<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>0121-1617</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Historia Crítica]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[hist.crit.]]></abbrev-journal-title>
<issn>0121-1617</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Departamento de Historia, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de los Andes]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S0121-16172003000100002</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[PALABRAS DEL MAESTRO JAIME JARAMILLO URIBE]]></article-title>
</title-group>
<aff id="A">
<institution><![CDATA[,  ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[ ]]></addr-line>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>01</month>
<year>2003</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>01</month>
<year>2003</year>
</pub-date>
<numero>25</numero>
<fpage>7</fpage>
<lpage>10</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S0121-16172003000100002&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S0121-16172003000100002&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S0121-16172003000100002&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">      <p align=center><font size="4"><b>PALABRAS DEL MAESTRO JAIME JARAMILLO URIBE</b></font><b><sup><a   name="s*"  href="#*">*</a></sup></b></p>  <hr size="1">      <p>En un peque&ntilde;o y hermoso libro, siempre actual, el gran historiador franc&eacute;s Marc Bloch, uno de los fundadores de la escuela francesa de los Anuales, que tanto ha hecho por la renovaci&oacute;n y el enriquecimiento de la historiograf&iacute;a moderna y a la que tantos debemos tanto, se preguntaba para qu&eacute; nos sirve la historia a fin de dar respuesta a la pregunta de uno de sus nietos. Analizando los numerosos valores y las muchas posibilidades con que la historia enriquece nuestra personalidad y nuestra vida, pero aceptando que estos resultados fueran dudosos y discutibles, llegaba a la humilde conclusi&oacute;n de que si no servia para tan altos fines, al menos serv&iacute;a para divertirnos.</p>      <p>Con la reverencia que nos merece tan insigne maestro, nosotros pensamos que nos sirve para m&aacute;s pr&aacute;cticos y valiosos prop&oacute;sitos. Nos sirve ante todo para adquirir algo decisivo para nuestra educaci&oacute;n personal y para nuestra actividad como ciudadanos. Nos da, y es quiz&aacute;s el &uacute;nico saber que puede d&aacute;rnoslo, el sentido de la realidad, que parodiando lo que se ha dicho sobre el sentido com&uacute;n, es el menos com&uacute;n de los sentidos. Otorg&aacute;ndonos ese precioso don, la historia nos libra de las muchas ilusiones y de las muchas utop&iacute;as en cuyo nombre se han producido tantos acontecimientos tr&aacute;gicos e in&uacute;tiles.</p>     <p>Sin apoyarme en tan sutiles y abstractos fundamentos, partiendo simplemente de la insatisfacci&oacute;n que sent&iacute;a por la modesta historia nacional que se nos daba en la escuela primaria y secundaria, puesto que la historia no ten&iacute;a presencia en nuestras universidades, y estimulado por el ejemplo de algunos de mis profesores de la Escuela Normal Superior, como Rudolf Hommes y Gerhart Masur, y por la lectura de los grandes maestros de la historiograf&iacute;a europea, como Henri Pirenne y Max Weber, cuyas obras pon&iacute;an a nuestra disposici&oacute;n la editorial Fondo de Cultura Econ&oacute;mica de M&eacute;xico y algunas empresas editoriales espa&ntilde;olas, tras muchas dudas y vacilaciones sobre mi vocaci&oacute;n profesional, resolv&iacute; optar por dedicarme a la ense&ntilde;anza y la investigaci&oacute;n de la historia. Y no de cualquier historia, sino de la nuestra, con el prop&oacute;sito de dar una visi&oacute;n de ella que se aproximara a los modelos se&ntilde;alados por los grandes maestros de la historiograf&iacute;a europea.</p>     <p>Por fortuna, el proyecto renovador ya se hab&iacute;a iniciado. En efecto, en la d&eacute;cada de los a&ntilde;os cuarenta, Luis Ospina V&aacute;squez, Luis Eduardo Nieto Arteta, Guillermo Hern&aacute;ndez Rodr&iacute;guez e Indalecio Li&eacute;vano Aguirre hab&iacute;an hecho un esfuerzo innovador introduciendo en el quehacer del historiador el estudio de nuestro desarrollo econ&oacute;mico y social. Pero a pesar de estos logros, hab&iacute;a llegado el momento en que era necesario tomar el oficio de historiador como una actividad especializada, que requer&iacute;a una s&oacute;lida preparaci&oacute;n acad&eacute;mica. Fue as&iacute; como, bas&aacute;ndose en esta convicci&oacute;n, al iniciarse la d&eacute;cada de los setenta, se fundaron departamentos de historia en la Universidad Nacional y en otras universidades, entre ellas, la nuestra, y a&ntilde;os m&aacute;s tarde le dio el paso a la creaci&oacute;n de una nueva carrera acad&eacute;mica, la carrera de historia.</p>     <p>Cuando se haga debidamente la historia de nuestra historiograf&iacute;a se ver&aacute; que los esfuerzos hechos han dado abundantes frutos y que a partir de ellos se han formado sucesivas generaciones de historiadores, que han superado con creces los esfuerzos hechos por quienes fueron los pioneros del cambio. Lo que no quiere decir que a pesar de los avances que se han logrado no haya en ellos vac&iacute;os. Uno de ellos es la subestimaci&oacute;n en que se ha tenido la historia pol&iacute;tica, pensando quiz&aacute;s en la limitada interpretaci&oacute;n que de ella hab&iacute;a hecho la historiograf&iacute;a tradicional, reduci&eacute;ndola a un anecd&oacute;tico proceso de la sucesi&oacute;n de gobernantes y, en el mejor de los casos, de la sucesi&oacute;n de las constituciones. Pero si pensamos que una de las primeras tareas que tuvo el hombre al iniciar su marcha a trav&eacute;s de la historia, fue definir sus formas de acci&oacute;n social, al determinar qui&eacute;nes y con qu&eacute; procedimientos deb&iacute;an dirigirlos, qui&eacute;n deb&iacute;a garantizar los derechos y obligaciones de los asociados, comprenderemos que la creaci&oacute;n de las instituciones pol&iacute;ticas fue tan primordial y se inici&oacute; tan temprano como el proceso de formaci&oacute;n de una econom&iacute;a o una cultura, y que hacer la historia de ese proceso es una de las tareas insoslayable del historiador.</p>     <p>Donde no hay problema no hay historia, dec&iacute;a Lucien Febvre, uno de los grandes maestros de la historiograf&iacute;a moderna. Apoy&aacute;ndome en esa luminosa sentencia, comenc&eacute; la pr&aacute;ctica de mi oficio pregunt&aacute;ndome si el nuestro era un pa&iacute;s inviable como lo afirmaban algunos comentaristas de nuestra historia. Inviable por el car&aacute;cter tropical de su geograf&iacute;a dif&iacute;cil y poco propicia para el desarrollo de la civilizaci&oacute;n. O inviable por las herencias hist&oacute;ricas raciales y culturales recibidas de una poblaci&oacute;n ind&iacute;gena deteriorada por varios siglos de dominaci&oacute;n y malos tratamientos. O por la presencia de una considerable poblaci&oacute;n de origen africano puesta al margen de la actividad social creadora e inadaptada a los valores dominantes de lo hisp&aacute;nico o lo ind&iacute;gena por las condiciones de segregaci&oacute;n e inferioridad en que hab&iacute;a sido colocada por la instituci&oacute;n de la esclavitud. O inviable por su incapacidad de adaptarse a las exigencias de la vida moderna, de la econom&iacute;a, la ciencia y la t&eacute;cnica que hab&iacute;an dado su poder y su predominio al occidente europeo.</p>     <p>Colocado ante un panorama de explicaciones maniqueas, que divid&iacute;a la historia entre buenos y malos, entre fuerzas positivas y negativas del proceso hist&oacute;rico, pensaba que era necesaria y posible una historia comprensiva, una historia cuya misi&oacute;n era explicar y comprender, no condenar una parte de ella y hacer la apolog&iacute;a de la otra. En una palabra, cre&iacute;a en la posibilidad de una historia objetiva, libre de valoraciones de car&aacute;cter pol&iacute;tico, religioso o social. Pero por historia objetiva no entend&iacute;a una historia que omitiera la admiraci&oacute;n y gratitud hacia quienes hab&iacute;an hecho este pa&iacute;s, incluidos espa&ntilde;oles, criollos, ind&iacute;genas, mestizos y africanos. No ciertamente una historia as&eacute;ptica y apolog&eacute;tica, que excluyera las sombreas, las inequidades sociales y las penurias, pero s&iacute; que mostrara los esfuerzos que las generaciones pasadas hab&iacute;an hecho por construir las bases de una naci&oacute;n. Por crear una econom&iacute;a, una cultura, unas instituciones pol&iacute;ticas, en una palabra, una naci&oacute;n y un Estado.</p>     <p>Ahora bien, esa historia, como todas las historias, deb&iacute;a tener sus luces y sus sombras. En Hegel hab&iacute;a aprendido que la historia, ninguna historia, transcurr&iacute;a sobre un lecho de rosas, que la historia era un proceso tr&aacute;gico, donde no s&oacute;lo exist&iacute;an la violencia y las pasiones, sino donde &eacute;stas ten&iacute;an una funci&oacute;n creadora, y que la misi&oacute;n del historiador era comprender su dram&aacute;tico acontecer sin constituirse en el apologista o el detractor de sus actores.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Reflexionando sobre las tareas de nuestra historiograf&iacute;a cre&iacute;a necesario analizar y comprender las razones que tuvieron y los esfuerzos que hicieron nuestros antepasados del siglo XIX para superar las que consideraban fallas de la cultura y las instituciones que Espa&ntilde;a hab&iacute;a instaurado en Am&eacute;rica, y las razones que tuvieron para orientar su pensamiento hacia las instituciones y la cultura de Francia e Inglaterra, que consideraban los modelos de la civilizaci&oacute;n. Pensaba entonces tambi&eacute;n, y contin&uacute;o pens&aacute;ndolo, que la misi&oacute;n de nuestra historiograf&iacute;a era presentar nuestro desarrollo hist&oacute;rico con sus aspectos positivos y negativos, con sus luces y sus sombras, pero evitando establecer sobre &eacute;l lo que el gran historiador brasilero Gilberto Freyre llamaba &quot;leyendas negras sobre nuestros pa&iacute;ses&quot;.</p>     <p>A estas consideraciones sobre la tarea del historiador tratamos de darles expresi&oacute;n en el pr&oacute;logo escrito para presentar el Manual de Historia de Colombia que, por iniciativa de Gloria Zea, entonces directora del Instituto Colombiano de Cultura, se public&oacute; en 1976. Con el concurso de un grupo de historiadores y profesionales se hizo entonces el esfuerzo de presentar el desarrollo en el tiempo de nuestras instituciones pol&iacute;ticas, nuestra estructura social y econ&oacute;mica y las diversas formas de nuestra cultura, utilizando los m&eacute;todos de la moderna historiograf&iacute;a y hacerlo sin esp&iacute;ritu apolog&eacute;tico o pol&eacute;mico, actitud que no deber&iacute;a re&ntilde;ir con los sentimientos de gratitud y simpat&iacute;a con que el historiador debe abordar los temas y tareas de su profesi&oacute;n. Ten&iacute;a entonces muy presente la relaci&oacute;n que el fil&oacute;sofo alem&aacute;n Max Scheler establec&iacute;a entre el amor y el conocimiento. S&oacute;lo podemos conocer, dec&iacute;a Scheler, aquello que abordamos con un esp&iacute;ritu de simpat&iacute;a y afecto. Por eso nunca sabremos lo que es nuestro enemigo, ni podremos juzgarlo.</p>     <p>Pidiendo excusas por esta aburrida digresi&oacute;n, quiero finalmente agradecer a las autoridades de la Universidad que han propiciado este acto y a las personas que, con esp&iacute;ritu tan generoso, lo organizaron, acto que yo interpreto m&aacute;s como un est&iacute;mulo al desarrollo de los estudios hist&oacute;ricos en nuestra alma mater, que como un homenaje al autor de una limitada obra que, con ella, s&oacute;lo ha querido dejar testimonio del afecto y la gratitud de un artesano a la tierra y las instituciones que le dieron la oportunidad de dedicarse al dif&iacute;cil, pero fascinante oficio de escribir y comprender la historia.</p><hr size="1">     <p><b>Comentarios</b></p>     <p><sup><a   href="#s*"   name="*">*</a></sup> Discurso pronunciado durante el evento &quot;Balance y desaf&iacute;os de la historia de Colombia al inicio del siglo XXI&quot;, organizado por la Universidad de los Andes, como homenaje al maestro Jaramillo &#40;16 y 17 de septiembre de 2002&#41;.</p>  </font>      ]]></body>
</article>
