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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[LOS MÉDICOS Y EL EXTRAÑO PADECIMIENTO DE JOSÉ FERNÁNDEZ ANDRADE: EN DE SOBREMESA DE JOSÉ ASUNCIÓN SILVA]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  	<font face="verdana" size="2"> 	    <p align="right"><b>ART&Iacute;CULO</b></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>LOS M&Eacute;DICOS Y EL EXTRA&Ntilde;O PADECIMIENTO DE JOS&Eacute; FERN&Aacute;NDEZ ANDRADE.  EN DE SOBREMESA DE JOS&Eacute; ASUNCI&Oacute;N SILVA</b>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>THE PHYSICIANS AND THE RARE SUFFERING OF JOS&Eacute; FERN&Aacute;NDEZ ANDRADE IN "DE SOBREMESA" BY JOS&Eacute; ASUNCI&Oacute;N SILVA</b>     <p align="center"><font face="verdana" size="2">RUB&Eacute;N S&Aacute;NCHEZ GODOY, Fil&oacute;sofo<sup><b>a</b></sup>*</p>      <br>Recibido: Junio 21 de  2007.  Aceptado: Julio 18 de 2007.      <p><sup><b>a</b></sup> University of Pittsburgh.      <p>* Correspondencia: <a href="mailto: rsanchezgodoy@yahoo.com"/a>rsanchezgodoy@yahoo.com</a>. Direcci&oacute;n postal: 160 South Fairmount St. Apt. 1 Pittsburgh, PA 15206, USA.  <hr>      <p>1.     <p>De sobremesa (1) es la &uacute;nica novela escrita por el poeta colombiano Jos&eacute; Asunci&oacute;n Silva (1865-1986). Se trata de un texto constituido en su mayor parte por la lectura que lleva a cabo su protagonista, Jos&eacute; Fern&aacute;ndez Andrade, de su diario de viaje por Francia, Suiza e Inglaterra durante poco m&aacute;s de diecinueve meses. Dicha lectura est&aacute; enmarcada dentro de un ambiente intimista, conformado s&oacute;lo por algunos amigos (1) (p.229). Estos amigos incitan la lectura del diario, s&oacute;lo ocasionalmente la interrumpen y permanecen en silencio una vez que la lectura de &eacute;ste termina.     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El diario narra las andanzas y reflexiones del protagonista a lo largo de su viaje. En &eacute;ste encontramos noticia de diversas lecturas, aventuras amorosas, fiestas, reuniones con amigos, visitas a varios m&eacute;dicos y un gran conjunto de consideraciones del protagonista acerca de lo que le sucede. Dentro de todas estas informaciones resaltan de particular manera dos cosas. En primer lugar, un extra&ntilde;o padecimiento que experimenta Fern&aacute;ndez, para el cual ninguno de los m&eacute;dicos que visita encuentra, ni diagn&oacute;stico ni tratamiento satisfactorio. Este padecimiento se manifiesta b&aacute;sicamente como un vaiv&eacute;n entre momentos de gran sobreexcitaci&oacute;n y momentos de debilitamiento casi total. El diario presenta a varios m&eacute;dicos intentando infructuosamente entender este padecimiento, al tiempo que prescriben tratamientos que responden m&aacute;s a las diversas creencias que tienen, que a un adecuado conocimiento de &eacute;ste.      <p>En segundo lugar, en el diario de Fern&aacute;ndez resalta la b&uacute;squeda de una mujer llamada Helena. Fern&aacute;ndez ve a estar mujer s&oacute;lo una vez en su vida, en un restaurante en Ginebra (1) (pp.270-276). Nunca habla con ella y tampoco tiene una sola se&ntilde;al de correspondencia de ella acerca de sus deseos. Helena es s&oacute;lo una visi&oacute;n nocturna en un restaurante. Sin embargo, Fern&aacute;ndez dice experimentar desde cuando ve a Helena, un amor sin l&iacute;mites por ella. El diario presenta a Fern&aacute;ndez buscando a trav&eacute;s de todos los medios posibles encontrar indicios que lo lleven hacia la mujer, repitiendo que s&oacute;lo cuando la halle encontrar&aacute; la felicidad y la cura para su padecimiento. En otras palabras, la esperanza de Fern&aacute;ndez es encontrar en el amor de Helena, lo que la medicina no parece poder brindarle. Esta b&uacute;squeda de su amada Helena tiene un particular desenlace. En el momento en que cree estar ya muy cerca de ella, Fern&aacute;ndez descubre su tumba. Sin embargo, lejos de ver en ello una aniquilaci&oacute;n de su esperanza, proclama la inmortalidad de Helena como eterno objeto de su amor (1) (p.350).     <p>Este desenlace introduce una abrupta interrupci&oacute;n dentro de la intrincada secuencia de consideraciones que lleva a cabo el protagonista en su diario. La lectura del diario termina all&iacute;. El silencio que sigue a la terminaci&oacute;n de la lectura enfatiza esta interrupci&oacute;n en la medida en que no presenta una posici&oacute;n que apruebe o descalifique las &uacute;ltimas sentencias escritas en &eacute;ste; simplemente, hace retornar el texto hacia el ambiente intimista en el cual ha tenido lugar su lectura (1) (p.351). La b&uacute;squeda amorosa ha sido infructuosa y Fern&aacute;ndez no ha encontrado una cura para su enfermedad. Al final de la novela, estamos en presencia de un hombre de precaria salud y refinado gusto leyendo su diario de viaje a algunos de sus amigos.     <p>2.     <p>Podr&iacute;amos pensar que estamos ante una de tantas historias de amor enfermizo y fallido que ofrece la literatura de finales del siglo XIX. Sin embargo, el texto de Silva nos ofrece mucho m&aacute;s que eso. Nos ofrece una aproximaci&oacute;n a un problema que fue particularmente relevante en ese momento: la pugna entre arte y medicina. La cuesti&oacute;n era si pod&iacute;a considerarse al arte como producto de una vida saludable o producto de una vida degenerada.     <p>El tema de la degeneraci&oacute;n hab&iacute;a adquirido relevancia pol&iacute;tica y el parecer de los m&eacute;dicos, dado su bagaje de conocimientos cient&iacute;ficos, era considerado particularmente importante para definir lo que era una vida saludable en contraposici&oacute;n a una vida degenerada. Seg&uacute;n Michel Foucault (2), desde mediados del siglo XIX la medicina se hab&iacute;a transformado en una disciplina que muchos gobiernos consideraban fundamental para la definici&oacute;n e implementaci&oacute;n de pol&iacute;ticas de salud p&uacute;blica, que permitieran alcanzar significativos progresos para sus naciones. La cuesti&oacute;n ya no era s&oacute;lo prestar servicios de salud a grupos espec&iacute;ficos, sino poder llegar a establecer las condiciones para generar una poblaci&oacute;n saludable (3). En consecuencia, junto con la implementaci&oacute;n de pol&iacute;ticas de salud p&uacute;blica, se comenzaron a producir discursos que trataban de prescribir, sobre la base de un vocabulario m&eacute;dico, los tipos de comportamiento que podr&iacute;an generar esa poblaci&oacute;n saludable.      <p>En ese contexto, la inquietud acerca de las actividades que podr&iacute;an introducir la degeneraci&oacute;n en la sociedad se torno de particular relevancia. Ciertas producciones art&iacute;sticas comenzaron a despertar inquietud debido a que eran vistas como contrarias a la idea de salud p&uacute;blica que ciertos gobiernos pregonaban. Se trataba de producciones que no ven&iacute;an de las academias sino de enfermos que hac&iacute;an de su enfermedad una condici&oacute;n privilegiada para la producci&oacute;n art&iacute;stica. Enfermedades como la histeria, la tisis o la locura, se hab&iacute;an convertido en patolog&iacute;as que algunos individuos pregonaban como el ambiente m&aacute;s propicio para esp&iacute;ritu creador. Baste recordar a Van Gogh, Nerval, Lautr&eacute;amont o Nietzsche, entre otros y su fascinaci&oacute;n con la enfermedad como condici&oacute;n para la producci&oacute;n art&iacute;stica. Seg&uacute;n Georges Didi Huberman (4), m&eacute;dicos como Charcot comenzaron a desarrollar trabajos con este tipo de individuos a quienes se aproximaban con una mezcla de fascinaci&oacute;n cient&iacute;fica e inquietud moral a la vez.     <p>Un m&eacute;dico alem&aacute;n llamado Max Nordau public&oacute; en 1892 un texto que lleg&oacute; a ser muy famoso y cuyo t&iacute;tulo era Degeneraci&oacute;n (5). En dicho texto, Nordau se&ntilde;alaba que la degeneraci&oacute;n era un problema que afectaba a las sociedades y que ten&iacute;a una de sus principales manifestaciones en ciertas producciones art&iacute;sticas que eran productos de esp&iacute;ritus degenerados, irracionales y enfermos. "Los degenerados no son siempre prostitutas, criminales, anarquistas y reconocidos lun&aacute;ticos; a menudo son escritores y artistas" (5) (p.vii, traducci&oacute;n personal), sentenciaba Nordau,  al mostrar los peligros de minimizar la influencia de ciertos artistas dentro de la sociedad.  No tard&oacute; Nordau en recibir duras r&eacute;plicas por parte de artistas y otros intelectuales que lo acusaron de confundir la degeneraci&oacute;n con variaciones y potencias vitales que sus moralistas y toscas nosolog&iacute;as nunca llegar&iacute;an a comprender. El intento de constricci&oacute;n del arte a los par&aacute;metros de una perspectiva m&eacute;dica que pon&iacute;a a la ciencia al servicio de ciertas creencias morales, recibi&oacute; cr&iacute;ticas por parte de diversos sectores que vieron en ese intento un exceso del saber m&eacute;dico y un peligro a la hora de pensar la sociedad en su complejidad. (6)     <p>Nordau estaba tocando una de las cuestiones m&aacute;s relevantes para la ciencia m&eacute;dica en su momento, a saber, establecer en qu&eacute; sentido el saber m&eacute;dico pod&iacute;a establecer o no criterios para el arte y, m&aacute;s ampliamente, para la sociedad a partir del criterio de la salud y la enfermedad. Al hacer esto, estaba cuestionando de paso el papel de ciertos artistas dentro de la sociedad, en un momento en el cual &eacute;stos aparec&iacute;an como los &uacute;nicos capaces de ofrecer resistencia ante la casi hegem&oacute;nica presencia del esp&iacute;ritu cient&iacute;fico.     <p>3.     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Silva, quien ten&iacute;a una particular fascinaci&oacute;n tanto por el arte como por los temas m&eacute;dicos, entra dentro de ese debate y su novela De sobremesa puede ser entendida en cierto sentido como una r&eacute;plica a Nordau y aquellos que como &eacute;l cre&iacute;an que el arte expresaba una forma decadente de existencia. Esta no es la &uacute;nica ocasi&oacute;n en la cual Silva escribe sobre la relaci&oacute;n entre medicina y enfermedad. Silva explora esta cuesti&oacute;n en varios de sus poemas. "El mal del siglo" (1) (p.74), "Psicoterap&eacute;utica" (1) (p.81), "Zoospermos" (1) (p.84), "A una enferma" (1) (p.156) y "Melancol&iacute;a" (1) (p.167) son muestra de ello. En ellos no siempre es claro que Silva tome partido por el arte en contra de la medicina. M&aacute;s bien, Silva indica c&oacute;mo a la base de lo que se concibe como salud y enfermedad existe una cierta concepci&oacute;n de la vida.     <p>En De sobremesa, Silva explora esta relaci&oacute;n proponiendo un personaje que posee una particular sensibilidad. La sensibilidad de Jos&eacute; Fern&aacute;ndez Andrade, lejos de plegarse a los esquemas dentro de los cuales tendr&iacute;a que ser eventualmente ubicada, interroga las nosolog&iacute;as y tratamientos m&eacute;dicos se&ntilde;al&aacute;ndolos como producto de una estrecha comprensi&oacute;n de la sensibilidad. Sin embargo, Silva no desde&ntilde;a la medicina sino que la convierte en un continuo interlocutor de su personaje. En consecuencia, Jos&eacute; Fern&aacute;ndez Andrade aparece como uno de esos casos dif&iacute;ciles en los cuales el paciente entremezcla de manera continua la necesidad de tratamiento con la exaltaci&oacute;n de su condici&oacute;n enfermiza. Ahora bien, este tipo de textos en los cuales una sensibilidad an&oacute;mala confronta las pretensiones de conocimiento y control propias del saber m&eacute;dico no son extra&ntilde;as en la literatura de finales del siglo XIX. Como lo se&ntilde;ala Foucault en la tercera parte de la Historia de la locura en la &Eacute;poca Cl&aacute;sica (7), la pugna entre sensibilidad an&oacute;mala y raz&oacute;n tiene en la literatura del momento uno de sus principales escenarios. De hecho, en el texto De sobremesa encontramos referencias expl&iacute;citas a algunas de estas consideraciones. Este es el caso del diario de Mar&iacute;a Bashkirtseff y del juicio que de ella, lo mismo que de otros artistas, hace Max Nordau (1) (pp.239-247).     <p>En consecuencia, la novedad del texto no se halla en la presencia de este tipo de consideraciones, sino en la forma c&oacute;mo el protagonista las apropia desde una condici&oacute;n en la que habla no s&oacute;lo una sensibilidad an&oacute;mala sino, adem&aacute;s, una sensibilidad de procedencia marginal o, para decirlo en palabras del mismo protagonista, la sensibilidad de un individuo considerado como un rastaqouère (nombre que se daba en la Francia del momento a los hispanoamericanos que hac&iacute;an alarde de riquezas de oscura procedencia) por los europeos y como un farol&oacute;n por sus coterr&aacute;neos (1) (p.335). Dicho de otro modo, si bien Fern&aacute;ndez Andrade se presenta como el hombre que pretende estar inmerso en la cultura europea burguesa de fines del siglo XIX, su presencia en ella aparece como un problema a causa, en primer lugar, de su particular sensibilidad y, en segundo lugar, de su condici&oacute;n de inmigrante en una sociedad en la que es visto y se reconoce irremediablemente como un advenedizo (1) (p.249). Esta sensibilidad liminar lanzar&aacute; sus invectivas contra los procedimientos que intentan entenderla y tratarla.     <p>A continuaci&oacute;n, con el fin de hace plausible esta lectura del texto, llevar&eacute; a cabo un recorrido por el diario resaltando los encuentros que tiene Fern&aacute;ndez con diversos m&eacute;dicos que intentan diagnosticar y tratar su extra&ntilde;o padecimiento. Este recorrido puede ser interesante al menos por dos razones. En primer lugar, nos puede permitir conocer algunas de las ideas que se ten&iacute;an acerca del saber m&eacute;dico a finales del siglo XIX. En segundo lugar, nos permite explorar la manera c&oacute;mo la medicina entra en relaci&oacute;n con la sociedad y, m&aacute;s en concreto, con el arte. Considero que varias de estas percepciones de la medicina y su relaci&oacute;n con la sociedad y el arte son a&uacute;n relevantes en nuestro tiempo.     <p>4.     <p>Los m&eacute;dicos est&aacute;n a lo largo de todo el relato de Silva. El primero de ellos es Max Nordau. Como lo hemos se&ntilde;alado m&aacute;s arriba, Max Nordau est&aacute; presente como el m&eacute;dico que no ha comprendido ni a Marie Bashkirtseff ni a ninguno de los artistas que ha catalogado como degenerados (1) (pp.239-251). "Dichoso clasificador de man&iacute;as que no has sentido la vida y no has encontrado en tu vocabulario t&eacute;cnico la f&oacute;rmula en que encerrar las obras maestras de las edades muertas" (1) (p.240), sentencia Fern&aacute;ndez al tiempo que ridiculiza algunas de las caracterizaciones que Nordau hace de los artistas. En la primera parte de su diario, Jos&eacute; Fern&aacute;ndez relata su encuentro con el Diario de Mar&iacute;a Bashkirtseff y con el juicio que Max Nordau profiere acerca de este diario en su texto Degeneraci&oacute;n. Como lo han se&ntilde;alado comentaristas como Gabriel Giorgi (8), la lectura de estos dos textos, el de "la dulc&iacute;sima rusa muerta en Par&iacute;s, de genio y de tisis, a los veinticuatro a&ntilde;os, en un hotel de la calle de Prony" (1) (p. 240) y el de el "grotesco doctor alem&aacute;n, zoilo de los Homeros que han cantado los dolores y las alegr&iacute;as de la Psiquis eterna" (1) (p. 240),  introduce la cuesti&oacute;n que recorrer&aacute; todo el diario de Fern&aacute;ndez Andrade, a saber, establecer si es aceptable considerar al arte como la expresi&oacute;n de una vida vigorosa que rebasa los l&iacute;mites regulares de la existencia o si, como lo considera Nordau, el arte es b&aacute;sicamente expresi&oacute;n de una vida decadente.     <p>Puesto ante esta disyuntiva, Fern&aacute;ndez Andrade adherir&aacute; a la posici&oacute;n seg&uacute;n la cual el arte expresa una exhuberancia que, sin embargo, no puede ser entendida por todos. Exaltar&aacute; a Bashkirtseff cuyo diario considerar&aacute; como "un espejo fiel de nuestras consciencias y de nuestra sensibilidad exacerbada" (1) (p. 247) y criticar&aacute; de forma vehemente a Nordau de quien dir&aacute; que su ciencia miope ha suprimido en &eacute;l el sentido del misterio que se pone de manifiesto en personalidades como la de Bashkirtseff. Ahora bien, esta adhesi&oacute;n a la posici&oacute;n seg&uacute;n la cual el arte expresa una exhuberancia vital no es una mera opci&oacute;n intelectual para Fern&aacute;ndez Andrade. Se trata, m&aacute;s bien, de un complejo proceso que implica, de una parte, una lectura, a la luz del texto de Bashkirtseff, de las anomal&iacute;as de su propia sensibilidad como productos de una exhuberancia vital para la cual no hay un lenguaje apropiado y, en segundo lugar, una persistente oscilaci&oacute;n entre la b&uacute;squeda de una vida asc&eacute;tica que le permita elaborar grandes proyectos para su futuro y la entrega a momentos de desenfreno que le permitan desfogar las que considera sus incontenibles energ&iacute;as. El diario de Mar&iacute;a Bashkirtseff deviene entonces el texto de cara al cual Fern&aacute;ndez interpreta y encamina de manera inacabada su propia vida. Su b&uacute;squeda de identificaci&oacute;n con la poetisa se convierte ahora en un padecimiento que varios m&eacute;dicos tendr&aacute;n que tratar de entender y diagnosticar.     <p>5.     <p>En segundo lugar, tenemos a S&aacute;enz. &Eacute;l es el m&eacute;dico amigo de Fern&aacute;ndez. A S&aacute;enz la compa&ntilde;&iacute;a de Fern&aacute;ndez le produce placer ya que encuentra en &eacute;l o, m&aacute;s precisamente, en sus habilidades para la poes&iacute;a y su gusto por los objetos lujosos, un espacio que le ayuda a dejar de lado, al menos por un d&iacute;a, las desagradables sensaciones que le producen los espacios que por su profesi&oacute;n de m&eacute;dico tiene que frecuentar (1) (p.230). A pesar de su fascinaci&oacute;n con la vida de Fern&aacute;ndez, &eacute;l es quien tiene las m&aacute;s duras cr&iacute;ticas a la vida que &eacute;ste lleva en el momento en que est&aacute; leyendo su diario. De un lado, considera una l&aacute;stima que Fern&aacute;ndez haya abandonado la actividad po&eacute;tica por lo que S&aacute;enz considera un abuso de los sentidos. "No son tus complicaciones intelectuales las que no te dejan escribir, ni tampoco son tus grandes facultades cr&iacute;ticas que requerir&iacute;an que produjeras obras maestras para quedar satisfechas, no, no es eso; son las exigencias de tus sentidos exacerbados y la urgencia de satisfacerlas que te domina" (1) (p.235), afirma S&aacute;enz, quien arguye que s&oacute;lo busca que Fern&aacute;ndez trate de mantener una moderaci&oacute;n en su sensibilidad que le permita regresar a la escritura de poes&iacute;as.     <p>De otro lado, S&aacute;enz es el &uacute;nico que considera que el proyecto pol&iacute;tico concebido por Fern&aacute;ndez en Europa y que consiste, en t&eacute;rminos generales, en crear una dictadura de elite que introduzca la civilizaci&oacute;n en su pa&iacute;s a sangre y fuego, es sensato. No obstante que el mismo Fern&aacute;ndez, en el momento en que lee su diario, considera este proyecto como una locura, S&aacute;enz cree que la concepci&oacute;n de &eacute;ste expresa uno de los momentos en que m&aacute;s ha estado en sus cabales (1) (pp.257-265). Rechazando estos pareceres de S&aacute;enz, Fern&aacute;ndez responde, en primer lugar, que no est&aacute; interesado en volver a la actividad po&eacute;tica ya que implicar&iacute;a un excesivo gasto de tiempo en algo que nadie comprender&iacute;a ni valorar&iacute;a adecuadamente. "Dime,  S&aacute;enz -interroga Fern&aacute;ndez a su interlocutor-, ¿son todas esas experiencias opuestas y las visiones encontradas del universo que me procuran, todo eso es lo que quieres que deje para ponerme a escribir redondillas y a cincelar sonetos?" (1) (p.234). En segundo lugar, seg&uacute;n Fern&aacute;ndez, no es la moderaci&oacute;n sino la distribuci&oacute;n de fuerzas entre diversas actividades, la transformaci&oacute;n de la pol&iacute;tica en un mero sport y el desprecio por las mujeres lo que puede hacer soportable su actual condici&oacute;n (1) (p.290).     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Tenemos entonces dos concepciones de la vida confrontadas. Seg&uacute;n S&aacute;enz, la vida debe tener una moderaci&oacute;n que permita el ejercicio de la actividad po&eacute;tica y el poder sobre naciones a&uacute;n no civilizadas. Seg&uacute;n Fern&aacute;ndez, la vida ha de estar entregada a una multiplicidad de sensaciones que no produzcan ning&uacute;n tipo de apego o compromiso. Ahora bien, no obstante estos desacuerdos, hay que reconocer que la presencia de S&aacute;enz propicia que la lectura del diario comience. Una de las razones de la lectura del diario ser&aacute; recordar, confrontando a S&aacute;enz, la imposibilidad que tuvieron los m&eacute;dicos en Europa para diagnosticar y tratar la enfermedad nerviosa que experiment&oacute; Fern&aacute;ndez cuando estuvo all&iacute; (1) (p.238). La presencia de S&aacute;enz reactiva la discusi&oacute;n acerca de la relaci&oacute;n entre medicina y arte. Gracias a &eacute;l, Fern&aacute;ndez vuelve a su diario y comienza a leerlo a sus amigos. Gracias a esta lectura, comenzamos a entender c&oacute;mo ha llegado Fern&aacute;ndez a asumir la condici&oacute;n vital en la que se encuentra cuando lee el diario.     <p>6.     <p>En tercer lugar, tenemos al m&eacute;dico Charvet. Fern&aacute;ndez visita este m&eacute;dico en Paris en un momento en que su enfermedad nerviosa le ha conducido a un momento de particular sobreexcitaci&oacute;n (1) (p.300). Charvet aparece como un m&eacute;dico sabio que ha dictado lecciones sobre el sistema nervioso en el famoso hospital de la Sâlpetrière al tiempo que ha practicado ciertas experiencias sobre hipnotismo. Todos estos trabajos han sido recogidos en seis vol&uacute;menes que Fern&aacute;ndez dice conocer. Posiblemente, Silva concibe este personaje a partir de la figura de Jean-Martin Charcot (1825-1893), el famoso neur&oacute;logo cuyos trabajos y registros fotogr&aacute;ficos sobre la histeria son de gran importancia dentro de la historia de la medicina moderna. En este sentido, Charvet parece estar se&ntilde;alando el encuentro de Fern&aacute;ndez con la que era considerada en el momento como la investigaci&oacute;n fisiol&oacute;gica m&aacute;s avanzada del momento.     <p>En su primer encuentro, despu&eacute;s de escuchar a Fern&aacute;ndez, quien le habla de su sobreexcitaci&oacute;n y del hecho de que se ha abstenido de cualquier contacto sexual debido a su amor por Helena, Charvet diagnostica que el problema de Fern&aacute;ndez radica en que Fern&aacute;ndez tiene un exceso de energ&iacute;a sin utilizar. Charvet compara el cuerpo de Fern&aacute;ndez con una bater&iacute;a poderosa y con un caldero sobrecargado (1) (p.301) e insin&uacute;a que el mejor remedio es descargar toda esa energ&iacute;a mediante el contacto sexual. Fern&aacute;ndez reh&uacute;sa seguir ese dictamen debido a que tiene que mantenerse fiel a su amada Helena. Dada esta situaci&oacute;n, Charvet aconseja el ejercicio violento acompa&ntilde;ado de ba&ntilde;os de agua caliente y dosis de bromuro. Sin embargo, estos remedios no funcionan. Tiempo despu&eacute;s Fern&aacute;ndez volver&aacute; a consultar a Charvet. Esta vez el problema no ser&aacute; la sobreexcitaci&oacute;n sino un debilitamiento y un insomnio que, seg&uacute;n Fern&aacute;ndez, lo tienen al borde de la muerte (1) (p.306). En uno de sus pasajes m&aacute;s burlescos, el texto narra que antes de que Charvet llegue, Fern&aacute;ndez es atendido por dos m&eacute;dicos caracterizados como dos pintorescos personajes que usan un vocabulario ininteligible y cuyo dictamen no pasa de ser una exhibici&oacute;n de ret&oacute;rica vac&iacute;a que termina prescribiendo un vil purgante (1) (p.304-306). La iron&iacute;a del texto en este momento es particularmente &aacute;cida. Fern&aacute;ndez cierra el episodio recordando unos versos de la zarzuela espa&ntilde;ola con los que caracteriza la forma como estos dos personajes han llegado al diagn&oacute;stico:     <p>Juzgando por los s&iacute;ntomas     <br>que tiene el animal,     <br>bien puede estar hidr&oacute;fobo,     <br>bien puede no lo estar.     <br>Y afirma el grande Hip&oacute;crates     <br>que el perro en caso tal     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>suele ladrar much&iacute;simo     <br>o suele no ladrar (1) (p. 305)      <p>La introducci&oacute;n de estos dos personajes, que contrastan poderosamente con la figura Charvet, por la cual Fern&aacute;ndez muestra cierto respeto, parece estar lanzando una cr&iacute;tica a una medicina basada m&aacute;s que nada en la ret&oacute;rica que en el estudio de la enfermedad. Ahora bien, una vez los dos personajes salen de la escena sin lograr nada significativo con respecto al padecimiento de Fern&aacute;ndez, Charvet llega. Despu&eacute;s de examinarlo el m&eacute;dico confesar&aacute; su incapacidad para diagnosticar y tratar el padecimiento de Fern&aacute;ndez. "Yo no s&eacute; lo que usted tiene" (1) (p.307) dice el m&eacute;dico, como una forma de reconocer los l&iacute;mites de su conocimiento. Sin embargo, administra a Fern&aacute;ndez tragos de co&ntilde;ac, inyecciones de &eacute;ter, gr&aacute;nulos de cafe&iacute;na y un medicamento que Fern&aacute;ndez describe como un "licor rojizo, perfumado, meloso y amargo en que se fund&iacute;an diez sabores extra&ntilde;os" (1) (p.307), esperando con ello que su paciente recupere sus fuerzas. Los medicamentos esta vez funcionan. Fern&aacute;ndez recupera sus fuerzas no obstante que el m&eacute;dico reconoce su imposibilidad para pronosticar la evoluci&oacute;n de la enfermedad.     <p>Lo m&aacute;s llamativo de la relaci&oacute;n entre Charvet y Fern&aacute;ndez es el hecho de que no obstante no entender la naturaleza del padecimiento de Fern&aacute;ndez, Charvet le formula prescripciones que llegan a tener cierta efectividad. Probablemente, Silva quiere indicar que la medicina de Charvet s&oacute;lo puede ofrecer paliativos medianamente eficaces pero que la evoluci&oacute;n de la enfermedad est&aacute; determinada por causas que el saber m&eacute;dico no puede conocer y mucho menos controlar. Frente a una concepci&oacute;n que ve la salud como una descarga de energ&iacute;as (recordemos que esta met&aacute;fora ser&aacute; utilizada por uno de los alumnos de Charcot, Sigmund Freud, para describir el funcionamiento de la psique), Fern&aacute;ndez presenta un cuerpo en el que no s&oacute;lo se presentan potencias sino tambi&eacute;n debilidades y variaciones que una mec&aacute;nica corporal como la que Charvet propone no puede entender.     <p>7.     <p>En cuarto lugar, tenemos al m&eacute;dico Sir John Rivington. Este m&eacute;dico atiende a Fern&aacute;ndez en Londres. Este m&eacute;dico es caracterizado por Fern&aacute;ndez como un experto en psicolog&iacute;a experimental y psicof&iacute;sica cuyas investigaciones son compatibles y se encuentran al mismo nivel del trabajo de Spencer y Darwin. Como en el caso de Charvet, Fern&aacute;ndez dice conocer sus libros y admirar en ellos la presencia de "la observaci&oacute;n directa y precisa de los hechos, la l&oacute;gica perfecta de los raciocinios, s&oacute;lidos como una cadena de hierro y las escasas pero segur&iacute;simas deducciones generales que de ellos desprende" (1) (p. 283). Fern&aacute;ndez ve en &eacute;l un sacerdote de la ciencia cuya figura patriarcal le hace pensar que en &eacute;l encontrar&aacute; la soluci&oacute;n al enigma de su enfermedad. Despu&eacute;s de escuchar a Fern&aacute;ndez y realizar un pormenorizado examen de su cuerpo, Rivington confronta a Fern&aacute;ndez con un cuadro prerrafaelista de una mujer. El prerrafaelismo es una escuela pict&oacute;rica inglesa de la segunda mitad del siglo XIX que recibe este nombre por su intento de recuperar aspectos de la pintura renacentista italiana. Una de las caracter&iacute;sticas de la escuela prerrafaelista consiste en intentar producir una figura con muchos detalles precisos pero introduci&eacute;ndola en &aacute;mbitos m&iacute;sticos que la dotan de un halo de misterio.      <p>La introducci&oacute;n en el texto del cuadro prerrafaelista como obra de arte utilizada para confrontar a Fern&aacute;ndez implica al menos dos elementos. De un lado, muestra a la medicina haciendo uso del arte con fines terap&eacute;uticos y, de otro lado, muestra al arte rebasando los usos espec&iacute;ficos que la medicina intenta hacer de &eacute;l y reactivando las potencias del deseo en el protagonista. De hecho, donde Rivington ve la posibilidad de un diagn&oacute;stico, Fern&aacute;ndez ver&aacute; una ocasi&oacute;n para la reactivaci&oacute;n de su pasi&oacute;n por Helena (1) (p.286-7). Tan pronto como observa el cuadro, Fern&aacute;ndez identifica en &eacute;ste la figura de su amada. Esto le permite concluir a Rivington que la memoria de su paciente est&aacute; habitada por im&aacute;genes de recuerdos las cuales no ha podido controlar. De hecho, compara la memoria con una c&aacute;mara oscura que guarda muchas im&aacute;genes que funcionan como fantasmas que pueden adquirir control de ella (1) (p.287). En este sentido, &eacute;l considera que el problema de Fern&aacute;ndez est&aacute; ligado a las irregularidades a la que &eacute;l ha sometido su cuerpo debido a la presencia de esas im&aacute;genes que su memoria no ha podido controlar.     <p>El tratamiento que ofrece consiste en una f&oacute;rmula simple: "regularice usted su vida y d&eacute;le una direcci&oacute;n precisa y sencilla" (1) (p.285). Esta prescripci&oacute;n implica, de un lado, el abandono de los excesos a los que Fern&aacute;ndez se ha sometido debido a su misticismo inconfesado, sus proyectos pol&iacute;ticos y su amor idealista por Helena y, de otro lado, la adhesi&oacute;n a rutinas que no impliquen un excesivo empleo de energ&iacute;as. En consecuencia, Rivington recomienda con un talante materialista: "Devu&eacute;lvale a las necesidades sexuales su papel de necesidades por m&aacute;s que le repugne y no mezcle usted sus sensaciones de ese orden con sentimentalismos ni con emociones est&eacute;ticas que lo exalten; esto mientras encuentre usted a la joven a quien ama y se case usted con ella para normalizar en la vida marital los impulsos de su instinto" (1) (p.285).     <p>Las prescripciones de Rivington est&aacute;n dirigidas, de un lado, a un reconocimiento del cuerpo como organismo cuyas necesidades deben ser satisfechas y, de otro lado, a la impugnaci&oacute;n de cualquier ret&oacute;rica que implique caer en excesos o seguir ideales inalcanzables. Ahora bien, no obstante todo lo razonable que suenan estas recomendaciones de moderaci&oacute;n, Fern&aacute;ndez reconoce que su fisiolog&iacute;a es incapaz de ajustarse a ellas. En primer lugar, Fern&aacute;ndez posee una genealog&iacute;a h&iacute;brida proveniente, por un lado, de la monta&ntilde;a y, por el otro, del llano. Por ello, en &eacute;l hay un continuo combate entre la delicadeza de sus ancestros paternos y la potencia de sus ancestros maternos (1) (pp.291-2). En segundo lugar, la educaci&oacute;n que ha recibido, y que hubiera podido ayudarle a elaborar esta contradicci&oacute;n, s&oacute;lo ha producido en &eacute;l una personalidad incr&eacute;dula, voluble y aterrorizada con el advenimiento de la locura que s&oacute;lo tiene alg&uacute;n viso de de esperanza en el amor de Helena (1) (293-5). Para decirlo en otras palabras, frente a la fisiolog&iacute;a materialista que defiende Rivington y que parece concebir al cuerpo como un organismo sometible a la voluntad del paciente, Fern&aacute;ndez propone un fisiolog&iacute;a hist&oacute;rica que reconoce en el cuerpo diversos rastros del pasado que no permiten que el cuerpo sea regularizado a voluntad sino impulsado por un deseo sin control.     <p>En consecuencia, no es la vida rutinaria con su amada sino su b&uacute;squeda desenfrenada de ella lo que mueve su existencia.  Fern&aacute;ndez entonces abandona la idea de regularizar su vida y convierte el cuadro que Rivington le muestra en un nuevo impulso para su b&uacute;squeda amorosa. Fern&aacute;ndez rechaza la recomendaci&oacute;n que le hace el m&eacute;dico de ser un hombre pr&aacute;ctico, actitud que considera como "aplicarse a una empresa mezquina y rid&iacute;cula" (1) (p.296), despreciable para cualquier esp&iacute;ritu art&iacute;stico, y abraza la idea de seguir buscando el amor a cualquier precio.     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El &uacute;ltimo encuentro entre Rivington y Fern&aacute;ndez pone de manifiesto esta divergencia entre lo que el m&eacute;dico propone y lo que el paciente quiere. Fern&aacute;ndez llega a la consulta despu&eacute;s de haber tenido dos semanas de fuertes tribulaciones espirituales debido a la imagen que ha visto en el cuadro y tiene que aguardar en la sala de espera contemplando a los otros pacientes de su doctor: "un viejazo apopl&eacute;jico y obeso…una mujer de anguloso perfil, canosa y con cara de hambre… una pobre chiquilla de doce a trece a&ntilde;os de ralos cabellos de un rubio sucio… un hombrecillo enclenque… y un personaje desmesuradamente largo y flaco" (1) (p.297). La contemplaci&oacute;n de estos personajes hace que Fern&aacute;ndez reaccione y afirme que &eacute;l no est&aacute; enfermo y que lo que el tiene, antes bien, es un exceso de vida. No obstante esta aseveraci&oacute;n, cuando Fern&aacute;ndez se encuentra cara a cara con su m&eacute;dico, sucumbe y comienza a lloriquear pidi&eacute;ndole a Rivington que le diga que &eacute;l no es un enfermo como sus compa&ntilde;eros de sala. Sin embargo, el m&eacute;dico no acepta dar esa respuesta y afirma con paternal actitud que, dada la gravedad del caso, lo mejor que puede hacer Fern&aacute;ndez es hacer uso de las pocas fuerzas que le quedan para emborracharse, ir en b&uacute;squeda de su amada y ser feliz (1) (p.298).     <p>Al igual que Charvet, Rivington fracasa en el intento de encontrar un tratamiento satisfactorio para Andrade. Sus palabras finales parecen ser m&aacute;s un abandono del caso que una soluci&oacute;n para &eacute;l. Si bien Rivington parece identificar las causas del padecimiento no puede proponer algo efectivo para confrontarlas. Su visi&oacute;n materialista y regularizada del cuerpo es insuficiente para poder proponer una alternativa ante el padecimiento de Fern&aacute;ndez quien exhibe una densidad afectiva que reh&uacute;sa ser reducida f&aacute;cilmente a un sistema de h&aacute;bitos. En un tono ir&oacute;nico Fern&aacute;ndez afirma: "Le he remunerado al viejo esa extra&ntilde;a consulta, terminada por esa fant&aacute;stica receta, con largueza de pr&iacute;ncipe. Cre&iacute;a que me devolver&iacute;a el cheque, pero no, lo guard&oacute; y lo emplear&aacute; bien de seguro. Tanto mejor" (1) (p.298). Poco despu&eacute;s, Fern&aacute;ndez abandonar&aacute; Londres para regresar a Paris y continuar su b&uacute;squeda. Pocos d&iacute;as despu&eacute;s de su llegada, recibir&aacute; como regalo de Rivington el cuadro que ha visto en su consultorio. Adem&aacute;s, tendr&aacute; un &uacute;ltimo encuentro con Charvet.     <p>En este &uacute;ltimo encuentro, Charvet, fascinado con el ambiente m&iacute;stico que se respira en la casa de su paciente, afirma que la mujer que est&aacute; en el cuadro le recuerda a una paciente t&iacute;sica moribunda que atendi&oacute; en Niza doce a&ntilde;os antes, la cual ten&iacute;a un esposo y una hija que se dedicaron a viajar despu&eacute;s de la muerte de la mujer (1) (p.313). Fern&aacute;ndez ve en esa vaga referencia de Charvet una oportunidad para encontrar a su amada. La excitaci&oacute;n que le produce la esperanza de encontrar e Helena parece producir la cura que Charvet no ha podido encontrar. Sin ning&uacute;n tipo de revisi&oacute;n ni prescripci&oacute;n, antes de despedirse, el m&eacute;dico sentencia que Fern&aacute;ndez est&aacute; curado y que puede regresar a la vida que ten&iacute;a cuando tuvieron su primer encuentro que tuvieron. Fern&aacute;ndez entonces regresar&aacute; a su vida fren&eacute;tica al tiempo que delira con el inminente encuentro con Helena hasta que confrontado con su tumba, sucumbe y termina la lectura de su diario.     <p>Esa confrontaci&oacute;n con la tumba de la amada y su proclamaci&oacute;n como objeto de amor idealizado permite vislumbrar lo que la medicina no ha podido entender, esto es, mostrar que es la decepci&oacute;n y no la satisfacci&oacute;n ni la rutina aquello que define el sistema afectivo de Fern&aacute;ndez. Decepci&oacute;n significa aqu&iacute; un deseo que sabe que desea lo inalcanzable y que solo es soportable por un sensualismo sin apego a nada. Fern&aacute;ndez descubre que s&oacute;lo se desea algo porque es inalcanzable y que no hay remedio para ello. Ahora bien, solo el arte puede exhibir eso sin poder ni querer  ni poder llegar a explicarlo.     <p>8.     <p>La medicina no le brinda una respuesta satisfactoria a Fern&aacute;ndez. Sin embargo, es de cara a la medicina como Fern&aacute;ndez puede articular una narraci&oacute;n para su padecimiento. En De sobremesa, Silva  toma el vocabulario m&eacute;dico y lo recompone para ponerlo al servicio de una historia en la cual el protagonista no encuentra la final otra cosa que la historia de su propio padecimiento relatada en su diario. El arte emerge entonces como la otra cara del fracaso de la medicina. Donde la medicina no hall&oacute; diagn&oacute;stico ni cura satisfactorias, el arte produce la historia de un desencanto radical que termina en el silencio. Cuando Fern&aacute;ndez lee su diario es el convaleciente de un descubrimiento. Sabe que en su deseo solo hay decepci&oacute;n y que para la decepci&oacute;n no hay una cura m&eacute;dica sino s&oacute;lo una precaria exhibici&oacute;n art&iacute;stica. En un momento en el cual la medicina se presentaba como la disciplina capaz de entenderlo y tratarlo todo, incluso la sociedad, el diario de Fern&aacute;ndez muestra que, m&aacute;s all&aacute; de la medicina, existe un deseo para el que no hay diagn&oacute;stico ni cura posible. Sin embargo, s&oacute;lo puede saber eso despu&eacute;s de pasar por los m&eacute;dicos.     <p>Ahora bien, podemos preguntarnos si la medicina puede aportar algo m&aacute;s que el escenario para exhibir una decepci&oacute;n. Una posible respuesta se encuentra m&aacute;s all&aacute; del texto, en la vida del propio Silva. Su m&eacute;dico personal y amigo, Juan Evangelista Manrique, relata en un ensayo titulado "Recuerdos &iacute;ntimos" su &uacute;ltimo encuentro con su paciente el 11 de mayo de 1896 (9):     <p>Me prest&eacute; gustoso a satisfacerlo y con un l&aacute;piz dermogr&aacute;fico trac&eacute; sobre el pecho del poeta toda la zona mate de la regi&oacute;n precordial. Le asegur&eacute; que estaba normal ese &oacute;rgano, y para dar m&aacute;s seguridad a mi afirmaci&oacute;n, le dije que la punta del coraz&oacute;n no estaba desviada. Abri&oacute; entonces fuertemente los ojos y me pregunt&oacute; en d&oacute;nde quedaba la punta del coraz&oacute;n.     <p>-Aqu&iacute;- le dije, traz&aacute;ndole en el sitio una cruz con el l&aacute;piz que ten&iacute;a en la mano.     <p>Complacido se despidi&oacute; de m&iacute; ese d&iacute;a, despu&eacute;s de haberse hecho examinar como si se tratara de una p&oacute;liza de seguro de vida. ¡Era nuestra &uacute;ltima entrevista! Por la ma&ntilde;ana del domingo 24 de mayo, se encontr&oacute; a Silva muerto entre su cama, abrazado de un rev&oacute;lver de grueso calibre, con la cara sonriente y p&aacute;lida, una herida en la punta del coraz&oacute;n y junto a la cabecera una novela de D'Annunzio, 'El Triunfo de la Muerte' (9) (pp.133-4).     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Al final de su vida, Silva pidi&oacute; a la medicina ser algo m&aacute;s que el escenario para narrar el padecimiento de su personaje. Ya no pidi&oacute; m&aacute;s ni un diagn&oacute;stico ni una prescripci&oacute;n. Pidi&oacute; una indicaci&oacute;n para morir. En ello, la medicina no fall&oacute;.  <hr>      <p><b>Referencias</b>      <!-- ref --><p>1. Silva JA. Obra completa. Madrid: ALLCA XX, 1996; pp. 225-351. Esta novela es un texto p&oacute;stumo publicado en 1925 en Bogot&aacute;. Su redacci&oacute;n se llev&oacute; a cabo entre los a&ntilde;os 1887 y 1896. Un primer manuscrito del texto se perdi&oacute; en el naufragio del "Am&eacute;rique" en 1895. Silva se dedic&oacute; a la reconstrucci&oacute;n del texto en el a&ntilde;o 1896.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000065&pid=S0121-5256200700020002100001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>2. Foucault M. El nacimiento de la medicina social. En: Foucault M. Obras esenciales 2. Barcelona: Paid&oacute;s, 1999; pp. 363-384.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000066&pid=S0121-5256200700020002100002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>3. Foucault M. Historia de la sexualidad I. La voluntad de saber. M&eacute;xico: Siglo XXI, 1976.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000067&pid=S0121-5256200700020002100003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>4. Huberman GD. Invention of Hysteria: Charcot and the Photographic Iconography of the Salpêtrière. Cambridge, MA and London: MIT Press, 2003.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000068&pid=S0121-5256200700020002100004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>5. Nordau M. Degeneration. New York: D. Appleton, 1895.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000069&pid=S0121-5256200700020002100005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>6. Maik L. Nordau's Degeneration: the American Controversy. In Journal of the History of Ideas 1989; 50(4): 607-623     &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000070&pid=S0121-5256200700020002100006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>7. Foucault M. Historia de la locura en la &Eacute;poca Cl&aacute;sica II. M&eacute;xico: Siglo XXI, 1976.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000071&pid=S0121-5256200700020002100007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>8. Giorgi G. Nombrar la enfermedad. M&eacute;dicos y artistas alrededor del cuerpo masculino en De sobremesa, de Jos&eacute; Asunci&oacute;n Silva. En Ciberletras [revista en internet], 1999 [citado en 2007 18 de junio] 1. Disponible en <a href="http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/"target="_blank">http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/</a>    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000072&pid=S0121-5256200700020002100008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>9. Manrique JE. Jos&eacute; Asunci&oacute;n Silva. Recuerdos &Iacute;ntimos. En: Cobo-Borda JG. Jos&eacute; Asunci&oacute;n Silva. Bogotano universal. Bogot&aacute;: Villegas editores, 1988; pp.125-134. Agradezco esta valiosa referencia a Mar&iacute;a del Pilar Melgarejo.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000073&pid=S0121-5256200700020002100009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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