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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[SOCIEDAD CIVIL, VIRTUD Y COMERCIO]]></article-title>
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<institution><![CDATA[,Universidad Externado de Colombia  ]]></institution>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Verdana" size="3">    <p align="center"><b>    <br>SOCIEDAD CIVIL, VIRTUD Y COMERCIO</b></p></font>     <p>    <br></p> <font face="Verdana" size="2">     <p align="center"><b>CIVIL SOCIETY, VIRTUE AND COMMERCE</b></p>     <p>    <br></p>     <p align="center"><i>Sociedad civil y virtud c&iacute;vica en Adam Ferguson</i>, Mar&iacute;a Isabel Wences Simon, Madrid, Centro de Estudios Pol&iacute;ticos y Constitucionales, 2006, 302 pp.</p>     <p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>    <br></p>     <p><i>Alberto Castrill&oacute;n</i>*</p> </font>     <p><font size="2" face="Verdana">* Especialista en Historia Econ&oacute;mica, profesor de la Universidad Externado de Colombia, Bogot&aacute;, Colombia, <a href="mailto:jracastrillon@yahoo.com">jracastrillon@yahoo.com</a> Fecha de recepci&oacute;n: 8 de abril de 2007, fecha de modificaci&oacute;n: 10 de abril de 2007, fecha de aceptaci&oacute;n: 13 de abril de 2007.</font></p> <font face="Verdana" size="2"><hr>     <p>    <br>Todav&iacute;a recuerdo la extra&ntilde;eza que caus&oacute; en algunos lectores el uso de la expresi&oacute;n “sociedad civil” en la prensa colombiana hace algunos a&ntilde;os, en ocasi&oacute;n de uno de tantos di&aacute;logos en busca de una paz que nunca llega. Los titulares rezaban cosas tales como: “Voceros de la sociedad civil se re&uacute;nen en Maguncia para adelantar di&aacute;logos con la guerrilla”, “Voceros de la sociedad civil viajan a La Habana a definir las condiciones de los di&aacute;logos”, “Miembros del gobierno se re&uacute;nen con miembros de la sociedad civil para definir la agenda”, y otras por el estilo. Las preguntas eran, por supuesto: &iquest;qu&eacute; es la sociedad civil? &iquest;Es distinta a la sociedad? &iquest;Qui&eacute;nes son esos voceros de la sociedad civil? &iquest;Qui&eacute;n los eligi&oacute;? &iquest;Exactamente a qui&eacute;n representan? &iquest;Qu&eacute; van a negociar o a definir? &iquest;Cu&aacute;les son sus l&iacute;mites? &iquest;Qu&eacute; poder tienen? &iquest;Qu&eacute; legitimidad? Todas sin respuesta. La perplejidad fue mayor cuando los lectores de los diarios supimos que algunos de ellos –“autodenominados voceros” ironizaban algunos– eran el Presidente de la Federaci&oacute;n Nacional de Comerciantes, Sabas Pretelt de la Vega, y el Arzobispo de Bogot&aacute;, Pedro Rubiano S&aacute;enz.</p>     <p>Las cosas parecieron aclararse un poco en una conferencia que dict&oacute; hace una d&eacute;cada el fundador de esta revista, Jes&uacute;s Antonio Bejarano, en la que defendi&oacute; la participaci&oacute;n de la “sociedad civil” en la mesa de negociaci&oacute;n de San Vicente del Cagu&aacute;n, durante la malhadada administraci&oacute;n de Andr&eacute;s Pastrana. Su argumento, que ten&iacute;a como fondo los di&aacute;logos entre el gobierno espa&ntilde;ol y la ETA, era que en Colombia, a diferencia de Espa&ntilde;a, dada la precariedad de nuestras instituciones y la poca disposici&oacute;n para la democracia del gobierno colombiano de ese entonces –y tambi&eacute;n del actual, valga decirlo– era fundamental que la “sociedad civil” estuviera presente en las negociaciones con las FARC, pues la ciudadan&iacute;a no pod&iacute;a esperar a que por la frivolidad del gobierno se terminara entregando lo que no se pod&iacute;a entregar. El hecho de que medio mill&oacute;n de colombianos que habitaban en la zona de distensi&oacute;n quedaran expuestos a que les arrebataran vida, honra y bienes –lo que sucedi&oacute; en incontables casos– sin que el gobierno los haya tenido en cuenta para nada, es una demostraci&oacute;n fehaciente de que Bejarano no andaba errado en sus temores.</p>     <p>Para &eacute;l, la sociedad civil –una vez descartada la estatalizaci&oacute;n o la politizaci&oacute;n de la sociedad– era el medio que tienen los ciudadanos para hacer valer sus derechos cuando est&aacute;n en riesgo de ser conculcados por el poder pol&iacute;tico o econ&oacute;mico, un riesgo consuetudinario en estos pagos. Es decir, una “dimensi&oacute;n de la sociedad no sometida directamente a la coacci&oacute;n estatal” (Cortina, 1998, 188). Vista as&iacute;, un portavoz de los comerciantes, como Sabas Pretelt, o el hoy Cardenal Primado de Colombia no eran voceros leg&iacute;timos de los colombianos amenazados por quienes est&aacute;n obligados constitucionalmente a defenderlos.</p>     <p>De ah&iacute; otra afirmaci&oacute;n de Bejarano: “en Colombia, la necesidad de contar con vigorosas instituciones de la sociedad civil es m&aacute;s apremiante que nunca”. En estas horas aciagas para la justicia y la democracia, su llamado es, si cabe, m&aacute;s perentorio que entonces. Tanto m&aacute;s cuanto que muchos intelectuales colombianos, es decir, personas que tienen la misi&oacute;n de trabajar por la emancipaci&oacute;n de los sometidos al arbitrio del poder, han defeccionado infelizmente.</p>     <p>El libro de Mar&iacute;a Isabel Wences Simon es una excelente monograf&iacute;a que sirve como br&uacute;jula para orientarse en el mar de dislates de la prensa colombiana o en el r&iacute;o revuelto de intereses que utilizan el concepto de <i>sociedad civil</i> para sus prop&oacute;sitos particulares. La fil&oacute;sofa Adela Cortina se&ntilde;ala que en los a&ntilde;os ochenta se aviv&oacute; el inter&eacute;s por este concepto en respuesta a la incapacidad del Estado y de la pol&iacute;tica para atender los reclamos de una sociedad cada vez m&aacute;s exigente e informada. Pero hay que estar atentos, dice Cortina, no todos los que invocan la sociedad civil lo hacen de la misma manera: unos consideran que es un espacio para la solidaridad, otros un espacio para defender la libertad econ&oacute;mica y la propiedad por encima de cualquier enojosa intervenci&oacute;n estatal con fines redistributivos. Precisamente lo que rechaza Wences Simon: la subordinaci&oacute;n de todas las dimensiones de la vida social a la “norma econ&oacute;mica”, al mercado.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Si bien en el tema de la sociedad civil, como en otros muchos, es posible remontarse a los cl&aacute;sicos griegos, la figura del ilustrado escoc&eacute;s Adam Ferguson es emblem&aacute;tica en este asunto. Su principal obra se llama justamente <i>Un ensayo sobre la historia de la sociedad civil</i>, publicada en 1767, nueve a&ntilde;os antes de <i>La riqueza de las naciones</i>. El prop&oacute;sito de la autora es “<i>ense&ntilde;ar, dar a conocer, mostrar</i> que en el pensamiento de Adam Ferguson […] se encuentra la singular y original propuesta de construir una sociedad civil virtuosa que, gracias a sus dimensiones conceptual e hist&oacute;rica, contribuye significativamente a la actual reflexi&oacute;n pol&iacute;tica” (p. 21). Isabel Wences recomienda su lectura a “aquellos que discrepan de una idea de sociedad civil como &aacute;mbito exclusivamente formado por individuos independientes que interact&uacute;an en el marco del mercado a la b&uacute;squeda exclusiva de su propio inter&eacute;s” (p. 22).</p>     <p>El libro se divide en seis cap&iacute;tulos. Los dos primeros, “Escocia y su Edad de Oro” y “Adam Ferguson: arquetipo de ilustrado escoc&eacute;s”, estudian las condiciones sociales, econ&oacute;micas y pol&iacute;ticas del surgimiento de la Ilustraci&oacute;n escocesa y la dimensi&oacute;n subjetiva de sus protagonistas. En el tercero, “La naturaleza humana: primer momento del discurso sobre la sociedad civil”, se intenta construir la antropolog&iacute;a fundamental de Ferguson acerca de la sociedad civil: la tendencia innata o natural a la sociabilidad, la benevolencia como principal fuerza de cohesi&oacute;n social, el h&aacute;bito, la ley de la autoconservaci&oacute;n y la ley de la sociabilidad, a las que interpreta de acuerdo con las leyes newtonianas de la f&iacute;sica, cosa usual en los autores de su generaci&oacute;n. Para Ferguson –contrariamente a Hobbes– la sociabilidad prima sobre la autoconservaci&oacute;n y una sociedad no ser&aacute; pr&oacute;spera a menos que tenga en cuenta ambas dimensiones.</p>     <p>El cap&iacute;tulo cuarto, “La configuraci&oacute;n hist&oacute;rica e institucional de la sociedad civil”, analiza la interpretaci&oacute;n de Ferguson del “origen, configuraci&oacute;n, desarrollo y supervivencia de la sociedad civil y sus instituciones” (p. 139). Las herramientas metodol&oacute;gicas que &eacute;l emple&oacute; fueron la observaci&oacute;n hist&oacute;rica de las costumbres, de los modos de gobierno y las formas de organizaci&oacute;n socioecon&oacute;mica de las sociedades, para inferir principios generales de tales observaciones. Como heur&iacute;stica para estudiar el surgimiento de la sociedad civil, recurri&oacute; a la teor&iacute;a de los estadios, es decir, de las etapas que recorre una sociedad desde sus inicios como cazadores y recolectores hasta que aparece la sociedad civilizada y comercial. Este cap&iacute;tulo examina uno de los enunciados m&aacute;s conocidos de Ferguson, el de que si bien las instituciones sociales y pol&iacute;ticas son “el resultado de actos humanos”, no son el producto “de la ejecuci&oacute;n de un designio humano” (p. 146). “Los &oacute;rdenes sociales complejos –el lenguaje, la propiedad, el comercio, la legalidad y el gobierno– son el resultado de consecuencias no previstas de acciones individuales” (ib&iacute;d.). Tal vez sea la formulaci&oacute;n m&aacute;s clara del siglo XVIII acerca del surgimiento espont&aacute;neo, no deliberado, de la sociedad comercial, idea que Friedrich Hayek convirti&oacute; en arma de guerra para oponerse a toda forma de ingenier&iacute;a social u orden econ&oacute;mico planificado que ahogara las libertades.</p>     <p>De los p&aacute;rrafos anteriores tal vez se infiera que Ferguson era un optimista ingenuo que ignoraba el conflicto social por su insistencia en la benevolencia natural, caracter&iacute;stica de la naturaleza humana. Nada m&aacute;s lejos de este ilustrado escoc&eacute;s: fue capell&aacute;n castrense del <i>43<sup>rd</sup> Highland Regiment</i> –habr&iacute;a participado en la Batalla de Fontenoy, en la que los brit&aacute;nicos fueron derrotados en la guerra de sucesi&oacute;n de Austria– (p. 49). Para &eacute;l, la contienda y la animosidad natural, visibles por dem&aacute;s en los juegos competitivos, ayudan a la cohesi&oacute;n social, facilitan las relaciones externas del Estado, garantizan la libertad, coadyuvan a la defensa de las instituciones pol&iacute;ticas y, sobre todo, “contribuyen notablemente a la estructuraci&oacute;n de la sociedad civil” (p. 154).</p>     <p>El cap&iacute;tulo quinto, “La sociedad comercial y la corrupci&oacute;n del esp&iacute;ritu p&uacute;blico” trata un tema que ha sido estudiado por autores como Karl Polanyi, Antoni Dom&egrave;nech y Albert Hirschman. Para este &uacute;ltimo, los intereses o el mercado tuvieron un papel civilizador, pues dulcificaron las relaciones entre individuos agresivos como los conquistadores, nobles y piratas. El mercado restringe las pasiones y produce mejores ciudadanos. En Adam Smith, dice Hirschman, ya no se distingue entre pasiones e intereses, pues la persecuci&oacute;n del inter&eacute;s individual se justifica econ&oacute;micamente. Dom&egrave;nech, por su parte, asevera que la irrupci&oacute;n de la filosof&iacute;a pr&aacute;ctica moderna coincide con el ocaso de la virtud republicana presente en los escoceses, los ilustrados franceses o los <i>founders</i> estadounidenses.</p>     <p>En esta parte del libro, Isabel Wences analiza la concepci&oacute;n de la sociedad civil comercial o sociedad de mercado de Ferguson. Aunque &eacute;ste reconoci&oacute; que la aparici&oacute;n de la sociedad civil comercial era el estadio m&aacute;s avanzado de la humanidad, no dej&oacute; de se&ntilde;alar las contradicciones que trae consigo el crecimiento econ&oacute;mico, ni la corrupci&oacute;n pol&iacute;tica propensa al despotismo que trae consigo la sociedad comercial, ni las consecuencias humanas y pol&iacute;ticas de la creciente divisi&oacute;n del trabajo, aspecto en que coincid&iacute;a con Smith, quien a pesar de reconocer sus enormes beneficios econ&oacute;micos, advirti&oacute; que hab&iacute;a creado un individuo</p> </font>    <blockquote>       <p><font face="Verdana" size="2">[…]</font> <font size="2" face="Verdana">todo lo est&uacute;pido e ignorante que puede ser una criatura humana. La torpeza de su entendimiento no s&oacute;lo le incapacita para terciar en una conversaci&oacute;n racional y deleitarse con ella, sino para concebir pensamientos nobles y generosos, y formular un juicio sensato, respecto a las obligaciones de la vida privada. Es incapaz de juzgar acerca de los grandes y vastos intereses de su pa&iacute;s […] Adquiere, pues, la destreza de su oficio peculiar, a expensas de sus virtudes intelectuales, sociales y marciales (Smith, 1776, lib. V, cap. I, parte III, art. II ).</font></p> </blockquote> <font face="Verdana" size="2">    <p>Este p&aacute;rrafo de Smith es menos recordado que el de la mano invisible.</p>     <p>Para Ferguson, la sociedad de mercado suscita una tendencia a la molicie y a la corrupci&oacute;n de la virtud c&iacute;vica. Son los ecos de un republicanismo de claras ra&iacute;ces cl&aacute;sicas presente en toda la Ilustraci&oacute;n escocesa que dejar&aacute; su impronta en los fundadores de Estados Unidos. Justamente, Thomas Jefferson consideraba que en cuanto a ciencia y filosof&iacute;a “no hay sitio en el mundo que pueda competir con Edimburgo”, la Atenas del Norte.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El cap&iacute;tulo final, “El hombre virtuoso y la sociedad civil”, estudia las bases normativas de la sociedad civil virtuosa que propuso Ferguson, buscando una manera de evitar la corrupci&oacute;n de la sociedad civilizada –o c&oacute;mo salir de esa condici&oacute;n–, y la manera como entend&iacute;a a la sociedad civil comercial y virtuosa. Para &eacute;l, lo criticable no es la aparici&oacute;n del mercado sino la creencia de que los individuos se gu&iacute;an &uacute;nicamente por intereses privados. Es sumamente cr&iacute;tico con la idea seg&uacute;n la cual el mercado puede tejer la urdimbre de la sociedad, llegando al extremo de introducir “el esp&iacute;ritu comercial en la pr&aacute;ctica del afecto” (p. 253). La posesi&oacute;n o la b&uacute;squeda de la riqueza no se traducen necesariamente en virtud. Con todo, Ferguson es consciente de que el comercio puede estimular algunas virtudes secundarias, como la templanza, la sobriedad, la lealtad, la constancia y el trabajo. Con reminiscencias estoicas afirmar&aacute; que el uso apropiado de la fortuna es tambi&eacute;n una virtud, y que la felicidad le es negada a “todos aquellos que descuiden el uso econ&oacute;micamente apropiado de sus asuntos” (p. 254).</p>     <p>En la siguiente cita que trae Isabel Wences (pp. 256-257) se encuentra una idea que es com&uacute;n a los ilustrados escoceses:</p>     <blockquote>       <p>El principio del comercio es el inter&eacute;s privado, el cual aleja lo m&aacute;ximo posible el esp&iacute;ritu de la comunidad de cualquier inquietud por una causa com&uacute;n. Sin embargo, en tanto que la riqueza en manos de la gente constituya un beneficio para el Estado, el inter&eacute;s privado en el comercio operar&aacute; para el beneficio p&uacute;blico en el menos desacertado de los rumbos y estar&aacute; seguro de su prop&oacute;sito, mientras que los consejos de la comunidad equivocar&iacute;an o fallar&iacute;an su objetivo.</p> </blockquote>     <p>La ambivalencia de Ferguson, igual que la de Smith, es propia de pensadores que est&aacute;n a caballo entre concepciones de la sociedad que no casan muy bien: el republicanismo y el liberalismo.</p>     <p>El cap&iacute;tulo termina con la defensa del gobierno de las leyes. Para Ferguson, el imperio de la ley es fundamental para asegurar la sociedad civilizada. La forma de gobierno adecuada para ese fin –nuestro autor no adhiere claramente a ninguna– debe asegurar el disfrute de los derechos, de la libertad civil y pol&iacute;tica, y de la felicidad. La forma de gobierno espec&iacute;fica de cada naci&oacute;n ser&aacute; dada por factores geogr&aacute;ficos, sociales, econ&oacute;micos y morales. Lo importante es que las leyes sean las que gobiernen, entre otras razones, para evitar que la fuerza centr&iacute;fuga del mercado erosione la sociedad civil y la virtud pol&iacute;tica (pp. 257 y ss.). Ya lo hab&iacute;a dicho Locke: “all&iacute; donde termina la ley, empieza la tiran&iacute;a”.</p>     <p><b>A MANERA DE CONCLUSI&Oacute;N </b></p>     <p>Los retos que enfrenta la sociedad actual son enormes, se antojan insolubles. Para algunos son apor&iacute;as que, como tales, no encuentran soluci&oacute;n echando mano de teor&iacute;as o herramientas que nos han conducido a callejones sin salida. La pobreza, la violencia, la econom&iacute;a criminal, la exclusi&oacute;n social, etc., que padecen millones de hombres y mujeres, son el reverso del brillante fulgor de la globalizaci&oacute;n. Es razonable pensar que la actual escisi&oacute;n entre &eacute;tica y econom&iacute;a es responsable de muchas desventuras de la humanidad. El libro de Isabel Wences tiene la gran virtud de insistir en una idea ajena al <i>establishment</i> acad&eacute;mico actual: la reducci&oacute;n de la vida social a la racionalidad econ&oacute;mica es un absurdo &eacute;tico y econ&oacute;mico.</p>     <p>La Ilustraci&oacute;n escocesa nos leg&oacute; <i>fil&oacute;sofos morales</i> como Hutcheson, Smith, Ferguson, Hume o Reid, no <i>economistas</i>. Es un exabrupto erigir a Adam Smith en el sanctasanct&oacute;rum de la derecha econ&oacute;mica. A la &eacute;poca de Ferguson se la ha llamado “Edad de la benevolencia”, sentimiento que inspir&oacute; a fil&oacute;sofos, incluidos Hume y Mandeville, metodistas y fil&aacute;ntropos de toda especie. Adam Smith pensaba que los comerciantes eran mezquinos, rapaces, interesados, falsos, sofistas, viles, aprovechados de los “pobres y los indigentes”, que conspiran, enga&ntilde;an y oprimen. La derecha econ&oacute;mica prefiere ignorar estas reflexiones de Smith e insistir, imperturbable, en el ego&iacute;smo del carnicero y el panadero.</p>     <p>La antropolog&iacute;a del hombre ego&iacute;sta, caracter&iacute;stica de la racionalidad econ&oacute;mica, es un obst&aacute;culo, nos dice Amartya Sen, que impide que la teor&iacute;a econ&oacute;mica se haga cargo de temas como la igualdad, los derechos, las libertades, las capacidades de los sujetos. El divorcio entre econom&iacute;a y filosof&iacute;a le hace da&ntilde;o a las dos, sobre todo a la econom&iacute;a. Tal vez haga falta, como dec&iacute;a Smith, mirarnos con la luz “con que otros nos ven”. Para ello hace falta bajar de la atalaya del positivismo dogm&aacute;tico, aun a riesgo de sufrir algunas magulladuras en el corpus neocl&aacute;sico. Tal vez no sea dif&iacute;cil: Isabel Wences nos invita a un estimulante viaje por la tradici&oacute;n de nuestra disciplina. En Ferguson, en Smith, est&aacute; el inicio del camino recto. Ya se sabe: lo que no es tradici&oacute;n es plagio.</p> <hr>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>REFERENCIAS BIBLIOGR&Aacute;FICAS</b></p>     <p>1. Bailyn, B. <i>The Ideological Origins of the American Revolution</i>, Cambridge, Harvard Universtity Press, 1967.</p>     <p>2. Cortina, A. <i>Hasta un pueblo de demonios. &Eacute;tica p&uacute;blica y sociedad</i>, Madrid, Taurus, 1998.</p>     <p>3. Dom&egrave;nech, A. <i>De la &eacute;tica a la pol&iacute;tica. De la raz&oacute;n er&oacute;tica a la raz&oacute;n inerte</i>, Barcelona, Cr&iacute;tica, 1989.</p>     <p>4. Hirschman, A. <i>Las pasiones y los intereses</i>, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1978.</p>     <p>5. Ovejero, F. <i>Intereses de todos, acciones de cada uno. Crisis del socialismo, ecolog&iacute;a y emancipaci&oacute;n</i>, Madrid, Siglo XXI, 1989.</p>     <p>6. Sen, A. <i>Sobre &eacute;tica y econom&iacute;a</i>, Madrid, Alianza, 1989.</p>     <p>7. Smith, A. <i>Investigaci&oacute;n sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones</i>, 1776, M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, 1994, pp. 687-688.</p> </font>      ]]></body>
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