<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>0121-1617</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Historia Crítica]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[hist.crit.]]></abbrev-journal-title>
<issn>0121-1617</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Departamento de Historia, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de los Andes]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S0121-16172009000400015</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[DEL ANACRONISMO EN HISTORIA Y EN CIENCIAS SOCIALES]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[THE ANACHRONISM IN HISTORY AND THE SOCIAL SCIENCES]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Silva Olarte]]></surname>
<given-names><![CDATA[Renán]]></given-names>
</name>
<xref ref-type="aff" rid="A01"/>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A01">
<institution><![CDATA[,Universidad de los Andes Departamento de Historia ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[ ]]></addr-line>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>11</month>
<year>2009</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>11</month>
<year>2009</year>
</pub-date>
<numero>39</numero>
<fpage>278</fpage>
<lpage>299</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S0121-16172009000400015&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S0121-16172009000400015&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S0121-16172009000400015&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><abstract abstract-type="short" xml:lang="es"><p><![CDATA[El presente texto realiza una presentación somera de un tema tratado de manera repetida por los historiadores: el anacronismo, designado por Lucien Febvre como el "pecado de los pecados" del historiador. Esta reflexión muestra la actualidad de este tema y concluye en la necesidad de una permanente actitud vigilante respecto de este obstáculo del conocimiento histórico, que es capaz de adoptar las más sorprendentes formas.]]></p></abstract>
<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This article briefy examines a subject repeatedly addressed by historians: the anachronism. Called the historian&#39;s "sin of sins" by Lucien Febvre, the article shows the current relevance of this issue and underscores the need to be continuously vigilant with respect to this obstacle to historical understanding, particularly since it is capable of assuming the most surprising forms.]]></p></abstract>
<kwd-group>
<kwd lng="es"><![CDATA[Anacronismo]]></kwd>
<kwd lng="es"><![CDATA[lenguaje]]></kwd>
<kwd lng="es"><![CDATA[análisis histórico]]></kwd>
<kwd lng="es"><![CDATA[presente]]></kwd>
<kwd lng="es"><![CDATA[pasado]]></kwd>
<kwd lng="en"><![CDATA[Anachronism]]></kwd>
<kwd lng="en"><![CDATA[Language]]></kwd>
<kwd lng="en"><![CDATA[Historical Analysis]]></kwd>
<kwd lng="en"><![CDATA[Present]]></kwd>
<kwd lng="en"><![CDATA[Past]]></kwd>
</kwd-group>
</article-meta>
</front><body><![CDATA[   <font face="verdana" size="2">      <p align="center"><font size="3"><b>DEL ANACRONISMO EN HISTORIA Y EN CIENCIAS SOCIALES</b></font><sup><a    name="s*" href="#*">*</a></sup></p>      <p><b> Ren&aacute;n Silva Olarte</b>    <br> Soci&oacute;logo e  historiador. Doctor en Historia Moderna de la Universidad de Par&iacute;s I,  Panth&eacute;on-Sorbonne, Francia. Profesor del Departamento de Historia de la  Universidad de los Andes, Bogot&aacute;, Colombia. Miembro del grupo de investigaci&oacute;n <i>Cultura, historia y sociedad</i>, adscrito a la Universidad del Valle.  Realiza investigaciones sobre historia pol&iacute;tica y cultural de los siglos XVIII y  el XX. Sus &uacute;ltimas publicaciones son <i>A la sombra de Cl&iacute;o. Diez ensayos sobre  historia e historiograf&iacute;a </i>&#40;Medell&iacute;n: La Carreta Editores, 2008&#41; y <i> Universidad y Sociedad en el Nuevo Reino de Granada. Siglos XVII – XVIII </i> &#40;Medell&iacute;n: La Carreta Editores, 2009 -segunda edici&oacute;n-&#41;.  <a  href="mailto:rj.silva33@uniandes.edu.co"> rj.silva33@uniandes.edu.co</a>.</p>  <hr size="1">     <p><b> RESUMEN</b></p>      <p> El presente texto  realiza una presentaci&oacute;n somera de un tema tratado de manera repetida por los  historiadores: el anacronismo, designado por Lucien Febvre como el &quot;pecado de  los pecados&quot; del historiador. Esta reflexi&oacute;n muestra la actualidad de este tema  y concluye en la necesidad de una permanente actitud vigilante respecto de este  obst&aacute;culo del conocimiento hist&oacute;rico, que es capaz de adoptar las m&aacute;s  sorprendentes formas.</p>      <p><b> PALABRAS CLAVE</b>    <br> <i>Anacronismo, lenguaje, an&aacute;lisis hist&oacute;rico, presente, pasado.</i></p>  <hr size="1">      <p align="center"><font size="3"><b>THE ANACHRONISM IN  HISTORY AND THE SOCIAL SCIENCES</b></font></p>      <p><b> ABSTRACT</b></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p> This article briefy  examines a subject repeatedly addressed by historians: the anachronism. Called  the historian&#39;s &quot;sin of sins&quot; by Lucien Febvre, the article shows the current  relevance of this issue and underscores the need to be continuously vigilant  with respect to this obstacle to historical understanding, particularly since it  is capable of assuming the most surprising forms.</p>      <p><b> KEY WORDS</b>    <br> <i>Anachronism, Language, Historical Analysis,  Present, Past.</i></p> <hr size="1">     <p align=right><i> El mal uso que la  ideolog&iacute;a suele hacer del pasado se basa m&aacute;s en el anacronismo que en la  mentira.</i>    <br> <b>Eric  Hobsbawm</b></p>      <p align=right><i> La cr&iacute;tica  esc&eacute;ptica del anacronismo hist&oacute;rico posiblemente</i> <i>es hoy la  principal forma en que los historiadores pueden</i> <i>demostrar  su responsabilidad pol&iacute;tica.</i>    <br> <b>Eric  Hobsbawm</b></p>       <p> Como otras  disciplinas de la sociedad, el an&aacute;lisis hist&oacute;rico realiza un trabajo de cr&iacute;tica  que compromete un doble registro. De una parte, la disciplina hist&oacute;rica es  cr&iacute;tica de las formas sociales de vida, en la medida en que en tanto esfuerzo de  conocimiento se compromete siempre con una ruta que intenta ir m&aacute;s all&aacute; del  sentido com&uacute;n y de lo que la experiencia inmediata ense&ntilde;a sobre el  funcionamiento de una sociedad, y esto por fuera de toda actitud partidista o  moralizante. De otra parte, el an&aacute;lisis hist&oacute;rico, como trabajo comprometido con  el avance sistem&aacute;tico de las ciencias de la sociedad, es tambi&eacute;n examen riguroso  de los instrumentos que pone en marcha el investigador, tanto en el plano  conceptual de las nociones e instrumentos que hace funcionar en &eacute;sta o aquella  investigaci&oacute;n particular, como en el plano general de los supuestos mayores de  la disciplina.</p>     <p> Captar una &eacute;poca  hist&oacute;rica determinada en el plano mismo de sus coordenadas hist&oacute;ricas, evitando  trasladar a una sociedad formas sociales y culturales que le hayan sido ajenas,  es uno de los supuestos b&aacute;sicos del trabajo del historiador. El olvido de esta  regla o su violaci&oacute;n deliberada desvirt&uacute;a no s&oacute;lo la posibilidad de conocimiento  de esas formas singulares de vida que son las sociedades, sino que al mismo  tiempo descalifica el propio oficio del historiador, quien por esta v&iacute;a  simplemente prolonga y proyecta en el pasado las formas sociales particulares de  su sociedad sobre toda forma de existencia humana, disolviendo un sistema  espec&iacute;fico de diferencias en una universal naturaleza humana.</p>      <p> Esa tendencia a  universalizar ciertas formas sociales del presente, proyect&aacute;ndolas en el pasado  -que es un equivalente del etnocentrismo criticado por los antrop&oacute;logos-, es un aspecto destacado del <i> anacronismo hist&oacute;rico</i>, tema a cuya consideraci&oacute;n dedicamos las p&aacute;ginas que  siguen, no con el &aacute;nimo de denunciar la paja en el ojo ajeno, sino ante todo con  la esperanza de llamar la atenci&oacute;n sobre un obst&aacute;culo de conocimiento que  amenaza la actividad de todos los que trabajamos en investigaci&oacute;n hist&oacute;rica.</p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>     <br> 1.</b></p>      <p> Para comenzar y  para que todos puedan estar m&aacute;s o menos advertidos de lo que en estas p&aacute;ginas se  entender&aacute; por &quot;anacronismo&quot;, abramos el <i>Diccionario de la Real Academia de la  Lengua Espa&ntilde;ola </i>-DRAE- y leamos lo que all&iacute; se escribe: &quot;Error que consiste  en suponer acaecido un hecho antes o despu&eacute;s del tiempo en que sucedi&oacute; y, por  extensi&oacute;n, incongruencia que resulta de presentar algo como propio de una &eacute;poca  a la que no corresponde. Persona o cosa anacr&oacute;nica&quot;<sup><a    name="s1" href="#1">1</a></sup>.</p>      <p> Un diccionario m&aacute;s,  de uso corriente y vocaci&oacute;n escolar, luego de recordarnos el origen griego de la  palabra, nos presenta el asunto de la siguiente manera: &quot;Atribuci&oacute;n de un hecho  o de un suceso de una fecha distinta a la verdadera, present&aacute;ndolo como propio  de una &eacute;poca a la que no corresponde&quot;. O tambi&eacute;n: &quot;Que no corresponde a la &eacute;poca  en que se le sit&uacute;a o atribuye&quot; y ofrece el siguiente ejemplo: hablar del uso de  la p&oacute;lvora en una narraci&oacute;n que trata de la prehistoria americana<sup><a    name="s2" href="#2">2</a></sup>.</p>      <p> Antes de avanzar  regresemos un momento a la corta frase con que el DRAE sella su definici&oacute;n:  &quot;Persona o cosa anacr&oacute;nica&quot; y recordemos los buenos usos que en muchas ocasiones  la literatura ha hecho del anacronismo, como por ejemplo en <i>Don Quijote de la  Mancha</i>, la tan citada y poco le&iacute;da obra de Cervantes, una novela en gran  medida construida en el registro par&oacute;dico del anacronismo, como una t&eacute;cnica  conscientemente elaborada por su autor. Como en muchas otras grandes obras  literarias, el principio y el efecto mismo de la &quot;comicidad&quot; provienen del  car&aacute;cter anacr&oacute;nico de las actitudes frente al mundo moderno de su personaje -en  este caso don Alonso de Quijano, quien bajo la forma de Don Quijote encuentra  todas las dificultades que para vivir plantean a hombres y mujeres las &eacute;pocas de  transici&oacute;n. Aqu&iacute;, en particular, la transici&oacute;n entre el viejo mundo de castillos  medievales, de doncellas y de caballeros, y esa forma de modernidad temprana que  se anuncia en el Renacimiento.</p>      <p> De Cervantes, que  lleva el tema a uno de sus puntos m&aacute;s altos de elaboraci&oacute;n, a Charles Chaplin,  que en <i>Tiempos Modernos </i>y en muchas otras de sus obras vuelve sobre el  desajuste permanente que resulta del comportamiento de Charlot, quien vive  exactamente en el punto de encuentro de dos mundos que en nada se parecen desde  el punto de vista de su funcionamiento, pasando por muchas de las observaciones de Sigmund Freud que explican no s&oacute;lo el mecanismo individual de  la risa y lo c&oacute;mico, sino tambi&eacute;n el mecanismo general en que &eacute;stos descansan,  el anacronismo ha sido visto como una de las grandes fuentes de la risa y el  humor, y como un recurso literario que pone de presente el desencuentro entre  dos formas que no se corresponden.</p>      <p> Desde este punto de  vista podr&iacute;amos afirmar que tal vez algunos libros recientes sobre la historia  de Colombia, sobre todo entre los que se muestran como m&aacute;s avanzados e  innovadores en el campo de la &quot;teor&iacute;a&quot;, son a su manera manuales de humor,  aunque es extra&ntilde;o que no conciten nuestra risa. M&aacute;s bien, despiertan nuestro  enojo -lo que depende seguramente del escaso grado de elaboraci&oacute;n del propio  anacronismo que producen tales obras-, como igualmente ocurre con esa cada vez  m&aacute;s abundante cosecha de &quot;novelas hist&oacute;ricas&quot; colombianas que no duda en  trasladar al pasado las sensibilidades del presente, a trav&eacute;s de un tratamiento  del lenguaje que, se supone, est&aacute; destinado a &quot;reflejar la &eacute;poca&quot;, por medio de  la introducci&oacute;n de vocablos y frases y la creaci&oacute;n de &quot;contextos&quot; pintorescos  derivados de una idea ingenua acerca de lo que constituye la trama hist&oacute;rica de  la acci&oacute;n humana en el marco de sociedades que, siempre se olvida, eran  radicalmente diferentes de las nuestras. Para no ofrecer ejemplos recientes  -algunos conquistadores del siglo XVI o principios del XVII, pol&iacute;ticos del siglo  XIX como Tom&aacute;s Cipriano de Mosquera y escritores como Jorge Isaacs o Jos&eacute; Mar&iacute;a  Vargas Vila han estado entre las v&iacute;ctimas-, podemos limitarnos a mencionar <i> Los pecados de In&eacute;s de Hinojosa</i>, &quot;novela hist&oacute;rica&quot; que no s&oacute;lo dej&oacute; huella  en la memoria literaria de muchos lectores, sino que conoci&oacute; adem&aacute;s las glorias  de la pantalla y recre&oacute; para los espectadores poco amantes de la lectura, pero  &aacute;vidos de cr&oacute;nicas chismosas, lo que supuso con poca imaginaci&oacute;n el autor que  era el esp&iacute;ritu ardiente y pecador de una &eacute;poca.</p>      <p> Lo que resulta m&aacute;s  interesante para el historiador -que tiene sensibilidad por el an&aacute;lisis  sociol&oacute;gico- es la manera como tales &quot;novelas hist&oacute;ricas&quot;, que por lo menos hace  una d&eacute;cada son una parte de los m&aacute;s destacados &quot;best-seller&quot; nacionales,  terminan siendo considerados por el p&uacute;blico lector como las &quot;obras de historia&quot;  por excelencia, la versi&oacute;n p&uacute;blica leg&iacute;tima de una disciplina, y que adem&aacute;s  determinan la representaci&oacute;n dominante que la sociedad se hace del &quot;trabajo del  historiador&quot; -sobre todo cuando se trata de biograf&iacute;as, el g&eacute;nero favorito del  &quot;gran p&uacute;blico&quot;-. Por su parte muchos historiadores de profesi&oacute;n, con formaci&oacute;n  universitaria pero con muy escasa cultura literaria -dos hechos que no deben  verse como opuestos-, terminan constituyendo a ese tipo de &quot;prosa hist&oacute;rica&quot; en  la m&aacute;s <i>alta referencia literaria</i>, referencia que tal vez secretamente  envidian y a la que en ocasiones no dudan en sumarse, con la idea de que ese es  el camino para superar el car&aacute;cter &quot;gris&quot; de los libros de an&aacute;lisis hist&oacute;rico  que escriben los &quot;acad&eacute;micos&quot;, y que un poco de exotismo en los temas y de periodismo  en el tratamiento -chismes y algo de vida cotidiana-, no le vienen mal a una  producci&oacute;n universitaria cada vez m&aacute;s abundante y m&aacute;s encerrada en el marco de  su p&uacute;blico cautivo: los colegas que eval&uacute;an y los estudiantes que leen teniendo  al frente el fantasma de las calificaciones.</p>       <p><b>     <br> 2.</b></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Siguiendo una  sensata indicaci&oacute;n de E. P. Thompson, llena de sabidur&iacute;a, recordemos que las  definiciones m&aacute;s &uacute;tiles son quiz&aacute;s las menos &quot;cerradas&quot; y las que permiten  cierta fluidez en su funci&oacute;n. Podemos limitarnos entonces a darnos lo que Ren&eacute;  Descartes llamaba una &quot;morada provisional&quot;, y de manera sint&eacute;tica digamos que el  anacronismo es una forma de pasar por encima de las dimensiones de tiempo,  espacio y lenguaje espec&iacute;ficos, que son constitutivas de una sociedad, lo que  lleva al historiador &#40;o al antrop&oacute;logo o al soci&oacute;logo&#41; a pasar por encima de lo  que Baruch Spinoza llamaba la &quot;diferencia espec&iacute;fica&quot;, introduciendo en el  an&aacute;lisis objetos, procesos, actitudes y formas de percepci&oacute;n y representaci&oacute;n  que la <i>historicidad misma de esa sociedad particular </i>de la que se trata  no autoriza, bien sea porque se encuentran por fuera del marco de posibilidades  hist&oacute;ricas que esa sociedad ha producido, o por el contrario, porque se  localizan en un horizonte de expectativas que la sociedad ha superado.</p>      <p> Recordemos as&iacute;  mismo -en parte para justificar el objeto de estas p&aacute;ginas y su prop&oacute;sito- que  volver de manera constante sobre algunos de sus presupuestos b&aacute;sicos, es una  actividad necesaria para las disciplinas de pretensi&oacute;n cient&iacute;fica, es decir,  aquellas que inscriben su proyecto en un orden demostrativo y que practican de  manera permanente un sistema de controles sobre cada una de las operaciones que  ejecutan en orden a la producci&oacute;n de conocimientos. Adem&aacute;s, hay momentos  precisos en la historia de una disciplina, y para el caso de las ciencias  sociales podemos citar las tres &uacute;ltimas d&eacute;cadas del siglo XX, en que no s&oacute;lo se  agudiza la discusi&oacute;n te&oacute;rica en un campo determinado del saber, sino que los  propios fundamentos del conocimiento que designamos como &quot;cient&iacute;fico&quot; -sin dar a  esta palabra ninguna acepci&oacute;n fetichista- se ven sacudidos por formas diversas  del relativismo y del escepticismo, proyectando dudas sobre el conjunto del  trabajo de investigaci&oacute;n, un hecho del que no siempre se desprenden  consecuencias negativas sobre una disciplina, pues un ataque a sus fundamentos,  en disciplinas de tanta tradici&oacute;n y logros como el an&aacute;lisis hist&oacute;rico, puede  resultar en un refuerzo de las formas de rigor, innovaci&oacute;n y creatividad entre  los practicantes del oficio, en un m&aacute;s alto compromiso con el ideal de  objetividad y en una gran dosis de prudencia con relaci&oacute;n a cada una de las  afirmaciones que el investigador produce.</p>      <p> Sobre este punto y  otros colaterales al proceso hay que recordar que muchas de las discusiones de  orden filos&oacute;fico y human&iacute;stico de finales del siglo XX acerca del &quot;conocimiento&quot; y de las formas posibles o imposibles de objetividad, no  encontraron en las mejores condiciones de respuesta a los <i>practicantes del  oficio del an&aacute;lisis hist&oacute;rico</i>, en raz&oacute;n de su vieja renuncia a plantearse  problemas te&oacute;ricos -con excepciones ejemplares como las de Eric Hobsbawm, Carlo  Ginzburg o Roger Chartier, para citar tres casos de historiadores pertenecientes  a tres culturas historiogr&aacute;ficas diferentes- y su tendencia a refugiarse en las  cuatro paredes del archivo, dejando el campo abierto para que distintas clases  de profetas y mensajeros del &quot;saber absoluto&quot;, unas veces vestidos con el viejo  traje del fil&oacute;sofo, y otros con el nuevo atuendo de los representantes de la  teor&iacute;a con &quot;T&quot; may&uacute;scula, cumplieran la tarea que los simples practicantes de un  oficio emp&iacute;rico dejaban abandonada, con el pretexto de un nuevo documento  encontrado, prolongando de esta manera las deformaciones de una pr&aacute;ctica devota  en su cultivo de los hechos, las cifras y el trabajo de archivo, pero que  reproduce la divisi&oacute;n entre el trabajo paciente y ordenado, &quot;benedictino&quot; como  se dice, pero sin ideas, y el trabajo abstracto y especulativo, con demasiadas  ideas generales y poco aprecio por la observaci&oacute;n y los hechos -una forma de  divisi&oacute;n del trabajo que con facilidad se transforma en divisi&oacute;n entre el  trabajo que manda y el trabajo que obedece, sin que tengamos necesidad de  recordar al lector, por lo obvio, cu&aacute;l de los dos polos de esta unilateralidad  perversa es el dominante y cu&aacute;l es el dominado-.</p>      <p> Es esta situaci&oacute;n a  la que alud&iacute;a Eric Hobsbawm a mediados de los a&ntilde;os 1990 en el prefacio a un  volumen en donde, por otra parte, daba prueba de la forma cuidadosa como desde  muchos a&ntilde;os atr&aacute;s combinaba su papel de investigador de la historia de la  sociedad moderna, con la necesaria tarea reflexiva sobre la situaci&oacute;n de las  ciencias sociales y la historia. &quot;En todo caso -escrib&iacute;a Hobsbawm en 1997-, en  la actualidad el inter&eacute;s se decanta hacia las cuestiones conceptuales y  metodol&oacute;gicas de la historia. Te&oacute;ricos de toda clase dan vueltas alrededor de  los mansos reba&ntilde;os de historiadores que mientras tanto pacen en los ricos pastos  de sus fuentes primarias o rumian las publicaciones de sus colegas&quot;<sup><a    name="s3" href="#3">3</a></sup>.</p>      <p> En ese texto que  acabo de citar, E. Hobsbawm pasaba revista sobre algunas de las patolog&iacute;as m&aacute;s  f&aacute;ciles de reconocer en el an&aacute;lisis hist&oacute;rico acad&eacute;mico de finales del siglo XX,  refri&eacute;ndose de manera particular al <i>escepticismo </i>y al <i>relativismo</i>,  a la confusi&oacute;n entre an&aacute;lisis de las pr&aacute;cticas y an&aacute;lisis de los textos, a la  reducci&oacute;n del an&aacute;lisis hist&oacute;rico a la reconstrucci&oacute;n de la &quot;memoria colectiva&quot; y  al abandono del <i>universalismo </i>presente en la noci&oacute;n de <i>sociedad </i> que viene de autores como Marx o Durkheim, por ejemplo, noci&oacute;n olvidada ahora  bajo el peso dominante de conceptos como los de &quot;identidad&quot; y &quot;memoria de  grupo&quot;, dos objetos en torno de los cuales buena parte del an&aacute;lisis hist&oacute;rico de  finales del siglo XX termin&oacute; arriando las viejas aspiraciones de que la  disciplina fuera un estudio detallado tanto de la evoluci&oacute;n de las estructuras sociales,  como de las formas como las sociedades se representan ellas mismas, bajo la  forma de &quot;memoria&quot; e &quot;identidad&quot; y &quot;conciencia social&quot; de una &eacute;poca.</p>      <p> En ese mismo  conjunto de ensayos, publicados bajo el t&iacute;tulo gen&eacute;rico de <i>On History</i>,  Hobsbawm se lanzaba a una defensa muy razonada y atemperada de las &quot;viejas&quot;  formas del an&aacute;lisis hist&oacute;rico, y dejaba ver que buena parte de las definiciones,  de las construcciones de objeto, de las formas de argumentaci&oacute;n de los trabajos  que en historia y antropolog&iacute;a se han presentado como producto del &quot;giro  ling&uuml;&iacute;stico&quot; postmoderno, pod&iacute;an ser comprendidas como un cl&aacute;sico caso de  anacronismo, tanto desde el punto vista del uso de la teor&iacute;a, como desde el  punto de vista del uso de las fuentes primarias. Es una l&aacute;stima que <i>On  History </i>haya sido tan poco le&iacute;do y discutido y que con muy poca honradez  intelectual se le haya dejado de lado caracteriz&aacute;ndolo como una simple reacci&oacute;n  de retaguardia de un anquilosado historiador marxista, etiqueta utilizada, desde  luego, como una descalificaci&oacute;n.</p>       <p><b>     <br> 3.</b></p>      <p> Antes de dirigirme  de manera menos el&iacute;ptica al problema del que he ofrecido ocuparme, quisiera  volver por unos instantes al libro citado de Eric Hobsbawm que he tenido en  mente desde el comienzo de esta exposici&oacute;n. Necesito de la ayuda del gran  historiador para plantear con claridad el problema de las implicaciones c&iacute;vicas  y pol&iacute;ticas del anacronismo. Espero adem&aacute;s que sus observaciones y an&aacute;lisis me  sirvan para tratar de ofrecer alguna luz sobre ciertos aspectos inquietantes de  la relaci&oacute;n entre an&aacute;lisis hist&oacute;rico y formas de &quot;conciencia social&quot;, para  decirlo en un vocabulario sobre el que de manera indudable el tiempo y ciertos  usos pol&eacute;micos han hecho sus estragos.</p>      <p> El problema tiene  que ver con los usos pol&iacute;ticos del an&aacute;lisis hist&oacute;rico, o como dir&iacute;a J&uuml;rgen  Habermas, &quot;con los usos pol&iacute;ticos del pasado o usos p&uacute;blicos de la historia&quot;<sup><a    name="s4" href="#4">4</a></sup>  Se trata del problema de los usos del pasado como forma de legitimaci&oacute;n del  presente -un recurso del que ninguna sociedad deja de echar mano-. Una clase de  uso complejo y ambiguo que los propios historiadores han explorado con gran  agudeza, aunque casi siempre en la obra de los dem&aacute;s y muy poco en la suya  propia, bien sea porque el historiador se considera libre de toda sospecha de  que su obra pueda ser sometida por grupos precisos de la sociedad o de sus  autoridades constituidas a usos ajenos a la intenci&oacute;n del autor o del texto,  bien sea porque el historiador asume de manera consciente y voluntaria las  utilizaciones que determinados grupos hacen de su obra, la que de manera  intencional se presenta como la propia auto/conciencia de los grupos sociales  con los que se identifica y a los que piensa reflejar el autor en su trabajo.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Sobre este &uacute;ltimo  caso hay que se&ntilde;alar cierta <i>asimetr&iacute;a </i>constante en las ciencias sociales  -asimetr&iacute;a presente de forma muy acentuada en  Colombia-, que tiene que ver con el hecho de que quien adhiere a una &quot;causa&quot; que  considera justa y valedera, piensa que esa opci&oacute;n no puede producir sobre su  trabajo sino efectos positivos de conocimiento y jam&aacute;s sombras y bloqueos,  mientras que cuando juzga a quien asume con el mismo entusiasmo una causa  contraria declara que la participaci&oacute;n en tal &quot;causa&quot; ineluctablemente someter&aacute;  el trabajo de su vecino a todas las formas de ceguera que producen las  ideolog&iacute;as, de tal forma que de manera pr&aacute;ctica se afirma el &quot;credo&quot; de que hay  partidismos &quot;malos&quot; que hay que rechazar porque son fuente de error -por ejemplo  en Colombia las que provienen de la <i>Historia de Colombia </i>de Henao y  Arrubla o de <i>Los grandes conflictos sociales y econ&oacute;micos de nuestra historia </i>de Indalecio Li&eacute;vano Aguirre- y partidismos buenos, como los de Ignacio  Torres Giraldo, Mateo Mina o las diversas corrientes que se presentan en el pa&iacute;s  como expresiones de la &quot;historia desde abajo&quot;. En el primer caso se tratar&iacute;a de  un horrible defecto que atenta contra toda forma de an&aacute;lisis cient&iacute;fico. En el  segundo caso, el defecto se vuelve virtud, y la actitud militante puede  liberarse de todas las exigencias anal&iacute;ticas que deben hacerse a una  interpretaci&oacute;n que se pretende argumentada y demostrativa, bajo el escudo  protector de que se trata de &quot;historia militante de la causa buena&quot;.</p>      <p> Tomando un camino  diferente -un hecho en el que no se ha insistido, confundiendo la militancia del  ciudadano con el rigor del trabajo de historiador-, Eric Hobsbawm realiza una  sencilla constataci&oacute;n, de la que a continuaci&oacute;n desprende una conclusi&oacute;n en toda  l&oacute;gica. Dir&aacute; en primer lugar que &quot;todos los seres humanos, todas las  colectividades y todas las instituciones necesitan un pasado&quot;, para agregar  enseguida lo que con frecuencia en estos a&ntilde;os de exaltaci&oacute;n de la &quot;memoria  colectiva&quot; se ha olvidado: que &quot;solo de vez en cuando este pasado &#91;cuyo relato  los grupos desean&#93; es el que la investigaci&oacute;n hist&oacute;rica deja al descubierto&quot;<sup><a    name="s5" href="#5">5</a></sup>.</p>      <p> Existe pues una  &quot;demanda de pasado&quot; &#40;tal como Jacques Bouveresse habla de una &quot;demanda de  flosof&iacute;a&quot;<sup><a    name="s6" href="#6">6</a></sup>&#41;, pero esa demanda establece relaciones contradictorias  con lo que la investigaci&oacute;n hist&oacute;rica puede ofrecer, no solamente por su  car&aacute;cter inacabado y abierto, sino, de manera complementaria, porque la  investigaci&oacute;n hist&oacute;rica -de hecho ning&uacute;n tipo de investigaci&oacute;n-, no constituye  una <i>forma de consolaci&oacute;n</i>. De esta manera, el espejo que a su sociedad  debe ofrecer Her&oacute;doto, o por lo menos <i>Her&oacute;doto moderno</i><sup><a    name="s7" href="#7">7</a></sup>, poco  tiene que ver con las demandas espec&iacute;ficas que los grupos particulares le hacen  a la &quot;historia&quot;, una demanda de identidad, coherencia y consolaci&oacute;n, una imagen  gratificante, id&iacute;lica y no problem&aacute;tica, una demanda que puede encontrar sus  mejores realizaciones en la mayor parte de las biograf&iacute;as corrientes, en las  llamadas &quot;novelas hist&oacute;ricas&quot; -y en sus complementos audiovisuales- y en todas  las visiones de grupo que bajo el t&iacute;tulo de &quot;obras de historia&quot; restituyen la  funci&oacute;n de crear lazos  imaginarios con un &quot;pasado esencial e inmutable&quot;, al que se denomina como  &quot;or&iacute;genes&quot; o &quot;ra&iacute;ces&quot;<sup><a    name="s8" href="#8">8</a></sup>.</p>      <p> En <i>On History</i>,  Eric Hobsbawm cita un breve y sorprendente texto de Ernst Renan, el difusor de  la idea de la naci&oacute;n como &quot;un sentimiento que se renueva cada d&iacute;a&quot;, quien  hablando de las relaciones entre la &quot;invenci&oacute;n de la naci&oacute;n&quot; -como ahora se  dice- y el an&aacute;lisis hist&oacute;rico que se niega a reducirse a una forma de memoria  consoladora de grupo, dec&iacute;a que &quot;&#91;o&#93;lvidar, incluso interpretar mal la historia  es un factor esencial en la formaci&oacute;n de una naci&oacute;n, motivo por el cual el  progreso de los estudios hist&oacute;ricos es a menudo un peligro para la nacionalidad&quot;<sup><a    name="s9" href="#9">9</a></sup>.</p>      <p> Cada cual puede  sacar sus propias conclusiones de los an&aacute;lisis que propone Eric Hobsbawm. Pero  resulta interesante recordar de manera sumaria los ejemplos que ofrece sobre  algunos avatares de la investigaci&oacute;n hist&oacute;rica en la hoy desaparecida  Checoslovaquia, en Inglaterra, en Irlanda y en Israel, pues pueden ser  ilustrativos para nuestra pr&aacute;ctica del oficio de historiadores. Nos interesan  mucho a nosotros sobre todo los dos &uacute;ltimos ejemplos mencionados, porque se  refieren a dos sociedades que han atravesado conflictos armados de gran  intensidad que han polarizado en forma extrema las opiniones, de una manera que  lo que en periodos &quot;normales&quot; de la vida de una sociedad puede llamarse en el  campo acad&eacute;mico el &quot;valor de la objetividad&quot; -una conquista del esp&iacute;ritu  cient&iacute;fico-, tiende a desaparecer en medio de los enfrentamientos, la pugnacidad  y el dominio de los intereses pol&iacute;ticos sobre las exigencias del an&aacute;lisis  demostrativo.</p>      <p> Hobsbawm muestra  c&oacute;mo una historiograf&iacute;a cr&iacute;tica, novedosa, de grandes originalidades en el plano  mismo del an&aacute;lisis, no ha podido cristalizar en esas sociedades sino a partir  del momento en que los historiadores supieron poner en tela de juicio todas las  formas de representaci&oacute;n dominantes -populares y compartidas-, que constitu&iacute;an  el &quot;relato nacional&quot; socialmente aceptado: en un caso la mitolog&iacute;a identitarias  acerca de la &quot;gloriosa lucha armada del IRA&quot;. En el otro la mitolog&iacute;a anacr&oacute;nica  de los &quot;or&iacute;genes milenarios&quot; con que se representa a s&iacute; mismo el Estado de  Israel, con evidentes versiones acomodaticias acerca de la presencia en  Palestina de &aacute;rabes y jud&iacute;os<sup><a    name="s10" href="#10">10</a></sup> Hobsbawm concluir&aacute; indicando que es  tarea del historiador resistir &quot;a la formaci&oacute;n de mitos nacionales, &eacute;tnicos o de  cualquier clase&quot;, sobre todo mientras se encuentran en proceso  de gestaci&oacute;n&quot;, pues luego de que ellos cristalizan bajo figuras fetichizadas -un  calendario, una celebraci&oacute;n, una memoria cosificada-, el trabajo de cr&iacute;tica  hist&oacute;rica se vuelve mucho m&aacute;s dif&iacute;cil -no hay olvidar que estas palabras estaban  dirigidas a un auditorio de j&oacute;venes estudiantes de pa&iacute;ses de la antigua &quot;Europa  oriental&quot;, que despu&eacute;s de 1989 eran la parte m&aacute;s din&aacute;mica de sociedades que  intentaban recuperar la historia de sus sociedades anterior al fin de la Segunda  Guerra mundial, que hab&iacute;a sido confiscada por el partido comunista y sustituida  de manera formal en las escuelas por el relato oficial sobre las &quot;democracias  populares&quot; y la liberaci&oacute;n sovi&eacute;tica que hab&iacute;a abierto el camino al &quot;socialismo&quot;<sup><a    name="s11" href="#11">11</a></sup>.</p>      <p> Es posible que este  trabajo de resistencia a la mitolog&iacute;a hist&oacute;rica -que no se refiere solamente a  la mitolog&iacute;a sobre la noci&oacute;n dominante y las &eacute;lites, sino tambi&eacute;n a las  mitolog&iacute;as sobre los grupos subalternos- encuentre una s&iacute;ntesis en la conocida  observaci&oacute;n de Federico Nietzsche sobre la funci&oacute;n del historiador, cuando a  manera de pregunta escrib&iacute;a: &quot;&iquest;Pero de qu&eacute; se ocupa el historiador si no de  contradecir?&quot;.</p>       <p><b>     <br> 4.</b></p>      <p> Al comenzar nuestra  exposici&oacute;n hab&iacute;amos indicado que buena parte del anacronismo se relaciona con el  desconocimiento de las dimensiones b&aacute;sicas de una sociedad -el tiempo, el  espacio y el lenguaje ante todo-, lo que nos recuerda adem&aacute;s que el anacronismo  es el hermano gemelo del etnocentrismo que tanto aqueja a soci&oacute;logos y  antrop&oacute;logos y respecto del cual esas disciplinas han producido formas de  control y de autoan&aacute;lisis, que aseguran grados elevados de objetividad cuando se  practican con rigor y de manera controlada, lo que no ha ocurrido de la misma  forma en el campo de las ciencias hist&oacute;ricas en donde los controles de  objetividad, cuando se producen, se han limitado al aspecto puramente  documental. Esto ha evitado el examen cuidadoso de la forma como el propio punto  de vista crea el objeto, y la manera como la relaci&oacute;n que con su objeto  establece el historiador compromete buena parte de sus resultados, y esto a  pesar de los saludos reverenciales que continuamente se hacen a historiadores  expertos en el tema como Michel de Certeau.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Antes de presentar  algunos ejemplos precisos que me parecen significativos de la tendencia al  anacronismo y de su vinculaci&oacute;n con ciertas formas recientes de considerar las  llamadas &quot;sociedades coloniales&quot; hispanoamericanas, quisiera recorrer un ejemplo  que me parece paradigm&aacute;tico, tomado de un texto de gran precisi&oacute;n hist&oacute;rica y  etnogr&aacute;fica y del que en muchas oportunidades se han hecho cr&iacute;ticas  -precisamente- de un gran anacronismo, cr&iacute;ticas que permiten  observar de manera exacta de qu&eacute; forma las ideolog&iacute;as y el presente pueden  oscurecer no s&oacute;lo la investigaci&oacute;n de un fen&oacute;meno, sino incluso la lectura de un  texto que recrea un mundo social diferente del que nosotros habitamos.</p>      <p> Esta peque&ntilde;a  consideraci&oacute;n, que es adem&aacute;s simplemente un homenaje a un gran texto de los  ciencias sociales, nos puede servir tambi&eacute;n para insistir tanto en el <i> car&aacute;cter general </i>del &quot;obst&aacute;culo epistemol&oacute;gico&quot; que estamos estudiando, como  para llamar la atenci&oacute;n sobre la forma particular como la tendencia al  anacronismo se relaciona con tipos de ceguera ideol&oacute;gica que todos padecemos -en  mayor o menor grado- acerca del funcionamiento de las sociedades sobre las  cuales precisamente nos interrogamos, al tiempo que nos ilustra respecto de las  presiones culturales que sobre el historiador ejercen las <i>corrientes  intelectuales del presente</i>, al punto de hacerlo la v&iacute;ctima principal de una  especie de chantaje ideol&oacute;gico que la &eacute;poca impone sobre sus esfuerzos de  construcci&oacute;n de un pasado que sea &quot;por el mismo&quot;, &quot;libre de toda culpa&quot; impuesta  por nuestra conciencia moderna, como pensaba Nietzsche que deber&iacute;a ser el objeto  que fabrica el historiador.</p>      <p> Tomaremos nuestro  ejemplo de algunos de los estudios que sobre la &quot;cencerrada&quot; en las sociedades  europeas previas a la industrializaci&oacute;n realiz&oacute; el notable historiador ingl&eacute;s E.  P. Thompson<sup><a    name="s12" href="#12">12</a></sup> Como lo puso de presente este autor, la cencerrada era  un t&eacute;rmino gen&eacute;rico para designar formas variadas de rituales de hostilidad  hacia individuos que hab&iacute;an infringido reglas que el conjunto de la comunidad  formalmente respetaba. Ah&iacute; cab&iacute;an cantidades de cosas como alcoholismo, peque&ntilde;os  robos y pillajes, matrimonios considerados socialmente inconvenientes, casos de  cornudos, etc. Thompson estudi&oacute; de manera muy documentada y con gran riqueza  etnogr&aacute;fica varios de esos rituales, y entre ellos la &quot;venta de esposas&quot;, un  ritual muy sofisticado para el que se montaba en un lugar p&uacute;blico un tablado al  que en medio de gritos, vociferaciones y obscenidades proferidas por los  asistentes, sub&iacute;a un marido que llevaba a su mujer sujetada por el cuello con un  lazo, mientras iba predicando a viva voz sus defectos y virtudes, en medio de  gritos, bromas e insultos cada vez m&aacute;s subidos de tono, proferidos por un  &quot;p&uacute;blico&quot; f&eacute;rreamente integrado en el ritual al comp&aacute;s de la cerveza y del  ambiente distendido que el ceremonial iba favoreciendo. El punto m&aacute;s concentrado  del ritual, en t&eacute;rminos de significaci&oacute;n, era el momento en que el marido, luego  de haber &quot;presentado&quot; a su mujer, la ofrec&iacute;a &quot;en venta&quot; -la subastaba-, hasta  encontrar finalmente un comprador, que luego del pago, se marchaba con ella.</p>      <p> Muchos de quienes  hab&iacute;an comentado el ritual de &quot;venta de esposas&quot; lo hab&iacute;an criticado y censurado  como costumbre b&aacute;rbara y sobre todo como costumbre &quot;irracional&quot; de muy dif&iacute;cil  explicaci&oacute;n.</p>      <p> Con la <i>reaparici</i><i>&oacute;n </i>en las  ciencias sociales del &uacute;ltimo tercio del siglo XX de las actitudes feministas  militantes -los &quot;estudios de g&eacute;nero&quot;-, las cr&iacute;ticas a este tipo de ritual &#40;o  rituales semejantes, hace tiempo desaparecidos en las sociedades europeas&#41;, se  hicieron mucho m&aacute;s agudas y, apoy&aacute;ndose en sus descripciones sobre la dominaci&oacute;n  masculina, el patriarcalismo, la condici&oacute;n sometida de la mujer, etc., hechos  todos que nadie se atrever&iacute;a a negar hoy, nuevas y m&aacute;s enf&aacute;ticas  interpretaciones se produjeron, interpretaciones que conten&iacute;an muchos elementos  de verdad, pero que en ocasiones ser&iacute;a conveniente matizar, como ocurre con toda  verdad fundamental, si es cierto que toda verdad arrastra un elemento de  oscuridad.</p>      <p> El an&aacute;lisis de E.  P. Thompson -por lo dem&aacute;s un &quot;feminista&quot; convencido- sobre el ritual de la  &quot;venta de esposas&quot; y su definici&oacute;n de la cencerrada como una fiesta popular  enormemente ritualizada, permit&iacute;a ver de forma documentada, y con todo detalle,  que la &quot;venta de esposas&quot; era una forma comunal de &quot;divorcio popular&quot; y que bajo  su presentaci&oacute;n opresiva e indignante, <i>para nuestra conciencia de hoy</i>, se  encontraba una soluci&oacute;n feliz a la desintegraci&oacute;n y a la necesidad de  recomposici&oacute;n de la vida familiar y matrimonial de muchos aldeanos, y por lo  tanto a la necesidad de mantener los equilibrios afectivos de la comunidad.</p>      <p> Thompson mostr&oacute; de  manera documentada, con el apoyo de muchas fuentes del folclore, que el  comprador que sub&iacute;a al tablado, que pagaba y hac&iacute;a la pantomima de llevarse a la  mujer, quien aun ten&iacute;a la soga alrededor de su cuello, era en realidad su nuevo  marido, y que con el dinero que entregaba al anterior marido se pagaban ahora en  la taberna las cervezas de todos los aldeanos, incluidas las felices libaciones  de la nueva pareja, hechos todos dif&iacute;ciles de captar en su significado si se  mantiene la idea de &quot;irracionalidad&quot; de los comportamientos campesinos, o la  denuncia, en apariencia progresista, de que se trataba de un episodio m&aacute;s que  pon&iacute;a de presente la &quot;dominaci&oacute;n extrema&quot; de la mujer, no porque tal dominaci&oacute;n  no existiera, sino porque el fen&oacute;meno terminaba siendo desfigurado por completo  cuando se pasaba por el tamiz de la <i>sensibilidad contempor&aacute;nea</i>, cuando se  sustra&iacute;a de su contexto y cuando se anulaba uno de sus polos de significaci&oacute;n:  la restituci&oacute;n de los equilibrios matrimoniales y de las formas de circulaci&oacute;n  del afecto, lo que imped&iacute;a fen&oacute;menos de solter&iacute;a masculina, y las posibilidades  de ataques a las mujeres casadas o a las menores de edad, o la existencia de  mujeres abandonadas sin ning&uacute;n apoyo y en condici&oacute;n aun de mayor fragilidad que  la habitual, lo que volv&iacute;a mucho m&aacute;s dif&iacute;ciles sus condiciones de vida en la  comunidad, en una &eacute;poca en que no s&oacute;lo no exist&iacute;an las lavadoras ni la idea del  trabajo dom&eacute;stico compartido entre hombres y mujeres, sino que mucho menos  exist&iacute;a el derecho laboral femenino de la segunda mitad del siglo XX y la  conciencia moderna de la igualdad entre hombres y mujeres.</p>       <p><b>     <br> 5.</b></p>      <p> Tratar&eacute; ahora de  se&ntilde;alar algunos ejemplos t&iacute;picos de anacronismo, relacionados con el propio  periodo y tema de estudio a los que he dedicado en a&ntilde;os pasados algunos  trabajos: la sociedad colonial de los siglos XVI al XVIII -sin dejar de  mencionar de una vez que los usos m&aacute;s frecuentes de la propia noci&oacute;n de  &quot;sociedad colonial&quot; me parece que ponen de presente la urgencia de volver de  manera cr&iacute;tica sobre una categor&iacute;a que siempre parece quedar por fuera del  examen- y de manera mucho m&aacute;s espec&iacute;fica su periodo &quot;Ilustrado&quot;, que corresponde  aproximadamente al &uacute;ltimo tercio del siglo XVIII, por lo menos si el fen&oacute;meno se  observa desde el punto de vista propiamente local en el plano intelectual<sup><a    name="s13" href="#13">13</a></sup></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Quisiera pues  proponer algunos ejemplos de usos anacr&oacute;nicos de nociones y categor&iacute;as que  recientemente han querido aplicarse a esa sociedad. Algunos de estos ejemplos  son nuevos. Otros se encuentran ya en algunos trabajos anteriores, bajo la forma  de cr&iacute;tica a otras interpretaciones de la &quot;sociedad colonial&quot; neogranadina.  Algunos se refieren de manera espec&iacute;fica al orden de los hechos. Otros se  refieren de manera m&aacute;s estricta al orden de la interpretaci&oacute;n, aunque como se  sabe esa vieja distinci&oacute;n anal&iacute;tica funciona de manera muy parcial y en  situaciones y campos limitados. Otros, finalmente, se refieren a ciertos usos de  los conceptos de la teor&iacute;a social contempor&aacute;nea. No olvidemos que la &quot;teor&iacute;a&quot; ha  sido en a&ntilde;os recientes una de las mayores fuentes de anacronismo en el an&aacute;lisis  hist&oacute;rico, de manera muy particular cuando se ha querido acudir a nociones  complejas y fuertemente dependientes de su contexto hist&oacute;rico y epistemol&oacute;gico  de formaci&oacute;n, como en el caso de la noci&oacute;n de &quot;poder&quot; y &quot;relaciones de poder&quot;  elaborada por un pensador de tanta importancia como Michel Foucault, cuyo  prestigio ha llevado adem&aacute;s a un juicio muy poco cr&iacute;tico sobre muchos de sus  an&aacute;lisis, que han terminado convertidos en frases definitivas y perentorias que  hay que obedecer, traicionando de esta manera la actitud cr&iacute;tica y poco  complaciente con su propia obra que siempre mostr&oacute; el insigne fil&oacute;sofo franc&eacute;s<sup><a    name="s14" href="#14">14</a></sup></p>      <p> Quisiera comenzar  con un ejemplo sencillo, pero que me parece altamente ilustrativo. Tiene que ver  con un gran libro de la cultura occidental. Se trata de la <i>Encyclop</i><i>&eacute;die</i>,  esa suma de conocimientos publicada bajo el impulso de D&#39;Alembert y Diderot, ese  gran libro de libros que la cultura escolar nos invita de inmediato a asociar  con Voltaire, con el materialismo y el ateismo, y de una manera no siempre muy  fundamentada con la Revoluci&oacute;n Francesa de 1789. Cuando se leen relatos sobre  los a&ntilde;os finales del siglo XVIII y primeros a&ntilde;os del siglo XIX en Colombia  -inevitablemente dos periodos fuertes de la &quot;historia nacional&quot;, pues  corresponden de manera b&aacute;sica a la Ilustraci&oacute;n y a la Revoluci&oacute;n de  Independencia-, se advierte enseguida la tendencia a convertir a los Ilustrados  de manera directa y sin matices en los &quot;padres de la patria&quot; -como lo ha vuelto  a mostrar el actual despliegue en torno al Bicentenario- y a hacer del  pensamiento ilustrado finalmente la propia &quot;filosof&iacute;a de la revoluci&oacute;n&quot;. De esta  manera, los Ilustrados ser&iacute;an ante todo &quot;enciclopedistas&quot; -revolucionarios y  materialistas seg&uacute;n la leyenda, por lo tanto-, como lo prueba el hecho de que  siempre se mencionan a continuaci&oacute;n las lecturas que supuestamente de esa obra  hicieron los pr&oacute;ceres de la Independencia nacional, seg&uacute;n algunos de los escasos  testimonios que al respecto se pueden presentar y que luego los comentaristas en  el siglo XX han repetido de manera can&oacute;nica, sin volver nunca a las fuentes, y  sin tratar de saber de qu&eacute; <i>Encyclop&eacute;die </i>se est&aacute; hablando, a qu&eacute; tomos y  materias de esa voluminosa obra se hace referencia, en d&oacute;nde se encuentran los  ejemplares impresos o las copias manuscritas de esta suma del conocimiento  humano, testimonios y fuentes que podr&iacute;an dar alguna realidad a las afirmaciones  que se hacen sobre el &quot;enciclopedismo&quot; de los pr&oacute;ceres de la Independencia  nacional.</p>      <p> Hoy disponemos de  investigaciones de primer orden sobre la <i>Encyclop</i><i>&eacute;die</i>,  y entre ellas, en primer lugar, contamos con las de Robert Darnton, apoyadas  ante todo en un conocimiento de primera mano de las fuentes b&aacute;sicas del  problema: los archivos de la Sociedad Tipogr&aacute;fca de Neuch&acirc;tel, por lo menos si  se trata de aclarar los aspectos iniciales del problema: &iquest;De qu&eacute; libro estamos  hablando cuando hablamos de la <i>Enciclopedia</i>? Darnton nos ha ense&ntilde;ado,  entre otras cosas importantes, que no hubo <i>una</i>, sino <i>dos </i> &quot;Enciclopedias&quot;, un hecho elemental pero ignorado, hasta donde llega mi  conocimiento, por los comentaristas locales. Entre los dos proyectos de  Enciclopedia -los dos publicados, con diferencias de a&ntilde;os y de editor-, la  diferencia mayor estriba, por as&iacute; decirlo, en su radicalidad y en su relaci&oacute;n  con la pol&iacute;tica y la cr&iacute;tica de las creencias religiosas, aunque los dos  proyectos, que tienen muchos elementos comunes, participaban del sue&ntilde;o general  de crear el gran compendio del conocimiento humano, mucho m&aacute;s que de modificar  las estructuras sociales y pol&iacute;ticas de la Francia del siglo XVIII<sup><a    name="s15" href="#15">15</a></sup>.</p>      <p> La primera <i> Enciclopedia</i>, dirigida por D&#39;Alembert y Diderot, es la que se asocia de  manera al tiempo directa y un poco m&iacute;tica con la Revoluci&oacute;n Francesa. La segunda  es la que fue conocida como la <i>Enciclopedia Met&oacute;dica</i>, una voluminosa  publicaci&oacute;n, de la cual dice Robert Darnton que &quot;hoy en d&iacute;a reposa ignorada  sobre los estantes m&aacute;s inaccesibles de las bibliotecas de investigaci&oacute;n&quot;, sin  que haya despertado por ahora &quot;la curiosidad de un solo estudiante que se  encuentre padeciendo &#39;mal de tesis&#39;&quot;.</p>      <p> Teniendo en cuenta  esta elemental distinci&oacute;n que hace Darnton -que desde luego yo ignoraba la  primera vez en que me interes&eacute; por este asunto-, trat&eacute; de estudiar en las  fuentes locales el problema y pude constatar que fue la <i>Enciclopedia Met&oacute;dica </i>la que circul&oacute; entre los Ilustrados neogranadinos y describ&iacute; la forma como  alguno de ellos -Jer&oacute;nimo Torres- la persigui&oacute; durante toda su vida, luego que  conoci&oacute; el prospecto que anunciaba su edici&oacute;n, que adem&aacute;s hizo circular entre  sus compa&ntilde;eros de orientaci&oacute;n intelectual, y adem&aacute;s invirti&oacute; muchos de sus pocos  caudales en la adquisici&oacute;n de la obra &#40;aunque al parecer s&oacute;lo tuvo unos pocos  tomos, no s&oacute;lo porque la obra era de una extensi&oacute;n monumental, sino porque el  proyecto de edici&oacute;n qued&oacute; trunco en Francia&#41;, habiendo sostenido adem&aacute;s una rica  e ilustrativa correspondencia con diversos vendedores espa&ntilde;oles y franceses de  libros, persiguiendo su sue&ntilde;o de poseer &quot;la met&oacute;dica&quot;, el libro que se ofrec&iacute;a  como la &quot;suma del conocimiento humano&quot;<sup><a    name="s16" href="#16">16</a></sup>.</p>      <p> No conozco un solo  comentarista local que se haya hecho la pregunta elemental sobre cu&aacute;l de las dos  &quot;enciclopedias&quot; circul&oacute; entre nosotros, pues si el asunto se investigara se  podr&iacute;an replantear varias cosas al saber que fue la <i>Enciclopedia Met&oacute;dica </i> la que conocieron, y eso a medias, los Ilustrados, y que &quot;la met&oacute;dica&quot; -como la  llamaban- era una obra alejada por completo del proyecto original de D&#39;Alembert,  pues se trataba simplemente de poner al d&iacute;a por v&iacute;a sint&eacute;tica y comprensible los  conocimientos de las &quot;ciencias y las artes&quot;, por lo menos bajo la forma que  exhib&iacute;an en la Francia de finales del siglo XVIII. Un libro que, como escribe  Darnton, &quot;desilusiona a quien lo consulte con la intenci&oacute;n de encontrar las  ra&iacute;ces ideol&oacute;gicas de la modernidad&quot;. No quiere decir esto desde luego que no  existiera en el medio local ning&uacute;n conocimiento en t&eacute;rminos absolutos del  &quot;radicalismo filos&oacute;fico franc&eacute;s&quot; del siglo XVIII, o que la <i>Enciclopedia  Met&oacute;dica </i>no fuera en su &eacute;poca un importante libro de ciencias que pudo haber  hecho aportes a la primera y segunda generaci&oacute;n de Ilustrados neogranadinos.</p>      <p> Se&ntilde;alo pues  simplemente que la importancia de ese libro se encontraba en otra parte, y que  el ejercicio repetido de hacer de los Ilustrados locales a todo precio  &quot;revolucionarios afrancesados&quot; refleja tan s&oacute;lo el peso de preguntas  imaginarias, formuladas sobre la base de la propia leyenda que sobre la  Independencia nacional se construy&oacute; en el primer siglo republicano, cuando  comenzaban a dotar a la nueva sociedad y a su proyecto revolucionario de los antecedentes  y &quot;or&iacute;genes&quot; que la legitimaban, la mostraban anclada en el pasado e incluida en  una serie de acontecimientos que la pon&iacute;an en el marco de la evoluci&oacute;n hacia el  progreso universal. &Eacute;sta es una situaci&oacute;n f&aacute;cil de comprender si se recuerda que  toda sociedad en proceso de cambio debe construir y difundir nuevos principios  de legitimidad que hagan posible el orden social propuesto y en v&iacute;a de  afirmarse. Pero que los historiadores posteriores, sobre todo aquellos que  escriben a finales del siglo XX en una coyuntura intelectual diferente y bajo  unas condiciones de formaci&oacute;n profesional muy favorables, sigan participando de  las mismas mitolog&iacute;as resulta extra&ntilde;o y hace mucho m&aacute;s imperdonable su  anacronismo.</p>       <p><b>     <br> 6.</b></p>      <p> Como he se&ntilde;alado  varias veces el anacronismo en historia y en las ciencias sociales se relaciona  tambi&eacute;n con una enorme falta de sensibilidad por el lenguaje. He intentado  mostrar en otras oportunidades que la mayor parte de las teleolog&iacute;as que hacen  de la Ilustraci&oacute;n la antesala preformativa de la revoluci&oacute;n que comienza en  1808, se apoyan en una interpretaci&oacute;n anacr&oacute;nica que confunde los sentidos  normales, &quot;hist&oacute;ricos&quot;, &quot;estabilizados&quot;, de ciertos vocablos corrientes de los  siglos XVII y XVIII con los nuevos sentidos dados a las palabras en el marco de  la fase del &quot;patriotismo herido&quot; &#40;en 1808 y 1809&#41;, y luego cuando la revoluci&oacute;n  irrumpe y efectivamente ya no hay posibilidad de regreso al viejo mundo pol&iacute;tico  del absolutismo. Ofrec&iacute; en otro momento, y quiero repetirlos ahora, tres  ejemplos que me parecen significativos al respecto<sup><a    name="s17" href="#17">17</a></sup> El de las  palabras <i>libertad, pueblo y revoluci&oacute;n</i>, palabras corrientes en la  documentaci&oacute;n de la &quot;sociedad colonial&quot;, palabras que eran regularmente  utilizadas bajo su forma plural y que los comentaristas no evitan llevar al  singular, como primer paso para imponerles un sentido que no exist&iacute;a de ninguna  manera antes de 1808 y que s&oacute;lo se va afirmando en el curso de la revoluci&oacute;n,  sin perder nunca su radical ambig&uuml;edad en el siglo XIX.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p> &quot;Libertades&quot; es una  palabra que remite a todas las formas de privilegio en una sociedad que,  aproximadamente, puede caracterizarse como de &quot;cuerpos y &oacute;rdenes&quot;. Su  significado se relaciona de manera directa con el conocido sistema de  privilegios corporativos y de fueros, que caracterizaba a las sociedades  hispanoamericanas en tanto parte integral de una monarqu&iacute;a que en Espa&ntilde;a siempre  tuvo que pactar con los &quot;cuerpos de la sociedad&quot; y que en sus posesiones de  Ultramar, a&uacute;n m&aacute;s dif&iacute;ciles de controlar por las distancias y la debilidad de  las formas estatales, conocieron un amplio desarrollo, no s&oacute;lo en el marco de la  sociedad dominante, del mundo de los privilegiados, sino tambi&eacute;n de los  comunidades ind&iacute;genas y negras y de los &quot;cuerpos de oficios&quot;.</p>      <p> &quot;Pueblos&quot; quiere  decir agrupaci&oacute;n territorial, una forma de espacialidad jerarquizada &#40;el espacio  territorial se organiza como privilegios diferenciales de &quot;lugares&quot;, &quot;pueblos&quot;,  &quot;villas&quot;, &quot;villetas&quot;, &quot;ciudades&quot;&#41; y nada tiene que ver con el &quot;pueblo pol&iacute;tico&quot;,  con el &quot;pr&iacute;ncipe moderno&quot; -de que hablaba Gramsci-, con el posterior sistema de  representaci&oacute;n a que dar&aacute; lugar, precisamente, la revoluci&oacute;n moderna. Los  &quot;pueblos&quot; en Am&eacute;rica Hispana, como lo demostr&oacute; hace a&ntilde;os de manera muy lograda  Fran&ccedil;ois-Xavier Guerra, son precisamente comunidades territoriales sobre las que  se asienta el dominio de la monarqu&iacute;a, que debe compartir con ellos una serie de  jurisdicciones y competencias que han sido hist&oacute;ricamente objeto de negociaci&oacute;n  y que a pesar de todos los ataques del absolutismo contra los &quot;poderes locales&quot;  resistieron y se fortalecieron.</p>      <p> As&iacute; que &quot;libertades  de los pueblos&quot;, es una expresi&oacute;n que para convertirse, por lo menos en el plano  del lenguaje pol&iacute;tico, en la &quot;libertad del pueblo&quot; -es decir del individuo, si  se trata de la &quot;libertad de los modernos&quot;- tendr&aacute; que conocer transformaciones  sociales mayores, ser objeto de largos debates e inscribirse en el horizonte de  cambios pol&iacute;ticos institucionales que puedan dotar a la expresi&oacute;n de un  contenido y forma nuevos. En todo caso, una expresi&oacute;n cuya historia habr&iacute;a que  escribir, sin suponer que la aparente comunidad de palabras -el hecho de que  &quot;libertad&quot; y &quot;pueblos&quot; existan en la documentaci&oacute;n- sea suficiente para declarar  la existencia en los a&ntilde;os finales del siglo XVIII de una idea moderna de  &quot;libertad&quot; y de &quot;individuo&quot;, una falsa idea que adem&aacute;s sirve para obviar el  trabajo documentado de sem&aacute;ntica hist&oacute;rica que hay que realizar para poder ir  reconstruyendo la manera como nuevos significados, asociados a la manera de una  constelaci&oacute;n -la constelaci&oacute;n de la pol&iacute;tica moderna- se van organizando en el  marco de la sociedad revolucionaria despu&eacute;s de 1808.</p>      <p> Por su parte  &quot;revoluciones&quot;, una palabra compleja que cada uno de nosotros, &quot;hombres  modernos&quot; -en el sentido de Nietzsche-, no dejamos de asociar con nuestro propio  imaginario sobre la &quot;revoluci&oacute;n&quot;, es una palabra que en los siglos XVII y XVIII  cubre un amplio espectro de sentidos que habr&iacute;a que reconstruir de manera  cuidadosa. &quot;Revoluci&oacute;n&quot; y &quot;revoluciones&quot;, tanto en singular como en plural, son  palabras de uso m&aacute;s o menos frecuente en el vocabulario de los Ilustrados de  finales del siglo XVIII, pero casi nunca se refieren a lo que nosotros  designar&iacute;amos como &quot;revoluci&oacute;n moderna&quot; y tampoco como levantamiento popular  -como en el caso por ejemplo de lo que nosotros designamos de manera tradicional  como &quot;Revoluci&oacute;n de los Comuneros&quot;-, ni siquiera en los primeros a&ntilde;os del siglo  XIX. En los medios de los hombres de letras -los universitarios, los  naturalistas y algunos pocos funcionarios de la administraci&oacute;n-, &quot;revoluci&oacute;n&quot;  remite casi siempre a modificaciones sustanciales de un objeto, pero no remite a  modificaciones del cuerpo pol&iacute;tico, sino ante todo de los cuerpos celestes. Su  sentido primero parece provenir de las ideas de Cop&eacute;rnico y Newton  presentadas por Jos&eacute; Celestino Mutis al p&uacute;blico ilustrado de Santaf&eacute; poco tiempo  despu&eacute;s de su llegada y parece haberse extendido a muchos otros sucesos, como  cuando Mutis habla de las &quot;revoluciones del orbe literario&quot;, para referirse a  los cambios aparecidos en el campo de los estudios de la historia natural y de  la medicina, o como cuando Francisco Antonio Zea, uno de sus disc&iacute;pulos,  hablando del descontento de los estudiantes y profesores contra la filosof&iacute;a  escol&aacute;stica, habla de &quot;las revoluciones en el humor del cuerpo cient&iacute;fico&quot;,  sentidos que se encuentran tambi&eacute;n en los dem&aacute;s ilustrados de los otros  virreinatos, y desde mucho tiempo atr&aacute;s en los polemistas modernas en la  Pen&iacute;nsula Ib&eacute;rica.</p>      <p> Los Ilustrados de  principios del siglo XIX -me refiero desde luego al grupo de quienes no fueron  fusilados-, convertidos ya despu&eacute;s de 1810 en <i>Republicanos Ilustrados </i>y  necesitados de ofrecer a la nueva sociedad un marco nuevo de legitimidad, se  esforzaron por inventar para s&iacute; y para la nueva rep&uacute;blica or&iacute;genes y  antecedentes y una justificaci&oacute;n de sus acciones, presentadas adem&aacute;s como  &quot;proyecto&quot;. El curso de las cosas as&iacute; lo impon&iacute;a. El relato se formaliz&oacute; y los  hombres de pluma y luego los periodistas, los curas, los maestros y la escuela  lo han ampliado y reproducido hasta el presente, dando lugar adem&aacute;s a debates  irrisorios sobre la personalidad o las acciones de &eacute;ste o aquel h&eacute;roe de la  revoluci&oacute;n.</p>      <p> Muchos otros  ejemplos de anacronismo pueden ser tra&iacute;dos a colaci&oacute;n, aunque no se avanza mucho  extendiendo el inventario. Menciono de todas maneras, en el campo de la historia  intelectual, el caso de la cr&iacute;tica de la filosof&iacute;a escol&aacute;stica y el silogismo,  un lugar com&uacute;n en el &uacute;ltimo tercio del siglo XVIII entre los Ilustrados  hispanoamericanos, pero un lugar com&uacute;n que ha sido una fuente permanente de  anacronismos, al ignorarse que tal cr&iacute;tica es una de las constantes del ascenso  del pensamiento que designamos como moderno, en el marco de las monarqu&iacute;as  absolutas, monarqu&iacute;as que en general mantuvieron siempre una posici&oacute;n favorable  respecto de las ciencias modernas experimentales y la reforma de los m&eacute;todos de  ense&ntilde;anza universitarios. Sin embargo, una tradici&oacute;n que viene del siglo XIX  impuso una interpretaci&oacute;n seg&uacute;n la cual detr&aacute;s de la cr&iacute;tica de la escol&aacute;tica se  encontraba la <i>cr&iacute;tica pol&iacute;tica de la sociedad</i>, cr&iacute;tica que, dadas las  condiciones de censura, se escond&iacute;a detr&aacute;s de la denuncia de las &quot;ignominiosas  cadenas del peripato&quot;, como si el silogismo condujera al <i>mundo pol&iacute;tico  moderno </i>y detr&aacute;s de su cr&iacute;tica se encontrara agazapada la revoluci&oacute;n y la  democracia representativa. Hoy sabemos, con bases firmes, que las monarqu&iacute;as  absolutas, a partir de los &quot;sabios de la Corte&quot;, fueron parte de la avanzada  contra el silogismo y la escol&aacute;stica, en la medida en que tales formas  filos&oacute;ficas participaban de un mundo cultural en el que las &oacute;rdenes religiosas  ten&iacute;an el monopolio de gran parte del sistema de ense&ntilde;anza. A los soberanos  absolutistas, que fueron durante gran parte del siglo XVIII uno de los  bastiones de avance hacia el <i>mundo cultural moderno </i>y no uno de los  diques que se le opon&iacute;an, les pareci&oacute; de primera importancia la simplificaci&oacute;n  de la l&oacute;gica, que se encuentra en el centro del trabajo filos&oacute;fico moderno del  siglo XVII, en la medida en que ese proceso tambi&eacute;n apuntaba a la simplificaci&oacute;n  del mundo social barroco que se agazapaba detr&aacute;s de esas catedrales g&oacute;ticas del  intelecto que hab&iacute;an construido importantes fil&oacute;sofos que eran adem&aacute;s hombres de  Iglesia. En el siglo XVIII los hombres de letras que se quejaban de la &quot;tiran&iacute;a  del silogismo&quot; y que en buena medida hab&iacute;an madurado intelectualmente en el  marco de la Corte y no de las casas obispales, fueron los aliados de la Corona,  y no hay que olvidar que buena parte de esos hombres de letras eran parte de los  nuevos ej&eacute;rcitos Ilustrados.</p>       <p><b>     <br> 7.</b></p>      <p> La preparaci&oacute;n de  este texto me ha convencido de que en gran medida muchos de los trabajos que se  inscriben en esa corriente hasta hace unos pocos a&ntilde;os tan floreciente en las  universidades de los Estados Unidos que ha sido designada como &quot;postmoderna&quot; se  caracteriza por una tendencia casi sistem&aacute;tica al anacronismo. Como se sabe, se  trata de una corriente que ha expresado su desconfianza en las posibilidades  mismas del conocimiento -un aspecto destacado del relativismo y escepticismo de  fines del siglo XX-, que ha hecho todo un programa de trabajo del rechazo a las  normas de verificaci&oacute;n y de cr&iacute;tica racional del trabajo de investigaci&oacute;n, bajo  la idea de que se trata de intromisiones autoritarias en el campo de la libertad  de esp&iacute;ritu a trav&eacute;s de reglas que no son m&aacute;s que un ejercicio de dominaci&oacute;n; y  que declara, en aparente gesto de &quot;radicalismo democr&aacute;tico&quot;, que el <i>an&aacute;lisis  hist&oacute;rico </i>y el <i>testimonio </i>se encuentran en el mismo nivel -pues se  trata en los dos casos de &quot;intervenciones&quot; de actores sociales, condicionados  por su sociedad y por el punto de vista particular que expresan -lo que Jacques  Bouveresse ha designado de forma cr&iacute;tica como &quot;la equivalencia absoluta de todas  las creencias&quot;-<sup><a    name="s18" href="#18">18</a></sup></p>      <p> No es extra&ntilde;o que  esa misma corriente esc&eacute;ptica y relativista haya terminado reduciendo el  an&aacute;lisis hist&oacute;rico a la reconstrucci&oacute;n de la &quot;memoria&quot; de las comunidades y a la  lucha por su &quot;identidad&quot;, tratando de hacer del an&aacute;lisis hist&oacute;rico el fundamento  militante de las reivindicaciones, sin duda justas, de ciertas comunidades, y  comprometiendo buena parte de sus esfuerzos en tareas de reconstrucci&oacute;n  &quot;identitarias&quot;, casi siempre de fondo esencialista, en que se proyectan con  facilidad todas las urgencias del presente: las reivindicaciones contempor&aacute;neas de los grupos sociales que se estudian, su  necesidad de inclusi&oacute;n y de reconocimiento, la &quot;deuda social&quot; que reclaman a los  gobiernos, etc. Estamos ante el caso de una actitud partidista que identifica la  objetividad con el positivismo en su versi&oacute;n m&aacute;s primaria y que introduce en el  an&aacute;lisis diversas formas de anacronismo, bien sea como producto de usos laxos de  la teor&iacute;a, bien sea como producto de las presiones ideol&oacute;gicas que grupos  sociales en ascenso y cr&iacute;ticos de la sociedad que por mucho tiempo ha  desconocido sus derechos.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p> Perm&iacute;tanme que les  adelante un solo ejemplo. Se trata de un peque&ntilde;o libro de reciente aparici&oacute;n.  Una disertaci&oacute;n doctoral presentada en Georgetown University y que trata sobre  un tema realmente importante en el campo de la historia cultural de la sociedad  hispanoamericana de los siglos XVII y XVIII. El tema de la mencionada  disertaci&oacute;n es el de los usos de la escritura y de &quot;lo escrito&quot; en la ciudad de  Lima en el siglo XVII entre la gente negra<sup><a    name="s19" href="#19">19</a></sup>.</p>      <p> Desde el principio  hay desde luego algo problem&aacute;tico en este trabajo. Algo que tiene que ver con la  forma &quot;esencialista&quot; e &quot;idiosincr&aacute;tica&quot;, por as&iacute; decir, de plantearse los  problemas del an&aacute;lisis de una pr&aacute;ctica como la escritura, como si en verdad sus  usos diferenciales reposaran sobre alg&uacute;n misterioso elemento racial o &eacute;tnico y  no pudiesen ser mejor comprendidos y valorados en el horizonte de un conjunto de  grupos subalternos y en relaci&oacute;n con los otros grupos sociales de posici&oacute;n  semejante -pero pertenecientes a otros &quot;&oacute;rdenes sociales&quot;-, o de posici&oacute;n  superior en los marcos de la jerarqu&iacute;a socio/cultural de esa sociedad.</p>      <p> Es revelador de  cierto humor contempor&aacute;neo que este peque&ntilde;o libro eluda de manera sistem&aacute;tica el  uso de la palabra &quot;negro&quot;, mostrando una extrema fidelidad voluntaria a las  imposiciones de lo &quot;pol&iacute;ticamente correcto&quot;, mientras que, de manera  sorprendente, no realiza una sola incursi&oacute;n, ni siquiera superficial, sobre las  posibles formas en que en esos a&ntilde;os y en esa sociedad, de manera estricta y  precisa, se designaba a ese grupo social y a los diversos &quot;subgrupos&quot; que lo  compon&iacute;an, pues en contra de toda idealizaci&oacute;n de las &quot;comunidades populares&quot;,  las propias fuentes citadas en el texto muestran las diferentes formas de  fragmentaci&oacute;n y segmentaci&oacute;n que la propiedad y la acumulaci&oacute;n de recursos  materiales y culturales hab&iacute;an ido produciendo dentro de la &quot;comunidad negra&quot;,  una comunidad humana diversa en sus or&iacute;genes -social y territorialmente  hablando- y que hab&iacute;a sido socializada y aculturizada en Lima, una ciudad  pr&oacute;spera de amplio desarrollo urbano, capital del gran virreinato del Per&uacute;, una  de las m&aacute;s preciadas posesiones de la que era en ese momento la m&aacute;s importante  monarqu&iacute;a europea.</p>      <p> En cambio de esa  b&uacute;squeda, siquiera m&iacute;nima, en el <i>lenguaje de la &eacute;poca</i>, tal como lo ofrece  el &quot;archivo&quot;, el autor prefiri&oacute; sumarse al &quot;humor  dominante&quot; de la &eacute;poca, y sobre todo de su mundo acad&eacute;mico, y opt&oacute; por la  expresi&oacute;n &quot;personas negras&quot;, cuyo uso le debe permitir posiblemente recordar a  los lectores sus s&oacute;lidas convicciones &eacute;ticas, aunque el mismo tiempo y la propia  utilizaci&oacute;n ingenua y descontextualizada de las palabras lo lleve a introducir  sin ning&uacute;n cuidado la compleja <i>categor&iacute;a de persona</i>, un t&eacute;rmino ya  presente en Grecia -m&aacute;scara-, pero que adquirir&iacute;a todo su poderoso significado  en la sociedad romana, tanto en el campo del Cristianismo -que elabora la noci&oacute;n  a trav&eacute;s de pr&aacute;cticas como la confesi&oacute;n y que har&aacute; de ella posteriormente, ya en  el temprano Renacimiento, uno de los baluartes de las formaciones pioneras de  los &quot;derechos de todos los hombres&quot;-, como en el campo del pensamiento jur&iacute;dico,  que desde Roma producir&aacute; la categor&iacute;a de &quot;persona&quot;, como una de sus m&aacute;s  depuradas herramientas, uno de los polos de la pareja &quot;personas y bienes&quot;, punto  fuerte en la estructuraci&oacute;n del derecho civil. De manera mucho m&aacute;s concreta, el  uso ingenuo de la palabra &quot;persona&quot; impide reconstruir la lucha de significados  que se va trenzando entre la definici&oacute;n institucional -econ&oacute;mica- de esclavo, en  esa sociedad y periodo, y la propia definici&oacute;n moderna de persona que se va  abriendo paso en la llamada &quot;escol&aacute;stica tard&iacute;a&quot; y en pensadores tan innovadores  y en parte &quot;escandalosos&quot; -para su &eacute;poca-, como Fray Bartolom&eacute; de las Casas.</p>      <p> As&iacute; pues, un cierto  descuido en el uso de las palabras, una cierta ignorancia de una categor&iacute;a  cl&aacute;sica de la antropolog&iacute;a &#40;recu&eacute;rdense por ejemplo los trabajos de Marcel Mauss  sobre la categor&iacute;a de persona&#41;, sumados a un adjetivo que en principio es el  nombre de un color -negro-, bajo una forma femenina y plural -&quot;personas  negras&quot;-, ha producido la aparente maravilla de una expresi&oacute;n pol&iacute;ticamente  correcta, de un tono humanista radical, bien acoplada con el reciente humor de  la clase media universitaria norteamericana y de algunos &quot;intelectuales  &eacute;tnicos&quot;, aunque posiblemente con el riesgo de introducir severas deformaciones  en los procesos sociales y culturales que se intentaba conocer.</p>      <p> Las mismas  sospechas de anacronismo podr&iacute;an hacerse respecto de los usos que el texto  mencionado hace de nociones como &quot;sociedad civil&quot; o &quot;vida privada&quot;, dos  categor&iacute;as que suponen instituciones como el mercado y la conquista de una  esfera aut&oacute;noma pol&iacute;tica separada de la Corte, en el primer caso; o la  existencia de formas de intimidad, convivialidad, limitaci&oacute;n del poder de  intervenci&oacute;n del Soberano en los planos dom&eacute;sticos, definici&oacute;n de mecanismos  legales de derecho civil que crean barreras de protecci&oacute;n a la actividad de las  familias y muchos otros mecanismos de &quot;individuaci&oacute;n&quot; que van minando las formas  a trav&eacute;s de las cuales el poder pol&iacute;tico en ese tipo de sociedades mostraba su  car&aacute;cter extensivo, en el segundo caso. Si se juega con las palabras, y  &quot;sociedad civil&quot; o &quot;vida privada&quot; son nociones que no quieren decir nada en  particular como categor&iacute;as de an&aacute;lisis hist&oacute;rico, puede ser aceptable que est&eacute;n  all&iacute;, aunque el lado m&aacute;s  complejo y da&ntilde;ino del problema es lo que tiene que ver con la distorsi&oacute;n que se  introduce en el an&aacute;lisis de la propia sociedad hispanoamericana, cuyas formas  b&aacute;sicas de existencia parecen seguir siendo consideradas sobre la base de  nuestra propia percepci&oacute;n del presente de nuestras sociedades.</p>      <p> Regreso pues a mi  afirmaci&oacute;n de que la revisi&oacute;n de muchos libros recientes de historia &quot;colonial&quot;  y republicana de Am&eacute;rica Latina dejan la impresi&oacute;n de que est&aacute;n dominados por  formas diversas de anacronismo, y de que la presencia de ese tipo de falsa  perspectiva hist&oacute;rica se encuentra en buena medida en relaci&oacute;n con la recepci&oacute;n  de nociones recientes de las ciencias sociales dominantes en el &uacute;ltimo tercio  del siglo XX, sobre todo en los Estados Unidos, aunque su extensi&oacute;n y grado de  implantaci&oacute;n ha ido mucho m&aacute;s all&aacute;, al punto de haber sido por muchos a&ntilde;os lo  que puede llamarse con un uso preciso de las palabras la &quot;ideolog&iacute;a dominante&quot;  en la historiograf&iacute;a acad&eacute;mica internacional, una ideolog&iacute;a impuesta con fuerza  arrolladora por poderosas universidades, reconocidos y medi&aacute;ticos acad&eacute;micos, y  por una industria editorial y medios de comunicaci&oacute;n que dan forma a los  lenguajes que una sociedad considera como leg&iacute;timos y respetables, al punto que  por una buena cantidad de a&ntilde;os se ha impuesto la idea de que quien no hable y  escriba de una cierta manera y no acuda a determinadas convenciones, es la  encarnaci&oacute;n misma de las m&aacute;s superadas figuras del trabajo historiogr&aacute;fico.</p> <hr size="1">      <p><b>Comentarios</b></p>     <p><sup><a href="#s*" name="*">*</a></sup>  El presente texto es una versi&oacute;n modificada y  completada con notas de pie de p&aacute;gina de la lectura presentada como Lecci&oacute;n  Inaugural ante la primera promoci&oacute;n de estudiantes del doctorado en Historia de  la Universidad de los Andes el 26 de febrero de 2009.</p>      <p><sup><a href="#s1" name="1">1</a></sup> <a target=_blank href="http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=anacronismo"> http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&amp;LEMA=anacronismo</a>.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s2" name="2">2</a></sup> <i>Gran Diccionario Larousse de la Lengua Espa</i><i>&ntilde;ola </i>-Pr&oacute;logo  de Francisco Rico de la Real Academia Espa&ntilde;ola- &#40;Barcelona: Larousse editorial,  2000&#41;.</p>      <p><sup><a href="#s3" name="3">3</a></sup>  Eric Hobsbawm, <i>Sobre la historia </i>&#91;1997&#93; &#40;Barcelona: Cr&iacute;tica, 1997&#41;, 7.</p>      <p><sup><a href="#s4" name="4">4</a></sup>  J&uuml;rgen Habermas, <i>La constelaci&oacute;n postnacional -Ensayos pol&iacute;ticos- </i>&#91;1998&#93;  &#40;Barcelona: Paid&oacute;s, 2000&#41;, 43.</p>      <p><sup><a href="#s5" name="5">5</a></sup>  Eric Hobsbawm, <i>Sobre la historia</i>, 269.</p>      <p><sup><a href="#s6" name="6">6</a></sup>  Jacques Bouveresse, <i>La demanda de flosof</i><i>&iacute;a.</i> <i>&iquest;Qu&eacute;  quiere la flosof&iacute;a y que podemos querer de ella? </i> &#91;1996&#93; &#40;Bogot&aacute;:  Universidad Nacional de Colombia, 2001&#41;.</p>      <p><sup><a href="#s7" name="7">7</a></sup>  Francois Hartog, <i>El espejo de Her</i><i>&oacute;doto.</i> <i>Ensayo  sobre la representaci&oacute;n del otro </i> &#91;1980&#93; &#40;Buenos  Aires: FCE, 2002&#41;.</p>      <p><sup><a href="#s8" name="8">8</a></sup>  Las funciones culturales de la historia escrita &#40;objeto de la industria  editorial&#41; representan un problema abierto, dif&iacute;cil y sorprendente. La segunda  mitad del siglo XX ofrece, a trav&eacute;s de  &quot;best-seller&quot; de gran calidad -por ejemplo en el caso del estudio sobre los  campesinos del Languedoc de Emmanuel Le Roy Ladurie, o en el del molinero de  Carlo Ginzburg, o en el de las series de televisi&oacute;n de Georges Duby sobre  Guillermo el Mariscal-, libros <i>casi </i>capaces de competir con obras de poca  calidad literaria pero favorecidas por el p&uacute;blico que compra libros, como <i>El  alquimista </i>de Paulo Coelho. Por otra parte, pueden existir excelentes  biograf&iacute;as, problem&aacute;ticas y poco arrulladoras, como la que sobre el poeta  Porfirio Barba Jacob escribi&oacute; Fernando Vallejo.</p>      <p><sup><a href="#s9" name="9">9</a></sup>  Eric Hobsbawm, <i>Sobre la historia</i>, 270.</p>      <p><sup><a href="#s10" name="10">10</a></sup>  Sobre la fuerza del pasado como legitimaci&oacute;n del presente Eric Hobsbawm, <i> Sobre la historia, </i>17, escribe: &quot;El pasado legitima. Cuando el presente  tiene poco que celebrar, el pasado proporciona un trasfondo m&aacute;s glorioso.  Recuerdo haber visto en alguna parte un estudio acerca de la antigua  civilizaci&oacute;n de las ciudades del valle del Indo titulado <i>Cinco mil a&ntilde;os de  Pakist&aacute;n</i>. Antes de 1932-1933, momento en que algunos l&iacute;deres estudiantiles  inventaron el nombre, Pakist&aacute;n no exist&iacute;a ni siquiera como concepto. No se  convirti&oacute; en una reivindicaci&oacute;n pol&iacute;tica firme hasta 1940 y como estado, su  creaci&oacute;n se remonta tan solo a 1947 &#91;...&#93;. Lo cierto es que &quot;5.000 a&ntilde;os de  Pakist&aacute;n&quot; suena mejor que &quot;cuarenta y seis a&ntilde;os de Pakist&aacute;n&quot;.</p>      <p><sup><a href="#s11" name="11">11</a></sup>  Como escribe Eric Hobsbawm en <i>Sobre la historia</i>, 21: &quot;Debemos oponer  resistencia a la formaci&oacute;n de mitos nacionales, &eacute;tnicos o de cualquier otro  tipo, mientras se encuentren en proceso de gestaci&oacute;n. Al hacerlo no ganaremos en  popularidad: Thomas Masaryk, fundador de la Rep&uacute;blica Checoslovaca no se hizo  demasiado popular cuando entr&oacute; en la pol&iacute;tica como el hombre que prob&oacute;, con gran  pesar pero sin la menor vacilaci&oacute;n, que los manuscritos medievales en que se  basaba buena parte del mito nacional checo no eran m&aacute;s que falsificaciones. Pero  hay que hacerlo y espero que as&iacute; lo hagan&quot;.</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s12" name="12">12</a></sup>  E. P. Thompson, <i>Historia social y antropolog</i><i>&iacute;a </i>&#40;&quot;Rough  music, la cencerrada inglesa&quot;&#41; &#91;1972&#93; &#40;M&eacute;xico: Instituto Mora, 1994&#41;.</p>      <p><sup><a href="#s13" name="13">13</a></sup>  Hasta donde s&eacute; ninguno de los que hemos utilizado por a&ntilde;os esta expresi&oacute;n -  &quot;sociedad colonial&quot;- nos hemos preocupado por investigar su genealog&iacute;a, pero es  claro que la sociedad designada como colonial por nosotros <i>no se designaba a  s&iacute; misma de esa manera</i>. Alguien en el siglo XIX debi&oacute; haber puesto a  circular la expresi&oacute;n. A lo largo del siglo XIX y mucho m&aacute;s en el siglo XX la  expresi&oacute;n ha ido cada vez replet&aacute;ndose de nuevos sentidos impuestos desde el presente  -la &quot;colonia factor&iacute;a&quot;, la colonia que depende de un imperio que se piensa de  manera muy parecida a como se ha pensado en el siglo XX el imperialismo, cuyo  modelo popular elabor&oacute; el marxismo y cuyo ejemplo por excelencia han sido los  Estados Unidos, etc.-, todas ideas que dificultan comprender un orden social y  una forma de vida pol&iacute;tica que al parecer marchaba por caminos muy diferentes de  aquellos que fijaron los primeros republicanos y desde entonces reproducen los  libros de historia escolar. Las corrientes de historia que se califican a s&iacute;  mismas como representantes de los &quot;estudios subalternos&quot; y hablan de  &quot;colonialidad&quot; y &quot;postcolonialidad&quot;, sobre la base de un modelo de comprensi&oacute;n  producido a partir de estudios desarrollados en un marco hist&oacute;rico tan poco  semejante al nuestro, como es el de la India, han agravado mucho m&aacute;s el problema  y han desfigurado mucho m&aacute;s la realidad que intentaban comprender.</p>      <p><sup><a href="#s14" name="14">14</a></sup>  En el caso particular de Michel Foucault y su noci&oacute;n de &quot;poder&quot;, antes que a la propia  obra de ese autor hay que referirse a las formas dogm&aacute;ticas y simplificadoras  que, a veces con el propio aplauso de Foucault, pusieron en marcha las  instituciones universitarias que en los Estados Unidos fueron los centros  principales de recepci&oacute;n de la obra del pensador franc&eacute;s y de los otros <i> maîtres &agrave; penser </i>exportados por Francia como mercanc&iacute;a de consumo. Una vez  m&aacute;s la sociedad norteamericana volvi&oacute; a mostrar su capacidad enorme de dar forma  nueva y asimilable a perspectivas en principio muy cr&iacute;ticas, como lo hab&iacute;a hecho  a lo largo del siglo XX con el marxismo -en Estados Unidos hay Marx para  gerentes- y el psicoan&aacute;lisis. Freud hab&iacute;a dicho al llegar con Ernst Jones a los  Estados Unidos a dictar sus c&eacute;lebres conferencias de la Universidad de Clark:  &quot;No saben que les traemos la plaga&quot;. La categor&iacute;a de &quot;adaptaci&oacute;n&quot; y la t&eacute;cnica  anal&iacute;tica funcionando en condiciones de mercado, como una profesi&oacute;n liberal,  acabar&iacute;an con la ilusi&oacute;n de una &quot;plaga transformadora&quot;. Sobre la recepci&oacute;n en  los Estados Unidos en medios universitarios de la teor&iacute;a social francesa y sus  formas de apropiaci&oacute;n -que luego graduados latinoamericanos traen a nuestros  pa&iacute;ses- puede verse el instructivo y sensato libro de Francois Cusset, <i>French  Theory: Foucault, Derrida, Deleuze y compa&ntilde;&iacute;a, y las mutaciones de la vida  intelectual en Estados Unidos </i>&#91;2003&#93; &#40;Barcelona: Melusina, 2005&#41;.</p>      <p><sup><a href="#s15" name="15">15</a></sup>  Robert Darnton, <i>L</i><i>&#39;aventure  de</i> <i> l&#39;Encyclop&eacute;die,  1775 – 1800. Un best-seller au si&egrave;cle des Lumi&egrave;res </i> &#91;1982 y 1979 para  la edici&oacute;n original en ingl&eacute;s&#93; &#40;Paris: Librairie Acad&eacute;mique Perrin, 1982&#41;. -Hay  traducci&oacute;n en castellano-.</p>      <p><sup><a href="#s16" name="16">16</a></sup>  Ren&aacute;n Silva, <i>Los Ilustrados de Nueva Granada</i>, 1760-1808. <i>Genealog&iacute;a de  una comunidad de interpretaci&oacute;n </i>&#40;Medell&iacute;n: EAFIT/Banco de la Rep&uacute;blica,  2005&#41;.</p>      <p><sup><a href="#s17" name="17">17</a></sup>  Ren&aacute;n Silva, <i>Bajo la sombra de Cl&iacute;o. Diez ensayos sobre historia e  historiograf&iacute;a </i>&#40;Medell&iacute;n: La Carreta Editores, 2007&#41;, 231 y ss. Para la  orientaci&oacute;n pionera en este campo puede verse Fran&ccedil;ois-Xavier Guerra, <i> Modernidad e independencias -Ensayos sobre las revoluciones hisp&aacute;nicas- </i> &#40;Madrid: MAPFRE, 1992&#41;.</p>      <p><sup><a href="#s18" name="18">18</a></sup>  En castellano la compilaci&oacute;n de Carlos Reynoso, presentada bajo el t&iacute;tulo de <i> El surgimiento de la antropolog&iacute;a postmoderna </i>&#40;Barcelona: Gedisa, 1992&#41;, es  un ejemplo magn&iacute;fico del grado de confusi&oacute;n a que se hab&iacute;a llegado a finales del  siglo XX en el campo de las ciencias sociales. Hilary Putnam, <i>El desplome de  la dicotom&iacute;a hecho-valor y otros ensayos </i>&#91;2002&#93; &#40;Barcelona: Paid&oacute;s, 2004&#41;,  mostr&oacute; de manera consecuente de qu&eacute; forma se pueden sacar conclusiones valiosas  de grandes cambios sociales en el conocimiento, sin tener que desembocar en  conclusiones &quot;esc&eacute;pticas&quot; presentadas de forma dram&aacute;tica ante p&uacute;blicos  universitarios f&aacute;ciles de cautivar con gestos expresivos. Por su parte John  Searle, <i>La construcci&oacute;n de la realidad social </i>&#91;1995&#93; &#40;Barcelona: Paid&oacute;s,  1997&#41;, mostr&oacute; con exactitud y controlada erudici&oacute;n la forma como la sociedad  sigue estando en la base del conocimiento. La expresi&oacute;n &quot;equivalencia absoluta  de todas las creencias&quot;, de Jacques Bouveresse, es recordada por Pierre Bourdieu  en &quot;Wittgenstein, le sociologisme et la science sociale&quot;, en <i>Wittgenstein,  derni&egrave;res pens&eacute;es</i>, eds. Jacques Bouveresse et al &#40;Marseille: Agone, 2002&#41;.</p>      <p><sup><a href="#s19" name="19">19</a></sup>  Jos&eacute; Ram&oacute;n Jouve Mart&iacute;n, <i>Esclavos en la ciudad letrada. Esclavitud, escritura  y colonialismo en Lima &#40;1650-1700&#41; </i>&#40;Lima: Instituto de estudios peruanos,  2005&#41;.</p>  </font>       ]]></body>
</article>
