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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Crisis de legitimidad de las instituciones democráticas]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Crisis of legitimacy of democratic institutionsAbstract: The author addresses some of the problems facing contemporary democracies, such as the system of political representation, the crisis being experienced by the parties, and political dysfunction caused by the influence of mass media. The solution to these problems point to a deepening of democracy, in any case, be achieved through deliberation and greater political participation of citizens.Keywords: political representation, parties, media, democracy, deliberation.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="right">ART&Iacute;CULO DE DIVULGACI&Oacute;N/ DISCLOSURE ARTICLES</p>     <p>&nbsp;</p>     <p align="center"><b><font size="4">Crisis de legitimidad de las instituciones democr&aacute;ticas</font></b></p>     <p align="center"><b><font size="3">Crisis of legitimacy of democratic institution</font></b></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>Rodrigo Santiago Ju&aacute;rez*    <br>   Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico</p>     <p>* Doctor en Derecho por la Universidad Carlos III de Madrid. Investigador adscrito al tribunal electoral federal. <a href="mailto:ro_santiago@yahoo.com"><i>ro_santiago@yahoo.com</i></a></p>     <p><i>Fecha de recepci&oacute;n: </i>2 de julio de 2009    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>     <i>Fecha de aceptaci&oacute;n: </i>12 de febrero de 2010</p> <hr>     <p><b>Resumen</b></p>     <p><i>El autor aborda en este art&iacute;culo algunos de los problemas que aquejan a las democracias contempor&aacute;neas, tales como el sistema de representaci&oacute;n pol&iacute;tica, la crisis por la que atraviesan los partidos y la disfunci&oacute;n pol&iacute;tica generada por la influencia de los medios masivos de comunicaci&oacute;n. La soluci&oacute;n a tales problemas apunta hacia una profundizaci&oacute;n democr&aacute;tica que, en todo caso, podr&iacute;a alcanzarse mediante la deliberaci&oacute;n y con una mayor participaci&oacute;n pol&iacute;tica de los ciudadanos.</i></p>     <p><b>Palabras clave: </b>Representaci&oacute;n pol&iacute;tica, partidos, medios de comunicaci&oacute;n, democracia, deliberaci&oacute;n.</p> <hr>     <p><b>Abstract</b></p>     <p><i>Crisis of legitimacy of democratic institutionsAbstract: The author addresses some of the problems facing contemporary democracies, such as the system of political representation, the crisis being experienced by the parties, and political dysfunction caused by the influence of mass media. The solution to these problems point to a deepening of democracy, in any case, be achieved through deliberation and greater political participation of citizens.Keywords: political representation, parties, media, democracy, deliberation.</i></p>     <p><b>Keywords: </b>Political representation, political parties, democracy, media deliberation.</p> <hr>     <p><font size="3">1. <b>INTRODUCCI&Oacute;N</b></font><b></b></p>     <p>Las sociedades en las que se desempe&ntilde;an las instituciones democr&aacute;ticas, tales como el sistema de representaci&oacute;n o los partidos pol&iacute;ticos, no son las mismas en la actualidad que hace algunos siglos o incluso algunas d&eacute;cadas. Las sociedades son sistemas cambiantes, y la forma en que son observadas por sus propios habitantes tambi&eacute;n ha sufrido cambios significativos.</p>     <p>Si bien algunos an&aacute;lisis toman como base sociedades homog&eacute;neas (Gargarella, 2001, pp. 53-60), debemos tener presente que esta lectura uniforme de la sociedad no es una caracter&iacute;stica propia de algunos estados, sino que ha sido patente en muchos pa&iacute;ses con objeto de destacar aquellos v&iacute;nculos de uni&oacute;n que conformaba la sociedad, y silenciar las diferencias existentes en la misma (Toqueville, 1982, p. 73).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En contraposici&oacute;n a esa mirada uniforme que pudo tener resultado en los momentos fundacionales de las agrupaciones humanas, desde hace tiempo algunas posturas filos&oacute;ficas han reconocido una composici&oacute;n plural de las sociedades, donde las diferencias establecen la pauta sobre la cual se construyen las instituciones pol&iacute;ticas. Si se reconoce como principio esa pluralidad social, se pueden definir de mejor forma aquellos aspectos de la vida p&uacute;blica que no podr&iacute;an identificarse mediante otro tipo de an&aacute;lisis. Es decir, la igualdad y la distinci&oacute;n conforman dos elementos b&aacute;sicos sin los cuales no se podr&iacute;an interpretar los principios del orden social (Arendt, 1998, p. 233).</p>     <p>Hoy, el reconocimiento de la pluralidad nos obliga a definir directrices en las que el individuo pueda mantener una convivencia pac&iacute;fica entre los diferentes. La democracia planteada en una sociedad plural se somete a pruebas a las que no se enfrent&oacute; de forma directa en las revoluciones de finales del siglo XVIII. Por ello, las instituciones democr&aacute;ticas que perduran en la actualidad deben adaptarse a esta pluralidad, que lejos de da&ntilde;ar la democracia se convierte en el sost&eacute;n que necesita para consolidarse como un sistema pol&iacute;tico estable. La pluralidad es el origen del disenso, y la libertad del disenso es uno de los principios de la democracia (Bobbio, 1985, p. 77).</p>     <p>Pues bien, en las sociedades plurales la organizaci&oacute;n pol&iacute;tica social se lleva a cabo principalmente a trav&eacute;s de los partidos pol&iacute;ticos. Estos partidos se conforman en el mundo entero como aquellos cuerpos encargados de brindar el apoyo a los distintos candidatos a representantes y puestos de elecci&oacute;n popular que, arropados bajo la figura del partido y su propio programa de trabajo, promueven su candidatura y aspiran a contar con una mayor&iacute;a de representantes ante el Parlamento.</p>     <p>Adem&aacute;s de estas finalidades, los partidos tienen como una de sus funciones la formaci&oacute;n y la manifestaci&oacute;n de la voluntad popular, que es un instrumento a trav&eacute;s del cual se puede llevar a acabo la participaci&oacute;n pol&iacute;tica (Bobbio, Matteucci, Pasquino, 1988, p. 1153). Los ciudadanos electos mediante la votaci&oacute;n popular son, por lo tanto, apoyados por un partido pol&iacute;tico, y es evidente que los v&iacute;nculos que mantienen con &eacute;ste contin&uacute;an siendo fuertes una vez que ejercen su labor cotidiana (Nino, 1997, p. 238).</p>     <p>A continuaci&oacute;n analizar&eacute; los problemas derivados del sistema representativo moderno y de los partidos pol&iacute;ticos, as&iacute; como las distorsiones que provocan los medios de comunicaci&oacute;n, sobre todo la televisi&oacute;n, en la democracia. Esto tiene una importancia fundamental al momento de definir los problemas que afectan la legitimidad del sistema pol&iacute;tico y sus posibles soluciones.</p>     <p>Aunque aqu&iacute; se hacen algunas cr&iacute;ticas a las instituciones actuales que conforman la pr&aacute;ctica democr&aacute;tica (principalmente al modelo en que se basa la representaci&oacute;n pol&iacute;tica), no pretendo presentar un panorama catastrofista, como lo hizo Carl Schmitt (1990) en su estudio <i>Sobre el parlamentarismo </i>(p. 40), el cual, seg&uacute;n Rubio Llorente (1984), se apoy&oacute; en &quot;una venenosa intencionalidad antidemocr&aacute;tica&quot; (p. 156). El prop&oacute;sito, m&aacute;s bien, es puntualizar en aquellas cuestiones que pueden obstaculizar en mayor o menor medida el correcto desarrollo de la democracia, y analizar las propuestas encaminadas al fortalecimiento de su legitimidad.</p>     <p><font size="3">2. <b>EL SISTEMA DE REPRESENTACI&Oacute;N POL&Iacute;TICA Y SUS PROBLEMAS</b></font><b></b></p>     <p>Es importante recordar la forma en que se transit&oacute; de los viejos sistemas de gobierno &mdash;en los cuales los representantes pol&iacute;ticos estaban condicionados por una serie de contratos vinculantes con los representados, lo que tomaba el nombre de mandato imperativo&mdash; hacia los sistemas de representaci&oacute;n actuales, en los que la representaci&oacute;n no se ejerce respecto de los electores sino &quot;en nombre de la totalidad de la naci&oacute;n&quot;, lo que se denomina mandato representativo.</p>     <p>Durante el siglo XVIII, el ejercicio de la actividad pol&iacute;tica en Inglaterra sufri&oacute; diversas modificaciones que influyeron de forma permanente en el modelo de representaci&oacute;n en el resto de Europa, y posteriormente en el resto del mundo occidental. En esa &eacute;poca, la representaci&oacute;n de la sociedad ante las autoridades del Reino se llevaba a cabo mediante la elecci&oacute;n de ciertos representantes pol&iacute;ticos que acud&iacute;an a las reuniones convocadas para expresar las inquietudes en nombre de aquellos que los hab&iacute;an elegido.</p>     <p>Las funciones de estos representantes se encontraban establecidas en un contrato, cuyo incumplimiento tra&iacute;a aparejada la posible destituci&oacute;n del cargo. Es por eso que la figura recibi&oacute; el nombre de mandato imperativo, debido a la clara obligaci&oacute;n de rendir cuentas y cumplir con aquello para lo que se era elegido como representante.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La representaci&oacute;n llevada a cabo a trav&eacute;s del mandato imperativo obligaba al representante a operar en unos restringidos contornos dentro de los l&iacute;mites que el mandato le confer&iacute;a, y que estaban puntualmente establecidos en los cuadernos de instrucciones <i>(cahiers d'instructions) </i>(Vega, 1985, p. 25). Por ello, al no poder realizar sino s&oacute;lo aquello previamente ordenado por los ciudadanos, esta representaci&oacute;n se ejerc&iacute;a en t&eacute;rminos muy limitados.</p>     <p>Con el transcurso del tiempo, los mandatos imperativos fueron ineficaces para cumplir con todas las necesidades del Reino, ya que las reuniones convocadas requer&iacute;an de unos poderes m&aacute;s amplios, que hicieran posible la adopci&oacute;n de acuerdos consensuados y no sujetos a compromisos ni obligaciones previas.</p>     <p>Fue entonces cuando las mismas autoridades de Inglaterra solicitaron que los representantes de las diferentes partes del territorio y de la poblaci&oacute;n contaran con mayores facultades para decidir en nombre de los individuos que los hab&iacute;an elegido (Pitkin, 1985, p. 3). De esta forma, la pr&aacute;ctica pol&iacute;tica exigi&oacute; que una vez nombrados los representantes, &eacute;stos no trabajaran en nombre de un reducido grupo de la poblaci&oacute;n, sino que lo hicieran en nombre de la totalidad de la naci&oacute;n.</p>     <p>El discurso pronunciado por Edmund Burke a los electores del condado de Bristol el 3 de noviembre de 1774 establece el fundamento del mandato representativo como el realmente operable en la sociedad inglesa de aquella &eacute;poca, y constituye uno de los pilares m&aacute;s importantes de este sistema pol&iacute;tico hasta nuestros d&iacute;as. En ese discurso Burke sostuvo que si bien es cierto que la opini&oacute;n de los electores era digna y de respeto, no era posible atenerse a mandatos imperativos que pudieran resultar ser contrarios a las convicciones m&aacute;s claras de juicio y de conciencia, ya que hacer esto surge &quot;de una interpretaci&oacute;n fundamentalmente equivocada de todo el orden y tenor de nuestra Constituci&oacute;n&quot; (Burke, 1984, p. 312).</p>     <p>De esta forma, si con el modelo de mandato imperativo los electores manten&iacute;an ciertos poderes de mando y de revocaci&oacute;n, con la instauraci&oacute;n del mandato representativo fueron privados de todo control sobre sus representantes, lo que fue generando diversas consecuencias para el sistema democr&aacute;tico. El poder pol&iacute;tico en Inglaterra comenz&oacute; a desarrollarse de una forma distinta respecto a la manera en que se hab&iacute;a dado hasta ese momento. Los intereses pol&iacute;ticos que estaban detr&aacute;s de esta petici&oacute;n de mayores m&aacute;rgenes de maniobra para los representantes no eran pocos, debido a las disputas que constantemente se generaban entre la C&aacute;mara baja y la C&aacute;mara alta (Vega, 1985, p. 27).</p>     <p>Al otorgar un mayor campo de acci&oacute;n a los <i>Comunes </i>para poder ejercer su labor en nombre propio, las c&aacute;maras de Inglaterra comenzaron a funcionar con mayor agilidad y con un control de sus propias funciones, siendo la instauraci&oacute;n de este sistema de gran utilidad para el derecho parlamentario moderno<a href="#1" name="s1"><sup>1</sup></a>.</p>     <p>Los cambios desarrollados originalmente en Inglaterra tuvieron repercusiones directas en Europa, y de forma muy significativa en Francia. A diferencia del desarrollo tranquilo llevado a cabo en el Reino ingl&eacute;s, los cambios ocurridos en Francia estuvieron acompa&ntilde;ados de una revoluci&oacute;n social y pol&iacute;tica, as&iacute; como tambi&eacute;n, y de forma directa, de una revoluci&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica (Garc&iacute;a de Enterr&iacute;a, 1999, p. 29). Fue entonces cuando te&oacute;ricos como Siey&eacute;s presentaron importantes propuestas acerca de la necesidad de instaurar una verdadera representaci&oacute;n del pueblo, ya que en Francia ni siquiera exist&iacute;a una continuidad en la reuni&oacute;n de los Estamentos (Siey&eacute;s, 1994).</p>     <p>Del mismo modo, personajes como Condorcet ya recomendaban y reconoc&iacute;an la figura del representante como dotado de una independencia plena respecto de los electores. Bajo este presupuesto y dirigi&eacute;ndose a sus electores de l'Aisne, Condorcet afirma: &quot;Mandatario del pueblo como soy, yo har&eacute; lo que crea conforme a sus verdaderos intereses; el pueblo me ha enviado no para sostener sus opiniones, sino para exponer las m&iacute;as &#91;...&#93;, y uno de mis deberes hacia &eacute;l es la independencia de mis opiniones&quot; (citado en Torres del Moral, 1982, p. 9).</p>     <p>Es por eso que el modelo de la representaci&oacute;n pol&iacute;tica es parte de toda una revoluci&oacute;n de la sociedad y de las estructuras b&aacute;sicas del modelo democr&aacute;tico, aunque desde sus or&iacute;genes provoc&oacute; la discusi&oacute;n entre aquellos que estaban de acuerdo con la idea de que el legislador decidiera seg&uacute;n su parecer lo que m&aacute;s conviniera al pueblo y los que aseguraban que deb&iacute;a obedecer las instrucciones de los electores (Stuart Mill, 1985, p. 138). Por lo tanto, desde el siglo XVIII hasta nuestros d&iacute;as, las discusiones sobre la democracia son siempre discusiones que tienen que ver con la representaci&oacute;n efectiva de los ciudadanos (Lucas Verd&uacute; y Lucas Murrillo de la Cueva, 2001, p. 221).</p>     <p>La democracia, como la conocemos actualmente, surge de esta diferencia entre los v&iacute;nculos que exist&iacute;an anteriormente entre representante y representados (Ross, 1989, p. 216). En buena parte de las constituciones democr&aacute;ticas modernas se ha ordenado la prohibici&oacute;n del mandato imperativo y establecido, por lo tanto, la representaci&oacute;n pol&iacute;tica como sistema de gobierno (Bobbio, 1985, p. 28). No obstante, en las actuales circunstancias esta prohibici&oacute;n es una de las normas constitucionales que ha sido m&aacute;s vulnerada.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Aunque m&aacute;s adelante volver&eacute; sobre los problemas que suscita en la actualidad el sistema de representaci&oacute;n pol&iacute;tica, ahora es necesario abordar un tema de igual importancia, que tiene que ver con la forma en que trabajan los partidos pol&iacute;ticos.</p>     <p><font size="3">3. <b>CRISIS DE PARTIDOS Y LEGITIMIDAD POL&Iacute;TICA</b></font><b></b></p>     <p>As&iacute; como los mandatos imperativos obligaban a los representantes a cumplir con unas instrucciones espec&iacute;ficas, los legisladores modernos se ven obligados a cumplir con determinados ordenamientos, la mayor&iacute;a de las veces no respecto a un mismo ideario, sino conforme a las &oacute;rdenes o instrucciones provenientes del partido o de uno de sus dirigentes. En lugar de funcionar como intermediarios entre la voluntad pol&iacute;tica de la sociedad y el Estado, se han convertido con el paso del tiempo en aut&eacute;nticos muros de separaci&oacute;n entre los electores y los elegidos, existiendo entre unos y otros una relaci&oacute;n muy distante (Pitkin, 1985, p. 5).</p>     <p>Desde los or&iacute;genes de esta separaci&oacute;n entre representante y representado a trav&eacute;s de la abolici&oacute;n del mandato imperativo se observaron las primeras consecuencias negativas derivadas del abuso del poder a que pod&iacute;an recurrir los legisladores. Como menciona Burke en <i>Pensamientos sobre las causas del actual descontento, </i>la incorrecta aplicaci&oacute;n y desarrollo del modelo provoc&oacute; conflictos en los que el tema principal fue justamente la correcta representaci&oacute;n de los ciudadanos (Burke, 1984, p. 276).</p>     <p>En la actualidad, las cosas no han cambiado del todo. La vinculaci&oacute;n de los representantes no es respecto a los propios electores sino respecto a un grupo m&aacute;s peque&ntilde;o de la poblaci&oacute;n cuyo ideal es, la mayor parte de las veces, la conservaci&oacute;n del poder. Se tiene entonces un mandato imperativo distinto, pero igual o m&aacute;s fuerte que el utilizado hasta finales del siglo XVIII. De ese modo, el representante no puede incumplir las &oacute;rdenes impuestas desde arriba porque es sancionado por su partido (Bobbio, 1985, p. 30).</p>     <p>M&aacute;s aun, al mantener la facultad de crear listas cerradas de los candidatos a puestos de representaci&oacute;n popular se fortalece la fuerte vinculaci&oacute;n entre representante y partido, lo que disminuye de forma clara la autonom&iacute;a del primero (Lucas Verd&uacute; y Lucas Murillo de la Cueva, 2001, p. 222). En definitiva, si la democracia representativa fue creada a trav&eacute;s de la desvinculaci&oacute;n entre los representantes y sus representados, la disciplina interna de los partidos pol&iacute;ticos ha creado un v&iacute;nculo nuevo, un nuevo concepto de mandato imperativo a favor de los partidos (Porras Nadales, 1994, p. 45).</p>     <p>La democracia de partidos se convierte en una democracia mediata, parlamentaria, en la cual la voluntad colectiva que prevalece es la determinada por aquellos que han sido elegidos por la proporci&oacute;n m&aacute;s alta de ciudadanos (Vega, 1996, p. 23). As&iacute;, los derechos pol&iacute;ticos se reducen, en s&iacute;ntesis, a un mero derecho de sufragio (Kelsen, 1977, p. 47). La imposici&oacute;n de programas de trabajo por parte de los partidos pol&iacute;ticos a los candidatos convierten a estos &uacute;ltimos en empleados de las organizaciones que los llevaron al poder, lo cual ser&iacute;a justo si los mismos no desempe&ntilde;aran un papel fundamental para la vida del pa&iacute;s.</p>     <p>Es por eso que se ha dicho que ante la presencia de unos partidos r&iacute;gidamente organizados, el representante se convierte m&aacute;s en el portavoz del partido que de cualquier otra instancia, incluyendo a sus propios electores; y sus vinculaciones partidistas tienden a ser m&aacute;s fuertes que cualesquiera otras (Torres del Moral, 1982, p. 15). De esa forma, los prop&oacute;sitos del mecanismo de la representaci&oacute;n pol&iacute;tica, que eran, por un lado, la representaci&oacute;n plena de la sociedad y, por otro, la protecci&oacute;n de las minor&iacute;as frente a las mayor&iacute;as, no se han mostrado capaces de dar una respuesta satisfactoria a todos esos compromisos (Gargarella, 2001, p. 55).</p>     <p>La aparici&oacute;n de los partidos pol&iacute;ticos ha sido de mucha utilidad para el ejercicio del poder pol&iacute;tico (1984, p. 155), ya que se han constituido como los organismos por los que se puede llevar a cabo la formaci&oacute;n de los representantes y el medio a trav&eacute;s del cual se puede acceder al poder (Keane, 1992, p. 179). Pero tambi&eacute;n es cierto que al constituir grupos de poder con intereses propios, su desempe&ntilde;o no puede ejercerse de conformidad con la presentaci&oacute;n de argumentos y razones ante foros p&uacute;blicos y bajo una comunicaci&oacute;n constante con la sociedad. El problema radica en que estas cuestiones deben de considerarse como necesarias para el buen funcionamiento de los reg&iacute;menes democr&aacute;ticos.</p>     <p>En definitiva, la actividad de los partidos suele llevarse a cabo bajo los intereses de la c&uacute;pula pol&iacute;tica que los dirige, y en algunos casos con intereses de tipo econ&oacute;mico ajenos o desconocidos para la sociedad en general. Esto supone la constituci&oacute;n de instituciones completamente blindadas frente a las demandas y el control de la poblaci&oacute;n (Capella, 2007, p. 200).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>A esto se agrega que los partidos pol&iacute;ticos intentan conservar una apariencia de neutralidad de centro (Bobbio, 1995, p. 54), es decir, no apegados a ninguna postura pol&iacute;tica ampliamente diferenciada, con lo que son dif&iacute;cilmente reconocibles los verdaderos intereses o postulados que defienden en la pr&aacute;ctica.</p>     <p>Como puede observarse, los problemas que aquejan a los partidos pol&iacute;ticos provienen de muy distintos or&iacute;genes, algunos de ellos producidos por el tipo de pensamiento en el cual fueron concebidos, y muchos otros por el desarrollo hist&oacute;rico y social en que se han desenvuelto. Sin embargo, y como mencion&eacute; en un principio, la instituci&oacute;n de la representaci&oacute;n pol&iacute;tica en la que trabajan los partidos y la estructura propia de las democracias modernas tambi&eacute;n sufren un deterioro proveniente de factores que no pertenecen a la estructura interna del sistema pol&iacute;tico democr&aacute;tico. Por el contrario, algunos de ellos son ajenos a la estructura de estos sistemas, pero eso no significa que los mismos no constituyan factores reales de poder.</p>     <p>Puedo se&ntilde;alar, finalmente, que la realidad actual del modelo representativo no coincide completamente con los primeros planteamientos de la teor&iacute;a pol&iacute;tica presentados durante los siglos XVIII y XIX, sino que constituye una realidad nueva a la que debe corresponder, en palabras de Rubio Llorente (1984), una teor&iacute;a nueva (p. 155). Pero as&iacute; como estos cambios pueden ofrecernos instrumentos con los cuales analizar el sistema representativo bajo la visi&oacute;n moderna de la teor&iacute;a pol&iacute;tica, constituyen tambi&eacute;n una oportunidad para ofrecer algunas respuestas que puedan adaptarse a la realidad que la misma estudia<a href="#2" name="s2"><sup>2</sup></a>.</p>     <p><font size="3">4. <b>DEMOCRACIA Y MEDIOS DE COMUNICACI&Oacute;N</b></font><b></b></p>     <p>As&iacute; como los cuestionamientos que suscita el sistema de representaci&oacute;n pol&iacute;tica y los partidos a la democracia, otro tipo de factores afectan desde dentro a este sistema pol&iacute;tico. Uno de los m&aacute;s importantes tiene que ver precisamente con el desempe&ntilde;o que en las actuales sociedades tienen los medios masivos de comunicaci&oacute;n.</p>     <p>En la actualidad son muchas las fuentes por las que el individuo recibe informaci&oacute;n de todo tipo y muy diversas las maneras en que dicha informaci&oacute;n puede ser entendida. La prensa, la radio y la televisi&oacute;n eran hasta hace poco tiempo las fuentes exclusivas de informaci&oacute;n en la sociedad, hasta la aparici&oacute;n en a&ntilde;os recientes de la internet, que revolucion&oacute; el acceso que la sociedad puede tener a recursos de muy distinta clase (Rodr&iacute;guez Palop, 2003, p. 315).</p>     <p>Aunque todos estos medios de comunicaci&oacute;n inciden directamente en la formaci&oacute;n del individuo, lo que me interesa ahora es mencionar de qu&eacute; forma la televisi&oacute;n, que contin&uacute;a siendo el medio informativo al que m&aacute;s f&aacute;cilmente puede accederse, contribuye en muchos sentidos a esta crisis de legitimidad de las democracias modernas (Ferrajoli, 2004, p. 133).</p>     <p>Estudiando la influencia que tiene la televisi&oacute;n en la formaci&oacute;n del individuo, Giovanni Sartori (1998) asegura que la diferencia existente entre los hombres y los animales es la capacidad simb&oacute;lica que desarrollan los primeros a trav&eacute;s del lenguaje (p. 24). El lenguaje ha enriquecido infinitamente las capacidades humanas, y ha permitido, mediante la comunicaci&oacute;n, un gran enriquecimiento de las facultades cognoscitivas del ser humano y un mayor contacto entre personas y culturas.</p>     <p>La tesis b&aacute;sica de Sartori se centra en el hecho de que la televisi&oacute;n ha transformado a profundidad esta forma en la que el hombre utiliza el lenguaje y, con &eacute;l, toda una serie de capacidades intelectuales que lo diferencian de los animales. Desde su punto de vista, es importante marcar la distinci&oacute;n que existe entre otros medios de informaci&oacute;n y la televisi&oacute;n. En su opini&oacute;n, esta &uacute;ltima constituye un medio poderoso en extremo y produce una influencia en las nuevas generaciones dif&iacute;cilmente comparable con otro tipo de medios.</p>     <p>Al momento de emitir alguna opini&oacute;n o participar activamente en la democracia, por ejemplo, eligiendo a cierto candidato pol&iacute;tico o corriente ideol&oacute;gica partidista, es necesario contar con todos los instrumentos necesarios para decidir con la mayor libertad posible, y esto s&oacute;lo se obtiene logrando que el ciudadano se encuentre informado de todas y cada una de las opciones pol&iacute;ticas, as&iacute; como del significado de elegir a alg&uacute;n determinado candidato o partido. La televisi&oacute;n cumple con el cometido de informar, lo que no parece claro es que la sociedad pueda gozar del derecho a una informaci&oacute;n veraz.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Habr&aacute; que partir del hecho, como lo hace Ferrajoli (2004), de que estamos en presencia de dos derechos distintos: por un lado, el derecho de informaci&oacute;n y, por el otro, del derecho a la informaci&oacute;n. El derecho de informaci&oacute;n tiene que ver con la libertad de pensamiento; el derecho a la informaci&oacute;n tiene que ver con el derecho a recibir informaci&oacute;n oportuna y lo menos manipulada posible. El primero es un derecho individual de libertad que consiste en una inmunidad ante prohibiciones o censuras o discriminaciones; el segundo es un derecho social que consiste en la expectativa de recibir informaciones veraces, lo m&aacute;s completas posibles y que no se encuentren deformadas por condicionamientos que respondan a intereses concretos (p. 131).</p>     <p>Si el primer derecho se ejerce sin ning&uacute;n tipo de control, se obstaculiza con ello la libertad de todos aquellos que conforman la sociedad. En este sentido, se afirma que &quot;el pueblo soberano 'opina' sobre todo en funci&oacute;n de c&oacute;mo la televisi&oacute;n le induce a opinar. Y en el hecho de conducir la opini&oacute;n, el poder de la imagen se coloca en el centro de todos los procesos de la pol&iacute;tica contempor&aacute;nea&quot; (Sartori, 1998, p. 66). Adem&aacute;s de la clara influencia que ejerce en los individuos al momento de opinar, participar o emitir su sufragio, la televisi&oacute;n ejerce una incre&iacute;ble presi&oacute;n sobre las instituciones pol&iacute;ticas<a href="#3" name="s3"><sup>3</sup></a>.</p>     <p>Es en este caso en el que debe llevarse a cabo una reflexi&oacute;n profunda acerca del papel que debe de jugar el Estado como promotor del debate p&uacute;blico. En t&eacute;rminos de Owen Fiss (2004), ya no se puede identificar al Estado con el mal y al ciudadano con el bien. La libertad de expresi&oacute;n y el debate p&uacute;blico pueden ser amenazados tan f&aacute;cilmente por un ciudadano privado como por un organismo del Estado. Una sociedad que opera con capital privado puede constituir una amenaza a la riqueza del debate p&uacute;blico tanto como un organismo gubernamental, porque cada uno de ellos est&aacute; sujeto a restricciones que limitan lo que dice o lo que permitir&aacute; decir a los dem&aacute;s (p. 124).</p>     <p>En efecto, lo que ocurre en la realidad es que se presenta una tensi&oacute;n entre el ejercicio oligop&oacute;lico de las libertades negativas en los terrenos de la cultura, la informaci&oacute;n, el entretenimiento y el tiempo libre y la capacidad de orientaci&oacute;n y autoidentificaci&oacute;n de los individuos expuestos a la presi&oacute;n simb&oacute;lica de los medios masivos de comunicaci&oacute;n (Zolo, 1997, p. 129).</p>     <p>En definitiva, parece que el criterio formado en los individuos que &uacute;nicamente cuentan como medio informativo a la televisi&oacute;n podr&iacute;a convertirse en el conjunto de una serie de opiniones impuesto desde el exterior. Es decir, no ser&iacute;a una opini&oacute;n resultante de un proceso racional de decidir entre dos o m&aacute;s puntos de vista, entre el pensamiento de distintos autores o fuentes, sino a partir de una &uacute;nica fuente de poder, que l&oacute;gicamente promueve su verdad, y su realidad (Nino, 1997, p. 224).</p>     <p>Una pol&iacute;tica y una sociedad mediatizadas podr&iacute;a conducirnos a una serie de problemas que acabar&iacute;an por desprestigiar y da&ntilde;ar el entramado social, tan necesario en una democracia. Estos peligros aumentan con la existencia de monopolios que disminuyen el pluralismo de la informaci&oacute;n, lo que sin duda incide negativamente en la formaci&oacute;n y opini&oacute;n del ciudadano (Ferrajoli, 2004, p. 135). Bajo este tipo de influencias, el ciudadano no podr&aacute; contar con los medios suficientes para participar de forma adecuada en acciones que fortalezcan y beneficien al bien p&uacute;blico, ni decidir de forma meditada hacia qu&eacute; postura o l&iacute;der pol&iacute;tico emitir su voto (Zolo, 1997, p. 130).</p>     <p>Por eso se ha dicho que &quot;la representaci&oacute;n pol&iacute;tica que mediaba antes entre el ciudadano y el poder o la autoridad queda ahora mediatizada por los medios -la televisi&oacute;n, la prensa y la radio-, que desvirt&uacute;an la politeya. No hay redundancias: los medios (de informaci&oacute;n, tergiversaci&oacute;n y desinformaci&oacute;n) no median. Los medios mediatizan&quot; (Giner y Sarasa, 1995, p. 71).</p>     <p>De lo visto hasta aqu&iacute; se puede advertir que la televisi&oacute;n ejerce una influencia enorme en las ideas y opiniones de los televidentes; es por eso que cuenta con grandes posibilidades de convertirse en un medio educativo y en un foro deliberativo para los ciudadanos. Sin embargo, el resultado que observamos parece ser contrario a estos ideales.</p>     <p>Es cierto que con la creaci&oacute;n de los diversos medios de comunicaci&oacute;n, como los libros y la prensa escrita, se produjeron interesantes cambios con respecto al alcance que la informaci&oacute;n pod&iacute;a tener en las sociedades, y tambi&eacute;n con respecto a los lectores y la opini&oacute;n que los mismos pod&iacute;an formarse a trav&eacute;s de estos instrumentos. No obstante, como se&ntilde;ala Habermas (1997), con la creaci&oacute;n y desarrollo de los mass media electr&oacute;nicos sucede algo distinto; con la nueva relevancia de la propaganda, con una creciente fusi&oacute;n entre el entretenimiento y la informaci&oacute;n surgi&oacute; una nueva clase de influencia: un poder de los medios que si es utilizado para manipular la verdad pervierte el principio de la publicidad. La esfera p&uacute;blica, dominada y preestructurada al mismo tiempo por los <i>mass media, </i>degenera en un ruedo impregnado de poder (p. 43).</p>     <p>La influencia que en este sentido genera el poder econ&oacute;mico sobre la pol&iacute;tica tiene mucha relaci&oacute;n con la ya sabida tensi&oacute;n entre capitalismo y democracia. Un sistema que defienda exclusivamente la autonom&iacute;a individual y una libertad de expresi&oacute;n sin l&iacute;mites se olvidar&aacute; de la libertad a la informaci&oacute;n que tiene todo el espectro social. Con ello tambi&eacute;n se pone en riesgo que las opiniones de los menos favorecidos econ&oacute;micamente puedan ser tomadas en cuenta (Fiss, 2004, p. 22). Se confecciona, de esta forma, un verdadero &quot;mercado de las ideas&quot;, con la impronta econ&oacute;mica y de mercado que supone un concepto como &eacute;se (Laporta, 2004, p. 103).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Una posibilidad que se debe considerar es la de regular los contenidos de la programaci&oacute;n, a fin de que en la misma se incluyan programas educativos, debates p&uacute;blicos entre las fuerzas pol&iacute;ticas, foros de discusi&oacute;n entre representantes sociales y dem&aacute;s instrumentos de educaci&oacute;n c&iacute;vica que permitan la formaci&oacute;n de ciudadanos conscientes de su realidad y de la importancia de su actuaci&oacute;n en la vida pol&iacute;tica. Para ello har&iacute;a falta una regulaci&oacute;n bastante exigente que pueda convertir el poder de los medios en un poder sometido a criterios p&uacute;blicos (Ferrajoli, 2004, p. 131).</p>     <p>Es por eso que necesitamos recordar que si la educaci&oacute;n y la cultura c&iacute;vica de los ciudadanos son francamente debiles, la influencia de los medios de comunicaci&oacute;n se incrementa notoriamente, lo cual determina con mayor intensidad la manipulaci&oacute;n que se ejerce a trav&eacute;s de los mismos (Giner, 2000, p. 168). La soluci&oacute;n conduce a dos frentes distintos: el fomento de la participaci&oacute;n y de la educaci&oacute;n c&iacute;vica por parte del Estado y el incremento de una programaci&oacute;n televisiva enfocada al debate p&uacute;blico de las ideas y a la formaci&oacute;n e inter&eacute;s de los individuos en los temas sociales y pol&iacute;ticos (Laporta, 2004, p. 104).</p>     <p>Sin embargo, la forma en que trabaja la televisi&oacute;n dif&iacute;cilmente puede incorporar estas finalidades dentro de sus objetivos, ya que el mercado y las preferencias de la audiencia determinan en gran medida la programaci&oacute;n y la informaci&oacute;n que ha de ser emitida.</p>     <p>Por ello, d&iacute;a tras d&iacute;a somos testigos de la manipulaci&oacute;n medi&aacute;tica que empresas privadas, partidos pol&iacute;ticos y gobierno ejercen sobre la poblaci&oacute;n (Laporta, 2006). Esto es realmente grave, si se tiene en cuenta que el poder de los medios de comunicaci&oacute;n no es utilizado para el control del Estado, ni para un ejercicio responsable de la libertad de expresi&oacute;n (Silva Herzog, 2007), sino para controlar la opini&oacute;n de una sociedad despolitizada (Habermas, 1990, p. 15).</p>     <p>Si la televisi&oacute;n surgi&oacute; como un instrumento a trav&eacute;s del cual se pod&iacute;a dar cabida a la totalidad de voces y opiniones en una sociedad, los resultados que ha arrojado en lo que respecta a programas educativos o foros de discusi&oacute;n p&uacute;blica han estado muy por debajo de lo requerido. Ante estos escasos logros positivos es entendible por qu&eacute; la televisi&oacute;n constituye uno de los factores que contribuyen al deterioro de la legitimidad democr&aacute;tica.</p>     <p><font size="3">5. <b>BREVE RECAPITULACI&Oacute;N</b></font></p>     <p>Con el fin de dar un diagn&oacute;stico acerca de los problemas hasta aqu&iacute; mencionados me parece interesante repasar lo dicho hasta ahora. Puedo decir, en primer lugar, que la forma en que se ejerce la representaci&oacute;n pol&iacute;tica de los ciudadanos a trav&eacute;s del trabajo irregular de los partidos pol&iacute;ticos constituye una causa de deslegitimaci&oacute;n de las instituciones pol&iacute;ticas democr&aacute;ticas.</p>     <p>Sin embargo, no considero con esto que los partidos pol&iacute;ticos sean en s&iacute; mismos los responsables de la crisis de las instituciones pol&iacute;ticas, sino que su mal desempe&ntilde;o ha sido consecuencia de la crisis del Estado liberal. Es decir, que los problemas a los que los mismos se enfrentan provienen de vicios de origen o, mejor dicho, del original planteamiento pol&iacute;tico que propici&oacute; su nacimiento (Vega, 1996, p. 22).</p>     <p>De esta forma, se ha afirmado que no se rompe la concepci&oacute;n liberal del mundo porque aparezcan los partidos, sino que los partidos surgen como una necesidad hist&oacute;rico-pol&iacute;tica, porque esa concepci&oacute;n liberal, cuya grandeza y empaque doctrinal nadie puede negar, empieza a mostrar sus limitaciones y debilidades. La cuesti&oacute;n a la que lleva esto es que la ciudadan&iacute;a puede concebir lo anterior como un problema interno, es decir, no como una causa externa a los problemas pol&iacute;ticos, sino como algo que puede encontrar una soluci&oacute;n que, sin embargo, no se lleva a cabo.</p>     <p>Por lo tanto, la desconfianza que esta forma de gobernar genera en el individuo es de mayor cuidado que otro tipo de influencias externas, porque hace dudar de la misma estructura democr&aacute;tica, que debido a sus caracter&iacute;sticas, se considera ajena a los propios intereses y valores sociales. Obviamente, los riesgos democr&aacute;ticos no se sentir&aacute;n de igual forma en sistemas econ&oacute;micos fuertes que en pa&iacute;ses subdesarrollados (Schmitter y Karl, 1993, p. 18).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Resulta claro que apelar a sistemas diferentes de la democracia, en los cuales puedan ser suprimidas las instituciones de las que se compone, como el Parlamento o los partidos pol&iacute;ticos, de ninguna forma puede verse como una posible soluci&oacute;n a la crisis de legitimidad democr&aacute;tica. Las consecuencias de la supresi&oacute;n de los parlamentos pueden provocar, por el contrario, la instauraci&oacute;n de reg&iacute;menes totalitarios. La desaparici&oacute;n de los partidos pol&iacute;ticos constituye, por otro lado, una clara oportunidad para que grupos de poder distintos asuman el control pol&iacute;tico (Vega, 1996, p. 26).</p>     <p>Es evidente que en todos y cada uno de los sistemas pol&iacute;ticos existen grupos que tienen influencia en el curso normal de la pol&iacute;tica, pero si los partidos no gozan de reconocimiento y una salud suficientes, el incremento de estos grupos y del poder con el que los mismos cuentan puede originar muchos problemas en las estructuras democr&aacute;ticas, incluida, por supuesto, la falta de seguridad jur&iacute;dica (Peces Barba, 2000, p. 123).</p>     <p>Si por este hecho asumimos que los partidos pol&iacute;ticos son importantes y necesarios para la democracia, lo que se debe evitar es que el sistema pol&iacute;tico se convierta en lo que ha sido denominado la <i>partidocracia, </i>en la que los partidos asumen el control total sobre la pol&iacute;tica. Este fen&oacute;meno puede provocar que la democracia pierda la correspondiente representatividad y, con ello, se convierta en el escenario ideal para que ciertos grupos o l&iacute;deres se hagan al poder (Touraine, 1994, p. 128). Por lo que la soluci&oacute;n consiste en mejorar el trabajo de los partidos, en que &eacute;stos puedan cumplir con el prop&oacute;sito de ser un veh&iacute;culo de participaci&oacute;n democr&aacute;tica.</p>     <p>En fin, parece que este conflicto tiene su origen en lo que Bobbio (1985) denomin&oacute; las promesas incumplidas de la democracia, en la que los poderes invisibles constituyen un grave riesgo para las instituciones p&uacute;blicas (p. 34). Es por eso que los grupos que pueden estar interesados en la supresi&oacute;n de los partidos pol&iacute;ticos guardan una estrecha relaci&oacute;n con uno de los factores que he analizado y que tiene que ver con un sistema econ&oacute;mico en el que los intereses del mercado tengan una mayor importancia que los intereses de tipo social (Rodr&iacute;guez Palop, 2002, p. 154).</p>     <p>Es evidente que ambas crisis, tanto la pol&iacute;tica como la econ&oacute;mica, no puedan ser estudiadas de forma aislada (Offe, 1998). Si en alguna ocasi&oacute;n fue la Iglesia la que mantuvo una influencia preponderante en las pol&iacute;ticas de los estados, en la actualidad el comercio y la globalizaci&oacute;n de la econom&iacute;a constituyen factores reales de poder que determinan en gran medida la acci&oacute;n del gobierno y que, en m&aacute;s de un sentido, deciden por &eacute;l (Schattschneider, 1960, p. 118). De esta forma, el poder pol&iacute;tico se ha visto claramente influenciado por los intereses del mercado, potenciados por la globalizaci&oacute;n de la econom&iacute;a, cuya importancia rebasa muchas veces los verdaderos objetivos p&uacute;blicos.</p>     <p>En este marco, se corre el riesgo de que al mismo tiempo que se generan y resienten los efectos del comercio a gran escala, se desarrolle la globalizaci&oacute;n de un r&eacute;gimen apol&iacute;tico subordinado al sistema econ&oacute;mico (Fari&ntilde;as, 2004, p. 12). M&aacute;s aun, bajo un modelo hegem&oacute;nico se pone en riesgo la supervivencia de los derechos fundamentales, ya que &eacute;stos pueden dejar de funcionar como l&iacute;mites a la acci&oacute;n del Estado y convertirse en un instrumento de dominaci&oacute;n (Lucas, 1998, p. 4).</p>     <p>Bajo este panorama, la situaci&oacute;n por la que atraviesan los sistemas democr&aacute;ticos enfrentan retos provenientes de muy distintos frentes. Los partidos pol&iacute;ticos se encuentran en crisis y la econom&iacute;a, cada vez m&aacute;s presente en las relaciones p&uacute;blicas y privadas, constituye un poder real del que en las condiciones actuales no se puede escapar (Rodr&iacute;guez Palop, 2002, p. 160).</p>     <p>Los medios de comunicaci&oacute;n, por su parte, ejercen una influencia sobre la opini&oacute;n que la sociedad tiene en uno u otro sentido, siendo claramente un factor real de poder sustentado por intereses que corresponden a una determinada clase pol&iacute;tica o social que no comparte las inquietudes de la generalidad de la poblaci&oacute;n. Ante la falta de una opini&oacute;n p&uacute;blica originada mediante el libre intercambio racional de puntos de vista entre ciudadanos informados, los medios influyen en la creaci&oacute;n de una opini&oacute;n p&uacute;blica impuesta (Vega, 1996, p. 30).</p>     <p>Es por esto que si ante los problemas que se observan en los partidos y dem&aacute;s instituciones pol&iacute;ticas se acude a la opini&oacute;n p&uacute;blica en b&uacute;squeda de legitimidad democr&aacute;tica, es posible que en la situaci&oacute;n actual ese remedio no resulte ser el id&oacute;neo. El hecho de obedecer a una opini&oacute;n que no ha sido creada con base en una verdadera pr&aacute;ctica pol&iacute;tica, sino en la imposici&oacute;n de valores y principios que pertenecen a intereses privados m&aacute;s que a los correspondientes objetivos de car&aacute;cter p&uacute;blico, se opone tambi&eacute;n a valores democr&aacute;ticos fundamentales (Vega, 1996, p. 31).</p>     <p>Sin lugar a dudas, la presencia de todos estos sujetos y fen&oacute;menos en el terreno de la pol&iacute;tica me lleva a considerar aquello que Bobbio (1995) denomin&oacute; la &quot;persistencia de las oligarqu&iacute;as&quot;, refiri&eacute;ndose propiamente a la existencia de ciertas &eacute;lites o cotos de poder que en lugar de desaparecer bajo las instituciones democr&aacute;ticas, tienden a ampliarse (p. 31).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Para que una democracia representativa se considere leg&iacute;tima es necesario que las acciones llevadas a cabo por los representantes tengan que ver justamente con los intereses y preocupaciones de los diferentes sectores sociales, y no con ciertos intereses econ&oacute;micos, personales o de partido. Lo anterior es v&aacute;lido no solamente para los estados soberanos, sino tambi&eacute;n para aquellas estructuras que, como es el caso de la Uni&oacute;n Europea, requieran reforzar la legitimidad de sus instituciones. Es por eso que mientras los europeos no se sientan identificados con Europa y no se fortalezcan las instituciones que la conforman, la representaci&oacute;n del individuo, y la consecuente legitimidad, seguir&aacute;n vi&eacute;ndose afectadas (Banchoff y Smith, 2004, p. 3).</p>     <p>Estos problemas han sido analizados de diversas maneras. As&iacute;, Nino (1997) se&ntilde;ala que una de las caracter&iacute;sticas de la representaci&oacute;n pol&iacute;tica es lo que se conoce como la dispersi&oacute;n de la soberan&iacute;a, en la que a nadie le es permitido hablar en nombre de todos. Por tal raz&oacute;n, el sistema de partidos y la representaci&oacute;n de los mismos ante el poder legislativo permite una pluralidad de voces sin poderes absolutos. Pero tal y como se&ntilde;ala este autor, los beneficios que ofrece este sistema se obtienen a costa de un debilitamiento del valor epist&eacute;mico de la democracia, dado que no hay conexi&oacute;n directa entre las conclusiones del di&aacute;logo democr&aacute;tico y una justificaci&oacute;n para actuar de acuerdo con esas conclusiones (p. 229).</p>     <p>El &uacute;nico medio por el que se pueden contrarrestar los efectos nocivos que sobre la democracia tiene esta ausencia de legitimidad es fomentar los canales de participaci&oacute;n y comunicaci&oacute;n ciudadana, que puedan hacer valer las reales preocupaciones de la poblaci&oacute;n ante los representantes y l&iacute;deres pol&iacute;ticos. Bobbio (1995) hizo una valoraci&oacute;n de lo anterior al se&ntilde;alar que si queremos hablar sobre una futura extensi&oacute;n del proceso de democratizaci&oacute;n no deben valorarse mecanismos de vuelta a la democracia directa, sino aquellos que tienen que ver con pasar de la democracia pol&iacute;tica a la democracia social (p. 33).</p>     <p>Las tareas por cumplir, en palabras de El&iacute;as D&iacute;az (1985), ser&iacute;an las siguientes: a) profundizaci&oacute;n y autentificaci&oacute;n de las instituciones jur&iacute;dico-pol&iacute;ticas de la democracia representativa, poniendo aquellas instituciones en constante comunicaci&oacute;n con las necesidades reales de los ciudadanos; b) impulso y fortalecimiento de los movimientos de base y las iniciativas populares en que se articula la sociedad civil sin rupturas in&uacute;tiles con el poder pol&iacute;tico; c) todo ese trabajo deber&aacute; abordarse desde una praxis emancipatoria y de libertad que implica una cultura cr&iacute;tica, una &eacute;tica y una organizaci&oacute;n econ&oacute;mico-social en la que la participaci&oacute;n real y la creaci&oacute;n de cada vez m&aacute;s amplios espacios b&aacute;sicos de igualdad sean el objetivo prevalente, la meta fundamental (p. 22).</p>     <p>Adem&aacute;s de buscar la disminuci&oacute;n y el control de los poderes olig&aacute;rquicos existentes, se requiere la creaci&oacute;n de aquellos espacios en los que el ciudadano pueda ejercer sus derechos pol&iacute;ticos, que han sido ocupados por otros (Garc&iacute;a Marz&aacute;, 2003, p. 111). Las bases en las que tiene que ser fundado ese tr&aacute;nsito pol&iacute;tico -dirigido a ampliar los espacios en los que la ciudadan&iacute;a puede ejercer su participaci&oacute;n pol&iacute;tica- guardan estrecha relaci&oacute;n con las medidas con las que se pretenda fortalecer la sociedad civil.</p>     <p>Algunos planteamientos de la filosof&iacute;a pol&iacute;tica se dirigen a privilegiar la importancia de la comunicaci&oacute;n y la deliberaci&oacute;n como elementos de legitimaci&oacute;n de las decisiones y normas provenientes del poder pol&iacute;tico. Esos planteamientos tienen que ver b&aacute;sicamente con el fomento de la participaci&oacute;n ciudadana, la mejora de la educaci&oacute;n c&iacute;vica de los individuos y el incremento de los canales a trav&eacute;s de los cuales se lleva a cabo la comunicaci&oacute;n y la deliberaci&oacute;n como medios eficaces de expresi&oacute;n de todos los puntos de vista.</p>     <p>Desde el campo de la filosof&iacute;a pol&iacute;tica -principalmente a trav&eacute;s de la teor&iacute;a discursiva de Habermas- han sido expuestos algunos planteamientos relativos a la legitimaci&oacute;n que puede obtenerse mediante las deliberaciones llevadas a cabo a trav&eacute;s de mejores canales de comunicaci&oacute;n dentro de la sociedad y entre &eacute;sta y el poder pol&iacute;tico.</p>     <p>Para concluir, es posible afirmar que el modelo de representaci&oacute;n pol&iacute;tica en el que se desenvuelven los partidos pol&iacute;ticos y el propio Parlamento no cuenta con la legitimidad suficiente ni con la confianza por parte de la sociedad. El poder y los intereses propios del mercado y los efectos que el comercio ha tenido en la denominada globalizaci&oacute;n de la econom&iacute;a no responden tampoco a los verdaderos intereses y demandas sociales.</p>     <p>Del mismo modo, la legitimidad tampoco puede encontrarse en la opini&oacute;n p&uacute;blica si la misma no ha sido producto de la reflexi&oacute;n y del an&aacute;lisis racional, sino consecuencia de ideas impuestas por los medios de comunicaci&oacute;n, tambi&eacute;n interesados en promover sus propios intereses y puntos de vista. Por ello, se debe fomentar un tipo de modelo pol&iacute;tico en el que la opini&oacute;n p&uacute;blica se origine como consecuencia de las deliberaciones llevadas a cabo en foros p&uacute;blicos. En todo caso, lo que se debe buscar es una sociedad civil que pueda hacer frente al poder pol&iacute;tico mediante la comunicaci&oacute;n y la organizaci&oacute;n, componentes que se derivan de la comunicaci&oacute;n y del contacto intersubjetivo.</p>     <p>Si los partidos pol&iacute;ticos, la econom&iacute;a globalizada y los medios masivos de comunicaci&oacute;n guardan algunas similitudes, es precisamente porque todos ellos se desarrollan mediante objetivos de tipo privado (de la c&uacute;pula del partido, de intereses econ&oacute;micos o empresariales), y los intereses de grupo no pueden participar en un debate sin exponer sus verdaderos objetivos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El debate y las deliberaciones en el foro p&uacute;blico contribuyen a la formaci&oacute;n de una opini&oacute;n p&uacute;blica enriquecida mediante el razonamiento y an&aacute;lisis de todos los puntos de vista. &Eacute;sta es la &uacute;nica fuente posible de legitimidad. Los mecanismos que pueden ayudar al fortalecimiento y recuperaci&oacute;n de la democracia en el mundo entero tienen que centrar sus objetivos en la obtenci&oacute;n de una legitimidad de ejercicio, y con ello evitar poner en riesgo su propio mantenimiento.</p> <hr>     <p><a href="#s1" name="1"><sup>1</sup></a> A trav&eacute;s del mandato representativo los ciudadanos otorgaban un amplio margen de confianza, lo que dio origen a lo que se conoce como la teor&iacute;a inglesa del <i>trust, </i>es decir, de la confianza otorgada por parte del pueblo. De esta forma, los representantes ya no ten&iacute;an una obligaci&oacute;n directa respecto a sus mandantes sino con la totalidad de la poblaci&oacute;n, la cual otorgaba dicha confianza mediante el voto, permitiendo un mayor margen en el trabajo de los legisladores.</p>     <p><a href="#s2" name="2"><sup>2</sup></a> Si bien es cierto que no podemos prescindir de los partidos pol&iacute;ticos, si es posible sugerir mecanismos que permitan una mayor participaci&oacute;n y deliberaci&oacute;n de los individuos en el escenario pol&iacute;tico, lo que permitir&aacute; una mayor fiscalizaci&oacute;n, apertura y control del sistema pol&iacute;tico actual.</p>     <p><a href="#s3" name="3"><sup>3</sup></a> Hay que recordar que el tema de la injerencia del poder econ&oacute;mico en el poder pol&iacute;tico ha sido ampliamente abordado en la doctrina de Estados Unidos y que incluso ha dado origen a decisiones de la Corte Suprema de gran trascendencia por lo que respecta a la financiaci&oacute;n de las campa&ntilde;as pol&iacute;ticas. V&eacute;ase la jurisprudencia Buckley vs. Valeo, 424 U.S.1 (1976).</p> <hr>     <p><b>REFERENCIAS</b></p>     <!-- ref --><p>ARENDT, H. (1998). <i>La condici&oacute;n humana. </i>Barcelona: Paid&oacute;s.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000108&pid=S0121-8697201000010001000001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>BANCHOFF, T. &amp; SMITH, M. (2004). &quot;Introduction: Conceptualizing legitimacy in a contested polity&quot;. En T. Banchoff &amp; Smith, M. (Eds.). <i>Legitimacy and the European Union. The contested polity. </i>New York: Routledge.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000109&pid=S0121-8697201000010001000002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>BOBBIO, N. (1985). <i>El futuro de la democracia. </i>Barcelona: Plaza &amp; Jan&eacute;s.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000110&pid=S0121-8697201000010001000003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>BOBBIO, N. (1995). <i>Derecha e Izquierda: Razones y significados de una diferenciaci&oacute;n pol&iacute;tica. </i>Madrid: Taurus.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000111&pid=S0121-8697201000010001000004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>BOBBIO, N., MATTEUCCI, N. &amp; PASQUINO, G. (1988). <i>Diccionario de Pol&iacute;tica, </i>vol. 2 (p. 1153-1160). M&eacute;xico: Siglo XXI.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000112&pid=S0121-8697201000010001000005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>BURKE, E. (1984). <i>Textos Pol&iacute;ticos. </i>M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000113&pid=S0121-8697201000010001000006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>CAPELLA, J. R. (2007). <i>Entrada en la barbarie. </i>Madrid: Trotta.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000114&pid=S0121-8697201000010001000007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>D&Iacute;AZ, E. (1985). &quot;La justificaci&oacute;n de la democracia&quot;. <i>Sistema, </i>n&deg; 66.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000115&pid=S0121-8697201000010001000008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>FARI&Ntilde;AS DULCE, M. J. (2004). <i>Globalizaci&oacute;n, ciudadan&iacute;a y derechos humanos. </i>Madrid: Dykinson.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000116&pid=S0121-8697201000010001000009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>FERRAJOLI, L. (2004). &quot;Libertad de informaci&oacute;n y propiedad privada. Una propuesta no ut&oacute;pica&quot;. En M. Carbonell (comp.). <i>Problemas contempor&aacute;neos de la libertad de expresi&oacute;n. </i>M&eacute;xico: Porr&uacute;a, CNDH.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S0121-8697201000010001000010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>FISS, O. (2004). &quot;Libertad de expresi&oacute;n y estructura social&quot;. En M. Carbonell (comp.). <i>Problemas contempor&aacute;neos de la libertad de expresi&oacute;n. </i>M&eacute;xico: Po-rr&uacute;a, CNDH.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000118&pid=S0121-8697201000010001000011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>GARGARELLA, R. (2001). &quot;Ni pol&iacute;tica ni justicia&quot;. <i>Claves de raz&oacute;n pr&aacute;ctica,</i> 114, 53 - 60.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S0121-8697201000010001000012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>GARC&Iacute;A DE ENTERR&Iacute;A, E. (1999). <i>La lengua de los derechos. La formaci&oacute;n del derecho p&uacute;blico tras la Revoluci&oacute;n Francesa. </i>Madrid: Alianza.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000120&pid=S0121-8697201000010001000013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>GARC&Iacute;A-MARZ&Aacute;, D. (2003). &quot;Pol&iacute;tica deliberativa y sociedad civil: El valor de la participaci&oacute;n&quot;. En J. Conillcrocker &amp; D. A. Crocker (Eds.). <i>Republicanismo y educaci&oacute;n c&iacute;vica. &iquest;M&aacute;s all&aacute; del liberalismo? </i>Granada: Comares.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000121&pid=S0121-8697201000010001000014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>GINER, S. &amp; SARASA, S. (1995).&quot;Altruismo c&iacute;vico y pol&iacute;tica social&quot;. <i>Leviat&aacute;n, 61, </i>71-86.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000122&pid=S0121-8697201000010001000015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>GINER, S. (2000). &quot;Cultura republicana y pol&iacute;tica del porvenir&quot;. En S. Giner (coord.). <i>La cultura de la democracia: el futuro. </i>Barcelona: Ariel. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000123&pid=S0121-8697201000010001000016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>HABERMAS, J. <i>(1990).Teor&iacute;a y Praxis </i>(p. 15 y 16). Madrid: Tecnos. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000124&pid=S0121-8697201000010001000017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>HABERMAS, J. (1997). <i>Historia y cr&iacute;tica de la opini&oacute;n p&uacute;blica. La transformaci&oacute;n estructural de la vida p&uacute;blica </i>(pp. 43-64). Barcelona: Gustavo Gili. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000125&pid=S0121-8697201000010001000018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>KELSEN, H. (1977). <i>Esencia y valor de la democracia. </i>Madrid: Guadarrama. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000126&pid=S0121-8697201000010001000019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>LAPORTA, F. (2004). &quot;El derecho a informar y sus enemigos&quot;. En M. Carbonell (comp.). <i>Problemas contempor&aacute;neos de la libertad de expresi&oacute;n. </i>M&eacute;xico: Porr&uacute;a, CNDH.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000127&pid=S0121-8697201000010001000020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>LAPORTA, F. (2006, 6 de octubre). &quot;Juicios paralelos&quot;. <i>El Pa&iacute;s.</i>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000128&pid=S0121-8697201000010001000021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>LUCAS, J. (de) (1998, julio). &quot;La globalizaci&oacute;n no significa universalidad de los derechos humanos&quot;. (En el 50 aniversario de la Declaraci&oacute;n del 48)&quot;. <i>Jueces para la Democracia, </i>32, 3 - 9. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000129&pid=S0121-8697201000010001000022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>LUCAS VERD&Uacute;, P. &amp; LUCAS MURILLO DE LA CUEVA, P. (2001). <i>Manual de derecho pol&iacute;tico, </i>vol. 1 (p. 221 y 222). Madrid: Tecnos. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000130&pid=S0121-8697201000010001000023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>NINO, C. S. (1997). <i>La Constituci&oacute;n de la democracia deliberativa. </i>Barcelona: Gedisa.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000131&pid=S0121-8697201000010001000024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>OFFE, C. (1998). <i>Partidos pol&iacute;ticos y nuevos movimientos sociales. </i>Madrid: Sistema. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000132&pid=S0121-8697201000010001000025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>PECES BARBA, G. (2000). <i>&Eacute;tica, poder y derecho. </i>M&eacute;xico: Fontamara. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000133&pid=S0121-8697201000010001000026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>PITKIN, H. (1985). <i>El concepto de representaci&oacute;n. </i>Madrid: Centro de Estudios Constitucionales.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000134&pid=S0121-8697201000010001000027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>PORRAS NADALES, A. J. (1994). <i>Representaci&oacute;n y democracia avanzada. </i>Madrid: Centro de Estudios Constitucionales.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000135&pid=S0121-8697201000010001000028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>RODR&Iacute;GUEZ PALOP, M. E. (2002). <i>La nueva generaci&oacute;n de derechos humanos. Origen y justificaci&oacute;n. </i>Madrid: Dykinson.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000136&pid=S0121-8697201000010001000029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>RODR&Iacute;GUEZ PALOP, M. E. (2003). &quot;La perplejidad tras el impacto. Internet en nuestro mundo&quot;. <i>Derechos y libertades, </i>12, 315-344.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000137&pid=S0121-8697201000010001000030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>ROSS, A. (1989). <i>&iquest;Por qu&eacute; democracia? </i>Madrid: Centro de Estudios Constitucionales.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000138&pid=S0121-8697201000010001000031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>RUBIO LLORENTE, F. (1984). El parlamento y la representaci&oacute;n pol&iacute;tica. <i>I Jornadas de derecho parlamentario. </i>21, 22 y 23 de marzo de 1984.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000139&pid=S0121-8697201000010001000032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>SARTORI, G. (1998). <i>Homo videns. La sociedad teledirigida. </i>Madrid: Taurus.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000140&pid=S0121-8697201000010001000033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>SCHATTSCHNEIDER, E. (1990). <i>The semisovereign people. A realist's view of democracy in America. </i>Nueva York: Holt, Rinehart and Winston.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000141&pid=S0121-8697201000010001000034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>SCHMITT, C. (1990). <i>Sobre el parlamentarismo. </i>Madrid: Tecnos.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000142&pid=S0121-8697201000010001000035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>SCHMITTER, P.H &amp; KARL, T. (1993). &quot;Qu&eacute; es y qu&eacute; no es la democracia&quot;. <i>Sistema, </i>116, 18.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000143&pid=S0121-8697201000010001000036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>SIEY&Egrave;S, E. J. (1994). <i>&iquest;Qu&eacute; es el tercer Estado?: Ensayo sobre los privilegios. </i>Madrid: Alianza.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000144&pid=S0121-8697201000010001000037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>SILVA-HERZOG M&Aacute;RQUEZ, J. (2007, 4 de junio). &quot;De medios y lealtades&quot;. Reforma. M&eacute;xico. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000145&pid=S0121-8697201000010001000038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>STUART MILL, J. (1985). <i>Del gobierno representativo. </i>Madrid: Tecnos. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000146&pid=S0121-8697201000010001000039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>TOCQUEVILLE, A. (de) (1982). <i>El antiguo r&eacute;gimen y la revoluci&oacute;n. </i>Madrid: Alianza Editorial.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000147&pid=S0121-8697201000010001000040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>TORRES DEL MORAL, A. 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