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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Historia de los conceptos de causa y enfermedad: paralelismo entre la Medicina y la Fitopatología]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[History of the concepts and causes of disease: parallelism between Medicine and Phytopathology]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This essay opens a debate about how Medicine and Phytopathology have created, in a parallel manner, similar theories concerning causation of disease in order to give origin to the germ theory. A literatura review to evidence the first application in plant pathology of principles analogous to Koch's postulates is presented. Additionally, the affinities between the two disciplines in their disease classification systems and the influence of the germ theory on antimicrobial therapy are described. The criteria of a necessary and a sufficient condition to validate the specific cause of an infectious disease are also discussed.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <p ><b>Historia de los conceptos       de causa y enfermedad: paralelismo entre la Medicina y la Fitopatología</b></p>       <p ><b>History of the concepts and causes of disease. parallelism between Medicine and Phytopathology</b></p>       <p >CHARLES VOLCY<sup>1</sup></p>   <ol>    <li>Ingeniero Agrónomo, Fitopatólogo,       Profesor Titular Pensionado, Universidad Nacional de Colombia. Carrera       70B No. 9 A-86, Medellín, Colombia. <a href="mailto:cvolcy@unalmed.edu.co">cvolcy@unalmed.edu.co</a></li>    </ol>       <p >Recibido: mayo 24 de 2007</p>       <p >Aceptado: septiembre 06 de 2007</p>   <hr>       <p ><b>RESUMEN</b></p>       <p >Este ensayo abre un debate para señalar cómo       la Medicina y la Fitopatología han tejido de manera paralela teorías semejantes       con relación a la causalidad de la enfermedad hasta desembocar en la teoría       del germen. Con base en la literatura, se testimonia de una parte la primacía       de la Fitopatología en la aplicación de procedimientos análogos a los postulados       de Koch, y de otra parte, se rescata cierta afinidad entre ambas disciplinas       en cuanto a la concepción de sus antiguos sistemas de clasificación de       las enfermedades y la influencia de la teoría del germen sobre el desarrollo       de la terapia antimicrobiana. Se discuten también los criterios de necesidad       y suficiencia para validar la causa específica de una enfermedad infecciosa.</p>       <p ><b>PALABRAS CLAVE</b></p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p >CAUSALIDAD    <br>   ENFERMEDAD    <br>   FITOPATOLOGÍA    <br>   HUMORES    <br>   MEDICINA    <br>   MIASMA    <br>   POSTULADOS DE KOCH</p>       <p ><b>SUMMARY</b></p>       <p >This essay opens       a debate about how Medicine and Phytopathology have created, in a parallel manner, similar theories concerning causation of disease in order to give origin to the germ theory.       A literatura review to evidence the first application in plant pathology of principles analogous to Koch's postulates is presented. Additionally, the affinities between the two disciplines       in their disease classification systems and the influence of the germ theory on antimicrobial therapy are described. The criteria of a necessary and a sufficient condition to validate the specific cause       of an infectious disease are also discussed.</p>       <p ><b>KEY WORDS</b></p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p >CAUSALITY    <br>   DISEASE    <br>   HUMOR    <br>   KOCH´ POSTULATES    <br>   MEDICINE    <br>   MIASM    <br>   PHYTOPATHOLOGY</p>       <p ><b>INTRODUCCIÓN</b></p>       <p >Los microbios representan el eslabón primario       de la cadena evolutiva del mundo biológico y, a pesar de que algunos fueron       vistos por primera vez por Anton van Leeuwenhoek en el siglo       XVII, el surgimiento de las formas más simples se remonta a 3.500 millones       de años en la era Arquea. De cierta manera, somos descendientes de ellos,       toda vez que algunos de los organelos de nuestras       células se originaron por endosimbiosis entre       diferentes especies de microbios muy primitivos. Conforman con el  <em>Homo sapiens</em> un matrimonio indisoluble y, en algún grado, orientan su proceso evolutivo,       bien sea por su aporte enzimático en procesos metabólicos benéficos o como       catalizadores de mutaciones genéticas o de selección natural en eventos       patogénicos. Más aún, se sabe de algunos microbios que manipulan el cerebro       humano y el sistema nervioso de animales, alterando así la conducta y el       comportamiento de los seres vivos.</p>       <p >De acuerdo con recientes estudios paleopatológicos,       arqueológicos y antropológicos, las enfermedades infecciosas fueron poco       relevantes en los homínidos, y los principales responsables de la muerte       durante el período nómada fueron el homicidio, las deficiencias nutricionales       y las heridas durante las actividades de caza.<sup>1,2</sup> En       cambio, le correspondió a la Revolución Agrícola o Neolítica sucedida 10.000       años a. C. aportar los primeros requisitos ecológicos para la eclosión       y diversificación de tales enfermedades a través de la domesticación de       plantas y animales.<sup>1,2</sup> Ahora       se contabilizan unas 1.415 especies de organismos infecciosos para el hombre,       repartidas entre 217 virus y priones, 538 bacterias, 307 hongos, 66 protozoos       y 287 helmintos,<sup>3</sup> cifra por demás insignificante en el universo       microbiano, con más de 70.000 especies de hongos y más de 10.000 especies       de bacterias y virus descritas.<sup>4</sup></p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Los microbios no solo antecedieron y acompañaron       al hombre, sino también a los animales y a las plantas, desempeñando funciones       patogénicas en cualquiera de estos seres vivos. Sin embargo, a diferencia       del hombre, no son las bacterias sino los hongos los fitopatógenos preponderantes,       comprometidos en algunos sistemas de producción agrícola, con más de 30%       de las pérdidas de cosechas, cifra superior a la suma de las pérdidas por       los demás patógenos (bacterias, fitoplasmas,       virus y nemátodos).<sup>5</sup></p>       <p >Dadas las libertades reinantes durante el       Renacimiento, la Patología humana y la Fitopatología tomaron un nuevo rumbo       con la construcción de la llamada &quot;teoría microbiana de la enfermedad&quot;,       encargada de echar por tierra los enfoques religiosos, supersticiosos,       cósmicos y las teorías humoral y miasmática predominantes desde la Edad       Media hasta el siglo XIX, aunque en realidad son de la época hipocrática       y más aún de la Grecia Antigua y de la India. En otras palabras, se había       iniciado la elaboración de un nuevo concepto de causa y de enfermedad,       basado en el racionalismo y la experimentación, aunque no existe a la fecha       una definición universal de enfermedad<sup>6,7</sup> y menos aún de causa.<sup>8, 9</sup></p>       <p >En el pasado lejano, las ciencias no estaban       tan atomizadas ni existía un marcado divorcio entre las disciplinas como       sucede en la actualidad. De este modo, disciplinas aparentemente distantes       podían fortalecerse con las experiencias propias y ajenas, lo que originaba       sin dudas beneficiosos intercambios en la generación del conocimiento.       Sobre esta base, el presente ensayo pretende demostrar la evolución paralela       de los principales conceptos de causa y enfermedad en Medicina y Fitopatología       a través de un recorrido sobre la aplicación en ambas disciplinas de las       teorías mencionadas, la forma como se nutrió la Fitopatología de algunos       conceptos de la Medicina y, paradójicamente, el aporte y la primacía de       las ciencias agrícolas en la construcción de la teoría del germen o microbiana       por haberse anticipado a Pasteur y a Koch.</p>       <p ><b>LA ENFERMEDAD Y LA SUPERSTICIÓN</b></p>       <p >Sea en Mesopotamia, la India, África o América,       la superstición, la magia o la hechicería emergió como el primer modelo       de construcción mental de la enfermedad a juzgar por el hallazgo de cráneos       de la época de las cavernas que presentaban un orificio, supuestamente       hecho por los curanderos prehistóricos con el fin de liberar a sus pacientes       de los demonios interiores. Sin embargo, a pesar de su irracionalidad,       la hechicería aún sobrevive de manera abierta o clandestina,<sup>10</sup> equivale a la teoría demoníaca,<sup>11</sup> 	   a la exógena maléfica<sup>9</sup> o simplemente al curanderismo o chamanismo.<sup>12</sup> En       esencia, atribuye la enfermedad a la acción de fuerzas intangibles, invisibles       y misteriosas, de manera tal que la enfermedad resulta de la presencia       y la intrusión temporal de cuerpos extraños o de espíritus malvados en       una persona.<sup>10,11</sup> En consecuencia, la terapia recaía en manos       de aquellos poseedores de recetas celosamente guardadas y con la supuesta       capacidad para acercarse a esta entidad misteriosa, controlar sus fuerzas       ocultas y guiarse por la intuición.<sup>11</sup> Podían ser magos, médicos, curanderos, encantadores,       sacerdotes, chamanes, o de todo un poco.<sup>13</sup></p>       <p >A partir de la Edad Media y a raíz de las       graves pandemias de aquella época, las autoridades eclesiásticas y médicas       y los conocedores empíricos contribuyeron a la difusión de esta teoría       de las fuerzas maléficas y de la importancia de los signos premonitorios       provenientes del aire, del cielo, del agua y de la tierra. La &quot;muerte       negra&quot; de 1347, se decía, fue presagiada catorce años antes en China       por una serie de acontecimientos anormales que iban desde fuertes sequías,       abundantes lluvias que ahogaron a unos cuatrocientos mil chinos y hundimiento       de montañas, hasta terremotos, huracanes y soplo de vientos apestados.<sup>14</sup> Para el doctor Thomas Short, la epidemia       de influenza de 1510 en Londres fue anunciada cuatro años antes por la       aparición de cometas, la erupción del volcán Vesubio, la caída de una lluvia       roja y terremotos continuos, pero cada evento tenía un significado. Los       meteoros indicaban el inicio de la epidemia, los terremotos y volcanes,       su terminación, y las lluvias sangrientas, su intensidad.<sup>14</sup> Más aún, las leyendas indias de los Estados       Unidos advertían a los blancos del peligro y de la muerte segura que los       esperaban si se atrevían a internarse en las montañas del Oeste, todo por       la acción de los malos espíritus que allí residían. Dejando de lado su       trasfondo místico, el intruso hombre blanco fue en realidad presa de una       enfermedad desconocida que luego iba a ser bautizada con el nombre de Fiebre       maculosa de las Montañas Rocosas, dolencia causada por una rickettsia y transmitida por picaduras de garrapatas.<sup>14</sup></p>       <p >La literatura agrícola también está ilustrada       con numerosas creencias populares y supersticiosas, algunas con propósitos       generales y relacionados con las cosechas, y otras dirigidas específicamente       contra las enfermedades. Por ejemplo, y según Orlob,<sup>5</sup> los romanos en la era precristiana llevaban       a cabo un rito que consistía en levantar una especie de barrera viva con       terneros, corderos y cerdos alrededor de los lotes sembrados con el fin       de proteger los cultivos. Las enfermedades radicales de algunas plantas       se combatían con orina humana o heces esparcidas alrededor de los árboles,       y se recomendaba alejar a las mujeres en menstruación de los cultivos de       pepino debido a la hipotética facultad que tenían para matar las plantas       con la sola mirada. Este es un buen ejemplo de la acción mórbida del llamado &quot;mal       de ojo&quot;, común en las culturas primitivas y aun en nuestro medio popular.</p>       <p ><b>LA ENFERMEDAD Y LA RELIGIÓN</b></p>       <p >No es fácil desligar los enfoques mágico       y religioso, puesto que las dos visiones están interconectadas y superpuestas       históricamente. Como lo comenta Maduro,<sup>12</sup> el curanderismo ha sido una opción simultánea       a la de la Medicina y ha tenido fuertes nexos con la religión en la medida       en que, en el pasado, con el fin de ahuyentar y expulsar los espíritus       malignos del enfermo poseído, la verdadera magia estaba a cargo de religiosos       y encantadores.<sup>15</sup> En el fondo, esta medicina religiosa o sacerdotal,       llamada también teoría punitiva,<sup>10</sup> se vale de elementos cósmicos deificados,       en razón de que los dioses son sobrenaturales y los responsables de las       enfermedades, las que son un castigo que tales dioses infligen a los hombres       por haber cometido un crimen, por haber sido negligentes hacia ellos mismos,       por la transgresión de normas culturales o ambientales o por cualquier       motivo.<sup>10,11</sup> Como testimonio de esta conexión mágico-religiosa,       el papa pedía clemencia al cielo durante la pandemia medieval de peste       negra, puesto que esta enfermedad era por &quot;obra de los cuerpos superiores&quot; y,       para resaltar su esencia punitiva, se conformaron en la misma época numerosas       sectas de flagelantes, quienes, en rituales públicos, se azotaban hasta       sangrar con el fin de redimir los pecados.<sup>16 </sup>En aquel tiempo, por las creencias populares,       el brote explosivo de sífilis fue asimilado a un pecado carnal del hombre       o al bestialismo, y la lepra, a un castigo por una vida no cristiana o       una enfermedad de tipo kármico por los graves       pecados cometidos en vidas anteriores. En estos casos, la piedad, el arrepentimiento,       los rezos, el sacrificio de animales expiatorios, los ritos especiales,       los sortilegios, los conjuros y las ofrendas a los santos y dioses hacen       parte del abanico de opciones para aplacar la ira de los dioses.</p>       <p >Cada pueblo y cada enfermedad tenían sus       propios dioses y santos, y a veces, un mismo santo protegía contra varias       enfermedades. Para las antiguas comunidades asentadas entre los ríos Tigris       y Eufrates, el demonio Axaxazu era       el responsable de la icteria, Askhu, de la tisis, y       entre los aztecas el dios de la lluvia - Tlaloc-       tenía el poder para ocasionar y curar la lepra y otras enfermedades de       la piel.<sup>11</sup> En algunas comunidades de África, se contabilizan       más de 20 espíritus demoníacos patogénicos, entre los cuales figuran Kahan que       provoca la lepra, y Hufila, la otitis.<sup>11</sup> Los       sifilíticos y los apestados eran devotos de San Roque; los coléricos, de       la diosa Oola Beebee;       y los epilépticos, de San Leonoardo, y así sucesivamente. </p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p >En cuanto a la agricultura, las primeras       enfermedades infecciosas de plantas - &quot;samana&quot; y &quot;mehru&quot;-       fueron registradas por el año 2000 a. C. en los fértiles valles de Mesopotamia       donde se cultivaban trigo y cebada, pero más tarde hubo registros de enfermedades       similares en la agricultura primitiva india, china y americana. Al parecer,       se extrapolaron los mismos principios y las mismas tácticas &quot;terapéuticas&quot; de       la medicina religiosa, basados en conjuros, ofrendas a dioses y sacrificios       de animales. Para proteger la cebada de la enfermedad &quot;samana&quot;,       -quizá la actual roya de la cebada-, los babilonios y sumerios le rendían       culto a la diosa Ninkilim desde el momento de la germinación de la semilla;       y para ahuyentar la enfermedad fungosa &quot;mehru&quot;,       que producía deformación de los granos de cereales, las prácticas preventivas       y curativas más difundidas eran los ritos mágicos, los encantos y los conjuros.<sup>5</sup> De su lado, la literatura Veda (1500-500       a. C.) de la antigua India recoge conjuros para alejar las enfermedades       de las plantas, pero en contraste, los antiguos cultivadores chinos tenían       sus deidades, a menudo de descendencia real, para amparar sus cultivos.       A su turno, Ceres, Bacchus, Minerva, Venus, Robigus y       Flora fueron dioses protectores de la agricultura romana y, en honor a       los dos últimos, se celebraban anualmente los festivales Robigalia y Floralia. Igualmente, Tlaloc, Chac, Itzaman y Yum Kaax fueron deidades aztecas       y mayas para regular la lluvia, la cosecha o el cultivo del maíz.<sup>5</sup> En este contexto, cabría preguntarse si las       numerosas festividades agrícolas actuales (fiesta de la caña, del café,       del plátano, del aguacate, del mango, etc.), son reminiscencias de la cosmovisión       religiosa de la agricultura americana precolombina.</p>       <p ><b>LA TEORÍA CÓSMICA O SIDERAL</b></p>       <p >La teoría astral, cósmica o sideral plantea       en esencia que las estrellas y los planetas afectan el comportamiento de       las personas y de las plantas, y le concede un lugar privilegiado a la       luna por sus efectos gravitacionales. Conocida en la cultura babilónica       y en la Grecia primitiva donde el diagnóstico reposaba en parte sobre &quot;criterios       astrales&quot;, halló un espacio mental muy receptivo en la población a       partir de la Edad Media y ha perdurado virtualmente en todas las sociedades,       a pesar de que no ha podido ser demostrada con certeza.</p>       <p >En el Medioevo, algunas academias científicas       difundieron la hipótesis de que la conjunción de Saturno, Júpiter y Marte       era la causa de la peste negra, con el argumento de que había producido       un material gaseoso y contaminante que se fijó alrededor del corazón y       de los pulmones.<sup>14,16</sup> Además,       no bastaba tal conjunción, sino también el equilibrio entre Saturno y Júpiter,       el primero por ser responsable de los efectos dañinos, y el segundo, llamado       a contrarrestar los efectos del primero. En este mismo sentido, se especuló que       la pandemia de cólera asiático que se inició en 1817 tenía relación con       las fases de la luna y que había sido el presagio de la esperada aparición       del cometa Halley en 1835.<sup>17</sup> En aquella época, no solo se establecía relación       entre la Astrología y la etiología de las enfermedades, sino también con       los procedimientos terapéuticos, por ejemplo, en la selección de la mejor       fase lunar para realizar la sangría.</p>       <p >De otro lado, los horóscopos agrícolas fueron       muy populares en la agricultura primitiva e indígena y son un fiel testimonio       de cómo la concepción astral permeó las actividades agrícolas. Constituían       una especie de guía basada en los ciclos lunares para las fechas de siembra       y las operaciones mensuales, con el fin de preservar la salud de las plantas       y obtener una buena cosecha. En este contexto, la enfermedad fungosa &quot;roya       de la cebada&quot;, por ejemplo, encontraba su razón de ser en los astros,       bien porque su gravedad coincidía con la luna llena, o bien porque era       una especie de pudrición del grano causada por la humedad proveniente del       calor astral. Este planteamiento concuerda con el de algunos profesionales       de la salud mental obstinados en hallar una relación entre la manía, la       esquizofrenia y la luna llena a pesar de la incapacidad de la luna para       afectar los cuerpos pequeños y la ausencia de evidencias experimentales.<sup>18</sup> Aparte del ciclo lunar, cualquier evento       solar súbito e inesperado era premonitorio en la agricultura: los colores       intensos del arco iris indicaban buena cosecha; el verde, fertilidad de       los suelos, y el amarillo, enfermedad.<sup>5</sup></p>       <p ><b>LA TEORÍA HUMORAL</b></p>       <p >Hubo tres versiones principales de la teoría       humoral: la ayurvédica de la India, la de las       fuerzas opuestas yin-yang de China y la de Hipócrates; esta última fue       la más radical, al romper con la concepción divina y sobrenatural de la       enfermedad. La doctrina hipocrática no solo fue cercana a la ayurvédica,       sino que recopiló también la percepción de Empédocles y       de otros pensadores de Grecia antigua acerca de los elementos constitutivos       del Universo, y por ello, puede decirse que han sido más de 2.000 años       de dominio de dicha teoría, al menos en la Medicina occidental.</p>       <p >La Medicina ayurvédica,       con más de 3.500 años de antigüedad, profundamente anclada en la mitología,       en principios filosóficos y en los escritos médicos Charaka Samhita y Susruta Samhita,       considera que el universo es la combinación de cinco elementos (espacio,       aire o viento, fuego, agua y tierra), los cuales están codificados en el       sistema biológico en tres fuerzas, doshas o tridoshas (kapha o flema, pitta o bilis y vata o aire), las       que a su vez gobiernan todos los procesos vitales por su naturaleza dinámica       y activa.<sup>19,20</sup> En consecuencia, la enfermedad es el desequilibrio       entre las fuerzas de la tríada, es decir entre la bilis, el viento y la       flema,<sup>19,20</sup> pero       especialmente por el efecto del viento. Una trilogía similar se encuentra       en la medicina azteca antigua, en la cual la salud depende del equilibrio       entre tres fuerzas: tonali, localizada en la       cabeza; teyolia, ubicada en el corazón e ihiyotl, situada en el hígado.<sup>21</sup></p>       <p >La Medicina china, basada en el texto I Ching (Libro       de los Cambios) igualmente tiene en cuenta que el mundo material está compuesto       de cinco elementos (agua, tierra, metal, madera y fuego), pero los fenómenos       naturales, incluyendo por supuesto las enfermedades, se originan y se explican       por la alternancia de dos fuerzas con cualidades opuestas: el yin y el       yang.<sup>20, 22</sup> El yin representa lo oscuro, lo frío, lo       húmedo, lo negativo y lo femenino, mientras que el yang describe lo luminoso,       lo cálido, lo seco, lo positivo y lo masculino. Las fuerzas del primero       se derivan del hígado, del corazón, del bazo, de los pulmones y de los       riñones, en tanto que los órganos asociados al yang son el estómago, el       intestino y la vejiga, entre otros.<sup>21</sup> El balance y la homeostasis entre estas dos       energías se mantienen gracias a cuatro humores, y en caso contrario y bajo       la influencia externa, se desarrolla la enfermedad.<sup>20</sup></p>       <p >Hipócrates fue uno de los mejores referentes       y exponentes de la teoría humoral, y al parecer se nutrió del enfoque de       la Medicina ayurvédica, debido quizá al estudio       de la literatura médica de la India.<sup>19</sup> En su planteamiento, al igual que en el de Empédocles,       el mundo físico, incluyendo el cuerpo humano, está compuesto de cuatro       elementos: tierra, aire o viento, fuego y agua que poseen las cuatro cualidades       de la naturaleza: calor, frío, sequía y humedad; de manera tal que cualquier       cosa, bien sea animada o inanimada, es una mezcla de los cuatro elementos.       Dicha mezcla queda asegurada por la presencia de humores o líquidos que       circulan en el cuerpo a través de un sistema de vasos comunicantes, pero       en vista de que la consistencia de los humores varía según el calor o el       frío, un humor puede acumularse en un determinado órgano y obstruir la       circulación de los demás.<sup>23</sup></p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Para Hipócrates y sus adherentes, como Galeno       y Avicena, la salud depende de la armonía entre los humores y del equilibrio       humoral o eucrasia, y la enfermedad es a su turno el resultado de las perturbaciones       en el flujo de energía o sea del desequilibrio humoral o discrasia.<sup>24</sup> De       este modo, se expresaba también Platón quien postulaba que la enfermedad       era un desarreglo de los humores, por cambios cuantitativos, cualitativos       o de ubicación. Sin embargo, en vista de que los humores guardan relación       con el medio ambiente, y en especial con la nutrición, una de las estrategias       para restablecer la salud era mediante una dieta balanceada.<sup>25</sup> A su turno, Friedrich Hoffmann,       profesor de Medicina entre 1693 y 1742, elaboró la teoría de la &quot;patología       de sólidos&quot; que en el fondo no difiere del enfoque humoral de Hipócrates       y Galeno. Considera que el cuerpo es el resultado de la interacción mutua       entre sólidos y líquidos, y que cualquier proceso que altere la textura       o la consistencia de las partes sólidas altera también la circulación de       los humores, desencadenando finalmente la enfermedad.<sup>23</sup> En       síntesis, esta teoría preconizó que toda enfermedad es la consecuencia       de &quot;la alteración de los impulsos vitales de la circulación&quot;,       bien por contracción excesiva de las partes sólidas o bien por su distensión.<sup>23</sup></p>       <p >Un análisis de la antigua literatura fitopatológica,       especialmente de la India y de Grecia, revela una aproximación a la teoría       humoral. En la India se postulaba que el viento, la bilis y la flema causaban       enfermedades en las plantas, las cuales - tomando el léxico médico-, sufrían       además de &quot;indigestión, tumores, insomnio y esterilidad&quot;.<sup>5 </sup>Esta misma fuente clasificaba las enfermedades       de las plantas en dos grupos, del mismo modo que lo hacían los egipcios       respecto de las enfermedades del hombre: internas y externas. Las primeras       eran causadas por la bilis y la flema, y las segundas por el medio ambiente       y los insectos, y en la misma tónica, la absorción excesiva de sustancias       frías, dulces o aceitosas durante el invierno y la primavera comprometía       la flema, mientras que las sustancias agrias, saladas o picantes causaban       desarreglos de la bilis.<sup>5</sup></p>       <p >La terapia basada en principios nutricionales,       la ley de los opuestos y la sangría reflejan un alto grado de afinidad       entre la Medicina y la Fitopatología y su adhesión a la teoría humoral.       La nutrición balanceada y no exuberante fue un aspecto de observancia en       la Fitopatología antigua de la India y en las tesis de Hipócrates, que       sigue teniendo vigencia actualmente puesto que afecta tanto al hospedero       como al agente causal.<sup>26</sup> En       la India, las enfermedades de la bilis en las plantas se curaban con sustancias       frías y dulces (por ejemplo, miel de abejas y leche), las de la flema con       sustancias amargas, picantes o astringentes (por ejemplo, mostaza y cortezas       de árboles).<sup>5</sup> Esta es una clara aplicación       de la regla de los opuestos (<em>contraria contrariis</em>), o sea el tratamiento       de las enfermedades por medios opuestos o por antagonismo, muy en boga       en la Edad Media.<sup>5,16</sup></p>       <p >Finalmente, ambas disciplinas convergen en       el uso de la sangría, a menudo supeditada a los ciclos lunares. Puesto       que su finalidad esencial era darle salida a la &quot;circulación oprimida&quot; de       un humor estancado y de la <em>materia peccans</em> o <em>materies morbi</em> acumulada, se podría conjeturar       que los cortecitos que en la antigüedad se hacían       en los tallos o en las raíces para &quot;liberar la savia mala&quot;,<sup>5</sup> o la poda de las ramas afectadas por un determinado       patógeno -en tiempos antiguos- son análogos a procedimientos terapéuticos       de la teoría humoral.</p>       <p ><b>LA TEORÍA DEL MIASMA</b></p>       <p >La teoría del miasma fue dominante al lado       de la teoría humoral hasta bien entrado el siglo XIX, y su vigencia podría       explicarse por el nivel general de insalubridad de las nuevas ciudades       en crecimiento y por la proliferación de olores nauseabundos por la ausencia       de alcantarillas y de sitios para depositar las basuras. Podría resumirse       con la conocida frase &quot;todo hedor es enfermedad&quot;, y siendo así,       de la teoría miasmática emergió no solo la ingeniería sanitaria, sino también       toda una obsesión enfermiza por la higiene que fue aprovechada por algunos       mercaderes que ofrecían aerosoles con timol para asperjar en los baños, &quot;trampas       de alcantarillas&quot; capaces de &quot;prevenir el reflujo de los gases       nocivos desde las alcantarillas a sus casas&quot; o desinfestantes a       base de cloruro de sodio para ser colocados en los tanques de los sanitarios.<sup>27</sup></p>       <p >En su versión más simple y auténtica, los       miasmas eran exhalaciones pútridas y vapores o gases liberados por la materia       orgánica vegetal o animal en descomposición;<sup>16,17,28</sup> en una forma más elaborada,       eran la unión de varios gases o el desequilibrio entre los mismos; y en       los albores de la teoría microbiana llegaron a ser considerados como la       combinación entre una entidad viviente y un veneno gaseoso.<sup>28</sup> En cualquier caso, se difunden en el aire       y son inhalados por las personas que finalmente se enferman, porque según       las creencias, cualquier mal olor es sinónimo de enfermedad. Sobre esta       base, se atribuyó la malaria (&quot;mal aire&quot;) a los miasmas de los       pantanos;<sup>28</sup> el       cólera, sostenía el prestigioso higienista Max von Pettenkoffer, no se contraía por ingestión, sino por la inhalación       de un gas venenoso emanado de la tierra,<sup>14,16</sup> y durante la peste negra de la Edad Media,       los médicos y cierto sector de la población andaban con narices postizas       rellenas con partes de plantas aromatizadas, con el fin de protegerse contra       esta terrible pestilencia proveniente de &quot;los efluvios disparados       por las flechas de los ángeles del mal&quot;.<sup>16</sup> A mediados del siglo XIX la fiebre amarilla       fue catalogada como una enfermedad eminentemente miasmática, y con este       propósito, Carlos Finlay,<sup>29</sup> médico epidemiólogo cubano, basándose en       la teoría zimótica o de la fermentación de Justus von Liebig, -profesor de Química Orgánica-, presentó una disertación       según la cual en la fiebre amarilla interactúan tres causas: las atmosféricas       (calor, humedad y electricidad), las terrestres (descomposición orgánica       y sumideros) y la causa individual. Tras un complejo análisis de tipo químico,       llegó a la conclusión de que la fiebre amarilla era favorecida por un incremento       en los álcalis volátiles en el ambiente, por ejemplo el amoníaco,<sup>29</sup> aparte de profetizar sobre el papel del mosquito       como su agente propagador o transmisor. Otra versión miasmática fue la       de los gases cloacales que sustentaba que tales gases eran venenosos, y       se devolvían desde las cañerías hasta las casas,<sup>14</sup> y producían enfermedades, a no ser que se       instalaran filtros cloacales y sustancias germicidas en los baños.<sup>27</sup> Para       el usufructo de los comerciantes dedicados a la venta de estos accesorios,       la teoría de los gases cloacales era camaleónica y versátil, puesto que       explicaba no solo el origen del cólera, sino también el de la fiebre tifoidea,<sup>14</sup> la fiebre escarlatina, el sarampión y la       viruela.<sup>30</sup> </p>       <p >En contraste, la tesis miasmática no tuvo       tanta acogida en las ciencias agrícolas, a pesar de su presencia en la       literatura fitopatológica antigua y de la importancia       que Liebig - fundador de la química agrícola-       le concedió a la nutrición. De acuerdo con el documento bizantino Geoponica,       la roya provenía de los vapores de los ríos y pantanos y, en general, los       vapores nocivos eran una de las causas de las llamadas enfermedades externas,       dañaban las plantas, su proceso de floración y reducían su rendimiento,       especialmente en lugares cálidos.<sup>5</sup></p>       <p >Otros, en un enfoque místico-miasmático,       sugerían que dichos vapores nocivos provenían de las zonas del macrocosmos       que rodean la tierra,<sup>5</sup> y para explicar el origen de la gota de la       papa, apodada &quot;el cólera de la papa&quot; que causó la hambruna de       Irlanda en el siglo XIX, se creyó que era debida al humo que expelían las       locomotoras, a la polución del aire o a un incremento en la electricidad       de la atmósfera.<sup>16</sup></p>       <p ><b>LA TEORÍA MICROBIANA</b></p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p >La formulación de la teoría del germen o       teoría microbiana de la enfermedad es la culminación de las investigaciones       realizadas por Louis Pasteur y Robert Koch, el primero sobre el gusano       de seda y la fermentación del vino y de la cerveza; y el segundo sobre       el ántrax y la tuberculosis. Dicha teoría rompió con los viejos esquemas,       se fundamentó en la observación experimental y abrió la era del concepto       moderno de causalidad, apoyado en los atributos de asociación, temporalidad       y dirección. A partir de este cambio, se va a intentar ofrecer una nueva       definición de causa, no solamente como algo que produce un efecto,<sup>8</sup> sino también como algo que es necesario y       suficiente para que este efecto se produzca; se entiende por causa necesaria       cuando el evento (la enfermedad) no ocurre en su ausencia, y por causa       suficiente, si este efecto se manifiesta sólo en su presencia.<sup>8,31,32</sup> En otras palabras, la teoría del germen descansa       sobre la premisa &quot;si solamente&quot; <sup>31</sup> y se resume con la expresión latina  <em>causa vera sine qua non</em> que indica causa verdadera       o real.<sup>32</sup></p>       <p >Pasteur publicó sus primeros estudios sobre       la fermentación en 1857, y en 1865 identificó una estructura corpuscular       parecida a glóbulos de sangre en los gusanos de seda muertos, es decir       observó lo que se puede denominar la causa necesaria para inducir enfermedad       y muerte de los gusanos.<sup>31</sup> En este período esbozó de manera ambigua       la teoría microbiana, pero en 1876 investigó la causa de la infección urinaria       en el hombre, y elaboró la estrategia para establecer la conexión suficiente       entre microbios y enfermedad, o sea, mediante el perfeccionamiento de los       métodos de aislamiento, de purificación y de reinoculación del supuesto microbio. Tales procedimientos       fueron implementados al año siguiente para demostrar que una bacteria era       la causa necesaria y suficiente del ántrax.<sup>31</sup></p>       <p >Este concepto de causas específicas fue igualmente       planteado por el médico alemán Robert Koch, primero de manera tímida al       abordar la etiología del ántrax en 1876, luego un poco más convencido entre       1877-1878 con sus estudios sobre las infecciones de heridas, y finalmente       en 1882 al formular el marco operacional y experimental &#8211; los llamados       postulados de Koch - con el fin de establecer la relación de causa a efecto       en el estudio etiológico de las enfermedades.<sup>33</sup> De acuerdo con este protocolo experimental       adoptado inicialmente para la tuberculosis, el microorganismo debe estar       presente en el hospedero enfermo y ausente en el hospedero sano para que       se convierta en causa necesaria, y luego de haber sido aislado, purificado       e inoculado a un hospedero o animal sano, debe ser reidentificado por       sus características &quot;propias y distinguibles&quot; para ser considerado       causa suficiente, aparte de exhibir una estrecha relación con las alteraciones       patológicas, los síntomas y la muerte eventual del animal inoculado.<sup>16,33</sup></p>       <p ><b>LA TEORÍA MICROBIANA SIN PASTEUR       Y KOCH</b></p>       <p >La teoría del germen no solo está ligada       a Pasteur y Koch, sino también a numerosos pensadores que previamente abordaron       el tema, la mayoría de manera empírica y filosófica, porque era una vía       para controvertir la llamada teoría de la generación espontánea. Por ejemplo,       en el campo netamente especulativo, el médico medieval Girolamo Fracastoro se       refería a las &quot;semillas&quot; de la sífilis, Thomas Sydenham (el       Hipócrates inglés) empleó el término &quot;partículas morbíficas&quot;,       Richard Morton y Benjamín Martin se adhirieron       a la teoría animalcular de la enfermedad y finalmente       Jakob Henle y Edwin Klebs iniciaron       la fase experimental a mediados del siglo XIX.<sup>16,33</sup> Sin embargo, fueron los investigadores dedicados       al estudio de enfermedades de las plantas quienes aportaron la primera       y auténtica prueba experimental, al menos 150 años antes de que lo hicieran       Pasteur y Koch.</p>       <p >La gran hambruna de Irlanda ocurrió entre       1845 y 1852 y se debió al &quot;tizón tardío&quot; o &quot;gota de la papa&quot;,       que arrasó los cultivos; en 1866 el alemán Antón De Bary confirmó la       presunción de otros investigadores, al reproducir la enfermedad en plantas       sanas inoculadas con esporas de un hongo previamente aislado de plantas       enfermas<sup>34,35</sup> Igualmente, se aplicaron versiones incompletas       de los postulados de Koch entre 1845 y 1868 en los primeros estudios etiológicos       de enfermedades bacterianas en plantas.<sup>36,37</sup> Retrocediendo aún más en el tiempo, el suizo       Isaac-Bénédict Prévost, tras un estudio de diez años en Francia, informó en       1807 que había observado al microscopio las esporas del hongo asociado con la caries del trigo,       las cuales al ser inoculadas a plántulas sanas, causaron la misma enfermedad.<sup>34</sup> En otras palabras, en       ambos casos y como dirían Carter<sup>31</sup> y Barnes,<sup>32</sup> se había demostrado que un hongo era la causa necesaria y suficiente para que       se desarrollara la enfermedad. Sin embargo, el documento más antiguo acerca       de las pruebas de patogenicidad corresponde al       artículo publicado en 1728 por el francés Duhamel du Monceau sobre la muerte del azafrán.<sup>38</sup> Aisló cuerpos globosos       (esclerocios o estructuras de resistencia) de un hongo en lesiones de plantas       enfermas, es decir, extrajo la causa necesaria, y describió los síntomas       tanto en el campo como sobre plantas sanas inoculadas con las estructuras       globosas, con lo cual cumplió en parte el requisito de causa suficiente.<sup>38</sup></p>       <p >Las ciencias agropecuarias hicieron importantes       contribuciones adicionales acerca de los postulados de Koch, en especial       con relación a su hipotética infalibilidad. Dichos postulados fueron puestos       a prueba con resultados negativos en el estudio etiológico de varias enfermedades       devastadoras a finales del siglo XIX, tales como el virus del mosaico del       tabaco, la fiebre aftosa y la peste aviaria o influenza.<sup>39</sup> Tales estudios, que marcaron       el inicio de la Virología, demostraron que aquel protocolo experimental       recién formulado no era aplicable en su versión clásica para este nuevo &quot;microbio&quot; descubierto,       debido principalmente a que los virus son parásitos obligados. Dicho de       otro modo, y gracias a las ciencias agropecuarias, se había llegado a la       conclusión de que el cultivo en medios artificiales de laboratorio no era       un criterio necesario y absoluto para determinar la causalidad de una enfermedad       infecciosa.</p>       <p ><b>OTRAS NOCIONES DE CAUSAS</b ></p>       <p >Galeno, en la exposición de Nutton,<sup>40</sup> resaltó la llamada causa       eficiente de la enfermedad, que tenía al menos dos componentes: la causa       inicial (<em>causa procatarctica</em>), y la causa antecedente       (<em>causa antecedens</em>). La causa inicial comprendía       factores ambientales como el frío y el calor, y la antecedente incluía       la predisposición del cuerpo a ser afectado por una determinada enfermedad.<sup>40</sup> Para Finlay,<sup>29</sup> había  	  tres categorías principales de causas: las individuales (sexo, edad,       aclimatación, etc.), las atmosféricas (calor, etc.) y las telúricas que       incluían, a su turno, la causa inmediata.</p>       <p >De igual modo, Keitt<sup>41</sup> reseñó que Prévost se       refería a causa directa o inmediata, y a causa secundaria (las condiciones       ambientales) para clasificar las causas de las enfermedades en las plantas,       y para el mismo propósito, Harshberger,<sup>42</sup> concibió las causas predisponentes (la constitución       del hospedero) y las determinativas que se subdividían a su vez en externas       (condiciones ambientales y del suelo) e internas (agentes animados, enzimas).</p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Esta breve exposición nos revela la gran       afinidad conceptual acerca de las causas de las enfermedades en el hombre       y en las plantas y, en síntesis, destaca que si bien existe un determinante       específico que puede ser un microorganismo, éste se halla en interacción       con factores ambientales y con otros propios del hospedero. Por lo tanto,       una enfermedad infecciosa, tanto en el hombre como en las plantas, es un       proceso dinámico derivado de una cadena factorial potencialmente infinita       representada por el llamado triángulo epidemiológico, el cual había sido       incluso esbozado por Hipócrates cuando afirmó que el balance humoral se       encontraba bajo la influencia del clima, porque las cuatro estaciones generan       diferentes cantidades de calor, frío, humedad y sequía.<sup>43</sup></p>       <p ><b>TAXONOMÍA DE LAS ENFERMEDADES</b></p>       <p >Los papiros egipcios dan fe de uno de los       más antiguos sistemas de clasificación de las enfermedades, al considerar       que existen enfermedades internas y externas,<sup>13</sup> pero Hipócrates fue posiblemente uno de los primeros médicos en proponer una       clasificación de las enfermedades, la cual, al igual que las otras propuestas       de la época, fue de naturaleza sintomatológica,       aunque con un fuerte componente cosmológico. Desglosó tres categorías:       enfermedades de la cabeza, enfermedades de la piel, y enfermedades de la       cavidad.<sup>43</sup> Estas últimas abarcaron       una docena de enfermedades, tales como enfermedades agudas, diversos tipos       de fiebre, enfermedades articulares y enfermedades intestinales.<sup>43</sup> En la segunda mitad del       siglo XIX hubo en Francia propuestas de corte etiológico de clasificación       de las enfermedades, provenientes de círculos académicos.<sup>44</sup> Augustin Grisolle, profesor       en la Facultad de Medicina de París por el año 1862, se refirió a &quot;venenos       sépticos&quot;, &quot;secreciones mórbidas&quot;, &quot;fiebres&quot; e &quot;inflamaciones&quot;,       y a su turno, Georges Dieulafoy, profesor de       Patología y Presidente de la Academia de Medicina de París, consideró tres       tipos de enfermedades, tales como &quot;enfermedades claramente parasíticas&quot; debidas       a hongos, &quot;afecciones sépticas&quot; por fermentos que envenenan el       cuerpo, y &quot;enfermedades virulentas&quot;.<sup>44</sup></p>       <p >Finalmente, de acuerdo con Charles Bouchard, miembro de la mencionada Academia y autor del texto &quot;Los       microbios patógenos&quot; de 1892, las &quot;enfermedades infecciosas&quot; pueden       ser específicas, no específicas o parasíticas. Las específicas están asociadas       con bacterias, hongos o animales como en el caso de la malaria; las no       específicas se caracterizan por septicemias e inflamaciones y las parasíticas       son causadas por ácaros o por gusanos intestinales.<sup>44</sup></p>       <p >En este aspecto, la Fitopatología fue marcadamente       influenciada por las corrientes médicas. En 1705, el francés Joseph Pitton de Tournefort clasificó las       enfermedades de las plantas en externas e internas al igual que en las       antiguas ciencias agrícolas india y romana<sup>41</sup> y en la antigua medicina egipcia,<sup>13</sup> pero Owens<sup>45</sup> 	   comentó que a finales del siglo XVIII, el profesor de Historia natural austríaco       John Baptiste Zallinger, en una clara       transposición del enfoque sintomatológico en       Medicina, consideró cinco categorías de enfermedades de las plantas: flemasias o enfermedades inflamatorias, parálisis o debilidad,       descarga o drenaje, caquexia o mala constitución y defectos o malformaciones       de diferentes órganos.</p>       <p >Con el descubrimiento de microorganismos       patógenos, hubo un giro hacia una taxonomía ontogénica y etiológica más       estable, basada en órganos o en sistemas fisiológicos del hospedero. En       ambas disciplinas surgieron las expresiones bacteriosis,       micosis y virosis como criterios de clasificación etiológica, y si se tratara       de involucrar los sistemas fisiológicos, serían más apropiadas expresiones       como enfermedades cardiovasculares, respiratorias, gastrointestinales,       radicales, foliares o de la semilla. De otro lado, el término &quot;bacteria&quot; adquiere       en ambas disciplinas un nuevo sentido a pesar de haber sido introducido       desde 1829;<sup>43</sup> se acoge también el término &quot;microbio&quot; propuesto       en 1878<sup>16,43</sup> para abandonar las confusas       expresiones &quot;venenos mórbidos&quot;, &quot;fermentos&quot;, &quot;pequeñas       granulaciones&quot; o &quot;partículas invisibles&quot;,<sup>44</sup> y la infección deja de       relacionarse con polución para asociarse con invasión de microbios.<sup>43</sup> Así, la transición de las teorías empíricas a la microbiana implicó una revolución       conceptual y nuevas estructuras mentales acerca de las enfermedades, acompañadas       de una nueva visión organizativa del sistema viviente.<sup>9,43</sup></p>       <p ><b>¿LA TRÍADA DE ENFERMEDAD EN LA       FITOPATOLOGÍA?</b></p>       <p >Con base en las contribuciones de la Antropología       médica y la Sociología, la ciencia médica analiza la enfermedad desde distintas       perspectivas, que remiten por lo tanto a diferentes definiciones de enfermedad.       Un primer enfoque corresponde a la enfermedad vista por el enfermo mismo,       de acuerdo con sus percepciones y su propia interpretación del funcionamiento       de su cuerpo; el segundo adquiere una dimensión o una identidad social       en torno a la interpretación colectiva de enfermedad elaborada por un determinado       grupo social; y finalmente, la perspectiva médica, anclada en el racionalismo       y el método científico, pretende identificar las entidades patológicas       y restablecer las condiciones de salud del enfermo.<sup>6,7</sup></p>       <p >Aunque esta trilogía no es aplicable a tabla       rasa en la Fitopatología, en razón de las características inherentes a       cada tipo de hospedero, un análisis un poco más profundo puede revelar       algunas aproximaciones a la misma. Así, una planta puede estar enferma       para el agricultor mas no para el fitopatólogo,       o viceversa en casos de infecciones latentes o asintomáticas, o puede que       ambos coincidan en el diagnóstico. Para el fitopatólogo,       el agricultor responde a veces a la detección de un bajísimo porcentaje       de infección con la aplicación innecesaria de agroquímicos, y en otras       ocasiones, deja de intervenir a pesar de que las condiciones de infección       lo ameritan. En este sentido, el fitopatólogo y       el médico coinciden en su interpretación de la enfermedad. Para el segundo,       la enfermedad es &quot;un evento de salud medible, originado de un mal       funcionamiento fisiológico que trae como consecuencia una reducción real       o potencial en las capacidades físicas o en las esperanzas de vida&quot; de       una persona,<sup>7</sup> y para el fitopatólogo,       una planta está enferma no solamente cuando está infectada, sino también       y sobre todo cuando dicha infección está asociada con una disfunción fisiológica,       disminución de su rendimiento y su muerte eventual. En ambas disciplinas,       la enfermedad tiene por cierto una connotación negativa como lo aseveran       Hofman<sup>7</sup> y Manion,<sup>46</sup> pero éste, en alusión a los bosques, va más allá al considerar que las plantas       requieren una &quot;cantidad sana de enfermedad&quot;, no objeto de una       acción terapéutica, como tampoco es obligatoria dicha acción en toda persona       infectada.</p>       <p ><b>REFLEXIONES FINALES</b></p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p >Como se puede entrever en la anterior exposición,       la construcción de la teoría microbiana de la enfermedad no debe ser considerada       como un hecho fortuito ni por serendipia sino       que, por el contrario, corresponde a la culminación de una cadena de planteamientos       y eventos esparcidos a lo largo de varios siglos.</p>       <p >La primera válvula de escape fue el auge       del Renacimiento durante el cual se desmoronaron los dogmas y se abrió un       espacio para la crítica y la demostración de hechos para que fueran validados.       Así, fue valioso el descubrimiento del microscopio, puesto que permitió que Duhamel du Monceau aislara estructuras       de un hongo (la causa necesaria) en plantas de azafrán en 1728. También       hacía falta un mejor conocimiento del cuerpo humano y del individuo vegetal,       vacío que empezó a llenarse con cuatro obras que constituyen pilares: <em>De Humani Corporis Fabrica Libri Septem,</em>  	  de Andreas Vesalio; <em>De Motu Cordis</em>, de William Harvey; y <em>Anatomia Plantarum</em> y <em>Anatomía de Plantas</em>,  	  escritos por los médicos Marcello Malpighi y Nehemiah Grew, respectivamente.<sup>47</sup> La integración de las ciencias de antaño, llamada también &quot;polinización       cruzada científica&quot; por Kelman y Peterson<sup>35</sup> jugó igualmente un papel       preponderante en la consolidación de la teoría del germen como lo revelan       los siguientes hechos: las primeras obras de Botánica fueron escritas por       médicos;<sup>47</sup> el intercambio científico       fue intenso entre micólogos y bacteriólogos;<sup>48</sup> Pasteur ideó varios caldos       de cultivo de bacterias pero le correspondió a Koch utilizar el agar como solidificante de       dichos caldos; los éxitos del botánico Ferdinand Cohn,       experto en colorantes vegetales, abrieron la era de la tinción, que fue       bien explotada por Koch cuando indagaba acerca de la etiología del cólera       y de la tuberculosis; el descubrimiento del modo de contagio de la fiebre       puerperal por Ignaz Semmelweis reforzó sin       comprobación microscópica la tesis del origen bacteriano de esta enfermedad       y, finalmente el perfeccionamiento de la microscopía, el uso del aceite       de inmersión y de técnicas de microfotografía fueron sin duda hechos que       contribuyeron al éxito final logrado por Pasteur y Koch.<sup>16,32</sup></p>       <p >Ahora, a más de un siglo de la promulgación       de la mencionada teoría, el evento no ha sido un punto muerto en la historia       de las enfermedades, y al contrario, tuvo en Medicina y en Fitopatología       una afortunada consecuencia sobre el desarrollo de la terapia antimicrobiana       con moléculas químicas de acción específica y selectiva. En el pasado lejano,       los pocos recursos terapéuticos específicos eran el mercurio y la quinina       para el control de la sífilis y la malaria, respectivamente, los cuales       fueron reemplazados por el arsénico antisifilítico, la penicilina y ahora       por más de 150 antibióticos altamente específicos.<sup>49</sup> Del mismo modo, se logró un gran avance en la terapia de las enfermedades fungosas       de las plantas, al pasar del sulfato de cobre y del azufre, a fungicidas       agrícolas que varían en su forma de acción y dirigidos contra determinados       grupos de hongos fitopatógenos.<sup>50</sup></p>       <p >Finalmente, la teoría microbiana es también       el punto de partida para la llamada &quot;enfermedad molecular&quot; o &quot;epidemiología       molecular&quot; que permite diagnosticar una enfermedad infecciosa desde       sus elementos biológicos primarios, examinar sus componentes moleculares       y la genética de población de la misma. Todo ello parece remontarse a Hipócrates,       cuando afirmaba que los humores son congénitos,<sup>24</sup> es decir que los elementos       biológicos responsables de la enfermedad son genéticamente codificados,       hecho que no hubiera sido posible revelar sin la teoría microbiana.</p>       <p ><b>CONCLUSIÓN</b></p>       <p >No obstante sus particularidades, la Microbiología       médica y la Fitopatología fueron en cierta medida disciplinas gemelas por       el desarrollo paralelo que tuvieron en cuanto a la concepción de la etiología       de las enfermedades, todo ello debido a la influencia de los movimientos       socioculturales y científicos y a la integración de las ciencias de antaño.       El efecto de ambas disciplinas fue recíproco en la medida en que la Medicina       contribuyó al esclarecimiento de conceptos filosóficos y universales y       planteó un sistema de clasificación de enfermedades adoptado en parte por       la Fitopatología, mientras que ésta tuvo la primacía en la construcción       de un modelo experimental para el estudio de la etiología de las enfermedades,       anticipándose a Pasteur y Koch en más de un siglo y medio.</p>       <p ><b>REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS</b></p>       <!-- ref --><p >1. Mckeown T. Man´s health: the past and the future. <i>West J Med</i> 1980; 132: 49-57.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000090&pid=S0121-0793200700040000700001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >2. Larsen CS. 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Qu`est-ce qu`une maladie? <i>Rev</i><i> Med Interne</i> 1997; 18: 809-813.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000095&pid=S0121-0793200700040000700006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >7. Hofman B. On the triad disease, illness and sickness. <i>J Med Phil</i> 2002;       27: 651-673.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000096&pid=S0121-0793200700040000700007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >8. Kundi M. 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Death and miasma in Victorian London: an obstinate belief. <i>Brit</i><i> Med J</i> 2001; 323: 1469-1471.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S0121-0793200700040000700030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >31. Carter KC. The development of Pasteur´s concept       of disease causation and the emergence of specific causes in nineteenth medicine. <i>Med</i><i> Hist</i> 1991;       65: 528-548.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000120&pid=S0121-0793200700040000700031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >32. Barnes DS. Historical perspectives on the etiology of tuberculosis. <i>Microbes</i><i> Infect</i> 2000;       2: 431-440.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0121-0793200700040000700032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >33. Carter KC. Koch`s postulates in relation to the work of       Jacob Henle and Edwin Klebs. <i>Med</i><i> Hist</i> 1985;       29: 353-374.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000122&pid=S0121-0793200700040000700033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >34. Rapilly F. Champignons des plantes: les premiers agents pathogènes reconnus dans l´histoire des sciences.       CR Acad Sci Paris, <i>Sciences</i><i> de       la vie/ Life Sciences</i> 2001;       324: 893-898.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S0121-0793200700040000700034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >35. Kelman A,       Peterson PD. Contributions of plant scientists to the development of the germ theory of disease. <i>Microbes</i><i> Infect</i> 2002; 4: 257-260.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S0121-0793200700040000700035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >36. Paulin JP, Ride M, Prunier JP. Découverte des bactéries phytopathogènes il y a cent ans: controverses et polémiques transatlantiques. CR Acad Sci Paris. <i>Sciences</i><i> de la vie/ Life Sciences</i> 2001; 324: 905-914.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0121-0793200700040000700036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >37. Kennedy BW, Widin KD,       Baker IF. Bacteria as the cause of disease in plants: a historical perspective. <i>ASM       News</i> 1979; 45: 1-5.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S0121-0793200700040000700037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >38. Duhamel Du Monceau HL. Explication physique d`une maladie qui fait périr plusieurs plantes dans le gâtinais et particulièrement le safran. <i>Mem</i><i> Acad Sci Math Phy</i> 1728;       4: 100-112.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0121-0793200700040000700038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >39. Wilkinson L. The development of the virus concept as reflected in corpora of studies on individual pathogens. <i>Med</i><i> Hist</i> 1974; 18:       211-221.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S0121-0793200700040000700039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >40. Nutton V. The seeds of diseases: an explanation of contagion and infection from the Greeks to the Renaissance. <i>Med</i><i> Hist</i> 1983;       27: 1-34.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0121-0793200700040000700040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >41. Keitt GW. History of plant pathology. En: Horsfall JG, Dimond AE, eds. Plant Pathology, an advance treatise. <i>New         York: Academic Press</i>;         1959; 1: 61-97.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0121-0793200700040000700041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >42. Harshberger JW.       A textbook of mycology and plant pathology. Philadelphia: P. Blakiston and Co. 1917. 779 p.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0121-0793200700040000700042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >43. Thagard P. The concept of disease: structure and change. Fecha de       acceso: 22/09/06. <a href="http://cogsci.uwaterloo.ca/Articles/Pages/Concept.html" target="_blank">http://cogsci.uwaterloo.ca/Articles/Pages/Concept.html</a> 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S0121-0793200700040000700043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >44. Contrepois A. The clinician, germs and infectious diseases: the example of       Charles Bouchard in Paris. <i>Med</i><i> Hist</i> 2002;       46: 197-230.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0121-0793200700040000700044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >45. Owens CE. Principles of plant pathology. Part I. Michigan: Edwards Brothers Publihers;       1924. 126 p. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S0121-0793200700040000700045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >46. Manion PD. Evolution of concepts in forest pathology. <i>Phytopathology</i> 2003; 93: 1052-1055.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S0121-0793200700040000700046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >47. Reed HS. A short history of the plant sciences. Waltham, Mass. Chronica Botanica Company; 1942. 320 p.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000136&pid=S0121-0793200700040000700047&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >48. Turner RS. After the famine: plant pathology, Phytophthora infestans, and the late blight of potato, 1845-1960. <i>Hist</i><i> Stud Phys Biol Sci</i> 2005;       35: 341-370.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S0121-0793200700040000700048&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >49. Neu HC. The crisis in antibiotic resistance. <i>Science</i> 1992;       257: 1064-1073&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S0121-0793200700040000700049&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p >50. Bonnemain JL, Chollet JF. L`arsenal phytosanitaire face aux ennemis des plantes. <i>C R Biologies</i> 2003;       326: 1-7.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S0121-0793200700040000700050&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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