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<journal-title><![CDATA[Revista de Economía Institucional]]></journal-title>
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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[LA GENEALOGÍA DEL LIBERALISMO: UNA LECTURA ECONÓMICA DEL “SEGUNDO TRATADO SOBRE EL GOBIERNO CIVIL” DE JOHN LOCKE]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[THE GENEALOGY OF LIBERALISM: AN ECONOMIC READING OF LOCKE’S SECOND TREATISE OF GOVERNMENT]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This paper presents an interpretation of John Locke’s theory of political society. After reviewing the differences between Locke’s and Hobbes’ ideas of individual, government and the importance of a rational discussion about the construction of political society, the article shows the role of individual freedom and consent as basis for explaining the situation of men in political society. The analysis of Locke’s social contract shows how the creation of governement is the outcome of the search for economic efficiency, because it permits the reduction of transaction costs or what Locke calls “the inconveniences of the state of nature”.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>    <br>LA GENEALOG&Iacute;A DEL LIBERALISMO: UNA LECTURA ECON&Oacute;MICA DEL “SEGUNDO TRATADO SOBRE EL GOBIERNO CIVIL” DE JOHN LOCKE</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">    <p align="center"><b>THE GENEALOGY OF LIBERALISM: AN ECONOMIC READING OF LOCKE’S SECOND TREATISE OF GOVERNMENT</b></p>     <p>    <br>    <br></p>     <p><i>Mauricio P&eacute;rez Salazar</i>*</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">* El autor agradece los comentarios de Homero Cuevas, C&eacute;sar Gonz&aacute;lez, Fernando Gait&aacute;n, Fernando Hinestrosa, Laura Palacio, Eduardo Wiesner, Jes&uacute;s Antonio Bejarano y Alberto Castrill&oacute;n a una versi&oacute;n anterior de este art&iacute;culo.</p> <hr align="JUSTIFY">     <p align="justify"><b>RESUMEN</b></p>     <p align="justify">Este art&iacute;culo presenta una interpretaci&oacute;n de la teor&iacute;a de la sociedad pol&iacute;tica de John Locke. Despu&eacute;s de se&ntilde;alar las diferencias entre las ideas de Locke y de Hobbes con respecto al individuo, el Estado y la importancia de una discusi&oacute;n razonada de la construcci&oacute;n de la sociedad pol&iacute;tica, el art&iacute;culo se centra en explorar el papel de la libertad individual y el consentimiento como bases para la comprensi&oacute;n de la situaci&oacute;n del hombre en un estado pol&iacute;tico. El an&aacute;lisis del contrato social de Locke muestra como la creaci&oacute;n del Estado obedece a la b&uacute;squeda de eficiencia econ&oacute;mica, por cuanto permite reducir los costos de transacci&oacute;n que Locke denomina “los inconvenientes del estado de naturaleza”.</p>     <p align="justify"><b>ABSTRACT</b></p>     <p align="justify">This paper presents an interpretation of John Locke&rsquo;s theory of political society. After reviewing the differences between Locke&rsquo;s and Hobbes&rsquo; ideas of individual, government and the importance of a rational discussion about the construction of political society, the article shows the role of individual freedom and consent as basis for explaining the situation of men in political society. The analysis of Locke&rsquo;s social contract shows how the creation of governement is the outcome of the search for economic efficiency, because it permits the reduction of transaction costs or what Locke calls “the inconveniences of the state of nature”.</p> <hr align="JUSTIFY"> </font>    <blockquote>    <p align="right"><font size="2" face="Verdana">    <br> <i>Cuando los hombres han cometido y sufrido injusticias y han experimentado ambas situaciones, sin poder gozar la primera ni eludir la segunda, piensan que es mejor acordarse entre s&iacute; para evitarlas ambas; de all&iacute; surgen las leyes y los convenios rec&iacute;procos; y lo que est&aacute; dispuesto por las leyes se denomina justo y leg&iacute;timo... Ning&uacute;n hombre digno de ese nombre se someter&iacute;a a tal acuerdo si pudiera resistirlo; ser&iacute;a loco. Tal, mi querido S&oacute;crates, es la versi&oacute;n recibida de la naturaleza y el origen de la justicia.    <br> </i>Plat&oacute;n, <i>La Rep&uacute;blica</i>, Libro II</font></p> </blockquote> <font face="Verdana" size="2">    <p align="justify">&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><b>INTRODUCCI&Oacute;N</b></p>     <p align="justify">En uno de sus <i>Ensayos de Persuasi&oacute;n</i> Keynes resumi&oacute; el problema pol&iacute;tico de la humanidad en la combinaci&oacute;n de tres cosas: libertad individual, eficiencia econ&oacute;mica y justicia social (Keynes, 1926, p. 313). Aunque hay una bibliograf&iacute;a muy amplia que busca definir la noci&oacute;n del liberalismo<a href="#1" name="n1"><sup>1</sup></a> estas tres ideas representan una buena aproximaci&oacute;n a lo que de ordinario se ha referido con ese t&eacute;rmino en nuestro siglo.</p>     <p align="justify">La breve enunciaci&oacute;n de Keynes encierra dos problemas de gran importancia. Al unir los tres elementos los plantea no s&oacute;lo como un <i>desideratum</i> o un deber ser sino como algo realizable como proyecto concreto de organizaci&oacute;n social. Adem&aacute;s de ella se infiere que los tres en conjunto pueden alcanzarse.</p>     <p align="justify">Seg&uacute;n el marco anal&iacute;tico usual del los economistas no hay contradicci&oacute;n entre las condiciones de la libertad individual y la eficiencia econ&oacute;mica, que se cumplen en el mercado mediante la interacci&oacute;n de agentes independientes y codiciosos buscando su propia satisfacci&oacute;n. Pero para hacerlas compatibles con la justicia social debe contemplarse la posibilidad de que se adopten y ejecuten decisiones colectivas encaminadas al logro de la justicia distributiva.</p>     <p align="justify">&iquest;Es eso factible? Tal ha sido el eje central del debate pol&iacute;tico y econ&oacute;mico en Occidente desde la &eacute;poca de Locke. Muchas de las contribuciones recientes de los economistas, que podr&iacute;an resumirse en el enfrentamiento entre los enfoques de la elecci&oacute;n publica y la elecci&oacute;n social, han tratado de aportar nuevas luces para dilucidar la cuesti&oacute;n sin que se haya acercado a un consenso sobre si es posible reconciliar intereses individuales y colectivos de manera justa y eficiente. Es esa la inc&oacute;gnita del teorema de Arrow que sugiere que bajo ciertos supuestos esa reconciliaci&oacute;n es imposible (Sen, 1987; Cuevas, 1998).</p>     <p align="justify">John Locke es el precursor, para no decir el fundador, de la tradici&oacute;n liberal. Su obra fue “probablemente la contribuci&oacute;n m&aacute;s importante hecha al derecho constitucional ingl&eacute;s por un no abogado” (Pollock, 1904, p. 237) y fue la inspiraci&oacute;n de las c&eacute;lebres palabras de la declaraci&oacute;n de independencia de las colonias norteamericanas de Inglaterra:</p>     <p align="justify">“Sostenemos que estas verdades son evidentes por s&iacute; mismas, que todos los hombres son creados iguales; que est&aacute;n dotados por su Creador con ciertos derechos inenajenables; que entre estos est&aacute;n la vida, la libertad y la b&uacute;squeda de la felicidad. Que para asegurar estos derechos se han instituido los gobiernos entre los hombres, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados”.</p>     <p align="justify">Esas premisas fueron asimiladas por los pa&iacute;ses latinoamericanos cuando alcanzaron su propia independencia y han sido la base de su accidentada trayectoria constitucional. Tambi&eacute;n sirvieron de fundamento para la definici&oacute;n de las formas de gobierno de los pa&iacute;ses europeos y de otras partes del mundo.</p>     <p align="justify">La literatura econ&oacute;mica reciente ha sido poco generosa con Locke, como con otras fuentes del pensamiento liberal. La mayor&iacute;a de las contribuciones se ha dedicado a sus breves escritos sobre el dinero (ocasionales y m&aacute;s pol&eacute;micos que acad&eacute;micos) y con base en ellos ha sido catalogado como un mercantilista menor. Ha recibido tal vez m&aacute;s atenci&oacute;n su pensamiento epistemol&oacute;gico (EHU), del cual se desprende el empirismo que sirve de base para el m&eacute;todo cient&iacute;fico, que sus reflexiones acerca de las relaciones entre individuos, sociedad y Estado en el <i>Segundo Tratado sobre Gobierno Civil</i><a href="#2" name="n2"><sup>2</sup></a>. Entre ellas se cuentan su exposici&oacute;n sistem&aacute;tica de la teor&iacute;a del valor trabajo como determinante de los derechos de propiedad y su visi&oacute;n de las implicaciones del dinero como un artificio, cuyo valor es esencialmente convencional, sobre la distribuci&oacute;n de la riqueza. Varios argumentos del <i>Segundo Tratado</i>, como se ver&aacute; m&aacute;s adelante, prefiguran los que luego fueron utilizados por la econom&iacute;a neoinstitucional.</p>     <p align="justify">La obra de Locke, y en especial su <i>Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil</i>, no puede evaluarse por fuera de su contexto hist&oacute;rico. El gran debate pol&iacute;tico ingl&eacute;s de la d&eacute;cada del 1680 gir&oacute; en torno a la eventual sucesi&oacute;n al trono de Jaime, hermano de Carlos II. El futuro Jaime II despertaba recelo entre los <i>whigs</i> por su catolicismo y sus ideas pol&iacute;ticas de corte absolutista. Uno de sus detractores m&aacute;s fervorosos fue el conde de Shaftesbury, quien era a la vez jefe pol&iacute;tico de los <i>whigs</i> y patrono de Locke. Shaftesbury promovi&oacute; un proyecto de ley en el Parlamento para excluir a Jaime de la l&iacute;nea de sucesi&oacute;n real, conocido como el <i>Exclusion Act</i>. Para evitar su aprobaci&oacute;n Carlos II disolvi&oacute; el Parlamento en 1682. Shaftesbury se vio obligado a exiliarse en los Pa&iacute;ses Bajos, donde lo acompa&ntilde;&oacute; Locke. En 1688 Jaime II debi&oacute; huir de Inglaterra en raz&oacute;n a una incipiente revoluci&oacute;n en contra suya, luego llamada la Revoluci&oacute;n Gloriosa. El nuevo rey, Guillermo III, debi&oacute; negociar las condiciones de su mandato con la clase dirigente inglesa.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Locke regres&oacute; a Inglaterra en 1689 y el <i>Segundo Tratado</i> se public&oacute; en 1690. Sin embargo se cree que la primera versi&oacute;n de la obra fue redactada entre 1680 y 1682, en medio de los debates sobre la exclusi&oacute;n de Jaime II. El <i>Segundo Tratado</i>  no fue escrito como una justificaci&oacute;n posterior de la Revoluci&oacute;n Gloriosa sino como la formulaci&oacute;n te&oacute;rica del programa pol&iacute;tico para llevarla a cabo. Laski ha descrito as&iacute; ese programa pol&iacute;tico: “el Estado de Locke no es otra cosa que un contrato entre un grupo de hombres de negocios que forman una peque&ntilde;a sociedad de responsabilidad limitada, cuyo acto constitutivo proh&iacute;be al director todas las pr&aacute;cticas que hab&iacute;an utilizado en su tiempo los reyes Estuardo” (v&eacute;anse, entre otros, Churchill, 1956; Gough, 1973; Milton, 1997 y Aarslef, 1997).</p>     <p align="justify">Se trataba de justificar la rebeli&oacute;n y el cambio de gobernante cuando &eacute;ste hubiera incumplido sus obligaciones; se trataba de crear una nueva definici&oacute;n de la legitimidad del poder pol&iacute;tico. Locke expres&oacute; as&iacute; ese prop&oacute;sito, en la &uacute;ltima secci&oacute;n del <i>Segundo Tratado</i>:</p>     <p align="justify">“Cuando la sociedad ha dado el poder legislativo a una asamblea para que ella y sus sucesores contin&uacute;en en su ejercicio, con instrucciones precisas y la autoridad para el procedimiento de sucesi&oacute;n, el poder legislativo jam&aacute;s revertir&aacute; al pueblo mientras dure el gobierno, porque habi&eacute;ndose previsto un poder legislativo indefinido nunca puede &eacute;ste reasumirlo. Pero si han fijado l&iacute;mites a la duraci&oacute;n del legislativo y en esas condiciones lo erigieron en poder supremo de manera temporal, o si por el mal uso de su autoridad ha perdido el derecho de usarla, en cuanto se d&eacute; el abuso o el vencimiento del t&eacute;rmino, el poder revierte a la sociedad, y el pueblo tiene el derecho de actuar como poder supremo y reasumir el poder legislativo o colocarlo en nuevas manos, como lo considere conveniente” (T. II, &sect;243).</p>     <p align="justify">Es una construcci&oacute;n l&oacute;gica, cuyo fundamento es el contractualismo, encaminada a avalar un cambio de gobierno de hecho realizado por y en provecho de un grupo de inter&eacute;s restringido y homog&eacute;neo: los grandes terratenientes y capitalistas ingleses de la &eacute;poca. Una oligarqu&iacute;a, en el sentido estricto de la palabra. Est&aacute; dirigida a la opini&oacute;n p&uacute;blica y no a una comunidad acad&eacute;mica de polit&oacute;logos y economistas.</p>     <p align="justify">Su base es un modelo de las relaciones sociales que parte del supuesto de que los individuos obran de manera acorde con la raz&oacute;n, que son maximizadores de utilidad. “Entonces, la libertad del hombre y la libertad de actuar seg&uacute;n su propia voluntad tienen como base su raz&oacute;n” (T. II, &sect;63). Adem&aacute;s, se deriva de la ley de la naturaleza, que condiciona moralmente toda conducta humana. “El estado de naturaleza tiene una ley de la naturaleza que le rige; la cual obliga a todos; y la raz&oacute;n, que es esa ley, ense&ntilde;a a toda la humanidad que est&eacute; dispuesta a consultarla que siendo iguales e independientes nadie debe da&ntilde;ar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones” (T. II, &sect;6). Tiene como tercer supuesto que la base de las interacciones entre personas, dentro y fuera del la sociedad pol&iacute;tica, son los acuerdos voluntarios y libremente pactados. El paradigma de la forma como esto permite satisfacer los anhelos, individuales y colectivos, es el mercado.</p>     <p align="justify">Locke no alcanz&oacute; a postular la mano invisible de Dupont de Nemours y de Adam Smith, pero s&iacute; se&ntilde;al&oacute; c&oacute;mo el mercado permite la acci&oacute;n conjunta de m&uacute;ltiples agentes que aparentemente s&oacute;lo se preocupan de su bienestar individual pero que sin embargo se coordinan para producir un resultado de inter&eacute;s colectivo: “Ser&iacute;a un cat&aacute;logo extra&ntilde;o el de las cosas que la industria provey&oacute; y utiliz&oacute; en cada hogaza de pan antes de que llegara a nuestras manos, si las pudi&eacute;ramos rastrear: hierro, madera, cuero... piedra, ladrillo, carb&oacute;n, cal, tela, tinturantes, drogas, asfalto, m&aacute;stiles, cuerdas, y todos los materiales utilizados en el buque que trajo cualquiera de los bienes utilizados por cualquiera de los obreros para cualquier etapa de su elaboraci&oacute;n, todo lo cual ser&iacute;a casi imposible y por lo menos demasiado extenso para contabilizar” (T. II, &sect;43).</p>     <p align="justify">La creaci&oacute;n de la autoridad pol&iacute;tica tiene la misma raz&oacute;n de ser. La racionalidad de los individuos, la ley natural y los acuerdos voluntarios, permiten construir una teor&iacute;a del Estado y de la pol&iacute;tica congruente con la respuesta que se propon&iacute;a dar a la preocupaci&oacute;n inmediata de su coyuntura: justificar el cambio de gobierno y asegurar el respeto de los derechos de la propiedad.</p>     <p align="justify">Esa respuesta, el contractualismo, no era original pero s&iacute; replante&oacute; de manera definitiva los referentes de la teor&iacute;a pol&iacute;tica en su tiempo y hasta nuestros d&iacute;as<a href="#3" name="n3"><sup>3</sup></a>. El hipot&eacute;tico contrato social postulado por John Locke y el que una generaci&oacute;n antes hab&iacute;a dise&ntilde;ado Thomas Hobbes coinciden en su premisa b&aacute;sica: la racionalidad individual. Difieren, como se ver&aacute; m&aacute;s adelante, en el tipo de arreglo pol&iacute;tico que resulta del contrato social –una tiran&iacute;a legitimada, para el segundo, y una democracia constitucional, para el primero.</p>     <p align="justify">El modelo de Locke arroja un orden pol&iacute;tico m&aacute;s humano y m&aacute;s amable que el de su predecesor porque supone una racionalidad colectiva, cuyas bases son valores &eacute;ticos generalmente aceptados y la existencia de una vigorosa sociedad civil. Al analizar el pensamiento pol&iacute;tico de Locke, los colombianos de hoy har&iacute;amos bien en preguntarnos a cu&aacute;l de los dos esquemas se parece nuestra conducta individual y colectiva.</p>     <p align="justify"><b>1. DOS TEOR&Iacute;AS DEL HOMBRE, DOS FUNCIONES DE UTILIDAD</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Los dos tratados sobre el gobierno civil de Locke tienen un contrincante abierto y otro oculto, de mayor estatura intelectual. Fueron escritos como una r&eacute;plica al Patriarca de Sir Robert Filmer (Filmer, 1680; v&eacute;ase tambi&eacute;n Sabine, 1975, pp. 378 y 379) quien hab&iacute;a defendido la tesis de que la legitimidad de los reyes procede de su descendencia primog&eacute;nita de Ad&aacute;n. Filmer habr&iacute;a sido olvidado si no fuera por la refutaci&oacute;n de Locke, pero en su &eacute;poca era te&oacute;rico pol&iacute;tico de moda entre los partidarios del absolutismo real en Inglaterra.</p>     <p align="justify">La pertinencia de sus opiniones, sin embargo, radica en el hecho de que hab&iacute;a utilizado los mismos supuestos del <i>Leviathan</i> de Hobbes, quien por su reputaci&oacute;n de ateo se hab&iacute;a vuelto casi inmencionable. Hobbes era tambi&eacute;n ap&oacute;stol del absolutismo pol&iacute;tico, arguyendo que en la ausencia de un poder estatal fuerte y omn&iacute;modo, o sea en el estado de naturaleza, la vida de los hombres no podr&iacute;a ser sino “solitaria, pobre, molesta, brutal y corta” (Hobbes, Cap. 13).</p>     <p align="justify">Filmer y Hobbes coincid&iacute;an en tomar como principio ordenador de las relaciones pol&iacute;ticas la subordinaci&oacute;n; a ellos, Locke opuso la autonom&iacute;a y la libre decisi&oacute;n individual. Pero la necesidad del Estado, con toda su capacidad coercitiva, estaba dada para &eacute;l por la condici&oacute;n de escasez y por el surgimiento de los derechos de propiedad.</p>     <p align="justify">Seg&uacute;n Hobbes la pol&iacute;tica puede entenderse mediante un proceso de razonamiento deductivo tan riguroso como el de la geometr&iacute;a. Los cap&iacute;tulos iniciales del <i>Leviathan</i> tratan de la naturaleza del hombre y de su conocimiento del mundo, que se deriva de sus percepciones. Las funciones de utilidad individuales no son comparables entre s&iacute;, ni sobre ellas se pueden formular juicios de valor, pero tienen elementos comunes. Se postula “la similitud de las pasiones, que son las mismas en todos los hombres –deseo, temor, esperanza, etc.– mas no la similitud de los objetos de las pasiones, que son las cosas deseadas, temidas, de las que se tiene esperanza, etc., porque estas var&iacute;an seg&uacute;n la constituci&oacute;n individual y la educaci&oacute;n particular” (Hobbes, Introducci&oacute;n).</p>     <p align="justify">Las pasiones se clasifican en apetitos y aversiones. “En la deliberaci&oacute;n los apetitos y aversiones se suscitan por la previsi&oacute;n de las buenas y malas consecuencias de la acci&oacute;n sobre la cual deliberamos, y sus efectos dependen de la previsi&oacute;n de una larga cadena de consecuencias, que rara vez puede vislumbrarse hasta su fin. El &eacute;xito continuado en obtener aquellas cosas que de tiempo en tiempo desea el hombre, es decir, la prosperidad continuada, es lo que los hombres denominan felicidad” (Hobbes, Cap. 6). Los hombres son insaciables en su b&uacute;squeda de la felicidad, por cuanto &eacute;sta es “el progreso continuo del deseo de un objeto al otro, donde el logro del primero es apenas un paso hacia el siguiente” (Hobbes, Cap. 11).</p>     <p align="justify">Son racionales en la forma como tratan de satisfacer ese anhelo. “Entonces, las acciones e inclinaciones voluntarias de los hombres tienden no s&oacute;lo a procurarse sino a asegurarse una vida de contento y difieren s&oacute;lo por la diversidad de las pasiones entre distintos hombres y por las diferencias entre los conocimientos u opiniones de cada quien sobre las causas que producen los efectos deseados” (Hobbes, Cap. 11). Y el principio ordenador de su interacci&oacute;n es la competencia, pero una bien distinta a la que acostumbran estudiar los economistas. “La competencia por riqueza, honor, mando, u otras formas de poder inclina a la contienda, la enemistad y la guerra, porque cada competidor logra su objeto matando, subyugando, suplantando o repeliendo al otro” (Hobbes, Cap. 11).</p>     <p align="justify">Las consecuencias de esta teor&iacute;a del hombre son oscuras. Siendo m&aacute;s o menos iguales en sus capacidades inherentes, y deseando las mismas cosas (riquezas, prestigio, mujeres, pero ante todo seguridad), entrar&aacute;n en un conflicto permanente, actual o potencial, para arrebat&aacute;rselas o impedir que se las arrebaten y su estado de naturaleza ser&aacute; un estado de guerra. En &eacute;l “todo hombre es enemigo de los dem&aacute;s... no hay lugar para la industria, porque sus frutos son inciertos, y por tanto no hay cultivo de la tierra, no hay navegaci&oacute;n... ni edificios c&oacute;modos... no hay conocimientos sobre la faz de la tierra, no hay letras, no hay artes, no hay sociedad” (Hobbes, Cap. 13). La competencia de Hobbes genera el efecto perverso de desestimular cualquier actividad econ&oacute;mica, salvo que por tal se consideren el secuestro, el latrocinio y el asesinato. En la medida que los bienes materiales sean conducentes al bienestar, la soluci&oacute;n ofrecida por el estado de naturaleza dista de ser eficiente aunque maximice la libertad individual.</p>     <p align="justify">Hobbes plantea una respuesta colectiva, con base en la misma racionalidad humana y en el m&aacute;s apremiante de los apetitos individuales: la autopreservaci&oacute;n. Erige la decisi&oacute;n racional sobre este particular en la ley de la naturaleza. “Es un precepto, o regla general de la raz&oacute;n, que todo hombre debe buscar la paz, en cuanto tenga la esperanza de obtenerla” (Hobbes, Cap. 14). &iquest;C&oacute;mo hacerlo? Por medio del contrato social, que tiene una formulaci&oacute;n muy sencilla: “Autorizo y renuncio a mi derecho a gobernarme a este hombre, o a esta asamblea de hombres, con la condici&oacute;n de que t&uacute; renuncies a este derecho en su favor y que autorices todas sus acciones de la misma manera” (Hobbes, Cap. 20). La renuncia no tiene condiciones distintas a las enunciadas. El gobernante no es parte del contrato y no tiene la obligaci&oacute;n de ser justo (sea cual sea la definici&oacute;n de justicia). Puede ser tan arbitrario como quiera. Su &uacute;nica atribuci&oacute;n indispensable es la de ser igualmente arbitrario con todos quienes hacen parte del contrato social, o sea, sus gobernados. En los t&eacute;rminos de Rawls, hay un velo de ignorancia casi absoluto. No s&eacute;, como contratante, a qu&eacute; atenerme con el contrato social. S&oacute;lo s&eacute; que los dem&aacute;s contratantes est&aacute;n enfrentados a la misma incertidumbre y que en todo caso esa incertidumbre es menor a la del estado de la naturaleza (Rawls, 1971 &sect;24, y Wiesner, 1997 p. 11).</p>     <p align="justify">Por supuesto, no hay derechos individuales, incluyendo el derecho de propiedad, m&aacute;s all&aacute; de lo que el Estado, en su inescrutable sabidur&iacute;a, considere conveniente admitir. Cualquier graciosa concesi&oacute;n de derechos o libertades es adem&aacute;s revocable, en funci&oacute;n de la conveniencia p&uacute;blica seg&uacute;n la defina el gobernante. La libertad, que en el estado de la naturaleza era la posibilidad de hacer todo lo que una fuerza externa no se lo impidiera, se reduce a los vac&iacute;os de la legislaci&oacute;n dictada por el gobernante. “La libertad del sujeto yace s&oacute;lo en lo que el soberano ha omitido al regular sus acciones: tales son las libertades de vender y comprar, y de cualquier manera celebrar contratos entre s&iacute;, escoger su propia morada, su propia dieta, su propio oficio, e instruir a sus propios hijos de la manera que consideren correcta, etc.” (Hobbes, Cap. 21). No cabe duda de que se trata de una soluci&oacute;n sub&oacute;ptima para los sujetos, pero preferible a la inseguridad y la pobreza del estado de la naturaleza. “El temor a la opresi&oacute;n dispone al hombre a anticipar o buscar ayuda de la sociedad, porque no tiene otra forma de asegurar su vida y libertad” (Hobbes, Cap. 11).</p>     <p align="justify">El problema subyacente seg&uacute;n Hobbes est&aacute; dado por la incompatibilidad irreconciliable entre intereses individuales y colectivos. Como lo se&ntilde;ala al contrastar el hombre con otros animales sociales como las hormigas: “entre esas criaturas el bien com&uacute;n no difiere del privado, e inclin&aacute;ndose por naturaleza a este &uacute;ltimo, procuran el beneficio com&uacute;n. Pero el hombre, cuyo deleite consiste en compararse con otros hombres, no puede disfrutar si no es eminente” (Hobbes, Cap. 17). El &uacute;nico remedio es un Estado ya no gendarme, sino carcelero, que establezca pautas comunes de comportamiento que no tienen relaci&oacute;n necesaria con las preferencias individuales. Porque, como dice Hobbes, sin Estado no hay sociedad (Hobbes, Cap. 13). Y menos puede haber justicia social, porque la justicia no existe si no hay contratos, y no puede haber contratos entre particulares sin el contrato social y el estado que este genera.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">La teor&iacute;a del hombre de Locke tambi&eacute;n es referida a la raz&oacute;n y a la ley natural, pero su formulaci&oacute;n difiere de manera radical de la de Hobbes. Una forma de entender esa diferencia es a partir del llamado dilema del prisionero de la teor&iacute;a de los juegos (Kuhn, 1997). La conclusi&oacute;n de tales ejercicios es clara: en cuanto m&aacute;s confianza rec&iacute;proca exista, mayores las posibilidades de soluciones colectivas preferibles a las individuales. El hombre de Hobbes presume la mala fe de sus semejantes y por ello se requiere que ellos est&eacute;n sometidos a una coerci&oacute;n implacable para que no le hagan trampa al contrato social. El hombre de Locke tiene mayor confianza en los dem&aacute;s, por lo cual su versi&oacute;n del contrato social es compatible con el respeto de los derechos individuales y la restricci&oacute;n de la autoridad del Estado. La falta de confianza mutua que es caracter&iacute;stica de los colombianos es sin duda una de las causas del pobre desempe&ntilde;o de sus instituciones pol&iacute;ticas liberales.</p>     <p align="justify">Para Locke, es cierto que los hombres son iguales entre s&iacute; en el estado de la naturaleza. Es cierto que en ella son “perfectamente libres para disponer sus acciones y disponer de sus posesiones como bien tengan... sin pedir permiso o depender del permiso de cualquier otro” (T. II, &sect;4); pero todo ello dentro de los l&iacute;mites de la ley de la naturaleza, y sobre la base de que el estado de la naturaleza “es un estado de libertad, no de licencia” (T. II, &sect;4 y 6).</p>     <p align="justify">A Hobbes le debemos “un supuesto explicativo reduccionista del individuo aut&oacute;nomo” que facilita el an&aacute;lisis de su comportamiento desde la perspectiva de la elecci&oacute;n racional (Buchanan, 1993, p. 24). Pero ese reduccionismo tiene un costo, en t&eacute;rminos de verosimilitud. Deja de lado dos caracter&iacute;sticas del hombre que son rescatadas por Locke, sin que por ello se sacrifiquen postulados indispensables de la racionalidad: su naturaleza gregaria (pero dentro de un marco de reglas) y la valoraci&oacute;n del ocio o de la tranquilidad.</p>     <p align="justify">Si bien el desarrollo del argumento de Locke es moral, entendi&eacute;ndolas como restricciones del derecho natural (lo que explicar&iacute;a su impopularidad entre los economistas modernos<a href="#4" name="n4"><sup>4</sup></a>), puede f&aacute;cilmente trasladarse a los terrenos de la utilidad. De hecho, Wolin afirma que Locke transform&oacute; la “consciencia” de los pensadores griegos y de la tradici&oacute;n cristiana, que entend&iacute;a los actos de los hombres en sociedad en t&eacute;rminos &eacute;ticos, por el c&aacute;lculo del inter&eacute;s (1960, pp. 331 a 342). Locke declara de manera expl&iacute;cita que la ley de la naturaleza es la raz&oacute;n (T. II, &sect;6), de lo cual se desprende que no hay conflictos irreconciliables entre los imperativos morales y las consideraciones de conveniencia<a href="#5" name="n5"><sup>5</sup></a>.</p>     <p align="justify">En otros t&eacute;rminos, el modelo de Locke parte de una explicaci&oacute;n positiva de la conducta racional de los hombres que hace indispensable la definici&oacute;n de derechos de propiedad, aun si no hay conflictos entre individuos; pasa a definir unas reglas del juego para su interacci&oacute;n en el estado de naturaleza; y culmina con una justificaci&oacute;n de la autoridad pol&iacute;tica como una soluci&oacute;n eficiente para proteger esos derechos de propiedad y esas reglas del juego.</p>     <p align="justify">Sup&oacute;ngase un estado de la naturaleza donde los hombres son pocos y donde los recursos son abundantes. En t&eacute;rminos de Locke, “en un principio todo el mundo era Am&eacute;rica” (T. II, &sect;49), la Am&eacute;rica despoblada de su &eacute;poca, donde era m&aacute;s dif&iacute;cil encontrarse con otro hombre que hacerse a los elementos b&aacute;sicos para la subsistencia. &iquest;La vida cotidiana no es m&aacute;s amable si se tiene la posibilidad de convivencia con semejantes? Para efectos de compa&ntilde;&iacute;a, de calor humano, de evitar el aburrimiento la sociedad entre iguales, aun iguales competitivos para ciertos efectos, puede generar m&aacute;s beneficios que costos. “Dios, habiendo creado el hombre de manera tal, que a Su propio juicio, no era bueno que fuese solitario, le impuso fuertes obligaciones de necesidad, conveniencia e inter&eacute;s para llevarlo a una sociedad y adem&aacute;s le proporcion&oacute; el entendimiento y el lenguaje para continuarla y disfrutarla”<a href="#6" name="n6"><sup>6</sup></a>.</p>     <p align="justify">Hobbes, como el nominalista que era, se&ntilde;alaba que el lenguaje es la etapa previa de la raz&oacute;n; pero el lenguaje es imposible sin sociedad. Hacer del Estado pol&iacute;tico un prerrequisito de la sociedad, como lo hace &eacute;l, es una incongruencia<a href="#7" name="n7"><sup>7</sup></a>.</p>     <p align="justify">Locke sostiene que antes del contrato social existen otros v&iacute;nculos contractuales voluntarios que determinan la conducta social. Entre ellos est&aacute;n la familia y las relaciones entre amo y sirviente que son la base de la formaci&oacute;n de unidades productivas (T. II, &sect;78 a 86). En esto no hay que buscar realismo hist&oacute;rico. Locke bas&oacute; muchas de sus afirmaciones acerca del estado de naturaleza en las instituciones y relaciones contractuales privadas existentes en su &eacute;poca.</p>     <p align="justify">El caso extremo es su r&eacute;plica de la justificaci&oacute;n aristot&eacute;lica de la esclavitud como fruto de un pacto libre y voluntario: si el esclavo no hubiera aceptado su condici&oacute;n en alg&uacute;n momento, lo habr&iacute;an matado. Escogi&oacute; racionalmente el mal menor.</p>     <p align="justify">En la Carta sobre Tolerancia, Locke desarrolla sustancialmente el mismo argumento en cuanto a la pertenencia a organizaciones religiosas. “Una iglesia es para m&iacute; una sociedad voluntaria de hombres, unidos por su libre acuerdo para rendir culto p&uacute;blico a Dios de la manera como lo consideren aceptable a El, y efectiva para la salvaci&oacute;n de sus almas” (LOT). El beneficio en este caso es la vida eterna, pero la racionalidad de la elecci&oacute;n no es muy distinta de quien constituye una sociedad mercantil con &aacute;nimo de lucro.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Cada una de estas organizaciones que no depende de la existencia de un orden pol&iacute;tico tiene sus propias reglas: “ninguna organizaci&oacute;n, por libre que sea o que por cualquier motivo ocasional se haya conformado, sea de fil&oacute;sofos, para el avance de la ciencia<a href="#8" name="n8"><sup>8</sup></a>, o de hombres de negocios para el comercio, o hasta una simple tertulia... puede subsistir y sostenerse a menos que est&eacute; ce&ntilde;ida a unas reglas, y todos sus miembros consientan en observar su orden; si no, pronto se disolver&aacute;” (LOT). Hay un contrato impl&iacute;cito o expl&iacute;cito, y los hombres lo cumplen libremente por su propia conveniencia en la medida en que la pertenencia se ajuste a sus funciones de utilidad.</p>     <p align="justify">El otro aspecto de la funci&oacute;n de utilidad de Locke, el valor asignado al ocio y la tranquilidad, puede entenderse como un costo de oportunidad del conflicto actual o potencial. Costo de oportunidad, porque entrar al conflicto con el pr&oacute;jimo exige un esfuerzo derivado de la necesidad de dedicar tiempo y recursos para atacarlo; tambi&eacute;n implica estar listo para defenderse de &eacute;l. Locke formula dos supuestos indispensables para su validez: la abundancia en el estado de naturaleza y la inexistencia de formas duraderas de acumulaci&oacute;n de riqueza. Todo lo que yo pueda consumir est&aacute; a mi disposici&oacute;n, y todo lo que yo no pueda consumir de inmediato carece de utilidad.</p>     <p align="justify">El hombre de Hobbes es insaciable e incansable. Las pertenencias de su vecino le suscitan el deseo irrefrenable de hacerse a ellas, y supone que el vecino tiene los mismos prop&oacute;sitos.</p>     <p align="justify">De ser ciertos los supuestos restrictivos de Locke, &iquest;es racional hacer el esfuerzo para apropiarme de bienes que no puedo consumir? &iquest;Es racional tomarme el trabajo y asumir los costos de hacerme por la fuerza a los bienes de mi vecino, cuando con menos riesgo y trabajo puedo obtenerlos directamente de la pr&oacute;diga naturaleza? &iquest;Es racional “da&ntilde;ar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones”, si ello no contribuye a mi propio bienestar? En el caso extremo, &iquest;es racional abstenerme de entrar en contratos de intercambio mutuamente beneficiosos con personas a las que no me une ning&uacute;n otro v&iacute;nculo, aun si no hay autoridad estatal que nos obligue a cumplirlos? “Las promesas y negocios de trueque entre... un suizo y un indio en los bosques de Am&eacute;rica les son obligatorias, a pesar de que haya un perfecto estado de la naturaleza entre ellos, porque la verdad y guardar la fe son suyos como hombres y no como miembros de la sociedad”<a href="#9" name="n9"><sup>9</sup></a>.</p>     <p align="justify">Tomando como base esa definici&oacute;n de la funci&oacute;n de utilidad y los supuestos de Locke, resulta evidente la posibilidad de elecciones voluntarias racionales y colectivas en la ausencia de un poder coercitivo externo: el Estado. Tambi&eacute;n resulta posible explicar un comportamiento no conflictivo de los hombres en el estado de la naturaleza sobre bases de racionalidad individual que no excluyen pero no requieren del iusnaturalismo.</p>     <p align="justify">Esa soluci&oacute;n no es sostenible una vez se admiten la escasez y ciertos adelantos tecnol&oacute;gicos. Tampoco resulta suficiente para atender el problema de los transgresores eventuales del derecho de la naturaleza. La necesidad del estado pol&iacute;tico, cuya base es el contrato social, es insalvable cuando estas restricciones se levantan.</p>     <p align="justify"><b>2. ESCASEZ, CAMBIO Y COSTOS DE TRANSACCI&Oacute;N EN EL ESTADO DE NATURALEZA</b></p>     <p align="justify">El estado de naturaleza de Hobbes no tiene tiempo, es est&aacute;tico. La historia comienza con el a&ntilde;o cero del contrato social. S&oacute;lo con el amparo del Estado surgen econom&iacute;a y sociedad.</p>     <p align="justify">El modelo de Locke es din&aacute;mico aun antes de ese momento. Postula varios tipos de cambios: la variaci&oacute;n relativa en la disponibilidad de factores de la producci&oacute;n (trabajo con relaci&oacute;n a los recursos naturales), el adelanto tecnol&oacute;gico que es la “invenci&oacute;n del dinero” (T. II, &sect;36) y, en consecuencia, un proceso de crecimiento de la riqueza individual y colectiva que va de la mano con un incremento de los costos de transacci&oacute;n, o sea los relacionados con la preservaci&oacute;n e intercambio de derechos de la propiedad. Este hecho hace inevitable la creaci&oacute;n de la comunidad pol&iacute;tica y del Estado por medio del contrato social.</p>     <p align="justify">Ello permite distinguir tres etapas de evoluci&oacute;n econ&oacute;mica y social en el <i>Segundo Tratado</i>: la que se denominar&aacute; el primer estado de la naturaleza, cuando est&aacute;n ausentes la escasez y el dinero; el segundo estado de la naturaleza, cuando se eliminan esos supuestos restrictivos y se elevan los costos de transacci&oacute;n asociados con los derechos de la propiedad; y la sociedad pol&iacute;tica, luego de la creaci&oacute;n del Estado. En la exposici&oacute;n que sigue se infieren algunas consecuencias econ&oacute;micas de los cambios derivados de la transici&oacute;n al segundo estado de la naturaleza, que no son expl&iacute;citas en el <i>Segundo Tratado sobre Gobierno Civil</i>, pero que luego son fundamentales para su teor&iacute;a del Estado<a href="#10" name="n10"><sup>10</sup></a>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Para seguir el razonamiento de Locke debe recordarse su supuesto de que los derechos de propiedad y el intercambio mercantil entre individuos existen desde el primer estado de la naturaleza.</p>     <p align="justify">&iquest;De d&oacute;nde surgen esos derechos de propiedad? El mismo Locke reconoce que el asunto es problem&aacute;tico. “Para algunos parece un asunto de gran dificultad c&oacute;mo cualquier persona pudiera haber llegado a tener derechos de propiedad sobre cualquier cosa”<a href="#11" name="n11"><sup>11</sup></a>. Muchos otros enfoques pol&iacute;ticos y legales, entre ellos el de Hobbes, sostienen que los derechos de propiedad son v&aacute;lidos s&oacute;lo cuando los reconoce el Estado<a href="#12" name="n12"><sup>12</sup></a>.</p>     <p align="justify">La tesis de Locke es la de que inicialmente el valor y los derechos de propiedad surgen al tiempo del trabajo. “Todo hombre tiene una ‘propiedad&rsquo; en su propia ‘persona&rsquo;. A &eacute;sta nadie distinto de s&iacute; mismo tiene derecho. El ‘trabajo&rsquo; de sus cuerpos y de sus manos es, si podemos decirlo, propiamente suyo” (T. II, &sect;26). El trabajo tiene valor porque tiene costos de oportunidad seg&uacute;n la funci&oacute;n de utilidad que se postul&oacute; arriba, si se acepta la noci&oacute;n de sociedad que precede la creaci&oacute;n del Estado, y las consiguientes “delicias inocentes”<a href="#13" name="n13"><sup>13</sup></a> de la vida social disfrutables con el tiempo libre. Estas no se hallan en el estado de naturaleza de Hobbes.</p>     <p align="justify">Si no hay escasez, el valor de cualquier otro insumo de la producci&oacute;n, incluyendo tanto bienes como factores, es nulo porque su costo de oportunidad tambi&eacute;n es cero<a href="#14" name="n14"><sup>14</sup></a>. Por tanto, cualquier esfuerzo econ&oacute;mico del hombre –recoger frutos de un &aacute;rbol, pescar en un r&iacute;o– crea valor y genera derechos de propiedad. El trabajo le ha dado valor a lo que antes no lo ten&iacute;a en raz&oacute;n a su abundancia y al mismo tiempo lo ha hecho suyo, de una manera leg&iacute;tima. La apropiaci&oacute;n de los bienes de la naturaleza, como la describe Locke, se ha erigido como norma positiva en los pa&iacute;ses donde se adapt&oacute; el C&oacute;digo Napole&oacute;nico<a href="#15" name="n15"><sup>15</sup></a>.</p>     <p align="justify">Los derechos de la propiedad tienen l&iacute;mites por razones de utilidad y del derecho natural. En el primer estado de naturaleza de Locke se supone que todos los bienes son de consumo y todos a la vez son perecederos, por ejemplo los frutos recogidos de los &aacute;rboles y los peces sacados de los r&iacute;os. Tiene sentido la acumulaci&oacute;n de esos bienes, m&aacute;s all&aacute; de las posibilidades de consumo de su productor y propietario? La prescripci&oacute;n del derecho natural es de distinto origen l&oacute;gico pero de igual consecuencia. Aunque el hombre tenga en el estado natural la libertad absoluta de disponer de su persona o de sus posesiones, “no tiene la libertad de destruirse a s&iacute; mismo o siquiera a una criatura que &eacute;l posea, salvo que alg&uacute;n uso m&aacute;s noble que la mera posesi&oacute;n lo justifique” (T. II, &sect;6).</p>     <p align="justify">En el caso de los factores (la tierra es el ejemplo dado por Locke), no hay la perecibilidad pero s&iacute; la misma abundancia durante el primer estado de naturaleza. “Cuanta tierra un hombre are, plante, mejore y aproveche en sus productos, es suya. Tampoco la apropiaci&oacute;n de cualquier lote de terreno por su mejora perjudic&oacute; a nadie, por cuanto todav&iacute;a quedaba suficiente disponible, y m&aacute;s de lo que los que pudieran aprovecharla estaban en posibilidad de usar” (T. II, &sect;31). Locke afirma que hasta el noventa y nueve por ciento del valor de los productos de la tierra se debe al valor del trabajo, por cuanto la tierra en el estado de naturaleza no tiene un valor distinto del aporte del trabajo. Lo que valen son las mejoras sobre la superficie que no es de nadie<a href="#16" name="n16"><sup>16</sup></a>. En Estados Unidos esta forma de aplicar el principio de la “tierra para quien la trabaja” (o por lo menos para quien la deforesta) fue costumbre generalizada durante el periodo colonial y se incorpor&oacute; a la legislaci&oacute;n positiva por medio del Homestead Act de 1862. Si bien Colombia, como otros pa&iacute;ses latinoamericanos de la tradici&oacute;n del derecho romano, aplic&oacute; la regla de que los derechos de propiedad dependen de la concesi&oacute;n o del reconocimiento del Estado, la Ley 200 de 1936 adopt&oacute; la misma regla para la apropiaci&oacute;n privada de tierras bald&iacute;as<a href="#17" name="n17"><sup>17</sup></a>.</p>     <p align="justify">La posibilidad del intercambio mercantil, de un mercado, tambi&eacute;n le a&ntilde;ade valor a la tierra al permitir la salida de excedentes de producci&oacute;n que de otra forma ser&iacute;an literalmente in&uacute;tiles. “En cu&aacute;nto valorar&iacute;a un hombre diez mil o cien mil acres de tierra excelente, bien cultivada y llena de ganado, en medio del interior de Am&eacute;rica, donde no tuviera esperanzas de comercio con otras partes del mundo y de recibir dinero por la venta de su producto? No valdr&iacute;a la pena encerrarla” (T. II, &sect;48). En el primer estado de la naturaleza y bajo condiciones de abundancia, ni es l&oacute;gico ni l&iacute;cito una apropiaci&oacute;n de una superficie superior a la que uno pueda aprovechar para su subsistencia.</p>     <p align="justify">Aun mientras hay abundancia, la especializaci&oacute;n genera beneficios econ&oacute;micos que s&oacute;lo se materializan mediante el intercambio. El indio y el suizo del ejemplo de Locke (T. II, &sect;14) sin duda tendr&iacute;an destrezas distintas y por tanto habilidades diferenciadas para producir los bienes que intercambian. Buchanan, en desarrollo de un argumento similar pero independiente de Locke, hace ver c&oacute;mo participar de manera voluntaria y regular en un mercado implica la p&eacute;rdida de independencia y la “alienaci&oacute;n por el contrato”, ya no social sino privado (Buchanan, 1993, p. 35).</p>     <p align="justify">Tanto para bienes muebles como para la tierra, los derechos de propiedad son transferibles mediante el intercambio comercial, la donaci&oacute;n o la herencia<a href="#18" name="n18"><sup>18</sup></a>. La instituci&oacute;n de la herencia, tan criticada por J. S. Mill, es aceptada por Locke con base en dos argumentos: permite mantener la autoridad de los padres sobre sus hijos aun despu&eacute;s de su mayor&iacute;a (la herencia es entonces un instrumento de socializaci&oacute;n) (T. II, &sect;72); y la herencia es el medio para el consentimiento t&aacute;cito del contrato social, como se ver&aacute; m&aacute;s adelante.</p>     <p align="justify">Para pasar al segundo estado de naturaleza, elim&iacute;nese el supuesto de la abundancia. Es pasar de la utop&iacute;a a la econom&iacute;a, de una feliz situaci&oacute;n donde todas las necesidades y anhelos pod&iacute;an ser satisfechos al modesto costo del trabajo que est&aacute; al alcance de todos, a una situaci&oacute;n donde la desigualdad de la riqueza y de las posibilidades de consumo prevalecen.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Las riquezas de la naturaleza, que antes pod&iacute;an ser apropiadas libremente por cualquiera en raz&oacute;n a su inagotabilidad, se hacen limitadas y no hay ya suficientes para atender las aspiraciones de todos los hombres. Ello ocurre cuando en la Arcadia del primer estado de naturaleza se produce el tipo de crecimiento demogr&aacute;fico malthusiano –la poblaci&oacute;n se expande hasta donde lo permiten los recursos para su sostenimiento– que de ordinario se observa en poblaciones animales. Por ello se modifica la dotaci&oacute;n relativa de factores. Puede haber excedentes de mano de obra y los dem&aacute;s factores de producci&oacute;n ya no son abundantes. Los bienes, los factores y en particular la tierra adquieren un valor que antes no ten&iacute;an y que ya no depende s&oacute;lo de la aplicaci&oacute;n del factor trabajo.</p>     <p align="justify">&iquest;A qui&eacute;n pertenece ese valor? Si la posibilidad de aprovechamiento econ&oacute;mico de la fruta que tom&eacute; de un &aacute;rbol, o de la superficie que encerr&eacute;, ar&eacute; y cultiv&eacute;, se desprende de mi trabajo (sin lugar a dudas de mi propiedad) es evidente que su resultado tambi&eacute;n me pertenecer&aacute;. Esa apropiaci&oacute;n la hice sin la intenci&oacute;n de da&ntilde;ar a nadie, y sin que inicialmente se diera esa consecuencia. Si un cambio de circunstancias ajenas a mi voluntad, el surgimiento de la escasez, hace que la posibilidad de mis semejantes de apropiarse de tierra se reduzca eso no es culpa m&iacute;a; y tampoco afecta la validez y la justicia de mis derechos de propiedad.</p>     <p align="justify">El argumento anterior explica la desigualdad de riqueza en el segundo estado de la naturaleza. Algunos, o sus antepasados, fueron m&aacute;s diligentes e industriosos que otros y por tanto tienen mayores derechos de propiedad. Sin embargo, queda expuesto a una cr&iacute;tica de equidad. &iquest;Es consistente con la justicia el hecho de que algunos tengan bienes que excedan de lejos su capacidad de consumo, mientras que otros carezcan de lo indispensable para su subsistencia y hasta su supervivencia?</p>     <p align="justify">Locke, al definir el derecho natural, hab&iacute;a aceptado como premisa &eacute;tica que “la misma ley de la naturaleza que nos otorga propiedad tambi&eacute;n limita los derechos de ella derivada...Todo lo que alguien pueda usar con provecho <i>antes de que se deteriore</i> puede ser convertido en propiedad mediante su trabajo. Lo que exceda de esto es m&aacute;s de su parte, y pertenece a otros. Nada se hizo por Dios para que el hombre lo desperdicie o destruya” (&eacute;nfasis a&ntilde;adido) (T. II, &sect;30). La restricci&oacute;n fundamental de este planteamiento &eacute;tico est&aacute; vinculada a las palabras resaltadas.</p>     <p align="justify">&iquest;C&oacute;mo evitar ese deterioro del valor, aun de bienes que por su naturaleza intr&iacute;nseca son perecederos? “La invenci&oacute;n del dinero y el acuerdo t&aacute;cito de los hombres de asignarle un valor permiti&oacute; posesiones mayores y el derecho a la propiedad a las mismas” (T. II, &sect;36).</p>     <p align="justify">Locke distingue el valor de uso y el valor de cambio del dinero. “Oro, plata y diamantes son cosas cuyo valor ha sido determinado por capricho o convenci&oacute;n, m&aacute;s que por su real utilidad o su aporte a la satisfacci&oacute;n de las necesidades de la vida”<a href="#19" name="n19"><sup>19</sup></a>. En su obra se describen las tres funciones que &eacute;ste cumple: como medio de pago, como unidad de cuenta y como dep&oacute;sito de valor. “El valor intr&iacute;nseco del... dinero es la cuant&iacute;a que el consentimiento general le ha asignado, y que lo hace equivalente a todas las cosas, y por lo tanto es el medio universal de cambio o de trueque” (SC). Debe recordarse que Locke presum&iacute;a la existencia del intercambio comercial en el primer estado de naturaleza, y es claro que la introducci&oacute;n de dinero convencional hace m&aacute;s eficiente, reduce los costos de transacci&oacute;n de ese proceso y adem&aacute;s tiene efectos sobre el valor de la propiedad real (T. II, &sect;48). Tambi&eacute;n se&ntilde;alaba Locke que el dinero es el denominador de las obligaciones contractuales privadas. El hecho de existir un referente com&uacute;n de valor facilita la negociaci&oacute;n, celebraci&oacute;n y ejecuci&oacute;n de contratos entre individuos (SC).</p>     <p align="justify">Pero para marcar la transici&oacute;n entre el primer y el segundo estado de la naturaleza, la m&aacute;s importante de las funciones del dinero es la de dep&oacute;sito no fungible de valor. “Antes del contrato social […] los hombres [...] han descubierto y acordado la manera como un individuo puede, con justicia y sin hacer da&ntilde;o, ser propietario de m&aacute;s de lo que &eacute;l es capaz de consumir al recibir oro y plata, que pueden permanecer en sus manos indefinidamente sin deteriorarse” (T. II, &sect;50). Para Locke es evidente que al consentir en asignar un valor convencional al dinero “los hombres han dado su asentimiento a la posesi&oacute;n desproporcionada y desigual de la tierra” (T. II, &sect;50). Si bien esta conclusi&oacute;n es debatible, es una respuesta consistente al problema &eacute;tico espec&iacute;fico que se hab&iacute;a planteado Locke: la distribuci&oacute;n desigual de la riqueza se puede considerar injusta si lleva al desperdicio (el dinero evita esa consecuencia de la acumulaci&oacute;n), y si adem&aacute;s no es fruto de un consentimiento, t&aacute;cito o expreso, de la comunidad de los hombres (se sostiene la existencia de ese consentimiento).</p>     <p align="justify">Otra forma, m&aacute;s gen&eacute;rica, de expresar el argumento de Locke sobre la invenci&oacute;n del dinero y su efecto sobre las desigualdades de riqueza e ingreso es el de se&ntilde;alar que la primera tuvo un beneficio colectivo, en t&eacute;rminos de mejoras en eficiencia (en &uacute;ltimas, el mismo concepto de las ganancias derivadas del comercio)<a href="#20" name="n20"><sup>20</sup></a>. Locke lo ilustra de manera gr&aacute;fica, con referencia a las condiciones imperantes de la Am&eacute;rica de su tiempo: “all&iacute; el rey de un territorio amplio y feraz come, se aloja y se viste peor que un jornalero en Inglaterra” (T. II, &sect;41). Los beneficios de la invenci&oacute;n del dinero son mayores que sus costos. Sin embargo, los costos de dicha innovaci&oacute;n no se distribuyen de manera uniforme entre todos los agentes econ&oacute;micos (como ocurre cuando se generan ganancias por el libre comercio). Los que m&aacute;s pierden con el paso al segundo estado de naturaleza son quienes hab&iacute;an sido m&aacute;s ociosos y menos productivos durante la &eacute;poca precedente de abundancia. Pero se mantiene un principio de justicia conmutativa: reciben m&aacute;s quienes m&aacute;s “pagaron” en &eacute;pocas anteriores, al trabajar para apropiarse de bienes y factores cuando estaban libremente disponibles. Hubo igualdad de oportunidades. Si no la hubo en t&eacute;rminos de resultados fue por la libre decisi&oacute;n de los individuos involucrados.</p>     <p align="justify">La teor&iacute;a de Locke acerca de las consecuencias de la invenci&oacute;n del dinero convencional ser&iacute;a apenas un caso especial de los adelantos tecnol&oacute;gicos que convierten bienes perecederos en bienes que mantienen su valor y utilidad en el tiempo. La analog&iacute;a m&aacute;s cercana son los avances en la tecnolog&iacute;a de alimentos, como el que permite transformar una cosecha de uvas en vino mediante la fermentaci&oacute;n. El mismo razonamiento es aplicable a cualquier inversi&oacute;n en la producci&oacute;n de bienes de capital. Cuando se ahorra sacrificando el consumo actual para destinar recursos a su fabricaci&oacute;n se crea riqueza, por cuanto el valor presente del incremento de la producci&oacute;n futura hecha posible por esos bienes de capital es superior al valor presente de los recursos invertidos si se destinan al consumo inmediato. En &uacute;ltimas, un adelanto tecnol&oacute;gico que cree nuevas posibilidades de ahorro de inversi&oacute;n y de una mejor asignaci&oacute;n intertemporal de los recursos econ&oacute;micos comporta de manera inevitable el riesgo de generar desigualdades econ&oacute;micas a menos que todos los agentes econ&oacute;micos reaccionen de manera id&eacute;ntica a &eacute;l.</p>     <p align="justify">Queda el problema de los costos de transacci&oacute;n en el segundo estado de naturaleza. Estos pueden dividirse en los del intercambio de derechos de propiedad, que Locke ha analizado en su discusi&oacute;n del dinero, y en los de mantener y defender los mismos derechos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Dada la funci&oacute;n de utilidad definida por Locke, los costos de transacci&oacute;n de asegurar el goce de la propiedad en el primer estado de la naturaleza ser&iacute;an exiguos. Nadie es rico, pues el patrimonio de cada quien se limita a lo indispensable para su subsistencia inmediata. Por tanto, las ganancias potenciales de quienes quisieran atentar contra la propiedad ajena son m&iacute;nimas. Por otra parte, en condiciones de abundancia los bienes y la tierra son gratuitos, y no tendr&iacute;a mucho sentido asumir los costos de un conflicto acerca de su posesi&oacute;n y dominio; siempre hay m&aacute;s bienes y tierra unos metros o unos kil&oacute;metros m&aacute;s all&aacute;, listos para ser disfrutados por quien quiera tomarlos<a href="#21" name="n21"><sup>21</sup></a>.</p>     <p align="justify">Ambos supuestos dejan de ser v&aacute;lidos en el segundo estado de naturaleza. Ha habido acumulaci&oacute;n de riqueza y su distribuci&oacute;n puede ser desigual. El precio de los bienes y la tierra en una econom&iacute;a que ya tiene caracter&iacute;sticas mercantiles incorpora el valor de una renta derivada de los derechos de propiedad y es superior al valor del trabajo directo requerido para producirlos, o para adecuarla<a href="#22" name="n22"><sup>22</sup></a>. Puede ser una elecci&oacute;n racional, a nivel puramente individual, atentar contra los derechos de propiedad ajenos. Puede ser racional asumir la conducta violenta generalizada descrita por Hobbes en su estado de naturaleza. La racionalidad, unida al ego&iacute;smo y la falta de desest&iacute;mulos eficaces, puede hacer que los hombres se conviertan en lobos para sus semejantes. Este escenario no es muy lejano a ciertos aspectos de la realidad colombiana, que ha sido analizada con rigor y pasi&oacute;n por Mauricio Rubio (Rubio, 1999).</p>     <p align="justify">Ello da paso a un an&aacute;lisis donde el uso de la fuerza leg&iacute;tima, regulado por la ley, se vuelve el problema central de la pol&iacute;tica.</p>     <p align="justify">El an&aacute;lisis de la interacci&oacute;n entre los transgresores, “hombres degenerados, viciosos y corruptos” como los describe Locke (T. II, &sect;128), y la sociedad parte de la base de que la violencia no genera derechos de propiedad. “Si un ladr&oacute;n entra por la fuerza a mi casa y con un pu&ntilde;al sobre mi garganta me obliga a firmar papeles para transferirle mi patrimonio, &iquest;le dar&iacute;a eso cualquier t&iacute;tulo a esos bienes?” (T. II, &sect;176). Los derechos de propiedad surgen del trabajo, actual o pasado, y del reconocimiento rec&iacute;proco por parte de los dem&aacute;s titulares de los mismos derechos. Ese reconocimiento se manifiesta en el intercambio y en el respeto de los derechos de propiedad ajenos<a href="#23" name="n23"><sup>23</sup></a>.</p>     <p align="justify">La situaci&oacute;n del transgresor puede entenderse en t&eacute;rminos del estado de guerra. Locke insiste en que el estado de guerra es bien distinto del estado de naturaleza, por cuanto en este &uacute;ltimo la violencia es una conducta excepcional y no generalizada. El uso de medios violentos para atentar contra los derechos de propiedad ajenos encierra la amenaza contra la vida y la libertad, y es l&iacute;cito responder con violencia. “Porque tengo razones para concluir que si cualquiera trata de apoderarse de m&iacute; sin mi consentimiento, de lograrlo, me usar&iacute;a como quisiera e incluso me destruir&iacute;a cuando tuviera ese capricho... Protegerme de esa fuerza es la &uacute;nica seguridad de mi preservaci&oacute;n” (T. II, &sect;17). Sin embargo, el derecho a utilizar violencia contra un transgresor tiene l&iacute;mites. Si se act&uacute;a en defensa propia, cuando la integridad personal est&aacute; en riesgo, prima la l&oacute;gica del estado de guerra y se puede matar al contrincante.</p>     <p align="justify">Pero si el transgresor no genera esa amenaza (por ejemplo en el caso de un hurto simple) rige la ley de la naturaleza que exige una proporcionalidad entre ofensa y sanci&oacute;n.</p>     <blockquote>    <p align="justify">La ley de la naturaleza, en el estado de naturaleza, se ha confiado a cada hombre, y con base en ella cada quien tiene el derecho de castigar los transgresores de esa ley de una forma que desestimule su violaci&oacute;n. Porque la ley de la naturaleza, como todas las leyes de este mundo, ser&iacute;a vana si no hubiera nadie en el estado de naturaleza que tuviera el poder de ejecutarla y de esa manera preservar a los inocentes y desestimular a quienes la infringen. Si cualquiera, en el estado de naturaleza, puede castigar a otro por el da&ntilde;o que haya cometido, todos lo pueden hacer [...] Pero no hay el poder absoluto o arbitrario para tratar a un criminal que se ha aprehendido de acuerdo con el calor de su pasi&oacute;n o la extravagancia sin l&iacute;mites de su voluntad. S&oacute;lo para retribuirle en cuanto lo dicten la tranquila raz&oacute;n y conciencia, en lo que sea proporcional a su transgresi&oacute;n, en lo que sirva para reparar y disuadir. Porque estos son los &uacute;nicos motivos por los cuales un hombre puede hacerle da&ntilde;o a otro con justicia, que es lo que llamamos castigo (T. II, &sect;8).</p> </blockquote>     <p align="justify">En el estado de naturaleza cada individuo est&aacute; facultado para obrar como juez y verdugo, y aplicar castigos no s&oacute;lo suficientes para reparar los da&ntilde;os sufridos por &eacute;l sino para hacer que los costos de delinquir, o sea de vulnerar derechos de propiedad ajenos, sean superiores a los beneficios esperados de esta conducta.</p>     <p align="justify">Pero defender derechos de propiedad e impartir justicia en el segundo estado de naturaleza tiene costos, y costos crecientes. En la medida que sea m&aacute;s aguda la desigualdad de la riqueza y se reduzca el precio relativo del trabajo “honesto” en raz&oacute;n a la creciente escasez de otros factores, mayor ser&aacute; el aliciente a delinquir. Mayor ser&aacute; la desviaci&oacute;n de esfuerzos y recursos potencialmente productivos hacia actividades encaminadas no a generar riqueza sino a apropiarse de la riqueza ajena<a href="#24" name="n24"><sup>24</sup></a>. Y por contraparte, mayores ser&aacute;n los costos asumidos por los titulares de derechos de propiedad para protegerlos y perseguir y sancionar a los transgresores.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Incluso para los transgresores puede haber econom&iacute;as de escala en la medida en que no act&uacute;en individual sino colectivamente Es el paso del raponero a la mafia. En tal caso los costos de asumir medidas de protecci&oacute;n eficaces, sin hablar de los de un sistema penal privado, crecen exponencialmente y pueden exceder con facilidad el valor de los derechos de propiedad afectados. El riesgo de una agresi&oacute;n externa, o sea el de la violencia organizada, para un conjunto de individuos que no forman una comunidad pol&iacute;tica fue reconocido desde la antig&uuml;edad como una causa de la creaci&oacute;n de los estados<a href="#25" name="n25"><sup>25</sup></a>.</p>     <p align="justify">Los costos asumidos individualmente para protegerse, para castigar y para disuadir a los transgresores son costos de transacci&oacute;n. Es f&aacute;cil apreciar c&oacute;mo en el segundo estado de la naturaleza &eacute;stos pueden hacerse insostenibles.</p>     <p align="justify">La denominaci&oacute;n dada por Locke a los costos de transacci&oacute;n en ese contexto son “los inconvenientes del estado de naturaleza”, y &eacute;l los clasifica en tres categor&iacute;as.</p>     <blockquote>    <p align="justify">En primer lugar, hace falta una ley definida [...] y expl&iacute;cita, generalmente aceptada como definici&oacute;n de lo justo y lo injusto, y que sea una pauta com&uacute;n para decidir las controversias entre individuos. Aunque la ley de la naturaleza sea evidente e inteligible a todas las criaturas racionales, los hombres, por el peso de su propio inter&eacute;s y por la ignorancia derivada de no estudiarla, tienden a no aceptar la ley de la naturaleza como vinculante en su aplicaci&oacute;n a sus casos particulares [...] En segundo lugar, hace falta en el estado de naturaleza un juez conocido e indiferente, con la autoridad para decidir sobre toda controversia de conformidad con la ley preestablecida [...] los hombres son parciales a s&iacute; mismos, y la pasi&oacute;n y la venganza pueden llevarlos a extremos y exaltaciones en la defensa de sus intereses. La negligencia y la falta de preocupaci&oacute;n los har&aacute;n indiferentes respecto de los intereses ajenos (T. II, &sect;124 y 125).</p> </blockquote>     <p align="justify">Se trata de un problema de riesgo moral que se produce cuando quien defiende sus derechos de propiedad act&uacute;a como juez y parte. La falta de uniformidad de los fallos y de las sanciones consiguientes, debido a ese riesgo moral o incluso a diferencias inevitables en la interpretaci&oacute;n intuitiva de un derecho natural no escrito por muchos agentes independientes, hace que la aplicaci&oacute;n de justicia se vuelva arbitraria y aleatoria. La falta de uniformidad y de predecibilidad de la justicia privada se convierte en una fuente adicional de costos de transacci&oacute;n.</p>     <p align="justify">El tercer inconveniente se relaciona con el cumplimiento y eficacia de la ley y de la justicia:</p>     <p align="justify">En el estado de naturaleza, con frecuencia, falta el poder para dar fuerza al fallo justo y para asegurar su ejecuci&oacute;n. Quienes injustamente hicieron da&ntilde;o rara vez dejar&aacute;n de tratar de hacer valer su injusticia por la fuerza. Tal renuencia hace que aplicar un castigo sea peligroso, las m&aacute;s veces, y destructivo, con frecuencia, para quienes lo intentan (T. II, &sect;126).</p>     <p align="justify">Desde una perspectiva como la de Coase, el arreglo negociado de conflictos podr&iacute;a postularse como una soluci&oacute;n alterna a los inconvenientes del estado de naturaleza (Coase, 1994). Suponiendo la ausencia de costos de transacci&oacute;n, es indiferente la asignaci&oacute;n inicial de derechos de propiedad siempre que quepa la posibilidad de una compensaci&oacute;n por parte de quien pueda generar mayor valor econ&oacute;mico con el uso de los mismos a la contraparte.</p>     <p align="justify">Pero esta soluci&oacute;n requiere de una autoridad externa que garantice la solidez de los derechos de propiedad resultantes del acuerdo voluntario, porque el oportunista tratar&aacute; de mejorar su posici&oacute;n incumpliendo lo pactado y reiniciando el regateo. Ello a su vez implica costos de transacci&oacute;n, lo cual invalida la aplicaci&oacute;n del teorema de Coase. Si las partes no son imparciales (y negar esa proposici&oacute;n ser&iacute;a una contradicci&oacute;n en t&eacute;rminos) y no pueden acudir a un tercero imparcial, no puede haber justicia, y las desavenencias tendr&iacute;an que resolverse a la manera de Hobbes: la ley del m&aacute;s fuerte.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">En otras palabras, el progreso econ&oacute;mico a partir del primer estado de la naturaleza (que mejora la prosperidad general aunque con desigualdades entre individuos) y que se basa en acuerdos voluntarios no coercitivos y el reconocimiento mutuo de derechos de propiedad deja de ser viable por su misma din&aacute;mica, por la carencia de una justicia eficaz. Los costos de transacci&oacute;n de defender derechos de propiedad, en el segundo estado de naturaleza, crecen de manera desproporcionada. Si bien, por rutas distintas Hobbes y Locke llegan a la misma conclusi&oacute;n a pesar del mayor realismo y sofisticaci&oacute;n del modelo del segundo.</p>     <p align="justify"><b>3. GOBIERNO CIVIL Y SOCIEDAD CIVIL</b></p>     <p align="justify">La conclusi&oacute;n del razonamiento anterior puede resumirse as&iacute;: “el remedio apropiado para los inconvenientes del estado de naturaleza es el gobierno civil”<a href="#26" name="n26"><sup>26</sup></a>. Coase justific&oacute; la existencia de empresas dentro de una econom&iacute;a de mercado por la necesidad de reducir costos de transacci&oacute;n. Del modelo de Locke se deduce que el Estado tiene el mismo origen.</p>     <p align="justify">Para analizar la manera como Locke entiende el gobierno civil y su relaci&oacute;n con los gobernados es necesario tratar varios puntos: la naturaleza y alcances del Estado, las posibilidades y causas del abuso del poder pol&iacute;tico y los remedios a los conflictos entre intereses individuales y colectivos.</p>     <p align="justify">La creaci&oacute;n del Estado es un acuerdo contractual voluntario con un objeto claro, el de asegurar la convivencia y proteger los derechos de propiedad.</p>     <blockquote>    <p align="justify">Siendo todos los <i>hombres</i> por naturaleza libres e iguales, nadie puede ser excluido de este estado si no es por su propio consentimiento, lo que se hace mediante el acuerdo con los dem&aacute;s hombres [...] de unirse en comunidad para tener una vida segura, c&oacute;moda y pac&iacute;fica [...] para el tranquilo disfrute de sus derechos de propiedad y la mayor protecci&oacute;n frente a quienes no hacen parte de esa comunidad<a href="#27" name="n27"><sup>27</sup></a>.</p> </blockquote>     <p align="justify">Si bien los derechos de propiedad ya existen en el estado de naturaleza, su goce y la posibilidad de intercambiarlos se ven afectados por riesgos de diverso tipo que se traducen en altos costos de transacci&oacute;n. Reducir ese riesgo, y los consiguientes costos de transacci&oacute;n, tiene a su vez un costo: la p&eacute;rdida de la libertad propia del estado de naturaleza.</p>     <p align="justify">La propuesta de gobierno civil hecha por Locke en el <i>Segundo Tratado</i> busca minimizar esa p&eacute;rdida de libertad mediante un conjunto de limitaciones expresas sobre el &aacute;mbito de acci&oacute;n del poder pol&iacute;tico. A diferencia de lo postulado por Hobbes, los individuos que ingresan a la comunidad pol&iacute;tica mediante el contrato social de Locke no llegan a ella desnudos. Traen consigo un bagaje de derechos y compromisos rec&iacute;procos, que no pueden ser vulnerados por el Estado. En la terminolog&iacute;a de Douglass North, las organizaciones anteceden las instituciones.</p>     <p align="justify">Ante todo, est&aacute;n los derechos de propiedad adquiridos previamente, para cuya protecci&oacute;n se instituye el gobierno civil. Locke extiende el alcance de los derechos de propiedad m&aacute;s all&aacute; del significado com&uacute;n del t&eacute;rmino. La propiedad individual abarca “vida, libertad y bienes” (T. II, C&aacute;p 7. V&eacute;ase tambi&eacute;n LOT). Luego, est&aacute;n las organizaciones de la sociedad civil<a href="#28" name="n28"><sup>28</sup></a>, cuya existencia en el estado de naturaleza Locke supone de manera expl&iacute;cita. Estas son la familia, la servidumbre y la esclavitud (esenciales para la formaci&oacute;n de las unidades productivas en la &eacute;poca) pero tambi&eacute;n las iglesias y otros tipos de asociaci&oacute;n voluntaria que cuentan con sus propias reglas y jerarqu&iacute;as de poder. Incluye, adem&aacute;s, los contratos privados celebrados libremente entre individuos, antes o despu&eacute;s del contrato social, y por tanto el mercado y las libertades indispensables para su funcionamiento. Seg&uacute;n Vaughn, “ya sea que la econom&iacute;a pudiese haber existido antes de la formaci&oacute;n del gobierno, o no, la verdadera aportaci&oacute;n de Locke es su afirmaci&oacute;n de que el funcionamiento de la econom&iacute;a es una fuerza primaria para mantener unida la sociedad civil” (Vaughn, 1980, p. 136).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Hace parte tambi&eacute;n de la herencia del estado de naturaleza su ley: el derecho de la naturaleza. Las normas positivas que establezcan los gobiernos civiles no pueden desconocerla o quebrantarla, aunque cada comunidad pol&iacute;tica le haga las precisiones que correspondan a sus circunstancias concretas.</p>     <p align="justify">Lo anterior implica una noci&oacute;n restringida de la soberan&iacute;a. Son evidentes las bondades de un orden pol&iacute;tico, pero Locke desea que sus lectores sean sensibles a los peligros del abuso de la autoridad derivada del mismo. Hacer caso omiso de ese riesgo ser&iacute;a pensar que los individuos “son tan tontos que se cuidan para evitar los da&ntilde;os que puedan hacerles los gatos monteses o zorros, pero est&aacute;n contentos, incluso llam&aacute;ndolo seguridad, de que los devoren los leones” (T. II, &sect;93).</p>     <p align="justify">Para protegerse de los leones, o sea del uso desmedido y arbitrario del poder, se requiere que el Estado pol&iacute;tico sea un estado de derecho, cuya expresi&oacute;n son reglas y leyes uniformes. “Sea cual sea la forma de gobierno, el poder debe ejercerse por medio de leyes expresas y p&uacute;blicas y no por determinaciones extempor&aacute;neas o resoluciones indeterminadas, pues entonces la humanidad estar&iacute;a en una condici&oacute;n peor que en el estado de naturaleza” (T. II, &sect;137). Las leyes deben aplicarse con igualdad a todos los integrantes de la comunidad y buscar s&oacute;lo el inter&eacute;s general. “El poder legislativo [...] gobierna con leyes establecidas y promulgadas, que no pueden variar de un caso a otro sino que debe haber una sola regla para ricos y pobres, para el favorito de la Corte y el campesino en su arado. Estas leyes tampoco deben tener un fin distinto del bien com&uacute;n del pueblo” (T. II, &sect;142). El bien com&uacute;n se define en t&eacute;rminos de “asegurar la propiedad de todos, al adoptar soluciones para los tres inconvenientes del estado de naturaleza antes mencionados que lo hac&iacute;an tan inc&oacute;modo e inseguro” (T. II, &sect;131).</p>     <p align="justify">La arquitectura institucional propuesta por Locke consiste en la divisi&oacute;n de poderes. Estos son el legislativo, el ejecutivo y el federativo, siendo el &uacute;ltimo el encargado de las relaciones exteriores y la defensa frente agresores externos. La supremac&iacute;a constitucional es del legislativo (T. II, 149). Curiosamente, dado el papel crucial de la carencia de justicia como determinante del contrato social, Locke no contempla el judicial como poder independiente. Atribuye esa funci&oacute;n al poder legislativo (T. II, &sect;136), lo cual es congruente con su lugar predominante en el orden constitucional<a href="#29" name="n29"><sup>29</sup></a>.</p>     <p align="justify">Para la toma de decisiones, sea por el poder constituyente primario que son el conjunto los contratantes del pacto social o bien por los miembros del legislativo, Locke consider&oacute; l&oacute;gico el sistema de la mayor&iacute;a simple. Con esto trat&oacute; de conjurar los peligros que tendr&iacute;a la exigencia de unanimidad, que podr&iacute;a paralizar el proceso de toma de decisiones colectivas.</p>     <blockquote>    <p align="justify">Por cuanto aquello que lleva a actuar una comunidad es s&oacute;lo el consentimiento de quienes la conforman, y siendo un solo cuerpo debe moverse en una sola direcci&oacute;n, es indispensable que ese cuerpo se mueva en la direcci&oacute;n en la que la mayor fuerza la impulsa, que es el consentimiento de la mayor&iacute;a, o de otra manera, ser&iacute;a imposible que actuara como un solo cuerpo, una comunidad, que el consentimiento de todo individuo unido en ella hab&iacute;a aceptado. Por tanto, todos est&aacute;n vinculados por su primer consentimiento para aceptar las decisiones de la mayor&iacute;a<a href="#30" name="n30"><sup>30</sup></a>.</p> </blockquote>     <p align="justify">Locke no hizo menci&oacute;n expresa de los derechos de las minor&iacute;as, o de posibles incongruencias en las decisiones p&uacute;blicas derivadas de intransitividades del orden de preferencias electorales (v&eacute;ase Cuevas, 1998, Caps. XVIII a XX, para una discusi&oacute;n de la literatura reciente sobre estos temas). Para &eacute;l las garant&iacute;as contenidas en el contrato social acerca de la protecci&oacute;n de los derechos de propiedad, incluyendo la libertad individual, y el acatamiento del derecho de la naturaleza eran suficientes para evitar excesos atribuibles a la tiran&iacute;a de las mayor&iacute;as<a href="#31" name="n31"><sup>31</sup></a>.</p>     <p align="justify">La decisi&oacute;n mayoritaria puede, con sujeci&oacute;n a esos l&iacute;mites, afectar los derechos individuales de propiedad siempre que se respete la igualdad entre los ciudadanos. El caso t&iacute;pico, que afecta los derechos de propiedad individuales, es la tributaci&oacute;n. “Es cierto que el Gobierno no puede sostenerse sin gran gasto, y es justo que cada uno que goza de parte de su protecci&oacute;n que deba pagar, de su peculio, la parte proporcional del costo de su mantenimiento. Pero debe ser con su consentimiento –i. e., el consentimiento de la mayor&iacute;a, dado directamente o a trav&eacute;s de sus representantes”<a href="#32" name="n32"><sup>32</sup></a>.</p>     <p align="justify">Puede tambi&eacute;n limitar las libertades en caso de conveniencia p&uacute;blica manifiesta. Por ejemplo, en su Carta sobre la Tolerancia Locke arguy&oacute; que la libertad de credo no era absoluta y no podr&iacute;a extenderse a cat&oacute;licos o mahometanos (porque ten&iacute;an lealtades pol&iacute;ticas a un potentado extranjero) ni a los ateos. “Las promesas, los convenios y juramentos que son los v&iacute;nculos de la sociedad humana, no tienen fuerza alguna para un ateo” [LOT]. En tales situaciones el conflicto, real o potencial, entre el bien individual y el bien colectivo justifica actos coercitivos de la comunidad pol&iacute;tica que pueden ser perjudiciales para los individuos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">En todo caso, Locke se&ntilde;al&oacute; que el poder p&uacute;blico est&aacute; establecido para “la preservaci&oacute;n de los derechos de propiedad de todos los miembros de la sociedad, <i>hasta donde sea posible</i>” (T. II, &sect;88, &eacute;nfasis a&ntilde;adido). En el <i>Segundo Tratado</i>, Locke no es muy expl&iacute;cito en cuanto a los linderos de lo posible. Sus obras monetarias arrojan algunas luces sobre este tema, al explorar el problema de la intervenci&oacute;n del Estado en la econom&iacute;a, en particular la prohibici&oacute;n de la usura. “Los intereses de los hombres particulares no deben descuidarse [...] ni sacrificarse en aras de algo distinto de una manifiesta ventaja com&uacute;n” (SC). Parte del problema reside en los l&iacute;mites de la eficacia de la regulaci&oacute;n p&uacute;blica de los mercados. “Los m&aacute;s h&aacute;biles [...] siempre lograr&aacute;n eludir la prohibici&oacute;n de vuestras leyes y quedar impunes, hag&aacute;is lo que hag&aacute;is” (SC).</p>     <p align="justify"><b>4. EL ESTADO COMO UN PROBLEMA DE AGENCIA</b></p>     <p align="justify">&iquest;Qu&eacute; ocurre, sin embargo, cuando las decisiones de autoridad se desv&iacute;an de la defensa del bien com&uacute;n? El punto fundamental para Locke es la naturaleza del poder pol&iacute;tico. Es un <i>trust</i>, un encargo basado en la confianza<a href="#33" name="n33"><sup>33</sup></a>. Si &eacute;sta se pierde, tambi&eacute;n se desvanece la legitimidad del poder pol&iacute;tico. “Porque todo poder entregado como un encargo para el logro de un fin est&aacute; limitado por ese fin. Cuando quiera que el fin se desconoce o se deja de un lado, el encargo se anula y el poder vuelve a quienes lo entregaron” (T. II, &sect;149). Los depositarios del encargo deben siempre responder (ser <i>accountable</i>, en la expresi&oacute;n inglesa) por el uso que hacen del poder pol&iacute;tico (T. II, &sect;152).</p>     <p align="justify">La figura del <i>trust</i>, o encargo, se ajusta a la formulaci&oacute;n del problema del principal y del agente<a href="#34" name="n34"><sup>34</sup></a>. Un principal, o mandante, encomienda una gesti&oacute;n a un mandatario o agente. Los intereses del principal (para estos efectos, el pueblo o la comunidad) no coinciden con los intereses privados del agente (el gobernante). Si el agente es racional y busca maximizar su utilidad, y adem&aacute;s no est&aacute; sujeto a restricciones morales, lo l&oacute;gico es que utilice su capacidad de actuar en provecho propio. El principal no siempre puede controlar debidamente a su agente, por dos motivos: los costos de la informaci&oacute;n necesaria para evitar abusos son infinitos, o por lo menos exceden los beneficios del control; o el agente manipula la informaci&oacute;n de que puede disponer el principal para evitar que &eacute;ste se d&eacute; cuenta de su infidelidad y adopte medidas correctivas.</p>     <p align="justify">La raz&oacute;n de ser de la divisi&oacute;n de poderes se sustenta en parte en el riesgo del abuso del poder p&uacute;blico por el gobernante, actuando como agente.</p>     <blockquote>    <p align="justify">Quiz&aacute; sea una tentaci&oacute;n excesiva para la debilidad humana [...] otorgar a las mismas personas que tienen el poder de hacer leyes la autoridad de ejecutarlas, con lo cual tendr&iacute;an la posibilidad de eximirse de su obediencia o adecuar las leyes a su beneficio privado. De esa manera llegar&iacute;an a tener un inter&eacute;s distinto del resto de la comunidad, contrario a los fines de la sociedad y del Gobierno (T. II, &sect;143).</p> </blockquote>     <p align="justify">En las instituciones pol&iacute;ticas m&aacute;s primitivas, antes de que se afianzara el principio de la divisi&oacute;n de poderes, “cuando el error o la adulaci&oacute;n prevalecieron sobre pr&iacute;ncipes d&eacute;biles para usar este poder para su bien y no el bien p&uacute;blico, el pueblo busc&oacute; por medio de leyes expresas delimitar la prerrogativa” de los reyes (T. II, &sect;162). Disminuir la discrecionalidad del agente es una forma de reducir el riesgo de infidelidad o desviaci&oacute;n.</p>     <p align="justify">Siempre existe la posibilidad de que los arreglos institucionales basados en la divisi&oacute;n de poderes no cumplan su cometido. Por bien pensada que sea una constituci&oacute;n siempre puede ser subvertida por los detentadores del poder. La desviaci&oacute;n del poder p&uacute;blico puede darse por la apropiaci&oacute;n de derechos privados de propiedad, ya no para fines de utilidad social sino para beneficio privado de los gobernantes. El poder p&uacute;blico es un monopolio que genera rentas como cualquier monopolio privado, y cabe la posibilidad de su apropiaci&oacute;n por quienes est&aacute;n m&aacute;s cercanos a &eacute;l. Eso se denomina <i>rent-seeking</i>, o sea la b&uacute;squeda o caza de rentas (Tullock, 1995).</p>     <blockquote>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">El legislativo viola la confianza (<i>trust</i>) en &eacute;l depositada cuando trata de invadir la propiedad del gobernado y hacer de s&iacute; o de cualquier parte de la comunidad amos o &aacute;rbitros de las vidas, libertades o fortunas del pueblo [...] Tambi&eacute;n act&uacute;a en contra de su mandato (<i>trust</i>) quien emplea la fuerza, tesoro y poder de la sociedad para corromper los representantes y ganarles para su partido. Arreglar as&iacute; a candidatos y electores es cortar las ra&iacute;ces del gobierno y envenenar las fuentes de la seguridad p&uacute;blica [...] Si a ello se a&ntilde;aden recompensas y castigos empleados visiblemente para el mismo fin y todas las artes de la perversi&oacute;n legal [...] es claro lo que se hace (T II, &sect; 221 y 222).</p> </blockquote>     <p align="justify">La caza de rentas es una conducta imputable tanto a quienes dan como a quienes reciben d&aacute;divas. Pero en todo caso ese defecto de la democracia es preferible a lo que ocurre en reg&iacute;menes totalitarios. Seg&uacute;n Tullock, “los intentos de medir el alcance de la <i>rent seeking</i> [...] no han permitido conclusiones definitivas. Un examen superficial parecer&iacute;a indicar que estas actividades son mucho m&aacute;s importantes en dictaduras que en democracias” (Tullock, 1995, p. 132).</p>     <p align="justify">La p&eacute;rdida de confianza p&uacute;blica, o <i>trust</i>, tiene una causa adicional, la ineficacia del poder. “Cuando quien tiene el poder ejecutivo supremo descuida y abandona esa responsabilidad, de manera que las leyes promulgadas no puedan ejecutarse, eso reduce todo a la anarqu&iacute;a [...] Cuando las leyes no pueden ejecutarse es como si no hubiera leyes, y un gobierno sin leyes es, supongo, un misterio de la pol&iacute;tica que no puede ser concebido por la raz&oacute;n y que es inconsistente con la sociedad humana” (T. II, &sect;219). Si el contrato social es inejecutable es como si no existiera.</p>     <p align="justify">Cuando por motivos de inequidad, derivados del abuso del poder, o de ineficacia el Gobierno se disuelve, le corresponde a la comunidad de individuos, a la sociedad, retomar las riendas del poder y reformar el contrato social sobre bases de inter&eacute;s general.</p>     <p align="justify">Ese, en fin, era el prop&oacute;sito de Locke al escribir el <i>Segundo tratado sobre el gobierno civil</i>: fundamentar la legitimidad de un cambio de Gobierno revolucionario sin minar la validez de derechos de propiedad que en la tradici&oacute;n anterior del pensamiento pol&iacute;tico se derivaban de su otorgamiento por el Estado. Era, de alguna manera, hacer un orden pol&iacute;tico seguro para la econom&iacute;a mercantil y para el capitalismo.</p>     <p align="justify">Pero es esa una soluci&oacute;n apropiada para el eventual conflicto entre intereses colectivos e individuales? Una de las cr&iacute;ticas principales que se puede hacer al modelo de Locke es su legitimaci&oacute;n de las desigualdades de la riqueza, reflejo fiel de la situaci&oacute;n social de la Inglaterra de su &eacute;poca. &iquest;Qu&eacute; puede hacer el individuo que se sienta maltratado en esa distribuci&oacute;n y en consecuencia por las instituciones pol&iacute;ticas que la respaldan?</p>     <p align="justify">La soluci&oacute;n de Locke se halla en su respuesta a uno de los problemas l&oacute;gicos inherentes al contractualismo. Se supone un momento hist&oacute;rico hipot&eacute;tico o real, pero en todo caso lejano del presente, cuando los hombres libre y racionalmente aceptaron el contrato social. Las condiciones han cambiado desde entonces y podr&iacute;a ser l&iacute;cito que algunos, que se sientan perjudicados por sus consecuencias, quisieran una modificaci&oacute;n o disoluci&oacute;n, aun si no forman una mayor&iacute;a. Si el origen de la legitimidad del orden pol&iacute;tico es el consentimiento voluntario, debe haber v&iacute;nculos que liguen a los individuos insatisfechos al contrato social y de los cuales se derive su obligaci&oacute;n de prestar obediencia a una autoridad cuyas decisiones no comparten. De otra forma, &iquest;d&oacute;nde estar&iacute;a la reciprocidad indispensable para la validez de cualquier contrato?</p>     <p align="justify">Los derechos de propiedad, una vez m&aacute;s, son la fuente de la legitimidad. El gobierno civil presta el servicio de proteger los derechos de propiedad de una manera acorde con los sentimientos de la mayor&iacute;a. Los individuos, en su car&aacute;cter de titulares de derechos de propiedad, reciben ese servicio y en contraprestaci&oacute;n deben entregar su acatamiento y obediencia a las leyes y las autoridades que los ejecutan<a href="#35" name="n35"><sup>35</sup></a>. Hasta el m&aacute;s pobre de los mendigos tiene derechos de propiedad sobre los trapos que cubren su cuerpo o el mendrugo de pan que ser&aacute; su pr&oacute;xima refecci&oacute;n.</p>     <blockquote>    <p align="justify">Todo hombre que tenga posesi&oacute;n o disfrute de cualquier parte de los dominios de cualquier gobierno, por ese mismo hecho da su consentimiento t&aacute;cito, y queda en adelante [...] obligado a la obediencia a las leyes de ese gobierno mientras dure su disfrute [...] No importa que se trate de la posesi&oacute;n de tierras para siempre para s&iacute; y sus herederos, o un alojamiento para una semana, o el solo hecho de viajar libremente por una carretera (84, &sect;119).</p> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">A juicio de Locke, no se coarta la libertad individual ni el principio de consentimiento, por cuanto los individuos siempre tienen la opci&oacute;n de emigrar a otro Estado donde el orden pol&iacute;tico sea m&aacute;s af&iacute;n a sus gustos. “Cuando el propietario que no ha dado sino consentimiento t&aacute;cito al gobierno procede a deshacerse de sus bienes, por donaci&oacute;n, venta u otro medio, queda en libertad para irse e incorporarse a otra comunidad pol&iacute;tica o acordar con otros el establecimiento de una nueva en <i>vacuis locis</i>, en cualquier parte del mundo que la hallen libre y desocupada” (T. II, &sect; 121). Se trata de lo que llama Hirschman la “salida”, asimilable a la conducta de un consumidor que cambia de proveedor cuando no est&aacute; satisfecho con el precio o calidad de una mercanc&iacute;a. Es una respuesta t&iacute;pica de la operaci&oacute;n del mercado, y contrasta con lo que el mismo autor denomina “voz”, o sea la participaci&oacute;n en mecanismos de decisi&oacute;n colectiva encaminada a mejorar el funcionamiento de la organizaci&oacute;n sin renunciar a la pertenencia a ella (Hirschman, 1970). Otra versi&oacute;n moderna de este argumento, aplicada al gobierno local, es la del federalismo fiscal de Tiebout, donde el ciudadano o “consumidor” de servicios gubernamentales que “considera que el gobierno local no est&aacute; asignando el gasto p&uacute;blico en funci&oacute;n de sus preferencias, tiene la opci&oacute;n de mudarse a otro municipio”<a href="#36" name="n36"><sup>36</sup></a>. Locke no consider&oacute;, sin embargo, los costos de transacci&oacute;n que tiene, para el individuo y para la sociedad, la “salida” de la emigraci&oacute;n.</p>     <p align="justify">A la luz de las prescripciones de Locke, son numerosos los defectos del orden pol&iacute;tico contempor&aacute;neo en Colombia, y en otras partes del mundo. Varios de los “inconvenientes del estado de naturaleza”, sus riesgos, la inseguridad de los derechos de propiedad, la impunidad, son hechos corrientes entre nosotros. Para muchos colombianos la actuaci&oacute;n de sus autoridades p&uacute;blicas no corresponde a la confianza en ellas depositadas por aquellos, y su capacidad efectiva de garantizar el cumplimiento, ya no el abundante cat&aacute;logo de los derechos de la Constituci&oacute;n de 1991 sino de los m&iacute;nimos que est&aacute;n previstos dentro del modelo de Locke, est&aacute; en duda. Ello lleva a algunos a proponer soluciones pol&iacute;ticas caracter&iacute;sticas de Hobbes –la mano fuerte, el autoritarismo–. Y esas soluciones se ofrecen desde la derecha y la izquierda, con igual dosis de intolerancia por los puntos de vista ajenos.</p>     <p align="justify">Sin embargo, quienes asumen tales posiciones pierden de vista la esencia del mensaje pol&iacute;tico de Locke. Mientras el sistema pol&iacute;tico y econ&oacute;mico admita cambios institucionales, de manera que haya un proceso de aproximaciones sucesivas a la conciliaci&oacute;n de intereses individuales y colectivos, hay esperanza. Es esa la funci&oacute;n del orden pol&iacute;tico surgido del contrato social, y su bondad es la de permitir que ese cambio sea fruto del entendimiento y no de la imposici&oacute;n violenta.</p>     <p align="justify"><b>5. A MANERA DE CONCLUSI&Oacute;N: &iquest;ERA LOCKE UN LIBERAL?</b></p>     <p align="justify">La pregunta por el liberalismo de Locke es enga&ntilde;osa. Es anacr&oacute;nica porque muchos de los referentes conceptuales contempor&aacute;neos del liberalismo no exist&iacute;an en su &eacute;poca. Se los debemos a Locke y a sus sucesores. Como dijera T. S. Eliot, “los escritores muertos nos son lejanos, porque sabemos tanto m&aacute;s que ellos. Es exacto, y ellos son lo que nosotros sabemos”.</p>     <p align="justify">El modelo formulado por Locke cumpli&oacute; un prop&oacute;sito pol&iacute;tico inmediato: vindicar en su momento y lugar los intereses, los derechos de propiedad y las pretensiones de primac&iacute;a pol&iacute;tica de su patrono, el conde de Shaftesbury, y los dem&aacute;s integrantes de la oligarqu&iacute;a <i>whig</i>. Ashcraft se&ntilde;ala que para Locke “hacer teor&iacute;a pol&iacute;tica era un ejercicio de raz&oacute;n pr&aacute;ctica” (Ashcraft, 1997, p. 226).</p>     <p align="justify">Locke trascendi&oacute; el fin pol&iacute;tico inmediato de esa raz&oacute;n pr&aacute;ctica al proponer una explicaci&oacute;n l&oacute;gica del origen del Estado y una prescripci&oacute;n consecuente de los fines y alcances de la sociedad pol&iacute;tica.</p>     <p align="justify">El contrato social de Locke es una ficci&oacute;n moral y no requiere para su validez un momento hist&oacute;rico espec&iacute;fico cuando &eacute;ste se hubiera celebrado. Sin embargo, tiene un papel crucial en el desarrollo de la teor&iacute;a pol&iacute;tica al ofrecer una explicaci&oacute;n l&oacute;gica de la legitimidad del Estado que no depende de la noci&oacute;n de que Dios sea la fuente suprema de toda autoridad. El debate del texto del pre&aacute;mbulo de la Constituci&oacute;n colombiana, en la Asamblea Constituyente de 1991, muestra cu&aacute;n cerca estamos de los “escritores muertos” del siglo XVII.</p>     <p align="justify">En su visi&oacute;n del origen humano de las instituciones pol&iacute;ticas y de la necesidad de fundamentar la l&oacute;gica de la legitimidad en las decisiones libres de los individuos coinciden Locke y Hobbes. Difieren en su definici&oacute;n de los alcances y fines del gobierno civil. En el <i>Leviathan</i>, despotismo y orden pol&iacute;tico son una misma cosa. El Estado de Locke es otro, y por ese hecho encabeza la genealog&iacute;a del pensamiento pol&iacute;tico liberal.</p>     <p align="justify">En esta idea del Estado son centrales la libertad individual y el consentimiento. El hombre en el estado pol&iacute;tico no es tan libre como en el estado de naturaleza, e incluso la libertad sufre un cambio cualitativo cuando se pacta el contrato social. La nueva libertad, caracter&iacute;stica de la comunidad pol&iacute;tica, es fruto de compromisos y derechos rec&iacute;procos entre los individuos que la componen. “Todo hombre, al consentir con los dem&aacute;s hacer un cuerpo pol&iacute;tico bajo un gobierno, se obliga para con todos los dem&aacute;s integrantes de esa sociedad a aceptar las determinaciones de la mayor&iacute;a y de regirse por ellas, o de otra forma este pacto original [...] carecer&iacute;a de significado” (T. II, &sect;97). Pero las decisiones de la mayor&iacute;a no deben ir en contra de las libertades de los dem&aacute;s y de la tolerancia, porque vulnerar&iacute;an el contrato social<a href="#37" name="n37"><sup>37</sup></a>. La teor&iacute;a pol&iacute;tica de Locke tambi&eacute;n tiene como base el principio de que ning&uacute;n Estado que no sea Estado de Derecho puede ser leg&iacute;timo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">La creaci&oacute;n del Estado obedece a la b&uacute;squeda de eficiencia econ&oacute;mica, por cuanto permite reducir los costos de transacci&oacute;n que Locke denomina los “inconvenientes del estado de naturaleza”. Si bien &eacute;l aduce argumentos &eacute;ticos, derivados del derecho natural, para defender el respeto de los derechos de propiedad y la libre operaci&oacute;n del mercado, sus conclusiones no son distintas de las que arroja la teor&iacute;a microecon&oacute;mica convencional en t&eacute;rminos de maximizaci&oacute;n de bienestar. Locke no trata, pero tampoco era ese el cometido del <i>Segundo Tratado</i>, las fallas de los mercados de bienes y servicios privados. Pero esos problemas son evidentes cuando Locke discute la provisi&oacute;n de bienes p&uacute;blicos, en el contexto del m&aacute;s natural de los monopolios, la seguridad y la justicia. All&iacute;, identifica con claridad la posibilidad de caza de rentas o <i>rent seeking</i>.</p>     <p align="justify">&iquest;La justicia social existe en el modelo de Locke? Aunque la pregunta y el concepto subyacente son anacr&oacute;nicos respecto del <i>Segundo Tratado</i>, tendr&iacute;a que decirse que su explicaci&oacute;n de la sociedad y del Estado implica una distribuci&oacute;n de riqueza que es justa pero desigual. Las desigualdades individuales son el precio que se paga por la prosperidad y el progreso econ&oacute;mico<a href="#38" name="n38"><sup>38</sup></a>, y porque la teor&iacute;a del origen de los derechos de la propiedad en el valor del trabajo hace que su asignaci&oacute;n desigual tenga bases &eacute;ticas. “La justicia s&oacute;lo tiene una medida para todos”, dijo en su Venditio (citado en Vaughn, 1980, p. 156). Su justicia es conmutativa y no distributiva, y por tanto es individual antes que social.</p>     <p align="justify">Pero Locke propuso un remedio eficaz para los menos favorecidos en la distribuci&oacute;n de la propiedad y para quienes no compartieran las opiniones de la mayor&iacute;a – la Am&eacute;rica de su tiempo, donde a&uacute;n imperaban las condiciones de abundancia del primer estado de naturaleza y donde todav&iacute;a hab&iacute;a <i>vacuis loci</i>  disponibles para la creaci&oacute;n de nuevos espacios pol&iacute;ticos<a href="#39" name="n39"><sup>39</sup></a>.</p>     <p align="justify">Su previsi&oacute;n pol&iacute;tica fue extraordinaria, si se recuerdan las consecuencias para la humanidad del surgimiento de nuevas sociedades y nuevos estados en el continente de Col&oacute;n. Fue este un remedio pr&aacute;ctico para millones de europeos, pobres unos y disidentes otros, que emigraron a Am&eacute;rica durante los siguientes siglos. Al “votar con sus pies”, los nuevos americanos y sus descendientes pudieron realizar el tipo de innovaci&oacute;n en materia de comunidad pol&iacute;tica que hab&iacute;a predicho Locke en el <i>Segundo tratado sobre gobierno civil</i><a href="#40" name="n40"><sup>40</sup></a>.</p>     <p align="justify">Cuando esas v&aacute;lvulas de seguridad se cierran el pensamiento pol&iacute;tico de Locke ya no ofrece soluciones acordes con la equidad distributiva. Si hay algo esencial del liberalismo que no se halla en Locke es la noci&oacute;n de que “un estado democr&aacute;tico debe ser [...] no s&oacute;lo la sociedad an&oacute;nima que promete la verdadera igualdad pol&iacute;tica de sus ciudadanos sino la fuerza protectora de sus derechos individuales ante el avasallamiento de otros poderes concentrados” (Cuevas, 1998, p. 226).</p>     <p align="justify">Se han agotado las fronteras, en t&eacute;rminos geogr&aacute;ficos. Pero siguen ampli&aacute;ndose las del conocimiento, las del progreso tecnol&oacute;gico. Encontrar una soluci&oacute;n eficiente y equitativa a los cambios sociales derivados del avance de la humanidad en este frente es el nuevo gran reto de la pol&iacute;tica y de la econom&iacute;a en nuestro tiempo.</p>     <p align="justify"><b>    <br>NOTAS AL PIE</b></p>     <p align="justify"><a href="#n1" name="1">1</a>. Entre ella, Wolin (1960), Merchior (1991) y Cuevas (1998). V&eacute;ase tambi&eacute;n Gaus (1996).</p>     <p align="justify"><a href="#n2" name="2">2</a>. Una excepci&oacute;n importante es Karen Vaughn (1980).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n3" name="3">3</a>. El contractualismo, como se desprende del ep&iacute;grafe de este ensayo, era una idea corriente entre los sofistas griegos. Era tambi&eacute;n un punto de referencia com&uacute;n en escritores pol&iacute;ticos del siglo XVII, anteriores a Hobbes. V&eacute;ase Clark (1961), Cap. XIV. El contractualismo sigue suscitando el inter&eacute;s de moralistas, polit&oacute;logos y economistas, entre ellos John Rawls, (1971). Una rese&ntilde;a de trabajos contractualistas recientes se puede encontrar en D&rsquo;Agostino, (1996).</p>     <p align="justify"><a href="#n4" name="4">4</a>. En su monumental <i>Historia del an&aacute;lisis econ&oacute;mico</i>, Schumpeter (1954) dedica s&oacute;lo un p&aacute;rrafo a Locke, dentro del cap&iacute;tulo sobre doctores escol&aacute;sticos y fil&oacute;sofos iusnaturalistas. Asevera adem&aacute;s que no hay relaci&oacute;n entre su pensamiento econ&oacute;mico, sus teor&iacute;as pol&iacute;ticas y su filosof&iacute;a.</p>     <p align="justify"><a href="#n5" name="5">5</a>. Este argumento no es novedoso. Puede trazarse hasta los iusnaturalistas estoicos. Por ejemplo, v&eacute;ase <i>De Officiis</i> de Cicer&oacute;n. <i>Las pasiones y los intereses</i>, de Hirschman (1977), es una exploraci&oacute;n de c&oacute;mo durante la Ilustraci&oacute;n se construyeron sobre la misma base argumentos en favor del capitalismo antes de su triunfo. La formulaci&oacute;n m&aacute;s influyente y duradera del mismo es la mano invisible de Adam Smith y se encuentra en la exposici&oacute;n de los &oacute;ptimos de Pareto y de Hicks-Kaldor de todos los textos modernos de microeconom&iacute;a.</p>     <p align="justify"><a href="#n6" name="6">6</a>. T. II, &sect;77. En su obra sobre la educaci&oacute;n, Locke consider&oacute; esencial la sensibilizaci&oacute;n del ni&ntilde;o a la aprobaci&oacute;n o desaprobaci&oacute;n de las dem&aacute;s personas. V&eacute;anse STE, &sect;58, y Tarcov (1982), p. 128.</p>     <p align="justify"><a href="#n7" name="7">7</a>. EHU, III, vi, 25”. Los idiomas, en todos los pa&iacute;ses, surgieron mucho antes que las ciencias... los t&eacute;rminos m&aacute;s o menos comprehensivos... en todos los idiomas recibieron su origen y significado de gentes ignorantes y analfabetas”, quienes ten&iacute;an que vivir en sociedad para que los t&eacute;rminos y los idiomas les resultaran &uacute;tiles.</p>     <p align="justify"><a href="#n8" name="8">8</a>. Locke fue elegido <i>fellow</i> de la Royal Society en 1668.</p>     <p align="justify"><a href="#n9" name="9">9</a>. T. II, Cap. 2. Adam Smith propuso la propensi&oacute;n natural de los hombres a la permuta y el trueque como explicaci&oacute;n de los or&iacute;genes del intercambio. Otra l&iacute;nea de argumentaci&oacute;n, basada en las ventajas de especializaci&oacute;n y las econom&iacute;as de escala, puede encontrarse en Buchanan (1993) y Cuevas (1992) pero las conclusiones son sustancialmente id&eacute;nticas.</p>     <p align="justify"><a href="#n10" name="10">10</a>. El an&aacute;lisis que sigue tiene algunas coincidencias con Macpherson (1963) Cap. V, y Vaughn (1980), Cap. IV, pero las conclusiones de esta lectura son distintas a las suyas debido al hecho de que ninguno de los dos identific&oacute; dos momentos dentro del modelo de Locke (los que se han llamado “primer” y “segundo estado de naturaleza”). Ello lleva a Vaughn a postular incoherencias en el modelo de Locke (v&eacute;ase notas 20 y 21). Por su parte, Macpherson llega a la tesis extrema de que para Locke hab&iacute;a dos naturalezas humanas: una de ricos y racionales y otra de pobres e irracionales, p. 243. Esta tesis es bien dif&iacute;cil de reconciliar con el EHU. Ambas interpretaciones s&oacute;lo son posibles si se descartan transformaciones estructurales en las relaciones sociales y econ&oacute;micas por los cambios en la dotaci&oacute;n relativa de factores y en la tecnolog&iacute;a disponible (<i>the invention of money</i>) antes del contrato social; pero ambas son forzadas y no parecen consistentes con el contexto hist&oacute;rico del <i>Segundo Tratado</i> ni con la estatura intelectual de Locke. En &uacute;ltimas, la ra&iacute;z del problema es el uso por Locke de met&aacute;foras hist&oacute;ricas –el estado de naturaleza, el contrato social– para explicar hip&oacute;tesis que hoy se contrastan con formas de an&aacute;lisis basadas en la teor&iacute;a de los juegos. La validez de las hip&oacute;tesis de Locke no depende necesariamente de la verosimilitud de esas met&aacute;foras hist&oacute;ricas y una lectura como la que se propone rescata su consistencia aunque no defienda su verosimilitud. Wolin (1960) y Ashcraft (1997), tienen una interpretaci&oacute;n del estado de naturaleza de Locke que distingue entre sus dos etapas, pero no abordan de manera expl&iacute;cita las consecuencias de la abundancia en la primera y de la escasez en la segunda, p. 247.</p>     <p align="justify"><a href="#n11" name="11">11</a>. T. II, &sect;x. La dificultad tiene como punto de referencia el texto de G&eacute;nesis I., 28-30, donde Dios hace entrega de las riquezas de la naturaleza a la humanidad en su conjunto.</p>     <p align="justify"><a href="#n12" name="12">12</a>. En t&eacute;rminos jur&iacute;dicos, se trata del debate entre los iusnaturalistas y quienes s&oacute;lo creen en el derecho positivo. V&eacute;ase la discusi&oacute;n de Bobbio (1959). La tradici&oacute;n pol&iacute;tica griega y del derecho romano coincid&iacute;an en atribuir el origen de los derechos de propiedad a decisiones estatales.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n13" name="13">13</a>. T. II, &sect;128. La expresi&oacute;n de Locke es <i>innocent delights</i>.</p>     <p align="justify"><a href="#n14" name="14">14</a>. V&eacute;ase P&eacute;rez Salazar, 1993. “La percepci&oacute;n de la escasez es subjetiva y puede verse distorsionada por la aplicaci&oacute;n de los m&eacute;todos de an&aacute;lisis usados para determinarla. En sistemas econ&oacute;micos regidos por ideas marxistas, cuyo principio es la definici&oacute;n del valor en funci&oacute;n del trabajo que se ha incorporado a cada bien, se subvalora la escasez de los recursos naturales. En consecuencia, en los pa&iacute;ses que formaban la antigua Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica ocurren fen&oacute;menos como el despilfarro masivo de recursos energ&eacute;ticos”, p. 385.</p>     <p align="justify"><a href="#n15" name="15">15</a>. V&eacute;anse, por ejemplo, los art&iacute;culos 685 a 712 sobre la ocupaci&oacute;n del C&oacute;digo Civil colombiano.</p>     <p align="justify"><a href="#n16" name="16">16</a>. Locke no fue el primero en enunciar la teor&iacute;a del valor trabajo, pero s&iacute; el primero en sistematizarla. V&eacute;ase Gough (1973) y Shumpeter (1982) para otros antecedentes.</p>     <p align="justify"><a href="#n17" name="17">17</a>. Un interesante testimonio acerca de la ocupaci&oacute;n de tierras vac&iacute;as en Colombia, en el Magdalena Medio, durante la segunda mitad del siglo XIX, se halla en Rivas (1899).</p>     <p align="justify"><a href="#n18" name="18">18</a>. Puede parecer inconsistente suponer la existencia simult&aacute;nea de abundancia e intercambio mercantil en el primer estado de naturaleza, pero esa es la afirmaci&oacute;n de Locke, refiri&eacute;ndose a la experiencia americana de su tiempo. V&eacute;ase &sect;14. Buchanan (1993) que supone lo mismo. “La propia naturaleza puede ofrecer abundancia a condici&oacute;n de que la unidad individual se prive de los placeres de la ociosidad y trabaje para explotar lo que la naturaleza le ofrece”, p. 34.</p>     <p align="justify"><a href="#n19" name="19">19</a>. T. II, &sect;46. Schumpeter (1954) distingue entre teor&iacute;as del dinero que basan su valor en funci&oacute;n de su contenido y fineza del metal que incorporan, que traza hasta Arist&oacute;teles y denomina “metalistas”, y las “nominalistas” que sostienen que &eacute;ste es un “s&iacute;mbolo arbitrado para facilitar el intercambio” y cuya primera expresi&oacute;n &eacute;l halla en Plat&oacute;n. V&eacute;ase pp. 92 y 100. Locke en el <i>Segundo Tratado</i> adhiere a la segunda tradici&oacute;n. Vaughn (1983), p. 53, sostiene con base en SC que “se puede clasificar a Locke como metalista”. Sin embargo, ella pierde de vista lo esencial del argumento de Locke sobre el dinero: si su valor var&iacute;a por razones distintas del consentimiento general, entonces pierde confiabilidad como medio de intercambio y se elevan los costos de transacci&oacute;n. Una decisi&oacute;n p&uacute;blica que altere el valor del dinero viola el contrato social porque vulnera derechos individuales de propiedad de manera arbitraria y porque reduce el bienestar general al elevar costos de transacci&oacute;n. Una versi&oacute;n moderna del argumento de Locke se halla en Buchanan (1993), Cap. 13.</p>     <p align="justify"><a href="#n20" name="20">20</a>. Buchanan (1993) denomina esta ganancia como “renta social”, p. 26.</p>     <p align="justify"><a href="#n21" name="21">21</a>. Vaughn (1980) atribuye la ausencia de conflictos en el primer estado de naturaleza de manera exclusiva a la ley de la naturaleza (p. 105) y no tiene en cuenta los efectos de la escasez.</p>     <p align="justify"><a href="#n22" name="22">22</a>. Seg&uacute;n esta interpretaci&oacute;n de las implicaciones econ&oacute;micas del segundo estado de naturaleza, Locke habr&iacute;a pasado de una teor&iacute;a pura del valor trabajo aplicable en las condiciones de abundancia del primer estado de naturaleza a una m&aacute;s af&iacute;n con la de Sir William Petty para quien “el trabajo es el padre de y principio activo de la riqueza, as&iacute; como las tierras son la madre”. V&eacute;ase Vaughn (1980), p. 115. Vaughn tiene una lectura radicalmente diferente del pensamiento de Locke en este punto, debido a que no considera las consecuencias del supuesto de abundancia en el primer estado de naturaleza, v&eacute;ase nota 21. Por esto, ella puede concluir de manera err&oacute;nea que “a Locke parece haberle faltado por completo el concepto l&oacute;gico que es vital para el c&aacute;lculo marginal: variar las cantidades de un factor para observar el resultado sobre la producci&oacute;n”, p. 113.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n23" name="23">23</a>. Marx tuvo una visi&oacute;n bien distinta, m&aacute;s af&iacute;n con la de Proudhon: todo derecho de propiedad se origina en alg&uacute;n acto de violencia, en un robo institucionalizado. A cambio del derecho de la naturaleza, Buchanan supone una suerte de “precontrato” social, donde los hombres en el estado de naturaleza han establecido “alg&uacute;n tipo de acuerdo bajo el cual los bienes comunales se repartan o privaticen, que asegure a cada part&iacute;cipe la asignaci&oacute;n de una parte, con l&iacute;mites o fronteras bien definidas” (1993), p. 26.</p>     <p align="justify"><a href="#n24" name="24">24</a>. Esta desviaci&oacute;n ser&iacute;a an&aacute;loga a las p&eacute;rdidas de bienestar atribuidas por Tullock (1993) a aranceles, monopolios y robos, que com&uacute;nmente se denominaba <i>rent seeking</i> o caza de rentas.</p>     <p align="justify"><a href="#n25" name="25">25</a>. Este argumento puede encontrarse en <i>La Rep&uacute;blica</i> de Plat&oacute;n y los <i>Discorsi</i> de Maquiavelo. Para una formulaci&oacute;n moderna, v&eacute;ase Buchanan (1993).</p>     <p align="justify"><a href="#n26" name="26">26</a>. T. II, &sect;13. El uso de la palabra “remedio” no es accidental. Una de las &aacute;reas de inter&eacute;s intelectual y de las actividades profesionales de Locke era la medicina.</p>     <p align="justify"><a href="#n27" name="27">27</a>. T. II, &sect;95. La presentaci&oacute;n en may&uacute;sculas de la palabra “Hombres” es original de Locke, y enfatiza el origen humano de las instituciones pol&iacute;ticas. Contr&aacute;stese con el pasaje citado arriba, nota 9, referente al origen de la sociedad no pol&iacute;tica en el estado de naturaleza, donde se utiliza la misma presentaci&oacute;n para la palabra “Dios”.</p>     <p align="justify"><a href="#n28" name="28">28</a>. En este ensayo, se utiliza la acepci&oacute;n contempor&aacute;nea del t&eacute;rmino “sociedad civil”, con un significado af&iacute;n con el conjunto de organizaciones no estatales de North. Locke utilizaba el t&eacute;rmino “sociedad” a secas con ese sentido, y trataba “gobierno civil” y “sociedad civil” como sin&oacute;nimos.</p>     <p align="justify"><a href="#n29" name="29">29</a>. Es probable que esto fuera una reacci&oacute;n a hechos pol&iacute;ticos concretos de la &eacute;poca de Locke. Carlos II hizo enjuiciar a m&aacute;s de un partidario del <i>Exclusion Act</i>, incluyendo al mismo conde de Shaftesbury, a pesar de que la propuesta contara con el apoyo de mayor&iacute;as en la C&aacute;mara de los Comunes. En la tradici&oacute;n constitucional inglesa el poder judicial depend&iacute;a del rey, y en &uacute;ltimas su limitaci&oacute;n se consagr&oacute; por medio de la instituci&oacute;n del jurado de conciencia.</p>     <p align="justify"><a href="#n30" name="30">30</a>. T. II, &sect;96. La utilizaci&oacute;n de la regla de la mayor&iacute;a simple para la toma de decisiones colectivas no se justifica, se afirma. Gough (1973), sugiere que Locke sigui&oacute; la tradici&oacute;n parlamentaria inglesa en esta materia, p. 69.</p>     <p align="justify"><a href="#n31" name="31">31</a>. No todos los lectores contempor&aacute;neos de Locke comparten esta apreciaci&oacute;n. V&eacute;ase Macpherson (1963).</p>     <p align="justify"><a href="#n32" name="32">32</a>. T. II, &sect;140. La proclama de los primeros l&iacute;deres de la revoluci&oacute;n norteamericana, <i>no taxation without representation</i> se bas&oacute; en esta proposici&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><a href="#n33" name="33">33</a>. Para una discusi&oacute;n del concepto del <i>trust</i> en las tradiciones jur&iacute;dica y pol&iacute;tica inglesas, v&eacute;ase <i>Political Trusteeship</i>, C&aacute;p. VII, en Gough (1973).</p>     <p align="justify"><a href="#n34" name="34">34</a>. Para una breve discusi&oacute;n de la literatura reciente, v&eacute;ase C&aacute;rdenas y Steiner, 1998, “Introducci&oacute;n”. Una formalizaci&oacute;n, en el marco de un an&aacute;lisis de la corrupci&oacute;n, se presenta en Weindschelbaum (1998).</p>     <p align="justify"><a href="#n35" name="35">35</a>. Los contractualistas modernos tampoco han encontrado una soluci&oacute;n del todo satisfactoria al problema de c&oacute;mo explicar el asentimiento al contrato social por individuos que no son parte de &eacute;l desde un principio. Se han visto obligados a adoptar un razonamiento doblemente hipot&eacute;tico: “&iquest;Los individuos (o una mayor&iacute;a de ellos) dar&iacute;an su consentimiento si se les preguntara si...?” V&eacute;ase D&rsquo;Agostino (1996).</p>     <p align="justify"><a href="#n36" name="36">36</a>. Gonz&aacute;lez, 1995, p. 1. V&eacute;ase adem&aacute;s Wiesner (1992), Caps. I y II, y Wiesner (1997), Cap. XVII, para una discusi&oacute;n de la competencia y la descentralizaci&oacute;n como estrategias para mejorar la efectividad del Estado y las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas.</p>     <p align="justify"><a href="#n37" name="37">37</a>. Es &eacute;ste el argumento central de LOT, aunque Locke admita excepciones por razones de conveniencia p&uacute;blica. V&eacute;ase adem&aacute;s SC, en torno a los l&iacute;mites de la eficacia de la intervenci&oacute;n del Estado en la econom&iacute;a.</p>     <p align="justify"><a href="#n38" name="38">38</a>. El argumento se origina en la <i>Pol&iacute;tica</i> de Arist&oacute;teles pero ha mantenido su vitalidad hasta nuestros d&iacute;as, como lo atestiguan los debates actuales sobre las reformas de pol&iacute;ticas de bienestar social o <i>welfare</i> en Estados Unidos. V&eacute;ase, adem&aacute;s, Hirschman, 1991.</p>     <p align="justify"><a href="#n39" name="39">39</a>. Locke hab&iacute;a participado en la redacci&oacute;n de las Constituciones Fundamentales de la colonia norteamericana de Carolina en 1669 y fue secretario del Council on Trade and Plantations (una suerte de consejo de pol&iacute;tica colonial) entre 1672 y 1674. Milton (1997), pp. 10 a 12.</p>     <p align="justify"><a href="#n40" name="40">40</a>. Pero no hay “almuerzo gratis”, como pudieron comprobar los habitantes aut&oacute;ctonos de Am&eacute;rica.</p>     <p align="justify"><b>6. REFERENCIAS BIBLIOGR&Aacute;FICAS</b></p>     <p align="justify"><b>Obras de John Locke</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Las obras de John Locke est&aacute;n disponibles en texto electr&oacute;nico completo en Internet, por medio de la p&aacute;gina de la Biblioteca Luis Angel Arango (banrep.gov.co). Las obras citadas en este ensayo se enumeran a continuaci&oacute;n, con la respectiva convenci&oacute;n de cita. Las traducciones al castellano de textos de Locke y de Hobbes son del autor.</p>     <p align="justify"><i>A Letter concerning Toleration</i>, traducida del lat&iacute;n por William Popple, 1689 (LOT).</p>     <p align="justify">“An Essay Concerning the True Original Extent and End of Civil Government”, tambi&eacute;n conocido como <i>Second Treatise of Government</i>, 1690 (T. II).</p>     <p align="justify"><i>An Essay concerning Human Understanding</i>, 1690 (EHU).</p>     <p align="justify"><i>Some Considerations of the Consequences of Lowering the Interest, and Raising the Value of Money</i>, 1692 (SC).</p>     <p align="justify"><i>Some Thoughts concerning Education</i>, 1693 (STE).</p>     <p align="justify"><i>Short Observations on a Printed Paper, Intituled, For Encouraging the Coining of Silver Money in England, and After for Keeping it Here</i>, 1693 (SM).</p>     <p align="justify"><i>Further Considerations concerning Raising the Value of Money</i>, 1695 (FCM).</p>     <p align="justify"><b>Otras referencias</b></p>     <!-- ref --><p align="justify">1. Ashcraft, Richard. “Locke’s Political Philosophy”, <i>The Cambridge Companion to Locke</i>, Vere Chappell, Cambridge, CUP, ed., 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000222&pid=S0124-5996199900010000400001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">2. Bedeschi, Guiseppe. <i>Storia del Pensiero Liberale</i>, Roma, Laterza, 1990.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000223&pid=S0124-5996199900010000400002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">3. Bobbio, Norberto. “Quelques arguments contre le Droit naturel”, <i>Le Droit Naturel</i>, Paris, PUF, 1959.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000224&pid=S0124-5996199900010000400003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">4. Bobbio, Norberto. <i>Estado, gobierno y sociedad: por una teor&iacute;a general de la pol&iacute;tica</i>, Bogot&aacute;, FCE, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000225&pid=S0124-5996199900010000400004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">5. Buchanan, James N. “La Propiedad como Garante de la Libertad”, <i>Derechos de propiedad y democracia</i>, Madrid, Colegio de Economistas de Madrid-Celeste Ediciones, 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000226&pid=S0124-5996199900010000400005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">6. C&aacute;rdenas, Mauricio y Roberto Steiner (comp.). “Introducci&oacute;n”, <i>Corrupci&oacute;n, crimen y justicia</i>, Bogot&aacute;, TM Editores, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000227&pid=S0124-5996199900010000400006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">7. Cassirer, Ernst. <i>El mito del Estado</i>, M&eacute;xico, FCE, 1968.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000228&pid=S0124-5996199900010000400007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">8. Churchill, Winston Spenser. <i>A History of the English Speaking Peoples</i>, 1956, London, BPC Publishing Ltd., 1970.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000229&pid=S0124-5996199900010000400008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">9. Clark, G. N. <i>The Seventeenth Century</i>, 1956, London, OUP, 1961.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000230&pid=S0124-5996199900010000400009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">10. Coase, R. H. <i>La empresa, el mercado y la ley</i>, Madrid, Alianza, 1994.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000231&pid=S0124-5996199900010000400010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">11. Cuevas, Homero. <i>Introduci&oacute;n a la Econom&iacute;a</i>, Bogot&aacute;, Universidad Externado de Colombia, 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000232&pid=S0124-5996199900010000400011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">12. Cuevas, Homero. <i>Proceso pol&iacute;tico y bienestar social</i>, Bogot&aacute;, Universidad Externado de Colombia, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000233&pid=S0124-5996199900010000400012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">13. D’Agostino, Fred. “Contractualism, Contemporary Approaches”, <i>Stanford Encyclopedia of Philosophy</i>, 1996, www/plato.stanford.edu&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000234&pid=S0124-5996199900010000400013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">14. De Jasay, Anthony. <i>El Estado. La l&oacute;gica del poder pol&iacute;tico</i>, Madrid, Alianza, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000235&pid=S0124-5996199900010000400014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">15. Dumont, Louis. <i>Homo Aequealis. G&eacute;nesis y apogeo de la ideolog&iacute;a econ&oacute;mica</i>, Madrid, Taurus, 1982.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000236&pid=S0124-5996199900010000400015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">16. Filmer, Robert. <i>Patriarca and other Political Works of Sir Robert Filmer</i>, 1680, Oxford, Peter Laslett Editores, Basil Blackwell, 1949.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000237&pid=S0124-5996199900010000400016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">17. Gaus, Gerald F. “Liberalism”, <i>Stanford Encyclopedia of Philosophy</i>, 1996, <a href="http://plato.stanford.edu/" target="_blank">www/plato.stanford.edu</a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000238&pid=S0124-5996199900010000400017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">18. Gonz&aacute;lez, Jorge Iv&aacute;n. “De Tibout al Leviathan”, <i>La descentralizaci&oacute;n en Colombia: realidades, posibilidades</i>, Agenda, T. I, Bogot&aacute;, CGR, 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000239&pid=S0124-5996199900010000400018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">19. Gough J. W. <i>John Locke’s Political Philosophy</i>, Oxford, OUP, 1973.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000240&pid=S0124-5996199900010000400019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">20. Hirschman, Albert O. <i>Salida, voz y lealtad</i>, M&eacute;xico, FCE, 1977.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000241&pid=S0124-5996199900010000400020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">21. Hirschman, Albert O. <i>Ret&oacute;ricas de la intransigencia</i>, M&eacute;xico, FCE, 1991.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000242&pid=S0124-5996199900010000400021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">22. Hirschman, Albert O. <i>Las pasiones y los intereses</i>, M&eacute;xico, FCE, 1978.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000243&pid=S0124-5996199900010000400022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">23. Hobbes, Thomas. <i>Leviathan</i>, 1651.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000244&pid=S0124-5996199900010000400023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">24. Keynes, J. M. “Liberalismo y Laborismo”, <i>Ensayos de Persuasi&oacute;n</i>, Barcelona, Ediciones Folio, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000245&pid=S0124-5996199900010000400024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">25. Kuhn, Steven T. “Prisoner&acute;s Dilemma”, <i>Stanford Encyclopedia of Philosophy</i>, 1997, <a href="http://plato.stanford.edu/" target="_blank">www/plato.stanford.edu</a>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000246&pid=S0124-5996199900010000400025&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">26. Macpherson. C. B. <i>The Political Theory of Possesive Individualism: Hobbes to Locke</i>, Oxford, OUP, 1962.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000247&pid=S0124-5996199900010000400026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">27. Macpherson. C. B. <i>Ascenso y ca&iacute;da de la justicia econ&oacute;mica y otros ensayos</i>, Buenos Aires, Manantial, 1991.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000248&pid=S0124-5996199900010000400027&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">28. Merquior, Jos&eacute; Guillermo. <i>Liberalismo viejo y nuevo</i>, M&eacute;xico, FCE, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000249&pid=S0124-5996199900010000400028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">29. Milton, J. R. “Locke’s Life and Times”, <i>The Cambridge Companion to Locke Editores</i>, Vere Chappell, Cambridge, CUP, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000250&pid=S0124-5996199900010000400029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">30. North, Douglass C. <i>Instituciones, cambio institucional y desempe&ntilde;o econ&oacute;mico</i>, M&eacute;xico, FCE, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000251&pid=S0124-5996199900010000400030&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">31. P&eacute;rez Salazar, Mauricio. Econom&iacute;a, derecho y costos de transacci&oacute;n”, <i>Homenaje a Fernando Hinestrosa: Liber Amicorum</i>, Bogot&aacute;, Universidad Externado de Colombia, 1993.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000252&pid=S0124-5996199900010000400031&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">32. Pollock, Frederick. “Locke’s Theory of the State”, <i>Proceedings of the British Academy</i>, Vol. 2, 1904, pp. 237-49.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000253&pid=S0124-5996199900010000400032&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">33. Rawls, John. <i>A Theory of Justice</i>, Oxford, OUP, 1971.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000254&pid=S0124-5996199900010000400033&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">34. Rivas, Medardo. <i>Los trabajadores de tierra caliente</i>, Bogot&aacute;, Imprenta de M. Rivas, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000255&pid=S0124-5996199900010000400034&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">35. Rubio, Mauricio. <i>Crimen e impunidad. Precisiones sobre la violencia</i>, Bogot&aacute;, TME y CEDE, 1999.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000256&pid=S0124-5996199900010000400035&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">36. Sabine, George H. <i>Historia de la teor&iacute;a pol&iacute;tica</i>, M&eacute;xico, FCE, 1975.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000257&pid=S0124-5996199900010000400036&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">37. Schneewind, J.B. “Locke’s Moral Philosophy”, <i>The Cambridge Companion to Locke</i>, Vere Chappell, ed., Cambridge, CUP, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000258&pid=S0124-5996199900010000400037&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">38. Schumpeter, Joseph A. <i>Histor&iacute;a del an&aacute;lisis econ&oacute;mico</i>, Barcelona, Ariel, 1982.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000259&pid=S0124-5996199900010000400038&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">39. Sen, Amartya. “La elecci&oacute;n social y la justicia”, <i>El trimestre econ&oacute;mico</i>, Vol. LIV, N&ordm; 215, 1987.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000260&pid=S0124-5996199900010000400039&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">40. Tarcov, Nathan. <i>Locke y la educaci&oacute;n para la libertad</i>, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1984.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000261&pid=S0124-5996199900010000400040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">41. Tullock, Gordon. “Rent Seeking (b&uacute;squeda de rentas)”, <i>Derechos de propiedad y democracia</i>, Madrid, Colegio de Economistas de Madrid-Celeste Ediciones, 1995.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000262&pid=S0124-5996199900010000400041&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">42. Vaughn, Karen Ivers. <i>John Locke, economista y soci&oacute;logo</i>, M&eacute;xico, FCE, 1983.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000263&pid=S0124-5996199900010000400042&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">43. Weinschelbaum, Federico. “El tri&aacute;ngulo de la corrupci&oacute;n”, <i>Corrupci&oacute;n, Crimen y Justicia</i>, M. C&aacute;rdenas y R. Steiner, comps., Bogot&aacute;, TM Editores, 1998.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000264&pid=S0124-5996199900010000400043&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">44. Wiesner Dur&aacute;n, Eduardo, dir. <i>Colombia: descentralizaci&oacute;n y federalismo fiscal</i>. Informe final de la Misi&oacute;n para la Descentralizaci&oacute;n, Bogot&aacute;, DNP, 1992.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000265&pid=S0124-5996199900010000400044&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">45. Wiesner Dur&aacute;n, Eduardo. <i>La efectividad de las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas en Colombia. Un an&aacute;lisis neoinstitucional</i>, Bogot&aacute;, TM Editores, 1997.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000266&pid=S0124-5996199900010000400045&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify">46. Wolin, Sheldon. <i>Politics and Vision: Continuity and Innovation in Western Political Thought</i>, Boston, Little, Brown and Co., 1960.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000267&pid=S0124-5996199900010000400046&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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