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<journal-title><![CDATA[Psicología desde el Caribe]]></journal-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This paper presents a review of the brain evolution process in the last four million years, and focuses, in the second part, on the brain modularity concept, the role of language, working memory and cognitive fluency, through the path of the primitive mind to the modern mind. It refers to the executive functions and the theory of mind. It is based upon the complexity theory which explains that mind is emergent as an interaction property, in this case, due to the brain neural interaction.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4"><b>Evoluci&oacute;n, cerebro y cognici&oacute;n</b></font></p>     <p align="center"><b><font size="3">Evolution, brain and cognition</font></b></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><b>Luis Felipe Zapata*</b></p>     <p>* Psic&oacute;logo, Universidad del Norte. Magister en Neuropsicolog&iacute;a, Universidad   San Buenaventura, Medell&iacute;n. Docente Departamento de Psicolog&iacute;a, Universidad del   Norte. Miembro investigador del Grupo Internacional en Investigaci&oacute;n en   Neurociencia y Conducta (GIINCO). <a href="mailto:lzapata@uninorte.edu.co"><i>lzapata@uninorte.edu.co</i></a></p>     <p><i>Correspondencia: </i>Universidad del Norte, Km 5, v&iacute;a a Puerto Colombia,   A.A. 1569, Barranquilla (Colombia).</p>     <p>Fecha de recepci&oacute;n: 7 de septiembre de 2009    <br>   Fecha de aceptaci&oacute;n: 28 de   septiembre de 2009</p> <hr>     <p><b><i>Resumen</i></b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En esta revisi&oacute;n se presenta un recorrido sobre el proceso de la evoluci&oacute;n   cerebral en los &uacute;ltimos 4 millones de a&ntilde;os; en la segunda parte, se enfatiza en   el concepto de modularidad de la mente, y el papel del lenguaje y de la fluidez   cognitiva en el paso de la mente primitiva a la mente moderna. Se hace   referencia a las funciones ejecutivas, la memoria de trabajo y la teor&iacute;a de la   mente. El enfoque es el de la teor&iacute;a de la complejidad, la cual concibe la mente   como una emergencia, es decir, como una propiedad de la interacci&oacute;n, en este   caso, de la interacci&oacute;n neural presente en el cerebro.</p>     <p><b><i>Palabras claves:</i></b>Evoluci&oacute;n, cerebro, cognici&oacute;n, memoria   de trabajo, fluidez cognitiva, flexibilidad cognitiva, g&eacute;nero homo.</p> <hr>     <p><b><i>Abstract</i></b></p>     <p>This paper presents a review of the brain evolution process in the last four   million years, and focuses, in the second part, on the brain modularity concept,   the role of language, working memory and cognitive fluency, through the path of   the primitive mind to the modern mind. It refers to the executive functions and   the theory of mind. It is based upon the complexity theory which explains that   mind is emergent as an interaction property, in this case, due to the brain   neural interaction.</p>     <p><b><i>Key words: </i></b>Evolution, brain, cognition, working memory,   cognitive fluency, cognitive flexibility, homo linage.</p> <hr>     <p>La teor&iacute;a de Charles Darwin ha tenido un impacto profundo y amplio en casi   todos los campos del conocimiento: la biolog&iacute;a por supuesto, a la cual le   facilit&oacute; una ley general que unifica todo el saber biol&oacute;gico; la antropolog&iacute;a,   la arqueolog&iacute;a, la zoolog&iacute;a y, sin lugar a dudas, en la psicolog&iacute;a (Sampedro,   2007). Desde Darwin entonces, se ha venido postulando, pero con m&aacute;s fuerza en   los &uacute;ltimos a&ntilde;os con el avance de las neurociencias, la uni&oacute;n entre la biolog&iacute;a   y la psicolog&iacute;a.</p>     <p>As&iacute; como la biolog&iacute;a se apoya en la qu&iacute;mica y en la f&iacute;sica para estudiar y   conocer su objeto de estudio, la psicolog&iacute;a no debe temer acercarse a la   biolog&iacute;a. Este acercamiento no implica posiciones reduccionistas de los procesos   psicol&oacute;gicos a lo biol&oacute;gico, sino la incorporaci&oacute;n de elementos que son   importantes para profundizar en el conocimiento de los procesos cognitivos y   emocionales humanos (Geary, 2008).</p>     <p>Gracias al avance de las neurociencias, al conocimiento de los procesos   cerebrales que sustentan los procesos mentales, podemos decir que lo mental ha   vuelto a ocupar, despu&eacute;s del oscurantismo conductista, el lugar que le pertenece   en el campo del conocimiento y de la investigaci&oacute;n, y ha colocado a la   psicolog&iacute;a, pr&aacute;cticamente en el estatus de las ciencias naturales al facilitarle   una base material, para su estudio: el cerebro. Por esta raz&oacute;n, los psic&oacute;logos   tenemos un reto inmenso: elaborar una psicolog&iacute;a a partir de los datos   biol&oacute;gicos.</p>     <p>La psicolog&iacute;a evolucionista, las neurociencias y la paleoantropolog&iacute;a actual   consideran la cognici&oacute;n como una estrategia de supervivencia, frente a las   fuertes presiones ambientales que en el curso de la evoluci&oacute;n el linaje <i>homo </i>ha enfrentado (Pinker, 2000). En este sentido, podemos afirmar que la vida   no es s&oacute;lo biolog&iacute;a, sino tambi&eacute;n cognici&oacute;n (Varela, 2000). &iquest;C&oacute;mo habr&iacute;a podido   sobrevivir el hombre sin la cognici&oacute;n? Su fuerza f&iacute;sica no hubiese sido   suficiente para afrontar las dif&iacute;ciles demandas que en un comienzo tuvo   (Arsuaga, 2004).</p>     <p>Si la psicolog&iacute;a entra a apoyarse en el estudio de la organizaci&oacute;n cerebral   para lograr una materialidad de su objeto de estudio, es decir, la cognici&oacute;n, la   afectividad y la emoci&oacute;n, la subjetividad y por &uacute;ltimo, la conciencia, tiene que   enlazarse tambi&eacute;n con las teor&iacute;as evolucionistas, porque lo que ha demostrado   Darwin es que ninguna especie ha sido creada, sino que todas han evolucionado de   formas de vidas ancestrales y comunes, a trav&eacute;s de procesos azarosos que han   generado toda la complejidad filogen&eacute;tica, mediante la selecci&oacute;n de aquellos   genes que permiten un fenotipo ventajoso para la supervivencia (Stix, 2009). Si   nos interesa conocer el cerebro, tenemos que remitirnos a la evoluci&oacute;n, porque   este &oacute;rgano, materia que se piensa a s&iacute; misma, se ha formado, estructurado y   cambiado por selecci&oacute;n natural en el largo proceso evolutivo. Est&aacute; confirmado   que la humanidad naci&oacute; en Africa, en su regi&oacute;n nororiental, cerca de lo que hoy   se conoce como el cuerno de &Aacute;frica. El f&oacute;sil completo m&aacute;s antiguo que se ha   hallado es el de la famosa Lucy, el cual data de hace unos 3.8 a 4 millones de   a&ntilde;os (Amati, 2007). Estos antepasados son conocidos como <i>australopitecus, </i>es decir, monos del sur, ya ten&iacute;an una particularidad: caminaban erguidos.   Por cambios clim&aacute;ticos, hab&iacute;an bajado de los &aacute;rboles y entraban a aventurarse en   la sabana. Los <i>australopithecus </i>ten&iacute;an una morfolog&iacute;a simiesca, piernas   cortas y brazos largos y su cerebro pose&iacute;a un volumen cercano a los 400 a 450   cc, muy pr&oacute;ximo a los de los primates no humanos actuales (Tattersall,   2000).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El bipedalismo fue el primer salto cualitativamente importante, ya que tuvo   consecuencias morf&oacute;logicas, metab&oacute;licas, cerebrales, visuales e impact&oacute;,   incluso, en una naciente afectividad, al reforzar el v&iacute;nculo de las parejas. La   marcha b&iacute;peda cambi&oacute; la forma corporal, la cual era m&aacute;s adaptada al calor de la   sabana porque permit&iacute;a refrescar mejor el cuerpo que una marcha cuadr&uacute;peda,   resist&iacute;a as&iacute; correr largas distancias, facilit&oacute; la visi&oacute;n estereosc&oacute;pica, y el   consumo energ&eacute;tico que se ahorraba pudo ser asimilado por el cerebro para su   crecimiento, y algo importante: liber&oacute; las manos para la construcci&oacute;n futura de   instrumentos (Arsuaga, 2004). Adem&aacute;s, el bipedismo al estrechar la abertura   p&eacute;lvica en la mujer al mismo tiempo que el cerebro crec&iacute;a, convirti&oacute; el parto en   un evento doloroso. Pero como muchas veces sucede, este parto doloroso pas&oacute; de   ser un hecho solitario a un hecho social; la hembra necesitaba de ayuda de otros   miembros del grupo para que la cr&iacute;a pudiera aumentar las posibilidades de   sobrevivir y esto, a su vez, empez&oacute; a reforzar los v&iacute;nculos de una afectividad   que se asomaba por primera vez (Rosenberg &amp; Trevathan, 2002).</p>     <p>La marcha hacia la humanizaci&oacute;n que comenz&oacute; hace unos 2.8 millones de a&ntilde;os   con el <i>homo h&aacute;bilis </i>como constructor de las primeras herramientas, lascas   pulidas. Este ser era m&aacute;s gr&aacute;cil que los <i>austrolapithecus, </i>hab&iacute;a dejado   definitivamente los &aacute;rboles y se amoldaba mucho mejor a la vida de la sabana. Su   cerebro era mayor que el de los <i>australopithecus, </i>pues ten&iacute;a un volumen   entre 500 y 800 cc (Roth, 2005). Su cuerpo se parec&iacute;a m&aacute;s al de un <i>australopithecus, </i>pero su rostro y dentici&oacute;n estaban m&aacute;s cerca del rostro   humano. Existi&oacute; un hecho muy significativo: empez&oacute; a construir instrumentos   l&iacute;ticos muy rudimentarios, como lascas pulidas en su punta que le permit&iacute;a   defenderse de los enemigos, y atacar y descuartizar a las presas. Era carro&ntilde;ero,   robaba animales muertos por otros animales. Hace m&aacute;s de 1.6 millones de a&ntilde;os que   no se encuentran f&oacute;siles de estas primeras especies de homo los cuales parecen   haber sido sustitu&iacute;dos por el <i>homo erectus.</i></p>     <p>El <i>homo erectus </i>fue la primera especie que emigr&oacute; del continente   africano. Se han encontrado restos de este homo en Georgia y en China, el   llamado hombre de Pekin. Se considera que vivi&oacute; en &Aacute;frica, Oriente Medio y el   sur de Asia desde hace unos 1.6 millones de a&ntilde;os hasta hace 500.000 a&ntilde;os. Sus   descendientes, los <i>homos heidelbergensis, </i>se convirtieron en los primeros   pobladores de Europa hace alrededor de 800 mil a&ntilde;os (Kolb 2002). El cerebro del <i>homo erectus </i>era m&aacute;s grande que el del <i>homo h&aacute;bilis, </i>entre 800 y   1250 cc, ten&iacute;a rebordes supraorbitales prominentes y un esqueleto robusto.</p>     <p>El <i>homo heidelbergensis </i>descendi&oacute; del <i>homo erectus </i>y fue el   primer poblador de Europa. Los <i>neanderthales, </i>que evolucionaron de <i>homo heidel-bergensis, </i>vivieron principalmente en Europa desde hace unos   250.000 a 100.000 a&ntilde;os, incluso, se han encontrado restos de <i>neanderthales </i>de hace unos 30.000 a&ntilde;os, lo cual demuestra que en un momento convivieron   diferentes tipos de homo (Wynn, 2008). Se distinguen del <i>homo erectus </i>por   su mayor volumen cerebral, entre 1200 y 1700 cc, un volumen mayor que el   nuestro. Su nariz era larga y menores rebordes supraorbitales. Su cuerpo era de   complexi&oacute;n muy fuerte, corpulento y musculoso, con piernas cortas y un gran   torax. Muchos de sus rasgos anat&oacute;micos son adaptaciones a una vida en medios muy   fr&iacute;os. El cuerpo de los <i>neanderthales </i>parece haber experimentado un alto   grado de lesiones f&iacute;sicas y enfermedades degenerativas que podr&iacute;an reflejar un   estilo de vida f&iacute;sicamente muy duro. Algo importante y novedoso: enterraban a   sus muertos.</p>     <p>En esta resumida secuencia evolutiva, el &uacute;ltimo en aparecer ha sido el <i>homo sapiens sapiens </i>hace unos 150.000 a&ntilde;os (Martin-Loeches, 2008).   Durante el per&iacute;odo evolutivo que nos ocupa, el aumento del tama&ntilde;o del cerebro ha   sido significativo al pasar de unos 450 cc de los primeros <i>australopithecus </i>hasta los 1400 cc de volumen que en promedio poseen los cerebros de los   humanos modernos (Kaas, 2006). Un crecimiento muy r&aacute;pido, ya que en 4 millones   de a&ntilde;os, tiempo breve en t&eacute;rminos evolutivos, el cerebro pr&aacute;cticamente triplic&oacute;   su tama&ntilde;o.</p>     <p>Descendiente del <i>homo sapiens </i>arcaico africano, el <i>homo sapiens   sapiens </i>se distingue de este &uacute;ltimo homo y del homo de neanderthal por una   complexi&oacute;n menos robusta, la reducci&oacute;n y frecuente ausencia de rebordes   supraorbitales, lo cual permiti&oacute; el crecimiento de los l&oacute;bulos frontales, un   cr&aacute;neo m&aacute;s redondo y dientes m&aacute;s peque&ntilde;os (Black, 1998). Hace unos 100.000 a&ntilde;os,   los <i>homo sapiens sapiens </i>pudieron dispersarse por &Aacute;frica y Asia Central,   y colonizaron a Europa hace alrededor de 80.000 a&ntilde;os, y a Australia hace unos   60.000 a&ntilde;os. Hace unos 30.000 a&ntilde;os, con la extinci&oacute;n de los &uacute;ltimos   neandertales, el <i>homo sapiens sapiens </i>fue el &uacute;nico miembro superviviente   del linaje homo (Leakey, Walker, 1997).</p>     <p>El aumento del tama&ntilde;o del cerebro correlaciona con el aumento del tama&ntilde;o del   grupo social, el cambio de la dieta, la producci&oacute;n de los primeros instrumentos   t&eacute;cnicos y, en general, con un aumento en la complejidad cognitiva, que es la   caracter&iacute;stica principal del <i>homo sapiens sapiens: </i>el pensamiento   simb&oacute;lico (Byrne, Bates, 2007).</p>     <p>Es necesario aclarar que a&uacute;n este crecimiento cerebral no es lo definitivo   como marcador evolutivo de la complejidad cognitiva. La clave no es el tama&ntilde;o   absoluto del cerebro. De hecho, delfines y ballenas poseen un cerebro mucho   mayor que el nuestro, alrededor de unos 5000 cc. Mucho m&aacute;s importante es la   relaci&oacute;n entre el tama&ntilde;o del cerebro y el tama&ntilde;o del cuerpo, relaci&oacute;n expresada   en el coeficiente de encefalizaci&oacute;n, el cual, siendo de 7 en el <i>homo sapiens   sapiens, </i>es el mayor en la escala filogen&eacute;tica. Esto quiere decir que   nosotros tenemos un cerebro 7 veces m&aacute;s grande que el que nos corresponder&iacute;a por   nuestro tama&ntilde;o corporal (Neill, 2007).</p>     <p>En este proceso evolutivo, el cerebro representando el 2 — 3% del peso   corporal ha llegado a consumir el 20% de la tasa metab&oacute;lica total. Tom&oacute; para s&iacute;   el ahorro energ&eacute;tico que ofreci&oacute; la marcha b&iacute;peda, as&iacute; como tambi&eacute;n el ahorro   metab&oacute;lico gastrointestinal al pasar el homo de una dieta basada en vegetales,   de m&aacute;s larga digesti&oacute;n, a una dieta carn&iacute;vora rica en prote&iacute;nas y energ&iacute;a de   digesti&oacute;n m&aacute;s r&aacute;pida (Leonard, 2003).</p>     <p>Pero, &iquest;para qu&eacute; un &oacute;rgano tan costoso energ&eacute;ticamente? Todo indica que para   generar un proceso cognitivo cada vez m&aacute;s complejo, que como se dijo al   comienzo, ha servido como una estrategia bastante efectiva de supervivencia para   una especie f&iacute;sicamente muy d&eacute;bil. Seg&uacute;n Llin&aacute;s (2004), la funci&oacute;n del cerebro   en t&eacute;rminos generales es generar la cognici&oacute;n y la emoci&oacute;n humana, a partir del   registro sensorial del mundo externo y del estado corporal representados   neuralmente, sintetizar estas dos informaciones y lograr as&iacute; una representaci&oacute;n   interna de la realidad externa y de nuestra corporalidad, mediando las   respuestas motoras generadas frente a las demandas del medio.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Por otra parte, &iquest;qu&eacute; caracter&iacute;sticas ten&iacute;an la mente de los homos primitivos   y cu&aacute;les son las principales del <i>homo sapiens sapiens? </i>Para responder a   este interrogante se considerar&aacute; la propuesta que sobre la modularidad de la   mente se hace desde la psicolog&iacute;a cognitiva, las neurociencias e, incluso, desde   la paleoantropolog&iacute;a. Parece existir un consenso respecto a que la mente humana   est&aacute; organizada en m&oacute;dulos con especificidad de dominio. En t&eacute;rminos evolutivos,   poseer m&oacute;dulos para actividades espec&iacute;ficas parece ser m&aacute;s eficaz que tener una   capacidad general para la diversidad de actividades y ambientes a las que se ven   enfrentados los humanos (Barkow, Cosmides, Tooby, 1992). Los m&oacute;dulos no implican   un localizacionismo tipo frenol&oacute;gico, sino m&aacute;s bien una funci&oacute;n de acuerdo con   las concepciones de Alexander Luria, para qui&eacute;n las funciones cognitivas   complejas pod&iacute;an estar representadas en redes neurales ubicadas en diferentes   regiones del cerebro, pero que pueden dispararse en forma sincr&oacute;nica, generando   la actividad modular (Luria, 1979). Estas redes pueden hacer parte de un m&oacute;dulo   u otro, generando una din&aacute;mica fluida a nivel neurocognitivo.</p>     <p>Por supuesto que hab&iacute;a cognici&oacute;n en los humanos primitivos. Mithen (1996)   propone que estos ancestros pose&iacute;an tres grandes m&oacute;dulos mentales: un m&oacute;dulo   t&eacute;cnico para la elaboraci&oacute;n de instrumentos y herramientas, un m&oacute;dulo para el   conocimiento del mundo natural, el cual lo orientaba en la caza, en el   seguimiento de huellas y en su relaci&oacute;n con la naturaleza; y un m&oacute;dulo social   que le serv&iacute;a para la interacci&oacute;n con los otros miembros del grupo. Sin embargo,   estos tres m&oacute;dulos estaban separados y no funcionaban en forma integrada. Esto   permite entender que los homos primitivos hubiesen avanzado en su cognici&oacute;n   social, mas no as&iacute; en la producci&oacute;n de herramientas e instrumentos. Ha habido   una creencia respecto a que lo definitivo en la evoluci&oacute;n fue la construcci&oacute;n de   herramientas, al ser liberadas las manos con el logro de la marcha b&iacute;peda; sin   embargo, en 3.8 millones de a&ntilde;os no se logr&oacute; un avance significativo en la   construcci&oacute;n de herramientas; estas son m&aacute;s un producto del hombre moderno.   Parece que ha sido m&aacute;s importante la cognici&oacute;n social lograda desde etapas   tempranas para responder a una necesidad fundamental, sin la cual no se hubiese   podido sobrevivir en un medio tan agresivo y host&iacute;l, la uni&oacute;n del grupo, la   cohesi&oacute;n social, el apoyo grupal (Wong, 2004).</p>     <p>Seg&uacute;n Brune y Brune-Cohrs U. (2006), la teor&iacute;a de la mente, esa capacidad de   poder inferir estados mentales intencionales en los otros, tal como percibimos   los que cada uno de nosotros posee, requisito sin condici&oacute;n para las relaciones   de grupo, est&aacute; presente en la mente de chimpac&eacute;s y orangutanes. Estos primates   no humanos establecen relaciones sociales que se caracterizan claramente por   alianzas, trampas y enga&ntilde;os; por ejemplo, se sabe que las hembras copulan en   silencio con machos j&oacute;venes para que el macho dominante no lo perciba; los   machos j&oacute;venes, por su parte, muestran su pene erecto a las hembras pero con su   mano se lo ocultan al macho dominante. Unos con otros se al&iacute;an para destronar al   macho dominante. Es de considerar que si estos primates poseen un m&oacute;dulo que   facilita la inferencia de los estados mentales de los otros, el <i>homo h&aacute;bilis, </i>primer ancestro del tipo homo, lo poseyera tambi&eacute;n mucho antes del   desarrollo del m&oacute;dulo t&eacute;cnico de elaboraci&oacute;n de herramientas. Claro est&aacute; que el   corolario de la teor&iacute;a de la mente es nuestra dificultad de comprender y aceptar   que alguien pueda pensar diferente a nosotros, lo cual, como sabemos, es la   fuente de conflictos en todo grupo social (Wong, 2000).</p>     <p>Pero &iquest;qu&eacute; evento facilit&oacute; la integraci&oacute;n de los tres m&oacute;dulos y qu&eacute; efectos   tuvo en la generaci&oacute;n de una cognici&oacute;n mucho m&aacute;s compleja? Las hip&oacute;tesis al   respecto, desde distintas disciplinas como la paleoantropolog&iacute;a y la   psicolingu&iacute;stica, consideran la aparici&oacute;n del lenguaje como la emergencia que   facilit&oacute; la integraci&oacute;n de los tres m&oacute;dulos, lo que permiti&oacute; de esta forma la   generaci&oacute;n de una de las caracter&iacute;sticas de la mente moderna, la fluidez   cognitiva (Mithen, 1996).</p>     <p>La fluidez cognitiva se puede entender como la facilidad del flujo de   informaci&oacute;n entre los diferentes m&oacute;dulos (Martin-Loeches, 2007). La informaci&oacute;n   ya no se encuentra encapsulada en m&oacute;dulos particulares, sino que, sin perder la   organizaci&oacute;n modular, la fluidez cognitiva alcanzada a partir de la aparici&oacute;n   del lenguaje, permite una integraci&oacute;n de diferentes tipos de informaci&oacute;n, es   decir, el mundo social con el mundo no-social. De esta forma, el lenguaje y la   fluidez cognitiva permiten percepciones y cogniciones m&aacute;s complejas sobre el   mundo y sobre nosotros mismos, lo cual va a dar origen a la mente moderna, al <i>homo sapiens sapiens </i>(Wong, 2005).</p>     <p>La fluidez cognitiva aumenta la complejidad porque aumenta la informaci&oacute;n que   podemos procesar, nos permite realizar m&aacute;s relaciones entre los est&iacute;mulos y   eventos que percibimos y vivimos. La fluidez est&aacute; relacionada con la rapidez en   el procesamiento de la informaci&oacute;n, facilita la imaginaci&oacute;n, la libre asociaci&oacute;n   de los elementos recordados, la libre expresi&oacute;n, la afluencia de relaciones, la   percepci&oacute;n de diferentes opciones, pero no para determinar el dato espec&iacute;fico   como en la producci&oacute;n convergente, sino para facilitar la aparici&oacute;n de analog&iacute;as   y asociaciones latentes en el recuerdo (Coolidge &amp; Wynn, 2005). Podemos   decir, en cierto sentido, que la fluidez cognitiva es la base de la creatividad,   los individuos que adquirieron esta habilidad alcanzaron una ventaja adaptativa   y sobrevivieron.</p>     <p>Unos procesos generan otros nuevos. La fluidez cognitiva alcanzada en el <i>homo sapiens sapiens </i>aument&oacute; la complejidad del sistema, ya que este pas&oacute;   de un sistema compartimentado a un sistema altamente integrado, donde el todo es   mucho m&aacute;s que la suma de las partes, donde lo que genera los procesos es la   interacci&oacute;n, el patr&oacute;n sincr&oacute;nico que fluye comunicando todo el sistema   internamente (Coolidge &amp; Wynn, 2001). Y desde la teor&iacute;a de sistemas y de la   complejidad se propone que todo aumento en la complejidad genera una mayor   entrop&iacute;a, una tendencia al desorden, al caos. Es as&iacute; que se necesita, entonces,   un centro supramodal que integre, coordine, regule, organize y controle toda la   actividad generada por el sistema, en nuestro caso, el cerebro humano.</p>     <p>El cerebro, moldeado por las presiones ejercidas por los nichos ecol&oacute;gicos   que los diferentes homo van ocupando, aument&oacute; su tama&ntilde;o, principalmente la   corteza cerebral, la cual se desarroll&oacute; para dar una racionalidad a la actividad   l&iacute;mbica, y en ella las &aacute;reas prefrontales, las cuales van a tomar el mando que   exige la complejidad de un cerebro m&aacute;s grande con m&aacute;s neuronas y por lo tanto   con muchas m&aacute;s conexiones (Semendeferi, Damasio &amp; Frank, 1997). Las   posibilidades funcionales supramodales de las &aacute;reas prefrontales est&aacute;n dadas por   la riqueza de sus conexiones. Es una regi&oacute;n cerebral con intrincadas conexiones   entre ella misma, con otras regiones corticales y con regiones subcorticales en   lo profundo del tejido cerebral, conect&aacute;ndose as&iacute; con todo el cerebro. Pero   elaborar esta riqueza sin&aacute;ptica requiere tiempo, no bastan los 9 meses de   desarrollo prenatal, ni siquiera la primera infancia. Por esta raz&oacute;n las &aacute;reas   prefrontales terminan de madurar en la adolescencia tard&iacute;a, hacia los 18 o 20   a&ntilde;os (Smith, Szathmary, 2001). Somos entonces organismos que nacemos   prematuramente, inmaduros, por lo que para madurar f&iacute;sica y psicol&oacute;gicamente   necesitamos de una infancia prolongada, hecho que nos da una ventaja   significativa, estamos abiertos al aprendizaje. Y gracias a la plasticidad   cerebral, a esa capacidad que tienen los circuitos cerebrales de modificarse por   efecto de la experiencia, estamos abiertos a ese aprendizaje durante toda la   vida.</p>     <p>Seg&uacute;n Hirnstein, Hausmann y Gunturkun (2008), las &aacute;reas prefrontales generan   los procesos cognitivos superiores que resultan de la integraci&oacute;n de todo el   funcionamiento cerebral, la organizaci&oacute;n de planes coherentes de acci&oacute;n, la   flexibilidad cognitiva, los procesos metacognitivos, como la monitorizaci&oacute;n de   la conducta y la inhibici&oacute;n de impulsos ca&oacute;ticos impulsivos y de especie, que   emergen de &aacute;reas subcorticales, permitiendo a&uacute;n m&aacute;s la regulaci&oacute;n de la conducta   social y del proceso cognitivo complejo que aparece en el <i>homo sapiens   sapiens. </i>Las &aacute;reas prefrontales, entonces, organizan el pensamiento y la   conducta, y permiten la auto-regulaci&oacute;n, por lo que se considera que la   conciencia y la personalidad, incluso, la &eacute;tica y la moral, tienen su asiento en   estas &aacute;reas (Ardila, Ostrosky-Sol&iacute;s, 2008).</p>     <p>Al aumentar la informaci&oacute;n que podemos manejar, se hace necesario entonces un   espacio mental donde esa informaci&oacute;n pueda ser manejada en forma flexible,   momento a momento, en funci&oacute;n de la relaci&oacute;n con el entorno. Un espacio donde la   informaci&oacute;n fluya, entra y salga en funci&oacute;n de la tarea, un espacio mental que   se apoye en los procesos perceptuales y en la atenci&oacute;n que demanda la actividad,   pero que a la vez conecta lo presente inmediato con la informaci&oacute;n que hemos   almacenado a largo plazo; conecte la atenci&oacute;n del momento con nuestra reserva   cognitiva, con la informaci&oacute;n acumulada y, que realize algo maravilloso, extraer   de esa reserva, la informaci&oacute;n exacta para afrontar la exigencia del momento   (Coolidge &amp; Wynn, 2007). Este espacio es la llamada memoria de trabajo, que   depende de la fluidez cognitiva y que es tambi&eacute;n una funci&oacute;n de las &aacute;reas   prefrontales.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Esta mente moderna, fluida, integrada, flexible en el manejo de la   informaci&oacute;n procesada, la mente del <i>homo sapiens sapiens </i>que se ha venido   fraguando en los &uacute;ltimos 3.8 millones de a&ntilde;os, se considera que se manifest&oacute;   hace unos 60.000 a&ntilde;os, cuando el hombre fue capaz de generar el otro tipo de   evoluci&oacute;n, la evoluci&oacute;n cultural (Arsuaga, Mart&iacute;nez, 2001). Hacia ese per&iacute;odo,   apareci&oacute; algo completamente nuevo, algo de lo cual no se ha encontrado resto   alguno antes de ese tiempo: el arte, y por lo tanto la cultura, o sea, la   cognici&oacute;n simb&oacute;lica. La cognici&oacute;n moderna comenz&oacute; con el arte (Mithen, 1996), y   no s&oacute;lo aparece sino que es una explosi&oacute;n, la explosi&oacute;n del arte paleol&iacute;tico,   fundamentalmente europeo, del cual dijo Mir&oacute;, el pintor espa&ntilde;ol del siglo   pasado, dijo "todo arte posterior a &eacute;l (al arte paleol&iacute;tico) es decadencia.</p>     <p>Por primera vez el hombre, y ya podemos utilizar esta palabra, se lanza a   dejar mensajes en forma consciente, quiere hacerlo, est&aacute; afanado por lograrlo,   pinta animales, alces, bisontes, venados, escenas del mundo natural y graba sus   manos en las paredes de las cavernas. La fluidez cognitiva alcanzada entre los   tres m&oacute;dulos, le permite integrar por primera vez el mundo social con el mundo   natural, hace collares de piezas de huesos para adornarse, se pinta el cuerpo   para mostrar su poder o para hacerse m&aacute;s atractivo ante las hembras. Seg&uacute;n   Deacon (2000), su actividad deja ser exclusivamente concreta, inmediata y se   vuelve abstracta a trav&eacute;s del pensamiento s&iacute;mbolico. Es decir, manipula   mentalmente elementos de m&oacute;dulos diferentes, los integra y genera algo novedoso,   el pensamiento m&aacute;gico, la religi&oacute;n, incluso, aparece por primera vez un   pensamiento antropom&oacute;rfico y tot&eacute;mico, un pensamiento animista reflej ado en   figuras con cuerpo de hombre y cabeza de le&oacute;n. Desde un punto de vista de la   estructura de la mente y la cognici&oacute;n, esto es uni&oacute;n del m&oacute;dulo t&eacute;cnico con el   m&oacute;dulo natural, con el m&oacute;dulo social. Se piensa que desde ese entonces el   cerebro es el mismo, no se han registrado cambios importantes en &eacute;l   (Martin-Loeches, 2006).</p>     <p>Beaman (2007) sostiene que la emergencia de la cognici&oacute;n humana ha sido un   proceso, por una parte lento, pero por otra se podr&iacute;a pensar que r&aacute;pido, ya que   se realiz&oacute; en los &uacute;ltimos cuatro millones de a&ntilde;os, tiempo breve en t&eacute;rminos   evolutivos. Ha sido un proceso azaroso, complejo, dif&iacute;cil a&uacute;n de captar en su   totalidad pero, sin lugar a dudas, determinado por las condiciones materiales de   existencia en cada momento, condiciones que estableciendo exigencias   particulares, demandaban flexibilidad conductual para la generaci&oacute;n de   comportamientos adaptativos, &uacute;tiles para la supervivencia.</p>     <p>La emergencia de la cognici&oacute;n no se puede conocer sin la relaci&oacute;n con los   cambios en la organizaci&oacute;n cerebral (Lopera, 2004). Los diferentes procesos   cognitivos que caracterizan al <i>homo sapiens sapiens </i>tienen su asiento en   las interconexiones neuronales, patrones de activaci&oacute;n sincr&oacute;nica que se fueron   modelando en el curso del proceso evolutivo. Como afirman Gruber y Goschke   (2004), cognici&oacute;n, evoluci&oacute;n y cerebro se articulan en una unidad   indisoluble.</p>     <p><b>Referencias</b></p>     <!-- ref --><p>Amati, D. &amp; Shallice, T. (2007). On the emergence of modern humans. <i>Cognition 103, </i>358-385&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000048&pid=S0123-417X200900020000600001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ardila, A. &amp; Ostrosky-Sol&iacute;s, F. (2008). Desarrollo hist&oacute;rico de las   funciones ejecutivas. <i>Revista de Neuropsicolog&iacute;a, Neuropsiquiatr&iacute;ay   Neurociencias, </i>8(1) 1-21. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000049&pid=S0123-417X200900020000600002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Arsuaga, J. &amp; L., Mart&iacute;nez, I. (2004). <i>La especie elegida. La larga   marcha de la evoluci&oacute;n humana. </i>Madrid: Ediciones Temas de Hoy. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000050&pid=S0123-417X200900020000600003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Arsuaga, J.   &amp; Mart&iacute;nez, I. (2001). El origen de la mente. <i>Investigaci&oacute;ny ciencia,   302. </i>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000051&pid=S0123-417X200900020000600004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Barkow, J., Cosmides, L. &amp; Tooby, J. (1992). <i>The adapted mind.   Evolutionary psychology and the generation of culture. </i>New York: Oxford   University Press. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000052&pid=S0123-417X200900020000600005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Beaman, C. (2007) Modern cognition in the absence of working memory: Does the   working memory account of Neandertal cognition work? <i>Journal of Human   Evolution 52, </i>702 — 706. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000053&pid=S0123-417X200900020000600006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Black, I. (1998). Genes, Brain and mind: the evolution of cognition. <i>Neuron, 20, </i>1073 - 1080&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000054&pid=S0123-417X200900020000600007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Brune, M. &amp; Brune-Cohrs, U. (2006) Theory of mind—evolution, ontogeny,   brain mechanisms and psychopathology. <i>Neuroscience and Biobehavioral Reviews,   30, </i>437—455.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000055&pid=S0123-417X200900020000600008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Byrne, R. &amp; Bates, L. (2007). Sociality, evolution and cognition. <i>Current Biology, </i>17(16).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000056&pid=S0123-417X200900020000600009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Coolidge, F. &amp; Wynn, T. (2007). The working memory account of Neandertal   cognition. How phonological storage capacity may be related to recursi&oacute;n and the   pragmatics of modern speech. <i>Journal of Human Evolution, 52,</i> 707-710.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000057&pid=S0123-417X200900020000600010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Coolidge, F. &amp; Wynn, T. (2005). Working memory, its executive functions,   and the emergence of modern thinking. <i>Cambridge archaeologicaljournal 15: </i>1, 5-26.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000058&pid=S0123-417X200900020000600011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Coolidge, F. &amp; Wynn, T. (2001). Executive functions of the frontal lobes   and the evolutionary ascendancy of <i>homo sapiens. Cambridge archaeological   journal 11 </i>:2, 255 - 260.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000059&pid=S0123-417X200900020000600012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Deacon, T. (2000). Evolutionary perspectives on language and brain   plasticity. <i>Journal Community Disorders, 33, </i>273 - 291&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000060&pid=S0123-417X200900020000600013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Geary, D. (2008). <i>El origen de la mente. Evoluci&oacute;n del cerebro, cognici&oacute;n   e inteligencia. </i>M&eacute;xico: Manual Moderno&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000061&pid=S0123-417X200900020000600014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Gruber, O. &amp; Goschke, T. (2004). Executive control emerging from dynamic   interactions between brain systems mediating language, working memory and   attentional processes. <i>Acta Psychologica, 115, </i>105—121.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000062&pid=S0123-417X200900020000600015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Hirnstein, M., Hausmann, M. &amp; Gunturkun, O. (2008). The evolutionary   origins of functional cerebral asymmetries in humans: Does lateralization   enhance parallel processing? <i>Behavioural Brain Research, 187, </i>297—303&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000063&pid=S0123-417X200900020000600016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Kaas, J. Evolution of the neocortex. (2006). <i>Current Biology, 16 </i>(21),   7, R910-R914.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000064&pid=S0123-417X200900020000600017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Kolb, B. &amp; Whishaw, I. (2002). <i>Cerebro y conducta. </i>Madrid:   McGraw-Hill &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000065&pid=S0123-417X200900020000600018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Leonard, W (2003). La incidencia de la dieta en la hominizaci&oacute;n. <i>Investigaci&oacute;n y ciencia, </i>317.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000066&pid=S0123-417X200900020000600019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Leakey, M., Walker, A. (1997). Antiguos f&oacute;siles de hom&iacute;nidos en &Aacute;frica. <i>Investigaci&oacute;n y ciencia, 251 </i>. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000067&pid=S0123-417X200900020000600020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Llin&aacute;s, R. (2002). <i>El cerebro y el mito del Yo. </i>Bogot&aacute;: Norma. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000068&pid=S0123-417X200900020000600021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Lopera,   F. (2004). Evoluci&oacute;n y cognici&oacute;n. <i>Revista Neuropsicolog&iacute;a, Neuropsiquiatr&iacute;a y   Neurociencias, 6, </i>27-34. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000069&pid=S0123-417X200900020000600022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Luria, A. (1979). <i>El cerebro en acci&oacute;n. </i>Barcelona: Editorial   Fontanella. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000070&pid=S0123-417X200900020000600023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Martin-Loeches, M. (2006). On the uniqueness of human kind: is language   working memory the final piece that made us human? <i>Journal of Human   Evolution, 50, </i>226 — 229.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000071&pid=S0123-417X200900020000600024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Mart&iacute;n-Loeches, M., Casado, P. &amp; Sel, A. (2008). La evoluci&oacute;n del cerebro   en el g&eacute;nero Homo: la neurobiolog&iacute;a que nos hace diferentes. <i>Revista de   neurolog&iacute;a; 46: </i>731-41.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000072&pid=S0123-417X200900020000600025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Martin-Loeches M. (2007). <i>La mente del "homo sapiens". El cerebro y la   evoluci&oacute;n humana. </i>Madrid: Aguilar.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000073&pid=S0123-417X200900020000600026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Mithen, S. (1996). <i>La arqueolog&iacute;a de la mente. </i>Barcelona. Cr&iacute;tica.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000074&pid=S0123-417X200900020000600027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Neill, D. (2007). Cortical evolution and human behaviour. <i>Brain Research   Bulletin, 74, </i>191—205.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000075&pid=S0123-417X200900020000600028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Pinker, S. (2000). <i>C&oacute;mo funciona la mente. </i>Barcelona: Destino.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000076&pid=S0123-417X200900020000600029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Postle, R. (2006). Working memory as an emergent property of the mind and   brain. <i>Neuroscience, 139, </i>23—38. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000077&pid=S0123-417X200900020000600030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Rosenberg, K. &amp; Trevathan, W (2002)- La evoluci&oacute;n del parto humano. <i>Investigaci&oacute;n y ciencia, 304. </i>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000078&pid=S0123-417X200900020000600031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Roth, G. &amp; Dicke, U. (2005) Evolution of the brain and intelligence. <i>Trends in Cognitive Sciences, 9 </i>(5). &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000079&pid=S0123-417X200900020000600032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Sampedro, J. (2007). <i>Deconstruyendo a Darwin. </i>Barcelona: Drakontos &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000080&pid=S0123-417X200900020000600033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Semendeferi, K., Damasio, H. &amp; Frank, F. (1997). The evolution of the   frontal lobes: a volumetric analysis based on three-dimensional reconstructions   of magnetic resonance scans of human and ape brains. <i>Journal of Human   Evolution 32, </i>375—388.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000081&pid=S0123-417X200900020000600034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Smith, J &amp; Szathm&aacute;ry, E. (2001). <i>Ocho hitos de la evoluci&oacute;n. Del   origen de la vida a la aparici&oacute;n del lenguaje. </i>Barcelona: Tusquets. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000082&pid=S0123-417X200900020000600035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Stix ,G. (2009). El legado de Darwin. <i>Investigaci&oacute;n y ciencia, 388, </i>12-17. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000083&pid=S0123-417X200900020000600036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Tattersall, I. (2000). Hom&iacute;nidos contempor&aacute;neos. <i>Investigaci&oacute;n y ciencia,   282. </i>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000084&pid=S0123-417X200900020000600037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Varela, F. (2000). <i>El fen&oacute;meno de la vida. </i>Santiago de Chile: Dolmen. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000085&pid=S0123-417X200900020000600038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Wong, K. (2005). La aparici&oacute;n de la mente moderna. <i>Investigaci&oacute;n y   ciencia, 337. </i>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000086&pid=S0123-417X200900020000600039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Wong, K. (2000). Qui&eacute;nes fueron los Neanderthales. <i>Investigaci&oacute;n y   ciencia, 285. </i>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000087&pid=S0123-417X200900020000600040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Wong, K. (2004). Migraciones prehist&oacute;ricas de &Aacute;frica a Eurasia. <i>Investigaci&oacute;n y ciencia, 331 </i>.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000088&pid=S0123-417X200900020000600041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Wynn, T. &amp; Coolidge, F. (2008) Evoluci&oacute;n de la mente: del neanderthal al   hombre moderno. <i>Revista Mente y Cerebro, 32. </i>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000089&pid=S0123-417X200900020000600042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Wynn, T. &amp; Coolidge, F. (2004). The expert Neanderthal mind. <i>Journal   of human evolution, 46, </i>467 - 487.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000090&pid=S0123-417X200900020000600043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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