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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[CIUDADANÍA Y CIVILIDAD: acerca del derecho a tener derechos]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[In a context of neoliberalism and deepening socioeconomic inequality in Latin America, the author analyzes the concept of citizenship and its articulation with the concept of civility. Citizenship has been defined as a status that guarantees rights and duties, liberties and restrictions, and powers and responsibilities to equal individuals. This is why the concept of citizenship occupies a central place in democratic politics. But exclusion, growing inequality and the absence of conditions for the exercise of rights shows that the concept of citizenship is insufficient and reveals a gap to fill.The need to link this concept to the expectations of recognition contained in the idea of civility leads the author to ask for the paradoxes of liberal democracy, and to question the existing gap between ideal rights and their actual exercise, which points to the extent of the task of developing a real democracy.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4">CIUDADAN&Iacute;A Y CIVILIDAD: acerca del derecho a tener derechos<Sup>* </Sup></font></p>     <p align="center"><font size="3">CITIZENSHIP AND CIVILITY: About the Right to Have Rights </font></p>      <p><b>Susana Villavicencio<Sup>** </Sup></b></p>     <p>* Ponencia presentada al Segundo Seminario Internacional del grupo de trabajo de Filosof&iacute;a Pol&iacute;tica de Clacso:&quot;Realismos y utop&iacute;as en Am&eacute;rica Latina: fragmentaci&oacute;n y luchas democr&aacute;ticas&quot;. San Jos&eacute; de Costa Rica, febrero 13 al 15 de 2006. </p>     <p>** 	Doctora en Filosof&iacute;a de la Universidad de Par&iacute;s, profesora de Filosof&iacute;a y Ciencia Pol&iacute;tica en la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, investigadora del Instituto Gino Germani, UBA. Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:svilla@arnet.com.ar">svilla@arnet.com.ar</a> </p> <hr size="1">      <p><b>Resumen </b></p>     <p>En un contexto de neoliberalismo y acentuaci&oacute;n de la desigualdad socioecon&oacute;mica en las sociedades latinoamericanas, la autora analiza el concepto de ciudadan&iacute;a y su articulaci&oacute;n con el de civilidad. La primera ha sido definida como un <i>status </i>que garantiza a los individuos iguales derechos y deberes,libertades y restricciones,poderes y responsabilidades. En ese sentido,el concepto de ciudadan&iacute;a ocupa un lugar central en la pol&iacute;tica democr&aacute;tica. Pero la exclusi&oacute;n, las desigualdades crecientes y la falta de condiciones para el ejercicio de los derechos muestran su insuficiencia y revelan un vac&iacute;o a llenar. La necesidad de vincular este concepto con las expectativas de reconocimiento e inclusi&oacute;n contenidas en la idea de civilidad lleva a la autora a interrogarse por las paradojas de la democracia liberal, y a cuestionar la brecha existente entre el derecho ideal y su realizaci&oacute;n,lo cual indica la medida de la tarea que hay que realizar para desarrollar una verdadera democracia. </p>     <p><b><i>Palabras clave: </i></b>Am&eacute;rica Latina, neoliberalismo, desigualdad, democracia, ciudadan&iacute;a, civilidad. </p> <hr size="1">     <p><b>Abstract </b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>In a context of neoliberalism and deepening socioeconomic inequality in Latin America, the author analyzes the concept of citizenship and its articulation with the concept of civility. Citizenship has been defined as a status that guarantees rights and duties, liberties and restrictions, and powers and responsibilities to equal individuals. This is why the concept of citizenship occupies a central place in democratic politics. But exclusion, growing inequality and the absence of conditions for the exercise of rights shows that the concept of citizenship is insufficient and reveals a gap to fill.The need to link this concept to the expectations of recognition contained in the idea of civility leads the author to ask for the paradoxes of liberal democracy, and to question the existing gap between ideal rights and their actual exercise, which points to the extent of the task of developing a real democracy. </p>     <p><b><i>Key words: </i></b>Latin America, neoliberalism, inequality, democracy, citizenship, civility. </p>     <p>recibido 13/09/2007, aprobado 12/10/2007 </p> <hr size="1">     <p><b>Introducci&oacute;n</b></p>     <p>Quiero comenzar evocando una reflexión de Jacques Rancière sobre la democracia liberal, a la que denomina post-democracia’: “Normalmente, la caída de los ‘mitos’ del pueblo y de la democracia ‘real’ deberían conducir a la rehabilitación de la democracia formal, al refuerzo del ajuste a los dispositivos institucionales de la soberanía del pueblo y, principalmente, a las formas de control parlamentario […] Hoy la situación se encuentra invertida y la victoria de la democracia llamada formal se acompaña de una sensible desafección en relación con sus formas” (Rancière 1995: 139. La traducción es mía).Traer esta frase como inicio de mi reflexión tiene el sentido de señalar la condición paradójica de la democracia que se ha expandido en las últimas décadas en los países de Occidente. En efecto, el discurso político proclama el triunfo de una democracia considerada en su dimensión formal e institucional -la democracia representativa, o la versión liberal de la misma- pero que revela, paradójicamente, una llamativa desafección en relación con esas mismas formas. Bajo el signo del discurso único del neoliberalismo, hegemónico en los años noventa, y bajo el cual se han llevado a cabo las más profundas e inquietantes transformaciones políticas y sociales, la política se identificó con una acción que, más que prestar atención al afianzamiento de las instituciones representativas que garantizan la soberanía del pueblo, adecuaba su ejercicio al modo de ser de la sociedad, se acomodaba a sus ritmos, hasta perder entidad propia. Este proceso ha sido uno de los focos de atención de la reflexión política de este tiempo puesto que, a pesar de la relevancia del triunfo de la democracia, el realineamiento de los gobiernos en torno a sus principios se ha visto inmediatamente oscurecido por su sujeción a los dictados del mercado y por la expansión de prácticas modeladas por el proceso de transformación social en la nueva etapa transnacional del capitalismo. En la expresión de Rancière, la política se vuelve police, diríamos política gestionaria, formas consensuales de la política, cuya acción consiste en una adecuación al modo de ser de la sociedad “a las fuerzas que la mueven, a las necesidades, intereses y deseos entrecruzados que la tensan” (Rancière 1995: 139). En efecto, la transformación económica a escala global en curso es más que un proceso económico; la llamada globalización es, asimismo, un discurso que plantea temas y presupuestos sobre la relación entre la sociedad y la política. En ese discurso, el predominio que han cobrado la dimensión social y económica de la vida colectiva y la lógica productivista que privilegia un ideal de consumo ilimitado, al que quedan sumidas las restantes dimensiones de la vida social, debilita los lazos colectivos y quita a lo político su capacidad de articulación y de fuerza convocante de la acción colectiva. Estos procesos, sobre los que mucho se ha escrito en las últimas décadas -legitimación de los gobiernos por la eficacia, más que por la garantía de libertad política de sus ciudadanos; degradación de la representación parlamentaria, aumento de poder político de instancias no responsables, debilitamiento de los liderazgos políticos-, son semejantes en varios países con gobiernos democráticos, pero en el contexto latinoamericano acarrean consecuencias más profundas en el ya debilitado sistema institucional. </p>     <p>Si queremos problematizar la situaci&oacute;n social de las democracias latinoamericanas, la cuesti&oacute;n ineludible es la <i>exclusi&oacute;n </i>de millones de sus pobladores del sistema de reparto social y pol&iacute;tico. Estudios recientes se hacen eco de estas condiciones, poniendo la exclusi&oacute;n como eje de la reflexi&oacute;n pol&iacute;tica (Svampa 2005; Merklen 2005). Si la difusi&oacute;n de un nuevo orden global trajo como consecuencia el trastocamiento de las pautas de <i>integraci&oacute;n y exclusi&oacute;n</i>, el desmantelamiento de las anteriores instituciones y marcos regulatorios del &#39;Estado Social-nacional&#39;, en sociedades heterog&eacute;neas, desiguales y dependientes, como las latinoamericanas, termin&oacute; por acentuar las desigualdades e incrementar el proceso de <i>exclusi&oacute;n </i>de amplios sectores sociales. En estas d&eacute;cadas pasadas, la profundizaci&oacute;n de la brecha de la desigualdad ha colocado, en general, a Am&eacute;rica Latina como uno de los lugares de mayor desigualdad social en el mundo. As&iacute;, la pobreza -en algunos casos, extremaazota a un amplio conglomerado de seres humanos -j&oacute;venes y ni&ntilde;os, adultos desempleados, ancianos sin seguridad social, trabajadores informales-, convirti&eacute;ndolos en v&iacute;ctimas del drama social de la <i>exclusi&oacute;n</i>. </p>     <p>Por ello, nos interrogamos: &iquest;qu&eacute; significa en ese contexto ser ciudadanos? &iquest;Qu&eacute; sentido adquiere la ciudadan&iacute;a para aquellos que se encuentran bajo la l&iacute;nea de pobreza, aquellos que no pueden, por lo tanto, superar la lucha continua por la supervivencia? Pero tambi&eacute;n, &iquest;qu&eacute; significa la ciudadan&iacute;a cuando somos con-ciudadanos de un 50% de pobres? &iquest;Qu&eacute; es, entonces, la democracia? &iquest;Cu&aacute;les son sus consensos? &iquest;Cu&aacute;les son sus tensiones? </p>     <p>En este marco quiero referirme a la <i>ciudadan&iacute;a </i>y a su articulaci&oacute;n con la <i>civilidad</i>. La ciudadan&iacute;a ha sido definida modernamente como un <i>status </i>que garantiza a los individuos iguales derechos y deberes, libertades y restricciones, poderes y responsabilidades, y en ese sentido, ocupa un lugar central en la pol&iacute;tica democr&aacute;tica. Pero son precisamente las situaciones de exclusi&oacute;n, las desigualdades crecientes y la falta de condiciones para el ejercicio de los derechos las que no cesan de mostrar su insuficiencia o de revelar un vac&iacute;o a llenar. Vincular, entonces, este concepto con las expectativas de extensi&oacute;n de una esfera de reconocimiento contenidas en la idea de <i>civilidad</i>, nos lleva a interrogar las paradojas de la democracia liberal, aun en la esfera de los derechos y del Estado de Derecho, a cuestionar la brecha existente entre el derecho ideal y su realizaci&oacute;n, abismo que da la medida de la tarea a cumplir por una pol&iacute;tica democr&aacute;tica. </p>     <p><b>Ciudadan&iacute;a y civilidad </b></p>     <p>Vincular ciudadan&iacute;a y civilidad encierra ya un motivo. No se trata de referirnos a las virtudes <i>c&iacute;vicas</i>, que constituyen, en la tradici&oacute;n republicana, la base &eacute;tica de la construcci&oacute;n y de la pr&aacute;ctica de la ciudadan&iacute;a, pero que reposan en una determinada idea trascendental del sujeto de la moral y la pol&iacute;tica. Tampoco se trata de un retorno a-cr&iacute;tico a la idea de <i>civilizaci&oacute;n</i>, ya que este t&eacute;rmino no puede eludir su componente asim&eacute;trico que divide a la humanidad en b&aacute;rbaros y civilizados, y que ha justificado todo tipo de violencia y marginaci&oacute;n en la historia colonial. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Entendemos por <i>civilidad </i>una pol&iacute;tica que, en el doble sentido de amabilidad y de acuerdo que encierra el t&eacute;rmino, supone acciones y palabras que constituyen un freno a la violencia y a las diversas formas de <i>incivilidad </i>que se han vuelto dominantes en un mundo donde la preocupaci&oacute;n pol&iacute;tica por la esfera com&uacute;n pierde fuerza frente a los beneficios de la explotaci&oacute;n econ&oacute;mica del planeta. Dec&iacute;amos que la idea de <i>civilidad </i>contiene la expectativa de apertura, permanencia y recreaci&oacute;n de un espacio p&uacute;blico donde los agentes puedan reconocerse y regular sus conflictos. &iquest;Es posible desarrollar esta idea de <i>civilidad </i>por fuera de la ciudadan&iacute;a? Eti&egrave;nne Bali-bar ha mostrado, en un art&iacute;culo reciente, la necesaria articulaci&oacute;n entre estas dos categor&iacute;as. Frente al recrudecimiento de situaciones de violencia generadas (o incrementadas) por la globalizaci&oacute;n, que tanto cruzan transversalmente a los Estados (violencia sist&eacute;mica, que irrumpe en las formas de la corrupci&oacute;n, el tr&aacute;fico de armas y vidas humanas, las migraciones forzadas y formas de no-intervenci&oacute;n humanitaria en cat&aacute;strofes naturales), como provocan situaciones de <i>exclusi&oacute;n </i>al interior de los Estadosnaci&oacute;n, sobrepasados por la misma l&oacute;gica (deslocalizaci&oacute;n de la producci&oacute;n, desocupaci&oacute;n, p&eacute;rdida de derechos civiles y sociales o falta de garant&iacute;as para su ejercicio), resulta impensable el ejercicio de la ciudadan&iacute;a sin un desarrollo de formas de <i>civilidad </i>en las relaciones sociales y, a la inversa, extender la <i>civilidad </i>fuera del marco institucional de la ciudadan&iacute;a. As&iacute;, dice Balibar, una ciudadan&iacute;a democr&aacute;tica y su extensi&oacute;n a nuevos espacios de socializaci&oacute;n requieren una invenci&oacute;n colectiva de <i>civilidad</i>, &quot;v&iacute;as concretas de civilizaci&oacute;n de las costumbres y reconocimiento institucional de la igualdad de los derechos&quot; (Balibar 2001: 182). </p>     <p>Comencemos, primeramente, por algunas consideraciones sobre el sentido del t&eacute;rmino. <i>Civilidad </i>tiene la misma ra&iacute;z latina <i>civ </i>de <i>civis </i>que significa ciudadano, miembro del Estado, compatriota; y de <i>civitas</i>: ciudad, reuni&oacute;n de ciudadanos; cuerpo pol&iacute;tico, Estado, patria; derecho de ciudadan&iacute;a. (Cf. <i>Diccionario de uso del espa&ntilde;ol</i>, Mar&iacute;a Moliner). Este vocablo, de uso poco frecuente en la actualidad, significa a la vez <i>civismo </i>y <i>amabilidad</i>. Incorporado al habla durante el per&iacute;odo de la Revoluci&oacute;n Francesa, est&aacute; en la base de una concepci&oacute;n del v&iacute;nculo social fundado en el contrato, significando un comportamiento p&uacute;blico, la cualidad de buen ciudadano, en coincidencia con la cualidad de &quot;cort&eacute;s&quot;, &quot;educado&quot;<Sup><a href="#n1">1</a></Sup>. Kant ha desarrollado de forma paradigm&aacute;tica esta relaci&oacute;n entre la dimensi&oacute;n social de la <i>civilidad </i>y la dimensi&oacute;n pol&iacute;tica del <i>civismo </i>en la formaci&oacute;n de los Estados modernos, a trav&eacute;s de su concepci&oacute;n teleol&oacute;gica de la historia. All&iacute; muestra c&oacute;mo el ingreso del individuo en la esfera de la sociabilidad (movido por la &quot;insociable sociabilidad&quot;), con todo el refinamiento y cuidado de las costumbres que comporta, exige la posterior organizaci&oacute;n de una instancia pol&iacute;tica que deje sancionados los comportamientos sociales mediante la vigencia de una ley com&uacute;n a todos, como paso necesario en la realizaci&oacute;n de la condici&oacute;n racional del g&eacute;nero humano (Kant, <i>Idea de la historia universal desde el punto de vista cosmopolita, </i>1784). As&iacute;, <i>civilidad, civismo </i>y espacio p&uacute;blico de <i>cr&iacute;tica </i>constituyen los principios con los que el republicanismo moderno conforma una esfera p&uacute;blica radicalmente opuesta a las formas de dominio privado. </p>     <p>Lejos de esta visi&oacute;n, Theodor Adorno se refiere asimismo a la civilidad en un pasaje de su texto <i>M&iacute;nima Moralia </i>dedicado al an&aacute;lisis del <i>tacto</i>. All&iacute; dice que la <i>civilidad </i>tiene un momento hist&oacute;rico &uacute;nico, aquel en el que la burgues&iacute;a se libera de las trabas del <i>Ancien R&eacute;gime</i>, y en el cual las convenciones que pesaban sobre el individuo estaban debilitadas pero a&uacute;n no hab&iacute;an desaparecido. Emerge entonces una nueva forma de individualidad que se perder&aacute; m&aacute;s tarde bajo el efecto del crecimiento del individualismo burgu&eacute;s. La <i>civilidad </i>se expresaba, entonces, en la dimensi&oacute;n trivial de la sociabilidad cotidiana, por la capacidad de relacionarse con el otro de forma plena y con respeto. Se trata, para Adorno, de un &#39;momento&#39; de pasaje y de emergencia de un nuevo escenario de contactos sociales a&uacute;n demarcados por las convenciones sociales del r&eacute;gimen anterior pero no subordinados a ellas; de jerarqu&iacute;as que sucumben y de convenciones cuya coherencia es puesta a prueba por las nuevas relaciones sociales (Adorno 1980: 32). </p>     <p>Es tambi&eacute;n el escenario de relaciones sociales propias del mundo industrial que corren el riesgo de volverse in-humanas. La llamada &quot;dial&eacute;ctica del <i>tacto</i>&quot;o la <i>civilidad </i>es reveladora de una forma de individualidad que pod&iacute;a actuar modelando su conducta respecto del otro, reteni&eacute;ndose, aun autolimit&aacute;ndose. Forma de actuar que se asentaba en un juicio de cada cual sobre los l&iacute;mites hasta donde se puede llegar y que era coincidente con el desarrollo de una individualidad aut&oacute;noma, como indicamos, no ya circunscrita a las maneras sociales del pasado. Esta dial&eacute;ctica original de la <i>civilidad </i>sucede en un momento y se va desgastando a medida que sus modalidades espec&iacute;ficas se van emancipando y pier-den las referencias concretas y se vuelven abstractas, remotas (e injustas). Se pierde, entonces, y en un sentido profundo tanto social como subjetivo, la capacidad consciente del individuo de renunciar a ciertos actos en nombre del respeto y la dignidad del otro, para dar lugar al individualismo m&aacute;s absoluto. </p>     <p>&iquest;Qu&eacute; significado tiene hoy esta dial&eacute;ctica de la <i>civilidad</i>? Primeramente, se&ntilde;alemos que el an&aacute;lisis de Adorno nos remite a la necesaria y nunca acabada reconciliaci&oacute;n de las diferencias dentro del cuerpo social (dir&iacute;amos hoy, en lenguaje menos hegeliano, del &quot;reconocimiento&quot; de las diferencias), y a las barreras requeridas por la misma vida social en el trato con los otros, en un momento en que todo pod&iacute;a disolverse en la <i>barbarie</i>. Destacaba as&iacute;, el mencionado autor, el establecimiento de v&iacute;nculos, m&aacute;s que de rupturas, en el momento de formaci&oacute;n de la sociedad civil burguesa.A partir de estas reflexiones de Adorno, el fil&oacute;sofo brasile&ntilde;o Gabriel Cohn (2003: 15) vinculaba la <i>civilidad </i>a la pol&iacute;tica entendida como proceso continuo y nunca acabado de construcci&oacute;n de un orden p&uacute;blico, marcado siempre por el conflicto, que requiere de esta dial&eacute;ctica de la <i>civilidad </i>como un recurso frente a un individualismo exacerbado y dominante. Convenimos con el autor en que el individualismo extremo que caracteriza la atm&oacute;sfera social actual se distingue de sus anteriores expresiones por la p&eacute;rdida de sentido de lo que se puede y lo que no se puede, y especialmente, por la &quot;indiferencia&quot;, el vac&iacute;o y la injusticia hacia el otro y hacia s&iacute; mismo. Frente a estas formas de <i>barbarie</i>, acordes con la fragmentaci&oacute;n social surgida de la misma transformaci&oacute;n hist&oacute;rica, la <i>civilidad </i>da cuenta de otra expresi&oacute;n de la individualidad cuya relaci&oacute;n de respeto por el otro puede ser, a la vez, expresi&oacute;n de su autonom&iacute;a y su singularidad. El uso de este concepto en el contexto de fragmentaci&oacute;n actual tiene, para el autor, no s&oacute;lo una funci&oacute;n cr&iacute;tica de mostrar la p&eacute;rdida del reconocimiento del otro en la vida social y la denuncia de la indiferencia como una nueva <i>barbarie</i>. La <i>civilidad </i>tambi&eacute;n aparece positivamente en tanto tarea pol&iacute;tica vinculada a la pr&aacute;ctica ciudadana. </p>     <p>En segundo lugar, una dimensi&oacute;n pol&iacute;tica de la <i>civilidad </i>surge en relaci&oacute;n con el sentido contempor&aacute;neo de la <i>emancipaci&oacute;n</i>. Digamos sucintamente que la emancipaci&oacute;n no tiene hoy ni el sentido que le imprimi&oacute; la Ilustraci&oacute;n -&quot;salida de la minor&iacute;a de edad&quot;, en la formulaci&oacute;n kantiana, y por lo tanto, de autonom&iacute;a de la persona, que pon&iacute;a fin a la tutela y al dogmatismo- ni tampoco -perdidas las esperanzas de la revoluci&oacute;n proletariael sentido de realizaci&oacute;n de la libertad subjetiva al t&eacute;rmino de la dominaci&oacute;n de clases. La figura de la <i>emancipaci&oacute;n </i>se vincula hoy al sentido y el destino de la pol&iacute;tica democr&aacute;tica.Volviendo al planteo de Eti&egrave;nne Balibar, &eacute;l se remite a tres conceptos para pensar de modo cr&iacute;tico la pol&iacute;tica democr&aacute;tica. La <i>emancipaci&oacute;n </i>o la conquista colectiva de los derechos fundamentales, la <i>transformaci&oacute;n </i>social de las estructuras de dominaci&oacute;n y de las relaciones de poder y, finalmente, la <i>civilidad </i>o &quot;la producci&oacute;n de las condiciones mismas de posibilidad de la acci&oacute;n pol&iacute;tica (su espacio y su tiempo) mediante la reducci&oacute;n de for-mas de violencia extrema que impiden el reconocimiento,la comunicaci&oacute;n y la regulaci&oacute;n de los conflictos entre los actores&quot; (Balibar 2001: 184). Nos reenv&iacute;a, entonces, a una articulaci&oacute;n necesaria entre ciudadan&iacute;a y civilidad, dado que la falta de reconocimiento, la marginaci&oacute;n o la &#39;desafiliaci&oacute;n&#39; generan condiciones de vida que podr&iacute;amos calificar de &#39;infra&#39; humanidad, inhibiendo la acci&oacute;n y el mismo proceso de subjetivaci&oacute;n pol&iacute;tica, situaci&oacute;n que se mantiene m&aacute;s o menos oculta en el marco de los reg&iacute;menes democr&aacute;ticos. </p>     <p>Desarrollando brevemente estas figuras conceptuales, Balibar alude, con <i>emancipaci&oacute;n</i>, en primer lugar, a la autonom&iacute;a de lo pol&iacute;tico, entendido como un fin en s&iacute; mismo y no como forma de lo social (es la pol&iacute;tica la que genera las condiciones de apertura y de reproducci&oacute;n de la vida social). Sin embargo, por autonom&iacute;a no debe entenderse la referencia a la separaci&oacute;n de la esfera del poder y de las instituciones, sino al principio, declarado o no, que establece que la comunidad pol&iacute;tica -el pueblo, la naci&oacute;n, el Estado, o la comunidad internacional- no puede existir como tal ni gobernarse mientras est&eacute; fundada sobre la sujeci&oacute;n de sus miembros a una autoridad natural o trascendente, bajo la instituci&oacute;n de la coacci&oacute;n y de la discriminaci&oacute;n. La pol&iacute;tica es, para Balibar,&quot;el desarrollo de la autodeterminaci&oacute;n del pueblo, que se constituye por y en el establecimiento de sus derechos&quot; (Balibar 1997: 22). En segundo lugar, el autor alude, con las <i>transformaciones estructurales, </i>al aspecto &#39;heter&oacute;nomo&#39; de la pol&iacute;tica. Tema ciertamente marxista, que reenv&iacute;a a las condiciones que ope-ran sobre la pol&iacute;tica, determin&aacute;ndola. Sobre este punto, si bien podemos seguir afirmando que los hombres hacen la historia en condiciones determinadas, debemos reconocer que esa relaci&oacute;n est&aacute; actualmente plagada de tensiones y estrechamente intrincada con lo pol&iacute;tico. No podemos, por lo tanto, sostener un &uacute;nico modelo de pol&iacute;tica &#39;bajo condiciones&#39;. Entre los determinantes de la pol&iacute;tica podemos considerar tanto las condiciones materiales (con consecuencias pr&aacute;cticas opuestas) como las estructuras culturales, simb&oacute;licas, o bien, como lo ha hecho Foucault con sus ideas de &quot;sociedad disciplinaria&quot;, de &quot;micropoder&quot; o de &quot;gubernamentalidad&quot;, remitir el cuestionamiento de las relaciones de poder a una acci&oacute;n pol&iacute;tica inherente a toda existencia social. En todos los casos, el proceso de <i>transformaci&oacute;n </i>de las estructuras supone tensiones y apor&iacute;as, puesto que las <i>trasformaciones </i>requieren de subjetivaci&oacute;n y de &quot;pol&iacute;tica&quot; (Balibar 1997: 30). Por &uacute;ltimo, con el concepto de <i>civilidad</i>, Balibar alude a la &quot;heteronom&iacute;a de la heteronom&iacute;a&quot;, con el que se aproxima a la pol&iacute;tica que toma por objeto la violencia en sus figuras contempor&aacute;neas, la violencia sist&eacute;mica (que hace sistema entre diversas acciones destructivas) con la que se trata a las &quot;poblaciones excedentes&quot; del sistema capitalista mundializado, por una parte, y las formas de violencia &quot;privadas&quot;, ultrasubjetivas, que rozan la delincuencia o expresan un odio social naturalizado, que no encaran ninguna trasformaci&oacute;n, por la otra. Es, entonces, en el seno de las paradojas de la pol&iacute;tica democr&aacute;tica que cobra un nuevo senti-do el uso de la <i>civilidad</i>, ya que es en esta conjunci&oacute;n que se da la posibilidad o im-posibilidad de la pol&iacute;tica. &quot;Una tal violencia es, entonces, la materia a la vez de la pol&iacute;tica y de la historia, ella deviene tendencialmente una condici&oacute;n <i>permanente </i>de su desarrollo (al menos en el sentido de que no es cuesti&oacute;n de salirse de ella), y sin embargo, marca el l&iacute;mite de las acciones rec&iacute;procas, del pasaje de la pol&iacute;tica al campo de la historicidad y de las condiciones hist&oacute;ricas al alcance de la pol&iacute;tica&quot; (Balibar 1997: 44). Tanto desde un punto de vista &eacute;tico como desde una l&oacute;gica, estas formas de la violencia, que representan un l&iacute;mite y bloqueo a las posibilidades de la emancipaci&oacute;n, requieren, asimismo, de una pol&iacute;tica de reconocimiento que se implique en las realidades de estos seres &quot;sin derechos&quot; y en el l&iacute;mite de su poder. </p>     <p>La condici&oacute;n de &quot;sin derechos&quot; est&aacute; lejos de ser hoy un fen&oacute;meno excepcional; por el contrario, se reproduce en formas renovadas, poniendo en cuesti&oacute;n el car&aacute;cter de las democracias y el sistema de derechos.As&iacute;,no es s&oacute;lo el caso dram&aacute;tico de los &quot;migrantes indocumentados&quot; (personas que, escapando de guerras y exterminios varios, abandonan masivamente sus naciones, constituyendo la figura m&aacute;s conmovedora de la desolaci&oacute;n) sino tambi&eacute;n de aquellos que han ca&iacute;do en la pobreza extrema como efecto de crisis econ&oacute;micas sucesivas, en la marginaci&oacute;n social por efecto de la desocupaci&oacute;n o de la flexibilizaci&oacute;n del mundo del trabajo, y se constituyen, tambi&eacute;n, en figuras de la <i>nudidad</i>. Podemos poner como ejemplo &quot;la territorializaci&oacute;n de los sectores pobres&quot;<Sup><a href="#n2">2</a></Sup>, es decir, la definici&oacute;n de las poblaciones de riesgo a partir de su localizaci&oacute;n, que acerca a estos sectores sociales a una posici&oacute;n de objeto m&aacute;s que de sujeto, hacia los cuales el gobierno dirige acciones propias de la gesti&oacute;n de las poblaciones y no de <i>distribuci&oacute;n </i>de bienes sociales, o de reconocimiento de los derechos seg&uacute;n los principios de justicia. </p>     <p><b>&iquest;Qu&eacute; derecho a los derechos? </b></p>     <p>Hannah Arendt, en los cap&iacute;tulos finales de <i>Los or&iacute;genes del totalitarismo </i>(1994: 378), dedicados al imperialismo, ya hab&iacute;a puesto en el centro de la reflexi&oacute;n pol&iacute;tica las figuras del <i>ap&aacute;trida</i>, individuo desnacionalizado en Europa entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y del <i>refugiado</i>, aquel que ha debido abandonar su pa&iacute;s a causa de guerras o pol&iacute;ticas de exterminio. Estos hombres y mujeres sin Estado, en un mundo donde rigen las formas pol&iacute;ticas del Estado-naci&oacute;n, son la encarnaci&oacute;n de los &quot;sin derechos&quot;. Para Arendt, la presencia de esta masa de sujetos desnacionalizados invierte la relaci&oacute;n a los derechos contenida en la Declaraci&oacute;n de los Derechos del Hombre y del Ciudadano<Sup><a href="#n3">3</a></Sup>. En efecto, la situaci&oacute;n del <i>ap&aacute;trida </i>y del <i>refugiado </i>le permite mostrar que la condici&oacute;n de sujeto de derecho est&aacute; sustentada en la pertenencia a un Estado y que, por lo mismo, junto con la p&eacute;rdida de la identidad pol&iacute;tica, es la condici&oacute;n humana misma la que est&aacute; en riesgo, aunque esos individuos sean objeto de pol&iacute;ticas humanitarias. La p&eacute;rdida del entramado social en el que estos seres hab&iacute;an nacido, y la imposibilidad de hallar uno nuevo, la p&eacute;rdida de la protecci&oacute;n de su gobierno y del <i>status </i>legal en su pa&iacute;s, y, consecuentemente, en otros, los convierten en el <i>hombre desnudo</i>, nueva condici&oacute;n paradojal representada por estos sujetos reducidos a una existencia meramente natural, donde literalmente &quot;no hay derechos&quot;. Para Arendt, esta situaci&oacute;n ilustraba las perplejidades inherentes al concepto de derechos humanos, pensados precisamente como derechos pertenecientes a la condici&oacute;n humana:&quot;El mundo no hall&oacute; nada sagrado en la abstracta desnudez del ser humano&quot;<Sup><a href="#n4">4</a></Sup>. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Dos cosas son importantes de rescatar en esta ya consagrada argumentaci&oacute;n. En primer lugar, Arendt pone en el centro de la reflexi&oacute;n sobre la ciudadan&iacute;a y el r&eacute;gimen pol&iacute;tico la situaci&oacute;n de <i>exclusi&oacute;n</i>, tanto de la nacionalidad como de la distribuci&oacute;n de bienes materiales y simb&oacute;licos de supervivencia. Recordemos tambi&eacute;n aqu&iacute; que, para Michael Walzer (1993: 45), la pertenencia a la comunidad pol&iacute;tica (los Estados&ndash;naci&oacute;n modernos) es el primer bien a distribuir, y que las dem&aacute;s esferas de la justicia quedan comprendidas en esa l&oacute;gica primera. As&iacute;, cuando se trata de reconocer o asignar la ciudadan&iacute;a, tambi&eacute;n se trata de reconocer y asignar las condiciones de posibilidad de la supervivencia de hombres, en tanto seres humanos. Entonces, si te&oacute;ricamente los derechos humanos hab&iacute;an constituido un l&iacute;mite, universalmente reconocido, a los excesos de la pol&iacute;tica sobre el derecho, la experiencia crucial de los totalitarismos y los imperialismos contempor&aacute;neos invierte esa relaci&oacute;n, colocando la pertenencia a la ciudadan&iacute;a como base del reconocimiento de los derechos humanos m&aacute;s elementales. De all&iacute; la fuerza de la expresi&oacute;n &quot;derecho a tener derechos&quot;. Cuando un grupo se halla desnacionalizado, su ciudadan&iacute;a es negada, es colocado en condici&oacute;n de inferioridad, minor&iacute;a o discriminaci&oacute;n, son estos derechos elementales los que est&aacute;n amenazados por una violencia extrema, de la que resulta la divisi&oacute;n en sujetos &quot;humanos e infrahumanos&quot;. Condenados por la p&eacute;rdida de la subjetividad pol&iacute;tica, estos seres humanos pasan a engrosar la cuenta de &quot;los que no cuentan&quot;, seg&uacute;n la conocida expresi&oacute;n de Jacques Ranci&egrave;re. </p>     <p>La segunda reflexi&oacute;n apunta a revelar que los derechos humanos no constituyen un horizonte humanista de justicia y de verdad,o,en todo caso,que no es desde la apelaci&oacute;n a ese horizonte universal que se detendr&aacute; la violencia, sino que s&oacute;lo la resoluci&oacute;n de las situaciones de exclusi&oacute;n est&aacute; en el origen de una refundaci&oacute;n de la esfera p&uacute;blica y de una acci&oacute;n pol&iacute;tica que se distinga de una gesti&oacute;n instrumental de los conflictos de las poblaciones. &quot;El derecho a tener derechos&quot; apunta, entonces, a una transformaci&oacute;n activa de los procesos de <i>exclusi&oacute;n </i>en procesos de <i>inclusi&oacute;n</i>.Vemos aqu&iacute; una diferencia importante respecto de algunas interpretaciones contempor&aacute;neas de los derechos humanos, que identifican la transformaci&oacute;n social con el avance de esta esfera normativa. Contrariamente a esta posici&oacute;n, la idea del &quot;derecho a tener derechos&quot; pone en cuesti&oacute;n la l&oacute;gica formalista de los derechos y lleva,m&aacute;s bien,a mirar que los reclamos de los &quot;sin derechos&quot; son expresi&oacute;n directa de la din&aacute;mica de creaci&oacute;n de derechos. En este sentido, la experiencia latinoamericana es distintiva en for-mas de lucha frente a la exclusi&oacute;n, emprendida por las comunidades ind&iacute;genas, los desempleados y las comunidades que han visto cerrarse sus mundos de vida a causa de las crisis econ&oacute;micas. Muy significativamente, las luchas de los organismos de derechos humanos en Argentina han sido paradigm&aacute;ticas en ese efecto de iniciar una din&aacute;mica de los derechos y de apertura del espacio de la pol&iacute;tica democr&aacute;tica. </p>     <p>Precisamente, la pol&iacute;tica democr&aacute;tica supone acciones que generen condiciones de inclusi&oacute;n de los excluidos. Al respecto, dice Ranci&egrave;re: &quot;La democracia no es el r&eacute;gimen parlamentario o el Estado de Derecho. Ella no es tampoco un estado de lo social, o el reino del individualismo, ni aquel de las masas. La democracia es, en general, el modo de subjetivaci&oacute;n de la pol&iacute;tica, si por pol&iacute;tica entendemos otra cosa que la organizaci&oacute;n de los cuerpos en comunidad y la gesti&oacute;n de lugares, poderes y funciones&quot; (Ranci&egrave;re 1995: 139). As&iacute;, la pol&iacute;tica, entendida en t&eacute;rminos de emancipaci&oacute;n humana, se conjuga con la <i>civilidad </i>como producci&oacute;n de condiciones para la inclusi&oacute;n y el reconocimiento. Una consecuencia de esto es que no podemos considerar la <i>civilidad </i>como una intervenci&oacute;n &quot;desde arriba&quot; (se tratar&iacute;a, m&aacute;s bien, de civilizaci&oacute;n), ni puede ser fruto de una actividad pedag&oacute;gica, sino que es la acci&oacute;n misma del pueblo en la lucha por sus derechos, la que da lugar a una invenci&oacute;n de formas de convivencia y de igualdad. La idea ser&iacute;a, entonces, recuperar esa dimensi&oacute;n de los v&iacute;nculos sociales en la perspectiva de una pol&iacute;tica emancipatoria. Reinscribir la <i>civilidad </i>en este contexto nos hace pensar, no tanto en la imagen de una sociedad reconciliada, o en comportamientos individuales de un sujeto sobre s&iacute; mismo, im&aacute;genes que se corresponden con la naciente sociedad civil burguesa, sino en acciones colectivas, en invenciones colectivas a trav&eacute;s de las cuales &quot;el pueblo se &#39;hace&#39; a s&iacute; mismo, al mismo tiempo que los individuos que lo constituyen se confieren mutuamente los derechos fundamentales&quot; (Balibar 1997: 22). Si consideramos la pol&iacute;tica como <i>emancipaci&oacute;n</i>, su forma es el derecho universal a la pol&iacute;tica,condici&oacute;n que Arendt hab&iacute;a formulado como &quot;derecho a tener derechos&quot;, y su contenido son los derechos de la persona, que se conquistan colectivamente. </p>     <p><b>Los derechos y la pol&iacute;tica democr&aacute;tica </b></p>     <p>Volvemos, entonces, a confrontarnos con la esfera del derecho y de su vinculaci&oacute;n con la pol&iacute;tica. &iquest;El &quot;derecho a los derechos&quot; puede ser reconocido de otro modo que como un ideal a alcanzar? La consagraci&oacute;n de los derechos humanos es, seguramente, el acontecimiento ideol&oacute;gico y pol&iacute;tico mayor de los &uacute;ltimos veinte a&ntilde;os. Consagraci&oacute;n que resume el triunfo de las democracias, condensa las transformaciones que han acompa&ntilde;ado la penetraci&oacute;n de sus principios y abre nuevos interrogantes.En efecto,luego de haber sido ignorados o criticados por su &quot;abstracci&oacute;n&quot; (en este punto, la cr&iacute;tica de Marx a los Derechos del Hombre como encubrimiento de las desigualdades sociales coincide con el discurso conservador de Burke) o simplemente dejados de lado como un accesorio de poco uso, la esfera de los derechos ha cobrado, en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas, una centralidad y una fuerte identificaci&oacute;n con el avance de la democracia, conformando un elemento distintivo de la sociedad democr&aacute;tica frente a los diversos totalitarismos vividos a lo largo de la historia contempor&aacute;nea. </p>     <p>Para ubicar un momento clave de este retorno del discurso de los derechos en las d&eacute;cadas precedentes, podemos mencionar el debate en torno al sentido de la declaraci&oacute;n de los <i>Derechos del Hombre y del Ciudadano,</i> organizado por la revista <i>Esprit</i>, en los a&ntilde;os 70, en Francia. Motivada por la necesidad de dar una respuesta ante las experiencias totalitarias de los pa&iacute;ses de la &oacute;rbita sovi&eacute;tica, la serie de art&iacute;culos de Claude Lefort, Marcel Gauchet y Pierre Thibaud aport&oacute; los principales ejes del debate en aquellos a&ntilde;os. Fue, precisamente, Lefort quien contribuy&oacute; con sus argumentos -ampliamente difundidos, asimismo, en nuestro medio- a legitimar su pretensi&oacute;n democr&aacute;tica, al mostrar c&oacute;mo, contra la lectura realizada por Marx en <i>La cuesti&oacute;n jud&iacute;a</i>,la Declaraci&oacute;n de los Derechos del Hombre es irreducible al esp&iacute;ritu burgu&eacute;s y c&oacute;mo, por el contrario, los derechos humanos pueden reconocerse como &quot;constitutivos del espacio democr&aacute;tico&quot; (Lefort 1990: 29). En el nuevo contexto mundial, desgajados de la dimensi&oacute;n ideol&oacute;gica a la que hab&iacute;an sido reducidos por la lectura marxista, los derechos humanos recuperaban su juventud y volv&iacute;an a ser, como en su momento fundacional, la garant&iacute;a de las libertades frente a los poderes arbitrarios del Estado. No tenemos posibilidades aqu&iacute; de sacar todas las consecuencias de ese debate, pero s&iacute; digamos que dej&oacute; establecida la importancia de la autonom&iacute;a de la ley frente a cualquier poder social o pol&iacute;tico, y de la esfera de los derechos como pieza clave de la construcci&oacute;n democr&aacute;tica. Hemos se&ntilde;alado anterior-mente que esa centralidad de la esfera de los derechos en la sociedad democr&aacute;tica qued&oacute; refrendada en Argentina, por la acci&oacute;n de los movimientos de defensa de los derechos humanos y su definitiva intervenci&oacute;n en la apertura de un espacio p&uacute;blico democr&aacute;tico, durante la &uacute;ltima dictadura militar. En los primeros a&ntilde;os del restablecimiento de la democracia, los derechos humanos conformaron un horizonte de sentido que nucle&oacute; las fuerzas sociales y pol&iacute;ticas en la formaci&oacute;n del nuevo orden, y constituyeron la base principal del cuestionamiento de los reg&iacute;menes no democr&aacute;ticos en Am&eacute;rica Latina (Cheresky 1992). </p>     <p>&iquest;Pero significa esto que los derechos humanos constituyen una pol&iacute;tica? O, por el contrario, como fue sostenido por Marcel Gauchet, en su art&iacute;culo &quot;Los derechos del hombre no son una pol&iacute;tica&quot; (2004), la defensa de los derechos revela la impotencia de la pol&iacute;tica para la transformaci&oacute;n social, sintetizando en ese t&iacute;tulo su idea de que los derechos humanos no bastaban para definir una pol&iacute;tica y que, a&uacute;n m&aacute;s, su entronizaci&oacute;n se volv&iacute;a una dificultad para la pol&iacute;tica. Este autor (que vuelve sobre el tema en un reciente art&iacute;culo titulado &quot;Cuando los derechos del hombre devienen una pol&iacute;tica&quot;, <i>Le D&eacute;bat</i>, mayo-agosto de 2000) muestra algunas ambig&uuml;edades de ese discurso, como su coincidencia con el realineamiento de los pol&iacute;ticos y acad&eacute;micos en torno a los valores de la democracia representativa, o la adecuaci&oacute;n de este discurso -con su propia l&oacute;gica- como un elemento esencial de la composici&oacute;n de la sociedad de la informaci&oacute;n y de las redes econ&oacute;micas. </p>     <p>Sin restar la importancia que tiene el discurso de los derechos humanos en las democracias contempor&aacute;neas, el auge del discurso jur&iacute;dico y la inflaci&oacute;n de la esfera jur&iacute;dica y de las apelaciones al Estado de Derecho en las democracias liberales merecen, sin duda, que nos detengamos en el an&aacute;lisis de sus tensiones. Efectivamente, muchas argumentaciones retoman la idea del individuo aut&oacute;nomo propio del liberalismo, al mantener el mismo grado de abstracci&oacute;n y ahistoricidad, anteriormente criticado. Se difunde as&iacute; un discurso del derecho que convive con el incremento de las zonas fuera del derecho (para&iacute;sos fiscales, por ejemplo), con las figuras de los &quot;sin derechos&quot; (excluidos, ciudadanos pobres, marginales), que deber&iacute;an ser su misma negaci&oacute;n. Pero en el discurso &uacute;nico de una humanidad global, que orienta la pol&iacute;tica hegem&oacute;nica, todo queda formando parte de la misma constelaci&oacute;n. Por el contrario, las figuras contempor&aacute;neas de los &quot;sin derechos&quot; dan cuenta, no solamente de los l&iacute;mites de todo sistema jur&iacute;dico, sino tambi&eacute;n de la dif&iacute;cil negociaci&oacute;n entre el derecho y los dem&aacute;s &oacute;rdenes que rigen la vida de los individuos y de la sociedad: el orden econ&oacute;mico, el tecnocient&iacute;fico, el moral, o el pol&iacute;tico. Entonces, en oposici&oacute;n a lo que en un sistema formal ser&iacute;a un contrasentido -ya que no hay sujetos sin derechos-, &eacute;sta es una realidad que deja al desnudo las tensiones y la mutua crisis de estos &oacute;rdenes, que repercute sobre la vida de las personas. Aqu&iacute; residen, a nuestro entender, algunas de las limitaciones de los enfoques de la ciencia pol&iacute;tica que se fundan en la idea de un <i>status </i>de derechos, a partir del cual distinguen la esfera formal de los derechos de las condiciones de su ejercicio. Al respecto, citamos a David Held: &quot;Tratar el dominio de los derechos es tratar tanto de los derechos que los ciudadanos gozan formalmente, como de las condiciones bajo las cuales los derechos se realizan o se hacen valer efectivamente. Este &#39;doble enfoque&#39; permite captar los grados de autonom&iacute;a, interdependencia y restricciones que afrontan los ciudadanos en su sociedad&quot; (Held 1997: 55). Esta descripci&oacute;n del dominio del derecho mantiene la diferencia entre forma y contenido, que reproduce el horizonte de los derechos como ideal regulador, ante el cual aparecen los <i>d&eacute;ficits </i>de ciudadan&iacute;a. </p>     <p>Por el contrario, podemos interrogarnos si la defensa de los derechos no pasa m&aacute;s bien por los actos que cuestionan la naturalizaci&oacute;n del reparto social ya establecido. &iquest;Ese primordial &quot;derecho a tener derechos&quot; no supone la inclusi&oacute;n de los que est&aacute;n excluidos? &iquest;Y la democracia no es -como quiere Ranci&egrave;re- un dispositivo de subjetivaci&oacute;n pol&iacute;tica y, por tanto, de la igualdad? &iquest;No se define y redefine en estas acciones el sentido de ser ciudadano? Retomando la argumentaci&oacute;n de Arendt, la experiencia del totalitarismo hab&iacute;a dejado al descubierto que la concepci&oacute;n de los derechos humanos, basada en la existencia del ser humano como tal, se hab&iacute;a quebrado frente a la realidad de personas que hab&iacute;an perdido todas las cualidades y relaciones espec&iacute;ficas (su lugar en el mundo, la protecci&oacute;n de su gobierno), concluyendo que,&quot;a la vista de las condiciones pol&iacute;ticas objetivas es dif&iacute;cil se&ntilde;alar c&oacute;mo podr&iacute;an haber hallado una soluci&oacute;n al problema los conceptos del hombre en que se hab&iacute;an basado los derechos humanos&quot; (1994: 379). Si los derechos humanos reconoc&iacute;an un conjunto de caracter&iacute;sticas generales de la condici&oacute;n humana que ning&uacute;n tirano pod&iacute;a arrebatar, la calamidad de ese momento hist&oacute;rico fundamental para la historia de lo pol&iacute;tico cobraba el significado de quedar arrojado fuera de la humanidad. Con sentido premonitorio, se&ntilde;ala Arendt que el peligro estribaba en que &quot;una civilizaci&oacute;n global e interrelacionada universalmente pueda producir <i>b&aacute;rbaros </i>en su propio medio, obligando a millones de personas a llegar a condiciones que, a pesar de todas las apariencias, son las condiciones de los salvajes&quot; (1994: 328). </p>     <p>Volvamos, entonces, a la consideraci&oacute;n de la ciudadan&iacute;a, no como un <i>status </i>de derechos sino teniendo en cuenta el car&aacute;cter incondicional de lo pol&iacute;tico definido por el &quot;derecho a tener derechos&quot;. Quiero hacer una &uacute;ltima referencia alrededor del t&eacute;rmino <i>egalibert&eacute; </i>forjado por Eti&egrave;nne Balibar (Balibar 1992: 134), para expresar una tesis sobre la imbricaci&oacute;n de los principios democr&aacute;ticos de libertad e igualdad, y aportar una interpretaci&oacute;n de la Declaraci&oacute;n de 1789.Vale recordar con el autor que, en la Revoluci&oacute;n, las dos palabras vienen del hecho de que los revolucionarios se bat&iacute;an contra el absolutismo -negaci&oacute;n de la libertad- y contra los privilegios de una sociedad fundada sobre la desigualdad de sus miembros. No cabr&iacute;a considerar esta unidad de los dos t&eacute;rminos como dos esencias cuya identidad de naturalezas buscamos. En realidad -subraya Bali-bar-, la <i>egalibertad </i>es un descubrimiento hist&oacute;rico, emp&iacute;rico: &quot;Constatamos que sus extensiones son id&eacute;nticas o aun que las condiciones, de hecho, de la libertad son aquellas de la igualdad, y <i>viceversa</i>. Esa identidad de la libertad y la igualdad significa que ambas son contradichas juntas&quot; (1992: 136). De modo que la expresi&oacute;n <i>egalibertad </i>es la negaci&oacute;n de la idea seg&uacute;n la cual, la libertad encarnada en los derechos pol&iacute;ticos podr&iacute;a progresar dejando subsistir las desigualdades. Aun cuando los procesos hist&oacute;ricos de progreso o declinaci&oacute;n de la libertad y de la igualdad no son lineales, sino que, por el contrario, tienen un ritmo a veces r&aacute;pido, a veces lento,no hay ejemplos donde una vaya sin la otra.En una nueva lectura de la Declaraci&oacute;n de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, Balibar rescata en ella el principio &quot;insurreccional&quot; del derecho universal a la pol&iacute;tica, que es portador de la exigencia infinita de su realizaci&oacute;n en la historia. As&iacute;, &quot;el derecho a tener derechos&quot; abre una esfera indefinida de politizaci&oacute;n y de reivindicaci&oacute;n de los derechos que reiteran, cada uno a su modo, la exigencia de una ciudadan&iacute;a o de una inscripci&oacute;n institucional, p&uacute;blica, de la libertad y la igualdad. La idea de &quot;derecho a tener derechos&quot; es inseparable de toda construcci&oacute;n constitucional de la democracia, y sobre ella se puede volver para recuperar la fuerza instituyente de los derechos.&quot;La ciudadan&iacute;a moderna, en tanto derecho universal a la pol&iacute;tica, principio a la vez &eacute;tico y jur&iacute;dico, procede de la declaraci&oacute;n insurreccional contenida en la declaraci&oacute;n de 1789 (a la que le doy el nombre de proposici&oacute;n de <i>egalibertad</i>) y puede ser reconducida a esa radicalidad inicial, en desmedro de su restricci&oacute;n burguesa y su imbricaci&oacute;n con la propiedad&quot; (1992: 136). </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Reflexiones finales </b></p>     <p>Para finalizar, quiero retomar algunas ideas que constituyen el punto de partida de futuros an&aacute;lisis sobre las condiciones de posibilidad de nuestras democracias latinoamericanas. </p>     <p>Primeramente, hemos afirmado que la articulaci&oacute;n de <i>ciudadan&iacute;a </i>y <i>civilidad </i>no puede comprenderse como un requerimiento de valores c&iacute;vicos y de su expansi&oacute;n en la sociedad civil. Efectivamente, los valores c&iacute;vicos contribuyen al afianzamiento de la vida democr&aacute;tica, pero no bastan, puesto que corren con el supuesto de la posibilidad de una vida social armoniosa y no eluden la tensi&oacute;n existente desde siempre en el pensamiento republicano entre un pueblo ideal y el pueblo real, inadecuado a su concepto. La <i>civilidad </i>implica, m&aacute;s bien, la invenci&oacute;n de pr&aacute;cticas de reconocimiento e inclusi&oacute;n de aquellos que son excluidos en el actual reparto social y pol&iacute;tico, entendiendo que s&oacute;lo as&iacute; es posible la apertura de lo pol&iacute;tico. Por eso, vinculada a una pol&iacute;tica de emancipaci&oacute;n, la <i>civilidad </i>es tambi&eacute;n un freno a la violencia, que muchas veces es el obst&aacute;culo mayor de la relaci&oacute;n del pueblo consigo mismo. Si la <i>civilidad </i>signific&oacute;, en alg&uacute;n momento, una autolimitaci&oacute;n del sujeto en su relaci&oacute;n con los otros, hoy se trata, m&aacute;s bien, de una acci&oacute;n colectiva del pueblo sobre s&iacute; mismo. En segundo lugar, la esfera del derecho, tan valorizada en la actualidad, es una dimensi&oacute;n clave en las sociedades democr&aacute;ticas, pero es tambi&eacute;n una zona de conflicto entre diversos &oacute;rdenes de lo social. En ese sentido, el derecho tiene un aspecto normativo y, asimismo, uno descriptivo, del que depende frecuentemente el primero. El estar <i>dentro </i>o <i>fuera </i>del derecho supone interpretaciones en las que el derecho mantiene una relaci&oacute;n compleja con la fuerza. La esfera del derecho es un instrumento del reconocimiento, pero no podemos dejar de lado la consideraci&oacute;n de aquellas acciones y luchas por la inclusi&oacute;n, aunque &eacute;stas generen conflicto de derechos. Se plantea as&iacute;, sin duda, un escenario de conflicto que no cabr&iacute;a reducir a la incivilidad. No podr&iacute;amos reducir lo pol&iacute;tico al consenso y a la armoniosa y racional toma de decisiones, porque la pol&iacute;tica est&aacute; constituida por esa lucha incesante por la participaci&oacute;n de los &quot;sin parte&quot;. La lucha de los &quot;sin derechos&quot; tiene hoy el signo de la subjetivaci&oacute;n pol&iacute;tica (las luchas efectivas emprendidas por la demanda de reconocimiento del derecho a la vida, a la inclusi&oacute;n en el reparto de bienes materiales que permiten la supervivencia; o a la inclusi&oacute;n en los derechos de ciudadan&iacute;a). </p>     <p>Finalmente, &iquest;esa exigencia de <i>civilidad </i>puede plantearse de otro modo que como una tarea democr&aacute;tica? Creemos que no. La democracia representa tambi&eacute;n la tarea continua de refundaci&oacute;n de ese espacio de lo pol&iacute;tico, tanto dentro de los l&iacute;mites de la soberan&iacute;a estatal como en el &aacute;mbito que se abre en la relaci&oacute;n entre las naciones. Responder al derecho de todo hombre de tener un lugar d&oacute;nde poder llevar a cabo su vida puede ser, entonces, un sentido de la utop&iacute;a democr&aacute;tica, entendida como <i>eu-top&iacute;a </i>(buen-lugar), m&aacute;s que como <i>u-top&iacute;a </i>(no-lugar). </p> <hr size="1">     <p><b>Comentarios</b></p>     <p><a name="n1">1</a> Es interesante el deslizamiento de sentidos entre <i>civilidad </i>y <i>civismo</i>, puesto que las actitudes c&iacute;vicas -que se corresponden con las nuevas relaciones sociales fundadas en el contrato- son, a su vez, formas culturales que corresponden a un sector social, constituyendo un nudo problem&aacute;tico de la construcci&oacute;n republicana del orden pol&iacute;tico. Respecto de las tensiones entre la dimensi&oacute;n social y pol&iacute;tica de la civilidad en el momento fundacional de la Rep&uacute;blica en Argentina, remitimos a nuestro trabajo <i>Ciudadan&iacute;a y filosof&iacute;as de la naci&oacute;n. Sarmiento y la naci&oacute;n c&iacute;vica</i>,Tesis doctoral Universit&eacute; Paris 8, 2005. </p>     <p><a name="n2">2</a> Remitimos al ya mencionado estudio de Denis Merklen, aunque el autor mira la cuesti&oacute;n desde el &aacute;ngulo de las transformaciones de la acci&oacute;n colectiva, y, en ese sentido, la &quot;territorializaci&oacute;n&quot; es la base de nuevas acciones. </p>     <p><a name="n3">3</a> 	Arendt, desde 1933 hasta 1951, a&ntilde;o en el que finalmente obtuvo la ciudadan&iacute;a norteamericana, habl&oacute; de s&iacute; misma como &quot;persona sin Estado&quot;. </p>     <p><a name="n4">4</a> 	El fil&oacute;sofo italiano Giorgio Agamben ha llevado esta reflexi&oacute;n arendtiana, en la figura del <i>Homo sacer</i>, a cuestionar la posibilidad de la comunidad pol&iacute;tica en el mundo contempor&aacute;neo. </p>  <hr size="1">     <p><b>Referencias </b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p>Adorno, Theodor. 1980. <i>M&iacute;nima Moralia</i>. Paris: Payot. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000053&pid=S0121-5612200700020000300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Agamben, Giorgio. 1995. <i>Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida. </i>Valencia: Pre-Textos,Valencia. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000054&pid=S0121-5612200700020000300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Arendt, Hannah. 1948. <i>Les origins of the totalitarism</i>. &#91;Trad. espa&ntilde;ola. Buenos Aires: Ed. Planeta,Agostini, 1994&#93;. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000055&pid=S0121-5612200700020000300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Balibar, Eti&egrave;nne. 2001.&quot;Violence et mondialisation: une politique de la civilit&eacute;, est-elle possible?&quot;. En <i>Nous, citoyens d&acute;Europe? Les fronti&egrave;res, l&#39;&Eacute;tat, le peuple</i>. Eti&egrave;nne Balibar. Paris: La D&eacute;couverte. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000056&pid=S0121-5612200700020000300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Balibar, Eti&egrave;nne. 1997. &quot;Trois concepts de la politique: &eacute;mancipation, transformation, civilit&eacute;&quot;. En <i>La crainte des masses. </i>Eti&egrave;nne Balibar. Paris: Galil&eacute;e. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000057&pid=S0121-5612200700020000300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Balibar, Eti&egrave;nne. 1992. &laquo; Droits de l&acute;Homme et droits du citoyen. La dialectique moderne de l&#39;&eacute;galit&eacute; et de la libert&eacute; &raquo;. En <i>Les fronti&egrave;res de la d&eacute;mocratie</i>. Eti&egrave;nne Balibar. Paris: La D&eacute;couverte. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000058&pid=S0121-5612200700020000300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Cheresky, Isidoro. 1992.&quot;La emergencia de los derechos humanos y el retroceso de lo pol&iacute;tico&quot;. <i>Punto de Vista. </i>A&ntilde;o XV, No. 43. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000059&pid=S0121-5612200700020000300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Cohn,Gabriel.2003.&quot;Civilizaci&oacute;n,ciudadan&iacute;a y civismo:la teor&iacute;a pol&iacute;tica ante los nuevos desaf&iacute;os&quot;. En <i>Filosof&iacute;a pol&iacute;tica contempor&aacute;nea. Controversias sobre civilizaci&oacute;n,imperio y ciudadan&iacute;a</i>, comp. Atilio Bor&oacute;n Buenos Aires: CLACSO. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000060&pid=S0121-5612200700020000300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Gauchet, Marcel. 2000. &quot;Quand les drotis de l&acute;homme devienent une politique&quot;. Le D&eacute;bat, No. 110, retomado en <i>La Democracia contra s&iacute; misma</i>. &#91;Trad. espa&ntilde;ola. Rosario: Homo Sapiens, 2004&#93;. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000061&pid=S0121-5612200700020000300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Held, David. 1997. &quot;Ciudadan&iacute;a y autonom&iacute;a&quot;. <i>Revista &Aacute;gora, </i>No. 7. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000062&pid=S0121-5612200700020000300010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Kriegel, Blandine. 1998. &quot;Le concept de citoyennet&eacute;, problemes d&#39;histoire et de d&eacute;finition&quot;. En <i>La Cit&eacute; r&eacute;publicaine</i>: essai pour une philosophie politique. Blandine Kriegel. Paris: Galil&eacute;e. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000063&pid=S0121-5612200700020000300011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Lefort, Claude. 1980. &quot;Droits de l&acute;Homme et politique&quot;. &#91;Trad. espa&ntilde;ola. <i>La invenci&oacute;n democr&aacute;tica. </i>Buenos Aires: Nueva Visi&oacute;n, 1990&#93;. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000064&pid=S0121-5612200700020000300012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Merklen,Denis.2005.<i> Pobres ciudadanos. Las clases populares en la era democr&aacute;tica </i>(<i>Argentina</i>, 1983-2003). Buenos Aires: Ed. Gorla. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000065&pid=S0121-5612200700020000300013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ranci&egrave;re, Jacques. 1995. <i>La m&eacute;sentente. </i>Paris: Galil&eacute;e. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000066&pid=S0121-5612200700020000300014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ranci&egrave;re, Jacques. 2005. <i>La haine de la d&eacute;mocratie</i>. Paris: Ed. La Fabrique. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000067&pid=S0121-5612200700020000300015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Svampa, Maristella.2005. <i>La sociedad excluyente. La Argentina bajo el signo del neoliberalismo</i>.Buenos Aires:Taurus. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000068&pid=S0121-5612200700020000300016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Villavicencio, Susana, ed. 2003. <i>Los contornos de la ciudadan&iacute;a. Extranjeros y nacionales en la Argentina del Centenario. </i>Buenos Aires: Eudeba. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000069&pid=S0121-5612200700020000300017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Walzer, Michael. 1993. &#91;Trad. espa&ntilde;ola. <i>Las Esferas de la Justicia, una defensa del pluralismo y la igualdad. </i>M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000070&pid=S0121-5612200700020000300018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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