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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Acosta, María del Rosario (comp.). Reconocimiento y diferencia. Idealismo alemán y hermenéutica: un retorno a las fuentes del debate contemporáneo. Bogotá: Siglo del Hombre Editores / Universidad de los Andes, 2010. 432 pp]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  <FONT SIZE="2" FACE="VERDANA">     <P   align="left" ><b>RESE&Ntilde;A</b></P > </FONT>     <P   align="center" ><font size="3" face="VERDANA"><B>Acosta, Mar&iacute;a del Rosario (comp.). </b>    <br>   <I>Reconocimiento y diferencia. Idealismo alem&aacute;n y hermen&eacute;utica:     <br>   un retorno a las fuentes del debate contempor&aacute;neo.    <br>   </I>Bogot&aacute;: Siglo del Hombre Editores /     <br>   Universidad de los Andes, 2010. 432 pp.</font> </P > <FONT SIZE="2" FACE="VERDANA"> <hr size="1">     <P   align="justify" >Con una frecuencia menor que la deseada, las comunidades acad&eacute;micas en ciencias sociales y humanas reciben buenos resultados del trabajo con autores cl&aacute;sicos. Esto se explica por varias razones. En primer lugar, y sobre todo, por la avidez con la que una comunidad se pregunta por las razones de sus logros o por las razones de sus miserias. Los autores cl&aacute;sicos se constituyen, de este modo, en los interlocutores privilegiados del di&aacute;logo sobre problemas que inquietan a las ciencias sociales y humanas hoy. Sin embargo, esto &uacute;ltimo explica s&oacute;lo las razones de la avidez, m&aacute;s que el buen recibo de algunos textos que vuelven sistem&aacute;ticamente a lo que han dicho autores cl&aacute;sicos. Hay, como se sabe, malas conversaciones. Hay aquellas que son malas, no por poner en palabras de un autor algo que &eacute;l no dice, sino m&aacute;s bien por poner en palabras de un autor lo que &eacute;l no dir&iacute;a jam&aacute;s; hay tambi&eacute;n, como se sabe, buenas conversaciones. Esta es otra de las razones que explican el buen recibo de algunos de los textos que vuelven a autores cl&aacute;sicos. </P >     <P   align="justify" ><I>Reconocimiento y diferencia </I>contiene muchas de esas buenas conversaciones. Aun cuando la mayor&iacute;a de quienes en &eacute;l escriben buscaron que los autores con los que trabajaron dijeran, quiz&aacute;s, lo que ellos parecen no haber dicho, s&iacute; que consiguieron hacerlos hablar con sentido, tal como lo habr&iacute;an hecho de haber continuado la conversaci&oacute;n. Para poder hacer esto, la mayor&iacute;a de quienes participan en este libro enfrentaron el reto de seguir hablando con los autores que trabajaron, asumiendo con rigor el hecho de que el buen sentido de los conceptos est&aacute; sujeto al trato cuidadoso que se tiene con ellos. Y ese cuidado requiere, en filosof&iacute;a, estar atento a las primeras veces que los conceptos fueron usados. </P >     <P   align="justify" >A mi modo de ver, la met&aacute;fora &quot;plomer&iacute;a filos&oacute;fica&quot;, de Mary Midgley, expresa bien la disposici&oacute;n que tiene alguien para recuperar el sentido, extraviado en ocasiones, de un t&eacute;rmino. Quienes hacen filosof&iacute;a suelen estar motivados, entre otras razones, por la sensaci&oacute;n de desamparo que causa el hecho de que el sentido de un t&eacute;rmino que se considera importante se ha perdido; porque (como dice Mar&iacute;a del Rosario Acosta en la introducci&oacute;n al libro) se ha banalizado. Andar por las rutas dispuestas por la historia de la filosof&iacute;a para tejer de nuevo el sentido de un t&eacute;rmino es comparable al modo como los plomeros tienen que ver con la estructura de una red oculta que conduce el agua hasta los conductos por los que la vemos salir; lo hacen normalmente para encontrar el lugar de donde viene, o para encontrar el lugar donde se produjo el da&ntilde;o. Tanto como el plomero, el fil&oacute;sofo est&aacute; ocupado en no perder de vista la forma intrincada, pero desentra&ntilde;able, como a veces se teje el sentido de un conjunto de palabras. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P   align="justify" >El desd&eacute;n por su sentido y los sesgos con los que se suele usar un t&eacute;rmino como <I>el reconocimiento</I>, por ejemplo, pueden convertirlo, muy a pesar del trabajo filos&oacute;fico, nada m&aacute;s que en un lugar com&uacute;n abaratado y tedioso. Solemos estar poco atentos al modo como esto ocurre; es m&aacute;s, solemos estar poco atentos al hecho de que ocurra, del mismo modo como, andando sobre la superficie de una tuber&iacute;a, solemos estar poco atentos al modo como corre el agua por las paredes de nuestra casa, hasta que, como se dice, &quot;hace agua&quot;. Abusando de la met&aacute;fora de Midgley, creo poder decir que el t&eacute;rmino <I>reconocimiento</I> &quot;hizo agua&quot;. En el uso cotidiano que hacemos de &eacute;l, si se quiere, se ven goteras por todas partes. Con m&aacute;s frecuencia de la deseada escuchamos invocaciones al &quot;reconocimiento a la diferencia&quot;. Hacemos esto sin atender al hecho de que hay diferencias de las buenas y hay diferencias de las malas; hay diferencias que ofenden, y hay otras sin las que no podr&iacute;amos vivir decentemente. El otro extremo de esto es el reclamo que exige garantizar el reconocimiento a todos de los mismos derechos, sin antes respondernos a la pregunta acerca de qu&eacute; tipo de necesidades satisface la garant&iacute;a uniforme y plana de estos derechos. Esto tiene una consecuencia, grave, a mi modo de ver: si permitimos que las palabras sean trilladas una y otra vez, si permitimos que se haga un uso fatigante de ellas, estaremos hipotecando su sentido al desd&eacute;n por la realidad y a los sesgos ideol&oacute;gicos. Me parece que los t&eacute;rminos <I>reconocimiento </I>y<I> diferencia </I>son, en muchos de los art&iacute;culos que los contienen, la expresi&oacute;n de este modo de estar atento a que la palabra <I>reconocimiento </I>no se sume a tantos otros que ya conforman la red descompuesta y oxidada de conceptos con contenido moral. </P >     <P   align="justify" >Me limito, en lo que sigue, a trazar los rasgos generales de este trabajo. No voy a rese&ntilde;ar cada uno de los art&iacute;culos; son quince, y si lo hago s&oacute;lo estar&iacute;a repitiendo sin mucho sentido lo que el lector puede encontrar en ellos. Sobre la marcha formular&eacute; objeciones a la forma como se hace el trabajo de plomer&iacute;a filos&oacute;fica en algunos de los art&iacute;culos; quiz&aacute;s porque el &quot;plomero&quot;, por lo que creo haber entendido, perdi&oacute; de vista alguna fisura, o porque la tarea que se impuso no fue la de un plomero, sino la de un pintor. </P >     <P   align="justify" >Cuatro de los art&iacute;culos de este libro (el de Jimena Hurtado sobre Rousseau, el de Carlos Rend&oacute;n sobre Fichte, el de Carlos Ram&iacute;rez sobre Fichte y Schelling, y el de Sergio Mu&ntilde;oz sobre Kierkegaard) son las expresiones m&aacute;s claras de una forma de seguir el di&aacute;logo con los autores sobre los que hablan; esto es, de llevarlos, desde lo que dejaron en sus libros, y a trav&eacute;s de una suerte de di&aacute;logo imaginado con ellos, a decir lo que ellos no dijeron pero que bien podr&iacute;an haber dicho. Esto que ni Rousseau, ni Fichte, ni Schelling, ni Kierkegaard parecen haber dicho expl&iacute;citamente, desentra&ntilde;a el sentido del concepto de <I>reconocimiento</I> en uno de sus aspectos m&aacute;s dif&iacute;ciles de entender: su aspecto normativo, es decir, su modo de servir como una idea regulativa en sociedades complejas y plurales de facto. La activaci&oacute;n racional de la piedad en Rousseau, el derecho en Fichte, una suerte de misticismo metaf&iacute;sico en Schelling y el autoconocimiento en Kierkegaard constituir&iacute;an, seg&uacute;n se dice en estos cuatro textos, las condiciones de posibilidad de que algo que a&uacute;n no es pueda, en efecto, llegar a serlo. Sin embargo, en el tratamiento que se hace de estos cuatro autores y en el di&aacute;logo que se establece con ellos en el libro no pude ver con claridad cu&aacute;l es la relaci&oacute;n entre la forma como necesitamos los seres humanos ser reconocidos y la forma como debe ser promovido el reconocimiento, desde el punto de vista de esos cuatro autores. Si bien se afirma en los art&iacute;culos que los seres humanos nos debemos reconocimiento, que este ha de ser rec&iacute;proco y que su falta nos hace da&ntilde;o; si bien se afirma, incluso, en forma de diagn&oacute;stico (Rousseau y Kierkegaard) que hay &eacute;pocas en la historia en las que la falta de reconocimiento se deja ver por todas partes, no se establece, sin embargo, una relaci&oacute;n directa entre el reconocimiento como un principio moral y el conjunto de necesidades que quedar&iacute;an satisfechas con su ejercicio. No se deja ver, por lo tanto, como s&iacute; lo hacen muy bien Hegel y sus int&eacute;rpretes, de qu&eacute; maneras concretas la falta de reconocimiento afecta nuestro modo de ser vulnerables. </P >     <P   align="justify" >Esto &uacute;ltimo, que, me parece, se echa de menos en Rousseau, Schelling, Fichte y Kierkegaard, es expl&iacute;cito en los trabajos de Miguel Gualdr&oacute;n y Mar&iacute;a del Rosario Acosta, en sus respectivos di&aacute;logos con Hegel. Estos art&iacute;culos dejan ver claramente c&oacute;mo Hegel es imprescindible en el trabajo de plomer&iacute;a filos&oacute;fica sobre el concepto de <I>reconocimiento</I>. S&oacute;lo cuando -como lo creen Hegel y estos dos lectores suyos- el <I>reconocimiento</I> sea el concepto nodal en una red de otros conceptos, puede este ser entendido. S&oacute;lo, digo, cuando esos otros conceptos (como <I>la piedad</I>, <I>los derechos </I>o<I> el respeto</I>) sirvan al prop&oacute;sito marginal de darle contenido al concepto de <I>reconocimiento </I>y no pretenden sustituirlo, sabemos bien qu&eacute; falta en un ser humano cuando sus relaciones con los otros no est&aacute;n mediadas por &eacute;l. Como dir&iacute;a Axel Honneth, s&oacute;lo en la medida en que sepamos reconocer las consecuencias del desprecio, sabremos tambi&eacute;n qu&eacute; es lo que se exige cuando se exige reconocimiento. En el tratamiento de estos dos lectores de Hegel con el concepto de <I>reconocimiento</I> se vuelve a aquello que, a mi manera de ver, es el derecho de las cosas: antes de ser prescrito, el concepto de <I>reconocimiento</I> (o en su defecto, el desprecio) ha de ser descrito. Como quiera que los seres humanos, seg&uacute;n esto, seamos de un modo tal que sin el reconocimiento dejemos de ser aquello que somos (no aquello que quisi&eacute;ramos ser o aquello que tendr&iacute;amos derecho a ser), los t&eacute;rminos en los que debe ser entendido dicho concepto no pueden ser solamente normativos. </P >     <P   align="justify" >El art&iacute;culo de Mar&iacute;a del Rosario Acosta (sobre confesi&oacute;n y perd&oacute;n en Hegel), que, como lo veo, tan decididamente atiende a esta manera de tratar el concepto de <I>reconocimiento</I>, incluye en el di&aacute;logo con Hegel una perspectiva que, seg&uacute;n la autora, &quot;no es com&uacute;n&quot; en los trabajos sobre el tema. Esta perspectiva es la del perd&oacute;n. &quot;El perd&oacute;n -dice Mar&iacute;a del Rosario Acosta- es la figura m&aacute;s acabada del mutuo reconocimiento&quot; (158); aun cuando inconclusa, la figura del perd&oacute;n describe de la mejor manera, seg&uacute;n ella, la instancia ineludible de la reciprocidad. El perd&oacute;n, sin embargo, es descrito en este texto teniendo en cuenta solamente la perspectiva de quien lo solicita, y no la perspectiva de quien lo concede. Debo decir que, para entender de qu&eacute; modo enriquece la figura del perd&oacute;n el concepto de <I>reconocimiento </I>en Hegel, la autora, o el propio Hegel, tendr&iacute;an que habernos dicho algo m&aacute;s sobre la forma como un ofendido pasa por el proceso que lleva a conceder el perd&oacute;n, y no tanto sobre la forma como quien solicita el perd&oacute;n se mira a s&iacute; mismo en el ofendido. </P >     <P   align="justify" >Los dos art&iacute;culos que contiene el libro sobre Heidegger y el reconocimiento (de Margarita Cepeda y de Lauren Freeman) tienen una de las caracter&iacute;sticas que yo identifico como otra de las razones para el buen recibo de este libro. No hay duda de que en estos dos trabajos los int&eacute;rpretes de Heidegger hacen decir al autor lo que &eacute;l no dice. Pero no s&oacute;lo hacen esto: Freeman y Cepeda consiguen que entendamos algunos aspectos del pensamiento de Heidegger, a pesar de los pocos esfuerzos que hizo el propio autor para comunicarse. Es m&aacute;s, estos dos int&eacute;rpretes de Heidegger consiguen convencer a sus lectores de que &eacute;l, en efecto, dijo lo que muchas veces neg&oacute; expl&iacute;citamente haber sugerido: esto es, que su propuesta filos&oacute;fica comportaba una dimensi&oacute;n moral. En este sentido, las &quot;reconsideraciones&quot; que hace Lauren Freeman de Hegel, <I>&agrave; la </I>Heidegger, contienen todav&iacute;a un di&aacute;logo con el autor. Quiz&aacute;s, de haber seguido la conversaci&oacute;n, Freeman habr&iacute;a conseguido convencer a Heidegger (y con buenas razones) de que su concepto de <I>cuidado</I> tiene una innegable impronta moral. Por su parte, la lectura que hace Margarita Cepeda del concepto de <I>angustia</I>, de la mano de la figura hegeliana del siervo, ya no es, como yo la veo, un di&aacute;logo, sino mucho m&aacute;s que eso. Esta lectura es una expresi&oacute;n de la actitud que ella misma describe: con Heidegger, e innegablemente a su favor, Margarita Cepeda hace en su art&iacute;culo un despliegue de lo que describe como &quot;el puro reconocer&quot; (205). </P >     <P   align="justify" >El paso al concepto de <I>reconocimiento</I>, tal como pudo haber sido entendido por Gadamer, presupone para Carlos B. Guti&eacute;rrez y para Luis Eduardo Gama una importante distancia en relaci&oacute;n con Hegel. Estos dos autores consiguen mostrar que las caracter&iacute;sticas del reconocimiento no son descritas adecuadamente, si el reconocimiento representa solamente un estadio en la formaci&oacute;n de la autoconciencia. Esto significa que el otro del reconocimiento, en los t&eacute;rminos en que el concepto ha sido descrito por Hegel, no es m&aacute;s que un trozo de uno mismo. El otro de la experiencia hermen&eacute;utica, en cambio, tiene m&aacute;s sus propios rasgos, que, como bien lo muestran los autores, son aquellos trazados por su propia voz, por su vulnerabilidad y, sobre todo, por la conciencia de sus propios l&iacute;mites. </P >     <P   align="justify" >El inevitable recurso a Honneth en este libro se cumple en el texto de Theodore George. Este lector de Honneth se une a la invitaci&oacute;n a la hermen&eacute;utica propuesta por Guti&eacute;rrez y por Gama, esta vez para hacer caer en cuenta a Honneth de que el pensamiento de Gadamer contiene importantes posibilidades pol&iacute;ticas. Bien vistas, dice George, las experiencias de proximidad contempladas en <I>Verdad y m&eacute;todo </I>pasan necesariamente por un componente sin el cual la pol&iacute;tica pierde vitalidad. Este componente contiene todas las caracter&iacute;sticas de la figura de la <I>phronesis,</I> tal como fue entendida por Arist&oacute;teles. </P >     <P   align="justify" >Tanto Gadamer como Derrida encuentran que el lenguaje constituye la forma como se construyen la &eacute;tica y la pol&iacute;tica. En efecto, en el primero de los casos, seg&uacute;n Carlos Andr&eacute;s Manrique, para construir, para acercar, y en el segundo, en cambio, para trazar l&iacute;mites; l&iacute;mites infranqueables (no provisionales como en Gadamer). Derrida, seg&uacute;n esto, le atribuye fuerza pol&iacute;tica a la distancia ostensible e infinita que se impone con el lenguaje. La discusi&oacute;n que construye Manrique entre Gadamer y Derrida est&aacute; mediada por el concepto de <I>buena voluntad </I>de Kant. Aunque en ciertos lugares del art&iacute;culo la intervenci&oacute;n de Kant enriquece el di&aacute;logo, no es f&aacute;cil ver cu&aacute;l sea la relaci&oacute;n de la lectura que hace Derrida del concepto de <I>buena voluntad</I> con la lectura radical que hace &eacute;l tambi&eacute;n del imperativo categ&oacute;rico. </P >     <P   align="justify" >M&aacute;s que en Gadamer, en Arendt parece evidente que, si se ha de hablar en t&eacute;rminos de reconocimiento para describir relaciones entre personas, los l&iacute;mites (que est&aacute;n por todas partes) no pueden ser pasados por alto. Es m&aacute;s, como bien lo muestra Laura Quintana, si hay algo que caracteriza lo que nos une mientras creemos que nos estamos reconociendo, no son tanto los l&iacute;mites, como dir&iacute;a Gadamer, es algo m&aacute;s contundente y complejo: la contingencia. Descuidar este hecho es no saber qu&eacute; hay m&aacute;s all&aacute; de uno mismo, es, en &uacute;ltimas, no estar del lado de lo moral. Teniendo en cuenta lo dicho por Quintana en su texto, me atrevo a a&ntilde;adir lo siguiente: para Arendt, el hecho de que los seres humanos estemos enterados de la contingencia es anterior, moralmente anterior, a la figura del reconocimiento, del mismo modo como es anterior a cualquier instancia normativa. La figura del reconocimiento y lo que se diga sobre ella son entonces subsidiarios de ese &quot;estar al tanto de la contingencia&quot;. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P   align="justify" >Pasando por una reflexi&oacute;n acerca del lugar de la violencia en el derecho, Christoph Menke deja ver una paradoja en dos formas cl&aacute;sicas, e incontrovertibles, de entender la relaci&oacute;n entre el derecho y la violencia: dada su relaci&oacute;n con la violencia, el derecho, por una parte, est&aacute; legitimado y, por otra, no constituye nada m&aacute;s que otra forma de hacer violencia. La lectura de este l&uacute;cido texto, sin embargo, no deja ver una buena raz&oacute;n para su inclusi&oacute;n en un estudio sobre <I>Reconocimiento y diferencia. </I>Quiz&aacute;s no todo pueda valer como un aspecto del reconocimiento. </P >     <P   align="justify" >El &uacute;ltimo de los art&iacute;culos de este trabajo es un aterrizaje, debo llamarlo forzoso, del concepto de <I>reconocimiento</I> a un trozo de la realidad colombiana. El uso que hace de &eacute;l su autor, Rodolfo Arango, es indistinto, y aplica por momentos a la necesidad que tenemos todos de ser portadores de derechos y, por lo tanto, al hecho de que ellos obviamente deben ser concedidos. Por momentos, ese uso aplica, sin embargo, tambi&eacute;n de manera indistinta, a la situaci&oacute;n de un conjunto de v&iacute;ctimas del secuestro, por una parte, y a la situaci&oacute;n de un conjunto de combatientes guerrilleros presos, por otra. El prop&oacute;sito de presentar su defensa de un acuerdo humanitario para la paz en Colombia lleva a Rodolfo Arango hasta establecer analog&iacute;as entre los derechos de las minor&iacute;as raciales y culturales, los derechos de los excombatientes encarcelados y los derechos de las v&iacute;ctimas del secuestro. Creo que este manejo de las analog&iacute;as no est&aacute; bien legitimado cuando de plomer&iacute;a filos&oacute;fica se trata. </P > <hr size="1">     <P   align="right" ><b>&Aacute;NGELA URIBE BOTERO</b>    <BR>   Universidad Nacional de Colombia    <BR>   <a href="mailto:auribeb@unal.edu.co"><i>auribeb@unal.edu.co</i></a></P > </FONT>      ]]></body>
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