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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[LONERGAN Y HABERMAS: CONTRIBUCIONES A LA COMPRENSIÓN DEL ÁMBITO MORAL]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Both Lonergan and Habermas agree not only to grant reason a remarkable place in their philosophies and to develop in more radical and different ways the subjective turn of epistemology that comes from Kant, but their ideas can be cross-fertilized to give us a better understanding of the moral domain. While intentional analysis of the conscious operations argued by Lonergan clarifies Habermas' discourse ethics, the latter requires the first to radically be transformed into a second-personal ethics.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4"><b>LONERGAN Y HABERMAS: CONTRIBUCIONES A LA COMPRENSI&Oacute;N DEL &Aacute;MBITO MORAL</b></font></p>     <p align="center"><font size="3"><b>LONERGAN AND HABERMAS: CONTRIBUTIONS TO UNDERSTANDING THE MORAL DOMAIN</b></font></p>     <p align="center">William Rehg, S.J.<sup>*</sup></p>     <p><sup>*</sup>Northwestern University, Illinois, USA. Conferencia presentada en el <i>Lonergan Colloquium, </i>Marquette University, Milwaukee, WI, USA; marzo 1 y 2 de 2012, y solicitada al autor: 14.09.12 Traducci&oacute;n de Francisco Sierra Guti&eacute;rrez. </p>     <p>Aceptada: 22.04.13</p> <hr>     <p><b>RESUMEN</b></p>     <p>Lonergan y Habermas no s&oacute;lo coinciden en concederle un sitio notable a la raz&oacute;n en sus filosof&iacute;as, y en que -cada uno a su manera- desarrolla de manera m&aacute;s radical el giro subjetivo de la epistemolog&iacute;a que procede de Kant, sino que sus ideas pueden entrecruzarse de manera muy f&eacute;rtil para brindar una mejor comprensi&oacute;n del dominio de la moral. Mientras el an&aacute;lisis intencional de la operatividad de la conciencia que sostiene Lonergan ayuda a aclarar la &eacute;tica discursiva de Habermas, esta &uacute;ltima le exige a la primera transformarse radicalmente en una &eacute;tica de segunda persona.</p>     <p><i><b>Palabras clave:</b> </i>Lonergan, Habermas, comprensi&oacute;n, moral, &eacute;tica discursiva</p> <hr>     <p><b>ABSTRACT</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Both Lonergan and Habermas agree not only to grant reason a remarkable place in their philosophies and to develop in more radical and different ways the subjective turn of epistemology that comes from Kant, but their ideas can be cross-fertilized to give us a better understanding of the moral domain. While intentional analysis of the conscious operations argued by Lonergan clarifies Habermas' discourse ethics, the latter requires the first to radically be transformed into a second-personal ethics.</p>     <p><i><b>Key words:</b> </i>Lonergan, Habermas, understanding, moral domain, discourse ethics</p> <hr>     <p>La filosof&iacute;a se desarrolla a trav&eacute;s de un f&eacute;rtil entrecruzamiento de ideas. Los principales actores de este ensayo son un ejemplo de ello. Al igual que el tomismo transcendental de Bernard Lonergan se benefici&oacute; de su encuentro con Kant y Hegel, asimismo, la teor&iacute;a cr&iacute;tica de J&uuml;rgen Habermas le debe mucho al pragmatismo americano. Es m&aacute;s, ambos pensadores permiten que los desarrollos de las ciencias emp&iacute;ricas y humanas configuren sus argumentos filos&oacute;ficos. &iquest;Nos atrevemos a esperar que Lonergan y Habermas tengan algo fruct&iacute;fero que ofrecerse el uno al otro?</p>     <p>Las perspectivas son prometedoras. Tanto Lonergan como Habermas le conceden a la raz&oacute;n un lugar destacado en sus an&aacute;lisis filos&oacute;ficos. La obra maestra de Lonergan tiene como tema central el acto de comprensi&oacute;n <i>(Insight), </i>y la teor&iacute;a socio-pol&iacute;tica de Habermas sienta las bases de una &quot;sociedad racional&quot;. Ambos pensadores reconocen una deuda considerable con Kant pero, tras ella, se da una similitud a&uacute;n m&aacute;s importante: ambos pensadores pretenden efectuar &quot;el giro subjetivo&quot; de la epistemolog&iacute;a moderna de una manera m&aacute;s rigurosa que la de Kant. As&iacute; que voy a comenzar con una breve descripci&oacute;n de ese proyecto en Lonergan y Habermas (I). La diferencia en la manera como cada uno realiza ese giro abre interesantes posibilidades de un f&eacute;rtil entrecruzamiento. En primera instancia, voy a describir c&oacute;mo la teor&iacute;a cognoscitiva de Lonergan puede aclarar de varias maneras la &eacute;tica de Habermas (II). Luego, me pregunto si la &eacute;tica de Lonergan se puede acomodar al car&aacute;cter -radicalmente, de segunda persona- de la &eacute;tica discursiva (III, IV). Finalmente, sostengo que no s&oacute;lo puede, sino que debe hacerlo (V).</p>     <p><font size="3"><b>I. El giro hacia el sujeto</b></font></p>     <p>El giro de Lonergan hacia el sujeto halla una clara expresi&oacute;n en su s&iacute;ntesis filos&oacute;fica, <i>Insight, </i>publicada por primera vez en 1957. El objetivo expl&iacute;cito de <i>Insight </i>es fomentar la &quot;autoapropiaci&oacute;n&quot; personal de las operaciones cognitivas del lector que lo conducen al conocimiento. Al igual que Kant, Lonergan subraya el papel activo del sujeto que conoce, y contrasta este enfoque con las epistemolog&iacute;as &quot;realistas ingenuas&quot; que conciben el conocimiento como un contacto pasivo con objetos reales que existen &quot;ya, afuera, all&aacute;, ahora&quot;. Sin embargo, a diferencia de Kant, Lonergan insiste en que podemos conocer el mundo en s&iacute; mismo (ver Lonergan, 1972: 35). Pero, <i>c&oacute;mo </i>conocemos la realidad es algo que posee una estructura que involucra a la subjetividad humana. El modo espec&iacute;ficamente humano de conocimiento aparece en las estructuras b&aacute;sicas de la indagaci&oacute;n, cuyas etapas de la experiencia, la comprensi&oacute;n y el juicio constituyen los estratos subyacentes del conocimiento. De manera m&aacute;s precisa, el conocimiento humano est&aacute; constituido por <i>juicios </i>cuyo contenido afirma correctamente la invulnerabilidad (a m&aacute;s preguntas) de una determinada <i>comprensi&oacute;n </i>de la <i>experiencia, </i>es decir, una aprehensi&oacute;n de la inteligibilidad inmanente en la experiencia.</p>     <p>As&iacute;, Lonergan puede afirmar que &quot;la objetividad genuina es el fruto de la subjetividad aut&eacute;ntica&quot; (1972: 292). Detr&aacute;s de esto se halla una distinci&oacute;n entre el significado y &quot;el criterio&quot; de la verdad. El significado de la verdad consiste en declarar &quot;lo que es o lo que no es as&iacute;&quot;, independientemente del sujeto. Pero, el criterio que gobierna nuestros esfuerzos por llegar a la verdad se encuentra en la autenticidad del sujeto (Lonergan, 1972: 37). Porque el sujeto aut&eacute;ntico es justamente el &uacute;nico que se mantiene fiel al &quot;dinamismo inmanente&quot; de la indagaci&oacute;n que lo lleva m&aacute;s all&aacute; de s&iacute; mismo, es decir, m&aacute;s all&aacute; de la fantas&iacute;a hacia una atenci&oacute;n cuidadosa a la experiencia; de la experiencia a las formas inteligentes de comprender esa experiencia; de la comprensi&oacute;n inteligente al examen cr&iacute;tico de la propia comprensi&oacute;n a la luz de objeciones, preguntas adicionales y puntos de vista alternativos; del examen cr&iacute;tico de los juicios razonables, en los que uno afirma la comprensi&oacute;n propia como correcta.</p>     <p>El giro de Habermas hacia el sujeto que conoce se hizo evidente en su temprana cr&iacute;tica a la filosof&iacute;a positivista de la ciencia. Para Habermas, sin embargo, el sujeto relevante no es el individuo sino la comunidad de investigadores. En dos ensayos tempranos (Habermas 1976a, b; Ed. alemana, 1963, 1964), Habermas critic&oacute; la explicaci&oacute;n de la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica de Karl Popper bajo dos cargos que tienen que ver con el sujeto que investiga.<sup><a name="s1" href="#1">1</a></sup> En primer lugar, Popper ignora c&oacute;mo la metodolog&iacute;a de las ciencias emp&iacute;ricas se construye sobre un inter&eacute;s antropol&oacute;gico profundamente asentado en el dominio t&eacute;cnico del mundo externo: al igual que la especie humana debe ser capaz de aprender c&oacute;mo controlar la naturaleza mediante el seguimiento de la efectividad de sus intervenciones, as&iacute; tambi&eacute;n, la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica depende de una observaci&oacute;n cuidadosa y del control de una retroalimentaci&oacute;n supervisada de las intervenciones experimentales. Esta <i>forma </i>de abordar la naturaleza constituye los objetos posibles del conocimiento cient&iacute;fico &mdash;los procesos naturales pueden contar como objetos de conocimiento cient&iacute;fico &uacute;nicamente en la medida en que pasen a trav&eacute;s de esta estructura metodol&oacute;gica. En segundo lugar, Habermas achaca a Popper el no tratar adecuadamente la parte comunicativa de la investigaci&oacute;n, el rico proceso hermen&eacute;utico que presupone la investigaci&oacute;n, y que sienta las bases de un trasfondo consensuado acerca del vocabulario, los m&eacute;todos y las normas de adecuaci&oacute;n.</p>     <p>En <i>Conocimiento e Inter&eacute;s </i>(1971), Habermas ampl&iacute;a su explicaci&oacute;n para incluir los intereses constitutivos del conocimiento de la comprensi&oacute;n mutua y la emancipaci&oacute;n. Para nosotros, dos puntos son cruciales. En primer lugar, Habermas critica los enfoques objetivistas que tratan el conocimiento como una confrontaci&oacute;n pasiva con la realidad externa, inmune a las condiciones subjetivas de la investigaci&oacute;n &mdash;una perspectiva no muy diferente del realismo ingenuo que Lonergan critica. En segundo lugar, Habermas se distingue de Lonergan porque se concentra no en el sujeto individual que conoce, sino en la comunidad de investigadores &mdash;y, en &uacute;ltima instancia, en la especie humana&mdash; como sujeto de la investigaci&oacute;n y del desarrollo cultural.</p>     <p>Finalmente, Habermas dio un paso m&aacute;s, rechaz&oacute; la &quot;filosof&iacute;a de la conciencia&quot; a favor &quot;del giro ling&uuml;&iacute;stico&quot;. En lugar de concebir la comunidad, o incluso, la humanidad, como una especie de macro-sujeto emancipado por la autoapropiaci&oacute;n reflexiva de sus pr&aacute;cticas investigativas, la teor&iacute;a de la acci&oacute;n comunicativa de Habermas parte de las pr&aacute;cticas socioling&uuml;&iacute;sticas compartidas en las que los sujetos ejercen su capacidad reflexiva <i>con los otros </i>(Habermas, 1984/1987). Lonergan nunca hizo un giro ling&uuml;&iacute;stico similar. Pero, &iquest;debe acaso esa diferencia significar una oposici&oacute;n? No lo creo. Por el contrario, la teor&iacute;a cognoscitiva de Lonergan puede aclarar la &quot;&eacute;tica discursiva&quot; de Habermas.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="3"><b>II. La idea del acto de comprensi&oacute;n moral: una contribuci&oacute;n de Lonergan a la &eacute;tica del discurso</b></font></p>     <p>En primer lugar, algunos antecedentes. La &eacute;tica del discurso de Habermas representa un avance de la tradici&oacute;n moral kantiana (ver Habermas, 1990; Rehg, 1994; Rehg, 2011). Recordemos que la &eacute;tica de Kant se centra en las obligaciones y en los juicios morales que expresan la preocupaci&oacute;n y el respeto por las personas. Kant se preocupa, sobre todo, por explicar el car&aacute;cter incondicional de las obligaciones o las normas morales,<sup><a name="s2" href="#2">2</a></sup> nuestra percepci&oacute;n de que ellas nos obligan, independientemente de las ventajas o las desventajas de actuar en conformidad con ellas. El an&aacute;lisis de Kant del deber moral (1) presupone que tales deberes pueden ser conocidos por la raz&oacute;n, y (2) conduce a la idea de que las normas morales v&aacute;lidas obligan a todas las personas por igual y de manera imparcial. Por consiguiente, Kant distingue la moral de la b&uacute;squeda de la felicidad subjetiva, entendida en t&eacute;rminos de la satisfacci&oacute;n de los deseos, las preferencias personales y la raz&oacute;n instrumental.</p>     <p>Del mismo modo, Habermas entiende la moral en t&eacute;rminos de normas y juicios imparciales que nos encaminan a actuar de manera que se trate a las personas con la debida atenci&oacute;n y respeto. Sin embargo, Habermas posee un an&aacute;lisis m&aacute;s rico del razonamiento pr&aacute;ctico que Kant. &Eacute;l contrasta la moral no s&oacute;lo con la satisfacci&oacute;n de las preferencias y la racionalidad instrumental, sino tambi&eacute;n con lo que &eacute;l denomina las preguntas &quot;&eacute;tico-existenciales&quot; sobre la autocomprensi&oacute;n aut&eacute;ntica y la b&uacute;squeda de objetivos de vida. Estrictamente hablando, entonces, la &eacute;tica del discurso es una teor&iacute;a del discurso de la moral, no de la deliberaci&oacute;n &eacute;tico-existencial. <sup><a name="s3" href="#3">3</a></sup></p>     <p>M&aacute;s importante a&uacute;n para nuestros prop&oacute;sitos, Habermas se distingue de Kant en la epistemolog&iacute;a moral, es decir, en la forma como se identifican y justifican las obligaciones morales. Kant, esencialmente, presupone que los agentes maduros pueden identificar de manera confiable sus deberes morales mediante un ejercicio individual o monol&oacute;gico de la raz&oacute;n, guiados por un procedimiento mental -el Imperativo Categ&oacute;rico- que examina las acciones prospectivas desde un &quot;punto de vista moral&quot; imparcial.<sup><a name="s4" href="#4">4</a></sup> Pero, el Imperativo</p>     <p>Categ&oacute;rico de Kant result&oacute;, de manera notable, poco fiable como control de los sesgos personales y los supuestos culturales no examinados. La &eacute;tica del discurso de Habermas corrige este d&eacute;ficit vinculando la justificaci&oacute;n moral con el di&aacute;logo real con otras personas, en particular, con todas aquellas que puedan verse afectadas por una norma o elecci&oacute;n moral prospectiva.</p>     <p>Por supuesto, para que un discurso real identifique y justifique confiablemente las normas morales v&aacute;lidas (y su correcta aplicaci&oacute;n en situaciones concretas), debe satisfacer las condiciones que le permitan a los participantes discutir el asunto de una manera suficientemente razonable, de modo que si llegan a un consenso, lo hagan s&oacute;lo sobre la base de un &quot;acto de comprensi&oacute;n del argumento mejor&quot; (como Habermas a veces lo pone). El principio moral de universalizaci&oacute;n (U) de Habermas resume estas ideas para el caso de las normas.<sup><a name="s5" href="#5">5</a></sup> Como regla para la argumentaci&oacute;n moral, (U) tiene por objeto garantizar que los resultados consensuales encaren los desaf&iacute;os de la justificaci&oacute;n racional planteados por las normas morales incondicionales, que regulan la b&uacute;squeda de los intereses y los valores personales. Explicada completamente en detalle, (U) tiene la forma siguiente:</p>     <p>Una norma moral N es justificable sobre la base de buenas razones en la medida en que:</p>     <blockquote> 	    <p>(i) toda persona cuyo rol social corresponda a N, o cuya b&uacute;squeda de bienes pueda regirse por o verse afectada por N podr&iacute;a aceptar N  	<i>(condici&oacute;n de consenso),    <br> 	</i>(ii) donde N se entiende como un requisito incondicionalmente vinculante para tratar a las personas con preocupaci&oacute;n y respeto, requisito que rige y afecta de manera t&iacute;pica la b&uacute;squeda de los bienes de toda persona/grupo 	<i>(condici&oacute;n tem&aacute;tica),    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> 	</i>(iii) despu&eacute;s de tomar parte en un discurso que satisfaga estas 	<i>condiciones del proceso: </i>(P1) todo el que sea capaz de hacer una contribuci&oacute;n importante (i.e., con argumentos que tengan que ver con el tema y los participantes expuestos m&aacute;s arriba) ser&aacute; incluido y se le dar&aacute; igual voz, (P2) los participantes no han sido enga&ntilde;ados o autoenga&ntilde;ados acerca de las razones  	pertinentes, sino que entienden su significado, y (P3) los participantes son libres de considerar todos los argumentos y contraargumentos pertinentes y juzgarlos por sus m&eacute;ritos<sup><a name="s6" href="#6">6</a></sup>.</p> </blockquote>     <p>El contra-f&aacute;ctico &quot;podr&iacute;a&quot;, en la condici&oacute;n de consenso, merece comentario. (U) establece condiciones muy exigentes de suficiencia sobre la justificaci&oacute;n discursiva de las normas morales: todos los afectados (como han sido definidos en la condici&oacute;n de consenso) deben aceptar determinados tipos de argumentos (condici&oacute;n tem&aacute;tica), despu&eacute;s de un discurso que cumple con exigentes est&aacute;ndares de proceso (P1 - P3). Podr&iacute;amos dudar de que un discurso real haya satisfecho siempre esas condiciones. En un nivel, entonces, (U) es una &quot;idealizaci&oacute;n contra-f&aacute;ctica&quot;. Pero, Habermas insiste en que (U) es tambi&eacute;n pr&aacute;cticamente operativa en el discurso real: podemos considerar el resultado de un discurso moral como racional si suponemos que, por lo menos, nos hemos &quot;aproximado lo suficiente&quot; a las exigencias comprendidas en (U). Con (U), Habermas quiere articular lo que nosotros mismos, como actores moralmente aut&oacute;nomos, &quot;presuponemos pr&aacute;cticamente&quot; acerca de nuestras &quot;mejores pr&aacute;cticas&quot; de discurso y juicio moral, en las que verdaderamente nos hemos esforzado por razonar juntos para resolver los problemas morales.</p>     <p>Habermas adopta as&iacute; una cultura que reconoce al gran valor de la autonom&iacute;a de la conciencia individual. Pero, la &eacute;tica del discurso articula la autonom&iacute;a moral como un logro dial&oacute;gico. Esto significa que (U) tiene implicaciones para la formaci&oacute;n de la conciencia individual: en la formaci&oacute;n de una opini&oacute;n razonable acerca de la moral, por ejemplo, la pena de muerte, debo presuponer que mi punto de vista podr&iacute;a sostenerse en un discurso racional; pero estoy justificado en ese supuesto s&oacute;lo en la medida en que me haya comprometido en un discurso moral actual sobre el tema. S&oacute;lo ese compromiso garantiza la confianza que pueda tener acerca de la razonabilidad de mi opini&oacute;n; es decir, la confianza de que mis razones de justificaci&oacute;n son aut&eacute;nticamente <i>buenas </i>razones. M&aacute;s sobre este punto m&aacute;s adelante.</p>     <p><b>(II.1)</b> &iquest;C&oacute;mo puede la teor&iacute;a cognitiva de Lonergan aclarar la &eacute;tica del discurso de Habermas? En primer lugar, Lonergan puede poner en claro la tesis de Habermas de que nuestras pr&aacute;cticas morales &quot;presuponen de manera pragm&aacute;tica&quot; principios &eacute;tico-discursivos tales como (U). &iquest;Qu&eacute; quiere decir eso? El argumento de Habermas para (U) es complejo, pero se reduce a la idea de que (U) captura un conjunto de ideas compartidas acerca del discurso y del juicio moral:</p> <ul>     <li>la idea de que las normas morales generales, a diferencia de las cuestiones de gusto personal y de preferencia de estilo de vida, se supone que suministran normas generales b&aacute;sicas de cooperaci&oacute;n que regulan la b&uacute;squeda de metas individuales (un supuesto tem&aacute;tico);</li>     <li>nuestro sentido intuitivo, evidente en la argumentaci&oacute;n moral, de que debemos ser capaces de justificar ante los otros las expectativas morales que tenemos los unos de los otros (el supuesto del consenso);</li>     <li>las condiciones que debemos suponer que nuestro discurso ya ha satisfecho de manera suficiente si vamos a considerarlo como racional; estas condiciones incluyen, <i>inter alia, </i>las tres condiciones del proceso de (U)<sup><a name="s7" href="#7">7</a></sup>.</li>     </ul>     <p>Estas ideas encajan en lo que Lonergan denomina &quot;la configuraci&oacute;n intelectual de la experiencia.&quot; Por lo tanto, en t&eacute;rminos de Lonergan, (U) articula el &quot;dinamismo inmanente&quot; en las pr&aacute;cticas de la investigaci&oacute;n y el juicio moral. Y, as&iacute; como el sujeto aut&eacute;ntico -el sujeto que presta atenci&oacute;n, es inteligente y razonable- constituye el criterio de la verdad objetiva en los juicios de hecho, as&iacute; tambi&eacute;n el <i>discurso racional </i>-abierto, inclusivo, igualitario, y sin restricciones- constituye el criterio de la objetividad moral en la &eacute;tica de Habermas.</p>     <p><b>(II.2)</b> En segundo lugar, la teor&iacute;a cognitiva de Lonergan aclara qu&eacute; quiere decir que el resultado de un discurso racional expresa un &quot;acto de comprensi&oacute;n del argumento mejor.&quot; Consideremos un caso concreto. Supongamos que un grupo de personas quiere formar sus opiniones acerca de una regulaci&oacute;n moralmente aceptable de fumar en edificios p&uacute;blicos, tal vez como preludio a la b&uacute;squeda de alg&uacute;n tipo de prohibici&oacute;n oficial.<sup><a name="s8" href="#8">8</a></sup> De acuerdo con la &eacute;tica del discurso, ese tipo de discurso reclama el concurso de todas las partes interesadas, que construyen (y critican) diversas propuestas sobre el comportamiento moral en algunas &aacute;reas de la vida social. Las propuestas positivas mismas, como normas prospectivas, parece que representan lo que Lonergan denomina &quot;los actos de comprensi&oacute;n pr&aacute;cticos directos&quot;. Puesto que cada propuesta responde a &quot;datos&quot; -deseos y temores con respecto a los efectos de fumar, informaci&oacute;n pertinente sobre los hechos, y as&iacute; sucesivamente- que integra en una posible forma de ordenar la conducta de fumar en determinados tipos de circunstancias recurrentes, con el fin de brindar adecuada preocupaci&oacute;n y respeto por las personas a la luz de diversas consecuencias. Presumiblemente, la principal &quot;preocupaci&oacute;n&quot; en este caso ser&iacute;a una preocupaci&oacute;n por la salud de las personas, mientras que el &quot;respeto&quot; se centrar&iacute;a en el respeto a la libertad individual y en evitar ofender a los dem&aacute;s. El discurso mismo, como un proceso de argumentaci&oacute;n, implica el examen de estas propuestas para su aceptaci&oacute;n general. Este proceso se despliega en la medida en que los participantes aportan sus puntos de vista particulares para influir en las propuestas, identifican las fallas, desaf&iacute;an supuestos de hecho sobre los efectos en los fumadores pasivos, expresan sentimientos y necesidades, invocan ideas generalmente aceptadas sobre la salud, la libertad, el respeto, y as&iacute; sucesivamente. De cara a las &quot;preguntas pertinentes adicionales&quot;, las propuestas se abandonan, se desarrollan, y se ampl&iacute;an en consecuencia.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Como una prueba cr&iacute;tica de los actos de comprensi&oacute;n directos (las diferentes propuestas), este proceso se ubica en el nivel que Lonergan denomina la reflexi&oacute;n. Si &eacute;ste lleva al consenso, entonces ese consenso expresa lo que Lonergan llama un <i>acto de comprensi&oacute;n reflexivo, </i>que aqu&iacute; consiste en un acto de comprensi&oacute;n acerca de la superioridad de una propuesta normativa sobre sus rivales y predecesoras. As&iacute; que un &quot;acto de comprensi&oacute;n del argumento mejor&quot; fundamenta un juicio comparativo de valor. Algunos comentaristas emplean el t&eacute;rmino &quot;acto de comprensi&oacute;n deliberativo&quot; para el acto de comprensi&oacute;n reflexivo sobre cuestiones de valor (Cronin, 2006: 187; tambi&eacute;n 179ss.: cf. Vertin, 1995). Aqu&iacute;, el &quot;valor&quot; correspondiente es el valor moral concreto de una manera de regular el fumar en lugares p&uacute;blicos.</p>     <p>Seg&uacute;n Lonergan, el acto de comprensi&oacute;n reflexivo capta, simult&aacute;neamente, (a) la conclusi&oacute;n prospectiva (aqu&iacute;, el juicio comparativo de que una propuesta normativa N es superior y por lo tanto v&aacute;lida), (b) el v&iacute;nculo entre la conclusi&oacute;n y sus condiciones de validez, y (c) el cumplimiento de estas condiciones (Lonergan, 1992: 312). Las condiciones, explica, no son otras que las preguntas pertinentes adicionales, y esas condiciones se cumplen cuando todas las preguntas adicionales hayan sido respondidas. Por lo tanto, la norma N es superior a otras alternativas, y por lo tanto v&aacute;lida, &uacute;nicamente en el caso en que puedan ser respondidas todas las preguntas pertinentes con respecto a la aceptabilidad de N, mientras no es posible hacerlo con las dem&aacute;s alternativas. En el contexto de un discurso que pretende llegar al consenso, el responder las preguntas adicionales significa que se pueden responder las preguntas que plantean todos los participantes o, mejor, que todo participante razonable pueda aceptar racionalmente las respuestas a las preguntas sobre N, mientras que otras propuestas no logran superar esa prueba. De ello se desprende que (U), en efecto, establece las normas para lo que Lonergan llamar&iacute;a un acto de comprensi&oacute;n deliberativo &quot;invulnerable&quot; en el &aacute;mbito moral: un acto de comprensi&oacute;n de la validez moral de una norma que cuenta como invulnerable a preguntas pertinentes adicionales precisamente en el caso en que todas las personas posiblemente afectadas por el asunto podr&iacute;an aceptar la norma despu&eacute;s de un discurso racional. Y, un discurso cuenta como suficientemente racional s&oacute;lo cuando cumpla con los est&aacute;ndares del proceso de (U), que ahora podemos ver est&aacute;n dise&ntilde;ados para asegurar que todas las preguntas pertinentes se han planteado y respondido a satisfacci&oacute;n de todos, quienes, de manera conjunta, eval&uacute;an las consideraciones pertinentes tan razonablemente como sea posible, es decir, hasta el punto donde el discurso adicional sobre la informaci&oacute;n disponible y los argumentos no cambiar&iacute;an el resultado.<sup><a name="s9" href="#9">9</a></sup></p>     <p>Los debates morales con los que estamos familiarizados no cumplen con este est&aacute;ndar. De manera m&aacute;s general, en t&eacute;rminos de Lonergan, el consenso moral racional rara vez implica una captaci&oacute;n del virtualmente incondicionado en el sentido explicado m&aacute;s arriba. Para muchas de las normas cotidianas ampliamente aceptadas, simplemente actuamos sobre la presunci&oacute;n de que podr&aacute;n satisfacer (U), si fu&eacute;ramos a abrirlas a la discusi&oacute;n. Para preguntas m&aacute;s contenciosas, nuestras normas y juicios morales siguen siendo, a lo mejor, probablemente v&aacute;lidos.</p>     <p><font size="3"><b>III. La naturaleza de segunda persona del acto de comprensi&oacute;n moral</b></font></p>     <p>Las reflexiones anteriores sobre la &eacute;tica del discurso plantean de manera impl&iacute;cita un cuestionamiento al enfoque de Lonergan. De acuerdo con la &eacute;tica del discurso, el acto de comprensi&oacute;n moral deliberativo es irreductiblemente social -uno no puede hacerlo por s&iacute; solo, precisamente porque las condiciones de validez de este acto incluyen <i>el acuerdo de los otros}<sup><a name="s10" href="#10">10</a></sup> </i>&iquest;Puede esta caracter&iacute;stica de la &eacute;tica discursiva entrar a formar parte de la &eacute;tica de Lonergan? Mi respuesta es s&iacute;. De hecho, pienso que su &eacute;tica requiere positivamente esta idea.</p>     <p>Es importante, para quienes empiezan, tener claridad sobre el asunto en cuesti&oacute;n. Para la &eacute;tica del discurso, el acto de comprensi&oacute;n deliberativo es, esencialmente, de segunda persona (Cf. Darwall, 2006). Para que mi juicio moral prospectivo satisfaga las condiciones de su validez -por las que supere las dudas leg&iacute;timas acerca de mi juicio- se necesita del consentimiento de Ustedes. &quot;Siempre y cuando <i>Ustedes </i>tengan, o pudieran tener, otra pregunta, entonces <i>yo </i>tambi&eacute;n tendr&eacute; otra ...En la medida en que su aceptaci&oacute;n <i>constituya </i>de manera parcial la correcci&oacute;n de la norma, mi duda debe persistir tanto cuanto Ustedes duden de que el comportamiento definido por la norma pueda ser esperado de Ustedes&quot; (Rehg, 1994: 86).</p>     <p>Hay razones profundas para los aspectos de &iacute;ndole de segunda persona de la &eacute;tica discursiva, que todav&iacute;a no he desarrollado plenamente. Empiezo con el trasfondo remoto de la teor&iacute;a de la acci&oacute;n comunicativa de Habermas.</p>     <p><b>(III.1)</b> El giro ling&uuml;&iacute;stico marca una diferencia crucial entre Lonergan y Habermas. Lonergan tiene mucho que decir acerca de la naturaleza social del conocimiento humano y del juicio. En su opini&oacute;n, el conocimiento cient&iacute;fico es un producto irreductiblemente social, el resultado de una especie de razonabilidad colectiva basada en la confianza mutua (v&eacute;ase Lonergan, 2004: 146; Rehg, 1993). M&aacute;s ampliamente, Lonergan se&ntilde;ala que &quot;&#91;E&#93;l conocimiento humano. no es una posesi&oacute;n individual sino m&aacute;s bien un fondo com&uacute;n, del que cada uno puede extraer creyendo, y al que cada uno puede contribuir en la medida en que desempe&ntilde;e de manera apropiada sus operaciones y reporte sus resultados con precisi&oacute;n&quot; (Lonergan, 1972: 43).</p>     <p>En esta forma, Lonergan est&aacute; profundamente en sinton&iacute;a con &quot;la sociolog&iacute;a del conocimiento&quot;.<sup><a name="s11" href="#11">11</a></sup> Pero &eacute;l no puede dar un paso m&aacute;s decisivo, que se encuentra en la base misma de la teor&iacute;a de la acci&oacute;n comunicativa de Habermas (1984/1987). La unidad b&aacute;sica de an&aacute;lisis en esa teor&iacute;a no es el juicio individual, sino m&aacute;s bien la oferta y la respuesta del acto de habla, por lo que es <i>una transacci&oacute;n entre dos personas, </i>el hablante y el destinatario. Como su nombre lo implica, un acto de habla es un tipo de acci&oacute;n social, un intento por parte del hablante de establecer una relaci&oacute;n intersubjetiva de alg&uacute;n tipo con el destinatario. Esto es m&aacute;s evidente con actos de habla tales como 'prometer', donde la declaraci&oacute;n del hablante 'Yo te prometo que__&quot; constituye la acci&oacute;n social de prometer, la cual establece un tipo espec&iacute;fico de relaci&oacute;n interpersonal entre quien realiza la promesa y el destinatario de la misma, relaci&oacute;n de tal &iacute;ndole que este &uacute;ltimo puede hacer responsable al hablante del cumplimiento de la promesa. Pero, las afirmaciones de hecho tambi&eacute;n son acciones sociales: cuando se le dice a otro que <i>p </i>es el caso, uno pretende establecer una relaci&oacute;n basada en una porci&oacute;n compartida de informaci&oacute;n. Si el oyente acepta la afirmaci&oacute;n f&aacute;ctica, entonces, cada parte puede exigir cuentas al otro del discurso y del comportamiento consistentes con la informaci&oacute;n.</p>     <p>Dentro del marco de los actos de habla, los juicios de hecho son interesantes en la medida en que se trata de <i>afirmaciones </i>f&aacute;cticas dirigidas a otros cient&iacute;ficos, y esas afirmaciones tienen un completo &eacute;xito como actos de habla &uacute;nicamente en la medida en que la comunidad las acepte al interior de su <i>corpus </i>de conocimiento p&uacute;blico (cf. Ziman, 1968). La racionalidad de tales actos de habla, Habermas argumenta, depende del hecho de que las afirmaciones f&aacute;cticas introducen un tipo espec&iacute;fico de &quot;pretensi&oacute;n de validez&quot;, a saber, una pretensi&oacute;n de verdad. Las afirmaciones de obligaci&oacute;n moral, por el contrario, introducen una pretensi&oacute;n de rectitud.<sup><a name="s12" href="#12">12</a></sup> En general, las pretensiones de validez est&aacute;n inherentemente abiertas a potenciales cr&iacute;ticas y justificaci&oacute;n. Afirmar, por ejemplo, que los virus pueden causar ciertos tipos de c&aacute;ncer, o que la esclavitud es mala, es ofrecerle al destinatario una garant&iacute;a t&aacute;cita de que se pueden aducir buenas razones que apoyen la afirmaci&oacute;n. Al aceptar una pretensi&oacute;n de validez, el oyente efectivamente acepta la garant&iacute;a del hablante, lo que significa que si yo, el oyente, tengo dudas y planteo preguntas acerca de su afirmaci&oacute;n, Usted debe &quot;redimir&quot; su garant&iacute;a proporcionando buenas razones (que podr&iacute;an incluir el que me refiera a una autoridad que ambos aceptemos). Por lo tanto, si los actos de habla introducen pretensiones de validez de diferentes tipos, entonces, la acci&oacute;n comunicativa est&aacute; &iacute;ntimamente relacionada con dar razones y argumentar.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>(III.2)</b> De acuerdo con Habermas, la cooperaci&oacute;n social descansa parcialmente en expectativas morales compartidas que los miembros consideran justificables con base en razones que todos pueden aceptar. Pero esa tesis no nos lleva todav&iacute;a a una &eacute;tica del discurso y su principio de universalizaci&oacute;n (U). Porque &quot;las razones que todos pueden aceptar&quot; podr&iacute;an llegar a un fin con una apelaci&oacute;n a la autoridad tradicional. Como un intento de articular las bases de la moralidad aut&oacute;noma, el Principio (U) da un paso m&aacute;s al especificar lo que cuenta como una raz&oacute;n adecuada, a saber, las razones que (a) se refieren a los posibles efectos de una norma en los valores e intereses de una persona, y que (b) todos los afectados podr&iacute;an libremente aceptar en un discurso racional. Esos requisitos implican que esa autoridad no est&aacute; protegida, en principio, simplemente en virtud de su posici&oacute;n institucional o social, de las pretensiones de justificaci&oacute;n racional, que exigen prestar atenci&oacute;n a las circunstancias de cada persona y busque su consentimiento.<sup><a name="s13" href="#13">13</a></sup></p>     <p>Este punto, constituye, entonces, el fundamento pr&oacute;ximo para el car&aacute;cter de segunda persona de las normas y de los juicios morales: en la medida en que estos se dirigen a los agentes moralmente aut&oacute;nomos, tienen que estar en conformidad con los dictados de la conciencia personal de esos agentes. Sin embargo, puesto que no podemos suponer que todas las conciencias convergen en el reino kantiano de la raz&oacute;n pura, entonces, el simple hecho de que <i>yo </i>conscientemente juzgue que una norma N sea correcta no garantiza que su conciencia alcance el mismo juicio. Por lo tanto, para que yo pueda juzgar imparcialmente y, por lo tanto, de manera aut&oacute;noma, se requiere del di&aacute;logo: Yo no puedo <i>de manera concluyente </i>considerar N como obligatoria para Usted y para m&iacute; y para cualquiera, en circunstancias similares, a menos que Usted y yo y todos los dem&aacute;s <i>concluyamos juntos, y sepamos que todos juntos concluimos, </i>que N nos obliga a cada uno de nosotros en las circunstancias del caso.</p>     <p>Como lo he se&ntilde;alado anteriormente, este modelo funciona como una idealizaci&oacute;n contra-f&aacute;ctica que afecta la formaci&oacute;n de la conciencia individual. Yo puedo considerar un juicio como completa y perfectamente justificado s&oacute;lo si presupongo que &eacute;ste <i>podr&iacute;a </i>ser acordado por todas las partes implicadas en el discurso razonable. Pero esa suposici&oacute;n se justifica s&oacute;lo en la medida en que mis encuentros dial&oacute;gicos reales lo respalden. Por un lado, dados los l&iacute;mites del discurso real, mis opiniones y juicios morales deben, por lo general, seguir siendo en el mejor de los casos probables. Por el otro, cualquier confianza que deposite en la rectitud probable de mi juicio se constituye en una confianza razonable &uacute;nicamente en la medida en que &eacute;sta fluya desde una experiencia de discursos reales que sean suficientemente razonables. En consecuencia, la &eacute;tica del discurso establece las exigencias de una &quot;conciencia informada&quot; muy elevada porque &eacute;sta me obliga a involucrarme en un discurso de la manera m&aacute;s amplia y razonable que pueda, dadas las circunstancias, buscando en particular las opiniones de todos los afectados por el problema. Es m&aacute;s, la &eacute;tica del discurso aconseja la humildad: en la medida en que otras personas razonables sigan estando en desacuerdo con mi juicio, yo deber&iacute;a considerar mis razones justificativas menos que concluyentes<sup><a name="s14" href="#14">14</a></sup>.</p>     <p><font size="3"><b>IV. Re-lectura del acto de comprensi&oacute;n deliberativo seg&uacute;n Lonergan</b></font></p>     <p>Volvamos ahora a la cuesti&oacute;n principal, que se refiere al car&aacute;cter social del acto de comprensi&oacute;n deliberativo de la &eacute;tica de Lonergan.<sup><a name="s15" href="#15">15</a></sup> En sus an&aacute;lisis sobre el razonamiento pr&aacute;ctico, el acto de comprensi&oacute;n deliberativo ocupa una posici&oacute;n an&aacute;loga con el acto de comprensi&oacute;n reflexivo del proceso cognoscitivo que permite emitir los juicios de hecho. Esta analog&iacute;a sugiere que el razonamiento moral implica un proceso de experiencia, comprensi&oacute;n, acto de comprensi&oacute;n deliberativo y juicio moral. As&iacute;, partimos de <i>experiencias concretas </i>de bienes y males aparentes y de los sentimientos que responden a ellos. Estos sentimientos incluyen tanto las respuestas de la autoestima como las autotrascendentes: por un lado, las atracciones y repulsiones simples, las satisfacciones e insatisfacciones; por el otro, las respuestas a los valores genuinos y a los desvalores (Lonergan, 2004: 336f). En el ejemplo del fumar en lugares p&uacute;blicos, presumiblemente, estos sentimientos incluir&iacute;an los placeres y desagrados de fumar, as&iacute; como las preocupaciones acerca de la salud y la ausencia de interferencias.</p>     <p>N&oacute;tese, sin embargo, que las experiencias y sentimientos relevantes en nuestro ejemplo surgen dentro de pr&aacute;cticas sociales establecidas&mdash; &quot;modo(s) de cooperaci&oacute;n ya comprendidos y aceptados&quot; de acuerdo con esquemas m&aacute;s o menos institucionalizados de la vida diaria (Lonergan, 2004: 148). En general, las pr&aacute;cticas sociales funcionan bien en la medida en que ellas se hagan cargo de los &quot;bienes de orden&quot;, mediante los cuales los participantes integran sus diversas actividades y deseos (Lonergan, 1992: 620). Estas pr&aacute;cticas son el resultado de <i>ejercicios de comprensi&oacute;n </i>de la inteligencia pr&aacute;ctica que producen actos de comprensi&oacute;n directos sobre los modos de ordenamiento de la cooperaci&oacute;n humana. Pero, cuando nuestro grupo se pregunta por la aceptabilidad moral de fumar, no est&aacute;n planteando una pregunta para la inteligencia acerca de &iquest;c&oacute;mo deber&iacute;amos regular nuestro fumar en lugares p&uacute;blicos? M&aacute;s bien, la pregunta surge en un contexto que ya se encuentra moldeado por una respuesta anterior a esa cuesti&oacute;n, a saber, una comprensi&oacute;n institucional existente que permite fumar en los lugares designados en espacios p&uacute;blicos cerrados. La informaci&oacute;n adicional (por ejemplo, la evidencia de los efectos negativos de fumar en los fumadores pasivos), junto con las experiencias de los participantes sobre el funcionamiento concreto del r&eacute;gimen existente de fumar en espacios p&uacute;blicos, provoca ahora una pregunta para <i>la reflexi&oacute;n cr&iacute;tica, </i>es decir, para la deliberaci&oacute;n moral: &iquest;es la pr&aacute;ctica establecida, verdaderamente, correcta moralmente?<sup><a name="s16" href="#16">16</a></sup>.</p>     <p>Recordemos que el acto de comprensi&oacute;n deliberativo aprehende la unidad de tres t&eacute;rminos:</p> <ul>     <li>el condicionado, es decir, el juicio de valor; en este caso, estamos preguntando si el actual r&eacute;gimen de fumar es moralmente aceptable, por lo que el juicio de que se trata es: la pr&aacute;ctica actual (de espacios designados para fumar en espacios p&uacute;blicos cerrados) es moralmente aceptable;</li>     <li>el nexo entre el condicionado y sus condiciones: la pr&aacute;ctica actual es moralmente aceptable, si toda pregunta adicional pertinente, provocada por experiencias, sentimientos, e informaci&oacute;n disponible para los participantes, ha sido respondida;</li>     <li>el cumplimiento de las condiciones, por lo tanto, el hecho de que las preguntas pertinentes adicionales han sido respondidas.</li>     ]]></body>
<body><![CDATA[</ul>     <p>As&iacute; como un proceso de reflexi&oacute;n cr&iacute;tica confronta el juicio prospectivo con preguntas adicionales, la deliberaci&oacute;n aut&eacute;ntica depende en ciertos modos bastante evidentes de la colaboraci&oacute;n. Para empezar, la pregunta para la reflexi&oacute;n fue provocada por las experiencias de los distintos participantes, as&iacute; como por las conclusiones que emanan de la colaboraci&oacute;n cient&iacute;fica.</p>     <p>En el enfoque de Lonergan, sin embargo, la necesidad de colaboraci&oacute;n no descansa simplemente en el mero hecho de que algunas personas resulten estar insatisfechas con una pr&aacute;ctica, sino en la naturaleza misma de los juicios morales. Si los dinamismos inmanentes que conducen a juicios de hecho y de valor aut&eacute;nticos tienen la estructura que &eacute;l describe, entonces, esos juicios, como las pretensiones de validez de Habermas, est&aacute;n inherentemente abiertos a la cr&iacute;tica y a la justificaci&oacute;n, es decir, est&aacute;n abiertos a nuevas preguntas pertinentes que exigen ser respondidas camino a los actos de comprensi&oacute;n deliberativos de una suficiente evidencia. En consecuencia, cualquier persona comprometida con la configuraci&oacute;n intelectual de la experiencia, que siga los dinamismos cognitivos de manera honesta, presumiblemente debiera estar lista para defender sus juicios ante los dem&aacute;s. Es m&aacute;s, uno debe buscar a los cr&iacute;ticos. Porque como lo advierte Lonergan, un juicio es invulnerable s&oacute;lo cuando no existe ninguna nueva pregunta pertinente. Y contin&uacute;a: &quot;no basta con decir que las condiciones &#91;para un juicio invulnerable&#93; se han cumplido cuando <i>no me surgen m&aacute;s preguntas nuevas a m&iacute;&quot; </i>(Lonergan, 1992: 309, cursivas a&ntilde;adidas). Por lo tanto, la formaci&oacute;n de la conciencia moralmente responsable exige, <i>entre otras, </i>que uno se involucre con los dem&aacute;s, &quot;discutiendo y deliberando sobre las cosas&quot; (Lonergan, 1992: 310).</p>     <p>Ahora llegamos a una coyuntura crucial. Hasta este punto, la deliberaci&oacute;n aut&eacute;ntica exige la colaboraci&oacute;n de los dem&aacute;s, en la medida en que uno necesita insumos de diferentes tipos &mdash;los sentimientos y experiencias de los dem&aacute;s; hechos importantes; el percatarse de las preguntas relevantes&mdash; con el fin de juzgar la aceptabilidad moral de una norma. Pero la &eacute;tica del discurso se enfrenta a Lonergan con una perspectiva m&aacute;s radical, pues se pregunta si su &eacute;tica puede dar cabida a la idea de que <i>el acuerdo razonable </i>de los otros cuenta como una condici&oacute;n para un acto de comprensi&oacute;n deliberativo invulnerable.</p>     <p>La cuesti&oacute;n es c&oacute;mo se entiende el punto en el que no hay m&aacute;s preguntas pertinentes. Responder a nuevas preguntas, a mi entender, es un proceso de justificaci&oacute;n discursiva: al responder a una pregunta o a una objeci&oacute;n, uno da un argumento convincente en apoyo de su juicio prospectivo. Por lo tanto, un acto de comprensi&oacute;n invulnerable capta el hecho de que los argumentos que lo justifican toman en cuenta toda la informaci&oacute;n pertinente y brindan respuestas conclusivas a todas las objeciones. Ahora podemos plantear la pregunta crucial de un modo m&aacute;s preciso: &iquest;qui&eacute;n cuenta como autoridad competente para evaluar la fuerza de los argumentos morales &mdash;el sujeto individual aut&eacute;ntico, o la comunidad de investigadores morales razonables?</p>     <p>Si el sujeto, entonces el que &quot;no haya m&aacute;s nuevas preguntas pertinentes&quot; acontece cuando el actor individual, tras una participaci&oacute;n consciente en un discurso suficientemente incluyente, queda satisfecho con que es &eacute;l o ella, el o la que tiene el argumento concluyente que responde a las preguntas y objeciones de todos. Pero, si se adopta el punto de vista alternativo, la &eacute;tica del discurso a&ntilde;ade una condici&oacute;n m&aacute;s: mi argumento proporciona una respuesta concluyente a las preguntas y objeciones de los dem&aacute;s &uacute;nicamente en la medida en que &eacute;ste pueda ganar su <i>acuerdo razonable, </i>y estoy justificado al pensar que podr&iacute;a ganar ese acuerdo s&oacute;lo en la medida en que perciba tal acuerdo en el discurso real. En consecuencia, si me parece que algunos de los participantes en el discurso moral son aparentemente razonables y, sin embargo, no se dejan persuadir por los argumentos de mi juicio, entonces mi juicio sigue siendo menos que invulnerable a nuevas preguntas pertinentes. En esta situaci&oacute;n, mi acto de comprensi&oacute;n sigue siendo &quot;vulnerable&quot;, y tengo que considerar mi juicio moral, a lo sumo, como probable.</p>     <p>Esta alternativa m&aacute;s radical podr&iacute;a parecer no s&oacute;lo incre&iacute;blemente exigente, sino en desacuerdo con la idea misma de la inviolabilidad de la conciencia individual. Y aqu&iacute; pienso que esta alternativa ayuda tanto a la &eacute;tica del discurso como a la de Lonergan, a distinguir la justificaci&oacute;n moral convincente del juicio moral responsable.<sup><a name="s17" href="#17">17</a></sup> Como teor&iacute;a de la justificaci&oacute;n moral ideal, la &eacute;tica discursiva define una justificaci&oacute;n concluyente en t&eacute;rminos de idealizaciones contraf&aacute;cticas que se resumen en (U). Pero la responsabilidad de un juicio moral razonable recae, en &uacute;ltima instancia, en el individuo. Y ese juicio es razonable en la medida en que la confianza del individuo en su rectitud (probable) est&aacute; condicionada por su participaci&oacute;n consciente en el discurso real.</p>     <p>Creo que la teor&iacute;a cognoscitiva de Lonergan permite una distinci&oacute;n parecida. El sujeto individual conserva la responsabilidad personal por su juicio moral, que le implica un &quot;compromiso personal&quot; (Lonergan, 1992: 574). Pero la razonabilidad del juicio depende de la calidad de la deliberaci&oacute;n del sujeto que lo precede. Esta jugada abre el espacio para una concepci&oacute;n radicalmente de segunda persona de la justificaci&oacute;n moral concluyente y del acto de comprensi&oacute;n deliberativo invulnerable. &iquest;Encontramos respaldo para atribuir tal concepci&oacute;n a Lonergan?</p>     <p>En el pasaje que m&aacute;s se acerca a una respuesta directa a nuestra pregunta, Lonergan claramente vincula la reflexi&oacute;n con el discurso real. Para hacer esta jugada, se basa en una distinci&oacute;n entre los criterios &quot;pr&oacute;ximo&quot; y &quot;remoto&quot; de verdad y de objetividad. Para los sujetos humanos falibles, las dudas surgen naturalmente en relaci&oacute;n con el criterio pr&oacute;ximo de verdad, la captaci&oacute;n del virtualmente incondicionado &mdash; &iquest;realmente lo he captado? Esta pregunta, a su vez, hace surgir dudas acerca del criterio remoto de verdad, a saber, la autenticidad del sujeto &mdash; &iquest;mi captaci&oacute;n ha &quot;estado viciada por los sesgos subjetivos&quot;? El ant&iacute;doto a esa duda es el discurso real:</p>     <blockquote> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>As&iacute;, cabe recurrir a los juicios de los dem&aacute;s para convalidar los propios. El desprendimiento y el desinter&eacute;s son independientes de las circunstancias, mas todo sesgo, salvo el general, tiende a variar con las circunstancias. Por lo tanto, las certidumbres pueden ser reforzadas por el consenso de los dem&aacute;s, y este refuerzo variar&aacute; seg&uacute;n el n&uacute;mero de quienes concuerden, la diversidad de sus circunstancias, la eliminaci&oacute;n virtual consiguiente del sesgo individual y de grupo, y la ausencia de un fundamento para sospechar la presencia de un sesgo general. (Lonergan, 1992: 574).</p> </blockquote>     <p>Este pasaje resume las caracter&iacute;sticas centrales de la &eacute;tica del discurso como una teor&iacute;a de la justificaci&oacute;n imparcial (no sesgada). La confianza propia en la rectitud probable del juicio de uno se incrementa de acuerdo con los compromisos reales de uno mismo con el discurso y la evidencia de un acuerdo razonable, lo cual Lonergan vincula con el alcance o la inclusi&oacute;n de perspectivas diferentes.</p>     <p>Pero este pasaje, por m&aacute;s sugestivo, no nos brinda de inmediato la base de principios de una concepci&oacute;n radicalmente de segunda persona; m&aacute;s bien, la demanda de consenso real surge de la posibilidad contingente del sesgo subjetivo. La &eacute;tica del discurso, por el contrario, fundamenta su concepci&oacute;n de segunda persona en la naturaleza misma de las pretensiones de validez moral dirigidas a los agentes aut&oacute;nomos. Aunque Lonergan hace alusi&oacute;n a la autonom&iacute;a y al punto de vista de segunda persona en textos dispersos, sus parcas observaciones sobre el tema no penetran su &eacute;tica o su an&aacute;lisis del bien.<sup><a name="s18" href="#18">18</a></sup> Queda, sin embargo, un recurso por explotar, el que <i>pide </i>que Lonergan adopte una &eacute;tica m&aacute;s radical de segunda persona.</p>     <p><font size="3"><b>V. Las personas como jueces de valor</b></font></p>     <p>El punto de vista de segunda persona de la &eacute;tica moderna implica una consideraci&oacute;n acerca del valor que los seres humanos tienen los unos para con los otros. Lonergan reconoce a la persona humana como un valor, una criatura cuya dignidad exige una respuesta moral. La apreciaci&oacute;n del valor, la capacidad de respuesta al valor, marca la conversi&oacute;n moral del sujeto responsable (ver Melchin, 1998: cap. 1). Pero cuando otras personas se involucran en la deliberaci&oacute;n moral bajo la r&uacute;brica del valor, debemos hacerlo de tal manera que se aprehenda el car&aacute;cter espec&iacute;ficamente dial&oacute;gico de la moralidad interpersonal. Las otras personas son de hecho valores&mdash;fines-en-s&iacute;-mismos y, por lo tanto, valores absolutos, como dir&iacute;a Kant&mdash;, pero la categor&iacute;a desnuda de valor no hace justicia al papel que juegan los dem&aacute;s en la deliberaci&oacute;n moral propia. Es m&aacute;s, los otros se me presentan como seres capaces de deliberaci&oacute;n moral, de elecci&oacute;n y de autotrascendencia; esta capacidad le confiere una dignidad especial a las personas y al tipo de demanda que hacen sobre mi deliberaci&oacute;n.</p>     <p>Pero en la teor&iacute;a cognoscitiva pr&aacute;ctica de Lonergan, el reconocimiento de esa dignidad y de la demanda que me hace afecta sobre todo el <i>contenido </i>de mi deliberaci&oacute;n, m&aacute;s que el proceso de deliberaci&oacute;n mismo. <sup><a name="s19" href="#19">19</a></sup> Para hacer el giro hacia una versi&oacute;n m&aacute;s radical de una moralidad dial&oacute;gica, la dependencia de las dem&aacute;s personas debe afectar el proceso deliberativo mismo en su n&uacute;cleo esencial. De hecho, la idea de que las personas son capaces de deliberaci&oacute;n aut&eacute;ntica y de autotrascendencia moral tiene implicaciones para el proceso deliberativo que Lonergan, que yo sepa, nunca despleg&oacute; ampliamente. Porque reconocer a las otras personas es reconocer que yo no soy el &uacute;nico sujeto aut&eacute;ntico, ni soy el &uacute;nico criterio de objetividad, ni la &uacute;nica persona comprometida con el proceso de indagaci&oacute;n y reflexi&oacute;n que conduce a juicios de valor razonables y responsables. Por lo tanto, cuando reconozco a las dem&aacute;s personas, yo reconozco otros sujetos que indagan y, por lo tanto, otros centros posibles de subjetividad aut&eacute;ntica, otros criterios (remotos) de objetividad. M&aacute;s precisamente, cuando reconozco a los dem&aacute;s, debo concederles no s&oacute;lo la dignidad de ser fines-en-s&iacute;-mismos, sino que tambi&eacute;n debo estar dispuesto a concederles la autoridad de ser <i>jueces de valor </i>responsables. Como jueces de valor, tienen una autoridad <i>prima facie </i>para juzgar mis acciones y mis juicios, as&iacute; como yo tengo autoridad para juzgar sus acciones y sus juicios.<sup><a name="s20" href="#20">20</a></sup></p>     <p>Ahora necesitamos s&oacute;lo un paso m&aacute;s para llegar a una &eacute;tica m&aacute;s radical de segunda persona: un reconocimiento de que todo juez de valor s&oacute;lo tiene una captaci&oacute;n limitada y falible del cumplimiento de la informaci&oacute;n relevante, de las preguntas y los argumentos que constituyen las condiciones del acto de comprensi&oacute;n deliberativo. Pero Lonergan ya ha dado ese paso. Recordemos tan s&oacute;lo sus observaciones acerca de los sesgos, sobre la naturaleza autocorrectiva de la indagaci&oacute;n, sobre las imperfecciones de los bienes de orden. Tenemos, as&iacute;, dos premisas:</p> <ul>     <li>Todo sujeto aut&eacute;ntico es un juez de valor, con autoridad <i>prima facie </i>para juzgar la correcci&oacute;n objetiva de los juicios de valor de otros.</li>     <li>Todo juez de valor s&oacute;lo tiene una aprehensi&oacute;n falible y limitada del cumplimiento de las condiciones que justifican un juicio de valor.</li>     </ul>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Estas dos exigencias bastan para descartar la alternativa menos radical planteada anteriormente, la idea de que el individuo suficientemente informado es capaz de captar la invulnerabilidad de un acto de comprensi&oacute;n deliberativo. Pero, estas exigencias a&uacute;n no definen la invulnerabilidad, o la justificaci&oacute;n moral concluyente, en t&eacute;rminos de un acuerdo universal. Mejor dicho, &eacute;stas simplemente implican que ning&uacute;n juez universal de valor puede certificar el car&aacute;cter concluyente de sus juicios (su invulnerabilidad al error), sino que todo juez de valor debe someter sus juicios al juicio de los dem&aacute;s.</p>     <p>El criterio de un acto de comprensi&oacute;n invulnerable, en otras palabras, no est&aacute; claro. &iquest;Hay alg&uacute;n criterio semejante? Aqu&iacute; la idea de m&uacute;ltiples criterios de objetividad moral &mdash;cada sujeto aut&eacute;ntico constituye un criterio de objetividad&mdash; proporciona una posible pista. Esta idea plantea una especie de dilema. Por un lado, podr&iacute;amos pensar que estos criterios m&uacute;ltiples deben, por definici&oacute;n, estar de acuerdo en sus juicios de valor. Pero eso va en contra de la experiencia, porque las personas de buena voluntad a menudo est&aacute;n en desacuerdo. Por otro lado, si no necesariamente est&aacute;n de acuerdo, &iquest;nos quedamos entonces con una perspectiva relativista? Si los sujetos aut&eacute;nticos no est&aacute;n de acuerdo sobre la rectitud moral de una acci&oacute;n particular, por ejemplo, la invasi&oacute;n de Irak en 2003 por los Estados Unidos, &iquest;debemos sostener que ambos juicios son objetivamente correctos?</p>     <p>La distinci&oacute;n de Lonergan entre los criterios pr&oacute;ximo y remoto de objetividad y de verdad resuelve este dilema. La justificaci&oacute;n concluyente es el criterio pr&oacute;ximo; el sujeto aut&eacute;ntico es s&oacute;lo el criterio remoto, la autoridad en mejor posici&oacute;n para juzgar el car&aacute;cter concluyente de los argumentos justificativos. Sin embargo, si la subjetividad aut&eacute;ntica implica el reconocimiento de las dem&aacute;s personas como jueces de valor a los que los juicios de valor propios est&aacute;n sujetos, entonces, el criterio remoto de objetividad se hace irreductiblemente dial&oacute;gico. Cada uno de los sujetos aut&eacute;nticos constituye un criterio de objetividad &uacute;nicamente en la medida en que sometan sus juicios unos a otros a consideraci&oacute;n y evaluaci&oacute;n conjunta. Por consiguiente, si hay varios criterios de objetividad, entonces &eacute;stos se interrelacionan de manera que la autoridad de cada uno se encuentre condicionada por la de los dem&aacute;s. En ese caso, es m&aacute;s exacto decir que el criterio remoto de objetividad es la tendencia de opini&oacute;n de la comunidad de investigaci&oacute;n. As&iacute;, el criterio remoto que permite establecer justificaciones concluyentes que respondan a toda pregunta adicional pertinente es el acuerdo de la comunidad aut&eacute;ntica de investigadores.</p>     <p><font size="3"><b>Ap&eacute;ndice</b></font></p>     <p>Algunos pasajes de Lonergan apuntan al enfoque m&aacute;s radical de segunda persona en el que el acuerdo tiene un papel constitutivo de la &eacute;tica. En sus observaciones sobre Piaget, por ejemplo, reconoce que La moral que se obtiene mediante el acuerdo mutuo y se basa en el mutuo respeto constituye una parte importante de la moral humana, la parte de la moral que surge cuando el sujeto se desplaza hacia el nivel del valor &eacute;tico, la autonom&iacute;a del esp&iacute;ritu, la realizaci&oacute;n consciente de su propia libertad y responsabilidad, y el respeto por la libertad y la responsabilidad de los dem&aacute;s. Esta parte florece en la cooperaci&oacute;n humana (Lonergan, 1993: 100).</p>     <p>En otros lugares encontramos referencias expl&iacute;citas a la perspectiva de segunda persona. En su an&aacute;lisis de la configuraci&oacute;n dram&aacute;tica de la experiencia, describe la vida humana como una especie de obra de teatro, en la que los actores buscan la aprobaci&oacute;n y el respeto de los dem&aacute;s, nuestra audiencia (Lonergan, 1992: 211). En sus an&aacute;lisis de la comunicaci&oacute;n, fundamenta el surgimiento de una &quot;significaci&oacute;n com&uacute;n&quot; dial&oacute;gicamente: &quot;sobre la base de una intersubjetividad ya existente, el yo hace un gesto, el otro da una respuesta interpretativa y el yo descubre en la respuesta el significado efectivo de su gesto&quot; (Lonergan, 1972: 357; 1988: 343).</p>     <p>En su tratamiento de la comunidad como un <i>locus </i>de la autoridad, Lonergan alude a algo parecido a la naturaleza social del acto de comprensi&oacute;n moral. En contraste con las &quot;autoridades&quot;, es decir, los funcionarios con poder institucional, &quot;la autoridad pertenece a la comunidad que tiene un campo com&uacute;n de experiencia, formas de comprensi&oacute;n comunes y complementarias, juicios comunes y prop&oacute;sitos comunes&quot; (Lonergan, 1985: 7). A continuaci&oacute;n, pasa a se&ntilde;alar, en primer lugar, que &quot;la autenticidad hace leg&iacute;tima a la autoridad,&quot; y, en segundo lugar, que la autenticidad (as&iacute; como la inautenticidad) se puede encontrar no s&oacute;lo en los individuos, sino en la comunidad. Los elementos b&aacute;sicos de una &eacute;tica del discurso parecen estar merodeando, en espera de ser ensamblados. Pero el texto parece muy esquivo en brindar una orientaci&oacute;n fiable.</p>     <p>Con todo, ninguno de estos pasajes sugestivos penetra lo suficiente en su &eacute;tica. Es m&aacute;s, otros pasajes parecen descartar el giro intersubjetivo radical, y ponen &eacute;nfasis en la dimensi&oacute;n individual de la autenticidad &eacute;tica. La autotrascendencia moral es s&oacute;lo eso: un logro del yo individual. As&iacute; como el sujeto aut&eacute;ntico y autotrascendente es el criterio de verdad y de objetividad de los juicios de hecho, as&iacute; mismo lo es de los juicios de valor. Por &quot;sujeto autotrascendente&quot; Lonergan entiende la persona individual: &quot;Cuando alcanzas un incondicionado alcanzas la verdad, y cuando eres una persona virtuosa y realizas el juicio con una buena conciencia moral, te est&aacute;s autotrascendiendo de nuevo.&quot; M&aacute;s precisamente, el sujeto que delibera de manera aut&eacute;ntica va m&aacute;s all&aacute; de la autotrascendencia cognitiva obtenida en los juicios verdaderos de hecho y alcanza un juicio de valor objetivo, el paso pr&oacute;ximo antes de la completa autotrascendencia moral que se consigue actuando de acuerdo con ese juicio (Lonergan, 2004: 144).</p> <hr>     <p><font size="3"><b>Pie de p&aacute;gina</b></font></p>     <p><sup><a href="#s1" name="1">1</a></sup>Si bien, Popper ataca el positivismo, su explicaci&oacute;n conserva los defectos del positivismo que le interesaron a Habermas.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <sup><a href="#s2" name="2">2</a></sup>Para efectos de este trabajo, empleo los t&eacute;rminos &quot;obligaci&oacute;n&quot; y &quot;norma&quot; de manera intercambiable, entendidos como prescripciones y prohibiciones generales para la acci&oacute;n; el &quot;deber&quot; puede hacer referencia a esas normas, o a su aplicaci&oacute;n concreta en un contexto. Los juicios &quot;morales&quot; son las conclusiones que obtiene un actor con respecto a los deberes.    <br> <sup><a href="#s3" name="3">3</a></sup>Esta confusi&oacute;n terminol&oacute;gica proviene del hecho de que Habermas desarroll&oacute; la idea de un discurso &eacute;tico-existencial s&oacute;lo posteriormente a su &eacute;tica del discurso; para la explicaci&oacute;n del razonamiento &eacute;tico-existencial, ver Habermas (1993, cap. 1).    <br> <sup><a href="#s4" name="4">4</a></sup>Kant considera la primera formulaci&oacute;n del Imperativo Categ&oacute;rico como el procedimiento m&aacute;s preciso: &quot;Obra s&oacute;lo seg&uacute;n aquella m&aacute;xima que puedas querer al mismo tiempo que sea una norma universal&quot;. Uno examina las acciones pregunt&aacute;ndose si uno puede querer, sin contradicci&oacute;n, una sociedad imaginaria en la que todos y cada uno siga la norma (m&aacute;xima) erigida al interior de la acci&oacute;n prospectiva.    <br> <sup><a href="#s5" name="5">5</a></sup>(U) s&oacute;lo establece las condiciones para la justificaci&oacute;n de las normas morales generales con validez <i>prima facie. </i>Se puede construir un principio estructuralmente parecido para la justificaci&oacute;n de las aplicaciones particulares de las normas a las situaciones concretas, ver Rehg, 2011.    <br> <sup><a href="#s6" name="6">6</a></sup>Esta formulaci&oacute;n va m&aacute;s all&aacute; de la de Habermas puesto que hace m&aacute;s expl&iacute;citos varios aspectos de (U); para el an&aacute;lisis que respalda esta interpretaci&oacute;n, ver Rehg, 2011; cf. Habermas, 1998: 42.    <br> <sup><a href="#s7" name="7">7</a></sup>La idea es, entonces, que se puede derivar (U) a partir de las tres premisas que corresponden a esas ideas; ver Habermas, 1990, Cap. 1; 1998, cap. 1; Rehg, 2011.    <br> <sup><a href="#s8" name="8">8</a></sup>Como lo sugiere la historia de las prohibiciones de fumar en lugares p&uacute;blicos, el discurso moral suele estar &iacute;ntimamente vinculado con lo que Habermas denomina el &quot;discurso pol&iacute;tico&quot;, es decir, un discurso que alimenta un procedimiento de toma de decisiones institucional cuyo resultado vincula a los ciudadanos bajo pena de sanciones. Mi ejemplo se centra simplemente en el discurso moral propiamente dicho, que en el caso del fumar en lugares p&uacute;blicos se llev&oacute; a cabo en una serie de lugares informales y no simplemente en instituciones pol&iacute;ticas.    <br> <sup><a href="#s9" name="9">9</a></sup>La idea, aqu&iacute;, es que podemos en principio llegar a un cierre de los juicios de valor sobre las acciones correctas e incorrectas en las circunstancias t&iacute;picas de nuestros tiempos, sin tener que esperar el fin de la historia o adivinar todas las posibles circunstancias hist&oacute;ricas futuras en las que podr&iacute;an surgir preguntas pertinentes no pensadas previamente.    <br> <sup><a href="#s10" name="10">10</a></sup>Este asunto no elimina la posibilidad de profetas morales que articulan importantes verdades morales en contra de la oposici&oacute;n de los dem&aacute;s. Porque tales profetas, (1) por lo general, se basan en una tradici&oacute;n moral m&aacute;s profunda y, (2) por lo general, se dirigen a un p&uacute;blico que est&aacute; bajo la influencia de falsos supuestos de hecho y de prejuicios morales; por lo que la audiencia del profeta no satisface las condiciones que hacen del acuerdo una condici&oacute;n del acto de comprensi&oacute;n moral deliberativo.    <br> <sup><a href="#s11" name="11">11</a></sup>Ya en <i>Insight: </i>ver Lonergan, 1992: 452-54; 725-28; tambi&eacute;n, Lonergan, 1972: 41-47; 2004: 145; 340ss.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> <sup><a href="#s12" name="12">12</a></sup>Para analizar el car&aacute;cter racional del discurso, Habermas organiza los tipos de actos de habla de acuerdo con el tipo de pretensi&oacute;n de validez que se destaca en el acto de habla. De este modo, pretende descubrir las estructuras culturalmente invariantes m&aacute;s profundas que subyacen a los actos de habla, distinguiendo los actos de habla m&aacute;s universales de los que tienen un car&aacute;cter convencional, y var&iacute;an con la cultura y la instituci&oacute;n -por ejemplo, sentenciar, emitir un veredicto, bautizar un barco, cuentan como acciones sociales &uacute;nicamente en determinados &aacute;mbitos institucionales con roles diferenciados. Por el contrario, las afirmaciones de hecho, acusaciones y confesiones -que, respectivamente, ponen en primer plano las pretensiones de validez de la verdad, la rectitud y la sinceridad-, se encuentran a trav&eacute;s de las culturas y en diferentes contextos institucionales. Ver, especialmente, Habermas, 1984; tambi&eacute;n, su: &quot;&iquest;Qu&eacute; es la pragm&aacute;tica universal?&quot; en Habermas, 1979.    <br> <sup><a href="#s13" name="13">13</a></sup>Esto permite que pueda haber buenas razones contextuales para confiar en una autoridad. N&oacute;tese que ya podemos encontrar el n&uacute;cleo de la autonom&iacute;a en la teor&iacute;a de la ley natural de Aquino (por no mencionar su teor&iacute;a de la conciencia). Es preciso recordar que la ley natural hace parte de la ley eterna accesible a la raz&oacute;n humana. Es m&aacute;s, Aquino distingue los preceptos primarios de suyo evidentes, de los preceptos secundarios, cuya identificaci&oacute;n requiere de &quot;la deliberaci&oacute;n de los sabios&quot;; en efecto, la &eacute;tica del discurso articula las condiciones para tal deliberaci&oacute;n.    <br> <sup><a href="#s14" name="14">14</a></sup>En consecuencia, la formaci&oacute;n de la conciencia &eacute;tico-discursiva requiere un ejercicio de sabidur&iacute;a prudencial sensible al contexto; ver Rehg, 2004.    <br> <sup><a href="#s15" name="15">15</a></sup>Para su &eacute;tica, ver Lonergan, 1992: cap. 18; 1972: cap. 2; 2004: Capts. 8, 18; algunas introducciones, ver Melchin, 1998; Cronin, 2006.    <br> <sup><a href="#s16" name="16">16</a></sup>Lonergan captura bien la din&aacute;mica de nuestro ejemplo cuando escribe: &quot;Usted tiene la aprehensi&oacute;n de los valores en las respuestas intencionales &#91;es decir, los sentimientos&#93;, la noci&oacute;n de valor en el interrogante: &iquest;es eso verdaderamente bueno?... y, la evaluaci&oacute;n en el juicio de valor mismo&quot; (Lonergan, 2004: 339f). N&oacute;tese que Lonergan, de un modo m&aacute;s claro que Habermas, integra el razonamiento pr&aacute;ctico en la historia; y &eacute;ste tiende as&iacute; a responder a los &oacute;rdenes institucionales establecidos (v&eacute;ase, por ejemplo, Lonergan, 1992: 620; 247ss.); de modo que puede decir, &quot;mi noci&oacute;n del bien humano es interconvertible con mi noci&oacute;n de la estructura de la historia&quot; (Lonergan, 1993: 24). En esta forma, el esquema m&aacute;s com&uacute;n no es experiencia&mdash;comprensi&oacute;n&mdash;juicio sino, m&aacute;s bien: comprensi&oacute;n institucional establecida&mdash;experiencias y sentimientos negativos&mdash;preguntas para la deliberaci&oacute;n&mdash;juicio de valor&mdash;preguntas para la inteligencia, del tipo: &iquest;c&oacute;mo debemos reformar x pr&aacute;ctica?    <br> <sup><a href="#s17" name="17">17</a></sup>Para continuar el debate, ver Rehg, 2002; 2003; 2004.    <br> <sup><a href="#s18" name="18">18</a></sup>Ver el Ap&eacute;ndice.    <br> <sup><a href="#s19" name="19">19</a></sup>Me parece que esto se puede advertir en el an&aacute;lisis lonerganiano que John Haughey hace de los derechos humanos, que se mantiene dentro de la filosof&iacute;a de la conciencia. Haughey se pregunta: &quot;&iquest;Qu&eacute; es lo que desencadena nuestra respuesta a una demanda moral del otro como un bien que ha de ser realizado por mi o por los otros?&quot; (Haughey, 2002: 772). Su respuesta nos remite a las &quot;estructuras invariantes de la conciencia humana&quot; (Haughey, 2002: 770ss). Dentro de ese marco de referencia, &quot;un derecho humano es un bien aprehendido como valor y su valor debe ser realizado en y desde una conciencia que preste atenci&oacute;n simult&aacute;neamente al valor del yo como un ser libre y a la dignidad del otro y de los otros como dignos de la acci&oacute;n emprendida en su nombre (Haughey, 2002: 780).    <br> <sup><a href="#s20" name="20">20</a></sup>Esta idea ha sido desarrollada por hegelianos como, Robert Brandom (2007). N&oacute;tese que Brandom, sin embargo, se resiste a dar el paso a una teor&iacute;a consensual de la objetividad.</p> <hr>     <p><font size="3"><b>Referencias</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Adorno, T., et al. (1976). <i>The Positivist Dispute in German Sociology. </i>(Trans. G. Adey and D. Frisby). London: Hermann Educational Books. &#91;Trad. Cast.: J. Mu&ntilde;oz. (1973). <i>La disputa del positivismo en la sociolog&iacute;a alemana. </i>Barcelona: Grijalbo&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000113&pid=S0120-5323201300010000200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p>Brandom, R. (2007). The Structure of Desire and Recognition: Self-Consciousness and Self-Constitution. <i>Philosophy and Social Criticism. </i>Vol. 33, No. 1. (pp. 127-150).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000115&pid=S0120-5323201300010000200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Cronin, B. (2006). <i>Value Ethics: A Lonergan Perspective. </i>Nairobi: Consolata Institute of Philosophy Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S0120-5323201300010000200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Darwall, S. (2006). <i>The Second-Person Standpoint. </i>Cambridge: Harvard University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S0120-5323201300010000200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Doran, R. M. (1990). <i>Theology and the Dialectics of History. </i>Toronto: University of Toronto Press. &#91;Trad. Cast.: Eduardo P&eacute;rez Valera. (1993). <i>Teolog&iacute;a y Dial&eacute;cticas de la Historia. </i>M&eacute;xico: UIA-JUS&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0120-5323201300010000200005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Doran, R. M. (1994). <i>Subject and Psyche. </i>Milwaukee: Marquette University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S0120-5323201300010000200006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Habermas, J. (1971). <i>Knowledge and Human Interests. </i>(Trans. J. J. Shapiro). Boston: Beacon. &#91;Trad. Cast: M. Jim&eacute;nez. (1997). <i>Conocimiento e inter&eacute;s. </i>Valencia: Universidad de Valencia&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0120-5323201300010000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p>Habermas, J. (1976a). The analytic theory of science and dialectics: a postscript to the controversy between Popper and Adorno. <i>The Positivist Dispute in German Sociology. </i>London: Hermann Educational Books. (pp. 131-162).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0120-5323201300010000200008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Habermas, J. (1976b). A Positivistically Bisected Rationalism. <i>The Positivist Dispute in German Sociology. </i>London: Hermann Educational Books. (pp. 198-225).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0120-5323201300010000200009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Habermas, J. (1979). <i>Communication and the Evolution of Society. </i>(Trans. T. McCarthy). Boston: Beacon.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0120-5323201300010000200010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Habermas, J. (1984/1987). <i>The Theory of Communicative Action. </i>2 vols. (Trans. T. McCarthy). Boston: Beacon. &#91;Trad. Cast.: M. Jim&eacute;nez. (2010). <i>Teor&iacute;a de la acci&oacute;n comunicativa. </i>2 vols. Madrid: Trotta&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0120-5323201300010000200011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p>Habermas, J. (1990). <i>Moral Consciousness and Communicative Action. </i>(Trans. C. Lenhardt and S.W. Nicholsen). Cambridge: MIT Press. &#91;Trad. Cast.: R. Garc&iacute;a. (2008). <i>Conciencia moral y acci&oacute;n comunicativa. </i>Madrid: Trotta&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S0120-5323201300010000200012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p>Habermas, J. (1993). <i>Justification and Application. </i>(Trans. C. P. Cronin). Cambridge: MIT Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S0120-5323201300010000200013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Habermas, J. (1998). <i>Inclusion of the Other. </i>C. Cronin and P. DeGreiff (Eds.). Cambridge: MIT Press. &#91;Trad. Cast.: J.C. Velasco y G. Vilar. (1999). <i>La inclusi&oacute;n del otro. Estudios de teor&iacute;a pol&iacute;tica. </i>Barcelona: Paid&oacute;s&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S0120-5323201300010000200014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p>Habermas, J. (2003). <i>Truth and Justification. </i>(Trans. B. Fultner). Cambridge: MIT Press. &#91;Trad. Cast.: P. Fabra y L. D&iacute;ez. (2002). <i>Verdad y justificaci&oacute;n. Ensayos filos&oacute;ficos. </i>Madrid: Trotta&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S0120-5323201300010000200015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Haughey, J. C. (2002). Responsibility for human rights: contributions from Bernard Lonergan. <i>Theological Studies. </i>Vol. 63. (pp. 764-785).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S0120-5323201300010000200016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Lonergan, B.J.F. (1967). <i>Verbum: Word and Idea in Aquinas. </i>Notre Dame: University of Notre Dame Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S0120-5323201300010000200017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Lonergan, B.J.F. (1972). <i>Method in Theology. </i>Toronto: University of Toronto Press. &#91;Trad. Cast.: G. Remolina. (1988). <i>M&eacute;todo en Teolog&iacute;a. </i>Salamanca: S&iacute;gueme&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S0120-5323201300010000200018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p>Lonergan, B.J.F ( 1985). Dialectic of authority. <i>A Third Collection. </i>F. E. Crowe (Ed.). New York: Paulist. (pp. 5-12). &#91;Trad. Cast. A. Bravo. (1995). Dial&eacute;ctica de la autoridad. <i>Libertad-Sociedad-Historia </i>(Antolog&iacute;a de textos de B. Lonergan y R. Doran). M&eacute;xico: UIA. (pp. 287-297)&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000149&pid=S0120-5323201300010000200019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p>Lonergan, B.J.F. (1992). <i>Insight. A Study of Human Understanding. </i>CWL 3. Toronto: University of Toronto Press. (Original ed., New York: Philosophical Library, 1957). &#91;Trad. Cast.: F. Quijano. (1999). <i>Insight. Estudio sobre la comprensi&oacute;n humana. </i>M&eacute;xico: UIA &amp; Salamanca: S&iacute;gueme&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000151&pid=S0120-5323201300010000200020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Lonergan, B.J.F (1993). <i>Topics in Education. </i>R. M. Doran and F. E. Crowe (Eds.). Collected Works of Bernard Lonergan, vol. 10. Toronto: University of Toronto Press. &#91;Trad. Cast.: A. Bravo. (1998). <i>Filosofia de la Educaci&oacute;n. </i>M&eacute;xico: UIA&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000153&pid=S0120-5323201300010000200021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p>Lonergan, B.J.F (2004). <i>Philosophical and Theological Papers 1965-1980. </i>Collected Works of Bernard Lonergan, vol. 17, R. C. Croken and R. M. Doran (Eds.). Toronto: University of Toronto Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000155&pid=S0120-5323201300010000200022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Maritain, J. (1966). <i>The Person and the Common Good, </i>(Trans. J. J. Fitzgerald). Notre Dame: University of Notre Dame Press. &#91;Trad. Cast.: Leandro de Sesma. (1948). <i>La persona y el bien com&uacute;n. </i>Buenoss. Aires: Descl&eacute;e de Brower&#93;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000157&pid=S0120-5323201300010000200023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</p>     <!-- ref --><p>McCarthy, T. (1978). <i>The Critical Theory of J&uuml;rgen Habermas. </i>Cambridge: MIT Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000159&pid=S0120-5323201300010000200024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Melchin, K. R. (1998). <i>Living with Other People. </i>Collegeville, MN: Liturgical.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000161&pid=S0120-5323201300010000200025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Rehg, S.J., W. (1993). From logic to rhetoric in science: a formal-pragmatic reading of Lonergan's Insight. <i>Communication and Lonergan. </i>T. J. Farrell and P. A. Soukup (Eds.). Kansas City: Sheed andWard. (pp. 153-172).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000163&pid=S0120-5323201300010000200026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <p>Rehg, S.J., W. (1994). <i>Insight and Solidarity. </i>Berkeley: University of California Press.</p>     <!-- ref --><p>Rehg, S.J., W. (2002). The critical potential of discourse ethics: reply to Meehan and Chambers. <i>Human Studies. </i>Vol. 25. (pp. 407-412).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000166&pid=S0120-5323201300010000200027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Rehg, S.J., W. (2003). Grasping the force of the better argument: McMahon versus discourse ethics. <i>Inquiry </i>46 (2003): 113-133.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000168&pid=S0120-5323201300010000200028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Rehg, S.J., W. (2004). Discourse ethics and individual conscience. In <i>Perspektiven der Diskursethik, </i>ed. N. Gottschalk-Mazouz.W&uuml;rzburg: K&otilde;nigshausen and Neumann, 2004: 26-40.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000170&pid=S0120-5323201300010000200029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Rehg, S.J., W. (2011). Discourse ethics. <i>J&uuml;rgen Habermas: Key Concepts. </i>B. Fultner, (Ed.). UK: Acumen. (pp. 115-139).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000172&pid=S0120-5323201300010000200030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Vertin, M. (1995). Judgments of value in the later Lonergan. <i>Method: Journal of Lonergan Studies. </i>Vol. 13. (pp. 221-248).    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000174&pid=S0120-5323201300010000200031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p>     <!-- ref --><p>Ziman, J. (1968). <i>Public Knowledge. </i>Cambridge: Cambridge University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000176&pid=S0120-5323201300010000200032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></p></font>      ]]></body><back>
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