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</front><body><![CDATA[  <font  face="verdana" size="2">     <p align="center"><a name="i1"><img src="img/revistas/signo/v28n55/v28n55a24-1.jpg"></a></p>     <p align="center"><font  face="verdana" size="4"><b>El destape de la cr&oacute;nica</b></font> </p>     <p align="left"><font  face="verdana" size="3"><b>Cr&oacute;nicas de SoHo</b></font> </p>     <p><b>Bogot&aacute;: Aguilar, 2008, 548 p.</b></p>     <p><font  face="verdana" size="2"><font size="2">ISBN</font>:</font>978-958-704-637-3</p> </font> <hr> <font  face="verdana" size="2">     <p>Hace m&aacute;s de 90 a&ntilde;os Luis Tamayo, el primer director de la revista <i>Cromos, </i>se la jug&oacute; por una publicaci&oacute;n sin pol&iacute;tica -algo inconcebible en esos turbulentos a&ntilde;os-, bajo la f&oacute;rmula infalible de &quot;ilustraciones y 'churros' a granel&quot;, con el valor agregado de la cr&oacute;nica modernista.</p>     <p>En plan de hacer historia, se podr&iacute;a decir que <i>SoHo </i>bebe de esa tradici&oacute;n de los &quot;churros&quot; -s&oacute;lo que &eacute;stas ense&ntilde;an todo de la pantorrilla para arriba y no para abajo-, con la adici&oacute;n de la cr&oacute;nica en sus distintas modalidades y grados de penetraci&oacute;n de la realidad: desde relatos de periodismo en profundidad, hasta piezas epid&eacute;rmicas para complacer a la galer&iacute;a, como se comprueba en esta primera antolog&iacute;a de la revista (seguramente vendr&aacute;n m&aacute;s), con m&aacute;s de 50 cr&oacute;nicas de 44 autores, en su mayor&iacute;a colombianos.</p>     <p>Por esa calidad oscilante, si aplicara criterios puristas de valoraci&oacute;n tendr&iacute;a que decir que la cr&oacute;nica ha sufrido menoscabo en algunos de los filones explotados por la revista, particularmente en la cr&oacute;nica &quot;extrema&quot;. Extrema porque se toma las licencias m&aacute;s &quot;licenciosas&quot; para conseguir la informaci&oacute;n, por la elecci&oacute;n azarosa de temas fronterizos para quedarse a menudo en las bardas del g&eacute;nero y por el protagonismo que adquieren los autores (quienes terminan por convertir en &quot;extras&quot; a los aut&eacute;nticos personajes de la historia).</p>     <p>No cabe duda de que para muchos lectores estos textos son los m&aacute;s atractivos y novedosos (sobre todo si el autor goza de celebridad, como cuando Jorge Franco se sumerge en una rumba <i>trance </i>donde intenta ambientarse con &eacute;xtasis y sale tan desconectado como aturdido); pero para lectores m&aacute;s exigentes estos &quot;diarios de campo&quot; sobre cualquier inmersi&oacute;n en mundos ajenos no revisten mayor inter&eacute;s, en cuento se impone la tiran&iacute;a del tema: atrevido, provocador, disparatado, como ha sido la l&iacute;nea editorial de la &quot;neoyorquina&quot; revista del parque de la 93.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Pero la cr&oacute;nica extrema no la invent&oacute; Pirri ni se descubri&oacute; en las revistas gringas. De la cr&oacute;nica que escribi&oacute; el decano del g&eacute;nero, Germ&aacute;n Pinz&oacute;n, en 1955, fluye la adrenalina &quot;&iexcl;a 230 kil&oacute;metros por hora!&quot;, porque el reportero de <i>El Espectador </i>quer&iacute;a vivir las emociones de una carrera automovil&iacute;stica por dentro, en el asiento del copiloto de un Mercedes Benz; &eacute;l, que no sab&iacute;a conducir.</p>     <p>Ahora bien, la modalidad m&aacute;s debatida del periodismo &quot;gonzo&quot; o encubierto, cuya invenci&oacute;n algunos atribuyen al estadounidense Hunter S. Thompson, y otros al alem&aacute;n G&uuml;nter Wallraff, tambi&eacute;n se cultiv&oacute; en Colombia mucho antes, cuando el cronista antioque&ntilde;o Horacio Franco se encerr&oacute; voluntariamente en el Manicomio Departamental, donde se dedic&oacute; a observar a los alucinados tras las rejas, y public&oacute; una serie de 24 cr&oacute;nicas entre 1922 y 1923 en <i>El Correo Liberal. </i>D&eacute;cadas despu&eacute;s, la reportera Ligia Riveros se camufl&oacute; en la c&aacute;rcel Modelo para describir en <i>Cromos </i>la vida de las presas.</p>     <p>A prop&oacute;sito de la pr&aacute;ctica de suplantaci&oacute;n, el maestro mexicano del g&eacute;nero, Carlos Monsiv&aacute;is, mencion&oacute; en una charla que dio en Bogot&aacute; en el 2008, los inconvenientes que se presentan cuando el periodista intenta concentrarse en su oficio y al mismo tiempo finge ser experto en otro que no maneja. Si el experimento funciona, todo perfecto, pero ah&iacute; est&aacute; la maroma existencial del suplantador, y pocos tienen las destrezas para contar la historia de forma natural y respetuosa con el mundo temporalmente invadido.</p>     <p>Por eso, y sin citar doctrinas acad&eacute;micas, prefiero considerarlo como un &uacute;ltimo recurso para cuando es imposible llegar al tema por el m&eacute;todo convencional de la reporter&iacute;a. En <i>SoHo </i>es un recurso de uso permanente, con los riesgos que acechan. Digamos que el director les apuesta a los encargos (caprichosos, certeros o azarosos): asigna el tema a un escritor o periodista famoso, que de entrada asegura como un gancho las ventas. &quot;La revista siempre piensa en el tema y en la firma como una f&oacute;rmula, como un binomio que debe ser complementario; cada tema tiene una firma que se acomoda mejor a la historia, a veces por contraste, a veces por afinidad&quot;, aclara Samper Ospina en el &quot;Pr&oacute;logo&quot;.</p>     <p>A este procedimiento corresponde el cap&iacute;tulo de cr&oacute;nicas agrupadas bajo el t&iacute;tulo &quot;Profesi&oacute;n: ser otro&quot;. Y ah&iacute; est&aacute; Efraim Medina de boxeador por un d&iacute;a, tiempo suficiente para que le deformen el rostro (que tambi&eacute;n prest&oacute; para un <i>reality </i>period&iacute;stico de cambio extremo); pero despu&eacute;s de haber le&iacute;do en la misma revista esa inagotable cr&oacute;nica de Pambel&eacute; escrita por Alberto Salcedo Ramos, h&aacute;bil descifrador del arte de los pu&ntilde;os, el combate de Medina da grima. Est&aacute; Ernesto McCausland, como bombero por un d&iacute;a y Cristian Valencia, que pasa cien horas entre la basura. Me quedo con esta &uacute;ltima historia, donde el samario pone su lente bu&ntilde;uelesco de la vida al convivir con los marginales que le conf&iacute;an sus cuitas.</p>     <p>Otros, como Alejandro Santos al volante de un carro f&uacute;nebre, o Dar&iacute;o Fernando Patino en un d&iacute;a como extra de televisi&oacute;n, o Alvaro Garc&iacute;a conduciendo una ambulancia, lucen pat&eacute;ticos en su <i>performance. </i>En estos casos la cr&oacute;nica se vuelve simple divertimento, porque el narrador es el foco de atenci&oacute;n, sin importar las circunstancias dram&aacute;ticas del entorno, y como las luminarias no tienen oficio de cronistas, el relato se torna insustancial.</p>     <p>Menos f&aacute;cil la tuvo Andr&eacute;s Felipe Solano, que se fue a vivir de un salario m&iacute;nimo como trabajador en una peque&ntilde;a f&aacute;brica de confecciones de Medell&iacute;n, con jornadas de diez horas. Seis meses revent&aacute;ndose el lomo y viviendo en una pieza arrendada para escribir una cr&oacute;nica digna, pero no del espesor esperable tras semejante sacrificio. Algo parecido habr&iacute;a podido contar si se emplea la mitad del tiempo en una f&aacute;brica de Bogot&aacute;, en el sur profundo y sin celular. Y tambi&eacute;n habr&iacute;a aprendido a bailar salsa, que es una de las ganancias de su reencarnaci&oacute;n en vida como obrero.</p>     <p>Lo que de verdad preocupa es que la tendencia a la impostaci&oacute;n se imponga -no s&oacute;lo en la academia, donde se vuelve un ejercicio que entusiasma a los estudiantes, como si estuvieran en clases de actuaci&oacute;n-, sino en ese h&aacute;bitat natural de la cr&oacute;nica que son las revistas y los libros. Ya muchos sue&ntilde;an con irse a vivir meses con sus fuentes, con lo que el leg&iacute;timo procedimiento de inmersi&oacute;n termina por acabar con la vida privada del periodista y de sus fuentes.</p>     <p>El mismo Samper Ospina sabe del riesgo, y advierte que a veces la an&eacute;cdota de la historia es la misma aventura del cronista, y la cr&oacute;nica puede colapsar &quot;por fr&iacute;vola&quot;. Pero as&iacute; la consumen los lectores menos exigentes, que son la mayor&iacute;a, y quieren algo <i>light </i>para no amargarse la vida.</p>     <p>En cuanto al punto de vista del g&eacute;nero, tanta primera persona empalaga. Casi todas las cr&oacute;nicas de la antolog&iacute;a de <i>SoHo </i>est&aacute;n narradas desde esta egoc&eacute;ntrica perspectiva. El argentino Mart&iacute;n Caparr&oacute;s, uno de los cuatro extranjeros invitados de esta crioll&iacute;sima selecci&oacute;n -con un relato sobre el pueblo m&aacute;s denso de Colombia y otro sobre los rituales en el cementerio de San Pedro, en Medell&iacute;n-, la defiende como consustancial al g&eacute;nero, pero aclara que hay una &quot;diferencia extrema entre escribir <i>en </i>primera persona y escribir <i>sobre </i>la primera persona&quot;.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El problema est&aacute; en que cuando la prosa no alza el vuelo, queda en evidencia el artificio literario, y la cr&oacute;nica se limita al recuento de la aventura que vivi&oacute; el autor, tanto m&aacute;s divertida cuanto m&aacute;s alejado est&eacute; del mundo donde se camufla. Puesto en los t&eacute;rminos de la revista, en estas cr&oacute;nicas saltan a la vista las adiposidades (como en las pol&eacute;micas fotos de Marbelle y de Yidis Medina que public&oacute; la revista), mientras las buenas historias corresponden a los cuerpos m&aacute;s sanos y tonificados (&quot;trabajados&quot; en esos cepos modernos que son los gimnasios), sin retoques de Photoshop ni de silicona. Cuesti&oacute;n de est&eacute;tica narrativa; en &uacute;ltimas, las piezas de periodismo literario tambi&eacute;n alcanzan a erotizar los sentidos.</p>     <p>Todo esto lo sabe y hasta lo cita en el pr&oacute;logo Samper Ospina, quien ejerce de abogado del diablo: ataca y defiende al mismo tiempo las discutidas f&oacute;rmulas <i>sohonianas, </i>con lo que desarma al cr&iacute;tico m&aacute;s radical. &Eacute;l se limita a aplicar su manual de procedimiento. Ha consolidado una marca de estilo repelente a la solemnidad, y con variado registro tonal: tragic&oacute;mico, humor&iacute;stico, dram&aacute;tico, ir&oacute;nico, po&eacute;tico y, ante todo, mamagall&iacute;stico. Tal parece que eso demandan los lectores del tercer pa&iacute;s m&aacute;s feliz del mundo.</p> </font>     <p><font size="2" face="verdana">El tono tragic&oacute;mico, por ejemplo, resalta en los cap&iacute;tulos de la muerte, que en manos de buenos escritores logran saciar la humana curiosidad de los vivos por los difuntos: los anfiteatros, los hornos de cremaci&oacute;n, las convenciones funerarias, los NN<b><font > </font></b>apu&ntilde;alados en la calle... Y de <i>los freaks </i>(personajes bizarros): la colombiana m&aacute;s gorda, el colombiano m&aacute;s peque&ntilde;o, los modelos m&aacute;s feos del mundo, los transformistas de la Casa de Reinas.</font></p> <font  face="verdana" size="2">     <p>De lejos, son mucho mejores las cr&oacute;nicas al estilo convencional, sin disfraces, donde el periodista se defiende con sus armas de siempre: la reporter&iacute;a, la investigaci&oacute;n y la observaci&oacute;n. Entre &eacute;stas, y a riesgo de olvidar muchas, sobresale la cr&oacute;nica de Alfredo Molano, que entrevista y sigue a su doble, C&eacute;sar Arturo Vallejo, un indigente culto y bien presentado que pide en varias esquinas del norte de Bogot&aacute;. Sobresalen por su tensada sensibilidad las de Andr&eacute;s Felipe Solano -historias m&iacute;nimas sobre una familia de enanos, los Mendivelson, sin darle pasto al morbo-, y repite con la del sastre de Jorge Bar&oacute;n, donde la iron&iacute;a se da con prodigalidad y elegancia; Fernando Quiroz, que sigue a zancadas las andanzas de un perro callejero y enamorado, y H&eacute;ctor Rinc&oacute;n, con su apabullante oralidad, que narra un entierro de pobre en una de las faldudas comunas de Medell&iacute;n, sin un punto y aparte, en una letan&iacute;a abrumadora y dolorosa.</p>     <p>En cambio el otro narrador oral, Juan Gossa&iacute;n, luce desperdiciado en una cr&oacute;nica congelada, especie de naturaleza muerta de la oficina del presidente Uribe, donde no se siente la voz del cronista caribe&ntilde;o ni su garra de halc&oacute;n para atrapar la magia del ambiente (en este caso, el aura).</p>     <p>Ascienden a la categor&iacute;a de cl&aacute;sicas las de Alberto Salcedo (el &quot;Gay Talese colombiano&quot;, como justamente lo bautiza el director), sobre los deportistas perdedores: el &uacute;ltimo equipo de la segunda divisi&oacute;n del f&uacute;tbol colombiano, el boxeador que ha perdido todos sus combates y el &aacute;rbitro que expuls&oacute; a Pel&eacute;. Como los cronistas de la vieja guardia, Salcedo se da el gusto de interpelar al lector y de opinar a sus anchas mediante la digresi&oacute;n, para dejar sus filos&oacute;ficas lecciones de vida. Y esas l&iacute;neas no frenan el flujo narrativo, todo lo contrario: lo afirman como el cemento. La t&eacute;cnica descriptiva del barranquillero exuda humanidad a chorros.</p>     <p>Tras leerlas, se empeque&ntilde;ecen las historias que nacieron sin alma, s&oacute;lo por encargo, por &quot;hacer la pega&quot;, como la de Gustavo G&oacute;mez, que se agota en los tres litros de chicha que consume en una tienda cercana al Chorro de Quevedo, y en el consiguiente malestar estomacal; o la de la operaci&oacute;n de hemorroides, que Pascual Gaviria maneja con guantes de l&aacute;tex, pero no con humor, &uacute;nica estrategia que habr&iacute;a salvado el mal rato. Quedan, pues, para una antolog&iacute;a del desagrado.</p>     <p>Algunas de las siete mujeres que clasificaron en esta antolog&iacute;a de la revista &quot;para hombres&quot;, tuvieron temas de f&aacute;cil contraste e impacto. Ah&iacute; est&aacute; Salud Hern&aacute;ndez como t&eacute;cnica del Santa Fe, donde se dedica a dar pitazos y &oacute;rdenes durante una semana (fiel a su estilo visceral, aunque no a su equipo madrile&ntilde;o del alma). Mar&iacute;a Alejandra Villamizar con camuflado de lancera, rodeada de 50 uniformados que, como era de esperarse, no le quitan la mirada de encima mientras ejecuta complejas maniobras, y Margarita Garc&iacute;a, que narra el rito coste&ntilde;o de iniciaci&oacute;n con las burras. Las dem&aacute;s escriben como periodistas a secas, y salen airosas: Marta Orrantia, que narra de forma impecable un transplante de c&oacute;rnea; Marta Ru&iacute;z, la &uacute;nica del libro que elige la voz testimonial de una v&iacute;ctima de las minas antipersona, y la invitada argentina, Leila Guerreiro, con su r&iacute;tmica cr&oacute;nica sobre un clon de Freddie Mercury en Buenos Aires.</p>     <p>Queda visto que la antolog&iacute;a de cr&oacute;nicas de <i>SoHo </i>le apunta a la mixtura del <i>crossover </i>y al &quot;destape&quot; (t&eacute;rmino entendido en el doble sentido del periodismo cl&aacute;sico que busca temas ocultos en la vida cotidiana y del periodismo actual que eleva sus ventas con temas picantes y atrevidos). As&iacute; se diferencia de otras antolog&iacute;as, como las de la revista <i>Gatopardo </i>y la de la Fundaci&oacute;n Nuevo Periodismo y, por supuesto, de las de Daniel Samper Pizano, de car&aacute;cter hist&oacute;rico, para mostrar el desarrollo del g&eacute;nero en Colombia.</p>     <p>Como pasa en todas las antolog&iacute;as, aqu&iacute; no est&aacute;n todos los que son, pero s&iacute; hay representantes de varias escuelas y generaciones. Se habr&iacute;a podido prescindir de una docena de cr&oacute;nicas sin mayor afectaci&oacute;n; pero logradas y malogradas, en su desnivelado conjunto, introducen al lector en una especie de museo de la vida cotidiana, con sus miserias y sus grandezas, sus h&eacute;roes an&oacute;nimos, sus antih&eacute;roes (y los periodistas como <i>managers). </i>Las que por su calidad mantengan la vigencia, lograr&aacute;n el objetivo mayor del g&eacute;nero: actuar como dispositivo de la memoria para que futuras generaciones conozcan c&oacute;mo viv&iacute;amos y mor&iacute;amos en Colombia. Aunque, como dato curioso, s&oacute;lo hay cuatro historias sobre el conflicto armado, lugar com&uacute;n de la cr&oacute;nica colombiana.</p> </font>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="verdana"><i>Maryluz Vallejo </i>    <br>Profesora Asociada Departamento de Comunicaci&oacute;n Facultad de Comunicaci&oacute;n y Lenguaje     <br>   Pontificia Universidad Javeriana, Bogot&aacute;, Colombia</font>.</p> <font  face="verdana" size="2">  </font>      ]]></body>
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