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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[¿HAY UN MAL EN MORIR?: CONSIDERACIONES ÉTICAS Y JURÍDICAS SOBRE LA MUERTE INDUCIDA]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="es"><p><![CDATA[The article analyzes the moral dilemmas associated with death and carries out a reflection on the questions that arise when death is considered trivial from the perspective of the individual who dies. Additionally, the article analyzes the ethical and legal consequences of acknowledging the moral autonomy of those who, in extreme circumstances, decide when and how to die.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <font size="2" face="verdana"> </font>     <p align="center"><font size="2" face="verdana"><b><font size="4">&iquest;HAY UN MAL EN MORIR?     <br> CONSIDERACIONES &Eacute;TICAS Y JUR&Iacute;DICAS SOBRE LA MUERTE INDUCIDA</font></b><a href="#*" name="s*"><sup>*</sup></a></font></p> <font size="2" face="verdana"></font>     <p   align="center" ><font size="3" face="verdana"><I>Is There Evil in Dying? Ethical and Legal</I> <I>Reflections concerning Induced Death</I> </font></p >     <p   align="center" >&nbsp;</p > <font size="2" face="verdana">     <P   align="right" ><b>ALEJANDRA Z&Uacute;&Ntilde;IGA F</b>.    <BR>   Universidad de Valpara&iacute;so - Chile    <BR>   Universidad Diego Portales - Santiago, Chile    <br> <a href="mailto:alejandra.zuniga@uv.cl"><i>alejandra.zuniga@uv.cl</i></a></P >     <P   align="right" ><I>Art&iacute;culo recibido: 18 de mayo de 2010; aceptado: 07 de agosto de 2010.</I></P > <HR SIZE="1">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p   align="justify" ><B>Resumen </b></p >     <P   align="justify" > <B></b>Se analizan los dilemas morales asociados a la muerte, para reflexionar sobre los interrogantes que surgen al calificarla como un hecho banal desde la perspectiva de quien muere. Se estudian, adem&aacute;s, las consecuencias &eacute;ticas y jur&iacute;dicas de reconocer autonom&iacute;a moral a quienes deciden, en circunstancias extremas, tomar por s&iacute; mismos la decisi&oacute;n de cu&aacute;ndo y c&oacute;mo morir. </P >     <blockquote>       <p align="justify"><I>Palabras clave</I>: eutanasia, muerte, suicidio. </p> </blockquote> <HR SIZE="1">     <p   align="justify" ><B>Abstract </b></p >     <P   align="justify" > <B></b>The article analyzes the moral dilemmas associated with death and carries out a reflection on the questions that arise when death is considered trivial from the perspective of the individual who dies. Additionally, the article analyzes the ethical and legal consequences of acknowledging the moral autonomy of those who, in extreme circumstances, decide when and how to die. </P >     <blockquote>       <p align="justify"><I>Keywords</I>: euthanasia, death, suicide. </p> </blockquote> <HR SIZE="1">     <P   align="justify" ><B>Introducci&oacute;n </b></P >     <P   align="justify" > <B></b>&iquest;Puede ser la muerte un mal para quien muere? De ser as&iacute;, &iquest;en qu&eacute; sentido podr&iacute;a ser un mal? Intentar responder a estas preguntas tiene importancia a la hora de reflexionar acerca de si es posible concebir un perjuicio, en vida, superior a la muerte misma. Si es as&iacute;, podr&iacute;a estar justificado el suicidio o aquellos actos de misericordia que muchos m&eacute;dicos hoy invocan a la hora de ayudar a sus pacientes a cometer suicidio (eutanasia), en el caso de enfermos terminales, o cuando interrumpen, a petici&oacute;n de sus familiares, los tratamientos vitales de pacientes en estado vegetativo permanente. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P   align="justify" >Este trabajo pretende adentrarse en las reflexiones filos&oacute;ficas que, desde Epicuro, han intentado darle sentido al miedo a veces incontenible que las sociedades, especialmente occidentales, parecen tenerle a la muerte. En torno a ese sentimiento se han erigido prohibiciones que, desde el punto de vista de la teor&iacute;a de los derechos humanos y la filosof&iacute;a pol&iacute;tica, contradicen los cl&aacute;sicos principios de autonom&iacute;a y dignidad personal, dejando a las v&iacute;ctimas a merced de enc&iacute;clicas y sentencias que se&ntilde;alan, en &uacute;ltimo instancia, que nuestra vida no nos pertenece y que s&oacute;lo nos queda vivirla, aun bajo las peores condiciones y sufrimientos. La muerte, estiman quienes apoyan estas restricciones, es siempre un mal. Pero &iquest;c&oacute;mo se puede da&ntilde;ar a quien no existe? Dejemos que los cl&aacute;sicos de la filosof&iacute;a iluminen las respuestas que requerimos hoy para tratar los dilemas bio&eacute;ticos asociados a la muerte. </P >     <p   align="justify" ><B>1. Un mal &iquest;para qui&eacute;n? </b></p >     <P   align="justify" > <B></b>Posiblemente fueron estos dos grandes cl&aacute;sicos, Epicuro y Lucrecio, quienes primero se preguntaron por las cuestiones relativas a la muerte. Epicuro examin&oacute;, en su <I>Ep&iacute;stola a Meneceo</I>, por qu&eacute; la muerte podr&iacute;a ser un mal para alguien, &quot;si la muerte no tiene nada que ver con nosotros, porque todo bien y todo mal radican en la sensaci&oacute;n, y la muerte es la privaci&oacute;n de toda sensaci&oacute;n&quot; (88). De ah&iacute; que, cuando existimos, la muerte no est&aacute; presente, y cuando la muerte est&aacute; presente, entonces ya no existimos. Para Epicuro era necesario distinguir dos componentes de la muerte levemente diferentes. Primero, la idea de que para que algo pueda ser malo para alguien es necesario que envuelva una <I>experiencia</I> negativa; y como quien muere ya no existe, no es posible entonces que se experimente, despu&eacute;s de la muerte, nada negativo. En segundo lugar, para que algo sea malo para alguien debe haber un <I>alguien,</I> y eso es precisamente lo que ya no hay una vez que acaece la muerte. </P >     <P   align="justify" >Todo lo que sabemos de la muerte es que significa la eterna ausencia por parte de quien muere, la separaci&oacute;n definitiva. Vemos que esa persona ya no siente nada, parece no sufrir, sabemos que ya no est&aacute;. Sin embargo, &iquest;esto significa que la muerte no puede ser un mal? &iquest;Por qu&eacute; temer a la muerte? Lucrecio observa que la muerte es nada, ni nos importa, puesto que es de mortal naturaleza, y nada podr&aacute; sin duda acaecernos por no seguir existiendo. Con todo, se pregunta &iquest;por qu&eacute; nos preocupamos tanto de la muerte y no hacemos, sin embargo, gran alarma por nuestra inexistencia <I>antes </I>del nacimiento? &quot;Mira tambi&eacute;n los siglos infinitos que han precedido a nuestro nacimiento y nada son para la vida nuestra, naturaleza en ellos nos ofrece como un espejo del futuro tiempo&quot; (Lucrecio 228). Si bien ambas realidades son sim&eacute;tricas, &iquest;por qu&eacute;, entonces, nuestra actitud respecto de ellas es <I>asim&eacute;trica</I>? </P >     <P   align="justify" >Diversos autores han retomado estas preguntas, intentando reflexionar sobre los problemas que plantea la muerte, tanto para la filosof&iacute;a, como para el derecho. Thomas Nagel considera que la muerte es un mal porque priva a la persona que la sufre de las cosas buenas de la vida, de los bienes de la vida (1-2). Lo que hallamos deseable de la vida son determinados estados, condiciones o clase de actividades, es el <I>estar </I>vivo, <I>hacer </I>ciertas cosas, <I>tener </I>ciertas experiencias que consideramos buenas. Bienes como la percepci&oacute;n, el deseo, la actividad y el pensamiento son los que generalmente constituyen la vida humana, y para Nagel son tan importantes que aun cuando nuestra vida est&eacute; saturada de malas experiencias, vale la pena seguir vivo. Ello es as&iacute;, porque, como cualquier bien, &quot;m&aacute;s es mejor que menos&quot;, y cuanta m&aacute;s vida poseamos, mejor estaremos. El mal de la muerte est&aacute;, entonces, en la comparaci&oacute;n de la vida de esa persona que muere, que deja de vivir, y la vida que, de lo contrario, seguir&iacute;a viviendo. Cuando una persona entra a la vida comienza su existencia; se inicia un proceso de acumulaci&oacute;n de bienes que se interrumpe una vez que acaece la muerte. De ah&iacute;, dice Nagel, su maldad. Por eso mismo, estar en coma es tambi&eacute;n algo malo, pues, aunque no suponga una <I>experiencia</I> dolorosa, supone un estado de inconsciencia que nos priva de la posibilidad de sentir y disfrutar de los bienes de la vida (<I>cf .</I> Nagel 2). </P >     <P   align="justify" >Nagel reconoce, con todo, que no es sencillo sostener que la muerte sea siempre un mal y, a la vez, responder los interrogantes planteados por los cl&aacute;sicos, pues &iquest;c&oacute;mo puede algo ser malo para alguien si no existe experiencia? &iquest;Qui&eacute;n es el que sufre la muerte si no existe un sujeto de la muerte? &iquest;C&oacute;mo, en fin, resolver la asimetr&iacute;a mencionada por Lucrecio entre la muerte y la inexistencia prenatal? Para afrontar estas cuestiones, Nagel comienza argumentando en contra de la antigua idea que defiende que lo que no conocemos no puede da&ntilde;arnos. Esto significa que si alguien nos traiciona sin que lo sepamos, entonces ese acto de traici&oacute;n no nos da&ntilde;a. Pero el autor no est&aacute; de acuerdo con esto, pues descubrir que nos han traicionado nos entristece, porque &quot;es malo ser traicionado&quot;, y no porque la traici&oacute;n haya sido descubierta. </P >     <P   align="justify" >En segundo lugar, si bien el sujeto de la muerte deja de existir precisamente en el momento en que la muerte tiene lugar, es posible considerar que, con todo, esa persona sufre con la muerte una p&eacute;rdida, por cuanto ya no podr&aacute; seguir disfrutando de la vida y de sus bienes. Se ejemplifica lo anterior de la siguiente manera. Imaginemos una situaci&oacute;n de privaci&oacute;n similar a la de la muerte y supongamos que una persona adulta e inteligente sufre un da&ntilde;o cerebral que la deja mentalmente reducida a la condici&oacute;n de ni&ntilde;o. Esta persona, convertida ahora en un infante, no sufre en cuanto tal, pues parece feliz y sus necesidades son cubiertas por su familia. Sin embargo, dicho acontecimiento ser&aacute; ampliamente considerado una desgracia no s&oacute;lo por sus amigos, su familia o la sociedad, sino, primeramente, como una desgracia <I>para la persona</I>. Esto no significa que la persona que hoy se ha convertido en un ni&ntilde;o sea el &quot;sujeto&quot; de la desgracia, sino que lo es la persona adulta que ha sido reducida a esa condici&oacute;n, ella es el sujeto del infortunio. &iquest;Y la asimetr&iacute;a planteada por Lucrecio? Nuestra actitud desigual respecto de la muerte y la inexistencia prenatal se debe a que la muerte nos priva de gozar de los bienes de la vida, cuesti&oacute;n que no ocurrir&iacute;a con la inexistencia prenatal, pues de haber nacido antes del momento en el que nacimos, habr&iacute;amos sido otra persona (Nagel 8). </P >     <P   align="justify" >Francis Kamm tambi&eacute;n ha reflexionado sobre qu&eacute; hay de malo en morir y sobre cu&aacute;l ser&iacute;a la verdadera maldad, si la hay, de la muerte. Kamm cree que la muerte es un mal para mucha gente debido a que se la asocia a un proceso de muerte dolorosa; se tiene la idea de que &quot;la vida m&aacute;s all&aacute;&quot; no ser&aacute; placentera, o porque es posible que la muerte llegue muy temprano, generando el temor a dejar solas a las personas que se ama, etc. Con todo, contin&uacute;a la autora, dejando de lado estas suposiciones y asumiendo que el proceso de la muerte no ser&aacute; doloroso, que no envuelve otras vidas, etc., sino que simplemente se trata de una <I>inexistencia p&oacute;stuma,</I> &iquest;es posible preguntarse por qu&eacute; la muerte ser&iacute;a un mal para quien muere? (Kamm 13). La autora retoma la reflexi&oacute;n de Nagel desde el an&aacute;lisis de la &quot;privaci&oacute;n&quot;, pues para que la muerte sea un mal no es necesario que la experimentemos<I> . </I>Al igual que le ocurre al que est&aacute; en coma y no experimenta nada, el mal de su estado est&aacute; en aquello de lo que se le priva: las cosas buenas de la vida. Por ello es un mal morir, pues si bien no nos pone en un peor &quot;estado&quot;, es mejor poder tener m&aacute;s de la vida<I> . </I>Luego el argumento de Nagel, dice Kamm, es un argumento &quot;comparativo&quot; en dos sentidos. Primero, al comparar el estado en que extendemos la vida con el otro estado, aquel en el que morimos. Segundo, si comparamos el periodo en el que la persona est&aacute; viva, en el que puede disfrutar de los bienes de la vida, y aquel periodo de no-existencia, en el que ya no puede disfrutar m&aacute;s de esos bienes. As&iacute;, la muerte no es un mal en s&iacute; mismo, sino que lo es comparativamente: nos impide una existencia colmada de &quot;m&aacute;s bienes&quot;. </P >     <P   align="justify" >Los epicureistas rechazan este punto de vista, que supone que no podr&iacute;a existir un mal dentro de la vida, en el espacio de la vida, equivalente al mal que supone la muerte. En efecto, en relaci&oacute;n con la muerte, la vida puede ser comparativamente mala (como cuando hay dolor) o indiferente (si se est&aacute; en un coma). Sin embargo, para Nagel, la muerte es<I> siempre peor que el estar vivo</I>, sea cual sea el contenido (de bienes) de la vida, especialmente porque, adem&aacute;s, la muerte es por definici&oacute;n un estado &quot;permanente&quot;. Por ello, los cr&iacute;ticos de Nagel replican que para poder comparar es necesario que el ser que muere compare su actual estado de vida, el que disfruta de los bienes de la vida, con el de la muerte, en el que ya no puede disfrutar de ellos. Pero en el estado de muerte esa persona ya &quot;no es&quot;, por lo que <I>no hay nada de lo que se la pueda privar</I>, nada que se pueda ya comparar. </P >     <P   align="justify" >A Kamm, por cierto, este argumento no le satisface, pues hay cosas, como la muerte, que simplemente son malas, aunque no nos &quot;coloquen en un peor estado&quot;. Es simplemente peor vivir una vida m&aacute;s corta que una m&aacute;s larga. Por ejemplo, es bueno salvar la vida de alguien, aunque esa persona sufra dolor o da&ntilde;o a resultas de ello. Eso es as&iacute; porque se <I>comparan ambos estados</I> (la muerte o la vida que se salv&oacute;, aun con dolor). Si no fuera mejor estar vivo, no valdr&iacute;a la pena sufrir ning&uacute;n mal, grande o peque&ntilde;o, con el objeto de poder seguir viviendo. La misma comparaci&oacute;n es posible hacerla observando la actitud de aquellos que prefieren seguir viviendo aunque vivan miserablemente. De la misma forma, la vida puede ser peor para una persona que la alternativa de la no existencia, aun si la no existencia no supone un &quot;mejor estado&quot;. Esto tiene sentido si comparamos la vida de alguien que es miserable con su muerte, antes de que su vida se llenara de miseria. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P   align="justify" >En su ejemplo, la autora parece estar comparando dos estados de <I>vida </I>(vida con o sin miseria, vida m&aacute;s o menos larga) con el estado de muerte, que en verdad no supone estado alguno. Pero lo que har&iacute;a de la muerte un mal no es algo que &quot;experimentemos&quot;, sino, precisamente, que ya no podamos experimentar m&aacute;s despu&eacute;s de que ella ocurre. Esto es lo que hace posible considerar ser da&ntilde;ado, aun cuando ese da&ntilde;o no se advierta. Para ello baste el ejemplo de la reputaci&oacute;n, que muestra que se puede sufrir un da&ntilde;o -si nuestra reputaci&oacute;n es perjudicada por alguna falsa creencia-, aun cuando la persona no lo sepa, aun cuando no tenga conciencia de ello. Algunos podr&aacute;n decir que cosas como esas son malas &uacute;nicamente porque descubrirlas ser&iacute;a malo (por el dolor que producir&iacute;an). Ese argumento, para Kamm, tiene dos errores: primero, porque rechaza la idea de que pueda haber cosas malas con independencia de que sean o no descubiertas (mi reputaci&oacute;n, en efecto, ha sido da&ntilde;ada).Y segundo, porque niega la posibilidad de que ese descubrimiento pueda ser tambi&eacute;n positivo, por ejemplo, si descubro que quien cre&iacute; que me hab&iacute;a enga&ntilde;ado no lo ha hecho. Con todo, usar esos ejemplos para argumentar sobre el mal de nuestra inexistencia p&oacute;stuma presenta grandes dificultades, pues falla en la tarea de sacar a la luz cu&aacute;les son los bienes cuya privaci&oacute;n hacen de la muerte un mal. Por ejemplo, cu&aacute;l es el bien que se pierde si se arruina la reputaci&oacute;n de alguien despu&eacute;s de muerto, si esa persona, en vida, nunca pudo experimentar ese mal. </P >     <P   align="justify" >En la l&iacute;nea de Kamm, Bernard William<I>, </I>citado por la autora, sostiene que la muerte es un mal porque interfiere con el logro de nuestros planes, deseos y anhelos <I>categ&oacute;ricos</I>. Estos planes categ&oacute;ricos nos dan razones para seguir viviendo, pues queremos continuar para alcanzar y terminar esos proyectos. Por ello distingue los proyectos categ&oacute;ricos de los meramente hipot&eacute;ticos, que no nos dar&iacute;an razones &quot;fuertes&quot; para continuar nuestra vida. Luego la interferencia con el logro de esos planes es lo que har&iacute;a de la muerte un mal, cuesti&oacute;n que, por cierto, no puede ocurrir con el tiempo anterior a nuestro nacimiento, pues en &eacute;l a&uacute;n no exist&iacute;an esos planes y proyectos. Esta es la raz&oacute;n, por tanto, que explicar&iacute;a la asimetr&iacute;a que mostramos frente a nuestra inexistencia antes de nuestro nacimiento y despu&eacute;s de nuestra muerte (Kamm 26). </P >     <P   align="justify" >Derek Parfit observa que la asimetr&iacute;a es generada siempre que las personas se preocupan m&aacute;s por aquello que a&uacute;n no han sufrido que por aquello que ya padecieron, como tambi&eacute;n nos importan menos los bienes de la vida que ya tuvimos que aquellos bienes que est&aacute;n por venir. Luego, sea cuando sea que se haya nacido, la p&eacute;rdida de los bienes que se produce por no haber nacido antes est&aacute; para nosotros <I>en el pasado </I>(detr&aacute;s de nosotros), en cambio la p&eacute;rdida que acaece con la muerte est&aacute; por venir. Si nos preocupamos m&aacute;s por las p&eacute;rdidas futuras que por las pasadas, lo que hace distinta a la muerte de la no preexistencia es la ausencia de m&aacute;s bienes futuros<I>, </I>no tan s&oacute;lo la p&eacute;rdida de m&aacute;s bienes. La asimetr&iacute;a, entonces, se producir&iacute;a entre nuestra preocupaci&oacute;n por el futuro y la preocupaci&oacute;n -que tenemos o no tenemos- por el pasado (Kamm 27). Este punto de vista incorpora ideas como que la vida de las personas se produce, se desarrolla, en la direcci&oacute;n del tiempo (de pasado a futuro), y que el orden de las causas es &quot;hacia adelante&quot;, de modo que el pasado afecta al futuro, pero ello no ocurre al rev&eacute;s. As&iacute;, nuestra preocupaci&oacute;n por el pasado siempre ser&aacute; menor que la que sentimos por el futuro, aunque los bienes pasados sean mejores que los que est&aacute;n por venir, y los males pasados sean menores que los futuros. </P >     <P   align="justify" >El problema de esta tesis es que ella supondr&iacute;a que, entre las dos siguientes situaciones, se elegir&iacute;a siempre la segunda. Por una parte se nos dice que podemos elegir estar en la situaci&oacute;n (A), viviendo los momentos finales de una vida que estuvo plagada de logros y momentos importantes, y por otra, que podr&iacute;amos elegir (B), estar en los momentos iniciales de una vida que, se sabe, no contendr&aacute; grandes bienes o logros. Kamm considera que la mayor&iacute;a elegir&iacute;a lo primero, pues es mayor el deseo de vivir bien que tan s&oacute;lo el de vivir. Lo contrario, sostiene, ser&iacute;a una elecci&oacute;n moralmente incorrecta, pues no se debe vivir de forma tal que se niegue el valor de las distintas experiencias y acciones tan s&oacute;lo porque ellas ya han pasado. Cuando se propone la elecci&oacute;n entre la posibilidad (A) o (B), se est&aacute; planteando una elecci&oacute;n aparentemente sensible, pues se trata de elegir entre la propia vida que actualmente se est&aacute; viviendo (A) y unos pocos bienes futuros. Si bien esta es una opci&oacute;n que, estrictamente hablando, no es posible la elecci&oacute;n de una u otra nos dice muchas cosas, pues no es claro cu&aacute;nto le importan a una persona la vida, el trabajo y las relaciones que ha formado en el pasado, frente a la posibilidad de optar por <I>m&aacute;s vida </I>y algunos pocos bienes en el futuro. </P >     <P   align="justify" >&iquest;Interpreta bien esta autora todo el argumento de Parfit? Posiblemente no. En efecto, los ejemplos de Kamm pueden ser falaces, ya que, si bien te&oacute;ricamente son posibles, no consideran que en la vida real -como argumenta Parfit- la raz&oacute;n por la que las personas no se preocupan ya por el pasado es, precisamente, porque saben que no pueden, con sus decisiones y acciones presentes, cambiar ni influir de manera alguna en &eacute;l. Si incorporamos ese elemento crucial en el argumento de Parfit, los ejemplos de Kamm ya no parecen ayudarnos a resolver la asimetr&iacute;a. En fin, si optamos mejor por reunir las tesis de ambos autores, podr&iacute;amos argumentar que <I>la muerte es un mal porque nos priva de las cosas buenas de la vida y, desde una perspectiva interna, parece peor que la no existencia prenatal, ya que tendemos a preocuparnos m&aacute;s de las cosas futuras que de las pasadas . </I>Ahora bien, aun as&iacute;, podr&iacute;a ser posible encontrar otros argumentos que nos convencieran de que la no existencia p&oacute;stuma es peor que la prenatal, lo que supondr&iacute;a que la inexistencia en el futuro es distinta que la inexistencia en el pasado, por otras razones que el simple hecho de que esta &uacute;ltima est&eacute; en el futuro. </P >     <P   align="justify" >En esta l&iacute;nea, Kamm desarrolla el &quot;argumento de la destrucci&oacute;n&quot;: primero, la muerte supone la destrucci&oacute;n, la aniquilaci&oacute;n de la persona, y ello no ocurre con la inexistencia prenatal, ni con el nacimiento, los cuales, por el contrario, suponen la entrada a la vida, a la existencia. Segundo, la muerte le ocurre a la persona, en el sentido de que supone su destrucci&oacute;n y la privaci&oacute;n de futuros bienes. Aun si la persona ya no est&aacute; cuando la muerte ha llegado, la muerte le llega a una persona viva. Esto no ocurre con la inexistencia prenatal. La muerte es entonces una p&eacute;rdida. Existen dos formas de pensar sobre las cosas que no tenemos: las cosas que nunca hemos tenido, y las que tuvimos y se nos han arrebatado. Pensamos que la muerte hace lo segundo, y por ello es que nos resulta m&aacute;s grave. La muerte no s&oacute;lo nos impide tener m&aacute;s bienes, sino que nos quita los que hemos tenido. La inexistencia prenatal no hace esto, pues a&uacute;n no hay nada que poseamos (y no es posible creer que lo que tendremos siempre ha estado predestinado a nosotros). </P >     <P   align="justify" >En tercer lugar, Kamm se refiere al &quot;argumento de la vulnerabilidad&quot;. Este ser&iacute;a otro factor que har&iacute;a peor a la muerte, pues la idea de la vulnerabilidad significa que ella puede, finalmente, destruirnos, y eso nos hace conscientes de nuestra debilidad y fragilidad. Ello no ocurre, en cambio, con la inexistencia prenatal. Supongamos que la muerte implica perder los bienes de la vida y que por ello es un mal para quien muere. Ello podr&iacute;a hacernos ver a la muerte, adem&aacute;s, como una <I>decadencia</I>; el curso de los eventos ir&iacute;a hacia un ocaso, producto de la ausencia de bienes. La decadencia es, en s&iacute; misma, un mal, pues creemos, por ejemplo, que una mejor vida es aquella que posee una carrera que mejora con los a&ntilde;os, y no aquella vida que tiene una carrera que parte en la cima y luego se hunde. La idea de que la muerte supone decadencia, destrucci&oacute;n de lo que la persona era y privaci&oacute;n de todo aquello que le pertenec&iacute;a; es lo que Kamm llama &quot;el factor agravio&quot; -para distinguirlo del factor privaci&oacute;n de Nagel-. De esta forma, no es lo mismo para quien nunca ha tenido brazos que para quien los pierde, pues la segunda persona ha sufrido un da&ntilde;o, un insulto o un agravio, que no ha padecido la primera, de ah&iacute; que su situaci&oacute;n sea peor. </P >     <P   align="justify" >Finalmente, la asimetr&iacute;a se explica, puesto que para cualquier persona que alguna vez vaya a existir, la ausencia de bienes anteriores a su nacimiento tendr&aacute; un fin, no as&iacute; la ausencia que deviene a su muerte, porque esa es permanente. Eso es lo que Kamm llama &quot;la eternidad de la inexistencia p&oacute;stuma&quot;, y es debido a ello que la inexistencia anterior al nacimiento nos parece mejor, pues ella nos conducir&aacute;, finalmente, a la vida (Kamm 27). Despu&eacute;s de ella, siempre que creamos que el tiempo corre o avanza en la direcci&oacute;n en que lo hace, existe un potencial de vida. Podemos, entonces, llamar al factor que supone el fin definitivo y permanente de nuestra existencia &quot;el factor extinci&oacute;n&quot;, que supone el final definitivo de toda posibilidad de existencia -en el orden del tiempo-, y que, sumado al factor privaci&oacute;n y al factor agravio, es lo que realmente nos aterra de la muerte. </P >     <p   align="justify" ><B>2. La religi&oacute;n y el suicidio </b></p >     <P   align="justify" > <B></b>Para la gran mayor&iacute;a de los autores cl&aacute;sicos de corriente cristiana, el suicidio es un acto inmoral. La Iglesia Cat&oacute;lica lo ha considerado as&iacute; en su <I>Evangelium Vitae</I>, donde se reflexiona acerca de las implicancias morales que las nuevas t&eacute;cnicas de la medicina moderna poseen, al permitirle hoy a las personas alargar su vida &quot;artificialmente&quot; y, as&iacute; mismo, acortarla a consecuencia de los &quot;cuidados paliativos&quot; destinados a hacer m&aacute;s soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad. Ya el Pont&iacute;fice Pio XII afirm&oacute; que era l&iacute;cito suprimir el dolor por medio de narc&oacute;ticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y abreviar la vida. Con todo, se afirma, la eutanasia &quot;es una grave violaci&oacute;n de la Ley de Dios, en cuanto es la eliminaci&oacute;n deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana&quot; (Juan Pablo II &sect;66). Ello sobre la base de que el suicidio comportar&iacute;a el rechazo del amor a s&iacute; mismo. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<P   align="justify" >Luego, de alguna manera, parecer&iacute;a que las personas no pueden considerarse <I>due&ntilde;as</I> de sus vidas, por cuanto existe un inter&eacute;s de la sociedad en la vida de cada cual. Cada uno, entonces, se debe a la comunidad, y por amor a ella deber&iacute;a someter, finalmente, su voluntad y autonom&iacute;a. La eutanasia, en su &quot;realidad m&aacute;s profunda, constituye un rechazo de la soberan&iacute;a absoluta de Dios sobre la vida y la muerte&quot; (Juan Pablo II &sect;65). As&iacute; mismo, el suicidio asistido ser&iacute;a inmoral, pues la <I>voluntad</I> del suicida no modifica en nada la maldad intr&iacute;nseca del acto de quitar a otro la vida. El mandamiento &quot;no matar&aacute;s&quot; se aplica tanto para el pr&oacute;jimo como para con uno mismo, y el auxilio al suicidio o cualquiera de las formas activas de eutanasia son, a la luz de la Enc&iacute;clica, tan s&oacute;lo una falsa piedad, m&aacute;s a&uacute;n, se tratar&iacute;a de una &quot;preocupante <I>perversi&oacute;n</I> de la misma&quot; (<I>id .</I> &sect;66). Luego, respecto del suicidio y de sus formas relacionadas (eutanasia), justificadas en la autonom&iacute;a, la libertad o la democracia, Juan Pablo II consider&oacute; que, detr&aacute;s de la &quot;excusa democr&aacute;tica&quot;, las sociedades modernas no estar&iacute;an defendiendo ning&uacute;n tipo de moral objetiva, sino que imperar&iacute;an, insensatamente, el relativismo &eacute;tico. Con todo, &iquest;es verdad que la democracia no posee ninguna &quot;base moral&quot; que sustente sus principios? &iquest;Qu&eacute; papel desempe&ntilde;ar&iacute;an entonces los llamados &quot;derechos humanos&quot; o &quot;libertades b&aacute;sicas&quot; que se han ido desarrollando desde mediados del siglo pasado en Occidente, de la mano de fil&oacute;sofos morales, legisladores y tribunales internacionales? </P >     <P   align="justify" >La postura actual defendida por la Iglesia Cat&oacute;lica respecto de la eutanasia tiene su origen en uno de sus m&aacute;s grandes fil&oacute;sofos, Agust&iacute;n de Hipona. Este autor consider&oacute; que era indudable que el suicidio, en todas sus formas, estuviese prohibido por la ley divina, por cuanto &quot;en ning&uacute;n pasaje (de los libros santos) puede leerse que Dios nos mande o nos permita que, ni aun a trueque de alcanzar la inmortalidad, ni de excusarnos o guardarnos de cualquier mal, nos demos la muerte a nosotros mismos&quot; (Agust&iacute;n 44). De esta manera, comete delito de homicidio (exceptuados aquellos a quienes manda matar generalmente la ley justa, o excepcionalmente el mismo Dios) <I>todo aquel que mata a un hombre</I>, sea &eacute;l mismo o sea cualquier otro. En este sentido, ninguna justificaci&oacute;n, ni aun el padecimiento de extremo dolor, puede ser suficiente raz&oacute;n. </P >     <blockquote>       <p align="justify">Tampoco ser&aacute;, con estricta justeza, llamada grandeza del alma la del que, no pudiendo sobreponerse a situaciones de aspereza o sufrir intolerancias ajenas, se ocasiona a s&iacute; mismo la muerte, porque la m&aacute;s paladina demostraci&oacute;n de escasa reciedumbre moral es <I>no tener la capacidad de soportar la dura esclavitud f&iacute;sica </I>o afrontar la necia opini&oacute;n del vulgo. (Agust&iacute;n 46) </p> </blockquote>     <P   align="justify" >Otro cl&aacute;sico del cristianismo, Tom&aacute;s de Aquino, desarrolla, en ST II-IIae q.64 a.5, tres razones por las cuales ser&iacute;a absolutamente il&iacute;cito suicidarse. Primero, &quot;porque todo ser se ama naturalmente a s&iacute; mismo &#91;&hellip;&#93;; el que alguien se d&eacute; muerte va contra la inclinaci&oacute;n natural&quot;. En segundo lugar, menciona tambi&eacute;n uno de los argumentos contenidos en la Enc&iacute;clica revisada m&aacute;s arriba, sosteniendo que &quot;un hombre cualquiera es parte de la comunidad y, por tanto, todo lo que &eacute;l es pertenece a la sociedad&quot;. Finalmente, el Aquinate sostiene que la vida es un don divino dado al hombre y sujeto a su divina potestad, de manera que si bien el ser humano poseer&iacute;a libre albedr&iacute;o, este se tiene s&oacute;lo en relaci&oacute;n con esta vida, pero &quot;el tr&aacute;nsito de esta vida a otra m&aacute;s feliz no est&aacute; sujeto al libre albedr&iacute;o del hombre&quot;. </P >     <P   align="justify" >Kant<I>, </I>en su <I>Metaf&iacute;sica de las costumbres </I>&#91;MC&#93;, argumenta tambi&eacute;n en contra del suicidio, sosteniendo que el primer deber del hombre &quot;para consigo mismo en calidad de animal &#91;&hellip;&#93;, es la autoconservaci&oacute;n&quot; (MC, AA VI, &sect;5, 280-284). Para este autor, el suicidio supone un crimen, ya que &quot;destruir al sujeto de la moralidad en su propia persona es tanto como extirpar del mundo la moralidad misma en su existencia&quot; (MC, AA VI, &sect;6, 284). Es decir, en la medida que s&oacute;lo el ser humano es capaz de descubrir y contener en s&iacute; mismo la moral universal, esta depende, para su existencia, de la permanencia de ese mismo ser humano en el mundo. Adem&aacute;s, agrega que disponer de s&iacute; mismo como un simple medio para cualquier fin supone desvirtuar la humanidad en su propia persona, de ah&iacute; que la obligaci&oacute;n del imperativo categ&oacute;rico, de no tratar a ning&uacute;n ser humano s&oacute;lo como medio para un fin, sino siempre como un <I>fin en s&iacute; mismo</I>, se aplica tambi&eacute;n a nuestra propia persona, y al trato que nos damos a nosotros mismos. </P >     <P   align="justify" >&iquest;Est&aacute;n de acuerdo los cl&aacute;sicos, entonces, en que la muerte es siempre un mal, y que no est&aacute; dentro de nuestro elenco de elecciones posibles? Uno de los autores que con mayor detenci&oacute;n cuestion&oacute; las anteriores tesis fue David Hume. En su obra, el autor examina los argumentos que com&uacute;nmente se han esgrimido contra el suicidio, con el objeto de regresar a los hombres a su libertad original. Analiza as&iacute; las tres razones dadas por Tom&aacute;s de Aquino, que har&iacute;an del suicidio un crimen, a saber, que ese acto interfiere en los planes divinos, que atenta contra nuestro deber hacia la sociedad y el pr&oacute;jimo, y que es antinatural porque contraviene nuestro deber de amor a nosotros mismos. </P >     <P   align="justify" >En primer lugar, acerca de la tesis de que el suicidio constituye una transgresi&oacute;n de nuestros deberes para con Dios, Hume argumenta en torno a la cl&aacute;sica idea del &quot;libre albedr&iacute;o&quot;. Sostiene que para gobernar el mundo material: </P >     <P   align="justify" >&#91;&hellip;&#93; el Creador todopoderoso ha establecido leyes generales e inmutables por las que todos los cuerpos, desde el planeta m&aacute;s grande hasta la menor part&iacute;cula de materia, son mantenidos en su propia esfera y funci&oacute;n. Para gobernar el mundo animal ha dotado a todas las criaturas vivientes de poderes corporales y mentales, de sentidos, pasiones, apetitos, memoria y juicio, por los que son impulsados o regulados en ese curso de vida al que han sido destinados. (Hume 124) </P >     <P   align="justify" >De esta forma, concluye que &quot;en un cierto sentido puede decirse que todo lo que ocurre es acci&oacute;n del Todopoderoso; todos los acontecimientos proceden de esos poderes que Dios ha dado a sus criaturas&quot; (Hume 124-125). Entonces, &iquest;c&oacute;mo podr&iacute;a el acto de suicidarse escapar, como acto, del poder omnipotente de Dios? Ello no es posible, pues &quot;las facultades humanas no son menos obra de Dios que las leyes de la gravitaci&oacute;n y el movimiento&quot; (<I>ibid .</I>). De esta manera se pregunta: </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>       <p align="justify">&iquest;Qu&eacute; sentido tiene, por consiguiente, el principio que afirma que un hombre cansado de la vida y perseguido por el dolor y el sufrimiento, que decide escapar de tan cruel escenario, provoca con ese acto la indignaci&oacute;n de su Creador al estar interfiriendo en los planes de la divina providencia y trastornando el orden del universo? (Hume 126) </p> </blockquote>     <P   align="justify" >Evidentemente, estima Hume, si el disponer de la vida humana fuera algo reservado exclusivamente a Dios, entonces: </P >     <blockquote>       <p align="justify">Tan criminal ser&iacute;a el que un hombre actuara para conservar la vida, como el que decidiese destruirla. &#91;Luego&#93; si yo rechazo una piedra que va a caer sobre mi cabeza, estoy alterando el curso de la naturaleza, y estoy invadiendo una regi&oacute;n que s&oacute;lo pertenece al Todopoderoso, al prolongar mi vida m&aacute;s all&aacute; del per&iacute;odo que, seg&uacute;n las leyes de la materia y del movimiento, &Eacute;l le hab&iacute;a asignado. (Hume 127) </p> </blockquote>     <P   align="justify" >En segundo lugar, sobre la objeci&oacute;n de que terminar con la propia vida atenta contra el deber que tenemos para con nuestro pr&oacute;jimo y la sociedad toda, Hume sostiene que &quot;de lo &uacute;nico que estoy convencido es de un hecho que todo el mundo admite como posible: que la vida humana puede ser desdichada y que mi existencia, de prolongarse por m&aacute;s tiempo, resultar&iacute;a indeseable&quot; (Hume 128). Por ello, contin&uacute;a, un hombre que se retira de la vida no hace da&ntilde;o alguno a la sociedad; lo &uacute;nico que hace es dejar de producirle bien. Y si esto es una ofensa, es, ciertamente, de la m&aacute;s modesta especie. Todas nuestras obligaciones de hacer bien a la sociedad parecen implicar alg&uacute;n bien rec&iacute;proco. Yo recibo beneficios de la sociedad, y por tanto me veo obligado a promover sus intereses. Pero cuando yo me aparto totalmente de ella, no debiera seguir atado a esas obligaciones. Es por ello que parece irrazonable que las personas se sacrifiquen hasta ese punto por imposici&oacute;n social alguna; &quot;no estoy obligado a hacer un peque&ntilde;o bien a la sociedad, si ello supone un gran mal para m&iacute;. &iquest;Por qu&eacute; debo, pues, prolongar una existencia miserable s&oacute;lo porque el p&uacute;blico podr&iacute;a recibir de m&iacute; una min&uacute;scula ventaja?&quot; (<I>ibid .</I>). M&aacute;s a&uacute;n, supongamos que ya no tengo el poder de promover los intereses de la sociedad, que me convierto en una carga para ella, que el hecho de permanecer vivo le est&aacute; impidiendo a otra persona ser mucho m&aacute;s &uacute;til a la sociedad. En casos as&iacute;, mi renuncia a la vida no s&oacute;lo ser&iacute;a un acto inocente, sino tambi&eacute;n laudable, concluye Hume. </P >     <P   align="justify" >Por &uacute;ltimo, sobre el argumento de que el suicidio ser&iacute;a tambi&eacute;n un crimen para con nosotros mismos, Hume s&oacute;lo sostiene lo siguiente: </P >     <blockquote>       <p align="justify">Creo que ning&uacute;n hombre ha renunciado a la vida, si esta merec&iacute;a conservarse. Porque tal es nuestro horror a la muerte, que motivos triviales nunca tendr&aacute;n fuerza suficiente para hacer de ella algo deseable &#91;...&#93; Si se admite que el suicidio es un crimen, s&oacute;lo la cobard&iacute;a puede empujarnos a cometerlo. Pero si no es un crimen, s&oacute;lo la prudencia y el valor podr&iacute;an llevarnos a deshacernos de la existencia cuando esta ha llegado a ser una carga. (133) </p> </blockquote>     <P   align="justify" >Por ello, cuando el dolor nos recuerda que hay males peores que la muerte, entonces parecen tener sentido para nosotros principios como el de la autonom&iacute;a de la voluntad y el de la dignidad personal, en el que el valor de la vida humana no puede ser independiente de su contenido. </P >     ]]></body>
<body><![CDATA[<p   align="justify" ><B>3. &iquest;El valor &quot;intr&iacute;nseco&quot; de la vida humana? </b></p >     <P   align="justify" > <B></b>Sobre el problema de la muerte tambi&eacute;n se ha ocupado Joseph Raz. Este autor inicia su reflexi&oacute;n sosteniendo que la vida humana, en principio, <I>no </I>tiene un valor intr&iacute;nseco e incondicional, pues si bien es la condici&oacute;n necesaria para experimentar cualquier bien, la vida humana puede ser considerada como provista o carente de valor en atenci&oacute;n a cu&aacute;les sean sus caracter&iacute;sticas. Esta es su tesis fundamental: la vida humana puede ser valorada. El valor de la vida depender&aacute; de su contenido<I>, </I>de las actividades, relaciones y experiencias de esa vida, de forma que ese contenido podr&iacute;a ser evaluado como bueno o como malo. Esto puede concluirse, estima el autor, cuando se analiza el caso de las siamesas Jodie y Mary Attard, que fue decidido por los tribunales ingleses y que requiri&oacute; autorizar una operaci&oacute;n que separara a las ni&ntilde;as, matando a una para dejar vivir a la otra. De lo contrario, ambas peque&ntilde;as hubieran muerto en unos pocos meses. El tribunal ingl&eacute;s fall&oacute; a favor de la operaci&oacute;n, al estimar que, si bien Mary ten&iacute;a derecho a la vida, ella deb&iacute;a ser sacrificada por el bien de &quot;las gemelas&quot; y en favor de Jodie. Raz considera que, como ning&uacute;n otro, este ejemplo logra demostrar su tesis de que la vida humana no tiene un valor intr&iacute;nseco. </P >     <P   align="justify" >&iquest;Y c&oacute;mo enfrenta Raz el argumento de la asimetr&iacute;a de Lucrecio? Afirma que los autores que han tratado ese problema no han sabido distinguir dos actitudes claramente dis&iacute;miles. Por un lado, la actitud respecto a lo &quot;largo&quot; de nuestra vida (<I>the length of life</I>) y, por tanto, relacionada con la <I>longevidad</I>, y, por otro, una actitud que tiene que ver con el <I>momento</I> en que se prefiere que esa vida tenga lugar (<I>preference regarding location in time</I>). Ambas creencias son independientes. Es necesario distinguir entre quienes prefieren la longevidad y quienes prefieren tan s&oacute;lo vivir &quot;a&ntilde;os extra&quot;, sea que se vivan esos a&ntilde;os en el futuro o que se les permitiera haber nacido antes. S&oacute;lo los segundos podr&iacute;an, entonces, caer en la asimetr&iacute;a. Con todo, la preferencia que resulta m&aacute;s com&uacute;n no es la segunda, sino la primera, la longevidad, pues los seres humanos vivimos conscientes de la imposibilidad de cambiar nuestro pasado, de forma que la elecci&oacute;n que finalmente se hace depende de lo que es o no posible. Todos, contin&uacute;a Raz, compartimos en general las dos siguientes ideas: primero, que no podemos cambiar el pasado, y, segundo, que es preferible tener m&aacute;s vida &quot;hacia adelante&quot;. Ello, sin embargo, no significa que alguien no pueda tener razones para preferir alargar su vida en el pasado, si se piensa, por ejemplo, que habiendo nacido antes se ser&iacute;a <I>otra persona</I>, o si se tiene terror a enfrentar la muerte ahora. Luego &iquest;cu&aacute;l es el valor personal de extender la vida? &iquest;Es siempre, para cualquier persona en cualquier situaci&oacute;n mejor, como sostiene Nagel, continuar viviendo? Los casos de quienes sufren intensos y severos dolores, discapacidades graves o se encuentran en estados vegetativos permanentes son importantes aqu&iacute;, pues en esos casos no podemos seguir sosteniendo tan livianamente que &quot;es mejor para ellos&quot; continuar viviendo. Ello resultar&iacute;a claramente incomprensible, pues, insiste el autor, el valor de una vida est&aacute; determinado por su contenido, por aquello que le sucede, y si en esa vida s&oacute;lo hay enfermedad y sufrimiento, esa vida no tiene ning&uacute;n valor. </P >     <P   align="justify" >Finalmente, Raz no est&aacute; de acuerdo con la tesis de Nagel que considera que la muerte es un mal pues nos priva de lo valioso de la vida, y lo que es valioso en la vida es tan inseparable de la vida misma que, entonces, estar vivo es valioso. Valores como la percepci&oacute;n, el deseo, la actividad, el pensamiento, etc., ser&iacute;an buenos en s&iacute; mismos sea cual sea su contenido. Para Raz, si bien facultades como el pensamiento y la sensaci&oacute;n son importantes, no poseen un valor intr&iacute;nseco, puesto que su val&iacute;a es m&aacute;s bien instrumental, y funcionan como herramientas que sirven para alcanzar determinadas metas que nos hayamos propuesto. Son estas &uacute;ltimas -las metas- las que podr&iacute;an poseer valor intr&iacute;nseco, pero no el instrumento que se usa para alcanzarlas. Resulta significativo, concluye Raz, que Nagel no mencione dentro de las facultades valiosas a la sensaci&oacute;n. La raz&oacute;n puede ser que ciertas sensaciones, como el dolor, son intr&iacute;nsecamente malas (Raz 116). </P >     <P   align="justify" >Toda experiencia, por tanto, es valorable y contingente, y no hay en ellas nada que pueda catalogarse de intr&iacute;nsecamente valioso. Todo depender&aacute;, nos dice, del contenido de las experiencias y, en definitiva, <I>del contenido de la vida . </I>Por cierto que el dram&aacute;tico caso de Diane Pretty, quien solicit&oacute; sin &eacute;xito que se le permitiera ser auxiliada por su marido (al suicidio) para no tener que morir ahogada a consecuencia de su enfermedad neurol&oacute;gica degenerativa, parece otro ejemplo de lo brutal que puede llegar a ser aquella doctrina que desconoce que las personas tenemos derecho a evaluar nuestra existencia y actuar en consecuencia (Tribunal Europeo de Derechos Humanos 2002).<a href="#pie1" name="spie1"><sup>1</sup></a></P >     <p   align="justify" ><B>4. Conclusi&oacute;n </b></p >     <P   align="justify" > <B></b>Parece haber una iron&iacute;a en las tesis que sostienen que la muerte es siempre un mal para quien muere, pues la muerte nos privar&iacute;a necesariamente de todos los bienes posibles futuros. Lo que parece fallar en ellas es que no logran apreciar el especial consuelo que puede significar la muerte frente a la perspectiva de una vida desafortunada. A veces sufrir una gran p&eacute;rdida -como la vida- es mejor que vivir cosas extremadamente dif&iacute;ciles de soportar, <I>precisamente</I> debido a que la vida nos obliga a &quot;experimentarlas&quot;. Parece haber entonces cosas intr&iacute;nsecamente malas -como el dolor-, que pueden ser comparativamente peores que el mal que significa la muerte y el no experimentar m&aacute;s las cosas buenas de la vida. Eso ser&iacute;a as&iacute;, aunque lo primero (el dolor) suponga una p&eacute;rdida menor a la muerte. </P >     <P   align="justify" >De ah&iacute; que no parezca razonable que las personas sacrifiquen sus derechos b&aacute;sicos a la autonom&iacute;a moral y a la integridad f&iacute;sica y ps&iacute;quica (que supone el derecho a estar libre de torturas), por imposici&oacute;n social. No debi&eacute;ramos estar obligados a vivir vidas que estimamos miserables e indignas s&oacute;lo porque la religi&oacute;n de algunos considera que no poseemos el derecho a decidir sobre nuestros m&aacute;s importantes y definitivos momentos. Siguiendo a Kamm, si la muerte es un mal debido a aquello de lo que se nos priva, las cosas buenas de la vida, entonces, cuando nuestra vida est&aacute; copada de dolor, la muerte ya no nos puede colocar en un peor estado y, por ello, parece razonable querer la no existencia, pues ella implica la no experiencia. Al fin de cuentas, el valor de la vida humana no puede ser independiente de su contenido. Estimarlo as&iacute; implicar&iacute;a prescindir de la voluntad del titular de esa vida, lo que, a su vez, supone tratarlo como a una cosa y no como un fin en s&iacute; mismo. </P > <HR SIZE="1"> <a href="#s*" name="*"><sup>*</sup></a> Este art&iacute;culo est&aacute; asociado al proyecto de investigaci&oacute;n n&ordm; 11080005, financiado por el Fondo Nacional de Desarrollo Cient&iacute;fico y Tecnol&oacute;gico de Chile (FONDECYT).     <P   align="justify" ><a href="#spie1" name="pie1"><sup>1</sup></a> Para un an&aacute;lisis de este y otros casos de eutanasia y auxilio m&eacute;dico al suicidio, v&eacute;ase Z&uacute;&ntilde;iga (2009). </P > <HR SIZE="1">     <p   align="justify" ><B>Bibliograf&iacute;a </b></p >     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><P   align="justify" > <B></b>Agust&iacute;n. <I>La ciudad de Dios</I>, libros I y II. Barcelona: Alma Mater, 1953. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000073&pid=S0120-0062201100020000200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   align="justify" >Epicuro. <I>Ep&iacute;stola a Meneceo</I>. <I>M&aacute;ximas capitales</I>, Garc&iacute;a Gual, C. &amp; Acosta, E. (eds.). Barcelona: Barral, 1974. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000074&pid=S0120-0062201100020000200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   align="justify" >Hume, D.<I> Sobre el suicidio y otros ensayos</I>. Madrid: Alianza, 1988. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000075&pid=S0120-0062201100020000200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   align="justify" >Juan Pablo II. Carta Enc&iacute;clica &quot;<I>Evangelium Vitae</I>&quot;. 25 de marzo de 1995. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000076&pid=S0120-0062201100020000200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   align="justify" >Kamm, F. M. <I>Morality, Mortality</I>, vol. 1 de<I> Death and Whom to Save From it</I>. Oxford: Oxford University Press, 1993. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000077&pid=S0120-0062201100020000200005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   align="justify" >Kant, I. <I>Metaf&iacute;sica de las costumbres </I>&#91;MC&#93;, Cortina Orts, A. &amp; Conill Sancho, J. (trads.). Madrid: Tecnos, 1989. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000078&pid=S0120-0062201100020000200006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   align="justify" >Lucrecio. <I>De la naturaleza de las cosas</I>, libro III, Garc&iacute;a Calvo, A. (ed). Madrid: C&aacute;tedra, 1999. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000079&pid=S0120-0062201100020000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   align="justify" >Nagel, T. &quot;Death&quot;. <I>Mortal Questions</I>. Cambridge: Cambridge University Press, 1979. 1-10. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000080&pid=S0120-0062201100020000200008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   align="justify" >Tribunal Europeo de Derechos Humanos. <I>Case of Pretty vs . The United Kingdom</I>. Strasbourg, 29 de abril de 2002. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000081&pid=S0120-0062201100020000200009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   align="justify" >Raz, J. &quot;The Value of Staying Alive&quot;. <I>Value, Respect and Attachment</I>. Cambridge: Cambridge University Press, 2001. 73-123. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000082&pid=S0120-0062201100020000200010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   align="justify" >Tom&aacute;s de Aquino. <I>Suma de Teolog&iacute;a</I> &#91;ST&#93;, tomo III. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1990. </P >     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000083&pid=S0120-0062201100020000200011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P   align="justify" >Z&uacute;&ntilde;iga, A. &quot;La justicia frente a las decisiones m&eacute;dicas&quot;, <I>Revista de Ciencias Sociales de la Universidad de Valpara&iacute;so</I> 55 (2009): 203-232. </P > </font>     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000084&pid=S0120-0062201100020000200012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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