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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="2">      <p align="center"><font size="3"><b>EDITORIAL</b></font></p>      <p>La historia de la filosof&iacute;a coincide, en gran medida, con la historia de los tipos de escritura filos&oacute;fica. Lo que tiene lugar, digamos por caso, en el curso de la escritura recorrida desde los textos conservados de los presocr&aacute;ticos hasta nuestra escritura profesoral actual, confiscada por el dispositivo universitario de producci&oacute;n de saber que dicta las normas acerca de la manera correcta de escribir y que determina de antemano lo que debe y puede ser dicho, no constituye un aspecto extr&iacute;nseco, sino que se entronca esencialmente con una idea particular de la filosof&iacute;a, con la imagen cambiante del fil&oacute;sofo y con la comprensi&oacute;n que cada &eacute;poca se forma del "asunto" del pensar, de lo que exige ser pensado. Del mismo modo, las condiciones geohist&oacute;ricas determinan la orientaci&oacute;n del pensamiento y se traslucen en su expresi&oacute;n m&aacute;s visible: la escritura. En el caso particular de Am&eacute;rica Latina, y en especial, de Am&eacute;rica del Sur, no es dif&iacute;cil advertir que ha sido la literatura la que ha se&ntilde;alado de modo constante las l&iacute;neas y caminos por los cuales la escritura deviene fuga filos&oacute;fica. En este cruce, y en la forma reiterada de su hibridaci&oacute;n, la literatura ha sabido retomar los componentes b&aacute;sicos del concepto, para as&iacute;, en las nuevas condiciones de enunciaci&oacute;n colectiva, dotar a los conceptos de un orden sintagm&aacute;tico interno, conectarlos con un afuera inminente, liberarlos de cualquier referencia dominante o derivada para hacerlos consistentes en s&iacute; mismos, y establecer entre ellos relaciones de plurivocidad. Y no es que al intervenir filos&oacute;ficamente la literatura se confunda con la filosof&iacute;a, pues el concepto le es extranjero y permanece extranjero, sino que, en este encuentro, la imagen hace posible la vida del concepto en las condiciones de indeterminaci&oacute;n real en las que el pensador puede al fin desprenderse de la caduca ilusi&oacute;n de una patria (Grecia o Alemania) para repoblar, en medio de las dif&iacute;ciles coacciones pol&iacute;tico-sociales que son las nuestras, el plano del pensamiento. Para la literatura de este sur de Am&eacute;rica, que es una literatura de m&aacute;rgenes proliferantes, de fronteras y de c&oacute;mo franquearlas, la filosof&iacute;a no es por tanto un asunto de identidad ni de g&eacute;nero literario, ni ocupa un simple margen en la escritura; la filosof&iacute;a libera su carga potencial directamente como problema, construcci&oacute;n de problema, posici&oacute;n de problema que reclama un estilo.</p>     <p>Sin que ello signifique un mero "esteticismo" frente a la violencia y a&uacute;n el sufrimiento o m&aacute;s exactamente el agon que desata la escritura, el estilo (en la filosof&iacute;a como en la literatura) es un asunto de gusto. Pero este gusto no es la sola elegancia ni el genio que acompa&ntilde;an la creaci&oacute;n de una obra, sino el &iacute;mpetu con el que una escritura se alza para construir cada vez una nueva armon&iacute;a capaz de unir un conjunto espacio-temporal y un bloque conceptual, articular otra "gram&aacute;tica", y llevar as&iacute; al pensamiento (La Vida) hacia nuevos devenires. En la filosof&iacute;a de la diferencia, que abandona cualquier esencialismo en favor del acontecimiento productor y multiplicador del sentido, el estilo se define por una heterog&eacute;nesis de las relaciones entre los conceptos en su l&oacute;gica interna, como producci&oacute;n del concepto, y por una experimentaci&oacute;n en la multiplicidad del afuera que asocia los conceptos a la violencia de los afectos y los perceptos, tanto como a las variables de l&iacute;mite y umbral de las funciones en las condiciones geohist&oacute;ricas en las que tales conceptos y tal multiplicidad vinieron a anclarse, y rec&iacute;procamente a condicionarse. En palabras de Deleuze y Guattari: "Lo que se denomina un estilo, que puede ser la cosa m&aacute;s natural del mundo, es precisamente el procedimiento de una variaci&oacute;n continua" (Mil Mesetas, p. 101). El estilo se pone en variaci&oacute;n seg&uacute;n el desarrollo diferencial de los conceptos y la carga que reciben del choque con los afectos y la coacci&oacute;n de las funciones. As&iacute; el estilo es un diagrama: encadenamiento riguroso de una l&oacute;gica interna con los encuentros externos.</p>     <p>Quiz&aacute; pueda decirse que el estilo es la manera como cada fil&oacute;sofo establece las relaciones entre los conceptos y el plano de consistencia; en ese sentido, el estilo es plenamente filos&oacute;fico, se produce en el paso de lo pre-filos&oacute;fico a la filosof&iacute;a misma, se produce a partir de una especie de reserva experimental para la construcci&oacute;n del plano filos&oacute;fico y para la producci&oacute;n de los conceptos. El estilo es, entonces, positivo y creador; es un elemento esencial del sistema, de un esp&iacute;ritu de sistema filos&oacute;fico. El fil&oacute;sofo reorienta o se orienta en el pensamiento al ritmo de un estilo, pero el estilo es producido en el movimiento mismo de la orientaci&oacute;n en cuanto esa orientaci&oacute;n es ruptura de sentido y acogida del sin-sentido productor. Entonces el nacimiento de ese ritmo y la producci&oacute;n de un determinado estilo est&aacute;n en relaci&oacute;n con el caos y un no-estilo esenciales.</p>     <p>El estilo no remite, pues, a una identidad del fil&oacute;sofo y a su fijeza en el tiempo; el estilo incorpora el tiempo, se envuelve en el tiempo como una dimensi&oacute;n esencial, desarrolla un "en el tiempo" -el tiempo de una obra-, una geograf&iacute;a singular en cuyo mapa se recapitulan, para cada fil&oacute;sofo a su manera, las im&aacute;genes del pensamiento que se suceden en el tiempo hist&oacute;rico de la filosof&iacute;a y que se desarrollan de acuerdo a las condiciones que las hacen posibles en funci&oacute;n de sus alianzas y filiaciones, de sus mutas y contagios, de sus devenires y detenciones. Cada fil&oacute;sofo reordena el plano y reposiciona los conceptos seg&uacute;n una imagen del pensamiento siempre renovada y en permanente relaci&oacute;n con un pensamiento sin im&aacute;genes, con un pensamiento que se aboca a la experiencia de su propia impotencia interna: la de lo impensable en el pensamiento mismo.</p>     <p>Con este nuevo n&uacute;mero de Escritos prolongamos una vez m&aacute;s las l&iacute;neas de errancia de la escritura en deriva hacia la multiplicidad, esa "flagrancia de construir leyenda" en el acto de ficcionar y construir conceptos. Tal es a fin de cuentas el trabajo del pensamiento: de la literatura, de la filosof&iacute;a.</p> </font>      ]]></body>
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