponemos   en este art&iacute;culo reflexionar sobre algunos   aspectos importantes de la   terapia, como son el cuidar, el pensar,   el saber, la felicidad y la trasformaci&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Los cuidados del cuidador</b></p>     <p>Comenzamos con esta reflexi&oacute;n   sobre los cuidados del cuidador, porque   en esencia el trabajo terap&eacute;utico,   independientemente del que sea,   pasa por propiciar cuidados hacia   otro que padece. Si alguna relaci&oacute;n   es inicialmente terap&eacute;utica es la relaci   &oacute;n materna, y &eacute;sta se hace con   cuidado y cuidados. Una madre cuida   de aquel que no puede valerse por s&iacute; mismo, le prodiga m&uacute;ltiples cuidados para su existencia durante esos primeros a&ntilde;os en los que, desvalido, inicia sus primeros pasos. Cualquier relaci&oacute;n terap&eacute;utica no deja de tener ecos de esta primera relaci&oacute;n en la cual todo ser humano ha tenido alguna experiencia. Los pacientes, en su angustia y sufrimiento, acuden al terapeuta en busca de cuidado, de que se les pongan cuidado a sus padecimientos.</p>     <p>El cuidado, como primer acto   terap&eacute;utico, tiene en sus sentidos   (provenientes de la palabra cuidar),   el vigilar, el proteger, el poner diligencia,   el esmero, la atenci&oacute;n en   algo o alguien, lo cual lo hace de   importancia para todo aquel dedicado   al mundo de la terapia. Al fin   y al cabo, podemos definir toda terapia   como la b&uacute;squeda de cuidados   a partir de la relaci&oacute;n con otro.   Ser cuidado u objeto de cuidados es   el deseo de todo aquel que quiere una terapia.</p>     <p>Si hacemos un recorrido   etimol&oacute;gico por la palabra, encontramos   un derivado como el t&eacute;rmino   cuido, que en algunas regiones   de Latinoam&eacute;rica se refiere a la pastura   seca utilizada para alimentar   el ganado, lo cual tiene otra acepci   &oacute;n en la pen&iacute;nsula Ib&eacute;rica, donde   a esa misma pastura y alimento concentrado   para los animales se denomina   pienso. Por lo tanto, pienso   y cuidado son alimento y denotan   un car&aacute;cter de solicitud y atenci&oacute;n   hacia otro. Expresan una preocupaci   &oacute;n alimenticia, de nutrici&oacute;n, y   mantienen un sentido relacional que   siempre evocar&aacute; la primera relaci&oacute;n,   el amamantamiento. Esto nos permite   explorar qu&eacute; relaci&oacute;n existe   entre cuidar y pensar, qu&eacute; hace que   ambas palabras se utilicen para significar un acto de nutrici&oacute;n.</p>     <p>En sentido general, pensar se   entiende como el acto de formarse   ideas en la mente, reflexionar, aun   cuando tiene otras acepciones, como   dar pienso a los animales, dar de   comer a las personas, cuidar de la   manutenci&oacute;n y de todas las cosas   necesarias a una persona. En su   origen est&aacute; la palabra latina   pensare, con significados como pesar   con el sentido de dolor, pender   en el sentido de algo que cuelga y   discurrir como proceso de tener pensamientos.   El contenido relacional   de pensar queda claramente establecido   en su sentido, sobre todo nutricio, que la conecta con el cuidado.</p>     <p>Cuidar, que es poner cuidado,   asistir, conservar, tambi&eacute;n se conecta   con otros sentidos como mirar por   la salud, darse buena vida, querer,   desear, discurrir, pensar. No obstante,   nos interesa el &uacute;ltimo sentido,   que ha sido heredado a trav&eacute;s   de la palabra coidar, en castellano   antiguo. Entre los siglos XII a XIV,   ten&iacute;a el sentido de pensar e imaginar,   como lo muestra el Cantar del   Mio Cid, y hacia el siglo XVIII a&uacute;n   conservaba el sentido de creer.   Coidar, a su vez proveniente del t&eacute;rmino latino cogitare, asume los sentidos de considerar cabalmente, pensar, meditar, reflexionar, ocuparse mentalmente. Pero m&aacute;s all&aacute; de eso, el cogitare latino, ten&iacute;a el sentido de agitar el esp&iacute;ritu.</p>     <p>Como puede apreciarse, tanto   cuidar como pensar, en castellano   antiguo, pose&iacute;an un car&aacute;cter eminentemente   relacional nutricio, pero adem   &aacute;s un sentido de actividad mental   (que, como dice Bateson, es un fen&oacute;-   meno social). Cuidar es pensar y pensar   es cuidar. &#147;Piensa en m&iacute;&#148;, decimos   a alguien cuando deseamos que nos   recuerde, que nos acaricie y cuide en   su pensamiento. &#147;Cu&iacute;date&#148;, decimos   a alguien cuando queremos decir   &#147;piensa en ti&#148;. O decimos &#147;&iquest;me has   pensado?&#148;, cuando queremos conocer si nos ha cuidado en su mente.</p>     <p>El pensar se hace, por lo tanto,   como un cuidado con relaci&oacute;n   a otro, por &eacute;ste y para &eacute;ste, lo cual   es notable en las ideas de Bion, al   referirse a la relaci&oacute;n temprana   madre-beb&eacute;. Es clara la ecuaci&oacute;n   pensar-cuidar cuando muestra que   el pensamiento en el ni&ntilde;o (la funci   &oacute;n de pensar) emerge en medio   de los cuidados y la relaci&oacute;n con la   madre. Los elementos angustiosos   beta del beb&eacute; son acogidos por la   funci&oacute;n contenedora y metabolizadora   de la madre (la funci&oacute;n alfa),   para transformar esos elementos   betaabrumadores, incomprensibles   e incontenibles en esbozos   simb&oacute;licos que podr&aacute;n dar paso a   los contenidos mentales y a los pensamientos.</p>     <p>En la relaci&oacute;n inicial madrebeb   &eacute; se nutre y se piensa, se cuida   y se piensa. La leche no viene sola,   llega cargada de pensamiento a trav   &eacute;s de ese primer contacto con el   mundo extrauterino, donde la madre,   como primer cuidador, nutre y   piensa. En este punto cuidar/pensar   se nos presenta como un fen&oacute;-   meno relacional que est&aacute; en la   esencia de cualquier proceso terap   &eacute;utico. Por lo tanto, pudiera decirse   que el primer cuidado del   cuidador ha de ser pensar, tanto en   el sentido de discurrir como el acto   de tener pensamientos, por ejemplo,   cuidar en el sentido profundo de   agitar el esp&iacute;ritu, de remover la interioridad del paciente.</p>     <p>Las personas con padecimientos   van a la terapia a pensar, porque   los padecimientos dificultan   pensar y cuidarse, a&iacute;slan del mundo   y retrotraen al individuo a los l&iacute;-   mites de s&iacute; mismo, encerr&aacute;ndolo en   su propia prisi&oacute;n de incomprensiones.   El acto terap&eacute;utico, independientemente   del que sea, es un   ejercicio de pensar /cuidar que se   articula en la vida de las personas   con padecimientos, como un v&iacute;nculo   con el mundo y consigo mismo a   trav&eacute;s de otro que agita el esp&iacute;ritu   (coagitare) y lo lleva adelante con &eacute;l   (co/con, agitare/llevar adelante).   Podemos as&iacute; equiparar al cuidador,   pensador y al terapeuta, todos ellos cuidan y piensan.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Pero, &iquest;qu&eacute; pretenden al hacerlo? Intentan que quien est&aacute; en relaci&oacute;n con ellos sea m&aacute;s feliz de lo que es. Si el primer cuidado ha de ser pensar, este pensar tiene una finalidad. Quien padece quiere tener y darse una buena vida, propiciarse la felicidad de la cual carece porque el sufrimiento se la roba cotidianamente, con la angustia, la ansiedad, la obsesi&oacute;n, el delirio, con los s&iacute;ntomas instalados en el inquilinato de su existencia. Por ello la terapia, enfocada como est&aacute; hacia una mejor vida, puede ser un camino hacia la felicidad perdida. Porque los pacientes son personas infelices que quieren ser felices.</p>     <p>Esto parece excesivo y pretencioso,   pero &iquest;no queremos todos ser   felices? Si la terapia es insuficiente   para hacer m&aacute;s feliz a quien se somete   a ella, entonces no sirve para   nada y es un sinsentido. Al fin y al   cabo, quienes buscan ayuda de otro   es porque solos no gozan, no saben,   no pueden acceder a la felicidad. Y   &iquest;qu&eacute; es la felicidad?, nos preguntamos.   En principio, es otro de los   cuidados del cuidador, pensar la   felicidad, es donde debe poner cuidado, atenci&oacute;n, pensamientos.</p>     <p><b>Sobre la felicidad</b></p>     <p><i>¿Qu&eacute; es?</i></p>     <p>Nadie con exactitud parece saberlo,   pareciera un sacrilegio hablar   de ella, m&aacute;s en estos tiempos en que, como dice J. L. Trueba:</p>     <p>La felicidad es esquiva para la mayor   &iacute;a de los hombres. El mundo se   presenta las m&aacute;s de las veces, ante   los seres humanos como un espacio   donde solo tienen salida la violencia,   la lucha, el odio, la intolerancia   y la competencia feroz, y   justo por ello, la posibilidad de acceder   a la felicidad se ve cancelada a cada instante. (1)</p>     <p>Parecemos destinados al sufrimiento   y la infelicidad. La felicidad   y el placer s&oacute;lo son breves y escuetos   resplandores en una vida tapizada   de sombras; sin embargo, cada   d&iacute;a emulamos a S&iacute;sifo en un permanente,   inquebrantable y a veces   absurdo intento por la felicidad, aun   en peque&ntilde;as dosis. Los seres humanos   somos adictos a la felicidad y   como dice B. Russell &#147;los seres humanos   desde el principio de los tiempos   hemos pretendido conquistar la   felicidad&#148;. Esto ha sido una preocupaci   &oacute;n constante de la filosof&iacute;a, que   ha generado r&iacute;os de tinta porque   pocos fil&oacute;sofos se han abstenido de   escribir algo sobre la felicidad. Las   personas que padecen no son una   excepci&oacute;n, tambi&eacute;n ellos quieren ser   m&aacute;s felices. No obstante, los terapeutas   apenas hemos hablado de ello.</p>     <p><i>&iquest;Qu&eacute; es ser feliz?</i></p>     <p>Deber&iacute;amos preguntarnos sobre   la felicidad, el ser feliz o el estar feliz.   En estos tiempos, puede parecer   cursi, poco elegante o pat&eacute;ticamente   ingenuo hablar de felicidad y, mucho m&aacute;s, de felicidad y terapia.</p>     <p>Feliz decimos de aquel que est&aacute; contento,   dichoso, que muestra placer,   que siente gusto, que es acertado,   oportuno y afortunado. En su origen   latino, felix hace referencia a feliz,   a lo favorable y a lo favorecido   por los dioses. Esta palabra, en un   comienzo, significaba fruct&iacute;fero, f&eacute;rtil,   pero su origen es indoeuropeo   dhe-l-ik, la que amamanta, que a su vez deriva de dhei, mamar y amamantar.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El ser feliz, por lo tanto, emerge   en nuestra cultura como lo relacionado   con las funciones nutricias y   se asocia con los t&eacute;rminos empleados   anteriormente, cuidar y pensar.   Las tres palabras (<i>cuidar, pensar,   feliz</i>) evocan la acci&oacute;n de alimentar,   la primera relaci&oacute;n a la que   todo ser humano se expone en el   mundo al cual llega. Esto establece   sugestivas conexiones entre el   terapeuta y su paciente, porque un   terapeuta necesita cuidar, pensar,   amamantar (feliz) y ser f&eacute;rtil en el   frecuentemente &aacute;rido territorio de los pacientes.</p>     <p><i>&iquest;Qui&eacute;n no quiere ser feliz?</i></p>     <p>A pesar de ser la felicidad uno   de los m&aacute;s frecuentados objetos de   reflexi&oacute;n, parece proscrito del &aacute;mbito   de la terapia. Quiz&aacute;s el hecho de   estar nadando siempre entre el sufrimiento   haya hecho que la felicidad   no sea un tema importante, no   al menos m&aacute;s que dejar de padecer.   Nos hemos acostumbrado a ser terapeutas   de formas diferentes: terapeuta   lavadero donde van las personas   a dejar sus culpas y de paso a   lavar su conciencia, en la b&uacute;squeda   de calmarse y lograr cierta tranquilidad.   El terapeuta caneca o basurero,   sobre el cual caen las personas   para desembarazarse de todas sus   incomodidades y molestias; el terapeuta   inductor de cambio, del cual   las personas exigen actos m&aacute;gicos y   divinos que los liberen milagrosamente   de sus padecimientos, y el   terapeuta testigo, que asiste simplemente   a un proceso como convidado   de piedra. Sin embargo, deber&iacute;a haber   otra v&iacute;a posible para la terapia,   la de pensar y cuidar, la de pensarse   y cuidarse para la buena vida, la   sabidur&iacute;a (saber vivir) y la felicidad   (fertilidad). Entonces, podemos definir   la terapia como una actividad que   mediante la conversaci&oacute;n (versar   con) nos facilita una vida feliz. Es   decir, una actividad conversatoria   que tiene como su objeto la existencia   de una persona y su objetivo es   la felicidad, con un medio que es la   sabidur&iacute;a. Parafraseando a Comte-   Sponville (2), es un pensar, cuidar, saber para vivir mejor.</p>     <p>Si nos preguntamos qu&eacute; es lo   importante en la psicoterapia, pensamos   que es fundamental obtener   en el proceso una sabidur&iacute;a para la   vida cotidiana. Agnes Heller afirma   que &#147;la unidad de la personalidad   se realiza en la vida cotidiana, representado   en el contenido esencial de la vida, para la mayor&iacute;a de la las personas la vida cotidiana es la &#147;vida&#148; (3). &iquest;Qu&eacute; significa esto? La psicoterapia debe servir para aprender a vivir, un aprender a vivir diferente al que posibilita la patolog&iacute;a. Nuestros pacientes tienen esencialmente enormes dificultades para vivir sus existencias porque los padecimientos interfieren de manera coartante para lograr disfrutar de sus vidas cotidianas.</p>     <p>Al fin y al cabo, vivir es la vida   cotidiana. Por ello acuden, as&iacute; no lo   puedan explicitar, en la b&uacute;squeda   de un aprendizaje para saber vivir,   antes de que sea tarde o demasiado   tarde. Adem&aacute;s, es importante mencionar   c&oacute;mo existen formas de terapia   que utilizan la cotidianidad del   paciente como medio y objetivo de   intervenci&oacute;n a fin de facilitar la existencia de las personas.</p>     <p>Felicidad y sabidur&iacute;a mantienen   una relaci&oacute;n estrecha a lo largo de   la historia de las reflexiones, que   sobre la primera se han hecho en la   filosof&iacute;a. No es gratuito, si la felicidad   etimol&oacute;gicamente nos lleva a la   boca de la mano del mamar y amamantar,   la sabidur&iacute;a de nuevo nos   retorna a la oralidad. Saber, del lat   &iacute;n sapere (saborear), nos catapulta   al pasado m&aacute;s arcaico de nuestra   infancia, al encuentro del primer   sabor, el de la leche materna y, por   lo tanto, a nuestro primer saber sobre   el mundo que habitamos. Porque   en el saborear se instaura el   conocimiento que nos lleva al saber.   Y el primer sabor, probablemente el   m&aacute;s feliz, sea el de la leche materna,   que se constituye en el primer   saber que produce felicidad, porque   mamar es un deseo satisfecho al   igual que lo es amamantar; ah&iacute; en   el mamar y en el amamantar hay   un encuentro donde se construye un   saber vivir, un disfrutar pleno de la   existencia y de la vida, una felicidad.   &iquest;Qui&eacute;n no mira con a&ntilde;oranza   la escena de una madre y su beb&eacute;   en amamantamiento? Y al mirar &iquest;no   percibe, as&iacute; sea fugazmente, la sensaci   &oacute;n de que en ese momento hay   alguien que es profunda e intensamente feliz?</p>     <p>Por ello, tambi&eacute;n nada m&aacute;s terap   &eacute;utico que esa relaci&oacute;n madrebeb   &eacute; y nada m&aacute;s patol&oacute;gico que la   relaci&oacute;n madre-beb&eacute; cuando se da   en condiciones en las que no se puede   garantizar como un encuentro   para la felicidad. &iquest;C&oacute;mo tener en   cuenta entonces esta relaci&oacute;n a fin   de que sea un modelo matriz para   la terapia? Al igual que en el amamantamiento,   donde confluyen la   sabidur&iacute;a y la felicidad, tambi&eacute;n   estas dos condiciones est&aacute;n en los   objetivos de la terapia. En la terapia   buscamos la felicidad por medio   de una sabidur&iacute;a que es de uno   mismo, porque el paciente va, entre   otras cosas, a saber m&aacute;s de s&iacute; mismo,   a saborear su felicidad, porque   la felicidad s&oacute;lo puede estar dentro   de nosotros mismos, como dec&iacute;a   Epicuro. Por ello la filosof&iacute;a afirma,   a trav&eacute;s de los tiempos, que el sabio es feliz.</p>     <p>La sabidur&iacute;a, que es un poder   saborear la felicidad, no se trata de   una felicidad cualquiera, no al menos   como la que puede producir una   droga, bien sea un psicodisl&eacute;ptico o   un f&aacute;rmaco. Hace algunos a&ntilde;os,   cuando comenzaron a salir los nuevos   antidepresivos, a uno de ellos   se le denomin&oacute; la pastilla de la felicidad,   como un alarde omnipotente   desde la ciencia. No creemos que   podamos llamar sabidur&iacute;a a esa felicidad   que emana de remover,   reactivar, agitar la serotonina, la   dopamina, la noradrenaliana y otros   neurotransmisores, al fin y al cabo   siempre han estado ah&iacute; disponibles   en cualquier momento, a veces en   mayor y otras en menor cantidad.   De hecho, logramos subir la serotonina,   la noradrenalina, la dopamina   a los deprimidos, los esquizofr&eacute;nicos   y no por ello logramos que sean felices,   quiz&aacute;s conseguimos que sean   menos infelices, pero no por ello son m&aacute;s felices.</p>     <p>La felicidad de la terapia no se   obtiene por medio de una droga,   falacias, ilusiones, actividades recreativas,   entre otras; se obtiene de   la verdad, no en el sentido gen&eacute;rico,   sino en el de la verdad individual,   que es la &uacute;nica verdad &uacute;til   para la persona. Ese saber o sabidur   &iacute;a de la propia verdad genera un   gozo, un gozar de s&iacute; mismo, de saberse   y saborearse a s&iacute; mismo que   es, sin lugar a dudas, un profundo   contacto con la felicidad, con la propia   fertilidad, que es la mayor manifestaci &oacute;n de la creatividad.</p>     <p><b>Sobre la terapia</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Si la psicoterapia no nos ayuda   a ser felices o a ser menos desgraciados,   &iquest;cu&aacute;l es su sentido? &iquest;Para   qu&eacute; entonces? No s&oacute;lo requiere que   el que padece deje de padecer. Si esa   fuere la finalidad de un proceso terap   &eacute;utico, estar&iacute;amos a medio camino   de la verdadera sustancia de   la psicoterapia, porque dejar de padecer   no es suficiente para vivir,   adem&aacute;s es importante ser feliz, independientemente   de lo que se entienda   por felicidad. As&iacute;, podemos   hacer un intento por definir la terapia:   se trata de una actividad que por   medio de razonamientos, explicaciones,   aclaraciones, interpretaciones,   discursos, comprensiones y entendimientos,   a partir de conversaciones,   nos procura la posibilidad de vivir de   otra manera, una vida m&aacute;s feliz. De   esta forma tendr&iacute;a una finalidad que   orienta las conversaciones y reflexiones   de las personas que padecen a   lograr pensar mejor para vivir mejor,   a saber pensarse/cuidarse mejor y m&aacute;s claramente, con m&aacute;s luz.</p>     <p>La terapia debe conducir al   m&aacute;ximo de felicidad en la mayor   sabidur&iacute;a, con el m&aacute;ximo de lucidez.   Quienes se exponen a la terapia   buscan tambi&eacute;n una mayor   claridad sobre sus existencias, quieren   vivir, pero vivir con una gran   lucidez, es decir, con una clara conciencia.   Esta &uacute;ltima palabra, proveniente   de la expresi&oacute;n latina cum-scientia (con-conocimiento), implica un conocimiento que acompa- &ntilde;a nuestras impresiones y acciones. A su vez, el t&eacute;rmino latino mencionado procede de una traducci&oacute;n de la expresi&oacute;n syneidesis que los griegos utilizaban en el lenguaje popular desde el siglo V a. C., y aparece en las obras de S&oacute;crates, Eur&iacute;pides y Dem&oacute;crito con un sentido de conocimiento de la propia culpa.</p>     <p>Esta referencia a una conciencia   moral alud&iacute;a a un conocimiento   del pasado inicialmente, pero con el   transcurso del tiempo syneidesis   adquiere la significaci&oacute;n &eacute;tica de   una especie de estrella gu&iacute;a para la   conducta futura. La syneidesis tiene   la significaci&oacute;n de una relaci&oacute;n   cognoscitiva con, particularmente   con la culpa del propio sujeto, lo cual   lo hace m&aacute;s consciente de s&iacute; mismo,   pero ser consciente es un subproducto   del verbo latino con-sciere   que posee el significado de conocer juntos (4).</p>     <p>Un sentido interaccional, un   conocer junto a otros, compartido   con otros, que si inicialmente denotaba   un conocimiento social, poco   a poco con el tiempo fue derivando   hacia un conocimiento m&aacute;s restringido   a pocas personas, hasta que   finalmente se redujo a una sola persona,   y adquiere finalmente en la   Edad Media un car&aacute;cter privado,   individual. Y &iquest;no es ese el mismo   proceso de la terapia? El paciente y   el terapeuta, &iquest;se dedican a conocer   juntos? Ambos tratan de conocer en   un tiempo y espacio sagrados, construyen   conversaciones y de ellas   destila un conocimiento com&uacute;n,   compartido en sus encuentros peri   &oacute;dicos; pero en el transcurso del   tiempo, ese conocimiento se va &#145;decantando   &#146; de manera individual,   hasta que cada uno adquiere un   conocimiento de &eacute;l, su propia lucidez.   Pero sobre todo la terapia se   articula en la vida del paciente, en   un conocer juntos la propia verdad con lucidez.</p>     <p>Y la lucidez adquirida alumbra   la verdad, as&iacute; sea una verdadera   tristeza que, como dice Comte-   Sponville (2), es preferible a una falsa   alegr&iacute;a. En la terapia no se   miente, el terapeuta ante todo no   miente. Este es otro cuidado del   cuidador, no mentir, ni sobre la   vida, ni sobre uno mismo, ni sobre   la felicidad. Es coherente y, al serlo,   hace coherentes sus actos, sus palabras,   sus emociones. Es lo que   necesita el paciente, un lugar de   coherencia, porque sus padecimientos   son destellos de incoherencia   que se muestran en s&iacute;ntomas que   irrumpen en su vida cotidiana como   extra&ntilde;as cosas que no quiere padecer   pero se imponen. Muchas veces   incluso como respuestas incoherentes   que ha encontrado para resolver sus dificultades.</p>     <p>En este punto nos hacemos la   pregunta, &iquest;por qu&eacute; es necesaria la   terapia? &iquest;Necesitamos la terapia? En   medio del mestizaje de nuestra profesi   &oacute;n, el aspecto biol&oacute;gico ha adquirido una relevancia enorme, pues no podemos negar su trascendencia en el alivio de ciertos padecimientos. Sin embargo, sabemos que tiene limitaciones con la infelicidad y por ello la necesitamos, porque no somos felices, porque los pacientes no son felices, porque adem&aacute;s de que la vida es dura y el ser humano sufre mucho, al final siempre est&aacute; la muerte. Y todo hombre, por muy desahuciado que est&eacute;, as&iacute; quiera quitarse la vida, quiere ser feliz. La terapia es necesaria fundamentalmente porque los pacientes no son felices.</p>     <p>&iquest;Por qu&eacute; los pacientes no son   felices? Porque les falta la sabidur   &iacute;a sobre s&iacute; mismos, esa sabidur&iacute;a   para la vida cotidiana. La cotidianeidad   del paciente es infeliz, le falta   esa sabidur&iacute;a necesaria sobre s&iacute;   mismo que le permita aprender a   vivir, y vivir es la vida cotidiana, aqu&iacute;   y ahora. Pero a este paciente no le   hace falta saber vivir en sentido formal;   hace lo que le toca, puede ser   correcto, excelente ciudadano e incluso   ser un ejemplo de saber vivir   formalmente. Es en un sentido profundo   que, como dir&iacute;a Montaigne (5),   se trata de un saber vivir esta vida   bien y naturalmente y antes de que   sea demasiado tarde. Aunque nunca   es demasiado tarde para aprender   a vivir y ser feliz, ser&aacute; demasiado tarde siempre que no se haga nada.</p>     <p>Existe el mito de que hay pacientes   que no podr&aacute;n ser felices nunca.   Sus graves patolog&iacute;as se lo impedir   &aacute;n siempre, un esquizofr&eacute;nico, por   ejemplo. Sin embargo, por muy grave   que est&eacute; un paciente, quiere ser   feliz, vivir bien, saber vivir. Incluso,   como mencionamos antes, aquel que   quiere matarse, lo quiere hacer para   escapar a la desgracia que le impide   vivir bien. El paciente tiene un deseo   de felicidad, pero es un deseo   frustrado, truncado y la consecuencia   de esa frustraci&oacute;n son suced&aacute;-   neos que la imaginaci&oacute;n logra   construir para lograr la felicidad o al   menos huir de la infelicidad, en la   forma de un delirio, una obsesi&oacute;n,   una alucinaci&oacute;n, el insomnio y otros tantos s&iacute;ntomas.</p>     <p>El deseo de la felicidad es algo   que queremos todos, pero con frecuencia   se nos olvida que tambi&eacute;n   lo desean los pacientes. De modo tal   que esa es la parte de los seres humanos   que est&aacute; protegida contra la   locura, que no alcanza a ser contaminada   ni por el virus de la esquizofrenia,   ni de la neurosis, ni otras   formas de padecimientos, siempre   permanece en pie, esperando ser reconocida   y satisfecha. No s&oacute;lo desean   no estar enfermos, sino que desean   ser felices con enfermedad o sin &eacute;sta;   no es suficiente quitarles los s&iacute;ntomas,   que no est&eacute;n locos. No, ellos   tambi&eacute;n desean ser felices. Y ejemplos   hay, a pesar de sus enfermedades   (Van Gogh, Dal&iacute;, entre otros) hay   quienes logran adquirir una sabidur   &iacute;a de vivir la vida cotidiana, a trav   &eacute;s de la creaci&oacute;n que como veremos,   junto con el gozar y el saber conforman   la trilog&iacute;a necesaria para una vida feliz, para un saber vivir.</p>     <p>Sin embargo, el deseo de felicidad   tan caro a los seres humanos,   incluidos los pacientes, &iquest;c&oacute;mo se nos   presenta? De la forma m&aacute;s cruda en   que puede expresarse un deseo, en   la carencia. Porque el deseo es falta,   ausencia, vac&iacute;o; cuando se desea algo   es porque se carece de ello. El deseo   se establece como el punto de frontera   entre la felicidad y la infelicidad,   mientras lo tenga ser&aacute; porque carezco   y sufro, por lo tanto, no soy feliz.   Si lo tengo y lo satisfago, entonces   carezco de deseo, ser&eacute; feliz, porque deseo lo que tengo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Sobre el deseo</b></p>     <p>En este punto nos volvemos a   preguntar qu&eacute; es la felicidad, pero   no en un sentido gen&eacute;rico, como lo   hicimos antes. La pregunta est&aacute;   orientada hacia el contenido de la   felicidad, &iquest;qu&eacute; queremos decir con   felicidad? &iquest;Qu&eacute; deseamos y de qu&eacute;   carecemos? De inmediato surge una   respuesta contundente, la felicidad   es tener lo que se desea. Decimos   con frecuencia: &#147;&iexcl;Consegu&iacute; lo que   quer&iacute;a, estoy contento, satisfecho,   feliz!&#148;. Naturalmente, no todo lo que   se desea se puede tener, y esto podr   &iacute;a ser un argumento con relaci&oacute;n   a la imposibilidad de la felicidad. Sin   embargo, ser feliz implica poder, tener   y gozar buena parte de lo que se desea.</p>     <p>Claro que esto se convierte en   una situaci&oacute;n parad&oacute;jica, una de las   tantas en las que los seres humanos   vivimos. Si el deseo es carencia,   entonces s&oacute;lo deseamos lo que   no tenemos. Y si &uacute;nicamente deseamos   lo que no tenemos, entonces no   tenemos nunca lo que deseamos y,   por lo tanto, nunca seremos felices.   &iquest;Podemos equiparar la felicidad a un   deseo satisfecho? Quiz&aacute;s; sin embargo,   cuando un deseo es satisfecho,   deja de ser un deseo, en   realidad qued&oacute; en el pasado como   un deseo que estaba pero ya no est&aacute;.   Es decir, una vez satisfecho ya no   hay deseo. Pero cuando satisfago un   deseo, ya no deseo, era algo que   deseaba y ya no lo deseo. Tengo entonces   lo que deseaba, pero ser feliz   no es tener lo que se deseaba, sino   tener lo que se desea, lo que no se   tiene. Entonces &iquest;d&oacute;nde queda la felicidad?   Si ser feliz es tener lo que   se desea, ya lo tengo, pero el deseo   ya no est&aacute;, estaba, y ser feliz no es   tener lo que se deseaba como me   sucede ahora, entonces de nuevo ya   no soy feliz, porque no tengo lo que   deseo, me encuentro envuelto en   una situaci&oacute;n parad&oacute;jica. Y como en   toda paradoja, sea la que sea la respuesta   l&oacute;gica que se plantee, siempre permanecer&aacute; la frustraci&oacute;n.</p>     <p>Si deseamos lo que no tenemos,   padecemos la carencia. Si tenemos   lo que deseamos, desde ese   instante ya no deseamos y entonces,   sentimos deseo de otra cosa   porque la satisfacci&oacute;n del deseo nos   genera aburrimiento, que es como dir&iacute;a Schopenhauer la ausencia de felicidad en el lugar mismo de su presencia esperada, un sentimiento de tristeza y rabia. Por lo tanto, en cualquier caso est&aacute; presente la insatisfacci&oacute;n, y la felicidad se escurre. Es posible ilustrar esta situaci &oacute;n parad&oacute;jica con el ejemplo de un ni&ntilde;o que espera con ansia su cumplea &ntilde;os, porque desea un regalo que lo ilusiona. Cuando ha llegado su cumplea&ntilde;os y tiene su regalo, lo abre con fruici&oacute;n, juega un rato y cuando se va a acostar le pregunta a su padre, &iquest;cu&aacute;ndo es mi cumplea- &ntilde;os? El padre le contesta que su cumplea&ntilde;os fue hoy, pero el ni&ntilde;o quiere saber cu&aacute;ndo es el pr&oacute;ximo cumplea&ntilde;os. Un ejemplo quiz&aacute;s sencillo, pero que ilustra lo ef&iacute;mero de la satisfacci&oacute;n del deseo y la rapidez con que se instala de nuevo un deseo insatisfecho.</p>     <p>El deseo es carencia y por ello   la felicidad se escabulle a cada instante,   en el momento mismo de su   satisfacci&oacute;n, como si no pudi&eacute;ramos   vivir sin deseos, como si nada pudiera   satisfacernos completamente.   Por ello pareciera haber una enorme   distancia, una fractura brutal   entre el deseo y la felicidad, algo   infranqueable, dos dimensiones de   la existencia humana cuya naturaleza   las hace absolutamente incompatibles.   Sin embargo, existe un   puente entre ambas y ese nexo es,   seg&uacute;n Comte-Sponville (3), la esperanza.   En un principio esperar seduce   al que tiene un deseo; la   esperanza ejerce una acci&oacute;n de   muelle entre el deseo y la carencia,   genera una expectativa de cumplimiento, de satisfacci&oacute;n.</p>     <p>Esto nos permite hablar de la   esperanza como aquel fen&oacute;meno   cuya naturaleza es la posibilidad de   mirar hacia delante, de ver adelante,   un ver con el deseo y la carencia   al tiempo, una ilusi&oacute;n. De hecho,   nos permite visualizar el deseo satisfecho   en el futuro. Se trata de un   poner los ojos en algo, expresi&oacute;n   popular para expresar que lo deseamos.   El que espera es aquel que   pone los ojos en aquello que desea   y quiere o necesita obtener. Por lo   tanto, la esperanza se constituye en   la consecuencia directa de la carencia,   as&iacute; como la felicidad emerge de   la satisfacci&oacute;n. La esperanza salta   con fuerza desde la ausencia de algo,   desde el no tener aquello deseado y   que se coloca como una interferencia contrapuesta a la felicidad.</p>     <p>Podemos encontrar, al menos,   tres sentidos del concepto esperanza,   como la creencia de que es probable   conseguir cuanto se desea,   permanecer en un lugar hasta que   ocurra algo que se prev&eacute; o creer en   la probabilidad de que ocurra cierta   cosa. En estos tres sentidos se   encierran el deseo insatisfecho, la   previsi&oacute;n de un acontecimiento que   no se sabe si ocurrir&aacute; (es decir, el   no saber) y, finalmente, la probabilidad   de una acci&oacute;n, detenerse en el   obrar hasta que suceda algo (es decir, la inacci&oacute;n).</p>     <p>Y, como tal, la esperanza se   yergue entre el deseo y la carencia   como una imagen proyectada que   se desvanece de inmediato en cuanto   nos acercamos al futuro donde   hab&iacute;amos supuesto se satisfar&iacute;a.   Cuando el futuro se hace presente   y la carencia persiste, el deseo   retoma la situaci&oacute;n y con &eacute;l de nuevo   la esperanza, as&iacute; huimos permanentemente   del presente. Lo   doloroso del deseo incumplido es la   esperanza, una ilusi&oacute;n que se al&iacute;a   con nuestro deseo para huir del   presente donde se hace efectiva la   carencia. Pero es tan efectiva su   seducci&oacute;n que no nos percatamos   de que la esperanza es la expresi&oacute;n   m&aacute;s evidente de la carencia, el que espera desea y no tiene.</p>     <p>La esperanza suscita una tenue,   pero efectiva satisfacci&oacute;n al incluir   en el deseo un elemento temporal   futuro que lo libera de la necesidad   de su satisfacci&oacute;n en el presente,   introduce la espera y, como dice el   dicho popular, &#147;el que espera, desespera   &#148;. Despoja al deseante de la   mirada hacia s&iacute; mismo y la desv&iacute;a   hacia delante, hacia un punto en el   horizonte que perseguir&aacute; incesantemente   y que cuanto m&aacute;s se acerca   a &eacute;l, m&aacute;s se aleja, manteniendo   la esperanza en su sitio, siempre la   esperanza como un puente que nunca   acaba de cruzarse. Pero la esperanza   huele mal, &#147;lo &uacute;ltimo que se   pierde es la esperanza&#148;, reza otro   dicho popular. Tiene todo un sentido,   es lo &uacute;ltimo que debe desvanecerse,   porque ante la imposibilidad   del deseo cumplido, la esperanza   ejerce de sustituto, un suced&aacute;neo   que como tal es como si fuera el original,   pero no lo es; se trata de un   enga&ntilde;o admitido, una promesa de   satisfacci&oacute;n que ante la frustraci&oacute;n es mejor que no tener nada.</p>     <p>El deseo, la carencia y la esperanza   constituyen una trilog&iacute;a de   la cual emergen la frustraci&oacute;n, el   aburrimiento (rabia y tristeza) y la   decepci&oacute;n, sentimientos abrumadores   que anegan el alma humana.   Ante ello, el ser humano ha ideado   una serie de soluciones que aparentemente   lo sacan de la paradoja   de la frustraci&oacute;n; sin embargo,   tras ellas aparece de nuevo expl&iacute;cita   o impl&iacute;citamente el deseo insatisfecho.   Por ello nuestro encuentro   con la carencia y nuestra experiencia   de la carencia suscitan diferentes   respuestas que pretenden sobreponerse a ella. Respuestas ancladas en la esperanza y en su exacerbaci&oacute;n enfermiza.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La primera respuesta es la falacia   del olvido, una forma de olvidar   que la frustraci&oacute;n del deseo   nunca sucedi&oacute;, de que el dolor de la   carencia existe; inventemos un suced   &aacute;neo lo suficientemente efectivo   como para olvidar. Entonces la vida   ha de desarrollarse por otro camino,   debe tener una versi&oacute;n diferente   a la del deseo frustrado, es la   b&uacute;squeda desasosegada de la diversi   &oacute;n. Divirt&aacute;monos, como dec&iacute;a un   paciente, &#147;hasta que me vuelva una   nada, no voy a parar de divertirme&#148;.   La diversi&oacute;n (di/diferente, versi&oacute;n/   versi&oacute;n), propone un relato distinto   de la existencia basado en la esperanza   de apagar, ahogar el deseo y   su dolor de carencia en el placer, el   desenfreno, la hibris en el sentido   m&aacute;s salvaje. Es la soluci&oacute;n m&aacute;s   pronta, adem&aacute;s de contundente;   una manera de pasar r&aacute;pida y vertiginosamente   de una satisfacci&oacute;n   moment&aacute;nea a otra, un proceder   que empata una esperanza con otra   sin dar tiempo a que el deseo se instaure, porque lo sustituye.</p>     <p>Lo anterior genera en el individuo   una fantas&iacute;a, el vago y oblicuo   reflejo de la felicidad, porque al menos   instant&aacute;neamente o de forma   transitoria logra incorporar alg&uacute;n   grado de satisfacci&oacute;n. Es la instauraci   &oacute;n a trav&eacute;s de la negaci&oacute;n y el   olvido del fingimiento de que somos   felices. La diversi&oacute;n nos provee de   un sustituto de corto alcance cuyo   af&aacute;n es acallar una precaria esperanza   que trasporta un deseo perentorio.   La diversi&oacute;n, esa felicidad de   corto vuelo, tiene el valor de apagar   unas necesidades y unos deseos acuciantes   en el olvido, la esperanza que se pisa los talones a s&iacute; misma.</p>     <p>Ligada al olvido, y casi generado   por &eacute;l, otra respuesta es el delirio   de la negaci&oacute;n. Para negar lo m&aacute;s   elemental es olvidar y para olvidar   lo m&aacute;s f&aacute;cil es negar. Y no s&oacute;lo se   trata de negar la realidad del deseo   en la esperanza de que con ello desaparezca,   sino tambi&eacute;n se trata de   negarse incluso a s&iacute; mismo como lo   hace el psic&oacute;tico. Por ello se refiere   a s&iacute; mismo con frecuencia en tercera   persona, no existe como yo, sujeto   de deseos, es el tercero, el otro,   el yo no tiene ni deseo ni esperanza,   se anula a s&iacute; mismo. Porque s&oacute;lo   existe como el loco y como dice la   expresi&oacute;n popular, &#147;est&aacute; loco de felicidad   &#148; o &#147;los locos son felices en   su locura&#148; o &#147;est&aacute; tan loco que no   se entera de nada&#148;, ni siquiera de s&iacute; mismo, de sus deseos.</p>     <p>Pero este no enterarse de nada   es una forma de huir del deseo en la   esperanza de que con ello y neg&aacute;ndolo   podr&aacute; acceder a la satisfacci&oacute;n   de la felicidad. Sin embargo, estas   afirmaciones no dejan de ser una   estupidez, porque el loco no es feliz,   ha construido en la negaci&oacute;n un sustituto   y lo ha hecho merced a la man   &iacute;a, el delirio, la alucinaci&oacute;n, el acting   out desenfrenado que desplazan al dolor y el sufrimiento insoportable de no tener acceso a la satisfacci&oacute;n del deseo. Es aqu&iacute; donde la negaci&oacute;n y el olvido tambi&eacute;n se congregan, en una forma de vivir diferente, una divergencia de la realidad que es, por un lado, la diversi&oacute;n que no se puede parar y, por otro, una versi&oacute;n diferente de la realidad que es la alucinaci&oacute;n y el delirio.</p>     <p>Otra alternativa es el delirio de   la esperanza, una huida hacia delante,   esperanza tras esperanza,   persiguiendo satisfacer algo que ni   siquiera sabe qu&eacute; es, siempre en la   expectativa de una esperanza que   es promesa, s&oacute;lo promete una ilusi   &oacute;n. El adicto, el jugador compulsivo   o el neur&oacute;tico esperan obtener   algo siempre, independientemente   de si lo obtienen o no. El adicto espera   obtener la droga que lo calme,   porque ni siquiera lo satisface, la   droga calma la ansiedad de la carencia.   El jugador espera un milagro,   la suerte, algo que est&aacute; a   merced del azar, pero de lo cual no   desiste. Es la forma terrible de la   carencia, que nunca podr&aacute; satisfacerse   y por lo tanto es preciso huir   de ella manteniendo una permanente   esperanza como la zanahoria delante   del burro. Lo importante es   esperar, y como le sucede al neur   &oacute;tico, se pasa la vida en un peregrinaje   de esperanza en esperanza,   con ansiol&iacute;ticos que calman la carencia,   su permanente ansiedad   mimetizada en los actos de su vida   cotidiana, fumar en exceso, comer,   dificultades de car&aacute;cter, conflictos   relacionales que son calmados con   medicamentos que los ayudan a vivir   y les provee de la esperanza de   la curaci&oacute;n m&aacute;gica. Se alimenta la   esperanza con una actividad cotidiana   imposible de satisfacer la carencia   moment&aacute;nea, que a su vez   genera ansiedades moment&aacute;neas,   que derivan en esperanzas moment &aacute;neas que se encadenan indefinidamente.</p>     <p>La otra alternativa es el gran   salto. Frente a la imposibilidad de   la felicidad en esta vida, se acepta   con resignaci&oacute;n y se proyecta la esperanza   de la felicidad en un lugar   fuera de la vida. Ll&aacute;mese, el m&aacute;s   all&aacute;, el cielo, la muerte, la extinci&oacute;n,   en fin, una posibilidad de ser feliz   allende los l&iacute;mites de la existencia   en el mundo de las cosas reales. Es   la esperanza que emerge como respuesta   a la impotencia, la incapacidad,   el no futuro, expresados con   claridad en el paciente suicida, cuya   muerte es vivenciada como una liberaci   &oacute;n del peso de la existencia,   pero siempre con la expectativa   m&aacute;gica de una respuesta satisfactoria   a sus carencias tras la cortina   espesa de la muerte, es la muerte como la felicidad misma.</p>     <p>La vida no provee de satisfacciones.   Se han agotado las posibilidades,   entonces la muerte se erige   como una salvaci&oacute;n y una satisfacci   &oacute;n. Se sustituye la esperanza relativa   de la vida cotidiana por una   esperanza absoluta en el m&aacute;s all&aacute;. Ya que no podemos ser felices aqu&iacute;, esperamos serlo despu&eacute;s de la muerte &#151;esperanza que no tiene contraposici&oacute;n alguna porque nadie puede probar lo contrario&#151;. Y aqu&iacute; emergen todas las posibilidades de felicidad que los diferentes credos religiosos ofrecen sin excepci&oacute;n. Sin embargo, esto s&oacute;lo opera en quien crea, tenga fe, lo cual convierte esta esperanza en un acto irracional que tiene en cuenta que la fe no es producto de la raz&oacute;n, sino del afecto.</p>     <p>Todas estas posibilidades no logran   cuajar la felicidad, son formas   de huir del deseo, pero no del acceso   a la felicidad; son maneras de vivir   la existencia, montados en el carro   de la esperanza que media entre la   carencia y la felicidad, que fracasan   en su intento. La esperanza siempre   est&aacute; ah&iacute; como un inc&oacute;modo guardi&aacute;n   de la vida que nos recuerda a cada   instante la insatisfacci&oacute;n, la carencia.   Entonces, si el camino de la felicidad   es entorpecido, saboteado por   la esperanza, &iquest;c&oacute;mo podemos librarnos de tal flagelo?</p>     <p><b>Sobre la esperanza</b></p>     <p>Si debemos librarnos de la esperanza   por su incapacidad de   aproximarnos a la felicidad, debe   haber algo que pueda proveernos de   una posibilidad de acercamiento m&aacute;s   efectivo hacia la felicidad. En este   sentido, dice Comte-Sponville (3):   &#147;Entre la esperanza y la decepci&oacute;n,   entre el sufrimiento y el aburrimiento,   hay una o dos peque&ntilde;as cosas   que Plat&oacute;n, Pascal, Schopenhauer y   Sartre olvidan o cuya importancia   subestiman gravemente, son el placer y la alegr&iacute;a&#148;.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Si en la esperanza, que es deseo   no satisfecho, ni hay placer ni   alegr&iacute;a, entonces podemos decir que   &eacute;stos aparecen cuando no tenemos   esperanza, cuando estamos satisfechos,   cuando no deseamos aquello   que no tenemos, sino cuando deseamos   aquello que tenemos, lo que   hacemos, lo que sentimos, lo que es.   El placer y la alegr&iacute;a se hacen presentes   cuando deseamos aquello   que no nos falta. Por ello decimos   de alguien que no es feliz, porque   nada de lo que tiene lo satisface, y   decimos de alguien que es feliz, porque   est&aacute; contento con lo que tiene, es feliz.</p>     <p>Podemos pensar que tomar un   vaso de vino es s&oacute;lo eso, beb&eacute;rselo y   ya est&aacute;. Pero cuando tenemos muchos   deseos de tomar vino acompa-   &ntilde;ando una buena comida, decimos   satisfechos: &#147;qu&eacute; vino tan bueno&#148;,   &#147;qu&eacute; bueno es beber un vino cuando   se tienen ganas de hacerlo&#148;. En este   momento han quedado anulados el   deseo y la esperanza, es un momento   de satisfacci&oacute;n en el que siento   placer y alegr&iacute;a; estoy gozando de mi   satisfacci&oacute;n porque poseo lo que deseo,   me deleito en ello y disfruto de   ello. El gozar es el deseo al rev&eacute;s, es   un desear lo que hago en este momento,   aqu&iacute; y ahora, hago lo que   deseo. Es lo que Comte-Sponville (3) llama la felicidad en acto, es la si tuaci&oacute;n en la que el acto mismo es vivido como felicidad.</p>     <p>La felicidad se yergue ahora por   primera vez con alguna claridad. En   un primer intento podemos decir de   ella que es desear lo que tenemos, lo   que hacemos, lo que es; en definitiva,   lo que no nos falta, la ausencia   de la vivencia de la carencia. Es poder   gozar el placer y la alegr&iacute;a, es no esperar nada.</p>     <p>Desde esta perspectiva, cuando   esperamos &iquest;qu&eacute; nos sucede?   Como dice Mar&iacute;a Moliner (7), la esperanza   nos hace &#147;creer que algo   bueno o conveniente que est&aacute; anunciado   o algo que se desea ocurrir&aacute;   realmente&#148;. Se trata, por lo tanto,   de un estado de &aacute;nimo (toda creencia   se asienta en un &aacute;nimo particular),   en el cual se nos presenta como algo posible lo que deseamos.</p>     <p>Tenemos deseos de lo que no   tenemos, carecemos del objeto que   deseamos, no est&aacute; aqu&iacute; y ahora, en   consecuencia, ante ello proyectamos   el deseo en el fututo, posponemos   el placer y la alegr&iacute;a con la esperanza   de que acontezca. Pero ah&iacute; organizamos   un c&iacute;rculo vicioso, porque   el futuro nunca est&aacute; aqu&iacute; y ahora, y   cuando est&aacute; aqu&iacute; y ahora sucede   que ya no es futuro, es presente y   en el presente nunca se asienta la   esperanza. La esperanza est&aacute; &iacute;ntimamente   ligada al futuro. Su existencia   tiene sentido en el futuro y   todo lo que est&aacute; en el futuro no est&aacute;   al alcance ahora, no se puede sentir   el placer ni la alegr&iacute;a, no se goza   porque el gozo no est&aacute; al alcance   aqu&iacute; y ahora. La esperanza es desear sin gozar.</p>     <p>Cuando esperamos nos sucede   tambi&eacute;n algo, nos enfrentamos a la   incertidumbre, no sabemos con certeza   si lo que deseamos y esperamos   que suceda ocurrir&aacute;. Desconocemos   si nuestro deseo ser&aacute; o no satisfecho.   El futuro siempre es desconocido,   podemos prever hacia el futuro,   pero ello no nos garantiza que los   acontecimientos suceder&aacute;n como lo   proyectamos, en el af&aacute;n de tener alg   &uacute;n tipo de control sobre el futuro.   &Eacute;ste, en esencia, es desconocido; la   &uacute;nica manera de conocerlo es cuando   ya no lo es, es decir, cuando es   un presente, un aqu&iacute; y ahora. Y cuando   ya lo conocemos tambi&eacute;n deja de   ser una esperanza. La esperanza es   desear sin saber, por ello el conocimiento   y la esperanza nunca se encuentran,   se persiguen sumergidos   en un c&iacute;rculo vicioso que es una paradoja   a su vez, puesto que no se   espera nunca lo que se sabe, lo que   es un conocimiento cierto en posesi   &oacute;n nuestra. Y no se conoce nunca   lo que se espera que suceda, s&oacute;lo lo   conocemos al suceder y entonces la esperanza ya no tiene lugar.</p>     <p>Tambi&eacute;n sucede que cuando   hay esperanza, nos enfrentamos a   un deseo cuya posibilidad de   lograrse como satisfacci&oacute;n no depende   de nosotros o, al menos, no   enteramente. Siempre existen aspectos   que est&aacute;n m&aacute;s all&aacute; de las posibilidades de nosotros. Cuando el dr. X me llama para comprobar el compromiso que adquir&iacute; de dictar una conferencia en la universidad, yo puedo contestarle diciendo, &#147;espero estar all&iacute; para la conferencia &#148;, lo cual probablemente no sea de mucho agrado para el dr. X, pues el no espera que yo est&eacute;, quiere que yo est&eacute;. Entonces me vuelve a preguntar preocupado, &#147;&iquest;hay alg&uacute;n inconveniente que le impida asistir?&#148;, entonces yo le contestar&eacute;, &#147;no, en absoluto, all&iacute; estar&eacute;&#148;. Cuando digo que &#147;all&iacute; estar&eacute;&#148;, estoy expresando un deseo de asistir, el cual no se si se cumplir&aacute;, porque en el interregno pueden suceder muchas eventualidades que lo impidan. Pero el hecho de ir depende de m&iacute;, yo soy quien va, quien se moviliza para ir. Y el hecho de ir no depende de la esperanza, depende de si yo me muevo o no, es decir, de mi voluntad. Y la voluntad se alimenta de mi querer y de mi poder hacer, lo que yo s&eacute; que estoy en capacidad de llevar a cabo.</p>     <p>Es decir, si soy capaz de montar   en bicicleta, y me monto en ella,   no espero montarme en ella. Luego,   cuando yo puedo y quiero, no espero.   Sin embargo, si alguien dice, &#147;espero   salir pronto del hospital&#148;, es   porque hasta el momento no ha podido   porque su estado de salud se   lo impide y tiene la esperanza de ser   dado de alta. El salir del hospital   no depende de &eacute;l. Cuando esperamos,   es porque no podemos cumplir   en el momento un deseo que no   depende de nosotros. No obstante,   ejercitar la voluntad (querer y poder)   s&iacute; depende de nosotros. Por ello   nuestra esperanza est&aacute; siempre   orientada hacia lo que somos incapaces   de hacer, a aquello que no   depende de nosotros, porque cuando   podemos hacer, no hay espacio,   ni tiempo para la esperanza, &eacute;sta es   sustituida por el querer, que como   bien expresa el dicho popular, &#147;querer   es poder&#148;. Cuando quiero hacer   algo, no espero hacerlo, lo hago. Si   no lo hago, es porque no puedo y   espero hacerlo. Esperar es un desear sin poder.</p>     <p>Llegados a este momento, la esperanza   se erige como un centro de   carencias fundamentales, de deseos   insatisfechos, de anhelos incumplidos,   de intereses pospuestos, de sue-   &ntilde;os irrealizados, de aspiraciones   proyectadas en el vac&iacute;o, de afanes   nunca colmados, de ansias permanentes,   de apetencias sin saborear,   de antojos que torturan, de ganas   insaciables. La esperanza es un deseo   que no se goza, no se sabe si llegar   &aacute; a ser satisfecho y no depende   de nosotros. En la esperanza encontramos,   como dice Comte-Sponville   (3), un deseo sin gozar, lo que no tenemos   (una carencia); sin saber, del   que ignoramos si ser&aacute; o no satisfecho   (una ignorancia), y sin poder,   cuya satisfacci&oacute;n no depende de nosotros   (una irresoluci&oacute;n). La esperanza   quedar&aacute; desplazada siempre que   la satisfacci&oacute;n, el conocimiento y la acci&oacute;n se hagan presentes, de tal modo que antes y despu&eacute;s de la esperanza est&aacute;n el placer, el conocer y el actuar dirigidos por la voluntad.</p>     <p>Est&aacute; el placer porque esperar es   un transcurso de tiempo en el que   no se goza. En este sentido, cuando   gozamos de nuestra vida en todos   los &oacute;rdenes y dimensiones, unas   vacaciones, un libro, la sexualidad,   el comer, etc., es porque deseamos   lo que gozamos y al hacerlo sentimos placer.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Est&aacute; el conocimiento, porque   quien espera desea, sin saber si se   realizar&aacute; o no su deseo, y el conocimiento   es algo que se sabe y que se   desea. El que tiene conocimiento   desea lo que sabe, es un sabedor,   un sabio conocedor de la vida, es   decir, la conoce y la aprecia, la disfruta, la goza.</p>     <p>Est&aacute; la acci&oacute;n, pues el que espera   est&aacute; deseando sin poder actuar   sobre aquello que desea. M&aacute;s   all&aacute; de la esperanza y del que espera,   est&aacute;, por lo tanto, quien desea   lo que puede hacer, lo que hace. Y   la manera m&aacute;s efectiva de poder hacer   es querer. Cuando se hace se   concreta lo que se quiere. Entonces,   podemos decir que uno quiere   siempre lo que hace, y hace siempre   lo que quiere, pero no siempre lo que desea y espera.</p>     <p><b>Felicidad y psicoterapia</b></p>     <p>La felicidad, como hemos concluido   y aun a riesgo de ser temerarios   con tal afirmaci&oacute;n, implica una   autonom&iacute;a del individuo, poder, gozar,   saber y actuar. &iquest;Qu&eacute; muestran   en la psicoterapia las personas que   consultan sus padecimientos? Infelicidad.   &#147;No soy feliz&#148; parecen decir   las voces silenciosas de nuestros   pacientes cuando expresan sus s&iacute;ntomas.   La infelicidad es el estribillo   que las acompa&ntilde;a, y la esperanza,   el contrapunto que les hace eco. Son   sus quejas, las de sus incapacidades,   las dificultades para el uso de su   voluntad en la b&uacute;squeda de gozar,   actuar y saber. Un esquizofr&eacute;nico, un   neur&oacute;tico o una persona con trastorno   de personalidad vienen con la   esperanza de gozar, de saber actuar   en sus vidas de una manera diferente   a la cotidiana. Ellos desean que en   la psicoterapia se disuelva la esperanza,   que desaparezca de sus vidas,   porque ya no pueden seguir sintiendo   una idea delirante que los invade   y les coarta su acci&oacute;n, su conocimiento   del mundo, de su mundo. O   porque ya no pueden seguir actuando   una idea obsesiva que los coloniza   y como un par&aacute;sito les impone   unas acciones y unos sentimientos   absurdos que no desean. O porque   la angustia y los impulsos los someten   a acciones autodestructivas, a no   reconocer sus sentimientos, ni los   l&iacute;mites de su identidad. En s&iacute;ntesis, porque no saben lo que quieren.</p>     <p>En este contexto, la psicoterapia   cobra un profundo sentido de   trasformaci&oacute;n del individuo, el camino   inici&aacute;tico que media entre el deseo y la felicidad. Es un tr&aacute;nsito que, desde la imposibilidad, logra llevarlo hacia querer siempre lo que hace y a hacer siempre lo que quiere mediante el uso libre de su voluntad para gozar, conocer y actuar. Si la esperanza, como vimos, es un deseo que no depende de nosotros, eliminarla en el transcurso de conversaciones terap&eacute;uticas se constituye en una meta de la terapia, un desarrollo de la voluntad, del desear lo que s&iacute; depende de nosotros. La terapia debe ayudar al paciente a esperar menos y a saber ser feliz ya, ahora. Entre otras cosas, porque adem&aacute;s la esperanza y el temor (esa sensaci&oacute;n ansiosa y miedosa frente a lo que nos es desconocido y no depende de nosotros) son siameses, las dos caras de una misma moneda. Y al eliminar la esperanza, eliminaremos el temor siempre presente en los pacientes.</p>     <p>Aqu&iacute; nos hacemos la pregunta   sobre el pensar como lo hac&iacute;a Kant:   &#147;&iquest;Pensar&iacute;amos mucho, y pensar&iacute;amos   bien y con correcci&oacute;n, si no pens   &aacute;ramos, por decirlo as&iacute;, en   comunidad con otros, que nos comunican   sus pensamientos y a los que   comunicamos los nuestros?&#148; (8).   Pensar bien es el inter&eacute;s de la terapia,   y por ello los pacientes van a   pensar bien con otro, porque el pensar   bien en solitario es muy dif&iacute;cil,   entra&ntilde;a grandes riesgos. El que piensa   en solitario est&aacute; sometido al aislamiento   y a la falta de contraste; por   esa raz&oacute;n delira, se obsesiona y no   es feliz. Cuando va a pensar con otro,   es cuidado y se cuida para gozar, conocer y actuar lo que desea.</p>     <p>As&iacute;, podemos decir que la esperanza   entre el deseo y la felicidad se   nos hace esquiva. No podemos calificar   la esperanza moralmente, ni es   buena ni es mala, es lo que es; pero   al igual que la zanahoria que se pone   delante del burro y que nunca alcanza,   la esperanza es un enga&ntilde;abobos,   un esguince que nos hace todo el tiempo la ilusi&oacute;n de lograr algo.</p>     <p>Y nos lo hace precisamente porque   el sufrimiento &#151;sobre todo, el   sufrimiento intenso&#151; hace que   quien sufre espere de una manera   perentoria y forzosa por que suceda   algo para cambiar su situaci&oacute;n. Espera   que su dolor se detenga, acostumbrarse   o resignarse, tal vez   sufrir menos, la ayuda de Dios, la   presencia de un milagro. Es dif&iacute;cil   que quien haya sufrido, y todos lo   hemos padecido, no haya esperado   y deseado que desaparezca. Y cuando   el sufrimiento desaparece, como   un dolor de muelas, deja de esperar   que desaparezca porque ya no est&aacute;,   deja de esperar porque su deseo se   concret&oacute;, y ah&iacute; la esperanza ya no   tiene sentido con su presencia. Las   cosas se concretan cuando uno deja   de esperar, porque puede gozar, saber   y actuar. Cuando esto confluye   en un individuo, decimos que es   afortunado, alguien capaz de saborear la vida, que sabe vivir.</p>     <p>Ser sabio en el sentido m&aacute;s prosaico   de la palabra &#151;no decimos el erudito, ni el docto o el ilustrado&#151;implica referirse a ese individuo capaz de dejar de esperar, que vive y deja vivir, porque simplemente disfruta de la existencia. Un dicho popular dice: &#147;lo &uacute;ltimo que se pierde es la esperanza&#148;; sin embargo, es lo primero que debe perderse, para que los deseos se cumplan. Pero perder la esperanza implica afrontar un duelo. Un duelo que lleve a la aceptaci &oacute;n de la p&eacute;rdida de lo que hay entre el deseo y la felicidad, la esperanza.</p>     <p>Acostumbrarse a la desesperaci   &oacute;n como un modo sabio de vivir.   Desesperado porque sin esperanza   se act&uacute;a, se goza, se ama, no se espera   amar, se actualiza el amor   que, como dec&iacute;a M. Klein, cuando   la desesperaci&oacute;n es absoluta, el   amor se abre paso. Y eso es lo que   concluye el sabio, lo m&aacute;s importante   es el amor. Cuando un paciente   llega a la consulta, viene con la esperanza   de que ocurra algo. Habr&iacute;a   dos posibilidades de respuesta frente   a su petici&oacute;n de ayuda: venderle   una esperanza, proyectar en el futuro   la respuesta a su sufrimiento,   o negarle toda esperanza, porque   la finalidad de la terapia es responder   a la pregunta, &iquest;qu&eacute; vamos a   hacer? No vamos a esperar, sino   que nos preocupamos por qu&eacute; haremos   y c&oacute;mo lo haremos y para   qu&eacute; lo haremos; se trata de una   preocupaci&oacute;n por lo que es necesario   para gozar, saber y actuar. Por   lo tanto, nos negamos a esperar como dice Comte-Sponville: Porque esperar es desear sin saber, sin poder y sin gozar, el sabio no espera nada. No porque lo sepa todo (nadie lo sabe todo), ni porque lo pueda todo (no es Dios), ni siquiera porque s&oacute;lo encuentre placer (el sabio como todo el mundo, puede tener dolor de muelas) sino porque ha dejado de desear otra cosa que no sea lo que sabe lo que puede o aquello con lo que goza. Ya no desea m&aacute;s que lo real, de lo que forma parte y ese deseo, siempre satisfecho (puesto que lo real, por definici&oacute;n, no falta nunca: lo real nunca escasea) es una alegr&iacute;a plena, que no carece de nada. Es lo que llamamos felicidad. Es lo que tambi&eacute;n llamamos amor. (2)</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El sabio disfruta de lo que hace,   pero el psic&oacute;tico est&aacute; paralizado de   angustia ante la vida y la existencia,   el neur&oacute;tico torpedea sus &eacute;xitos y el   deprimido ni siquiera puede gozar del   comer y el dormir. Les ha sido arrebatado   el deseo mismo y s&oacute;lo tienen   esperanza; olvidaron c&oacute;mo se conecta   el deseo con la felicidad, pues no   gozan, no saben y no act&uacute;an. Por ello   van a terapia, en busca del deseo   perdido, y lo logran ah&iacute;, en el encuentro   con otro que entiende y comprende,   que lo ama (porque el terapeuta   es esencialmente el que ama) en el   sentido m&aacute;s extenso de la palabra   amor, como lo expresa Maturana: &#147;El   amor como el dominio de las conductas   relacionales a trav&eacute;s de las   cuales el otro, la otra, o lo otro, surge como leg&iacute;timo otro en convivencia con uno, ampl&iacute;a la visi&oacute;n y el entendimiento en el placer de la cercan &iacute;a corporal&#148; (9).</p>     <p>Eso es lo que se construye en la   terapia, una relaci&oacute;n de amor, en   cercan&iacute;a al otro, de necesidad del otro   como parte del s&iacute; mismo, de lo que   soy, de manera que lo que soy se   hace extensivo a un nosotros como   expresi&oacute;n de una identidad conectada   capaz de transformar. Las necesidades   de los pacientes son el   producto de un estallido existencial   que se dispersa en esperanzas y la   terapia ha de ser capaz de armonizarlas   e integrarlas, mediante un   proceso de trasformaci&oacute;n hacia el gozo, la sabidur&iacute;a y la acci&oacute;n.</p>     <p><b>Transformaci&oacute;n</b></p>     <p>Cada consultante es una oportunidad   de transformaci&oacute;n para su   terapeuta. Plantea una pregunta   fundamental, &iquest;qu&eacute; terapeuta necesita   esta persona que sea yo para   &eacute;l? La respuesta a este interrogante   tiene que ver con el aprender y el   aprehender. Cuando aprendemos,   incorporamos cuantitativamente   unos conocimientos del otro y sobre   el otro, acumulamos una informaci   &oacute;n, a&ntilde;adida como un saco que   cargamos sobre nuestro cuerpo.   Cuando aprehendemos, introyectamos   cualitativamente, tomamos aspectos   del otro que al introducirlos no se acumulan, nos cambian.</p>     <p>Por ello cada encuentro terap   &eacute;utico es un aprendizaje. Un terapeuta   se hace con los pacientes, no   de otra manera. En un primer momento,   cuando el terapeuta afronta   la terapia con su consultante, se   enfrenta a la necesidad de resolver   un problema que el paciente ha   planteado. Busca, ensaya soluciones   y respuestas adecuadas para   ayudar a resolver las dificultades del   otro. Es lo que Bateson (10) llama   el protoaprendizaje o aprendizaje I   (se trata de la soluci&oacute;n simple de   una dificultad espec&iacute;fica que el paciente   trae a la consulta). Es un   aprendizaje elemental que incorpora   al bagaje del terapeuta conocimientos   desconocidos hasta ese   momento para &eacute;l, de orden te&oacute;rico,   t&eacute;cnico, metodol&oacute;gico, enfoque y claves.   Por ejemplo, realizar un diagn   &oacute;stico que no hab&iacute;a tenido la   oportunidad de hacer y aplicar el   tratamiento que le corresponde y est&aacute; previamente estipulado.</p>     <p>Sin embargo, la importancia de   este tipo de conocimiento resulta   insuficiente cuando las dificultades   tienen tent&aacute;culos que las desplazan   m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites del problema   en s&iacute;. Es necesario un cambio en el   aprendizaje, en la velocidad con la   que se hace, un deuteroaprendizaje o aprendizaje tipo II (10).</p>     <p>En &eacute;ste el terapeuta encuentra   la presencia del contexto involucrada   en el problema, adem&aacute;s de   descubrir su influencia en la organizaci   &oacute;n del problema. Se trata de   lograr entender y comprender la naturaleza del contexto desde donde emerge el problema. Esto permite el desarrollo de una mayor habilidad del terapeuta, porque ha aprendido a aprender. Ya sabe que cada problema tiene una soluci&oacute;n concreta como tal problema aislado, pero adem&aacute;s ha aprendido a aprender las reglas de juego que participan en el entramado contextual de la generaci&oacute;n de los problemas.</p>     <p>Entonces, este deuteroaprendizaje   se constituye en el aprendizaje y   la construcci&oacute;n de un paradigma que   se incorpora como una herramienta   que permite reconocer con mayor celeridad   los problemas. En este aprendizaje   se dise&ntilde;a la manera de ser   terapeuta, con tales o cuales habilidades   que definen su identidad profesional,   psicoanalista, conductual,   constructivista, sist&eacute;mico, cognitivo,   etc. En esta forma de aprendizaje nos   conformamos como terapeutas y nos   relacionamos con nuestros pacientes   y la realidad. Cada terapeuta posee   la mirada instrumental de la terapia   en la que ha sido entrenado y tamiza   su trabajo desde esa visi&oacute;n terap&eacute;utica.   Consecuencia de ello ser&aacute; que   para proteger esta visi&oacute;n te&oacute;rica y   pr&aacute;ctica, tratar&aacute; de adquirir la mayor   cantidad posible de soportes factibles   con car&aacute;cter positivo para   ratificar las premisas desde las que practica la terapia.</p>     <p>Por ello no ser&aacute; f&aacute;cil que cuestione   su visi&oacute;n del ejercicio terap&eacute;utico   cuando se encuentre con   condiciones o respuestas negativas   o simplemente no las haya, intentar   &aacute; antes de admitir la limitaci&oacute;n de   su paradigma, codificarlo como una   excepci&oacute;n que confirma la regla, verter   &aacute; elementos proyectivos personales   de fracaso sobre el paciente como   si no existiera la suficiente colaboraci   &oacute;n, o bien construir&aacute; una teor&iacute;a   explicativa del fracaso (como un caso   perdido) centrado en las dificultades   del paciente como insalvables con cualquier otro paradigma.</p>     <p>No es extra&ntilde;o que desde el deuteroaprendizaje   ante situaciones   que cuestionan el paradigma del   terapeuta, se manipule y moldeen   las circunstancias para encajarlas   en el contexto de las expectativas   del terapeuta. De esta manera todo   adquiere un tinte autovalidante que   impide de forma contundente el progreso,   la reflexi&oacute;n y la evoluci&oacute;n del   terapeuta. A veces sucede que hay   terapeutas que cambian de paradigma.   Qui&eacute;n no ha visto el terapeuta   psicoanal&iacute;tico radical que de pronto   se torna en un biologista extremo   o el conductista r&iacute;gido que se   torna un constructivista ilimitado.   S&iacute;, han cambiado de paradigma,   pero en el nuevo siguen funcionando   de la misma manera, con premisas   conceptuales diferentes, pero   aplicando su r&iacute;gido modelo de aprendizaje profesional.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Sin embargo, existe otra alternativa   para una lectura del encuentro   terap&eacute;utico. Se trata de una   conexi&oacute;n de dos universos de significado que coinciden en un tiempo y espacio sagrados. En &eacute;ste, adem&aacute;s de los anteriores aprendizajes referidos a las incorporaciones de conocimientos y experiencias (aprendizaje I y aprendizaje II) del terapeuta, tambi &eacute;n deber&iacute;a darse un aprendizaje III (10), lo que podr&iacute;amos denominar la transformaci&oacute;n. Un proceso de aprendizaje terap&eacute;utico en el que el terapeuta va m&aacute;s all&aacute; de su paradigma y de los l&iacute;mites del s&iacute; mismo para alcanzar la comprensi&oacute;n que de &eacute;l necesita el paciente, porque &#147;el s&iacute; mismo es un arco dentro de un circuito mayor&#148; (10).</p>     <p>No s&oacute;lo comprenderlo desde sus   conceptualizaciones aprendidas y   aplicadas, sino desde lo que el encuentro   permite y exige. Esto implica   un salto transcontextual, desde   el que se trascienden los contextos   de terapeuta y paciente, para generar   un contexto de los encuentros   con sus propias caracter&iacute;sticas y   que trascienden la individualidad   para asentarse en un nosotros creador   de nuevas posibilidades.   Bateson dice que en el aprendizaje   III se accede a un nuevo nivel de   existencia y lo ejemplifica con un   experimento realizado con delfines   en los a&ntilde;os sesenta, citado por Berman:</p>     <p>Por ejemplo, ens&eacute;&ntilde;esele primero al   animal una serie de trucos (saltos,   vueltas carnero, etc.) y deuteroens   &eacute;&ntilde;esele el contexto &#151;la gratificaci   &oacute;n instrumental&#151; lanz&aacute;ndole   un pescado cada vez que haga un   truco (una gracia). Luego suba la   apuesta: recompense al delf&iacute;n s&oacute;lo   despu&eacute;s de que haya ejecutado   tres trucos. Finalmente, suba la   apuesta hasta un nivel que sea un   desaf&iacute;o para todo el modelo de   aprendizaje II: gratifique al delf&iacute;n   s&oacute;lo despu&eacute;s de que haya inventado   un truco enteramente nuevo.   La criatura pasa por todo su repertorio,   ya sea un truco a la vez o   en conjuntos de a tres, sin recibir   pescado. Lo sigue haciendo, irrit   &aacute;ndose, y en forma cada vez m&aacute;s   vehemente. Finalmente, empieza a   enloquecer, a exhibir se&ntilde;ales de   frustraci&oacute;n o dolor extremo. Lo que   ocurri&oacute; despu&eacute;s de este experimento   en particular fue completamente   inesperado: la mente del   delf&iacute;n dio un salto hacia un nivel   l&oacute;gico superior. De alguna manera   se dio cuenta que la nueva regla   era: olvida lo que aprendiste   en el Aprendizaje II; no tiene nada   de sagrado. El animal no s&oacute;lo invent   &oacute; un nuevo truco (por lo que   fue gratificado inmediatamente),   sino que procedi&oacute; a realizar cuatro   saltos absolutamente nuevos   que jam&aacute;s hab&iacute;an sido observados   en esta especie animal en particular. (11)</p>     <p>Aprendemos a cambiar h&aacute;bitos   adquiridos en el aprendizaje II, desarrollando   unos nuevos que nos   facilitan mirar de otra manera. Pero,   al igual que en ejemplo, no realizamos   ese aprendizaje solos, lo hacemos   en una relaci&oacute;n donde hay otro. En el caso del delf&iacute;n, su aprendiza je y su capacidad de trascenderse a s&iacute; mismo se dio en un contexto donde hay otro, en este caso un experimentador que se relaciona &iacute;ntimamente con &eacute;l. En ese contexto se gener&oacute; la trasformaci&oacute;n. Si en el aprendizaje III logramos elevarnos a un nivel de existencia diferente, nuevo en muchos sentidos, es porque nos liberamos as&iacute; de los l&iacute;mites de nuestra propia personalidad, y esto con la finalidad de redefinir nuestro s&iacute; mismo terap&eacute;utico aprendido con anterioridad.</p>     <p>El v&iacute;nculo terap&eacute;utico es una   relaci&oacute;n que tiene un poder   trasformador, por ello nos es &uacute;til   recordar la expresi&oacute;n de lo que es   un beb&eacute; para Winnicott: &#147;No existe   tal cosa como un beb&eacute;; con ello quiero   decir que si nos proponemos describir   un beb&eacute; nos encontraremos   describiendo a un beb&eacute; con alguien.   Un beb&eacute; no puede existir solo, sino   que esencialmente es parte de una   relaci&oacute;n...&#148; (12) que es trasformadora   y que es matriz de las que vendr   &aacute;n con posterioridad y lo llevan   m&aacute;s all&aacute;, lo trasportan hacia etapas   posteriores, la ni&ntilde;ez, la adolescencia,   la madurez, siempre inmerso y sumergido en ellas.</p>     <p>La terapia cobra valor y car&aacute;cter   de validez cuando es capaz de   trasformar al paciente en su s&iacute; mismo   y tambi&eacute;n al terapeuta. En la   frontera de ambos s&iacute; mismos ocurren   cosas, m&aacute;s de las que pudieran sospecharse. No existe lo que podamos afirmar como terapeutas, pues &eacute;ste siempre lo es en relaci&oacute;n con un otro; pero no otro cualquiera, otro que lo busca para encontrar el camino a la felicidad. Un terapeuta es alguien que no existe solo, es parte de un todo, de una relaci&oacute;n donde se cuida, se piensa para la felicidad (fertilidad) que es poder gozar, poder saber y poder actuar en la vida.</p>     <p><b><font size="3">Referencias</font></b></p>     <!-- ref --><p>1. Trueba Lara JL. La felicidad. M&eacute;xico: Alamah; 2001.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000120&pid=S0034-7450200600020000500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  2. Comte-Sponville A. La felicidad, desesperadamente. Barcelona: Paid&oacute;s; 2001.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0034-7450200600020000500002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  3. Heller A. Sociolog&iacute;a de la vida cotidiana. Barcelona: Pen&iacute;nsula; 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000122&pid=S0034-7450200600020000500003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  4. Humphrey N. A history of the mind. New York: Harpers Collins; 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S0034-7450200600020000500004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  5. Montaigne. Ensayos. Madrid: Editorial Club Internacional del Libro; 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S0034-7450200600020000500005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  6. G&oacute;mez de Silva G. Diccionario etimol&oacute;-   gico de la lengua espa&ntilde;ola. M&eacute;xico: Fondo Econ&oacute;mico de Cultura; 2003.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0034-7450200600020000500006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  7. Moliner M. Diccionario del uso del espa &ntilde;ol. Tomo I. Madrid: Gredos; 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S0034-7450200600020000500007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  8. Kant E. C&oacute;mo orientarse en el pensamiento.   Buenos Aires: Quadrata; 2005.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0034-7450200600020000500008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  9. Maturana H. La objetividad, un argumento   para obligar. Santiago de Chile:   Dolmen; 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S0034-7450200600020000500009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  10. Bateson G. Pasos hacia una ecolog&iacute;a   de la mente. Buenos Aires: Lohl&eacute;-   Lumen; 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0034-7450200600020000500010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  11. Berman M. El reencantamiento del mundo.   Santiago de Chile: Cuatro Vientos;   2001.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0034-7450200600020000500011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>  12. Winnicott DW. El ni&ntilde;o y el mundo externo. Buenos Aires: Horm&eacute;; 1964.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0034-7450200600020000500012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p>Recibido para evaluaci&oacute;n: 2 de febrero de 2006    ]]></body>
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