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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[CONCIENCIA MORAL Y LIBERTAD DE CONCIENCIA EN LOCKE]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[Locke on Moral Conscience and Liberty of Conscience]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Locke is known for his place in the history of the liberty of conscience, but he is not known for any significant theory of moral conscience. This article aims at clarifying his views regarding both problems, and argues for the need to discuss both of these questions simultaneously, in order to avoid the trivialization of liberty of conscience.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <font size="2" face="verdana"> </font>     <p align="center"><font size="2" face="verdana"><b><font size="4">CONCIENCIA MORAL Y LIBERTAD DE CONCIENCIA EN  LOCKE</font></b><a href="#*" name="s*"><sup>*</sup></a> </font></p> <font size="2" face="verdana"></font>     <p align="center"><font size="3" face="verdana"><i>Locke on Moral Conscience and Liberty of  Conscience</i></font></p> <font size="2" face="verdana">     <p align="right">&nbsp;</p>     <p align="right"><b>Manfred Svensson</b>    <br>   Universidad de los Andes - Santiago, Chile    <br>   <i><a href="mailto:msvensson@uandes.cl">msvensson@uandes.cl</a></i></p>     <p align="right"><i>Art&iacute;culo recibido: 26 de agosto de 2010;  aceptado: 05 de noviembre de 2010.</i></p> <hr size="1">     <p align="left"><b>Resumen</b></p>     <p align="justify">John  Locke es c&eacute;lebre como defensor de la libertad de conciencia, pero no ofrece   una  concepci&oacute;n robusta de la conciencia moral. Se busca realizar una exposici&oacute;n   completa  de la discusi&oacute;n que lleva a cabo Locke sobre ambos problemas, y se plantea   la  necesidad de tratarlos en conjunto para evitar la banalizaci&oacute;n de la libertad   de  conciencia.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>       <p align="justify"><i>Palabras clave</i>: J. Locke,  conciencia moral, libertad de conciencia.</p> </blockquote> <hr size="1">     <p align="justify"><b>Abstract</b></p>     <p align="justify">Locke is known for his place in the history of the  liberty of conscience, but he   is not known for any significant theory of moral  conscience. This article aims at   clarifying his views regarding both problems, and  argues for the need to discuss   both of these questions simultaneously, in order to  avoid the trivialization of   liberty of conscience.</p>     <blockquote>       <p align="justify"><i>Keywords</i>: J. Locke, liberty of conscience, moral conscience.</p> </blockquote> <hr size="1">     <p align="justify"><b>Introducci&oacute;n</b></p>     <p align="justify">Mientras  que nadie parece dudar de que Locke ocupa un sitial de   honor  entre los impulsores de la libertad de conciencia, la cuesti&oacute;n   del  lugar ocupado por la conciencia en su pensamiento moral parece   mucho  menos clara. Yolton ha dado voz autorizada a dicha duda, escribiendo   que  el t&eacute;rmino no es usado con frecuencia por Locke, sino   que  s&oacute;lo aparecer&iacute;a en los escritos tempranos, para desaparecer despu&eacute;s   de  1690 (<i>cf. </i>Yolton  49). Extra&ntilde;amente, las dos preguntas -por la   conciencia  y la libertad de conciencia- no suelen ser planteadas en   conjunto,  como si &quot;conciencia&quot; funcionara en estas dos expresiones   como  mero hom&oacute;nimo. Pero tal tendencia a separar las preguntas   debe  ser resistida: defender la libertad de algo que se tiene por una   quimera,  o por lo cual no hay inter&eacute;s, s&oacute;lo puede redundar en una   desvalorizaci&oacute;n  de la libertad de conciencia.</p>     <p align="justify">El  momento cr&iacute;tico para la uni&oacute;n o separaci&oacute;n de estas dos preguntas   es  el siglo XVII, que se caracteriza en varios pa&iacute;ses por un significativo   avance  de lo que se hac&iacute;a llamar &quot;libertad de conciencia&quot;. &iquest;Pero va esto   de  la mano de un m&aacute;s fuerte &eacute;nfasis en el papel desarrollado por la conciencia   entre  los restantes factores relevantes de la vida moral? En otras   palabras:  &iquest;es siempre por respeto a la conciencia que se otorga libertad de   conciencia?  Ciertamente no. En numerosos casos se trata simplemente   de  que la funci&oacute;n del gobierno se ve modificada en direcci&oacute;n a versiones   minimalistas;  de este modo, no es que se respete m&aacute;s la conciencia, sino   que  el gobierno, dada su limitaci&oacute;n a la seguridad y la protecci&oacute;n de la   propiedad,  no llega siquiera a toparse con la conciencia. En otros casos, la   ampliaci&oacute;n  de la libertad de conciencia va a la par con un intento por explicar   la  conciencia como un mero epifen&oacute;meno. Spinoza -quien en una   obra  defiende la <i>libertas philosophandi </i>y la <i>libertas sentiendi </i>(Spinoza 1979   466),  y en otra ofrece una explicaci&oacute;n de la conciencia desde un reduccionismo   naturalista  (Spinoza 1980 288)- puede en este sentido valer como   un  caso paradigm&aacute;tico. &iquest;Pero podemos generalizar a partir de este caso,   y  afirmar que el proceso de ilustraci&oacute;n, al mismo paso que hace avanzar   la  libertad de conciencia, carcome la idea de que esta conciencia exista?</p>     <p align="justify">Locke,  como autor tal vez m&aacute;s representativo que Spinoza, puede   ser  un buen caso para plantear la pregunta. Ciertamente ha habido   una <i>Locke obsession </i>(Nederman &amp; Laursen 2-4) a la hora de identificar   las  fuentes de la tolerancia moderna, y los intentos contempor&aacute;neos   por  superar la usual identificaci&oacute;n de la libertad de conciencia con   el  liberalismo moderno constituyen una correcci&oacute;n a&uacute;n en estado   embrionario.<a href="#pie1" name="spie1"><sup>1</sup></a>  Pero tal ampliaci&oacute;n del horizonte hacia la tradici&oacute;n   premoderna  de discusi&oacute;n sobre la tolerancia permite tambi&eacute;n releer a   los  modernos con ojos m&aacute;s abiertos. En tal lectura, Locke desde luego   no  es un craso naturalista, pero tampoco defiende la libertad de   conciencia  porque reconozca en la conciencia una instancia intocable.   El  presente art&iacute;culo busca establecer exactamente qu&eacute; lugar ocupa la   conciencia  en su pensamiento pol&iacute;tico y moral.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Esta  pregunta por el v&iacute;nculo entre conciencia moral y libertad de   conciencia  ser&aacute; planteada a los escritos de Locke siguiendo un orden   cronol&oacute;gico.  Al tratar la cuesti&oacute;n desde esta perspectiva, la investigaci&oacute;n   se  inserta en varios aspectos de la investigaci&oacute;n contempor&aacute;nea   sobre  Locke. Las &uacute;ltimas d&eacute;cadas, en efecto, han dado lugar a la publicaci&oacute;n   de  numerosos escritos in&eacute;ditos de Locke, y entre estos destacan   no  s&oacute;lo bosquejos del <i>Essay Concerning Human Understanding</i>, sino   tambi&eacute;n  escritos previos a la provechosa relaci&oacute;n con Shaftesbury   -como  son los ensayos sobre la ley natural y los <i>Two  Tracts</i>- y tard&iacute;os   escritos  teol&oacute;gicos. Estos &uacute;ltimos, en su mayor parte, han circulado   tambi&eacute;n  con anterioridad. Pero las d&eacute;cadas recientes no s&oacute;lo han   a&ntilde;adido  algunos textos, sino que ante todo han a&ntilde;adido seriedad al   trato  con dichos textos teol&oacute;gicos, recuperando la centralidad de la   teolog&iacute;a  para la comprensi&oacute;n del pensamiento de Locke (<i>cf. </i>Dunn;   Marshall).  La presente investigaci&oacute;n, aunque filos&oacute;fica, hace suya dicha   aproximaci&oacute;n,  particularmente pertinente para la exploraci&oacute;n de   un  concepto como la conciencia, cuyo nacimiento se debe en gran   medida  a la compenetraci&oacute;n de filosof&iacute;a y teolog&iacute;a (<i>cf. </i>Potts; Bosman).   Por  otra parte, entre los t&oacute;picos recurrentes de la investigaci&oacute;n contempor&aacute;nea   sobre  Locke, se encuentra el &eacute;nfasis en su evoluci&oacute;n   intelectual  y en los problemas de coherencia entre su obra filos&oacute;fica   y  su obra pol&iacute;tica.<a href="#pie2" name="spie2"><sup>2</sup></a> Mi posici&oacute;n  al respecto puede ser sintetizada del   siguiente  modo. Por lo que respecta a los escritos previos a la relaci&oacute;n   con  Shaftesbury, usualmente vistos como textos de &quot;Locke antes de   volverse  lockeano&quot;, estos desempe&ntilde;ar&aacute;n aqu&iacute; un importante papel,   pero  no ser&aacute;n tratados como mero &quot;antecedente&quot; del posterior Locke   maduro.  Esto es, si bien reconozco los variados puntos en que hay   una  evidente evoluci&oacute;n, me parece que precisamente la conciencia,   un  t&oacute;pico en el que tal evoluci&oacute;n ser&iacute;a esperable, es un campo en que   los <i>Tracts </i>presentan  ya rasgos importantes de la posici&oacute;n definitiva de   Locke.  Si las conclusiones a las que as&iacute; arribamos son correctas, tambi&eacute;n   la  coherencia entre los escritos pol&iacute;ticos y filos&oacute;ficos de Locke es   mayor  que lo que se suele afirmar. Con todo, creo que la imagen coherente   que  as&iacute; obtenemos por resultado confirma la necesidad de beber   de  fuentes distintas de Locke para pensar tanto sobre la conciencia   como  sobre su libertad.</p>     <p align="justify"><b>La  conciencia de los </b><b><i>Two Tracts a los Two Treatises</i></b></p>     <p align="justify">De  toda la producci&oacute;n de Locke, los textos que m&aacute;s detenidamente   tratan  sobre la conciencia son los <i>Two Tracts</i>. Se trata de dos tratados   que  nunca public&oacute;, pertenecientes a su etapa &quot;autoritaria&quot;<a href="#pie3" name="spie3"><sup>3</sup></a>. Redactados   en  1660-1661, estos dos breves tratados constituyen una respuesta a   un  congregacionalista -esto es, un puritano que no busca la reforma   del <i>establishment</i>, sino comunidades reformadas independientes-,   Edward  Bagshaw, quien hab&iacute;a escrito un tratado defendiendo la libertad   de  conciencia. La respuesta de Locke constituye un punto ideal   para  enterarnos no s&oacute;lo sobre su propia concepci&oacute;n de la conciencia   y  su relaci&oacute;n con la autoridad pol&iacute;tica, sino tambi&eacute;n sobre las concepciones   sobre  ella de mayor circulaci&oacute;n en su &eacute;poca, y del modo como   dichas  concepciones pueden haber impedido que la conciencia desempe&ntilde;ara   un  papel decisivo en el pensamiento moral tard&iacute;o de Locke.   En  efecto, Locke inicia su segundo <i>Tract </i>describiendo un clima en que   cada  partido en pugna, llevado por el entusiasmo, apela a su &quot;opini&oacute;n,   esperanza  o conciencia&quot; como instancia inapelable (<i>cf. </i>1 967 185). El   magistrado,  la ley y el orden son tenidos por nada, &quot;siempre que se   marche  bajo las banderas de la libertad y de la conciencia, esas consignas   maravillosamente  eficientes para ganar apoyo&quot; (<i>id. </i>186). As&iacute;,   quienes  saben armar la ignorancia de la multitud con la &quot;autoridad   de  la conciencia&quot;, levantan un fuego capaz de consumirlo todo (<i>ibid.</i>).   Locke  es enf&aacute;tico en se&ntilde;alar c&oacute;mo esta concepci&oacute;n &quot;entusiasta&quot; de la   conciencia  puede ser utilizada en cualquier direcci&oacute;n, reclamando libertad   para  esta, o bien en nombre de la misma conciencia, pidiendo   conformidad  total de los ciudadanos a la religi&oacute;n estatal (<i>id. </i>140).</p>     <p align="justify">A  lo largo de toda la producci&oacute;n literaria de Locke, hay indicios   que  nos permiten aclarar en qu&eacute; consiste exactamente esta concepci&oacute;n   de  la conciencia que est&aacute; criticando, la cual, para efectos del presente   art&iacute;culo,  calificar&eacute; como concepci&oacute;n entusiasta de la conciencia. Con   este  fantasma del &quot;entusiasmo&quot;, Locke se hab&iacute;a familiarizado tempranamente   en  el clima de la Guerra Civil Inglesa. Pero si bien la acusaci&oacute;n   de  entusiasmo es por supuesto com&uacute;n en la &eacute;poca de Locke, puede hoy   requerir  una explicaci&oacute;n. Aqu&iacute; se entender&aacute;n como entusiastas, no   posiciones  iluministas en general, sino espec&iacute;ficamente la idea de la   conciencia  como una voz captada de modo inmediato, sin mediaci&oacute;n   racional,  y sin estar vinculada de un modo significativo con otras instancias   de  la vida moral. Tal modo de entenderla implica por supuesto   que  lo afirmado en conciencia sea a su vez resistente a una ulterior   revisi&oacute;n  racional. Es una actitud que en su obra de madurez Locke   describir&aacute;  en los siguientes t&eacute;rminos: &quot;la firmeza de la convicci&oacute;n se   presenta  como causa de la creencia y la confianza de estar en lo correcto   es  tenida por argumento de la verdad&quot; (1975 IV, 19, &sect;12). Aunque   tales  palabras de Locke nos mueven naturalmente al asentimiento, es   importante  notar el rango tal vez excesivamente amplio de posiciones   que  podr&iacute;an ser calificadas de entusiastas desde la &oacute;ptica de Locke,   cubriendo  todo el espectro desde los cu&aacute;queros (<i>The  Correspondence</i> <i>of John Locke </i>&#91;<i>Correspondence</i>&#93; I,  cartas 30, 59, 68, 81 y 96) hasta los   plat&oacute;nicos  de Cambridge (<i>id. </i>II ,  cartas 684, 687, 688, 690, 693, 695 y   696).  Como lo ha se&ntilde;alado James Tully (<i>cf. </i>20-21), Locke rechaza por   igual  el entusiasmo propiamente tal y cualquier otra concepci&oacute;n disposicional   de  las facultades humanas.</p>     <p align="justify">En  cualquier caso, el escepticismo de Locke respecto de este   g&eacute;nero  de apelaci&oacute;n a la conciencia atraviesa su obra como un hilo   conductor,  y sobre esta materia se podr&iacute;an citar sin distinci&oacute;n textos   del <i>Essay Concerning Human Understanding</i>, junto a textos de los <i>Two</i> <i>Tracts</i>, con un mismo temple, y que traslucen  de la madura obra de   epistemolog&iacute;a  y del temprano libelo autoritario. Pero las pretensiones   de  su adversario Bagshaw suenan tan modestas que cuesta entender   el  temor de Locke. Pues la libertad que defiende Bagshaw en su escrito   es  respecto de cosas &quot;indiferentes&quot;. Como cosas indiferentes se   clasifica  -desde los estoicos- a lo que no es ni bueno ni malo, y en la   &eacute;poca  de Locke esta categor&iacute;a es sobre todo utilizada para designar   ceremonias  religiosas o doctrinas no fundamentales. En tales cosas,   sosten&iacute;a  el escrito de Bagshaw, debe haber libertad para la conciencia   individual.  Es decir, se trata de una libertad concedida en materias   sin  importancia decisiva, entre quienes ya comparten un acuerdo en   lo  fundamental -un antecedente remoto de los proyectos contempor&aacute;neos   de  &eacute;tica m&iacute;nima-. Pero Locke sabe que cualquier cosa puede   ser  calificada de indiferente, y que, por lo tanto, es riesgoso proponer   sin  m&aacute;s libertad en el campo de lo indiferente. Y tiene raz&oacute;n si se   considera  el modo en que esta noci&oacute;n de lo indiferente, de limitado   uso  anteriormente,<a href="#pie4" name="spie4"><sup>4</sup></a> se  expande durante su siglo. Hay un potencial   an&aacute;rquico  en el v&iacute;nculo entre la libertad y lo indiferente, y Locke, que   durante  toda su vida conserv&oacute; buen olfato para identificar fen&oacute;menos   con  tal potencial, est&aacute; aqu&iacute; atento.</p>     <p align="justify">Ahora  bien, se podr&iacute;a lidiar con esta concepci&oacute;n entusiasta de la   conciencia  y su potencial an&aacute;rquico, si se discute acerca de qu&eacute; es la   conciencia  y se contrastan concepciones rivales. Pero Locke -y esto   es  significativo para todo su desarrollo posterior-, al comprender con   claridad  lo inadecuada que es la concepci&oacute;n entusiasta de la conciencia,   no  la rechaza para reemplazarla por una distinta, sino que intenta,   como  a continuaci&oacute;n intentar&eacute; mostrar, domesticarla. En su escrito de   respuesta  a Bagshaw, entiende la conciencia como &quot;nada m&aacute;s que una   opini&oacute;n  respecto de la verdad de cualquier posici&oacute;n pr&aacute;ctica&quot; (Locke   1967  138). Lo que lo distingue de sus adversarios en este temprano escrito   no  es tanto una concepci&oacute;n rival de la conciencia, sino m&aacute;s bien una   concepci&oacute;n  rival de lo que constituye una violaci&oacute;n injustificada de ella.   Como  no puede ser aceptada toda opini&oacute;n respecto de cosas pr&aacute;cticas   -cosa  que Bagshaw desde luego conceder&iacute;a-, muchas de estas pueden   ser  rechazadas. El magistrado puede hacer esto leg&iacute;timamente, imponiendo   a  las conciencias obligaciones de todo tipo, tal como recauda   impuestos.  Lo que no es l&iacute;cito es &quot;imponerse a las conciencias&quot; (<i>imposing</i> <i>on conscience</i>), pero Locke  considera que eso s&oacute;lo ocurre cuando   a  los hombres se les imponen &quot;ciertas doctrinas o leyes como si fuesen   de  origen divino, como necesarias para la salvaci&oacute;n y como algo que   en  s&iacute; mismo obliga a la conciencia, siendo que en realidad no son sino   ordenanzas  de los hombres y productos de su autoridad&quot; (<i>id. </i>138-139).   Con  tales palabras, lo que hace Locke es apropiarse del esquema de su   propio  adversario: la com&uacute;n estrategia de la &eacute;poca de distinguir cosas   fundamentales  (en este caso especificadas como de origen divino y ne cesarias para la  salvaci&oacute;n) de cosas indiferentes.<a href="#pie5" name="spie5"><sup>5</sup></a> Pero en lugar de usar   la  distinci&oacute;n para conferir libertad en estas &uacute;ltimas, en ellas tambi&eacute;n   puede  haber obligaci&oacute;n, afirma Locke, con la condici&oacute;n de que no se   presenten  como algo que en s&iacute; mismo obliga a la conciencia. Esto es,   en  tanto que las cosas se impongan en calidad de indiferentes -y en   dicho  &aacute;mbito Locke reclama para el gobernante &quot;un poder absoluto y   arbitrario&quot;  (<i>id. </i>123)-, no  se viola la conciencia de los s&uacute;bditos.</p>     <p align="justify">La  posici&oacute;n que hemos rese&ntilde;ado es parte del primero de los dos <i>Tracts</i>, dedicado a una refutaci&oacute;n l&iacute;nea por  l&iacute;nea de Bagshaw. En el   segundo  tratado, de car&aacute;cter m&aacute;s sistem&aacute;tico, Locke se explica con   m&aacute;s  detalle. Ah&iacute; ofrece una clasificaci&oacute;n de los distintos tipos de ley,   dividi&eacute;ndola  en divina (1), humana (2), fraternal o de la caridad (3), y   mon&aacute;stica  o privada (4). Tal divisi&oacute;n parece en algunos sentidos seguir   criterios  tradicionales. As&iacute;, la ley divina es dividida en natural o   positiva,  seg&uacute;n se trate de lo conocido por la raz&oacute;n o lo recibido por   revelaci&oacute;n,  mientras que de la ley humana Locke afirma que esta puede   actuar  reforzando la ley divina -como cuando proh&iacute;be el robo-,   pero  tambi&eacute;n legislando sobre cuestiones indiferentes que la ley divina   haya  dejado abiertas. Esta ser&iacute;a la materia propia de la ley humana,   dado  que el mero acto de reforzar lo ya establecido por la ley divina   podr&iacute;a  ser superfluo. La ley fraternal, en cambio, es aquella por la cual   nos  abstenemos de hacer algo que tanto la ley divina como la ley civil   permiten,  pero que podr&iacute;a ofender a un hermano m&aacute;s d&eacute;bil. Tras esto   viene  la ley privada, que es el lugar en el que Locke habla sobre la conciencia.   Esta  es definida aqu&iacute; de un modo distinto al que Locke utiliz&oacute;   en  su primer tratado, y se trata en apariencia de una definici&oacute;n m&aacute;s   tradicional  de la misma: no ya una mera opini&oacute;n, ni un mero acto de   la  voluntad, sino &quot;un juicio fundamental del intelecto pr&aacute;ctico respecto   de  cualquier posible verdad de una proposici&oacute;n moral sobre cosas   que  deben ser hechas en la vida&quot; (Locke 1967 196). Esta concepci&oacute;n,   aparentemente  m&aacute;s robusta de la conciencia, se ve confirmada por el   hecho  de que Locke habla &quot;sobre una luz de la naturaleza&quot; que nos ha   sido  implantada por Dios como &quot;un legislador interior&quot; (<i>ibid.</i>) -terminolog&iacute;a   cl&aacute;sica  que pone la conciencia m&aacute;s all&aacute; de una mera opini&oacute;n-.<a href="#pie6" name="spie6"><sup>6</sup></a> Pero  si se presta atenci&oacute;n al contexto, lo que ha hecho Locke es describir   la  conciencia en t&eacute;rminos m&aacute;s robustos, pero reduciendo para   esto  severamente su campo de acci&oacute;n. Pues cada uno de los tipos de   ley  que ha discutido tiene por campo de acci&oacute;n aquello que el tipo   anterior  ha dejado sin sancionar, esto es, aquello que ha permanecido   como  indiferente. La ley humana tiene por objeto propio aquello que   la  ley divina ha dejado abierto en calidad de indiferente, y lo mismo   rige  para la ley fraternal respecto de la humana, as&iacute; como para la   privada  -la conciencia- respecto de cada una de las anteriores: &quot;s&oacute;lo   cuando  todas las anteriores guardan silencio, debe seguirse los mandamientos   de  la conciencia&quot; (Locke 1967 198). Es dif&iacute;cil encontrar en la   historia  de la filosof&iacute;a un texto en el que la conciencia sea restringida   a  un campo de acci&oacute;n tan estrictamente delimitado.</p>     <p align="justify">El  primer tratado contiene pues una denuncia de la concepci&oacute;n   entusiasta  de conciencia, mientras que el segundo tratado ofrece una   versi&oacute;n  levemente modificada de la conciencia en cuanto a su definici&oacute;n,   pero  muy reducida en cuanto al campo de acci&oacute;n. Desde esta   jerarqu&iacute;a  de los tipos de ley, Locke puede f&aacute;cilmente responder a   Bagshaw  y a otros independentistas: casi todos estos &oacute;rdenes son reconocidos   por  ellos -pues saben que no se puede apelar a la conciencia   contra  la ley divina ni contra la caridad-, s&oacute;lo les falta reconocer que   tampoco  pueden hacerlo contra la autoridad del gobernante (<i>cf. </i>Locke   1967  197-198). Locke ha encontrado as&iacute; un lugar para la conciencia que   le  permita existir, pero sin que sea una fuente potencial de conflicto.</p>     <p align="justify">&iquest;Qu&eacute;  ocurre con esto si dirigimos la mirada a aquella obra de   esp&iacute;ritu  radicalmente distinto que Locke habr&iacute;a de componer 25 a&ntilde;os   m&aacute;s  tarde? Comparando los <i>Two Tracts </i>con los <i>Two Treatises</i>, Laslett   ha  llamado la atenci&oacute;n sobre la magra discusi&oacute;n sobre la conciencia   en  la obra de madurez, compar&aacute;ndola con el modo en que &quot;lo hab&iacute;a   preocupado  en su juventud la cuesti&oacute;n de la conciencia y la obligaci&oacute;n   pol&iacute;tica&quot;  (Laslett en Locke 1988 85). Como hemos visto, Yolton postula   una  evoluci&oacute;n similar. &iquest;Se puede constatar tal decrecimiento del   papel  de la conciencia? Tal tesis descansa, desde luego, sobre la idea   de  que esta habr&iacute;a desempe&ntilde;ado un papel bastante significativo en la   obra  temprana de Locke. Pero si la lectura que aqu&iacute; hemos ofrecido es   correcta,  dicha preocupaci&oacute;n temprana por la conciencia llevaba en   los <i>Two Tracts </i>a una discusi&oacute;n m&aacute;s extensa, pero no a un papel m&aacute;s   relevante  de ella. As&iacute;, ya tenemos un motivo para relativizar las tesis   de  los mencionados autores. Continuaremos ahora con dicha relativizaci&oacute;n   desde  la obra madura.</p>     <p align="justify">Laslett  (en nota a Locke 1988 I, &sect;105) ha se&ntilde;alado que en los <i>Two</i> <i>Treatises </i>la discusi&oacute;n sobre la  conciencia se concentra de modo exclusivo   en  un punto: para que la conciencia pueda estar tranquila, hay   que  saber a qui&eacute;n obedecer. Esto es discutido sobre todo en el primer   tratado:  ya que Filmer ha quitado a los hombres todo, ser&iacute;a justo que   en  tal esclavitud al menos reciban argumentos claros y evidentes que   indiquen  que toda potestad ha sido dada a los pr&iacute;ncipes herederos de   Ad&aacute;n,  &quot;para que sus conciencias puedan ser convencidas y los obliguen   a someterse de modo pac&iacute;fico a tal  dominio absoluto&quot; (1988 I, &sect;10).   Tal  punto es retomado extensamente en I, 105-126, pero sin a&ntilde;adir   mucho  que sea significativo. Pero el &sect;81, similar en lo restante a estos   par&aacute;grafos,  nos da algo de informaci&oacute;n sobre el trasfondo. Aunque   estuvi&eacute;semos  persuadidos de que tiene que haber un gobernante, si   no  hay criterios (<i>marks</i>) para  distinguirlo de otros, podr&iacute;a tratarse   incluso  de nosotros mismos. Por tanto, &quot;un hombre nunca puede ser   obligado  en conciencia a someterse a un poder, si no se le puede indicar   satisfactoriamente  qui&eacute;n es el que tiene derecho a ejercer poder   sobre  &eacute;l&quot; (1988 I, &sect;81). Tras afirmar esto, Locke escribe que si no se da   la  condici&oacute;n indicada, &quot;no habr&iacute;a distinci&oacute;n entre piratas y pr&iacute;ncipes   leg&iacute;timos&quot;  (1988 I, &sect;81). No es dif&iacute;cil identificar un trasfondo para tal   afirmaci&oacute;n.  En un c&eacute;lebre pasaje del <i>De Civitate Dei</i>, san Agust&iacute;n se   pregunta  si acaso hay algo que permita distinguir reinos de cuevas de   ladrones  cuando falta la justicia (<i>CIV </i>IV 4). Es improbable que Locke   conociera  esto directamente de Agust&iacute;n, pero tambi&eacute;n en Agust&iacute;n se   trata  de herencia ciceroniana (<i>De Re Publica </i>III, 14) que puede haber   llegado  a Locke por cualquiera de sus m&uacute;ltiples v&iacute;as de apropiaci&oacute;n   de  Cicer&oacute;n. Locke, de hecho, ya hab&iacute;a usado la comparaci&oacute;n entre   piratas  y gobernantes leg&iacute;timos en una ocasi&oacute;n anterior, al mencionar,   en  el sexto ensayo sobre la ley natural, el fundamento distinto con   que  obedecemos a un rey o a un pirata que nos tiene cautivos (Locke   2007  184).<a href="#pie7" name="spie7"><sup>7</sup></a> Y ese  temprano pasaje contiene tambi&eacute;n una referencia a la   conciencia,  la cual aprueba nuestra sumisi&oacute;n al pirata para mantenernos   en  vida. Locke vincula pues de modo continuo la conciencia con   la  pregunta por el gobierno leg&iacute;timo. Hay entonces un cambio desde   los <i>Tracts</i>,  donde la pregunta por la legitimidad del gobernante no era   planteada  -y nadie querr&aacute; minimizar la importancia de que ahora tal   pregunta  s&iacute; aparezca-. Es m&aacute;s, lo que Laslett ha escrito sobre el v&iacute;nculo   de  la conciencia con la legitimidad de origen, puede hacerse extensivo a la  pregunta por la legitimidad de ejercicio: tal preocupaci&oacute;n es manifiesta   en  la discusi&oacute;n lockeana sobre el derecho de rebeli&oacute;n, aunque   en  tal contexto nunca aparezca la palabra <i>conciencia</i>. Ahora bien, lo   decisivo  es que entonces la conciencia aparece s&oacute;lo <i>in  extremis</i>: no   hay,  por ejemplo, nada semejante a un llamado a tener siempre una   conciencia  despierta ante las acciones del gobernante, sino s&oacute;lo ante   el  origen y el quiebre de la legitimidad.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">En  ese mismo sentido hay que leer una referencia a la conciencia   ignorada  por Laslett, pero tambi&eacute;n vinculada a un t&oacute;pico central de   los <i>Two Treatises</i>. Es un punto central de la filosof&iacute;a pol&iacute;tica de Locke   el  describir la vida pol&iacute;tica (en contraste con la pre-pol&iacute;tica) como un   modo  de vida en el que es posible la apelaci&oacute;n a un juez en com&uacute;n   (Locke  1988 II, &sect;13 y 22, por ejemplo). Pero el mismo Locke sabe que   tambi&eacute;n  en la vida pol&iacute;tica se llega a instancias en que no existe tal   juez  -conflictos irresolubles entre el poder ejecutivo y el legislativo,   por  ejemplo-. Al tratar tales situaciones, Locke cita con frecuencia   la  historia vetero-testamentaria de Jeft&eacute;, contenida en Jueces 11-12.   Las  abundantes referencias en los <i>Two  Treatises </i>a esta historia veterotestamentaria   (<i>id. </i>II &sect;21, 176 y 241) han sido objeto de  investigaci&oacute;n,   sobre  todo por parte de quienes se dedican a estudiar la influencia   jud&iacute;a  en la filosof&iacute;a pol&iacute;tica de la modernidad temprana, pero los resultados   son  de inter&eacute;s m&aacute;s que hist&oacute;rico.<a href="#pie8" name="spie8"><sup>8</sup></a> Jeft&eacute; es citado por Locke   como  ejemplo de alguien que &quot;clam&oacute; al cielo&quot; al no haber juez en la   tierra  al cual apelar. &iquest;Pero qu&eacute; implica tal apelaci&oacute;n al cielo? En contraste   con  la historia de Jeft&eacute;, de la que curiosamente se vale, Locke   deja  muy claro que <i>no </i>se trata  de clamar efectivamente esperando   una  intervenci&oacute;n divina; la apelaci&oacute;n al cielo consiste en actuar aqu&iacute;   seg&uacute;n  lo que en tal situaci&oacute;n nos indique la conciencia, esperando ser   juzgados  de modo positivo al final de los tiempos: sobre lo que hay que   hacer  &quot;s&oacute;lo puedo juzgar yo en mi propia conciencia, por la cual tendr&eacute;   que  responder en aquel gran d&iacute;a ante el Juez Supremo de todos los   hombres&quot;  (<i>id. </i>II &sect;21).  Estamos ante un caso m&aacute;s de la conciencia como   instancia  de resoluci&oacute;n de conflictos extremos. En efecto, la conciencia   se  encuentra siempre vinculada a un conflicto: se trata en algunas   ocasiones  de resolver un conflicto -saber a qui&eacute;n y hasta d&oacute;nde obedecer-,   y  en otras ocasiones de impedir un conflicto mayor. Apelar   a  la conciencia -parece estarnos advirtiendo indirectamente Locke-,   incluso  si tiene la forma de un clamor al cielo, debe ser para impedir una intervenci&oacute;n  divina. En la narrativa b&iacute;blica de Jeft&eacute;, donde de hecho   se  da tal intervenci&oacute;n, sigue m&aacute;s bien caos que paz.</p>     <p align="justify">&iquest;Qu&eacute;  balance se puede sacar de la relaci&oacute;n entre estos textos con   la  doctrina que hemos visto en los <i>Two  Tracts</i>? En dichos tratados   tempranos,  as&iacute; como en los textos sobre la tolerancia que discutir&eacute;   m&aacute;s  adelante, hay una concepci&oacute;n de la conciencia que -correcta o   incorrecta-  es al menos coherente y claramente identificable. En contraste,   aqu&iacute;  se trata de un concepto bastante m&aacute;s elusivo: tal como se   suele  notar respecto de las referencias a la ley natural, las referencias   a  la conciencia, en los <i>Two Treatises</i>, parecen apuntar a algo por todos   conocido,  que no requiere justificaci&oacute;n ni explicaci&oacute;n. Con todo, y si   bien  de un modo menos sistem&aacute;tico, nuestras conclusiones se pueden   ver  reforzadas: la conciencia no desempe&ntilde;aba un papel fundamental   en  la obra temprana, y tampoco lo desempe&ntilde;a aqu&iacute;. Y si bien hay aspectos   importantes  en que vemos una evoluci&oacute;n, la posici&oacute;n de los dos   textos  no es mutuamente excluyente: los <i>Two  Tracts </i>llamaban a seguir   la  conciencia s&oacute;lo cuando toda otra ley calla; lo que ocurre en los <i>Two Treatises </i>de ning&uacute;n  modo elimina tal precepto, sino que muestra   algo  m&aacute;s de sensibilidad por las ocasionas en que las otras leyes, si   bien  no callan, se anulan mutuamente. Ah&iacute; se nos llama a actuar en   conciencia;  esta sigue siendo un lugar bastante marginal.</p>     <p align="justify"><b>La  conciencia en el desarrollo de la filosof&iacute;a moral</b> <b>y  la epistemolog&iacute;a de Locke</b></p>     <p align="justify">Lo  que hemos visto a partir de escritos pol&iacute;ticos de 1661-1662 y   1685-1689,  lo veremos a continuaci&oacute;n sobre otras materias en escritos   de  1663-1664 y 1677-1689. Pues de modo paralelo a su presencia en   los  escritos pol&iacute;ticos, los escritos de filosof&iacute;a moral y epistemolog&iacute;a   de Locke -en particular los <i>Essays on the Law of  Nature </i>y el <i>Essay</i> <i>Concerning Human Understanding</i>-  nos hablan de la conciencia. A   diferencia  de los textos que ya hemos visto, en los cuales el problema   central  es el de la relaci&oacute;n entre la conciencia y la obligaci&oacute;n pol&iacute;tica,   en  los ensayos sobre la ley natural Locke usa el t&eacute;rmino para designar   un  conocimiento moral, pero casi siempre de un modo que est&aacute; vinculado   tambi&eacute;n  a un conocimiento respecto de Dios. En ocasiones se   trata  de que la conciencia sirve de v&iacute;a de acceso al conocimiento sobre   Dios  -aunque Locke refiere tal opini&oacute;n m&aacute;s bien con escepticismo   (2007  55)-, mientras que en otros casos se trata de que la conciencia   y  el conocimiento de Dios pueden cumplir una misma funci&oacute;n antianarquista.   As&iacute;,  en el primero de los ensayos, Locke se pregunta si   acaso  el hombre est&aacute; sin ley en este mundo, y responde que &quot;nadie   pensar&aacute;  as&iacute;, si ha reflexionado acerca de Dios omnipotente, el invariable   consenso  de los hombres en todo tiempo y lugar, o incluso sobre s&iacute;   mismo  o su conciencia&quot; (<i>id. </i>109).  Conocer a Dios <i>o </i>a la  conciencia nos   mostrar&iacute;a  que estamos sujetos a una ley. Pero lo que queda en duda   en  estos ensayos es precisamente que estos dos tipos de conocimiento   se  encuentren universalmente difundidos. Locke afirma, ciertamente,   que  debemos fijarnos, no en el modo en que los hombres de hecho act&uacute;an,   sino  en lo que ocurre en sus almas, donde la ley natural negada   por  sus actos aparece &quot;reconocida por sus conciencias, y los mismos   hombres  que act&uacute;an perversamente sienten rectamente&quot; (<i>id. </i>167). Pero   en  el mismo contexto apunta que ah&iacute; donde se realiza una acci&oacute;n viciosa,   pero  positivamente incorporada en las costumbres del propio   pueblo,  esto ocurre sin remordimientos de conciencia (<i>id. </i>169).</p>     <p align="justify">La  idea de que la ausencia de remordimientos demuestra que   no  hay tal cosa como una conciencia, es, en efecto, algo que Locke   sostendr&aacute;  como argumento concluyente, no s&oacute;lo en estos tempranos   ensayos,  sino tambi&eacute;n en las pol&eacute;micas a las que diera lugar su obra   de  madurez (<i>cf. </i>1887 40).  Pero esto se unir&iacute;a, en el <i>Essay Concerning</i> <i>Human Understanding</i>, a otras  tesis que ya entre los primeros lectores   de  Locke causaron fuerte reacci&oacute;n (&#91;<i>Correspondence</i>&#93; IV, cartas 1301   y  1309). En <i>Essay </i>II  28 &sect;7-12, la ley es dividida en ley divina, civil y   filos&oacute;fica;  la primera es medida del pecado y del deber, la segunda,   medida  de los cr&iacute;menes y de la inocencia, y la tercera. medida de la   virtud  y del vicio. Pero precisamente esta tercera, la que Locke llama   filos&oacute;fica,  es algo que no puede identificarse con una ley natural   com&uacute;n  a los pueblos, ni con una voz de la conciencia, sino que los   nombres  &#39;virtud&#39; y &#39;vicio&#39; s&oacute;lo designan &quot;aquellas acciones que, seg&uacute;n   cada  pa&iacute;s y sociedad, gozan de reputaci&oacute;n y descr&eacute;dito&quot; (1975 II 28 &sect;10).   En  este aspecto, sus lecturas de viajes lo hab&iacute;an vuelto un antrop&oacute;logo   cultural  esc&eacute;ptico, capaz de citar abundantes ejemplos de lo que en   distintas  culturas es realizado &quot;sin un toque de conciencia&quot; (<i>touch of</i> <i>conscience</i>), &quot;remordimiento&quot; ni  &quot;escr&uacute;pulos&quot; (<i>id. </i>I 2 &sect;10).  Tal posici&oacute;n   es  sostenida de manera consistente desde el comienzo del ensayo, en   el  contexto de la discusi&oacute;n sobre la ausencia de principios pr&aacute;cticos   innatos.  Si la existencia de la conciencia fuese prueba de que existen   tales  principios, escribe, &quot;los principios innatos podr&iacute;an ser contrarios   entre  s&iacute;, dado que algunos hombres buscan con un mismo empe&ntilde;o de   conciencia  (<i>bent of conscience</i>) lo que otros evitan&quot; (<i>id. </i>I 2 &sect;8).</p>     <p align="justify">Pero  el t&eacute;rmino conciencia aqu&iacute; ni desaparece ni tiene un sentido   del  todo distinto del que ten&iacute;a en la obra temprana. Pues en el <i>Essay</i>,   Locke  deja caer una definici&oacute;n de la conciencia similar a la que hab&iacute;a   presentado  en los <i>Two Tracts</i>:  &quot;una opini&oacute;n o juicio respecto de la depravaci&oacute;n   o  rectitud moral de nuestras propias acciones&quot; (1975 I 2 &sect;8).   Pero  aqu&iacute;, m&aacute;s claramente que en la obra temprana, esto implica una   aclaraci&oacute;n  respecto de lo que la conciencia <i>no </i>ser&iacute;a. Tal aclaraci&oacute;n,   sin  embargo, no la encontramos en la obra misma, sino en las notas   que  Locke hiciera al margen de un escrito cr&iacute;tico de Thomas Burnet   sobre  el <i>Essay</i>. Este  ciertamente no es un cr&iacute;tico a la altura de Locke,   pero  su pregunta viene al caso: lo que Burnet echa en falta es que, si la   conciencia  es definida exclusivamente como tal juicio, debe haber otra   instancia  que sea la regla o medida del juicio. El mismo Burnet apela   a  una &quot;conciencia natural&quot;, t&eacute;rmino equivalente a la sind&eacute;resis de los   medievales.  Pero precisamente porque ocupa el t&eacute;rmino conciencia   para  designar esas dos instancias distintas, a Locke le resulta f&aacute;cil responder   enrostr&aacute;ndole  incapacidad para entender la funci&oacute;n espec&iacute;fica   de  la conciencia (1887 38-39). Con todo, la superioridad intelectual de   Locke  sobre su contradictor podr&iacute;a aqu&iacute; f&aacute;cilmente ocultar el hecho   de  que este no recibe respuesta a la pregunta planteada, sino s&oacute;lo una   enf&aacute;tica  repetici&oacute;n del papel al que Locke limita la conciencia: &quot;no el   hacer  una distinci&oacute;n entre el bien y el mal, sino s&oacute;lo el juzgar si una   acci&oacute;n  es conforme a lo que ella tiene por regla del bien y del mal&quot;   (<i>id. </i>35). Si acaso Locke da en otro lugar  una respuesta clara respecto de   cu&aacute;l  sea dicha regla, es por supuesto algo muy discutido y discutible,   a  pesar de la amplia literatura que lo presenta como no problem&aacute;tico,   como  un iusnaturalista. Por lo dem&aacute;s, esta concepci&oacute;n de la conciencia   es  algo a lo que ni siquiera el propio Locke se atiene estrictamente.   En  una nota de 1698, escribe que &quot;un arador analfabeto no es tan ignorante   como  para carecer de una conciencia, la cual, en los pocos   casos  en que es relevante para su actuar, le dice lo que es correcto y   lo  que est&aacute; mal&quot; (1997 347). Ah&iacute; est&aacute; hablando sobre la conciencia,   no  s&oacute;lo como un <i>juicio </i>sobre  actos concretos, sino como una <i>fuente</i> de  conocimiento moral. Esto da algo de ambig&uuml;edad a lo que he expuesto,   pero  confirma, por otra parte, el recurso a la conciencia como   estrategia  para salir de situaciones o preguntas conflictivas.</p>     <p align="justify"><b>Conciencia  y libertad de conciencia en los escritos</b> <b>sobre  la tolerancia</b></p>     <p align="justify">Sigue  habiendo, sin duda, tensiones entre lo que Locke sostiene   en  sus escritos pol&iacute;ticos y en sus escritos de filosof&iacute;a te&oacute;rica, pero hay   una  misma tendencia a mantener y marginalizar la conciencia. Ahora   bien,  hay dos lugares en los que esto podr&iacute;a haber adquirido un perfil   m&aacute;s  decidido, y donde Locke podr&iacute;a haber buscado dar coherencia   definitiva  a su doctrina sobre la conciencia. El primero hubiera sido   una <i>&Eacute;tica</i>; pero,  como sabemos, su prop&oacute;sito en este sentido no se   cumpli&oacute;  (<i>cf. </i>Marshall  263). El otro lugar adecuado habr&iacute;an sido sus escritos   teol&oacute;gicos. <i>The Reasonableness  of Christianity </i>tiene discusiones   sobre  contribuciones espec&iacute;ficamente cristianas a la &eacute;tica, y sus par&aacute;frasis   y  comentarios a varias cartas paulinas habr&iacute;an dado ocasi&oacute;n   para  desarrollar este tema desde una de las fuentes principales para la   reflexi&oacute;n  sobre la conciencia. Pero tanto en <i>The  Reasonableness </i>como   en <i>A Paraphrase</i>, la conciencia brilla por su ausencia. Queda, con todo,   algo  cercano a una &eacute;tica, y son sus escritos sobre la tolerancia. En ellos   me  detendr&eacute; para hacer una revisi&oacute;n de estos problemas, examinando   sobre  todo el ensayo no publicado, y luego atender a la c&eacute;lebre carta.</p>     <p align="justify"><i>a) An  Essay Concerning Toleration</i><i>&nbsp;</i></p>     <p align="justify">El <i>Essay Concerning Toleration </i>es el primer producto de la cercan&iacute;a   de  Locke a Shaftesbury. A diferencia de la c&eacute;lebre <i>Epistola de</i> <i>Tolerantia</i>, escrita  posteriormente, el ensayo no comienza con el t&eacute;rmino   tolerancia,  sino que se refiere a &quot;la cuesti&oacute;n relativa a la libertad   de  conciencia&quot; (Locke 2006 269), que se discut&iacute;a en ese momento.   Pero  al redactar este texto, Locke parece haber considerado equivalentes   los  t&eacute;rminos, ya que, en el primer borrador del ensayo, la misma   l&iacute;nea  habla de &quot;la cuesti&oacute;n de la tolerancia&quot; (<i>id. </i>303). En efecto, en   ambos  textos -el <i>Ensayo </i>y  la <i>Carta</i>- la  tolerancia, no la libertad de   conciencia,  es la expresi&oacute;n que gu&iacute;a la discusi&oacute;n. As&iacute;, la primera l&iacute;nea   del  ensayo es un indicio de que Locke sigue una tendencia de su   &eacute;poca  a usar de modo intercambiable los dos t&eacute;rminos. Tal ausencia   de  distinci&oacute;n ha de ser lamentada, pues, por una parte, hace perder a   la  tolerancia el componente de rechazo que le es esencial -se tolera lo   que  se percibe como malo (Forst 32-34)-, y, por otra, dificulta determinar   si  un autor ha discutido meramente sobre la permisibilidad de   algo,  o si, de manera positiva, ha defendido la libertad de conciencia   como  un bien -tesis, esta &uacute;ltima, que Schochet ha defendido como   una  innovaci&oacute;n lockeana-.<a href="#pie9" name="spie9"><sup>9</sup></a></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Ahora  bien, &iquest;qu&eacute; papel desempe&ntilde;a la conciencia en esta temprana   discusi&oacute;n  acerca de la libertad de conciencia o la tolerancia? As&iacute; como   la  autoridad para imponer es mencionada en el ensayo como la gran   prerrogativa  de los gobernantes, la libertad de conciencia es tratada como &quot;el gran  privilegio de los s&uacute;bditos&quot; (Locke 2006 280). &iquest;Respecto   de  qu&eacute; tienen tal privilegio? Tal como en los textos tempranos, en   este  ensayo y en la posterior carta, la distinci&oacute;n entre lo necesario y   lo  indiferente desempe&ntilde;a un importante papel. Pero, adem&aacute;s de esto,   hay  en el ensayo una subdivisi&oacute;n tripartita del actuar humano que   sirve  para trazar el campo de lo tolerable. Hay a) opiniones puramente   especulativas  y acciones relativas al culto a Dios (que no dicen relaci&oacute;n   alguna  con la sociedad), b) acciones que guardan relaci&oacute;n con   la  vida social del hombre, pero que por su propia naturaleza no son   buenas  ni malas, y c) acciones que guardan relaci&oacute;n con la vida social   del  hombre y que adem&aacute;s son buenas o malas. El primer campo   es  el &uacute;nico en el que Locke, en 1667, est&aacute; dispuesto a defender una   tolerancia  ilimitada (<i>cf. id. </i>275),  y es ah&iacute; donde se encuentra la primera   menci&oacute;n  de la conciencia. Dar culto a Dios de un modo u otro,   seg&uacute;n  el rito de los cat&oacute;licos o el de los calvinistas, es algo que &quot;si es   hecho  con sinceridad y siguiendo a la conciencia (<i>out  of conscience</i>)&quot;,   no  me puede hacer peor s&uacute;bdito ni peor conciudadano, afirma Locke   (<i>id. </i>274). Pero hay que recordar que tal  libertad para un actuar por   conciencia  se encuentra aqu&iacute; dada por la peculiar caracterizaci&oacute;n que   Locke  hace de este conjunto de acciones: est&aacute; tratando de opiniones   puramente  especulativas y de partes del culto divino, que &quot;de ning&uacute;n   modo  se relacionan con el gobierno, ni con la sociedad&quot; (<i>id. </i>271). Con   eso  se inserta, pero de un modo singular, en la tendencia, fuertemente   impulsada  por autores como Erasmo (Remer 74-75), a considerar lo   especulativo  como indiferente. La indiferencia consiste aqu&iacute; simplemente   en  que lo te&oacute;rico (esto es, las creencias respecto de Dios) no   guarda  relaci&oacute;n alguna con la sociedad. Tal vez no existan creencias   tan  indiferentes, como lo asume Locke. Pero al menos est&aacute; claro que   esta  primera menci&oacute;n positiva de la conciencia no dice nada sobre lo   que  ser&iacute;a una apelaci&oacute;n a ella en cosas que nos vinculen a los restantes   seres  humanos -esto es, no dice a&uacute;n nada sobre su papel en el pensamiento   pol&iacute;tico  de Locke-.</p>     <p align="justify">Para  encontrar algo al respecto, hay que dirigir la mirada al siguiente   conjunto  de acciones, las que en s&iacute; mismas no son buenas ni   malas,  pero s&iacute; afectan la vida social. Tal categor&iacute;a de lo indiferente se   encuentra  en este texto -a diferencia de lo que ocurre en las obras publicadas-   asombrosamente  ampliada por Locke, al extenderse desde   el  comer o no comer pescado hasta las concepciones rivales sobre el   divorcio  o la poligamia (Locke 2006 275-276, 289)<a href="#pie10" name="spie10"><sup>10</sup></a>. En todo esto hay   tambi&eacute;n  tolerancia, si bien bajo la condici&oacute;n de que no se perturbe la   paz  del Estado, ni se cause gran inconveniente. Con todo, Locke se   apura  a aclarar que &quot;ninguna de estas opiniones tiene derecho a tolerancia   por  el motivo de que sea una cuesti&oacute;n de conciencia&quot; (<i>id. </i>276).   Esto  no puede ser as&iacute;, escribe Locke, porque &quot;la conciencia, o una convicci&oacute;n   (<i>persuasion</i>) sobre la materia,  no puede de modo alguno ser   la  medida por la que el gobernante d&eacute; forma a sus leyes, las que deben   acomodarse  al bien de todos sus s&uacute;bditos, no a las convicciones de una   parte&quot;  (<i>ibid.</i>). Como  advierte a continuaci&oacute;n, &quot;no hay nada tan indiferente&quot;   como  para que el escr&uacute;pulo de alguno no se detenga ante ello   -preocupaci&oacute;n  que arrastra desde los <i>Tracts</i>-, y, por tanto, tolerar que   se  abstengan de todo aquello ante lo cual sus conciencias los frenan,   &quot;ser&iacute;a  quitar todas las leyes civiles&quot; (<i>ibid.</i>). En este segundo conjunto   de  acciones estamos pues en un campo -el de lo indiferente- en el   que  hay libertad para la conciencia, pero no porque las acciones correspondientes   guarden  relaci&oacute;n con ella, sino sencillamente porque   la  materia es indiferente; e incluso dentro de eso hay l&iacute;mites, porque,   mediante  algo indiferente, tambi&eacute;n podr&iacute;a perturbarse la paz civil.   Pero  no es s&oacute;lo la conciencia del s&uacute;bdito la que es as&iacute; descartada como   fuente  de la libertad, sino que lo mismo ocurre con la conciencia del   gobernante.  En sus actos personales, afirma Locke, el gobernante est&aacute;   &quot;obligado  a someterse al dictado de su conciencia&quot;, pero no en sus   actos  como gobernante (<i>id. </i>277),  porque respecto de sus actos personales   ser&aacute;  juzgado por Dios seg&uacute;n haya seguido su conciencia, pero   respecto  de sus actos como gobernante ser&aacute; juzgado -&iquest;tambi&eacute;n por   Dios?-  seg&uacute;n los haya ajustado al fin propio del gobierno: la preservaci&oacute;n   y  la paz de su pueblo.<a href="#pie11" name="spie11"><sup>11</sup></a></p>     <p align="justify">Conviene,  por un segundo, detenerse a evaluar la continuidad y   evoluci&oacute;n  respecto del Locke autoritario. Si bien hay cambios significativos,   puesto  que el gobernante deja de tener jurisdicci&oacute;n sobre   cosas  indiferentes o especulativas <i>que no  guarden ninguna relaci&oacute;n</i> <i>con la vida pr&aacute;ctica y social de los hombres</i>, en lo restante, la continuidad   con  el Locke joven es en realidad sorprendente. Pero lo   decisivo  es precisamente lo restante: nuestra vida pr&aacute;ctica en cuanto   tiene  influencia sobre la vida de los dem&aacute;s seres humanos. Tambi&eacute;n   ah&iacute;,  es cierto, hay un cambio respecto de los <i>Two  Tracts</i>, por cuanto el criterio dado por el  nuevo fin asignado al gobierno limita no s&oacute;lo   al  ciudadano, sino tambi&eacute;n al gobernante. Pero el cambio consiste,   entonces,  no en una ampliaci&oacute;n de la consideraci&oacute;n tenida por la conciencia,   sino  en que tambi&eacute;n la del gobernante se vea limitada. Desde   luego  que con eso la del s&uacute;bdito puede en algunos casos encontrarse   m&aacute;s  a salvo, pero no porque ella misma sea objeto de consideraci&oacute;n,   sino  por la v&iacute;a indirecta de limitar la del gobernante.</p>     <p align="justify">&iquest;Hay  lugar en este esquema para la objeci&oacute;n de conciencia? &iquest;Qu&eacute;   debe  hacer el s&uacute;bdito si su conciencia le impide seguir un dictamen del   magistrado  en materias que son en s&iacute; mismas indiferentes? La posici&oacute;n   de  Locke es que, en tal escenario de conflicto, los s&uacute;bditos deber&aacute;n   seguir,  no al gobernante, sino a sus conciencias, &quot;hasta donde pueda   hacerse  sin violencia&quot;, pero, adem&aacute;s, &quot;aceptando pac&iacute;ficamente los castigos   que  la ley penal imponga a tal desobediencia&quot; (Locke 2006 279).   Lo  permitido es, pues, una desobediencia pasiva y dispuesta a cargar   con  las consecuencias. A ojos de Locke, tal respuesta al dilema tiene   la  ventaja de permitir al s&uacute;bdito mantener en pie cada una de sus   lealtades:  ser leal a Dios siguiendo su conciencia, y ser leal al rey someti&eacute;ndose   al  castigo. En cambio, quien no est&aacute; dispuesto a poner en   juego  su propiedad, su libertad o su misma vida, &quot;s&oacute;lo finge estar actuando   en  conciencia&quot; (<i>only pretends conscience</i>) y busca en realidad   alg&uacute;n  otro fin mundano (<i>id. </i>279-280).  La idea rom&aacute;ntica, seg&uacute;n la cual   todo  lo que ocurre bajo el t&iacute;tulo de conciencia debe dotarse de inmunidad,   es  pues una idea tan ajena al Locke temprano como al maduro.   Pero  este llamado a obrar en conciencia, aunque implique traer castigo   sobre  el agente, se presta, en un autor como Locke, para una segunda   lectura.  Pues precisamente cuando escribe esto, &eacute;l est&aacute; comenzando a   desarrollar  una moral hedonista seg&uacute;n la cual nadie elige voluntariamente   pasar  por el dolor: de donde parece seguirse que nadie optar&aacute;   por  actuar en conciencia, en la situaci&oacute;n descrita por Locke.</p>     <p align="justify">Queda  un tercer conjunto de acciones, aquellas que en s&iacute; mismas   son  buenas o malas. &iquest;Qu&eacute; decir sobre el papel de la conciencia en   materias  propiamente morales? Ni para Locke ni para nadie resulta   problem&aacute;tico  decir que la conciencia se encuentra especialmente   presente  en este campo. Los problemas podr&iacute;an m&aacute;s bien comenzar   cuando  preguntamos con qu&eacute; campo de la vida humana se relacionan   estas  acciones propiamente morales, porque para Locke es fundamental   una  estricta delimitaci&oacute;n y separaci&oacute;n de Iglesia y Estado,   separaci&oacute;n  que naturalmente llevar&aacute; a la pregunta respecto del campo   al  que le compete la preocupaci&oacute;n por la moral. Mi tesis es que   no  hay una respuesta uniforme de Locke a dicha pregunta, pero su   pensamiento  s&iacute; es uniforme en cuanto a no dar lugar a la conciencia   all&iacute;  donde pueda causar conflicto. Aqu&iacute;, en el <i>Ensayo</i>, la cuesti&oacute;n   se  resuelve estableciendo un fuerte v&iacute;nculo de la moral (y as&iacute; de la   conciencia)  con la religi&oacute;n. La moral es &quot;la parte vigorosa y activa de   la  religi&oacute;n, y en ella la conciencia est&aacute; muy fuertemente implicada&quot;   (Locke  2006 280). Locke afirma expresamente esto respecto de la segunda   tabla  de la ley -que equipara con &quot;las virtudes morales de los   fil&oacute;sofos&quot;-,  pero no con respecto a los deberes de la primera tabla, que,   seg&uacute;n  podemos suponer, considera suficientemente cubiertos por el   primer  &iacute;tem de su clasificaci&oacute;n tripartita del actuar humano. Tambi&eacute;n   el  gobernante, seg&uacute;n escribe a continuaci&oacute;n, puede tener que promover   ciertas  virtudes o reprimir ciertos vicios, pero s&oacute;lo en la medida   en  que perturben la paz p&uacute;blica. Si pudiese mantenerse tal paz sin que   la  moral fuese en modo alguno medio para ello, ella &quot;quedar&iacute;a en manos   de  la conciencia de su pueblo&quot; y &quot;ser&iacute;a una preocupaci&oacute;n privada   y  suprapol&iacute;tica entre Dios y el hombre&quot; (<i>id. </i>2 81). Pero e n e l primer   borrador  del mismo texto escrib&iacute;a que, si bien &quot;la convicci&oacute;n sobre   la  verdad de una opini&oacute;n, o sobre la bondad o maldad de una acci&oacute;n   obliga  a la conciencia&quot;, &quot;la preocupaci&oacute;n por el todo de la sociedad es   conferida  al poder del gobernante, y la parte moral de esta tarea est&aacute;   suficientemente  asegurada&quot; (<i>id. </i>304).  As&iacute;, el p&eacute;ndulo parece moverse   de  un lado a otro, poniendo la moral, ora en manos del gobernante,   ora  en las de la religi&oacute;n, siempre de modo tal que nada preocupante   pueda  ocurrir. En medio de eso hay preguntas que desde luego no   logran  salir a la luz, como la pregunta por el modo en que debiera   reaccionar  la conciencia si un gobernante ordena algo inmoral que <i>no </i>perturba la paz p&uacute;blica. Detr&aacute;s de  estos silencios se encuentra una   ingenuidad  (probablemente genuina), debido a la cual sostiene: &quot;la   distinci&oacute;n  entre el vicio y la virtud es perfecta, y ciertamente conocida   por  toda la humanidad&quot; (<i>ibid.</i>). En  efecto, en la versi&oacute;n final del   mismo  ensayo, Locke mantiene la idea de que las cuestiones morales   &quot;constituyen  s&oacute;lo una peque&ntilde;a parte de las disputas sobre la libertad   de  conciencia&quot; (<i>id. </i>280). En  esto ten&iacute;a tal vez raz&oacute;n respecto de su   propio  tiempo, en el que la disputa se centraba en c&oacute;mo lidiar con la   diversidad  religiosa, y no en el terreno moral. Pero sobre tal base no es   posible  hoy ser lockeano.</p>     <p align="justify">&iquest;Con  qu&eacute; balance dejamos entonces el <i>Essay  Concerning</i> <i>Toleration</i>? Locke se ha  referido a la conciencia en cada uno de los   tres  campos en que ha dividido el actuar humano. Pero en cada una   de  esas ocasiones ha sido enf&aacute;tico en cuanto a limitar su papel: en el   primer  caso ha dicho que la conciencia y la sinceridad bastan para   volver  leg&iacute;timo cualquier culto, <i>porque </i>cree que en ese campo las acciones   no  nos ponen de modo alguno en relaci&oacute;n con otros hombres;   en  el segundo caso tambi&eacute;n afirma que hay libertad para la conciencia   -pero  no porque se act&uacute;e en conciencia, sino s&oacute;lo porque la materia   en  cuesti&oacute;n es indiferente-; en el tercer caso, aunque escribe que la   conciencia  est&aacute; fuertemente implicada en las acciones morales, tal   afirmaci&oacute;n  descansa sobre la tesis de que la moral es un campo no   conflictivo.  Ninguna de estas tesis invita a ver la conciencia como   algo  en alguna medida sagrado, cuya violaci&oacute;n deba horrorizarnos.   Resulta  de hecho ins&oacute;lito que algo semejante se atribuya con frecuencia   a  Locke. Aunque algo de eso haya tal vez en la letra del texto que   consideraremos  a continuaci&oacute;n.</p>     <p align="justify"><i>b) </i><i>Epistola de Tolerantia</i> </p>     <p align="justify">En  general, la <i>Epistola de Tolerantia </i>presenta un uso m&aacute;s positivo   de  la noci&oacute;n de conciencia que el texto reci&eacute;n analizado. En un tono   que  parecer&iacute;a poder compararse al de Abelardo, Locke escribe: &quot;ning&uacute;n   camino  seguido contra mi conciencia me llevar&aacute; a las mansiones   de  los bienaventurados&quot; (1968 98). S&oacute;lo un ateo, a&ntilde;ade, podr&iacute;a seguir,   sin  hacer violencia a su conciencia, los preceptos de los diversos y recientes   gobernantes  ingleses en materia religiosa. Por convencidos   que  estemos de la verdad de nuestra religi&oacute;n, afirma en esta carta, hay   que  renunciar a la coerci&oacute;n y &quot;dejar al otro hombre consigo mismo   y  con su conciencia&quot; (<i>id. </i>100),  para as&iacute; estar m&aacute;s preocupados por la   propia  conciencia ante Dios, que por obligar a las conciencias ajenas   mediante  leyes humanas (<i>cf. id. </i>148).  Pero vale la pena preguntarse   &iquest;qu&eacute;  ocurre al analizar este texto, si lo desvestimos de su ret&oacute;rica?   &iquest;En  qu&eacute; medida este papel m&aacute;s prominente de la conciencia coincide   con  una concepci&oacute;n modificada de la misma? Despu&eacute;s de todo, lo que   escribe  Locke aqu&iacute; se enmarca tambi&eacute;n de modo fundamental en una   estrategia  de reducci&oacute;n de conflictos: si se aceptara el principio de que   nadie  debe sufrir coerci&oacute;n en materia de religi&oacute;n, escribe, &quot;se quitar&iacute;a   todo  fundamento a las querellas y tumultos por motivos de conciencia&quot;   (<i>id.</i>136). En su desd&eacute;n por tales &quot;motivos&quot;,  el lat&iacute;n de Locke resulta   en  realidad m&aacute;s claro que la traducci&oacute;n que he ofrecido aqu&iacute;. Porque   se  trata de evitar los tumultos amparados <i>nomine  conscientiae, </i>en   nombre  de la conciencia, en el t&iacute;tulo de conciencia. Tal expresi&oacute;n sigue   el  hilo que viene desde los <i>Two Tracts</i>, y que hemos visto tambi&eacute;n   en  el <i>Essay Concerning Toleration</i>, s&oacute;lo que ha cambiado la estrategia   de  domesticaci&oacute;n: en lugar de restringir la conciencia a un campo limitado   de  acci&oacute;n, ahora se le da una libertad que la deje sin pretexto   para  tumultos. Con todo, este pasaje ha sido uno de los m&aacute;s aptos para   ser  entendidos en la direcci&oacute;n inversa, pues la traducci&oacute;n inglesa que   Popple  publicara en 1689 incluye una referencia a la necesidad de que   las  iglesias ense&ntilde;en que &quot;la libertad de conciencia es un derecho natural   de todo hombre&quot; (<i>teach that liberty  of conscience is every man&#39;s</i> <i>natural right</i>) (Locke 1983 95);  pero esta l&iacute;nea se halla completamente   ausente  del original latino de Locke, tan ausente como la &quot;libertad   absoluta&quot;  que Popple reclama en su pr&oacute;logo.<a href="#pie12" name="spie12"><sup>12</sup></a></p>     <p align="justify">Ahora  bien, la sospecha de Locke sobre quienes se amparan en la   palabra  conciencia puede ser justificada en muchos casos, y esto nos   obliga  a examinar con m&aacute;s detalle el papel asignado a la conciencia en   la <i>Epistola</i>.  Lo haremos a partir del problema de la jurisdicci&oacute;n sobre   las  acciones en s&iacute; mismas malas o buenas. Aqu&iacute; se vuelve a plantear la   pregunta  del ensayo que acabamos de discutir, pero con una respuesta   que  hace expl&iacute;cita la &quot;doble filiaci&oacute;n&quot; de la moral. En efecto, Locke   comienza  afirmando que si bien la rectitud moral es &quot;una parte no menor   de  la religi&oacute;n y de la sincera piedad, tambi&eacute;n guarda relaci&oacute;n con   la  vida civil&quot; (1968 122). La salvaci&oacute;n no s&oacute;lo de las almas, sino tambi&eacute;n   de  las rep&uacute;blicas, depende de esta moralidad, &quot;y, por lo tanto, las acciones   morales  pertenecen a ambos tribunales, tanto al externo como al   interno&quot;  (<i>ibid.</i>). Tal  respuesta se vincula de un modo muy directo con   uno  de los t&oacute;picos centrales de la <i>Epistola</i>, la separaci&oacute;n entre Iglesia   y  Estado. Locke advierte que en ello se ha de poner cuidado, porque   si  se violan los l&iacute;mites antes establecidos, surgir&aacute; una contienda entre   el  guardi&aacute;n de la paz y el guardi&aacute;n del alma. Pero es dif&iacute;cil ver   cu&aacute;les  ser&iacute;an en este caso los l&iacute;mites, cuando Locke est&aacute; afirmando   que  estamos ante una materia que cae bajo una doble jurisdicci&oacute;n. El   pasaje  resulta m&aacute;s oscuro a&uacute;n si se considera que s&oacute;lo uno de los dos   tribunales  es exterior: no son sencillamente Estado e Iglesia los que se   reparten  la materia moral, sino, seg&uacute;n las palabras textuales de Locke,   el  gobernante y la conciencia. &iquest;Son coextensivos estos campos: la esfera   de  la conciencia y la esfera de la Iglesia? En el m&aacute;s fino an&aacute;lisis   que  se ha hecho de este pasaje, John Perry nota que &quot;Locke ha evitado   cuidadosamente  describir al imaginario objetor de conciencia en t&eacute;rminos   religiosos&quot;  (Perry 279). Perry llama adem&aacute;s la atenci&oacute;n sobre un   pasaje  paralelo en los <i>Critical Notes </i>sobre Stillingfleet, donde L ocke   est&aacute;  dedicado a redefinir la religi&oacute;n de un modo tal que en ella se trate <i>s&oacute;lo </i>de &quot;acciones referidas a Dios que no  guarden relaci&oacute;n con mi pr&oacute;jimo,   ni  con la sociedad civil, ni con mi propia preservaci&oacute;n&quot; (Locke   2002  74; discutido en Perry 278-279). Si la religi&oacute;n no guarda relaci&oacute;n   con  nada de esto, entonces las palabras de Locke deben ser tomadas de   modo  literal y en sentido excluyente: es la conciencia, no la religi&oacute;n, la   que  se reparte con la autoridad pol&iacute;tica la preocupaci&oacute;n por la moral.</p>     <p align="justify">Se  puede reforzar esto a&uacute;n m&aacute;s si volvemos al <i>Essay  Concerning</i> <i>Toleration </i>y a la preocupaci&oacute;n  que Locke muestra ah&iacute; por la formaci&oacute;n   de  la conciencia. Porque all&iacute; se encuentra, hasta donde he podido   constatar,  la &uacute;nica referencia en toda la obra de Locke a la necesidad de   que  el hombre se preocupe por la formaci&oacute;n de su propia conciencia.   Pero  el punto en que Locke se centra con exclusividad es el riesgo de   que  estemos tomando por necesario lo que en realidad es indiferente.   Al  respecto, escribe que tanto el gobernante como el hombre privado   deben  cuidarse para que su conciencia no los haga errar (Locke   2006  280). Pero no hay referencia de Locke a la posibilidad contraria,   es  decir, que estemos tomando por indiferente lo que en realidad es   necesario,  ni tampoco al papel que en la formaci&oacute;n de tal conciencia   podr&iacute;a  tener alguna instancia distinta del hombre privado o del gobernante.   Locke  ha logrado la supervivencia de la conciencia gracias a   su  total aislamiento respecto de cualquier otra instancia.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>Conclusiones</b></p>     <p align="justify">La  historia de la noci&oacute;n de conciencia moral merece un estudio   tan  detenido como la de la libertad de conciencia. A lo largo de dicha   historia,  la reflexi&oacute;n filos&oacute;fica se ha visto constantemente asediada   por  la concepci&oacute;n de la conciencia como un or&aacute;culo distinto de la   raz&oacute;n:  San Jer&oacute;nimo la describ&iacute;a como un &aacute;guila que sobrevuela todas   las  partes del alma, incluida la raz&oacute;n, para corregirlas cuando desvar&iacute;an.   En  los siglos anteriores a Locke, tal concepci&oacute;n de la conciencia,   si  bien no desterrada, es mantenida a raya mediante discusiones sobre   si  es un h&aacute;bito, un acto, una parte espec&iacute;fica del alma o un acto de otra   parte  de ella, etc., preguntas que, fueran cu&aacute;les fueran las respuestas   de  cada autor, permit&iacute;an mantener un v&iacute;nculo entre la raz&oacute;n y la   conciencia  moral. En la &eacute;poca del propio Locke, en cambio, conviven <i>grosso modo </i>dos tendencias. Por  una parte, el <i>establishment </i>anglicano,   que  mantiene -con diversas variaciones- la discusi&oacute;n escol&aacute;stica,   pero  que la combina con intentos (tampoco muy originales) de forzar   la  conformidad con la religi&oacute;n oficial. Por otra parte, la posici&oacute;n de   quienes  siguen m&aacute;s bien la concepci&oacute;n de la conciencia como or&aacute;culo   -los  que he descrito como &quot;entusiastas&quot;- y que combinan esto   con  una defensa de la libertad de conciencia. Locke puede ser descrito   como  un autor que busca escapar a esta disyuntiva, defendiendo   con  el segundo grupo la libertad de conciencia, pero sum&aacute;ndose al   primero  en un prudente recelo ante los or&aacute;culos.</p>     <p align="justify">&iquest;Pero  se trata de una v&iacute;a media lograda? Si con ello nos referimos   a  una v&iacute;a media en la que se mantenga en pie una concepci&oacute;n   robusta  de la conciencia, la respuesta tendr&aacute; que ser negativa. M&aacute;s   bien  tendremos que concluir, con James Tully, que la epistemolog&iacute;a y   la  filosof&iacute;a pol&iacute;tica nacientes en Locke consist&iacute;an en un arte que tiende   a  reemplazar a la conciencia (<i>cf. </i>Tully 13). Porque no parece que se   pueda  adherir de modo cabal a la com&uacute;n afirmaci&oacute;n seg&uacute;n la cual   habr&iacute;a  una inconsistencia entre el Locke &quot;pol&iacute;tico&quot;, que basa su teor&iacute;a   en  la conciencia, y el Locke &quot;fil&oacute;sofo&quot;, que desmantela la apelaci&oacute;n a   ese  tipo de principios. Seguir el rastro a la conciencia en su obra lleva   m&aacute;s  bien a la conclusi&oacute;n de que en esto &eacute;l es m&aacute;s coherente que lo   que  creen sus lectores: ni en los escritos filos&oacute;ficos, <i>ni </i>en los pol&iacute;ticos,   la  conciencia ocupa un elevado sitial. Sus escritos han contribuido,   desde  luego, al fen&oacute;meno que acostumbramos llamar &quot;libertad de   conciencia&quot;,  pero no hay muchos puntos en que el origen de esto deba   buscarse  en un alto respeto por la conciencia misma.</p>     <p align="justify">Los  textos de Locke son, pues, razonablemente coherentes unos   con  otros. Con lo que no son coherentes es con la imagen que tenemos   del  papel de la conciencia en el liberalismo. El tono a ratos liberador   y  radical de Locke no nos debe cegar aqu&iacute; al fort&iacute;simo componente   de  sumisi&oacute;n que encontramos p&aacute;gina tras p&aacute;gina: tanto los escritos   filos&oacute;ficos  como los pol&iacute;ticos trabajan en la direcci&oacute;n de mantener la   conciencia,  pero asign&aacute;ndole un lugar inofensivo; ella sigue disponible   en  el inventario conceptual, pero como aquello a lo cual se acude   para  resolver conflictos, es decir, tan revolucionaria como una v&aacute;lvula   de  escape. Pero esto significa que Locke no logr&oacute; deshacer del todo   la  concepci&oacute;n entusiasta de conciencia que siempre lo irrit&oacute;. As&iacute;, en   lugar  de modificar dicha concepci&oacute;n de la conciencia, intent&oacute; controlarla   al  darle un lugar limitado, un restringido campo de acci&oacute;n en el   que  no pudiera causar problemas. En esto los <i>Two  Tracts </i>no son un   texto  &quot;pre-lockeano&quot;, sino que nos introducen a lo que ser&aacute; la posici&oacute;n   de  este autor tambi&eacute;n en su obra madura. Si acaso este tipo de exorcismo   logra  ser exitoso, o si la conciencia entusiasta no acaba finalmente   saliendo  de su encierro, es una pregunta que el tipo de apelaci&oacute;n a la   conciencia  que encontramos en las sociedades liberales herederas de   Locke  nos obliga a volver a abrir.</p> <hr size="1">     <p align="justify"><a href="#s*" name="*"><sup>*</sup></a>  El presente trabajo es parte de una investigaci&oacute;n financiada por el Fondo  Nacional de   Desarrollo  Cient&iacute;fico y Tecnol&oacute;gico, FONDECYT, proyecto n.&ordm; 11090189. &quot;La distinci&oacute;n   entre  cosas indiferentes (adiaphora) y necesarias: un paradigma de la modernidad   temprana  en la obra de Melanchthon y Locke&quot;. Agradezco la lectura cr&iacute;tica de Daniel   Mansuy,  Enzo Solari y Andr&eacute;s Vergara.</p>     <p align="justify"><a href="#spie1" name="pie1"><sup>1</sup></a> Al respecto v&eacute;ase Nederman (1996 y 2000) para la discusi&oacute;n medieval, Remer para  el renacimiento  y Murphy para una relectura del siglo XVII.</p>     <p align="justify"><a href="#spie2" name="pie2"><sup>2</sup></a> Normalmente, tal problema surge m&aacute;s bien en torno a la noci&oacute;n de ley natural  (v&eacute;ase   por  ejemplo Laslett, en Locke 1988 79-92). Pero si la consistencia de Locke es  abordada   desde  el no muy alejado tema de la conciencia, los problemas que surgen son los   mismos.  Se llega a encontrar a autores que celebran &quot;el legado de Locke&quot; por haber   &quot;deconstruido  la conciencia&quot; y &quot;simult&aacute;neamente haber defendido la libertad de la   misma&quot;,  por haber librado a la libertad de la conciencia del &quot;sospechoso concepto de conciencia&quot;  (<i>cf. </i>Andrew  91).</p>     <p align="justify"><a href="#spie3" name="pie3"><sup>3</sup></a> Resulta aqu&iacute; de importancia precisar la naturaleza de dicho autoritarismo, que  tiene   significativas  diferencias respecto del autoritarismo del <i>establishment </i>anglicano.   Rose  ha mostrado que, con todo lo que ambos autoritarismos tienen en com&uacute;n, se   diferencian  en que Locke ya en esta obra temprana defiende una coerci&oacute;n que s&oacute;lo   busca  conformidad externa, que anula toda diferencia entre <i>adiaphora </i>civiles y religiosos,   y  que quita todo papel de importancia a los cl&eacute;rigos. Si en el presente art&iacute;culo   sostengo  una continuidad entre las distintas etapas del pensamiento de Locke, se   trata  precisamente de una continuidad del Locke &quot;liberal&quot; respecto de <i>este </i>autoritarismo.   Se  trata, de hecho, de a&ntilde;adir a la lista de Rose una determinada concepci&oacute;n de la  conciencia.</p>     <p align="justify"><a href="#spie4" name="pie4"><sup>4</sup></a> No faltan antes las invitaciones a usar esta categor&iacute;a para resolver problemas  conflictivos.   V&eacute;ase,  por ejemplo, c&oacute;mo Buenaventura, en <i>In Sent</i>.  II d. 39 a. 1 q. 3 afirma   que  hay obligaci&oacute;n de seguir la conciencia err&oacute;nea, pero s&oacute;lo en el campo de lo  indiferente   (<i>praeter legem Dei</i>). Tal  propuesta es rechazada por Tom&aacute;s de Aquino en <i>Ver</i>.   q.  17 a. 4 Pero el motivo del rechazo se puede resumir precisamente en el hecho de   que  Tom&aacute;s de Aquino no posee una concepci&oacute;n rom&aacute;ntica de la conciencia: afirmar   que  hay que seguirla siempre, responde a Buenaventura, no implica afirmar que eso   volver&aacute;  buena la acci&oacute;n que se sigue de ella. Entonces resulta innecesario limitar el   deber  de seguirla a una categor&iacute;a de acciones indiferentes; debe, por el contrario,   ser  seguida tambi&eacute;n en acciones que en s&iacute; mismas son malas. Aunque eso -he ah&iacute; el punto  antientusiasta- no har&aacute; buena la acci&oacute;n.</p>     <p align="justify"><a href="#spie5" name="pie5"><sup>5</sup></a> Para el papel desempe&ntilde;ado por la idea de art&iacute;culos fundamentales en el paso a  la   Ilustraci&oacute;n,  v&eacute;ase Klauber, quien lo discute en relaci&oacute;n a Jean LeClerc, uno de los   principales  difusores de Locke en el continente. El v&iacute;nculo de Locke con esta idea   se  acent&uacute;a si se considera adem&aacute;s de LeClerc a van Limborch. Al respecto, v&eacute;ase Svensson.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#spie6" name="pie6"><sup>6</sup></a> La diferencia entre las dos definiciones no ha sido notada con anterioridad y  puede   parecer  implausible, dado que a&uacute;n nos encontramos en tratados emparentados y  pertenecientes   a  una misma etapa. Con todo, y a prop&oacute;sito de otros detalles, un ocasional   cambio  de tono entre los dos <i>Tracts </i>ya  ha sido detectado por Marshall (<i>cf. </i>45),  quien tambi&eacute;n ha documentado las lecturas de Locke entre los dos tratados,  lecturas a las   que  se podr&iacute;a deber tal cambio. Yolton (<i>cf. </i>49)  nota que al menos las dos definiciones   se  distinguen en que la segunda vincula la conciencia m&aacute;s exclusivamente con   cuestiones  morales.</p>     <p align="justify"><a href="#spie7" name="pie7"><sup>7</sup></a> El v&iacute;nculo entre este texto y el del <i>First  Treatise </i>parece ser pasado por alto en toda la literatura  secundaria.</p>     <p align="justify"><a href="#spie8" name="pie8"><sup>8</sup></a> El estudio m&aacute;s incisivo es el de Rehfeld, quien llama la atenci&oacute;n respecto de  c&oacute;mo   la  narrativa de Jeft&eacute; en realidad parece contradecir punto por punto las  principales   tesis  de Locke, pues tiene no s&oacute;lo intervenci&oacute;n divina tras apelaci&oacute;n al cielo, sino   gobernantes  establecidos por la divinidad, poder legislativo delegado a terceros, permisibilidad  de parricidio, etc.</p>     <p align="justify"><a href="#spie9" name="pie9"><sup>9</sup></a> Murphy (XII) nota c&oacute;mo ambos usos del lenguaje se encuentran presentes, por  ejemplo,   en  la obra de William Penn. Pero en Locke podr&iacute;a defenderse que estamos no   s&oacute;lo  ante un uso intercambiable de los t&eacute;rminos, sino ante una (deliberada o no)   confusi&oacute;n  conceptual. Pues las primeras l&iacute;neas de la <i>Epistola </i>usan <i>tolerantia </i>como sin&oacute;nimo   de <i>charitas, mansuetudo </i>y <i>benevolentia </i>(Locke 1968 58), con  lo cual se pierde   toda  la especificidad del concepto de tolerancia como actitud ante lo percibido como   malo.  Schochet (<i>cf. </i>150-151)  sugiere que, <i>a pesar </i>del  lenguaje de Locke, estar&iacute;amos ante   una  defensa, no de la tolerancia, sino de la libertad religiosa, s&oacute;lo que  lamentablemente   no  habr&iacute;a tenido otro lenguaje a la mano. Nosotros nos inclinamos m&aacute;s bien   por  sostener que promueve un programa de mera tolerancia, pero que, por su confuso   lenguaje,  ha promovido involuntariamente la &quot;apertura&quot;, esto es, una concepci&oacute;n de  tolerancia en la que se oculta el componente de rechazo que le debe ser  esencial.</p>     <p align="justify"><a href="#spie10" name="pie10"><sup>10</sup></a> La inclusi&oacute;n del divorcio y poligamia no debe sorprender a quien conozca la  posici&oacute;n   expresada  por Locke en los <i>Two Treatises </i>(<i>cf. </i>1988 II &sect;80-81). De modo an&aacute;logo, en <i>Paraphrase </i>(<i>cf. </i>&#91;<i>Works</i>&#93;  VIII 109-110) afirma que, seg&uacute;n el sentido de San Pablo, la fornicaci&oacute;n  podr&iacute;a ser mala para los cristianos, pero indiferente para otros.</p>     <p align="justify"><a href="#spie11" name="pie11"><sup>11</sup></a> La cuesti&oacute;n acerca del fin del gobierno ha sido tradicionalmente discutida a  partir de   las  dos concepciones de propiedad que parece haber en Locke, una restringida y una   amplia  (<i>the general name of property</i>,  1988 II &sect;123); en esta &uacute;ltima, cabe vida, libertad,   etc.  Es bueno notar que en el ensayo sobre la tolerancia la cuesti&oacute;n parece  igualmente   vaga:  el fin del gobierno oscila entre, por una parte, el bien, la preservaci&oacute;n y la  paz   del  pueblo (<i>cf. </i>Locke  2006 269), y, por otra parte, &quot;riqueza y poder&quot; (<i>id. </i>290).</p>     <p align="justify"><a href="#spie12" name="pie12"><sup>12</sup></a> El punto, hasta donde he podido constatar, no ha sido incorporado en las  discusiones   sobre  la fidelidad de la traducci&oacute;n de Popple. Si bien hay consenso en que no se  trata   de  una traducci&oacute;n del todo fiel a la letra de Locke, Montuori (<i>cf. </i>149) ha defendido que   ser&iacute;a  incluso m&aacute;s original al esp&iacute;ritu del pensamiento de Locke que el texto latino.  En   el  marco de mi interpretaci&oacute;n del pensamiento de Locke, esta adici&oacute;n ser&iacute;a m&aacute;s  bien   un  indicio en sentido contrario. N&oacute;tese, por lo dem&aacute;s, que esta adici&oacute;n se  encuentra   tambi&eacute;n  en la traducci&oacute;n al castellano de Carlos Mellizo (Locke 1999). No as&iacute; en la de Rom&aacute;n  de Villafrech&oacute;s (Locke 2001).</p> <hr size="1">     <p align="justify"><b>Bibliograf&iacute;a</b></p>     <!-- ref --><p>Agust&iacute;n de Hipona. De Civitate Dei [CIV]. Turnhout: Brepols, 1955.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000071&pid=S0120-0062201100020000700001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Andrew, E. <i>Conscience and Its Critics: Protestant  Conscience, Enlightenment Reason,</i> <i>and Modern Subjectivity</i><b>. </b>Toronto: University of Toronto  Press, 2001.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000072&pid=S0120-0062201100020000700002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Bosman, P. <i>Conscience in Philo and Paul. </i>T&uuml;bingen:  Mohr Siebeck, 2003.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000073&pid=S0120-0062201100020000700003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Buenaventura  de Bagnoregio. <i>Opera theologica  selecta</i><b>. </b>Florencia: ex Typographia     Collegii  S. Bonaventurae, 1934.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000074&pid=S0120-0062201100020000700004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="verdana">Cicer&oacute;n.<i> De Re Publica, De Legibus, Cato Maior De Senectute,  Laelius De Amicitia. </i>New     York: Oxford University Press, 2006.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000075&pid=S0120-0062201100020000700005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Dunn, J. <i>The Political Thought of John Locke</i>. Cambridge: Cambridge University  Press,     1969.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000076&pid=S0120-0062201100020000700006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Forst, R. <i>Toleranz im Konflikt. Geschichte, Gehalt und Gegenwart  eines umstrittenes</i> <i>Begriffs</i>. Frankfurt am Main: Suhrkamp, 2003.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000077&pid=S0120-0062201100020000700007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Klauber, M. &quot;Between Protestant Orthodoxy and  Rationalism: Fundamental Articles     in the Early Career of Jean LeClerc&quot;<i>, Journal of the  History of Ideas </i>54/4 (1993):     611-636.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000078&pid=S0120-0062201100020000700008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Locke, J. The <i>Works of John Locke </i>&#91;<i>Works</i>&#93;, 10 vols. Londres, 1801.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000079&pid=S0120-0062201100020000700009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Locke, J. &quot;Marginalia Lockeana&quot;<i>, New Englander and  Yale Review </i>47 (1887): 33-49.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000080&pid=S0120-0062201100020000700010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Locke, J. <i>Two Tracts on Government</i>, Abrams, Ph. (ed.). Cambridge: Cambridge     University Press, 1967.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000081&pid=S0120-0062201100020000700011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Locke, J. <i>Epistola de Tolerantia</i>, Klibansky, R. y Gough, J. W. (eds.). Oxford:  Clarendon     Press, 1968.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000082&pid=S0120-0062201100020000700012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Locke, J. <i>An Essay Concerning Human Understanding</i>, Nidditch, P. (ed.). Oxford:     Clarendon Press, 1975.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000083&pid=S0120-0062201100020000700013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Locke, J. <i>The Correspondence of John Locke </i>&#91;<i>Correspondence</i>&#93;, 8 vols., Beer, E. S. (ed.).     Oxford: Oxford University Press, 1976-1989.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000084&pid=S0120-0062201100020000700014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Locke, J. &quot;A Letter Concerning Toleration&quot;. <i>John Locke on  Toleration and the Unity of</i> <i>God</i>, Montuori, M. (ed.). Amsterdam: J. C. Gieben, 1983.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000085&pid=S0120-0062201100020000700015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Locke, J. <i>Two Treatises of Government</i>, Laslett, P. (ed.). Cambridge:  Cambridge     University Press, 1988.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000086&pid=S0120-0062201100020000700016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Locke, J. <i>Political Essays</i>, Goldie, M. (ed.). Cambridge:  Cambridge University Press, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S0120-0062201100020000700017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Locke,  J. <i>Ensayo y carta sobre la tolerancia</i>,  Mellizo, C. (trad.). Madrid: Alianza, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000088&pid=S0120-0062201100020000700018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Locke,  J. <i>Carta sobre la tolerancia</i>,  de Villafrech&oacute;s, R. (trad.). Madrid: Mestas, 2001.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S0120-0062201100020000700019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Locke, J. <i>Writings on Religion. </i>Oxford: Oxford University Press, 2002.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000090&pid=S0120-0062201100020000700020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Locke, J. <i>Essay on Toleration and other Writings on Law and  Politics 1667-1683</i>, Milton,  J. R. y Milton, Ph. (eds.). Oxford: Clarendon Press, 2006. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000091&pid=S0120-0062201100020000700021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Locke, J. <i>Essays on the Law of Nature</i>, von Leyden, W. (ed.). Oxford:  Oxford University     Press, 2007.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000092&pid=S0120-0062201100020000700022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Marshall, J. <i>Resistance, Religion and Responsibility. </i>Cambridge: Cambridge University     Press, 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000093&pid=S0120-0062201100020000700023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Montuori, M. &quot;Locke&#39;s Epistola on Toleration from the  Translation of Popple to that of     Gough&quot;. <i>John Locke on Toleration and the Unity of God</i>. Amsterdam:  J. C. Gieben,     1983.  147-170.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000094&pid=S0120-0062201100020000700024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Murphy, A. <i>Conscience and Community: Revisiting  Toleration and Religious Dissent</i> <i>in Early Modern England and America</i><b>. </b>University Park: Pennsylvania State     University Press, 2001.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000095&pid=S0120-0062201100020000700025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Nederman, C. <i>Worlds of difference: European Discourses  of Toleration, c.1100 - c.1550</i><b>.</b> University Park: Pennsylvania State University Press,  2000<b>.</b>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000096&pid=S0120-0062201100020000700026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p> Nederman, C. &amp; Laursen, J. C. <i>Difference and  Dissent: Theories of Toleration in Medieval</i> <i>and Early Modern Europe. </i>Lanham, MD: Rowman &amp;  Littlefield, 1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000097&pid=S0120-0062201100020000700027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Perry, J. &quot;Locke&#39;s Accidental Church: The Letter  Concerning Toleration and the     Church&#39;s Witness to the State&quot;<b>, </b><i>Journal of Church  and State </i>47 (2005):  269-288.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000098&pid=S0120-0062201100020000700028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Potts, T. <i>Conscience in Medieval Philosophy</i>. Cambridge: Cambridge University  Press,     2002.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000099&pid=S0120-0062201100020000700029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Rehfeld, A. &quot;Jephthah, the Hebrew Bible, and John  Locke&#39;s &#39;Second Treatise of     Government&#39;&quot;, <i>Hebraic Political Studies </i>3/1 (2008): 60-93.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000100&pid=S0120-0062201100020000700030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Remer, G. <i>Humanism and the Rhetoric of Toleration</i>. University Park: Pennsylvania     State University Press, 1996.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000101&pid=S0120-0062201100020000700031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Rose, J. &quot;John Locke, &#39;Matters Indifferent&#39; and the  Restoration of the Church of     England&quot;<i>, The Historical Journal </i>48/3 (2005): 601-621.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000102&pid=S0120-0062201100020000700032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Schochet, G. &quot;John Locke and religious toleration&quot;. <i>The Revolution of  1688-1689:</i> <i>Changing Perspectives</i>, Schwoerer, L. G. (ed.). Cambridge:  Cambridge University     Press, 1992. 147-164.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000103&pid=S0120-0062201100020000700033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Spinoza, B. de. <i>Tractatus Theologico-Politicus</i>, vol. 1 de <i>Opera-Werke</i>, Gawlick, G. y     Niew&ouml;hner, F. (eds.). Darmstadt: Wissenschaftliche  Buchgesellschaft, 1979.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000104&pid=S0120-0062201100020000700034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Spinoza, B. de. <i>Ethica</i>, vol. 2 de <i>Opera-Werke</i>, Blumenstock, K. (ed.). Darmstadt:     Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1980.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000105&pid=S0120-0062201100020000700035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Spinoza,  B. de. <i>&Eacute;tica demostrada seg&uacute;n el orden geom&eacute;trico. </i>Madrid,  Alianza, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000106&pid=S0120-0062201100020000700036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Spinoza,  B. de. <i>Tratado teol&oacute;gico-pol&iacute;tico</i>.  Madrid, Alianza, 2003. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000107&pid=S0120-0062201100020000700037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Svensson, M. &quot;Philipp van Limborch y John Locke. La  influencia arminiana sobre la     teolog&iacute;a  y noci&oacute;n de tolerancia de Locke&quot;, <i>Pensamiento </i>65/244 (2009): 261-277.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000108&pid=S0120-0062201100020000700038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Tom&aacute;s de Aquino. <i>Quaestiones Disputatae de Veritate </i>en <i>Opera omnia iussu Leonis XIII</i>.     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