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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Socratic irony already stated that philosophy did not progress because it always devoted itself to the same matters; philosophical knowledge, besieged by the question of legitimacy, shows its regenerative capacity by always going back to its historical-conceptual foundations. Hence, whoever tried to define the essence of philosophy leaving history aside will be in danger of narrow dogmatism. In its factical situation philosophical reflection deals with issues referred to previous knowledge and opinions which determine the limits to the rationality claims of its knowledge. Philosophical truth is temporal, like any other human truth.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>la filosof&iacute;a y su historia</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p align="center"><font size="3" face="verdana">       <b>Philosophy and its History</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>   <b>Carlos B. Guti&eacute;rrez   *</b></p>     <p>   Universidad de los Andes * <a href="mailto:cgutierr@uniandes.edu.co">cgutierr@uniandes.edu.co</a></p>       <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p>   <b>Resumen</b></p>     <p>   Ya la iron&iacute;a socr&aacute;tica dijo que la filosof&iacute;a no progresaba porque se ocupaba   siempre de los mismos asuntos; el saber filos&oacute;fico, asediado por la cuesti&oacute;n de   su legitimidad, muestra su capacidad regenerativa volviendo siempre sobre sus   fundamentos hist&oacute;rico-conceptuales. De ah&iacute; que quien intente definir la esencia   de la filosof&iacute;a dejando de lado su historia, correr&aacute; siempre el peligro de estrecho   dogmatismo. La reflexi&oacute;n filos&oacute;fica surge referida a conocimientos y opiniones   previos en la facticidad de su situaci&oacute;n que determinan los l&iacute;mites de la pretensi&oacute;n   de racionalidad de su saber. La verdad de la filosof&iacute;a, como toda verdad humana,   es temporal.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   <b>Palabras clave:</b> filosof&iacute;a, historia, progreso, temporalidad, crisis de   legitimidad.</p>       <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p>   <b>Abstract</b></p>     <p>   Socratic irony already stated that philosophy did not progress because it always   devoted itself to the same matters; philosophical knowledge, besieged by the   question of legitimacy, shows its regenerative capacity by always going back to   its historical-conceptual foundations. Hence, whoever tried to define the essence   of philosophy leaving history aside will be in danger of narrow dogmatism. In its   factical situation philosophical reflection deals with issues referred to previous   knowledge and opinions which determine the limits to the rationality claims of its   knowledge. Philosophical truth is temporal, like any other human truth.</p>     <p>   <b>Keywords:</b> philosophy, history, progress, temporality, legitimacy crisis.</p>       <p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p>   <font size="3" face="verdana"><b>1. La historia de la relaci&oacute;n</b></font></p>      <p>   Para descalificar el trabajo filos&oacute;fico se suele contrastar lo   muy largo de su historia con lo magro de sus resultados: no   puede esperarse sin duda mayor cosa de una disciplina que viene   trabajando desde antes que todas las dem&aacute;s sin haber logrado   avances como los de &eacute;stas. Ni una sola de sus tareas tradicionales   parece estar resuelta, mientras que prevalece en ella, eso s&iacute;, la   contienda permanente de escuelas y grupos. Y, sin embargo, el   hecho de un inter&eacute;s siempre renovado en la filosof&iacute;a contradice al escepticismo que desespera de aquello que no se pueda asir con   mano segura. La idea de que la filosof&iacute;a no progresa por ocuparse   siempre sin &eacute;xito de los mismos asuntos, fue por lo dem&aacute;s parte   ya de la sabidur&iacute;a socr&aacute;tica, cuya iron&iacute;a serv&iacute;a al rechazo de falsas   esperanzas. Como sirve tambi&eacute;n la descripci&oacute;n del trabajo filos&oacute;fico   que hace Odo Marquard en las siguientes l&iacute;neas de fino humor:</p>     <p>   Las cuestiones filos&oacute;ficas son de tal naturaleza, que es error t&eacute;cnico   no plantearlas, y es igualmente error t&eacute;cnico resolverlas. El arte de   no cometer ambos errores, es decir, de plantearlas y no resolverlas, se   llama metaf&iacute;sica. Lo que cuenta con los problemas filos&oacute;ficos es saber   transportarlos de cultura en cultura, de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n,   de congreso en congreso, cuidando siempre de que queden resguardados   en sitio seguro. Al cuidado de metaf&iacute;sicos, desde luego, de   quienes siempre podremos estar seguros de que no los resuelvan,   pero tampoco los abandonen o liquiden, cosas ambas demasiado   riesgosas para los problemas. El no despacharlos, lejos de ser una   falla, es, como vemos, una gran cualidad: metaf&iacute;sica es no acabar nunca, como sucede con un buen ataque de risa. (88-89)</p>     <p>   La relaci&oacute;n de la filosof&iacute;a con su historia tiene una historia   cambiante. El esfuerzo te&oacute;rico de los fil&oacute;sofos griegos se entendi&oacute;   inicialmente a s&iacute; mismo como actualizaci&oacute;n de posiciones   precedentes: el alcance de la teor&iacute;a de las ideas sali&oacute; a relucir en   la cr&iacute;tica de Plat&oacute;n a los pensadores presocr&aacute;ticos, en tanto que   la Metaf&iacute;sica de Arist&oacute;teles acendr&oacute; sus conceptos vali&eacute;ndose de   una historia ordenada de los problemas. Actualizar posiciones   precedentes fue ganando luego la forma de comentarios e interpretaciones   de textos cl&aacute;sicos, ejercicio que bajo el cristianismo termin&oacute;   convertido en escol&aacute;stica. Hasta que el cultivo de la pertenencia   a la historia se vio finalmente abolido con el advenimiento de la   modernidad. La actitud moderna se perfil&oacute; en el momento en el   que, al cabo de tanto Aristoteles dixit, esp&iacute;ritus renacentistas &aacute;vidos   de descubrimientos asumieron que la verdad era hija del tiempo,   no de la autoridad, ciertos de saber m&aacute;s que los antiguos, porque el   paso del tiempo les hab&iacute;a enriquecido con muchas experiencias que &eacute;stos no tuvieron. Con la certeza de la incomparable superioridad de lo actual sobre lo pasado, la continuidad de la historia qued&oacute; en entredicho ideol&oacute;gico. A partir de entonces la historia dej&oacute; de ser la maestra de la vida para una conciencia cada vez m&aacute;s desentendida del pasado, desacreditado ahora como fase oscura e impropia de la humanidad; para una conciencia que, en plan de progreso, pas&oacute; a vivir el presente como delgado tabique que atraviesa a cada instante con la energ&iacute;a fija en el porvenir. Al escindir de manera tan radical al pasado del presente, la filosof&iacute;a moderna priv&oacute; a la historia de su poder real, reforzando el entusiasmo por una raz&oacute;n concebida como facultad de expresa fundamentaci&oacute;n argumentativa al margen de toda tradici&oacute;n, marginalidad que la llev&oacute; a creerse atemporal.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   La ideolog&iacute;a del progreso se fue afianzando al disponer del   camino seguro y &uacute;nico hacia lo nuevo del m&eacute;todo cient&iacute;fico,   determinado a la luz del modelo de las demostraciones matem&aacute;ticas,   y referido a la certeza rigurosa que alcanza la mente humana en los   objetos que ella misma construye. El m&eacute;todo acab&oacute; con el terror   de la aleatoriedad; se dispon&iacute;a por fin del novum organum que, al   suplir la imperfecci&oacute;n epistemol&oacute;gica connatural al ser humano,   permit&iacute;a que despegara el advancement of learning. Esto vali&oacute;   tambi&eacute;n para la filosof&iacute;a. Siglo y medio despu&eacute;s del Discurso del   M&eacute;todo, Kant ejerci&oacute; la cr&iacute;tica de la raz&oacute;n pura, a manera, seg&uacute;n &eacute;l, de "un tratado sobre el m&eacute;todo", a fin de que la Metaf&iacute;sica pudiera tomar el camino seguro de la ciencia. Si damos el salto al inicio del siglo XX, encontramos a Husserl lament&aacute;ndose de que, a pesar de haberse logrado la fundamentaci&oacute;n y autonom&iacute;a de las ciencias, no se hubiese alcanzado la constituci&oacute;n de la filosof&iacute;a misma como ciencia rigurosa (cf. Husserl 7); para lograrlo propuso el m&eacute;todo de la "intuici&oacute;n fenomenol&oacute;gica de esencias" (Id. 72). Veinte a&ntilde;os m&aacute;s tarde apareci&oacute; el art&iacute;culo de Moritz Schlick: "El giro en la filosof&iacute;a", en el que sostuvo que, despu&eacute;s de dos mil a&ntilde;os de anarqu&iacute;a de opiniones filos&oacute;ficas y de fallidos intentos de poner fin al caos de los sistemas, los positivistas l&oacute;gicos estaban "en posesi&oacute;n de m&eacute;todos que hacen en principio innecesario cada uno de semejantes conflictos. Lo &uacute;nico que se requiere es aplicarlos con resoluci&oacute;n" (54). Y as&iacute; sucesivamente. La historia de la filosof&iacute;a de los &uacute;ltimos siglos tiene a grandes trechos la forma de una escalaci&oacute;n met&oacute;dico-fundamentadora que encarna a su manera la moderna tradici&oacute;n del progreso.</p>     <p>   Digamos, para terminar esta breve ojeada hist&oacute;rica, que la   contraposici&oacute;n de antiguos y modernos ha permeado todos los   debates en torno a la autocomprensi&oacute;n de la filosof&iacute;a desde que   la modernidad impuso la conciencia de &eacute;pocas. La disputa entre   los viejos y los nuevos se enciende con cada nueva generaci&oacute;n, que   despiadadamente arruma entre lo viejo lo que hasta hace poco a&uacute;n   era nuevo. Y entre m&aacute;s nos acerquemos al momento actual, m&aacute;s   r&aacute;pido parecen sucederse los procesos de relegaci&oacute;n. El m&aacute;s nuevo   tiene cada vez que volverse decididamente contra los que, para &eacute;l,   son viejos; &eacute;l tiene que rechazar la suma de lo legado, para que   su propia palabra pueda ser o&iacute;da. En el sitio de los acontecimientos,   la continuidad parad&oacute;jicamente se muestra cada vez como   enfrentamiento. Y, sin embargo, a lo que, a ra&iacute;z de la aparici&oacute;n   de lo nuevo, vale como superado, aqu&eacute;l lo lleva tanto a cuestas,   que en su negaci&oacute;n se mantiene presente. No hay &eacute;poca alguna cuya irrupci&oacute;n tenga la radicalidad de empezar de cero: tarde o   temprano aflora la dependencia subterr&aacute;nea que a todo lo nuevo le   restituye su hist&oacute;rica finitud.</p>     <p>   <font size="3" face="verdana"><b>2. El car&aacute;cter imprescindible de su historia en la filosof&iacute;a</b></font></p>      <p>   Una mirada hist&oacute;rica permite constatar que el saber filos&oacute;fico   no es un cuerpo acabado de conocimientos, reconocido consensualmente   por una comunidad cient&iacute;fica, y como tal susceptible de   transmisi&oacute;n can&oacute;nica -a pesar de que los dogmatismos se esfuercen   por sugerir que s&iacute; lo es. El saber filos&oacute;fico ha vivido m&aacute;s bien asediado   por la cuesti&oacute;n de su legitimaci&oacute;n: las m&uacute;ltiples respuestas a   la pregunta &iquest;para qu&eacute; filosof&iacute;a? muestran la capacidad regenerativa   de un saber no definitivo, que vuelve siempre sobre sus fundamentos   hist&oacute;rico-conceptuales.</p>     <p>   Como toda verdad humana, la verdad filos&oacute;fica es temporal.   Reconocer la temporalidad radical del saber filos&oacute;fico no equivale,   como muchos creen, a abrir las puertas al relativismo f&aacute;cil. Filosofar   es, por excelencia, el ejercicio del uso propio y libre de la raz&oacute;n que   culmina en la creatividad cr&iacute;tica. Quien llega a una tesis vali&eacute;ndose   de procedimientos de raz&oacute;n, abriga generalmente la convicci&oacute;n de la   verdad de su tesis, lo cual no es incompatible con la actitud cr&iacute;tica. S&iacute;   lo es, en cambio, que quien est&aacute; convencido de la verdad de una tesis   excluya la posibilidad de errar, y se niegue as&iacute; a la continuidad de la   cr&iacute;tica racional. En nombre de la historicidad insuperable de todo   humano conocer, hay que problematizar las pretensiones de absolutez   como malcomprensi&oacute;n de la filosof&iacute;a. Frente a la afirmaci&oacute;n   plat&oacute;nica de que los dioses no filosofan, valdr&aacute; siempre recordar   que los seres humanos filosofan, no porque dispongan de la verdad   absoluta, sino precisamente porque carecen de ella.</p>     <p>   De la filosof&iacute;a sabemos, seg&uacute;n la evidencia de su historia, que   no es una actividad progresiva, y s&iacute; m&aacute;s bien una actividad permanente   del esp&iacute;ritu, el ejercicio propio y libre de la raz&oacute;n que se   despliega en medio de las tradiciones de los diferentes planteamientos   de sus preguntas. La historia, como ha dicho Bubner, m&aacute;s que   destino de la filosof&iacute;a, es la expresi&oacute;n de su naturaleza. Ya la misma   dificultad de decir sin referencia hist&oacute;rica alguna qu&eacute; sea la filosof&iacute;a,   nos indica cu&aacute;n profundamente lleva ella la impronta de la   historia. De ah&iacute; que, quien intente definir la esencia de la filosof&iacute;a   dejando de lado a su historia, correr&aacute; siempre el peligro de caer en   dogmatismo estrecho. Tanto m&aacute;s cuanto que es absolutamente normal   hacer pasar por filosof&iacute;a a la moda dominante en el momento.   Que las ciencias puedan ser estudiadas sin tomar en cuenta su   historia, pasa hoy por ser algo positivo. Ocuparse de ella ha llegado   a ser tenido como desv&iacute;o del entrenamiento en "investigaci&oacute;n de   punta", pues se asume que en el m&aacute;s nuevo estadio de investigaci&oacute;n hayan quedado definitivamente superadas las concepciones previas   del objeto en cuesti&oacute;n. Las ciencias tratan y tienen que tratar a su   historia de manera diferente. La obligaci&oacute;n del progreso est&aacute; &iacute;ntimamente   relacionada con la limitaci&oacute;n sist&eacute;mica, mediante la cual   defienden las ciencias su competencia para el segmento de lo real que   les corresponde. Concentradas en sus objetos particulares, proceden   las ciencias de manera tanto correcta como exitosa, porque normalmente   no tienen que pagar el precio de tematizar sus presupuestos.   Ellas no tienen que preguntar c&oacute;mo se haya constituido lo que toman   como dado para investigarlo cient&iacute;ficamente, y no las ocupa en   su trabajo la posibilidad de aspectos externos a la especialidad que   desborden su selecci&oacute;n tem&aacute;tica. Y, ante todo, no tienen ellas para   nada que ocuparse de lo que, m&aacute;s all&aacute; de sus bien seleccionados y   delimitados objetos, sea el ser en general.</p>     <p>   No ocurre lo mismo con la filosof&iacute;a. Adem&aacute;s de que, en la permanente   crisis de legitimidad de sus fundamentos, la filosof&iacute;a tenga   siempre que volver sobre ellos, la cuestionabilidad de sus contenidos   hace indispensable el recurso a propuestas precedentes. El   desconocimiento de la historia condiciona una estrechez de miras   no auspiciosa para la filosof&iacute;a. Quien se declara seguro de la verdad   s&oacute;lo porque no toma en cuenta alternativa alguna, vuelve nugatorios   los fundamentos de su posici&oacute;n. La estrechez de miras no gana en   racionalidad por el mero hecho de que se la institucionalice mediante   una nueva escol&aacute;stica pedag&oacute;gica, o mediante el silenciamiento   de alternativas potenciales. La tradici&oacute;n de las diferentes respuestas   a sus preguntas es el campo donde se muestra la capacidad de regeneraci&oacute;n   del filosofar; la historia pone as&iacute; en evidencia que la crisis   permanente de legitimidad en la filosof&iacute;a es s&iacute;ntoma de vida, no se&ntilde;al   inequ&iacute;voca de decadencia o de muerte.</p>     <p>   En medio de tanto af&aacute;n por ser original, se suele olvidar que los   pensamientos filos&oacute;ficos no caen del cielo, y que la reflexi&oacute;n filos&oacute;fica   crece m&aacute;s bien en un suelo pre-filos&oacute;fico de conocimientos y   opiniones. El saber previamente existente puede tomar la forma de   una comprensi&oacute;n global de mundo, de una orientaci&oacute;n de la sociedad,   o de una interpretaci&oacute;n de la historia; por lo general son hoy   las ciencias las que aportan ese saber, frente al cual la tarea filos&oacute;fica   es de esclarecimiento y de cr&iacute;tica de conceptos y procedimientos.   Referida as&iacute; al saber precedente, la filosof&iacute;a reconoce su propia facticidad   como hecho hist&oacute;rico, y gana as&iacute; conciencia de lo que restringe   la pretensi&oacute;n de racionalidad de ese saber. La reflexi&oacute;n filos&oacute;fica ampl&iacute;a   entonces el horizonte, supera el d&eacute;ficit de racionalidad y hace   que, al desbordar el problema sus l&iacute;mites hist&oacute;ricos, se convierta en   pregunta actual. Es en este sentido que vale la afirmaci&oacute;n de Hegel,   de que "toda filosof&iacute;a es su tiempo comprendido en pensamientos". </p>     <p><font size="3" face="verdana"><b>3. &iquest;Naufraga en la historia la creatividad filos&oacute;fica del presente?</b></font></p>      <p> &iquest;C&oacute;mo hacerle honor a la historicidad de la filosof&iacute;a sin condenar         nuestro trabajo a mera reposici&oacute;n? Desde la antig&uuml;edad se dice         que el filosofar comienza con el asombro. El asombro surge cuando         el saber propio se muestra insuficiente. Tal experiencia, sin embargo,         no es cosa de ignorancia ingenua, ya que hay que contar con un         cierto acopio de saber como trasfondo para poder reconocer carencias         espec&iacute;ficas. El asombro arcaico fue como el despertar y escalar         de la conciencia de problemas que se atraviesan en nuestro camino         y no nos dejan las salidas de siempre. El transcurso del tiempo fue         luego aportando entrenamiento en preguntar, y la filosof&iacute;a se hizo         a una cierta t&eacute;cnica para tratar con problemas. La historia de la         filosof&iacute;a junta todo este know how, susceptible, claro est&aacute;, de usos         diferentes. Ya sea como patrimonio que simplemente se administra         y conserva, o bien como recursos que se utilizan creativamente         para seguir preguntando e introduciendo nuevas perspectivas, para         hacer que lo sobreentendido vuelva a hacerse notable y mueva a         asombro. La filosof&iacute;a tiene entre tanto tanta filosof&iacute;a a su espalda,         que no puede eludir este legado: si ella no quiere hundirse bajo el         peso de lo sabido, y renunciar a toda originalidad a favor de un ideal         meramente doxogr&aacute;fico, tiene entonces que invertir su riqueza en         un giro decidido de reflexi&oacute;n. Del patrimonio muerto se nutre as&iacute;   un preguntar insistente, que vivifica por lo menos en parte la inmensa   cantidad de pensamientos ya pensados.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   La investigaci&oacute;n filos&oacute;fica jam&aacute;s puede tomar prestados elementos   de otra &eacute;poca, a menos que se limite a adoptar una perspectiva   cultural; "el pasado s&oacute;lo se manifiesta con arreglo a la resoluci&oacute;n y a   la capacidad de apertura de la que dispone el presente" (Heidegger   30), anot&oacute; el joven profesor Heidegger en el manuscrito que bosqueja   la novedosa interpretaci&oacute;n de Arist&oacute;teles que de la noche a la ma&ntilde;ana   le hizo famoso en toda Alemania. Arist&oacute;teles -o cualquier otro   autor ejemplar- nos fuerza, m&aacute;s all&aacute; del relato hist&oacute;rico, a llenar lo   que &eacute;l dijo con el m&aacute;ximo de sentido de que hoy seamos capaces. "Comprender -as&iacute; lo define Heidegger-, no significa el mero constatar, sino el reiterar originariamente lo comprendido en el sentido de la m&aacute;s propia situaci&oacute;n y para ella" (id. 33). La comprensi&oacute;n logra as&iacute; un doble objetivo: permitir a un mismo tiempo que el texto viejo hable mejor, y que la existencia del que comprende se vuelva m&aacute;s aut&eacute;ntica.</p>     <p>   Comprender significa tanto como relacionar un sentido con   nuestra situaci&oacute;n y con nuestras preguntas. No hay primero un   comprender puro y objetivo de sentido, que gane luego significaci&oacute;n   adicional al volverlo hacia nuestros interrogantes. Fue por   eso un error del historismo hacer depender la objetividad de la auto-   extinci&oacute;n del sujeto int&eacute;rprete, ya que la verdad, concebida como aclaraci&oacute;n o iluminaci&oacute;n de sentido, s&oacute;lo acaece en el discurrir de   su inserci&oacute;n hist&oacute;rico-efectiva. As&iacute;, pues, no se trata de esforzarnos   por descartar nuestras expectativas interrogantes de sentido, sino   de hacerlas bien conscientes a fin de que los textos que buscamos   comprender puedan responder claramente a ellas. La dial&eacute;ctica de   pregunta y respuesta permite que el comprender deje de ser visto   como la aprehensi&oacute;n de un contenido no&eacute;tico de sentido, y se muestre   m&aacute;s bien como consumaci&oacute;n de la reciprocidad que anima a todo di&aacute;logo.</p>     <p>   Huelga decir que no hay textos en s&iacute;, inmutables por toda la   eternidad, de manera que quienes quieran comprenderlos s&oacute;lo   tengan que dar un salto por encima del tiempo y deslizarse en la   mente del genial autor. La forma de realizaci&oacute;n de la comprensi&oacute;n   es la interpretaci&oacute;n que se despliega en el medio de un lenguaje que   pretende dejar hablar al asunto de que se trata, y es al mismo tiempo   el lenguaje del int&eacute;rprete. Puesto que el int&eacute;rprete le presta su   lenguaje al texto para que &eacute;ste pueda hablar en la situaci&oacute;n respectiva,   el texto accede cada vez al habla, no en calidad de propiedad   del int&eacute;rprete o del autor, sino como algo en com&uacute;n. No puede haber   por tanto una interpretaci&oacute;n correcta en s&iacute;, porque se trata del   texto mismo que habla en cada caso en el lenguaje de una nueva   apropiaci&oacute;n. El hecho de que toda interpretaci&oacute;n deba plegarse a   la situaci&oacute;n hermen&eacute;utica a la que pertenece, no relativiza en lo   m&aacute;s m&iacute;nimo su pretensi&oacute;n de verdad, toda vez que el lenguaje que   ella presta no genera un segundo sentido adem&aacute;s del sentido interpretado;   los conceptos interpretativos desaparecen m&aacute;s bien tras   el asunto del que se trata, al que ellos ponen "en la balanza de las palabras" (Gadamer 478).</p>     <p>   No existe tampoco un inventario de eternos problemas, como   creyeron los neokantianos decimon&oacute;nicos. Aunque los sistemas   filos&oacute;ficos no se puedan ordenar en un curso progresivo del conocimiento,   pensaron ellos, por lo menos los problemas a los que las   diferentes doctrinas buscan responder han sido siempre los mismos   y siempre se los puede reconocer. Para poner en evidencia al dogmatismo   envuelto en semejante concepci&oacute;n, remit&aacute;monos al problema   de la libertad, supuestamente id&eacute;ntico a trav&eacute;s del tiempo, ya que   siempre se plantea de nuevo, puesto que ninguna soluci&oacute;n posible   es capaz de hacerlo desaparecer. &iquest;Es el problema de la libertad realmente   el mismo en todas las &eacute;pocas? &iquest;Es que acaso el mito plat&oacute;nico   de que el alma en un estadio pre-natal elige su suerte de vida, y   m&aacute;s tarde, cuando se lamenta de su elecci&oacute;n, obtiene por respuesta   la de "eres culpable de tu elecci&oacute;n", concierne a lo mismo que la   propuesta estoica, que encarec&iacute;a como &uacute;nico camino hacia la libertad   el no apegarse a algo que no dependa de uno? &iquest;Se trata a&uacute;n del   mismo problema cuando la teolog&iacute;a cristiana teje y trata de resolver su gran enigma entre la libertad humana y la providencia divina? &iquest;O cuando en medio del auge de las ciencias naturales se pregunta c&oacute;mo haya que comprender la posibilidad de la libertad de cara al determinismo universal del acaecer natural? &iexcl;No! "El" problema de la libertad es como una pregunta jam&aacute;s realmente hecha, y lo que cuenta en la comprensi&oacute;n son las preguntas. Un problema eterno no es m&aacute;s que una abstracta esquematizaci&oacute;n de posibilidades de pregunta que hay que devolver a la vida dial&eacute;ctica de la experiencia, que con su movilidad negativa se consuma en el radical saber que no se sabe (cf. Guti&eacute;rrez 252 ss.).</p>     <p>   La historia de la filosof&iacute;a puede asumir una funci&oacute;n productiva.   Cuando no se trata tan s&oacute;lo de repetir detalladamente doctrinas   pasadas, sino de aprender de nuevo a asombrarse, los conocimientos   hist&oacute;ricos son una reserva casi inagotable de &uacute;til enajenaci&oacute;n.   Ya el develar la procedencia de motivos que nos son familiares   disipa el car&aacute;cter sobrentendido que les solemos dar. Tambi&eacute;n el   estudio de los desplazamientos de sentido de los conceptos le restituye   a la r&iacute;gida terminolog&iacute;a especializada un horizonte amplio   y una flexibilidad sem&aacute;ntica, que pueden resultar en aclaraci&oacute;n de   la propia posici&oacute;n del estudioso. Mayor alcance tiene la experiencia   contrastiva que se gana cuando, a partir de los presupuestos   b&aacute;sicos y a lo largo de todo su razonamiento expositivo, se reconstruyen   cuidadosamente conceptos alternativos de la tradici&oacute;n.   La "reconstrucci&oacute;n racional" no puede olvidar, sin embargo, que   toda concepci&oacute;n de racionalidad, por m&aacute;s adecuada a est&aacute;ndares   cient&iacute;ficos que se crea, est&aacute; sujeta al cambio hist&oacute;rico, y que siempre   resultar&aacute; cuestionable proyectar hacia el pasado el estadio de conocimiento   alcanzado en un momento determinado. &Uacute;ltimamente se   fincan los esfuerzos en hacer transparente la estructura argumentativa   de filosofemas hist&oacute;ricos. Es cierto, desde luego, que la filosof&iacute;a   procede la mayor&iacute;a de las veces argumentativamente, satisfaciendo   el viejo postulado del rendir cuentas (l&oacute;gon did&oacute;nai); el atisbo de   Wittgenstein en la multiplicidad de juegos de lenguaje con sentido,   deber&iacute;a guardarnos, sin embargo, de estatuir una forma principal del habla como la &uacute;nica admisible.</p>     <p>   Una mirada a la historia de la filosof&iacute;a muestra que las formas   de expresi&oacute;n var&iacute;an mucho en ella como para acoger &uacute;nicamente   la argumentaci&oacute;n claramente articulada. Entre ellas figuran el   pronunciamiento que no se atiene estrechamente a la fuerza demostrativa,   las teor&iacute;as dial&eacute;cticas, los modelos de una estructura   constructiva que gana su astringencia a partir de una secuencia de   pasos cognoscible con evidencia, la tradici&oacute;n ret&oacute;rica de una t&oacute;pica   que opera con t&eacute;cnicas de persuasi&oacute;n, hasta el recurso a mitos que   se descifran seg&uacute;n el modelo de la traducci&oacute;n metaf&oacute;rica. Valdr&iacute;a pues la pena tratar no s&oacute;lo de hacer transparentes momentos de la   tradici&oacute;n respecto a su estructura argumentativa, sino tambi&eacute;n de   hacerse presente el esbozo total de las filosof&iacute;as, de manera que,   dado el caso, se eche de ver su contraste con el estilo discursivo que   se emplea hoy. As&iacute;, en vez de asegurarse de una continuidad ex post   factum que desemboca en el presente, se explorar&iacute;an posibilidades nuevas y hasta insospechadas de asombro (Bubner 12).</p>     <p> <font size="3" face="verdana"><b>4. Un saber dial&oacute;gico</b></font></p>      <p>   Llegamos, al final, al di&aacute;logo que es el saber filos&oacute;fico. La   actividad filos&oacute;fica, tal como la describe el mexicano Luis Villoro,   es "una actividad solitaria que requiere de comunidad" (Oliv&eacute; y   Villoro 13). No es s&oacute;lo que todo comprender se d&eacute; en la reciprocidad   del di&aacute;logo; es que el saber filos&oacute;fico no puede prescindir   del ox&iacute;geno de la cr&iacute;tica. Formarse un juicio propio, ep&iacute;tome de   actitud cr&iacute;tica, significa irritar y hacer conscientes los puntos de   vista y los prejuicios propios a fin de que, en contrajuego con ellos,   se hagan visibles y se hagan valer los puntos de vista de los otros.   Si no permitimos que los argumentos de otros contiendan con los   nuestros, quedaremos condenados a prisi&oacute;n perpetua en lo propio,   en lo de siempre. De ah&iacute; que la tarea del que filosofa sea como la   de los dem&aacute;s seres humanos, la que Hegel, cuando era rector de   un colegio de N&uuml;remberg, le encarec&iacute;a a sus pupilos: formarse a s&iacute;   mismos: ir ampliando su horizonte de comprensi&oacute;n de manera que &eacute;ste abarque cada vez m&aacute;s otros puntos de vista, lo cual le permite acceder a un saber amplio y general. Este saber le facilitar&aacute; aprender que hay otras y mejores maneras de comportarse y de hacer que la suya, la cual deja por tanto de ser &uacute;nica y necesaria: con la distancia de s&iacute; mismo ganan entonces fil&oacute;sofos y seres humanos un espacio m&aacute;s amplio para diferenciar lo esencial de lo inesencial (cf. Hegel 259).</p>     <p>   El inicio griego de la filosof&iacute;a se nutri&oacute; del atisbo de que el   lenguaje alcanza su plenitud en el di&aacute;logo, en el cual los participantes   se abren al &aacute;mbito de la raz&oacute;n, es decir, al &aacute;mbito de lo compatible   por naturaleza y para todos vinculante. Ello era posible gracias a   que en el di&aacute;logo se desplegaba una comunidad original, de la cual   los dialogantes no eran al inicio suficientemente conscientes. De   ah&iacute; que el di&aacute;logo, entonces y ahora, sea visto como una genuina   experiencia en la que algo pasa a los interlocutores, quienes al cabo   del ejercicio dial&oacute;gico son un poquito m&aacute;s, distintos en algo de lo   que eran antes de &eacute;l.</p>     <p>   La raz&oacute;n humana es matizada y sobre todo polif&oacute;nica.   Dial&oacute;gicamente se va articulando el punto de vista propio, sabiendo   de la posible superioridad de los razonamientos de otros. Dialogar es desplegar la razonabilidad pr&aacute;ctica desde horizontes que se   traslapan, se fusionan y separan en el encuentro y desencuentro de   tradiciones. Se trata del di&aacute;logo de raigambre socr&aacute;tica, en el que las   preguntas van por delante, y en el que, al irnos haciendo conscientes   nuestros prejuicios y condicionamientos, lo otro y los otros dejan de   ser invisibles y se hacen valer por s&iacute; mismos. Y puesto que darles la   raz&oacute;n a los otros es sin duda algo dif&iacute;cil de aceptar, hay entonces   que aprender siempre de nuevo, contra uno mismo muchas veces, a   estar equivocado, a perder en el juego de la comprensi&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Frente a las viejas y nuevas ideolog&iacute;as del consenso, la reflexi&oacute;n   hermen&eacute;utica en torno a la otredad refuerza la importancia del   cultivo del disenso, que, al decir de Rorty, es "expresi&oacute;n de esperanza   de que el espacio cultural dejado por la epistemolog&iacute;a conmensurante   no llegue a llenarse" (287-288). El cultivo del di&aacute;logo es la   alternativa &uacute;nica a "la violencia del acogedor abrazo de la Raz&oacute;n"   (Bernstein 18), que privilegia en la filosof&iacute;a la unidad y la totalidad.   De lo que se trata es de recuperar un sentido de pluralidad que   desaf&iacute;e cualquier f&aacute;cil reconciliaci&oacute;n total. Sabiendo que siempre   ser&aacute; posible no hacerle justicia a la otredad, debemos resistirnos a   la doble tentaci&oacute;n de asimilarla superficialmente a lo mismo, y de   rechazarla como insignificante o nociva. Hay que aprender a vivir   con la inestabilidad de lo otro y de los otros, aprendizaje siempre   fr&aacute;gil y precario que no conoce una soluci&oacute;n final.</p>      <p>   <font size="3" face="verdana"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>      <!-- ref --><p>   Bernstein, R. "Una revisi&oacute;n de las conexiones entre inconmensurabilidad   y otredad", Isegor&iacute;a 3 (1991).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000045&pid=S0120-0062200800020000400001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Bubner, R. Antike Themen und ihre moderne Verwandlung. Frankfurt am   Main: Suhrkamp, 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000046&pid=S0120-0062200800020000400002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Gadamer, H. Verdad y M&eacute;todo I, trad. Ana Agut y Rafael de Agapito.   Salamanca: S&iacute;gueme, 1977.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000047&pid=S0120-0062200800020000400003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Guti&eacute;rrez, C. Temas de filosof&iacute;a hermen&eacute;utica. Bogot&aacute;: Universidad de los   Andes y Universidad Nacional de Colombia, 2002.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000048&pid=S0120-0062200800020000400004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Hegel, G. W. F. N&uuml;rnberger und Heidelberger Schriften 1808-1817 (Werke   4). Frankfurt am Main: Felix Meiner, 1970.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000049&pid=S0120-0062200800020000400005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Heidegger, M. Interpretaciones fenomenol&oacute;gicas sobre Arist&oacute;teles, trad.   Jes&uacute;s Escudero. Madrid: Trotta, 2002.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000050&pid=S0120-0062200800020000400006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Husserl, E. Philosophie als strenge Wissenschaft. Frankfurt am Main:   Klostermann, 1965.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000051&pid=S0120-0062200800020000400007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Marquard, O. "Skeptische Betrachtung zur Lage der Philosophie", Wozu Philosophie?, ed. Hermann L&uuml;bbe. Berlin: Walter de Gruyter, 1978.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000052&pid=S0120-0062200800020000400008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Oliv&eacute;, L. y Villoro, L. (eds.). Filosof&iacute;a moral, educaci&oacute;n e historia: Homenaje   a Fernando Salmer&oacute;n. M&eacute;xico: UNAM, 1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000053&pid=S0120-0062200800020000400009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Rorty, R. La filosof&iacute;a y el espejo de la naturaleza, trad. Jes&uacute;s Fern&aacute;ndez.   Madrid: C&aacute;tedra, 1983.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000054&pid=S0120-0062200800020000400010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>   Schlick, Moritz. "The turning point in Philosophy", Logical Positivism, ed.   Ayer, A. J. Glencoe: Free Press, 1959.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000055&pid=S0120-0062200800020000400011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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