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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4" face="verdana"><b>una mirada implicada y una lectura transversal<b></b></b></font></p>      <p><b>Jes&uacute;s Mart&iacute;n-Barbero</b></p>     <p> &ldquo;El sur tambi&eacute;n existe&rdquo;, canta Serrat.     Pero en nuestros sure&ntilde;os pa&iacute;ses la investigaci&oacute;n social padece a&uacute;n de un fort&iacute;simo tropismo que la tuerce     a mirar hacia el norte impidi&eacute;ndola verse y reconocerse en lo que por aqu&iacute; se investiga y se escribe. Claro     que ese tropismo tiene un gran aliado en la dif&iacute;cil, tortuosa y minoritaria circulaci&oacute;n de los libros y     revistas entre nuestros pa&iacute;ses. Hasta el punto de que en gran medida la forma como se conoce y difunde     nuestra producci&oacute;n escrita es por circulaci&oacute;n oral: ya sea intercambiando textos en los pasillos de congresos     y seminarios, o en esa otra forma de oralidad conservada en las cartas que acompa&ntilde;an el env&iacute;o que hacen     los autores de libros publicados&hellip;o por publicar. Y fue eso, una lectura-trabajo de reconocimiento cultural     la que me convirti&oacute; en escribidor de pr&oacute;logos.   De Oficio de cart&oacute;grafo.</p>     <p>   Un pr&oacute;logo para el n&uacute;mero 50 de una   revista mantenida a lo largo de 25 a&ntilde;os   plantea retos muy distintos a los que   plantea el de un libro, as&iacute; sea escrito   a muchas manos. Ya que de lo que se trata no es   de servir de umbral en el camino que un libro   est&aacute; por hacer, sino, en gran medida, de todo lo   contrario: mirar hacia atr&aacute;s para rever el camino   recorrido y, s&oacute;lo desde ah&iacute;, otear nuevas rutas para   seguir caminando. Pero para el que esto escribe,   con la revista Signo y Pensamiento, esa doble tarea   se halla cargada por un parentesco en segundo   grado que entrecruza los hilos de los tiempos y   los proyectos, pues asist&iacute; a su parto y acompa&ntilde;&eacute;   de cerca sus primeros a&ntilde;os de vida. Aunque yo   resid&iacute;a en Cali, Joaqu&iacute;n S&aacute;nchez, el decano de   la Facultad de Comunicaci&oacute;n que la hac&iacute;a y editaba,   era mi amigo y compa&ntilde;ero de aventuras en   aquellos fecundos inicios de los a&ntilde;os ochenta. Me   invitaba frecuentemente a conversar con profesores   y alumnos de esa Facultad, y era tanta la afinidad,   que mis primeros art&iacute;culos publicados en Signo y   Pensamiento entre 1982 y 1987 eran, como decimos   en Colombia, mi pensamiento en voz alta, su   primera versi&oacute;n escrita a trav&eacute;s de la reescritura   de charlas y seminarios en la Universidad Javeriana.   Vinieron despu&eacute;s a&ntilde;os de distanciamiento   e incluso de una cierta lejan&iacute;a. Y a partir de 1997,   con mi regreso a Bogot&aacute;, hubo un claro reencuentro   con la revista y, desde mediados de 2003, con la Facultad de Comunicaci&oacute;n y Lenguaje, de la   que soy profesor hasta hoy. Es la densidad de esas   relaciones la que da cuenta de la implicaci&oacute;n de la mirada y la transversalidad mi lectura.</p>     <p>   Cuando hablo de implicaciones no me refiero &uacute;nicamente a mis particulares relaciones con Signo y Pensamiento (en adelante SyP), sino tambi&eacute;n a lo que ha sido mi expl&iacute;cita toma de posici&oacute;n, te&oacute;rica y pol&iacute;tica, en la investigaci&oacute;n de los procesos y medios de comunicaci&oacute;n y en el trazado de propuestas curriculares coherentes para sus estudios acad&eacute;micos. De manera que la relectura del proceso desarrollado por esta revista me enfrenta a mis propias concepciones y convicciones acerca de lo que ha significado &mdash;y significa hoy&mdash; la comunicaci&oacute;n colectiva y masiva para Latinoam&eacute;rica. Y llamo trasversal a la lectura que se da con un solo eje desde el cual se amarran logros y fallos, pasado y futuro.</p>     <p> &iquest;Qu&eacute; fue lo que hizo que sintiera a SyP como     mi casa? Pues que a lo largo de todo su recorrido     esta revista ha sido un permanente esfuerzo por     pensar latinoamericanamente la comunicaci&oacute;n, y     ello en un pa&iacute;s fuertemente aislado de los debates     latinoamericanos hasta hace bien pocos a&ntilde;os. Es     algo que sin duda se halla ligado al papel que     Joaqu&iacute;n S&aacute;nchez y la Facultad de Comunicaci&oacute;n     de la Universidad Javeriana tuvieron en el proceso     de conformaci&oacute;n y consolidaci&oacute;n de Federaci&oacute;n     Latinoamericana de Facultades de Comunicaci&oacute;n     Social (Felafacs). Pero no se trata s&oacute;lo de la presencia     de art&iacute;culos escritos por autores de la regi&oacute;n,     sino de la creciente conversaci&oacute;n con la investigaci&oacute;n     y la experiencia acad&eacute;mica latinoamericanas; conversaci&oacute;n     que, de parte de SyP, tuvo un peculiar     aporte en la introducci&oacute;n al campo de estudios &mdash;cuando a&uacute;n no hac&iacute;an parte ni de la moda     ni de la jerga&mdash; de autores europeos mediante     su traducci&oacute;n y su lectura, y no solamente de     semi&oacute;logos, como Cristian Metz, Abraham Moles     o Pascal Bonnitzer, sino tambi&eacute;n de otros que     descolocaban y ensanchaban la reflexi&oacute;n sobre la     comunicaci&oacute;n, como Michel de Certeau, Mikel   Dufrenne o Paul Ricoeur.</p>     <p>   Y esa conversaci&oacute;n, que empez&oacute; mediante   la solicitud de textos a ciertos autores mexicanos,   argentinos o chilenos, se transform&oacute; despu&eacute;s en una   permanente solicitud por la parte de investigadores   de otros pa&iacute;ses para que sus textos fueran publicados   en SyP, reconociendo as&iacute; que esta revista se hab&iacute;a ido   convirtiendo en un espacio latino, y tambi&eacute;n iberoamericano,   de circulaci&oacute;n y movilizaci&oacute;n de ideas y   proyectos. Lo dicho no puede hacernos olvidar, por   obvio que parezca, el papel de animaci&oacute;n intelectual   que esta revista ha desempe&ntilde;ado en Colombia, un   pa&iacute;s, repito, en el que tanto los estudios de comunicaci&oacute;n   como de las ciencias sociales han estado   larga y anchamente al margen de algunos de los   m&aacute;s decisivos debates latinoamericanos hasta bien avanzados los a&ntilde;os noventa.</p>     <p>   Pero, as&iacute; como su vocaci&oacute;n latinoamericana   fue clara y creciente desde los comienzos, no fue   sino hasta muy avanzado su trayecto cuando SyP   empez&oacute; realmente a hacerse cargo de su propio pa&iacute;s,   de la rota y adolorida Colombia, y del papel que los   medios han estado cumpliendo en sus conflictos, en   sus violencias y tambi&eacute;n en sus modos de sobrevivir   social y culturalmente. Esta cr&iacute;tica responde a la   hoy impostergable pregunta: &iquest;qu&eacute; pa&iacute;s cabe en   nuestras academias, en nuestros planes de estudio y   de investigaci&oacute;n? Esta es una pregunta que se me ha   vuelto obsesiva y primordial desde cuando regres&eacute; de mis tres a&ntilde;os de &ldquo;exilio&rdquo; en M&eacute;xico.</p>     <p>   Y revisando n&uacute;mero a n&uacute;mero no s&oacute;lo las   tem&aacute;ticas, sino tambi&eacute;n las preocupaciones que   subyacen a SyP, puedo afirmar que es s&oacute;lo a partir   del n&uacute;mero 25 cuando nuestra revista comienza   t&iacute;midamente a mirar de frente a este pa&iacute;s. Enti&eacute;ndaseme   bien: no es que el pa&iacute;s no estuviera al fondo   de muchos de los art&iacute;culos publicados en el per&iacute;odo   anterior, pero ah&iacute; es donde est&aacute; el problema, pues   el pa&iacute;s no constitu&iacute;a un sujeto, sino un adjetivo; no   era el lugar desde el que se piensa, sino un tel&oacute;n de   fondo. Y en esa forma el pa&iacute;s decora, en el mejor   de sus sentidos: da un cierto decoro al conjunto,   pero no es protagonista y ni siquiera agonista, esto es, con quien se pelea.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>   Los que hoy hacen SyP saben que este   reproche no viene de afuera, sino de una ausencia   sentida y analizada desde bien adentro y convertida   en la pregunta por cu&aacute;nto pa&iacute;s y qu&eacute; pa&iacute;s les cabe a nuestra facultad y universidad. A partir   de este interrogante se plantea hoy una profunda   renovaci&oacute;n con la cual acercar nuestras acad&eacute;micas   l&iacute;neas de investigaci&oacute;n a una agenda de pa&iacute;s en la   que la comunicaci&oacute;n pase a significar una cuesti&oacute;n   tanto de medios como de fines, pues lo que ah&iacute;   est&aacute; en juego son dimensiones estrat&eacute;gicas de la   supervivencia de Colombia como naci&oacute;n y como   democracia, como espacio de convivencia b&aacute;sico y   de interacci&oacute;n social, es decir, capaz de construir relatos comunes.</p>     <p>   Como l&uacute;cidamente ha planteado Daniel   Pecaut, &ldquo;Lo que le falta a Colombia no es un mito   fundacional, sino un relato nacional&rdquo; donde los   colombianos de todas las clases y etnias, regiones,   g&eacute;neros y edades, puedan ubicar sus experiencias   cotidianas en una m&iacute;nima trama compartida de   duelos y de logros, ya que es com&uacute;n s&oacute;lo en la   medida en que da cuenta de la espesa y conflictiva   diversidad de que est&aacute; hecho el pa&iacute;s. Y es com&uacute;n   porque caben tanto las memorias como los sue&ntilde;os:   un imaginario de futuro que movilice todas las   energ&iacute;as de construcci&oacute;n de este pa&iacute;s, hoy dedicadas   en un tanto por ciento gigantesco a destruirlo. Un   pa&iacute;s atrapado entre el bla-bla-bla de los pol&iacute;ticos   y el silencio de los guerreros. Pues, frente a unos   pol&iacute;ticos presos de una ret&oacute;rica vac&iacute;a de densidad   simb&oacute;lica, incapaz de convocar al pa&iacute;s y de   hacerse cargo de la complejidad sociocultural de   sus demandas, se alza el silencio de los guerreros,   manifestado en los miles de asesinados que cada   a&ntilde;o no merecen siquiera la pena de ser reivindicados.   Se tiran los cad&aacute;veres en el campo, al borde   de las carreteras o en las avenidas urbanas, y lo &uacute;nico parecido a una palabra son las marcas de la crueldad sobre los propios cuerpos de las v&iacute;ctimas. Muertos sin una palabra que se haga cargo de ellos, sin un relato m&iacute;nimo desde el que podamos dotar de alg&uacute;n sentido a lo insoportable de una guerra que se lleva cada a&ntilde;o a miles de colombianos.</p>     <p> &iquest;C&oacute;mo se puede, entonces, estudiar y hacer     comunicaci&oacute;n en este pa&iacute;s sin que ella implique,     expl&iacute;cita y decididamente, la apuesta por construir     relatos de naci&oacute;n, ya sea en los medios comerciales o     comunitarios, ya sea con oralidades o con textualidades,     o mejor al rev&eacute;s: atravesando e hibridando     im&aacute;genes, sonidos, texturas y ritmos? Y &iquest;no es en     esa tarea donde pueden converger y anudarse los     dos tiempos que han marcado a SyP: el primero     con su fuerte acento en la mirada semi&oacute;tica, y el     segundo en su proyecto sociocultural preocupado a     la vez por los nuevos actores sociales y los cambios   en las sensibilidades culturales?</p>     <p>   Y surgi&oacute; la palabra con la que otear futuros:   convergencia, palabrita atravesada por la contradicci&oacute;n   entre su disfraz de magia tecnol&oacute;gica   y su potencialidad pol&iacute;tico-cultural. Antes de   aparecer en el campo de la tecnolog&iacute;a, la idea de   convergencia hab&iacute;a estado presente en el &aacute;mbito de   la cultura a trav&eacute;s de la idea de interculturalidad,   que nombra la imposibilidad de una diversidad   cultural comprendida y regida desde arriba, es   decir, deseada o regulada al margen de los procesos   de intercambio entre las diversas culturas;   intercambio que empieza hoy en el propio &aacute;mbito   de la naci&oacute;n, pero que lo rebasa hacia geopol&iacute;ticas   en lo mundial.</p>     <p>   Y lo que hace m&aacute;s productiva a la actual   concepci&oacute;n de interculturalidad es su intr&iacute;nseca   relaci&oacute;n con la idea de la identidad narrativa, esto   es, que toda identidad se genera y constituye en el   acto de narrarse como historia, en el proceso y la   pr&aacute;ctica de contarse a los otros. De esto nos habla la   preciosa polisemia en castellano del verbo contar.   Pues contar significa narrar historias, pero tambi&eacute;n   ser tenidos en cuenta por los otros y, adem&aacute;s, hacer   cuentas. En ese solo verbo tenemos la presencia de   las dos relaciones constitutivas. En primer lugar, la   relaci&oacute;n del contar historias con el contar para los   otros, con el ser tenidos en cuenta por los dem&aacute;s.   Ello significa que para ser reconocidos por los otros   es indispensable contar nuestro relato, ya que la   narraci&oacute;n no es s&oacute;lo expresiva, sino constitutiva   de lo que somos tanto individual como colectivamente.   Y especialmente en lo colectivo, las posibilidades   de ser re-conocidos, tenidos en cuenta y de   contar en las decisiones que nos afectan dependen   de la capacidad que tengan nuestros relatos para   dar cuenta de la tensi&oacute;n entre lo que somos y lo que   queremos ser. Y en segundo lugar se halla la otra relaci&oacute;n, tambi&eacute;n constitutiva, del contar (narrar   y ser tenido en cuenta) con el hacer cuentas, y cuyo   significado es doble. Por un lado estamos ante la   relaci&oacute;n que entrelaza el reconocimiento de los   otros con su derecho a la participaci&oacute;n ciudadana,   esto es, a participar en la construcci&oacute;n de la ciudad,   que es la concreci&oacute;n verdadera, y no meramente   ret&oacute;rica, de lo que significa e implica ser reconocido   como ciudadano: el ser tenido en cuenta por   los que toman las decisiones que nos conciernen   y en las que se juega la vida de la colectividad.   Participar va, entonces, de la mano con el actuar   y el intervenir en el hacer cuentas, ya que es en el   espacio de la econom&iacute;a donde se toman las decisiones   que hacen efectivo el ser tenido en cuenta. Pero   tambi&eacute;n la relaci&oacute;n del contar con el hacer cuentas   tiene un lado perverso: la cooptaci&oacute;n que hoy hace   el mercado imponiendo el valor (comercial) de los   relatos sobre el sentido (cultural) de la creaci&oacute;n y   la circulaci&oacute;n de las narraciones.</p>     <p>   Pero ni las traducciones interculturales ni la   circulaci&oacute;n de los relatos pueden ser hoy pensadas   pol&iacute;ticamente sin &ldquo;contar&rdquo; con la convergencia   tecnol&oacute;gica. Y ello, tanto en lo que &eacute;sta tiene de   nueva raz&oacute;n comunicacional &mdash;cuyos dispositivos (la   fragmentaci&oacute;n que disloca y descentra, el flujo que   globaliza y comprime, la conexi&oacute;n que desmaterializa   e hibrida) agencian el devenir en mercado del   conjunto de la sociedad transformando el avance   tecnol&oacute;gico en legitimaci&oacute;n de la desregulaci&oacute;n de   los mercados y de la concentraci&oacute;n empresarial,   como en la mutaci&oacute;n que desde la tecnolog&iacute;a digital   empuja todas las sociedades hacia una intensificaci&oacute;n   de sus contactos y sus conflictos, exponiendo   todas las culturas unas a otras como jam&aacute;s antes   lo estuvieron. Pues la actual reconfiguraci&oacute;n de las   culturas ind&iacute;genas, locales, nacionales, responde   especialmente a la intensificaci&oacute;n de la comunicaci&oacute;n   e interacci&oacute;n de esas comunidades con las otras culturas   del pa&iacute;s y del mundo. Y desde de las comunidades   locales los actuales procesos de comunicaci&oacute;n, aun   con su clara asimetr&iacute;a y su capacidad de exclusi&oacute;n,   son cada d&iacute;a mejor percibidos como una oportunidad   de interacci&oacute;n con el conjunto de la naci&oacute;n   y del mundo.</p>     <p>   Estamos ante una mutaci&oacute;n tecnol&oacute;gica   que ha entrado a potenciar y densificar el nuevo   ecosistema comunicativo. La experiencia cultural   audiovisual trastornada por la revoluci&oacute;n digital   apunta a la constituci&oacute;n de nuevas modalidades   de comunidad (art&iacute;stica, cient&iacute;fica, cultural) y de   una nueva esfera de lo p&uacute;blico. Ambas se hallan   ligadas al surgimiento de una visibilidad cultural   que es el escenario de una decisiva batalla pol&iacute;tica,   la que hoy pasa por la des-localizaci&oacute;n de los saberes,   trastornando sus viejas pero a&uacute;n prepotentes   jerarqu&iacute;as, diseminando los espacios donde el   conocimiento se produce y los circuitos por los   que transita y posibilitando a los individuos y a   las colectividades insertar sus cotidianas culturas   orales, sonoras y visuales, en los nuevos lenguajes   y las nuevas escrituras. En Am&eacute;rica Latina nunca   el palimpsesto de las memorias culturales m&uacute;ltiples   de su gente tuvo mayores posibilidades de   apropiarse del hipertexto en que se entrecruzan e   interact&uacute;an lectura y escritura, saberes y haceres,   artes y ciencias, pasi&oacute;n est&eacute;tica y acci&oacute;n pol&iacute;tica.</p>     <p>   Convergencia tecnol&oacute;gica significa, entonces,   la emergencia de una nueva econom&iacute;a cognitiva   regida por el desplazamiento del estatuto del   n&uacute;mero que, de signo del dominio sobre la naturaleza,   est&aacute; pasando a convertirse en mediador   universal del saber y del operar t&eacute;cnico-est&eacute;tico, lo   que viene a significar la primac&iacute;a de lo sensoriosimb&oacute;lico   sobre lo sensorio-motor. La numerizaci&oacute;n   digital hace posible una nueva forma   de interacci&oacute;n entre la abstracci&oacute;n y lo sensible,   replanteando por completo las fronteras entre la   diversidad de saberes y de modos de hacer.</p>     <p>   De ah&iacute; lo fuertemente inaugural que resulta el   que la problem&aacute;tica estudiada en este n&uacute;mero 50 sea   precisamente la inteligencia colectiva y la artificial, la   gesti&oacute;n del conocimiento y las narrativas de lo digital.   El pasado, del que est&aacute; hecho Signo y Pensamiento,   no pod&iacute;a converger m&aacute;s responsablemente sobre el   presente y con mejores augurios de futuro.</p>     <p align="right">   Bogot&aacute;, agosto de 2007 </p> </font>     ]]></body>
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