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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[LA ESTRUCTURA DISPOSICIONAL DE LOS SENTIMIENTOS]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[The Dispositional Structure of Sentiments]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[On the basis of the appraisal theory of emotions developed by Frijda and his colleagues, the article argues that sentiments may be understood as partially isomorphic to emotions, whose main characteristic is the disposition of individuals to believe in their emotional experiences and to act in accordance with them. It also explores the criteria that make it possible to differentiate sentiments from other types of dispositions such as moods and character traits. Finally, it underscores the relevance of this research for political and moral philosophy.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <FONT SIZE="2" FACE="VERDANA"> </FONT>     <P   align="center" ><font size="4" face="VERDANA"><b>LA ESTRUCTURA DISPOSICIONAL DE LOS SENTIMIENTOS </b></font></P >     <P   align="center" ><font size="3" face="VERDANA"><I>The Dispositional Structure of Sentiments </I></font></P >     <P   align="center" >&nbsp;</P > <FONT SIZE="2" FACE="VERDANA">     <P   align="right" ><b>OMAR ROSAS</b>    <br>   Universiteit Twente - Pa&iacute;ses Bajos    <br>   <a href="mailto:omar.rosas@fundp.ac.be">omar.rosas@fundp.ac.be</a></P >     <P   align="right" ><I>Art&iacute;culo recibido: 10 de marzo de 2009; aceptado: 28 de marzo de 2010.</I></P > <hr size="1">     <P   align="justify" ><B>Resumen </b></P >     <P   align="justify" > Con base en la teor&iacute;a valorativa de las emociones, desarrollada por Frijda y sus colegas, se argumenta que los sentimientos pueden entenderse como parcialmente isomorfos a las emociones, cuyo rasgo fundamental radica en las disposiciones de un individuo a creer en sus experiencias emocionales y actuar en congruencia con estas. Adem&aacute;s, se exploran los criterios que permiten diferenciar los sentimientos de otros tipos de disposici&oacute;n como los estados de &aacute;nimo y los rasgos de car&aacute;cter. Finalmente se subraya la pertinencia de esta investigaci&oacute;n para la filosof&iacute;a pol&iacute;tica y moral. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>       <p align="left"><I>Palabras clave: </I>N. Frijda, disposiciones, emociones, sentimientos. </p> </blockquote> <hr size="1">     <P   align="justify" ><B>Abstract </b></P >     <P   align="justify" > On the basis of the appraisal theory of emotions developed by Frijda and his colleagues, the article argues that sentiments may be understood as partially isomorphic to emotions, whose main characteristic is the disposition of individuals to believe in their emotional experiences and to act in accordance with them. It also explores the criteria that make it possible to differentiate sentiments from other types of dispositions such as moods and character traits. Finally, it underscores the relevance of this research for political and moral philosophy.</P >     <blockquote>       <p align="justify"><I>Key words: </I>N. Frijda, dispositions, emotions, sentiments. </p> </blockquote> <hr size="1">     <P   align="justify" ><B>Introducci&oacute;n </b></P >     <P   align="justify" > Una de las caracter&iacute;sticas m&aacute;s sobresalientes de las palabras con las que describimos y atribuimos estados mentales con contenido afectivo es que sirven para denotar diversas experiencias cuyas estructuras fenomenol&oacute;gicas pueden variar considerablemente entre s&iacute;. Para ilustrar este punto, consideremos, por ejemplo, los siguientes enunciados sobre la tristeza: </P > <OL   type="1" >   <LI   align="justify" >Juan est&aacute; triste por la muerte de su gato.</LI >   <LI   align="justify" >Juan se despert&oacute; esta ma&ntilde;ana, contempl&oacute; el cielo y, sin saber por qu&eacute;, se sinti&oacute; triste.</LI >   <LI   align="justify" >Juan es un hombre triste.</LI >   <LI   align="justify" >Tras cinco a&ntilde;os de divorcio, Juan se siente todav&iacute;a muy triste.</LI > </OL >     <P   align="justify" >Aunque el uso del t&eacute;rmino <I>triste</I> nos proporciona una idea general de la experiencia afectiva<a href="#pie1" name="spie1"><sup>1</sup></a> de Juan en cada caso particular, es preciso observar que cada ejemplo supone una articulaci&oacute;n cualitativamente diferente de variables cognitivas y motivacionales. En el ejemplo (1), la tristeza de Juan implica una reacci&oacute;n puntual cuyo objeto intencional es evidente y concierne a &quot;la muerte de su gato&quot;. En este caso, la tristeza de Juan corresponde a lo que generalmente se entiende por &quot;emoci&oacute;n&quot;. El ejemplo (2) nos presenta una situaci&oacute;n en la que la tristeza de Juan no posee un objeto intencional preciso. La experiencia afectiva es real, pero su causa es difusa, vaga. Aqu&iacute; la acepci&oacute;n del t&eacute;rmino <I>tristeza</I> indica m&aacute;s un estado de &aacute;nimo o humor temporal que una emoci&oacute;n. La situaci&oacute;n del ejemplo (3) nos sugiere que la tristeza de Juan es una cualidad constante de su forma de ser que impregna y motiva sus percepciones, pensamientos, gestos, palabras e interacciones. El punto crucial aqu&iacute; es que se trata de un rasgo del car&aacute;cter de Juan que no implica, en principio, una relaci&oacute;n puntual con un objeto intencional definido. Finalmente, la situaci&oacute;n representada en el ejemplo (4) es m&aacute;s compleja que las tres anteriores. En este caso podemos ofrecer tres interpretaciones. En primer lugar, la tristeza de Juan puede corresponder en cierto grado a un s&iacute;ndrome depresivo que se manifiesta, por ejemplo, en su incapacidad para &quot;hacer el duelo&quot; de su matrimonio y reconstruir su vida. Este s&iacute;ndrome puede entenderse como un estado de &aacute;nimo anormal y relativamente duradero que no implica <I>a priori</I> que Juan sea un hombre triste. En segundo lugar, su tristeza puede entenderse como consecuencia de su car&aacute;cter triste, lo cual implica que la experiencia de su divorcio es uno de los tantos episodios de su biograf&iacute;a en los que se perfila su disposici&oacute;n a la tristeza. En tercer lugar, la tristeza de Juan puede entenderse como su inclinaci&oacute;n o tendencia a sentirse triste cada vez que, por ejemplo, contempla las fotos del matrimonio, encuentra una carta de amor de su ex esposa en el caj&oacute;n de su escritorio o recuerda los proyectos que hab&iacute;an imaginado juntos. En este &uacute;ltimo caso podemos considerar la tristeza de Juan como un sentimiento, es decir, como una experiencia afectiva compleja, disposicional, duradera, motivada por y referida a un objeto intencional diferenciado.</P >     <P   align="justify" >Los ejemplos anteriores hacen evidente, pues, el hecho de que nuestro lenguaje cotidiano est&aacute; cargado de realizaciones l&eacute;xicas que favorecen la utilizaci&oacute;n de un mismo t&eacute;rmino (por ejemplo, <I>tristeza</I>) para designar diversas variaciones sobre un tema afectivo. Sin embargo, a pesar de que estos t&eacute;rminos puedan constituir tipos ling&uuml;&iacute;sticos (Wierzbicka 1999) y psicol&oacute;gicos (Niedenthal &amp; Halberstadt 2000) cuyas instancias forman nuestros conceptos afectivos cotidianos (Russell, Fern&aacute;ndez-Dols, Manstead &amp; Wellenkamp 1995), es preciso constatar que la singularidad pragm&aacute;tica de estos t&eacute;rminos no constituye en s&iacute; misma una garant&iacute;a suficiente para determinar el tipo de experiencia afectiva al que hacemos alusi&oacute;n. En otras palabras, el riesgo latente que se corre cuando se utilizan dichos t&eacute;rminos sin restricciones fenomenol&oacute;gicas contextuales es que el ejercicio de la econom&iacute;a ling&uuml;&iacute;stica inherente al lenguaje natural sacrifique la especificidad de una experiencia afectiva en nombre de la parsimonia conceptual. Lo que necesitamos para distinguir adecuadamente las experiencias afectivas es, pues, un conjunto de criterios de articulaci&oacute;n de variables cognitivas y motivacionales que nos permitan discernir si una experiencia afectiva determinada es una emoci&oacute;n, un estado de &aacute;nimo, la manifestaci&oacute;n de un rasgo de car&aacute;cter o un sentimiento. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P   align="justify" >En el contexto de este art&iacute;culo me ocupar&eacute; particularmente de los criterios que, inspirados por concepciones filos&oacute;ficas, han sido propuestos por los psic&oacute;logos Nico Frijda (1986, 1994, 2008) y sus colaboradores (Frijda, Mesquita, Sonnemans &amp; Van Goozen 1991, Frijda &amp; Mesquita 2001) para distinguir los sentimientos de otras experiencias afectivas. Dichos criterios son: la duraci&oacute;n/estabilidad de un sentimiento -especialmente cuando se le contrasta con las emociones-, la especificidad de su objeto intencional -algo que, al parecer, es deficitario en los rasgos de car&aacute;cter y los estados de &aacute;nimo- y la fijaci&oacute;n de creencias generadas por las emociones subyacentes al sentimiento. Estos criterios convergen en una concepci&oacute;n relevante, tanto para la filosof&iacute;a como para la psicolog&iacute;a, a saber: los sentimientos, entendidos como <I>disposiciones afectivas</I>, manifiestan las tendencias de un individuo a percibir el mundo desde un trasfondo afectivo particular, formar ideas adecuadas a su percepci&oacute;n y generar las pautas de acci&oacute;n correspondientes. </P >     <P   align="justify" >Sin embargo, esta articulaci&oacute;n entre disposici&oacute;n y afectividad genera por lo menos tres interrogantes. En primer lugar, es preciso definir lo que se entiende por afectividad cuando nos referimos a un sentimiento. En el enfoque particular que examinar&eacute; aqu&iacute;, la dimensi&oacute;n afectiva de un sentimiento se entiende en t&eacute;rminos de emociones particulares que impregnan o colorean la disposici&oacute;n afectiva de un individuo. Pero si la carga afectiva de un sentimiento se obtiene, por as&iacute; decir, &quot;transitivamente&quot;, a trav&eacute;s de la experiencia de una emoci&oacute;n, podemos preguntarnos si los sentimientos no son m&aacute;s que epifen&oacute;menos de las emociones, en cuyo caso no necesitar&iacute;amos asignarles un estatus epistemol&oacute;gico especial; bastar&iacute;a simplemente con entenderlos como emociones duraderas. En segundo lugar, el calificativo &quot;disposici&oacute;n afectiva&quot; se aplica no s&oacute;lo a los sentimientos, sino tambi&eacute;n a otras experiencias afectivas como los estados de &aacute;nimo y los rasgos de car&aacute;cter. La pregunta que surge aqu&iacute; es en qu&eacute; medida los criterios de duraci&oacute;n, especificidad del objeto intencional y fijaci&oacute;n de creencias constituyen argumentos suficientes y necesarios para distinguir entre sentimientos, estados de &aacute;nimo y rasgos de car&aacute;cter. Finalmente, dado que las disposiciones son propensiones o inclinaciones que precisan de condiciones apropiadas para su actualizaci&oacute;n, ellas no son por s&iacute; mismas motivos para actuar. En consecuencia, la pregunta que surge tiene que ver, pues, con los posibles factores motivantes de un sentimiento. Responder a estas tres preguntas ser&aacute; mi objetivo principal. </P >     <P   align="justify" >La estructura del art&iacute;culo est&aacute; concebida de la siguiente manera. La primera secci&oacute;n comporta una clarificaci&oacute;n terminol&oacute;gica e hist&oacute;rica del concepto de <I>sentimiento</I>. La segunda secci&oacute;n introduce la perspectiva de Nico Frijda y sus colaboradores sobre el car&aacute;cter disposicional de los sentimientos, perspectiva a trav&eacute;s de la cual se despejar&aacute; el terreno para analizar las tres preguntas mencionadas anteriormente. La tercera secci&oacute;n examinar&aacute;, desde un punto de vista filos&oacute;fico, la pertinencia de los criterios de distinci&oacute;n, as&iacute; como de las nociones de disposici&oacute;n y emoci&oacute;n contenidas en dicha perspectiva, y propondr&aacute; una elucidaci&oacute;n de los sentimientos como disposiciones afectivas. La &uacute;ltima secci&oacute;n estar&aacute; consagrada a algunas conclusiones y prospectivas de esta investigaci&oacute;n y su pertinencia para la filosof&iacute;a pol&iacute;tica y moral. </P >     <P   align="justify" ><B>1. Notas preliminares sobre el concepto de <I>sentimiento </I></b></P >     <P   align="justify" > El t&eacute;rmino <I>sentimiento</I> presenta una ambig&uuml;edad referencial que nos permite entenderlo, o bien como una <I>sensaci&oacute;n</I>, es decir, un componente sensorial de una experiencia, o bien, y en un sentido m&aacute;s restringido, como un <I>estado mental</I> compuesto de elementos afectivos, cognitivos y motivacionales, y referido a un objeto intencional. Esta ambig&uuml;edad se refleja igualmente en el hecho de que los conceptos de <I>feeling</I> y <I>sentiment</I> se traducen com&uacute;nmente al castellano como &quot;sentimiento&quot;. Aunque en la literatura filos&oacute;fica y psicol&oacute;gica anglosajona estos dos t&eacute;rminos han sido a menudo diferenciados, la historia de su uso revela interconexiones sem&aacute;nticas que favorecen la confusi&oacute;n referencial. </P >     <P   align="justify" >Seg&uacute;n el <I>Oxford English Dictionary</I>, los primeros registros del t&eacute;rmino <I>feeling</I> aparecen en los siglos XII y XIII, esencialmente como maneras de referirse a la sensibilidad propia del sentido del tacto. Posteriormente, en los siglos XIV y XV, este t&eacute;rmino, utilizado usualmente en plural, designa sensaciones f&iacute;sicas o percepciones discretas a trav&eacute;s de los diferentes sentidos. Dado su car&aacute;cter de substantivaci&oacute;n del verbo <I>to feel</I>, <I>feeling</I> es utilizado igualmente en este periodo para hacer referencia tanto a la facultad como a la acci&oacute;n de sentir. Un poco m&aacute;s tarde, durante los siglos XVI y XVII, el t&eacute;rmino designa tanto el car&aacute;cter pasivo de la experiencia sensible como el conocimiento inmediato de un objeto obtenido a trav&eacute;s de los efectos o impresiones que este produce en el sujeto. Por esta misma &eacute;poca, <I>feeling</I> comienza a ser utilizado igualmente para designar la susceptibilidad humana a ciertos afectos &quot;elevados y refinados&quot;, como, por ejemplo, la sensibilidad ante el sufrimiento ajeno (a menudo referida como <I>good feeling</I>). A partir de los siglos XVIII y XIX, <I>feeling</I> comienza a adquirir connotaciones filos&oacute;ficas m&aacute;s restringidas, y se utiliza para designar: (1) un estado de conciencia, (2) el g&eacute;nero que incluye sensaciones, deseos y emociones, y que excluye percepciones y pensamientos, (3) el car&aacute;cter agradable o penoso de un estado mental -debido a la influencia del concepto kantiano de <I>Gef&uuml;hl</I>- y (4) una creencia o conocimiento intuitivo que no necesita ni admite pruebas. </P >     <P   align="justify" >Por su parte, los primeros registros del t&eacute;rmino <I>sentiment </I>aparecen en el siglo XIV bajo las formas ortogr&aacute;ficas &quot;sentment&quot;, &quot;sentament&quot; y &quot;sentement&quot;, y su significado variar&aacute; a lo largo de dos siglos entre experiencia personal, sensaci&oacute;n f&iacute;sica, cualidad sensible y percepci&oacute;n emocional. En el siglo XVII, el t&eacute;rmino designa (1) una actitud mental de aprobaci&oacute;n o desaprobaci&oacute;n respecto de un objeto, persona o situaci&oacute;n, y (2) las impresiones que incluyen un elemento intelectual    o conciernen a un objeto ideal. A partir del siglo XVIII, el t&eacute;rmino es reintroducido esta vez bajo la forma ortogr&aacute;fica &quot;sentiment&quot;, heredada del franc&eacute;s, forma en la que aparecer&aacute; en los escritos de fil&oacute;sofos pertenecientes al empirismo brit&aacute;nico (o a la Ilustraci&oacute;n escocesa, seg&uacute;n la preferencia historiogr&aacute;fica del lector) como Hutcheson (1993), Shaftesbury (2000), Hume (1975) y Adam Smith (1997), entre otros.    A partir de ese momento, el t&eacute;rmino <I>sentiment</I> designa la manifestaci&oacute;n de la sensibilidad humana que incluye un cierto grado de refinamiento intelectual de la afectividad. A lo largo de su historia, los t&eacute;rminos <I>feeling</I> y <I>sentiment</I> estar&aacute;n, pues, imbricados en la compleja red sem&aacute;ntica compuesta por los conceptos de sentido (<I>sense</I>), sensaci&oacute;n (<I>sensation</I>) y sensibilidad (<I>sensibility</I>). </P >     <P   align="justify" >Sin embargo, aunque <I>feeling</I> y <I>sentiment</I> hayan cohabitado m&aacute;s o menos harmoniosamente en la literatura popular y acad&eacute;mica anglosajona, es preciso notar que el segundo t&eacute;rmino ha designado hist&oacute;ricamente una modalidad afectiva diferente a ciertas experiencias &quot;turbulentas&quot; como las pasiones y las emociones (Schmitter 2008), gracias a su asociaci&oacute;n con disposiciones y facultades &quot;nobles&quot; y &quot;sosegadas&quot; que nos separan del resto de las criaturas vivientes (Frazer 2010): sentimientos morales, juicios est&eacute;ticos, sentimientos religiosos, etc. Esta &quot;intelectualizaci&oacute;n&quot; de la afectividad, sobre todo en la &eacute;tica y la est&eacute;tica del siglo XVIII, dio origen al &quot;sentimentalismo&quot;, enfoque seg&uacute;n el cual las facultades humanas de sensibilidad e imaginaci&oacute;n nos permiten abstraernos de nuestra subjetividad emp&iacute;rica para, por ejemplo, &quot;ponernos en el lugar de otro&quot; y empatizar con &eacute;l; &quot;trascender nuestra simple capacidad visual&quot; para contemplar la belleza de una obra de arte, o &quot;trascender la finitud de nuestra condici&oacute;n humana&quot; para admirar la omnipotencia y la infinita bondad de Dios. </P >     <P   align="justify" >Aunque la historia del concepto de <I>sentimiento</I> se encuentra inherentemente ligada a la tradici&oacute;n filos&oacute;fica que ha estudiado los conceptos de <I>pasi&oacute;n</I>, <I>afecto</I>, <I>sensibilidad</I>, <I>apetito</I> y <I>emoci&oacute;n</I> como temas relevantes de la ret&oacute;rica, la religi&oacute;n, la epistemolog&iacute;a, la est&eacute;tica y la &eacute;tica (Brunschwig &amp; Nussbaum 1993, Cates 2009, Dixon 2003, Gross 2006, James 1997, Knuuttila 2004, Solomon 2004), cabe se&ntilde;alar que el primer impulso de sistematizaci&oacute;n cient&iacute;fica de los sentimientos no provino de la filosof&iacute;a, sino de la psicolog&iacute;a de finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX.<a href="#pie2" name="spie2"><sup>2</sup></a> As&iacute;, en los trabajos de Shand (1896), Stout (1903), McDougall (1908, 1933), Murray &amp; Morgan (1945a, 1945b), French (1947) y Broad (1954), los sentimientos se perfilan como componentes esenciales del car&aacute;cter de un individuo, y adquieren una relevancia epistemol&oacute;gica como elementos causales en la explicaci&oacute;n de la conducta humana. Como resultado de estas primeras investigaciones sistem&aacute;ticas, las emociones tender&aacute;n a ser consideradas como reacciones inmediatas relativas a un objeto intencional preciso, cuya duraci&oacute;n es relativamente limitada en el tiempo e implican una valoraci&oacute;n positiva o negativa del objeto en cuesti&oacute;n. Los sentimientos, por su parte, ser&aacute;n concebidos como estructuras cognitivas afectivamente complejas y duraderas, organizadas bajo la forma de disposiciones afectivas relativas a objetos intencionales, y determinantes de las pautas actitudinales de los individuos que los experimentan. Si bien es cierto que estos psic&oacute;logos reconocen y critican la herencia hist&oacute;rica de las propuestas te&oacute;ricas del empirismo brit&aacute;nico y la pertinencia de los trabajos de William James<a href="#pie3" name="spie3"><sup>3</sup></a> (1884) y Carl Lange (Lange &amp; James 1922) sobre las emociones, su esfuerzo de sistematizaci&oacute;n se nutre en su mayor&iacute;a de fuentes emp&iacute;ricas provenientes tanto de los enfoques naturalistas de Darwin (1955) y Spencer (1876) como de las investigaciones psicol&oacute;gicas de los autores franceses Ribot (1896) y Paulhan (1902), entre otros. </P >     <P   align="justify" >Hoy en d&iacute;a, los conceptos de <I>feeling</I> y <I>sentiment</I> siguen siendo parte del vocabulario t&eacute;cnico de fil&oacute;sofos y psic&oacute;logos angl&oacute;fonos, aunque se pueden percibir ciertas diferencias en t&eacute;rminos de &eacute;nfasis y especializaci&oacute;n. Por ejemplo, mientras que el t&eacute;rmino <I>feeling</I> juega un rol explicativo fundamental en la mayor&iacute;a de las teor&iacute;as som&aacute;ticas y cognitivas de las emociones, el t&eacute;rmino <I>sentiment</I> ha sido preferentemente implementado en la filosof&iacute;a moral de corte anal&iacute;tico (Baier 1991, D&#39;Arms &amp; Jacobson 2000, Nichols 2004, Pugmire 2005, Rawls 2006, Slote 2010, Strawson 1974, Wallace 1998), el cognitivismo no moral (BenZe&#39;ev 1997, 2000) y la psicolog&iacute;a (Frijda 1986, 1994; Frijda <I>et al</I>. 1991, Frijda &amp; Mesquita 2001, Rim&eacute; 2005). </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P   align="justify" >Antes de continuar, quiero se&ntilde;alar aqu&iacute; que mi intenci&oacute;n al distinguir los sentimientos de otras experiencias afectivas no obedece a ninguna voluntad de otorgarles el estatus de una clase natural independiente, como ciertos autores han intentado hacerlo en el caso de las emociones, con escaso &eacute;xito (Griffiths 1997). M&aacute;s bien, de lo que se trata en este contexto es de definir la especificidad fenomenol&oacute;gica de los sentimientos respecto de otras experiencias afectivas, especificidad que deber&aacute; ser concebida inevitablemente dentro del largo espectro de modalidades que componen la <I>vita afectiva</I>. Sobre el trasfondo de estas aclaraciones terminol&oacute;gicas e hist&oacute;ricas preliminares, el t&eacute;rmino <I>sentimiento</I> (<I>sentiment</I>) ser&aacute; entendido en este art&iacute;culo como una experiencia afectiva de car&aacute;cter disposicional y dirigido a un objeto intencional espec&iacute;fico, y no como sensaci&oacute;n (<I>feeling</I>). </P >     <P   align="justify" ><B>2. Emociones y sentimientos: el punto de vista del psic&oacute;logo </b></P >     <P   align="justify" > Como anunciamos m&aacute;s arriba, uno de los enfoques psicol&oacute;gicos contempor&aacute;neos que concibe los sentimientos como una categor&iacute;a epistemol&oacute;gica inspirada por argumentos filos&oacute;ficos es el de Nico Frijda y sus colegas. Seg&uacute;n Frijda <I>et al</I>. (1991 189-190), los diferentes &quot;fen&oacute;menos&quot; que componen la vida afectiva pueden clasificarse de la siguiente manera: </P > <DL   >   <DT   >(1) Emociones: estados afectivos, actuales o potenciales, que conciernen a un objeto emocional espec&iacute;fico. </DT >   <DT   >(2)Episodios emocionales: estados de transacci&oacute;n emocional relacionados con un acontecimiento emocional. </DT >   <DT   >(3)Sentimientos: disposiciones emocionales respecto de objetos espec&iacute;ficos. </DT >   <DT   >(4)Pasiones: objetivos de acci&oacute;n persistentes y de naturaleza emocional. </DT >   <DT   >(5)Humores: estados afectivos evaluativos, activos o potenciales, m&aacute;s o menos continuos y sin objeto espec&iacute;fico.<a href="#pie4" name="spie4"><sup>4</sup></a></DT > </DL >     <P   align="justify" >Aunque esta clasificaci&oacute;n de las diferentes experiencias afectivas (que ellos llaman indistintamente &quot;fen&oacute;menos&quot; o &quot;estados&quot;) tiene como objetivo principal fundamentar m&eacute;todos de investigaci&oacute;n emp&iacute;rica, los autores reconocen su deuda con ciertas fuentes filos&oacute;ficas: </P >     <blockquote>       <p align="justify">El concepto de objeto emocional en estas descripciones debe tomarse en sentido filos&oacute;fico: un objeto es aquella persona, cosa o suceso al que se refiere la emoci&oacute;n, respecto del cual existen deseos o aversiones, y que orienta la acci&oacute;n hacia &eacute;l o lejos de &eacute;l. El t&eacute;rmino &quot;concernir a&quot; se utiliza para indicar la relaci&oacute;n entre una emoci&oacute;n y su objeto, y cumple la funci&oacute;n de &quot;intenci&oacute;n&quot; en el sentido filos&oacute;fico m&aacute;s amplio. (Frijda <I>et al.</I> 190)<a href="#pie5" name="spie5"><sup>5</sup></a></p> </blockquote>     <P   align="justify" >Al mismo tiempo, Frijda y sus colegas afirman que los adjetivos &quot;ocurrente&quot; (<I>occurrent</I>) y &quot;disposicional&quot; (<I>dispositional</I>), con los que caracterizan y atribuyen los diferentes &quot;fen&oacute;menos afectivos&quot; en su enfoque, son utilizados en el sentido propuesto por Ryle (2009), es decir, como sucesos y disposiciones. As&iacute;, las dos coordenadas que servir&aacute;n para analizar las diferentes experiencias afectivas quedan establecidas. Por un lado, estas experiencias ser&aacute;n identificables en t&eacute;rminos del grado de intencionalidad<a href="#pie6" name="spie6"><sup>6</sup></a> (general/espec&iacute;fica) respecto de sus objetos y, por el otro, ellas ser&aacute;n discernibles en raz&oacute;n de su advenimiento como sucesos o de su estado latente (y potencial actualizaci&oacute;n) como disposiciones. No obstante, para entender adecuadamente la estructura disposicional de los sentimientos, as&iacute; como las reflexiones que desarrollar&eacute; en las secciones siguientes, es preciso detenerse un momento y considerar brevemente lo que estos autores entienden por emoci&oacute;n. </P >     <P   align="justify" >Los trabajos de Frijda y sus colegas se inscriben dentro del marco te&oacute;rico-experimental conocido como la teor&iacute;a valorativa de las emociones (<I>appraisal theory of emotions</I>). De acuerdo con esta visi&oacute;n -introducida por Arnold (1960) y posteriormente desarrollada por Frijda (1986) y Lazarus (1991), entre otros-, las emociones son respuestas complejas de un individuo a est&iacute;mulos del entorno, y aunque comportan reacciones som&aacute;ticas, ellas se caracterizan por una valoraci&oacute;n (<I>appraisal</I>) -intuitiva, seg&uacute;n Arnold- positiva o negativa de un objeto intencional (individuo, acontecimiento o situaci&oacute;n), y una tendencia a la acci&oacute;n (<I>action readiness</I>) relativa al objeto en cuesti&oacute;n. El elemento valorativo incluido en la emoci&oacute;n constituye una evaluaci&oacute;n inmediata que revela el valor afectivo atribuido al objeto intencional de la emoci&oacute;n. Por su parte, la dimensi&oacute;n activa de la emoci&oacute;n se refiere a las tendencias y motivaciones de un individuo a reaccionar de acuerdo con el est&iacute;mulo afectivo, es decir, su tendencia a evitar, buscar o confrontar dicho est&iacute;mulo. </P >     <P   align="justify" >El hecho de que las emociones sean consideradas como &quot;valoraciones&quot; ha contribuido a la categorizaci&oacute;n de la teor&iacute;a valorativa como teor&iacute;a &quot;cognitiva&quot; de las emociones.<a href="#pie7" name="spie7"><sup>7</sup></a> El car&aacute;cter cognitivo de estas teor&iacute;as reposa en la idea de que las valoraciones constituyen procesos cognoscitivos evaluativos, cuyo significado e importancia emocional son estimados con respecto a objetivos, valores, intereses y preocupaciones relevantes para un individuo. Las teor&iacute;as cognitivas se oponen a las teor&iacute;as &quot;som&aacute;ticas&quot; de las emociones, propuestas por psic&oacute;logos y fil&oacute;sofos que defienden un punto de vista estrictamente perceptivo y/o neuro-fisiol&oacute;gico,<a href="#pie8" name="spie8"><sup>8</sup></a> y que sostienen que las emociones no necesitan ning&uacute;n elemento causal cognitivo para ser explicadas adecuadamente (<I>cf.</I> Prinz 2004, Zajonc 1980, 1984). Sin embargo, es menester constatar que la teor&iacute;a valorativa ha sido, hasta la fecha, la &uacute;nica que ha abordado met&oacute;dicamente la cuesti&oacute;n de la estructura de los sentimientos, y por esta raz&oacute;n es resaltada en este contexto. </P >     <P   align="justify" >De acuerdo con Frijda <I>et al</I>. (1991), las emociones tambi&eacute;n pueden formar o estimular creencias<a href="#pie9" name="spie9"><sup>9</sup></a> relacionadas con el significado afectivo atribuido a sus objetos intencionales. Dichas creencias conciernen, por lo general, al objeto intencional como tal o a algunas de sus propiedades. En ciertas ocasiones, estas creencias se forman inmediatamente, <I>in situ</I>, y su duraci&oacute;n es provisional, es decir, se mantienen mientras la emoci&oacute;n es experimentada y se acaban una vez la emoci&oacute;n ha desaparecido. Por ejemplo, durante una disputa conyugal fuerte podemos preguntarnos qu&eacute; vimos en esa persona con la que compartimos nuestra vida y por qu&eacute; seguimos con ella. Sin embargo, una vez que la emoci&oacute;n ha pasado, nos asombramos de todas las cosas despectivas que pudimos pensar y decir acerca de nuestro c&oacute;nyuge. En otras ocasiones, las emociones dan origen a creencias que se forman tras periodos m&aacute;s o menos duraderos de cavilaci&oacute;n (<I>rumination</I>) y reflexi&oacute;n. Tal es el caso cuando, luego de una discusi&oacute;n acalorada con un colega, decidimos salir a caminar para calmarnos, pero la ira contin&uacute;a impregnando nuestros pensamientos y cavilaciones, y nos lleva a creer que el colega en cuesti&oacute;n es impertinente, incompetente, rid&iacute;culo, etc. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P   align="justify" >Seg&uacute;n Frijda &amp; Mesquita (2000), las creencias generadas a partir de las emociones poseen tres caracter&iacute;sticas fundamentales: 1) ellas implican generalizaciones; 2) aun si son provisionales, reclaman permanencia en el tiempo, y 3) durante el tiempo en que persisten, son creencias fuertemente arraigadas, dado que pueden tener una alta probabilidad de ser verdaderas, o son simplemente consideradas como verdaderas por el individuo (<I>cf</I>. <I>id.</I> 54-55). La primera caracter&iacute;stica significa que las creencias se refieren a atributos estables o propiedades intr&iacute;nsecas del objeto intencional, es decir, a lo que los objetos son capaces de producir. Nuestra valoraci&oacute;n de un animal como amenazador o peligroso porque ladra y muerde obtiene la forma de una creencia respecto de un perro particular o de los perros en general como peligrosos. Nuestro deleite producido por la conducta agradable de una persona puede generar la creencia de que ella es encantadora y atractiva. La segunda caracter&iacute;stica indica que, dado que las creencias se refieren a atributos estables del objeto, se trata de creencias en algo que persiste. As&iacute;, en el caso de la disputa conyugal, los pensamientos que atraviesan nuestra mente pueden incluir ideas del tipo: &quot;Nunca pens&eacute; que &eacute;l/ella fuera tan insensible (indiferente, cruel, etc.)&quot;, pensamientos que tienden a establecerse como creencias durante un periodo de tiempo considerable. Por &uacute;ltimo, la tercera caracter&iacute;stica sugiere que un grado de certeza subjetiva acompa&ntilde;a la creencia formada a partir de la base emocional. Por ejemplo, durante y aun despu&eacute;s de un episodio de celos, estamos seguros de que nuestras aprensiones son fundadas, que ciertos gestos y conductas de nuestro c&oacute;nyuge son sospechosos y revelan infidelidad, etc. </P >     <P   align="justify" >Armados con los elementos b&aacute;sicos de la comprensi&oacute;n valorativa de las emociones y la influencia que estas tienen en la formaci&oacute;n de creencias, podemos ahora retomar nuestra discusi&oacute;n sobre la estructura disposicional de los sentimientos. </P >     <P   align="justify" >Con base en los informes personales de sujetos a quienes se les hab&iacute;a pedido que recordaran y describieran experiencias afectivas significativas en sus biograf&iacute;as, Frijda <I>et al</I>. (1991) constataron que las descripciones de cada individuo variaban a lo largo de dos dimensiones fundamentales: la duraci&oacute;n del episodio y las tendencias o disposiciones cognitivo-conductuales de los sujetos. Dichas variaciones se vieron reflejadas en las construcciones ling&uuml;&iacute;sticas utilizadas para redactar los informes, construcciones que incluyen expresiones como &quot;la ira nunca desapareci&oacute;&quot; o &quot;la tristeza me persigue desde entonces&quot;. Los informes revelaron que ciertas descripciones de experiencias afectivas que los autores catalogan como sentimientos (<I>sentiments</I>) implican la presencia de una emoci&oacute;n particular referida a un objeto intencional (ira, tristeza, etc.), una duraci&oacute;n prolongada de la emoci&oacute;n (reflejada en las expresiones adverbiales &quot;nunca&quot;, &quot;desde entonces&quot;, etc.) y una tendencia o disposici&oacute;n referida al objeto intencional de la experiencia. </P >     <P   align="justify" >En diferentes contextos, Frijda y sus colegas han sugerido que un sentimiento puede entenderse como: </P >     <P   align="justify" > a) &quot;Una disposici&oacute;n a responder emocionalmente a un objeto dado&quot; (Frijda <I>et al.</I> 207). </P >     <P   align="justify" >b) Un esquema afectivo compuesto de una representaci&oacute;n latente de un objeto relevante para nuestras preocupaciones y que sugiere qu&eacute; tipo de acci&oacute;n ser&iacute;a deseable en relaci&oacute;n con dichas preocupaciones (<I>cf.</I> Frijda &amp; Mesquita 55). </P >     <P   align="justify" >La caracterizaci&oacute;n de los sentimientos como valoraciones de ajuste/desajuste, disposiciones, esquemas afectivos y representaciones latentes implica varios puntos. En primer lugar, aunque los sentimientos posean caracter&iacute;sticas estructurales similares a las de las emociones (intencionalidad, valoraci&oacute;n), ellos no se reducen a simples efectos secundarios o secuelas de emociones inmediatas, sino que constituyen tendencias o disposiciones afectivas referidas a objetos intencionales que nos ata&ntilde;en y por las cuales manifestamos preocupaci&oacute;n e inclinaci&oacute;n. En segundo lugar, los objetos intencionales de los sentimientos est&aacute;n siempre abiertos a atribuciones de rasgos afectivos como amenazador, despreciable, irritante, llamativo, gratificante, etc., atribuciones que allanan el terreno para el surgimiento de motivaciones destinadas a mantener el ajuste o corregir el desajuste entre una preocupaci&oacute;n o inter&eacute;s y una situaci&oacute;n determinada. Finalmente, los sentimientos comprenden una visi&oacute;n global y asociativa de sus objetos intencionales, en la que la valoraci&oacute;n inicial obtenida a trav&eacute;s de la emoci&oacute;n, junto con la presencia de pensamientos y recuerdos, genera creencias relevantes tanto para el establecimiento de los sentimientos como disposiciones, como para las pautas de acci&oacute;n subsecuentes. </P >     <P   align="justify" >Frijda &amp; Mesquita consideran que la distinci&oacute;n fundamental entre emociones y sentimientos procede de la fijaci&oacute;n de las creencias generadas por las emociones. En efecto, los autores argumentan que estas creencias pueden, o bien &quot;convertirse&quot; en creencias duraderas, o bien &quot;generar&quot; creencias generalizadas y duraderas. Cuando alguna de estas dos situaciones tiene lugar, concluyen los autores, podemos afirmar que una emoci&oacute;n se convierte en sentimiento. La fijaci&oacute;n de una creencia emanada de una emoci&oacute;n favorecer&aacute;, pues, la formaci&oacute;n de una disposici&oacute;n a sentir, pensar y actuar de determinada manera cada vez que el objeto intencional del sentimiento es percibido o incluso imaginado.<a href="#pie10" name="spie10"><sup>10</sup></a></P >     <P   align="justify" >Sin embargo, Frijda &amp; Mesquita (<I>cf. </I>56-58) argumentan que esta &quot;transformaci&oacute;n&quot; de emociones en sentimientos s&oacute;lo se da bajo ciertas condiciones: </P > <DL   >   <DT   >(1) <I>El acontecimiento emocional se presta a una atribuci&oacute;n disposicional</I>. Por ejemplo, un hombre que manifiesta indiferencia hacia su esposa cada vez que tienen una disputa hace evidente su capacidad de desconsideraci&oacute;n y su falta de afecto. Consecuentemente, la indiferencia sentida por la esposa puede generarle creencias basadas en la estabilidad de la indiferencia de su marido y promover en ella una respuesta afectiva disposicional de ira o irritaci&oacute;n. </DT >   <dd>&nbsp;</dd>   <DT   >(2)<I>La pertinencia de una creencia para sortear una situaci&oacute;n actual</I>. Cuando ciertas situaciones conflictivas son de larga duraci&oacute;n, por ejemplo, un matrimonio que se deteriora o el yugo de una opresi&oacute;n pol&iacute;tica, los individuos implementan creencias constantemente para poder hacer frente a la situaci&oacute;n. Reacciones de odio, desprecio, indignaci&oacute;n, resentimiento o aversi&oacute;n pueden generarse durante el proceso de evaluaci&oacute;n de la situaci&oacute;n, y devenir estables gracias a la fijaci&oacute;n de creencias ligadas al deterioro de la relaci&oacute;n o al car&aacute;cter intolerable de la situaci&oacute;n pol&iacute;tica. </DT >   <dd>&nbsp;</dd>   <DT   >(3) <I>La presencia de un soporte social que fortifica la creencia</I>. Las creencias temporales surgidas de la emociones tienden a fijarse en el tiempo en situaciones que afectan significativamente la identidad e integridad personal y social. Por ejemplo, el hecho de ser agredido u ofendido por un miembro de un estatus social, grupo &eacute;tnico o partido pol&iacute;tico diferente fomenta el surgimiento autom&aacute;tico tanto de representaciones parciales (estereotipos) como de creencias que alimentan disposiciones afectivas dirigidas no s&oacute;lo hacia el individuo en cuesti&oacute;n, sino hacia el grupo social, &eacute;tnico o pol&iacute;tico al cual pertenece. </DT >   <dd>&nbsp;</dd>   <DT   >(4) <I>La influencia de anticipaciones emocionales</I>. Una <I>anticipaci&oacute;n emocional</I> es un pron&oacute;stico, predicci&oacute;n o imaginaci&oacute;n de emociones reales que pueden tener lugar bajo ciertas condiciones particulares. Dichas anticipaciones emocionales funcionan como &quot;emociones virtuales&quot; y pueden generar creencias duraderas relativas a un objeto intencional. Por ejemplo, en el caso de la opresi&oacute;n pol&iacute;tica mencionada antes, los oponentes al r&eacute;gimen autoritario que preparan una contraofensiva pueden anticipar la alegr&iacute;a o el j&uacute;bilo que implicar&aacute; poder expresarse libremente si su maniobra tiene &eacute;xito. Esta anticipaci&oacute;n emocional generar&aacute; y fijar&aacute; creencias referidas a un nuevo orden social, creencias que los dispondr&aacute;n a pensar y actuar de acuerdo con la pertinencia de su objeto intencional. </DT > </DL >     <P   align="justify" >Tenemos, as&iacute;, todos los elementos que componen la perspectiva de Frijda y sus colegas sobre la estructura disposicional de los sentimientos. En primer lugar, los sentimientos son disposiciones generadas a partir de emociones subyacentes que le dan su tono afectivo. En segundo lugar, ellos heredan de las emociones tanto su objeto intencional como las preocupaciones o intereses relativos a este. Finalmente, los sentimientos se establecen como disposiciones seg&uacute;n las condiciones mencionadas anteriormente. Podemos ahora proceder a examinar las tres preguntas referidas en la introducci&oacute;n, a saber, si los sentimientos son epifen&oacute;menos de las emociones; cu&aacute;les son las diferencias entre los distintos tipos de disposici&oacute;n afectiva, y cu&aacute;l es el rol de los sentimientos en la motivaci&oacute;n para la acci&oacute;n. Estos son los temas de la siguiente secci&oacute;n. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P   align="justify" ><B>3. Sentimientos, disposiciones y motivaci&oacute;n </b></P >     <P   align="justify" > La perspectiva de Frijda y sus colaboradores sobre la estructura disposicional de los sentimientos se articula en torno a lo que llamar&eacute; y defender&eacute; como &quot;isomorfismo parcial&quot; entre emociones y sentimientos. Se trata, pues, de un &quot;isomorfismo&quot;, en la medida en que los sentimientos heredan de las emociones subyacentes el tono afectivo, el objeto intencional y las tendencias a la acci&oacute;n. Pero este isomorfismo es &quot;parcial&quot;, puesto que, gracias a la fijaci&oacute;n de creencias, los sentimientos se estabilizan como disposiciones, de suerte que su estructura no corresponde a la de una reacci&oacute;n inmediata, t&iacute;pica de las emociones. Sin embargo, es preciso constatar que las condiciones bajo las cuales las creencias se fijan y, en consecuencia, generan las disposiciones tienen un estatus epistemol&oacute;gico particular: ellas son condiciones cognitivas. Esto resulta comprensible cuando se considera que, como defensores de una teor&iacute;a cognitiva, Frijda y sus colegas buscan explicar los mecanismos y procesos, subjetivos y/o intersubjetivos, que subyacen a la formaci&oacute;n de la disposici&oacute;n. Las cuatro condiciones para la fijaci&oacute;n de las creencias mencionadas m&aacute;s arriba corresponden a la implementaci&oacute;n de procesos cognitivos de diversa &iacute;ndole: procesos cognitivos de bajo nivel, como la percepci&oacute;n y valoraci&oacute;n afectiva inmediata de la informaci&oacute;n; procesos de nivel medio, como la inducci&oacute;n y la deducci&oacute;n, y procesos de alto nivel, como la imaginaci&oacute;n, el razonamiento normativo, la toma de decisiones y la soluci&oacute;n de problemas. As&iacute; pues, las condiciones de la fijaci&oacute;n de creencias, fijaci&oacute;n que a su vez garantiza la formaci&oacute;n de una disposici&oacute;n, son condiciones emp&iacute;ricas relativas al funcionamiento cognitivo del sujeto, y no tanto condiciones l&oacute;gicas en el sentido propuesto por Ryle (2009). De esta manera, Frijda y sus colegas han adoptado la noci&oacute;n ryleana de disposici&oacute;n, pero la han justificado en t&eacute;rminos de procesos cognitivos. </P >     <P   align="justify" >Sin embargo, esta justificaci&oacute;n cognitiva de las disposiciones no se aleja demasiado de lo que Ryle obtuvo, a pesar de s&iacute; mismo, como resultado. La complejidad del tratamiento que Ryle hace de las disposiciones mentales proviene de su tendencia a oscilar, sin prevenir, entre dos registros de aserci&oacute;n: aserciones de lenguaje disposicional (palabras que denotan disposiciones, atribuciones de disposiciones) y aserciones ontol&oacute;gicas sobre las disposiciones mentales. En cuanto al registro de aserciones de lenguaje disposicional, Ryle establece una distinci&oacute;n cualitativa entre la categor&iacute;a l&oacute;gico-ling&uuml;&iacute;stica del discurso disposicional y la categor&iacute;a l&oacute;gico-ling&uuml;&iacute;stica del discurso de sucesos o advenimientos. Por otro lado, en el registro de aserciones ontol&oacute;gicas, Ryle establece una distinci&oacute;n cualitativa entre dos categor&iacute;as ontol&oacute;gicas: los sucesos y las disposiciones mentales. En este registro, las disposiciones se diferencian de sucesos, procesos, actividades, estados, acciones puntuales o &quot;propiedades reales&quot; de una &quot;sustancia pensante&quot;. El problema con esta distinci&oacute;n entre sucesos y disposiciones es que se trata, como Hampshire lo se&ntilde;al&oacute; severamente (<I>cf</I>. 245), de una distinci&oacute;n pseudol&oacute;gica, ya que Ryle no s&oacute;lo busca demarcar las inferencias deductivas que emergen de las reglas de uso de expresiones referidas a contenidos mentales particulares, sino tambi&eacute;n -y sobre todo- proveer las pruebas (<I>tests</I>) apropiadas para las frases en las que aparecen dichas expresiones, pruebas que dependen, en &uacute;ltimas, de interpretaciones de la conducta manifiesta de los sujetos. El reproche de Hampshire apunta a que los argumentos de Ryle son un caso de <I>obscurum per obscurius</I>, ya que este no distingue claramente entre aserciones de lenguaje disposicional y aserciones ontol&oacute;gicas sobre las disposiciones mentales, y cuando comienza sus argumentos con las primeras, termina justific&aacute;ndolos con las segundas. </P >     <P   align="justify" >Por razones de espacio no puedo considerar aqu&iacute; todos los pormenores de la cr&iacute;tica de Hampshire o las de otros fil&oacute;sofos a Ryle, ni tampoco las respuestas que un ryleano podr&iacute;a ofrecer a dichas cr&iacute;ticas. M&aacute;s all&aacute; de las posibles inconsistencias internas de los argumentos que Ryle ofrece para distinguir entre sucesos y disposiciones, esta distinci&oacute;n tiene un valor heur&iacute;stico pertinente para mi objetivo, a saber, que sucesos y disposiciones tienen condiciones de verificaci&oacute;n en la conducta manifiesta y verbal de los individuos.<a href="#pie11" name="spie11"><sup>11</sup></a> De igual manera, considero que el valor heur&iacute;stico del isomorfismo parcial radica en proponer el mecanismo de la fijaci&oacute;n de creencias como catalizador en el proceso de transformaci&oacute;n de las emociones en sentimientos, de los sucesos en disposiciones. Sin embargo, esta met&aacute;fora del catalizador no basta para discernir si los sentimientos, una vez estabilizados por la acci&oacute;n de creencias fijas, no son m&aacute;s que epifen&oacute;menos de las emociones, o si ellos poseen alg&uacute;n estatus epistemol&oacute;gico independiente. </P >     <P   align="justify" >Para responder a esta pregunta, volvamos sobre la base de la teor&iacute;a valorativa de las emociones. Frijda y sus colegas afirman que el rasgo fundamental de una emoci&oacute;n consiste en la valoraci&oacute;n situada de un objeto intencional y ciertas tendencias a la acci&oacute;n. Dicha valoraci&oacute;n es un proceso evaluativo que revela el valor afectivo atribuido al objeto de la emoci&oacute;n y prepara al individuo para actuar en consecuencia. Posteriormente, los autores argumentan que las emociones pueden generar creencias que se fijan seg&uacute;n las condiciones mencionadas m&aacute;s arriba, dando lugar a una disposici&oacute;n afectiva llamada &quot;sentimiento&quot;. La pregunta que cabe hacer es si en este proceso la valoraci&oacute;n que caracteriza a una emoci&oacute;n difiere en alg&uacute;n sentido de la creencia generada a partir de ella. En otros t&eacute;rminos, la pregunta apunta a saber si la creencia generada a partir de una emoci&oacute;n es una simple extensi&oacute;n de la valoraci&oacute;n original, en cuyo caso sentimiento y emoci&oacute;n constituir&iacute;an una y la misma experiencia afectiva. Si bien es cierto que tanto la valoraci&oacute;n como la creencia son elementos cognitivos de la emoci&oacute;n y el sentimiento respectivamente, la diferencia entre ellas radica en que la valoraci&oacute;n es el resultado de un proceso de bajo nivel, autom&aacute;tico o intuitivo, mientras que la creencia surge de un proceso intencional de alto nivel que implica reflexi&oacute;n y justificaci&oacute;n. En el nivel de la valoraci&oacute;n, el objeto intencional de la emoci&oacute;n es detectado e inmediatamente evaluado como nocivo, ben&eacute;fico, amenazador, etc. Pero no se trata aqu&iacute; de procesos evaluativos en el sentido filos&oacute;fico de juicios, es decir, procedimientos racionales de justificaci&oacute;n de la verdad o falsedad de una proposici&oacute;n. Por otro lado, la creencia implementada a partir de una emoci&oacute;n comporta propiedades en el sentido filos&oacute;fico, es decir, una creencia es una proposici&oacute;n susceptible de ser verdadera    o falsa seg&uacute;n criterios l&oacute;gicos y emp&iacute;ricos de verificaci&oacute;n. As&iacute;, aunque valoraci&oacute;n y creencia sean, pues, evaluativas, los niveles epistemol&oacute;gicos en los que ellas se sit&uacute;an difieren entre s&iacute;. Algunos autores, como Lazarus (1991), han contribuido a la confusi&oacute;n entre estos dos niveles al utilizar el t&eacute;rmino &quot;valoraci&oacute;n secundaria&quot; (<I>secondary appraisal</I>) para caracterizar la formaci&oacute;n de proposiciones en el sentido antes mencionado. Otros, como Solomon (2003), consideran simplemente que las emociones son juicios. Pero la valoraci&oacute;n no obedece a las mismas condiciones de verificaci&oacute;n que la creencia; una vez que el objeto intencional ha sido percibido, la valoraci&oacute;n afectiva es verdadera para el individuo. Esto sucede incluso en ocasiones en las que    el objeto intencional no es real, como, por ejemplo, cuando entramos desprevenidamente en una habitaci&oacute;n poco iluminada y percibimos una serpiente de pl&aacute;stico en el suelo; la valoraci&oacute;n del animal como peligroso tiene lugar autom&aacute;ticamente y nuestro miedo es verdadero, independiente de que nos expliquen y/o comprobemos a posteriori que se trataba de una imitaci&oacute;n perfecta de una serpiente. </P >     <P   align="justify" >Ahora bien, las creencias generadas por las emociones y fijadas en disposiciones afectivas tienen criterios emp&iacute;ricos de verificaci&oacute;n que nos permiten afirmar su verdad o falsedad. Ellas funcionan en el mismo nivel epistemol&oacute;gico que otras creencias generadas, por ejemplo, por ignorancia o informaciones insuficientes. As&iacute;, el amor que sentimos por una mujer genera en nosotros creencias respecto de su fidelidad y honestidad, lo que nos dispone a sentir, pensar y actuar de forma amorosa hacia ella. Las condiciones de verificaci&oacute;n en este caso son relativas a palabras, gestos y acciones que confirman la veracidad de lo que creemos. Pero si la descubrimos bes&aacute;ndose con otro o si nos confiesa su infidelidad, nuestras creencias son tambi&eacute;n falseadas a trav&eacute;s de las mismas condiciones de verificaci&oacute;n. Es cierto que ella puede mentirnos y actuar como si fuese fiel y honesta, o incluso podemos creer que nos enga&ntilde;a sin que en realidad lo haga, pero en cualquiera de estas dos opciones, las creencias emocionales generan una disposici&oacute;n. No obstante, las creencias basadas en nuestra ignorancia o en interpretaciones sesgadas se rigen por las mismas condiciones de verificaci&oacute;n; la &uacute;nica diferencia consiste en el tiempo necesario para verificarlas. Pero no debemos confundir la valoraci&oacute;n de la (falsa) serpiente con la falsa creencia en la fidelidad de la mujer. En el primer caso, la valoraci&oacute;n cumple su objetivo: atribuirle al objeto intencional un rasgo afectivo particular y prepararnos para actuar en consecuencia. Las verificaciones <I>post hoc</I> no anulan la autenticidad o veracidad de la valoraci&oacute;n que genera la experiencia afectiva. En el segundo caso, por el contrario, dichas verificaciones confirman o anulan la veracidad de la creencia, y las consecuencias de la verificaci&oacute;n conservan, modifican o anulan la disposici&oacute;n. As&iacute; pues, las diferencias epistemol&oacute;gicas entre valoraci&oacute;n y creencia, aquella como base de las emociones y esta como base de las disposiciones, sugiere que los sentimientos no son simples epifen&oacute;menos de las emociones, sino experiencias afectivas cuya estructura disposicional es estable mientras las condiciones de verificaci&oacute;n as&iacute; lo indiquen. </P >     <P   align="justify" >Pasemos ahora a examinar si existen diferencias entre la estructura disposicional de los sentimientos y otras experiencias afectivas cuyas estructuras son igualmente disposicionales: los estados de &aacute;nimo y los rasgos de car&aacute;cter. </P >     <P   align="justify" > Una de las distinciones &quot;cl&aacute;sicas&quot; entre estados de &aacute;nimo, sentimientos y rasgos de car&aacute;cter es su duraci&oacute;n. As&iacute;, en una clasificaci&oacute;n intuitiva de menor a mayor duraci&oacute;n, que incluir&iacute;a sin duda las emociones en el primer lugar, tendr&iacute;amos algo as&iacute; como la siguiente serie: estados de &aacute;nimo, sentimientos y rasgos de car&aacute;cter. Seguidamente, podr&iacute;amos asignarle a cada experiencia afectiva un intervalo en una escala dividida en milisegundos, segundos, minutos, horas, d&iacute;as, etc., y comparar las diferencias entre ellas seg&uacute;n la cantidad de unidades de sus respectivos intervalos. El problema que surge con esta clasificaci&oacute;n temporal es que, por ejemplo, un estado de &aacute;nimo cr&oacute;nico (depresi&oacute;n) puede corresponder al intervalo de un sentimiento (tristeza), y este, si est&aacute; acompa&ntilde;ado por una patolog&iacute;a, puede, a su vez, extenderse hasta solaparse con el intervalo de un rasgo de car&aacute;cter (persona triste). Una manera naturalista para solucionar el problema consiste en postular procesos neurofisiol&oacute;gicos normales subyacentes a cada experiencia; &quot;medir&quot; el tiempo que toman en ponerse en marcha, alcanzar el punto m&aacute;ximo y disiparse; comparar con mediciones de los mismos procesos esta vez patol&oacute;gicamente alterados, y, con base en los resultados obtenidos, establecer patrones para cada experiencia afectiva. Otra manera consistir&aacute; en pedirle a los sujetos de un experimento que describan episodios afectivos en su historia, coloquen un nombre al episodio y asignen una duraci&oacute;n seg&uacute;n una escala propuesta. De hecho, estas son dos de las formas como varios psic&oacute;logos y neurocient&iacute;ficos han procedido para justificar las diferencias temporales entre experiencias efectivas. Sin embargo, los resultados obtenidos est&aacute;n lejos de producir un consenso general y, sobre todo, revelan las preferencias epistemol&oacute;gicas y metodol&oacute;gicas de los investigadores. Pero acudir a preferencias y t&eacute;cnicas cient&iacute;ficas no resuelve el problema de la inconmensurabilidad de medidas, sino que agrega otro m&aacute;s respecto de la indeterminaci&oacute;n de los criterios temporales: habr&iacute;a, pues, tantos criterios para distinguir la duraci&oacute;n de las experiencias afectivas, como procesos neurofisiol&oacute;gicos descubiertos y por descubrir, preferencias de los cient&iacute;ficos que los miden en laboratorios, t&eacute;cnicas de medici&oacute;n utilizadas e individuos que describen sus propios episodios afectivos. Ante esta situaci&oacute;n, la actitud m&aacute;s prudente es, quiz&aacute;s, reconocer el criterio de duraci&oacute;n propuesto por diferentes investigadores en su justo valor, es decir, como una heur&iacute;stica para organizar la multitud de variaciones a lo largo del espectro de la afectividad, pero no como una propiedad inherente a las experiencias afectivas. </P >     <P   align="justify" >En cuanto al criterio de la especificidad del objeto intencional, los estados de &aacute;nimo y los rasgos de car&aacute;cter parecen ser deficitarios. Esta ausencia de objeto intencional en los estados de &aacute;nimo se expresa a menudo en la dificultad que tienen los sujetos para identificar las causas de sus estados. Pero es necesario hacer una precisi&oacute;n aqu&iacute;. Es posible argumentar que algunos estados de &aacute;nimo pueden surgir tras una emoci&oacute;n, como, por ejemplo, la muerte de un ser querido. As&iacute;, podr&iacute;amos decir que en este caso la tristeza (emoci&oacute;n) deja una estela que se prolonga en el tiempo (estado de &aacute;nimo triste) sin perder por ello su objeto intencional. Sin embargo, en la medida en que el objeto intencional es espec&iacute;fico, identificable, podemos simplemente llamar a este estado &quot;emoci&oacute;n&quot;, independiente de que intuitivamente tendamos a distinguirlo en t&eacute;rminos de su &quot;duraci&oacute;n&quot;. En otros casos, el estado de &aacute;nimo es real, pero el sujeto no puede atribuirle un objeto particular, como el individuo que se despierta en la ma&ntilde;ana y, sin saber por qu&eacute;, se siente triste. El punto aqu&iacute; es que el estado de &aacute;nimo representa ciertamente una disposici&oacute;n del individuo a percibir su entorno a trav&eacute;s de un prisma afectivo, pero no una disposici&oacute;n concernida o preocupada por un objeto intencional definido, como es el caso de los sentimientos. Cualquier est&iacute;mulo de su entorno (un sue&ntilde;o, un olor, una canci&oacute;n, el estado del tiempo, etc.) puede figurar entre los factores desencadenantes del estado de &aacute;nimo, lo cual implica una indeterminaci&oacute;n del objeto intencional y de las creencias que el sujeto podr&iacute;a formar en consecuencia. En el caso de los rasgos de car&aacute;cter, estos se entienden igualmente como disposiciones estables, pero no han de identificarse con los sentimientos. Si bien es cierto que los rasgos de car&aacute;cter predisponen a sentir y actuar de cierta manera y, en consecuencia, podr&iacute;amos catalogarlos como sentimientos, es necesario observar que no todos los sentimientos son &uacute;nica y exclusivamente manifestaciones de rasgos de car&aacute;cter. As&iacute;, un hombre bondadoso (rasgo) tiene la disposici&oacute;n a realizar actos que se traducen en bondad hacia diversas personas y en diversas ocasiones, mientras que un hombre que ama profundamente a sus hijos (sentimiento) tiene la disposici&oacute;n a hacer cualquier acto que se traduzca en beneficios particularmente -o quiz&aacute;s exclusivamente- para ellos, independiente de que &eacute;l sea o no bondadoso. Esta diferencia entre sentimientos y rasgos de car&aacute;cter pone de manifiesto dos motivaciones diferentes. En el caso de los sentimientos, la motivaci&oacute;n respecto del objeto intencional es primaria y manifiesta la preocupaci&oacute;n (<I>concern</I>) por este, pero ella es secundaria respecto del resto de objetos en el entorno. En el caso de los rasgos de car&aacute;cter, la motivaci&oacute;n es primaria, indistinta e independiente de cualquier preocupaci&oacute;n referida a un objeto intencional espec&iacute;fico.<a href="#pie12" name="spie12"><sup>12</sup></a></P >     <P   align="justify" >Pero la cuesti&oacute;n de la motivaci&oacute;n comporta algunas complejidades respecto de su rol en la acci&oacute;n. Como afirma Frijda: </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>       <p align="justify"> El t&eacute;rmino &quot;motivaci&oacute;n&quot; adolece de una polisemia similar a la de &quot;emoci&oacute;n&quot;, ya que tambi&eacute;n puede entenderse en t&eacute;rminos de suceso (respecto de las emociones propiamente dichas) o en t&eacute;rminos disposicionales (cuando se refiere a los sentimientos). Al decir que nuestra motivaci&oacute;n social es la causa de nuestra infelicidad cuando estamos solos, la entendemos como una disposici&oacute;n. Cuando decimos que la soledad que sentimos nos motiva a buscar compa&ntilde;&iacute;a, la estamos entendiendo como suceso, ya que la soledad es una emoci&oacute;n. De esta manera, la &quot;motivaci&oacute;n&quot; puede calificar una causa, una consecuencia o un aspecto de una emoci&oacute;n. Es una causa en su sentido disposicional, y una consecuencia y/o aspecto en su sentido de suceso. (2008 77) </p> </blockquote>     <P   align="justify" >Esta cita nos recuerda que dentro de los campos filos&oacute;fico y psicol&oacute;gico el concepto de <I>motivaci&oacute;n</I> adquiere connotaciones diferentes. La motivaci&oacute;n en psicolog&iacute;a hace referencia al porqu&eacute; de la conducta de un sujeto, por ejemplo, por qu&eacute; una persona (o un animal) se comporta de tal o cual manera. Al preguntar por el porqu&eacute; que habr&aacute; de dar cuenta de la motivaci&oacute;n, el psic&oacute;logo busca identificar las causas que llevan al individuo a actuar de cierta manera, causas que pueden ser descritas en t&eacute;rminos de mecanismos y procesos gen&eacute;ticos, ambientales, neuronales, cognitivos y sociales. Por otro lado, la motivaci&oacute;n en filosof&iacute;a se basa igualmente en una idea de causalidad, pero esta es entendida generalmente en t&eacute;rminos de razones que explican y justifican la acci&oacute;n de un individuo. Decir que un sujeto S est&aacute; motivado a hacer &#981;, significa que S tiene razones motivantes (creencias, deseos, preferencias) para llevar a cabo &#981;, razones que funcionan como elementos causales en la explicaci&oacute;n de su acci&oacute;n (<I>cf. </I>&Aacute;lvarez cap. 4). A&uacute;n m&aacute;s, la relaci&oacute;n causal entre motivaci&oacute;n y disposici&oacute;n, descrita por Frijda, parece incompatible, a primera vista, con la perspectiva de Ryle (2009), quien considera que, por un lado, las disposiciones no son sucesos ni procesos ni acciones puntuales y, en consecuencia, no pueden funcionar como causas, y, por el otro, las creencias, deseos, motivos son disposiciones a actuar de cierta manera, pero no son causas de la acci&oacute;n. Pero, como vimos m&aacute;s arriba, Frijda y sus colegas justifican la noci&oacute;n ryleana de <I>disposici&oacute;n</I> a trav&eacute;s del funcionamiento cognitivo del sujeto, lo cual no es incompatible con el hecho de que la motivaci&oacute;n sea la causa de una disposici&oacute;n y la consecuencia de un suceso, ya que, desde un punto de vista psicol&oacute;gico, diferentes procesos motivacionales, subjetivos o intersubjetivos, pueden asumir dichos roles. En el caso que nos concierne, podr&iacute;amos asumir simplemente las creencias fijadas en un sentimiento como razones motivantes de un sujeto para actuar de cierta manera respecto de un objeto intencional. Pero debemos recordar que, seg&uacute;n la tesis del isomorfismo parcial, dichas creencias est&aacute;n estrechamente relacionadas con emociones subyacentes sin las cuales los sentimientos ser&iacute;an actitudes cognitivas vac&iacute;as de contenido afectivo. Esto implicar&iacute;a que los sentimientos no son candidatos id&oacute;neos para el modelo &quot;can&oacute;nico&quot; de la teor&iacute;a de la acci&oacute;n creencia/deseo, lo cual no excluye la posibilidad de formular un nuevo modelo articulado en torno al d&uacute;o creencia/emoci&oacute;n y justificar la motivaci&oacute;n para la acci&oacute;n a trav&eacute;s de estos dos t&eacute;rminos. Sin embargo, esta es una tarea que precisa de otro tiempo y lugar para ser llevada a cabo de manera adecuada. </P >     <P   align="justify" ><B>4. Conclusiones y prospectivas </b></P >     <P   align="justify" > En este art&iacute;culo he examinado la estructura disposicional de los sentimientos. Con base en la perspectiva psicol&oacute;gica de Frijda y sus colegas, he argumentado a favor del isomorfismo parcial entre emociones y sentimientos que nos permite entender a estos como disposiciones que manifiestan las tendencias de un individuo a percibir el mundo desde un trasfondo afectivo particular, formar ideas adecuadas a su percepci&oacute;n y generar las pautas de acci&oacute;n correspondientes. Igualmente, he argumentado que los sentimientos no son epifen&oacute;menos de las emociones, ya que sus presupuestos epistemol&oacute;gicos pertenecen a diferentes &oacute;rdenes. Con base en los criterios de distinci&oacute;n de los sentimientos, he considerado las diferencias que existen entre tres tipos de experiencia afectiva disposicional, a saber, los estados de &aacute;nimo, los sentimientos y los rasgos de car&aacute;cter. </P >     <P   align="justify" >El an&aacute;lisis de la estructura disposicional de los sentimientos presentado aqu&iacute; abre por lo menos dos ventanas hacia temas de investigaci&oacute;n futura. El primero de ellos concierne al rol que los sentimientos, junto con las emociones, desempe&ntilde;an en los procesos de acci&oacute;n colectiva. Gracias a la evoluci&oacute;n en la comprensi&oacute;n de la afectividad, que se ha llevado a cabo durante el siglo XX, el anatema de irracionalidad que caracterizaba a la afectividad desaparece, para dar lugar a nuevas interpretaciones del papel que las emociones y los sentimientos desempe&ntilde;an en la motivaci&oacute;n individual y social que promueve la concepci&oacute;n y ejecuci&oacute;n de acciones pol&iacute;ticas y la formaci&oacute;n de movimientos sociales. Dos ejemplos recientes de esta nueva actitud investigativa los encontramos en los trabajos de Goodwin, Jasper &amp; Polletta (2001, 2004) y Marcus (2003). Estos autores presentan un conjunto de perspectivas interdisciplinares destinado a mostrar te&oacute;rica y emp&iacute;ricamente que las emociones son elementos clave en la concepci&oacute;n y puesta en marcha de acciones pol&iacute;ticas; que la motivaci&oacute;n pol&iacute;tica no es estrictamente el privilegio de juicios cognitivos desprovistos de afectividad, y que la idea de una pol&iacute;tica racional pura, &quot;desapasionada&quot;, es m&aacute;s un mito que una realidad. </P >     <P   align="justify" > Sin embargo, aunque estas contribuciones sean necesarias y bienvenidas por m&uacute;ltiples razones te&oacute;ricas e investigativas, el tratamiento que estos autores ofrecen del papel de la afectividad en la pol&iacute;tica no establece diferencias claramente articuladas entre &quot;sentir&quot; una emoci&oacute;n particular y &quot;estar dispuesto&quot; a sentir emociones y actuar bajo determinadas condiciones. Esta diferencia resulta esencial para comprender por qu&eacute; reacciones afectivas socialmente compartidas y sostenidas durante largos periodos de tiempo predisponen a los actores sociales a emprender determinados tipos de acci&oacute;n pol&iacute;tica. Si bien es cierto que las emociones generan respuestas inmediatas y apropiadas a un acontecimiento pol&iacute;tico, por ejemplo, un atentado terrorista o la invasi&oacute;n de un pa&iacute;s, tambi&eacute;n debemos reconocer que situaciones pol&iacute;ticas prolongadas, como el peso de un yugo totalitarista, la corrupci&oacute;n de una clase pol&iacute;tica tradicional o la generalizaci&oacute;n de la violencia dom&eacute;stica en un pa&iacute;s favorecen la formaci&oacute;n de experiencias afectivas cuya estructura corresponde m&aacute;s a una disposici&oacute;n emocional -reforzada por creencias duraderas referidas al <I>statu quo</I>- que a una reacci&oacute;n inmediata motivada por el car&aacute;cter imprevisto o urgente de una situaci&oacute;n. Adem&aacute;s, una comprensi&oacute;n detallada y profunda de las condiciones bajo las cuales las emociones fijan creencias y generan sentimientos puede arrojar luces sobre la manera como se generan nuevas formas de protesta y surgimiento de grupos de actores pol&iacute;ticos, tanto a nivel local como internacional. </P > </FONT>     <P   align="justify" ><font size="2" face="VERDANA">El segundo tema de investigaci&oacute;n que puede servir como terreno de aplicaci&oacute;n del an&aacute;lisis llevado a cabo aqu&iacute; concierne a la relaci&oacute;n entre afectividad y normatividad moral. La literatura filos&oacute;fica sobre el rol de la afectividad en la moral ofrece diferentes conceptos que intentan capturar la esencia de la imbricaci&oacute;n normatividad/afectividad. As&iacute;, experiencias afectivas como la simpat&iacute;a, la empat&iacute;a, la compasi&oacute;n, la verg&uuml;enza moral, la culpa, la indignaci&oacute;n, el remordimiento y el resentimiento son presentadas a los lectores como &quot;emociones&quot; (Haidt 2003), como &quot;actitudes reactivas&quot; (Strawson 1974) o como una mezcla a menudo indefinida de emoci&oacute;n y sentimiento (De Sousa 2001, Hume 1975, Smith 1997, Wallace 1998).<a href="#pie13" name="spie13"><sup>13</sup></a> No puedo detenerme aqu&iacute; a examinar en detalle el nivel de adecuaci&oacute;n de estas denominaciones y/o clasificaciones. Sin embargo, lo que quiero sugerir es que, si consideramos los criterios analizados en este art&iacute;culo para distinguir las emociones de los sentimientos, entonces las experiencias afectivas mencionadas deben ser analizadas con respecto a (1) el nivel de generalidad/particularidad de sus objetos intencionales, (2) el car&aacute;cter inmediato o disposicional de la experiencia en cuesti&oacute;n, (3) el proceso de fijaci&oacute;n de creencias y (4) el tipo de motivaci&oacute;n implicado. Como resultado de este an&aacute;lisis, una experiencia afectiva como la indignaci&oacute;n podr&aacute; ser considerada, o bien como una emoci&oacute;n, o bien como un sentimiento. Hablaremos de la indignaci&oacute;n como emoci&oacute;n cuando, por ejemplo, alguien nos acusa p&uacute;blica e injustamente de haber hecho trampa para obtener un beneficio cualquiera; la experiencia afectiva es inmediata, posee un objeto intencional espec&iacute;fico (el acusador), implica una valoraci&oacute;n cognitiva (somos v&iacute;ctimas de una injusticia), se justifica sobre un trasfondo normativo establecido (el rechazo de cualquier tipo de injusticia) y nos prepara para actuar en consecuencia. Sin embargo, si un grupo social nos discrimina constantemente a causa de nuestro acento extranjero, nuestro color de piel, nuestras convicciones pol&iacute;ticas, nuestra orientaci&oacute;n sexual o nuestras creencias religiosas, entonces la indignaci&oacute;n -que en su aparici&oacute;n original constituy&oacute; ciertamente una emoci&oacute;n- toma la forma de un sentimiento caracterizado por nuestra disposici&oacute;n a sentirnos indignados cada vez que percibimos o interactuamos con miembros del grupo en cuesti&oacute;n. Adem&aacute;s, nuestra disposici&oacute;n emocional estar&aacute; reforzada por una serie de creencias que se fijan respecto de ciertos atributos del grupo discriminador y del marco normativo que sanciona cualquier tipo de injusticia. Cuando estos factores convergen en una disposici&oacute;n estable, hablaremos, pues, de la indignaci&oacute;n como sentimiento. </font></P > <FONT SIZE="2" FACE="VERDANA"> <hr size="1"> </P > <a href="#spie1" name="pie1"><sup>1</sup></a> Utilizo aqu&iacute; el t&eacute;rmino de &quot;experiencia afectiva&quot; y no el de &quot;experiencia emocional&quot; (Frijda 2005, Goldie 2000) para referirme de forma gen&eacute;rica al car&aacute;cter experiencial de la afectividad. Aunque la expresi&oacute;n &quot;experiencia emocional&quot; recoge varios de los matices fenomenol&oacute;gicos que pretendo se&ntilde;alar en este contexto, mi objetivo es incluir tambi&eacute;n experiencias afectivas que no se categorizan usualmente en t&eacute;rminos de objetos intencionales diferenciados, t&iacute;picos de las emociones y los sentimientos, por ejemplo, los humores o estados de &aacute;nimo y los rasgos de car&aacute;cter.     <P   align="justify" ><a href="#spie2" name="pie2"><sup>2</sup></a> El extenso art&iacute;culo de Vera French (1947) provee una excelente perspectiva hist&oacute;rica sobre el proceso de sistematizaci&oacute;n cient&iacute;fica de los sentimientos en la psicolog&iacute;a europea y norteamericana de este periodo. </P >     <P   align="justify" ><a href="#spie3" name="pie3"><sup>3</sup></a> Cabe anotar aqu&iacute; que la influencia de los trabajos de William James (1884) sent&oacute; innegablemente las bases para un tratamiento sistem&aacute;tico de las nociones de <I>feeling </I>y <I>emotion </I>a partir del siglo XIX. Sin embargo, su tratamiento del t&eacute;rmino <I>sentiment </I>es menos riguroso, y cuando alude a &eacute;l de manera espor&aacute;dica, en <I>The Principles of Psychology</I> (1950), lo asocia en algunas ocasiones a <I>sensation/feeling </I>y en otras a <I>thougth</I>. Agradezco a un &aacute;rbitro an&oacute;nimo de esta revista el haberme se&ntilde;alado la pertinencia de James en esta discusi&oacute;n. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P   align="justify" ><a href="#spie4" name="pie4"><sup>4</sup></a> Los lectores familiarizados con los trabajos de Ben-Ze&#39;ev (1997, 2000) notar&aacute;n la semejanza innegable entre su cartograf&iacute;a del dominio afectivo y la clasificaci&oacute;n ofrecida por Frijda <I>et al.</I> (1991). La raz&oacute;n de esta semejanza es, en mi opini&oacute;n, simple: un an&aacute;lisis minucioso de la cartograf&iacute;a propuesta por Ben-Ze&#39;ev en su art&iacute;culo de 1997, y su posterior elaboraci&oacute;n en el cap&iacute;tulo 4 de su libro <I>The Subtlety of Emotions</I> (2000), revela una reformulaci&oacute;n en lenguaje filos&oacute;fico de los an&aacute;lisis originales de Frijda <I>et al.</I> (<I>ibid.</I>). Dado que, a mi juicio, dicha cartograf&iacute;a no aporta nada esencial a los criterios que Frijda y sus colegas han establecido para discernir la estructura disposicional de los sentimientos, prefiero tomar el trabajo original de los psic&oacute;logos como punto de partida para mi an&aacute;lisis. </P >     <P   align="justify" ><a href="#spie5" name="pie5"><sup>5</sup></a> Salvo indicaci&oacute;n contraria, todas las traducciones del ingl&eacute;s al castellano son m&iacute;as. </P >     <P   align="justify" ><a href="#spie6" name="pie6"><sup>6</sup></a> Aunque los autores utilizan el t&eacute;rmino <I>intentional</I> para referirse a los objetos de las emociones, el sentido en que lo implementan es menos riguroso que el que se usa, por ejemplo, en la filosof&iacute;a de la mente y la teor&iacute;a de la acci&oacute;n. La intencionalidad referida al objeto de una emoci&oacute;n puede, en consecuencia, entenderse aqu&iacute; como <I>aboutness</I>. </P >     <P   align="justify" ><a href="#spie7" name="pie7"><sup>7</sup></a> Ejemplos de teor&iacute;as cognitivas de las emociones son, entre otros: Arnold (1960), Ben-Ze&#39;ev (2000), De Sousa (1980, 1987), Frijda (1986), Goldie (2000), Lazarus (1991), Nussbaum (2001), Ortony, Clore &amp; Collins (1988), Rorty (1980) y Solomon (2003, 2004). </P >     <P   align="justify" ><a href="#spie8" name="pie8"><sup>8</sup></a> Ejemplos de teor&iacute;as som&aacute;ticas de las emociones son, entre otros: Damasio (1994, 1999), Ekman (2003), Griffiths (1997), LeDoux (1996), Panksepp (1998), Plutchik (1980), Prinz (2004) y Zajonc (1980, 1984).</P >     <P   align="justify" > <a href="#spie9" name="pie9"><sup>9</sup></a> En consonancia con el uso filos&oacute;fico, los autores definen el t&eacute;rmino <I>creencia</I> como &quot;una proposici&oacute;n susceptible de ser verdadera o falsa&quot; (Frijda <I>et al.</I> 197; v&eacute;ase igualmente Frijda &amp; Mesquita 68). </P >     <P   align="justify" ><a href="#spie10" name="pie10"><sup>10</sup></a> Aunque en su descripci&oacute;n de la fijaci&oacute;n de la creencia los autores no proveen ninguna referencia filos&oacute;fica que pueda servir como punto de comparaci&oacute;n, vale la pena notar la similitud con la tesis &quot;pragmaticista&quot; de Peirce (1988) sobre la fijaci&oacute;n de la creencia: &quot;El sentimiento &#91;<I>feeling</I>&#93; de creer es un indicativo m&aacute;s o menos seguro de que en nuestra naturaleza se ha establecido un cierto h&aacute;bito que determinar&aacute; nuestras acciones. &#91;...&#93; La creencia no nos hace actuar autom&aacute;ticamente, sino que nos sit&uacute;a en condici&oacute;n de comportarnos de manera determinada, dada cierta ocasi&oacute;n&quot; (181). </P >     <P   align="justify" ><a href="#spie11" name="pie11"><sup>11</sup></a> Esto no excluye la posibilidad de que podamos formular enunciados condicionales referidos a las condiciones propuestas por Frijda y sus colegas, por ejemplo, para la condici&oacute;n (1): si la creencia generada por una emoci&oacute;n se presta a una atribuci&oacute;n disposicional por parte del sujeto, entonces esta creencia ser&aacute; fijada y el sujeto habr&aacute; formado una disposici&oacute;n.</P >     <P   align="justify" ><a href="#spie12" name="pie12"><sup>12</sup></a> Agradezco a un &aacute;rbitro an&oacute;nimo de esta revista el haberme se&ntilde;alado este punto. </P >     <P   align="justify" ><a href="#spie13" name="pie13"><sup>13</sup></a> Es preciso notar aqu&iacute; el car&aacute;cter excepcional de la obra de Rawls, quien considera los sentimientos morales como &quot;disposiciones y adhesiones duraderas&quot; (433). </P > <hr size="1">     ]]></body>
<body><![CDATA[<P   align="justify" ><B>Bibliograf&iacute;a </b></P > </FONT>     <!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">&Aacute;lvarez, M. <I>Kinds of Reasons. An Essay in the Philosophy of Action</I>. New York: Oxford University Press, 2010. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000084&pid=S0120-0062201100010000100001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Arnold, M. <I>Emotion and Personality</I>, vols. I &amp; II. New York: Columbia University Press, 1960. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000085&pid=S0120-0062201100010000100002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Baier, A. C. <I>A Progress of Sentiments. Reflections on Hume&#39;s Treatise</I>. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1991. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000086&pid=S0120-0062201100010000100003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Bell, M. <I>Sentimentalism, Ethics, and the Culture of Feeling</I>. New York: Palgrave Macmillan, 2000. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S0120-0062201100010000100004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Ben-Ze&#39;ev, A. &quot;The Affective Realm&quot;, <I>New Ideas in Psychology</I> 15/3 (1997): 247-259. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000088&pid=S0120-0062201100010000100005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Ben-Ze&#39;ev, A. <I>The Subtlety of Emotions</I>. Cambridge, MA: MIT Press, 2000. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S0120-0062201100010000100006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Broad, Ch. &quot;Emotion and Sentiment&quot;, <I>The Journal of Aesthetics and Art Criticism </I>13/2 (1954): 203-214. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000090&pid=S0120-0062201100010000100007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Broadie, A. &quot;Scottish Philosophy in the 18th Century&quot;. <I>The Stanford Encyclopedia of Philosophy,</I> Fall 2009 Online Edition. Stanford, CA: Stanford University <a href="http://plato.stanford.edu/archives/fall2009/entries/scottish-18th/" target="_blank">(http://plato.stanford.edu/archives/fall2009/entries/scottish-18th/</a>). </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000091&pid=S0120-0062201100010000100008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Brunschwig, J. &amp; Nussbaum M. C. (eds.). <I>Passions and Perceptions. Studies in Hellenistic Philosophy of Mind</I>. New York: Cambridge University Press, 1993. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000092&pid=S0120-0062201100010000100009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify"> Cates, D. F. <I>Aquinas on the Emotions. A Religious-Ethical Inquiry</I>. Washington: Georgetown University Press, 2009. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000093&pid=S0120-0062201100010000100010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Damasio, A. <I>Descartes&#39; Error</I>. New York: Gossett/Putnam, 1994. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000094&pid=S0120-0062201100010000100011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Damasio, A. <I>The Feeling of What Happens. Body, Emotion and the Making of Consciousness</I>. London: Vintage, 1999. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000095&pid=S0120-0062201100010000100012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">D&#39;Arms, J. &amp; Jacobson, D. &quot;Sentiment and Value&quot;, <I>Ethics</I> 110 (2000): 722-748. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000096&pid=S0120-0062201100010000100013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Darwin, C. <I>The Expression of the Emotions in Man and Animals</I>. New York: Greenwood Press, 1955. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000097&pid=S0120-0062201100010000100014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">De Sousa, R. &quot;Self-Deceptive Emotions&quot;. <I>Explaining Emotions</I>, Rorty, A. O. (ed.). Berkeley, CA: University of California Press, 1980. 283-297. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000098&pid=S0120-0062201100010000100015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">De Sousa, R. <I>The Rationality of Emotion</I>. Cambridge, MA: MIT Press, 1987. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000099&pid=S0120-0062201100010000100016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">De Sousa, R. &quot;Moral Emotions&quot;, <I>Ethical Theory and Moral Practice</I> 4 (2001): 109-126. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000100&pid=S0120-0062201100010000100017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Dixon, T. <I>From Passions to Emotions. The Creation of a Secular Psychological Category</I>. New York: Cambridge University Press, 2003. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000101&pid=S0120-0062201100010000100018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Ekman, P. <I>Emotions Revealed</I>. New York: Times Books, 2003. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000102&pid=S0120-0062201100010000100019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Frazer, M. L. <I>The Enlightenment of Sympathy: Justice and the Moral Sentiments in Eighteen Century and Today</I>. New York: Oxford University Press, 2010. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000103&pid=S0120-0062201100010000100020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">French, V. &quot;The Structure of Sentiments: I. A Restatement of the Theory of Sentiments&quot;, <I>Journal of Personality </I>15/8 (1947): 247-282. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000104&pid=S0120-0062201100010000100021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Frijda, N. <I>The Emotions</I>. Cambridge: Cambridge University Press, 1986. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000105&pid=S0120-0062201100010000100022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Frijda, N. &quot;Varieties of Affect: Emotions and Episodes, Moods and Sentiments&quot;. <I>The Nature of Emotion: Fundamental Questions</I>, Ekman, P. &amp; Davidson, R. J. (eds.). New York: Oxford University Press, 1994. 59-67. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000106&pid=S0120-0062201100010000100023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Frijda, N. &quot;Emotion Experience&quot;, <I>Cognition &amp; Emotion</I> 19/4 (2005): 473-497. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000107&pid=S0120-0062201100010000100024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Frijda, N. &quot;The Psychologists&#39; Point of View&quot;. <I>Handbook of Emotions</I>, 3rd ed., Lewis, M., Haviland-Jones, J. M. &amp; Feldman Barrett, L. (eds.). New York: Guilford Press, 2008. 68-87. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000108&pid=S0120-0062201100010000100025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Frijda, N. &amp; Mesquita, B. &quot;Beliefs through Emotions&quot;.<I> Emotions and Beliefs. How Feelings Influence Thoughts</I>, Frijda, N., Manstead, A. S. R. &amp; Bem, S. (eds.). Cambridge: Cambridge University Press, 2001. 45-77. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000109&pid=S0120-0062201100010000100026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Frijda, N., Mesquita, B., Sonnemans, J. &amp; Van Goozen, S. &quot;The Duration of Affective Phenomena or Emotions, Sentiments and Passions&quot;. <I>International Review of Studies on Emotion</I>, vol. 1, Strongman, K. T. (ed.). Sussex: John Wiley &amp; Sons, 1991. 187-225. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000110&pid=S0120-0062201100010000100027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Goldie, P. <I>The Emotions: A Philosophical Exploration</I>. New York: Oxford University Press, 2000. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000111&pid=S0120-0062201100010000100028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Goodwin, J., Jasper, J. &amp; Polletta, F. (eds.). <I>Passionate Politics: Emotions and Social Movements</I>. Chicago, IL: University of Chicago Press, 2001. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000112&pid=S0120-0062201100010000100029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA">Goodwin, J., Jasper, J. &amp; Polletta, F. &quot;Emotional Dimensions of Social Movements&quot;. <I>The </I><I>Blackwell Companion to Social Movements</I>, Snow, D., Soule, S. &amp; Kriesi, H. (eds.). London: Blackwell Publishing, 2004. 413-432. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000113&pid=S0120-0062201100010000100030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA">Griffiths, P. <I>What Emotions Really Are</I>. Chicago, IL: University of Chicago Press, 1997. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000114&pid=S0120-0062201100010000100031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Gross, D. M. <I>The Secret History of Emotion. From Aristotle&#39;s &quot;Rhetoric&quot; to Modern Brain Science</I>. Chicago, IL: Chicago University Press, 2006. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000115&pid=S0120-0062201100010000100032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">Haidt, J. &quot;The Moral Emotions&quot;. <I>Handbook of Affective Sciences</I>, Davidson, R., Scherer, K. &amp; Goldsmith, H. (eds.). Oxford: Oxford University Press, 2003. 852-870. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000116&pid=S0120-0062201100010000100033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">Hampshire, S. &quot;Critical Notices: The Concept of Mind&quot;, <I>Mind</I> 59/234 (1950): 237-255. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S0120-0062201100010000100034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">Hume, D. <I>Enquiries Concerning Human Understanding and Concerning the Principles of Morals</I>, 3rd ed., revised by P. H. Nidditch, Selby-Bigge, L. A. (ed.). Oxford: Oxford University Press, 1975.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000118&pid=S0120-0062201100010000100035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align=""> Hutcheson, F. <I>On Human Nature</I>, Mautner, T. (ed.). Cambridge, MA: Cambridge University Press, 1993. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S0120-0062201100010000100036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">James, S. <I>Passion and Action. The Emotions in Seventeenth-Century Philosophy</I>. New York: Oxford University Press, 1997. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000120&pid=S0120-0062201100010000100037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">James, W. &quot;What Is an Emotion?&quot;, <I>Mind</I> 9 (1884): 188-205. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0120-0062201100010000100038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">James, W. <I>The Principles of Psychology. Two Volumes</I>. New York: Dover Publications, 1950. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000122&pid=S0120-0062201100010000100039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">Knuuttila, S. <I>Emotions in Ancient and Medieval Philosophy</I>. New York: Oxford University Press, 2004. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S0120-0062201100010000100040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">Lange, C. G. &amp; James, W. <I>The Emotions</I>, Dunlap, K. (ed.). Baltimore: Wilkins &amp; Wilkins Company, 1922. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S0120-0062201100010000100041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">Lazarus, R. S. <I>Emotion and Adaptation</I>. New York: Oxford University Press, 1991. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0120-0062201100010000100042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">LeDoux, J. <I>The Emotional Brain</I>. New York: Simon &amp; Schuster, 1996. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S0120-0062201100010000100043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">Marcus, G. E. &quot;The Psychology of Emotion and Politics&quot;. <I>Oxford Handbook of Political Psychology</I>, Sears, D. O., Huddy, D. L. &amp; Jervis, R. (eds.). New York: Oxford University Press, 2003. 182-221.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0120-0062201100010000100044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align=""> McDougall, W. <I>An Introduction to Social Psychology</I>. Boston, MA: Luce, 1908. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S0120-0062201100010000100045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">McDougall, W. <I>The Energies of Men</I>. New York: Scribner&#39;s, 1933. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0120-0062201100010000100046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">Murray, H. A. &amp; Morgan, C. D. &quot;A Clinical Study of Sentiments: I&quot;, <I>Genetic Psychology Monographs</I> 32 (1945a): 3-149. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0120-0062201100010000100047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">Murray, H. A. &amp; Morgan, C. D. &quot;A Clinical Study of Sentiments: II&quot;, <I>Genetic Psychology Monographs</I> 32 (1945b): 153-311. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0120-0062201100010000100048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">Nichols, S. <I>Sentimental Rules: On the Natural Foundations of Moral Judgment</I>. New York: Oxford University Press, 2004. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S0120-0062201100010000100049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="">Niedenthal, P. M. &amp; Halberstadt, J. B. &quot;Emotional Response as Conceptual Coherence&quot;. <I>Cognition and Emotion</I>, Kihlstrom, J. F., Bower, G. H., Forgas, J. P. &amp; Niedenthal, P. M. (eds.). New York: Oxford University Press, 2000. 169-203. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0120-0062201100010000100050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA"> Nussbaum, M. <I>Upheavals of Thought</I>. Cambridge: Cambridge University Press, 2001. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S0120-0062201100010000100051&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA">Ortony, A., Clore, G. F. &amp; Collins, A. <I>The Cognitive Structure of Emotions</I>. Cambridge: Cambridge University Press, 1988. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S0120-0062201100010000100052&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Panksepp, J. <I>Affective Neuroscience</I>. Oxford: Oxford University Press, 1998. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000136&pid=S0120-0062201100010000100053&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Paulhan, F. <I>Les caract&egrave;res</I>. Paris: F&eacute;lix Alcan, 1902. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S0120-0062201100010000100054&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Peirce, C. S. <I>El hombre, un signo</I>, Vericat, J. (trad.). Barcelona: Cr&iacute;tica, 1988. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S0120-0062201100010000100055&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Plutchik, R. <I>Emotion</I>. New York: Harper &amp; Row, 1980. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S0120-0062201100010000100056&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Prinz, J. <I>Gut Reactions: A Perceptual Theory of Emotion</I>. New York: Oxford University Press, 2004. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000140&pid=S0120-0062201100010000100057&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Pugmire, D. <I>Sound Sentiments. Integrity in the Emotions</I>. New York: Oxford University Press, 2005. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S0120-0062201100010000100058&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Rawls, J. <I>Teor&iacute;a de la justicia</I>, Gonz&aacute;lez, M. D. (trad.). M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 2006. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S0120-0062201100010000100059&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Ribot, T. <I>La psychologie des sentiments</I>. Paris: F&eacute;lix Alcan, 1896. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S0120-0062201100010000100060&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Rim&eacute;, B. <I>Le partage social des &eacute;motions</I>. Paris: Presses Universitaires de France, 2005. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S0120-0062201100010000100061&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Rorty, A. O. (ed.). &quot;Explaining Emotions&quot;. <I>Explaining Emotions</I>. Berkeley, CA: University of California Press, 1980. 103-126. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S0120-0062201100010000100062&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Russel, J. A., Fern&aacute;ndez-Dols, J. M., Manstead, A. S. R. &amp; Wellenkamp, J. C. (eds.). <I>Everyday Concepts of Emotion. An Introduction to the Psychology, Anthropology and Linguistics of Emotion</I>. Dordrecht: Kluwer Academic Press, 1995. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000146&pid=S0120-0062201100010000100063&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Ryle, G. <I>The Concept of Mind</I>. London: Routledge, 2009. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S0120-0062201100010000100064&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Sabini, J. &amp; Silver, M. <I>Emotion, Character, and Responsibility</I>. New York: Oxford University Press, 1998. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000148&pid=S0120-0062201100010000100065&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Schmitter, A. M. &quot;17th and 18th Century Theories of Emotion&quot;. <I>The Stanford Encyclopedia of Philosophy</I>, Fall 2008 Online Edition. Stanford, CA: Stanford University (<a href="http://plato.stanford.edu/entries/emotions-17th18th/" target="_blank">http://plato.stanford.edu/entries/emotions-17th18th/</a>). </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S0120-0062201100010000100066&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Shaftesbury, A. <I>Characteristics of Men, Manners, Opinion, Times</I>, Klein, L. (ed.). Cambridge, MA: Cambridge University Press, 2000. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000150&pid=S0120-0062201100010000100067&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Shand, A. F. &quot;Character and the Emotions&quot;, <I>Mind</I> 5 (1896): 203-226. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S0120-0062201100010000100068&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Slote, M. <I>Moral Sentimentalism</I>. New York: Oxford University Press, 2010. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000152&pid=S0120-0062201100010000100069&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Smith, A. <I>La teor&iacute;a de los sentimientos morales</I>, Rodr&iacute;guez Braun, C. (ed.). Madrid: Alianza Editorial, 1997. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S0120-0062201100010000100070&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Solomon, R. <I>Not Passion&#39;s Slave: Emotions and Choice</I>. Oxford: Oxford University Press, 2003. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000154&pid=S0120-0062201100010000100071&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Solomon, R. <I>Thinking about Feeling. Contemporary Philosophers on Emotions</I>. New York: Oxford University Press, 2004. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000155&pid=S0120-0062201100010000100072&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Spencer, H. &quot;The Comparative Psychology of Man&quot;, <I>Mind</I> 1 (1876): 7-20. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000156&pid=S0120-0062201100010000100073&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Stout, G. F. <I>The Groundwork of Psychology</I>. New York: Hinds &amp; Noble, 1903. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000157&pid=S0120-0062201100010000100074&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Strawson, P. F. <I>Freedom and Resentment and Other Essays</I>. London: Methuen, 1974. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000158&pid=S0120-0062201100010000100075&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Wallace, R. J. <I>Responsibility and the Moral Sentiments</I>, reprint edition. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1998. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000159&pid=S0120-0062201100010000100076&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Wierzbicka, A. <I>Emotions across Languages and Cultures: Diversity and Universals</I>. Cambridge: Cambridge University Press, 1999. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000160&pid=S0120-0062201100010000100077&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Zajonc, R. &quot;Feeling and Thinking: Preferences Need no Inferences&quot;, <I>American Psychologist</I> 35 (1980): 151-175. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000161&pid=S0120-0062201100010000100078&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><FONT SIZE="2" FACE="VERDANA" align="justify">Zajonc, R. &quot;On the Primacy of Affect&quot;, <I>American Psychologist</I> 39 (1984): 117-123. </FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000162&pid=S0120-0062201100010000100079&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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